No temas, Lo Nunca Visto

Por Gertrude Barrows Bennett

Estaba cenando con mi interesante amigo, Mark Jenkins, en un pequeño restaurante italiano cerca de la South Street. Fue un encuentro fortuito. Generalmente, Jenkis está muy ocupado para comprometerse a cenar con alguien. Mientras ingeríamos nuestra excesivamente condimentada comida y un vino tinto, agrio y aguado, me habló de los pequeños y extraños incidentes y aventuras de su profesión. Nada de vital importancia, claro. Jenkins no es la clase de detective que primero investiga y luego vomita reveladores y egocéntricos detalles de sus logros a cualquier conocido que le preste un oído, sin importar que tan ansiosos estén por escuchar sus historias.
Pero cuando le hable de algo que había visto en el periódico matinal, se rió. “ ¡Pobre viejo “Doc” Holt! Un vejete fascinante, para cualquiera que realmente lo conozca . Hemos sido amigos por años, desde que entré a la fuerza policial de la ciudad y salve a su joven asistente de ir a prisión por cargos falsos. Lo arrestaron por envenenar a ese muchacho, Ralph Peeler.”
“¿Por qué estás tan seguro de que no pudo estar implicado?” le pregunté.
Jenkins solo movió la cabeza y sonrió discretamente. “Tengo razones para creerlo” fue lo único que le pude sacar al respecto. “Pero” agregó, “la única razón por la que terminó siendo sospechoso en primer lugar es por el temor supersticioso de la gente ignorante que lo rodea. No entiendo porque vive en un lugar así. Estoy seguro de que no tiene la necesidad. El Doc tiene dinero. Es químico amateur y participa en varios proyectos de investigación, sospecho que si de algo es culpable es de “presumir”. Como resultado, todos juran que es hechicero y que mantiene una comunión prohibida con poderes invisibles. ¿Fumas?”
Jenkins me ofreció uno de sus buenos cigarros que siempre traía encima, el cual acepté, a la vez que le decía pensativamente “Un hombre no tiene derecho a jugar con las supersticiones de gente ignorante. Tarde o temprano, atrae problemas.”
“Y así fue. La gente jura por su madre que el Doctor vendía sus pociones de amor en público y sus venenos en secreto, y junto al hecho de que vivía tan cerca de… alguien, lo puso temporalmente en la mira como sospechoso. ¡Pero estoy hablando de mas, como de costumbre!”.
“Como de costumbre” le replique impaciente, “te sinceraste con la franqueza de un diplomático chino”.
Me miró con una entretenida sonrisa y se levantó de la mesa mirando su reloj. “Siento dejarte, Blaisdell, pero tengo que ver a Jimmy Brennan en diez minutos.”
Era evidente que ya no le interesaba mi compañía así que me quede sentado un tiempo mas después de su partida, momentos después emprendí el camino a mi hogar. Esas calles siempre me generaron una cierta fascinación, particularmente de noche. Son muy distintas a las del resto de la ciudad, de apariencia extranjera, con sus pequeñas tiendas andrajosas, siempre abiertas hasta altas horas de la noche, sus productos increíblemente baratos, exhibidos tanto dentro como fuera de la tienda, colgadas del frente y acomodadas en mesas sobre la vereda y hasta en la calle misma. Esta noche, sin embargo, ni la gente ni las mesas me resultaron atractivas. La mezcla de italianos, judíos y algunos negros, la mayoría sin sombreros, descuidados y poco higiénicos, me genero un poco de nauseas. Eran todos humanos, igual que yo. De alguna manera esa idea me desagradaba.
Esto me intrigaba, ya que tengo mas inclinación a empatizar con la pobreza que a señalarla, observé los rostros a mi paso. Nunca antes me había dado cuenta de lo estúpido, lo bestial, lo brutal que eran el semblante de los moradores de esta región. Llegue a estremecerme cuando un hombre harapiento, un hebreo de barba gris, me rozó al pasar junto a mi con su carreta.
Había un sensación de maldad en el aire, una advertencia sobre cosas de las que un hombre pulcro haría bien en mantenerse alejado. La sensación era tan fuerte que antes de recorrer dos cuadras empecé a sentirme físicamente enfermo. Luego se me ocurrió que esa copa de Chianti barato que había bebido quizás tenia algo que ver. ¿Quién sabe como fabricaban esa cosa?, ¿o si el jugo de uva siquiera formaba parte de esa asquerosa formula ? Aun así, dude sobre si era la verdadera causa de mi malestar.
Por naturaleza, soy una persona bastante susceptible e impresionable. De alguna manera, esta noche, este vecindario con sus sórdidas vistas y olores, me había caído mal.
Mi presentimiento se estaba convirtiendo en miedo real. No podía consentirlo. Solo hay una manera de lidiar con un temperamento imaginativo como el mio, vencer mis miedos. Si dejaba la South Street con ese pavor sin nombre sobre mis hombros, no podría volver a pasar por ahí sin volver a sentir ese miedo. Simplemente debo quedarme aquí hasta que se me pase, eso es todo.
Hice una pausa en la esquina frente a una pequeña droguería, andrajosa pero muy bien iluminada. Sus vidrieras resplandecían y sus jarros de exhibición de vidrio verde luminoso lo convertían en el punto mas brillante de la cuadra. Estaba cansado pero no quería entrar en ese lugar a descansar. Sabia que la compañía iba a ser similar a la de la andrajosa y pegagosa fuente de sodas. Estaba ahí parado cuando mis ojos se posaron sobre un cartel alargado blanco frente a mi, sus letras negras y rojas llamaron mi atención.
¡VEAN LO GRANDIOSO LO NUNCA VISTO!
¡Entren! ¡Te hablo a ti!
¡Entrada gratuita!
Un museo de falsedades, pensé, pero también pensé que si era un espectáculo de algún tipo podría sentarme por un rato, descansar y tratar de vencer esta creciente obsesión por un mal inexistente. Esa parte de la calle estaba casi desierta, y el lugar en sí probablemente estaría casi vacío también.
II
Entré, pero con cada paso mi sensación de pavor aumentaba. Temor a que, no lo sabía. Horror inexplicable, etéreo, me había atrapado como si fuera un red, cuyos hilos, al ser intangibles, sin razón de ser, me resultaba imposible sacudírmelos. No eran las personas esta vez. No había nadie cerca mio. Ahí, en la calle abierta e iluminada, sin visión o sonido de terror que me asediara, era la temblorosa victima de un miedo como nunca había sentido. Aun así no me rendiría.
Apreté los dientes y como luchando contra algún animal enfurecido, forcé mis pasos lentamente y camine por el corredor buscando la entrada. Justo en ese lugar no habían otras tiendas, pero si varias puertas a las cuales se accedía luego de atravesar varios tramos de escaleras de piedra con barandas de hierro. Elegí la del medio bajo el cartel. En ese vecindario hay museos, tiendas, y otros negocios comerciales que se hacen en residencias andrajosas como estas. Detrás de la puerta vidriada que había elegido, se veía una tenue luz rosáceo, pero en ambos lados las ventanas estaban completamente oscuras.
Intenté abrir la puerta, estaba sin cerrojo. Mientras la abría un grupo de italianos pasó por la calle debajo y los miré por encima de mi hombro. Estaban joviosamente vestidos, hombres, mujeres y niños, riendo y charlando entre ellos, probablemente iban camino a una boda o a alguna otra festividad.
Al pasar, uno de los hombres miró hacia arriba directo hacia mi e involuntariamente me encogí contra la puerta. Era un hombre joven, apuesto, de tez oscura, pero nunca en mi vida había visto un rostro que expresara de forma tan pura y descarada, la crueldad y la malicia. Nuestros ojos se encontraron y él pareció encenderse con brillo envilecedor, como si toda la maldad de su ser se hubiese concentrado en una mirada de odio puro.
Pasaron de largo, pero a cierta distancia pude ver que se volvía a observarme, con el mentón clavado al hombro, hasta que él y su grupo desaparecieron en la multitud de mercaderes en la calle.
Asqueado y aterrado por ese encuentro, aunque solo haya sido de miradas, tire mi cigarro a medio fumar y entré. Adentro, había un pequeño vestíbulo cuyo piso teselado estaba sucio por tantas pisadas que iban y venían. Podía sentir la arena bajo mis zapatos, lo cual me crispaba aun mas los nervios. La puerta interna estaba parcialmente abierta, al adentrarme pude ver un corredor, vacío y sucio donde me abrazó el agrio olor de la humedad, empobrecido, típico de estos antros de mala muerte. Detrás, una escalera cubierta por una andrajosa alfombra. Una lampara de gas brillaba tenuemente dentro un farol rosa, era la luz que se veía desde afuera.
La casa parecía estar completamente en silencio. De seguro, esto no era un lugar de entretenimiento de ningún tipo. Lo mas probable es que fuera una pensión y yo me había equivocado de entrada.
Para alivio mio, desde que entré a la morada, la agonía del terror sin sentido que me había invadido se había ido. Si pudiera entrar a algún lugar para sentarme y estar tranquilo, probablemente se iría para siempre. Determinado, estaba a punto de dejar el corredor para probar otra entrada cuando una de las muchas puertas que ocupaban los laterales se abrió repentinamente y un hombre se asomó.
¿Si? dijo, me miró animosamente sin el menor indicio de sorpresa por mi presencia en el lugar.
“Disculpe” respondí. “la puerta estaba abierta y entré a este lugar pensando que era la entrada de la exhibición de ¿cómo lo llaman? “Lo Grandioso Nunca Visto”. Lo que mencionan en el cartel largo y blanco. ¿Puede decirme qué puerta es la correcta?
“Claro que puedo”
Con esa breve respuesta se detuvo a mirarme nuevamente. Era un hombre alto, esbelto, un poco encorvado pero de un semblante muy distinguido. Estaba extrañamente bien vestido para ese vecindario, su rostro alargado impecablemente rasurado contrastaba, ya que aun cuando era de tez oscura y ojos tan negros como el carbón, sus abundantes cejas y su cabello eran de un color blanco platinado. Su edad debía superar los sesenta años.
Me cansé de que me observara. “Si sabe pero no me lo dirá, entonces olvídelo”, pareció molestarse así que me di vuelta para irme. Hasta que una tajante exclamación me detuvo.
“¡No!” dijo, “¡No, no! Discúlpeme por la pausa, no estaba dudando se lo aseguro. ¡Pensar que una persona, aunque sea una ha venido! Durante todo el día han pasado delante de mi cartel, han pasado pero no entraron por temor. Pero tú, tú eres diferente. No eres como esos campesinos extranjeros, temerosos e ignorantes. ¿Me pediste que te indicara la puerta correcta? ¡Es por aquí! ¡Aquí!
Golpeó el panel de la puerta que acababa de cerrar por lo que el agudo pero vacío sonido que hizo reverberó por toda la silenciosa casa.
Ahora, uno pensaría que después del pavor sin sentido que sentí en la calle, la extraña bienvenida de tan extraño individuo debería haber hecho resurgir el sentimiento y esta vez potenciado. Pero hay un emoción que es aun mas fuerte, hasta cierto punto, que el miedo. Este extraño sujeto despertó mi curiosidad. ¿Qué clase de museo tenía que la gente temía entrar a verlo? Nada realmente terrible, me imagino, o la policía ya lo habría clausurado. Por lo general, no soy una persona temerosa. Pregunte “entonces, ¿está ahí, verdad?” mientras avanzaba hacia él. “¿Acaso soy el único miembro de la audiencia? Esta va a ser una experiencia interesante” estaba casi riéndome para entonces.
“La mas interesante del mundo”, dijo el anciano, con una solemnidad que soslayaba la ligereza con la que me lo estaba tomando.
En ese momento abrió la puerta, entró y la cerró de nuevo, me la cerró en la cara. Me quede ahí parado. Los paneles, recuerdo, estaban originalmente pintados de blanco, pero ahora la pintura estaba descascarada y llena de burbujas, gris por el polvo y marcas de dedos sucios. De repente se me ocurrió que no tenía deseo alguno de entrar ahí. Lo que sea que hubiera detrás no podía ni remotamente valer tanto la pena, o de lo contrario no hubiera elegido semejante lugar para exhibirlo. Cuando el viejo se esfumó también lo hizo mi curiosidad, pero justo cuando me volteé para irme, la puerta se abrió y este artista tan singular asomo su rostro de cejas plateadas. Frunció el ceño impacientemente “¡Entre, entre!” gritó, retiró la cabeza de la puerta y la volvió a cerrar.
“Tiene algo ahí adentro que no quiere que se le escape”, fue la conclusión que saque, “bueno, difícilmente sea algo peligroso, y está tan ansioso que debería entrar, ahí voy”
Con eso en mente, tome la manija sucia de porcelana blanca y entré.
El cuarto al cual ingresé, no era ni muy grande ni estaba muy bien iluminado. No parecía un museo o un salón de espectáculos en absoluto. Al contrario, parecía estar configurado como un laboratorio muy bien equipado. El piso tenía una cubierta de linóleo, habían estanterías de vidrio en las paredes cuyos estantes estaban llenos de botellas, vasos de precipitados, de medición, y ese tipo de cosas. Sobre una mesa larga en una esquina reposaba lo que parecía un extraño tipo de cámara y sobre una mesa aun mas larga en el medio del cuarto había un gran anaquel lleno de botellas y tubos de ensayo y donde además estaba lleno de papeles, restos de vidrios y parafernalias varias que debido a mi ignorancia no pude identificar. Habían varios estantes de libros, algunas sillas simples de madera, y en la esquina un fregadero de hierro grande con agua corriente.
Mi anfitrión de cabello blanco y ojos negros me estaba esperando cerca de la mesa mas grande. Me señalo una de las sillas de madera con un dedo delgado y tembloroso, tembloroso por la edad o por el entusiasmo. “Siéntese, siéntese” No tenga miedo, esto le resultará interesante, ¡amigo mío! ¡No tema, no hay absolutamente nada que temer!”
Mientras decía eso, me miró fijamente a los ojos y con mas dureza que nunca. Pero el efecto de sus palabras tuvo el efecto inverso. En efecto, me senté, porque mis rodillas cedieron, pero si en el corredor de afuera mi temor se había disipado, ahora había regresado pero multiplicado por dos. Afuera del cuarto, la luz se había desvanecido, a un rosa sombrío, indefinido. Cuando eso sucedió pude percibir como el rostro de ese hombre era en realidad una mascara de pura maldad, de crueldad, de odio y un desprecio magistral. Ahora entendía el significado de mi miedo, cuyas advertencias no acate. Ahora entiendo que caí en la mismísima trampa de la cual mi anormal sensibilidad había tratado de salvarme.
III
Nuevamente, una lucha se desató dentro mío, me mordí el labio hasta que sangró, y una ceguera transitoria me abstrajo. Debió durar mas de lo que creí y el anciano debió haber estado todo ese tiempo hablando ya que cuando finalmente pude recuperar el control y prestar atención, escuchar y verlo, él estaba junto al fregadero, a unos tres metros de distancia, se dirigía a mi de una manera un tanto teatral, como si le hablara a la gran audiencia que esperaba tener y cuya ausencia había condenado.
“Y así,” decía, “me vi forzado a fabricar estas láminas con mucho cuidado, para representar genuinamente las tonalidades características de cada organismo por separado. Ahora, trabajar con cada tipo de color hace a las películas extremadamente sensibles. Sin dudas esta usted familiarizado en forma general con las exquisitas transparencias producidas por la fotografía a color hechas con una sola lamina.”
Hizo una pausa, y, en mi intento de actuar como un ser humano normal, hice una observación: “Vi unos lindos paisajes hechos de esa manera, la semana pasada en una muestra en el Franklin Hall.”
Frunció el ceño, y me hizo un gesto impaciente con la mano. “Esto sale mejor si no me interrumpe,” dijo, “la pausa era meramente con fines oratorios.”
Me retraje humildemente, mientras él volvía a su tono de voz original, fuerte y clara. Hubiese sido un gran expositor frente a una audiencia mucho mas grande, si tan solo no tuviera ese timbre de voz tan escalofriante. Pensar en eso me hizo volver a perderme un poco de la exposición y cuando la retome le escuche decir:
”Como he demostrado, la lámina original es la imagen final. Ahora, muchos de estos organismos son extremadamente difíciles de fotografiar, y la microfotografía a color es particularmente complicada. En consecuencia, arruinar una lámina pone a prueba la paciencia del fotógrafo. Son tan sensibles que la lampara rubí ordinaria de los cuartos oscuros los arruina al instante, y por lo tanto, deben ser desarrollados en la oscuridad o utilizando una luz especial que se produce interponiendo una delgada hoja de tejido de un tono particular de verde y amarillo entre la lampara y lámina, e incluso de esa manera a menudo se producen nubes. Ahora yo, como me resultó tan difícil manipular esos materiales, hice numerosos experimentos en vistas a descubrir algún material de un color que aporte al verde sin dejarlo desprovisto de toda su efectividad. Todo lo que probé resultaba igualmente inútil, pero seguí perseverando, hasta la semana pasada.”
Su voz cayo hasta un tono casi de confidencia, se inclinó hacia mi. Yo estaba helado de la nuca hasta los pies, aunque la cabeza me ardía, pero intente forzar una sonrisa que denotara apreciación.
“La semana pasada,” continuó en forma imponente, “hice llenar una receta en la droguería de la esquina. Me enviaron la botella a casa envuelta en un papel que a primera vista parecía ser un papel blanquecino ligeramente traslucido. Mas tarde determiné que era un tipo de membrana. Cuando le pregunté al tendero para dar con su origen, me dijo que era una hoja de “papel” donde venía enrollado un manojo de hierbas de Sudamérica. Que no tenia mas que esa hoja y dudaba que yo pudiese rastrearla. Había envuelto mi botella con ella solo porque tenia prisa y la hoja estaba a mano.
“No puedo explicarte que fue lo que me inspiró a probar esa membrana en mi trabajo fotográfico. Era blanca opaca y apenas traslucida, excepto cuando se la sostenía a contraluz. Entonces se hacia muy traslucida y con brillo prismático. Por alguna razón se me ocurrió que este efecto refractario podría ayudar a descomponer los rayos actínicos, los rayos que afectan la hipersensible emulsión. Así que esa noche, la inserte detrás de las hojas de tejido verde y amarillo, junto a la lampara, preparé mis bandejas y químicos, deje el portaláminas cerca, apague la luz blanca y prendí la verde”
No había nada en sus palabras que inspirara temor. Era un agotador relato de sus problemas con la fotografía. Pero aun así, mientras hacia una imponente pausa en su relato, desee que no volviera a hablar. Estaba desesperado, y terriblemente aterrado de lo que pudiera decir a continuación.
De repente, se incorporó y se puso derecho, el encorvado desapareció de sus hombros, se hecho para atrás y se largo a reír. Era un sonido hueco, como si se riera a través de una trompeta. “¡No te diré lo que vi! ¿Por qué lo haría? Tus propios ojos serán testigos. Solo esto te diré, para que lo entiendas mejor, después de verlo. Cuando nuestra pobre y defectuoso sentido de la vista puede percibir algo, decimos que ese algo es visible. Cuando los nervios del tacto pueden sentirlo, decimos que es tangible. Sin embargo, hay seres que son intangibles a nuestros sentidos físicos, pero cuya presencia puede ser detectada por nuestros espíritus, y es invisible a nuestros ojos solo porque dichos órganos no perciben la luz que se refleja en sus cuerpos. Pero la luz que atraviesa la pantalla que estamos apunto de utilizar como tiene una longitud de onda que es nueva para el mundo científico, y a través de ella veras con los ojos de la carne lo que ha sido invisible desde que la vida comenzó en este mundo. ¡No temas!”
Se detuvo a reír nuevamente, una risa amenazadora.
“¡No temas!” reiteró, y en ese instante, estiró su mano en dirección a la pared, se escucho un clic y nos quedamos en oscuridad, una oscuridad impenetrable. Quería salir corriendo, buscar la puerta por donde había entrado y salir corriendo de ahí, pero la parálisis de un terror irracional me detuvo.
Podía oírlo moviéndose en la oscuridad, y un momento mas tarde una tenue luz verde iluminó la habitación. Venía de arriba del enorme fregadero, donde supongo que había desarrollado su preciada “lámina de color”.
De a poco, a medida que mis ojos se acostumbraban a la penumbra, podía ver cada vez mas claro. La luz verde es peculiar. Era quizás mas tenue que la roja, y al mismo tiempo iluminaba mucho mas. El anciano estaba parado debajo de la luz, el fantasmagórico resplandor le daba a su rostro la apariencia de un hombre muerto. Aparte de esto, no pude ver nada mas que fuera atemorizante.
”Eso,” continuó el hombre, “es solo la luz de revelado de la que le he hablado, ahora observe, ya que esta a punto de presenciar lo que ningún otro mortal aparte de mi ha visto jamas.”
Por un momento se fundió con la lampara verde sobre el fregadero. Estaba construida de forma tal que todos los rayos bajan en dirección al piso. Abrió una ranura en uno de los lados, por un momento salio un rayo de luz blanca y reconfortante, entonces insertó algo, lo deslizó lentamente y cerró la ranura.
Lo que colocó dentro, debió ser la “membrana” Sudamericana, en lugar de disminuir la luz la incrementó, sorprendentemente. El tono cambió de verde a un gris verdoso, y todo el cuarto se convirtió en una cámara fantasmagórica y tétrica, llena de… ¿qué era eso?
Mis ojos se ajustaron, y quedaron fascinados por lo que se movía a los pies del anciano. Se retorcía ahí en el suelo como una enorme y repulsiva estrella de mar, una cosa inmensa, con brazos y piernas que se contorsionaba y convulsionaba. Era lisa, como si estuviera hecha de goma, de un color verde blanquecina y en ese momento arrastraba su cuerpo informe y tentaculoso en dirección a mi anfitrión, comenzaba a escalarlo, si, trepaba por sus piernas, por su cuerpo. Y él ahí, de pie, erguido, de brazos cruzados, miraba rigurosamente a la criatura que trepaba por su cuerpo.
Pero el cuarto, el cuarto completo rebosaba de vida con otras criaturas como esa. Estaban en todos lados, criaturas tipo ciempiés, con cuerpos de un metro de largo; arañas peludas y horribles se arrastraban por las sombras, horrores traslucidos en forma de salchicha se movían y flotaban por el aire. Se sumergían aquí y allá entre la luz y yo, y podía ver el brillo verdoso a través de sus cuerpos verdosos.
Peor, mucho peor que estas criaturas eran las que tenían rostro humano. Como mascaras, con bocas enormes y monstruosas, y ojos rasgados. No encuentro palabras para seguir describiéndolos. Esa característica suya es lo que me ayuda incluso ahora a hacer su recuerdo tolerable.
El anciano volvió a hablar y cada palabra reverberaba en mi cerebro como el estruendo de un gong. “¡Nada que temer! Nos movemos entre estas criaturas todos los días a toda hora, tanto de día como de noche. Solo tu y yo las hemos visto, ya que Dios es piadoso y le ha evitado al ser humano este padecimiento.¡Pero yo no soy piadoso! Despreció la raza que parió estas criaturas, la raza que estando rodeada de seres invisibles, inimaginables pero benditas, las elije como su compañía! Todo el mundo las vera y sabrá. Uno por uno vendrán aquí, verán la verdad y perecerán. ¿Quién puede sobrevivir a semejante terror? Entonces, yo, también encontraré la paz y dejaré la tierra para que la hereden los horrores creados por el hombre. ¿Sabes qué son? ¿de dónde vienen?”
Su voz resonaba ahora como la campana de una catedral. No podía responderle, pero él no esperó por ella de todas formas. “Salieron del éter, del omnipresente éter, la sustancia intangible con la cual la mente de Dios hizo los planetas, todas las cosas vivas, y el hombre, el hombre ha creado estas cosas! Mediante sus malvados pensamientos, sus egoístas temores, su lujuria, y su interminable e inacabable odio, los ha creado, y están en todas partes. No temas, no pueden lastimar tu cuerpo, pero ¡cuida tu espíritu! No temas, pero observa lo que venga a ti, su creador, ¡la forma y el cuerpo de tu MIEDO!.”
Como él dijo, percibí una Cosa gigantesca viniendo hacia mi, una Cosa, pero la conciencia ya no resistía. La voz amenazante que resonaba en mis oídos se convirtió en un rugido, entonces, la terrorífica visión empezó a desvanecerse y la nada prevaleció ante un terror demasiado grande para soportarlo.
IV
Sentí un dolor fuerte arriba de los ojos. Sabía que estaban cerrados, que estaba soñando, y que el estante lleno de botellas de colores que parecía ver con tanta claridad no había sido mas que parte de un sueño. Había una vaga pero imperativa razón por la cual debería despertarme a mi mismo. Quería estar despierto y pensé que si miraba fijamente podía efectivamente disolver esa sosa visión de botellas azules y marrones. Pero en lugar de disolverse se hicieron mas claras, mas sólidas y en apariencia mas sustanciales, hasta que repentinamente el resto de mis sentidos volvieron todos juntos a respaldar a la visión, y entonces me di cuenta que mis ojos estaban abiertos, las botellas eran reales, seguía sentado en una silla caída hacia un lado con la mejilla apoyada incómodamente contra la mesa que sostenía la estantería.
Me incorporé lentamente y con dificultad, tanteando en mi dolorido cerebro alguna pista que explicara mi presencia en este desconocido lugar, este laboratorio que estaba iluminado solo por los rayos de un arco de luz que llegaba de la calle a través de tres grandes ventanas. Aquí estaba, solo, sentado, y si el dolor por calambre en las extremidades era indicador de algo parece que he estado aquí por un buen tiempo.
Entonces, con la dolorosa conmoción que acompaña despertarse ante una gran catástrofe, llegan los recuerdos. Era este mismo cuarto, iluminado por la luz de la calle y ahora vacío, el cual había visto atestado de criaturas demasiado horribles para describirlas. Miré mis pies estupefacto, con miedo. Ahí estaban las estanterías con puertas de vidrio, estantes con libros, las dos mesas cargadas, y el fregadero grande de acero de donde había salido esa aterradora, y reveladora iluminación. Entonces, la experiencia no había sido un sueño, sino una aterradora realidad. Con cruel indiferencia mi extraño anfitrión me había dejado ahí inconsciente durante horas, sin hacer el menor esfuerzo para ayudarme o intentar reanimarme. Quizás me odiaba tanto que esperaba que muriera ahí.
Al principio no hice esfuerzo para abandonar el lugar. Su apariencia me generaba desprecio. Quería irme, pero me sentía demasiado débil y enfermo para hacer el esfuerzo. Tanto mental como física, mi condición eran deplorable, y por primera vez me di cuenta que una conmoción mental podía atacar vilmente el cuerpo tanto como una noche de libertinaje.
Cada nervio y músculo de mi cuerpo temblaba, con mareos, dolor de cabeza y nauseas, me arrastré de vuelta a la silla, esperando recuperar el control de mi cuerpo antes de que el anciano regresara para poder escapar. Sabía que me odiaba y porque. Mientras esperaba, enfermo y miserable, entendí al hombre. Temblando, recordé los repugnantes horrores que me había mostrado. Si los meros deseos y emociones del ser humano a diario tomaban esa forma, no sorprende que detestara de esa manera a sus congéneres y que solo anhelara destruirlos.
También pensé, en los rostros crueles y malignos que había visto afuera en la calle, por primera vez, como si un velo se hubiese caído de mis ojos hasta ahora cegados por un auto-engaño. Neciamente crédulo como un cachorro recién nacido, había vivido en un mundo malévolo y sombrío donde la bondad es una palabra y el egoísmo puro es la realidad. De forma deprimente, mis pensamientos desfilaron revisando mi propia vida, sus inútiles propósitos, errores y actividades. Todo el mal que había conocido regresó para atormentarme. Nuestros intentos por alcanzar la divinidad fueron una farsa, somos bestias cubiertas de limo retorciéndonos frente al sol al cual reclamamos como herencia pero en nuestros corazones preferimos la fetidez de las profundidades.
Incluso ahora, aun cuando no puedo verlos o sentirlos, esta habitación, el mundo entero, está atiborrado de estos seres creados por nuestra verdadera naturaleza. Recuerdo el despreciable y vergonzoso temor ante el cual mi espíritu había sucumbido con tanta facilidad, y la Cosa sin rostro al cual la emoción había dado a luz.
Entonces, abrupta y sorpresivamente, recuerdo que cada momento estoy haciendo crecer la horda. Dado que mi mente solo puede concebir incubos repugnantes, y dado que mientras viva debo pensar y sentir, y de esa manera seguiré dándoles forma, ¿acaso no había forma de controlar esta abominable sucesión? Mis ojos se posaron sobre los largas estanterías llenas de botellas de colores. Entre los químicos de la fotografía hay muchos venenos mortales, eso lo sabía. Este es el momento para terminar con esto, ¡ahora! Que el anciano regrese y vea como su deseo se ha cumplido. Lo único bueno que puedo hacer, es cerrar esta maquina de crear monstruos.

V
Mi amigo Mark Jenkins es un hombre inteligente y por lo general bastante cuidadoso. Cuando le sacó un cigarro a “Sonrisa” Callahan que tenía toda la apariencia de ser un excelente e inofensivo Cigarro Havana, fue en sí un acto que demostró ser tanto inteligente como cauto. Mediante un trabajo muy astuto, había rastreado el veneno utilizado en el joven Ralph Peeler hasta la puerta del Sr. Callahan, y creía que este cigarro en particular era compañero del que había fumado Peeler justo antes de su deceso. Y si, luego de arrestar a Callahan, no hubiese confiscado este pedazo de evidencia, sin lugar a dudas hubiese sido destruido por la desafortunada inconsciencia de su propietario.
Pero cuando Jenkins poco después me dio ese cigarro, como uno de los suyos, cometió uno error garrafal, de esos que ocasionalmente cometen los hombres inteligentes que evita que estos sean consumidos por la arrogancia y la vanidad. Al descubrir este error, mi amigo detective había pasado la noche buscando a su victima involuntaria, es decir, a mi, y su búsqueda fue exitosa gracias a un tal Pietro Marini, un joven italiano conocido de Jenkins, a quien había encontrado cerca de las dos de la madrugada cuando regresaba de un baile.
Marini me había visto de pie en los escalones de la casa donde el Doctor Frederick Holt tenía su laboratorio y hacienda, se me había quedado mirando, no porque tuviera malas intenciones sino porque pensó que era el espécimen humano con la expresión mas enferma y fantasmagórica que había visto en su vida. Y, siguiendo la superstición de sus vecinos de la South Street, se preguntó si el respetado doctor me había envenenado al igual que a Peeler. Le compartió esta sospecha a Jenkins, quien, sin embargo, tenía buenas razones para creer que no era así. Lo que es mas, y así informo a Marini, Holt había muerto, se había ahogado la noche anterior. La noticia del suicidio le había llegado a Jenkins una hora o dos después de nuestra conversación en el restaurante.
Le pareció sensato registrar los lugares donde se había visto entrar a un joven de apariencia enferma, por lo que Jenkins fue derecho al laboratorio. En el frente de esas casas estaba el largo letrero con la misteriosa inscripción, “Vean Lo Grandioso Lo Nunca visto,” algo que al detective no le pareció misterioso en absoluto. Sabía que en la casa junto a la del Doctor Holt se había adaptado el segundo piso para hacer un salón de conferencias, donde a ciertas horas un joven empleado del asentamiento proyectaba sobre una pantalla utilizando un estereopticón, imágenes de bacilos mortíferos, gérmenes de enfermedades asociadas a la suciedad y la indiferencia. También sabía que el mismísimo Doctor Holt había aportado a este proyecto educativo garantizando unas magnificas láminas para proyectar hechas de micro fotografías a color.
Afuera, en la calle, Jenkins encontró los dos tercios del cigarro restante, lo levantó y subió por las escaleras, sintiéndose miserable y lleno de reproches. Las puertas, tanto la de afuera como la de adentro estaban abiertas, ahí fue cuando me encontró, en el laboratorio, vivo, a punto de morir pero por medios distintos a los que el temía.
La depresión física extrema que siguió al despertar de mi sueño narcótico, y sin saber que lo había causado, me hizo creer en los hechos de mi aventura por completo. Mis defensas mentales estaban demasiado bajas para resistir tan terrible sugestión. Estaba buscando entre las botellas de Holt cuando Jenkins irrumpió en la habitación. Al principio estaba molesto porque había interrumpido mi propósito, pero después de escuchar su anti climática explicación la niebla de obsesión se disipó y me dejo ahí, aun físicamente enfermo pero con el espíritu contento, tan contento como puede estar un hombre que acaba de sufrir una alucinación donde el mundo en su totalidad era un infierno, solo para descubrir que esa maldad había surgido de un cerebro envenenado.
La maldad que había observado en cada rostro allá afuera, incluyendo el del joven Marini, existía solo en mi visión narcotizada. La conferencia de la semana pasada de “ciencia popular” había ocupado mi subconsciente, la parte de la mente que controla los sueños y los delirios, a través del aparato fotográfico del laboratorio de Holt. “Vea Lo nunca antes visto” ayudo materialmente, e incluso la droguería de la esquina en la que me había detenido antes, con sus frascos de exhibición y su luz verde, sin lugar a dudas había tenido parte en esto. Pero en ese momento, siguiendo algo que Jenkins me había contado, hice una observación. “Si Holt no estaba aquí,” demande, “si Holt ya había muerto como dices, ¿cómo explicas que yo, quien nunca antes había visto a ese hombre, pude darte una descripción tan concisa de su apariencia, descripción que admites pertenece al Doctor Frederick Holt?
“¿Ves eso?” señaló al otro lado de la habitación. Era un retrato tamaño real, en crayón, de un hombre con cabello blanco con cejas espesas y los ojos negros mas penetrantes que había visto jamas, hasta la noche anterior. Estaba colgado de cara a la puerta junto a las ventanas y sus rasgos sobresalían de forma extrañamente realista a la luz de la lampara de la calle. “Cuando entraste,” prosiguió Jenkins, “lo primero que viste fue ese retrato, y desde ahí tu delirio construyó un hombre real con el cual hablaste. Así que, ahí esta, tu presentador de cabello blanco, el temor sobrenatural, tu fotografía a color y tus apariciones verdes, todo bien explicado, Blaisdell, y gracias a Dios que estas vivo para oír la explicación. Si hubieras fumado todo el cigarro, bueno, mejor no pensar en eso. No lo hiciste. Y ahora, mi querido amigo es momento de que veas un doctor de verdad de carne y hueso. Te llamare un taxi.”
“No lo hagas,” dije, “una caminata para tomar aire fresco me va a hacer mejor que cincuenta doctores.”
“¡Aire fresco! No hay aire fresco en la South Street en julio,” renegó Jenkins, pero terminó cediendo muy a su pesar.
Pero cuando estábamos dejando el lugar se me ocurrió una curiosa inconsistencia.
“Jenkins,” dije, “afirmas que la razón por la cual Holt me cerró dos veces la puerta en la cara cuando lo conocí fue porque la puerta no se abrió hasta que yo mismo la abrí.”
“Si,” confirmo Jenkins,” pero frunció el ceño, anticipando la siguiente pregunta.
“Entonce, ¿cómo construí una visión tan convincente del doctor si la hice a partir de esa pintura, pero vi al Doctor por primera vez en el pasillo antes de abrir la puerta?”
“Confundes tus recuerdos,” respondió Jenkins de forma cortante.
“¿Eso crees? Holt estaba muerto a esa hora, pero, te digo que vi a Holt fuera de esa habitación. ¿Qué razón tenía para cometer suicidio?”
Antes de que mi amigo pudiera contestar yo ya estaba del otro lado de la habitación, hurgando en la lampara eléctrica sobre el fregadero. Abrí la delgada ranura y retiré la lamina de proyección, que estaba compuesta de dos hojas de vidrio con un material en el medio, oscuro de un lado, amarillo del otro. Dentro estaba lo que yo mas temía, una hoja de material blanquecino, tipo pergamino ligeramente traslúcido.
Jenkins estaba junto a mi cuando lo levanté a un brazo de distancia en dirección a las ventanas. A través de él, la luz de las lamparas de la calle se descompuso en un arco iris resplandeciente asombroso. En vez de disminuir la luz, la incrementaba de manera perceptible y extraña. Uno podría pensar que la lámina era luminosa en sí misma, y cuando se la sostenía en las sombras no emitía luz en absoluto. “¿Deberíamos ponerla en la lampara y ver si funciona?” preguntó Jenkins lentamente, sin la mínima intención de burlarse.
Lo miré directamente a los ojos. “No,” dije, “no lo hagas. Estaba drogado. Quizás en esa condición recibí una brutal revelación sobre el mismo descubrimiento que ocasionó el suicidio de Holt pero no lo creo. Fantasma o no, me rehusó a volver a creer en la depravación de la raza humana. Si el aire y la tierra están atiborradas de horrores invisibles, no son de nuestra creación. Mejor dejarle a otros el estudio de la demonología. ¿Deberíamos quemar esta cosa o destruirla?”
“No tenemos derecho a ejecutar ninguna de las dos,” replicó Jenkins pensativamente, “sabes, Blaisdell, tu “sueño” tiene partes condenadamente realistas. Yo no he estado fumando cigarros con narcóticos pero cuando sostuviste esa cosa contra la luz podría jurar que vi… bueno, olvídalo. Quémalo, envíalo al lugar de donde vino.”
“¿A Sudamérica?” le dije.
“Un lugar mas calurosos que ese. Quémalo.”
Encendió un fósforo y lo hicimos. Se consumió de un solo fogonazo.
Los periódicos le dedicaron mucho espacio al suicidio del Doctor Frederick Holt, causado, según concluían, por enajenación mental ocasionada por la injusta acusación en el asesinato de Peeler. Parecía una razón inadecuada, ya que nunca lo habían arrestado, pero nunca descubrieron alguna otra.
Por supuesto, nuestro accionar al quemar la “membrana” fue ilegal y precipitado pero aunque no hablaba al respecto, sabía que Jenkins estaba de acuerdo conmigo en que a veces es mejor quedarse con la duda que tener certeza, y que hay maravillas en este mundo que es mejor no comprobar. Por ejemplo aquellas relacionadas a Poderes Malignos.

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