La pareja de baile

Por Jerome K. Jerome

“Esta historia”, comenzó MacShaugnassy, “nos llega desde Furtwangen, un pequeño pueblo en el Bosque Negro, donde vive un maravilloso anciano llamado Nicholaus Geibel. Este hombre se dedicaba a fabricar juguetes mecánicos y debido a su labor había adquirido una reputación en casi toda Europa. Fabricaba conejos que salían del interior de un repollo, sacudían sus orejas, estiraban sus bigotes y volvían a desaparecer; gatos que se lavaban la cara y maullaban de forma tan realista que los perros los confundían con gatos de verdad y los perseguían. Fabricaba muñecos con fonógrafos escondidos dentro, que levantaban su sombrero y decían “Buen día, ¿cómo le va?” y algunos que hasta cantaban una canción.

Pero era mucho mas que un simple mecánico; era un artista. Su trabajo era un hobby, casi una pasión. Su tienda estaba llena de todo tipo de cosas extrañas del tipo que no podría vender aunque quisiera, cosas que había fabricado solo porque amaba fabricarlas. Había diseñado un burro mecánico que podía correr durante dos horas con una reserva de electricidad, y corría, ademas, mucho mas rápido que uno de verdad, y sin demasiado esfuerzo de parte del jinete; un ave que se elevaba en el aire y volaba en un circulo perfecto y aterrizaba en el mismo lugar de donde había partido; un esqueleto que, apoyado en una barra de acero vertical, bailaba el hornpipe, una muñeca tan alta como una persona que podía tocar el violín, y un caballero con el interior hueco que podía fumar de la pipa y bebía mas cerveza que tres estudiantes alemanes promedio juntos, lo cual es mucho decir.

En efecto, era la creencia popular que el viejo Geibel podía fabricar un hombre con la capacidad de hacer todo lo que un hombre respetable necesitara o quisiera. Un día fabricó un hombre que hizo demasiado, la historia es la siguiente:

El joven Doctor Follen tuvo un bebé. El primer cumpleaños de ese bebé generó un ajetreó importante en el hogar del Doctor Follen; pero para el segundo, la esposa del Doctor decidió organizar un baile en su honor. El viejo Geibel y su hija Olga estaban entre los invitados.

El día después del evento tres o cuatros de las amigas mas cercanas de Olga, que también habían estado en el baile, pasaron a verla. Empezaron a hablar de los hombres y a criticar su forma de bailar. El viejo Geibel estaba en la habitación pero parecía tan absorto en su periódico que las chicas no le dieron importancia.

“En cada baile que asisto parece haber cada vez menos hombres que sepan bailar,” dijo una de las chicas.

“Si, y has notado como los que si saben bailar se creen la gran cosa,” dijo otra, “parece que te están haciendo un favor al invitarte a bailar.”

“Y que manera de decir estupideces,” agregó una tercera. “Siempre dicen exactamente las mismas cosas: “Que encantadora se ve usted esta noche.” “¿Viaja a Viena con frecuencia? Oh, debería, es maravilloso.” “Que hermoso vestido.” “Que día tan cálido hemos tenido hoy.” “¿Le gusta Wagner?” Ojala pensaran en algo nuevo.”

“Oh, a mi nunca me importo lo que dicen,” dijo la cuarta. “Si un hombre baila bien me da lo mismo si es un bobo.”

“Por lo general lo son,” dijo abruptamente y con malicia una joven delgada.

“Cuando voy a un baile, quiero bailar,” continuó la chica que venia hablando sin notar la interrupción. “Lo único que pido de una pareja es que me sujete con firmeza, no pierda el equilibrio en las vueltas y que no se canse antes que yo.”

“Una figura mecánica sería ideal para ti,” dijo la chica que había interrumpido antes.

“¡Bravo!” exclamó otra de las chicas aplaudiendo, “¡que idea tan maravillosa!”

“¿Cuál sería la idea maravillosa?” preguntaron todas juntas.

“Es evidente, un bailarín mecánico, o mejor aun, uno que funcione con electricidad y nunca se canse.”

“Las chicas tomaron la idea con entusiasmo.”

“Oh, sería una pareja adorable,” dijo una, “nunca nos patearía o pisaría los pies.”

“Y nunca nos desgarraría el vestido,” dijo otra.

“Nunca perdería el ritmo.”

“No se marearía y terminaría apoyado sobre nosotras.”

“Y no necesitaría secarse el rostro con su pañuelo. Odio cuando un hombre hace eso después de cada baile.”

“Ni pasaría toda la velada sentado en el comedor.”

“Ademas, con un fonógrafo dentro para repetir esas frases armadas no podrías siquiera notar la diferencia con un hombre real,” dijo la chica que había tenido la idea originalmente.

“Oh eso sería ideal,” dijo la chica delgada, “ese hombre sería mucho mas agradable.”

El viejo Geibel había dejado su periódico de lado, y escuchaba atentamente. Una de las chicas miró en dirección a él y este se volvió a esconder rápidamente detrás del periódico.

Cuando las chicas se fueron, él se fue a su taller, donde Olga lo escuchó caminar de aquí para allá y cada tanto se reía por lo bajo, esa noche hablo extensivamente con ella sobre el baile y bailarines. Le preguntó qué era lo que generalmente decían y hacían, que bailes eran los mas populares, los pasos de baile, y muchas otras preguntas sobre el tema.

Durante un par de semanas se encerró en su fabrica, trabajando ardua y minuciosamente, aunque propenso a inesperados exabruptos de risa, por lo bajo, como disfrutando una broma que solo él conocía.

Un mes mas tarde, tuvo lugar un baile en Furtwangen. En este caso, organizado por el viejo Wetzel, el adinerado mercader de la madera, para celebrar el compromiso de su sobrina, y Geibel y su hija estaban nuevamente entre los invitados.

Cuando llego la hora de partir hacia el baile, Olga buscó a su padre. No pudo encontrarlo en su casa así que golpeó la puerta de su taller. Se asomó, vestía una camisa y lucía muy acalorado pero radiante.”

“No me esperes,” le dijo, “ve tú, iré mas tarde. Tengo que terminar algo antes.”

Cuando se volvió para obedecer a su padre, él le dijo “Diles que voy a llevar a un muchacho joven, un joven muy agradable y excelente bailarín. A las chicas les encantará.” Entonces rió y cerró la puerta.

Su padre era por lo general muy reservado con su trabajo, pero ella tenía una leve sospecha de lo que se traía entre manos, y por lo tanto, y hasta cierto punto podía preparar a los invitados para lo que iba a suceder. Las expectativas eran altas y la llegada del famoso mecánico era esperada con ansias.

“Finalmente, el sonido de las ruedas se escuchó fuera, seguido por una gran conmoción en el pasillo. El viejo Wenzel en persona, con el rostro rojo y sonriente de emoción y conteniendo la risa, irrumpió en el salón y anuncio con un tono estentóreo:

“Herr Geibel… y un amigo.”

Herr Geibel y su “amigo” entraron y fueron recibidos con aplausos y vitoreos, así avanzaron hasta el centro del salón.

“Damas y caballeros, permitanme presentarles,” dijo Herr Geibel, “a mi amigo, el teniente Fritz. Fritz, querido amigo, una reverencia por favor.”

Geibel apoyo su mano sobre el hombro de Fritz para alentarlo, y el Teniente hizo una reverencia, acompañando la acción con un sonido áspero que venía de su garganta, un sonido desagradable, casi un estertor de la muerte. Pero apenas un detalle.

“Camina un poco rigido (el viejo Geibel tomó su brazo y camino con él unos pasos. Ciertamente caminaba con rigidez), “pero bueno, caminar no es su fuerte. Es esencialmente un hombre hecho para bailar. Lo único que he tenido oportunidad de enseñarle fue el Vals, pero en eso es infalible. Veamos, ¿quién de ustedes señoritas necesita una pareja de baile? Sabe llevar el ritmo a la perfección, nunca se cansa, no las pateará ni les rasgará el vestido, las sostendrá con la firmeza que ustedes prefieran y bailará con la rapidez o lentitud que le indiquen, nunca se marea y es muy conversador. Vamos, cuéntanos algo muchacho.

El anciano tocó uno de los botones en el reverso de su abrigo y de forma inmediata Fritz abrió la boca y con un agudo tono que parecía proceder de atrás de su cabeza, soltó un repentino “¿me concedería esta pieza?” y entonces su boca se cerró abruptamente.

Era indudable que el Teniente Fritz había producido una fuerte impresión en su compañía, pero sin embargo ninguna de las chicas parecía dispuesta a bailar con el. Miraban con desconfianza su rostro lustrado, con los ojos inmóviles y una sonrisa tallada, eso las estremeció. El viejo Geibel acudió a la chica que había tenido la idea originalmente.

“Es lo que usted propuso, lo seguí al pie de la letra,” dijo Geibel, “un bailarín eléctrico. Dele una oportunidad al caballero, se lo debe.”

Era un chica inteligente y descarada, le gustaban los juegos. Su anfitrión se sumó al pedido, así que termino por aceptar.

Herr Geibel adaptó la figura para que bailara con ella. Su brazo derecho la tomaba de la cadera y la sostenía con firmeza, su mano izquierda era suave y delicada ya que estaba hecha para sostener la mano derecha de la chica. El viejo juguetero le enseño como regular la velocidad, como detenerse y como soltarse.

“Te llevará alrededor en un circulo completo,” explicó, “ten cuidado que nadie se tropiece contigo y alteré su curso.”

La música empezó a sonar. El viejo Geibel lo puso en movimiento y Annette y su extraño compañero empezaron a bailar.

Por un momento todo el mundo se detuvo a observar. La figura se desenvolvía en forma admirable. El ritmo y los pasos eran perfectos, se mantenía firme sujeto a la cadera de su pequeña pareja de baile, realizaba los giros de forma impecable y al mismo tiempo mantenía una vigorosa conversación interrumpida por breves intervalos de silencio.

“Que encantadora se ve usted esta noche,” exclamó en su aguda y lejana voz. “Que hermoso día hemos tenido. ¿Le gusta bailar? Nuestros pasos se sincronizan a la perfección. Me concederá otra pieza, ¿verdad? Oh no sea tan cruel. Que hermoso vestido trae puesto. ¿No le encanta bailar el Vals? Yo podría seguir bailando por siempre, con usted. ¿Comió algo?”

A medida que se fue familiarizando con la increíble criatura, los nervios de la chica lentamente cedieron y empezó a pasarla realmente bien.

“Oh, es simplemente encantador,” exclamó, riendo, “podría seguir bailando con el toda mi vida.”

Pareja tras pareja se unían ahora al baile, y pronto todas las parejas del salón bailaban en círculos detrás de ellos. Nicholaus Geibel se quedo observando con aniñada satisfacción el éxito de su trabajo.

“El viejo Wenzel se le acerco y le susurró algo al oído. Geibel rió y asintió, entonces ambos caminaron lentamente hacia la puerta.”

“Esta noche la casa le pertenece a los jóvenes, dijo Wenzel apenas estuvieron fuera de la casa, “usted y yo deberíamos ir a fumar y a tomar una copa a la contaduría.”

“Mientras tanto, los bailarines se movían cada vez mas rápid. La pequeña Annette ajustó el ritmo de su compañero y ahora la figura prácticamente volaba con  ella dando vueltas por el salón. Pareja tras pareja abandonaban la pista agotados pero ellos iban cada vez mas rápido, hasta que fueron los únicos que siguieron bailando.

“El Vals se volvía cada vez mas frenético. La música se quedo atrás, los músicos no pudieron mantener el ritmo, se detuvieron y observaron. Los jóvenes aplaudieron pero los mayores empezaron a preocuparse.

“Creo que deberían detenerse ahora, querida,” dijo una de las mujeres, “la va a dejar exhausta.”

“Pero Annette no respondía.”

“Creo que se ha desmayado,” gritó una chica que alcanzo a ver su rostro cuando pasaba junto a ella.

Uno de los hombres dio un paso adelante e intento atrapar la figura pero el impulso lo arrojo al suelo y un pie de acero le piso la mejilla. Era evidente que la cosa no tenía la intención de separarse de su trofeo tan fácilmente.

Si alguno de ellos hubiese mantenido la templanza se hubieran dado cuenta de cómo detener a la figura con facilidad, por lo menos es lo que uno quiere creer. Entre dos o tres hombres podrían haberlo levantado su cuerpo con facilidad y encerrado en alguna esquina. Pero hay pocas personas que tengan esa capacidad de mantener la calma bajo presión. Quienes no estaban presentes reflexionaban posteriormente lo fácil que hubiera sido hacer esto o aquello, si tan solo ellos lo hubieran pensado en ese momento.

Las mujeres se pusieron nerviosas. Los hombres se daban indicaciones contradictorias los unos a los otros. Dos de ellos intentaron taclear a la figura pero la fuerza de su movimiento circular los mando a volar contra la pared y los muebles. Un hilo de sangre corría por el vestido blanco de la joven y dejaba un rastro en el suelo de la pista. El asunto se había convertido en algo terrible. Las mujeres corrieron gritando fuera del salón y los hombres las siguieron.

“Alguien hizo una sensata sugerencia; “Busquen a Geibel.”

“Nadie lo había visto salir del salón, nadie sabia donde estaba. Un grupo salió a buscarlo. Los demás, demasiado nerviosos para volver a entrar al salón de baile se amontonaron fuera de las puertas y escucharon. Se podía oír el zumbido de los giros sobre el suelo pulido donde la figura giraba y giraba, cada tanto se oían sonidos sordo y secos, producidos cuando algún objeto se interponía en su camino y salia disparado en todas direcciones.

“La cosa seguir hablando sin parar, con esa aguda y fantasmagórica voz, repetía una y otra vez la misma formula: “Que encantadora se ve usted esta noche,” “Que hermoso día hemos tenido. Oh no sea tan cruel. Yo podría seguir bailando por siempre, con usted. ¿Comió algo?”

Por supuesto, buscaron a Geibel en todos lados excepto donde realmente estaba. Buscaron en cada habitación de la casa, corrieron hasta su casa y perdieron valiosos minutos despertando a su sorda ama de llaves. Hasta que por fin se les ocurrió a uno de los invitados que tampoco habían encontrado a Wenzel, fue entonces que pensaron en la contaduría del otro lado del jardín y fue ahí donde lo encontraron.

Con el rostro pálido, se levantó y fue tras ellos. Tanto él como el viejo Wenzel se hicieron paso a través de la multitud de invitados amontonados fuera del salón y entraron, y cerraron la puerta.

Del interior se escuchó el amortiguado sonido de sus voces y pisadas, seguido de un altercado, silencio y nuevamente las voces.

Al cabo de un tiempo se abrieron las puertas, quienes estaban mas cerca presionaron para entrar pero el viejo Wenzel utilizo sus amplios hombros para despejar el camino.

“Bekler, te necesito y a ti también,” dijo, dirigiéndose a un par de hombres mayores. Su voz era tranquila pero su rostro tenia una palidez cadavérica. “El resto por favor retírese, llévense a las mujeres de aquí tan rápido como les sea posible.”

Desde ese día, el viejo Nicholaus Geibel se limitó a fabricar conejos mecánicos y gatos que maullaban y se lavaban la cara.

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