Los Principios del Equilibrio

Por Ivana Akotowaa Ofori

Publicado originalmente en JALADA, edición de junio 2019

“Nbelenyin.”

Levanté la vista de mi plato de saabo. Bayuo me miraba amenazadoramente, de la misma forma en la que me imagino que mira a los gorgojos que invaden sus cosechas. Le sonreí.

“Hola hermano,” le dije. “¿Qué te trae por aquí a esta hora?”

Miré intencionalmente en dirección a su sombra, era corta, el indicador mas obvio de que era demasiado temprano para que hubiese vuelto de la granja. Su malestar aumentó. Bayuo nunca pudo superar el hecho de que yo pudiera darme el lujo de almorzar a la sombra mientras él y el resto de mis hermanos debían trabajar arduamente durante toda la semana. No consideraba que mi trabajo fuese una fuente legitima de ingreso. Según él, yo no era mas que una embustero que hacia dinero engañando al mismísimo equilibrio del universo, obteniendo algo sin hacer nada, lo cual no era así. Yo me consideraba una persona ingeniosa, y si podía utilizar mi don para crear una forma mas libre y flexible de empleo para mi misma, no había ninguna razón para no hacerlo.

“Una mujer vino a la casa,” dijo Bayuo. “Te está buscando a ti.”

“¿Así? Suena prometedor. Dile que estaré ahí pronto. Primero debo terminar mi almuerzo.”

Casi podía escuchar el rugir del estomago de Bayuo mientras le decía eso. En un día de trabajo normal todo lo que come es desayuno y cena.

No se equivoquen, el hecho de que yo almuerce no significa que sea derrochadora. Al contrario, ahorraba tanto que mi hermana pequeña solía preguntarme si le debía dinero a alguien. Solo estaba ahorrando para cumplir mis sueños; ser tan financieramente independiente que podría dejar este país y deambular eternamente, donde sea, en cualquier parte del mundo, hasta el día en que este demasiado cansada o aburrida para seguir viajando. Porque si había algo que odiaba era estar atada a un solo lugar.

“Busca a alguien mas que pase tus mensajes,” dijo Bayuo. “Yo tengo trabajo que hacer.”

Se alejó silenciosamente y yo termine tranquilamente el resto de mi saabo.

*

Cuando llegue a casa, encontré a una mujer con el cabello rapado y rasgos angulares sentada en los escalones del frente. Me recordó a una águila coronada. Vestía un boubou suelto que le hubiese llegado hasta los tobillos sino fuera porque utilizaba parte del vestido como faja para cargar algo sobre su regazo. Lo que sea que cargara en esa faja no dejaba de chillar.

La mujer me miró silenciosamente, como midiéndome, probablemente se aseguraba de que quien sea que la hubiese derivado conmigo no mentía. Su mirada se poso sobre mi cabello, tupido y con rastas de distintas formas y tamaños que he dejado crecer durante los últimos diez años. Eran tan largas que me llegaban hasta las nalgas, caían sobre mis hombros de manera que cubrían los pezones de mis senos casi inexistentes, en realidad eran mas o menos del tamaño de los de Bayuo. Sus ojos recorrían mi rostro, deteniéndose en mis patillas y la linea de vellos sobre mis labios. Bajaron hacia mi angosto torso y siguieron de largo por la amplitud de mi cintura. La única prenda de ropa que llevaba era una pollera de raffia que me llegaba justo hasta las rodillas. Note que la mujer evaluaba mi delgada pero fibrosa figura, quizás se preguntaba que había debajo de esa pollera, ajustándose a la ambigüedad de mi cuerpo. Masculino. Femenino. Ambos. Ninguno.

Una vez satisfecha, levantó la mirada y me miró a la cara.

“Mediadora,” dijo. Hablaba dagaare con un leve acento y por un momento me pregunte cual era su lengua nativa. ¿Sisaala? ¿Gonja? ¿Quizás Dagbani?

“Es mi trabajo si,” reconocí. “Pero en lo personal me dicen Nbelenyin. ¿usted es?”

“Puede llamarme Ma.”

Ese no era un nombre, era como llamaría a cualquier mujer mayor cuyo nombre no conociera. Si quería mantener su identidad en secreto, había que dejarla. No era asunto mío.

“¿Cómo puedo ayudarla Ma?”

Ma se levantó para reducir la distancia entre ambas, desenvolvió la faja de su vestido y lo sostuvo en alto para que yo le viera.

“¡Por la sangre de mis ancestros!” maldije.

La criatura que sostenía difícilmente calificaba como humana. Esta niña estaba apenas con vida. Gritó mas fuerte cuando me vio, el alarido de un kontonbili que accidentalmente ha caído en la trampa de un cazador. Parecía no haber comido desde el día que nació. Su carne estaba tensa y estirada sobre sus huesos, sus hombros, mejillas y mentón, su carne amenazaba con desgarrar su piel en cualquier momento. Eso hubiera sido suficiente para aterrorizarme, pero eran sus ojos, grandes y hundidos, y completamente desprovistos de la alegría de la niñez, lo que me hizo retroceder y temblar visiblemente.

“Su nombre es Ngmennakomantware,” dijo Ma. Ese nombre era una oración desesperada, algo así como “Dios dame lo que es mío”. “Tiene casi un año, esta enferma y al borde de la muerte todos los días. Su espíritu está buscando la forma de escapar de su cuerpo y necesito que lo obligues a quedarse.”

Ngmennakomantware volvió a chillar y el sonido resonó en mi cabeza. Por el estado de la situación, su espíritu ya iba por lo menos a mitad de camino hacia su lugar de origen. No creí que pudiera hacer algo al respecto. Ademas, no era la clase de trabajo que normalmente hacia.

“Lo siento, Ma, pero los bigbanmé, niños resurrectos, son espíritus independientes, completamente a cargo de sus propios asuntos,” le explique pacientemente. “Inclusos Mediadores como yo no tenemos autoridad para interferir en esos asuntos.”

Ma reaccionó violentamente, temí que dejara caer al bebe.

“¡Mi hija no es un bigbanmé!” dijo gritando, “¡su alma es humana!¡humana!”

Retire lo dicho. “Oiga, cálmese, no pretendí ofenderla. Solo digo que a ciertos espíritus les gusta aparecer solo para atormentar madres y marcharse. Si lo deja ir, es posible que eventualmente de a luz a un ser humano real…”

“Escúcheme atentamente, Mediadora,” Ma interrumpió. “Reconozco un espíritu no humano cuando lo veo, y juro por Ngmen que mi hija no tiene uno dentro. ¡Su espíritu humano esta atorado en el otro lado, y necesito que vayas a buscarlo y lo liberes para que pueda cruzar completamente!”

Mis clientes por lo general no me asustan, todo lo contrario, tanta gente tratándome con cautela uno pensaría que era un dios, pero Ma estaba peligrosamente cerca de espantarme en mi propia casa. Intente ser mas cuidadosa con las palabras que utilice a continuación.

“Creo que hay un pequeño malentendido,” dije. “Veras, yo voy al mundo espiritual a entregar mensajes a parientes fallecidos que sus seres queridos no tuvieron la oportunidad de decirle en persona. O rastreo ancestros para pedirles informacion y asi romper maldiciones generacionales. Cosas simples ¿sabe? Cruzar, preguntar, volver y responder. ¿Liberar obstinados espíritus humanos? Lo siento, pero esta muy fuera de mis capacidades.”

Esperaba que eso convenciera a Ma para que diera media vuelta y volviera a su casa, donde Ngmennakomantware pudiera finalmente morir en paz. Pero solo se quedo ahí mirándome, y no me atreví siquiera a pestañear.

Al cabo de unos minutos, me dijo, “Mediadora, ven conmigo. Necesito mostrarte algo.”

El sentido común me decía que seguir a una mujer obstinada con un bebe medio muerto era una idea pésima, pero tenía mas miedo de lo que haría si me negaba.

Me llevo hasta la parte de atrás de mi casa, donde había una canasta tejida de mimbre con tapa, parcialmente cubierta por un pequeño arbusto. Se pasó el bebe al brazo izquierdo y con su mano libre levanto la tapa de la canasta. Cautelosamente, me incline para ver que había dentro y lo que vi me dejo sin aliento.

La canasta estaba llena de conchas de cauri, la mayor cantidad que había visto junta en un solo lugar, mas de lo que podría haber juntado ahorrando por años. Con esta cantidad de dinero quizás no tendría que volver a trabajar otro día de mi vida. ¡Podría empezar a tener el estilo de vida de mis sueños de inmediato! Esto me resulto sospechoso desde luego.

“¿De dónde sacaste todo esto?” pregunté. No podía imaginar que alguien pudiese obtener esta cantidad de dinero sin que haya habido alguna brujería de por medio.

“De donde lo saque no es importante. Pero sepa que todo esto le pertenece si puede hacer que el alma de Ngmennakomantware se quede en su cuerpo.”

¡Oh! ¿Cuantas veces tendré que repetirle a esta mujer que no tengo el poder de hacer lo que ella quiere?

“Por favor,” rogó. “Necesito que mi bebe viva. Por favor.”

Me masajee la frente, intentando calmar el estrés. Tenía que encontrar la manera de aplacarla, de darle algo. De lo contrario no me dejaría en paz.

“Bien, te diré que vamos a hacer,” dije. “¿Qué te parece si por una pequeña cantidad, cruzo al mundo espiritual e intento localizar el alma de Ngmennakomantware? Solo para, tu sabes, descubrir cual es el problema y por qué está intentando irse tan pronto. Cuando tenga respuestas, volveré y te lo informare.”

En ese instante, Ma dejo el bebe en el suelo, tomo dos manojos de conchas de cauri y las volcó en mis brazos. “Un adelanto,” explicó. “El resto cuando el trabajo este completado.”

Localizar el espíritu era el trabajo final.

“Ehm, si seguro. ¿Dónde puedo encontrarla cuando vuelva?”

“Yo vendré a verte. Solo haz tu trabajo.”

Me encogí de hombros. “Así lo haré, Ma.”

*

La mayoría de los cuerpos son demasiado desproporcionados para entrar y salir de una realidad, pero moverse entre mundos es como cruzar un río sobre una rama extremadamente delgada con un equilibrio perfecto e inquebrantable. Algo que se nos da bastante fácil a los Mediadores. La fluidez está tallada en nuestra carne.

Apenas pise el mundo espiritual sentí el inconfundible hedor de las secreciones de las civetas. Las arcadas fueron tan fuertes que tuve que tomarme unos minutos para recordar como volver a respirar.

Aterrice en el mismo bosque que aterrizaba cada vez que cruzaba, rodeada de pastizales que me llegaban a la cintura, arboles cinco veces mi altura y no mucho mas que eso. El mundo espiritual es como naturaleza indómita que responde a la voluntad de quienes lo transitan. Cuando levante la vista, las ramas se apartaron para dejar pasar la luz del sol. Donde yo estaba parada el pasto me llegaba apenas hasta los tobillos y seguía achicándose a cada paso que daba.

“Nbele-bele-belenyin,” canturreó una voz burlona.

Gire en dirección a la voz y vi a una civeta salir a la luz, con brillo en sus malvados ojos y una sonrisa de superioridad en el rostro. Su retaguardia moteada se bamboleaba mientras caminaba hacia mi. Me estremecí. Las civetas eran las únicas criaturas en ambos mundos que realmente me espantaban, y el mundo espiritual estaba lleno de ellas. Eran como las Mediadoras del reino animal. La primera vez que me encontré una, no pude discernir si estaba mirando a una criatura canina o felina, un tipo de comadreja o una hiena. Las civetas eran su propia especie, se jactaban de su ambigüedad y dejaban marcas en ambos mundo utilizando sus repugnantes y apestosas secreciones.

“¡Nbelenyin!” continuó el animal. “Que de- de- delicia verte nuevamente por aquí. Me pregunto ¿cuál es tu misión esta vez?”

Caminaba en círculos a mi alrededor, obligándome a seguirlo con la mirada ya que no confío en una civeta como para perderla de vista.

“Estoy buscando a un espíritu cuyo nombre aun no conozco,” le dije. “Hay una niña conectada a este espíritu en el mundo de los vivos que esta muriendo rápidamente.”

“¡Una niña!” canturreó la civeta. “¡Que adorable, adorable, adorable! Si este espíritu es tan rebelde ni siquiera una Mediadora debería interferir en sus asuntos ¿verdad?”

Elegí una dirección arbitrariamente y empece a caminar para alejarme de ahí. Desafortunadamente, la vil criatura me siguió.

“Mi clienta es muy persistente,” le dije. “Ademas, no tengo la intención de interferir con nada. Solo voy a encontrar al espíritu, hacerle un par de preguntas y me iré. Como siempre lo hago.”

La civeta resoplo y sospeche que se estaba riendo de mí.

“¿Qué tan comprometida estas con esta niña Nbelenyin?”

“En lo mas mínimo. Ya me han pagado mas dinero de lo que vale este viaje. Solo intento apaciguar a la demente de mi clienta.”

“¡He-he-heeh! Si, eso es lo que pensé,” me dijo. Entonces salto sobre una rama baja y se desvaneció.

Cuando la civeta se fue, el bosque también empezó a desaparecer. Me encontraba ahora en medio de una ciudad de colorida vegetación, con cada planta que podría imaginarme y muchas mas que no sabría nombrar. Algunos de los accidentes geográficos, el suelo, las rocas, los hormigueros y demás, estaba hechas de tierra, pero el resto estaban hechos de minerales puros de la tierra, como el hierro, el cobre, el diamante y el oro.

Había un numero infinito de direcciones hacia donde ir y no tenia idea cual me llevaría hasta el espíritu de Ngmennakomantware. Afortunadamente, estaba rodeada por las criaturas cuyas habilidades de navegación eran infalibles.

“Disculpe,” le dije a un cuervo cerca mio. “Estoy buscando a una niña llamada Ngmennakomantware. Es particularmente obstinada, no parece querer quedarse en el mundo de los vivos, pero según me dicen es definitivamente humana y no un bigbanmé. ¿Por casualidad sabes donde puedo encontrarlo?”

“El espíritu que buscas se hace llamar Nkongaa en estas tierras,” respondió el cuervo. “Vive en el Valle de Marfil.”

“Muchas gracias,” le dije, me aleje con visibles signos de preocupación. Si necesitaba mas confirmación de que el plan de Ma era una mala idea, el hecho de que el espíritu de su hija literalmente se llamara “No iré” en este mundo era mas que suficiente.

Muy pronto llegué a una parte del mundo espiritual donde todas las colinas estaban hechas de un suave y cálido marfil. Intentando no perder el paso, descendí a un valle entre dos grandes colinas y ahí, encontré el espíritu que estaba buscando.

Nkongaa no era lo que había esperado. El cuerpo que había visto en el mundo de los vivos pertenecía al de una niña de un año, frágil como una pluma. Pero Nkongaa, sentado en una silla mecedora de madera con las piernas y los brazos cruzados, con un palillo de mascar en la boca, había tomado la forma de un hombre humano que si lo hubiese conocido en el mundo de los vivos tendría unos setenta años. Era calvo pero tenía una gruesa mata de cabello gris alrededor de la cabeza que se conectaba con el bigote y la barba que tenían la misma textura. Sintió mi presencia sin siquiera mirarme, y las primeras palabras en salir de su boca fueron las de su nombre.

“No iré,” me informó, con su mirada fija en las colinas de marfil.

“Claro, también me da gusto conocerle. Mi nombre es Nbelenyin,” le dije. “No estoy acá para obligarlo a ir ningún lado, para que lo sepa.”

“No me mienta Nbelenyin,” dijo Nkongaa. “No sería la primer Mediadora en intentar persuadirme de regresar al mundo de los vivos. He dicho que no iré.”

“Respeto completamente su decisión,” le dije a la vez que asentía con seriedad. Me miro por primera vez desde que llegue y lo único que sus ojos dejaban ver era desconfianza.

“¿Intentas engañarme?”

“¿Engañarlo, yo? ¡Santos cielos no! Le dejo ese tipo cosas a las arañas. Las Mediadoras, aunque ocasionalmente ambiguas a la vista, no nos presentamos como otra cosa que como realmente somos. Con nosotras, lo que ves es lo que hay. Somos de las personas mas sinceras que existen.”

Nkongaa se quito el palillo de mascar de la boca para escupir y me revolvió el estomago ver la raíz de Garcinia Kola que masticaba. Parecía que había masticado esa raíz durante años.

“Entonces,” dijo él, reemplazando el palillo entre sus dientes. “¿Qué es lo que quieres?”

“Solo una explicación. Sino le molesta, me diría por qué no quiere regresar exactamente, y así puedo satisfacer a quien sea que le interese en el mundo de los vivos. Quizás sea lo mejor que pueda hacer para que lo dejen tranquilo. A las personas le gustan las respuestas, ¿sabe? He aprendido por experiencia que los humanos hacemos un montón de cosas ridículas y molestas cuando no tenemos respuestas. Solo he venido para ayudar.”

“Hmm.”

Me senté en el suelo junto a él, me cruce de piernas y aclare mi garganta. “Cuando este listo.”

Nkongaa volvió a escupir, arrojo el palillo de mascar al suelo de marfil. “¿Cuántas vidas ha vivido, Nbelenyin?”

La pregunta me tomo desprevenida.

“No lo sé,” Admití. “Esta puede ser mi primera. Si hay vidas detrás mio, no tengo recuerdos de ninguna.”

“Considera eso un privilegio,” gruño Nkongaa. “¿Sabes cuántas vidas he vivido yo? Ochenta y tres. ¿Has oído de un espíritu que haya vivido ochenta y tres vidas?”

Tengo que admitir que nunca había oído de tal cosa. Si me pides describir la relación entre ambos mundos en una sola palabra, no pensaría demasiado en usar la palabra “equilibrio.” Ya que por todo lo que se da, algo mas se quita, y viceversa. Por cada espíritu que regresa al mundo espiritual, otro nace en el mundo de los vivos. Cuando los ancestros pierden interés en regresar a la vida, se crean espíritus nuevos que nacen en el mundo de los vivos por primera vez y así pagar el déficit causado por quienes eligen salirse del ciclo de reencarnaciones. Es así como la población humana en ambos mundos ha crecido de manera constante. Todo esta sostenido por los principios del equilibrio. Es por eso que la historia de Nkongaa era tan sorprendente, no había equilibrio en un espíritu renacido ochenta y tres veces, cuando hay tantos otros a los cuales el universo pudo haber elegido. ¡Por Ngmen! Yo estaría exhausta después de la cuarta vez.

“Nunca en mi vida,” respondí.

“¡Ya lo ves! Nbelenyin, cada una de mis vidas después de la primera ha sido progresivamente peor que la anterior, y cada vez que regreso noto que el mundo de los vivos esta cada vez mas deteriorado. Por lo general uno no recuerda sus vidas pasadas mientras está en el mundo de los vivos pero cuando muero y regreso aquí, es como si un milenio de cansancio cayera sobre mi. No estoy todo el tiempo sentado en el Valle de Marfil porque no quiera deambular por ahí, ¡estoy aquí todo el tiempo porque no tengo la fuerza para irme! Siento el desgaste de haber vivido tanto y con tantas ganas como ningún otro espíritu que hayas conocido antes. Lo único que siempre he deseado, y solo Ngmen sabe durante cuanto tiempo, es descansar permanentemente del esfuerzo, la adversidad y las necesidades carnales. Me pasa todo el tiempo, cuando pienso que soy libre, ¡siento el tirón que quiere llevarme de vuelta! ¡No iré! ¡He hablado, No iré!”

Para cuando termino de despotricar, estaba llorando y a los gritos, y para sorpresa mía, yo también tenia los ojos llorosos. Tuve que fingir una tos para asegurarme que no me iba a temblar la voz cuando hablara.

“Bueno, esa es… es una explicación muy razonable, creo. Muchas gracias. Me aseguraré de transmitirla. Y, ehm, espero que las cosas le funcionen esta vez, y pueda, ya sabe, descansar aquí por la eternidad si es lo que usted necesita. Es decir, personalmente yo no puedo imaginarme atada a un solo lugar ni siquiera por dos siglos pero bueno, cada loco con su tema ¿no? Bien, volveré por donde vine entonces. Gracias de nuevo,” le dije, me levante sacudiendo mis rastas.

“Nbelenyin,” dijo Nkongaa mientras me preparaba para volver a mi mundo.  

“¿Sí?”

“Siempre deteste pedir favores, pero necesito pedirte uno ahora. Convenza a quien sea que esté intentando llevarme de vuelta de que me deje quedarme. No tengo fuerza para la vida ochenta y cuatro, y no me importa si tiene que matar a la bebe usted misma.”

La idea me incomodó. “Bueno, el homicidio no es uno de mis técnicas de resolución de conflictos preferidas pero haré lo mejor que pueda para ayudar dentro de ciertos limites,” le prometí. Entonces salí rápidamente del mundo espiritual antes que me pidiera algo todavía mas absurdo.

Me materialice repentinamente en la habitación que compartía con mis hermanos. Perdí el equilibrio, tropecé y me golpeé la rodilla con la cama de Bayuo. Grite y di un salto hacia atrás y aterrice justamente sobre Bayuo.

“¡Sangre de mis ancestros!” relinchó. “¿qué no puedes regresar a este mundo de forma mas ordenada? ¿Por qué siempre estas chocando contra algo, o alguien?”

“¡Es porque siempre hay algo o alguien que se mete en mi camino!” hice una pausa, y note que la casa estaba en silencio. “Espera. No hay nadie mas en la casa. ¿Qué haces tu en casa tan temprano?”

Su rostro se oscureció, y todo rastro de rivalidad entre hermanos se desvaneció temporalmente.

“Te estaba buscando.”

“¿Por qué?”

“La mujer, la que vino hace unos días. Volvió a venir, y tu no estabas así que me busco a mi en la granja. Es impaciente, y Nbelenyin…” sus ojos escanearon la habitación como si esperara que algo pudiera saltar sobre nosotros, y bajo la voz hasta convertirse en un susurro. “Creo que hay algo muy peligroso sobre esta mujer. Creo que puede estar realmente demente. Ha hecho algo… Bueno, deberías verlo por ti misma.”

Seguí a Bayou hasta la puerta del frente. Ma estaba apoyada sobre los mismos escalones donde la había conocido, con el bulto sobre sus brazos como de costumbre. Salí de la casa y cuando me aleje de los escalones me di vuelta para enfrentarla.  

“Buenas tardes, Ma,” la salude.

Me miró amenazadoramente, con un desprecio tal que como Bayuo nunca hubiese podido. “Han pasado días Mediadora, y aun no has completado mi trabajo. Mi bebé sigue enferma y se pone cada vez peor. Pensé que podías necesitar un pequeño incentivo para completar tu misión.”

Suspire. “Mira, Ma, no eres mi única clienta, y he estado trabajando en varios proyectos en un periodo muy corto de tiempo. Ademas, he hecho lo que prometí que iba a hacer, encontré el espíritu de tu hija y descubrí cual es el problema. Veras, esa alma ha vivido ya ochenta y tres vidas. ¿Me oyes? ¡Ochenta y tres!”

Ngmennakomantware sería su vida numero ochenta y cuatro, es un alma exhausta. Hasta yo puedo verlo. ¿Sabes que tan anciano y cansado tienes que estar para lucir así de viejo en el mundo espiritual? Esta desgastado, Ma. No es la clase de alma que quieres para tu bebé.

“¿Crees que acudí a ti porque quería que me dijeras que deje morir a mi única hija?”

“Con todo respeto Ma, con un alma tan vieja, incluso si curamos la enfermedad de Ngmennakomantware ahora, es probable que aun así no pase de su infancia. Se lo que me pediste, y te lo repito: la restauración de almas no está dentro de mis capacidades. Solo soy Mediadora, una mensajera, si prefieres. Lo que me estas pidiendo es brujería o simplemente imposible.”

“Ah. Ya veo.” dijo con una calma exagerada, mientras se ponía de pie. “Espero que te diviertas al tomar esa decisión entonces.”

“¿Cómo dice?”

“Brujería o imposible. La elección es tuya. Yo ya he hecho la mía.”

Bayuo tenia razón al decir que esta mujer se había vuelto loca, no pude entender nada de lo que decía. Empezó a cambiar el bebe de brazo cuando me di cuenta que no había oído llorar a la criatura durante nuestra interacción. ¿Será que Ngmennakomantware estaba tan cerca de la muerte?

Ma colocó el bulto en posición vertical y dejo caer la tela que lo cubría. Lo que vi me dejo sin aliento.

Sobre las manos de Ma había una figura de madera, un Kpiindaa, hecha de madera ancestral, como de treinta centímetros de alto. Estaba mas que claro que no era un Kpiindaa ordinario, era muy fácil de identificar. Era como otros Kpiinda, hecho de madera, suave, tallado sin genitales, pero el que ella sostenía tenía tallados específicos e intrincados que recorrían mas de la mitad del largo del madero. No había duda de quien eran esas rastas, ese cuerpo, que la figura pretendía representar.

Durante varios segundos no pude respirar.

“Esta prohibido hacer kpiinda de personas que aun están vivas,” le dije con tranquilidad. Como si ella no lo supiera mientras lo hacia.

“¿Sabes que pasaría si quemo esta kpiinda Mediadora?” preguntó, mientras se asomaba el primer atisbo de sonrisa que había visto en su rostro.

“Si.” Me mataría y me encerraría dentro de mi cuerpo, sin poder cruzar, ni siquiera después de mi muerte. Nunca había conocido a alguien con la maldad o la locura suficiente para hacer algo como esto. “¿Por qué estas haciendo esto?” susurré.

No me di cuenta de que estaba llorando hasta que el viento soplo aire frio sobre mi rostro.

“Obliga al espíritu de mi hija a quedarse,” dijo Ma. “Por los medios que sean necesarios. Porque si ella muere… entonces tu también.”

Ma levantó la tela del suelo, envolvió la kpiindaa prohibida y se alejo caminando, dejándome ahí, petrificada en el mismo lugar. Una vez que se fue, Bayuo hizo algo que no había hecho en muchos años: camino hacia mi y me abrazo. Cuando estuve entre sus brazos y sus mejillas hicieron contacto con mi frente me di cuenta de que el también estaba llorando.

*

Las hojas crujían bajo nuestros pies mientras Bayuo y yo caminábamos sigilosamente a través del bosque con la luna como nuestra única fuente de luz. Nos escabullimos de la casa mientras el resto dormía con la esperanza de seguir con vida por la mañana. Bayuo, aunque era mayor, mas alto y corpulento, caminaba incómodamente cerca mio, aferrándose a mi ante cada ruido que escuchábamos a nuestro alrededor. Yo también estaba aterrada, pero no por la oscuridad o por los arbustos.

Mi peor pesadilla se estaba haciendo realidad. No era la amenaza sobre mi vida lo que me afectaba tanto sino la idea de quedar atada a un cuerpo muerto y podrido aquí en la tierra para siempre.

“Nbelenyin,” susurró Bayuo, interrumpiendo mis pensamientos. “¿Qué pasa si nos ataca una serpiente venenosa?”

Era ridículo que Bayuo se preocupara tanto por serpientes considerando que la persona a la que íbamos a ver era mucho mas digna de preocupación.

“¿A esta hora? La serpientes son de sangre fría. Salen durante el día, a la luz del sol. De noche, buscan un lugar recluido y oculto para que humanos molestos como nosotros no perturben su preciado sueño. “¡Oh!” estire el brazo sobre él para detenerlo. “¡No te muevas!”

“¿Qué paso?¿Qué viste?”

“Hemos llegado.”

La entrada a la cueva estaba tan bien camuflada que casi pasamos de largo. El exterior estaba cubierto con corteza de árbol y hojas cortadas de arboles cercanos y esparcidos sobre el techo. Los Kontonbili, son excéntricos y entrometidos pero no les gusta ser fáciles de encontrar.

“¿Qué hacemos ahora?” preguntó Bayuo.

“Hacemos lo que corresponde, claro.”

Golpee la puerta de corteza, con determinación pero sin agresividad. Pasaron varios minutos y nada.

“¿Quizás no te escucho?” dijo Bayuo. “Golpea mas fuerte.”

“No cariño,” dijo una voz estridente detrás nuestro que nos hizo maldecir en voz alta. “A menos que quieras despertar a las serpientes.”

La criatura que habló le guiño el ojo a Bayuo, y se hubiera desmayado si yo no lo hubiese sujetado. La miro de la misma forma en que las personas que no me conocen suelen mirarme; una cosa es saber de la existencia de alguien, otra muy diferente es encontrársela en persona.

Yo no era particularmente alta, pero la cabeza de la kontonbili apenas me llegaba al pecho. Era adulta, sin lugar a dudas. Tenia rastas como las mías, pero las suyas eran mucho mas gruesas, blancas y solo hasta los hombros. No llevaba puesto un top y sus senos llegaban casi hasta su ombligo. Una cadena de cuentas le daba vueltas y vueltas a su cuerpo cubriendo sus genitales, desde el vientre hasta los muslos.

“No me agradan los insultos y maldiciones,” continuó hablando. “Pero siempre son las primeras palabras en salir de la boca de los humanos donde sea que los encuentre. ¿Es extraño verdad?”

En alguna otra ocasión me hubiese divertido encontrar un ser espiritual con sentido del humor, pero había perdido el mio ese día mas temprano cuando una mujer demente con un estatuilla demoníaca había amenazado tanto mi vida terrenal como la espiritual.

“Si, claro, es muy extraño.” le dije. “Escucha, tengo un dilema con el que ningún otro ser humano puede ayudarme.”

“Por supuesto, cariño. Es la razón por la todos vienen a verme ¿no es así? ¿por qué no me cuentas todo mientras tomamos una buena calabaza de pito?”

“Gracias, pero no, gracias.” le dije, antes de que Bayuo pudiera responder. La kontonbili podía ser de ayuda en situaciones en que ninguna otra criatura podía pero también eran embaucadores impredecibles, y lejos de ser confiables. Pedirle ayuda a uno ya era riesgo suficiente, consumir cualquier cosa que te ofrezca estaba fuera de discusión.

“Oh bueno. Ustedes se lo pierden. Y bien, ¿qué es lo que necesitan entonces?”

Le explique mi situación a la kontonbili mientras Bayuo sostenía mis temblorosos hombros.

“Ah si, ya veo,” me dijo cuando termine mi relato. “Es un problema bastante complicado el que tienes. ¿cómo planeas resolverlo?”

“¿Qué? ¡Por Ngmen, no lo sé! ¿Por qué crees que acudí a ti? ¡Una demente quiere matarme y atarme sino salvo a su condenado bebe!”

“Ahhaa.” Asintió con solemnidad. “Suena a que tienes que salvar a su bebe, entonces.”

“¡No tengo idea de como salvar a su bebe!¿Acaso no has estado escuchando? Su espíritu esta determinado a quedarse en el mundo espiritual. Lo único que tengo es mi audacia y elocuencia, y aun cuando ocasionalmente puedo ser persuasiva, esta lejos de ser brujería.”

“Ahhaa. Suena a que estas buscando brujería para salvar al bebe.”

Esto es absurdo.

“¡Estoy buscando,” dije entre dientes, “una manera… de salvar… mi vida!”

“Valgame. Parece que te estas poniendo nerviosa. ¿Estás segura de que no quieres un poco de pito para calmarte?”

Suspire y me di vuelta hacia Bayuo, estaba a punto de sugerirle que dejáramos de perder el tiempo y volviéramos a casa cuando continuo hablando, “el alma que conociste en el mundo espiritual está dividida; atada parcialmente al mundo espiritual por el poder de su propia voluntad y atada a este mundo por el poder de tu clienta. Pero hay una manera de arreglar esa condición.”

“Podrías haberme dicho eso un minuto atrás,” murmuré.

“Muéstranos cómo hacerlo,” dijo Bayuo. “Haremos lo que sea.”

“Oh si,” dijo la kontonbili. “Sé que lo harán.”

*

Aterrice de rodillas en lo que debe haber sido mi peor cruce al mundo espiritual que haya experimentado en años.

“¡Vaya vaya!” dijo divertida la civeta. “Nbelenyin ¿has vuelto tan pronto? Me pregunto ¿qué misión te trae por aquí esta vez?”

“La misión,” dije gruñendo, mientras me levantaba y me quitaba el polvo, “no es de tu incumbencia.”

“¡Vaya, vaya! Que grosera te has puesto de un día para otro.”

“Por favor, solo déjame en paz, civeta, te lo ruego.”

“Como desees, Nbelenyin. Solo actúa con sensatez,” advirtió la civeta mientras se desvaneció en el bosque, “solo actúa sensatez…”

De vuelta en el Valle de Marfil, Nkongaa no parecía haberse movido en absoluto desde la ultima vez que hablamos, excepto por sus mandíbulas y por suerte esta vez el palillo de mascar entre sus dientes era fresco. Cuando me acerque, me sonrió de manera tan expectante que casi me derrite el corazón.

“¡Nbelenyin! ¡Has regresado!¿Has contado mi historia?¿Qué fue lo paso?”

“Claro que regrese,” le dije. “Tengo buenas y malas noticias. Empezare por las malas, como buena narradora, así avanzamos lentamente hasta la parte buena. Bien, la madre de la niña, en la cual tu espíritu estaba atrapado, es una mujer detestable. Está decidida a hacer todo lo que pueda para mantener a su hija con vida.”

Nkongaa bajo la mirada. “Ya veo.”

“Sin embargo, ahí es donde entran las buenas noticias. Encontré la forma de arreglar la división de tu alma, es decir lo que estas padeciendo en estos momentos. Encontré la forma de unirla y atarla a un mundo y solo a uno.”

Sus ojos se abrieron grande en señal de asombro y esperanza. “¿Lo dices en serio?”

“Muy en serio. Y eso ni siquiera es la mejor parte. Este método ata el alma a un solo reino permanentemente. No tendrás que renacer nunca mas.”

Nkongaa se había quedado sin palabras. Cuando volvió a hablar, su voz era tan bajita, que hasta tuve que leerle los labios. “¿me estas diciendo la verdad?”

“Todo lo que he dicho es verdad, lo juro por Ngmen.” Se relajo visiblemente después de oír eso.

“¿Y cómo descubriste este método en tan poco tiempo?”

“Le pedí ayuda a una persona muy bien informada.”

“¿Kontonbili?” preguntó. Bueno, no pretenderías engañar a alguien que ha vivido ochenta y tres vidas, ¿no?”

“Si,” admití. “Pero sé que no estaba mintiendo. Busque a una kontonbili distinta para que me corroborara lo que la primera me dijo.” Y gracias a toda esa caminata, Bayuo y yo no dormimos prácticamente en toda la noche.

“Si, hiciste bien. Los kontonbili viven para ellos mismos. Así como pueden ayudarnos también pueden ser nuestra perdición. Fuiste sensata al buscar confirmación.”

Me encogí de hombros. “¿Qué es una Mediadora sino una habilidosa navegante de los asuntos espirituales?”

Nkongaa sonrió. “Esta bien, entonces, heroína, ¿qué tenemos que hacer?”

Le devolví la sonrisa. “Pensé que nunca preguntaría.”

Del morral tejido que traía atado a mi espalda, saque una flauta de iroko y se la entregué a Nkongaa, quien lo inspeccionó detenidamente.

“Creo que reconozco este instrumento,” dijo él. “Parece un tambin. Del tipo que hacen los Fulani.”

“Se parece si, pero este objeto fue hecho en Dagaabaland, estas sosteniendo la mitad del mismo. Es un proceso simple; soplas en esta mitad y la criatura que tiene el resto de tu alma inhala desde la otra mitad y así de simple, tu alma queda restaurada permanentemente.”

“¿Así que, todo lo que tengo que hacer es soplar?”

“Todo lo que tiene que hacer es soplar.”

A Nkongaa se le llenaron los ojos de lágrimas lentamente. Su voz se quebró al hablar. “Nbelenyin… no sabría como empezar a agrad…”

“Deténgase ahí. Las escenas emocionales tampoco son parte de mis capacidades, así que por favor no se me ponga emotivo. Solo sople.”

Con sus ojos húmedos y borrosos, asintió lentamente, entonces soplo en el tambin.

“Una sensación extraña,” comento unos segundos mas tarde. “Creo que… me estoy haciendo mas pesado.”

“Lo siento Nkongaa,” susurré.

Su expresión cambió rápidamente cuando comprendió lo que sucedía y lanzó un gruñido.

Nada de lo que le había dicho era falso, solo que le había dado el extremo equivocado de la flauta. La que él debería haber soplado estaba ahora en la boca de Ngmennakomantware, tarea que había encomendado a Bayuo antes de cruzar. El alma se estaba restaurando pero en el mundo de los vivos no en el espiritual.

“¡Nbelenyin! ¿Qué has hecho?” gritó Nkongaa, mientras lo ultimo de su ser se desvanecía de este mundo para siempre.

“Lo siento,” Volví a susurrar, pero él ya no estaba ahí para oírme.

Me senté, escondí mi rostro entre mis manos, y lloré con mas pena y culpa como nunca había sentido en mi vida. Era imposible aprender a convivir con el odio que sentí por mi misma en estos momentos. Sentí que lloré durante horas.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba en el bosque de civetas. La civeta estaba sentada sobre sus patas traseras, me miraba con desdén.

“Pobre Nbelenyin,” dijo la civeta. “¿Es una sensación extraña verdad? ¿Estar atada?”

“¿Qué no ves que no estoy de humor repugnante criatura? Largate por favor. O mejor aun yo me iré.”

Me puse de pie limpiando furiosamente mis lagrimas con la palma de mis manos y di unos pasos hacia adelante. Debería haber aterrizado de vuelta en mi habitación, pero sin importar que tanto me concentrara, cada vez que mis pies tocaban tierra, era el pastizal del territorio de la civeta. Intenté trotar e incluso correr, pero no podía salir del maldito bosque. La civeta estaba inusitadamente tranquila y me miraba entretenida. Era evidente que sabia exactamente lo que sucedía. Me volteé hacia ella furiosa.

“¿Por qué no puedo cruzar?” pregunté.

La civeta se estiró, bostezó y se recostó. “¿Qué acaso no es obvio Nbelenyin? Claramente has perdido tu equilibrio. El equilibrio es el principio con el que funciona el universo, y parece que esta vez…” pausó para bostezar nuevamente. “Tú eres el pago por el déficit que produjiste.”

Me congelé. Y solo pude gritar.

“Oh, mira,” dijo la civeta. “Ya se te empiezan a notar las amarras.”

Seguí su mirada hacia mi pecho, donde mis senos habían crecido casi hasta el tamaño de los de mi hermana. Instintivamente me lleve los dedos a mi labio superior y sentí como se me caían los manojos de cabello.

“Pobre Nbelenyin,” se burló la civeta. “Que lastima que ya no es Mediadora.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: