Hechizado

Por Edith Wharton

I

La nieve caía profusamente cuando Orrin Bosworth, un granjero de las tierras al sur de Lonetop, guío su trineo hasta la verja de Saul Rutledge. Se sorprendió al ver que dos trineos habían llegado antes que él. De ellos descendieron dos figuras cubiertas. Bosworth, cada vez mas sorprendido, reconoció al Diacono Hibben, de North Ashmore, y a Sylvester Brand, el viudo, de la vieja granja Bearcliff camino a Lonetop.

No era frecuente ver a alguien del Condado Hemlock cruzar la verja de Saul Rutledge; mucho menos durante el crudo invierno, y convocados (como Bosworth mismo) por la señora Rutledge, que tenía la reputación, incluso en esta región tan poco social, de ser una mujer fría y solitaria. La situación bastaba para excitar la curiosidad de hombres mucho menos imaginativos que Orrin Bosworth.

Mientras atravesaba los derruidos postes blancos de la verja adornada con urnas talladas, los dos hombres adelante ya guiaban sus caballos al cobertizo adjunto. Bosworth los siguió y lio su caballo a un poste. Entonces, los tres se sacudieron la nieve de los hombros, estrecharon sus manos y se saludaron mutuamente.

-Hola, Diacono.

-Buenas, Orrin…-estrecharon sus manos.

-Buen día, Bosworth- dijo Silvester Brand, asintiendo levemente. Rara vez expresaba algo de cordialidad en sus modales, pero en esta ocasión seguía ocupándose de las bridas de su caballo.

Orrin Bosworth, el mas joven y mas comunicativo de los tres, se volvió hacia el Diacono Hibben, cuyo rostro alargado, extrañamente hinchado y un poco decrepito seguía siendo menos intimidante y áspero que el de Brand.

-Es extraño, verlos a todos aquí reunidos. La Sra. Rutledge me envió un mensaje para que viniera a verla- dijo Bosworth.

El Diacono asintió.
-A mi también, envió a Andy Pond ayer por la tarde. Espero que no haya tenido algún problema…

Le hecho un vistazo al desolado frente de la casa Rutledge, cubierto de nieve, su decadente estado actual expresaba melancolía ya que al igual que los postes de la verja aun mantenía rastros de una elegancia extinta. Bosworth a menudo se preguntaba como pudieron construir semejante casa en este estrecho solitario entre North Ashmore y Cold Corners. Las personas dicen que alguna vez hubo muchas casas como esas, que formaron un pequeño poblado llamado Ashmore, una suerte de colonia montañesa creada por capricho de un Oficial Realista Inglés, el Coronel Ashmore, que fue asesinado por los Indios junto a toda su familia, mucho años antes de la revolución. Esta historia tenía sustento material en la cantidad de ruinas de sótanos de casas mas pequeñas cubiertos por vegetación en las colinas adyacentes, y por el plato de la comunión de la moribunda iglesia Episcopal de Cold Corners que lleva tallado el nombre del Coronel Ashmore, quien lo habría donado a la iglesia de Ashmore en el año 1723. No hay rastros de esa iglesia. Sin dudas había sido una modesta construcción de madera, construida sobre pilares, y que la conflagración que había consumido las otras casas también la había reducido a cenizas. El lugar, incluso en verano, tenía un aire solitario y lúgubre, las personas se preguntaban por qué el padre de Saul Rutledge se había asentado justo ahí.

-Nunca conocí un lugar- dijo el Diacono Hibben-, con un aspecto tan alejado de la humanidad. Siendo que no está realmente tan lejos en cuestión de kilómetros.

-Los kilómetros no es la única distancia- respondió Orrin Bosworth, y los dos hombres, seguidos por Sylvester Brand, caminaron hasta la puerta principal. Las personas en el Condado Hemlock no solían llegar y aparecerse en la puerta frontal de los demás, pero los tres hombres sintieron que la ocasión, que parecía ser tan excepcional, lo demandaba y la forma mas familiar y común de acercarse a la puerta de la cocina no era la mas apropiada.

Su criterio resultó ser el apropiado, ya que apenas el Diacono levantó a aldaba para golpear la puerta, ésta se abrió y la Sra. Rutledge apareció frente a ellos.

-Adelante- dijo ella en su habitual y lúgubre tono de voz; y Bosworth pensó mientras seguía a los demás-, lo que sea que haya sucedido es evidente que su expresión no es un reflejo de ello .

Extraño seria, de hecho, si se pudiera percibir algo por la expresión facial de Prudence Rutledge, su alcance era tan limitado, y sus rasgos parecían tallados en piedra. Estaba vestida para la ocasión, con calicó negro con puntos blancos, un collarín tejido a crochet ajustado por un broche dorado, y un chal de lana gris cruzado bajo sus brazos y atado en la espalda. Lo único que resaltaba de su pequeña y angosta cabeza era como su frente se proyectaba y rodeaba sus pálidos ojos con anteojos. Su oscuro cabello, peinado al medio se ajustaba a su cabeza y pasaba justo por encima de sus orejas y se convertía en una pequeña trenza que terminaba en la nuca. Su comprimida cabeza parecía aun mas angosta colgada sobre su largo y demacrado cuello. Sus ojos eran fríos y grises y sus complexión era aun mas blanca. Su edad rondaba entre los treinta y cinco y los sesenta.

El cuarto al cual guió a los tres hombres probablemente había sido el comedor de la casa Ashmore. Servía ahora como recibidor y una estufa negra de zinc sobresalía abruptamente del delicado panel tallado del marco de madera de la chimenea. Un fuego recién encendido centellaba forzosamente y el cuarto era intimo y brutalmente frio a la vez.

-Andy Pond- llamó la Sra. Rutledge a alguien en la parte trasera de la casa-, sal y llama al Sr. Rutledge. Lo encontraras en el cobertizo de la leña o en algún lugar cerca del granero-. Se volvió hacia sus visitas-. Por favor, tomen asiento- les dijo.

Los tres hombres, cada vez con mas reservas, ocuparon las sillas que se les indico, y la Sra. Rutledge se sentó rígidamente en la cuarta, detrás de una desvencijada mesa para fabricar joyería. Miro detenidamente a sus invitados.

-Me imagino que se estarán preguntado porque les he pedido venir hasta aquí- dijo con su lúgubre tono de voz. Orrin Bosworth y el Diacono Hibben murmuraron algo en señal de asentimiento, mientras Sylvester Brand se sentó silenciosamente, con los ojos, abrigados por una espesa mata de cejas, fijos en la inmensa puntera de bota que colgaba frente a él.

-Bueno, me imagino que no estaban esperando una fiesta- continuó la Sra. Rutledge.

Nadie arriesgo una respuesta a tan fría cordialidad por lo que ella continuó
-, estamos en problemas, eso es un hecho. Y necesitamos consejo, es decir, el Sr. Rutledge y yo-. Se despejo la garganta y agregó en un tono aun mas bajo, con sus impiadosos ojos mirando directamente frente a ella-, un hechizo ha caído sobre el Sr. Rutledge.

El Diacono los miró agudamente y una sonrisa de incredulidad empezó a dibujarse en sus delicados labios.

-¿Un hechizo?

-Es lo que he dicho; está hechizado.

Los tres visitantes volvieron a guardar silencio; entonces Bosworth, que se desenvolvía mejor o que se restringía menos que los demás, preguntó en tono humorístico -,¿utiliza la palabra en el estricto sentido de las Escrituras Sra. Rutledge?

Ella lo miro fijo antes de responder.

-Así es como él la usa.

El Diacono tosió y se aclaro la garganta.

-¿Le molestaría darnos un poco mas información antes de que su esposo se nos una?

La Sra. Rutledge bajo su mirada hacia sus manos entrecruzadas, como considerando la petición. Bosworth notó que el pliegue interior de sus parpados era del mismo blanco uniforme que el resto de su piel, por lo que cuando bajo su mirada, sus prominentes ojos lucían como los enceguecidos orbes de una estatua de mármol. La imagen era desagradable, por lo que apartó la mirada y encontró un texto sobre la mesa, que decía:

El Alma que pecare, esa morirá.

-No- dijo ella eventualmente-, esperaré por él.

En ese momento, Sylvester Brand se levantó súbitamente empujando su silla.
-Lo siento- dijo, con su áspero tono de voz -, no tengo interés en revelar algún misterio de la Biblia, y casualmente hoy es el día en que tenía que ir a Starkfield a cerrar un trato con un hombre.

La Sra. Rutledge levantó uno de sus largas y delgadas manos. Marchitas y arrugadas por el trabajo duro y el frio, pero del mismo blanco plomizo que su rostro.
-No lo haremos esperar mucho- dijo ella-. ¿Podría tomar asiento?

El granjero Brand se quedo ahí indeciso, sus purpúreos labios se crisparon-, el Diacono está aquí, estas cosas son mas de su incumbencia…

-Me gustaría que se quedará- dijo tranquilamente la Sra. Rutledge, y Brand tomo asiento.

Un silencio se apodero del cuarto, durante el cual las cuatro personas parecían forzarse a escuchar el sonido de los pasos, pero ninguno llego, y al cabo de un minuto o dos, la Sra. Rutledge volvió a hablar.

-Fue en esa vieja choza junto al estanque Lamer; ahí fue donde ellos se conocieron- dijo súbitamente.

Bosworth, cuyos ojos se posaban sobre el rostro de Sylvester Brand, creyó ver una especie de rubor interno en la endurecida piel del granjero. El Diacono Hibben se inclinó hacia adelante con un destello de curiosidad en sus ojos.

-¿Ellos… quienes, Sra. Rutledge?

-Mi esposo, Saul Rutledge… y ella…

Sylvester Brand se sacudió en su asiento.
-¿A quién se refiere con ella?- preguntó abruptamente, como si de pronto se despabilara de una larga meditación.

El cuerpo de la Sra. Rutledge no se movió; simplemente hizo girar su cabeza sobre su largo cuello y lo miro.

-Su hija, Sylvester Brand.

El hombre se puso de pie en un estallido de sonidos inarticulados.
-¿Mi hija? ¿de qué demonios está hablando? Mentira, inmunda mentira… eso es lo que es..

-Su hija Ora, Sr. Brand- dijo lentamente la Sra. Rutledge.

Bosworth sintió que un frio helado le recorrió la columna. Instintivamente, alejo sus ojos de Brand y los depositó sobre el mohoso semblante del Diacono Hibben. Su piel entre las manchas estaba ahora tan blanca como la de la Sra. Rutledge y sus ojos ardían entre la blanquitud de sus ojos como ascuas vivas entre las cenizas.

Brand lanzo una risotada, una oxidada y crujiente risa de alguien cuyos exabruptos no suelen venir acompañados de algún sentimiento de alegría.
-¿Mi hija Ora?-Volvió a preguntar.

-Si.

-¿Mi difunta hija?

-Es lo que él dice.

-¿Su esposo?

-Es lo que el Sr. Rutledge dice.

Orrin Bosworth escuchó todo con un sentimiento de asfixia, sintió como si estuviera luchando contra un horror inimaginable en un sueño. No pudo resistirse y volvió a posar sus ojos sobre el rostro de Sylvester Brand. Para su sorpresa había retomado su imperturbable expresión natural. Brand se puso de pie.
-¿Eso es todo?- preguntó con desprecio.

-¿Si es todo? ¿No le parece suficiente?¿Cuando fue la ultima vez que vieron a Saul Rutledge, alguno de ustedes?-disparó la Sra. Rutledge.

Bosworth, pensó que no lo había visto en casi un año; el Diacono lo había visto brevemente en la oficina postal de North Ashmore, el otoño pasado, y reconoció que no se veía muy bien incluso en ese entonces. Brand no dijo nada, solo se paro ahí, dubitativo.

-Bien, si esperan un minuto lo verán con sus propios ojos; y el les contará con sus propias palabras. Es por eso que los he traído aquí, para que vean por ustedes mismos lo que ha sido de él. Después habrá tiempo para disentir- agregó, volviendo su cabeza abruptamente en dirección a Sylvester Brand.

El Diacono levantó su mano para hacer una pregunta.

-¿Sabe su esposo que nos ha mandado a llamar por este asunto Sra. Rutledge?- la Sra. Rutledge asintió.

-¿Fue con su consentimiento entonces que…?

Ella miro fríamente a su interrogador-. Asumo que así debió ser- dijo. Bosworth sintió el frío recorrer su espalda nuevamente. Intentó disipar la sensación y hablar enérgicamente.

-Podría decirnos, Sra. Rutledge, cómo se presento este problema del que nos habla… ¿qué le hace pensar que es…?

Ella lo miró por un momento; entonces se inclino hacia adelante sobre la mesa de abalorios. Una ligera sonrisa de arrogancia se dibujo en sus descoloridos labios.
-No lo creo… lo sé.

-Bueno… ¿pero cómo lo sabe?

Se inclino aun mas, con los codos sobre la mesa, y su voz aun mas tenue.
-Los he visto.

En la cenicienta luz que llegaba desde detrás del velo de nieve en la ventana, los pequeños y retorcidos ojos del Diacono parecían emitir chispas rojas.
-¿A él y a la muerta?

-A él y a la muerta.

-Saul Rutledger y… y Ora Brand?

-Así es.

La silla de Sylvester Brand se estrelló de espaldas contra el suelo. Se había puesto de pie nuevamente, enrojecido y furioso.
-Es una infamia, una maliciosa mentira…

-Amigo Brand… amigo Brand…-protestó el Diacono.

-Basta, ya he tenido suficiente. Quiero ver a Saul Rutledge y que él mismo me diga…

-Aquí está él- dijo la Sra. Rutledge.

La puerta exterior se había abierto; escucharon entonces el sonido de un hombre sacudiéndose la nieve de sus vestimentas antes de entrar a la sagrada jurisdicción del recibidor. Entonces entró Saul Rutledge.

II

Cuando entró a la habitación, con su rostro iluminado por la ventando del norte, Bosworth pensó que lucía como un hombre ahogado cuyo cuerpo ha sido recuperado de debajo del hielo… “suicidado,” agregó. Pero la luz de la nieve juega trucos crueles al semblante de un hombre, e incluso a la forma de sus rasgos; debe haber sido en parte por eso, reflexionó Bosworth, lo que transformó a Saul Rotledge del fornido y corpulento sujeto que había sido un año atrás al demacrado espectro que se presentaba ahora ante ellos.

El Diacono buscó palabras que pudieran alivianar el horror.
-Bueno, Saul, parece como si deberías sentarte muy cerca de la estufa. ¿Tienes un poco de fiebre quizás?

Sus palabras no tuvieron el menor efecto. Rutledge no se movió ni respondió. Se quedo ahí parado entre ellos en silencio, incapaz de comunicarse, como si se hubiese levantado de la muerte.

Brand lo sacudió severamente de los hombros.
-Escúcheme Saul, Saul Rutledge, ¿qué es esta asquerosa mentira que su esposa nos ha contado y que usted ha hecho circular?

Rutledge seguía sin moverse.
-No es mentira- dijo.

Brand soltó sus hombros. A pesar de su poderosa capacidad para la intimidación el hombre pareció indefiniblemente sorprendido por la apariencia y el tono de voz de Rutledge.

-¿No es mentira?¿Usted se ha vuelto completamente loco, verdad?

-Mi esposo no miente, ni tampoco se ha vuelto loco. ¿Qué acaso no les dije que yo los he visto?- dijo la Sra. Rutledge

Brand volvió a reír.
-¿A él y a la muerta?

-Si.

-¿Junto al estanque Lamer dice usted?

-Si.

-¿Y cuándo fue esto si puedo saber?

-El día antes de ayer.

El silencio cayó sobre ese extraño ensamble de personas. El Diacono finalmente lo rompió para dirigirse al Sr. Brand: “Brand, en mi opinión, creo que tenemos que lidiar con este asunto.”

Brand reflexionó en silencio por un instante: Bosworth pensó que había algo animal o primitivo en él, en ese momento, atormentado y estúpido, con un poco de espuma emanando de la comisura de su labio inferior purpura. Se volvió a sentar lentamente en su silla.
-Yo lidiaré con este asunto.

Los otros dos hombres y la Sra. Rutledge permanecieron sentados. Saul Rutledge se paró frente a ellos, como un prisionero junto a los barrotes, o mejor dicho, como un hombre enfermo esperando que el doctor lo cure. Mientras Bosworth escudriñaba su vacío rostro, tan pálido bajo el oscuro resplandor solar, tan absorto y consumido por alguna especie de fiebre oculta, le invadió el pensamiento de que quizás, después de todo, este hombre y su esposa decían la verdad, y que estaban realmente frente a algún extraño y prohibido misterio. Asuntos que la mente racional rechazaría sin dudar, ya no resultaban tan sencillos, no ante la imagen de Saul Rutledge y el recuerdo del hombre que había visto un año atrás. Si, como dijo el Diacono, deberían lidiar con ese asunto….

-Siéntese entonces, Saul; acérquese, ¿quiere?- sugirió el Diacono, intentando nuevamente sonar natural.

La Sra. Rutledge acercó una silla y su esposo se sentó. Estiró sus brazos y sujeto sus rodillas con sus dedos marrones y huesudos, y así permaneció, sin mover su cabeza ni sus ojos.

-Bien Saul- prosiguió el Diacono-, su esposa dice que usted piensa que quizás podemos hacer algo para ayudarlo a superar este problema, sea lo que sea.

Los grises ojos de Rutledge se abrieron grande.
-No; yo no pienso eso. Fue idea suya intentar hacer algo.

-¿Presumo que, ya que ha accedido a recibirnos, no se opondrá a que le hagamos algunas preguntas?

Rutledge guardó silencio por un momento, entonces dijo con visible esfuerzo
-, no, no me opongo.

-Bien, ¿escuchó lo que su esposa nos ha contado?

Rutledge asintió levemente.
-Y ¿qué tiene para agregar? ¿cómo explica…?

La Sra. Rutledge intervino.
-¿Cómo podría explicarlo él? La que los ha visto he sido yo.

Silencio; entonces Bosworth, intentando hablar en un tono ameno y confortante, preguntó; “¿Es eso correcto, Saul?”

-Es correcto.

Brand levantó su reflexiva cabeza.
-Quieres decir que tú, tú te sentaste aquí ante todos nosotros y dijiste…

El Diacono volvió a interceder.
-Espera amigo Brand. Todos intentamos verificar los hechos, ¿no es así?- se volvió hacia Rutledge-. Oímos lo que la Sra. Rutledge dijo. ¿qué tiene usted para decir?

-No creo que tenga nada para decir. Ella nos encontró.

-Y la persona que estaba contigo era… ¿era…- la aguda voz del Diacono se hizo un poco mas aguda -Ora Brand?

Saul Rutledge asintió.

-¿Sabía usted, o por lo menos intuía, qué estaba en presencia de un muerto?

Rutledge volvió a inclinar su cabeza. La nieve seguía cayendo copiosamente contra la ventana, y Bosworth sintió como si una cortina de viento estuviera descendiendo desde los cielos para envolverlos y arrojarlos a todos en una fosa común.

-¡Piensa en lo que estas diciendo!¡Va en contra de nuestra religión!¡Ora… esa pobre chica! Murió hace mas de un año. Tu estuviste en su funeral, Saul. ¿Cómo puedes decir algo así?

-¿Qué mas puede hacer?-replicó la Sra. Rutledge.

Hubo otra pausa. Los recursos de Bosworth le habían fallado y Brand se había sumergido nuevamente en una oscura meditación. El Diacono juntó sus temblorosos dedos y se los paso por los labios para humedecerlos.

-¿El día de antes de ayer fue la primera vez?-preguntó.

El movimiento de cabeza de Rutledge fue negativo.

-¿No fue la primera? Entonces cuando…

-Como hace un año, creo.

-¡Dios! ¿Quieres decir que desde entonces….?

-Bueno.. mírelo- dijo su esposa. Los tres hombres bajaron su mirada.

Unos minutos después, Bosworth, intentando recomponerse, miro al Diacono.
-¿Por qué no le pedimos a Saul que nos cuente él mismo lo que sucedió,si es por eso que hemos venido?

-Así es-asintió el Diacono. Se volvió hacia Rutledge-.¿Podría intentar y darnos una idea acerca… acerca de cómo comenzó?

Otro silencio. Entonces Rutledge se apretó las rodillas con mas fuerza, y con la vista aun clavada al frente, con una mirada curiosamente enceguecida;
Bueno- dijo-, supongo que comenzó un tiempo atrás, antes de que yo estuviera casado con la Sra. Rutledge…- habló en un tono bajo y automático, como si un agente invisible le estuviera dictando las palabras, o incluso pronunciándolas por él.
-Verán-agregó-, Ora y yo deberíamos habernos casado.

Sylvester Brand levantó la cabeza.
-Hágame el favor de aclarar eso primero- intercedió.

-Lo que quiero decir es que, nos hacíamos compañía. Pero Ora era muy joven. El Sr. Brand aquí presente la mando lejos. Estuvo lejos casi tres años y cuando regreso yo ya me había casado.

-Así es- dijo Brand, volviendo a caer en su actitud depresiva.

-Y cuando regresó, ¿volvió a verla?- continuó el Diacono.

-¿Viva?- preguntó Rutledge.

Un perceptible escalofrió recorrió el cuarto.

-Si, claro-dijo nervioso el Diacono.

Rutledge pareció considerarlo.
-Una vez, solo una vez. Habían muchas otras personas alrededor. Fue en la feria de Cold Corners.

-¿Habló con ella entonces?

-Solo por un minuto.

-¿Qué fue lo que ella le dijo?

Su voz decayó-. Que sabía que estaba enferma y sabía que iba a morir, y que cuando muriera regresaría por mi.

-¿Y qué le respondió?

-Nada.

-¿No pensó en lo que eso significaba?

-La verdad que no. No hasta que me entere que había muerto. Después de eso, lo pensé, y supongo que así fue como me atrajo hacia ella- dijo humedeciendo sus labios.

-¿Lo atrajo hasta esa casa abandonada junto al estanque?

Rutledge asintió levemente con su cabeza y el Diacono agregó:
-¿Cómo sabía que ella quería que fuera a ese lugar?

-Ella… solo, me atrajo ahí.

Hubo una pausa larga. Bosworth sintió, sobre sí mismo y sobre los demás, el opresivo peso de la siguiente pregunta. La Sra. Rutledge abrió y cerro sus delgados labios una o dos veces, como un molusco encallado en la arena luchando por llegar a la marea. Rutledge esperó.

-Y bien Saul, ¿no continuará con su historia?-dijo finalmente el Diacono.

-Eso es todo. No hay nada mas que contar.

El Diacono bajo su voz.
-¿Ella solo lo atrajo.

-Si.

-¿Con frecuencia?

-Sucede cuando sucede….

-Pero si siempre lo atraía al mismo lugar, hombre, ¿cómo no tenía entonces la fortaleza para mantenerse alejado del lugar?

Por primera vez, Rutledge giró pesadamente su cabeza en dirección a su interlocutor. Una sonrisa espectral se dibujo en sus descoloridos labios.
-No había caso. Ella me sigue…

Un nuevo silencio. ¿Qué mas podían preguntarle en ese momento? La presencia de la Sra. Rutledge resolvió la siguiente pregunta. El Diacono parecía determinado a resolver el asunto. Finalmente hablo con un tono autoritario.
-Estas son cosas prohibidas. Lo sabes, Saul. ¿Has intentado orar?

Rutledge asintió con la cabeza.

-¿Quieres orar con nosotros ahora?

Rutledge miro con fría indiferencia a su consejero espiritual.
-Si ustedes quieren orar, adelante- dijo. Pero la Sra. Rutledge intervino.

-La oración no lo ayudara. Nada puede hacer cuando se trata de estos asuntos, usted bien lo sabe. Lo he convocado Diacono, porque usted recuerda el ultimo caso en este condado. Fue hace treinta años, pero usted recuerda. Lefferts Nash, ¿la oración lo ayudo a él? Yo era una niña pequeña en ese entonces, pero recuerdo escuchar a mis padres hablar al respecto en las noches de invierno. Lefferts Nash y Hannah Cory. A ella le clavaron una estaca en el pecho. Eso fue lo que lo curo.-

-¡Valgame!- exclamó Orrin Bosworth.

Sylvester Brand levantó su cabeza.
-Habla de esa vieja historia como si estuviéramos lidiando con lo mismo ahora.

-¿Y no es así? ¿Acaso mi esposo no esta deteriorándose de la misma forma en que le ocurrió a Lefferts Nash? El Diacono sabe….

El Diacono se sacudió ansioso en su silla.
-Estas son cosas prohibidas- repitió-. Supongamos que su esposo es sincero y realmente cree estar hechizado, como usted dice. Bien, incluso si creemos eso, ¿qué prueba tenemos de que… de que está mujer muerta… es el espectro de esta pobre mujer?

-¿Prueba?¿Qué no lo ha oído?¿No acaba de contárselo?¿Duda de que yo los haya visto?-dijo la Sra. Rutledge casi a los gritos.

-Es contra nuestra religión perturbar a los muertos.

-¿Y no es contra su religión dejar sufrir a los vivos como mi esposo está sufriendo?-Se levantó con un abrupto movimiento y tomó la Biblia de la familia del esquinero dispuesta en una esquina del recibidor. Apoyando el libro sobre la mesa, y humedeciendo sus dedos, empezó a pasar las paginas rápidamente, hasta que llego a una sobre la cual apoyo su mano como si fuera un pesado pisapapeles.
-Vea, aquí- dijo y leyó en voz alta:

No dejaras que la bruja viva.”

-Está en el Éxodo, ahí está- agregó ella, dejando el libro abierto para confirmar lo que decía.

Bosworth siguió ansioso con la mirada a uno y a otro de las cuatro personas alrededor de la mesa. Era mas joven que cualquiera de ellos, y había estado mas en contacto con el mundo moderno; allá en Starkfield, en el bar de Fielding House, podía oírse reir con el resto de los hombres de este tipo de cuentos, un cuento de viejas brujas. Pero no por nada había nacido bajo la helada sombra de la Lonetop, había temblado y padecido el hambre durante toda su infancia sobreviviendo a los crudos inviernos del Condado Hemlock. Cuando sus padres murieron, y él tomó posesión de la granja, la había explotado mucho mejor que ellos al utilizar métodos de avanzada, y proveía de leche y vegetales a la creciente ola de turistas de verano en la zona de Stotesbury. Había llegado a ser concejal en North Ashmore, para ser un hombre tan joven tenía mucho prestigio en su condado. Pero las raíces de su antigua vida seguían ahí. Recordaba como de niño, solía ir con su madre a una tétrica granja en una colina pasando la casa del Sylvester Brand, donde la tía de la Sra. Bosworth, Cressidora Cheney, había sido confinada durante años en un cuarto vacío y frio con barrotes en las ventanas. Cuando el pequeño Orrin vio a su Tía Cressidora por primera vez era una mujer anciana blanca y pequeña, a quien su hermana solía “adecentar” para recibir a Orrin y a su madre. El niño se preguntaba por qué habían barrotes en la ventana. “Como un canario,” le decía a su madre. La frase hizo reflexionar a la Sra. Bosworth. “Creo que la Tía Cressidora está muy sola.” dijo, y la siguiente vez que subió la montaña con el pequeño niño le llevo a su tía abuela un canario en una jaula de madera. Fue algo emocionante, él sabía que eso la haría feliz.

El impávido rostro de la anciana se iluminó cuando vio el ave y sus ojos empezaron a brillar.
-Me pertenece- dijo al instante, estirando su suave y huesuda mano para tomar la jaula.

-Claro que si, tía Cressy- dijo la Sra. Bosworth, con satisfacción en sus ojos.

Pero el ave se espantó por la sombra de la mano de la anciana, y empezó a aletear y graznar. Al ver esto, el placido rostro de la tía Cressidora se transformó súbitamente en un espiral de enfurecidas muecas. -¡Diabla, eres tú!-gritó con un agudo chillido y arrebatando la jaula con su mano, arrastró fuera a la aterrorizada ave y le rompió el cuello. Cuando retiraron al pequeño Orrin del cuarto ella le estaba arrancando las plumas y chillando ruidosamente -¡Diabla, diabla!. Cuando bajaron de la montaña su madre lloró mucho y le dijo “nunca debes decirle a nadie que la tía está loca, o los hombres vendrán y la llevaran al asilo de Starkfield, y la vergüenza caerá sobre todos nosotros. Promételo.” El niño lo prometió.

Recordó esa escena en ese momento, con ese ambiente cargado de misterio, secretismo y rumor. Parecía conectarse con un gran cantidad de cosas enterradas profundamente en sus pensamientos, cosas que tomaban un nuevo sentido ahora, sentía que todos los ancianos que había conocido hasta entonces y otras personas “que creían en ese tipo de cosas.” Podrían tener razón después de todo. ¿Qué acaso no quemaron a una bruja en North Ashmore? Por qué sino vendrían tantos turistas todos los veranos, alegremente dispuestos a conocer el sitio donde se celebró el juicio, el estanque donde se intentó ahogarla para descubrir que no podía hundirse. El Diacono Hibben creía; Bosworth estaba seguro. Si no fuera así, ¿por qué las personas de distintos lugares acudían a él cuando sus animales sufrían extrañas enfermedades, o cuando una familia tenía que recluir a uno de sus niños porque caían enfermos y tiraban espuma de la boca? Si, a pesar de su religión, el Diacono Hibben sabía…

¿Y Brand? El recuerdo le vino a Bosworth al instante: la mujer que fue quemada en North Ashmore, su nombre era Brand. De la misma familia, no hay duda; los Brands han vivido en el Condado de Hemlock desde que el hombre blanco llego a estas tierras. Y Orrin, cuando era niño, recordó oír que sus padres decían que Sylvester Brand no debería haberse casado con su propia prima, por razones de sangre. Pero sin embargo la pareja había tenido dos saludables hijas, y cuando la Sra. Brand, convaleció y murió nadie sugirió que estuviera mal de la cabeza. Vanessa y Ora eran las chicas mas hermosas de estos lares. Brand lo sabía, empezó a escatimar gastos y ahorró todo lo que pudo para enviar a Ora, la mayor, a Starkfield a estudiar para ser contable. “Cuando ella se casé, te enviaré a ti,” le decía a la pequeña Venny, que era su favorita. Pero Ora nunca se casó. Estuvo lejos durante tres años, mientras Venny deambulaba por las colinas de Lonetop; y cuando Ora finalmente regresó, cayó enferma y murió, ¡pobre chica! Desde entonces Brand se habia vuelto salvaje y taciturno. Era un granjero muy trabajador, pero no había mucho que cultivar en las áridas tierras de Bearcliff. Dicen que se volcó a la bebida desde la muerte de su esposa; los hombres lo ven ocasionalmente en los bares de mala muerte en Stotesbury. Pero no muy seguido. Pero en el mientras tanto, trabajaba duro en esas tierras rocosas y hacía lo mejor para sus hijas. En el descuidado cementerio del Cold Corners había una lapida torcida con el nombre de su esposa, y muy cerca, desde hace un año, fue donde enterró a su hija mayor. Los aldeanos suelen verlo caminar lentamente entre las tumbas al amanecer y mirar fijamente las dos lapidas. Pero nunca les llevó flores o plantó arbustos, y tampoco Venny. Era demasiado salvaje e ignorante…

La Sra. Rutledge repetía:
-Está en el Éxodo.

Los tres visitantes permanecieron en silencio, sus temblorosas manos jugaban con sus sombreros. Rutedge seguía mirándolos, con esa mirada vacía y diáfana que aterrorizaba a Bosworth. ¿Qué es lo veía?

-¿Qué acaso ninguno de ustedes tiene el valor…?- estalló su esposa histérica.

El Diacono Hibben levantó su mano.
-No es eso Sra. Rutledge. No es una cuestión de tener valor. Lo que queremos antes que nada… es una prueba…

-Eso mismo- dijo Bosworth, con una explosión de alivio, como si esas palabras hubieran quitado un oscuro y pesado objeto de su pecho. Involuntariamente, los ojos de ambos hombres se posaron sobre Brand, que sonreía sombríamente pero sin hablar.

-¿No es así Brand?- dijo el Diacono dándole el pie.

-¿Pruebas de que los fantasmas caminan por ahí?- dijo el otro con desdén.

-Bueno, imagino que usted también quiere resolver este asunto, ¿o no?

El viejo granjero se incorporó en su silla.
-Si… si quiero. Pero no sé nada de espiritismo. ¿Cómo diablos planea resolverlo?

El Diacono dudo, entonces dijo, en un tono bajo e incisivo:
-No veo otra alternativa que la de la Sra. Rutledge.

Silencio.

-¿Qué?-dijo Brand nuevamente con desdén-. ¿Espiarlo?

La voz del Diacono se hizo aun mas tenue-. Si la pobre chica efectivamente camina… es tu hija… ¿no quieres ser el primero en ver que descanse?-Todos conocemos casos como este… visitas misteriosas… ¿o acaso alguno de nosotros puede negarlo?

-Yo los he visto-intercedió la Sra. Rutledge.

Hubo otra larga y silenciosa pausa. Entonces Brand, con la mirada fija en Rutledge-. Escuchame, Saul Rutledge, vamos a aclarar este asunto de una vez, esa maldita calumnia, o te las veras conmigo. Dices que mi hija muerta viene a ti-. Respiro dificultosamente y dijo nervioso:
-¿Cuándo? Dime eso y estaré aquí.

La cabeza de Rutledge decayó un poco, y sus ojos deambularon hacia la ventana-. Casi siempre cerca del atardecer.

-¿Lo sabes con anticipación?

Rutledge asintió levemente.

-Bien ¿mañana sera entonces?-Rutledge volvió a asentir.

Brand se volvió hacia la puerta-. Ahí estaré- Eso fue todo lo que dijo. Se levantó y caminó entre ellos sin volverse a mirar o a decir una palabra. El Diacono Hibben miró a la Sra. Rutledge-. Nosotros también- dijo, como si ella le hubiera preguntado, pero ella no había dicho una palabra y Bosworth vio que su delgado cuerpo temblaba por completo. Se alegró cuando él y Hibben se encontraron afuera, entre la nieve.

III

Pensaron que Brand quería que lo dejaran solo, y le dieron tiempo a que desenganchara su caballo mientras simulaban demorarse en el portal de la casa mientras Bosworth buscaba una pipa en sus bolsillos que no tenía intención de encender.

Pero Brand se volvió hacia ellos y les dijo-.¿Nos encontramos mañana en el estanque Lamer?-sugirió-. Quiero testigos. Cerca del atardecer.

Asintieron en conformidad, y él se subió a su trineo, ay cabalgó bajo los arboles rebosantes de nieve. Los otros dos hombres buscaron entonces sus caballos en el cobertizo.

-¿Qué piensa de todo este asunto Diacono?-preguntó Bosworth para romper el silencio.

El Diacono sacudió la cabeza-. El hombre está enfermo, eso es seguro. Algo le está succionando la vida hasta dejarlo seco.

Pero una vez afuera, con el frio penetrante en su rostro, Bosworth se sintió un poco mas en control. “En mi opinión tiene un severo caso de fiebre como usted sugirió.”

-Bueno, fiebre de la mente entonces. Una enfermedad mental.

Bosworth se encogió de hombros-. No sería el primero en el Condado Hemlock.

-Así es-acordó el Diacono-. Es un gusano de la mente, se llama soledad.

-Bien, lo sabremos mañana a esta hora, tal vez-dijo Bosworth. Se trepó a su trineo, y estaba listo para partir cuando escuchó que su compañero lo llamaba. El Diacono le explicó que su caballo había perdido una herradura, y le pidió que lo llevara a una herrería cerca de North Ashmore; siempre y cuando no lo alejara demasiado de su camino. No quería que su yegua se patinara en la nieve y es probable que el herrero lo llevara de vuelta hasta el cobertizo de Rutledge. Bosworth le hizo lugar bajo la piel de oso y se alejaron dejando atrás los relinchos de la confundida vieja yegua del Diacono.

El camino que tomaron no era el que Bosworth hubiera tomado para llegar a su hogar. Pero no le importo. El camino mas corto para llegar a la herrería pasaba cerca del estanque Lamer, y ya que estaba comprometido con el asunto, Bosworth se desvío para dar un vistazo. Entraron silenciosamente.

La nieve había dejado de caer, y un atardecer verdoso se extendía en lo alto del cielo de cristal. Una ventisca de copos helados los envolvió justo cuando atravesaban el claro, pero cuando descendieron en la hondonada junto al estanque Lamer, el aire está totalmente en calma y silencioso. Avanzaron lentamente, cada uno inmerso en sus pensamientos.

-¿Esa es la casa, esa derruida choza de ahí, supongo?-dijo el Diacono, cuando el camino los acercaba al extremo de un estanque congelado.

-Si, esa es la casa. Un extraño ermitaño la construyó hace muchos años, según lo que me contó mi padre. No creo que alguien haya vivido en ella ademas de los gitanos.

Bosworth tiró las riendas de su caballo, y se sentó ahí a mirar como el ocaso teñía de luz purpura la derruida estructura a través de los arboles de pino. Aunque el crepúsculo yacía entonces bajo la linea de los arboles el claro seguía ligeramente iluminado. Entre la figura claramente definida de dos pinos pudo ver la estrella del atardecer, como un bote blanco en un mar verde.

Su mirada descendió de ese insondable cielo y siguió las ondulaciones azul y blancas de la nieve. Esto le dio una curiosa y agitada sensación, el pensar que aquí, en esta helada desolación, en esta derruida casa por la cual había pasado frecuentemente sin volverse dos veces sin reparar en ella, se estaba forjando un oscuro misterio, demasiado profundo para entenderlo. Desde esa colina, desde el cementerio de Cold Corners, el ser que llaman “Ora” debía bajar hasta el estanque. Su corazón empezó a latir en forma sofocante. De repente, exclamó: “¡Mira!”

Saltó de su caballo y se tambaleó por el sendero hacia la pendiente nevada. En ella, en dirección a la casa del estanque, detectó las pisadas de una mujer, dos, luego tres, y mas. El Diacono se apresuró junto a él y ambos observaron.

-¡Dios… pies descalzos!-dijo Hibben casi sin aliento-. Es.. es la muerta…

Bosworth no dijo nada. Pero sabía que ninguna mujer viva podría haber cruzado el congelado bosque descalza. Aquí y allá, estaba la prueba que el Diacono pedía, la habían conseguido. ¿Qué harían entonces con ella?

-Si nos acercáramos un poco mas, donde termina el estanque, mas cerca de la casa- propuso el Diacono con la voz apagada-.Quizás entonces…

La postergación era un alivio. Se subieron al trineo y condujeron. Unos doscientos metros mas adelante, un sendero cubierto por arbustos, giraba abruptamente a la derecha, siguiendo la curva del estanque. Cuando tomaron la curva vieron el trineo de Brand delante de ellos. Estaba vacío, y el caballo atado a un árbol. Los dos hombres se miraron el uno al otro. Este lugar no estaba ni remotamente cerca del hogar de Brand.

Evidentemente había actuado con el mismo impulso que los había llevado a ellos a acercarse al estanque, y aventurarse en la casa abandonada. ¿sera que él también había descubierto las pisadas espectrales? Quizás era esa la razón por la cual había abandonado su trineo y desaparecido en dirección a la casa.

Bosworth temblaba bajo su piel de oso-.Desearía que no estuviera a punto de oscurecer- murmuró. Condujo su caballo junto al de Brand, y sin mediar palabra, él y el Diacono se abrieron paso en la nieve, siguiendo las enormes huellas de Brand. Estaba apenas a unos metros de él. No los había escuchado llegar y cuando ellos lo llamaron por su nombre se detuvo en seco y se dio vuelta, su pesado rostro lucía confundido y apagado, como una mancha oscura en el atardecer. Los miro inexpresivamente, sin sorpresa alguna.

-Quería ver el lugar-dijo simplemente.

El Diacono se aclaró la garganta-.Dar un vistazo, si… pensamos lo mismo… pero supongo que no habrá nada que ver…- dijo intentando aliviar la tensión.

El hombre no pareció oírlo y siguió caminando laboriosamente hacia los pinos. Los tres hombres se reunieron en el claro frente a la casa. Cuando emergieron de entre los arboles parecían haber dejado atrás la noche. La estrella del atardecer iluminaba la nieve inmaculada, y Brand, se detuvo en ese circulo brillante y señalo las mismas suaves pisadas que se dirigían hacia la casa, el rastro de una mujer en la nieve. Se quedo ahí intentando digerir lo que había visto-. Pies descalzos…- dijo.

El Diacono, dijo con la voz temblorosa: “Los pies de un muerto.”

Brand se quedó inmovil-. Los pies de un muerto-repitió.

El Diacono Hibben apoyó su atemorizada mano sobre su brazo-. Vámonos de aquí, Brand, por el amor de Dios, vámonos de aquí.”

El padre se quedo ahí, mirando detenidamente las tenues huellas sobre la nieve, ligeras como las de un zorro o una ardilla en esa blanca inmensidad. Bosworth pensó para si mismo “los vivos no pueden dejar huellas tan livianas, ni siquiera Ora Brand, cuando vivía…” el frío le llegaba hasta la médula. Sus dientes castañeaban.

Brand se movió abruptamente y gritó “¡Ahora!”, moviéndose como dispuesto a atacar, con la cabeza inclinada hacia adelante cargando como un toro.

-¿Ahora, ahora?¿Vamos a entrar?-dijo el Diacono casi sin aliento-. ¿Para qué? El dijo que vengamos mañana…- dijo temblando como una hoja.

-Lo haremos ahora- dijo Brand. Se abalanzó hacia la puerta de la casa, la empujo y encontró una inesperada resistencia y embistió entonces con su pesado hombro. La puerta colapso como un naipe y Brand cayó en la oscuridad de la cabaña. Los otros, después de un breve titubeo, lo siguieron.

Brand nunca supo bien en que orden se sucedieron los siguientes eventos. Salieron de la enceguedora nieve, para sumergirse en una oscuridad total. Caminó tanteando a través del umbral, se clavó una filosa astilla en la palma de su mano, le pareció ver algo blanco y espectral surgir del rincón mas oscuro de la cabaña y entonces escuchó un disparo de revolver junto a él, y un grito…

Brand había regresado, y caminaba ahora junto a él a la luz del día que aun prevalecía. El ocaso, se filtraba repentinamente entre los arboles, dándole a su rostro un tono carmesí, como la sangre. Tenía un revolver en su mano y lo miró estúpidamente.

-Parece que si caminan, entonces- dijo y empezó a reír. Bajo la cabeza para examinar el arma-.Mejor aquí que en el compostario. Ahora no podrán desenterrarla-dijo aullando. Los dos hombres lo tomaron de los brazos y Bosworth le quitó el revolver.

IV

Al día siguiente, Loretta, hermana de Bosworth que a la vez mantenía su casa, le preguntó cuando este llego para almorzar, si había oído las ultimas noticias.

Bosworth había estado cortando madera toda la mañana, y a pesar del frio y la nieve incesante que había empezado a caer nuevamente durante la noche, estaba cubierto en sudor helado como un hombre recuperándose de la fiebre.

-¿Qué noticias?

-Venny Brand ha caído enferma de neumonía. El Diacono la visitó. Al parecer está muriendo.

Bosworth la miro indiferente. Parecía alguien tan lejana, muy muy lejana-. ¿Venny Brand?-repitió.

-Nunca te ha agradado, Orrin.

-Es una niña. No la conozco demasiado.

-Bueno-repitió su hermana, con el ingenuo deleite que las personas con poca imaginación abordan las malas noticias-, parece que está muriendo-. Y agregó después de una pausa: “Esto va a matar a Sylvester Brand, se va a quedar solo en esa montaña.”

Bosworth se levantó y dijo: “Voy a ver como va el tratamiento medico del caballo.” Y salio caminando bajo la nieve que caía incesantemente.

Venny Brand fue enterrada tres días después. El Diacono leyó en el funeral; Bosworth fue uno de los que cargo el féretro. Toda la población rural asistió, la nieve había dejado de caer, y en cualquier temporada, un funeral siempre es una buena oportunidad para salir que las personas no dejan pasar. Ademas, Venny Brand era joven y hermosa, por lo menos algunas personas creían que era hermosa, y que haya muerto de esa manera, tan repentina, tenía la fascinación que despierta la tragedia.

-Dicen que sus pulmones se llenaron rápidamente… parece que ya había tenido problemas en los bronquios… siempre dije que ambas chicas eran frágiles… mira a Ora, enfermó y colapsó, es un lugar frío ahí arriba en la estancia de los Brand… su madre, ella también, languideció y murió de la misma forma. Parece que nadie llego a ser viejo en la familia materna… ahí está el joven Bedlow; dicen que Venny y él estaban comprometidos… oh, Sra. Rutledge, disculpe… pase adelante y tome asiento… hay un asiento para usted junto a la abuela…

La Sra. Rutledge avanzaba con un deliberado paso lento por el angosto pasillo de la lúgubre iglesia de madera. Se había puesto su mejor tocado, una estructura monumental que nadie había visto en público desde el funeral de la vieja Sra. Silsee, tres años antes. Todas las mujeres lo recordaban. Bajo su alto tocado, su rostro angosto, colgando de su delgado cuello, se veía aun mas blanco que de costumbre; pero su aire de inquietud se había convertido en una apropiada expresión de penosa inmovilidad.

-Parece como si un escultor la hubiera tallado para decorar la lapida de Venny-pensó Bosworth mientras pasaba a su lado, y tembló ante la sepulcral idea. Cuando se inclinó sobre su libro de cánticos, sus parpados le recordaron a los ojos de mármol, sus huesudas manos que sostenían el libro estaban desprovistas de sangre. Bosworth no había vuelto a ver manos como esa desde que la vieja tía Cressidora Cheney estranguló al canario por aletear.

El servicio terminó, el ataúd de Venny Brand había sido depositado en la tumba de su hermana, y los vecinos se dispersaban lentamente. Bosworth, siendo parte del cortejo, se sintió obligado a quedarse y dedicarle unas palabras al dolido padre. Espero hasta que Brand se hubo apartado de la tumba con el Diacono a su lado. Los tres hombres reunidos en ese momento; pero ninguno dijo una palabra. El rostro de Brand era la puerta cerrada de una bóveda y sus arrugas las barras de hierro.

Finalmente el Diacono tomó su mano y dijo: “El Señor nos da…”

Brand asintió y se volvió hacia el cobertizo donde descansaban los caballos. Bosworth lo siguió-. Déjame acompañarte a casa- sugirió.

Brand volteó ligeramente su cabeza-. ¿A casa? ¿qué casa?-dijo, y los demás retrocedieron.

Loretta Bosworth estaba hablando con otras mujeres mientras los hombres sacudían a los caballos y acomodaban los trineos para partir bajo la cruenta nevada. Mientras Bosworth la esperaba, vio a unos metros de distancia, el alto tocado de la Sra. Rutledge predominante entre el grupo. Andy Pond, peón de la granja Rutledge, acomodaba su trineo.

-¿Saul no ha venido hoy, Sra. Rutledge?-preguntó uno de los ancianos de la aldea, volviendo su benevolente cabeza de tortuga sobre un avejentado cuello hacia el rostro de mármol de la Sra. Rutledge.

Bosworth la escuchó medir su respuesta en un tono lento e incisivo-. No. El Sr. Rutledge no está aquí. Hubiere venido, sin falta, pero enterraron a su tía Minorca Cummins en este mismo día en Stotesbury y tuvo que ir hasta allá. A veces se siente como si todos estuviéramos caminando bajo la Sombra de la Muerte ¿no le parece?

Mientras caminaba hacia su trineo, donde Andy Pond ya la esperaba sentado, el Diacono se le acerco con notables titubeos. Involuntariamente, Bosworth también se acerco. Escuchó que el Diacono decía: “me alegra oír que Saul ya está en condiciones de levantarse y viajar.”

Ella volvió su pequeña cabeza sobre su rígido cuello y levantó sus parpados de mármol.

-Si, supongo que duerme mejor ahora, y ella también, quizás, ahora que ya no esta ahí tan sola-agregó en voz muy baja, con un repentino movimiento del mentón señalando la mancha oscura fresca en la nieve del cementerio. Se subió al trineo y en voz muy clara le dijo a Andy Pond: “ya que estamos aquí deberíamos dar una vuelta y comprar una caja de jabón en lo de Hiram Pringles.”

Edith Wharton (1862- 1937) fue una reconocida escritora neoyorquina, ganadora de un premio Pulitzer por sus novelas costumbristas que satirizaban a las clases altas de la que ella misma formaba parte. A su vez, escribió mas de cincuenta relatos de terror sobrenatural, como el que presentamos en esta ocasión.

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