La trampa del elfo

Por Gertrude Barrows Bennett

En este mundo nuestro tan bien publicitado, moderno, atiborrado de motores, mortíferos proyectiles, sueros de la vida, y ciencia, a quien escuche “cuentos de viejas chusmas” se le considera un vago. A quien los crea, un tonto supersticioso. Sin embargo, hay algunas leyendas que tienen el extraño habito de ser imperecederos y recrudecen en muchos idiomas y en muchas tierras.

Es una  de esas historias que tengo para contar. Llegó a mí a través de un reconocido especialista en enfermedades nerviosas, no como un ejemplo de la posible verdad detrás de una fabula, sino como un curioso caso de, en sus palabras, “como las alucinaciones de una mente enferma se reflejaron sobre una segunda mente completamente sana.”

Sin lugar a dudas su perspectiva era la correcta. Pero aun así, al finalizar, tuve una extraña sensación. Como, si, en algún lugar, en algún momento, yo, al igual que el joven Wharton hubiera visto, contra ese cielo azul, a Elva, la del pañuelo azul cielo y las madreselva amarillas.

Pero mi rol no es contar lo que sentí ni tampoco hacer conjeturas. Contaré la historia como me la contaron, con excepción de los nombres reales que reemplazare con nombres ficticios. Las citas del cuaderno rojo son textuales.

Theron Tademus, A.A.S., F.E.S., D.S., etcétera, ocupaba el cargo de jefe del departamento de biología en una no poco conocida universidad. Era autor de un tratado sobre citología que desde entonces se convirtió en texto de referencia, y de varios textos sobre los mas complejos infusorios. De niño había sido, en apariencia, una persona romanticamente encantadora. A los treinta y siete años seguía siendo apuesto de una manera fría y sutil, pero se había distanciado de manera casi inhumana de cualquier cosa que no fuera de interés científico.

Entonces, en la cúspide de su carrera, murió. Al ingresar al salón de clases con la intención de dar su primera lección de ese semestre, caminó hasta su escritorio, apoyó un pequeño cuaderno rojo, lo abrió, volteó y abrió la boca, se puso aterradoramente pálido y sucumbió. Su asistente, el joven Wharton, fue el primero en asistirlo y el primero en descubrir la terrible verdad.

Tademus no estaba casado, y en su testamento legaba todas sus posesiones a la universidad.

Al principio no consideraron que el pequeño cuaderno rojo fuese importante. Supusieron que contenía notas para su lección, lo dejaron a un lado. Sin embargo, cuando su asistente finalmente lo leyó mientras ordenaba sus papeles, descubrió que el cuaderno no contenía notas sino que era un diario donde documentaba su ultimo verano.

Con la excepción de las circunstancias de un peculiar incidente, Wharton ya sabía los principales acontecimientos de ese verano.

Tademus, debido a la insistencia de su doctor, el especialista anteriormente mencionado, había pasado julio y agosto en las montañas de Carolina al norte del famoso centro turístico Asheville. El Dr. Locke que era un amigo al igual que su medico de cabecera, le prestó a su paciente un bungalow que poseía en esa región.

Estaba situado en una zona hermosa pero solitaria y el asentamiento mas cercano era Carcassonne. En el valle inferior había una pequeña estación de tren, pero Carcassonne no estaba construida a su alrededor ni era realmente un pueblo en el estricto sentido de la palabra.

Cierto pintor de paisajes había levantado una casa sobre la ladera de la montaña, un lugar selecto por su magnifica vista. Tiempo después, se le hizo habito invitar a uno o dos de sus discípulos preferidos a la locación para practicar durante el verano. Un tiempo después, empezó a llevar cada vez mas y mas personas. Para su alojamiento, empezó a construir otras estructuras cerca de su estudio de montaña, y así nació la clase de verano del Blue Ridge, con nombre propio y una membresía bastante cuantiosa.

Dos caminos salían de ese lugar en el valle. Uno, el que utilizaban el artista y sus colonos, era tan bueno y ancho como cualquier otro camino de montaña en Carolina. El otro, un sendero amarillo angosto y ventoso que pasaba  junto al solitario bungalow del Dr. Locke y se bifurcaba en dos caminos, uno de ellos llevaba hacia las alturas, y el segundo a Carcassonne.

La distancia entre la colonia y el bungalow era considerable, y no se podía ver una desde la otra. Tademus no estaba interesado en el arte, y como revelaba el libro rojo, ni siquiera sabía que existía Carcassonne hasta varios días después de su llegada al bungalow.

Soledad, largas caminatas, y abstinencia del trabajo y sus tareas era lo que le había recetado el Dr. Locke, algo que Tademus había aceptado con aparente docilidad.

Sin embargo, al poco tiempo Wharton recibió un telegrama del profesor ordenándole que le empacara y enviara vía expreso ciertos aparatos, incluyendo un microscopio y elementos de disección. El asistente obedeció.

Transcurrida otra quincena, el Dr. Locke recibió un mensaje urgente. Era de Jake Higgins, el cuidador negro que le había “prestado” a Tademus junto con el bungalow.

Dejando su consultorio a cargo de otro hombre, el Dr. Locke viajó hasta Blue Ridge, Carolina.

Encontró al cuidador y su bungalow, pero no a Tademus.  

Según Jake, el profesor había salido a caminar una tarde y no había regresado. Al avisarle a Locke, el cuidador había hecho lo mejor que podía hacer. Notificó también al comisario del condado, y los grupos de búsqueda peinaron las montañas. A pedido suyo, también, toda la comunidad Carcossiana, hombres y mujeres se ofrecieron con entusiasmo a unirse en la búsqueda de Tademus. Muchos de ellos llevaban caballetes y  bastidores ya que temían que la búsqueda humana los llevara a descubrir algún paisaje tentador y les encontrara mal preparados.

Sin embargo, los esfuerzos de la colonia fueron tan exitosos como los del sheriff o el de cualquier otra persona.

Poco antes de la desaparición de Tademus, una banda de gitanos se había asentado en un cúmulo de chozas abandonadas, viejas y desiertas aproximadamente a un kilómetro del bungalow de Locke.

Las sospechas cayeron sobre ellos. Una patrulla visitó el campamento, lo revisaron e interrogaron a cada miembro de la banda inmigrante. Tenían un aspecto particularmente desagradable, sucio y maligno. Sin embargo, no encontraron rastros ni del profesor ni de algo que le perteneciera.

La patrulla abandonó el campamento luego de que una disputa casi se convirtiera en un verdadero enfrentamiento. Un perro, miserable y hambriento, había atacado a uno de los ayudantes del sheriff y le había clavado los dientes en la bota. Este no dudo en dispararle. Ante el hecho, los dueños de los perros sacaron navajas.

La patrulla estaba mucho mejor armada y ante la amenaza de sus escopetas y rifles los gitanos reconsideraron. Fueron advertidos para que empacaran sus cosas y se marcharan, y tras unos días de demora, obedecieron.

Durante la mañana en la que se disponía a partir, que a la vez era el octavo día de la desaparición de Tademus, el Dr. Locke se sentó depresivamente a desayunar. La búsqueda, pensaba, debía extenderse un poco mas. Había que cubrir todo el Blue Ridge, si era necesario. En algún lugar de esas montañas estaba un amigo y paciente al que no iba a dar por perdido.

En un extremo del cuarto donde desayunaba había una puerta. Ésta llevaba al cuarto que había sido desocupado y que Locke descubrió con indignación que había sido convertido en un laboratorio por el paciente al que había enviado ahí a “descansar”.

Repentinamente, la puerta se abrió. Y de ella salió, Theron Tademus. 

Pareció muy sorprendido de encontrar a Locke ahí, y le dijo que había regresado poco después de la medianoche y había estado en su laboratorio desde entonces.

Al ser interrogado sobre su paradero antes de eso, respondió que durante esa semana había estado visitando amigos en Carcassonne.

Dr. Locke dudo de su declaración. Y con razón.

Los artistas no son necesariamente mentirosos, y cada artista o artista en formación en la colonia Carcassonne no solo había negado conocer al profesor, sino que habían pasado una buena parte de esa semana ayudando en su búsqueda.

Mas tarde, luego de insistir en que Locke le acompañara a Carcassonne y conociera a sus amigos, Tademus admitió repentinamente que en realidad nunca había estado en ese lugar. Se negó, sin embargo, tanto a explicar el por qué había mentido en primer lugar y a dar cualquier explicación sobre su misteriosa ausencia.

Una semana atrás, Tademus había dejado el bungalow, llevando solo una linterna, y vestido con un traje blanco de franela, zapatos de lona, y un sombrero Panama. Tal era su idea de un atuendo para ir de excursión.

Regresó, vestido con el mismo traje, sombrero y zapatos. Ademas, aunque era blanco, se veía tan pulcro como cuando había partido, excepto por algunas manchas de pasto y el inevitable polvillo de arcilla amarilla del camino en la suela de sus zapatos.

Si había pasado una semana vagando por  la montaña, había tenido mucho éxito en mantener su ropa impecable.

“Asheville,” pensó el doctor. “Se fue en tren, paró en el hotel, y regresó sin el mas mínimo recuerdo que lo que realmente había hecho. Una sobrecarga nerviosa puede jugarle ese tipo de trucos a la mente de un hombre.”

Se guardo la opinión para sí mismo. Como un buen doctor, no volvió a insistir con el asunto, particularmente por que vio que Tademus estaba profundamente afectado e intentaba ocultar lo que había sucedido.

En aras de tomarse unas muy postergadas vacaciones para sí mismo, Locke se quedó un tiempo en el bungalow, resguardó a su amigo de la curiosidad de quienes habían peinado las colinas buscándolo, e hizo todo lo que estaba en su poder para curar y aliviar su mente.

Tuvo tanto éxito que Tademus regresó a sus clases en otoño con el consentimiento de Locke.

A sus clases, y a su muerte.

Wharton sabía todo esto. Sabía que el paradero de Tademus durante esa misteriosa semana nunca se había revelado. Pero la bitácora en el cuaderno rojo documentado todo ese verano, incluyendo esa semana.

Para Wharton, el registro le pareció tan extraordinariamente curioso que se tomó la libertad de llevar lo que ahora era propiedad de la universidad y enseñárselo al Dr. Locke.

Era tarde, y el doctor estaba a punto de retirarse luego de una jornada laboral que había comenzado antes del amanecer.

-¿Es personal dices?- Locke tomó el libro frunciendo ligeramente el ceño.

-Personal. Pero siento que… cuando termines de leerlo. Tengo algo muy extraño que contarle al respecto. No lo entenderá hasta que no lo haya leído. Estoy casi seguro de que lo descrito en este libro está la clave para entender la muerte del profesor Tademus.

-Su corazón colapsó. Exceso de trabajo. No hay nada misterioso en eso.

-Quizás no doctor. Aun así, ¿podría leerlo por favor?

-Léemelo en voz alta-dijo el doctor-. No podría leer una de mis propias prescripciones en estos momentos y tú estas familiarizado con su microscópica letra manuscrita.

Wharton cumplió entonces.

Lunes, 3 de julio.

Llegue ayer. No es tan malo como esperaba pero lo suficiente. Si Locke estuviese aquí, estaría satisfecho. No tengo absolutamente nada que hacer. Caminé y escalé por dos horas, como me lo aconsejo. Pasé el resto del día caminando de aquí para allá dentro de la casa. Por lo menos caminé lo suficiente. No puede sentarme a no hacer nada. No puedo dejar de pensar. ¡Ese Locke es un idiota!

Jueves, 6 de julio.

Hoy le envié un telegrama a Wharton. Me enviará vía expreso el microscopio Swift, algunos portaobjetos, cubiertas de vidrio y algunos otros pequeños aparatos. ¡Ese Locke es un idiota! Seguiré su consejo pero dentro de lo razonable. Hay una habitación aquí iluminada por cinco ventanas. El viejo Jake ha quitado los muebles de la habitación. Será un buen laboratorio. Por supuesto que no tengo intención de hacer algún trabajo real. Una hora o dos al día de observación microbiológica harán tolerable el “descanso”.

Martes 11 de julio.

Jake se monto en su vieja mula gris y ha traído mis tres valijas de la estación, desempaqué la Stephenson-Swift y la instalé. Apenas toqué el aparato mis ojos se llenaron de lagrimas. ¡La “cura por descanso” de Locke había hecho eso con mis nervios!

Luego de desempacar, voluntariamente dejé de lado el microscopio y las otras cosas. Caminé quince kilometros subiendo y bajando la colina. Intente admirar el paisaje, como Locke me aconsejo, pero no encontré mucho para apreciar. Rocas, arboles, burdas colinas, caminos amarillos y cielos nublados, águilas. ¡Belleza! ¿Qué belleza puede haber en este vasto y torpe mundo que es la cascara exterior de los verdaderos y delicados triunfos de la naturaleza?

Vi a un hombre pintando hoy. Frotando un lienzo con gruesos pinceles. Había instalado su caballete junto al camino, y me detuve a ver que podía encontrar un ser humano aquí que fuese digno de pintar.

¿Y qué es lo que este pintor, este artista, este amante de la belleza había elegido? Cerca de un kilómetro de distancia había un cúmulo de horribles y oscuros arboles. Un arroyo corría entre ellos y el camino. Estaba amarillo por la arcilla y fluía rápidamente. Los microorganismos mas interesantes no podrían existir en ese lugar. Un destartalado puente de madera lo atravesaba y llevaba a un pequeño bosque, y ahí, entre los arboles había un cúmulo de sombrías cabañas casi en ruinas.

Esa escena era la que mi “artista” había elegido para representar.

Por simple curiosidad entablé una conversación con el hombre.

Los atípicos garabatos en claroscuro, tonos chatos, masas, etcétera. No había un pensamiento definido en su cabeza sobre el por qué deseaba pintar esas ruinas. Aunque si aprendí algo. No era el único de su especie como yo había pensado. Locke nunca me contó sobre Carcassonne. ¡Considera esto! Casi un centenar de estos lunáticos cazadores de “belleza” pasaban el verano a una corta distancia de la casa donde me habían enviado a vivir.

El que estaba pintando la locación hasta me invito a visitarlo. Le sonreí sin  comprometerme a nada y volví a casa. En el camino pasé por el sendero que lleva a ese lugar. Siempre había evitado ese camino, pero no sabía por qué hasta hoy. ¡Imaginate! Casi un centenar. Supuse que algunos seguramente eran mujeres. No, me mantendría discretamente alejado de Carcassonne.

Sabado. 15 de julio.

Jake me informa que una banda de gitanos se han asentado en el claro que mi conocido Carcassoniano eligió para pintar. Están viviendo en las chozas en ruinas. Ahora también tengo que evitar ese camino. ¡Pensar que me recomendaron estar solo! Las colinas están atestadas de artistas, gitanos y quien sabe qué mas. ¡Era como si me hubiesen mandado a descansar a un panal de abejas!

Encontré una interesante variación de ciliados viviendo en un estanque cercano. ¡Maravilloso! He registrado mas de una docena de especímenes en los cuales el macronúcleo es sin dudas el doble de su tamaño . ¡No lobulado, ni pulverizado, como en una oxitricha, sino el doble de su tamaño! Mi verano no ha sido un desperdicio después de todo.

Me sentí particularmente aletargado y cansado esta mañana, y me di cuenta de que no había salido de la casa en tres días. Tendré que salir a dar una larga caminata mañana.

Lunes, 17 de julio.

Hoy estoy completamente distraído. Tuve una experiencia muy desagradable. Resuelto a mantener mi promesa con Locke, salí de excursión por la tarde tarde y caminé enérgicamente durante un buen tramo. Sin embargo, me había olvidado completamente de los gitanos y retomé mi viejo camino .

Poco después, conocí una mujer, o mejor dicho una muchacha. Iba vestida con vestimentas andrajosas y de colores brillantes que usan las mujeres de ese tipo de esas tribus nomades. Tenía un pañuelo en la cabeza. Lo noté porque era el mismo tono brillante de azul que el cielo sobre las montañas a sus espaldas. El pañuelo a su vez tenía una faja amarilla, y dentro de esa faja tenía un manojo grande de flores amarillas, madreselva silvestre, creo.

Su rostro no era oscuro, como el de la mayoría de los gitanos. Al contrario, tenía una piel con una blancura firme y sutil, con rasgos elegantes y delicados.

Al pasar, nos miramos el uno al otro, y vi que sus ojos brillaban de la manera mas extraña y hermosa. Estoy seguro que no había atrevimiento o inmodestia en su mirada. Era como la mirada de una persona que reconocía a un viejo conocido y le alegraba verlo. Pero nunca nos habíamos visto antes.Hubiera sido imposible olvidarla si así fuera.

Nos cruzamos sin mediar palabra, por supuesto, y seguí mi camino.

Al conocer a esa chica, difícilmente pude pensar en que era gitana, de hecho no intenté clasificarla de ninguna manera. La impresión que me dejo fue algo nuevo para mi. Fue solo cuando llegue al claro que volví en sí, y recordé la historia que Jake me había contado sobre los gitanos que se habían asentado ahí.

Entonces, salí rápidamente de la vaga y absurda felicidad que me había provocado el encuentro con la joven.

Cuando converse con el Carcassoniano observé cuidadosamente ese claro. Pensé que era perfecto, que nada que se le pudiese agregar podía aumentar la sombría fealdad de sus arboles, ni la desolación de sus chozas viejas, grises y derruidas.

Hoy entendí que no era así. Para ser perfecta, esa fealdad debía incluir un poco de sórdida humanidad.

Los restos, de por sí ya bastante deprimentes, eran horrendos ahora. En los portales holgazaneaban mujeres gordas y sucias cuidando a sus cochinas crías. Los niños mayores, vestidos con harapos y llenos de mugre correteaban y se peleaban entre ellos. Sus voces eran como bramidos de animales.

Entendí que la chica con el pañuelo color del cielo había salido de aquí, de esta impronunciable suciedad.

Un perro callejero, amarillo, hambriento y casi esquelético se acercó desenfrenadamente hasta el puente. Una campana oxidada colgaba de su cuello. La bestia se detuvo en el extremo mas alejado y ladraba desde ahí, agazapado. Su enojo parecía superar el simple salvajismo canino. Sus magras mandíbulas se retorcían con una maniática pero desagradable ferocidad.

Algunos hombres, con bigotes y rostros sucios se habían juntado alrededor de una especie de forja erigida en el claro. Estaban construyendo algo, golpeándolo con martillos en medio de una lluvia de chispas. A causa del ladrido del perro, uno de los hombres volteó y me vio. Habló con sus compañeros y para mi consternación dejaron de trabajar y trasladaron su atención hacia mi.

Temí que fueran a cruzar el puente, y la idea de tener que hablar con ellos me resultó repulsiva por alguna razón.

Se quedaron en su lugar, pero uno de ellos empezó a reir muy fuerte de repente y levantó para que yo viera la cosa que habían estado martillando.

Era una trampa de hierro, grande, rustica y torpemente fabricada. Aun a la distancia pude ver los enormes y puntiagudos dientes, aptos para lesionar un oso o a un hombre. Era el instrumento mas feo que había visto en mi vida.

Me di vuelta y empecé a caminar a casa, y cuando volví a mirar, ellos habían vuelto a trabajar.

El sol brillaba alto en el cielo, pero sobre ese claro parecía reinar una extraña oscuridad. Era como un lugar recluido y aislado del mundo. Los arboles, incluso, eran diferentes a los otros arboles de las montañas. Tenían un aspecto extraño, oscuro y chato en contraste con el cielo, como si hubiese sido recortado de un papel oscuro o como los arboles chatos de un tapiz. Eso era. Toda la escena era como una oscura, chata e irreal imagen de un tapiz.

Volví directo a casa. Mis nervios están en mal estado, sin lugar a dudas, y creo que le escribiré a Locke para que me prescriba alguna medicina que me recomponga. Hasta ahora, este descanso curativo no ha sido notablemente exitoso.

Miércoles, 19 de julio.

Volví a verla.

Anoche no pude dormir. Cerca de la medianoche deje de intentarlo, me levante, me vestí y pasé el resto de la noche con el viejo Stephenson-Swift. Mi luz para trabajar de noche, una lampara de aceite común, no ilumina demasiado. Esta mañana sufrí de mucho dolor detrás de los ojos, y estaba determinado a darle otra oportunidad al tratamiento del doctor Locke de “caminar y tomar aire” aunque un poco desanimado por los resultados previos.

Esta vez recordé no tomar el camino que llevaba a ese horrendo claro. La luz del sol parecía acrecentar el dolor que estaba sufriendo. El aire era cálido, polvoriento, y tenía que caminar con lentitud. Al menor incremento en el ritmo de la caminata mi corazón daba una especie de salto, muy desagradable que me hacia sentir sofocado.

Entonces llegué a donde estaba la chica.

Estaba sentada en una roca, su regazo rebalsaba con madreselvas silvestres, y ella estaba tejiendo los tallos de las flores.

Al verme sonrió.

-Ya he terminado su guirnalda-me dijo-, y la mía estará lista pronto.

Uno pensaría que la roca era nuestro lugar secreto, donde nos encontrábamos desde hacia mucho tiempo. Me extendió una guirnalda hecha de flores de madreselva.

No puedo imaginarme qué fue lo que me hizo actuar de esa manera. El cansancio y el dolor detrás de mis ojos me había despojado de mi buen juicio habitual.

De todas formas, para mi sorpresa, tomé su ridícula guirnalda y me senté en el lugar que ella había apartado para mi en la roca.

Después de eso, hablamos.

En este momento, solo unas horas después, no puedo decir si el español de la chica era correcto o no, ni qué fue exactamente lo que dijo. Pero si recuerdo el sonido de su voz.

Recuerdo, también, que me dijo que su nombre era Elva, y que cuando le pregunté cuál era el resto de su nombre, me dijo que un solo nombre bueno era suficiente para una persona.

Me pareció encantadoramente cómico, me reí como un niño, o un tonto ¡sabrá Dios cual de los dos!

Pronto terminó la segunda guirnalda y riendo insistió en que nos coronáramos mutuamente con flores.

Imaginate. Si uno de mis estudiantes me hubiese visto, estoy seguro de que se habría sorprendido de verme así . El profesor Theron Tademus, sentado en una roca con una chica gitana, con una corona de flores en la cabeza y acomodando otra sobre la cabeza de la chica del pañuelo azul.

Por suerte, ni mis estudiantes ni nadie mas pasó por ahí, y en unos minutos me dijo algo que me devolvió la conciencia. Debido a esa inexplicable poca memoria que tengo, voy a citar el sentido de lo que dijo y no sus palabras.

“Mi padre reina sobre nuestra gente. Debes visitarnos. Si vas conmigo, mi pueblo y mi padre te darán la bienvenida.”

Me habló con aire cortes y elegante como el de una princesa, pero me levanté y me aparté rápidamente de su lado. Una visión del claro volvió a mi, oscuro, opresivo, como un viejo oscuro tapiz tejido de follaje y formas grotescas. Recordé la horrible y repugnante tribu de donde había salido esta chica.

Sin mediar palabra de despedida, la deje ahí en la roca. No miré hacia atrás, ni ella dijo nada para detenerme. No fue hasta que llegué a casa, cuando me encontré al viejo Jake en la puerta y vi que me observaba, que recordé la corona de madreselvas. Aun la llevaba puesta, y llevaba el sombrero en la mano.

Me arranqué las flores y las arrojé a la acequia, y volví con la dignidad que me quedaba a la reclusión del bungalow.

Es de noche ahora, y un poco después de eso volví a salir. La guirnalda esta aquí conmigo. Las flores no se estropearon en la acequia, y parecían tan frescas como cuando me las dio. Tenían mas aroma de lo que me hubiese imaginado que podían tener las madreselvas silvestres.

Elva. Elva la del pañuelo azul cielo y las madreselvas amarillas.

Mis ojos me pesan, pero el dolor detrás de ellos ha desaparecido. Creo que esta noche voy a poder dormir.

Viernes, 21 de julio.

¿Hay acaso un hombre mas crédulo que aquel que se enorgullece de la precisión de sus observaciones?

Pregunto esto humildemente, ya que ese hombre soy yo.

Ayer me levanté y me sentí mas fresco de lo que me había sentido en semanas. Después de todo, el tratamiento de Locke parecía ser digno de respeto. Con eso en mente, le dedique apenas un par de horas a algunos de mis ciliados doble núcleo y a terminar las diapositivas.

El resto de la tarde me dedique a recorrer religiosamente los senderos. Admirar un paisaje tiene sin lugar a dudas cierto encanto vulgar, los alcances del verde, los purpuras distantes, y la linea del cielo que envuelve  todo eso como un pañuelo azul. Si el dolor detrás de mis ojos no hubiese regresado casi que podría haber disfrutado de semejantes paisajes.

Después de caminar mas de lo normal, llegué al hogar bien entrado el atardecer. Como si fuera una emboscada, una pequeña figura salto desde atrás de los rododendros. Parecía un niño, un muchacho, no pude verlo claramente ni ver como estaba vestido.

Me entregó algo en la mano. Para mi sorpresa, era un ramo de madreselvas silvestres.

“¡Elva, Elva, Elva!”

El extraño infante estaba prácticamente bailoteando frente a mi, repitiendo el nombre de la chica y nada mas.

Al recuperarme, entendí que Elva debía de haber enviado a este niño, y como era de esperar, después de insistirle, dejó de bailotear lo suficiente para entregar su mensaje.

La abuela de Elva, me dijo, estaba muy enferma. Había estado mal durante días, pero esta noche su enfermedad estaba peor, mucho peor. Elva temió que su abuela pudiera morir, y “es obvio” dijo el niño, “¡ningún doctor vendrá a ayudarnos!”. Se acordó de mi, ya que era su único amigo entre las “personas del exterior”. ¿Podría ir a ver a su pobre y enferma abuela? Y en caso de contar con medicina del mundo exterior en mi casa, ¿podría llevarla conmigo?

Y si, al principio tuve mis dudas. Mas allá de las básicas y obvias sospechas, estaba invadido por un horror sin sentido no solo por la tribu gitana sino por el claro mismo.

Pero ahí estaba el ramo de madreselvas. ¡Cuando tuvo necesidad, envió el ramo como un símbolo, y me lo envió a mi! Elva, la del pañuelo color del cielo y la boca risueña.

-Espera aquí-le dije al niño, con un poco de aspereza, y entré a la casa. Recordé que tenía un maletín de emergencia con remedios básicos, nunca los había utilizado pero venían con sus respectivos prospectos. Si  iba a oficiar como médico amateur por lo menos debia ayudar. Busqué a Jake con el propósito de informarle de mi expedición. Aunque había dejado un pollo asando en la cocina no se le veía por ningún lado. Quizás había ido al manantial a buscar agua.

Volvi a salir, llame al niño pero no recibí respuesta. Estaba muy oscuro. Atardeciendo, el cielo se había cubierto de nubes, por lo que ahora ni siquiera contaba con el beneficio de la luz de las estrellas.

Estaba enojado con el niño por no esperar, pero ya conocía el camino, incluso en la oscuridad. Al menos eso es lo que pensé, hasta que choqué contra un matorral de acebo. Me di cuenta que debí haberme salido del camino y estaba ahora en un sendero sin salida en la ladera de la montaña sobre el bungalow de Locke.

Mire hacia atrás para guiarme con las luces de sus ventanas pero los arboles las ocultaban.

Sin embargo, el camino no podía estar demasiado lejos. Luego de deambular un poco estaba seguro que mis pies estaban nuevamente en el camino correcto. Momentos después, percibí una tenue luz rojiza, delante mio a la izquierda.

Mientas caminaba hacia ella, el gorgoteo del agua que fluía rápidamente me informó que había llegado al arroyo con el  puente destartalado.

Me detuve ahí por unos minutos, mirando la luz rojiza. Era todo lo que podía ver. Parecía que, de alguna manera, esa luz no iluminaba nada realmente.

Entonces sentí una el ruido de pisadas, el sonido de una campana y un salvaje  aullido que surgió del extremo mas alejado del arroyo. Ese maldito perro salvaje, pensé. Elva, ademas de abusar de mi amabilidad al punto de hacerme venir, podría al menos haber arreglado una mejor recepción que esta.

Entonces la imaginé, agachada con sus coloridas vestimentas, atendiendo a a la horrenda vieja que debía ser su abuela. Al resto de la tribu probablemente le resultara indiferente. Ella no pudo abandonar a una enferma, y ahí estaba yo, dudando como un cobarde cualquiera.

Para resguardarme del perro tomé con firmeza mi bastón. Tanteando el terreno con él, encontré el puente y lo cruce.

Al instante algo se prendió de mi pierna y me soltó antes de que pudiera golpearlo. Escuché al perro revolotear y ladrar a mi alrededor. De pronto me di cuenta que el sonido de esta bestia no era igual al del perro salvaje amarillo. Este no tenía nada de salvaje. Era el ladrido alegre y excitado de un perro bien criado que recibe a su amo o a los amigos de su amo. Y la campana que sonaba cuando se movía tenía una nota dulce y argéntea, distinta del agrietado tintineo de la campana del perro salvaje.

Despreciaba a ese perro amarillo y el pensar que no necesitaba combatirlo fue un alivio. Las chozas, según recordaba, no estaban ni a 40 metros pasando el arroyo. No había señales de una fogata. Solo ese punto de luz rojizo.

Avance…

Wharton dejo de leer repentinamente.
-Aquí-señaló-, empieza la parte del diario en la que salta de lo ordinario a lo extraordinario. Y la parte mas extraña es que al escribirlo, el profesor Tademus parece no percatarse de que estaba describiendo una experiencia atípica y placentera.

El Dr. Locke frunció su profuso ceño.
-¡Placentera!-grito-, ¿cuál es la fecha de esa entrada?

-Veintiuno de julio.

-El día que desapareció. Ya veo. ¡Placentera!. ¡Y esa chica gitana, diablos!

¡Que aventura para un hombre como ese! No me sorprende que intentara ocultarlo con mentiras. No me interesa escuchar el resto, Wharton. Lo que sea que haya sucedido, mi amigo esta muerto. Déjalo descansar.

-Espere-exclamó el joven, con genuina franqueza-. Santo dios, doctor, ¿usted cree que traería este libro ante usted si contuviese esa clase de relato sobre el profesor Tademus? No. Su mas asombrosa cualidad reside en aspectos que usted ni siquiera podría imaginar.

-Entonces prosiga- farfulló Locke, y Wharton continuó con el relato.

De pronto, como si esperasen una señal, no una, sino un sinnúmero de luces surgieron de la nada.

Era como salir de un oscuro armario a la luz del día. Cuando pasó el resplandor inicial, comprendí entonces que en lugar de estar en el sombrío claro y las chozas en ruinas, estaba frente a un grupo de casas muy hermosas.

Es curioso como una falsa presunción puede dominar a un hombre.

Al principio creí estar en el campamento gitano, varios minutos pasaron hasta que pude superar el asombro y entendí que cuando perdí el camino nunca lo recupere realmente.

De alguna manera termine en la otra bifurcación del camino y había llegado, no al claro ¡sino a Carcassonne!

No tenía idea, tampoco, que esta colonia de artistas pudiese ser un lugar tan hermoso. No estaba dividido por calles. Las casas estaban aquí y allá sobre una superficie cubierta del césped mas verde que había visto en estas montañas de roca y arcilla amarilla.

(El doctor Locke se sobresaltó ligeramente en su silla. Carcassonne tal como la recordaba vino a su memoria. No interrumpió, pero desde ese momento su atención se disparó, como un hombre que había escuchado la palabra clave de un acertijo.)

Había luces por doquier, colgaban en las floreadas ramas de los arboles, resplandecían desde el césped, resplandecían desde cada puerta y ventana. Cómo se habían encendido tan abruptamente después de la oscuridad inicial, aun no lo sabía.

De la casa mas cercana salió una chica. Estaba vestida de forma encantadora, con sedas livianas y coloridas. Un ramo de madreselvas silvestres en el cinturón, y un pañuelo azul cielo sobre su cabello. La reconocí al instante, y empece a vislumbrar la broma que me habían jugado.

El perro correteó hacia la chica. Era un Collie magnifico. Tenía una pequeña campana de plata atada al cuello en un collar ancho.

Mi respuesta inmediata fue bastante serena. La chica se detuvo un poco lejos. Ella reía ya que ciertamente me había puesto en papel de victima.

Ante mi acusación, admitió inmediatamente que me había engañado. Me explicó que al percibir que su apariencia me había despistado al pensar que era una de los gitanos, no pudo resistirse a jugarme una broma. Había enviado a su pequeño hermano con la ofrenda y el mensaje.

Le conteste que el niño me había dejado solo y que casi había invadido el campamento de los verdaderos gitanos buscándola a ella y a su ficticia abuela moribunda.

Esto le pareció incluso mas divertido. La risa de Elva tiene una cualidad particularmente contagiosa. En vez de enojarme, empece a reírme con ella.

Para entonces muchas personas habían salido a sus jardines y me condujo ante un hombre mayor, serio y atractivo y lo presento como su padre. En ese momento, apenas me percaté que utilizo solo mi primer nombre, Theron, el cual le había dicho cuando nos sentamos juntos en esa roca a un lado del camino. He observado que todas esas personas solo utilizan un nombre, al presentarse e interactuar entre ellos. Aunque no tenía experiencia personal en tratar con artistas, he oído que tienen una inclinación por tendencias no convencionales. Pero nunca se me ocurrió, sin embargo que pudieran resultarle atractivas o agradables a un hombre como yo.

Estoy deslumbrado. Estos “colonos” Carcassonianos son las personas mas encantadoras que he conocido jamas.

Todo el mundo parecía estar al tanto de la broma que Elva me había jugado. Se rieron con nosotros, pero para compensarme me han hecho uno de ellos de la manera mas placentera.

Cene en la casa del padre de Elva. El comedor, o mejor dicho el recibidor es un lugar maravilloso. Debido a tanto trabajo con el microscopio, soy mas propenso a ver la torpeza, vastedad, en lo que otras personas ven belleza. Carcassonne es diferente. Hay una ínfima perfección en la arquitectura de las casas de estos artistas, en la textura de sus vestimentas, e incluso en el delicado contorno de sus rostros, el cual me resulta extraordinariamente agradable.

No hay nada convencional entre sus vestimentas. Tanto hombres como mujeres se visten como les place. Sus gustos individuales son exquisitos, y el resultado es un despliegue de telas suaves, colores brillantes, floreados no chillones.

Hasta anoche nunca comprendí el encanto de lo que se llama “vestir elegante,” o del efecto que puede ejercer en una naturaleza bastante sombría como la que admito que me caracteriza.

Elva, alentada por la travesura, insistió en que me “vistiera para cenar.” Su pedido fue instantaneamente respaldado por la turba que reía. Me arrastró de una manera que no estaba acostumbrado, y deje que me vistiera con atuendos blancos con bordados plateados como una delicada escarcha cristalizada. Me arrastró divertida frente un espejo, y quedé maravillado del cambio en mi apariencia.

A diferencia de la toga negra con capucha carmesí que utilizo en la universidad, estos ropajes brillantes no me daban una apariencia seria sino una especie de lo que puedo denominar una noble juventud. Lucía mas joven, y al mismo tiempo radiante, mas vivo que nunca. Ya sea por el contagioso espíritu de mis compañeros, o algún resurgimiento de mi adolescencia me llenó con el repentino deseo de complacer, de ser alegre con los generadores de alegría, y debo ser honesto, de mantener la atención de Elva donde parecía reposar temporalmente, en mi.

Mi éxito fue inesperadamente brillante. Hay algo en la mismísima atmósfera de Carcassonne que, una vez que se sucumbe ante ella, te llena de alegría como si fuera vino. Nunca he bailado, ni he deseado aprender. Anoche, luego de un banquete tan perfecto que difícilmente recuerdo detalles, bailé. Bailé con Elva, y con Elva, y siempre con Elva. Dejó de lado a todos los demás. No bailamos en una piso pulido, sino en los verdes jardines, bajo las alegres y blancas estrellas. La música no era de orquesta. Donde sea que las parejas de pies ligeros eligieran para bailar en circulo, les seguía un joven flautista, tocando su flauta de marfil blanco.

Las alas revoloteaban, las nubes pasaban, las hojas eran arrastradas por el viento, todas las cosas livianas y ligeras del aire estaban en esa música. Me levantó y me llevo con ella. No había necesidad de aprender. ¡Solo bailar! Parece, que mientras escribo esto, el sonido de esa flauta sigue resonando en mis oídos y su eco nunca desaparece. La voz de Elva es como las flautas de marfil. Y anoche, la música y su voz me enloquecieron. Bailamos, no se durante cuanto tiempo, ni cuando nos detuvimos.

Esta mañana me desperté en un cuarto color dorado y marfil, con ventanas redondas que mostraban el cielo azul y algunas ramas florecientes. Apenas recordaba que el padre de Elva me había insistido en que aceptara su hospitalidad para pasar la noche.

Me temo que mucha de mi nueva felicidad se me había ido a la cabeza. Por lo menos no era nada muy fuerte. En la cena solo bebí una copa de vino espumante, algo dorado, pero suave y con un sabor parecido a la fragancia de los brotes de madreselva silvestre de Elva.

Es mitad de mañana ahora, y escribo esto sentado de una banca de mármol junto a una piscina en el patio central de la casa de mi hospedador. Estoy esperando a Elva, quien se excuso para ir a atender algún otro asunto. Encontré este libro en mi bolsillo, y pensé que era mejor hacer un registro inmediato no solo de la buena broma que me jugaron, sino también de la mejor experiencia social que he disfrutado en mi vida.

Debo dejar de lado todo este tema de los vestidos elegantes, despedirme de Elva, y regresar a mi solitario bungalow junto a Jake. El pobre anciano probablemente este muy preocupado por mi inexplicable ausencia. Pero espero otra invitación a Carcassonne

Sabado, 22 de julio.

Parece que me estoy quedando en forma indefinida. Esto no puede ser. Hablé con Elva de mi visita extendida, y ella riendo me informo que las personas que han bebido del vino y vestido los ropajes de Carcassonne rara vez quieren irse. Sugirió que abandonara mis intentos de “escapar” y pasara mi vida aquí. A modo de broma, claro, pero un poco desee que sus palabras fueran honestas. Ella y su gente están arruinándome para el mundo común y corriente.

No es que estén ahí sin hacer nada sino que sus ocupaciones al igual que sus placeres son de una belleza fascinante y delicada.

Familias enteras están parando aquí, incluyendo niños. No me gustan los niños, generalmente, pero estos son tan inofensivos como las mariposas. Conocí al mensajero de Elva, su hermano. Es un pequeño y gracioso elfo. Como pude confundirlo, aun en la oscuridad con esos mocosos gitanos es incomprensible. ¡Pero bueno, también confundí a Elva con una gitana!

Mis nuevos amigos tienen muchos intereses ademas de pintar. “Artesanías,” creo que le llaman. Esta mañana, Elva me llevo a conocer los talleres, talleres que era como brotes arquitectónicos, tallados del mas fino mármol.

Hacían joyería, tejían telas, trabajaban el cuero, y muchas otras interesantes ocupaciones. En el medio de los jardines hay una forja. Cada parte de ella, incluso el yunque de hierro estaba embellecido con una incrustación de otros metales. Varios herreros amateurs estaban trabajando ahí pero Elva se apresuró a sacarme de ahí antes de que pudiera ver lo que hacían.

Pregunté por el joven pintor que me contó por primera vez sobre Carcassonne y me invito a visitarlo aquí. No pude recordar su nombre, pero al describírselo a Elva me respondió vagamente que no a todos los “de afuera” se les permitía quedarse permanentemente entre ellos.

No insistí demasiado. Recordé la fealdad que ese pintor había volcado en su lienzo y pude entender por que su estadía con estos exquisitos trabajadores fue corta. Probablemente lo expulsaron o se auto expulso, poco después de nuestra entrevista en el camino.

Debo ser cuidadoso, a menos que quiera acortar mi propia estadía. El solo pensar en ese viejo, rustico y vacío mundo al cual debía regresar, me descomponía nuevamente y el dolor detrás de mis ojos que ya casi había olvidado, regresaba.

Domingo, 23 de julio.

¡Elva! Su mera presencia me deleita. El cielo no es tan azul como su pañuelo o sus ojos. Los rayos del sol son mas opacos que la madreselva silvestre que había tejido en guirnaldas sobres nuestras cabezas.

Hoy, como niños enamorados, tallamos nuestros nombres en el suave tronco de un árbol. “Elva- Theron.” y una guirnalda para remarcarlo. Estoy feliz. ¿Por qué? ¿Por qué habría de irme de Carcassonne?

Lunes, 24 de julio

Sigo aquí, pero esta es la ultima noche que voy a abusar de la hospitalidad de estas regias personas. Un incidente ocurrió hoy, patético para algunos, un escándalo para otros. Yo dormía cuando sucedió, y solo me desperté por el sonido del disparo.

Unos jóvenes, rústicos montañeses cabalgaron hasta Carcassonne y deliberadamente mataron al perro collie de Elva. Afirmaban, según tengo entendido, que el desafortunado animal había atacado a uno de ellos. ¡Mentira! El perro era mas dócil que un gatito. Probablemente había revoloteado y ladrado alrededor de sus caballos y eso les molesto a los rústicos. Se habían marchado antes de que yo llegara a la escena.

Elva estaba llorando, y era obvio. Le habían volado la cabeza a su perro con una escopeta. No sabía que harían al respecto. Yo quería acudir al sheriff del condado, pero Elva no quiso. Simule acceder a sus deseos pero si su padre no garantizara que esos hombres reciban su castigo, yo si. ¡Bastardos asesinos! Elva es demasiado indulgente.

Miércoles, 26 de julio.

Observé a los herreros de la plata hoy. Elva no estaba conmigo. No tenía idea que la plata se trabajara igual que el hierro. Deben utilizar alguna peculiar amalgama o de lo contrario se fundiría en la fragua. En vez de fundirse sale candente para ser moldeado con pequeños y delicados martillos.

Estaban haciendo una artilugio de apariencia extraña. Era todo plateado, con patrones florales forjados pero con su forma era un enigma para mi. Finalmente le pregunte a uno de los herreros qué era lo que hacían. Era un hombre alto, con un rostro oscuro y alegre.

-¡Adivine!- demandó.

-No puedo. En mi ignorancia, lo encuentro parecido a un rompecabezas chino.
-Algo mucho mas curioso que eso.

-¿Qué es?

-¡Es una trampa para el Elfos!- se rio divertido.

-¡Por favor!

-Bueno, es una trampa de todas formas. ¿Ve esto?-los demás habían retrocedido divertidos. Presionó una palanca con su martillo. En un instante, dos partes delgadas con forma de mandíbulas se abrieron de par en par. Tenían puntas en forma de aguja o dientes. Todo estaba al rojo vivo, y cuando retiró su martillo las mandíbulas se estrellaron desplegando una lluvia de chispas.

-Es una trampa, por supuesto-seguía confundido.

-Si, y una extraordinaria. Esta trampa no solo atrapara, sino que también reatrapara.

-No entiendo.

-Si alguna criatura, un hombre, digamos…- estaba riendo de nuevo-, cayera en esta trampa, podría escapar. Pero tarde o temprano, mas temprano diría yo, lo volvería a atrapar. ¡Por eso se llama una trampa de elfo!

Súbitamente comprendí que me estaba haciendo una jugarreta. Sus compañeros todos se estaban riendo de esta tontería. Me retire, no ofendido, sino perturbado de otra manera.

Él y su absurdo trampa plateada de juguete me había recordado a los gitanos. Esa cosa horrible y rustica de hierro que habían sacado de su forja. Hombres capaces de crear ese burdo instrumento de crueldad como esa trampa de mandíbulas dentadas sería terrible conocer de noche. Y estuve cerca de  caer erroneamente en su campamento, ¡de noche!

Esto no puede ser. He sido tan feliz. No puedo caer nuevamente en un estado de morboso nerviosismo que me producían esos gitanos, un horror mas allá del ser humano. Elva me está llamando. He estado aquí solo demasiado tiempo.

Viernes, 28 de julio.

De nuevo en casa. Escribo esto desde mi bungalow laboratorio. El amanecer gris está asomando, y he trabajado desde la medianoche. Me siento extrañamente deprimido. Probablemente necesito desayunar.

Anoche Elva y yo estábamos juntos en el patio de la casa de su padre. La piscina en el medio del patio, estaba iluminada desde abajo por una resplandor dorado. Observabamos al pez dorado, con sus colas anchas y vaporosas, como un trozo vivo de encaje .

De repente, lancé un grito agudo. Había visto algo en el agua mas importante que el pez dorado. Saqué una pequeña botella para recolectar muestras ya que nunca salgo de casa sin ella y avance rápidamente hacia la brillante superficie de la piscina.

Elva retrocedió sorprendida, y un poco asustada.

-¿Qué es?

Sostuve la botella en alto y la observé detenidamente. No había error alguno.
-Disteria- dije triunfante-. Dysteria ciliata. Dysteria giganticus, para ser mas preciso con una especie única que tiene nombre propio. ¡Elva, esta enorme criatura me dará un nuevo enfoque sobre toda su especie!


-¿Cuál enorme criatura?

Por primera vez vi pensé que Elva era un poco irritante. Pero estaba muy emocionado así que la deje mirar en la botella.

-¡Ahi!-exclamé-, ¿lo ves?

-¿Dónde? No puedo ver nada mas que agua y una pequeña mancha.

-Eso- explique orgullosamente-, es la dysteria giganticus. Lo suficientemente grande para ser detectado a simple vista. Valgame, es un monstruo entre los de su especie. ¡Y ademas, es una variedad de agua dulce!

Guardé la botella en mi bolso.

-¿A donde vas?

-A casa por supuesto. No puedo esperar para meter a este sujeto bajo el microscopio.


Había olvidado lo distinto que son los temperamentos de los artistas y los científicos. Ninguna explicación que pudiera dar podría persuadir a Elva de que mi descubrimiento valía la pena caminar un par de kilometros para examinarlo apropiadamente.

-¡Son todos iguales!- exclamó-. ¡Todos! ¡Hablan de amor, pero el único amor que conocen es el amor por el oro, o la libertad, o alguna patética tontería como esa mancha con vida llamas con un nombre largo, y por la cual me estás abandonando!

-Pero- protesté-, solo sera por un tiempo, volveré.

Sacudió la cabeza. Esta era Elva con un actitud nueva, el ceño fruncido y su boca risueña se había transformado en una mueca lúgubre. Me sentí apenado por dejarla enojada pero mi visita ya se había hecho absurdamente larga. Ademas, un apremiante deseo se había apoderado de mí y me decía que regresara a mi entorno. Quería sentir el ajuste del micrómetro en mis dedos, y ver el campo blanco y circular de la mancha bajo el lente pasar de un caos borroso a una definición perfecta.

Me dejó ir finalmente. Le prometí que acudiría a ella cuando sea que me contactase o enviase por mí. ¡Niña tonta! Podía caminar hasta Carcassonne todos los días si ella lo quisiera.

Escuché a Jake deambular por el comedor. La conciencia me dice que lo he tratado injustamente. ¿Dónde habrá pensado que estaba? No pudo haberse preocupado demasiado o me hubiese buscado en Carcassonne.

30 de agosto.

No escribiré mas entradas en este libro. Mis días de llevar un registro se han terminado, creo. Cualquier especie de registro. Volveré a mis clases el mes próximo. ¡Solo Dios sabe que les voy a decir! Elva.

Debería terminar la historia aquí mismo.

Cada día me resulta mas difícil recordar los detalles. Si no hubiese tenido este libro, con lo que he escrito mientras estaba… mientras estaba allá, hubiera creído que mi cerebro me estaba fallando.

Locke dijo que era imposible que hubiera estado en Carcassone. Se paró en el comedor, con la luz del sol resplandeciendo a través de el. Lo vi con claridad. Vi la horrenda, y vulgar criatura que era. Y en ese momento, lo supe.

Jamas lo admitiré, ni siquiera a mi mismo. Lo hice ir conmigo hasta Carcassone. No había arroyo. No había puente.

Las casas eran bungalows desvencijados erigidos a los margenes del rustico camino de montaña de arcilla amarilla. Las personas, artistas sin signos de exclamación, era una muchedumbre de simples y desprolijos pintores con delantal manchado que realmente encajaban en mi idea original sobre como luciría una colonia de artistas.

Sus  rasgos vulgares y su piel gruesa me enfermaban. Locke camino junto a mi de regreso a casa, muy silencioso. Apenas soportaba su compañía.

¡Era repugnante… vulgar… humano!

Hacia la tarde, pude escapar de su compañía. Me adentre en el camino que llevaba al claro de los gitanos. Las chozas estaban vacías. Ese extraño aspecto que tenía, similar a un oscuro tapiz había desaparecido del claro.

Cruce el puente de madera. Entre los arboles encontré cenizas y una depresión del terreno donde estaba la forja. Algo mas también. Un perro, o  mejor dicho sus restos a medio enterrar. Era el perro salvaje amarillo. Le habían volado la cabeza de un escopetazo. Una horrenda campana yacía entre ese desorden, atada a un trozo de hilo.

Uno de los arboles, tenía un tronco suave, y tallado en la corteza… me cuesta escribirlo. Me aleje y deje esos nombres tallados ahí.

Las madreselvas silvestres ciertamente habían dejado de florecer. Podía irme ahora. Locke me dijo que ya estaba bien y podía regresar a las clases.

No he vuelto a entrar a mi laboratorio desde esa mañana. Locke admira la “fuerza de voluntad” que posibilito abandonar todo para recuperar mi salud física. ¡Fuerza de voluntad! Jamas volveré a mirar a través de un microscopio mientras viva.

Quizás ella se entere, de alguna manera, y envíe a alguien por mi a la brevedad.

He bebido de su vino y usado sus vestimentas. Me hicieron uno de ellos. ¿Hicieron bien en expulsarme ya que no comprendí lo que tenía y no entendí lo que significaba?

No soporto a los seres humanos a mi alrededor. Son torpes, ruidosos. Y no puedo trabajar.

Solo dios sabe que voy a decir en mis clases.

Este es el ultimo de mis registros… hasta que ella envié por mi.

Había silencio en el estudio privado de Locke. Finalmente, el doctor largo un largo suspiro. Parecía que había estado conteniéndolo todo este tiempo.

-¡Santo cielo!- exclamó-. ¡Pobre Tademus! Y yo que pensé que sus problemas durante el verano habían sido apenas un lapso temporario. Pero hablaba como un hombre cuerdo. Actuaba como uno también, ¡por Jehova! ¡Con su mente en esas condiciones! La patrulla que salio a buscarlo no pudo encontrarlo, debió haber estado con los gitanos durante toda esa semana. Es evidente. Aun a través de sus delirios, hay rastros ocasionales de realidad.

-Escuché que le dispararon a un perro, y él habla de estar dormido cuando sucedió. ¿Dónde estuvo oculto que la patrulla no lo encontró? ¿drogado y oculto bajo algún sucio montón de harapos en una de las chozas, ¿no lo crees? ¿por qué habrían de ocultarlo para luego dejarlo ir? Él regresó el mismo día en que ellos se fueron.

Ante esa catarata de preguntas, Wharton sacudió la cabeza.

-No puedo ni imaginarme. Ciertamente estaba entre los gitanos. Pero en cuanto a sus delirios, por llamarlos de alguna manera, hay una especie de belleza y coherencia sobre lo que dice que yo, bueno, no me gusta para nada.

El doctor lo miró con dureza.

-No estarás diciendo que…

-Doctor-dijo Wharton suavemente-, ¿recuerda lo que escribió sobre los herreros de la plata y su trabajo? Estaban haciendo una trampa de elfo. Bueno, creo que la trampa de elfo.. ¡lo atrapo!

-¿Qué?

Los ojos cansados de Locke se abrieron grandes. Una señal de alarma resplandeció en ellos. La alarma era por Wharton no por él mismo.

-¡Espera!- dijo este-. No he terminado. ¿Sabía que yo estaba en el salón de clases cuando el profesor Tademus murió?

-¿Así?

-¡Si! Fui el primero en asistirlo. Pero antes de eso, estaba cerca del escritorio. Hay tres ventanas en el frente de ese salón. Todas las demás personas se sentaban mirando al escritorio. Yo estaba sentado en dirección a las ventanas. El profesor entró al salón, dejo sus libros y giro en dirección a su clase. Mientras lo hacia, un rostro asomo por una de esas ventanas. Están cerca del suelo y una persona parada afuera puede asomarse fácilmente.

-La cabeza era de una mujer. No, no estoy inventando esto. Vi su cabeza envuelta por un pañuelo azul. Lo noté porque el azul del pañuelo me generó una extraña sensación de placer. Era el color exacto del cielo azul detrás de ella. Entonces levantó su mano, lo vi. Entre sus dedos había un ramo de flores amarillas… amarillas como la luz del sol. Las agitó de una manera que invitaba a ir con ella. Así.

-Entonces Tademus colapsó.

-Hay leyendas, sabe, de personas extrañas, mas o menos humanas, que aparentan ser gitanos, pero no son realmente gitanos, y que tienen extraños poderes. Su apariencia exterior es rustica y repugnante, pero detrás de eso, como un velo, llevan una extraordinaria vida oculta.

-Y un hombre que ha estado entre ellos una vez es atrapado, atrapado en la verdadera trampa de elfo, algo que el trabajo de los herreros solo representaba simbólicamente. Él puede escapar, pero no puede olvidar ni volver a integrarse a su propia especie, y para volver a estar entre ellos, debe caminar un oscuro camino que Tademus recorrió cuando ella lo llamo.

-Oh. Me he burlado de esos “cuentos de viejas chismosas” al igual que el resto de nuestra sobre-educada sociedad moderna. No podría volver a burlarme, vera, porque… ¿Qué es eso? ¿Una prescripción? ¿Para mi? Pero doctor usted no entiende. La vi, le digo que la vi. ¡Era Elva! ¡Elva! ¡Elva la de la madreselva silvestre y el pañuelo color del cielo.

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