La cabeza del lobo

Por Robert E. Howard

Publicado originalmente en Weird Tales, 1926

¿MIEDO? Le ruego me disculpe Messieurs, pero ustedes no conocen el significado del miedo. No, sostengo lo que afirmo. Son soldados, aventureros. Han conocido la carga de los regimientos de dragones verdes, el frenesí de los mares azotados por los vientos. Pero miedo, el miedo que pone la piel de gallina y nos llena de pavura, ese no lo conocen. Yo mismo he conocido ese miedo, pero hasta que las legiones de la oscuridad broten de las puertas del infierno y el mundo arda en llamas, los hombres no volverán a sentir un miedo como ese.

Escuchen con atención, les contaré la historia; fue hace muchos años y a medio mundo de distancia, y ninguno de ustedes jamas vera al hombre del cual les voy a contar.

He de regresar, entonces, muchos años atrás, al día en que yo, un joven e imprudente caballero, descendí del pequeño bote que me permitió bajar del barco que flotaba en el puerto, atravesé la mugre del precario muelle y me abrí paso hacia el castillo, respondiendo a la invitación de un viejo amigo, Dom Vincente da Lusto.

Dom Vincente era un hombre extraño, un visionario, un hombre fuerte que veía mas allá del conocimiento de su época. En sus venas, corría quizás, la sangre de los antiguos Fenicios quienes según cuentan los sacerdotes gobernaban los mares y construían ciudades en tierras lejanas, en tiempos remotos. Su plan era extraño pero exitoso, a pocos hombres se le hubiese ocurrido, y aun mas pocos hubieran tenido éxito. Su estancia quedaba en la costa oeste de ese oscuro y místico continente, que tanto intrigaba a los exploradores, el continente africano.


Ahí, había despejado una pequeña bahía y arrasado con la lúgubre jungla, construido su castillo y sus depósitos, y con mano firme y despiadada había arrebatado las riquezas de esa tierra. Tenía cuatro barcos; tres pequeñas barcazas y un galeote grande. Estas hacían el camino entre sus dominios y las ciudades de España, Portugal, Francia e incluso Inglaterra, cargadas con raras maderas, marfil, esclavos, y cientos de extrañas riquezas que Dom Vincente había obtenido mediante el comercio y la conquista.

Si, era un negocio salvaje, y un comercio aun mas salvaje. Pero aun así, podría haber amasado un imperio desde esa tierra oscura sino hubiese sido por el idiota de Carlos, su sobrino, pero me estoy adelantando en la historia.

Observen, messieurs, he dibujado un mapa sobre la mesa, y aunque lo dibuje con los dedos y use vino como tinta, se puede ver claramente, la pequeña y superficial bahía y los amplios embarcaderos. El camino desde el muelle va desde aquí y por esta pequeña colina con depósitos tipo cabañas a ambos lados y termina frente a un foso ancho pero poco profundo. Sobre él, un puente levadizo y una empalizada alta de troncos enterrados en el suelo. Ésta rodeaba completamente el castillo. El castillo mismo estaba construido como si fuera de época, de una época anterior, mas enfocado en la resistencia que en la estética. Hecho de piedras traídas desde grandes distancias; años de trabajo y cientos de esclavos habían dejado su esfuerzo a latigazos para levantar sus muros, y ahora, una vez completa, era en apariencia invulnerable. Esa era la intención de quienes lo construyeron ya que la amenaza de piratas bárbaros en las costas y el horror de una insurrección entre los nativos siempre estaba presente.

Se había despejado un espacio de alrededor de un kilómetro en todas direcciones del castillo y se habían construido caminos a través de las tierras pantanosas. Todo esto requería de una inmensa cantidad de mano de obra, pero obreros había de sobra. Un intercambio con el jefe y este garantizaba todo lo que fuera necesario. ¡Y los Portugueses si que sabían como hacer trabajar a los hombres!

A menos de doscientos metros hacia el este del castillo corría un ancho pero poco profundo rio que desembocaba en la bahía. El nombre se me ha olvidado por completo. Tenía un nombre pagano que nunca pude pronunciar de todas maneras.

Descubrí que no era el único de sus amigos invitado al castillo. Parecía ser que una vez al año, Dom Vincente traía a una multitud de jocosas amistades a su solitaria estancia para festejar durante semanas, y así compensar por todo el trabajo y soledad del resto del año.

De hecho, era casi de noche cuando llegue al castillo e interrumpí un gran banquete que se celebraba. Me recibieron con gran algarabía y mis amigos me saludaron bulliciosamente a la vez que me presentaban a los demás invitados.

Estaba demasiado agotado para participar en tales festejos así que me limite a comer, beber y escuchar los brindis y canciones y a estudiar a cada uno de los invitados.

A Dom Vincente, ya lo conocía, por supuesto, habíamos sido íntimos amigos por muchos años, al igual que con su bella sobrina Ysabel, ella era la razón por la cual había aceptado la invitación a viajar hasta esa apestosa tierra salvaje. Su primo segundo, Carlos, a quien conocía y detestaba, era un flacucho taimado con cara de visón. También estaba mi viejo amigo, Luigi Verenza, un italiano, y sus coqueta hermana, Marcita, mirando sugestivamente a los hombres como de costumbre. Otro de los invitado era un hombre bajo y fornido que se hacia llamar Baron von Schiller, estaba Jean Desmarte, un andrajoso noble de Gascony, y Don Florenzo de Sevilla, un hombre esbelto, oscuro y silencioso que se hacia llamar el Español y cargaba una espada casi tan larga como el mismo.

Había otros hombres y mujeres pero fue hace mucho tiempo y ya no recuerdo sus rostros ni sus nombres.

Pero había un hombre cuyo rostro atrajo mi atención como el magneto de un alquimista atrae el metal. Era un hombre esbelto y fornido de altura ligeramente por encima del promedio, estaba vestido de forma muy simple y austera, y llevaba una espada casi tan larga como la del Español.

Pero no era su vestimenta ni su espada lo que atrajo mi atención. Era su rostro. Tenía un rostro refinado como de alta alcurnia, pero la profundidad de sus arrugas le daban un aspecto de cansancio permanente. Tenía pequeñas cicatrices repartidas por su mandíbula y su frente como si hubiese sido desgarrado por las garras de un animal, podría haber jurado que sus pequeños ojos grises tenían, por momentos una expresión de profunda aflicción.

Me acerqué a la mujer coqueta, Marcita, y le pregunté el nombre de ese hombre, ya que no le había prestado mucha atención cuando nos presentaron.

“De Montour, de Normandia,” me respondió. “Un hombre extraño, no me agrada para nada.”

“¿Quieres decir que se ha resistido a tus encantos, pequeña encantadora?” murmuré, nuestra larga amistad me inmunizaba contra sus artimañas y también ante sus enfados. Eligió no enfadarse sino responder con falsa modestia a la vez que agitaba con recato sus largas pestañas.

Observé bastante a De Montour, sentía una extraña fascinación. Comió ligeramente y bebió bastante, apenas si hablaba y solo para responder preguntas.

En un momento, durante una ronda de brindis, noté que sus compañeros le exigían que se pusiera de pie y brindara. Al principio se rehusó pero luego se levantó y cedió ante el reclamo, hizo silencio por un momento con su copa en alto. Parecía dominar e intimidar a su grupo de juerguistas. Entonces, con una risa salvaje y burlona, levantó la copa sobre su cabeza.

“Por Solomon,” exclamó, “¡quien derrotó a los demonios!¡ Y tres maldiciones para él ya que algunos escaparon!”

¡Un brindis y una maldición al mismo tiempo! Bebieron en silencio y muchos lo miraron de reojo.

Esa noche me retiré temprano a dormir, estaba agotado por el largo viaje por mar y mareado por lo fuerte del vino, un vino que Dom Vincente tenía en grandes cantidades.

Me acerqué a la ventana y pude ver a los guardias patrullando las tierras del castillo justo afuera de la empalizada, pude ver las tierras deforestadas que se veían áridas a la luz de la luna, el bosque mas allá y el río silencioso.

Desde las barracas de los nativos, cerca de la orilla del río llegaban las extrañas vibraciones de un rustico laúd que tocaba barbaras melodías.

En la oscuridad de la selva, se oían las burlonas voces de alguna exótica ave nocturna. ¡Miles de otros sonidos salían de la selva, aves, bestias y quien sabe que otra cosa!El rugido de algún felino en la selva me puso los pelos de punta. Me encogí de hombros y me alejé de la ventana. De seguro habían demonios acechando en la oscuridad de esas penumbras.

Tocaron a mi puerta y cuando abrí resultó ser de Montour.

Caminó hasta la ventana y observó la luna, que resplandecía en toda su gloria.

“¿Ya casi es luna llena verdad Monsieur?” resaltó, volviéndose hacia mi. Asentí y podría haber jurado que temblaba.

“Le ruego me disculpe, Monsieur. No lo molestaré mas.” Se dio vuelta para irse pero llegó hasta la puerta y volvió sobre sus pasos.

“Monsieur,” dijo casi murmurando con una feroz intensidad, “haga lo que haga, ¡asegúrese de cerrar bien la puerta esta noche!”

Entonces se fue, dejándome seguir sus pasos con la mirada totalmente perplejo.

Me fui a dormir entonces, con los gritos de los juerguistas a la distancia, y aunque estaba cansado o quizás debido a eso, tuve el sueño muy ligero. Aunque no me desperté realmente hasta la mañana siguiente, entre sueños pude oír ciertos ruidos y sonidos y hasta me pareció que había algo que empujaba e intentaba abrir la puerta de mi recámara.

Como era de esperarse, la mayoría de los invitados estaban de un humor bestial al día siguiente y se quedaron en sus dormitorios durante la mayor parte de la mañana e incluso rezagaron hasta bien entrada la tarde. Ademas de Dom Vincente solo habían tres miembros masculinos sobrios; de Montour, el Español, de Seville (como se hacia llamar) y yo. El Español no había tocado ni una copa de vino y aunque de Montour si había consumido increíbles cantidades no parecía afectado en lo absoluto.

Las mujeres nos saludaron con gran cortesía.

“Buen día, Signor,” resaltó Marcita, extendiéndome su mano con un aire de elegancia que me hizo reír, “me alegra ver que aun quedan caballeros entre ustedes que se preocupan mas por nuestra compañía que por la copa de vino, ya que la mayoría parecen estar misteriosamente indispuestos esta mañana.”

Entonces, con el mas escandaloso giro de ojos dijo, “tengo la impresión de que alguien estaba demasiado ebrio para mostrar discreción anoche, o no lo suficiente. Ya que a menos que mis pobres sentidos me hayan engañado, podría jurar que alguien vino tambaleándose a mi puerta anoche muy tarde.”

“¡Oh!” exclamé rápidamente enojado, “acaso algún…”

“No. Silencio.” miró a su alrededor para asegurarse que estuviéramos solos, y entonces me dijo: “¿no es extraño que el signor de Montour, antes de retirarse anoche, me diera instrucciones para que cerrara bien mi puerta?”

“Es extraño,” murmuré, pero no le dije que me había dicho exactamente lo mismo a mi.

“¿Y no es extraño, Pierre, que aunque el signor de Montour dejara el salón de banquetes antes que usted, tenga la apariencia de alguien que estuvo despierto toda la noche?”

Me encogí. Las ocurrencias de esa mujer me resultaron extrañas.

“Esta noche,” dijo maliciosamente, “dejaré mi puerta abierta para ver quien se presenta.”

“No te atrevas a hacer tal cosa.”

Me sonrió despectivamente y me mostró una pequeña daga.

“Escúchame mujer. De Montour me dio la misma advertencia anoche. Lo que sea que supiera, quien sea que deambule por los pasillos es probable que sus intenciones sean mas del tipo homicida que amoroso. La señorita Ysabel comparte habitación con usted, ¿verdad?”

“No, estoy sola porque mando a mi sirvienta a dormir a las barracas por las noches,” murmuró con una picara mirada en sus ojos.

“Uno pensaría que es usted una mujer sin carácter si la escucha hablar así,” le dije con franqueza de la juventud y con la confianza que nos daba nuestra larga amistad. “Caminé con cuidado, jovencita, de lo contrario le diré a su hermano que necesita disciplina.”

Me alejé de ella para saludar a Ysabel. La chica portuguesa era lo opuesto a Marcita, ya que era una joven tímida y modesta, no tan hermosa como la italiana pero tenía otro tipo de belleza que me resultaba cautivante. Una vez me encontré pensando en ella…¡oh!¡las ideas de la juventud!

Les ruego me disculpen Messiurs. La mente de un hombre viejo suele divagar. La historia era sobre de Montour, sobre de Montour y el primo de Don Vincente con cara de visón.

Una banda de nativos armados se había amontonado cerca de las puertas de entrada, contenidos por los soldados portugueses. Entre ellos había un contingente de hombres y mujeres desnudos y encadenados por el cuello uno contra otro. Eran esclavos, capturados por alguna tribu guerrera y traídos para su venta. Dom Vincente los inspeccionó personalmente.

A esto le siguió una larga sesión de regateo y negociación, algo de lo que me aleje rápidamente, preguntándome como uno hombre del porte de Dom Vincente podía rebajarse a hacer ese tipo de transacciones en persona.

Pero regrese cuando uno de los nativos de una aldea cercana se acerco e interrumpió la venta y para hablar con Dom Vincente.

De Montour apareció justo en el momento en que Dom Vincente se volteó para hablarnos, “encontraron a uno de los leñadores de la aldea hecho pedazos anoche, creen que fue un leopardo o alguna bestia similar. Era un hombre joven y fuerte.”

“¿Un leopardo?¿Acaso lo vieron?” preguntó repentinamente de Montour, y cuando Dom Vincente dijo que no, que apareció y desapareció en la oscuridad de la noche, de Montour levantó su mano temblorosa y se la paso por la frente, como secándose el sudor frio.

“Mire, Pierre,” dijo Dom Vincente, “tengo aquí un esclavo que desea ser su sirviente personal. Quien sabe por qué razón.”

Me guió hasta un joven delgado, apenas un muchacho, cuyo dote principal parecía ser una enorme sonrisa.

“Es tuyo,” dijo Dom Vincente. “Está bien entrenado y será un buen sirviente. Vera usted, un esclavo es superior a un sirviente ya que todo lo que requiere es alimento y vestimenta, con una dosis opcional de latigazos para mantenerlo en su lugar.”

No paso mucho tiempo hasta que entendí porque Gola deseaba tanto ser “mío,” porque me había elegido a mi de entre todos los demás. Era por mi cabello. Como muchos dandys de esa época, tenía el cabello largo, con rulos que llegaban hasta los hombros. Era casualidad que fuera el único hombre de la fiesta que usaba el cabello así y Gola se sentaba a observarlo en silenciosa admiración durante horas, o hasta que su implacable escrutinio me ponía nervioso y tenía que echarlo.

Fue esa misma noche que una inquietante reyerta asomó, casi inadvertida, entre el Baron von Schiller y Jean Desmarte.

Como de costumbre se pelearon por una mujer. Resultó que Marcita había coqueteado escandalosamente con ambos.

No fue lo mas inteligente. Desmarte era un joven salvaje e impulsivo. Von Schiller era una bestia lujuriosa.

El pleito escaló rápidamente a furia homicida cuando el alemán quiso besar a Marcita.

Espadas colisionaron en un instante. Pero antes de que Dom Vincente pudiera gritar la orden para detener la pelea, Luigi se había ubicado entre los combatientes y les había arrebatado las espadas y arrojado violentamente al suelo.

“Signori,” dijo suavemente, pero feroz intensidad, “¿es digno de caballeros de alta cuna el pelearse así por mi hermana? Por las uñas de Satanas, tengo que llamarles la atención por estas tonterías . ¡Tú, Marcita, ve a tu recamara en este instante, y quedate ahí hasta que te de permiso!”

Aun con lo independiente que era, hizo lo que su hermano le ordenó, ya que no quería enfrentarlo, porque a pesar de su apariencia frágil e inofensiva, en esos momentos exhibía un semblante feroz y sus ojos una mirada asesina.

Se disculparon entre ellos pero por las miradas que intercambiaban se notaba que la disputa no estaba superada y resurgiría ante el mas mínimo pretexto.

Mas tarde esa noche, me desperté repentinamente con un extraño e inquietante sentimiento de terror. Por qué, no podía explicarlo. Me levanté, y vi que la puerta seguía firmemente cerrada y desperté a Gola que dormía en el suelo.

Justo cuando se estaba levantando, con rapidez y frotándose los ojos, un grito salvaje rompió el silencio, un grito que recorrió el castillo y llamó la atención de los guardias que patrullaban la empalizada, ese grito venía de la boca de una mujer, enloquecida de terror.

Gola chilló y se escabulló detrás del diván. Me apresuré a abrir la puerta y atravesé rápidamente el oscuro corredor. Baje corriendo por una escalera serpenteante y en la base de ésta choque contra alguien y caí de cabeza.

Masculló algo y reconocí su voz, era Jean Desmarte. Lo ayude a levantarse, se unió a mi y seguimos corriendo; los gritos habían cesado, pero todo el castillo estaba despierto y se oían voces, gritos, el ruido metálico de las espadas y las linternas iluminaban los corredores. La voz de Dom Vincente lanzaba ordenes a los soldados, el sonido de hombres armados corriendo y tropezando por los corredores. Entre toda la confusión, Desmarte, el Español y yo llegamos a la recamara de Marcita justo en el momento en que Luigi entraba corriendo a tomar a sus hermana entre sus brazos.

Otros llegaron corriendo, con luces y armas en sus manos, a los gritos y demandando saber que sucedía.

La chica yacía tranquilamente en los brazos de su hermano, su cabello oscuro suelto ondulaba sobre sus hombros, su delicada prenda de noche estaba hecha jirones y exponía su hermoso cuerpo. Tenía largos rasguños sobre sus brazos, su pecho y sus hombros.

En ese momento, abrió los ojos y se estremeció, entonces volvió a gritar enfervorizadamente y se agarro desesperada al cuello de Luigi rogándole que no dejara que nadie se la lleve.

“¡La puerta!” gimoteó. “La deje sin el pasador. Y algo se metió en mi habitación. Lo ataque con mi daga pero me arrojó al piso y me desgarró todo el cuerpo. Entonces me desmayé.”

“¿Dónde está von Schiller?” preguntó el Español, con un feroz destello en sus oscuros ojos. Cada uno miro a quien tenía a un lado. Todos los invitados estaban presentes excepto por el alemán. Noté que de Montour observaba a la aterrorizada joven y su rostro tenía una expresión mas demacrada que de costumbre. Pensé que era extraño que no llevara su arma.

“¡Busquemos a von Schiller!” exclamó ferozmente Desmarte. La mitad del grupo siguió a Dom Vincente por el corredor. Comenzamos la búsqueda por venganza a través del castillo y en un pequeño y oscuro corredor encontramos a von Schiller. Estaba tirado boca abajo en medio de un charco carmesí que se hacia cada vez mas grande.

“¡Esto es obra de un nativo!” exclamó Desmarte espantado.

“Tonterías,” bramó Dom Vincente. “Ningún nativo del exterior pudo haber pasado sobre los guardias. Todos los esclavos, incluidos los de von Schiller están encerrados en las barracas de esclavos, excepto por Gola que duerme en la habitación de Pierre y la chica que sirve a Ysabel.

“¿Pero quién podría haber hecho esto?” exclamó Desmarte embravecido.

“¡Tú!” dije abruptamente; “¿por qué sino saliste corriendo de la habitación de Marcita?”

“¡Púdrete, mentiroso!” gritó mientras desenvainada rápidamente y me apuntaba al pecho, pero aun cuando era muy rápido, el Español fue mas rápido. La espada larga de Desmarte se estrelló contra la pared y éste quedo ahí, como una estatua mientras el Español lo apuntalaba con su espada.

“Amárrenlo,” dijo el impasiblemente el Español.

“Baje su espada, Don Florenzo,” ordenó Dom Vincente, dando un paso al frente y dominando la escena. “Signor Desmarte, es usted uno de mis mejores amigos, pero aquí yo soy la única ley y el deber me lo demanda. Deme su palabra de que no intentara escapar.”

“Se la doy,” respondió el Gascon con tranquilidad. “Actué apresuradamente. Me disculpo. No estaba intentando escapar, es solo que los corredores y pasillos de este condenado castillo me han confundido.”

Nadie le creyó, con excepción de un hombre.

“¡Messieurs!” De Montour dio un paso al frente. “Este joven no es culpable. Den vuelta al alemán.”

Dos soldados siguieron la orden. De Montour se estremeció y señaló. El resto observamos al mismo tiempo y retrocedimos horrorizados.

“¿Acaso un hombre podría haber hecho eso?”

“Una daga quizás…” comenzó a decir alguien.

“Ninguna daga puede hacer una herida como esa,” dijo el Español. “Al alemán lo hicieron pedazos las garras de alguna aterradora bestia.”

Nos miramos entre nosotros, un poco esperando que alguna abominable criatura nos saltará encima desde las sombras.

Registramos el castillo; cada rincón, hasta el ultimo centímetro. No encontramos rastro alguno de una bestia.

Estaba amaneciendo cuando finalmente regresé a mi habitación para descubrir que Gola se había encerrado en ella y me tomó casi media hora convencerlo para que me dejara entrar.

Después de escarmentarlo y reprenderlo por su cobardía, le conté lo que había sucedido, y como entendía francés y hablaba una mezcla extraña de lo que él pensaba que era el francés.

Escuchó el relato boquiabierto y el blanco de sus ojos se asomo cuando la historia llego a su clímax.

“¡Ju ju!” susurró temeroso. “¡Hombre fetiche!”

De repente, una idea vino a mi. Había oído historias, que eran apenas un poco mas que leyendas, del demoníaco culto del leopardo que existía en la Costa Oeste. Ningún hombre había visto alguna vez a sus devotos pero Dom Vincente nos había contado historias de hombres bestias, disfrazados con pieles de leopardos, que deambulan sigilosamente en la selva por las noches para cazar y devorar. Un escalofrío de terror recorrió mi espina de arriba a abajo, y un instante después sujete a Gola y éste gritó aterrado.

“¿Fue un hombre leopardo?” le dije entre dientes mientras lo sacudía violentamente.

“¡Ammo, amoo!” masculló. “¡Yo soi bueno! El hombre ju ju!¡Mejor no decir!”

“¡Dímelo ahora!” dije apretando los dientes, retomando mis esfuerzos, hasta que sus manos abandonaron toda protesta y prometió contarme todo lo que sabia.

“¡Hombre leopardo no!” murmuró, y sus ojos se agrandaron ante un miedo sobrenatural. “Luna, esta llena, el leñador, con garras. Encontró otro leñador. El Gran Ammo (Dom Vincente) dijo, “leopardo”. No leopardo. Sino hombre leopardo viene a matar. ¡Algo mato hombre leopardo!¡El de las garras!¡El hai hai! Luna llena de nuevo. Algo entró, en cabaña solitaria, garreó uma mujer, garreó um hombre. Hombre encuentra garras. El Gran Ammo dice “leopardo”. Luna llena de nuevo, y leñador encuentra garras. Ahora viene a castillo. No leopardo. Siempre huellas de hombre.”

Se me escapó una exclamación de incredulidad.

La afirmación de Gola era verdad. Siempre habían huellas de hombre que se alejaban de la escena del homicidio. Entonces ¿por qué los nativos no le dijeron al Gran Ammo que se encargarían de cazar a esta criatura? En ese instante, Gola asumió una expresión de astucia y susurro en mi oído, “¡las huellas son de un hombre que usa zapatos!”

Incluso asumiendo que Gola mentía, un sentimiento de inexplicable horror recorrió mi cuerpo. Entonces, ¿quién, según los nativos, creían que estaba cometiendo estos horrendos asesinatos?

Y él respondió: ¡Dom Vincente!

En ese momento, Messieurs, mi mente era un torbellino.

¿Qué significaba todo esto? ¿quién masacró al Alemán e intentó forzar a Marcita? Y mientras analizaba los crímenes, me dio la sensación de que el objetivo del ataque no era la violación sino el asesinato.

¿Por qué nos advirtió de Montour? Parecía tener conocimiento sobre el crimen, sabía que Desmarte era inocente e incluso lo demostró.

Esta situación me superaba.

La historia del crimen se transmitió entre los nativos, a pesar de nuestras mejores esfuerzos, y parecían estar inquietos y nerviosos, Dom Vincente tuvo que disciplinar a sus esclavos por insolencia tres veces ese día. Una atmósfera de tensión se respiraba en el castillo.

Considere contarle a Dom Vincente la historia de Gola, pero decidí esperar un poco.

Las mujeres se quedaron en sus recamaras ese día, los hombres estaban inquietos y de mal humor. Dom Vincente anunció que doblaría la guardia y que incluso haría que algunos guardias patrullaran los corredores del castillo. Con cinismo pensé que si las sospechas de Gola eran ciertas, los guardias no harían mucha diferencia.

Debo reconocer, Messieurs, que no soy un hombre que maneje ese tipo de situaciones con mucha paciencia. Era joven en ese entonces. Así que cuando bebimos unos tragos antes de retirarnos a dormir, arrojé mi copa sobre la mesa y anuncié gritando que sin importar que hombre, bestia o demonio que rondara el castillo, yo me iría a dormir con las puertas bien abiertas. Una vez dicho eso me retiré a mi recámara.

Al igual que la primera noche, de Montour vino a verme. Su rostro era como el de aquel que ha visto las mismísimas puertas del infierno.

“He venido,” me dijo, “a pedirle, no Monsieur, a rogarle que reconsidere su apresurada determinación.”

Sacudí mi cabeza con impaciencia.

“¿Está usted resuelto entonces?¿verdad? Entonces déjeme pedirle que haga algo por mi. Una vez que entré yo a mi recámara, puede usted cerrar mis puertas por el lado de afuera.”

Hice lo que me pidió, y regresé a mi habitación completamente confundido. Envié a Gola a las barracas de esclavos y deje mi espada larga y mi daga al alcance de mi mano. No me acosté a dormir sino que me senté en un sillón en la oscuridad. Me costó mucho mantenerme despierto, para evitar dormirme me puse a pensar en las palabras de de Montour. Parecía estar realmente muy emocionado por todo esto, sus ojos escondían un abominable misterio, algo que solo él sabia. Pero su rostro no era el de un hombre malvado.

Se me ocurrió de pronto que debía ir a su recámara y hablar con él directamente.

Caminar por los oscuros corredores era una tarea aterradora, pero eventualmente llegué hasta la puerta de su habitación. Golpeé suavemente. Silencio. Estiré la mano y sentí fragmentos astillados de madera. Tome rápidamente la piedra de encender que cargaba conmigo y la pequeña llama me mostró una enorme puerta de roble colgando de sus poderosas bisagras, la puerta estaba destruida y astillada desde el interior. La recámara de de Montour estaba vacía.

El instinto me hizo volver inmediatamente a mi habitación, rápido pero en silencio con los pies descalzos. Cuando me acerqué a mi puerta, sentí algo en la oscuridad parado frente a mí. Algo que se había escurrido desde un corredor lateral y se deslizaba furtivamente.

En un arranque de pánico empecé a tirar golpes salvajemente y en todas direcciones sin un objetivo claro. Mi puño encontró una cabeza humana y algo cayó estrepitosamente al suelo. Volví a encender una llama y vi a un hombre inconsciente en el suelo, era de Montour.

Encendí una vela y la coloqué en un nicho del muro y justo en ese momento, de Montour abrió los ojos y se puso de pie.

“¡Tú!” exclamé, sin saber exactamente que decir. “Tú, de todos ellos tenías que ser tú.”

Asintió levemente.

“¿Tu asesinaste a von Schiller?”

“Si.”

Retrocedí horrorizado.

“Escucha.” Levantó su mano. “Toma tu espada y atraviesame con ella. Ningún hombre te hará daño.”

“No,” exclamé. “No puedo.”

“Entonces, rápido,” dijo extasiado, “entra a tu recámara y cierra la puerta. ¡De prisa!¡Va a regresar!”

“¿Qué cosa va a regresar?” pregunté estremecido.

“Si puede herirme tu también corres peligro, entra conmigo a la recamara.”

“¡No, no!” dijo casi gritando, a la vez que se alejaba del brazo que le había extendido. “¡De prisa, de prisa! Se fue por un momento pero va a regresar.” Entonces su voz se convirtio en un agudo grito de indescriptible terror; “Está regresando. ¡Ya está aquí!”

Sentí que una presencia muy extraña cerca mío. Era algo salido de una pesadilla.

De Montour estaba ahí de pie, con sus piernas contorsionadas y los brazos hacia atrás y los puños contraídos. Sus músculos se hinchaba bajo su piel, sus ojos se hicieron mas grandes y angostos, las venas sobresalían en su frente como producto de un esfuerzo gigantesco. Mientras yo miraba horrorizado, un ser informe y sin nombre surgió como de la nada. Una sombra se movió sobre de Montour.

¡Flotaba sobre él! ¡Santo Dios, se estaban fundiendo, haciéndose uno con el hombre!

De Montour se tambaleó; dejó escapar un fuerte suspiro. Y la cosa se desvaneció. De Montour titubeó. ¡Entonces giró hacia mi y Dios me salve pero nunca había visto un rostro como ese!

Era un rostro horrendo y bestial. Sus ojos resplandecían con espeluznante ferocidad; sus labios retrocedían dejando ver sus brillantes dientes que aun sobresaltado como estaba pude reconocer que eran mas parecidos a los colmillos de una bestia que a dientes humanos.

Silenciosamente, la cosa (ya no era un ser humano) se abalanzó hacia mi. Horrorizado salí corriendo y entré a mi habitación justo cuando la cosa daba un terrible salto por el aire con un movimiento sinuoso que incluso en ese momento pensé que parecía un lobo saltando sobre su presa. Cerré la puerta de un golpe y la sostuve con mi cuerpo mientras la espantosa criatura arremetía contra ella una y otra vez.

Finalmente desistió y lo escuché escabullirse sigilosamente por el corredor. Tuve que sentarme, estaba agotado y a punto de desmayarme, espere y escuche atentamente. La ventana estaba abierta y a través de elle percibí una brisa cargada con todos los aromas de África, el aroma de las especias y el de la fetidez. Desde la aldea cercana llegaba el sonido de los tambores. Otros tambores respondían río arriba y detrás de la arboleda. Desde algún lugar en la jungla, incongruentemente, llegaba el largo y agudo aullido de un lobo gris. Mi alma se retorció por la impresión.

El amanecer trajo consigo el relato de aldeanos aterrorizados, y una mujer nativa desgarrada por alguna criatura de la noche, apenas había escapado con vida. Fui a buscar a de Montour.

En el camino encontré a Dom Vincente. Estaba furioso y confundido.

“Alguna criatura infernal anda suelta por el castillo,” dijo. “No le he contado esto a nadie, pero anoche, algo saltó sobre la espalda de uno de los guardias, le arrancó el jubón de cuero de los hombros y lo persiguió hasta la barbacana. Ademas, alguien encerró a de Montour en su habitación y tuvo que destruirla para poder salir.”

Siguió caminando, hablando para si mismo y yo bajé por las escaleras mas confundido que nunca.

De Montour estaba sentado sobre un taburete, mirando por la ventana. Un indescriptible aire de cansancio lo rodeaba.

Su largo cabello estaba despeinado y alborotado, sus vestimentas hecha pedazos. Me dio escalofríos ver las manchas carmesí en sus manos, y noté que tenía las uñas rotas y desgarradas.

Levantó la vista cuando me acerque y me indicó con la vista para que me sentara. Su rostro estaba demacrado pero por lo menos era humano.

Al cabo de unos instantes de silencio, habló.

“La extraña historia que voy a contarle, no se la he contado nunca a nadie, y no sé exactamente por que se la voy a contar ya que probablemente no me crea.”

Entonces escuché lo que seguramente era la mas salvaje y fantástica historia, y lo mas extraño que un hombre haya oído jamas.”

“Hace unos años,” dijo de Montour, “estaba en una misión militar en el norte de Francia. Solo, me vi forzado a atravesar los endemoniados bosques de Villafere. En uno de esos espantosos bosques fui confrontado por una bestia inhumana y aterradora, un hombre lobo. Luchamos bajo la luz de la luna de medianoche y logré asesinarlo. Ahora, esta es la verdad; si un hombre lobo es asesinado en su forma humana, su espíritu atormentará a su asesino por toda la eternidad. Pero si es asesinado en forma de lobo ira directo al infierno. ¡El verdadero hombre lobo no es como muchos piensan, no es un hombre que toma la forma de un lobo sino un lobo que toma forma de hombre!

“Ahora, escuche amigo mío, y le contare toda la sabiduría, el conocimiento infernal que he obtenido a través de mis aterradoras experiencias y que me fue confiado en los oscuros y tenebrosos bosques donde merodean los demonios y los hombres bestia.”

“En el principio de los tiempos, el mundo era un lugar extraño, una deformación. Grotescas criaturas deambulaban en las selvas. Vinieron de otro mundo, demonios antiguos y criaturas llegaron masivamente y se instalaron en este nuevo mundo, un mundo joven. Durante mucho tiempo las fuerzas del bien y el mal han combatido entre sí.”

“Para que las fuerzas del bien y el mal puedan cumplir su propósito y combatir entre ellas, los espíritus del bien ocuparon el cuerpo de una bestia extraña que deambulaba entre las demas, una bestia conocida como el hombre. Los seres malignos por su parte, ocuparon los cuerpos de bestias, reptiles y aves, y de esa forma han librado feroces batallas desde tiempos inmemoriales. Pero el hombre prevaleció. Los grandes dragones y serpientes han caído y con ellos los demonios. Finalmente, Solomon, quien tenía conocimientos adelantados para su época, les dio batalla y gracias a su sabiduría, los asesino, los acorraló y los exterminó. Pero hubo algunos, los mas feroces y audaces que aunque Solomon los expulsó no pudo conquistarlos. Esos tomaron forma de lobo. Cuando pasó el tiempo, los lobos y los demonios se fundieron en una sola criatura. El demonio ya no podía dejar el cuerpo del lobo a voluntad. La mayor parte del tiempo, la ferocidad del lobo superaba a la sutileza del demonio y lo esclavizaba, por lo que el lobo termino por ser solo una bestia, feroz y taimada pero simplemente una bestia. En cuanto a los hombres lobo, hay muchos de esos.”

“Durante la luna llena, el lobo puede tomar tanto la forma humana como semi-humana. Cuando la luna se encuentra en su cenit, es cuando el espíritu del lobo prevalece y el hombre lobo se convierte en un verdadero lobo una vez mas. Pero si es asesinado en su forma humana, entonces su espíritu es liberado para atormentar a su asesino por la eternidad.”

“Escuche con atención. Yo creí que había asesinado a esta cosa después de que había cambiado a su verdadera forma. Pero la maté un instante demasiado pronto. La luna, aunque estaba cerca del cenit no lo había alcanzado por completo, y la criatura no había completado su transformación.”

“No sabía nada de esto así que seguí mi camino. Pero cuando llegó la siguiente luna llena, empecé a percatarme de una influencia extraña y perversa. Una atmósfera de terror saturaba el aire y un extraño e inexplicable impulso empezó a rondarme.”

“Una noche, en una pequeña aldea en medio de un gran bosque, la influencia se apoderó de mi por completo. Era de noche, y la luna estaba casi llena y se elevaba sobre el bosque. Fue cuando la vi, flotando en el aire entre la luna y yo, con una apariencia fantasmal y apenas discernible, ¡el contorno de la cabeza del lobo!”

“Recuerdo poco de lo que sucedió después de eso. Tengo recuerdos borrosos, caminar y trepar por calles silenciosas, recuerdo luchar y resistir brevemente, en vano, y el resto es un laberinto carmesí. La mañana siguiente volví en si y encontré mis vestimentas y mis manos cubiertas de sangre, y oí las exaltadas conversaciones de los aldeanos, hablaban de un par de amantes clandestinos que habían sido masacrados de la manera mas horrible en las afueras de la aldea, los hicieron pedazos, como si hubiesen sido atacados por bestias salvajes, como si hubiesen sido atacados por lobos.”

“Huí rápidamente de esa aldea, pero no huí solo. No podía sentir la presencia de mi captor durante el día pero cuando caía la noche y la luna se elevaba en el cielo, deambule por los bosques silenciosos, una criatura aterradora, un demonio en cuerpo de hombre que cazaba seres humanos.”

“¡Dios, las batallas que habré librado! Pero siempre se apoderaba de mi y salía salvajemente a buscar nuevas victimas. Pero cuando la luna llena desaparecía, su poder sobre mi desaparecía súbitamente. Y no regresaba hasta tres días antes de la siguiente luna llena.”

“Desde entonces he vagado por el mundo, huyendo, siempre huyendo e intentando escapar. La criatura viaja conmigo, siempre apoderándose de mi cuerpo durante las noches de luna llena. ¡Por los Dioses, las atrocidades que he cometido!”

“Tendría que haberme matado hace años, pero no me atrevo. Ya que el alma de los suicidas esta maldita y sería condenado a una eternidad en el infierno. Pero escucha, que la parte mas aterradora es que mi cuerpo seguiría caminando por la faz de la tierra, pero estaría completamente ocupado por el hombre lobo!¿Puedes pensar en algo peor que eso?”

“Al parecer soy inmune a las armas del hombre. Me han atravesado con espadas y apuñalado con dagas. Estoy cubierto de cicatrices. Pero no pueden matarme. En Alemania, me atraparon e intentaron apresarme. Gustosamente les hubiera ofrecido mi cabeza pero la criatura se apoderó de mi, rompí las ataduras y maté a todos. He estado en todo el mundo, dejando un rastro de terror y masacre. Cadenas y calabozos no pueden contenerme. Esa criatura esta atada a mi por toda la eternidad.”

“Desesperado, acepte la invitación de Dom Vincente, ya que nadie aquí conoce mi espantosa doble vida. Nadie puede reconocerme cuando el demonio se apodera de mi y son pocos los que me han visto y han vivido para contarlo.”

“Mis manos están rojas, mi alma condenada a arder por siempre en las llamas, mi mente esta devastada por mis crímenes. Y sin embargo, no puedo hacer nada para detener esta maldición. Le aseguro, Pierre, que no hay nadie que conozca el infierno que yo he conocido.”

“Si, yo asesiné a von Schiller, e intenté destruir a la chica Marcita. No sabría decirle porque no lo hice, ya que he asesinado tanto mujeres como hombres.”

“Ahora, si fuese tan amable, tomé su espada y máteme, y con mi último aliento le daré la bendición de nuestro Señor. ¿Está de acuerdo?”

Abandoné la habitación de de Montour mientras la cabeza me estallaba por tan increíble historia. Qué hacer, no lo sabía. Parecía probable que terminaría matándonos a todos pero no podía decidirme a contarle todo a Dom Vincente. Desde el fondo de mi alma me compadecía por de Montour.

Me mantuve callado y por los días que siguieron aproveché cada ocasión para buscarlo y conversar con él. Una verdadera amistad surgió entre nosotros.

Fue durante esos días que Gola empezó a actuar de forma extraña, como si supiera algo que estaba desesperado por contar pero no podía o no se atrevía a hacerlo.

Así pasaron los días, bebiendo, comiendo y cazando, hasta que una noche, de Montour vino a mi recámara y me señaló la luna que empezaba a crecer en el cielo.

“Mira,” dijo. “Tengo un plan. Voy a correr la voz de que voy a internarme en la selva a cazar y saldré del castillo, aparentemente por varios días. Pero a la noche regresaré al castillo y deberá encerrarme en el calabozo que suele utilizarse como deposito.”

Y así lo hicimos. Me las arregle para bajar dos veces al día y llevarle comida y bebida a mi amigo. Insistió en permanecer en el calabozo incluso durante el día, y aunque el demonio nunca había ejercido su influencia sobre él durante el día no quería arriesgarse.

Mientras todo esto acontecía empecé a notar que Carlos, el sobrino de Dom Vincente, el que tenía cara de visón era excesivamente amable con Ysabel, quien a la vez era su prima segunda y parecía sentirse muy incomoda por su comportamiento.

Si fuera por mí, lo hubiese desafiado a un duelo ante la menor ofensa porque odiaba al sujeto, pero realmente no era asunto mío. Pero parecía que Ysabel le tenía miedo. Mi amigo Luigi, dicho sea de paso, se había enamorado de la chica portuguesa y hasta dormían juntos todas las noches.

De Montour reflexionaba solo en su celda sobre sus atrozes acciones y golpeaba los barrotes con sus manos desnudas.

Mientras Don Florenzo recorría los terrenos del castillo como una especie de taciturno Mefistofeles.

Mientras el resto de los invitados bebían, cabalgaban y ocasionalmente se peleaban.

Gola por su parte seguía como de costumbre, mirándome como si estuviera a punto de compartir lo que sabía . Uno se pregunta que tan cerca estuvo de agotar mi paciencia.

Los nativos estaban impacientes, taciturnos y cada vez mas difíciles de tratar.

Una noche, minutos antes de que la luna estuviera alta, baje al calabozo donde de Montour esperaba sentado. Levantó la vista rápidamente y me dijo; “es usted muy valiente al venir a verme de noche.”

Me encogí de hombros y me senté. Desde la ventana con barrotes nos llegaban las esencias y los sonidos de África.

“Escuché con atención los tambores de los nativos,” le dije. “Durante las ultimas semanas han sonado casi sin parar.”

De Montour asintió.

“Los nativos están inquietos. Creo que están tramando algo. ¿Has notado que Carlos pasa mucho tiempo entre ellos?”

“No,” respondí, “pero si creo que Luigi y él van a tener problemas en cualquier momento. Luigi esta cortejando a Ysabel.”

Y así seguimos conversando hasta que de repente de Montour empezó a irritarse y a contestar con monosílabos.

La luna se elevaba y se filtraba a través de los barrotes de la ventana. Los rayos de luz iluminaban su rostro.

Entonces fui testigo privilegiado del horror. En el muro detrás de él apareció una sombra, ¡la figura claramente definida de la cabeza de un lobo!

En ese mismo momento, de Montour sintió su influencia y cayó desde su silla con un grito de terror.

Con las manos temblorosas salí corriendo de la celda y alcance a cerrar la puerta detrás mio cuando sentí el peso de su cuerpo contra ella. Mientras subía por las escaleras podía escuchar como arremetía salvajemente contra la puerta de hierro. Aun con todo el poderío del lobo ésta se mantenía firme.

Cuando volví a mi habitación, Gola se apresuró a contarme lo que se había estado guardando durante días.

Escuché con incredulidad y entonces salí corriendo a buscar a Dom Vincente.

Me dijeron que Carlos le había pedido que lo acompañara a la aldea para negociar una venta de esclavos. Don Florenzo fue quien me informó esto y cuando le resumí lo que Gola me había confiado insistió en acompañarme.

Juntos salimos rápidamente por las puertas del castillos, avisamos a los guardias y corrimos ladera abajo en dirección a la aldea.

Dom Vincente iba con cuidado, ¡mantenía su espada suelta en su vaina!¡Necio, que necio fue al salir a caminar de noche con Carlos, el traidor!

Estaban entrando en la aldea cuando los alcanzamos. “¡Dom Vincente!” exclamé; “regrese inmediatamente al castillo. ¡Carlos va a venderlo a los nativos!¡Gola me ha contado que anhela quedarse con su riqueza y con Ysabel!¡Los nativos descubrieron las huellas de botas en el lugar donde los leñadores fueron asesinados y Carlos les ha convencido de que el asesino es usted!¡Los nativos se alzaran esta noche y mataran a todos en el castillo excepto a Carlos!¿No me cree Dom Vincente?”

“¿Es verdad esto Carlos?” preguntó Dom Vincente asombrado.

Carlos rió burlonamente.

“¡El pelmazo dice la verdad,” dijo, “pero no les servira de nada!” Gritó mientras se abalanzaba sobre Dom Vincente. El acero resplandeció a la luz de la luna y la espada del Español atravesó a Carlos antes de que pudiera moverse.

Las sombras se levantaron a nuestro alrededor. Espalda contra espalda, dagas y espadas, tres hombres contra cientos. Las lanzas brillaron en la oscuridad, y un grito diabólico salio atronadoramente de la garganta de los nativos.  

Alcance a derribar a tres de ellos antes que un formidable garrotazo me tirará al suelo, y un instante mas tarde Dom Vincente cayó sobre mí, con una lanza atravesada en un brazo y otra en la pierna. Don Florenzo estaba sobre nosotros, luchando como si la espada fuera parte de su cuerpo, cuando los guardias del castillo dispararon contra la rivera del río barriendo todo a su paso y nos cargaron hasta el castillo.

Las hordas de nativos cargaron con todo, lanzas resplandeciendo como una ola de metal, con atronadores gritos salvajes que llenaban los cielos.

Una y otra vez barrieron la colina y cayeron al foso, hasta que terminaron por avasallar las empalizadas. Una y otra vez, el fuego de los guardias los hacía retroceder.

Habían incendiado y saqueado los depósitos y la luz que emanaban rivalizaba entonces con la luz de la luna. Del otro lado del río, hordas de nativos se concentraban en un deposito mas grande para saquearlo.

“ Ojala dejaran caer un antorcha ahí,” dijo Dom Vincente, “ya que no hay nada en ese deposito excepto cientos de kilos de pólvora. No me atrevería a almacenar las cosas peligrosas de ese lado del río. Todas las tribus del río y de la costa se han juntado para masacrarnos y todos mis barcos están en altamar. Podemos resistir por un tiempo, pero eventualmente cruzaran la empalizada y nos harán pedazos.”

Corrí hasta el calabozo a ver a de Montour. Le hablé desde afuera y me invitó a entrar, ya el hecho de que pudiera hablar indicaba que el demonio lo había abandonado momentaneamente.

“Los nativos se han rebelado,” le dije.

“Me imaginé. ¿Cómo va la batalla?”

Le conté en detalle lo de la traición y la pelea, y cuando mencioné el almacén de pólvora del otro lado del río se puso rápidamente de pie.

“¡Por mi alma condenada!” exclamó. “¡Es momento de volver a tirar los dados contra el infierno!¡Rápido! ¡Déjame salir del castillo!¡Intentaré cruzar el río a nado y detonar el almacén de pólvora!”

“¡Es una locura!” exclamé. “¡Hay por lo menos mil nativos entre la empalizada y el río, y tres veces esa cantidad del otro lado!¡Ademas el río esta plagado de cocodrilos!”

“¡Lo intentaré!” respondió con el rostro iluminado. “si logro llegar, habrá miles de nativos menos en el asedio; si me matan antes, entonces mi alma será libre y quizás pueda ganar un poco de redención al dar mi vida para expiar por mis crímenes.”

“Date prisa,” exclamó, “¡el demonio está regresando! ¡Ya siento su influencia! ¡Date prisa!”

Corrimos hasta las puertas del castillo y en el trayecto podía ver como de Montour jadeaba horriblemente como librando una batalla tremenda en su interior.

Cuando llegamos a las puertas se lanzo de cabeza, se levantó y corrió a través de ellas. Los nativos lo recibieron con salvajes alaridos.

Los guardias vociferaron maldiciones. Mientras yo lo observaba desde arriba de la empalizada lo vi correr de aquí para allá sin dirección mientras un contingente de nativos avanzaba contra él blandiendo sus lanzas.

Entonces, el temible aullido del lobo inundó los cielos y de Montour avanzó rápidamente. Los nativos se congelaron y antes de que pudieran reaccionar él ya estaba entre ellos. Salvajes alaridos se escucharon, ya no de rabia sino de terror.

Sorprendidos, los guardias del castillo cesaron el fuego.

De Montour cargó directamente contra el grupo de nativos y logro hacerlos romper filas y huir. Dio una docena de pasos para perseguirlos pero se detuvo en seco. Se dio media vuelta y corrió rápidamente en dirección al río.

A unos pasos del río otro contingente bloqueó su camino. La escena estaba perfectamente iluminada gracias a las llamas de las casas incendiadas. Aun con heridas de lanza, de Montour utilizó su cuerpo y arremetió contra los nativos como un ariete.

No podían con él y terminaron por huir despavoridos.

Se levanto y corrio hacia el río. Se detuvo un instante y luego desaparecio en las sombras.

“¡Por todos los diablos!” masculló Dom Vincente sobre mi hombro. “¿Qué tipo de hombre es ese?¿Era de Montour?”

Asentí. Los salvajes alaridos de los nativos se elevo por encima del fuego de los arcabuzes. Gruesas masas de nativos se encontraban frente al deposito del otro lado del río.

“Han planeado un asalto formidable,” dijo Dom Vincente. “Atravesaran la empalizada en cualquier momento.”

Entonces se escuchó un estruendo que casi parte el cielo. ¡La llamarada parecía llegar hasta las estrellas! El castillo se sacudió por la explosión. Luego sobrevino el silencio, mientras el humo se despejaba y dejaba ver el gigantesco cráter que ocupaba ahora el espacio del deposito.

Podría contarles como Dom Vincente, lisiado como estaba, encabezó la carga contra los nativos que habían escapado a la explosión, fuera del castillo y ladera abajo. Podría contarles sobre la masacre, de la victoria y de la persecución que vino después.

Podría contarles también, Messieurs, de como me separé del grupo y terminé deambulando por la selva sin poder encontrar el camino de vuelta a la costa.

Podría contarles como fui capturado por una banda de traficantes de esclavos, y de cómo escape. Pero no es mi intención. En si mismo sería una historia muy larga y lo que importa acá es lo que pasó con de Montour.

Pensé mucho sobre lo que había sucedido y me pregunté si efectivamente de Montour había hecho estallar el deposito hasta el cielo o si todo había sido una mera coincidencia.

Parecía imposible que alguien pudiera atravesar ese río infestado de reptiles aun poseído por un demonio. Y si fue él quien detono el deposito debía haber muerto en la explosión.

Una noche, mientras luchaba por salir de la selva, divisé la costa, y cerca de ella una pequeña y derruida cabaña de paja. Me puse en marcha hacia ella pensando en dormir ahí si los insectos y los reptiles me lo permitían.

Cuando cruce la puerta me detuve en seco. Sentado en un improvisado banquillo había un hombre. Levantó la vista hacia mi cuando entré y los rayos de la luna iluminaron su rostro.

Retrocedí horrorizado. ¡Era de Montour, y había luna llena!

Ahí estaba yo, sin poder huí y con el viniendo hacia mi. Su rostro, aunque demacrado, como el de alguien que ha visto el infierno, era el de un hombre cuerdo.

“Venga amigo mío,” dijo con la voz llena de paz. “Venga y no tema. El demonio me ha abandonado para siempre.”

“Pero ¿cómo? ¿cómo hizo para conquistarlo?” exclamé mientras tomaba su mano.

“Fue una batalla espeluznante, cuando corri hacia el río,” respondió, “el demonio se apoderó de mi y estaba mas interesado en despedazar a los nativos. Pero mi mente y mi alma lograron prevalecer por primera vez en mi vida solo por un instante, lo suficiente para cumplir con mi objetivo. Creo que alguien vino en mi ayuda, los santos, alguien, después de todo estaba sacrificando mi vida para salvar a los demás.”

“Salté al río y nadé, y en un instante los cocodrilos me rodearon. En ese momento el demonio tomó el control y lucho contra ellos en el río. Pero de repente, me abandonó.”

“Salí del agua y encendí el deposito. La explosión me arrojo por el aire y durante días vague por la selva sin tener conciencia de donde estaba.”

“La luna llena llegó, una y otra vez, y la influencia ya no volvió a apoderarse de mi.”

“¡Soy libre, libre!” y con un maravilloso tono de jubilo, no, de exaltación me conmovió con sus palabras:

“Mi alma es libre. Aunque suene increíble, el demonio se ahogó y yace en el fondo del río o quizás se haya apoderado de uno de los salvajes reptiles que surcan las aguas del río Niger.”

FIN

Robert Ervin Howard (22 de enero de 1906 – 11 de junio de 1936) fue un escritor estadounidense, reconocido principalmente por ser el creador de numerosos personajes y relatos del género posteriormente conocido como Espada y Hechicería, de los cuales el mas reconocido es Conan de Cimmeria.
Fue amigo y confidente de H.P. Lovecraft, con quien colaboró aportando relatos a la inmensa mitología de Cthulhu.

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