La historia de Photogen y Nycteris (1era parte)

Un cuento del día y la noche

Por George MacDonald

Capitulo I Watho

Había una vez una bruja que deseaba saber todo. Pero mientras mas sabia era una bruja, mas duro choca su cabeza contra la pared cuando llega a serlo. Su nombre era Watho y tenía un lobo en su mente. No sentía cariño por nada en particular, solo por el conocimiento. No era cruel por naturaleza, pero el lobo la había convertido en una persona cruel.

Era alta y elegante, de piel clara, cabello rojo y ojos negros, negros con un fuego rojo ardiendo en ellos. Por lo general tenia un postura erguida y fuerte, pero de vez en cuando se doblaba sobre sí misma, temblaba y se sentaba por un momento con la cabeza inclinada sobre su hombro, como si el lobo hubiese salido de su mente y movido hacia su espalda.

Capitulo II Aurora

Esta bruja recibió la visita de dos damas. Una de ellas pertenecía a la corte y su esposo la había enviado a una embajada distante y complicada. La otra era una joven viuda cuyo esposo había fallecido recientemente y que desde entonces había perdido la vista. Watho las atendió en distintas partes de su castillo, y no supieron de su existencia la una de la otra.

El castillo estaba construido sobre la ladera de una colina que descendía gentilmente a un angosto valle por el cual corría un rio por un canal pedregoso. El jardín llegaba hasta la orilla del rio rodeado por altas murallas que cruzaban el rio y se detenían. Cada muro tenia una doble fila de almenas y entre las filas había un angosta pasarela.

En el piso superior del castillo, Lady Aurora ocupaba un espacioso habitáculo de varias habitaciones grandes mirando al sur. Las ventanas mirador se asomaban al jardín debajo y tenia una esplendida vista panorámica del rio. El lado opuesto del valle era estrecho y no muy alto. A lo lejos se veían picos nevados. Aurora rara vez dejaba sus aposentos, pero sus aireados espacios, con el cielo y el paisaje brillante, abundante luz solar, instrumentos musicales, libros, cuadros, curiosidades, y la compañía de Watho que con todo su encanto prevenían cualquier atisbo de aburrimiento. Tenia carne de venado y aves silvestres para alimentarse, leche y vino blanco centelleante para beber.

Tenía un cabello dorado como el oro, ondulado, de piel clara pero no tan blanca como la de Watho, y sus ojos eran azules como el cielo; tenía rasgos delicados pero fuertes, su boca era grande y finamente curvada, a menudo atestada de sonrisas.

Capitulo III Vesper

Detrás del castillo la colina se elevaba abruptamente, la torre del noroeste, de hecho, estaba en contacto con la roca y se comunicaba con el interior de esta. En la roca había una serie de cámaras conocida solo por Watho y una sirvienta de su confianza llamada Falca. Antiguos propietarios del castillo habían mandado a construir estas cámaras imitando la tumba de un Rey Egipcio y probablemente utilizando el mismo diseño, ya que en el centro de una de ellas había lo que solo podía ser un sarcófago, pero tanto ese como otros estaban amurados. Las paredes y los techos estaban tallados con un bajo relieve y curiosamente pintados. Aquí fue donde la bruja alojó a la mujer ciega, cuyo nombre era Vesper. Sus ojos eran negros con largas y oscuras pestañas, su piel parecía de un color plateado oscuro pero era mas bien pálida, de cabello negro y lacio, sus rasgos eran exquisitos, lo único que atentaba contra su belleza era su tristeza. Tenia una apariencia como si quisiera recostarse y no volverse a levantarse jamas. Ella no sabia que estaba alojada en un tumba, aunque de vez en cuando se preguntaba porque nunca había tenido contacto con una ventana. Habían muchos sillones, cubiertos de la mas fina seda y tan suave como sus propias mejillas donde ella se recostaba, y las alfombras eran tan gruesas que podía acostarse prácticamente en cualquier lado. El lugar era seco y cálido, con ventilación cuidadosamente diseñada, por lo que siempre estaba fresco y lo único que faltaba era la luz del sol. Ahí, la bruja la alimentaba con leche, y vino tan oscuro como un carbúnculo, granadas y uvas purpuras, y aves del pantano, le tocaba tristes melodías que acompañaba con el llanto de violines, le contaba historias tristes y así la mantenía en una atmósfera de melancolía constante.

Capitulo IV Photogen

Eventualmente Watho tenía lo que había deseado, ya las brujas con frecuencia se salen con la suya; un niño maravilloso nació de la bella Aurora. Abrió sus ojos al mismo tiempo que el sol salia esa mañana. Watho lo tomó en sus brazos, se lo llevo a una parte distante del castillo, y persuadió a su madre que solo había llorado una vez y que había muerto durante el nacimiento. Sobrecogida por la pena, Aurora abandonó el castillo tan pronto como le fue posible y Watho no volvió a invitarla jamas.

El objetivo de la bruja era que el niño no conociera nunca la oscuridad. Lo entrenó con dedicación hasta que éste no pudo volver a dormir de día y no se despertó jamas durante la noche. Nunca lo dejaba ver cosas negras y hasta alejo todo lo que fuera de un color opaco. Mientras pudiera evitarlo nunca dejaba que siquiera una sombra se posara sobre él, lo mantenía lejos de las sombras como si estas fueran seres vivos que pudieran lastimarlo. Todo el día el niño disfrutaba del esplendor de los rayos del sol en las recamaras que había ocupado su madre. Watho lo acostumbro al sol al punto que podía soportarlo tanto como una persona nacida en África. Todos los días durante las horas mas calurosas, Watho lo desvestía y lo hacía acostarse al sol para que madurara como si fuera un durazno, el niño lo disfrutaba e incluso se resistía a volver a vestirse. Ella utilizó todo su conocimiento para que sus músculos se hicieran fuertes, elásticos y de reflejos rápidos, para que su alma, decía riendo, se asentara en cada fibra y en cada parte de su ser, para despertar cuando fuera llamada. Su cabello era rojo dorado pero sus ojos se oscurecieron a medida que iba creciendo, hasta que fueron tan negros como los de Vesper. Era una criatura de lo mas feliz, siempre riendo, siempre amando, por momentos se enfurecía pero volvía a reír rápidamente después de eso. Watho lo llamo Photogen.

Capitulo V Nycteris

Después de cinco o seis meses del nacimiento de Photogen, la dama oscura asistió el nacimiento de otro bebe, nacida de una madre ciega, en una tumba sin ventanas, en la oscuridad de la noche, bajo los tenues rayos de luz de una lampara en un globo de alabastros, una niña vino al mundo llorando entre toda esa oscuridad. En el momento que esta niña nacía por primera vez, Vesper nacía por segunda vez, y entraba a un mundo tan desconocido para ella como lo era este para su hija, quien, a su vez, debería volver a nacer para poder ver a su madre.

Watho la llamo Nycteris, y creció en condiciones tan similares a las de Vesper como fue posible, excepto por un detalle. Tenía el mismo tono de piel oscura, junto a sus cejas y pestañas, su cabello negro y su mirada triste y gentil; pero tenia los ojos de Aurora, la madre de Photogen, y si se oscurecían a medida que iba creciendo solo se convertían en azul oscuro. Watho, con la ayuda de Falca, tomo todos los recaudos posibles con ella, todo lo que debía hacer de acuerdo a sus planes, el objetivo era que ella nunca debía ver una luz que no fuera la de la lampara. Por lo tanto sus nervios ópticos y en efecto todo sus órganos relacionados a la vista se hicieron mas grandes y mas sensibles, de hecho sus ojos, fueron los únicos que no se hicieron tan grandes. Bajo su oscura cabellera, su frente y sus cejas, sus ojos eran como dos orificios en un nublado cielo nocturno, a través de los cuales se podian ver las estrellas del firmamento. Era una criatura pequeña, triste y delicada. Excepto por ellas dos, no había otra persona en todo el mundo que conociera la existencia de ese pequeño murciélago. Watho la entrenó para dormir durante el día y despertar durante la noche. Le enseño a tocar su música, disciplina en la cual era bastante competente pero eso fue todo.

Capitulo VI La crianza de Photogen

La hondonada sobre la que estaba construido el castillo de Watho era mas una hendidura en una planicie mas que un valle entre las colinas ya que en la cima de sus laderas, tanto al norte como al sur habían amplias y extensas llanos. Estaban cubiertas de frondosos pastizales y flores, con pequeños bosques aquí y allá, una colonia periférica de un gigantesco bosque. En estas frondosas planicies se encontraba el mejor coto de caza del mundo. Grandes manadas de pequeños pero feroces bueyes, con jorobas y melenas greñudas, vagaban por los alrededores. También había antílopes y ñues, y algunos roedores pequeños, mientras que los bosques estaban atestados de criaturas salvajes. Estos animales llenaban las mesas del castillo. El jefe de los cazadores de Watho era un hombre agradable, y cuando Photogen creció demasiado para seguir el entrenamiento que ella podía garantizarle, se lo entrego a él, a Fargu. Estaba predispuesto a enseñarle todo lo que sabia. Le consiguió un poni tras otro, cada vez mas grande a medida que el niño iba creciendo, cada uno mas difícil de manejar que el anterior, y así hasta que pasó de un poni a un caballo, y de un caballo a otro hasta que fue como cualquier otra jinete de ese país. De igual manera lo entrenó en el uso del arco y la flecha, cambiando cada tres meses por un arco mas fuerte y flechas mas largas, y muy pronto se convirtió en un arquero fenomenal, incluso a caballo. Tenía apenas catorce años cuando mató a su primer buey, causando un revuelo de alegría entre los cazadores, y en efecto, en todo el castillo ya que allí también era el favorito. Todos los días, tan pronto salía el sol, él salía a cazar y permanecía fuera casi todo el día. La única orden que Watho le dio a Fargu fue que bajo ninguna circunstancia Photogen tenía permitido estar fuera hasta la hora del ocaso, sin importar cuanto le rogara, no quería que éste sintiera el mínimo deseo que saber que sucede cuando cae el sol, y Fargu respetaba religiosamente esta orden ya que aunque era un hombre muy valiente y no hubiese temblado ni siquiera ante la embestida de una manada de bueyes, si le temía a su ama. Cuando ella lo miraba de cierta manera, decía él, su corazón se convertía en cenizas en su pecho y la leche y el agua reemplazaban la sangre de sus venas. Fue así como a medida que Photogen crecía Fargu empezó a tener miedo ya que cada día era mas difícil restringir sus movimientos. Estaba tan lleno de vida que, como Fargu le dijo a su ama, parecía mas un relámpago con vida que un ser humano, algo que alegro mucho a Watho. No conocía el miedo, y no por que no hubiese estado expuesto al peligro, si hasta tiene una grave herida hecha por el filoso colmillo de un jabalí, al cual se ingenio para matar con su cuchillo de caza antes de que Fargu pudiera asistirlo. Cada vez que lo veía cargar con su caballo y adentrarse entre la manada de bueyes, solo con su arco, sus flechas y su espada corta, Fargu temblaba de miedo, porque no sabia que sucedería cuando estas presas fueran demasiado pequeñas para el. Que sucedería cuando se viera tentado a buscar presas mas peligrosas, como leopardos y linces, animales que abundaban en el gran bosque. El niño había estado tan expuesto al sol durante toda su infancia, tan saturado con su influencia que ahora veía cada peligro con un soberano nivel de coraje como nunca antes visto. Sin embargo, al acercarse a los dieciséis años, Fargu le rogó a Watho que empezara a darle ordenes directamente al muchacho y lo librara de tamaña responsabilidad. Ordenes que pudieran contener a un león dorado como Photogen, le dijo. Watho llamó al joven y en presencia de Fargu le ordenó que nunca debía permanecer fuera del castillo cuando el sol se acercara al horizonte, acompañando la prohibición con indicios de las consecuencias, que no eran tan terribles sino mas bien confusas. Photogen escuchó respetuosamente pero sin conocer el miedo ni la tentación de la noche, las palabras de Watho cayeron en oidos sordos.

Capitulo VII La crianza de Nycteris

La poca educación que Watho decidió darle a Nycteris, se la dio a través de la palabra. Sin mencionar que no tenía la luz suficiente para leer, entre otras razones, ella jamas puso un libro en las manos de la niña. Nycteris, sin embargo, veía mucho mejor que lo que Watho imaginaba, y la luz que tenia le resultaba mas que suficiente. Logro convencer a Falca para que le enseñara las letras y aprendió sola a leer por lo que Falca le llevaba libros para niños de tanto en tanto. Pero su mayor disfrute lo hallaba en su instrumento. Sus dedos lo amaban, y lo buscaban como una oveja busca su alimento. No era infeliz. No sabía nada del mundo por fuera de la tumba en la que vivía, y encontraba gran placer en todo lo que hacia. Pero sin embargo, deseaba algo mas, algo diferente. No sabia que era, y lo mas cerca que estuvo de expresarlo para ella misma fue que necesitaba mas espacio. Watho y Falca iban hasta ella guiándose por la luz de la lampara y así también a la vuelta, por lo tanto debía haber mas espacio, en algún lugar. Cuando se quedaba sola, se volcaba a leer detenidamente los bajo relieves de los muros. Estos eran una representación de los variados poderes de la Naturaleza bajo alegóricas similitudes y como nada que no existiera podía ser representado, no pudo evitar imagina ciertas relaciones entre algunas de esas representaciones, y así fue como una sombra de duda la envolvió.

Había solo una cosa que se movía y le enseñaba mas que todo el resto, y era la lampara que colgaba del techo, la cual siempre vio encendida aunque nunca vio su llama, apenas una leve condensación en el centro del globo de alabastro. Ademas del trabajo que la lampara hacia sobre las demás personas, era la indefinición del globo y la suavidad de su luz lo que le daba la sensación a sus ojos de que podían entrar en esa blancura, y que de alguna manera eso estaba asociado con la idea del espacio y el lugar donde vivía. Se sentaba durante una hora entera a mirar la lampara y al hacerlo, su corazón se expandía. Se preguntaba que era lo que la había dañado, cuando descubrió su rostro lleno de lagrimas y como podía haberse lastimado sin saberlo. Nunca miró la lampara en compañía de Watho y Falca, eso era algo que se reservaba para si misma.

Continuara…

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