La rata endemoniada

Por Edward Page Mitchell

Publicada originalmente en 1878 en el periódico The Sun

Es sabido que cuando un hombre vive en un castillo abandonado, en la cima de una gran montaña, junto al río Rin, es susceptible de caer en rumores. La mitad de la buena gente del pueblo de Schwinkenschwank, incluyendo al alcalde, y a su sobrino, creían que yo era un fugitivo de la justicia americana. La otra mitad estaba convencida de que estaba loco, y esta teoría tenía su principal sustento en el profundo conocimiento del notario sobre la naturaleza humana y su aguda lógica. Las dos mitades de tan interesante controversia estaban tan bien equilibradas que ocupaban todo su tiempo discutiendo entre ellos y nadie me molestaba.

Como cualquier persona con la mínima pretensión de conocimiento cosmopolita sabe, el antiguo Palacio de Schwinkenschwank está habitado por los fantasmas de veintinueve barones y baronesas de la época medieval. El comportamiento de estos espectros ancestrales era por demás considerado. Me molestaban, claro, pero mucho menos que las ratas, las cuales rondaban en grandes grupos por todo el castillo. Cuando tomé posesión de mi habitación por primera vez tuve que dormir con una lampara prendida toda la noche, y golpear a mis alrededores con un bastón para alejarlas y no sufrir el mismo destino del Obispo Hatto. Después de eso, mandé a pedir a Fráncfort una jaula de hierro en la cual pudiera dormir cómodamente y de forma segura, por lo menos después de  acostumbrarme al agudo crujido de los dientes de las ratas al intentar roer la jaula en un infructuoso esfuerzo para entrar y devorarme.

Con excepción de los espectros y las ratas y algún que otro murciélago o búho, soy el primer ocupante del Palacio de Schwinkenschwank en tres o cuatro siglos. Después de abandonar Bonn, donde me beneficie en gran medida de las enseñanzas e ingeniosas lecciones del famoso Calcarius, profesor emérito de Ciencias Metafísicas en tan admirable universidad, seleccioné este ruinoso lugar como el mejor lugar para realizar un experimento psicológico. El terrateniente heredero, Von Toplitz, dueño del Palacio no se sorprendió en absoluto cuando acudí a él y le ofrecí seis táleros al mes por el privilegio de arrendar su desvencijado castillo. El recepcionista de un hotel en Broadway no podría haber tomado mi pedido en forma mas relajada o mi dinero con un espíritu tan emprendedor.

“Necesito el dinero del primer mes por adelantado” me dijo.

“Para eso, afortunadamente estoy preparado, mi señor heredero de alta alcurnia” le respondí, contando seis dólares. Los guardó en su bolsillo y me dio un recibo. Me pregunté si alguna vez habría intentado cobrarle renta a sus fantasmas.

La habitación mas habitable del castillo estaba en la torre noroeste, pero ya estaba ocupada por Lady Adelaide María, la hija mayor del Baron Von Schotten, a la cual su afectuoso padre la había matado de hambre en el siglo trece por rehusarse a casarse con un saqueador rengo que vivía río arriba. Como no me atreví a invadir el cuarto de una dama, ocupe mis aposentos en lo alto de las escalinatas de la torreta sur, donde no había nadie excepto por un monje sentimental, que salía la mayoría de las noches por lo que no me ocasionaba grandes molestias.

Con la calma de ese nivel de aislamiento como el que disfruté en el palacio me fue posible reducir la actividad mental y física al grado mínimo posible para la vida humana. San Pedro de Alcantara, quien falleció hace cuarenta años en la celda de un convento, se adoctrinó a sí mismo para dormir solo una hora y media por día y a comer una vez cada tres días. En la medida que las funciones del cuerpo son disminuidas hasta ese punto, él debió, y de esto soy un fiel creyente, haber reducido el tamaño de su alma casi hasta convertirse en la de un infante inconsciente. Es el ejercicio, el pensamiento, la fricción, la actividad lo que hace surgir la individualidad de la naturaleza humana. Las significativas palabras del Profesor Calcarius se grabaron a fuego en mi memoria:

“¿Cuál es el misterioso lazo que une nuestra alma con nuestro cuerpo en vida? ¿Por qué soy yo Calcarius, o mejor dicho por qué el alma llamada Calcarius ocupa este organismo en particular? (En ese instante el ilustrado profesor se palmeó el muslo con su mano regordeta) ¿Podría yo ser otra persona y otra persona podría ser yo? Despegar el ego individualizado de su entorno de carne al cual se adhiere por una cuestión de costumbre y por el largo contacto entre ellos y ¿quién dice que no se lo puede expulsar voluntariamente, dejando el cuerpo vivo vacante para ser ocupado por un ego no individualizado, mas digno y mejor que el anterior?

Esta idea tan profunda tuvo un efecto duradero en mi mente. Si bien estoy satisfecho con mi cuerpo que considero en buen estado, saludable, y razonablemente atractivo, me siento insatisfecho con mi alma desde hace mucho tiempo  y la constante meditación sobre sus defectos, su crudeza, su ineficacia, ha intensificado esa insatisfacción para convertirse en disgusto. ¡Podría acaso, escapar de mí mismo, arrancar esta imitación de diamante de su aceptable recipiente y reemplazarlo con una verdadera joya, qué estaría dispuesto a sacrificar y qué tan fervientemente alabaría a Calcarius y ese dichoso momento que me llevo hasta Bonn!

Fue para probar este experimento que nunca ha sido probado que me recluí en el Palacio Schwinkenschwank.

Con excepción del pequeño Hans, el hijo del posadero, que sube a la montaña tres veces por semana desde el pueblo para traerme pan, queso y vino blanco y tiempo después su hermana, la única visita que he tenido durante mi retiro fue el profesor Calcarius. Viajó dos veces desde Bonn para alentarme y darme valor.

Durante su primera visita se nos hizo de noche mientras seguíamos hablando de Pitágoras y la metempsícosis. El brillante metafísico era un hombre corpulento y muy miope.

“Nunca podré bajar la colina con vida” me dijo, estrujando sus manos con ansiedad. “Me tropezaré y, Gott in Himmel, probablemente caeré sobre una piedra filosa”

“Debe quedarse a pasar la noche, profesor,” le dije, “y dormir conmigo en la jaula de metal. Me gustaría que conozca a mi compañero de cuarto, el monje.”

“Completamente subjetivo, mi querido y joven amigo,” me dijo. “Tu aparición es una criatura del nervio óptico y lo contemplaré sin exaltarme, como es propio de un filósofo.”

Puse al Herr profesor a dormir en la cama de la jaula de metal y con mucha dificultad me apretujé a su lado. A petición especial le dejé la lampara encendida. “No porque tenga temor de sus espectros personales,” explicó. “Son un mero producto de tu imaginación, eso es todo. Pero en la oscuridad podría rodar y aplastarte.”

“¿Qué tal avanza la autosupresión?” me preguntó eventualmente “¿la subordinación del alma individual? ¡Eh! ¿Qué fue eso?”

“Una rata que intenta alcanzarnos,” le respondí. “Calma, no hay ningún peligro. Mi experimento avanza satisfactoriamente. Ya he eliminado todo interés en el mundo exterior. Amor, gratitud, amistad, la preocupación por mi propio bienestar y el de mis amigos ya casi ha desaparecido. Pronto, espero, mis recuerdos también desaparecerán, y con mis recuerdos, mi pasado individual.”

“¡Lo estás haciendo de maravillas!” exclamó con entusiasmo. “y estas prestando a la ciencia de la psicología un servicio inestimable. Muy pronto tu naturaleza psíquica estará en blanco, vacía, lista para recibir… ¡Dios me salve!, ¿Qué fue eso?

“Solo el graznido de un búho,” dije yo, tranquilizándolo, mientras la gran ave gris con el cual me había familiarizado aleteaba ruidosamente a través de la apertura del techo y se posaba sobre nuestra jaula de hierro.

Calcarius observó el ave con interés, y el búho lo miró fijamente.

“Quien sabe,” dijo herr profesor, “si lo que da vida a este búho es el alma de algún fallecido gran filosofo. Quizás Pitágoras, quizás Plotinus, podría ser el espíritu del mismísimo Sócrates el que habita debajo de esas plumas.”

Confieso que semejante idea ya se me había ocurrido.

“Y en ese caso,” continuó el profesor, “solo tienes que negar tu propia naturaleza, anulando tu propia individualidad, para recibir en tu cuerpo esta gran alma, la cual es, si mi intuición no me falla, la de Sócrates, y está rondando tu estructura psíquica, esperando a hacer su entrada. Continúa con tu meritorio experimento, mi joven estudiante, y la ciencia metafísica… ¡cielo santo! ¿Ese es el Diablo?

Era la gigantesca rata gris, mi visitante nocturna. Esta criatura horrenda había crecido durante su vida, la cual estimo debe rondar el siglo, hasta el tamaño de un pequeño perro terrier. Sus bigotes eran perfectamente blancos y muy gruesos. Sus colmillos eran tan largos que se curvaban hasta casi penetrar su cráneo. Sus ojos eran grandes e inyectados de sangre. La comisura de su labio superior estaba tan arrugada que su semblante tenía una expresión de malignidad diabólica, rara vez visto con excepción de algunos rostros humanos. Era demasiado vieja y sabia para intentar roer la jaula, pero se sentó en sus patas traseras y nos avizoró con una mirada de odio indescriptible. Mi acompañante tembló. Al cabo de un rato, la rata dio media vuelta, repiqueteó su callosa cola contra la jaula y desapareció en la oscuridad. El profesor Calcarius suspiró aliviado, y momentos después ya dormía en forma tan profunda que ni los búhos, las ratas o los espectros se volvieron a acercar a nosotros hasta la mañana.

 Había tenido tanto éxito en fusionar mis cualidades intelectuales y morales en la rutina de una  simple existencia animal que cuando llegó el momento para que Calcarius volviera, como lo había prometido, sentí poco entusiasmo por su inminente visita. Hansel, quien era mi proveedor, había caído enfermo  de sarampión, y mi suministro de comida y vino empezó a depender de su bella hermana Emma, una doncella de cabellos dorados de dieciocho años, que escalaba el empinado sendero con la elegancia y la agilidad de una gacela. Era una joven inocente, y me contó su pequeña historia de amor. Fritz era un soldado en el ejercito del Emperador Guillermo y se encontraba entonces en la guarnición de Colonia. Esperaba que pronto lo ascendieran a teniente, ya que era valiente y leal, y entonces podría volver a casa y casarse con ella. Había ahorrado su jornal diario hasta recaudar una buena cantidad, que le había enviado con el fin de que pudiera comprar su nombramiento. ¿He visto a Fritz alguna vez? ¿No? Era apuesto y bueno y ella lo amaba mas de que lo podía poner en palabras.

Escuché este parloteo con la misma cantidad de interés romántico que me produciría un postulado de Euclídes y me felicité a mí mismo porque mi vieja alma casi había desaparecido. Cada noche el búho gris se posaba encima mio. Sabía que Sócrates me estaba esperando para tomar posesión de mi cuerpo y anhelaba abrir mi pecho para recibir esa grandiosa alma. Cada noche la detestable rata se presentaba y observaba a través de los alambres. Su fría y despectiva malicia me exasperaba extrañamente, quería estirar mi brazo por debajo de la jaula, atraparlo y estrangularlo, pero le temía al veneno de su mordida.

Mi propia alma estaba, en ese entonces, casi completamente agotada, gracias a una disciplinada falta de uso. El búho me miro cariñosamente desde arriba con ojos placenteros. Un espíritu noble parecía brillar a través de ellos y decir “vendré cuando estés listos.” Mire yo también a la refulgente profundidad de su mirada y exclamé con infinito anhelo, “Ven pronto, oh Sócrates, ¡ya casi estoy listo!” Pero al apartar la mirada y voltear hacia otro lado encontré la maligna mirada de la monstruosa rata, cuya desdeñosa malignidad me jalaba de vuelta a la tierra y a sus odios terrenales.

Mi odio hacia la abominable bestia era el único rasgo mi de antigua naturaleza que sobrevivía en mi. En su ausencia, mi alma parecía flotar alrededor por encima de mi cuerpo, lista para alzar el vuelo y liberarse para siempre. En su presencia, un disgusto y un odio inconquistables deshacía en un segundo todo lo que había logrado, y yo seguía siendo el mismo. Para tener éxito en mi experimento, sentí que esa odiosa criatura cuya presencia ahuyentaba al alma del gran filosofo debía ser despachada cualquiera sea el costo, el peligro o el sacrificio.

“¡Te matare animal despreciable!” le grité a la rata: “para que mi cuerpo emancipado pueda recibir el alma de Sócrates que espera ansioso por mi.”

La rata se volvió hacia a mi con sus ojos lascivos y con una sonrisa mas sarcástica que nunca. Su burla era mas de lo que podía soportar. Tiré del lateral de la jaula de alambre y agarré desesperadamente a mi enemigo. Lo tomé de la cola. Lo acerqué hacia mi. Le trituré los huesos de sus delgadas piernas, tanteé a ciegas buscando su cabeza y lleve ambas manos a su cuello, acabando con su vida en un terrible apretón. Con toda la fuerza que pude disponer, y con toda la imprudencia de un propósito desesperado, desgarré y destrocé la carne de mi odiosa victima. Casi sin aliento, emitió un espantoso grito salvaje de dolor, hasta que finalmente palideció y dejo de moverse en mis manos. El odio estaba satisfecho, mi ultima pasión había llegado a su fin, y ya era libre para recibir a Sócrates.

Cuando desperté después de dormir largamente pero sin soñar, los eventos de la noche anterior y, de hecho, de toda mi vida eran como incidentes que apenas recordaba de una historia leída hace muchos años.

El búho se había ido pero el destrozado cadáver de la rata yacía a mi lado. Incluso en la muerte su rostro esbozaba una sonrisa horrible. Ahora lucía como una satánica sonrisa de triunfo.

Me levanté y sacudí mi somnolencia. Una nueva vida parecía arder en mi venas. Ya no era indiferente y negativo. Adopté un vivido interés en mis alrededores y quería salir a ver el mundo, estar entre los hombres, sumergirme en sus asuntos y regocijarme en mis acciones.

La bella Emma vino con su canasta “voy a dejarte,” le dije. “Buscaré mejores aposentos que el Schloss Schwinkenschwank.”

“¿Iras entonces a Colonia,” pregunto con entusiasmo, “a las barracas donde están los soldados del Emperador?”

“Quizás lo haga, de paso en mi ruta hacia el mundo.”

“¿Irías con Fitz por mi?” continuó, sonrojándose. “Tengo buenas noticias para enviarle. Su tío, el malvado viejo notario, murió anoche. Fritz es dueño de una pequeña fortuna ahora, y debe volver a casa conmigo de inmediato.”

“¿El notario,” dije lentamente, “falleció anoche?”

“Si, señor; dijeron que tenía el rostro ennegrecido esta mañana. Pero son buenas noticias para Fritz y para mi.”

“Quizás,” continué, un poco mas lento “ quizás Fritz no me crea. Soy un extraño, y los hombres que conocen el mundo, como tu joven soldado, son propensos a desconfiar.”

“Lleva este anillo,” respondió ella rápidamente, tomando una baratija sin valor de uno de sus dedos. “Fritz me lo dio y de esa manera él sabrá que puede confiar en ti.”

Mi siguiente visita fue el erudito Calcarius. Estaba sin aliento cuando llegó al apartamento que me disponía abandonar.

“¿Cómo va nuestra metempsícosis, mi valioso aprendiz?” preguntó. “Llegue ayer a la tarde de Bonn, pero en lugar de pasar otra noche con tus horrendos roedores, sometí mi bolsillo a la extorsión del posadero del pueblo. Ese bandido me estafó,” continuó, tomando su bolso y contando una pequeña fortuna de plata, “me cobró cuarenta groschen por cama y desayuno.”

La visión de la plata, y el dulce tintinear de las piezas al entrar en contacto con la palma del Profesor Calcarius, maravillaron mi nueva alma con una emoción que hasta ese momento no había experimentado. La plata parecía en ese momento el objeto mas brillante del mundo, y la adquisición de la plata, por cualquier medio, parecía el mas noble ejercicio de energía humana. Con un repentino impulso que fui incapaz de resistir, salté sobre mi amigo e instructor y le arrebaté el bolso de las manos. Emitió un grito de sorpresa y asombro.

“¡Silencio!” grité; “no te servirá de nada. Tus patéticos gritos solo serán oídos por ratas, búhos y fantasmas. El dinero es mío.”

“¿Qué es esto?” exclamó él. “Le robas a tu invitado, a tu amigo, tu guía y mentor en el sublime camino de la ciencia metafísica? ¿Qué perfidia se ha posesionado de tu alma?”

Tomé al profesor de las piernas y lo arrojé violentamente contra el suelo. Luchó como también había luchado la rata gris. Arranque partes de la jaula de alambre y le ate las manos y los pies tan ajustado que el alambre penetraba su gorda carne.

“Ho!Ho!” le dije, parado sobre el; “que festín les espera a las ratas con tu corpulento cadáver,” y me di vuelta para irme.

“¡Santo Dios!” gritó. “No pretenderás dejarme aquí, nadie viene aquí jamas.”

“Tanto mejor,” le respondí, rechinando los dientes y sacudiendo mi puño frente a su rostro: “así las ratas tendrán la oportunidad de liberarte, sin interrupciones, de tu carne superflua. Y oh, si que están hambrientas, te lo aseguro, Herr Metafísico, te ayudaran rápidamente a resolver el misterioso lazo que une al alma con un cuerpo vivo. Saben muy bien como separar el ego individualizado de su entorno de carne. Te felicito por el éxito asegurado de  tu extraño experimento.”

Los gritos del Profesor Calcarius se fueron haciendo cada vez mas difusos mientras bajaba por la colina. Cuando ya no podía oírlo, me detuve a contar mis ganancias. Una y otra vez, con una alegría extraordinaria, conté los táleros de su bolso, y siempre con el mismo resultado. Habían solo treinta piezas de plata.

Mi camino hacia el mundo del intercambio y de la ganancia me llevó hasta Colonia. En las barracas busque a Fritz Schneider de Schwinkenschwank.

“Amigo mio,” le dije, colocando mi mano sobre su hombro. “Voy a hacerte el mayor favor que un hombre le puede hacer a otro. ¿Amas a la pequeña Emma, la hija del posadero?”

“Así es,” le dijo. “¿Traes noticias suyas?”

“No hace mucho que me separe de su fogosa compañía.”

“¡Es mentira!” gritó. “La pequeña es tan genuina como el oro.”

“Es tan falsa como el metal de esta baratija,” le dije con compostura a la vez que le arrojaba el anillo de Emma. “Me lo dio ayer cuando nos separamos.”

Miro el anillo y se llevo ambas manos a la frente. “Es verdad,” farfulló. “¡Nuestro anillo de compromiso!” observé su angustia con interés filosófico.

“Tenga,” continuó, tomando un monedero prolijamente tejido de su pecho. “Aquí está el dinero que me envió para ayudarme a avanzar en la carrera. ¿Quizás entonces te pertenezca?”

“Es muy probable,” le respondí, muy calmado. “Las piezas me resultan familiares.”

Sin mediar otra palabra el soldado arrojo el monedero a mis pies y se dio media vuelta. Lo escuché sollozar y fue como música para mis oídos. Entonces, recogí el monedero y me apresure al café mas cercano a contar la plata. Nuevamente habían treinta piezas.

Adquirir plata, esa es la nueva motivación principal de mi nueva naturaleza. Es un placer glorioso ¿no es así? Que suerte la mía que el alma que se posesionó de mi cuerpo en el castillo, no fue la  de Sócrates, la cual me hubiera convertido, en el mejor de los casos, en un aburrido pensador como Calcarius; sino que fue el alma que había habitado en la rata gris hasta que la estrangule. Por un momento pensé que mi nueva alma le pertenecía al notario muerto del pueblo, pero ahora entiendo que la heredé de la rata, y creo que es el alma que alguna vez le dio vida a Judas Iscariote, ese príncipe de los hombres prácticos.

Fin.

Edward Page Mitchell (1852-1927) fue editor del periódico neoyorquino The Sun, donde publicó la totalidad de su obra. Treinta relatos cortos que abarcan desde la proto-ciencia ficción al misterio sobrenatural. Hoy en día se considera que su obra puede haber sido influencia temprana de muchas de las mas grandes obras del género fantástico, escribió, por ejemplo, sobre hombres invisibles y viajes en el tiempo diez años antes que H.G. Wells. Definitivamente un autor que vale la pena rescatar del olvido.

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