Los habitantes del pozo

Por Abraham Merrit

Publicado originalmente en All-Story Weekly magazine, 5 de enero de 1918

Desde el norte, un haz de luz se disparó a mitad de camino del cenit. Venía desde el otro lado de los cinco picos. El haz de luz atravesaba una columna de niebla azul cuyos bordes estaban estrictamente delimitados, como la lluvia que corre sobre los bordes de una nube cargada. Era como el haz de un reflector proyectado sobre una neblina cerúlea. No proyectaba sombras.

Al proyectarse sobre las cimas, delineaba claramente el contorno sobre un oscuro fondo, y fue entonces que noté que la montaña tenía la forma de una mano. La silueta se hacia cada vez mas clara ante esa luz, los gigantescos dedos se estiraban, la mano parecía lanzarse hacia adelante. Era como si se moviera para detener algo y echarlo para atrás. El rayo brillante permaneció inmóvil por un momento; entonces se partió en innumerables pequeños globos luminosos que iban de acá para allá cuidadosamente. Parecían estar buscando algo.

El bosque se había quedado muy tranquilo. Todos sus sonidos típicos parecían estar conteniendo la respiración. Sentí a los perros apretarse contra mis piernas. Ellos también guardaban silencio; pero cada musculo de su cuerpo no paraba de temblar, el pelo de sus espaldas estaba erizado y sus ojos, fijos en las luces estaban profundamente espantados.  

Miré a Anderson. Él miraba hacia el norte, desde donde se proyectaba la luz.

-No puede ser una aurora- dije sin mover los labios. Tenía la boca seca, como si me hubiese tragado una bocanada de polvo.

-Si lo es, nunca he visto una como esa-. Respondió él con el mismo tono-. Ademas ¿quién ha oído de una aurora en esta época del año?

Entonces dijo lo que yo mismo estaba pensando.

-Me da la impresión, de que están cazando algo ahí arriba- dijo-, una cacería impía, haríamos bien en mantenernos alejados de ese lugar.

-Las montañas parecen moverse cada vez que las ilumina el haz de luz- dije yo-. ¿Qué sera lo que intenta alejar, Starr? Me recuerda a la mano de nubes congelada que el Shan Nadour puso frente a la Puerta de los Espectros para evitar que abandonaran las guaridas que Eblis dispuso para ellos.

Levantó su mano… y escuchó.

Desde el norte y muy por encima nuestro se escuchaba un susurro. No era el crujido de una aurora, ese sonido crepitante, como el de los fantasmas de los vientos que soplan en la Creación, a través de las resecas hojas de los ancestrales arboles que protegían a Lilith. Era un susurro que cargaba un pedido. Un ansioso pedido. Nos invitaba a presentarnos en el lugar donde se originaba el haz de luz. Nos atraía. Había un tono de inexorable insistencia. Tocó mi corazón con miles de pequeños dedos cargados de temor y lo llenó con un deseo irrefrenable de correr a fundirme con la luz. Debe ser lo que sintió Ulises cuando forzó el mástil de su barco para seguir el cristalino y dulce canto de las Sirenas.

El susurro se hizo mas fuerte.

-¿Qué demonios les pasa a estos perros?-gritó ferozmente Anderson-. ¡Miralos!

Los malamutes, chillando, corrieron a toda velocidad hacia la luz. Los vimos desaparecer entre los arboles. Entonces nos llegó un aullido de dolor. Ese sonido también desapareció y solo se escuchó el insistente murmullo que venía desde las alturas.

El claro en el que habíamos acampado mirada directamente hacia el norte. Según mis estimaciones, estábamos a unos cuatrocientos kilometros de la primer gran curva del Koskokwim en dirección al Yukon. Era una tierra salvaje e inexplorada. Habíamos partido desde Dawson durante los primeros días de la primavera con una buena idea de como llegar a los cinco picos perdidos, entre los cuales, según nos contó un curandero de Athabascan, el oro fluía como una pasta a través de un puño cerrado. No pudimos conseguir ni siquiera a un nativo para que nos acompañara. La tierra de la Montaña de la Mano era una tierra maldita dijeron. Divisamos los picos la noche anterior, con sus cimas ligeramente contorneadas por un brillo pulsante. Y ahora veíamos la luz que nos había llevado hasta ellos.

Anderson se endureció. A través del susurro, escuchamos un curioso crujido, como si fueran pisadas. Sonaba como si un pequeño oso viniera en nuestra dirección. Tiré una pila de leña al fuego y, mientras ardía, vimos algo entre los arbustos. Caminaba en cuatro patas, pero no caminaba como un oso. De la nada, pensé que se asemejaba a un bebe gateando escaleras arriba. Con las patas delanteras levantadas en un forma grotesca e infantil. Era una imagen grotesca y terrible. Se acercó. Desenfundamos nuestras armas pero las soltamos cuando vimos lo que realmente era. ¡Esa cosa que gateaba era un hombre!

Era un hombre. Se aproximó al fuego con un paso automático como si aun siguiera escalando. Se detuvo.

-A salvo- susurró el hombre que gateaba, con una voz que era un eco del murmullo que sonaba en las alturas-. Aquí estoy a salvo. No pueden salir de lo azul, sabe. No pueden agarrarte, a menos de tu vayas a ellos…

Se cayó de lado. Corrimos a asistirlo. Anderson se arrodilló a su lado.

-¡Por el amor de Dios!- dijo-. ¡Frank, mira esto!- Señalo sus manos. Sus muñecas estaban cubiertas con harapos desgarrados de alguna prenda de ropa. ¡Pero sus manos era muñones! Sus dedos estaban doblados hacia adentro de sus palmas y la carne estaba consumida hasta los huesos. ¡Parecían las patas de un pequeño elefante negro! Mis ojos recorrieron su cuerpo. Alrededor de su cintura había una pesada banda de metal amarillo. ¡De ella se desprendía un anillo con una cadena blanca brillante con una docena de eslabones!

-¿Qué es?¿De dónde ha venido?- dijo Anderson-. Mira, se ha quedado dormido, pero aun en sus sueños, sus brazos intentan escalar y sus pies siguen avanzando, un paso después del otro. Y sus rodillas, por Dios ¿cómo fue capaz de moverse con las rodillas en ese estado?

Era como él decía. El sueño profundo en el que había caído, sus brazos y piernas seguían moviéndose en forma deliberada y espantosa, seguía escalando. Era como si tuvieran vida propia, que seguían moviéndose independientemente de que su cuerpo se hubiera detenido. Eran como el movimiento de las barreas del tren. Si alguna vez se han parado en la parte trasera de un tren, habrán observado como las barreras se levantan y caen, y sabrán exactamente lo que quiero decir.

Abruptamente, el susurro que sonaba en las alturas se detuvo. El haz de luz cayó y no volvió a levantarse. El hombre que se gateaba dejo de moverse. Un suave resplandor empezó a crecer a nuestro alrededor. Era el amanecer, la corta noche de verano en Alaska había terminado. Anderson se frotó los ojos y se volvió hacia mi con el rostro demacrado.

-¡Hombre!- exclamó-. ¡Luces como si te hubieran echado una maldición!

-No mas que tú, Starr- le dije-. ¿Qué piensas de todo esto?

-Pienso que nuestra única respuesta yace aquí mismo- respondió, señalando la figura que yacía inmóvil bajo las frazadas que le habíamos echado encima-. Sea lo que sea, lo buscaba a él. Esa luz no era ninguna aurora, Frank. Era la llama de algún extraño infierno, uno desconocido incluso para los predicadores que lo usan para asustarnos.

-No avanzaremos un paso mas el día de hoy- dije yo-. No me atrevería a despertarlo ni por todo el oro que fluye entre los dedos de los cinco picos, ni por todos los demonios que pueden estar ahí esperándonos.

El hombre que gateaba dormía tan profundo como el río Estigia. Lavamos y vendamos los muñones que habían sido sus manos. Sus brazos y piernas estaban tan rígidos que parecían muletas. No se movió mientras lo curábamos. Se quedó tendido en la misma posición en la que cayó, con los brazos un poco alzados y las rodillas dobladas.

-¿Por qué gateaba?- murmuró Anderson-. ¿Por qué no caminaba?

Yo estaba limando la banda de la cintura. Era de oro, pero no era como ningún tipo de oro que yo haya visto antes. El oro puro es suave. Este era suave pero tenía una especie de vida propia, sucia y viscosa. Se aferraba a la lima. Logré cortarlo, lo doble, se lo quite y lo arrojé lejos. ¡Era algo repugnante!

Durmió durante todo ese día. La oscuridad cayó y él seguía durmiendo. Esa noche no hubo haz de luz, ni globos de búsqueda, ni susurro. Era como si la aterradora maldición hubiera sido levantada de esas tierras. Era el mediodía cuando el hombre que gateaba despertó. Di un salto cuando escuché una voz agradable que arrastraba las palabras.

-¿Cuánto tiempo he estado dormido?-preguntó. Sus ojos azul claro parecían confundidos cuando se encontraron con los míos-. Una noche y casi dos días- le dije-. ¿Hubo alguna luz ahí arriba anoche?-dijo señalando ansiosamente hacia el norte-. ¿Algún susurro?

-Ninguno de los dos- respondí. Su cabeza cayó hacia atrás y se quedo mirando el cielo.

-¿Se han rendido entonces?- dijo finalmente.

-¿Quienes se han rendido?-preguntó Anderson.

-Los habitantes del pozo-respondió tranquilamente el hombre que gateaba.

Nos lo quedamos mirando-. Los habitantes del pozo- dijo-. Criaturas que el Diablo creó antes del Diluvio y que de alguna manera escaparon a la venganza de Dios. No representan ningún peligro para ustedes, siempre y cuando no respondan a su llamado. No pueden atravesar la niebla azul. Yo era su prisionero- agregó calmado-. ¡Intentaron atraerme con susurros para que volviera!

Anderson y yo nos miramos el uno al otro con el mismo pensamiento en nuestras mentes.

-Se equivocan- dijo el hombre que gateaba-. No estoy loco. Denme algo de beber. Voy a morir muy pronto, pero quiero que me lleven al sur, lo mas lejos que puedan antes de morir, y después, quiero que armen un gran fogata y quemen mi cuerpo. Quiero quedar en una forma en la que ningún hechizo infernal puede arrastrar mi cuerpo de vuelta hacia ellos. Lo harán, una vez que les cuente sobre ellos…- dijo titubeando-. ¿Me han quitado las cadenas?- dijo.

-Yo las corté- respondí cortante.

-Gracias a Dios por eso también- susurró el hombre que gateaba.

Bebió un poco de brandy y agua que le alcanzamos a los labios.

-Mis brazos y piernas están muertos- dijo-. Tan muertos como yo lo estaré muy pronto. Bueno, me sirvieron mientras los tuve. Ahora, déjenme decirles lo que hay detrás de esa mano. ¡El infierno!

-Mi nombre es Stanton, Sinclair Stanton. Clase 1900 de Yale. Explorador. Partí desde Dawson el año pasado para cazar en los cinco picos que se elevan como una mano en un territorio maldito donde el oro fluye entre los dedos. ¿Es por lo mismo que ustedes han venido, verdad? Eso pensé. En el otoño, mi camarada enfermó. Lo envié de vuelta con unos nativos. Y un poco tiempo después todos los nativos que viajaban conmigo huyeron. Decidí que me quedaría, construí una cabaña, me aprovisioné de comida y me quede a pasar el invierno. Iba a esperar a la primavera para ponerme en marcha. Hace menos de dos semanas divisé los cinco picos. No desde este lado, desde el otro. Denme un poco mas de brandy.

-Había tomado un desvío demasiado grande- siguió-. Me había ido demasiado al norte. Empece a volver. Desde este lado solo hay bosque, todo bosque hasta la base de la Montaña de la Mano. Pero desde el otro lado…

Se quedó en silencio por un momento.

-Desde ese otro lado también hay bosque. Pero no llega hasta la base. ¡No! Llegué hasta donde termina y frente a mi encontré kilómetros y kilómetros de llanura. Eran tierras erosionadas y de aspecto muy antiguo, como el desierto que rodea las ruinas de Babilonia. Y al final de esa llanura se elevaban los picos. Entre ellos y yo, a lo lejos, había lo que parecía ser un pequeño dique de rocas. Entonces, ¡me subí al camino y lo seguí hasta allá!

-¿Un camino?- preguntó Anderson incrédulo.

-El camino,si- dijo el hombre que gateaba-. Un camino de roca alisada. Iba directo hacia las montañas. Si, era un buen camino, gastado, como si millones y millones de pies hubiesen pasado por él durante miles de años. A cada lado del camino había arena y pilas de rocas. Al cabo de un tiempo empecé a notar que las rocas estaban cortadas, y apiladas de forma tal que me hizo pensar que de alguna manera, hace unos cientos de miles de años, estas rocas podrían haber sido casas. Sentí que habían sido construidas por el ser humano, pero a la vez olían como si fueran restos de tiempos inmemoriales. En fin…

-Los picos estaban cada vez mas cerca. Las ruinas de rocas eran cada vez mas numerosas. Algo, una desolación indescriptible rondaba sobre ellas, algo emanaba de ellas, algo que me heló el corazón como el toque de un fantasma tan antiguo que solo podría haber sido el fantasma de un fantasma. Seguí avanzando.

-Entonces vi que lo que pensé que era un pequeño dique de piedras en la base de las montañas, en realidad era un grueso cúmulo de ruinas. La Montaña de la Mano en realidad estaba bastante mas lejos de ese lugar. El camino pasaba por el medio de dos grandes rocas que se elevaban como una puerta de entrada.

El hombre que gateaba hizo una pausa.

-Era una puerta de entrada-dijo-. Llegué hasta ellas. Caminé por el medio. Y fue entonces que no pude evitar caer al piso, rendido ante tan asombroso escenario. Estaba sobre una ancha plataforma de piedra. Y ante mí, ¡el espacio! Imaginen el Gran Cañón, cinco veces mas ancho y sin poder ver el fondo. Eso fue lo que encontré. Era como mirar desde borde de una fisura del mundo hacia abajo y ver el infinito, donde los demás planetas giraban y giraban. Del otro lado del pozo estaban los cinco picos. Lucían como una gigantesca señal de advertencia que se extendía hacia el cielo. Los labios del abismo se abrían hacia mis lados.

-Podía ver hasta unos trescientos metros hacia abajo. Ahí es donde la niebla azul se hace tan espesa que no deja ver mas nada. Es la misma que se puede ver en lo alto de las montañas al atardecer. Y el pozo, era extraordinario, extraordinario como el Golfo Maori de Ranalak, que separa el reino de los vivos del de los muertos y que solo las almas recién liberadas tienen la fuerza para saltar pero la pierden del otro lado y ya no pueden volver a cruzar.

-Me alejé muy despacio del borde y me incorporé, débil. Mi mano descansaba sobre uno de los pilares de la entrada. Había un tallado sobre el pilar. Con bordes aun filosos, se veía la heroica figura de un hombre. Estaba de espaldas. Con los brazos extendidos. Tenía un extraño tocado en la cabeza. Mire el otro pilar y este también tenia tallada la misma figura. Los pilares eran triangulares y los tallados estaban del lado opuesto al pozo. Las figuras parecían estar conteniendo algo. Miré de cerca y detrás de las manos extendidas me pareció ver otras figuras.

-Seguí las figura sobre la piedra. Y lo que vi me descompuso en forma inexplicable. Eran enormes babosas erguidas. Sus hinchados cuerpos estaban prácticamente borrados del tallado, todo excepto sus cabezas que eran globos bien remarcados. Eran, eran absolutamente repugnantes. Me volví de la puerta hacia el abismo. Me estiré sobre el borde de la plataforma y miré hacia el precipicio.

-¡Había una escalera que bajaba hacia el pozo!

-¡Una escalera!-dijimos al mismo tiempo.

-Una escalera- repitió el hombre que gateaba con la misma paciencia de antes, “parecía no estar tallada de la roca sino construida sobre ella. Los escalones eran de como de un metro de largo y dos de ancho. Bajaban desde la plataforma y desaparecían bajo la niebla azul.

-¿Pero quién podría haber construido una escalera como esa?-dije yo-. ¡Una escalera construida sobre el muro de un precipicio que conducía hacia un pozo sin fondo!

-No, sin fondo no- dijo tranquilamente el hombre que gateaba-. Tenía fondo. ¡Yo llegue hasta el fondo!

-¿Usted llegó?-repetimos.

-Si, utilizando la escalera- respondió el hombre que gateaba-. Veras, bajé por ella.

-Si- dijo-. ¿Bajé por la escalera. Pero no ese día. Acampe ese día en la puerta. Al amanecer, llene mi mochila con comida, dos cantimploras con agua de un manantial que brotaba cerca de las puertas, camine entre los monolitos tallados y empecé a bajar al pozo.

-Los escalones corren junto a la roca a un angulo de cuarenta grados. Los iba estudiando a medida que iba bajando. Estaban hechos de una roca verdosa muy distinta al granito pórfido del cual estaban hechos los muros del precipicio. Al principio creí que los constructores habían aprovechado las salientes del estrato para tallar estas gigantescas escaleras. Pero la regularidad de los ángulos de los escalones me hizo dudar de esa teoría.

-Cuando llegue a los ochocientos metros encontré un descanso. Desde ahí, las escaleras cambiaban de forma y seguían bajando en forma de V, aferradas al muro del precipicio en el mismo angulo que el primer tramo de escaleras; era como un zig-zag, y cuando hice tres giros como ese entendí que la escalera seguía bajando de esa manera. No existía un estrato que pudiera formarse de manera tan regular. No, las escaleras definitivamente habían sido construidas a mano. ¿Pero por quién? La respuesta estaba en esas ruinas alrededor del borde que nunca nadie leerá.

-Para el mediodía ya no podía ver los cinco picos ni el borde del abismo. Sobre mí y debajo, lo único que podía ver era la niebla azul. A mi lado también había perdido de vista del otro lado del precipicio. No me sentía mareado y todo rastro de temor había sido consumido por una enorme curiosidad. ¿qué era lo que estaba a punto de descubrir? ¿Alguna asombrosa y antigua civilización que había reinado en los tiempos en que los Polos eran selvas tropicales? Nada con vida, de eso estaba seguro, todo esto era demasiado antiguo para conservar la vida. Pero aun así, una escalera tan maravillosa como esta debía conducir a algún lugar igualmente maravilloso, eso lo sabía. ¿Qué podía ser? Seguí bajando.

-Pase frente a la entrada de varias cavernas pequeñas, a intervalos regulares. Habían unos doscientos escalones y una abertura, doscientos mas y una abertura, y así. Esa tarde, me detuve frente a una de esas entradas. Según mis cálculos había recorrido cinco kilometros de escaleras en el pozo pero contando el angulo de la escalera en realidad había recorrido unos quince. Examiné la entrada. Había una figura tallada en cada uno de sus lados, como las figuras del gran portal, solo que esta vez estaban de frente con los brazos extendidos como si intentaran contener algo que pudiera entrar desde las profundidades. Sus rostros estaban cubiertos con velos. No habían horrendas figuras detrás de ellos. Entré a la cueva. La fisura corría por unos veinte metros como si fuera una madriguera. Estaba seca y perfectamente iluminada. Afuera, podía ver la niebla azul elevarse como una columna, con sus bordes claramente delineados. Sentí un extraordinario sentido de seguridad, aunque en ese momento no sentía que hubiera algo que temer. Sentí que las figuras de la entrada eran custodios, ¿para que necesitarían ese tipo de protección?

-La niebla azul se hacia mas gruesa y un poco luminiscente. Entendí que estaba oscureciendo allá arriba. Comí y bebí algo y me dormí. Cuando desperté el azul se había aclarado nuevamente, señal de que había amanecido. Seguí bajando. Completamente ajeno al abismo que bostezaba a mi lado. No estaba cansado y tenía poco apetito y sed, aun cuando había comido y bebido muy poco la noche anterior. Esa noche la pasé dentro de otra caverna y al amanecer continué el descenso.

-Era tarde ese día cuando vi la ciudad por primera vez…

Guardó silencio por un instante.

-La ciudad- dijo finalmente-, no es como cualquier otra, no es como ninguna que hayan visto alguna vez, ni nadie que haya vivido para contarlo. El pozo, creo yo, tiene forma de botella, la abertura ante los cinco picos es el cuello. Pero no sabría decirle que tan grande era el fondo, cientos de kilómetros quizás. Había empezado a ver pequeños destellos de luz entre la niebla. Entonces vi la copa de los arboles, si, supongo que eran arboles. Pero no de nuestra clase de arboles, eran desagradables y serpenteantes. Eran altos y delgados troncos con copas que parecía un nido de tentáculos con horrendas hojas en forma de cabeza de flecha. Eran rojos, un rojo furioso y vivido. Aquí y allá se veían pequeños puntos amarillo brillante. Noté que era agua porque se veía algo alterando la superficie, en realidad veía el chapoteo y las ondas en el agua pero no podía ver que era lo que perturbaba el agua.

-Justo debajo mio estaba la ciudad. Miré hacia abajo y pude ver kilómetros y kilómetros de cilindros abarrotados unos con otros. Yacían de costado en pirámides de tres o de cinco, o de doce, apilados uno contra otro. Es difícil transmitirles lo que era esa ciudad, mira, imagina que tienes caños de agua de cierta longitud, primero colocas tres, lado a lado, arriba de esos, dos mas, y sobre estos uno mas; o supón que en la base colocas cinco y después cuatro arriba, y tres y dos y uno al final. ¿Entienden? Eran algo así. Pero sobre ellas había toda clase de cosas, torres, alminares, abanicos, antorchas y las mas repulsivas monstruosidades. Brillaban como si estuvieran revestidos por una pálida llama rosa. Junto a ellos, ¡los venenosos arboles se alzaban como las cabezas de una hidra defendiendo el nido de gigantescos y adornados gusanos durmientes!

-Unos metros mas abajo, la escalera terminaba frente a un puente de titánicas proporciones, de otro mundo, como el que existe sobre el Infierno y conduce a Asgard. Se curvaba hacia abajo y pasaba por encima de la pila mas alta de cilindros tallados y desaparecía a través de ellos. Era espeluznante, demoníaco.

El hombre que gateaba se detuvo. Sus ojos se dieron vuelta. Empezó a temblar y sus brazos y piernas volvieron a su horrendo movimiento de gateo. De sus labios salio un susurro. Era un eco del murmullo que habíamos oído la noche anterior. Le tape los ojos con la mano y se tranquilizó.

-¡Esas cosas malditas!- dijo-. ¡Los habitantes del pozo! Me hicieron murmurar, ¿verdad?. Si, pero ya no pueden alcanzarme, ¡no pueden!

Momentos mas tarde, mas tranquilo, continuó con su historia.

-Crucé el puente. Bajé hasta la cima de esos… edificios. Una oscuridad azul me envolvió por un momento y sentí que los escalones daban vueltas como si fuera una espiral. Me relaje por un momento y cuando me percaté, estaba en, no sabría como llamarlo, digamos que era una habitación. No tenemos nada que se parezca a lo que hay en el pozo. El suelo seguía a unos treinta metros debajo. Los muros bajan y se ampliaban desde donde yo estaba parado, formando una serie de medialunas cada vez mas grandes. El lugar era colosal, y estaba lleno de curiosas luces rojas. Era como la luz dentro de un ópalo moteado verde y dorado. Llegué hasta el último escalón. A la distancia frente a mi había un enorme altar sostenido por columnas. Los pilares tenían monstruosas volutas talladas con la forma de un enloquecido pulpo agitando cientos de tentáculos, descansaban sobre la espalda de una monstruosidad informe tallada en una piedra carmesí. El frente del altar era una placa gigante color purpura cubierta de tallados.

-¡No puedo describir esos tallados! No hay ser humano que pudiera, el ojo humano no alcanzaría a comprenderlos, no mas de lo que comprendemos a las criaturas que acechan en la cuarta dimensión. Algo muy sutil, en la parte trasera de nuestro cerebro es capaz de sentir lo que esos tallados representan, vagamente. Eran cosas informes que no proveían una imagen consciente pero quedaban grabadas en la mente como un sello ardiente, eran ideas de odio, de combates entre cosas monstruosas e inimaginables, victorias en un infierno de vapor nebuloso, y junglas obscenas, aspiraciones e ideales de inmensurable desprecio.

-Fue entonces que me percaté de que había algo parado en el altar, a pocos metros de mi. Sabía que estaba ahí, podía sentirla con cada cabello y cada pequeña parte de mi piel. Algo infinitamente maligno, infinitamente horrible e infinitamente antiguo. ¡Acechaba, contemplaba, amenazaba y era… era invisible!

-Detrás de mi había un circulo de luz azul. Corrí hacia él. Algo me decía debía regresar por donde vine, subir las escaleras y huir de inmediato. Era imposible. La aversión de sentí por esa Cosa invisible se apoderó de mi y no me lo permitió. Atravesé el circulo y me encontré en una calle que me llevaba directo hacia las filas de cilindros tallados.

-Los arboles rojos se alzaban por aquí y por allá. Entre ellos, las madrigueras de piedra. En ese momento pude ver la sorprendente ornamentación que las cubría. Eran como los troncos de arboles sin corteza, suaves , que habían caído y estaban cubiertos por nocivas orquídeas. Deberían haberse extinguido junto a los dinosaurios. Eran monstruosos. Eran nocivos para el ojo humano y le ponían a uno los nervios de punta. No había nada ni nadie a la vista, ni siquiera rastros de algún ser viviente.

-Habían aberturas circulares en los cilindros similares al circulo del Templo de las Escaleras. Atravesé uno de ellos. Era una habitación abovedada y larga, con curvas que se cerraban a unos seis metros sobre mi cabeza, dejando un amplia ranura que se abría hacia otra recamara abovedada en la parte superior. No había absolutamente nada en esa habitación, excepto por las luces rojas, que yo hubiese visto en el Templo. Tropecé. Seguía sin poder ver nada, pero había algo en el suelo que me hizo tropezar. Me estiré y mi mano sintió algo frio y suave que se movió debajo, me di vuelta y hui rápidamente de ese lugar, era un lugar invadido por algo repugnante y enloquecedor, seguí corriendo a ciegas, agitando mis manos, llorando aterrorizado.

-Cuando logré recomponerme, me vi aun rodeado de los cilindros de piedra y los arboles rojos. Intenté volver sobre mis pasos, encontrar el templo. Estaba mas que atemorizado. Era como un alma fresca que había entrado en pánico ante las primeras imágenes del infierno. ¡No podía encontrar el Templo! Entonces la niebla comenzó a espesar y a brillar, los cilindros brillaron aun mas. Estaba atardeciendo en el mundo superior y sentí que el peligro recién empezaba para mi ahí abajo, que la niebla espesa era la señal para que lo que fuera que viviera en el pozo despertara.

-Me trepe a una de las madrigueras. Me escondí detrás una retorcida roca de pesadilla. Pensé que quizás, existía la posibilidad de permanecer oculto hasta que el azul se aclarara y el peligro hubiera pasado. Pero entonces, empezó a crecer a mi alrededor un murmullo. Estaba en todas partes, crecía y crecía hasta convertirse en un masivo susurro. Husmeé para ver que sucedía en la calle. Vi luces que pasaban de un lado a otro. Cada vez mas luces, salían de las puertas circulares y atestaban las calles. Los mas grandes median dos metros y medio; y los mas bajos rondaban los sesenta centímetros. Corrían, paseaban, hacían reverencias y se detenían y susurraban pero ¡no había nada debajo!

-¡Nada debajo!- suspiró Anderson.

No- continuó-, esa era la parte mas terrible, no había nada debajo de ellos. Esas luces eran los seres vivos. Tenían consciencia, voluntad, pensaban, si hacían mas cosas, desconozco. Estaban a pocos metros de mí. Su centro era un núcleo brillante, rojo, azul, verde. Este núcleo se desvanecía, gradualmente, en un resplandor nebuloso que no terminaba abruptamente sino que parecía desaparecer paulatinamente en la nada, pero era una nada que debajo tenia… algo. Force mis ojos para intentar comprender como eran sus cuerpos, donde las luces se fundían y que podían sentirlos pero no verlos.

-Me quedé congelado. Algo frío, y delgado como un látigo me había tocado el rostro. Volví mi cabeza. Muy cerca detrás mio habían tres de esas luces. Eran azul claro. Me estaban mirando, si puede uno imaginarse que estas luces tuvieran ojos. Otro látigo me tomó del hombro. de la luz mas cercana pude oír un murmullo estridente. Grité. De repente el murmullo en las calles se detuvo. Alejé mis ojos del globo azul claro que me sostenía y levanté la mirada para ver a un sinnúmero de luces en la calle amuchandose a mi alrededor. Se quedaron ahí, mirándome. Parecían una multitud de curiosas personas alrededor de un espectáculo de Broadway. Sentí que muchos látigos me tocaron al mismo tiempo y me desvanecí.

-Cuando recuperé la conciencia estaba de vuelta en el Lugar de las Escaleras, tirado a los pies del altar. Todo estaba en silencio. No había luces, solo los manchas rojas brillantes. Me puse de pie y corrí hacia las escaleras. Algo me jaló bruscamente y me puso de rodillas. Fue entonces que vi el anillo de metal amarillo alrededor de mi cintura. Del anillo colgaba una cadena y esta llegaba hasta arriba, a la plataforma allá en lo alto. ¡Estaba encadenado al altar!

-Intenté sacar mi cuchillo del bolsillo para cortar el anillo. Pero ya no lo tenía. Me habían quitado todo excepto una de las cantimploras que colgaba de mi cuello que supongo que Ellos creyeron era parte de mí. Intenté romper el anillo. Parecía estar vivo. Se retorcía en mis manos, y me apretaba aun mas. Tiré de la cadena pero no se movió ni un centímetro. Entonces recordé que la Cosa invisible sobre el altar seguía ahí. Me arrastré a los pies de la gran placa y lloré. Pensé, que estaba solo en ese lugar de luces extrañas con el reflexivo y antiguo Horror custodiándome, una Cosa monstruosa, una Cosa impensable e invisible que me llenaba de terror…

-Cuando logré recomponerme, momentos después. Vi que junto a uno de los pilares, había un recipiente amarillo con un liquido blanco y espeso. No me importaba si me mataba. Sabía bastante bien y al beberlo recuperé mis fuerzas en forma muy rápida. Era evidente que no querían matarme de hambre. Las luces, sea lo que fueren, tenían alguna idea de las necesidades humanas.

-Ahora, el brillo rojizo de las manchas se intensificó. Se escucharon ruidos afuera y a través de la puerta circular aparecieron de nuevo los globos, se ordenaron en filas hasta que llenaron el Templo. El susurro se convirtió en un cántico, un cántico susurrado con un ritmo que subía y bajaba, subía y bajaba, mientras los globos acompañaban el cántico moviéndose ellos mismos hacia arriba y abajo, arriba y abajo.

-Durante toda la noche, las luces fueron y vinieron, y durante toda la noche los cánticos subían y bajaban. Para cuando terminó solo me quedaba un átomo de consciencia en un mar de susurro rítmico, un átomo que subía y bajaba junto a los globos. Debo decirles que incluso mi corazón latía al unisono con ese ritmo. Las luces rojas se desvanecieron, las luces abandonaron el Templo y el susurro se extinguió. Estaba solo nuevamente y sabía que una vez mas el día recién había comenzado en mi propio mundo.

-Dormí. Cuando desperté encontré mas de ese liquido blanco junto al pilar. Examiné las cadenas que me ataban al altar. Empecé a frotar dos eslabones el uno contra el otro. Hice esto durante horas. Para cuando la luz roja empezó a brillar con mas intensidad había logrado desgastar un poco los eslabones. Había esperanza. Había, entonces, una oportunidad de escapar.

-Junto a la intensidad de la luz roja, las luces volvieron. Durante toda la noche el cántico susurrado siguió sonando y los globos subieron y bajaron. El cántico me atrapó. Vibró a través de mi cuerpo hasta que el ultimo musculo y el ultimo nervio vibraron a la misma frecuencia. Mis labios empezaron a temblar, como si hicieran el esfuerzo de gritar en el medio de una pesadilla. Pero eventualmente se rendían y ellos también repetían el cántico de los habitantes del pozo. Mi cuerpo se inclinaba al unisono con las luces. Me había convertido en una de esas criaturas sin nombre a través del sonido y movimiento, mientras mi alma se encogía enferma de horror e impotencia. Mientras susurraba, podía verlos, los veía a Ellos!

-¿Veía las luces?-pregunté estúpidamente.

-Veía las Cosas debajo de las luces- respondió-. Babosas inmensas y transparentes con docenas de tentáculos que salían de su cuerpo, con bocas redondas entreabiertas bajo los luminosos y visibles globos de luz. ¡Eran como los fantasmas de babosas inimaginablemente monstruosas! Podía ver a través de ellas. Mientras observaba, seguía haciendo reverencias y susurrando, hasta que llegó el amanecer y abandonaron el templo nuevamente. No se arrastraron ni caminaron, ¡flotaron! Se fueron flotando.

-No pude dormir. Trabajé durante todo ese día en la cadena. Y para cuando la luz roja brilló intensamente yo ya había desgastado una sexta parte de la cadena. Esa noche susurré y me incliné junto a los habitantes del pozo, ¡susurré el cántico que cada noche hacían ante esa Cosa que acechaba desde el altar!

-Dos veces mas, la luz roja se intensificó y el cántico me atrapó, entonces, en la mañana del quinto día logré romper los desgastados eslabones de la cadena. ¡Estaba libre! Bebí el liquido blanco del recipiente y volqué lo que sobraba en mi cantimplora. Corrí hacia las escaleras. Seguí corriendo y deje atrás al Horror detrás del altar hasta llegar al Puente. Corrí hasta que alcance finalmente la Escalera.

-¿Se imaginan lo que es escapar de ese mundo abismal con el infierno detrás tuyo? El infierno estaba a mis espaldas y el terror se había apoderado de mi cuerpo. La ciudad había quedado atrás, perdida entre la niebla azul antes de que estuviera demasiado exhausto para seguir escalando. El latido de mi corazón martilleaba en mis oídos. Caí rendido en una de las pequeñas cuevas y sentí que había encontrado un santuario, finalmente. Me arrastré en su interior y esperé a que la niebla espesara. Algo que sucedió apenas entré a la cueva. Desde las profundidades se escuchó entonces un murmullo masivo y furioso. En la boca del abismo pude ver como las luces subían por la niebla, y cuando esta empezaba a aclarar se zambullían de vuelta al abismo, eran los globos, los globos que eran los ojos de los habitantes del pozo. Una y otra vez las luces arrojaban los globos a través de la niebla, subían y bajaban. Me estaban buscando. El susurro se hizo mas fuerte, mas insistente.

-Era tan fuerte que un deseo repugnante creció en mi, quería unirme a ellos en el cántico como lo había hecho en el Templo. Me mordí los labios hasta que sangraron para evitar que se movieran. Los haces de luz subieron y bajaron por la niebla durante toda la noche, los globos se zambullían y los cánticos seguían sonando. Entendí entonces el propósito de las cavernas y las figuras talladas en la entrada que aun tenían poder para detenerlas. ¿pero quién las había tallado entonces? ¿por qué habían construido su ciudad alrededor del abismo y por qué habían construido esa Escalera que llegaba hasta el fondo del pozo? ¿qué habían sido para esas Cosas que debían vivir tan cerca de su morada? Era mas que seguro de que había algún propósito para todo esto. De lo contrario no se hubieran tomado el monumental y prodigioso trabajo de construir esas escaleras. ¿Pero cual era ese propósito? ¿y qué había ocasionado la extinción de los habitantes de la superficie del abismo pero no de los moradores del fondo? No tenía respuesta a ninguna de esas preguntas ni tenía forma de averiguarlo entonces. Solo tengo partes de una teoría.

-El amanecer llegó mientras pensaba en todo esto en silencio. Bebí lo ultimo que me quedaba del liquido blanco en mi cantimplora, me arrastré fuera de la cueva y empece a escalar nuevamente. Esa tarde mis piernas cedieron. Me desgarré la camisa y la use para acolchar mis rodillas y cubrir mis manos. Empecé a gatear por las escaleras, gateé y gateé. Volví a refugiarme en una de las cuevas y esperé hasta que la niebla espesara, las luces subieron y el susurro regresó.

-Pero había algo diferente esa vez, una nota nueva en el murmullo. Ya no era una amenaza. Me llamaba, intentaba persuadirme. Me atraía.

-Una nueva sensación de terror me invadió. Me invadía un poderoso deseo de abandonar la cueva y salir donde las luces pudieran alcanzarme; de dejarle hacer conmigo lo que quisieran, llevarme a donde quisieran. El deseo era cada vez mas intenso. Cada vez que las luces subían el deseo crecía, hasta que mi cuerpo empezó a vibrar como lo había hecho con el cántico en el Templo. Mi cuerpo era un péndulo. ¡Subía al mismo tiempo que las luces subían por la niebla! Solo mi alma se mantenía firme. Me sujetaba al suelo de la caverna. Durante toda esa noche mi alma libró una batalla contra mi cuerpo afectado por el hechizo de los habitantes del pozo.

El amanecer llegó nuevamente. Y volví a arrastrarme fuera de la cueva para enfrentar las Escaleras nuevamente. Ya no podía subir. Mis manos estaban hecha pedazos y sangraban mucho, mis rodillas eran una agonía. Me forcé a seguir subiendo, escalón por escalón. Al cabo de un tiempo mis manos se entumecieron y el dolor abandonó mis rodillas. Estaban completamente muertas. Paso a paso mi voluntad llevó mi cuerpo abismo arriba.

-El resto fue una pesadilla, me arrastré por una infinidad de escalones, tengo recuerdos del terror que sentí escondido en las cavernas con las luces zumbando frente a mí y el susurro que me llamaba y me llamaba, recuerdos de despertar para ver como mi cuerpo sucumbía al llamado y estaba a punto de atravesar el portal de la caverna, con cientos de globos brillantes observándome desde la niebla.

-Recuerdos de luchar contra el sueño y siempre pero siempre, escalando los infinitos escalones que separan el Abaddon del Paraíso de cielo azul y el mundo abierto de la superficie.

-Con lo ultimo de mi consciencia alcancé a llegar a la cima del abismo, recuerdo pasar entre los grandes pilares del pozo y una sensación de abstinencia, sueños de hombres gigantes con extrañas coronas orladas y rostros cubiertos que me empujan a seguir adelante mientras contienen a los globos de luz que intentan arrastrarme de vuelta al abismo donde los planetas nadan entre las ramas de arboles rojos coronados por serpientes.

-Y luego, un sueño largo, muy largo, solo Dios sabe que tan largo fue. Me desperté y pude ver el haz de luz que subía y bajaba a lo lejos en el norte, las luces seguían cazando, el susurro en lo alto seguía llamándome.

-Volví a arrastrarme con los brazos y piernas muertas que seguían moviéndose, se movían, como el barco del Antiguo Marinero, sin que yo les controlara, se movían y me arrastraban lejos de ese maldito lugar. ¡Entonces vi el resplandor de su fuego y me encontré aquí, a salvo con ustedes !

El hombre que gateaba nos sonrió en ese momento. Entonces su rostro se apagó repentinamente. Se había quedado dormido.

Esta tarde levantamos campamento y cargamos al hombre que gateaba de vuelta al sur. Durante tres días lo cargamos mientras dormía. En el tercer día, murió. Construimos una gran pira de madera y quemamos su cuerpo como nos lo había pedido. Desperdigamos sus cenizas en el bosque junto a las cenizas de los arboles que habíamos usado para quemarle. Se necesitaría una magia muy poderosa para desenmarañar esas cenizas y arrastrarlo de vuelta al pozo maldito de donde había escapado. Ni siquiera los habitantes del pozo podrían tener un poder como ese.

Pero nunca regresamos a los cinco picos para comprobarlo.

FIN

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