El funeral del diablo

Por Edward Page Mitchell
Publicada originalmente en el periódico The Sun en 1879

Sentí que manos invisibles me levantaron de mi cama y suavemente me trasportaron a una avenida del Tiempo cada vez más estrecha. Cada momento que pasaba era un siglo, nuevos imperios aparecían frente a mí, nuevos pueblos, ideas extrañas, destinos desconocidos. Finalmente, aparecí en el final de la avenida, en el fin del tiempo, bajo un cielo ensangrentado más horroroso que la más profunda oscuridad.

Hombres y mujeres iban y venían apresurados, sus rostros pálidos reflejaban el semblante maldito de los cielos. Un silencio desolador reposaba sobre todas las cosas. Luego, escuché a lo lejos un lamento muy suave, un dolor indescriptible que aumentaba en intensidad y volvía a bajar, se mezclaba con el tono de la tormenta que comenzaba a arreciar. El lamento fue respondido por un gemido, y el gemido se hizo atronador. Las personas apretaron sus manos y se arrancaron los cabellos, una voz perforan te y persistente, chillo por sobre la agitación, “¡nuestro señor y amo, el Diablo ya no está! ¡nuestro señor y amo ya no está!” En ese momento, yo también, me uní a los dolientes que lloraban la muerte del Diablo.

Un hombre viejo vino a mi y me tomó la mano. “¿Tú también lo amabas y servias?” me preguntó. No respondí, ya que no sabía por qué lamentarme. Me miró con firmeza directo a los ojos. “No hay pena,” me dijo, con sentimiento “que no pueda ponerse en palabras.” “Entonces no hay pena como la tuya” le repliqué “ya que tus ojos están secos y no hay dolor detrás de sus pupilas”. Puso su dedo sobre mis labios y me susurró “¡Espera!”

El viejo me guio hasta un amplio y suntuoso salón, completamente lleno con una multitud de dolientes. La multitud era, de hecho, una poderosa, ya que personas de todas las épocas del mundo que habían venerado y servido al Diablo estaban ahí reunidas para realizar los últimos oficios para el difunto. Vi ahí a hombres de mi propio tiempo y reconocí a otros de tiempos pasados, cuyas caras y fama me habían llegado a través del arte y la historia, y también vi a muchos otros que pertenecían a los últimos siglos a los cuales había visto en mi paso nocturno por la avenida del tiempo. Cuando estaba a punto de preguntar sobre estos últimos, el viejo se volvió hacia mi “silencio” me dijo, “y escucha.” La multitud habló al unisonó “Atención, escuchen el informe de la autopsia.”

De otro cuarto salieron cirujanos y médicos, filósofos y letrados de todos los tiempos se aventuraron para examinar el cuerpo del Diablo para descubrir, de ser posible, el misterio de su existencia. “Ya que” decía la gente “si estos hombres de ciencia nos pueden decir de qué manera el Diablo era el Diablo, si pudiesen separar sus partes mortales del principio inmortal que lo distinguía de nosotros, quizás podamos seguir adorando ese principio inmortal para nuestro propio beneficio y por la gloria eterna de nuestro difunto amo y señor. “

Con un semblante de ultratumba y pasos reticentes, tres delegados dieron un paso delante de entre los sabios reunidos. El viejo a mi lado levanto la mano para pedir silencio absoluto. Todo sonido de aflicción se detuvo al instante, vi que uno de ellos era Galeno, el otro Paracelso, y el tercero era Cornelio Agripa.

“Aquel que ha servido al amo fielmente” dijo Agripa en voz alta “debe escuchar en vano los secretos que nuestros escalpelos han descubierto. Hemos expuesto tanto el corazón como el alma de aquel que ahí yace. Su corazón era como el nuestro, bien formado para latir por ardientes pasiones, para encogerse por el odio, para agrandarse de la ira. Pero el misterio de su alma haría explotar los labios de quien lo pronunciara.”

El viejo me apartó rápidamente de la muchedumbre. La gente empezó a tensionarse y a precipitarse con una furiosa ira. Querían despedazar a esos hombres letrados y venerados que habían diseccionado al Diablo, pero aun así se negaban a hacer publico el misterio de su existencia. “¿Qué patraña es esta que nos cuentan? Carniceros charlatanes, profanadores de cuerpos” exclamó uno. “No han descubierto misterio alguno, nos han mentido a la cara” “¡Mátenlos!” gritaron otros. “Quieren guardarse el secreto para su propio beneficio. Estamos en presencia de un triunvirato de charlatanes que se han designado a sí mismo como nuestros superiores, en lugar de aquel que hemos adorado por la dignidad de sus enseñanzas, la ingenuidad de su intelecto, el glorificado carácter de su moralidad. Demos muerte a estos engreídos filósofos que pretenden usurpar el alma del Diablo.”

“Hemos buscado solo la Verdad” replicó uno de los hombres de ciencia con cierta soberbia “pero no podemos revelar la Verdad que hemos encontrado. Nuestro trabajo termina aquí.” Una vez dicho esto, se retiraron.

“Vamos a verlo nosotros mismos” grito la mayoría de la turba iracunda. Se hicieron paso hacia el interior de la habitación donde yacía el cuerpo del Diablo. Miles presionaban para entrar y luchaban en vano para estar en presencia de la muerte para descubrir ellos también la cualidad esencial del difunto. Aquellos que pudieron entrar, con reverencia, pero con entusiasmo se acercaron al enorme féretro de oro sólido, adornado con piedras brillantes y resplandeciente por el brillo de las esmeraldas, gemas y calizas. Enceguecidos, retrocedieron con el rostro perplejo. Ni un hombre entre ellos se atrevió a estirar la mano y quitar las vendas y coberturas con los que los cirujanos habían tapado su trabajo.

Entonces el viejo, que había presenciado la tumultuosa escena conmigo se colocó en un lugar elevado y dijo en voz alta. “¡Adoradores del Diablo, cuya majestuosidad los somete aun después de su muerte! Esta bien que no hayamos descubierto el misterio antes de tiempo. Una combinación de distintas señales me ha llenado de esperanza, creo que aquello que ha sellado los labios de los hombres de ciencia, puede aún ser revelado a través de la fe. Procedamos ahora a rendir el ultimo triste tributo a nuestro difunto señor. Hagamos de su memoria un sacrificio digno de nuestra devoción. Mi arte puede encender un fuego que consumirá pesados lingotes de oro tan rápido como si quemase un simple papel, y no dejará cenizas ni lamentos detrás. Que cada hombre traiga aquí todo el oro, ya sea en moneda, en lamina o en forma de baratijas que han ganado mientras servían al Diablo, y cada mujer traiga el oro que ha ganado y arrójenlo al fuego. Solo entonces la pira funeraria será digna de aquel que estamos velando.”

“¡Bien dicho viejo!” clamaron los adoradores del Diablo. “De esta manera probaremos que nuestra adoración no ha mermado. Construye la pira mientas buscamos nuestro oro.”

Mis ojos estaban fijos en el rostro de mi compañero, pero no pude leer los pensamientos que ocupaban su mente. Cuando me volteé a mirar nuevamente, el amplio salón estaba vacío excepto por nosotros dos.

Lenta pero laboriosamente construimos la pira funeraria en el centro del departamento. Lo construimos de la costosa madera que teníamos a mano, ya espolvoreados por devotos dolientes con las mas variadas especias. Construimos la pira ancha y alta y la cubrimos con objetos hermosos. El viejo sonrió mientras preparaba el fuego mágico que habría de consumir el oro que los adoradores del Diablo habían ido a buscar. Dentro de la pira dejó un espacio amplio para su sacrificio.

Juntos trajimos el cuerpo del Diablo y lo ubicamos cuidadosamente en la cima de la pira. Los truenos resonaron sobre nuestras cabezas y todo el edificio entero tembló tan fuerte que me sorprendió que no se derrumbara, sepultándonos entre el techo y el asfalto. Los truenos seguían cayendo uno tras otro, cada vez mas cerca de la pira. Los relámpagos revoloteaban muy cerca nuestro, alrededor del viejo, de mi y del cuerpo del Diablo. Seguíamos esperando a la multitud, pero la multitud no regreso.

“¡Contemplen las exequias!” dijo finalmente el viejo, arrojando su antorcha encendida al medio de la pira. “Tú y yo somos los únicos dolientes, y no tenemos una misera onza de oro para ofrecer. “Ve entonces, e invita a los adoradores del Diablo a la lectura de la ultima voluntad y testamento. Vendrán.”

“Me apresuré a cumplir la orden del viejo, y rápidamente el salón fúnebre se atiborró nuevamente. Esta vez los adoradores trajeron el oro y cada uno intentó dar una excusa por su tardanza. El ambiente se puso denso de tanta explicación. “Solo me demore” dijo uno, “para asegurarme de que había juntado todo, todo hasta la ultima pieza de oro que tenía en mi poder.” “He recolectado”, dijo otro “la laboriosa acumulación de cincuenta años, pero que felizmente sacrificaré por la memoria de nuestro amado señor.” Un tercero dijo, “verás, he traído todo, incluso el anillo de bodas de mi difunta esposa.”

Hubo una disputa entre los adoradores del Diablo para ver quien era el primero en arrojar sus tesoros al fuego. Las llamas encantadas atrapaban el oro y lo arrojaban muy por encima del cuerpo, proyectando un feroz resplandor amarillo en cada rostro emocionado del gran salón. El fuego seguía consumiendo el oro que innumerables manos le proporcionaban y el viejo seguía parado junto a la pira, con una sonrisa extraña en su rostro.

Los adoradores entonces clamaron con voces roncas “¡El testamento! ¡El testamento!” ¡Escuchemos la última voluntad de nuestro señor!”

El viejo abrió un pergamino de papel con asbesto y empezó a leer en voz alta, mientras el barullo de la muchedumbre disminuía hasta el silencio y el feroz rugido de las llamas se convertía en un suave murmullo. Lo que el viejo leyó era esto:

“¡A mis preciados seguidores, al mundo entero, mis fieles adoradores y leales sirvientes, los saludo y les concedo la única bendición que el Diablo tiene para dar, una maldición eterna!

“Soy consciente de me aproximo al momento del Cambio que acecha a toda existencia activa, en mi sano juicio y con un propósito firme, declaro por lo tanto que esta es mi ultima voluntad, placer, orden en cuanto a la disposición de mi reino y mis efectos.”

“A los sabios les dejo la estupidez, y a los idiotas, el dolor. A los ricos, les dejo las miserias de la tierra y a los pobres la angustia de lo inalcanzable; a los justos, la ingratitud, y a los injustos, el remordimiento; a los teólogos les dejo las cenizas de mis huesos.”

“Decreto que ese lugar llamado infierno sea cerrado para siempre.”

“Decreto que los tormentos, en simples cuotas, sean divididos entre mis leales súbditos, de acuerdo con sus méritos, y que el placer y las riquezas también sean divididas equitativamente entre mis súbditos.”

Inmediatamente después los adoradores del Diablo sellaron el trato a la voz de “¡No hay Dios mas que nuestro Señor el Diablo y él ha muerto! Ahora dennos acceso a nuestra herencia.”

Pero el viejo respondió, “¡Miserables! El Diablo ha muerto, y junto con él, el mundo. El mundo está muerto.”

La multitud quedo horrorizada mirando la pira. De un segundo a otro, las llamas doradas se abalanzaron como una columna ardiente hacia el techo y desaparecieron. Desde las ascuas del corazón del Diablo salió una pequeña serpiente siseando aterradoramente. El viejo se abalanzó hacia la serpiente para aplastarla, pero se le escapó de entre las manos y se abrió paso entre la multitud. Judas Iscariote la atrapó y la puso en su regazo. Al hacerlo, la tierra bajo nuestros pies empezó a temblar como si convulsionara. Los grandes pilares de la cámara funeraria se tambalearon como gigantes mareados. Los adoradores del Diablo huyeron despavoridos, el viejo y yo quedamos solos. La explosión vino después de varios estallidos a nuestro alrededor, pero esta vez no eran las sacudidas del trueno. Era el desolador sonido de las estructuras del hombre cayendo, de los tejidos de su realidad, del eco que se producía en otros mundos mientras este mundo caía en la perdición. Entonces las estrellas empezaron a derrumbarse y las borrosas luces del firmamento caían sobre nosotros como aguanieve de fuego congelado. Los niños morían de terror, las madres sujetaban a sus hijos muertos contra sus helados regazos y huían en todas direcciones buscando un refugio que nunca encontrarían. La luz se volvió negra, el fuego perdió su calor en la completa desarticulación de la naturaleza, y un caos incontenible surgió de las entrañas del universo y se trago a los adoradores del Diablo y a su mundo muerto.

Entonces, le dije al viejo mientras caminaba por el vacío. “Seguramente ya no hay bien ni mal, no hay mundo ni Dios.”

Pero él sonrió y sacudió su cabeza, y me dejo ahí para que deambulara sin rumbo a través de los siglos. Sin embargo, cuando él desapareció, vi que allá, sobre las ruinas del mundo, se formaba un arcoíris de infinito resplandor.

Fin.

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