Mientras caminaba junto a los caballos

Por H. Beam Piper

Este relato está basado en un hecho real y documentado. Un hombre se desvaneció, desapareció de la faz de la tierra. Este relato muestra qué fue de él…

En noviembre de 1809, un hombre inglés llamado Benjamín Bathurst desapareció en forma completamente inexplicable.

Iba camino a Hamburgo desde Viena, donde había servido a su gobierno como enviado a la corte de lo que Napoleón había dejado del Imperio Austriaco. En una posada en Perleburg, en Prusia, mientras supervisaba a su cochero cambiar los caballos, salió casualmente del rango de visión de su secretario y su valet. No lo vieron abandonar el patio de la posada. No volvieron a verlo nunca mas.

Por lo menos, no en esta linea temporal.

Del Baron Eugen von Krutz, Ministro de Policia, a su Excelencia Conde von Berchtenwald, Canciller de Su Majestad Friedrich Wilhem III de Prusia

25 de noviembre de 1809

Su Excelencia:

Una circunstancia ha llamado la atención de este Ministerio, y es un asunto de una magnitud tal que es difícil para mi definirla pero que al parecer se ha convertido en asunto de Estado,  tanto local como extranjero, estoy convencido de que es lo suficientemente importante para que tome usted cartas en el asunto. Para ser sincero, prefiero no seguir adelante con este asunto sin su consejo.

Brevemente, la situación es la siguiente: tenemos en custodia, aquí en el Ministerio de Policía, a una persona que se presentó como Benjamín Bathurst, y afirma ser diplomático británico. Esta persona fue detenida ayer por la policía de Perleburg, como resultado de un disturbio en una posada local, está detenido bajo los cargos de alterar el orden público, y por  persona sospechosa. Cuando lo arrestaron tenía en su poder un maletín con una cantidad de papeles de naturaleza tan extraordinarias que las autoridades locales rechazaron asumir responsabilidad alguna mas allá de enviar a este hombre a Berlín.

Después de entrevistar a este hombre y examinar sus papeles, debo confesar que me encuentro en la misma posición. Este no es un asunto policial ordinario, hay algo muy extraño y perturbador en en todo esto. La declaración de este hombre, por poner un ejemplo, es tan increíble que solo con eso podríamos determinar que estamos tratando con un demente, sin embargo, no puedo adoptar esa teoría en base a su comportamiento, que es el de un hombre perfectamente racional y por el hecho de que los papeles efectivamente existen. Todo este asunto es una locura, incomprensible.

Le envío los papeles en cuestión, copias de los diversos testimonios que se tomaron en Perleburg, y una carta personal dirigida a mí de parte de mi sobrino, el Teniente Rudolf von Tarlburg. Esta ultima merece su atención; el Teniente von Tarlburg es un joven oficial muy centrado y racional, lejos de ser un hombre fantasioso. Es un asunto serio si lo ha afectado de esta manera.

El hombre que se hace llamar Benjamín Bathurst está alojado en un apartamento aquí en el Ministerio, esta siendo tratado con toda consideración y excepto por su libertad ambulatoria goza de todos los privilegios.

Espero ansioso su consejo.

Krutz

Informe de Traugott Zeller, Oberwachtmeister, Staatspolizei, hecho en Perleburg,

25 de noviembre de 1809

Diez minutos después de las dos de la tarde del sábado 25 de noviembre, mientras estaba en la estación de policía, entró un hombre conocido por mi como Franz Bauer, empleado de Christian Hauck que servía en la posada Espada & Cetro aquí en Perleburg. Este hombre, Franz Bauer reclamó ante el Staatspolizeikapitan Ernst Hartensein, afirmando que había un demente generando disturbios en la posada donde él, Franz Bauer trabajaba. Por lo tanto, instruido por el Staatspolizeikapitan Hartensein me dirigí a la posada Espada & Cetro para actuar a discreción y preservar el orden.

Cuando llegué ahí, en compañía de Franz Bauer, encontré una multitud considerable de personas reunidas en la sala común, y en medio de todo eso, el posadero, Christian Hauck discutiendo con un extraño. Este extraño era un hombre de apariencia muy cuidada, vestido con ropa de viajante, y con un maletín de cuero bajo el brazo. Cuando entré al salón pude escucharlo, hablaba en alemán con un fuerte acento inglés, intimidaba al posadero,  el ya mencionado Christian Hauck, y lo acusaba de haberle echado drogas a su vino, al vino del extraño, y de robarle su carruaje de cuatro caballos, el carruaje del extraño, y de haber secuestrado a su secretario y a sus sirvientes. Dicho esto, Christina Hauck lo negó ruidosamente y las demás personas, tomando partido por el posadero se burlaban del demente.

Cuando entré al salón, ordené silencio en nombre del rey, y entonces, como él parecía ser la parte acusadora en esta disputa, le demandé al caballero extranjero que me contara cuál era el problema. Repitió sus acusaciones contra el posadero, Hauck, diciendo que Hauck, o mejor dicho otro hombre que se parecía mucho a Hauck y que afirmaba ser el posadero había drogado su vino y robado su carruaje y se había hecho con su secretario y sus sirvientes. En ese punto del relato, el posadero y los espectadores empezaron a gritar todo tipo de negativas y contradicciones, por lo que tuve que golpear la mesa para ordenar silencio.

Le pedí al posadero, Christian Hauck que respondiera por las acusaciones que había hecho el extraño; y así lo hizo, negándolas completamente, dijo que el extraño no había consumido vino en su posada, que había ingresado a la posada y al cabo de unos minutos había empezado a hacer acusaciones, y que en su posada no estaban ni el secretario, ni el valet, ni el conductor y mucho menos su carruaje, y que el caballero estaba lisa y llanamente demente. Para esto, llamo a las personas de la sala común para atestiguar lo que decía.

Entonces le pedí al extraño que se presentara formalmente. Me dijo que su nombre era Benjamín Bathurst, y era un diplomático británico, que regresaba a Inglaterra desde Viena. Para probarlo, saco diversos papeles de su maletín. Uno de estos era una carta de salvoconducto, emitida por la Cancillería Prusiana, en la cual estaba nombrado y descrito como Benjamín Bathurst. Los demás papeles eran ingleses, todos con sellados, y en apariencia documentos oficiales.

Por consiguiente, le pedí que me acompaña a la estación de policía, junto al posadero y tres hombres que el posadero quiso llevar como testigos.

Traugott Zeller

Oberwachtmeister

Informe aprobado

Ernst Hartenstein

Staatpolizeikapitan

Declaración del hombre que se hace llamar Benjamín Bathurst, tomada en la estación de policía en Perleburg

25 de noviembre de 1809

Mi nombres es Benjamín Bathurst, y soy Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del gobierno de Su Majestad Británica ante la corte de Su Majestad Franz I, Emperador de Austria, o por lo menos lo era hasta los eventos que se sucedieron seguido a la rendición de Austria que hicieron necesario mi regreso a Londres. Deje Viena la mañana del Lunes 20 en dirección a Hamburgo donde debía subir al barco que me llevaría a casa. Viajaba en mi propio carruaje de cuatro caballos con mi secretario, el Sr. Bertram Jardine, y mi valet, William Small, ambos británicos, y un conductor, Josef Bidek, un sujeto austriaco, a quien contraté para el viaje. Debido a la presencia de tropas francesas, me vi forzado a desviarme al oeste hasta Salzburg antes de virar al norte hacia Magdeburg, donde cruce el Elbe. No pude procurar un cambio de tiraje para mi conductor después de dejar Gera, y no fue hasta que llegamos a Perleburg y nos detuvimos en la posada Espada & Cetro que pudimos hacerlo.

Cuando llegamos, deje mi carruaje en el patio de la posada y junto al Sr. Jardine, mi secretario, entramos a la posada. Un hombre, no éste sujeto, sino otro canalla, con mas barba, y menos barriga, y ropa mas andrajosa, pero tan parecido que podría pasar por su hermano, se presentó como el posadero y negocié con él un cambio de tiraje, le pedí un botella de vino para mi y mi secretario y una jarra de cerveza para el valet y el conductor que esperaban afuera. Entonces Jardine y yo nos sentamos en una mesa de la sala común a tomar el vino hasta que el hombre que afirmaba ser el posadero vino para decirnos que los caballos frescos ya estaban arreados y que el conductor los estaba preparando para partir. Entonces salimos de la posada.

Le di un vistazo a los caballos de la retaguardia y luego caminé hasta el frente para examinar los de adelante y al hacerlo, sentí un mareo, como si estuviera a punto de caer al suelo y de repente todo se oscureció ante mis ojos. Creí que me había desmayado, algo que nunca me había sucedido antes, y cuando levanté la mano para tomar la barra de enganche no pude encontrarla. Estoy seguro, ahora, de que estuve inconsciente por un buen tiempo porque cuando me despabilé el carruaje ya no estaba, y en su lugar había una gran carreta de granja, desvencijada, le habían sacado la rueda derecha y dos campesinos le ponían grasa a la rueda.

Los miré por un momento y sin poder creer lo que veían mis ojos les hablé en alemán, “¿dónde demonios está mi carruaje de cuatro caballos?”

Se incorporaron desconcertados: el que sostenía la rueda casi la deja caer.

“Disculpe, excelencia,” dijo, “no hemos visto un carruaje así en todo el tiempo que hemos estado aquí.”

“Si,” dijo su compañero,” y hemos estado aquí desde el mediodía.”

No intenté discutir con ellos. Se me ocurrió entonces, y sigue siendo mi opinión, que fui victima de una conspiración, alguien le hecho algo a mi vino, perdí la consciencia y durante ese periodo de tiempo se llevaron a mi conductor y dejaron esta carreta en su lugar, y a estos campesinos a trabajar en ella con instrucciones de que decir si alguien les preguntaba. Si alguien había anticipado mi llegada a la posada y había puesto este plan en marcha no debían de haber pasado mas de diez minutos.

Entré,por lo tanto, a la posada, determinado a desquitarme con este posadero sinvergüenza, pero cuando regresé a la sala común, no estaba por ningún lado, y este otro sujeto, que se presentó como Christian Hauck, afirmaba ser el posadero y negaba tener conocimiento sobre todo lo que venía relatando. Lo que es mas, había cuatro jinetes de caballería, Ulanos, bebiendo cerveza y jugando cartas en la mesa donde Jardine y yo habíamos estado tomando el vino y ellos afirmaban estar ahí desde hacia varias horas.

No tenía idea de por qué alguien me jugaría una broma tan elaborada, con tantas personas involucradas, excepto que hubiesen sido instigados por los franceses. En ese caso, no puedo comprender porque los soldados prusianos se prestarían a semejante ardid.

Benjamín Bathurst

Declaración de Christian Hauck, posadero, tomada en la estación de policía en Perleburg

25 de noviembre de 1809

Su señoría, mi nombre es Christian Hauck, y tengo una posada de nombre Espada & Cetro, la he tenido por los últimos quince años y mi padre y su padre antes que yo, durante los últimos cincuenta años y nunca he sido victima de un reclamo como este. Su señoría, es difícil para un hombre como yo el ser acusado de un crimen como este, un hombre como yo,que mantiene su casa decente,  paga sus impuestos y obedece la ley.

No conozco a este caballero, ni a su conductor, ni a su secretario, nunca lo he visto antes de que entrara a la posada desde el patio, gritando y lanzando acusaciones como un demente, preguntando por “ese descarado sinvergüenza del posadero”

Le dije, “yo soy el posadero y ¿qué razón tienes para decir que soy un sinvergüenza?”

El extraño respondió:

“Usted no es el posadero con el que acabo de hacer negocios, él es un maleante y quiero verlo. Quiero saber qué demonios ha hecho con mi conductor y que ha sucedido con mi secretario y mis sirvientes.”

Intenté decirle que no tenía idea de lo que me estaba hablando pero no escuchaba, solo repetía que lo había drogado, robado y secuestrado a sus sirvientes. Incluso cometió la imprudencia de decir que él y su secretario habían estado sentados en una mesa del salón, bebiendo vino hacía menos de quince minutos, en el mismo lugar que ocupaban cuatro suboficiales del Tercer Batallón Ulano desde el mediodía. Todo el mundo en ese salón habló en mi defensa, pero él no escuchaba, seguía gritando, acusándonos de ladrones, secuestradores y espías franceses y no se cuantas cosas mas, hasta que llegó la policía.

Su señoría, el hombre está loco. Todo lo que le he contado es cierto y es todo lo que sé sobre este asunto, Dios me libre.

Christian Hauck

Declaración de Franz Bauer, empleado de la posada, tomada en la estación de policía de Perleburg

25 de noviembre de 1809

Su señoría, mi nombre es Franz Bauer y son empleado en la posada Espada & Cetro, cuyo dueño es Christian Hauck.

Esta tarde, cuando salí al patio de la posada a vaciar el contenedor de basura cerca de los establos, escuché voces, me di vuelta y pude ver a este caballero hablando con Wilhem Beick y Fritz Herzer que estaban engrasando su carreta en el patio. No estaba en el patio cuando pasé con el contenedor lleno, así que creí que había entrado desde la calle. Este caballero le preguntó a Beick y a Herzer donde estaba su conductor y cuando le dijeron que no lo sabían entró corriendo a la posada.

Hasta donde tengo conocimiento, el hombre no había estado dentro de la posada hasta entonces, tampoco su conductor ni todas las personas que menciona, o nada de lo que él dice que sucedió, si así fuera lo sabría ya que estuve en la posada todo el día.

Cuando volví a entrar lo encontré en la sala común discutiendo con mi jefe y reclamando que lo habían drogado y robado. Vi que era un demente y temiendo que pudiera dañar a alguien acudí a la policía.

Franz Bauer

Su firma

Declaración de Wilhem Beick y Fritz Herzer, campesinos, tomada en la estación de policía en Perleburg

25 de noviembre de 1809

Su señoría, mi nombre es Wilhem Beick, y soy arrendatario de la estancia del Baron von Hentig. El día de hoy, Fritz Herzer y yo estábamos en Perleburg con un cargamento de papas y repollos que el posadero de Espada & Cetro le había comprado al superintendente de la estancia. Después de descargar, decidimos engrasar la carreta antes de volver ya que estaba muy seca, así que desenganchamos la carreta y empezamos a trabajar. Nos tomó cerca de dos horas y empezamos después de almorzar y en todo ese tiempo no vimos un carruaje de cuatro caballos en el patio. Estábamos terminando cuando éste caballero nos habló, exigiendo saber donde estaba su conductor. Le dijimos que no habíamos visto a ninguno en el patio en todo ese tiempo así que dio media vuelta y entró corriendo a la posada. En ese momento, pensé que había salido desde la posada cuando nos habló ya que era imposible que viniera desde la calle. Ahora, no sé de donde salio, pero si sé que hasta ese momento no lo había visto nunca antes en mi vida.

Wilhem Beick
Su firma

Escuché el testimonio anterior y doy fe que todo lo relatado es cierto, no tengo nada que agregar.

Fritz Herzer
Su firma

Del Staatspolizeikapitan Erns Hartenstein, a Su Excelencia Baron von Krutz, Ministro de Policia

25 de noviembre de 1809

Su Excelencia:

Las copias de las declaraciones tomadas hoy explican como el prisionero, que se identifica así mismo como Benjamín Bathurst, llegó a estar bajo mi custodia. Lo he acusado formalmente de causar desorden y por persona sospechosa, para retenerlo hasta que pueda obtener mas información sobre él. Sin embargo, como se ha presentado como diplomático británico, no estoy dispuesto a asumir mas responsabilidades de las que me corresponden, por lo tanto se lo enviare a su excelencia en Berlín.

En primer lugar, su excelencia, tengo serias dudas sobre la historia de este hombre. La declaración que hizo ante mí y firmó, es de por si bastante cuestionable, con un carruaje de cuatro tiros convertido en carreta, como si fuera el carruaje de cenicienta que se convierte en calabaza, sumado a que tres personas se han desvanecido de la faz de la tierra. Pero todo esto es perfectamente creíble y razonable, comparado a las cosas que me relato y que he registrado por escrito.

Su excelencia habrá notado en su declaración cierta alusión a una supuesta rendición austriaca, y a tropas francesas en Austria. Después de tomar su declaración y repasarla, he notado esas alusiones y lo he confrontado al respecto, qué rendición y qué hacían tropas francesas en Austria. El hombre me miró compasivamente y me dijo:

”Parece que las noticias viajan lento por estas partes, la paz terminó en Austria el 14 del mes pasado. Y en cuanto a las tropas francesas en Austria, hacen lo mismo que las tropas de Bonaparte hacen en todas partes de Europa.”

“¿Y quién es Bonaparte?” pregunté.

Me miro como si le hubiera preguntado “¿quién es nuestro señor jehova?” al cabo de unos segundo su rostro cambio a una mirada de comprensión.

“Entonces, ustedes en Prusia le conceden el título de Emperador y se refieren a el como Napoleón,” dijo. “Bueno, puedo asegurarle que el gobierno de Su Majestad Británica no lo ha hecho y nunca lo hará, no mientras un solo hombre inglés tenga dedos para jalar del gatillo. El General Bonaparte es un usurpador. El gobierno de Su Majestad no reconoce otra soberanía en Francia que no sea la de la casa de Borbón.” Esto lo dijo en forma muy seria, como reprendiéndome.

Me tomó unos minutos digerir todo eso y apreciar sus implicaciones. Este sujeto evidentemente cree que la monarquía francesa ha sido derrocada por un aventurero militar de nombre Bonaparte, que se hace llamar Emperador Napoleón, y que fue a la guerra contra Austria y forzó su rendición. No intenté discutir con él, es una perdida de tiempo discutir con dementes, pero si este hombre puede creer en algo así, entonces el asunto del carruaje convertido en carreta de repollos es efectivamente un asunto menor. Para seguirle la corriente le pregunté si él pensaba que los agentes del General Bonaparte estaban detrás de los incidentes ocurridos en la posada.

“Ciertamente,” respondió. “Existe la posibilidad de que como no conocían mi rostro se hayan llevado a Jardine pensando que era el ministro, y que yo era su secretario. Pobre Jardine. Me pregunto, porque se habrán ido sin el maletín. Eso me recuerda, lo quiero de vuelta. Son documentos diplomáticos, usted sabe.”

Le dije muy seriamente que tendríamos que verificar sus credenciales. Le prometí que haría todo lo que estuviera a mi alcance para localizar a su secretario, sus sirvientes y su conductor, le tome una descripción completa de todos ellos y lo persuadí de que subiera a la habitación donde ha quedado bajo custodia. Efectivamente empecé a investigar, llamé a todos mis informantes y espías, pero no pude encontrar nada. No pude encontrar a nadie que lo haya visto en todo Perleburg antes de que entrara a la posada Espada & Cetro, y eso si me sorprende, alguien debería haberlo visto entrar al pueblo o caminar por la calle.

En este punto, déjeme recordarle su excelencia que hay una discrepancia entre las declaraciones del sirviente, Franz Bauer y los dos campesinos. El primero esta seguro de que el hombre entró al patio de la posada desde la calle, los demás están igualmente  seguros de que no fue así. Su excelencia, no soy aficionado a los acertijos, y estoy seguro de que los tres hombres dicen la verdad en cuanto a ellos concierne. Son personas comunes y corrientes, debo admitir, pero saben si vieron no vieron algo.

Después de asegurar al prisionero me volqué a examinar sus documentos y puedo asegurar su excelencia que me han dejado estupefacto. No le había dado demasiado importancia a sus delirios cuando me los relato por primera vez, delirios sobre el derrocamiento del rey de Francia o sobre este General Bonaparte que se hacia llamar Emperador Napoleón, pero encontré todas estas cosas mencionadas en sus documentos y misivas, que en apariencia son completamente legítimos. Se menciona repetidamente la invasión de Austria por parte de Francia, el pasado mes de mayo y como el Emperador de Austria habría capitulado ante este General Bonaparte, y otras batallas librándose en todas partes de Europa, y no se cuanta fantasías mas. Su excelencia, he oído de todo tipo de dementes, uno que creía ser el Arcángel Gabriel, o Mohammed, o un hombre lobo, y otro que estaba convencido de que sus huesos eran de cristal y que estaba siendo atormentado por demonios, pero Dios mediante, ¡es la primer vez que oigo de un demente que tenga pruebas documentales de sus delirios! Entenderá entonces su excelencia el por qué no quiere tener parte en este asunto.

El asunto de sus credenciales es aun peor. Tenía papeles sellados con el sello oficial de la Oficina de Asuntos Exteriores, aparentemente genuino, pero  firmado por el Ministro de Exterior, un tal George Canning, y todo el mundo sabe que Lord Castlereagh ha sido Ministro de Exterior por los últimos cinco años. Como si esto fuera poco, tenía en su poder un salvoconducto sellado por la Cancillería Prusiana, comparé el sello bajo una lente de aumento con uno que sabemos es real y son idénticos. Pero, esta carta está firmada por el Canciller, no por el Conde von Berchtenwald sino por el Baron Stein, el Ministro de Agricultura, y la firma hasta donde pude averiguar es autentica. Esto es demasiado para mi, su excelencia, debo pedirle que me excuse de lidiar con este asunto antes de que me vuelva tan loco como mi prisionero.

He hecho los preparativos correspondientes con el Coronel Keitel del Tercer Batallón de Ulanos para que uno de sus oficiales escolte al prisionero hasta Berlín. El carruaje en el que viajaran pertenece a la estación de policía y el conductor es uno de mis hombres. Debe ser despachado con dinero para regresar a Perleburg. El guardia es un cabo de los Ulanos, ordenanza del oficial. Él se quedará con Herr Oberleutnant y ambos regresaran cuando lo crean conveniente y correrán con sus propios gastos.

Es un honor su excelencia.

Ernst Hartenstein
Staatspolizeikapitan

Del Oberleutnant Rudolf von Tarlburg para el Baron Eugen von Krutz

26 de noviembre de 1809

Querido Tío Eugen;

Esto no forma parte del informe oficial, ese informe ya se lo entregué al Ministro cuando le entregué la custodia del hombre inglés y sus documentos a uno de tus oficiales, un muchacho de cabello rojo y rostro como de bulldog. Hay algunas cosas que creo que deberías saber y no podía incluirlas en el informe oficial, para que sepas que clase de pez ha caído en tu red.

Apenas había regresado de entrenar con mi pelotón cuando el ordenanza del Coronel Keitel me dijo que me presentara ante el coronel en su domicilio. Encontré al anciano fumando su pipa en su salar de estar.

“¡Adelante teniente, adelante y tome asiento, muchacho!” me saludo él, en esa manera jocosa y amable que tiene de dirigirse a un oficial mas joven cuando tiene que asignarle un trabajo especialmente difícil. “¿Qué le parecería hacer un pequeño viaje a Berlín? Tengo un encargo que no le tomará mas de media hora y puede quedarse el tiempo que quiera, siempre y cuando vuelva antes del jueves que es cuando le toca patrullar los caminos.”

Bueno, pensé, este es el señuelo. Esperé para ver cual era el anzuelo, detrás de tanta amabilidad y le pregunté cual era el encargo.

“Bueno, no es exactamente para mi, Tarlburg,” dijo. “Es para Hartenstein, el Straatspolizeikapitan. Necesita enviar algo al Ministerio de Policía y pensé en usted porque escuché que tiene parentesco con el Barón von Krutz, ¿es así verdad?” preguntó, como si no supiera con quienes están relacionados todos sus oficiales.

“Es correcto coronel, el Barón es mi tío,” le dije. “¿Qué es lo que necesita el capitán Hartenstein?”

“Tiene un prisionero y necesita trasladarlo a Berlín para entregarlo en el Ministerio. Todo lo que tiene que hacer es escoltarlo en carruaje, y asegurarte de que no se escape en el camino y que te firmen un recibo por él y unos documentos. Es un prisionero muy importante; creo que Hartenstein no tiene a nadie mas en quien pueda confiarle este asunto. El prisionero afirma ser alguna especie de diplomático británico y hasta donde Hartenstein sabe, puede serlo. Pero también es un demente.”

“¿Un demente?” repetí yo.

“Si, como lo oye. Por lo menos eso es lo que Hartenstein me contó. Quise saber que clase de demente era, ya que hay varios tipos diferentes y cada uno de ellos debe ser tratado de manera diferenciada, pero Hartenstein solo me dijo que tenía creencias poco realistas sobre el estado de los asuntos en Europa.”

“¡ha! ¿Y qué diplomático no las tiene?” pregunté

El anciano se largo a reír, que era una mezcla entre el ladrido de un perro y el graznido de un cuervo.

“¡Si, exactamente! Las creencias poco realistas de los diplomáticos son la razón por la cual mueren los soldados,” dijo él. “Le dije eso a Hartenstein pero no me confió con mas información que esa. Incluso parecía lamentar haberme contado eso. Parecía un hombre que ha visto un fantasma particularmente grotesco.” El anciano se dedicó a su pipa por momentos y exhaló grandes bocanas de humo. “Rudi, a Harstenstein le ha tocada sacar una papa caliente esta vez, y quiere pasársela a tu tío antes de quemarse los dedos. Creo que por esa razón me ha pedido a mi garantizar una escolta para este inglés. Mira, debes llevar a este diplomático desquiciado o desquiciado diplomático o lo que sea que fuera, a Berlín. Y quiero que entiendas lo siguiente.” me dijo mientras me apuntaba con su pipa como si fuera una pistola. “Tus ordenes son llevarlo y entregarlo en el Ministerio de Policía. Pero no han dicho una palabra sobre entregarlo vivo o muerto, o a mitad de camino entre uno y el otro. No se nada sobre este asunto y tampoco quiero saberlo; si Hartenstein quiere cargarnos con esto debe estar satisfecho con nuestra forma de hacerlo.”

Bueno, para resumir, le di un vistazo al carruaje que Hartenstein había puesto a mi disposición y decidí encadenar la puerta izquierda por el lado de afuera para que no pudiera abrirse desde dentro. Así podría poner al prisionero a mi izquierda y solo podría escapar pasando sobre mí. Decidí no llevar armas que pudiera arrebatarme, así que deje mi sable y lo guarde bajo llave en el compartimiento bajo el asiento junto a los papeles del inglés. Estaba lo suficientemente frio para vestir un abrigo así que me puse el mio y en el bolsillo derecho, donde mi prisionero no pudiera alcanzarlo, me guarde una porra de plomo y una funda con pistolas de bolsillo. Hastenstein me había garantizado un guardia ademas de un conductor, pero le dije que prefería llevar un sirviente que a la vez cumpliera el rol de guardia. El sirviente claro, era mi ordenanza, el viejo Johann; le di mi arma de caza de doble cañón para que cargara con un bala para jabalí en un barril y un perdigón de tres gramos en el otro.

Ademas de todo eso, me armé con un botellón de coñac. Pensé que si tenía todo eso a disposición para dispararle a mi prisionero no me daría demasiado problema.

Y dicho sea de paso, no lo hizo y no necesite de ninguna de mis precauciones, excepto por el coñac. El hombre no me dio la impresión de ser un lunático. De hecho era todo un caballero, de mediana edad, con un rostro inteligente y rojizo. Lo único inusual en su apariencia era su sombrero, era un artilugio interesante, parecía una olla. Lo subí al carruaje, le ofrecí un trago y me tome uno yo también. Le pegó un buen trago de la botella y me dijo, “ bueno, esto si es un brandy, lo que sea que pensemos sobre sus detestables políticas no podemos criticar a los franceses por sus licores.” entonces dijo, “me alegro que me envíen custodiado por un caballero militar, y no por un pobre soldado. Dígame la verdad teniente, ¿estoy bajo arresto?”

“Vaya,” le dije yo, “creo que el capitan Hartenstein debería haberle informado eso. Lo único que sé es que tengo que llevarlo hasta el Ministerio de Policía, en Berlín y no dejarlo escapar en el camino. Son mis ordenes y pretendo cumplirlas. Espero no me guarde rencor.”

Me aseguro que no lo haría, y nos tomamos otro trago, me aseguré que esta vez tomara tanto como yo, entonces el conductor agitó su látigo y partimos para Berlín.

En ese momento, pensé, voy a ver que clase de demente es y por qué Hartenstein había convertido una simple disputa en una posada en un asunto de estado. Así que decidí explorar sus creencias poco realistas sobre el estado de situación en Europa.

Después de guiar la conversación hacia donde yo quería, le pregunté:

“¿cual cree usted, Herr Bathurst, que es la verdadera causa de esta trágica situación que estamos viviendo hoy en Europa?”

Eso fue lo que considere como la pregunta mas segura. No hubo un solo año desde los días de Julio Cesar en adelante en que la situación en Europa no haya sido trágica, y funcionó a la perfección.

“Yo creo,” dijo el ingles, “que todo este desastre es resultado de la victoria de los colonos rebeldes en América del Norte, y de su condenada república.”

Bueno, como podrás imaginar ese fue el disparador. Todo el mundo sabe que los Patriotas Americanos perdieron la guerra de independencia ante Inglaterra, que su ejercito fue destruido y sus lideres exiliados o asesinados. Cuando era niño en el castillo Talburg, escuché cientos de veces las historias del Baron von Steuben, ¡historias de gallardía de una guerra perdida! Solía temblar ante el relato del campamento azotado por una feroz ventisca, o saltar de emoción al oír sobre las batallas, o llorar mientras contaba como sostuvo a un Washington agonizante en sus brazos ¡escuchaba sus ultimas nobles palabras en la Batalla de Doylestown! Y aquí estaba este hombre, diciéndome que los Patriotas habían ganado realmente la guerra y establecido la república por la cual habían luchado. Me había preparado para lo que Hartenstein había caracterizado como creencias poco realistas, pero nada tan fantástico como esto.

“No puedo reducirlo a otra cosa que no sea esa,” continuó Bathurst. “Fue la derrota de Burgoyne en Saratoga. Fue una buena estrategia convertir a Benedict Arnold en aliado pero no lo hicimos a tiempo. Si él no hubiese estado en el campo de batalla ese día, Burgoyne habría atravesado el ejercito de Gates como un cuchillo caliente sobre la mantequilla.”

Pero Arnold no había estado en Saratoga. Lo sé; he leído mucho sobre la Guerra Americana. Arnold fue asesinado el día de año nuevo de 1776, durante el asedio de Quebec. Y Burgoyne había hecho exactamente lo que Bathurst dijo, había atravesado el ejercito de Gates como un cuchillo, y bajó por el Hudson para unir sus fuerzas con las de Howe.

“Pero Herr Bathurst,” pregunté, “¿cómo podría afectar eso a Europa? América esta a cientos de kilómetros de distancia, del otro lado del océano.”

“Las ideas pueden cruzar océanos mucho mas rápido que un ejercito. Cuando Luis XVI decidió asistir a los Americanos, se condenó a si mismo y a su régimen. Una resistencia exitosa a la autoridad real en América era todo lo que los Republicanos Franceses necesitaban para inspirarse. No hay que descontar la propia debilidad de Luis XVI. Si solo hubiese bañado a esos granujas con una lluvia de metralla cuando intentaron atacar Versalles en 1790, no hubiera existido una Revolución Francesa.”

Pero lo hizo. Cuando Luis XVI ordenó dirigir los obuses hacia la turba en Versalles, y luego envió a los Dragones Verdes a arrasar con los sobrevivientes, quebró definitivamente los movimientos Republicanos. Ese fue el momento en que el Cardenal Talleyrand, que apenas era Obispo de Autun dio el paso al frente y se convirtió en el poderoso jugador que es hoy en Francia; el mas grande ministro del Rey desde Richelieu.

“Y, después de eso, la muerte de Luis era tan inminente como la noche sigue al día,” Decía Bathurst. “Como los franceses no tenían experiencia en gobernarse a si mismo, su república estaba condenada. Si Bonaparte no hubiese tomado el poder, alguien mas lo habría hecho; cuando los franceses asesinaron a su rey, se entregaron en bandeja a un dictador. Y un dictador, sin el apoyo del prestigio de la realeza, no tenía mas opción que llevar a su pueblo a una guerra en el extranjero para evitar que se volvieran en su contra.”

Y así fue todo el camino hasta Berlín. Todo esto parece una tontería, a la luz del día, pero esa noche, mientras el movimiento del carruaje nos mecía en la oscuridad, estaba casi convencido de que la historia que me contaba era real. Lo juro tío Eugen, era aterrador, como si me estuviera dando un vistazo del infierno. ¡Gott im Himmel!, ¡las cosas que me ha contado ese hombre! Ejércitos esparcidos por todo Europa; saqueando y masacrando, ciudades en llamas, bloqueos y hambrunas; reyes destituidos, y tronos que caían como pinos, batallas que involucraban a soldados de todas las naciones donde cientos de miles caían como granos maduros, y ahí arriba sobre el campo de batalla, la satánica figura de un hombrecillo con un abrigo gris que aceptó la rendición del Emperador Austriaco y tomó al Papa prisionero en Savona.

¿Demente? ¿Creencias poco realistas dice Hertenstein? Bueno, prefiero los dementes que babean y tiran espuma de la boca y vociferan obscenas blasfemias. Pero no éste tipo de caballero tan complaciente que se sentó junto a mi y habló de semejantes horrores con una voz suave y educada, mientras bebía coñac.

Pero claro que no bebió él solo. Si tu hombre en el Ministerio, el del cabello rojo y cara de bulldog, te dice que estaba ebrio cuando entregué al inglés, será mejor que le creas.

Rudi.

Al Ministro Británico, del Conde von Berchtenwald

28 de noviembre 1809

A su Honorable:

El dossier que acompaña este carta debe servir para ponerlo al tanto del problema que enfrenta la Cancillería sin necesidad de repeticiones de mi parte. Por favor, trate de comprender que no es y nunca ha sido la intención del gobierno de Su Majestad Friedrich Wilhem III ofender o injuriar al gobierno de Su Majestad Británica George III. Nunca hubiéramos contemplado mantener bajo arresto, o manipular los papeles de un enviado acreditado de su gobierno. Sin embargo, tenemos serias dudas de que esta persona que se hace llamar Benjamín Bathurst sea ese enviado, y no creemos que le beneficie al gobierno de Su Majestad  permitir que un impostor viaje por Europa haciéndose pasar por diplomático británico. Ciertamente no tenemos nada que agradecerle a Su Majestad Británica por no tomar las medidas necesarias con esta persona en Inglaterra, podría haberse presentado como diplomático prusiano.

Este asunto nos toca muy de cerca al igual que a su gobierno; este hombre tiene en su poder una carta de salvoconducto que encontrara usted en el maletín. Es un modelo estándar, emitido por la Cancillería, y con el sello de la Cancillería, o una falsificación muy exacta del mismo. Sin embargo, está firmada por el Canciller de Prusia, con la firma inconfundible del Barón Stein, quien actualmente es Ministro de Agricultura. Le mostramos la firma al Barón Stein, sin revelarle el resto de la carta y sin duda alguna reconoció que era su propia letra. Sin embargo, cuando se le reveló el resto de la carta lo invadió un sensación de sorpresa y horror que solo la pluma de Goethe o Schiller podrían describir, y negó categóricamente haber visto ese documento antes.

No tenía mas opción que creerle. Es imposible creer que un hombre como el Baron Stein, serio y honorable pudiese ser cómplice de la fabricación de un documento como este. Ademas, yo estoy tan involucrado como él en este asunto, si el documento tiene su firma, también tiene mi sello, un sello que nunca he perdido de vista en los diez años en los que he sido Canciller. De hecho, la palabra “imposible” es apropiada para describir esta situación. Era imposible que Benjamín Bathurst hubiese entrado al patio de la posada, pero lo hizo. Era imposible que llevara documentos como los que se encontraron en el maletín o que esos papeles siquiera existan pero sin embargo hoy me encuentro enviándoselos junto a esta carta. Es imposible que el Barón von Stein firmara un papel como este pero lo hizo o que tenga el sello de la Cancillería, pero tiene ambas, la firma de Stein y mi sello.

Encontrarás en el maletín, otras credenciales, emitidas ostensiblemente por el Ministerio Británico de Asuntos Exteriores, que presentan las mismas características, firmadas por personas que no tienen conexión alguna con el Ministerio, o siquiera con el gobierno, pero tienen el sello en apariencia autentico. Si usted enviase estos documentos a Londres, me imagino que ocasionaría el mismo revuelo que esta carta de salvoconducto ha provocado aquí.

Le envío también un retrato en carbonilla de la persona que se hace llamar Benjamín Bathurst. Retrato realizado sin conocimiento del sujeto en cuestión. El sobrino del Barón von Krutz, el Teniente von Talburg, hijo de nuestro amigo en común el Conde von Tarlbug tiene una amiga, una joven muy inteligente que, como podrás ver, es una experta en este tipo de trabajo: la llevamos a una habitación en el Ministerio de Policía y se ubicó detrás de una pantalla desde donde pudo retratar el rostro del prisionero. Si envía este retrato a Londres creo que hay una buena posibilidad de que alguien lo reconozca. Doy fe de que el retrato es extraordinariamente fiel.

Para serle sincero, hemos agotado todos nuestros recursos en este caso. No entiendo como pudieron falsificar todos estos documentos, sellos y firmas, la firma del Barón von Stein es la mejor falsificación que he visto en los treinta años que llevo como funcionario del gobierno. Esto indica que alguien realizó un trabajo cuidado y minucioso, pero como, entonces, conciliamos una labor tan cuidada con torpezas y errores dignos de un niño en edad escolar, errores como firmar el documento a nombre del Barón von Stein como Canciller o el Sr. George Canning, que es miembro del partido de la oposición y no tiene conexión con su gobierno, como Secretario de Asuntos Exteriores.

Son errores que solo un demente podría cometer. Hay quienes piensan que nuestro prisionero está loco principalmente por sus delirios sobre este gran conquistador, el General Bonaparte, alias el Emperador Napoleón. Hay antecedentes de dementes fabricando evidencia para sustentar sus delirios, pero nunca he visto a uno que tenga los recursos para fabricar este tipo de papeles. Lo que es mas, algunos de nuestros mejores médicos, especialistas en desordenes mentales, lo han entrevistado y dijeron que excepto por su firme creencia en una situación inexistente está perfectamente cuerdo.

Personalmente, yo creo que todo este asunto es un gigantesco fraude, perpetrado por algún oculto y siniestro propósito, probablemente para crear confusión y destruir la confianza que existe entre su gobierno y el mío, para enfrentar a las múltiples personas relacionadas a ambos gobiernos, o para enmascarar alguna otra actividad conspiratoria. Recordara como hace algunos meses atrás desenmascaramos un complot Jacobino en Köln.

Sea lo que sea que se traiga entre manos, esto no me gusta para nada. Quiero llegar al fondo de este asunto lo mas rápido posible, y gratificaré a usted y a su gobierno por cualquier ayuda que pudiese procurar.

El honor es mío señor.

Berchtenwald

DEL BARÓN VOS KRUTZ PARA EL CONDE VON BERCHTENWALD
URGENTE, IMPORTANTE, PARA SER ENTREGADO EN PERSONA DE INMEDIATO Y SIN IMPORTAR LAS CIRCUNSTANCIAS

28 de noviembre 1809

Conde von Berchtenwald:

En la ultima media hora, es decir, alrededor de las once de esta noche, el hombre llamado Benjamín Bathurst fue asesinado de un disparo por un centinela en el Ministerio de Policía mientras intentaba escapar de nuestra custodia.

Un centinela apostado en el patio trasero del Ministerio observó que un hombre intentaba abandonar el edificio de forma furtiva y sospechosa. El centinela, que tenía ordenes estrictas de no permitir que nadie entrara o saliera sin autorización escrita, le llamó la atención: cuando intentó darse a la fuga, el centinela disparó su mosquete y lo derribó. Al oír el disparo, el Sargento de la Guardia se presentó rápidamente en el lugar con su escolta, y descubrió que el hombre a quien el centinela había disparado era el inglés, Benjamín Bathurst. El perdigón impactó en su pecho y falleció antes que el doctor pudiera atenderlo, y sin recobrar la conciencia.

Una investigación reveló que el prisionero, que estaba confinado en el tercer piso del edificio, fabricó una cuerda con las sabanas de su cama y el cordel de la campana. Esta cuerda apenas le alcanzó para llegar hasta la ventana de la oficina del segundo piso debajo de su propia recamara, pero se las ingenió para abrir la ventana de una patada. Aun intento descifrar como hizo esto sin que alguien lo oyera. Le aseguró que alguien va a responder por lo que sucedió esta noche. En cuanto al centinela, actuó según sus ordenes; lo felicité por cumplir con su deber y su puntería, y asumo por completo la responsabilidad por la muerte de este prisionero. No tengo idea de por qué el hombre que se hacia llamar Benjamín Bathurst, que hasta ahora tenía un comportamiento ejemplar y parecía asimilar su confinamiento con mucha templanza, de repente se lanzó a este apresurado y fatal intento de fuga. Debe ser por culpa de esos idiotas doctores del manicomio que han estado acosándolo. Esta tarde, deliberadamente, le entregaron un paquete de periódicos, prusianos, austriacos, franceses e ingleses, todos del mes pasado. Según ellos querían ver cómo reaccionaria. Bueno, Dios los perdone pero lo han descubierto.

¿Qué cree que debemos hacer con los arreglos funerarios?

Krutz

Del Ministerio Británico para el Conde von Berchtenwald

20 de diciembre de 1809

Mi querido Conde von Berchtenwald:

Finalmente ha llegado a mis manos una respuesta a la carta que envié a Londres el día 28 junto al maletín diplomático y los demás papeles. Papeles que entiendo quiere usted recuperar, copias de las declaraciones tomadas en Perleburg, la carta del capitán de la policía dirigida al Barón von Krutz, una carta personal del sobrino del Barón, el teniente von Talburg y la carta de salvoconducto que encontramos en el estuche, van todas juntas en este envío. No se qué habrán hecho en Whitehall con el resto de los papeles, si tengo que adivinar creería que los arrojaron a la fogata mas cercana. Si estuviera en su lugar haría lo mismo con estos documentos que le estoy devolviendo .

No he tenido respuestas, aun, al comunicado que envié el 29, informando sobre la muerte de este hombre llamado Benjamín Bathurst pero dudo mucho que haya algún comunicado oficial al respecto. Su gobierno estaba en todo su derecho de detener al sujeto, y llegado el caso, intentó escapar bajo su propio riesgo.

Para arriesgar un opinión estrictamente no oficial, no imagino que Londres esté en absoluto desatisfecho por el resultado de estos acontecimientos. El gobierno de Su Majestad esta integrado por obstinados aristócratas que no se deleitan con misterios, mucho menos si la solución a tales misterios resulta ser mucho mas perturbador que el problema original.

Esto es completamente confidencial, pero los documentos del maletín desataron un infierno en Londres, con la mitad de los peces gordos del gobierno clamando inocencia a viva voz y el resto acusando a los demás de ser cómplices en este complot. Si alguien hizo esto a propósito debo decir que tuvo un éxito arrollador. Por momentos, se temía que podía llegar hasta el Parlamento, pero eventualmente, todo el asunto fue enterrado.

Puede decirle al hijo del Conde Tarlburg que su amiga es una joven muy talentosa, su retrato fue muy halagado por una autoridad de la talla de Sir Thomas Lawrence y aquí viene la parte mas endiablada de todo este endiablado asunto. Han reconocido a la persona del retrato al instante. Es exactamente igual a Benjamín Bathurst, o debería decir, Sir Benjamín Bathurst, teniente gobernador del Rey en la Colonia Real de Georgia. Y fue el mismo Sir Thomas Lawrence quien lo retrato hace unos años y está en una excelente posición para criticar el trabajo de la joven artista. Sin embargo, Sir Benjamín Bathusrt ha estado en Savannah todo este tiempo, atendiendo asuntos relacionados a su función y a la vista del público, todo eso mientras su doble estaba en Prusia. Sir Benjamín no tiene un hermano gemelo. Alguien sugirió que este hombre podría ser un medio hermano pero no tengo conocimiento que pueda justificar esa teoría.

El General Bonaparte, alias Emperador Napoleón que tanto se ha mencionado en los documentos, parece tener su contra parte en el mundo real: hay un Coronel de Artillería con ese nombre en el ejercito francés, Un Corso que afrancesó su nombre original, Napolione Buonaparte. Es de los mas brillantes teóricos militares, estoy seguro de que alguno de tus propios oficiales podría contarte mas sobre él, oficiales como el General Scharnhorst. Su lealtad con la monarquía francesa nunca ha sido puesta en duda.

En este sentido hay otros hechos que salen a relucir en esa increíble colección de seudo misivas y seudo documentos de estado. Los Estados Unidos de América, recordara, era el nombre con el que los colonos rebeldes se referían a su territorio en la declaración de Filadelfia. El James Madison mencionado como el actual presidente de los Estados Unidos está viviendo en el exilio en Suiza. Su supuesto antecesor en el cargo, Thomas Jefferson, fue el autor de la Declaración rebelde, escapó a la Habana después de la derrota y murió, años después en el Principado de Lichtenstein.

Me resultó muy divertido descubrir que nuestro viejo amigo el Cardenal Talleyrand, sin titulo eclesiástico, ocupará el cargo de jefe asesor del usurpador Bonaparte. Siempre he creído que Su Eminencia es el tipo de sujeto que siempre cae de pie y tiene los escrúpulos necesarios para ser Primero Ministro tanto de Dios como del Diablo.

Estoy desconcertado por uno de los nombres que se menciona con frecuencia en esos fantásticos papeles. El General Inglés, Wellington. No tengo ni las mas remota idea de quien puede ser esta persona.

El honor es mío.

Sir Arthur Wellesley

FIN

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