Detrás de la cortina

Por Gertrude Barrows Bennett

Ya eran mas de las nueve en punto cuando sonó la campana, y bajé hasta el recibidor, pobremente iluminado, abrí la puerta del frente, en principio con la cadena puesta hasta cerciorarme de la identidad de mi visitante. Al ver, como esperaba, el rostro de nuestro amigo, Ralph Quentin, retire la cadena y entró, acompañado por un aguda ráfaga de aire de noviembre. Tuve que apoyar todo mi peso contra la puerta para cerrarla contra el viento.

Se rió jocosamente mientras se quitaba el sombrero y la capa.

“Has sido muy precavido Santallos. Pensé que me ibas a pedir contraseña para dejarme entrar.”

“No esta de mas ser precavido,” repliqué. “Esta casa está siempre vacía y hay ladrones por todos lados.”

“Un ladrón requeriría de una fuerza considerable para llevarse alguno de tus tesoros. Esa cosa que pertenece a un cementerio, por ejemplo, ¿Cómo lo llamas?”

“El sarcófago de Beni Hassan. Si. ¿Pero que hay de su interior cubierto en oro, y de la mujer que contiene? Un ladrón con criterio e inteligencia podría codiciar ese tesoro e intentar quitármelo.¿No estás de acuerdo?”

Volvió a reírse y fingió un escalofrío.

“¡La mujer! ¡No me recuerdes que esa momia horrorosa y marchita fue alguna vez una mujer!”       
     “Pero lo fue. Sin lugar a dudas en sus días mi pobre Princesa de Naarn era suave, atractiva; una criatura de labios rojos y húmedos y ojos como las estrellas del oscuro cielo egipcio. “La cantante de la casa” la llamaban, antes de convertirse en Ta-Nezem la Osiriana. Pero te he dejado aquí en el frío recibidor. Ven arriba conmigo. ¿Mencioné que Beatrice no esta aquí esta noche?”

“¿No?” Su tono expresaba sorpresa y sincera decepción. “¿Entonces no puedo despedirme de ella?¿No recibiste mi nota? Voy a ocupar el lugar de Sanderson como encargado del departamento de ventas en Chicago, y me voy mañana a la mañana.”

“Felicidades. Si, recibimos tu nota, pero Beatrice tuvo la oportunidad de viajar con sus amigas al sur. Fue algo repentino, pero no se ha sentido bien últimamente así que le insistí para que fuera. Este aire de noviembre es cruelmente húmedo y amargo.”

“¿Qué era, un crucero?”

“Un crucero largo. Se fue esta tarde. He estado sentado en su recámara, Quentin, pensando en ella, y te contare todo ahí si no te molesta.”

“Como gustes,” concedió, aunque con un tono que demostraba algo de sorpresa. Supuse que no creía que yo fuese una persona sentimental o le pareció extraño que deseará compartir esto con otra persona, aun con un buen amigo como él. “Debes ser aterradoramente solitario aquí sin Bee,” continuó.

“Una trivialidad”. Le dije mientras subíamos por oscuras escaleras. “Después de esta noche, sin embargo, todo será diferente. ¿Sabías que he vendido la casa?”

“¡No! ¿Por qué? Estás lleno de sorpresas, viejo amigo. ¿Encontraste un lugar mejor con mas espacio para tus frascos y lapidas?”

Hizo, asumo, una aguda referencia a mi colección de tesoros Cópticos y Egipcios, comprados en buena fe y a los cuales aprecio mucho, pero mas símil basura para una persona como Quentin, joven y temperamental.”

Abrí las puertas de la recámara de mi esposa, y resultó placentero salir del frío y oscuro recibidor e ingresar al cálido y tenuemente iluminado salón. Aunque era una casa antigua, lleno de inesperadas corrientes de aire. Aun aquí, había una corriente tan fuerte que una pesada cortina de velur en el extremo mas lejano del cuarto se ondulaba y se inflaba continuamente, como una vela suelta color rosa. Nunca  lo suficiente para revelar lo que había detrás.

Mi amigo se acomodó en una pequeña y frágil silla que había junto al vestidor de mi esposa. Era el tipo de silla que las mujeres aman y la mayoría de los hombres odian, pero Quentin, a pesar de su peso y estatura, estaba en contacto con su lado femenino, o era quizás un lado felino. Como un gato, se movía delicadamente. Era rubio y alto, con rasgos finos y regulares, una risa moderada y un prolijo encanto de la juventud, sin mencionar que en ocasiones era brutalmente honesto al hablar.

Mientras lo miraba ahí sentado, con elegancia, en calma, desee que su mente compartiera lo agraciado de su cuerpo. Me hubiese podido entender mucho mas fácil.

“De hecho, si encontré un lugar para mi colección,” observe, a la vez que me sentaba cerca. “Con excepción del sarcófago de Ta-Nezem, todo el lote va para los comerciantes.” Al ver su expresión de descreimiento y asombro continué; “La verdad es, mi querido Quentin, que he sido culpable de una gran injusticia con nuestra Beatrice. He sido un muy buen coleccionista pero en extremo negligente como esposo. Mis “frascos y mis lapidas”, de hecho, han disfrutado de un nivel de atención que hubiera sido mejor invertido en otro lado. Si, Beatrice me ha dejado solo, pero cuando termine con algunos asuntos pendientes tengo intención de unirme a ella. Y tu también te iras. Por lo menos, ninguno de los tres va a estar aquí para extrañar la amistad del otro.”

“Estas lleno de sorpresas esta noche, Santallos. Pero, por Júpiter, ¡No lamento oír nada de esto! No es mi lugar criticarte, y Bee no es del tipo de las que se quejan. Pero vivir aquí, en esta casa antigua y solitaria que parece un granero, haciendo ella misma la labor domestica, prácticamente abandonada por sus amistades, debe haber sido…”

“Difícil, muy difícil,” lo interrumpí suavemente, “para alguien tan joven y tan adorable como nuestra Beatrice. Pero si he estado dormido por lo menos el momento del despertar ha llegado. Deberías haber visto su rostro cuando escuchó las noticias. Fue maravilloso. Estábamos de pie, solo ella y yo, entre mis frascos y lapidas, mi “cámara de los horrores” la llama ella. Son tan ingeniosos para las frases, ustedes dos. Nos ubicamos detrás del gran sarcófago de piedra de la Necrópolis de Beni Hassan. Sobre los caballetes se encontraba el ataúd cubierto de oro donde Ta-Nezem, la Osiriana había dormido durante tantos siglos. Sabes cual es, la has visto. Con sus hermosos y resplandecientes tallados, como la imagen sonriente y pintoresca de una mujer dorada.

“Entonces levante la tapa y le mostré a Beatrice que la que alguna vez fue la cantante, la doncella de Amen, ya no dormía ahí y que el ataúd estaba vacío. Sabes también que a Beatrice nunca le gusto mi princesa. Solía burlarse y decirme que estaba celosa. ¡Celosa de una grotesca mujer que ha estado muerta por miles de años! O, y esto solo me lo dacia cuando estaba enojada, que había comprado a Ta-Nezem con el dinero que podría haber usado para darle a ella, Beatrice, todo lo que nunca tuvo en su vida. No tenía mucha paciencia a la hora del  reproche, Quentin, pero solo cuando enojaba mucho. 

“Así que le mostré el ataúd vacío y le dije, “querida esposa, nunca mas tendrás que estar celosa de Ta-Nezem. He vendido todo lo que está en este cuarto excepto a ella y a sus pertenencias, a ella no soporte venderla. Ningún otro hombre compartirá o poseerá aquello que amo. Así que la he destruido. He reducido su cuerpo a jirones aromáticos de color marrón. La he quemado, es como si nunca hubiera existido. Y ahora, querida mía, tendrás para ti todo el cariño y todo el cuidado que hasta el día de hoy le había dedicado a la Princesa de Naam.”

“Beatrice se alejo del ataúd vació como si apenas creyera lo que acababa de oír, pero cuando vio en mi mirada que hablaba en serio, ni mas ni menos, deberías haber visto su rostro, mi querido Quentin, ¡deberías haber visto su rostro!”

“Me imagino.” Largó una pequeña risa. Por alguna razón mi huésped parecía estar cada vez mas incomodo, y miraba de reojo con mucha frecuencia en dirección al pequeño cuarto rosa y blanco que era el rincón lujoso y meticulosamente femenino en lo que acababa de llamar mi “casa que parece un granero,” también miraba en dirección al oscuro y frio cuarto detrás de la cortina,

“Santallos,” continuo abruptamente, y a mi parecer de manera un poco grosera, “deberías haberte mandado a hacer un retrato del aspecto que tienes esta noche. Podrías haber posado como uno de esos antiguos y rígidos hidalgos que pintaba… ¿como se llamaba el español ese que pintaba a los dones y doncellas?

“Te refieres a Velázquez,” le respondí con moderada cortesía, aunque secretamente siempre me había desagradado su abrupta personalidad. “Mi padre, como recordaras, era de Cordova en el sur de España. Pero, ¿acaso debes irte tan pronto? Primero bebe una copa de vino conmigo en honor a nuestra ausente Beatriz. Veras como calentaba mi sangre ante el frío viento que sopla incluso aquí. El vino es Amontillado, un poco del que me envió un amigo de mi padre desde el mismísimo viñedo donde se cultivan y machacan las uvas. Se ha estado asentando aquí durante todos estos años. Antes de irse, Beatriz bebió de estos mismos vasos.¡Autentico vino de Montilla! Observa su vitalidad, como el fuego de las ascuas, con una pizca de sangre detrás.”

Sostuve el decantador en alto y la luz brillaba a través de él y sobre su rostro.

“¡Amontillado! ¿Es una especie de jerez? No soy un gran conocedor de vinos como sabrás. Pero… Amontillado.”
     Por un momento estudió el vino que le había dado, una llama liquida en una copa de cristal. Entonces su cara se aclaro.

“Ya recuerdo la asociación. “El barril del Amontillado.” ¿Alguna vez leíste esa historia?”

“Creo recordarla vagamente.”

“Una especie de cuento horrendo y fascinante. Un sujeto lleva a su mas confiable amigo al sótano para probar un poco de vino, lo confina en un nicho y construye un muro sobre él. Lo entierra vivo, ¿entiendes? La leí cuando era mas joven y me dejo una fuerte impresión, en parte, porque creo que no puedo, por mi vida, comprender una personalidad, ni siquiera una italiana, que pudiera contemplar tal forma de venganza. Tu eres latino, Santallos. ¿Tu harías algo así?”
     “Dudo que pudieras entenderlo,” respondí suavemente, preguntándome como incluso alguien como Quentin podía ser tan vulgar, sin tacto alguno. “Semejante venganza quizás tenga sus méritos, ya que el criminal estaría muriendo por un largo tiempo. La sola idea de matar me parece lastimosamente inadecuada. Verás, si yo estuviese motivado por la venganza, nunca me conformaría con la muerte. Me gustaría llevarla mas allá.”

“¿Qué… mas allá de la tumba?”

Me reí. “¿por qué no? ¿No sería esa la apoteosis del odio? Intento interpretar la naturaleza latina, como me pediste que hiciera.

“Me confunde, por un instante pensé que hablaba en serio. ¡La forma en que lo dijo me hizo temblar en serio!”

“Si,” observe, “o quizás fue la corriente de aire. Observe, Quentin, como se infla esa cortina.”

Sus ojos siguieron mi mirada. La pesada cortina color rosa que se agitaba frente a la puerta del dormitorio de mi esposa, sobresalía, se sacudía y mecía como una vela hinchada, como lo hacen las cortinas con viento detrás.

Sus ojos se apartaron de la cortina, encontraron los míos y volvieron a caer sobre el vino en su copa. De pronto, se lo bebió de golpe, no como lo haría alguien que quiere degustar un vino, sino de forma apresurada, indiferente, sin reparar demasiado en el sabor o su aroma. Levante mi copa para hacer el brindis que él había olvidado hacer.

“Por nuestra Beatriz,” le dije, y bebí el mio de un solo trago, aunque con un poco mas de apreciación.

“Por nuestra Beatriz, por supuesto,” Miro el fondo de su copa vacía, y antes de que pudiera ofrecerle mas, se levanto de la silla.

“Debo irme, anciano. Cuando le escribas a Bee, dile que siento no haberme podido despedir de ella.”

“Antes de que pueda recibir una carta mía, estaré a su lado, espero. Que fría está la casa esta noche, y el viento sopla en todas partes. Ves como soplan las cortinas, Quentin.

“Así es,” Depositó la copa en la bandeja junto al decantador. Cuando ingresó a la habitación por primera vez, sonreía, pero ahora su ceño demostraba notables rasgos de preocupación, con su mirada de aquí para allá, y sin encontrar la mía, que estaba fija. “Hay un viento,” agregó, “que sopla a lo largo de este muro, que curioso. No se puede percibir ninguna corriente aquí tampoco. Pero debe soplar aquí, e inflar las cortinas por supuesto.”

“Si,” le dije. “Claro que infla las cortinas.”

“¿O es que acaso hay otra puerta detrás de las cortinas?”

Su cuidada ignorancia de lo que cualquier tonto podría inferir con solo por las apariencias me sacó una sonrisa involuntaria. Sin embargo, le respondí.

“Si, claro que hay una puerta. Una puerta abierta.”

Su ceño se profundizo. Mis respuestas sinceras y simples parecían causarle cierta irritación.

“De la manera que me siento ahora,” agregue, “solo cruzar la habitación me requiere de esfuerzo. Estoy cansado y débil esta noche. Como me dijo una vez Beatriz, mi fuerza comparada a la tuya es como la de un niño con la de un hombre adulto. ¿Cerrarías esa puerta por mi, querido amigo?”

“Por qué… si, claro. No sabia que estabas enfermo. En ese caso no deberías estar solo en esta casa vacía. ¿Quieres que me quede contigo por el momento?”

Mientras hablaba cruzo la habitación. Sus manos estaban sobre la cortina, pero antes de que pudiera correrlas mi voz lo detuvo.

“Quentin,” le dije, “¿siquiera tu tienes la fuerza suficiente para cerrar esa puerta?”

Mirándome con el mentón sobre su hombro su rostro me pareció ligeramente familiar, tan abstraído con asombro y sospecha.

“¿Que quieres decir? Estás muy extraño esta noche. ¿Acaso la puerta es tan pesada? ¿Que tipo de puerta es?”

No respondí.

Sus ojos se alejaron de los míos como si tuvieran vida propia y en un instante corrió la pesada cortina.

Detrás de ella, la habitación de mi esposa yacía fría y oscura, con las ventanas abiertas por donde entraba el viento invasor.

Erecto en el umbral, descubierto, estaba el antiguo ataúd cubierto de oro. Era el féretro dorado de Ta-Nezem, pero su ocupante era mas hermosa que la pobre y marchita Cantante de Naam.

Atados a su pecho estaban las extrañas y pintorescas joyas que se habían encontrado en el sarcófago. Los amuletos de Ta-Nezem, las cabezas de Hathor y el ojo sagrado de Horus,  los ureos, incluso el pesado escarabajo verde opaco, el amuleto para la pureza del corazón, ahí descansaban sobre el pecho de quien había sido la señora de esta casa, ahora Beatrice la Osiriana. Debajo de las joyas, su pálido y tieso cuerpo estaba envuelto en el mismo tipo de vendas de lino resecas, impregnadas en resinas y aceites que utilizaron los embalsamadores, muertos hacia miles de años, los mismo que habían cubierto el cuerpo de Ta-Nezem.

Arriba de su frente blanca y traslucida estaba el emblema alado de Ra. Los cuerpos dorados entrelazados que sostienen la ureo, las cobras de Egipto, se perdían en las raíces de su cabello, cabellos tan suaves y delicados que aun viven, y que sobrevivirán mucho mas tiempo que la carne de cualquiera de nosotros tres.

Si, he mantenido mi palabra y le he dado a Beatriz todo lo que había sido de Ta-Nezem, incluso el sarcófago mismo, escribí en mi testamento que fuese dispuesta en él para su descanso eterno.

Como el tonto que era, Quentin se quedo ahí parado, mirando a los ojos abiertos y helados de mi Beatriz, mía y suya también. Se quedo ahí hasta que lo que le había echado al vino empezó a hacer efecto. Entonces se dio vuelta y me miro con una mirada de sorpresa tan absurda e infantil que a pesar de la cortesía que se le debe a un huésped, me reí y seguí riendo.

Yo, también, siento las convulsiones de advertencia, pero para mi el dolor no era mas que una garantía, una forma de medir los estímulos de su sufrimiento al señalarle las frases que dejaban entrever todo lo que yo sabía sobre él y Beatriz. La broma se cuenta sola.

Pero nunca pensé que un hombre joven y fuerte como Quentin pudiera morir tan fácilmente. Beatriz, tan frágil como era, tardó mas tiempo.

Ni siquiera pudo cruzar la habitación para detener mi risa, se desmoronó en el primer paso, cayó, y al instante quedo tendido a los pies del ataúd cubierto en oro.

Después de todo no era tan fuerte como yo. Beatriz lo había visto. Sus ojos tiesos y fríos vieron todo. Como yacía ahí, su delicado y flexible cuerpo contorsionado, sin valor alguno hasta que su sustancia fuese llevada nuevamente al crisol para ser disuelta, mientras que yo que había bebido de la misma formula, sufría los mismos síntomas pero seguía de pie y con aliento suficiente para burlarme de él.

Así que me serví otra copa de ese buen vino Cordoves y levante la copa en dirección a ambos y lo bebí de un trago, mientras reía.

“Quentin,” grité, “me preguntaste qué puerta, pensaste que era la que ya habías cruzado antes, temiste que yo supiera eso, lo que tú sabias. Pero hay puertas y puertas querido amigo, y una que es mas pesada que cualquier otra. Ciérrala si puedes. Ciérrala ahora en mi cara, ya que de todas formas te seguiré adonde vayas, la pesada, pesada puerta de Osiris, ¡Guardián de la Casa de la Muerte!”

Eso fue lo que soñe que hacía y decía. Fue tan vivido, el sueño, que al despertarme en la oscuridad de mi habitación apenas podía creer que no había sido real . Real, estaba vivo, mientras que en mi sueño había compartido el veneno de la venganza. Mis venas seguían ardiendo por la acalorada pasión del triunfo, y mis ojos llenos con la imagen de Beatrice, muerta, muerta en el féretro de Ta-Nezem.

Atemorizado sin razón alguna. Salté de la cama, me vestí rápidamente con ropa de noche, y me apresuré. Corrí por el pasillo, suave y silenciosamente, al llegar al final, abrí las pesadas puertas con una mano temblorosa, encendí luces, y mas luces, hasta iluminar el gran salón que albergaba mi colección, y suspire mientras la visión de mis tesoros llegaba a mis ojos, como un hombre que llega a su casa después de un peligroso viaje.

El sueño fue una mentira.

Ahí, frente a mi, se alzaba el pesado sarcófago vacío, sobre los caballetes, el ataúd dorado, un belleza con hermosos y resplandecientes tallados, como la imagen sonriente de una mujer dorada.

Atravesé sigilosamente el cuarto y suave, muy suavemente levanté la parte superior de la hermosa tapa, fisgue en su interior. El sueño en efecto había sido una mentira.

Volví a mi cuarto feliz como un niño que había sido reconfortado. En el extremo opuesto del corredor la puerta de la recamara de mi esposa estaba parcialmente abierta.

En el cuarto de atrás brillaba una luz muy débil, y podía ver como la cortina color rosa se ondulaba ligeramente debido a alguna corriente de alguna ventana abierta.

Ayer, ella había acudido a mí para pedirme su libertad. Me negué, ya que sabía a quien acudiría y lo odie por su juventud, y su vulgaridad, y su secreto desprecio hacía mí.

¿Pero, había hecho lo correcto? Eran niños, esos dos, y a pesar de mi sueño estaba seguro que sus tontos y joviales ideales los había detenido de caer en el pecado contra mi honor. ¿Pero que tal si, al pasar el tiempo, eso cambiaba? ¿que tal si Quentin se marcha y mi querida Beatriz favorece a otro, joven como él y con menos escrúpulos?

Todos tienen, según dicen, una racha de locura incipiente. Recordé el acto frenético al cual los celos me habían conducido en mi sueño. Quizás era una advertencia, el sueño. Que pasaría si la naturaleza celosa de mi padre algún día me traicionara, y me llevará a cometer semejante locura, a destruir lo mas sagrado para mi.

Sentí un escalofrío, entonces sonreí al ver que la cortina se ondulaba. Beatrice era demasiado hermosa para quedarse a mi lado. Debería ser libre.

Que fornique con Ralph Quentin o con quien quiera, Ta-Nezem debe estar segura en su dorada casa de la muerte. ¡Mi Princesa del Nilo, marrón, marchita y perfecta! Destruida. Reducida a jirones, marrones y aromáticos, quemados, destruidos, y su hermoso ataúd profanado como había visto en mi visión.

Sentí otro escalofrío, sonreí y sacudí mi cabeza con tristeza al contemplar las ondulantes cortinas rosas.

“Eres demasiado adorable Beatrice,” dije, “y mi padre era un Español.¡Deberías tener tu libertad!”

Entré a mi habitación y me acosté para volver a dormir, en paz y feliz. El sueño, gracias a Dios, fue una mentira.

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