La cueva de los Balbuceadores

Por Edward Page Mitchell
Publicada originalmente en el periódico The Sun, en 1877.

Una tarde de octubre, mientras me abría paso a través del bosque,  camino a pescar las mejores truchas Brooks de las que abundan en las proximidades de Canaán, Vermont, casi me rompo la pierna al tropezar con un profundo agujero en el suelo.

Lo primero que pensé fue en mi caña, que se me había enredado en la maleza; lo segundo que pensé fue en mi pierna izquierda que afortunadamente no sufrió lesiones graves y por último en el agujero con el cual me que había tropezado. El agujero estaba directamente debajo de las ramas de un gran roble rojo que crecía en la ladera de una colina, o cornisa, de limo metamórfico. El agujero estaba semi escondido entre juníperos y arbustos espinosos. Los aparte y me puse en cuatro patas para observar de cerca el agujero negro, con qué objetivo, desconozco. Ya había quitado la pierna izquierda del agujero y ciertamente no tenía interés alguno en los habitantes de aquella morada, cualesquiera que sean, ya sean serpientes, marmotas, o zorrillos, con una probabilidad muy grande de que fuesen estos últimos. Así que decidí no explorar la cavidad, aunque hubiese podido hacerlo ya que cabía dentro, ajustado pero cabía, pero en su lugar retome mi ruta hacia las pasturas de Rodney Prince hasta el arroyo de Rodney Prince y volví a casa al atardecer con una línea que pesaba tanto que por respeto a los sentimientos de Rodney Prince no entrare en detalles. El hospitalario Granger me había asegurado amigablemente la tarde anterior que no habían truchas en su arroyo, que los muchachos las habían pescado todas hace mucho tiempo y que si quedaba alguna seguramente sería míseros especímenes del largo de un dedo, nada que llamase la atención de un hombre de ciudad con una caña de quince dólares y un estuche lleno de moscas.

Después de la cena me sume como de costumbre al pequeño círculo de espíritus selectos que se reunían todas las tardes en la parte de atrás de la tienda del  Diacono Plymton, a fumar sus pipas y a beneficiarse de la sabiduría oracular del propietario de la tienda. En mi humilde intento de contribuir a la conversación con algo interesante, mencione casualmente que había tropezado con un agujero profundo esa tarde mientras iba a pescar. Me halago el hecho de que mi insignificante aventura era tratada con respeto por el resto de mi compañía y que incluso el taciturno Diacono, sentado en su barril de puerco, me concedía su atención.

“¡Claro!” dijo. “En la colina de Rodney?”

“Si”

“¿Bajo un roble rojo?”

“Si”
“umm” refunfuño lanzando una bocanada de humo, “apenas escapaste”

“¿Por qué?” pregunte, resuelto a no ser menos lacónico que él. “¿Zorrillos?”

“¡No… Balbuceadores!”

Andrew Hinckley, sentado en un barril de la harina más costosa del Diacono, murmuró “Balbuceadores”. Y su hermano John, desde una caja de jabón para lavar se hizo eco de la misteriosa palabra. Y Squires Trull sentado en la balanza y el viejo Orrison Ripley, sentado en el barril de barra edulcorada que el honesto Diacono vendía como azúcar en polvo a un chelín la libra, se aferro del refrán y dijo solemnemente como en concierto, “¡Si, los Balbuceadores!”

Sabía que hacer una pregunta me pondría en desventaja en presencia de tan distinguidos ciudadanos, así que solo dije “ah, Balbuceadores”, y asentí con la cabeza, como si escapar de los Balbuceadores fuese una experiencia de lo mas ordinaria en mi vida.

“Gracias a la Providencia” dijo el Squire Trull, luego de unos momentos de silencio, “el que no te hayan jalao para adentro.”

“No ha habido un escape así desde que Fuller se tropezó con el agujero estando ebrio y vio como le arrancaron la bota del pie. ¿No fue así Diacono?

El Diacono, al ser interpelado, se bajo del barril de puerco, caminó hasta el otro extremo de la tienda y volvió con un cerillo de sulfuro en su mano, volvió a prender su pipa y asintió seriamente con la cabeza.

La conversación divagó y se extendió hasta que sonó la campana de las nueve en punto e inspiró al Diacono a bajar los jamones y cerrar las persianas, de ella pude recabar los siguientes datos:

Durante muchos años, de hecho aun desde la infancia del venerable Orrison Ripley, las personas de Canaán habían visto al agujero en la ladera de la colina, bajo el roble rojo con cierto temor supersticioso. Hubo pocos que se acercaron al lugar durante el día, ninguno durante la noche. La opinión popular sobre el agujero parecía bastante bien fundada. A menudo se escuchaban sonidos, risas demoníacas, sonidos indescriptibles, guturales y gorgoteos. Por la información que pude obtener, esta circunstancia era la única explicación de la etimología del nombre Balbuceadores, aplicado por uso y costumbre a los habitantes de las cuevas. Se creía que estos seres sobrenaturales eran malévolos, no solo por la peculiar hostilidad de su risa, la cual había sido oída por muchos en distintas épocas durante los últimos cincuenta años, sino que también hay testimonios de unos pocos que afirman haber visto cabezas diabólicas emanando del agujero como si los demonios hubiesen salido a tomar una bocanada de aire fresco. Además, está el horrible destino que sufrió Jeremiah Stackpole, un joven imprudente y ateo que un veintiuno de octubre de 1858 se había jactado de sus intenciones de juntar bellotas bajo el roble rojo, pero lo único que se volvió a ver de él fue su sombrero, junto al agujero. También está la experiencia de Jack Fuller, el hermano del notario del pueblo. Fuller, había deambulado por las pasturas de Rodney Prince en pésimas condiciones hace aproximadamente cuatro años, y había vuelto a su hogar perfectamente sobrio y con una bota menos. Declaró que mientras deambulaba en busca de ciruelas se había tropezado con el agujero de los Balbuceadores. Lo tomaron de la pierna desde abajo con sus manos salvajes, y sus dedos que le quemaban a través del cuero y la lana y fue solo gracias a un esfuerzo sobrehumano de su parte que pudo escapar de ser completamente arrastrado hacia el agujero. Afortunadamente, al sufrir de callos, usaba las botas muy sueltas, y bajo estas circunstancias les debía su liberación del terrible ataque de los Balbuceadores. Fuller afirma con solemnidad que luego de escapar y llegar a un lugar seguro, aun sentía el ardor de los dedos rojos que lo habían tomado por el tobillo.

El resumen lacónico del diacono sobre las variadas historias acerca del agujero de los Balbuceadores con las cuales me habían agasajado, fue conciso, abarcativo y aterrador. “Es la puerta trasera del infierno” dijo.

“Fuller,” le dije el día siguiente al héroe cuya bota había sido arrebatada por demonios, “¿qué tanto ron haría falta para darte el valor necesario para acompañarme al agujero de los Balbuceadores esta tarde?”

“Yo diría que cerca de un cuarto de botella”, respondió Fuller, luego de inspeccionar mis rasgos y percatarse de que no estaba bromeando. “Para estar más seguros redondeemos en un cuarto entero. Calculo que eso debería dejarme bastante ebrio.”

“¿Vendrías conmigo primero” le pregunte, “y tomarías el cuarto de ron después si le agrego cinco dólares al trato?

Fuller calculo los riesgos con las ganancias. Casi se podía ver a través de su piel la tentación batallando el miedo. El ron triunfo, al parecer. A las tres en punto, el Sr. Fuller, equipado de una soga, una lámpara, y perfectamente sobrio, me acompaño a las pasturas de Rodney Prince hasta llegar al roble rojo en la ladera de la colina.

Al examinar el agujero de cerca me convencí de que no era la guarida de ningún animal, explorando con un palo largo, descubrí que mas allá de la polvareda cerca del orificio, sus paredes eran de roca solida. Era de hecho un túnel dentro de la veta, un túnel natural, tan antiguo como las colinas de Vermont, y que por lo tanto, se habían originado durante el periodo Bajo Biloriano. Más allá de la boca del túnel, donde los escombros y el suelo de la superficie convergían parcialmente, el pasadizo se hacía tan grande como una avenida de Crotona. Durante los primeros metros, el túnel descendía en un ángulo de sesenta o setenta grados. Pero luego su curso, por lo que pude indagar con mi palo, era casi horizontal y se dirigía hacia el corazón de la colina.

Di un paso adelante y grite directo a la boca de la caverna. Volvió hacia mí un confuso y vago eco de mi voz, cuando éste cesó, pude escuchar distintivamente una risa extraña, suave, inteligente, pero no humana, perceptible a mis oídos pero de otro mundo, un mundo desconocido.

Fuller también lo escuchó. Se puso pálido y salió dando grandes zancadas. Le grité con firmeza y volvió temblando.

“Esa risa que escuchamos” dije yo, “es en parte el eco del agujero y en parte nuestra imaginación. Voy a entrar.”

Siguiendo el sincero consejo del Sr. Fuller, decidí entrar a la cueva con los pies de frente, de esa manera, en caso de una emergencia, podría luchar para salir de forma más eficiente. Encendí la lámpara y amarre un extremo de la soga bajo mis brazos. Le di el otro extremo a Fuller. “Si grito para salir,” le dije, “tira de la cuerda con toda tu fuerza y si es necesario dale una vuelta al roble.” Luego retrocedí lenta y cautelosamente hacia el interior de la cueva de los Balbuceadores.

Antes de que hubiese terminado de meter la cabeza y los hombros por el túnel, sentí que un poderoso agarre me tomaba por los tobillos y supe que me estaban arrastrando con fuerza sobrehumana hacia las entrañas de la colina. Le grité a Fuller desesperado, pero mi grito quedo casi opacado por el resonar de una espantosa carcajada. Vi a mi compañero abalanzarse sobre el tronco de un árbol grande. Hizo lo que pudo para salvarme pero se enredo en un arbusto y cayó al suelo y la soga se le deslizo de sus dedos entumecidos por el miedo. Mis propios dedos me fallaron al intentar tomar el polvo de la boca de la cueva. El poder que me arrastraba era irresistible. Mis ojos se encontraron con los suyos, y estaban llenos de horror. “Dios te salve” grito, justo cuando la oscuridad me envolvía.

Me tiraban hacia abajo con una velocidad cada vez mayor, el terror que sentía fue reemplazado por una extraña euforia que me generó el descenso. Me sentí como un tren expreso a toda máquina atravesando la noche. No sabía nada, ni realmente importaba. Ahí estaba yo, un pequeño bote arrastrado por la estela siseante de un barco a vapor. El rugir del agua tomo el ritmo de una sensación cantante y trepidante que precede al desmayo, hasta que la conciencia me abandonó.

El primero de mis sentidos en regresar, al cabo de un indefinido periodo de tiempo, fue el gusto. El gusto de un buen brandy es incomparable.

“Está volviendo en sí. Ya no necesitas acompañarlo,” dijo un voz, severa pero no agresiva.

Abrí los ojos y mire a mí alrededor. Estaba en un pequeño departamento sobre un cómodo sofá. Pesadas cortinas me bloqueaban el campo de visión. La peculiaridad más impresionante del lugar es difícil de describir, ya que involucra una cualidad que no tiene un equivalente exacto en ningún idioma del mundo de los hombres. Cada objeto era auto-luminoso, irradiaba luz, por así decirlo, en lugar de refractarla. Las cortinas escarlatas brillaban con un resplandor escarlata, pero seguían siendo opacas y no traslucidas. El sofá parecía estar envuelto en cobre, pero el cobre brillaba como si fuera una fuente de luz. La persona alta junto a mí, que me miraba con una actitud amistosa y compasiva, también era auto-luminosa. Sus rasgos irradiaban luz, incluso sus botas, que ostentaban un inmaculado pulido brillaban con un indescriptible oscuridad radiante. Creo que hubiese podido leer el periódico solo con la luz que emanaban sus botas.

El efecto de este singular fenómeno era tan grotesco que no pude evitar largar una risotada.

“Discúlpeme,” le dije, “pero tiene una apariencia tan condenadamente similar a una lámpara china que no pude evitarlo.”

“No veo nada que incite al júbilo,” respondió con seriedad. “¿Se refiere usted a mi lustre?”

Su inconsciencia me hizo reír nuevamente. Mas tarde, cuando me acostumbre al fenómeno de la luminosidad difusa universal, cada color luminoso me resultó perfectamente natural, y no vi ya razones para seguir riendo al igual que él.

“Amigo mío,” le dije, para cambiar de tema, al ver que  tenía poca paciencia, “ese brandy que tan generosamente me has convidado es excelente. ¿Podrías, quizás, decirme dónde estoy?”

“Le puedo asegurar que está entre quienes estamos a su disposición, sin perjuicio de su insignificancia y sus pecaminosos disparates. Intentaremos hacer que deje de lamentarse por abandonar ese frívolo mundo para siempre.”

“Son demasiado amables,” le dije, “debo volver a Canaán lo más pronto posible.”

“Nunca volverás a Canaán. El camino por el cual has venido solo funciona en una dirección.”

“¿Y usted pretende que me quede aquí en esta cueva infernal?” “Por su propio bien.”

“Me sorprende,” replique, ya algo acalorado, “que esté tan interesado en mi bienestar moral”

Debió haber pasado una semana entera, aunque no tenía forma de medir el tiempo ya mi reloj obstinadamente se negaba a funcionar, desde que caí prisionero en esta jaula de cortinas luminosas. A intervalos regulares mi guardián, que se asemejaba a un Jack’O Lantern, me visitaba, me traía comida que brillaba como si fuera fosforescente pero que ingerí de todas formas con infinito deleite y me pareció muy buena. No parecía tener ganas de conversar pero siempre me trataba con cortesía y amabilidad, me saludaba y se despedía con una sonrisa soberbia que terminó por exasperarme.

“Escucha,” dije un día, perdí finalmente la paciencia, “sabes muy bien que no me faltan ganas de estrangularte y salir de este lugar a las patadas hasta que vea la luz del sol. Pero en fin, soy débil y lo suficientemente humano para decir que estaría sumamente agradecido si me dices quién eres, por qué siempre me sonríes de esa manera tan soberbia y qué te propones a hacer conmigo. ¿Quién diablos eres tú de todas formas?”

“Todo lo que preguntas lo descubrirás pronto,” respondió con una cortesía ilimitada, “ya que me han ordenado que te lleve de inmediato ante nuestro señor.” “¿El señor de los Balbuceadores?”

“Balbuceadores, si. Creo que ese es el nombre que nos han dado en ese apestoso mundo del cual tuviste la fortuna de escapar. Acompáñeme, por favor, a la cámara de audiencias de mi señor.”

El señor de los Balbuceadores era un personaje con un semblante extremadamente serio. Al igual que mi guardián, sus consejeros y cortesanos (con excepción de un individuo) que me rodeaban en el confortable salón de audiencia, era auto-luminoso. La excepción era un individuo que parecía ser alguna especie de servidumbre. Esta persona, de apariencia humana como yo había hecho todo cuanto estaba a su alcance para remediar sus deficiencias en este aspecto. Se había frotado el rostro, sus manos y su vestimenta con fósforo y brillaba artificialmente como una pobre imitación del genuino principio de iluminación del mundo Balbuceador. Resultaba evidente por su comportamiento y apariencia que este intento de imitación estaba hecho como un sincero gesto de adulación. Su actitud hacia los Balbuceadores era de subordinación al extremo. Estaba a su completa disposición, se regocijaba ante su aprobación, y parecía llenarse de orgullo cada vez que el señor de estos extraños seres se dignaba a mirarlo o hablarle con aire de superioridad.

“¡Gusano de la tierra!” dijo el Balbuceador principal. “¿Estás dispuesto a aprovechar una gran oportunidad?”

“Lo estoy,” respondí,”estoy dispuesto arrastrarme de vuelta a mi humillante vida a la primer oportunidad que se me presente.”

“Pobre tonto”, dijo el señor Balbuceador, sin el menor signo de impaciencia.

“Gracias,” respondí con una reverencia que pretendía ser irónica, “¿y cómo debería dirigirme a su majestad?”

“Oh, yo soy Ahriman,” continuó, “el gran Ahriman, el poderoso demonio Ahriman. Los mortales tiemblan de solo pensar en mí, y no se atreven a pronunciar mi nombre. Fui el soberano de un vasto imperio de demonios y archidemonios en mis tiempos, y cause gran cantidad de problemas en Persia y alrededores. Soy un demonio aterrador, te lo aseguro, inspiro mucho terror.”

“Discúlpeme, tío Ahriman” le respondí, “¿pero está seguro de ser tan temible como solía ser?  

Un gesto de vanidad mortificada atravesó su rostro. “Quizás,” respondió dudando un poco “quizás esté un poco fuera de práctica. Los años y las circunstancias han limitado mi campo de acción. Pero sigo siendo temible. ¿Acaso no sigo siendo temible Belcebú?”

“Mi señor Ahriman,”  dijo una voz familiar detrás de mí, “es usted indescriptiblemente temible” mire a mi alrededor y vi que esta opinión venia de mi viejo conocido y guardián.

“Has oído a Belcebú,” continuo Ahriman, “dijo que soy tan temible que no hay palabras para describirme. Puedes confiar en Belcebú, es uno de los demonios más confiables y despiertos de nuestra comunidad. Él tiene poca consideración por la naturaleza humana pero en temas como este su opinión es tan válida como la de cualquiera. Sí, soy espeluznante sin lugar a duda. ¿No es así, Stackpole?”

El sujeto al cual había identificado previamente como un ser humano y lame botas a disposición de las órdenes y caprichos de los Balbuceadores, dio un paso al frente de la multitud, elevo sus ojos del suelo hacia los de Ahriman, y consecuentemente empezó a temblar y tiritar como si el pavor lo hubiese dejado sin habla. En su momento creí que ese canalla esta fingiendo. Incluso creí ver que me había guiñado el ojo en señal de complicidad cuando dejó de temblar.

“Ya ves,” dijo Ahriman, volviéndose orgullosamente hacia mí, “lo que mi presencia genera en nuestro valioso amigo Jeremiah Stackpole, aun cuando ha tenido casi veinte años para acostumbrarse a mi presencia.”

Este hombre mortal, era el  joven ateo de Canaán, cuya misteriosa desaparición en 1858 me habían relatado en la tienda del Diacono Plympton. Más tarde me entere que el había ingresado a la cueva de los Balbuceadores de la misma forma que yo. Con la diferencia que él se había adaptado a su situación mucho más rápido. La sociedad de demonios retirados en las entrañas de la tierra  encajaba perfectamente con sus gustos. Le aseguraron una cómoda subsistencia mientras viviera, nunca intento escapar de la cueva y descubrió que se podía ganar el aprecio de sus captores alimentando su inofensiva vanidad.

“Ahora, mortal,” retomo Ahriman con un aire de triunfo, “quizás creas que es extraño que espíritus malignos, tan poderosos y terribles como nosotros, contemplen cualquier otra posibilidad sobre tu insignificante cuerpo y totalmente depravada naturaleza que no sea la de borrar tu existencia de una vez. Para serte sincero, sin embargo, nos resulta provechoso tener a un mortal o dos entre nosotros para hacer el trabajo pesado de la comunidad, o para asistir en el desarrollo de los inmensos recursos naturales que la cueva ofrece. No es que seamos perezosos,” agregó,”sino que en nuestro honorable retiro estamos, quizás, menos activos y con menos energía de la que solíamos tener. Por esta razón, te ofrecemos la oportunidad de disfrutar las increíbles ventajas de la perpetua compañía de  tan grandiosos seres. Valgame,”continuo este impresionante demonio, abanicándose con una cola punzante de cual no me había percatado antes, “¡que calor! Moloch, llévate a este mortal. Tanta charla me ha fatigado.”

Debo confesar que me preocupe un poco ante la mención de un nombre que la humanidad ha temido por siglos. Había algo macabro en la idea de ser entregado al cruel y sanguinario Moloch, en cuyos altares rojos habían sido sacrificadas miles de vidas humanas. La apariencia de mi nuevo guardián, sin embargo, era reconfortante. Moloch se me acerco con una sonrisa amistosa, me palmeo la cabeza y se ofreció a mostrarme la cueva. Era un demonio gordo, bondadoso, y aparentemente perezoso, con un rostro grotesco y un brillo alegre en sus ojos. Me agrado Moloch desde el principio.

“Te contare uno bueno,” me susurro al oído. “¿Cuáles fueron las naciones más ridículas que alguna vez vivieron sobre la faz de la tierra? Ja ja ¡Es muy bueno, te lo aseguro!”

“Me rindo” le dije.

“¿Por qué?” me dijo mientras empezaba a tiritar como una medusa de tanto aguantarse la risa, “las naciones más ridículas eran los Sahu-merios, los Creti-nenses y los Baba-lonicos. ¿Entiendes?” Moloch se desencajo de la risa.

Me reí sinceramente, y a él le agrado que apreciara su humorada. “Te contaré uno mejor” me dijo en confidencia, “tan pronto como recuerde el remate. He olvidado cómo es el remate. Tiene algo que ver con un pícaro juguetón y una rana temeraria, no. No estoy seguro que sea así. Pero es una de las mejores bromas que jamás has escuchado si se la cuenta bien.

“Esos demonios que están allá,” dijo Moloch, mientras salíamos del salón de audiencia e ingresábamos a un campo, bajo el techo colgante de la caverna, donde una variedad de demonios de apariencia bastante inocua estaban plantando maíz, “son  Asuras, Pretas, y los temibles Raksasas del hinduismo. Solían deambular por la tierra sedientos de sangre, con afilados dientes, siempre buscando carne humana. Ahora son demonios estrictamente graminívoros. Oh déjame decirte que ha habido un gran avance en nuestra raza desde que nos retiramos de la actividad. Podrías llamarlo el avance civilizatorio” agregó, con síntomas visibles de que se reía por dentro.

Llegamos ante un gigantesco demonio sentado que se balanceaba en una roca, su enorme puño derecho blandía una petaca de mimbre. “Es Tifón” susurro Moloch, “el Set de los antiguos egipcios. Set solía respirar humo y bombardear a sus enemigos con rocas al rojo vivo. Alguna vez fue el terror de todos los dioses, si lo recuerdas, los desterró a todos del país. No te lastimara. Esta muy apacible ahora, incluso cuando está medio borracho. Set tiene predilección por el licor pero como observaras ya no lo tolera como antes. El gran Set se ha venido abajo como podrás ver,” agrego Moloch riéndose por lo bajo, “Set, sat, sot.”*

“Eres un bromista desquiciado Moloch,” le dije.

“Estoy en modalidad bromista”, replico. “Disfruto de una buena broma. A veces, me suben hasta el túnel de Canaán para que me ría y asuste a los campesinos del mundo exterior. ¿No has notado lo particularmente alegre que son mis ojos?”

En el transcurso de mi caminata con Moloch a través de la comunidad Balbuceadora, llegue a comprender lo inofensivo y sencillos que eran estos miedos ancestrales en realidad. Si alguna vez habían sido malignos, habían descartado esa maldad cuando la superstición los descarto a ellos. Como todo caballero en decadencia en cualquier rama de la industria, algunos de ellos aun enarbolaban con cierto orgullo su pasado perverso, pero la sombra era ridículamente distinta a la sustancia. Uno a uno, como me lo contara el amigable Moloch utilizando variados y brillantes juegos de palabras, de los cuales lamento ser incapaz de recordar alguno, los demonios de la antigüedad que habían sido reemplazados en dogma y credo por nuevos y más modernos demonios, abandonaron la faz de la tierra y se retiraron a esta caverna en las profundidades de esta montaña con forma de tridente. Aquí, los demonios agotados de cuarenta siglos se habían oxidado lentamente a las condiciones en las que los encontré cuando me arrastraron por los talones a su comunidad.”

“Ahriman ha mantenido su cordura mejor que cualquiera de nosotros,” explicaba mi guía, el alegre Moloch, “y por lo tanto es nuestro jefe, pero en privado, entre tú y yo, no creo que sea más grandioso o diabólico que ninguno de los otros.”

Vimos y hablamos con Baal. Parecía ido, trabajaba en la cocina del establecimiento, repartiendo raciones de sopa fosforescente. ”Tu sopa brilla hoy” le dije, a falta de algo más interesante que decirle.

“Si, brilla, brilla”, respondió el anciano demonio, aparentemente había quedado perplejo por la fuerza de mi afirmación. Hizo una pausa, como si fuera incapaz de captar la inmensidad de la idea, con el cucharón en la mano se agarró la frente y se volcó sopa en la ropa. “Brilla, brilla”, repetía, sin notar lo que había hecho, “hay algo en mi cabeza que zumba y zumba.” Empezó a tirar sopa para todos lados y a musitar para sí la pobre analogía, “lo que brilla, brilla, lo que zumba, zumba.”

“Algunos de los nuestros están aun más idos que Baal” dijo Moloch. “Hay una casa llena de ellos en aquella institución donde los pobres diablos se sientan a soñar despiertos y tienen la lucidez justa para comer y beber. Deberías ver a Abaddon. Tiene un estado deplorable. Tan ido que no puede apreciar una buena adivinanza. “

Más tarde, tuve el honor de que me presentaran a Lilith, la amante de Adán, y madre de una perniciosa camada de demonios. Era una anciana muy afable como una abuela, y, cuando la vi estaba tejiendo un par de medias de lana muy abrigadas para Belial, una especie de demonio perezoso bueno para nada. Vi a Asmodeus, estaba leyendo con aparente entusiasmo Cartas para jóvenes hombres de Timothy Titcomb. Conocí a Leviatán, Nergal y Belfegor, que hubieran huido despavoridos temblando si les hubiese hablado con demasiada firmeza. Hable con Rimnon, Dagón, Kohai, Behemoth, y el Anticristo, eran tan serios y respetables como los honestos ciudadanos que veía todas las noches en la tienda del Diacono Plympton.

Durante las semanas que duro mi estadía con los Balbuceadores, me sentí un poco mortificado al saber que sus estándares morales ponían en vergüenza las prácticas comunes de la humanidad. Seres inofensivos, se jactaban de su reputación como malignidades demoníacas pero en sus vidas privadas tenían una conducta intachable. No mentían ni robaban. La confianza era algo sagrado. De su hospitalidad, puedo dar fe. La única forma de vicio que existía entre ellos era la ebriedad y se restringía a Tifón y uno o dos más. Pero, aun cuando les daba crédito por virtudes que escaseaban en la tierra, debo ser totalmente honesto y decir que la compañía de los Balbuceadores era bastante tediosa. Descubrí el secreto para utilizar el túnel gracias a la bondad de mi amigo Moloch y la felicidad me invadió cuando me encontré nuevamente de pie junto al roble rojo en las pasturas de Rodney Prince.

El contraste entre los oscuros y apagados colores de la superficie en comparación con los tonos auto-luminosos de la caverna era insignificante comparado al que me oprimía cuando empecé a asociarme nuevamente con la humanidad. La corrupción del comercio, la mezquina malicia de la sociedad, la degradación del ser humano, tomaron un nuevo y repulsivo aspecto. Comparto la compasión de Belcebú por la imperfección de los mortales.

Fin.

NdT: *Juego de palabras esgrimido por el demonio Moloch. Literalmente significa “Set, se sienta, Borracho”. Es claro que las palabras en el idioma original sirven mejor a sus propósitos que la traducción al español.

Un poco sobre el autor
Edward Page Mitchell, que se desempeño durante años como editor del periódico The Sun en la ciudad de New York, fue un impulsor temprano de la ciencia ficción y el género fantástico.
El gigante perdido de la ciencia ficción americana, introdujo múltiples recursos y clichés típicos del género años antes que lo hicieran otros gigantes como H.G. Wells.
Originalmente, los escritos de Mitchell fueron publicados en forma anónima en el periódico donde trabajaba a fines del siglo XIX, su autoría salio a la luz recién en 1973 cuando Sam Moskowitz recopilo ocho de sus historias en una antología llamada “El hombre de Cristal”.


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