El hombre de cristal

Por Edward Page Mitchell

I

Iba caminando rápido cuando di vuelta en dirección a la Quinta Avenida desde una de las calles que la cortan cerca del viejo reservorio, eran las once y cuarto de la noche del 6 de noviembre de 1879 cuando de repente tropecé con un individuo que venía caminando en la dirección contraria.

Era un esquina muy oscura. No podía distinguir nada de la persona con la que había tenido el honor de tropezar. Sin embargo, la rapidez de mi mente, entrenada en el pensamiento inductivo me permitió obtener varios elementos acerca de esta persona antes de que incluso pudiera recuperarme de la conmoción del encuentro.

Estos eran algunos de esos hechos: era un hombre mas pesado que yo, y con piernas mas resistentes, pero medía exactamente 10 centímetros menos. Llevaba un sombrero de seda, una pesada capa de lana, y zapatos o botas de goma. Tenía aproximadamente treinta y cinco años, nacido en América, educado en una universidad alemana, Heidelberg o Freiburg, siempre andaba apurado, pero era considerado y cortes en su trato con otros. No estaba exactamente contento con la sociedad, había algo en su vida o en ese momento en particular que deseaba ocultar.

¿Cómo supe todo eso cuando ni siquiera había visto al extraño, y apenas se le había escapado un monosílabo? Bueno, supe que era mas robusto y mas resistente porque fui yo y no él quien retrocedió en el choque. Supe que yo era diez centímetros mas alto porque la nariz aun me ardía por haber chocado contra el ala de su sombrero. Mi mano, involuntariamente elevada, hizo contacto con el borde de su capa. Tenia botas de goma porque no pude oír sus pasos. Para una persona con un oído como el mio, el tono de voz era tan revelador como una arruga en el rostro para determinar la edad de una persona. En los primeros segundos que prosiguieron al choque, lo oí musitar “¡bestia!”, un término que en esa época solo se le ocurriría a un alemán. La pronunciación gutural, sin embargo, me indicó que el hablante era americano-alemán y no alemán-americano, y que su educación alemana se había desarrollado al sur del río Main. Ademas, el tono de caballero y académico se dejo entrever aun entre la iracunda reacción. Eventualmente concluí que si bien el caballero no tenia prisa, si anhelaba, por alguna razón, permanecer anónimo. Escuchó silenciosamente mis disculpas, se inclino para levantar mi paraguas, me lo devolvió y siguió su camino tan silenciosamente como había recorrido el trayecto que lo llevo a tropezar conmigo.

Me propuse a comprobar mis conclusiones lo mas pronto posible. Así que di media vuelta hacia la calle lateral y seguí al extraño que ya debía estar por llegar a la lampara de mitad de cuadra. Lo cierto es que, no iba a mas de cinco segundos detrás suyo. No había otro camino que hubiese podido tomar. Ninguna puerta se había abierto a lo largo del trayecto. Pero sin embargo, cuando llegamos a la luz de la lampara, la forma que debía estar frente a mi, no estaba. Ni el hombre ni su sombra eran visibles.

Me apresuré hasta la siguiente lampara de gas, me detuve bajo ella y escuche. La calle estaba aparentemente desierta. Los rayos de luz de flama amarilla apenas si se adentraban en la oscuridad. Sin embargo, los escalones y el umbral de la casa marrón ubicada justo frente a la lampara recibía apenas la iluminación necesaria. Las figuras doradas sobre la puerta la diferenciaba de las demás. Reconocí la casa: el número me resultaba familiar. Mientras esperaba ahí, bajo la luz de lampara de gas, escuché un ligero ruido que venía de los escalones, el clic de una llave en la cerradura. La puerta del vestíbulo se abrió lentamente para luego cerrarse de un golpe, de forma tal que el eco reverbero en toda la calle. Inmediatamente después, se escuchó el sonido de otra puerta abrirse y cerrarse dentro de la casa. Nadie había salido. Y, hasta donde mis ojos podían atestiguar nadie había entrado.

Con la idea fija de que había poco material para una aplicación exacta del proceso inductivo, me quede un largo tiempo intentando descifrar la filosofía detrás de tan extraño suceso. Sentí esa vaga sensación de lo inexplicable, casi hasta el punto de sentirme atemorizado. Fue un alivio cuando escuche pasos en la vereda opuesta y me volví para ver a un policía, que caminaba con el bastón a cuestas y me observaba.

II

Esta casa marrón chocolate, cuya puerta frontal se había abierto y cerrado a medianoche sin la intervención de una persona, me resultaba, como he mencionado antes, muy familiar. Era la misma casa que había dejado diez minutos atrás, luego de pasar una velada con mi amigo Bliss y su hija Pandora. Era el tipo de casa en la que cada piso es un hogar en si mismo. El segundo piso, o mejor dicho, el apartamento del segundo piso, estaba habitado por Bliss desde su regreso del extranjero, es decir, desde hace doce meses. Tenía un gran aprecio por Bliss porque tenía un gran corazón, pero también lo compadecía  por su mente ilógica y tan poco científica. A Pandora la adoraba.

Deberás entender que mi admiración por Pandora era una causa perdida, y no solo era una causa perdida sino que era la madre de todas las causas perdidas. En nuestro circulo de amistades existía un pacto implícito que debía respetarse a toda costa respecto a la particular condición de la joven,  era un mujer coqueta que había desposado un recuerdo. Adorábamos a Pandora, moderadamente, sin pasión, solo lo suficiente para alimentar su coquetería sin escoriar la abrazada superficie de su corazón de viuda. Por su parte, Pandora se conducía con la misma propiedad. No se comprometía plenamente con su coqueteo, los administraba tan bien que podía retirarlos por completo apenas se sintiese apesadumbrada por sus tristes recuerdos.

No estaba mal visto que intentásemos convencer a Pandora que le debía a su juventud y su belleza el cerrar ese capitulo de su vida y seguir adelante, que le pidamos respetuosamente que debía vivir en el presente y no en el pasado. Si estaba mal visto sin embargo, insistir en el asunto una vez que ella hubiese anunciado que esto le resultaba imposible.

No conocíamos bien los detalle del trágico episodio ocurrido durante la travesía europea de la Señorita Pandora. Sabíamos, en forma vaga y poco precisa, que se había enamorado en el extranjero, que habia tenido un discusion sobre una trivialidad, y entonces él desapareció. Nunca supo que fue de él y se sintió culpable por haberlo ahuyentado por un capricho. Bliss me había contado algunos hechos esporádicos, que no cuajaban lo suficiente como para reconstruir una versión de los hechos. No había razones para creer que el amante de Pandora se hubiese suicidado. Su nombre era Flack. Era un hombre de ciencia. Bliss pensaba que era un idiota y a su vez creía que Pandora era una idiota por penar por él. Pero Bliss creía que todos los hombres de ciencia eran idiotas en mayor o menor medida.

III

Ese año asistí a la cena de Acción de Gracias en la casa de los Bliss. Esa noche intente maravillar a los asistentes con la serie de misteriosos eventos de la noche en que tropecé con el extraño. La historia no tuvo el efecto que había previsto. Dos o tres personas insufribles intercambiaron miradas. Pandora, que estaba mas pensativa que de costumbre, me escuchó con aparente indiferencia. Su padre, en su estúpida inhabilidad para captar algo por fuera de su área de conocimiento, se rió descaradamente, fue tal el fracaso que hasta se llegó a dudar de mi capacidad como observador de tal fenómeno.

Un poco molesto y quizás con un poco de descreimiento en mi propia historia, inventé una excusa para retirarme temprano. Pandora me acompaño hasta el umbral. “Tu historia,” me dijo, “me resultó extrañamente interesante. Yo también he presenciado sucesos extraños en los alrededores de esta casa que le sorprenderían. Creo que tengo algo de experiencia en esto. La tristeza de mi pasado proyecta apenas un destello de luz, pero no nos apresuremos. Sería bueno que llegue al fondo de este asunto, hágalo por mi.”

La joven suspiro y me deseo las buenas noches. Creí oír un segundo suspiro, mas fuerte que el suyo, y demasiado distinto para ser un reverberación.

Empecé a bajar los escalones. Cuando iba a mitad de camino, sentí la mano de un hombre que se posaba pesadamente sobre mi hombro desde atrás. Mi primera idea fue que era Bliss, que me había seguido para disculparse por haber sido grosero conmigo. Me di vuelta para recibir su amistosa propuesta. Pero no había nadie a la vista.

La mano volvió a tocarme el brazo. A pesar de mi filosofía, me estremecí.

Esta vez, la mano me jalaba gentilmente la manga del abrigo, como invitándome a subir las escaleras. Subí uno o dos escalones, y la presión en mi brazo disminuyo. Me detuve, y la silenciosa invitación se repitió con una urgencia que despejó cualquier duda sobre su intención.

Subimos juntos las escaleras, la presencia me guió y yo le seguí. ¡Que extraordinaria travesía fue esa! Los pasillos estaban iluminados por lamparas de gas. Pero mis ojos me decían que yo era la única persona subiendo esa escalera. Cerré mis ojos, la ilusión, si se la podía llamar ilusión, era perfecta. Podía escuchar el crujir de la escalera delante mio, el suave pero distintivo sonido de pisadas sincronizadas con las mías, incluso podía oír la regular respiración de mi compañero y guía. Extendí mi brazo, pude tocar y sentir la textura de sus vestimentas, era una pesada capa de lana forrada con seda.

De repente, abrí los ojos. Insistieron en decirme que estaba completamente solo.

Este problema se presento entonces en mi mente: cómo podía determinar si la visión me engañaba, mientras que mis sentidos del oído y el tacto me informaban correctamente, o si los oídos y el tacto mentían, y los ojos me decían la verdad. ¿Quién podía arbitrar cuando los sentidos se contradecían los unos a los otros? ¿La razón? La razón se inclinaba a pensar que la presencia era un ser inteligente, cuya existencia era completamente negada por los mas confiables de mis sentidos.

Llegamos al ultimo piso de la casa. La puerta que nos sacaba del pasillo se abrió ante mi, en apariencia por sí sola. Una cortina en el interior se corrió aparentemente sola y se mantuvo así para darme paso a un apartamento donde el ordenamiento de los muebles hablaba por sí mismo, buen gusto y hábitos académicos. Leños ardían en la chimenea. Las sillas de salón eran amplias y en apariencia cómodas. No había nada en esa habitación fuera de lo ordinario, nada extraño, nada que lo distinguiera a una habitación amueblada en cualquier otra casa.

Para ese entonces mi mente ya había descartado la ultima sospecha de actividad sobrenatural. Este fenómeno no era quizás, inexplicable sino por el momento solo misterioso. Mi anfitrión tenia una disposición por demás amistosa. Observé con perfecta calma una serie de manifestaciones de energía independiente de parte de objetos inanimados.

En primer lugar, una silla turca se arrastró a sí misma desde la esquina hasta el centro de la habitación. Luego, una silla inglesa hizo lo mismo desde otra esquina y avanzó hasta colocarse exactamente frente a la otra. Una pequeña mesa de tres patas se levantó unos centímetros del suelo y se ubicó entres ambas sillas. Un libro grueso abandonó su lugar en un estante y navegó tranquilamente a través del aire a un metro y algo de altura y descendió cuidadosamente sobre la mesa.  Una pipa de porcelana cuidadosamente pintada se descolgó de una gancho en la pared y se sumó al libro. Una caja de tabaco pegó un salto de la repisa. La puerta de un gabinete se abrió y de ella salió un decantador y copas de vino que hicieron el viaje juntas y llegaron simultáneamente al mismo destino. Todo en la habitación estaba impregnado con un espíritu de hospitalidad.

Me senté en la silla cómoda, me llené la copa con vino, encendí la pipa y examiné el libro. Era el Manual de Histología Bussius de Viena. Cuando volví a poner el libro sobre la mesa, se abrió, deliberadamente en la pagina cuatrocientos cuarenta y tres.

“¿No estás nervioso?” pregunto una voz a poco menos de dos metros de mi oído.

IV

Esta voz sonaba familiar. Era la misma que había oído en la calle esa noche del 6 de noviembre, cuando me llamo bestia.

“No,” le dije. “No estoy nervioso. Soy un hombre de ciencia, acostumbrado a lidiar con todo tipo de fenómenos que pueden ser explicados por las leyes de la naturaleza, siempre y cuando hayamos descubierto esas leyes. No, no tengo miedo.”

“Tanto mejor. Eres un hombre de ciencia, como yo…” Aquí la voz asumió un tono mas raspado “… con temple de acero, y amigo de Pandora.”

“Discúlpeme,” interrumpí. “Si va a hablar de una dama sería apropiado que me dijera con quién estoy hablando.”

“Eso es precisamente lo que quiero comunicarle,” replicó la voz, “antes de pedirle un favor muy grande. Mi nombre es o era Stephen Flack. Soy o he sido ciudadano de los Estados Unidos. Mi estado actual es un misterio tanto para mi como puede serlo para usted. Pero soy, o era, un hombre honesto y un caballero, y le ofrezco mi mano.”

No vi su mano. Extendí la mía, sin embargo, y se encontró con un suave y cálido apretón de manos.

“Ahora,” retomó la voz, luego de este silencioso pacto de amistad, “si es tan amable, lea el pasaje que he señalado en el libro sobre la mesa.”

Esta es una rudimentaria traducción de lo que leí en alemán.

Como el color de los tejidos orgánicos del cuerpo depende de la presencia de ciertos principios fundamentales de tercer grado, todos contiene hierro como elemento necesario, se determinó que la tonalidad puede variar de acuerdo a varios cambios físico-químicos bien definidos. Un exceso de hematina en los glóbulos rojos le da a cada tejido un tinte rojizo. La melanina que da color al coroides del ojo, el iris, el cabello, se puede aumentar o disminuir según las leyes recientemente formuladas por Schardt de Basel. En la epidermis, el exceso de melanina te convierte en una persona negra y la deficiencia en albino. La hematina y la melanina, junto con la biliverdina verde-amarilla y el rojo-amarillento de la urokacina, son los pigmentos que le dan color a tejidos que de otra manera serian transparentes o casi transparentes. Condeno mi inhabilidad para registrar el resultado de algunos experimentos histológicos muy interesantes, llevados a cabo por el incansable investigador Fröliker quien encontró la forma de separar la descoloración rosa del cuerpo humano mediante procesos químicos.

“Durante cinco años,” prosiguió mi compañero invisible cuando termine de leer, “fui discípulo y asistente de Fröliker en Freiburg. Bussius apenas abordó el alcance de nuestros experimentos. Alcanzamos resultados que eran tan asombrosos que las autoridades recomendaron no hacerlos públicos, ni siquiera ante la comunidad científica. El pasado Agosto se cumplió un año de la muerte de Fröliker. “

“Tuve fe en la genialidad de este hombre, era un hombre admirable y un gran pensador. Si él hubiese recompensado mi incuestionable lealtad con su plena confianza, hoy no estaría preso de esta desgracia. Pero debido a su innata reticencia sumado a la cautela con la que los sabios custodian los resultados sin verificar, me mantuvo al margen de las formulas esenciales de nuestros experimentos. Como su discípulo, estaba familiarizado con los detalles del trabajo de laboratorio; pero solo el maestro conocía el secreto mas importante. Como consecuencia, he caído victima de la maldición mas terrible que alguna vez haya caído sobre un ser humano desde Caín.”

“Nuestros esfuerzos se dirigieron en primer lugar a la ampliación y variación de la cantidad de materia pigmentaria en el sistema. Por ejemplo, al aumentar la proporción de melanina en el alimento, al llegar a la sangre podíamos convertir a un hombre caucásico en uno de piel negra, pero negra como un africano. No había tonalidad que no hayamos podido conseguir mediante la modificación y variación de las distintas combinaciones. Por lo general era yo el que se sometía a esos experimentos. En distintas oportunidades he sido de color cobre, azul violáceo, carmesí, y amarillo cromado. Durante una exitosa semana lucí en mi cuerpo todos los colores del arco iris. Aun queda un testigo que puede dar fe del interesante carácter de nuestro trabajo durante este periodo.”

La voz hizo una pausa, y unos segundos después hizo sonar una campana de mano que estaba sobre la repisa. De inmediato, un hombre viejo con un apretado kipá en la cabeza apareció en la habitación.

“Käspar,” dijo la voz en alemán, “muéstrale al caballero tu cabello.”

Sin demostrar sorpresa alguna y perfectamente acostumbrado a recibir ordenes como si nada, el anciano criado se inclinó y se quitó el sombrero. Los escasos rizos que reveló eran de un brillante verde esmeralda. Le manifesté mi asombro.

“El caballero aprecia la belleza de su cabello,” dijo la voz, de nuevo en alemán. “Eso es todo, Käspar.”

Se volvió a colocar el kipá, y se retiró con una mirada de satisfacción en el rostro.

“El viejo Käspar era el criado de Fröliker y ahora me sirve a mi. El fue sujeto de prueba de nuestras primeras aplicaciones del proceso. El valioso hombre quedó tan satisfecho con el resultado que nunca nos permitió regresarle el color original a su cabello. Es leal, y mi único intermediario y representante con  el mundo visible.”

“Ahora,” Prosiguió Flack, “a la historia de mi infortunio. El gran histólogo con quien tuve el privilegio de asociarme, volcó su atención a otra rama de investigación aun mas interesante. Hasta ese momento, solo había apuntado a incrementar y/o modificar los pigmentos en los tejidos. Entonces empezó una serie de experimentos ante la posibilidad de eliminar esos pigmentos en su conjunto del sistema, mediante la absorción, exudación, y uso de cloruros y otros agentes químicos que actúan sobre la materia orgánica. ¡Tuvo un éxito arrollador!”

“Nuevamente fui sujeto de prueba de los experimentos que Fröliker supervisó, impartiéndome solo la parte del secreto de este proceso que le resultó inevitable no compartir. Durante semanas permanecí en su laboratorio privado, sin ver a nadie y ser visto por nadie, con excepción del profesor y el confiable Käspar. Herr Fröliker procedió con cautela, observando de cerca los efectos de cada nueva prueba, y avanzando en etapas. Nunca fue tan lejos con un experimento al punto de no poder retroceder a discreción. Siempre mantenía una salida fácil y rápida para revertir el proceso. Por esa razón me sentí perfectamente a salvo en sus manos y me sometí a todo lo que él requería.

“Bajo los efectos de drogas debilitantes que el profesor me administró junto a otros poderosos detergentes, lo primero que hizo fue hacerme pálido, blanco, sin color alguno como un albino, pero sin efectos negativos sobre mi salud. Mi cabello y barba parecían hechos de cristal y mi piel de mármol. El profesor estaba satisfecho con sus resultados, y no fue mas lejos esa vez. Me devolvió a mi color original.

“Durante el siguiente experimento, y en todos los que le siguieron, él permitió que sus agentes químicos se asentaran firmemente en los tejidos de mi cuerpo. No solo me puse blanco, como un hombre remojado en cloro sino ligeramente traslucido, como una figura de porcelana. Esa vez también detuvo su trabajo por un tiempo, me devolvió mi color original y pude regresar al mundo exterior. Dos meses después, ya era mas que traslucido. Has visto esas criaturas que flotan en el mar, las medusas o aguavivas, cuya figura es casi invisible al ojo humano. Bueno, yo era en el aire lo que una medusa era en el agua. Casi perfectamente transparente, fue solo mediante una minuciosa inspección que el viejo Käspar pudo encontrarme en la habitación cuando fue a llevarme alimento. Era Käspar quien velaba por mis necesidades durante los periodos en los que me encontraba recluido.”

“¿Pero y su vestimenta?” pregunté, interrumpiendo el relato de Flack. “Eso debía haber contrastado fuertemente con el tenue aspecto de tu cuerpo.”

“Ah, no,” dijo Flack. “El espectáculo de un conjunto de ropa aparentemente vacío moviéndose por el laboratorio era una imagen demasiado grotesca incluso para el profesor. Para resguardar su solemnidad, se vio obligado a idear la manera de aplicar este proceso en materia orgánica muerta, como la lana de mi capa, el algodón de mis camisas y el cuero de mis zapatos. Así pase a estar equipado con un atuendo en combinaba con mi condición física.

“Fue durante esta etapa de nuestro progreso, cuando habíamos alcanzado la transparencia casi perfecta, y por lo tanto la completa invisibilidad, que conocí a Pandora Bliss.”

“En julio se cumplió un año de eso, la conocí durante uno de los intervalos de nuestros experimentos, en un momento en el que me encontraba con mi apariencia natural, viaje a Schwarzwald a recuperarme. Vi y admire a Pandora por primera vez en la pequeña aldea de San Blasien. Habían venido desde las Cataratas del Rin y viajaban hacia el norte. Di media vuelta y me dirigí hacia el norte. Para cuando llegamos a las montañas de Feldberg ya estaba locamente enamorado de ella. Fue en el Höllenpass que ya estaba listo para sacrificar mi vida por una gentil palabra de sus labios. En el Hornisgrinde, cuando le pedí permiso para arrojarme desde la cima de la montaña hacia las tenebrosas aguas del Mummelsee para probarle mi devoción. Usted conoce a Pandora. Como la conoce no necesito ni siquiera explicarle el porqué de la velocidad de mi enamoramiento. Ella coqueteo conmigo, se rió conmigo, de mi, condujimos juntos, caminamos juntos en senderos a través del bosque, juntos escalamos pendientes tan empinadas que la actividad se convirtió un delicioso y prolongado abrazo; hablamos de ciencia, y sentimientos, escucho mis esperanzas y entusiasmos, se burló de mi, me doblegó completamente a su dulce voluntad, todo esto mientras su prosaico padre descansaba en la cafetería de la posada leyendo periódicos de New York. Pero si ella me amaba o no, es algo que ignoro hasta el día de hoy.

“Cuando el padre de Pandora vio cuales eran mis intenciones y sopeso mis medios de subsistencia, terminó abruptamente con nuestro pequeño idilio. Creo que me ubicó en algún lugar entre malabarista profesional y curandero matasanos. En vano intenté explicarle que iba a ser famoso y probablemente rico. “Cuando sea rico y famoso,” remarcó con una sonrisa, “estaré encantado de verle en mi oficina de la calle Broad” Llevó a Pandora a Paris y yo regrese a Freiburg.”

“Unas semanas mas tarde, durante una brillante tarde de agosto, me pare en el laboratorio de Fröliker y pase inadvertido delante de cuatro personas que estaban a un brazo de distancia de mi. Käspar estaba detrás mio, lavando unos tubos de ensayo. Fröliker con una orgullosa sonrisa en el rostro miraba intencionalmente al lugar donde sabia que yo debla estar. Dos hermanos, profesores los dos, convocados con alguna excusa, discutían sobre alguna trivialidad casi golpeándome con sus codos. Podrían haber oído el latido de mi corazón. “¿A propósito Herr Profesor,” preguntó uno cuando se preparaba para irse, “¿su asistente ya regresó de sus vacaciones?” La prueba fue un éxito.

“Tan pronto estuvimos solos, el Profesor Fröliker tomó mi mano invisible, al igual que tu lo hiciste esta noche. Estaba de buen humor.”

““Querido amigo,” me dijo, “mañana es la coronación de nuestro trabajo. Mañana te presentaras o mejor dicho no te presentaras ante una asamblea del cuerpo docente de nuestra universidad. He telegrafiado invitaciones a Heidelberg, Bonn, Berlin. Schrotter, Haeckel, Steinmetz, Lavallo estarán aquí. Nuestro triunfo será en presencia de los mas grandes físicos de esta era. Será entonces cuando revelaré los secretos de nuestros procedimientos que hasta ahora he mantenido ocultos incluso de ti, mi colaborador y mas confiable amigo. Pero compartiremos la gloria. ¿Me pareció escuchar que un ave del bosque fue apartada de tus brazos? Muchacho, te devolveré tu pigmentación e iras a Paris a buscarla con fama en tus manos y bendiciones de la ciencia sobre tu cabeza.”

“La mañana siguiente, el diecinueve de agosto, antes de que me hubiese levantado de mi catre, Käspar entró corriendo al laboratorio.

“¡Herr Flack! ¡Herr Flack!” dijo agitado. “Herr Doctor Profesor ha fallecido a causa de un derrame cerebral.”

V

El relato había llegado a su fin. Me senté largamente a pensar. ¿Qué puedo hacer?¿Qué podía decir? ¿De qué forma podía ofrecer consuelo a este desdichado hombre?

Flack, el invisible, sollozaba amargamente.

Él hablo primero. “¡Que difícil, difícil, difícil! No hay crimen a los ojos del hombre, ya que no hay pecado ante los ojos de Dios, he sido condenado a un destino diez mil veces peor que el infierno. Debo caminar por la tierra, un hombre como cualquier otro, con la capacidad de vivir, de ver y de amar, a la vez que entre mi persona y todo lo que vale la pena en la vida se levanta una barrera fija para toda la eternidad. Incluso los fantasmas tienen forma. Mi vida es la de un muerto viviente; mi existencia quedará en el olvido. Sin amigos que me miren a la cara. Jamas podre volver a abrazar a la mujer que amo, hacerlo solo le inspiraría un terror inexpresable. La veo casi todos los días. A menudo le rozo el vestido cuando pasa junto a mí en las escaleras. ¿Alguna vez me amo? ¿Aun me ama? ¿Es que acaso la respuesta a esa pregunta haría mas cruel esta maldición? Aun así lo he traído aquí para contarle la verdad.”

Entonces, cometí el error mas grande de mi vida.

“¡Anímese!” le dije. “Pandora siempre lo ha amado.”

Por el repentino vuelco de la mesa supe con que vehemencia Flack se había puesto de pie. Sus manos me tomaron por los hombros con firmeza.

“Si,” continué; “Pandora ha sido fiel a su memoria. No hay razones para desesperar. El secreto del proceso de Fröliker murió con él, pero ¿por qué no podría ser re descubierto mediante inducción y experimentación ab initio con la asistencia que usted pueda proporcionar? Tenga valor y esperanza. Ella lo ama. En cinco minutos puede escucharlo de sus propios labios.”

Ningún chillido de dolor que había oído antes era la mitad de patético que este salvaje llanto de felicidad.

Bajé rápidamente por las escaleras y convoqué a la Señorita Bliss al corredor. Le expliqué la situación brevemente. Para mi sorpresa, no se desmayo ni le agarro un ataque de histeria. “Ciertamente, lo acompañare,” me dijo, con una sonrisa que entonces no pude interpretar.

Me siguió hasta la habitación de Flack, escrutando tranquilamente cada rincón del apartamento, con la sonrisa fija aun en su rostro. El nivel de compostura que manejaba era como si hubiese entrado a un salón de fiestas. No manifestó asombro ni terror, en absoluto, cuando manos invisibles la tomaron de la mano y se la cubrieron de besos utilizando labios invisibles. Escuchó con total tranquilidad el torrente de palabras amorosas que mi desafortunado amigo le vertió en los oídos.

Observé la extraña escena, perplejo e incomodo.

Rápidamente la Señorita Bliss le retiró la mano.

“Ya esta bien Sr. Flack,” dijo con una ligera risa, “es usted demasiado demostrativo. ¿Acaso adquirió ese habito en el continente?”

“¡Pandora!” lo escuche decir a él, “No lo entiendo.”

“Quizás,” Prosiguió ella con calma, “lo consideres uno de los privilegios de tu invisibilidad. Déjame felicitarte por el éxito de tu experimento. Que hombre tan inteligente es tu profesor… ¿cómo era su nombre? Puedes hacer una fortuna exhibiendo tu habilidad.”

¿Era esta la misma mujer que había sufrido de manera inconsolable durante meses por la perdida de este hombre? Me quede estupefacto. ¿Quién podría empezar a comprender los motivos de esta mujer? ¿Qué tipo de ciencia es lo suficientemente concisa para desenmarañar tan inadmisibles caprichos?

“¡Pandora!” exclamó nuevamente y esta vez sonaba confundido. “¿Qué significa esto? ¿Por qué me recibes de esta manera? ¿Es todo lo que tienes para decirme?”

“Creo que es todo,” respondió en forma relajada mientras se movía hacia la puerta. “Eres un caballero y no necesito pedirle que no siga molestándome con estas tonterías.”

“Tienes el corazón de piedra,” le susurre mientras pasaba junto a mi y salia de la habitación. “No eres digna de él.”

El llanto desesperado de Flack alertó a Käspar quien se presento de inmediato. Con el instinto adiestrado por un prolongado y leal servicio, el anciano fue directo al lugar donde se encontraba su maestro. Lo vi manotear el aire, como intentando sostener al hombre invisible pero con dificultades para encontrarlo. Lo aparto violentamente hacia un costado. Se incorporó y se paró en silencio a escuchar, con el cuello estirado y el rostro pálido. Entonces salio corriendo por la puerta y bajo rápidamente las escaleras. Lo seguí.

La puerta de la calle estaba abierta. En la vereda Käspar dudo un par de segundos. Hasta que finalmente giró hacia el oeste y salió corriendo por la calle con tal velocidad que tuve muchas dificultades para alcanzarlo.

Era cerca de la medianoche. Cruzamos avenida tras avenida. Un inarticulado murmullo de satisfacción salio de los viejos labios de Käspar. Un poco mas adelante vimos a un hombre de pie en la esquina que súbitamente era empujado al suelo. Nos apresuramos, sin disminuir nuestro ritmo. En ese momento escuché pisadas a corta distancia que venían rápidamente hacia nosotros. Me aferré al brazo de Kaspar. El asintió.

Casi sin aliento, entendí que ya que no estábamos en una calle pavimentada, sino sobre tablas y rodeados por un grandes pilas de leña. Ya no habían lamparas en la calle, solo el oscuro vació. Käspar hizo el ultimo esfuerzo y corrió para alcanzarlo. Lanzó un manotazo, erró, cayó de espaldas y gritó horrorizado.

Un apagado chapuzón se escuchó en las oscuras aguas del río a nuestros pies.

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