La muñeca del río

Por Tariro Ndoro

Algunos dicen que las lágrimas de los inocentes son como plegarias que van directo al cielo y que no vuelven sin ser respondidas. Bueno, el cielo probablemente oyó las plegarias de una niña de ocho años llamada Fara el día que sus hermanos gemelos, junto a otros niños aburridos de la aldea, la persiguieron hasta el río. Los niños llevaban palos para golpear a su hermana y el resto les siguió, largando gritos y burlas con distintos niveles de excitación.

“¡Pelea! Pelea, pelea, pelea,” gritaba un agitador en particular.

“¡Fara!” gritaron los niños que la perseguían, el grito causo que incluso las aves de los arboles remontaran vuelo y los ratones de campo temblaron de miedo. Las liebres y lagartijas se escabulleron en el follaje espantados por el alboroto de las corridas.

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Fara se oculta en los juncales como siempre. Si hubiese sido temporada de cosecha, los niños hubieran estado demasiado cansados, demasiado hambrientos para seguir molestándola, pero había sido un día de pereza y tienen ganas de cazar.

“Cree que es la única de la aldea que sabe nadar,” decía Jongito, el mayor de los gemelos tirando la cascara de una guaba que estaba masticando. “¡Yo le enseñare, aunque sea la última cosa que haga!”

Fara está asustada. Temblaba al igual que los juncos donde se esconde.

Su corazón late con un ritmo acelerado. Fara escucha pisadas moviéndose en su dirección y sumerge un pie en aguas poco profundas. Sabe que en esta época del año puede haber serpientes de agua, sabe también que si sus medios hermanos se ensañan con ella seguramente volvería a casa con moretones por todo el cuerpo, y nadie los regañaría seriamente.

“Ahí, la veo junto al claro,” exclama Dodo, el gemelo dos minutos mas joven. Fara tiembla, respira profundo y nada hasta la otra orilla.

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Esta parte del río esta casi estancada. Fara se sumerge y nada contra la corriente para que sus hermanos no la vean. Fue su madre fue la que le enseño a nadar así, a pesar de la mirada juiciosa de sus medias hermanas.

Fara emerge del agua del otro lado del río, atraviesa la orilla, está cubierta por barro arcilloso, y se sienta bajo un árbol mopani. Del otro lado, Ilala, la hija del jefe pasa caminando y los gemelos salieron tras ella. Los gemelos son lo suficientemente grandes para que las chicas no les repugnen y aun cuando el matrimonio no está en sus pensamientos, no dejar pasar la oportunidad de  intentar impresionar a la chica.

“Oye, Ilala, ¿quieres ver como cazo un conejo?” le dijo Dodo.

“Ah, Dodo, no te había visto,” dice Ilala, “¿Cómo están tu y tu hermano?”

“Estamos bien, si tu estas bien.”

“¿Están pescando en esta parte del río? Los peces son mejores río arriba.”

“No, no estamos pescando, estamos buscando a Fara. Estábamos jugando a las escondidas. Déjanos acompañarte a casa. Has escuchado…”
Sus voces se fueron desvaneciendo de a poco, y aunque Fara estaba segura que se habían ido realmente y tiene hambre y frio, tiene miedo de volver a cruzar a la otra orilla. Empieza a esculpir una muñeca de arcilla, hablando mientras lo hacia.

“Esos eran mis hermanos. Sabes, pueden ser realmente malos. Una vez me obligaron a meterme en un pozo de agua poco profundo y me hicieron quedarme ahí por horas. Si no fuera por un amable anciano que iba pasando, me hubiesen dejado ahí a morir.”


No era extraño que le hablara a la muñeca mientras la construía. Es su manera de hacer muñecas, de cualquier material y con una charla de por medio. Su madre está bastante triste de por sí como para sumarle preocupaciones, ya que si sus hermanos son malos con ella es porque sus madres son malas con la suya. Simplemente copian el mal ejemplo.

Muy pronto el sol desaparece en el horizonte y Fara tiene miedo de estar sola en la oscuridad. Balancea sus miedos; el miedo a las serpientes de agua contra el miedo a estar sola en la oscuridad hasta que recuerda que río abajo hay una parte angosta y poco profunda, y hay piedras sobre las cuales pisar para cruzar.

Casi llega a casa, está tan cerca que puede ver a su madre trabajando sola porque sus madres-hermanas no la soportan.

Por lo general, la casa común rebosa de actividad hasta el atardecer. Las chicas trabajan junto a sus madres para tener la cena lista mientras los chicos ayudan a los jóvenes a arrear el ganado de vuelta a sus krals. Fara siente el delicioso aroma de la carne asada y se le hace agua la boca. Esta noche, en vez que estar ocupadas en sus tareas, todas están de pie mirándola a ella. Fara se mira las manos y los pies. Esta completamente cubierta de barro, a pesar de sus esfuerzos por limpiarse en el rio, pero no es la primera vez que regresa a casa con este aspecto.

No es hasta que su madre, Runako advierte “Fara, ¿a quién has traído contigo?” que ella se da cuenta que ha traído una sombra.

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“¿Quién es tu amiga, Fara?” alguien repitió la pregunta.

Fara miró rápidamente hacia atrás y corrió aterrada a los brazos de su madre.

La cosa detrás suyo lucía exactamente igual a ella, pero mas pesada y tosca y hecha de arcilla, como la muñeca que ella había hecho a la orilla del río. ¡Era la muñeca que había hecho!

Sus ojos son orbes grisáceos sin vida, como la esteatita para esculpir que Nontrete, el famoso escultor de la aldea utiliza. Pero los tallados de esteatita no siguen a la gente a su casa.

La criatura imita los movimientos de Fara, pero es mas lenta que ella y se mueve como si su cuerpo fuese demasiado pesado para llevarla. Trozos de arcilla caen de su cuerpo al moverse.

El corazón de Fara late tan fuerte que cree que morirá en ese instante.

La primera en entrar en pánico es Kamara, madrastra de Fara. Soltó la vasija de arcilla que estaba sosteniendo y se hizo trizas a sus pies.

“¿Has visto el Tokoloshe que Runako hizo para nosotras?” gritó.

“¡Finalmente decidió matarnos!” respondió Nangai, quien también era esposa del padre de Fara. “¿No eres tu quién mas la molesta Kamara?¡Tu seras la primera en morir! ”
La madrastra de Fara habló en voz alta y enfadó a su madre. Ella se sintió culpable por crear esta carga sobre su madre.

“¡No te quedes ahí parada mirando, Nangai!¡Nos va a matar a todas!¡Llama a alguien, busca ayuda!”

Munhari, el padre de Fara salio apresuradamente de un complejo vecino atraído por los gritos y alaridos. Se detuvo a medio camino cuando vio a la muñeca.

“¡Rápido!¡Dodo, Kono!¡Llamen al jefe!¡Llamen al curandero!, gritó, poniendo a todos en movimiento.

Para cuando los gemelos volvieron la mitad de la aldea les seguía, quienes vivían lo suficientemente cerca para oír los alaridos de Nangai y Kamara ya se habían reunido alrededor de la choza. La mayoría de los chicos intentan parecer valientes pero sus madres tiemblan visiblemente y muchos de los niños mas pequeños lloran de miedo.

Para ese entonces el cielo ya era una sábana azul oscura y las estrellas centellean, el aire se llenó con el cri cri característico de los grillos. Fara y su madre estaban frente a su choza. Fara quería entrar pero la criatura se había estacionado en la entrada bloqueando su paso.

“Les dije que Runako era una bruja. ¿Por qué otra razón Dios cerró su vientre durante tanto tiempo?” Kamara preguntó sin dirigirse a nadie en particular.

Todos asintieron como dándole la razón. Todos excepto Fara y Runako, que estaban tan quietas como la criatura que siguió a Fara a casa. Podían pasar por estatuas las tres.

“¡Les digo, no dormiré en este complejo hasta que alguien haga algo con esto, con esta monstruosidad!” dijó Nangai que fue la primera en levantar la voz sobre los susurros del resto. Kamara se paró detrás de ella, alentándola.

“¿Desde cuándo dejamos que el mal entre a la aldea?  ¡Les ruego, obliguemos a Runako a decirnos qué clase de magia negra es esta!”

Kanyauru, un entrometido con ambiciones de héroe, intentó levantar a la criatura, pero no pudo. Descubrió que era mas pesada que el granito. Otros hombres valientes de la aldea azotaron a la muñeca con látigos, palos y garrotes. Los instrumentos se rompieron pero la muñeca del río permaneció intacta. Porani, el hombre mas fuerte de la aldea fue convocado. Sus músculos se ondearon por el esfuerzo de mover a la criatura, pero la muñeca no cedió.

Finalmente, Shando, el curandero de la aldea llegó. Camino hasta el frente a través de la multitud. Miró a la muñeca del río y asintió con la cabeza, como si pudiera ver algo que los demás no. Las arrugas de su cara parecían profundizarse en su cara cuando se concentraba en la tarea que tenía en frente, utilizando sus instrumentos y conjuros. Todos estiraban el cuello para verlo trabajar. Para cuando vertió la ultima poción en la cabeza de la criatura, el sol estaba saliendo y las aves revoloteaban en los arboles Mnassa  que también observaban el drama que se desarrollaba.

Todos seguían ahí cuando el curandero volteó y enfrentó a la multitud. Los chismosos y los niños, incluso el ganado en los krals estaban a la espera.

“He fallado en disipar esta magia,” proclamó finalmente, “la criatura tendrá que quedarse. Pero si hay algún problema, será responsabilidad de Runako.”

Kamara y Nangai escupieron en dirección a la muñeca, pero mas allá de eso no podían hacer nada. Otras personas que potencialmente protestarían estaban demasiado cansadas para hacerlo y en su lugar se dirigieron a sus hogares, dejando a Fara y Runako solas con la muñeca del río. Sin embargo, Kamara y Nangai decidieron quedarse en el complejo de sus amigas y se llevaron a sus hijos con ellas.

Fara pensó en huir también, en ir a lo de algún pariente hasta que la aterradora muñeca se fuera pero sus abuelos fallecieron mucho antes de que ella naciera, su madre tenia pocos amigos y aun menos parientes.

Runako suspira y se sienta en el suelo con las manos en la cabeza. Fara piensa que parece una niña pequeña a punto de llorar. Se siente mal, ya que a pesar de todas las cosas malas que la gente le ha dicho a Runako, Fara nunca la había visto quebrarse así.

“Bueno ¿Tienes hambre?” preguntó finalmente Runako.

Cuando Fara sacude su cabeza Runako asiente pero no alivia la cara de preocupación que tiene desde que la muñeca apareció.

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La enfermedad empezó con los muchachos, los gemelos para ser exactos. Dos lunas después de la llegada de la muñeca del rio, empezaron a quejarse que tenían los ojos arenosos y las gargantas resecas.

Fara los observaba mientras su madre, Kamara, les recordaba que siempre hacia calor en esta época del año y que no tenían nada de que quejarse. Esto no la detuvo de ir hasta detrás de la choza de Runako, donde Fara y la muñeca del rio le ayudaban a clasificar el mijo, y darle una cachetada en el rostro.

“Cualquier brujería que hayas hecho, Runako, te buscare y vas a pagarlo,” le dijo. “Recuerda mis palabras.”

Kamara siempre acusaba a Runako de brujería cuando sus hijos enfermaban. Fara sabia que Kamara deseaba ser la primer esposa de su padre en lugar de Runako. La única razón por la cual su madre había sido desplazada era porque no pudo tener hijos durante mucho tiempo y cuando los cielos finalmente le sonrieron, todo lo que le dieron fue una niña. Si Kamara no hubiese dado a luz a dos niños gemelos en su primer año de matrimonio, no sería tan importante como lo es ahora. Fara esperaba que los gemelos murieran.

Pronto, todos los niños empezaron a peregrinar hacia el río, llevando calabazas, vasijas de arcilla, y cualquier elemento en el cual cargar agua. Bebían y bebían pero no podían saciar su sed.

Nanita, una pequeña niña de siete años, es la primer en decir que se sentía cansada todo el tiempo, y que sus miembros eran muy pesados para cargarla. Fara se siente mal por Nanita aun cuando ella se negó a ayudarla a escapar del pozo de agua cuando sus hermanos la encerraron ahí. El curandero es convocado a la aldea nuevamente. Y de nuevo recita sus conjuros y prescribe sus pociones. Pero al final, arroja sus manos al aire y sacude su cabeza. No puede detectar esta enfermedad.

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El día del juicio llegó con una nube de polvo. Así es como Fara lo vio, una horda de mujeres caminando con tal determinación que levantaban una polvareda inmensa. Parecían guerreros camino a la batalla, excepto que vestían coloridas vestimentas y en vez de armas llevaban sus puños cerrados. Se reunieron en el claro en el medio del complejo de Munhari, frente a la choza de Runako, donde la encontraron moliendo mijo afuera. Fara y la muñeca del río observaban desde la sombra de un árbol Msasa que había cerca.

Algunos hombres de complejos vecinos se acercaron al lugar de la conmoción y aunque los hombres no son tan expresivos como sus esposas, el enojo estaba profundamente tallado en sus rostros. Nangai, que estaba ausente cuando el resto de las mujeres llegó, camino hasta el frente de la multitud con el curandero a su lado.

Fara estaba sorprendida por el escándalo. Al principio,  ella también le temía a la criatura, pero la seguía a todas partes y la ayudaba con sus tareas. La muñeca incluso se sentaba con las piernas cruzadas junto a Fara cuando Runako les contaba fabulas  después de cenar. Esto la ponía nerviosa al principio, pero luego de un tiempo a medida que la muñeca empezaba a lucir mas como ella en vez de a un pastel de barro sobre desarrollado, empezó a hablarle cada vez mas.

Se asusto tanto cuando ella le respondió que su alma casi abandona su cuerpo, le habló con una voz que sonaba extrañamente como la suya. En ese momento se dio cuenta que la muñeca del río era la única amiga que tenía y la nombró Oseja, el mismo nombre que le había dado a todas las muñecas que había hecho.

Ahora, nadie creería que Oseja alguna vez estuvo hecha de arcilla, por lo menos no a simple vista.

“¡Es Runako! Runako ha embrujado a nuestros hijos. Su hija corre libremente y juega mientras nuestras hijas yacen enfermas en nuestros brazos,” grito Oga Mahaya, la peor chismosa de la aldea y la general de facto de la turba. “¡Golpéenla hasta que confiese todo!¡Golpéenla, golpéenla, he dicho!”

“No seremos victima de la brujería,” acuerda Kamara, sujetando a sus gemelos contra su cuerpo como intentando protegerlos de la misteriosa enfermedad que ha afectado a los otros niños de la aldea.

“Runako debe pagar por esto,” decía Shuriya, quien alguna vez había sido una de sus amigas mas cercana. Fara veía a su madre encogerse de dolor al oír esto. Está acostumbrada a las crueldades de Kamara, pero Shuriya ha comido en su choza en mas de una ocasión.

Las mujeres de la aldea habían empezado a arrojar fruta podrida y excremento a Runako, Fara y Oseja se colocaron junto a su madre. Hicieron lo mejor por ocultarse detrás del ropaje de Runako pero sin éxito. Los proyectiles dieron en el blanco. Los ojos de Fara le ardían con lagrimas de enojo. Esto era culpa suya. Si ella no hubiese hecho a Oseja nadie tendría motivos para gritarle a su madre de esa manera. Esto era mucho peor que todo el maltrato que había sufrido a manos de sus hermanos.

Munhari, el padre de Fara había oído la conmoción y salio corriendo de la choza. Levantó sus manos y se paro entre Runako y el resto de la aldea. Se aclaró bien la garganta antes de hablar.

“Si, sus preocupaciones son validas, pero sí lastimamos a esta mujer, emm, la muñeca del río, traerá deshonor a nuestra aldea. Si Runako es una bruja, no puede deshacer su maldición si esta muerta. Llamemos al hombre mas fuerte para vigilar la choza y convoquemos al jefe supremo para que evalué el asunto.”

La turba no es fácilmente persuadida.

“Solo dices eso porque es tu esposa,” dice Shuriya. “¿Acaso quieres que tus otros hijos mueran?¡Son hombres como tu, Munhari, los que han dejado entrar la brujería a esta aldea! El curandero de la aldea interviene, “Munhari tiene razón. Si la bruja esta muerta, no puede revertir la enfermedad. Debemos encontrar otra manera.”

Un canalla le arrojó a Munhari estiércol de vaca. El proyectil que era veloz pero ineficaz, termino en la pared de la choza.

“Ve adentro y espérenme, hijas mías,” le susurro Runako a Fara y Oseja.

Silenciosamente, las dos niñas caminaron hacia el interior de la choza. Fara se sentó en la parte mas oscura de la choza, con la espalda contra la pared, mientras que Oseja se sentó cerca de la puerta a mirar lo que acontecía afuera. Fara no podía ver a las personas afuera pero oía sus voces furiosas mientras dormía en forma intermitente.

#

La mañana siguiente era insoportablemente tranquila, insoportablemente silenciosa. Para cuando Fara se levanto, el sol ya estaba lo suficientemente alto en el cielo para anticipar un día caluroso. Tenia sed y se sentía débil, entonces recordó que no había tenido tiempo de comer o beber antes de quedarse dormida.

Se le formaba un coagulo de sangre en el estomago de solo recordar los gritos de la noche anterior. La crueldad de algunas personas no tiene límites.

“Si Shando no tiene el poder para curar a nuestros hijos, no merece ser nuestro curandero. Debemos encontrar otro,” recordó que decía Kamara,

“Seguramente hay hombres que no son cobardes en este reino. ¿Acaso no fue Shando el que nos fallo? Si vuelve a fallar, lo desterraremos junto a la bruja,” dijo Shuriya.

“El destierro es piedad. ¿Quién puede asegurar que no nos hechizaran desde donde sea que se asienten?” preguntó Oga Mahaya. “¡Debemos quemarlas, a las tres, madre, hija y tokoloshe!”

“¡Si!” gritaron algunas personas de la multitud pero otros argumentaban de que era demasiado drástico, demasiado cruel. Para cuando Fara se durmió, aun no habían tomado una decisión.”

Fara se incorporó y noto que Oseja seguía sentada junto a la puerta observando el mundo exterior. El perfil de su rostro que Fara podía ver era radiante. Luce tan linda que si Fara no hubiese sabido que había sido una muñeca no podría adivinarlo ahora.

“¿Dónde está mamá?” pregunta Fara.

Oseja se encoge de hombres sin darse vuelta.

Fara camina hacia la puerta y se prepara para recibir a los aldeanos tirandoles diversos objetos y diciendo cosas horribles sobre su madre. La escena que ve en su lugar le hiela la sangre.

Los hombres fuertes dispuestos para resguardar la choza se habían convertido en arcilla, como Oseja cuando apenas había dejado el río. Kamara se había convertido en piedra, su mano se había congelado en el momento en que tiraba una fruta muy madura hacía la choza. La fruta seguía madura y moscas verdes zumbaban a su alrededor. El cuerpo de Oga Mahiya también estaba congelado pero su nariz seguía siendo humana y marrón y el blanco de sus ojos se movía y miraba a su alrededor enojada buscando a quien culpar. Fara miró a Oseja y ambas intercambiaron una sonrisa.

Fara corrió a través de la multitud de personas congeladas y encontró las estatuas que solían ser sus hermanos. Estaban completamente petrificados y se sintió mas feliz que antes. ¡Todas las personas que habían sido crueles con ella y su madre se habían ido!

“Mamá, mamá,” llamo Fara, ansiosa de decirle a su madre las buenas noticias, pero Runako no se veía por ningún lado. De nuevo navegó por el mar de personas congeladas, cuidando de no chocar a ninguna de ellas por temor a que le cayeran encima.

Encontró a su madre detrás de la choza de su padre. Runako y Munhari estaban juntos, tomados de las manos, pero cuando Fara se acercó para verlos se dio cuenta que sus piernas se habían osificado y sus rostros eran de ceniza.

El corazón de Fara latió muy fuerte.

“Oseja,” gritó, “¡Oseja!¿Que has hecho?”

Aunque no escucho las pisadas de la muñeca del río, Fara sabia que estaba justo detrás de ella.

La muñeca del río ladeo la cabeza. “¿Quieres que salve a Mamá? Preguntó.

Fara asintió con la cabeza vigorosamente, sin preocuparse por las lagrimas que corrían por su mejilla.

“Pero tendré que convertirte a ti,” dijo la muñeca, y repentinamente Fara tuvo la sensación de que Oseja era mas grande de lo que aparentaba ser.

Fara miró a su madre, una mujer a la cual las otras esposas de Munhari habían humillado y nunca les había devuelto el agravio.

“Tómame en su lugar,” dijo.

“¿Estás segura?”

Fara asintió con la cabeza. Las piernas le empezaron a pesar y la garganta estaba tan seca que creyó que iba a morir. Fara quiso decirle a Oseja que se detenga pero entonces miró a su madre y recordó que las niñas grandes no son egoístas. Lo ultimo que recuerda es una gota  de lluvia inmensa que cayo entre sus ojos. Intento secarsela pero sus manos ya se habían convertido en piedra.

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Cuando despertó, era como uno de esos días en lo que se había a la cama sientiendose muy cansada y despertaba sintiendo que cada musculo estaba como nuevo. No tenia sed ni dolor. Estaba en un claro del bosque, un lugar que casi reconocía pero no recordaba haber visitado.

“¡Estas despierta!” grito Oseja alegremente y los eventos de días pasados volvieron repentinamente a Fara. Una ola de pánico la invadió de repente.

“¡Se suponía que ibas a salvar a mamá en lugar de a mi! Lo prometiste.”

Pero la muñeca del río, ahora completamente humana, solo rió y tomo a Fara de la mano.

“Ven conmigo,” le dijo. Arrastró a Fara y empezó a correr, serpenteando a través de los arboles hasta llegar a un claro distinto. Este era mas grande y la música inundaba el aire- Fara vio a muchas personas reunidas, felices y contentas. Personas que nunca había visto antes. Oseja la arrastró hacia la multitud y le señaló a una bella mujer con vestimentas rojas.

“¡Mamá!” grito Fara, pero Runako no volteo a verla. Una versión mas joven de su padre apareció junto a Runako  y la abrazo. Si Runako lucía mas hermosa que nunca, Munhari estaba mas joven que nunca. Era como si se hubiesen quitado muchas cargas de encima y volvían a ser felices. Fara nunca había sentido este nivel de  alegría.

“Si, esa es mamá pero no puede oírte.”

“Pero ¿cómo?” pregunto Fara.

“Tus padres estaban dispuestos a dar la vida por ti y tu diste tu vida por ellos. Fueron los únicas personas abnegadas en la aldea. El resto se quedo convertida en piedra.”

“Vamos,” dijo Oseja, tomándola nuevamente de la mano . “Este es un lugar feliz para adultos. Nosotras vamos a un lugar diferente, donde solo los niños pueden entrar.”

Fara tenía miedo a lo desconocido pero sabía que debía ser valiente y lo mas importante, sabía que estaba lista para enfrentar lo que sea.

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