La historia de Photogen y Nycteris (2nda parte)


Por George MacDonald

Capitulo VIII La lampara

Watho contaba con que las ordenes que le había dado a Falca eran seguidas al pie de la letra y que su sirvienta cuidaba a Nycteris toda la noche, noche que era el día para ella, pero Falca no pudo acostumbrarse al hábito de dormir durante el día y a menudo la dejaba sola durante la mitad de la noche. La lampara se había convertido así en una especie de custodia para Nycteris. Como no se le permitía salir, por lo menos mientras estuviera despierta, Nycteris sabía menos sobre la oscuridad que lo que sabía sobre la luz. Con la lampara suspendida allá en lo alto, en el centro de todo, tampoco sabía muchos sobre sombras. Las pocas que habían se producían prácticamente todas en el suelo al pie de los muros como los ratones.

Una vez, cuando estuvo sola, escucho el sonido de un estruendo a lo lejos, nunca había oído nada que no supiera de donde venía, era una nueva señal de que debía haber algo mas allá de estas recámaras. Entonces sucedió, un temblor, la lampara cayó desde el techo y se estrelló contra el suelo, sintió como si sus ojos se cerraran repentinamente como si se los hubiera tapado con las manos. Concluyó que había sido la oscuridad la que había ocasionado el temblor y había tirado la lampara cuando entró apresuradamente a la recámara. Se sentó temblando. El ruido y el temblor cesaron pero la luz no regresó. ¡La oscuridad se la había comido!

Su lampara se había ido, y con ella resurgió su deseo de salir de su prisión. Apenas si entendía el concepto de salir, salía de una habitación para entrar en otra, ni siquiera había una pared que las dividiera, son un arco de entrada y ese era todo su mundo. De repente recordó que había oído a Falca hablar de como la lampara se desvanecía, ¿será esto a lo que se refería? y si la lampara realmente se había ido, ¿a donde había ido? Seguramente al mismo lugar donde iba Falca, y al igual que ella, también volvería. Pero no podía esperar. El deseo de salir crecía irresistiblemente. ¡Tenía que seguir a su hermosa lampara!¡Tenía que encontrarla!¡Tenía que ver a donde había ido!

Había un cortina que cubría un hueco en el muro, donde guardaban sus juguetes y sus cosas para hacer ejercicio, era detrás de esa cortina de donde Watho y Falca siempre aparecían, y detrás de ella también se desvanecían. Como atravesaban un muro solido, no tenía idea, el camino hacia ese muro estaba despejado y mas allá de él parecía solo haber mas muros, pero era evidente que lo primero y lo único que podía hacer era atravesar esa cortina a ciegas dependiendo solo de su sentido del tacto. Estaba tan oscuro que un gato no podría atrapar ni al mas grande de los ratones. Nycteris podía ver mejor que cualquier gato, pero ahora sus ojos grandes no le servían en lo mas mínimo. En el camino tropezó con un trozo de la lampara rota. Nunca había usado zapatos o medias y aunque el fragmento era de alabastro suave no la corto pero si le lastimó el pie. No sabía que lo que era, pero como no había sucedido antes de que llegara la oscuridad, sospecho que tenía que ver con la lampara. Se arrodilló y tanteó el suelo con las manos, encontró dos piezas grandes que al unirlas reconoció la forma de la lampara. Se le ocurrió entonces que la lampara había muerto, que el estado de descompostura que tenía la lampara era la muerte sobre la que había leído pero nunca había comprendido, se le ocurrió entonces que la oscuridad había matado a la lampara. ¿A qué se refería entonces Falca cuando decía que la lampara se desvanecía? La lampara estaba ahí, muerta de hecho, y tan cambiada que apenas si tenía forma de lampara. No, ya no era una lampara, estaba muerta, y todo lo que la convertía en una lampara se había ido, es decir el brillo de su resplandor. Entonces ¡debía ser el brillo, la luz lo que se había desvanecido!¡Eso era lo Falca quería decir! Y debía de estar del otro lado de ese muro. Se levantó y retomó su camino, tanteando a ciegas hacia la cortina.

Nunca, en toda su vida, había intentado salir y no sabia como hacerlo; pero instintivamente empezó a mover sus manos sobra el muro detrás de la cortina, esperando que de alguna forma el muro la envolviera como suponía que lo hacia con Watho y Falca. Pero el muro la repelía con inexorable dureza así que decidió probar con el muro opuesto. Al hacerlo, accidentalmente pisó un dado de marfil y como lo pisó con el mismo pie con el que había pisado el alabastro, el dolor la hizo caer hacia adelante con los brazos extendidos contra el muro. Algo cedió, y ella salió casi rodando de la caverna.

Capitulo IX Afuera

¡Pero como puede ser! Afuera era exactamente igual a adentro, ya que su enemigo, la oscuridad también estaba aquí. Momentos después, descubrió algo con alegría, una luciérnaga que se había desviado del jardín. Vio la pequeña chispa a la distancia. Una luz tenue y menguante venía abriéndose camino por el aire, cada vez mas cerca, la luz parecía ser la fuente de su movimiento, un movimiento que se asemejaba mas al nado que al vuelo.

“¡Mi lampara!¡mi lampara!” gritó Nycteris. “Es el resplandor de mi lampara, la cual me fue arrebata cruelmente por la oscuridad. ¡Mi buena lampara me ha estado esperando aquí todo este tiempo! Sabía que yo vendría por ella y me esperó para traerme hasta aquí.

Siguió a la luciérnaga, quien al igual que ella estaba buscando la forma de salir. Si no sabia donde estaba la salida, seguía siendo luz, y como toda la luz es una sola, cualquier luz serviría para llegar hasta otra. Estaba convencida de que si no era el espíritu de su lampara, era de la misma especie y tenia alas. El insecto verde y dorado, impulsado por la luz pasó zumbando frente a ella y atravesó un largo y angosto corredor. De repente se elevó, y en ese momento Nycteris tropezó con una escalera ascendente. Nunca antes había visto una escalera y subir por ella era una sensación curiosa. Cuando llegó a lo que parecía ser la cima de la escalera, la luciérnaga dejó de brillar y desapareció. Se encontraba nuevamente en la mas profunda oscuridad. Pero incluso la extinción de esa luz le sirvió de guía. Si la luciérnaga hubiera seguido brillando, Nycteris hubiese visto que la escalera seguía y hubiese terminado en la habitación de Watho, en cambio, tanteando lo que tenía enfrente llegó hasta una puerta cerrada con pestillo, la cual se ingenio para abrir después de varios intentos, y al atravesarla descubrió un laberinto de una complejidad fascinante que la maravilló. ¿Qué era? ¿era algo real en el exterior de su cuerpo o existía solo en su cabeza? Ante ella se encontraba un corredor muy largo y angosto, que se bifurcaba, no sabia como y se esparcía en todas direcciones, a distancias y amplitudes que parecían infinitas. Era mas brillante de lo que alguna vez había sido su recamara, como si mas de seis lamparas de alabastro ardieran al mismo tiempo. Los muros estaban cubiertos por una importante cantidad de rayas y manchas, muy distintas de las formas que había en los muros de su recamara. Estaba como en un sueño, placenteramente confundida y maravillada. No podía descifrar si la sostenían sus pies o si estaba flotando como la luciérnaga, impulsada por la fuerza de la feliz contenida en su interior. Pero poco sabía entonces sobre su herencia. Sin conciencia alguna, dio un paso fuera del umbral y fue entonces que aquella chica que había vivido como troglodita desde su nacimiento se encontró con la cautivadora gloria de la noche sureña, iluminada por una luna perfecta, no la luna de nuestros climas norteños, sino la luna que brilla como la plata en la fragua, una luna que se la puede confundir fácilmente con un globo, una luna que parecía estar a unos metros de distancia, un simple disco colgando a mitad de camino en el firmamento.

“¡Es mi lampara!” dijo ella idiotizada y con la boca abierta. Un éxtasis silencioso recorría su cuerpo mientras observaba la luna por primera vez.

“No, no es mi lampara,” dijo ella, minutos mas tarde. “Es la madre de todas las lamparas.”

Se dejó caer al suelo de rodillas y levantó sus manos hacia la luna. No sabía ni podía expresar lo que pasaba entonces por su cabeza, pero la acción en si, era una suplica a la luna por ser como era, ese increíble y preciso resplandor colgando en ese techo tan lejano, una gloria tan esencial para chicas pobres como ella, nacida y criada en una caverna. Para Nycteris fue como una resurrección, no, fue como un nacimiento. Que podía ser ese vasto cielo azul, salpicado con pequeñas chispas como cabezas de alfileres. Que era la luna, rebosante de luz, ella no sabia nada acerca de todo eso, mucho menos que ustedes y yo, pero aun así era la envidia de los mas grandes astrónomos que nunca sentirían el éxtasis de semejante primera impresión a los dieciséis años de edad. Era inmesurablemente perfecta, la impresión no podía ser falsa en absoluto porque ella estaba viendo con los ojos que están diseñados para ver y de hecho vio lo que muchos hombres eran demasiado sabios para ver.

Al arrodillarse, sintió que algo suave la arrullaba, la envolvía y la acariciaba. Se puso de pie pero no pudo ver nada, no sabía que era. Pensó que era como el aliento de una mujer. Ya que no tenía conocimiento alguno sobre el aire y de hecho jamas había respirado ese nivel de frescura que el mundo le ofrecía. Lo que ella respiraba siempre había llegado a ella a través de largos corredores y espirales en la roca. Sabía aun menos de ese aire vivo que se mueve, de esa triple bendición que era la brisa en una noche de verano. Era como una bebida espirituosa que llenaba todo su ser con una felicidad de pureza intoxicante. Respirar era una existencia perfecta. Por momentos creyó estar respirando la luz que la envolvía. Poseída por la poderosa belleza de esa noche, parecía estar destruida y enaltecida al mismo tiempo.

Se encontraba entonces en el corredor o galería que corría sobre los muros que rodeaban el jardín, entre las almenas, pero no se le ocurrió mirar hacia abajo para ver que había. Su alma se sentía atraída a mirar hacia arriba, a la bóveda sobre su cabeza, con su lampara y su infinito espacio alrededor. Finalmente rompió en llanto y su corazón se sintió aliviado, así como la noche se siente aliviada por la lluvia y los relámpagos.

Entonces empezó a pensar. ¡Tenía que guardar este esplendor!¡Sus carceleras la habían mantenido en la ignorancia!¡La vida era una poderosa bendición y ellas la habían privado de ella! No debían saber que ella sabía. Debía ocultar su conocimiento, ocultarlo incluso de sus propios ojos, y tenerlo muy cerca de su corazón, satisfecha por saber que lo tenía, incluso cuando no podía reflexionar en su presencia y hastiar sus ojos con toda su gloria. Alejó entonces su mirada de la visión, y con un suspiro de infinita felicidad tanteó su camino de regreso a la oscuridad de la roca. Recorrió el camino de vuelta lentamente con pasos suaves y silenciosos. Después de todo, ¿qué era la oscuridad y la pereza de sus pasos comparado con lo que había visto esa noche? Se había elevado por encima de todo agotamiento, por encima de todo mal.

Cuando Falca entró a la recámara gritó horrorizada. Pero Nycteris le dijo que no tuviera miedo y le contó como un estruendo y un temblor habían derribado la lampara. Entonces Falca le contó a su ama y en menos de una hora ya había un nuevo globo colgando del mismo lugar donde había estado el anterior. Nycteris pensó que no brillaba tanto como el anterior, pero poco le importo el cambio ya que ahora tenía una riqueza mucho mas grande que esa. Ahora que se reconocía prisionera, su corazón estaba lleno de gloria y alegría, por momentos tenía que contenerse para no levantarse de un salto y ponerse a bailar y cantar por la recámara. Al dormir ya no tenía sueños aburridos, en su lugar tenía visiones esplendidas. Había momentos en los que se veía tentada e impaciente a mirar sus riquezas, pero entonces entraba en razón y se decía a sí misma “¿qué importa si me siento aquí durante años con mi pobre y tenue lampara si ahí afuera hay algo ardiendo como diez mil pequeñas lamparas?”

No tenía dudas de que lo que había contemplado esa vez era el día y el sol, algo de lo que solo había leído y en contraposición, la noche y la luna estaban a su vez representada por su cueva y su pequeña lampara.  

Capitulo X La gran lampara

Paso un tiempo hasta que tuvo la segunda oportunidad de salir al exterior, ya que Falca, desde la caída de la lampara le estaba prestando mucha mas atención y rara vez la dejaba sola. Pero una noche que tenía un poco de dolor de cabeza, Nycteris se acostó en su cama con los ojos cerrados, cuando escuchó que Falca se acercaba y se inclinaba sobre ella. No tenía ganas de conversar así que no abrió los ojos y se quedó ahí quieta. Falca consideró que se había dormido así que la dejo ahí y se retiró silenciosamente de la recámara, Nycteris abrió los ojos justo a tiempo par verla desaparecer detrás de un cuadro, que colgaba de un muro distante al muro donde originalmente estaba colgado. Se levantó de un salto, olvidando su dolor de cabeza y corrió en la dirección contraria, salió, tanteó el camino hasta las escaleras y las subió hasta llegar a la cima, ¡Valgame! La gran recámara no estaba mucho mas iluminada que la pequeña que acababa de abandonar. ¿Por qué? ¡Que pena tan grande!¡ la gran lampara ya no estaba! ¿Acaso su globo también había caído? Quizás entonces su hermosa luz también había sacado grandes alas, como la resplandeciente luciérnaga que se abría paso hacia una recámara aun mas grande y adorable que ésta. Bajo la vista para ver si podía divisar los restos de la lampara rota en la alfombra, pero ni siquiera pudo ver la alfombra. No podía haber pasado nada tan terrible ya que no hubo estruendos ni temblores y todas las otras pequeñas lamparas seguían ahí, brillando con mas fuerza que antes, y ninguna de ellas lucía como si algo inusual hubiese sucedido. ¿Y si cada una de estas pequeñas lamparas crecía hasta convertirse en la gran lampara y luego de un tiempo de ser una gran lampara se iban, salían para convertirse en una lampara aun mas grande, ahí afuera, el afuera que había mas allá de este? Ah, aquí estaba de vuelta, ese ser vivo que no podía ver, venía a ella y esta vez era mas grande. La llenaba de besos y le acariciaba las mejillas y la frente, mientras jugaba gentilmente con su cabello. Pero se detuvo y todo quedo en calma. ¿Se había ido?¿que sucedería a continuación? Quizás las pequeñas lamparas no iban a crecer para convertirse en grandes lamparas sino a caer una por una para salir primero de esta recámara. Y al hacerlo, levantan un dulce aroma del suelo, entonces cayó otra y otra. Ah ¡que delicia! ¡Quizás no iban hacia ella sino que pasan junto a ella siguiendo a la gran lampara! Entonces escuchó el sonido del río, el cual no había oído la primera vez por estar demasiado absorta mirando al cielo. ¿Qué era? Valgame, valgame, otro dulce ser vivo que va de salida. Todos ellos marchaban lentamente en un adorable procesión, uno detrás de otro, cada uno saludándola al pasar. Debía ser así, ahora llegaban mas y mas de esos dulces sonidos, llegaban y desaparecían. ¡Todo lo que estaba afuera se estaba yendo, todos se iban, siguiendo a la gran lampara! ¡Ella sería la única criatura en ese solitario día! ¿Qué acaso no había nadie que pudiera colgar una nueva lampara para reemplazar a la vieja y así evitar que las criaturas se fueran? Se arrastró de nuevo hacia la roca con mucha tristeza. Intentó consolarse diciendo que de cualquier manera seguía habiendo una recámara ahí afuera; pero cuando lo dijo se dio cuenta de que muy pronto sería una recámara vacía y eso la asustó muchísimo.

La siguiente vez que se las arreglo para salir, una media luna colgaba en el este; una nueva lampara había llegado y entonces pensó que todo estaría bien.

Sería eterno describir cada una de las fases de sentimiento por las que atravesó Nycteris, fueron mas numerosas y delicadas que las mismísimas fases de la luna. Una nueva alegría florecía en su alma con cada pequeña variante de naturaleza infinita. A la larga empezó a sospechar que la nueva luna era en realidad la antigua luna, que se había ido y había vuelto igual que lo hacia ella, pero que a diferencia de ella, se desvanecía y volvía a crecer, que era de hecho un ser vivo y al igual que ella debía volver a su propia caverna con sus respectivos cuidadores y soledades, escapando y brillando cada vez que podía. ¿Sería una prisión igual que la suya?¿y se oscurecía cada vez que la lampara la dejaba? ¿Dónde estaría el camino hacia esa prisión? Con eso en mente empezó a mirar hacia arriba y abajo y a su alrededor, y lo primero que notó fueron las copas de los arboles que se levantaban entre ella y el suelo. Habían palmas rebosantes de frutos, arboles de eucaliptos con sus pequeñas capsulas, laureles con sus rosas mestizas, y arboles de naranja con sus nubecillas de estrellas plateadas y sus esferas doradas. Sus ojos podían ver colores que eran invisibles para nuestros ojos a la luz de la luna, y podía distinguir todo esto con facilidad, aunque al principio creyó que eran los colores y figuras de la alfombra de esta gran recamara. Anheló bajar y caminar entre ellos, ahora que sabía que eran criaturas reales, pero no sabía cómo. Recorrió todo el largo de la muralla, incluso hasta el extremo que atravesaba el río, pero no encontró forma de bajar. Se detuvo sobre el río a observar y se maravilló con el agua que corría. No sabía nada sobre el agua excepto que la bebía y la usaba para bañarse, y ahí a la luz de la luna, observó el rápido caudal de agua que fluía cantarinamente y no dudo en creer que el río también estaba vivo, una serpiente que corría rápidamente hacia, ¿hacia afuera? ¿o a dónde? Entonces se preguntó si el agua que le llevaban a su recámara había sido asesinada para que ella pudiera beberla o usarla para bañarse.

Una día que salió a la muralla, se encontró con un temporal de viento. Todos los arboles rugían. Grande nubes cubrían el cielo y tumbaban las pequeñas lamparas, pero no había señal de la gran lampara. Todo era un tumulto. El viento sujetaba su ropa y su cabello y amenazaba con desgarrarlos. ¿qué podía haber hecho para enfurecer de tal manera a esa criatura? ¿O quizás era una criatura diferente, de la misma especie pero mucho mas grande y con otro temperamento y forma de comportarse? ¡Pero todo el lugar parecía enojado! ¿será que las criaturas que viven en ese lugar, el viento, los arboles, las nubes y los ríos, todos estaban enfrentados los unos con los otros?¿sería esa la causa de todo este desorden y confusión? Mientras ella observaba preocupada, la luna, se asomaba lentamente en el horizonte y estaba tan grande como jamas la había visto, estaba roja, como si ella también estuviera consumida por la ira, como si se hubiese visto forzada a levantarse a ver porque sus hijos hacían tanto ruido en su ausencia. A medida que se levantaba, el fuerte viento empezó a tranquilizarse y a golpear con menos virulencia, los arboles dejaban de sacudirse y de quejarse, y las nubes dejaron de agolparse en el cielo. Y como forma de mostrarse satisfecha de que sus hijos se comportaban en su presencia, se hizo mas pequeña mientras se elevaba en el cielo estrellado; sus mejillas hinchadas se desinflaron y su complexión se hizo mas clara y una pacífica sonrisa se dibujo sobre su rostro a medida que se elevaba cada vez mas por el cielo. Pero su corte estaba llena de rebeldes y traidores, ya que en el momento en que alcanzó la cima de su gran escalera, los nubes que se habían agrupado, dejando de lado sus conflictos pasados unieron sus cabezas y conspiraron contra ella. Esperaron hasta que se acercara y se arrojaron todas juntas contra ella, y se la tragaron. Desde lo alto del techo empezaron a caer manchas húmedas, cada vez mas rápido, y humedecieron las mejillas de Nycteris, y ¿qué podía ser sino las lagrimas de la luna, que lloraba porque sus hijos la estaban sofocando? Nycteris también lloró, y sin saber que pensar, volvió consternada a su recámara.

La siguiente vez, salió con miedo y temblando. ¡Pero la luna seguía ahí! Estaba lejos, allá en el oeste, pobre, tenía muy mal aspecto, lucía vieja y desgastada como si las salvajes bestias del cielo la hubiesen mordido, pero ahí estaba, aun con vida y con fuerza suficiente para seguir brillando.

(Continua)

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