Repeticiones

Por Jennifer Lee Rossman

He montado dinosaurios. Grandes, de los que muerden. He viajado en el Hinderburg, luchado junto a Juana de Arco, y golpeado a Jack el Destripador en el rostro.

Lo que trato de decir es que ser viajera del tiempo te pone en todo tipo de escalofriantes situaciones, pero esta es lejos la más aterradora.

Invitar a salir a una chica linda.

(Inserte alarido de terror aquí)

Lo he estado postergando, empujándolo por ese polvoriento rincón en lo más recóndito de mi mente, donde guardo todas las cosas que me atemorizan, como el hecho de que existan los ciempiés domésticos, pero es ahora o nunca, antes de que vuelva a su hogar.

Respiré profundo, con el corazón latiendo tan fuerte como redoble de tambor, y entré al laboratorio.

Ahí estaba Ada, la Condesa de Lovelace, hija de Lord Byron, la primera programadora de computadoras del mundo, y sin lugar a dudas la mujer más sexy de 1840.

Estaba inclinada sobre su computadora, su oscuro cabello caía sobre su rostro concentrado, vestía pantalones de jean y una blusa cuello en V muy lejos de las sedas y vestidos que vestiría una condesa de su época. Mi piel levantaba temperatura con solo mirarla.

“En fin,” dijo al verme llegar. “Le hice un último chequeo al sistema operativo y luce bastante bien. Arreglé los problemas que estaban causando paradojas, pero hay nuevos parámetros que quiero discutir contigo…”

Amo la forma en que dice la palabra paradoja con ese acento, con una O larga, sus labios dibujan una mueca hermosa, como cuando dice mi nombre.

“¿Roz?”

Parpadeé y levanté la vista de sus labios.

“¿Roz, escuchaste lo que acabo de decir?”

Asentí vigorosamente, una mentira con entusiasmo.

“Entonces si quieres probar tu máquina…”

“Eres hermosa.”

Su rostro se detuvo en el acto, como si fuera un video pausado a mitad de palabra y yo quería fundirme en un charco de vergüenza.

“Soy… hermosa,” repitió, con su voz desprovista de cualquier tipo de inflexión que me ayudaría a saber cómo arreglar esto. ¿Retiro lo dicho? Se me hace ofensivo. ¿Quizás debería decirle que lo dije con intención de sonar gay?”

Pero sí, mi intención era la más gay posible. Quería que fuera el comienzo de una relación que nos llevara a casarnos con vestidos de princesas que hicieran juego y tuviéramos bebés y nuestra propia empresa de viajes en el tiempo y…

Viajes en el tiempo, pero claro.

“¿Sabes qué?” dije, con las manos en alto. “Déjame intentar esto otra vez.”

La dejé ahí confundida y salí del laboratorio. Ajusté mi reloj pulsera/máquina del tiempo para volver dos minutos, y un brillo azul me envolvió. El brillo se apagó y volví a entrar, ahí estaba nuevamente inclinada sobre su computadora.

Levantó la vista cuando me vio. “En fin…”

“¿Te gustan las chicas?” la interrumpí, porque sí, soy así de sutil. Cuando no responde de inmediato, agrego, “a mí sí. Y los chicos. Y alguna vez durante un confuso episodio, un zorro animado. Pero las chicas son lo más relevante en este momento porque me gustas tú.”

Facepalm

Volví a salir sin decir una palabra más y ajusté la máquina, resplandor azul. No solíamos tener el resplandor azul, debe ser una de las mejoras del sistema.

Esta vez, entré con un plan, y ese plan era la poesía. Que chica puede resistirse a un buen juego de palabras.

Tenía el poema perfecto en mente. Antes de que pudiera decir algo, me lancé en un apasionado recitado. “Doncella de Atena, aquí nos separamos, le ruego devuelva, oh doncella, me devuelva el corazón”

Su reacción inicial de asombro empezaba a formarse en sus labios, había un poco de confusión en ella, y ¿un poquito de asco?

“Ya que desde que dejó mi pecho,” continué, “Tómelo ahora y deje el resto. Escuche mis votos…”

Oh no.

Acabo de recordar quien escribió el poema.

Las cejas perfectas de Ada se juntaron. “¿Roz, intentas seducirme con un poema escrito por mi padre?”

“Si. Afortunadamente estoy a punto de cambiar la historia para que no recuerdes nada de esto cuando vuelva,” le dije y salí rápidamente por la puerta. Volví a viajar.

Bien, concéntrate.

Respiré lenta y profundamente, y pensé exactamente lo que quería decir. Junté a Napoleón y Josefina cuando una ruptura del tiempo borró el día en que se conocieron; si pude hacer eso, puedo hacer esto, claro que puedo.

… es lo que me digo a mi misma para no vomitar.

“Hola, Señorita Lovelace,” dije esta vez, intentando permanecer tranquila a pesar de que un salvaje rubor que debía de verse desde el espacio se apoderó de mi rostro “¿Tiene un momento para que hablemos de algo importante?”

Ada se inclina hacia mi cerrando su computadora, una sonrisa cómplice se dibuja en sus labios cubiertos de fresa (le presté mi brillo labial saborizado, por lo que no tengo duda que su beso será delicioso). Una corriente me atraviesa el cuerpo, ¿quiere hablar de lo que yo quiero hablar? Pero en su lugar dice, “Si, creo que deberíamos repasar algunas de las nuevas funciones de tu sistema operativo antes que me vaya,” me desmoralizó un poco.

¿Acaso imaginé todas las miradas que me robó cuando pensó que no estaba mirando? ¿Las seductoras charlas que teníamos durante las largas noches que nos quedamos codificando? ¿Todas esas veces que sus manos se alejaron del teclado para encontrarse con las mías, sin razón alguna excepto para demostrar que obviamente éramos protagonistas de nuestra propia comedia romántica?

Me mordí los labios y me senté junto a ella en la mesa. Mi confianza se desvanecía como las velas de una olvidada torta de cumpleaños, pero tenía que intentarlo.”

“Ada…”

“Uno de los cambios que he hecho,” interrumpió, apoyando el mentón sobre sus manos, “con suerte ayudará a prevenir las paradojas.” De nuevo sus labios con la palabra paradoja.

Imite su postura y preste atención esta vez.

Habló lentamente, como si esta información fuera parte de una broma. “Implementé un salvaguarda para evitar que viajeros del tiempo interfieran con sus propias líneas temporales.”

Esperen.

“Si intentas regresar y cambiar tu propia historia, la máquina no funcionará. En lugar de una alarma verás un resplandor azul.”

Pero eso significa…

“Por ejemplo, si quisieras deshacer tus bochornosos intentos de confesar tus sentimientos, la chica te vería salir por la puerta sólo para regresar segundos después e intentarlo de nuevo.”

Oh.

Oh no.

El hielo reemplazó el rubor ardiente a medida que mi sangre se enfriaba hasta convertirse en un batido de cereza.

¿Se puede morir de vergüenza?

Mi boca quedo ahí, abierta del horror, lo que hizo todo aún más incómodo cuando ella se inclinó para besarme. El calor regreso en un instante, y deseé que no hubiese hecho imposible regresar sobre mi propia línea del tiempo.

Porque quería revivir este momento una y otra vez.

FIN

Jennifer Lee Rossman es una escritora con autismo, queer y discapacitada que reside en Binghamton, New York. Ademas de escribir le gustan los dinosaurios, la musica antigua y las chicas lindas con dientes filosos. Para leer mas de su trabajo en inglés pueden visitar su sitio http://jenniferleerossman.blogspot.com o seguirla en Twitter  @JenLRossman.

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