El palacio del Dragón de Plata

Por Y.M. Pang

Publicada originalmente en Strange Horizons, 1 de octubre de 2018.

Aliah dio un paso hacia el borde del precipicio, hacia la rompiente, que sonaba de fondo como una tenue percusión ante la canción del Dragón de Plata. Se imaginó que eran las aguas del Mar del Oeste las que rociaban su rostro, imaginó la sal del mar en su lengua. Pero el mar yacía muy por debajo y lo que sentía eran solo sus lágrimas. La ultima vez que había llorado… ¿cuando su madre se fue? ¿cuando su hermano se arrojó a estas mismas aguas? Sus lágrimas no habían sido por ellos, solo por ella, como en ese momento. Egoísta, la había llamado su padre. Tenía razón. Su padre, que en ese momento probablemente estaba ardiendo en llamas junto a todas sus pertenencias. Aliah todavía poder oler el humo, podía sentir el fuego.

El viento soplo su oscuro cabello hacia atrás, cabello que llevaba atado con el mismo listón verde que  había pertenecido de su madre.La canción del Dragón de Plata llamaba a los abandonados, los emocionalmente destruidos. Había llamado a su hermano, y aunque Aliah no estaba tan abatida como él, por lo menos no de la misma manera, no dudo y se arrojó desde el precipicio.

Mientras caía, con los brazos extendidos, con sus suaves prendas de cáñamo ondulando por el viento, debía tener un aspecto muy similar al de la obra maestra de su madre, La Doncella Encantada por el Dragón de Plata. Solo faltaba su padre en el trasfondo, invadido por el pánico , llegando demasiado tarde para evitar que su hija saltara.

Aliah azotó en el agua. El impacto hizo crujir sus huesos, amenazando con convertir su cuerpo en un millón de pequeñas piezas, en mas espuma para el mar. El agua salada se filtró en su nariz, le bajó por la garganta. Al principio la luz del sol dejaba ver sus temblorosos dedos bajo las olas, pero pronto se hundió y el sol ya no podía alcanzarla. Su cuerpo temblaba pero sus pulmones ardían, como si fuera ella y no su padre quien se estuviera asfixiando con el humo. Las burbujas salieron abruptamente de su boca. La canción del Dragón de Plata la envolvía, la arrastraba hacia las profundidades.

Aliah no le temía a la muerte. El Dragón Rojo y el Azul  prometían el paraíso, pero todos saben que el Dragón de Plata solo lleva a las personas a su muerte. Solo temía una cosa; que la leyenda mas aburrida fuera la real, que no pudiera ver nada mas que la oscuridad del mar mientras se ahogaba. Estiró una mano y pensó, Te mostrarás ante mí, Karonin, Dragón de Plata, me rehusó a morir sin verte.

Algo envolvió sus brazos. Aliah abrió sus ojos a la fuerza y vio que oscuros rizos la envolvían, la sumergían. Vio un destello de luz a lo lejos, una pequeña esfera al principio, luego se expandió hasta abarcar todo su rango de visión. Un palacio apareció sobre la arena del lecho marítimo, y parado frente a él estaba el Dragón de Plata.

Era tan hermoso que sus doloridos ojos no podían siquiera contemplar la idea de dejar de mirarlo. Delgadas lineas de plata trazaban patrones en su rostro tallado, eran sus escamas. Los rizos negros eran su cabello, cuerdas de seda que la arrastraban hacia él. Sus ropajes blancos resplandecían, y sus costuras estaban decoradas con detalles relucientes que Aliah solo había visto en las pinturas de su madre.

Karonin, el Dragón de Plata, se estiró para alcanzarla con los largos dedos de su mano. Algo estimuló el corazón de Aliah, un elemento extraño parasitó su cuerpo. Una voluntad ajena se extendió por su brazo y su cuerpo se elevó cuando sus dedos sujetaron  los de Karonin. Su piel era suave, refrescante, sin escamas.

Sus cabellos le soltaron los brazos, desenmarañando y retrayéndose, y sin los cabellos para sostenerla, Aliah se hundió hacia el lecho marino. Pero la mano de Karonin la sujetó del mentón, la sostuvo contra su cuerpo y le clavó la mirada. En sus ojos pudo ver océanos distantes y mares extraños, constantemente cambiando de tonalidades de azul y negro. Ella seguía mirando la profundidad de sus ojos cuando él presionó su boca contra la suya.

Sus labios eran fríos, pero su aliento la atravesó como una brisa de verano. Aliah sintió que sus entrañas cambiaron. Se peinó la nuca con los dedos, no detectó branquias pero cuando apartó los dedos pudo respirar nuevamente. Sus ojos, que ya no le ardían, se embriagaron con el palacio. Sus muros brillaban como hueso pulido, decorado con patrones plateados y cristales que resplandecían como las estrellas. Se encontró frente a Los Pilares del Océano, con las bases embutidas en el lecho marino, columnas que sostenían el techo colgante. Sostenían las aguas del Mar del Oeste, calmaban sus olas y su deseo de tragarse las tierras de la superficie. Dragones blancos no mas grandes que serpientes marinas se arrastraban sobre los pilares, exhibiendo sus escamas de piedra y sus ojos color verde jade.

La mano de Karonin descansaba sobre su hombro. Sus labios se movieron y su voz la envolvió, tan rica y cautivadora como su canción. “Bienvenida Aliah. Me alegro que hayas venido.”

Ella debió aceptar su saludo. Él era el Dragón de Plata y podía acabar con ella en un parpadeo. Pero sabía que su bienvenida no era solo para ella, sino una frase que había repetido incontables veces, a su hermano antes que a ella y a cada ser humano antes que a él.

“¿Cómo sabes mi nombre?” dijo Aliah.

El deslizó un dedo sobre sus labios. “Tú me lo diste cuando nos besamos. Es el precio que pagas para sobrevivir aquí.”

“¿El primer precio de muchos?”

“Si eso es lo que crees, ¿para qué has venido?”

“¿Por qué alguien viene aquí?”

Karonin sonrió, mostrando dientes tan blancos como la panza de un tiburón. “Porque yo los acepto cuando el mundo los rechaza. Porque los amo cuando nadie mas lo hace. ¿Es esa tu razón también?”

No espero por su respuesta, solo le extendió una mano y la arrastró hacia el palacio. Su cabello flotaba detrás suyo como tinta que gotea en el agua, las puntas se desplegaban y desparecían. Flotaron por entre los pilares, pasaron junto a un cardúmen de peces magenta. Las puertas con adornos de acero se abrieron y algo que parecía humo blanco salió despedido, aunque claramente no era posible.

Karonin la guió por un jardín de arboles plateados con ramas que tenían campanas en lugar de frutos. Pasaron por un comedor impregnado con aromas de estofado bien condimentado y cangrejo al vapor. Pasaron por un escenario con una pantalla desplegable decorada por anguilas azules. Por un laberinto con interminables puertas, todas cerradas, que Aliah creyó interminable hasta que eventualmente emergieron a una enorme cámara circular. Sillones con respaldos en forma de almeja ubicados contra la pared curva. En el centro de la habitación, una mesa de mármol sostenía una concha de mar tan grande como un carro de compras, y de ella salían anémonas, hipocampos y estrellas de mar.

Aliah se arrodilló junto a la mesa, a la altura de los hipocampos. Sus delicadas colas jugueteaban alrededor de un coral rojo granadino. Aliah pasó su mano por la espalda de un macho con el estomago hinchado, ahí fue cuando eso regresó, le aulló para que destruyera el coral, que desgarrara la estrella de mar en cinco partes, que destripara al caballito de mar y desparramara en el agua los embriones que cargaba. Todo para probar la reacción de  Karonin.

Ella retiró la mano rápidamente.

Karonin la guió hasta una cámara donde había una cama con dosel. Dragones serpiente se arrastraban sobre la estructura de plata, y las cortinas se ondulaban como una ventisca de nieve. Ella se acostó en las sabanas de seda y Karonin se arrodilló a su lado completamente desnudo. Una almeja abierta sobre la mesa de noche desprendía una luz estable y relajante que dejaba entrever las escamas plateadas en la piel de Karonin. Pero cuando Aliah presionó un dedo contra su garganta para sentir su pulso, o cuando deslizó su lengua sobre su pecho, pasando por su abdomen hasta llegar a su oscuro y vacío ombligo, lo único que sintió fue una suave piel humana.

Entrelazó su mano a través de su cabello, que caía sobre su espalda como fuego negro. Su abrazo era cálido ahora, se había sentido así de cálido desde que su beso la reconstruyo. Él era hermoso, monstruoso, y ella tomó todo lo que él le dio, ella se permitió creer que él era suyo, tan suyo como nada había sido en su vida. Una ilusión, claro, pero para entonces ella codiciaba mas. Cada vez que sus dedos se deslizaban por esas lineas plateadas, anhelaba ver su verdadera forma de dragón.

*

Le dio su primer regalo y ella lo retribuyó con una mentira.

La almeja se abrió al tacto.  Dentro, un sol en miniatura se asomaba sobre una pequeña casa. El espejismo capturaba cada detalle, desde las ramas delgadas como agujas hasta las hojas del tamaño de una hormiga. “Cambia según la hora y la estación,”dijo Karonin. “Se usa para medir el tiempo.”

Aliah se lo devolvió. “No necesito esto. Si me importara el paso del tiempo no hubiese venido aquí.”

Frunció el ceño, pero solo eso. No la obligo a aceptar el regalo, no como lo hubiera hecho un amante humano.

Pero mintió, si le importaba. No quería llevar la cuenta pero el monstruo en su interior si. Había construido una casa con reloj de sol en su cabeza, amueblada con relojes de arena y campanas. Medía los días según la cantidad de veces que se dormía en los brazos de Karonin. Su hermano Ruon se había arrojado al mar hacía tres años. Ya no estaba aquí. Había durado cuanto mucho tres años y Aliah sabía que ella no duraría tanto. Ruon siempre había sido mejor que ella en todo, y sobrevivir al Dragón de Plata no sería la excepción.

Por momentos Aliah despertaba agitada durante lo que parecía ser la mitad de la noche. El pánico se apoderaba de ella y clavaba sus uñas en los hombros de Karonin, le enterraba los dientes en la carne hasta que sangraba, como si pudiera de esta manera consumir su inmortalidad. Le decía que hiciera de él lo que quisiera, que tanto su cuerpo como su corazón le pertenecían. Pero Aliah no cayó en esa trampa. Era el Dragón de Plata y no existían historias sobre el regalando amor e inmortalidad a nadie, algo que si hacían sus hermanos.

Durante gran parte del tiempo, Aliah ignoró las campanas en su cabeza, el pasar de los días, el sol saliendo y poniéndose en el ojo de su mente. No había venido a ese lugar esperando sobrevivir.

*

Caminaban por el jardín, escuchando las inquietantes melodías de las campanas. A veces Karonin hacía la danza de la espada, con elegancia y liviandad en el agua.  Aliah no necesitaba comer, ya no,  pero aun así Karonin organizaba festines de langosta y cangrejos de caparazón blando, y salmón enrollado en  forma de ostra, servido en platos que nunca se vaciaban. Le mostró la biblioteca atiborrada de rollos de bambú. Hicieron el amor en la cama con dosel, contra los Pilares del Océano, o flotando bajo el cristalino cielorraso. A veces él cantaba y ella escuchaba las notas que vibraban a través de su cuerpo y la llenaban de inexplicables ansias de llorar.

Pero mas que todo eso, ella amaba escuchar sus historias.

Su voz era un melifluo susurro, un barquito de papel doblado que avanzaba lentamente por las corrientes de aguas blancas. “La Viuda se estiró para alcanzar al Tejedor pero solo alcanzó a tomar el extremo de su seda estelar. Ella cayó del cielo y desenmarañó las estrellas al mismo tiempo. Gritó su nombre, su verdadero nombre, el que había compartido solo con ella y con nadie mas…”

Con un gesto de la mano, Karonin convirtió los muros y el techo de la habitación en el cielo nocturno. Las Estrellas se reunieron en el Tejido Cósmico. La mesa, las ostras, y las anémonas desaparecieron, dejando solo el sillón donde estaban sentados como único recordatorio del palacio.

Aliah había visto el Tejido Cósmico antes. Tumbada en el césped, mirando el cielo con su hermano que parloteaba sobre el nombre de las estrellas, nombres que ella nunca podía recordar. Abrió las puertas y encontró a su madre mirando al cielo nocturno, lágrimas corriendo por su rostro y un cepillo partido al medio en sus manos. Pero Aliah nunca había visto el Tejido Cósmico de esta manera; tan claro, tan brillante, un puñado de seda arrugado contra el cielo nocturno. En algunos lugares era tan delgado como el papel de arroz, conformado por apenas un par de estrellas. En otros era un cúmulo de estrellas doblado sobre si deslumbrante, constituyendo un parche en el cielo tan brillante como el amanecer.

Mientras Karonin hablaba sobre la caída de la Viuda, el Tejido Cósmico se desenmarañaba. Sus manos se estiraban a la distancia como títeres de sombra. El corazón de Aliah sufría por la Viuda, por el Tejedor pero… ¿por qué? ¿por qué amaba las historias de estas personas que habían muerto hacía tanto tiempo cuando nunca le habían importado las personas de carne y hueso en su propia vida?

Sus ojos se desviaron hacia el rostro de Karonin. Contar historias lo transformaba. Sus ojos cambiaban con los colores del océano, desde el brillante amanecer hasta lo mas oscuro de las profundidades del mar. Sus fosas nasales se inflaban cuando hablaba de injusticias, la reina Ukauri decapitando al General Nierah, Isia Ubaren cayendo ante su espada, y sus escamas fantasma reflejaban los mundos que traía a la vida.  Doradas, cuando visitaban el desierto de Eharo. Verde, cuando atravesaban los bosques de bambú. Y de vuelta al plateado, cuando volvían a estar bajo el Tejido Cósmico. Karonin conocía historias de tierras de las que ella nunca había oído, historias de un tiempo en que el mundo era joven.

Mientras la historia del Tejido terminaba, el cielo nocturno se desvanecía, dejando al descubierto las curvas paredes blanco hueso y el cielorraso de cristal. La mesa y la ostra regresaban y el suelo de plata espejado se desenvolvía a su alrededor como el mando del Tejedor.

“¿Qué  sucedería si me bajo del sillón en el medio de una historia?” preguntó Aliah.

Las comisuras de la boca de Karonin se crisparon. “¿Esa es tu primera pregunta?¿No te interesa saber como reaccionó la Dama de la Medianoche al acuerdo? ¿O sobre qué dijeron cuando se volvieron a encontrar?”

Le estaba jugando una broma y no estaba segura de que le gustara. Demasiado humano. “Solo responde la pregunta,” dijo tajante. “¿Caería en el mundo de la historia y no podría regresar?¿me arrancaras el corazón como castigo?”

Arrastró su mano sobre su pecho. “Inténtalo la próxima vez. Te prometo que no habrá castigo.”

*

Lo intentó. Mientras él contaba la historia del Pastor de Ezo-Dal, se levantó y se bajo del sillón. Pudo sentir el césped en sus pies descalzos pero seguía estando bajo el agua, no había aire, ya que cuando se impulso con los pies empezó a flotar.

Apenas había avanzado cuatros pasos cuando chocó contra un muro. No, no era un muro. Era algo suave y resbaladizo, como espuma de mar pero impenetrable. Intentó desgarrarla pero no pudo.

Los caballos galopaban a la distancia agitando sus melenas de distintos colores. Sus cascos retumbaban como tambores de guerra, podía sentir hasta el polvo que levantaban. Pero no podía alcanzarlos. Flotaba en círculos, tanteando su prisión en todos lados, entonces nadó hasta lo mas alto y se impulsó utilizando el cielorraso.

Se negó a mirar a Karonin cuando volvió a sentarse en el sillón. Nada sucedió. Hubiese sido mas emocionante si hubiera intentado arrancarle el corazón.

Pero el Dragón de Plata siguió con su historia, su voz permaneció inalterable durante todo el tiempo que ella exploró la habitación. No le preguntó que había sucedido, no la forzó a decir en voz alta la decepción que había sufrido.

*

Medio año había pasado, según su cuerpo, según eso, que seguía contando las noches, hasta que preguntó, “Las puertas. ¿puedo abrir las puertas?”

Habían estado deambulando por el laberinto, pasando por delante de puertas idénticas de piedras, adornadas con perlas, ópalos y cristales extremadamente afilados. Había pasado por ahí muchas veces pero nunca había podido abrir las puertas. Tampoco lo había intentado con mucho esfuerzo. Quizás abrir esas puertas sería como pasarse de la raya, revelar un misterio que él no toleraría.

¿Pero qué tenía que perder? Solo su vida, y hasta el momento el Dragón de Plata no parecía muy interesado en tomarla.

La miró con el rostro inescrutable y le  preguntó “¿Deseas abrirlas?”

“Si.”

“Entonces recomiendo empezar por el principio.” La llevó hasta la puerta mas cercana a la entrada del palacio. “Requiere de un pago, en sangre, porque la sangre guarda recuerdos.” Deslizó su mano contra los afilados bordes del cristal y presionó el corte contra la placa opalina. La piedra rugió  y se deslizó hacia arriba.

Un jardín crecía en ese lugar, helechos y flores purpuras brillaban bajo un cielo crepuscular. Con miedo de que la puerta de piedra la aplastara, Aliah entró rápidamente a la habitación, y tropezó, ya que a diferencia de los mundos imaginarios de Karonin, el agua se detenía en la puerta. Era extraño volver a sentir el aire. El mas pequeño movimiento amenazaba con  tirarla al suelo, y extrañaba poder escalar los muros y nadar hasta el techo. Tocó la hoja de un helecho y sintió el vello en la yema de sus dedos, pero el tallo no se movió al tocarlo. Avanzó entonces hacia el árbol de naranjas que veía a la distancia, y una vez mas sintió la barrera invisible. Se expandía y cambiaba constantemente bajo sus dedos, como si respirara, atrapándola en un área mas  pequeña que la cabaña de su familia.

Escuchó risas. Dos pares de delgadas piernas salieron de detrás de los arboles, gemelas, dos rostros idénticos como monedas, con trenzas.

“¡Soy el Guerrero Dorado!” gritó la chica exhibiendo la rama de un árbol. “¡Rindete o cae ante mi espada!”

Jadeando, su gemela le dijo, “¿podemos regresar? Si llegamos tarde, mama se va a…” sus voces se perdieron a la distancia. Aliah se detuvo por un momento y luego salió de la habitación. La puerta se cerró detrás de ella.

En la segunda puerta, fue su turno de cortar su mano con el cristal y presionarla contra la placa. Pequeñas perlas bajo su palma formaron el numero “dos”. Cuando la puerta se abrió repentinamente, vio como Karonin abría grande los ojos. ¿Le sorprendió que la puerta respondiera a su sangre como respondió a la suya? ¿O quizás esperaba que ella le pidiera un poco de su sangre para abrir la puerta en lugar de que ella ofreciera la suya como forma de pago?

La puerta numero dos los llevo a una playa de arena, donde un niño recolectaba conchas de mar y se las enseñaba a una mujer alta con un capa gris.

La puerta numero tres contenía un campo de arroz en verano. Justo detrás de la barrera había un hombre inclinado sobre los cultivos arranco malas hierbas, con el rostro  cubierto por la sombra de su sombrero de paja.

Incluso en ese momento, Aliah pudo adivinar lo que contenían las habitaciones.

Una cegadora catarata y un brumoso arco iris se desvanecían en el cuarto circular mientras Karonin terminaba de contar su historia. Dos años, susurraba la voz dentro de Aliah . Estamos llegando al final.

“Quiero escuchar tu historia,” dijo Karonin.

Aliah había anticipado esto. Su historia, la ultima, de las maravillosas cosas que el tomaría para sí mismo. “Te quedaste con mi nombre,” dijo ella. “¿Tomarás también mi historia?”

“Pensaste que tomaría tu vida. ¿Crees que una historia tiene un precio tan alto?”

Aliah cerró los ojos. Había preparado su respuesta. “Nací bajo el signo del Hacha, bajo estrellas desfavorables. Mi madre me abandonó y mi padre me odiaba. No tenía sueños, no amaba a nadie, no perdía nada que no destruyera con mis propias manos. No tengo una historia que contar.”

Se quedó en silencio por unos minutos. Entonces dijo, “en cuanto a mi concierne, tu historia es digna de contar. “

No estoy lista, fueron las palabras que no pudo decir en voz alta. En su lugar nadó por los corredores y salió por las puertas del palacio. Se sentó junto a los Pilares del Océano, con dragones de piedra moviéndose en su espalda. Observó una raya negra como el carbón se enterraba en la arena. En las lodosas aguas mas allá del palacio divisó algo enorme y grisáceo de boca ancha y dientes triangulares. Se preguntó si podría ser el tiburón milenario del Mar del Este. Mas por curiosidad que porque quisiera escapar, nadó hasta límite mas lejano de la luz del palacio. Estiró la mano y tocó la barrera. Pero ésta no era carnosa y resbaladiza. Le lastimó la palma de la mano, era mas bien dura y escamosa, segmentada, en constante movimiento como si estuviera viva.

Se escondió en el laberinto de las cien puertas, en las historias ajenas, y cuando emergió, el Dragón de Plata no volvió a pedirle su historia.

*

Algunos días, Aliah abría una puerta. Algunos días, dos. Entonces pasaba tres o cuatro días sin abrir otra.

Vio a un padre cargar a su hijo en sus hombros durante un carnaval, para que el niño pudiera ver las danzas por sobre la multitud de personas. Se paró en las murallas de una ciudad que desconocía mientras las personas se amontonaban debajo como aves con las alas rotas. Una mujer espadachina hurgaba en un cuarto lleno de libros, buscaba pero nunca encontraba. En un húmedo bosque un hombre joven se sentaba a leer, tomaba una siesta y volvía a leer, su rostro variaba entre una furiosa concentración y alegre somnolencia. Estaba sentado lo suficientemente cerca de la barrera por lo que ésta no lo separaba completamente de ella, Aliah pudo entonces estirarse y tocarle el cabello humedecido por el sudor. Pero cuando intentó sacudirlo para despertarlo, sintió que intentaba desenterrar el árbol mas antiguo del mundo con las manos desnudas. Descubrió entonces que no podía producir efecto alguno en el mundo de sus recuerdos.

El reloj de arena en su interior marco tres años cuando ella alcanzó la puerta numero noventa y nueve. ¿Había durado mas que Ruon? No sentía debilidad ni dolor. Si le llegaba la muerte seguramente sería de forma repentina y violenta.

Aliah presionó un dedo desgarrado contra la placa y el numero “noventa y nueve” se marcó en su mano. La puerta se abrió. Sabía desde hacia mucho tiempo lo que encontraría.

Una habitación que le era familiar. El fuego ardía. Un hombre de barba volcaba trozos de pescado en una olla. Un niño y una niña sentados a la mesa, sosteniendo sus primeros cepillos, esperando instrucciones de una mujer con largo y oscuro cabello atado con un listón verde.

Aliah sintió los brazos de su hermano alrededor suyo, sintió el latir de su corazón contra el suyo. Cada habitación tenía su propia emoción. Alegría, para el niño del festival. Urgencia, para el de la mujer en la habitación de los libros. Este tenía nostalgia, promesa. La habitación le confirmaba lo que siempre había sabido, que su infancia, esas tardes que ella recordaba con frustración y odio, eran los recuerdos mas preciosos que Ruon tenía.

Salió de la habitación. Presionó su mano sangrante contra la puerta numero cien, la puerta final. No se abrió.

Una noche, mientras yacían en la cama con dosel le dijo a Karonin. “Mi madre era pintora imperial.”

Karonin no se inmutó, sus ojos eran indescifrables como los ojos de jade de los dragones de piedra.

“Conoció a mi padre de casualidad,” dijo Aliah. “Él y otros pescadores habían marchado a la capital para reclamar por los impuestos del Emperador. Mi padre no fue decapitado pero tampoco se ganó la simpatía del Emperador. Lo que si ganó, sin embargo, fue el corazón de mi madre. El Emperador, disgustado por su elección de pareja, la liberó de su servicio aun cuando era la mas grande pintora en sus tierras.”

Karonin no cuestionó la valoración que hacía sobre su madre, no como lo hizo su padre y su hermano, no como su propia madre lo hizo por momentos.  Algo dentro de  Aliah se conmovió y sus palabras se quebraron. “Mi madre siguió a mi padre a su aldea. Se casaron, tuvieron dos hijos. No eran…. no eran felices.  Mi madre ya no podía ver su trabajo colgado en la galería imperial. Siguió pintando, el mar, la aldea, los pescadores, pero no era lo mismo. Durante esos años, solo una de sus pinturas se hizo famosa. A un comerciante viajero le gustó, la compró y se la vendió al Ministro de Cultos, quien la exhibió en su habitación de huéspedes. Sus visitas lloraban ante su belleza y por el decline de la artista que lo había pintado.”

Aliah sostuvo la mirada de Karonin. “El nombre de la pieza era Doncella Encantada por el Dragón  de Plata.”

Karonin permaneció en silencio, así que Aliah continuó. “Mi padre no la comprendía. Él amaba mas la idea de llevarse a la pintora imperial mas de lo que amaba a mi madre. Sus hijos le ofrecían poco consuelo. Mi hermano Ruon tenía talento para la pintura, ya que tenía talento para prácticamente todo. Pero ya había llamado la atención de un académico de la ciudad, y mi padre lo alentó a concentrarse en sus estudios. Algún día, dijo mi padre, Ruon tomaría los exámenes imperiales y escalaría entre los rangos del servicio civil. Ese sería el triunfo de nuestra familia.

“En cuanto a mi, lo intenté. No amaba la pintura. No se si incluso amaba a mi madre. Pero a veces, la veía mirando al cielo, se veía tan solitaria y perdida que tenía que hacer algo.” Desafortunadamente, era una pintora bastante corriente, era corriente en todo lo que hacía. En mis estudios, iba detrás de mi hermano a pesar de ser un año mayor, mi padre me echo a las patadas de su bote, me dijo que era mas lo que estorbaba que lo que ayudaba. Solo mi madre siguió enseñándome, y por eso, pensé que se lo debía.”

“Era corriente en todo el sentido de la palabra. Excepto que, dentro mío había… un monstruo, quizás. Cuando tenía cinco años, tomé nuestra jarra de vino y se la estrellé a mi padre en la cabeza.”

Karonin la miró sin juzgarla. Esto la complacía, pero también se preguntó si él ya conocía su historia y solo la estaba forzando a contarla en voz alta. “Era uno de los pocos elementos de lujo que poseíamos,” dijo Aliah. “Era un regalo que el Emperador le dio a mi madre, hacía mucho tiempo, aunque para entonces era mi padre quien mas la utilizaba. Ni siquiera tenía una buena razón para rompérsela en la cabeza. Mi madre estaba enseñándonos y me molesto que Ruon dibujara mejores nubes que yo. Mi padre hablaba cada vez mas alto con cada trago que se servía, divagando sobre como mi madre nos enseñaba frivolidades. Vi como mi madre apartó la mirada con lágrimas en sus ojos. Entonces lo siguiente que supe fue que estaba junto a la silla de mi padre y había pequeños pedazos de la jarra regados en la cabeza de mi padre.”

“No perdió un ojo, pero si le quedó una cicatriz espantosa. Él sugirió arrojarme al mar. Mi madre dijo que era solo una niña. Pero los demás niños no perdían el conocimiento y volvían en si con la cara de su padre deshecha.”

“Mi hermano creció, memorizó libros que a mi me costo mucho terminar de leer, se enamoró y le rompieron el corazón. Yo no tenía amigos, nunca quise a nadie. No era nada y las personas no significaban nada para mi.”

 “Pero a veces el monstruo regresaba. El día que mi padre se rehúso a llevarme de pesca… no recuerdo quien dio el primer golpe pero nos peleamos de forma tan violenta que Ruon y mi madre tuvieron que separarnos.”

“Ruon era… amable. Condescendiente. Siempre ofreciendo consejos que no le pedía. Me contuve para no atacarlo pero si destruí su libro favorito. Le pertenecía a su maestro, y nos azotaron a ambos por eso. Esa fue la primera vez que lo vi quebrarse. Se arrodilló frente al mar, llorando, y mis padres tuvieron que convencerlo para que volviera. Yo solo me quede ahí. Observando. Exaltada y asqueada. Confundida y un poco apenada.

“Mi madre languideció, cada vez mas callada, su cabello se lleno de canas. Mi hermano memorizaba texto tras texto, pasaba semanas en la ciudad con su maestro. Mi padre le dedicaba engreídas miradas a mi madre, hacía comentarios sobre como una consentida de la corte como ella no podía criar niños tan bien como él. Sabía que mi madre debía abandonar ese lugar antes que éste la matara, pero se rehusaba a abandonarnos, a nosotros, sus hijos.

“Déjame ser clara, aunque estaba celosa de Ruon, aunque a veces soñaba con destrozar sus mente brillante, hice lo que hice para perjudicar a mi padre.”

“El día que Ruon iba a tomar su primer examen, lo envenené.”

“No lo maté, por supuesto. No planeaba hacerlo. La raíz de serra en su atole de arroz era apenas suficiente para producirle fiebre y sudores mientras se subía al lujoso carruaje que mi padre había contratado para él. Lo llevaron a la ciudad pero mi hermano no estaba en condiciones de completar un examen de día completo.”

Aliah recordó la mirada en el rostro de Ruon cuando bajaba a los tumbos de la cabina del carruaje el día siguiente. Estaba pálido como un fantasma, mientras su padre estaba rojo de ira. “Mi plan debía  ser apenas un obstáculo en los planes de mi padre,” murmuró Aliah. “Apenas una piedra en el camino de Ruon. Era solo el primer examen. Podía volver a tomarlo tres años después. Pero estaba inconsolable. Se había preparado para ese día durante toda su vida. Se convenció a sí mismo de que estaba maldito, que los dioses mismos lo odiaban. Era apenas un frágil humano, y quizás las exigencias de mi padre lo habían desgastado al igual que habían desgastado a mi madre. Tres días después, Ruon escucho tu canción y saltó al mar.”

Aliah buscó alguna señal en reconocimiento de parte de Karonin, aunque sea como preludio a cómo la recordaría cuando ya no estuviera. Pero fue incapaz de leer algo en su rostro.

“Mi madre se fue después de eso,” dijo Aliah. “Volvió a la capital, retomó su posición como pintora imperial. El antiguo Emperador había muerto y su hija recordaba a mi madre y se enamoró de Doncella Encantada por el Dragón de Plata. Estaba feliz por mi madre, pero el monstruo murmuraba. “Mira, incluso ella amaba mas a tu hermano que a ti. Solo se quedaba por él.”

“De alguna forma mi padre y yo sobrevivimos otros tres años juntos. Deberíamos haber hecho vidas separadas pero ambos necesitábamos alguien a quien culpar. Peleábamos todos los días. El se dedicó a beber y yo a pescar sola ya que siempre me había considerado como una inútil marinera.”

“Hasta que un día estallé. Hizo un comentario sobre mi pesca. Algo sobre mi madre. No importa. Tres años ya era un milagro, y para ser sincera el mundo no necesitaba a ninguno de nosotros. Así que le prendí fuego a nuestra casa con él adentro. No cerré ninguna puerta así que puede estar vivo si se despertó a tiempo. No me aseguré de que estuviera vivo. No me importaba. Había matado a un miembro de mi familia no una sino dos veces, quizás no por acción pero si por omisión, y ya estaba harta de ese patético mundo. Escuché tu canción y me arrojé al mar.”

Aliah se incorporó y se recostó sobre las almohadas. “Quiero ser muy clara al respecto. No vine aquí buscando vengar a mi hermano. No voy a preguntar que hiciste con él. Vine porque eres el único que no iba a juzgarme como lo harían las demás personas. Vine porque ya he conseguido todo lo que quería: mi hermano, llevando una vida que no es mejor que la mía. Mi padre, muerto. Mi madre, a salvo.”

Aliah estiró su brazo y recorrió la mandíbula de Karonin. “Si pienso en mi hermano es para preguntarme; ¿qué tipo de criatura pudo haberlo convencido de abandonar sus deber, su sueño, su vida, todo por una promesa transmitida en una canción?”

“¿Y qué conclusión has sacado?” dijo Karonin, hablando por primera vez desde que ella empezó su historia.

“Que no eres nada especial.”

Su risa reverberó a través del palacio. Aliah también rió y su voz sonó tan inhumana como la suya.

Cuando despertó, se encontró sola en la cama.

La almeja a medio abrir había menguado, y daba apenas suficiente luz para que pudiera encontrar la puerta. Se deslizó en la habitación cavernosa donde Karonin contaba sus historias y la encontró igualmente oscura, era como si la noche finalmente hubiera caído sobre el palacio. La mesa con la almeja gigante seguía en su lugar, pero algo había barrido con las estrellas de mar, los hipocampos y las anémonas y las había reemplazado con pétalos podridos desperdigados por todos lados.

Deambulé por el laberinto de puertas. La oscuridad transformó el palacio, los muros de hueso pulido se habían convertido en el oscuro tracto intestinal de una bestia colosal. Aliah se detuvo ante la puerta noventa y nueve, se cortó con el cristal y colocó su mano sobre la placa.

El cuarto se agitaba como el mar durante una tormenta. Su cabeza estallaba y los escalofríos arrasaban con su cuerpo pero sentía la piel al rojo vivo.

Sintió algo agrio detrás de su garganta. Vio una cortina flameando, sintió el polvo del camino y el sudor de un caballo. La voz de su padre llegaba fragmentada.

“El examen… Ruon… debe tomar…”

Su hermano respondía, sin aliento y quebrado: “Padre… no puedo… no puedo.”

Aliah dejó la habitación. De todas las criaturas en el mundo, ¿era el Dragón de Plata el que intentaba enseñarle sobre lo que significa perder?

Abrió otras puertas con sus manos sangrantes. El fuego consumió el cuarto lleno de libros, y la espadachina arrojó su cuerpo a las llamas para aplacarlas. Un ejercito se había reunido bajo las altas murallas de esa desconocida ciudad. Un hombre arrugaba una carta en sus manos y caminaba, caminaba y caminaba hasta lo tapaba el mar.

Al igual que las habitaciones habían mostrado recuerdos preciados, ahora también mostraban desenlaces. Desenlaces, y las razones por las cual sus predecesores habían respondido a la canción del Dragón de Plata.

Aliah buscó el salón comedor. Tumbó la pantallas de anguilas azules. Buscó a través de los arboles plateados del jardín. Abrió las puertas del palacio y se encontró con charcos de humo blanco en sus pies.

Encontró a Karonin de rodillas junto al Pilar del Océano. Frotando su mano contra la piedra, murmurando algo. No pareció notar que había abierto las puertas del palacio, no levantó la vista cuando Aliah se acercó lo suficiente para oírle.

“Aun me atormentas,” le decía Karonin a la piedra. “Tres años pasaste conmigo. Nada, para mi, ese tiempo no representa nada. No debería sentir este dolor al recordarte pero…” Karonin presionó sus labios contra el pilar….

El mundo de Aliah quedó de cabeza cuando lo vio.

Los labios de Karonin no tocaron la piedra, ni el cuerpo de algún dragón ojos de jade. Era el rostro de su hermano en el pilar, y eran sus labios los que besaba el Dragón de Plata.

El cuerpo de Ruon estaba fundido en el pilar, era el pilar.  Retorcido, cabeza abajo, distendido en partes y comprimido en otras. Sus huesudos hombros estaban atados a la arena y sus brazos pegados a sus lados como si los hubiesen pegado con mortero. Las escalas plateadas recorrían sus retorcidas piernas, y cubrían la pálida y mortecina piel de su torso, y alrededor de sus retorcido cuello. Pero sus ojos, sus ojos seguían bien abiertos, con una mirada penetrante y demencial.

Karonin, con los ojos cerrados, acariciaba las mejillas de Ruon. Aliah sintió como los celos formaban una astilla y se clavaban en algún lugar de sus costillas. Padre tenía razón, solo pienso en mi misma.

“Tenías razón, Ruon,” susurró Karonin. “Aliah es realmente especial.”

Aliah estiró su brazo y tomó a Karonin del cabello obligándolo a mirarla de frente. Sus ojos y boca se abrieron sorprendidos cuando finalmente noto su presencia.

“Esta cosa…” dijo Aliah mirando a su hermano. “Ruon . ¿sigue con vida?”

Karonin se puso de pie. Sus ojos llenos de tristeza y compasión, humano, tan humano, y en ese momento Aliah lo despreciaba como despreciaba al resto de la humanidad. “No creo que podamos decir que está vivo,” dijo Karonin. “partes de su alma aun permanecen aquí, y al igual que los demás que respondieron a mi llamado, sus ojos cobran vida cuando los adjunto al palacio. Pero su mente se ha ido.”

“Entonces los demás, los que vinieron antes que él, antes que yo…”

En sus ojos pudo ver cientos de barcos estrellarse contra las rocas. Escuchó las plegarias de marineros ahogándose y la canción del despiadado mar. “Mira a tu alrededor,” dijo él, “y verás el verdadero rostro del palacio.”

Aliah se volteó y lo que vio la dejó sin aliento.

En cada pilar había un cuerpo humano. Retorcido, reformado, cubiertos de escamas, pero con rostros que podía reconocer porque los había visto detrás de las puertas de piedra. Aliah nadó a través de las puertas hasta las habitaciones que tanto había visitado y vio cuerpos por todos lados. Tendidos sobre la mesa, abierto de brazos y piernas, con la carne fundida en la piedra. Atravesados en los muros, con manos y piernas colgando, escamas fusionando sus dedos. En su habitación preferida, la habitación circular donde Karonin le contaba historias, descubrió que la mesa con las ostras también era un cuerpo, era la espadachina de la habitación de los libros, estaba reclinada y su espalda cubierta de escamas era la superficie de la mesa.

Aliah regresó a la entrada del palacio. Miró detenidamente al Dragón de Plata y luego al pilar de carne que había sido su hermano.

“Me has dado tu historia,” dijo Karonin. “Ahora te daré la mía.”

Aliah escuchó. Porque él la había escuchado. Y porque nunca interrumpía sus historias.

“Has oído sobre el palacio de mis hermanos,” dijo Karonin. “Regocijándose en compañía de sus amados seres humanos, el paraíso bajo el mar. Pero yo comando este árido lugar por mi mismo. ¿Alguna vez te has preguntado por qué?”

Karonin le lanzó una mirada a Ruon. “El beso de un dragón transforma a un ser humano. Mi aliento te permitió a ti y a todos los que vinieron antes de ti la capacidad de sobrevivir en mi palacio. En este aspecto no soy distinto a mis hermanos. Pero mientas sus humanos permanecen eternamente jóvenes, los míos… mueren. Enferman, se deterioran en unos pocos años.”

“Mi hermano mayor, el Dragón de Oro, pensó que yo era un error, un monstruo. Intentó confinarme. Desde que descubrí que mi aliento era venenoso deje de atraer humanos a mis dominios  pero lo odiaba por intentar encarcelarme.”

“Luchamos. Y yo… yo lo maté. No era mi intención, pero mientras su magia me envolvía, arremetí contra él. Mis garras perforaron su ojo y llegaron hasta su cerebro. Apenas entendí lo que había hecho cuando el Mar del Norte empezó a rugir. Agitado por la muerte de mi hermano, amenazó con tragarse las tierras en la superficie. Hice lo único que pude, até el cuerpo de mi hermano a su palacio en decadencia, con sus huesos reforcé los pilares, con sus escamas las puertas y con su carne los muros. Así fue que el mar se calmó.”

“El resto de mis hermanos complotaron para vengarse. Juntos me encarcelaron con la misma técnica que yo utilicé para pacificar el Mar del Norte. Me despojaron de mi forma de Dragón, ataron mi carne y mis huesos al palacio. Pero me dejaron con vida, no era un cadáver como mi hermano mayor, y conocía muy bien estas piedras como para desprenderme de ellas. Quizás mis hermanos no sabían eso. O quizás si, pero sabían que no podría irme ya que si lo hacia el palacio colapsaría y el Mar del Oeste se tragaría el mundo.”

“Pero yo tenía mis canciones, y con ellas atraía a los humanos. Al principio con renuencia, luego por soledad. Entonces me di cuenta de algo, los cuerpos de mis compañeros humanos, que había dejado partir hacia el mar, no se descomponían una vez muertos. En su lugar, su piel se llenaba de escamas y su sangre había adquirido un tono rojo plateado. Al apoyar mi oído sobre sus pechos, no pude escuchar sus latidos pero si sentí el débil lamento de sus almas atrapadas. Mi veneno los había transformado, los había convertido en débiles replicas mías. Fue ahí cuando entendí que si trabaja lentamente, con cuidado, como el Tejedor construyendo estrellas una por una, podía utilizar sus cuerpos para reemplazar el mio. Una costilla aquí, una garra allá, un parche de escamas aquí y allá. Algún día sus cuerpos soportarían el palacio y yo sería libre.”

“Entonces canté. Atraje humanos abatidos y desesperanzados. Sin importar quienes eran o que historias los había traído hasta aquí, los acepté, los amé. Cuando murieron, ofrecí sus cuerpos al palacio, liberando otra parte de mi. En ese entonces vivían un año, o dos. Tu hermano duro tres y yo…” Karonin cerró los ojos y su escalofrío recorrió su cuerpo. “Lo amé demasiado. Me hubiese quedado atrapado en este lugar para siempre si él me acompañaba. Pero murió, y añadí su cuerpo al palacio como había hecho con los demás.” Karonin se arrodilló y pasó su mano sobre el cabello de Ruon. “Intento mantener oculta la verdadera apariencia del palacio. Pero hay momentos como esta noche en que lo extraño desesperadamente.”

Karonin se alejó rápidamente de Ruon, antes que de ya no pudiera hacerlo. “Noventa y nueve almas he recolectado a lo largo de trecientos años. Ya casi está completo. Necesito un cuerpo mas, una historia mas detrás de las puertas de piedra. Una ultima alma y soy libre. Podría haberme liberado y dejar que el mundo se ahogara. Pero me quede, y elegí liberarme de la manera mas difícil. ¿cien almas es un precio muy alto?”

Levantó su mano y sacó una espada, su retorcido mango era un reminiscencia de los cuerpos injertos en el palacio. Sacudió su muñeca y la espada floto a través del agua para terminar a los pies de Aliah. “Tu, Aliah…” dijo Karonin, “estas condenada a morir. No puedo salvarte de mi veneno. Pero puedo darte una opción, eres la única, la única con la capacidad de juzgarme, ya que eres la beneficiaria de la promesa que le hice a tu hermano. Puedes tomar esa espada y atravesarme el pecho y matarme, liberando las almas que he atrapado aquí. Mi cadáver permanecerá, soportando este palacio y manteniendo la calma en el Mar del Oeste al igual que el cuerpo del Dragón de Oro mantiene la calma en el Mar del Norte. O puedes convertirte en parte de este palacio como la centésima alma. Puedes liberarme Aliah.”

Levantó la espada. Por primera vez los ojos de Karonin eran de color negro solido, ya no habían olas distantes remolineando en ellos. Se imaginó a si misma atravesando su corazón con la espada, dejando que su sangre roja plateada salpicara sobre la arena. Los enloquecidos ojos de los cuerpos le pesaban, la juzgaban. Las historias no estaban tan erradas. Karonin también había asesinado a un miembro de su propia familia, y era un monstruo peor de lo que ella podría llegar a ser. Convertirse en una masa de carne retorcida, atrapada en su palacio por la eternidad, eso era todo lo que le esperaba a cada humano que alguna vez lo había amado. Aliah sabía cual era la opción correcta, lo que cada persona antes que ella hubiera hecho.

Hizo una pausa.

Encontró los ojos de su hermano y dentro de toda la locura pudo ver una suplica sin pronunciar. Quizás los pensamientos de Ruon la alcanzaron. Quizás lo descifro por sí misma, conociendo el carácter desafiante de Karonin, tan similar al suyo. Lo mas probable es que no había adivinado nada. Eligió con su corazón y a su corazón no le importaba.

Aliah soltó la espada, la dejo caer hasta tocar la arena. “Toma tu libertad,” le dijo. “Atrapada aquí o en cualquier otro infierno, todo me da lo mismo. En cuanto al resto de ellos… no significan nada para mi.”

El mar a su alrededor cantó y se hizo añicos.

Entonces lo vio ahí, con su cuerpo de serpiente completo ondulando a su alrededor. Sus ojos eran grandes como portales que llevaban a mundos desconocidos. Sus escamas eran tan grandes como su brazo e irradian una luz cegadora. Sus garras, espantosamente filosas la sostuvieron con tal calidez que era casi distinguible del abrazo cálido de su madre.

“Realmente te amé,” le dijo el Dragón de Plata, y su voz sonaba como un viento distante.

Presionó sus labios sobre una escama en su espalda “No te creo.”

Su única respuesta fue su canción, hermosa y ensordecedora. Aliah quería poder decirle algo mas, pero las ultimas luces del palacio se apagaron.

Despertó en la habitación de las historias. Se sentó y apoyo sus manos en el suelo resplandeciente. Las luces inundaron el palacio, y los muros volvieron a ser blancos, sólidos y suaves. La mesa volvió a ser de mármol con corales y estrellas de mar saliendo de la concha de mar. La oscuridad, los cuerpos retorcidos y los demenciales ojos de su hermano podrían haber sido un sueño, excepto que la espada de Karonin descansaba a sus pies.

Aliah nadó hasta el laberinto de puertas. Se cortó la mano y la presionó contra la puerta noventa y nueve. El espeluznante carruaje ya no estaba ahí, pero tampoco el fuego en la chimenea y el recuerdo de su familia como lo había visto la primera vez. La habitación estaba vacía, y sus muros relucían cubiertos por escamas plateadas.

Intentó con otras puertas y encontró mas de lo mismo: escamas en los muros y habitaciones vacías. Cuando llego a la habitación numero cien, la que no había podido abrir antes, apoyó su mano contra la placa. Esta vez la puerta se movió y Aliah entró.

Estaba flotando en un cielo azul, sobre una costa arenosa que llevaba a pequeñas aldeas, las cuales a su vez llegaban hasta colinas y valles verdes y ciudades amuralladas. No había escamas en los muros de esta habitación y la barrera membranosa había desaparecido. Volaba sin restricciones con sus alas invisibles.

Entonces, sintió que brazos conocidos se apoyaban sobre sus hombros. Ahora que estaban en el aire y no en el agua pudo sentir su aliento contra su cuello. “No sé si esto va a funcionar, si puedes oírme,” dijo Karonin. “Si estás oyendo esto, significa que ya no estoy aquí. Pero quería que una parte de mi se quedara contigo, porque tienes derecho a saber.”

Aliah quería darse vuelta y mirarlo a los ojos, pero no se atrevió. Temía que si miraba solo encontraría un cielo infinito.

“Tu hermano y yo hicimos una apuesta,” dijo Karonin. “Le dije que ningún humano, sin importar cuanto me haya amado, me perdonaría cuando viera lo que había hecho, sin mencionar lo que tenía planeado para ellos. Ninguno de ellos me elegiría a mi por sobre cien almas. Ruon dijo que su hermana lo haría. Y me hizo prometerle que si tu me elegías, yo liberaría las noventa y nueve almas y me sacrificaría por ellas. Yo acordé porque creí que nunca sucedería. Porque lo amaba. Porque estaba cansado y me pregunté si la muerte era aceptable si ya había encontrado a alguien que me amara de esa manera.”

Se rió. “Imagina mi sorpresa, cuando me di cuenta que no me amabas en lo mas mínimo.”

Aliah estuvo a punto de reír. Por supuesto que iba a terminar así. El Dragón de Plata había amado a mi hermano y había muerto por una promesa que le hizo a mi hermano. Ella, Aliah, apenas si había sido un arma en sus manos. Que Karonin hubiera desperdiciado su vida ahora, después de todas las almas que había recolectado, tan cerca de obtener su libertad… Aliah no estaba segura de entenderlo, no mas de lo que había entendido a Ruon o a su padre o a cualquier otra persona en tierra firme.

Aun así, una parte de Karonin se había quedado con ella. Quizás, solo quizás, eso significaba algo.

Aliah vio como el paisaje cambiaba. Un listón azul centelleaba a la distancia, el mar. Fijó su mirada sobre él y se encontró ahí en un instante, con las olas besando sus pies. “¿Esto es solo un mensaje?” dijo ella. “¿O aun puedes oírme?”

Karonin no contestó a su pregunta. Pero volvió a escuchar su voz:


”Aquí encontraras el cuento de los Cuatro Mares, como nacieron y como se nos encomendó a cada uno de nosotros custodiar cada uno de ellos. ¿Quieres oír esta historia?”

“Si,” susurro Aliah. De un momento para otro la arrastró bajo el agua. Al principio todo se veía azul y bañado por la luz del sol pero entonces el mundo se oscureció. El azul ya no era agua sino el cielo, de color índigo y cubierto de estrellas. Una esfera centelleaba frente a ella y los cuatro dragones, rojo, dorado, plateado y azul, estaban enroscados sobre la superficie de lo que algún día se convertiría en el mundo.

Karonin habló con el melódico susurro que solo utilizaba para contar historias.

“Cuando la Madre nos entregó los Mares, nos dio dos ordenes: mantener las aguas calmadas y quererlas tanto como nos queríamos entre nosotros.”

Todo había terminado terriblemente mal, eso Aliah ya lo sabía. Pero la belleza de la historia está en saber cómo.

Tres años habían pasado desde que Karonin la había besado. Debería estar muerta para entonces o por lo menos debería estar deteriorándose, pero no se sentía para nada diferente. ¿Estaba condenada a morir o también le había mentido sobre eso? Quizás eran tan similares, ambos habían asesinado a su familia y eran monstruos, que quizás era la única que podía sobrevivir a su veneno.

Tenía tiempo. No sabía cuanto y tampoco estaba segura de que le importara. Quizás lo suficiente para recorrer los recuerdos del Dragón de Plata. Para entender por qué había mantenido la promesa que le hizo a su hermano. Y por qué le había dejado este regalo final; sus historias, lo único que amaba en este mundo.

©Y.M.Pang

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