El último hombre en Lagos

Por Wole Talabi

La motocicleta se rompió a mitad de camino entre el Surulere y la salida de la Isla Lagos, cerca de donde termina lo que solía ser el Tercer Puente Continental. Akin desmontó la destartalada y ruidosa maquina.

“¡Olosi!”1 maldijó.

El sonido reverberó, rebotó en miles de polvorientas superficies y volvió, maldiciéndose a sí mismo con su propia voz. Akin  fijo la mirada en el horizonte con frustración. El puente estaba ligeramente colapsado y derruido, como si un malévolo gigante hubiera empezado a estrujarlo desde ambos extremos pero había cambiado de opinión antes de dañarlo seriamente. La agobiante nube de calor reducía la visibilidad y no se veía mas allá de unos cuantos metros sin embargo pudo ver como sobresalían bloques de concreto destrozado, restos de vehículos quemados hacia ya mucho tiempo, derruidos esqueletos y escombros por todos lados, un caso único de devastación con un toque final: el polvo del Harmattan y las hierbas que recuperaban el terreno.

Áridas grietas se dibujan a lo largo del asfalto, separándose y volviéndose a reunir en múltiples ocasiones, maliciosamente formando telarañas sin dejarlo completamente intransitable.

Mas allá de la laguna seca, el polvo y la nube, aguardaban los restos de la Isla Lagos. Se colgó el derruido bolso de cuero en el hombro, se ajustó el  deshilachado cinturón y empezó a caminar. Se mantuvo en el elevado margen izquierdo del puente, junto a la baranda. No había sonido alguno excepto por el crujir de sus botas en el camino y los escombros, algunas aves piando, el gemido del metal y el concreto a la distancia y el sonido que producía el grueso lodo contra los muelles debajo del puente. Akin se sintió como un explorador en la superficie de un antigua luna alienígena.

No había vuelto a cruzar el Tercer Puente Continental desde antes del evento y le aterraba pensar en el día en que necesitaría volver a cruzarlo. Hubo un tiempo en que lo atravesaba a diario. Era la manera mas conveniente de llegar desde su departamento de dos ambientes en Oworonshoki hasta el extremo sur de la ciudad, donde estaba su oficina en esa pequeña masa de tierra reclamada por el océano llamada Eko Atlantic. El área iba a convertirse en el futuro comercial de Lagos,  en tiempos en que el mundo tenia sentido. Cuando el cielo no había sido arrasado. En ese entonces, cuando sus aspiraciones eran eventualmente juntar suficiente dinero para comprar un lote en la isla, o incluso, si tenia mucha suerte, mudarse al extranjero para empezar una nueva vida.

Incluso entonces, había temido cruzar el puente. Conductores incompetentes, impacientes, y desconsiderados, se quedaban dormidos al volante, esas cosas eran las que mas le asustaban. Ahora, ya no habían conductores. Ya no habían personas. Ahora que todo había colapsado, solo temía que el puente cediera. Que alguna parte del puente, suelta y reseca por el sol cediera y él cayera a una muerte segura.

Mientras caminaba, estaba atento ante cualquier motocicleta caída, algo que pudiera levantar y con lo cual seguir su viaje. Quizás algún Okada había sido lo suficientemente desafortunado para estar en el puente cuando el evento ocurrió, pero no tanto como para haber chocado contra algo. Caminó junto a una SUV Range Rover negra con neumáticos pinchados y el parabrisas destruido. En el asiento de adelante, los restos de un hombre disecado, con el cuello retorcido en un angulo imposible. Atrás, la seca carcasa de una mujer acunando los esqueléticos restos de un bebe, la ropa podrida colgaba de sus huesos. Akin luchó contra las arcadas al sentir que la bilis subía por su garganta. No podía darse el lujo de desperdiciar fluidos.

Pensó que ya había derramado todas las lagrimas que podía permitirse, pensó que ya se había acostumbrado a todo eso, pero esa escena amenazaba con volver a quebrarlo. En ese instante, no había nada que quisiera mas en el mundo que dejar de estar solo, quería sostener las manos de otro ser humano y encontrar  contención en el sufrimiento compartido. Estaba cansado de ser el único invitado al velatorio de la ciudad, la pena era demasiado pesada.

Se armo de valor, abandonó la escena y caminó mas rápido, concentrándose en el asfalto y el concreto delante suyo. No había tiempo para velar por aquellos que habían muerto hacia ya tanto tiempo. El fin del mundo vino y se fue. Lo único que importaba ahora era encontrar un poco de agua limpia.

Habían pasado años desde la ultima vez que llovió en Lagos. Casi dos años desde ese día. El día cuando, unos minutos después de las 5 p.m., hora de África Occidental, durante una húmeda tarde de lunes, el lúgubre cielo estalló liberando una luz verde brillante , una luz que no era de este mundo. La luz artificial permaneció en su lugar durante unos segundos, para luego azotar el suelo como una cascada de luz.

Con la cascada, llegó la muerte. Las personas murieron al instante sin tiempo siquiera para gritar. Los autos se estrellaron entre sí en la vía rápida. Los edificios crujieron. Los aviones cayeron del cielo. Los aparatos electrónicos dejaron de funcionar. Y el agua se elevó. Columnas de agua ascendieron desde el océano, los ríos y los lagos, elevándose por kilómetros en el aire y girando con una simetría aterradora, como dedos imposiblemente largos tratando de alcanzar algo mas allá de la estratosfera. Y entonces, apenas unos minutos mas tarde, había terminado. El evento había sucedido repentinamente y sin advertencia alguna, dejando atrás solo muerte, confusión y sed.

Akin caminó con ritmo constante, con la espalda casi encorvada. Tenia una pistola colt calibre .70 que había recogido del cuerpo destrozado de un oficial de policía cerca de Herbert Macaulay Road, la cargaba entre el pantalón y el cinturón. El mango de madera del machete sobresalía de la mochila que llevaba en el hombro, lo había necesitado en los días de demencia y desesperación que siguieron al evento cuando los pocos supervivientes peleaban entre sí por la poca agua que quedaba. Ya no necesitaba pelear con nadie por nada, ya habían pasado tres meses desde la ultima vez que vio a otro ser humano, pero partes de la ciudad se habían convertido en el hogar de algunos monos, serpientes, incluso algunos perros salvajes rabiosos por la sed y el polvo, por lo que siempre cargaba las armas.

En ese momento, encontró un autobús danfo negro y amarillo, estaba volcado, de costado como una agotada abeja mecánica gigante. Se había desviado del puente principal y estrellado contra la barrera de contención, cortándole el camino, con su barriga de cara al lago. Junto a él, dos de las arcadas del puente se habían separado por una veta prolijamente hecha de casi un metro de largo. Akin observó la grieta por unos segundos y decidió no intentar saltarla aun cuando sentía que podía hacerlo. En su lugar, dio un paso atrás, se aferro al techo del autobús destrozado y se metió dentro con su remera polo varios talles mas grande flameando detrás suyo. Se adentro en la carcasa de metal, cuidándose de los vidrios y metales filosos. Al bajar del otro lado, sus pies se posaron sobre algo duro y frágil. Se rompió. Akin miro hacia abajo para ver que había pisado el fémur de un esqueleto que yacía aplastado por el autobús. Era un mal augurio. Inspeccionó el área, y giró a la izquierda, se encontró cara a cara con una polvorienta motocicleta Yamaha que, al igual que el autobús, yacía de costado. Había sangre embarrada en el asiento. Las llaves seguían puestas en el arranque.

“¡Baba Dios!” exclamó mientras se apresuraba hacia ella y la levantaba hasta dejarla sobre sus inestables ruedas de caucho. El medidor de combustible indicaba que el tanque estaba casi hasta la mitad. “Por favor, por favor funciona.”

Hizo girar la llave y el motor gimoteo. La volvió a girar y chisporroteó. La hizo girar tres veces mas y se ahogó cada vez. Entonces, en la cuarta vez, dio un rugido de vida, tosió como un orgulloso animal que herido de muerte estaba determinado a no morir sin dar batalla.

Abrumado, empezó a cantar una canción  conocida, “¡Baba! ¡Baba! ¡Ba-ba! ¡Ese o baba! ¡Ese o baba! ¡Baba a dupe baba!”

Dejó de cantar cuando sintió que el polvo le rasgaba en la garganta, lo que le recordó que hacia casi dieciséis horas que no bebía agua.

Akin se lamió los labios resecos y se subió a la ruidosa Yamaha. Revisó el motor dos veces y empezó a retroceder, lejos del derruido danfo y el esqueleto de la persona que había poseído la moto antes que él.

Dejó que la Yamaha se deslizará entre los escombros y cadáveres durante un largo camino hasta llegar al contrafuerte que marcaba el final del puente en la Isla Lagos, aminoró la marcha hasta detenerse, a la vez que la nube de polvo y calor se disipaba y la visión de los derruidos rascacielos de la marina aparecía frente a él, edificios que parecían dientes de concreto y vidrios rotos en la boca de la ciudad. Dejo la moto estacionada pero en marcha mientras inspeccionaba los alrededores. Agudos y pesados rayos de sol destellando desde los edificios sin ventanas que se asemejaban a las costas cubiertas de barro del lago. Un destartalado cartel a la distancia insistía “Eko o ni baje,”2 (Lagos no sera destruida en Yoruba) algo completamente ajeno a la realidad que demostraba lo contrario. El tosco rugido de la moto reverberaba en la derruida ciudad. Un solitario cuervo pintado se desplazó rápidamente por su campo de visión, un linea borrosa blanco y negra que se desvaneció rápidamente en el espacio que había entre dos rascacielos. Akin sacudió la cabeza. La naturaleza estaba ajustándose a la vida después del evento. Después de la humanidad.

Todos los vanos monumentos que las personas de Lagos habían construido para manifestar su propia existencia, la naturaleza los reclamaría, lentamente, con paciencia.

Retrocedió hasta la motocicleta, pensando en la sed y el desesperado plan que eventualmente lo había traído hasta la isla.

Aceleró suavemente, condujo por el relativamente llano y parejo resto del puente, abriéndose paso a través de los vehículos destruidos. Redujo la velocidad cuando se encontró con el camino elevado que conducía hacia el este por el Ring Road y en su lugar tomó el camino hacia la Isla Victoria a toda marcha, agradecido por el aire del camino en su piel.

Cuando llegó a su destino, disminuyó la velocidad hasta que se detuvo. La puerta metálica de seguridad frente al centro comercial Las Palmas  había sido violentamente arrancada de los pilares de concreto que la sostenían. Akin entró con la Yamaha a través del estrecho pasadizo destinado a peatones, paso por el estacionamiento hasta la entrada principal del centro comercial. El sol le rostizaba la piel. Se bajó de la motocicleta y entró a través del panel izquierdo de la puerta de vidrio que como todo lo demás estaba destruido. Docenas de experiencias cercanas a la muerte le habían dado suficiente material para inventarse algunas supersticiones; siempre entrar a un edificio por la izquierda y nunca perturbar los huesos de los muertos, en tanto pudiera evitarlo.

Se encamino directo al área de almacenamiento del Shoprite, donde generalmente tienen stock de diversos artículos incluyendo agua embotellada que esperaba desesperadamente que ningún otro superviviente se hubiese llevado después del evento. Había estado buscando comida y subsistiendo de viejos productos de supermercados en el continente durante meses hasta que ya no pudo hallarlos, por lo que se vio forzado a migrar hacia la isla.

Akin caminó con calma, con pisadas suaves que eran amortiguadas por el polvo. Casi había alcanzado el ultimo pasillo exhibidor, a pasos de la entrada al deposito cuando escuchó un ruido. Venia de detrás suyo, un fuerte crujido rompió el silencio.

Se congeló.

Sonaba como un hombre muy enfermo tosiendo a través de pulmones deteriorados. La respiración de Akin le raspaba la garganta, áspera y reseca. La sangre le presionaba en la sien. Sacó el revolver de la funda improvisada entre el pantalón y el cinturón y se volvió rápidamente sobre sus talones al grito de “¿quién anda ahí?”

La única respuesta que obtuvo fue el hueco sonido del eco de su voz.

“He dicho ¿quién anda ahí? ¡Salga ahora mismo o disparo!”

Se oyó como si alguien arrastrara los pies, entonces otra áspera y rasposa tos. Esta vez, Akin lo siguió hasta lo que alguna vez había sido un mostrador de comida caliente a su derecha. La fuente del sonido se escondía detrás.

“Si no sales ahora mismo te voy a…”

“¡No dispares, por favor! Ya salgo.”

El joven que emergió desde atrás del mostrador de vidrio y metal era aterradoramente delgado. Su cabello era un manojo de nudos andrajosos y sus ojos eran orbes hundidos y lagañosos. Debía haber estado en algún lugar subterráneo cuando sucedió el evento, igual que Akin. La mayoría de los supervivientes habían estado bajo tierra. Vestía una camiseta que le colgaba somo si fuera piel sobre los huesos, un par de pantalones cortos mugrientos y harapientas zapatillas Adidas que bajo todo el polvo eran marrones. Levantó las manos en alto a la vez que avanzaba tambaleante hacia Akin.

“¿Quién eres?” preguntó Akin, con la voz temblorosa por la sorpresa. Se había acostumbrado a no ver a nadie con vida que ver a este hombre le resultaba estremecedor.

“Mi nombre es Chuka,” dijo el hombre, y volvió a toser. Se dio vuelta muy despacio como si fuera espiedo y la mirada de Akin fuera la brasa ardiente, y cuando volvió a estar cara a cara con él, bajo las manos hasta los costados y se palpó los bolsillos antes de volver a subirlas. “No tengo armas. Por favor, no me mate.”

“¿Dónde te has escondido desde el evento?” preguntó Akin, dejando que un poco de curiosidad moderara su precaución ahora que parecía que el hombre era prácticamente inofensivo y de hecho estaba casi al borde de la muerte.

“En Aja. Vine hasta la isla ayer a la noche cuando mi comida se agotó.”

“¿Condujiste?”

“Camine.”

“¿Caminaste todo el camino desde Aja?” preguntó Akin, sorprendido.

“Así como lo ve mi hermano. Cuando la comida se acaba, ¿dónde puede uno ir?”

Akin asintió con precaución para mostrar que entendía, el también se había visto obligado a moverse hasta la isla desde el continente cuando agotó su suministro de agua. Bueno, eso y su plan de eventualmente abandonar Lagos.

“¿Estás solo?” preguntó Akin.

“Si.”

“¿Qué has estado bebiendo? ¿Tienes agua limpia?” Akin no quería preguntarle al hombre sobre su tos, sobre su salud ni por lo que había pasado hasta que estuviera razonablemente seguro que pudiera confiar en él. El agua era mucho mas importante que la empatía en estos tiempos.

“Coca,” dijo Chuka, “un camión de suministros se descompuso cerca de mi casa pero ya está agotado.”

Akin inspeccionó el rostro de Chuka, vio la tensión en su cuello y su mirada esperanzada, y concluyó que o estaba mintiendo o le ocultaba algo. Decidió entonces mostrar un poco de amabilidad para que se tranquilizara antes de presionarlo aun mas. “Puedes bajar las manos,” le dijo.

Las manos esqueléticas de Chuka cayeron pesadamente hacia sus lados y una sonrisa se empezó a dibujar en su rostro. “Gracias. Por favor no he visto a nadie por semanas. Puede decirme si…”

“No respondiste a mi ultima pregunta.” Le gritó Akin. “¿Tienes agua limpia? Y no te atrevas a mentirme.”

El rostro de Chuka se tensó repentinamente. Cerró los ojos y se tambaleó. Mas tos, se pasó el reverso de la mano por la frente y le rogó, “por favor, te lo ruego por Dios, por favor no te lo lleves. Es todo lo que tengo.”

“¿Llevarme que?” Akin dio un paso en dirección a Chuka, con el impecable barril de la Colt apuntando al corazón del frágil hombre.  ¡Habla ahora!”

Chuka se quedó ahí parado, en silencio, mirando al suelo como abstraído. Akin apretó la Colt en sus manos. No quería dispararle al hombre pero estaba preparado si tenia que hacerlo. En la tenue luz del supermercado, los copos de polvo flotaban como extrañas e inertes luciérnagas. Entonces Chuka dijó, sin levantar la mirar, “el generador de agua.”

“Muéstrame,” demando Akin.

El rostro de Chuka era una mascara sombría. Se volvió, indicando a Akin que lo siguiera, y se metió detrás del exhibidor de comida para mostrarle lo que parecía un pequeño generador de energía. Del tipo que muchas personas en Lagos conocen como “IBPMN”. Habían dos recipientes plásticos pequeños y lo que parecía ser una garrafa verde de gas conectada a través de un sistema de tubos transparente en forma de serpentina. Una película de polvo se había asentado sobre todo, reduciendo la transparencia pero parecía que había agua limpia en una de los recipientes plásticos y un liquido sucio y amarillo en el otro. El extraño artilugio le recordó a Akin la vez que su hermana había tenido que hacerse diálisis, los tubos serpenteaban dentro y fuera de ella como enredaderas. “¿Es eso?”

“Si.” Chuka se arrodilló junto al generador y lo tocó con sus delgadísimas manos. “Lo tomé de la oficina de mi supervisor. Puede convertir la orina en agua e incluso generar un poco de energía.”

El rostro de Akin se endureció. “¿Me tomas por tonto? No me mientas. Probablemente seamos las únicas personas en Lagos y yo soy quien tiene el arma así que no me mientas maldita sea.”

“No estoy mintiendo,” maulló Chuka desesperado, su voz se había convertido en un chillido, se inclinó sobre el generador y apretó tres botones consecutivos. “Observa.”

Akin retrocedió, preparándose para lo que podía ser una trampa. Años viviendo en Lagos y sobreviviendo a los extraños días posteriores al evento le habían enseñado a desconfiar activamente de cualquier cosa que sonara demasiado bueno para ser verdad.

Al tacto de Chuka, el generador arrancó con un suave traqueteo mecánico que fue en aumento hasta convertirse en un zumbido. Los tubos transparentes empezaron a temblar, vibrando con el fluido. El sonido sorprendentemente apaciguo. Mientras Akin observaba, el liquido amarillo de la izquierda empezó a disminuir y el nivel de liquido limpio en el otro empezó a subir. Lentamente pero

“Eso es orina,” dijo Chuka, señalando el recipiente con el liquido amarillo mientras el generador se iba apagando. “El otro es agua.”

Akin, preguntó comprimiendo el rostro, “¿Cómo?”

“Estaba haciendo mi MBA en la Escuela de Negocios de Lagos cuando la hija de mi supervisor inventó esta cosa. Utiliza una celda electrolítica para separar el hidrógeno en la orina. El hidrógeno es filtrado y se seca aquí,” Chuka hizo una pausa y señalo a un pequeño cilindro plástico que conectaba el tubo a la garrafa de gas. “El hidrógeno reacciona con el aire, potencia el generador y produce agua limpia como residuo.”

“Bebélo,” le dijo Akin sin bajar el arma.

Chuka levantó la mirada hacia él, las lineas de su rostro indicaban decepción, “mi hermano, na wa o3. Somos solo nosotros dos aquí. No te mentiría. ¿Por qué no me crees…”

“¡Bebélo!” le ordenó Akin, se negaba a permitir que la pequeña burbuja de esperanza dentro suyo creciera hasta convertirse en un manantial.

Chuka volvió a toser y dio vueltas para apagar el generador. Desconectó el recipiente con agua y lo abrió mientras hablaba sin mirar a Akin, “lo juro por Dios todopoderoso, no estoy mintiendo. Mi proyecto era buscar la manera de comercializar el producto y vendérselo a alguna empresa oyibo4.” volvió a toser, una tos áspera e insoportable que duró varios segundos antes de calmarse, “ahora, es la única razón por la que sigo vivo. Con esto, una vez que obtenga un poco de agua o algo para beber, de verdad, puede durar semanas. No es perfecto, a veces me da un poco de diarrea pero no va a matarme, la sed si.” Entonces se llevó el recipiente a los labios y le dio un largo trago al liquido que se veía mucho mas claro sin la película de polvo que cubría el recipiente. Cuando terminó, Chuka bajo el recipiente y se lamió los labios, se volvió hacia Akin y con una pequeña y húmeda sonrisa que asomaba en la comisura de sus labios le pregunto “¿Ahora me crees?”

Se miraron el uno al otro casi por un minuto entero, una pequeña porción de tiempo que se hizo extrañamente pesada debido a la intensidad de las reflexiones que atravesaban a cada uno de ellos.

Akin dio dos pasos adelante, bajo su arma lentamente y se dejó caer sobre sus rodillas, una a la vez. Se guardo el arma en la cintura de su pantalón. Abrió sus brazos tan grande como las puertas de una ciudad y abrazó a Chuka. Chuka se dejo abrazar y correspondió. Akin sonrió, la vergüenza que le producía esta repentina explosión de vulnerabilidad y humanidad se diluía al entender que era la primera vez que tocaba a otro ser humano en meses.

“Gracias por no dispararme,” le dijo Chuka, sobre el hombro jadeante de Akin.

“Gracias a Dios por este milagro,” dijo Akin, cerrando sus ojos. Por primera vez en mucho tiempo, sentía algo mas que la loca manía por sobrevivir. Se sintió esperanzado por el futuro, por su alocado plan de tomar uno de los muchos camiones abandonados en la marina, llenarlo de cuanta comida y agua como fuese posible y abandonar Lagos, rumbo a algún otro lugar que no haya sido consumido por completo después del evento. Chuka podía ayudarlo. Ese purificador de agua podía ayudarlo. Podían ayudarse mutuamente. Podían sobrevivir y juntos, quizás, encontrarle algo de sentido a lo que el mundo se había convertido.

Con los ojos aun cerrados, sintió una extraño pero persistente presión sobre su estomago. Entonces la presión se detuvo y se transformó en un dolor punzante. Los ojos de Akin se abrieron con fuerza y bajo los brazos, sus dedos encontraron el codo huesudo de Chuka. Se alejó violentamente de él, sus rodillas se arrastraron sobre algo filoso en el suelo. Miró hacia abajo y vio como la sangre se esparcía a través de su camiseta desde su abdomen como si fuera una flor roja silvestre. El dolor punzante lo atravesó. Giró sus ojos hacia arriba justo a tiempo para ver la mano derecha de Chuka bajar hacia su pecho con un puñal. La mano envolvía un pequeño cuchillo de cocina con el filo rojo, del tipo que su madre solía utilizar para picar cebollas y ajo para hacerle un delicioso y aceitoso estofado cuando era niño.

Actuando mas por instinto desesperado que por pensamiento calculado, Akin tiró su peso hacia la izquierda para que el cuchillo solo lastimara su hombro derecho, eso hizo que Chuka colapsara sobre él llevado por la inercia del golpe. Antes de que pudiera recuperarse, Akin coloco su arma contra el abdomen de Chuka y disparó tres veces rápidamente. Cada disparo resonó imposiblemente fuerte, un solido muro de sonido que pudo sentir en sus dientes. Se arrastró para quitarse el desgarbado cuerpo de Chuka de encima, con los oídos zumbando, respirando pesadamente, y la mano izquierda presionando su barriga, desesperado por evitar que sus preciados fluidos escaparan de su cuerpo.

“¡Jesús!” gritó, golpeando la culata de la Colt contra el suelo polvoriento. “No, no, no, ¿por qué? ¿Qué demonios te pasa?!” Grito mirando al techo antes de voltear su cabeza para ver a Chuka inmóvil en el suelo en un charco de sangre que se expandía.

Hubo silencio por un minuto o dos, o quizás cinco. Akin no estaba seguro. La adrenalina y el enojo distorsionaron su concepción del tiempo.

Sus pensamientos divagaron y en su mente vio la cálida y esperanzadora sonrisa de su hermana, sintió el apretado y confortante abrazo de su madre, escucho la salvaje y reconfortante risa de su padre, y fue entonces cuando las lagrimas empezaron a caer de sus ojos. Anhelaba tanto su compañía que dolía, dolía mucho mas que el dolor punzante en su abdomen. Mas allá del anhelo, le dolía la decepción. Finalmente había encontrado a otra persona, un compañero sobreviviente, alguien con quien pensó que podía compartir su humanidad por un momento y que casi le había costado la vida. Cansado y sediento, envidió a los millones de muertos que descansaban desperdigados por la ciudad.

Lentamente, la tristeza se condensó en esa sombría determinación y voluntad de acero que lo había mantenido de pie después del evento. No podía darse el lujo de llorar y desangrarse. El fin del mundo llego para quedarse. Lo único que importaba ahora era seguir con vida.

Se puso de pie, el dolor lo carcomía mientras examinaba la herida del estomago. Era un pequeño corte, apenas centímetro y medio de ancho y no sangraba ni remotamente tanto como había pensado inicialmente. El cuchillo no debía haber entrado tan profundo de lo contrario estaría agonizando. Le agradeció a Dios con los labios apretados. Tendría que cauterizar la herida sino quería sufrir una infección. Pensó en el dolor que debía soportar y apretó los dientes. Akin se rasgó la manga izquierda de su camisa polo donde el cuchillo le había cortado el hombro y la dobló hasta convertirla en un pequeño parche. Se lo colocó sobre el estomago y se sacó el cinturón del pantalón. Se envolvió el cinturón alrededor del estomago y lo cerró, ajustado para mantener el parche en su lugar. La presión lo hizo retorcerse de dolor.

Levantó su arma, caminó hacia el generador por el cual Chuka había intentado matarlo y lo observó, pensando en la mejor manera de llevarlo consigo.

“Lo siento,” susurro Chuka desde el suelo. Sonaba como si hablara a través de burbujas. Akin se volvió bruscamente y apuntó su colt hacia el hombre moribundo por si intentaba algo estúpido de nuevo.

Hubo un laborioso intento de respirar por un momento y luego mas palabras. “Todos intentan… intentan… quitármelo. Todos.”

“Yo no lo habría hecho,” respondió Akin con enojo, “podríamos haber sobrevivido juntos.”

Chuka tosió, una tos húmeda, enferma, intento darse vuelta pero estaba demasiado débil. Apenas alcanzo a doblar el codo y con un dedo tembloroso apunto hacia su cuello. Una cicatriz hinchada, con forma de soga que Akin no había notado antes de rodearlo, “eso… eso es lo que dijo la ultima persona que intento quitármela antes de… que ella intentara estrangularme.”

A Chuka le agarro otro ataque de tos que le hizo saltar los ojos. Cuando la tos cesó mas palabras salieron de su boca, con menos coherencia, “tu… tenías un… arma… yo, no podía… tenia que… intentarlo… confiar… lo siento.”

Entonces silencio.

“¿Chuka?”

No hubo respuesta.

Akin se arrodilló y puso el arma en el rostro de Chuka. Los ojos entrecerrados e inyectados de sangre miraban el barril sin parpadear. Le tomó algunos segundos a Akin darse cuenta de que el hombre estaba muerto.

Cuando Akin finalmente abandonó el edificio del centro comercial, el sol aun cocía la tierra bajo el pálido turquesa de un cielo despejado, brutal e implacable como la mirada de un dios que no ha sido venerado en mucho tiempo. Una por una, cargo las dos cajas de doce botellas de agua que tomó de la ahora vacía área de almacenamiento dentro de un carro de compras, las acomodó cuidadosamente sobre el generador-purificador de agua de Chuka. Aseguro el carro de compras a la motocicleta con un trozo de soga verde resistente, dándole varias vueltas alrededor a través del marco de metal de la Yamaha y los soportes del asiento. Una sucia carretilla verde que no había notado cuando llego, yacía de lado a unos metros de distancia, visible a pesar de las remolinos de polvo y el calor. Akin se preguntó brevemente si habría sido de Chuka. Desvió la mirada, hacia el polvoriento horizonte, le invadió la intensa sensación de que debía alejarse de ese calor rápidamente. Ahora tenía agua, quizás intentaría encontrar algún lugar para quedarse cerca de la Marina, una base desde donde pudiera buscar comida, descansar y preparar su migración.

Se subió a la moto y encendió el motor en primera marcha. El resto de Lagos lo esperaba, el cielo vacío y completamente azul y el polvo, cocinándose al calor del sol. El dolor en su costado y el calor desde arriba hacían que cada inhalación de aire caliente se sintiera como sí respirara fuego puro.

Sufriendo pero con una leve sonrisa, le agradeció a Dios el haber encontrado el generador-purificador de agua, que había sobrevivido a la traición de Chuka, que tenia algo de agua embotellada, que aun seguía con vida. Y mientras siguiera con vida, había esperanza; esperanza de encontrar mas agua, esperanza de encontrar un buen camión, de abandonar este páramo árido y desolado. Rezó en silencio que no volviera a encontrarse a nadie en Lagos mientras rodó su vehículo a través del portón del centro comercial, giró en la esquina a mano derecha y entró en el cadáver que era el Ozumba Mbadiwe Road, con el carro de compras traqueteando incómodamente detrás suyo.

Fin

1 – Olosi es el nombre dado al Diablo en Yoruba.
2- Eko o no baje es el lema de la ciudad de Lagos.
3- Na wa o es una expresión en Yoruba que denota sorpresa.
4- Oyibo es una expresión Yoruba para referirse tanto a personas como entidades no nigerianas.

 

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