Una boda extraordinaria

Por Edward Page Mitchell
Publicada originalmente en el periódico The Sun en 1878

El profesor Daniel Dean Moody de Edimburgo, un caballero conocido tanto por su labor como psicólogo, como por ser un honesto y perspicaz investigador de los fenómenos a veces llamados espirituales, visitó este país no hace muchos meses atrás y fue recibido en Boston por el Dr. Thomas Fullerton en su encantadora residencia de la calle Mount Vernon. Una tarde en el salón del Dr. Fullerton, en presencia de él, su huésped escoces, el Dr. Curtis de la escuela de medicina de la Universidad de Boston, el reverendo Dr. Amos Cutler de la Iglesia de la calle Lynde, el Sr. Magnus de West Newton, tres damas, y el escritor, la conversación se tornó de carácter ocultista.

“Solía vivir en Aberdeen” decía el Profesor Moody, “una médium llamada Jenny McGraw, de poca inteligencia, pero de una destacable fortaleza psíquica. Hace doscientos años la buena gente de Boston hubiera colgado a Jenny por bruja. He visto en su cabaña, materializaciones sobre las que no pude ni puedo elaborar hipótesis alguna acerca de qué tipo de engaño o alucinación utilizaba. He visto formas aparecer, no de ningún gabinete o baúl de trucos, sino expulsadas frente a mis ojos desde el mismísimo cuerpo de Jenny. Una noche, Platón en persona, o un Eidolon que afirmaba ser Platón, salió del pecho de Jenny McGraw y conversó conmigo durante quince minutos enteros sobre la dualidad de la idea, la médium, mientras tanto, permanecía en trance.

El Dr. Fullerton intercambio una mirada cargada de contenido con su esposa. Su huésped intercepto la mirada y le dijo:

“¿No me cree? No me sorprende”

“No es eso”, respondió el Dr. Fullerton. “Su testimonio como observador científico es digno de toda forma de respeto. ¿Pero qué fue de Jenny McGraw?

“Era una joven sosa y poco agradable, difícilmente una persona racional. Lejos de interesarse en estas maravillosas manifestaciones exhibidas a través de ella, le molestaban muchísimo y finalmente dejó Escocia para escapar de los espíritus problemáticos y los aún más problemáticos mortales que iban masivamente a su cabaña e interferían con sus tareas domésticas.”

“Una chica Yanqui” dijo el Sr. Magnus, “habría dado a esos poderes un buen uso y hubiera hecho una fortuna”.

“Jenny McGraw”, contesto el profesor Moody, “quien según tengo entendido es la única médium del mundo capaz de producir materializaciones a plena luz e independientemente de su entorno, era austera, como todas las mujeres escocesas, pero no tenia la inteligencia para reconocer tal oportunidad. A menudo le aconsejaron presentarse en público. Aconsejar a un escocés es inútil. No sé dónde pueda estar.”

El Dr. Fullerton volvió a mirar a su esposa. La señora Fullerton se levantó y tocó una campana.

Las puertas se abrieron rápidamente y una rustica mucama pelirroja entró al salón haciendo una torpe reverencia.

“Llamo uste’, señora?” pregunto.

“Jenny” dijo la Sra. Fullerton, “aquí hay un viejo amigo tuyo de Escocia”

La chica no dio muestra alguna de sorpresa. Su estúpido semblante apenas dio muestra de reconocimiento mientras caminaba sin ánimos hacia el profesor y sin ánimos tomaba su mano extendida.

“No sabía que uste’ venía a América, maestre Moody” dijo ella y miró a su alrededor como queriendo escapar de tan mentada compañía.

“Ahora con su permiso Sra. Fullerton” dijo el profesor, mirando a su anfitriona por sobre el hombro de Jenny McGraw, “le pediremos a la joven si es tan amable de asistirnos en una investigación”

Jenny levantó la vista con desconfianza y volvió sus pequeños y aburridos ojos desde su amo hacia su ama y desde ahí hacia la puerta.

“No siento deseo’ de hacer una ivestigacio” dijo con firmeza, “i me dule en el petcho trair los viejo fantasma’ o no se corda maestre Moody”

Durante un largo rato la chica se negaba obstinadamente a revisitar su relación con su misterioso don. He olvidado que argumento o alegato usaron para conseguir su reacio consentimiento. No he olvidado lo que siguió.

La habitación estaba tan iluminada como puede estar con cinco lámparas a gas prendidas al máximo. Bajo ese resplandor y rodeada de una parcialmente entretenida y parcialmente escéptica audiencia, Jenny se sentó en una silla turca. No presentaba un cuadro atractivo, era pequeña, rechoncha, pecosa y con mirada maliciosa. “¡Dios santo!” le susurre a una persona a mi lado. “¿Acaso los gloriosos espíritus eligen este tipo de intermediarios para contactarse con nosotros?”

“¡Silencio!” dijo el profesor Moody. “La chica está entrando en trance.”

Sus canallescos ojos se abrían y cerraban. Una convulsión atravesó sus flácidas mejillas. Un suspiro o dos, un sacudón nervioso en la silla y respiración agitada.

“Coma simulado ineficazmente” me murmuró el Dr. Curtis “y no es obra de un artista. Esto es una farsa.”

Durante quince o veinte minutos nos sentamos pacientemente, la calma fue interrumpida solo por la áspera respiración de la chica. Cuando una o dos personas empezaron a bostezar, la anfitriona, temiendo que el experimento aburriese a sus invitados se movió para romper el círculo. El profesor Moody levantó su mano en señal de alto. Antes de bajarla hizo un gesto para que todos los ojos se posaran sobre Jenny McGraw.

Su cabeza y su busto parecían estar envuelta en una tenue y delgada capa de vapor opalescente que flotaba sobre ella, pero estaba fija en un punto al igual que un circulo de humo cuelga de la punta de un buen cigarro. El punto de origen parecía estar en las proximidades al corazón de Jenny. Había dejado de respirar ruidosamente, y estaba tan pálida que parecía muerta, pero su rostro no estaba tan marchito como el del Dr. Curtis. Sentí como su mano se estiraba para tomar la mía. Cuando la tomo, la estrujó hasta dejarla entumecida.

Mientras observábamos, el vapor que salía del pecho de Jenny crecía en volumen y se opacaba. Era como una nube, oscura y bien definida, flotando ante nuestros ojos, juntándose por un lado y extendiéndose por el otro hasta que alcanzo la forma perfecta.

Han visto como un objeto insignificante bajo una lente gradualmente se empieza a ver mas definido a medida que se lo enfoca mejor. O mejor aún, han visto como la sombra de una pantomima es una vaga y amorfa nubosidad que al intensificarse toma forma a medida que la persona se acerca a la pantalla, hasta que se convierte en una silueta perfecta. Ahora, imaginen que la silueta atraviese la pantalla en tu presencia, y entonces podrás darte una idea de la maravillosa transición que significa que esta sombra de un mundo del que nada sabemos dé un paso adelante y se encuentre ahora entre nosotros.

Observe al reverendo Dr. Cutler del otro lado del cuarto. Se tomaba la frente con ambas manos. Nunca vi una escena semejante, una mezcla de horror, terror y perplejidad.

El recién llegado era un hombre de unos veintiocho o treinta años, de rasgos distinguidos y un semblante majestuoso. Hizo una reverencia de cortesía ante la gente reunida pero cuando vio que el profesor Moody estaba a punto de hablar, se llevo un dedo hasta los labios y miro inquieto a la médium. Se me ocurrió que una expresión de disgusto se había apoderado de su rostro cuando descubrió que poco agraciada era su puerta de entrada de vuelta a la tierra. Sin embargo, tenia su mirada fija en el pálido rostro de Jenny McGraw y se cruzó de brazos como si esperara algo.

En ese momento estábamos completamente bajo el hechizo de la misteriosa aparición. Con mucho entusiasmo, pero ya sin el elemento de sorpresa, vimos que el fenómeno de la nube se repetía, la sombra, la concentración y la presencia.

Lentamente la niebla blanca y la sombra nebulosa dieron forma a la más hermosa mujer que ojos mortales hayan contemplado jamás. Era una mujer, una mujer viva de carne y hueso, con sus magníficos labios ligeramente entreabiertos, su pecho se elevaba y caía bajo un vestido una textura maravillosamente tejida, sus gloriosos ojos negros brillaban sobre nosotros hasta que nuestras cabezas salieron flotando y nuestras mentes estallaron. Seria más fácil descubrir el secreto de su existencia que describir la belleza fuera de este mundo que nos había asombrado y maravillado.

El primer individuo descruzo sus brazos, y con la ternura de un amante y el respeto digno de la realeza, tomo la hermosa y delicada mano de la maravillosa dama y la guio hasta el centro de la sala. No dijo una palabra, pero se dejo guiar por su mano y se paró ahí como una emperatriz, escaneando nuestros rostros y vestimentas con cierta curiosidad, curiosidad mezclada con una pizca de desdén. El rompió el silencio en una voz muy tenue.

“Amigos” dijo lentamente, “un gran amor ha traído a alguien que solía ser mortal ante la presencia de una diosa. Una inmensa fortuna ha caído sobre él y es mucho más de lo que sus pequeños sacrificios le ameritaban, no puedo ser mas claro al respecto. Escuchen nuestra suplica y concédannos sin preguntar. Hay aquí presente un siervo de la iglesia, debidamente calificado para pronunciar las únicas palabras que pueden coronar un amor como el mío. Ese amor estiró su brazo a través de los siglos para alcanzar su objetivo y fue sellado por una muerte voluntaria. Hemos venido desde otro mundo para pedir que nos unan en matrimonio de acuerdo con las formas de este mundo.”

Extraños como fueron, los eventos precedentes habían armonizado nuestras mentes a la presencia de los espíritus que escuchamos este extraordinario discurso sin gran asombro. El Sr. Magnus de West Newton, quien había mantenido su temple ante la presencia de lo que podían ser arcángeles, murmuró audiblemente: “¡Por Jupiter! ¡Se fugaron para casarse desde la tierra de los espíritus!” Sus palabras cayeron duro sobre nuestros oídos.

El reverendo Dr. Amos Cutler desplegó de forma impresionante, el efecto que el decoro tiene en el sentido común impuesto en personas del siglo diecinueve como nosotros. Ese hombre devoto se levantó de su silla con una mirada de indefensión y aturdimiento y, como una persona que camina dormida, avanzó hacia la pareja.

Levantó su mano para pedir silencio, con solemnidad y deliberación hizo las preguntas que por usos y costumbres de la iglesia son preliminares en el ritual de matrimonio. El hombre respondió en un claro y triunfante tono. La novia respondió inclinando su hermosa cabeza.

“Entonces”, prosiguió el Dr. Cutler, “en presencia de estos testigos, los declaro marido y mujer. Y que Dios me perdone” agregó, “por hacer la obra del Diablo mediante este sacrílego acto.”

Uno por uno pasamos al frente a estrechar la mano del novio y a saludar a la novia. Su mano era como la mano de una estatua de mármol, pero una sonrisa radiante iluminaba su rostro. Por sugerencia del novio, la novia inclino su majestuoso rostro y permitió que cada uno de los presentes la besara en la mejilla. Era suave y cálida.

Cuando el Dr. Cutler la saludó, ella sonrió por primera vez y con un rápido y elegante movimiento se quito una enorme perla de su negra cabellera y la coloco en su mano. La miro por un momento, y luego, en un repentino impulso, lo arrojó a la chimenea. En la llama ardiente, el honorario del Dr. Cutler palideció, se calcinó, se desmoronó y desapareció.

El novio guió entonces a su esposa de vuelta a la silla donde la médium seguía en trance. La apretó fuerte contra su cuerpo. Sus siluetas se entremezclaron y empezaron a diluirse en la sombra vaporosa, y lentamente se desvanecieron, la pareja recién casada encontró su lecho nupcial en el pecho de Jenny McGraw.

II

Un día, luego de que el profesor Moody había abandonado Boston, fui a la librería del ateneo a buscar ciertos datos y fechas respecto a la guerra franco-prusiana. Mientras daba vuelta las paginas de un archivo del Daily Nevvs de Londres de 1871 mis ojos se posaron sobre el siguiente párrafo.

La Freie Presse de Viena afirma que a las cuatro en punto de la tarde del doce de Julio un joven de buena apariencia se dio un disparo al corazón en el corredor este de la Galería Imperial. Era la hora del cierre y el joven había sido advertido por el encargado que debía abandonar la galería. Estaba parado, inmóvil frente al hermoso cuadro que Herr Hans Makart había pintado llamado “La barcaza de Cleopatra” y no había puesto atención a la reprimenda. Cuando se le repitió con más énfasis, él señaló de manera ausente a la pintura y exclamó “¿Dígame si no es ella una mujer por la cual vale la pena morir?”, saco la pistola y disparó con resultados mortales.

No hay pistas sobre la identidad del suicidado excepto por el hecho de que se hospedaba en el Hotel Golden Lamb, donde estaba registrado como “Cotton”. Había estado en Viena durante semanas, había gastado dinero a diestra y siniestra, y había sido visto con frecuencia en la galería Imperial, siempre ante la pintura de Cleopatra. El desafortunado joven parecía haber perdido la cabeza.

Hice una cuidadosa copia de esta breve historia y se la envié, sin comentario alguno, al Reverendo Dr. Cutler. Al cabo de un día o dos me la devolvió junto a una nota.

“Los sucesos de esa noche en la residencia del Dr. Fullerton” escribió, “son para mí, como los eventos de un sueño que apenas recuerdo. Disculpe si le digo que sería una gentileza que me dejase olvidar todo el asunto por completo.”

Fin

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