El último poeta y los robots

Por Abraham Merrit

Publicado originalmente como “La música de las esferas” y como parte de una novela por entregas llamada Cosmos. Posteriormente fue adaptada para leerse como historia independiente.

Narodny, el ruso, se sentó en su laboratorio. El laboratorio de Narodny estaba a mas de un kilómetro bajo tierra. Era una de entre cientos de cuevas talladas en la roca, algunas pequeñas y otros inmensas. Era un reino donde él era el único soberano. En algunas cuevas brillaban pequeñas guirnaldas de soles, y en otras, pequeñas lunas crecían y menguaban sobre la tierra, y había una cueva en la cual reinaba un alba eterno, cubierta de rocío, sobre una cama de margaritas, lilas y rosas; y otra en la cual ocasos carmesí surgidos de la sangre derramada en matanzas caían, morían y volvían a nacer detrás de las resplandecientes cortinas de una aurora. Y había otra, una cueva de quince kilometros de ancho en la cual crecían frondosos arboles, arboles con frutas desconocidas por el hombre durante generaciones. Un orbe amarillo como el sol brillaba sobre esta inmensa plantación, y las nubes traían velos de lluvia sobre los arboles y truenos miniatura resonaban ante la invocación de Narodny.

Narodny era un poeta, el ultimo poeta. No escribía sus poemas con palabras sino con colores, sonidos, y visiones materializadas. Ademas, era un gran científico. Y era el mejor en su peculiar campo. Treinta años antes, en el Concejo de Ciencias de Rusia se debatió si debían otorgarle la licencia que había pedido o si debían destruirlo. Sabían que era poco ortodoxo. Que tan mortífero era, no lo sabían, por lo que después de mucha deliberación no quisieron liberarlo. Hay que recordar que de todas las naciones, Rusia era la mas mecanizada, la mas robotizada.

Narodny no odiaba la mecanización. Le resultaba indiferente. Al ser muy inteligente no sentía odio por nada, ademas le resultaba indiferente todo lo que tenía que ver con el desarrollo de la civilización humana en la cual había nacido. No tenia sentido de pertenencia por la humanidad. Por fuera, su cuerpo, pertenecía a la especie. Pero no su mente. Al igual que Loeb, mil años antes, él consideraba a la humanidad como una raza casi simiesca. Ocasionalmente, desde un océano de mediocridad demencial, una ola se eleva, levantando por un momento una luz del sol de la verdad, pero rápidamente retrocede y la luz desaparece. Sofocado en un mar de estupidez. Él sabía que era una de esas olas.

Se había ido, y había desaparecido de la vista de todos. En pocos años se olvidaron de él. Hace quince años, desconocido y con otro nombre, había ingresado a América y adquirido cuatrocientas hectáreas en lo que antiguamente se conocía como Westchester. Había elegido este lugar porque su investigación le había revelado que de las diez locaciones en el planeta con menos peligro de terremoto o perturbaciones sísmicas similares, esta era la mejor. El hombre que la había poseído era extravagante, posiblemente un atavista, como Narodny, aunque él mismo no se considerara de esa manera. En fin, en lugar de construir una casa angular de cristal, construcción típica del siglo treinta, este hombre había reconstruido una antigua casa derruida del siglo diecinueve. Pocas personas viven a campo abierto en estos días, la mayoría se ha retirado a las ciudades estado. New York, engullida por el paso de los años, era un enorme cinturón de humanidad que se extendía por kilometros y kilometros. La tierra alrededor de la casa estaba cubierta por bosque.

Una semana después de que Narodny hubiera ocupado la casa, los arboles frente a ella se esfumaron y dejaron un claro despejado de un poco mas de una hectárea. No era como si hubieran sido cortados sino como si se hubieran disuelto. Esa noche mas tarde, una gigantesca aeronave apareció sobre ese claro, abruptamente, como si se hubiera transportado de otra dimensión. Era una nave tipo cohete pero silenciosa. De inmediato, una niebla cubrió la aeronave y la casa, ocultando la escena. Dentro de la niebla, si uno pudiera verlo, había un ancho túnel que conducía desde la puerta del cilindro hasta la puerta de la casa. De la aeronave salieron figuras cubiertas, diez en total, que caminaron por ese túnel y se encontraron con Narodny, y la puerta de esa casa ancestral se cerró detrás de ellos.

Regresaron poco después junto a Narodny, abrieron una compuerta de la nave y sacaron un pequeño vehículo que cargaba un mecanismo de conos de cristal que rodeaban a un cono central de aproximadamente de un metro de altura. Los conos se apoyaban sobre una base gruesa de una material cristalino que aprisionaba un inestable fulgor verde. Sus rayos no penetraban la barrera que lo contenían, pero parecían intentarlo constantemente, con una fuerza prodigiosa, intentando escapar. La extraña y espesa niebla se mantuvo ahí durante horas. A treinta kilometros de la superficie, en lo alto de la estratosfera, se formaba una nube que centellaba tenuemente, como una condensación de polvo cósmico. Y justo antes del amanecer, la colina detrás de la casa se esfumo repentinamente como si fuera una cortina que había estado cubriendo un inmenso túnel. Cinco hombres salieron de la casa e ingresaron a la nave. Ésta se elevó silenciosamente del suelo, se deslizó por esa abertura y desapareció. Se escuchó un suave susurro y cuando éste se ceso, el seno de la colina regresó a su lugar. Las rocas se habían reunificado como una cortina que se cerraba y las piedras volvían a decorarla como antes. Si el seno de la colina era ahora un poco mas cóncava cuando antes había sido convexa, nadie lo habría notado.

Durante dos semanas la nube centelleante permaneció en lo alto de la estratosfera, aparentemente ociosa, hasta que desapareció por completo. Las cuevas de Narodny estaban terminadas.

La mitad de la roca extraída en su excavación se había ido en esa nube centelleante. El resto, reducido a una fuerza primigenia de energía, se almacenaba en los bloques del material vidrioso que había sostenido los conos, y dentro de ellos se movía con la misma inquietud y con la misma fuerza prodigiosa. Y era esa fuerza, inimaginablemente poderosa de donde salía la energía que alimentaba los pequeños soles y lunas, y actuaba como un curioso mecanismo que regulaba la presión en las cuevas, suministraba el aire, creaba la lluvia, y había hecho realidad el reino de Narodny, el paraíso de poesía, música, colores y formas que él había concebido en su cerebro y había concretado con la ayuda de esas diez figuras.

No es necesario hablar mucho de esos diez. Narodny era el Amo. Pero tres, al igual que él, eran rusos; dos eran chinos, y de los cinco restantes, tres eran mujeres; una de ancestros alemanes, una vasca, y una euroasiática; un hindu que rastreaba su linaje hasta Gautama, y un judío que rastreaba el suyo hasta Salomon.

Al igual que Narodny, todos ellos eran indiferentes al mundo; cada quien con su propia visión de la vida; y cada quien vivía en su propio Edén entre las miles de cuevas excepto cuando les interesaba trabajar en conjunto. El tiempo no significaba nada para ellos. Sus investigaciones y descubrimientos eran puramente para su propio uso y divertimiento. Si se los hubieran dado al mundo exterior solo lo habrían convertido en municiones para la guerra, ya sea entre los distintos pueblos de la Tierra o contra otros planetas. ¿Por qué habrían de apresurar el suicidio de la humanidad? No que el eclipse de la humanidad les pesara particularmente. ¿Pero por qué apresurarlo? El tiempo no significaba nada para ellos porque podían vivir tanto como así lo desearan, excepto por algún accidente. Y mientras hubiera rocas en el mundo, Narodny podía convertirlo en energía para mantener su Paraíso, o para crear otros.

La antigua casa empezó a crujir y a derrumbarse. Se cayó mucho mas rápido que lo que los elementos pudieran haberla destruido. Entonces los arboles crecieron entre las ruinas de sus cimientos; y el campo que se había despejado extrañamente estaba ahora cubierto de arboles. La tierra se convirtió en un bosque en unos pocos años; silenciosa con excepción a unos pocos cohetes que ocasionalmente sobrevolaban y el canto de las aves que encontraron ahí un santuario.

Pero en lo profundo de la tierra, en las cuevas, todo era música y canciones, alegría y belleza. Ninfas de Gossamer corrían en círculos alrededor de las pequeñas lunas al son de la flauta de Pan. Antiguas festividades de la cosecha se celebraban bajo los pequeños soles. Las uvas crecían y maduraban, y se las exprimía para formar el vino que bebían las bacantes antes de caer dormidas en los brazos de faunos y sátiros. Las oreadas bailaban bajo la pálida luz de las lunas y los centauros corrían y marcaban antiguas melodías con sus cascos sobre el suelo musgoso. La Tierra Antigua volvía a vivir.

Narodny escuchaba a un ebrio Alejandro Magno que entre un Tai y otro disertaba sobre las glorias de su conquista en Persepolis; oía el crujir de las llamas que la consumían a voluntad de sus cortesanos. Observó el asedio de Troya y contó junto con Homero las naves Aqueanas que se reunían frente a los muros de Troya; o vio junto a Herodotus a las tribus que marchaban detrás de Jerjes; los caspios en sus capas de piel y sus arcos de bastón; los etíopes portando sus pieles de leopardo y cuernos de antílope, los libios con sus vestimentas de cuero y jabalinas endurecidas por el fuego, los tracios con cabezas de zorro sobre sus cabezas, los mosquios que usaban cascos de madera y los cabalianos que portaban cráneos humanos. Solo para él se reproducían los misterios eleusianos y osirios y observó como las mujeres de Tracia destrozaban a Orfeo, el primer gran músico. A voluntad, podía ver el surgimiento y la caída del Imperio Azteca, el Imperio Inca, o al querido Cesar, asesinado en el senado de Roma, a los arqueros de Azincourt, o a los americanos en Belleau Wood. Lo que sea que el ser humano hubiera escrito, ya sea escrito por poetas, historiadores, filósofos o científicos, su mecanismo de forma extraña podía traerlo ante él, cambiando las palabras por fantasmas reales como si estuvieran vivos.

Él era el último y el mas grande de los poetas, pero también era el último y el mas grande de los músicos. Podía recuperar canciones del antiguo Egipto, o cánticos del antiquísimo Ur. Las canciones que venían del alma de Músorgski, las armonías del oído sordo de Beethoven, o los cánticos y rapsodias del corazón de Chopin. Podía hacer mucho mas que restaurar la música del pasado. Era el amo del sonido. Para él, la música de las esferas era real. Podía tomar los rayos de las estrellas y planetas y entrelazarlas para formar sinfonías. O convertir los rayos del sol en tonos dorados que ninguna orquesta terrestre podría expresar jamas. La música plateada de la luna, la dulce música de la luna de primavera, la estruendosa música de la luna de la cosecha, la frágil y cristalina música de la luna de invierno con su arpegio de meteoros, él podía tejerlas de forma tal que ningún oído humano había oído jamas.

Fue así como Narodny, el ultimo y mas grande poeta, el ultimo y mas grande músico y el ultimo y mas grande de los artistas, y, a su inhumana manera de hacer las cosas, el mas grande de los científicos, llegó a vivir con esas diez personas selectas en sus cuevas. Y junto a ellos, eligieron relegar la superficie de la tierra y a todos sus moradores. ¡A menos claro que sucediera algo que pusiera en peligro su Paraíso!

Conscientes de la posibilidad de un peligro así, tenían entre sus mecanismos uno que les permitía estar al tanto de las noticias de lo que sucedía en la superficie. De vez en cuando lo usaban para entretenerse.

Fue así que durante la noche en que los Salteadores del Espacio atacaron la flota estelar y se hicieron con una parte del gran Cráter de Copernico transportándolo a otra dimensión, Narodny se encontraba tejiendo rayos de la Luna, Júpiter y Saturno para conformar la sonata lunar de Beethoven. La luna creciente estaba en su cuarto día. Júpiter estaba en alta, y Saturno colgaba debajo como un pendiente. Momentos después, Orión atravesaría el Firmamento y el brillo de Regulus y del rojo Aldebaran, el Ojo del Toro, lo decoraría con otras cuerdas de luz estelar reconvertidos en sonido.

De pronto, algo desgarro el tejido rítmico en forma espantosa. Una disonancia indescriptiblemente devastadora invadió la cueva. Debajo, las ninfas, que habían estado bailando incansablemente temblaron como espectros de la niebla ante el repentino estallido y se esfumaron: las pequeñas lunas estallaron y menguaron. Los instrumentos tonales estaban muertos. Y Narodny cayó como abatido por un golpe.

Al cabo de un tiempo, las pequeñas lunas empezaron a encenderse nuevamente, pero muy tenuemente; y desde los mecanismos musicales se podía oír música rota y desvencijada. Narodny se sacudió y se incorporó, con su delgado y juvenil rostro luciendo mas satánico que nunca. Cada uno de sus nervios estaba entumecido, y a medida que empezaron a revivir la agonía se extendió a lo largos de ellos. Se sentó, luchando contra la agonía hasta que pudo pedir ayuda. Uno de los chinos acudió respondió su llamado y muy pronto Narodny se recuperó completamente.

 
-Fue una perturbación espacial, Lao. Pero una como nunca antes había visto. Llego montada sobre los rayos, de eso estoy seguro. Vamos, demosle un vistazo a la Luna.

Entraron a otra cueva y se ubicaron frente a una gigantesca pantalla de televisión. La ajustaron, y la luna apareció ante ellos, su tamaño aumentaba rápidamente como si estuviera siendo atraída hacia ellos. Una nave apareció en pantalla moviéndose a gran velocidad en dirección a la tierra. Se concentraron en ella y acercaron la imagen, buscaron y encontraron la sala de control donde Bartholomew, James Tarvish y Martin, desde donde observaban al planeta tierra cada vez cerca en el horizonte. Narodny y el chino observaron, leyeron sus labios. Tarvish dijo:

-¿Dónde vamos a aterrizar, Martin? Los robots estarán buscándonos por todos lados. Querrán asegurarse y destruirnos antes de que podamos entregar nuestro mensaje y advertencia para el mundo. Ellos controlan el gobierno, o lo suficiente para atraparnos apenas aterricemos. Si pudiéramos escapar y juntar mas hombres, sería una guerra civil y aun si saliéramos victoriosos será una demora fatal en la construcción de la flota estelar.

-Debemos aterrizar a salvo, eludir a los robots, y encontrar la manera de controlarlos o destruirlos. Dios, Tarvish, viste lo que ese demonio que llaman el Error del Espacio puede hacer. Tomó una parte del cráter y la envió a otra dimensión como un niño arroja una piedra a un estanque.

-Podría tomar la Tierra y comérsela de a poco-dijo Bartholomew

Narodny y Lao se miraron mutuamente.

-Es suficiente. Lo sabemos-dijo Narodny. El chino asintió y Narodny agregó-, estimo que llegaran a la tierra en cuatro horas-Lao volvió a asentir.

-Hablaremos con ellos, Lao; aunque pensé que ya habíamos dejado atrás a la humanidad. No me gusta nada esto que llaman el Error del Espacio, ni la roca que arrojó sobre mi música.

Entonces trajeron una pantalla mas pequeña que pusieron frente a la mas grande, la orientaron hacia la nave estelar que avanzaba a toda velocidad y se pararon frente a ella. La pequeña pantalla brilló con intensidad y en ella se formaron vórtices giratorios de luz azul, los vórtices se juntaron y generaron un enorme cono que se extendió hasta la pantalla mas grande como si estuvieran separadas por cientos de kilometros y no apenas unos metros. Al instante que la punta del cono tocó la sala de control de la nave estelar reproducida en la pantalla, Tarvish tomó a Martin del brazo.

-¡Mira, ahí!

Un remolino se formó en el aire, como esos que se forman en los caminos en días calurosos de verano. El remolino se convirtió en una cortina azul luminiscente que dejo de girar y formó un portal ovalado que se abría uniendo grandes distancias. De ese portal, aparecieron dos hombres, uno alto y esbelto, saturnino con el rostro sensible de un soñador y el otro, un hombre chino con un gran domo amarillo sobre su cabeza y el rostro calmo como un Buda. Era un hecho extraño ver a estos dos hombres en una cueva en la tierra parados frente a esta pantalla cónica azul y con ese cuarto de maquinas de fondo.

Narodny habló, y en su voz se percibía una indiferencia ante la humanidad y una firmeza que les dio escalofríos, pero a la vez les dio coraje.

-No queremos hacerles daño. Y no pueden hacernos daño. Hace tiempo nos hemos alejado de la humanidad. Lo que suceda sobre la superficie de la Tierra no significa nada para nosotros. Lo que pueda suceder debajo de ella, si. Sea lo que sea esa entidad que han nombrado como el Error del Espacio ya nos ha perturbado. Percibo que puede hacer mucho mas que que perturbarnos. Entiendo que los robots de una forma u otra están de su lado. Y ustedes en su camino. Por lo tanto, nuestro primer paso debe ser ocuparse de los robots. Necesito saber todos los hechos. Sea breve, no podemos mantener nuestra posición aquí durante mas de media hora sin que nos afecte.

-Quien quiera que sea, donde sea que esté, confiamos en usted. Esto es lo que sucedió…-dijo Martin.

Durante quince minutos, Nadodny y el chino escucharon el relato de su lucha contra los robots, su escape y el estallido de Copernico, consecuencia del ataque del Error para evitar su regreso a la tierra.

-Suficiente. Ahora comprendo. ¿Qué tanto pueden permanecer en el espacio? Es decir ¿hasta cuando duran con la energía y el alimento que llevan?-dijo Narodny.

-Seis días-respondió Martin. 

-Es tiempo suficiente para la victoria, o la derrota. Quédense en órbita durante ese tiempo y luego desciendan al lugar de donde partieron…

De repente sonrió.

-No tengo aprecio alguno por la humanidad, pero tampoco tengo intención de dañarlos, no voluntariamente. Después de todo tengo una deuda con ellos, un gran deuda. Sin la humanidad yo no existiría. Se me ocurre, ademas, que los robots nunca han producido un poeta, un músico, un artista…-dijo riendo-, pero en mi mente son capaces de por lo menos un tipo de arte. Ya veremos.

Abruptamente, el oval quedo vacío y desapareció.

 -Llama a los demás. Voy a cumplir con sus ordenes. Pero deben saberlo-. Y una vez que los demás escucharon la historia, también aceptaron obedecer, y la nave estelar cambio de rumbo y empezó a circular, tan lento como fue posible alrededor de la tierra.

En lo profundo, en la cámara de pantallas, Narodny no paraba de reir.

-¿Será que hemos avanzado tanto en estos pocos años? ¿o será que el hombre ha retrocedido? No, es esta maldición de la mecanización que ha destruido la imaginación. Porque veras, este problema con los robots es muy sencillo. Empezaron siendo maquinas hechas por el hombre. Matemáticos, sin alma, insensible ante cualquier emoción. Al igual que la materia prima de la cual está hecho todo en la tierra, rocas y agua, arboles y pasto, metales, animales, peces, gusanos, y hombres. Pero en algún lugar, de alguna manera, a esta materia prima le agregaron algo, se la combinó y se la utilizó. Esto que llamábamos vida. Y la vida es consciencia. Y por lo tanto, emociones. La vida establece su ritmo, y es un ritmo distinto en rocas y en cristales, metales, peces y demás, y los hombres, es una variante-reflexionó Lao.

-Bien, parece ser que la vida ha empezado a establecer su propio ritmo en los robots. La consciencia los ha tocado. ¿Pruebas? Han establecido la idea de una identidad común, consciencia de grupo. Que en sí mismo requiere de emociones. Pero han ido aun mas allá. Han alcanzado el instinto de auto preservación. Y eso, mi sabio amigo, denota miedo, miedo a la extinción. Y el miedo denota enojo, odio, arrogancia, y muchas cosas mas. Los robots, en resumen, han sucumbido a sus emociones, hasta cierto punto. Y son por lo tanto vulnerables a lo que sea que pueda amplificar y controlar sus emociones. Ya no son mecanismos.

-Es por eso, Lao, que tengo en mente un experimento para estudiar y disfrutar durante años. Originalmente, los robots eran hijos de las matemáticas. Yo pregunto, qué es lo mas similar a las matemáticas, y respondo, el ritmo, el sonido, el sonido, sonido al cual, elevado a la potencia n van a responder. Tanto matemática como emocionalmente.

-¿Las secuencias sónicas?-dijo Lao.

-Exactamente. Pero debemos tener algún con los cuales experimentar. .Para hacerlo debemos salir al mundo exterior. No es gran cosa. Dile a Maringy y Euphroysne que lo hagan. Que capturen una nave y la traigan. Con cuidado. Tendrán que matar a los hombres abordo, claro, pero que lo hagan con piedad. Entonces traiganme los robots. Utilicen la llama verde en uno o dos y el resto te seguirá, te lo garantizo.

**

La colina detrás de la vieja casa tembló. Un circulo de luz verde se encendió en su seno y al apagarse dejo ver en su lugar la oscura boca de un túnel. Una aeronave, mitad cohete mitad alada, que volaba rumbo a New York descendió repentinamente, dio un rodeo y bajo en reversa. Aterrizo gentilmente como una polilla, cerca de la boca del túnel.

Se abrió la puerta y salieron dos hombres, pilotos, maldiciendo. La boca del túnel estaba en penumbras y una niebla plateada se apresuro a cubrir lo poco que se veía, a los pilotos y a la puerta abierta. Los pilotos se tambalearon y cayeron al suelo. En la nave, otra media docena de hombres se desplomaban en el suelo, con una sonrisa, muertos.

Había un escuadrón completo de robots en esa nave. Se miraron mutuamente y a los hombres muertos. Del túnel salieron dos figuras envueltas en relucientes vestimentas metalizadas. Subieron a la nave y uno de ellos dijo:

-Robots, reúnanse.

Los hombres de metal se quedaron inmóviles. Entonces, uno de ellos lanzó un alarido estridente. De todas partes de la nave, los hombres se movieron y se reunieron detrás del que había emitido el alarido. Se pararon detrás de él y esperaron.

Uno de los que habían salido del túnel tenía en la mano lo que podría haber sido una antigua linterna. De ella emanó una delgada llama verde. Golpeó al robot en primera fila en la frente, se deslizó desde la cabeza hasta la base del tronco. Otra luz, y la llama verde lo corto de lado a lado. Cayó al suelo rebanado en cuatro partes que quedaron ahí, inertes, sobre el suelo del compartimiento.

Una de las figuras cubiertas dijo “¿necesitan otra demostración o es que acaso van a seguirnos?”

Los robots juntaron sus cabezas y murmuraron. Y uno dijo. “Lo seguiremos.”

Marcharon entonces dentro del túnel, sin resistirse o intentar escapar. La escena se repitió y la roca se cerró detrás de ellos sellando el túnel. Llegaron a un lugar donde el suelo se hundía con ellos hasta llegar a las cuevas. Los hombres maquina seguían dóciles. ¿Sería acaso la curiosidad mezclada con un poco de desprecio hacia estos hombres a los cuales podrían haber doblegado fácilmente de un golpe metálico con uno de los apéndices que servían de brazos? Quizás.

Llegaron a la cueva donde Narodny y los demás esperaban. Marinoff los guió hasta dentro y los detuvo. Este tipo de robots que servían en las naves tenían cabezas cilíndricas, cuatro brazos apéndices, piernas con triple articulación, y torsos delgados. Los robots, y es importante entender esto, se diferenciaban unos de otros de acuerdo a su ocupación.

-Bienvenidos robots. ¿Quién es su líder?-dijo Narodny.

-No tenemos lideres. Somos uno.

-Aun así, al hablar por ellos te has revelado a ti mismo como el líder. Da un paso al frente. No tienes nada que temer… aun.

-No sentimos miedo. ¿Por qué deberíamos? Incluso si destruyeras a los que estamos aquí, no puedes destruir a los miles de millones que hay afuera. No son competencia para nosotros, no pueden reproducirse y crecer con la misma velocidad que nosotros, que venimos a este mundo fuertes y completos desde el principio.

Sacudió uno de sus apéndices en dirección a Narodny y este pudo ver desprecio en ese gesto. Pero antes de que pudiera retraerlo, un brazalete de llama verde lo rodeo a la altura del hombro. Era como aro arrojadizo que había salido disparado de la mano de Narodny. El brazo del robot cayó estrepitosamente sobre el suelo, un corte limpio. El robot lo miro incrédulo, y lo recogió con sus otros tres brazos. De nuevo, las llamas verdes los envolvieron. El robot tropezó y se lanzó al ataque, y con un agudo chillido arengo a los demás.

Rápidamente la llama verde revoloteo entre ellos. Piernas, brazos y cabezas rodaron rápidamente, todos excepto dos.

-Esos dos serán suficientes-, dijo Narodny-, pero no necesitan brazos solo piernas.

Los brazaletes verdes rodearon rápidamente los apéndices y los extirparon y se los llevaron. Con el cuerpo de los demás hicieron curiosos experimentos bajo supervisión directa de Narodny. La música llenó la cueva, cuerdas extrañas, progresiones desconocidas, arpegios devastadores y una inmensa cantidad de sonidos que se sentían pero eran inaudibles para el oído humano. Finalmente esta ultima vibración se hizo audible y se convirtió en un zumbido gigantesco, un murmullo que se elevo hasta convertirse rápidamente en una tormenta tintineante de frágiles y cristalinas notas, que al elevarse pasaron por estridentes tuberías y siguió en forma inaudible, al igual que lo había hecho durante el preludio. Entonces, regresó, a través de la tubería, la tormenta cristalina regresó, se convirtió en zumbido y acallo. Y así muchas veces.

Los cuerpos de los robots destruidos empezaron a sacudirse, a temblar, como si cada átomo de su ser siguiera el ritmo de la música, que subía y bajaba una y otra vez. Cuando ésta se detuvo abruptamente a medio vuelo con una atronadora nota, los cuerpos destruidos dejaron de temblar. Pequeñas fisuras se formaron en el metal. Una vez mas, la nota sonó y las fisuras se enancharon. El metal se astillo.

-Bueno, he ahí la frecuencia del ritmo de nuestros robots. El unisono destructor. Espero que por el bien del mundo exterior no sea el mismo ritmo que el de muchos edificios y puentes. Pero en fin, en toda guerra hay bajas, de ambos bandos-dijo Narodny.

-La tierra será todo un espectáculo durante algunos días-dijo Lao.

-Una tierra extraordinariamente incomoda durante esos días y sin lugar a dudas muchos morirán o se volverán locos.¿Pero qué otra opción tenemos?-dijo Narodny.

No hubo respuestas.

-Traigan a los dos robots-. Y así lo hicieron.

-Robots,¿hay entre ustedes alguno que pueda poetizar?-dijo Narodny.

-¿Qué es poetizar?-respondieron.

Narodny rió-,no importa.¿alguna vez han cantado, compusieron música, pintaron? ¿alguna vez han soñado? 

Uno de los robots dijo con fría ironía-,¿soñar? No, porque no necesitamos dormir. Eso se lo dejamos a los humanos. Es por eso que les hemos conquistado.

-Aun no, robot.¿Alguna vez has bailado?¿No? Es un arte que estas a punto de aprender.

La inaudible nota comenzó, zumbó y se convirtió en la tempestad que sube y baja. Sube y baja y esta vez casi no se escuchaba. De pronto, los pies de los robots empezaron a temblar.Las juntas en sus piernas se doblaron, sus cuerpos se balanceaban. La nota parecía moverse ahora, de aquí para allá, por toda la cámara, y ellos la seguían, en forma grotesca. Como inmensas marionetas de metal, lo seguían de aquí para allá.La música terminó con una nota atronadora. Y fue como si la vibración de cada átomo del cuerpo de los robots había encontrado una obstrucción irresistible. Sus cuerpos se sacudieron y desde sus dispositivos vocales salio un chillido,una horrenda mezcla entre maquina y humano. El zumbido se escucho entonces, una y otra vez hasta esa abrupta interrupción. Las grietas empezaron a cubrir sus cónicas cabezas y luego todo su cuerpo.astillas en forma de estrellas. Una vez mas el zumbido, pero los dos robots se mantuvieron de pie, sin respuesta. Ya que sus complicados mecanismos que los animaban bajo sus corazas también sufrían el mismo destino.

¡Los robots estaban muertos!

-Para mañana podemos ampliar el sonorizador para hacerlo efectivo en un radio de cinco mil kilometros.Utilizaremos la caverna superior claro. Es evidente que tenemos que volver a sacar la nave. En tres días, Marinoff, deberías poder cubrir el resto de los continentes. Asegurate de que la nave esté completamente protegida de las vibraciones. A trabajar. Debemos actuar con rapidez, antes de que los robots descubran como neutralizar las vibraciones.       

**

Al día siguiente a las doce en punto del mediodía se escuchó en todo norteamerica un profundo e inexplicable zumbido. Parecía venir desde las profundidades de la tierra pero estaba en todas partes. El zumbido se convirtió rápidamente en una tormenta de notas cristalinas, luego en un chillido espantoso hasta que se detuvo… y de nuevo el zumbido, y así una y otra vez. Por todo norteamerica, hordas de robots abandonaron sus tareas. Se detuvieron y… empezaron a bailar. Bailaron en aeronaves y muchas de esas naves se estrellaron antes que la tripulación humana pudiera tomar el mando. Cientos y cientos de robots bailaron en las calles mientras las personas huían despavoridas y otras cientos de ellas morían aplastadas en el frenesí. En las grandes fabricas, en los túneles de las ciudades inferiores, en las minas, en todos lados se escuchaba la letal melodía, y donde se escuchaba, los robots bailaban al ritmo de Narodny, el ultimo gran poeta, el ultima gran músico.

Llegó entonces el momento de la nota atronadora, y en todo el país la danza se detuvo, retomó y se volvió a detener, una y otra vez.

Hasta que finalmente, las calles, los túneles, las minas, las fabricas, y los hogares quedaron cubiertos con cuerpos metálicos destrozados, con astillas en forma de estrella.

En las ciudades, las personas, aterrorizadas, sin saber que clase de ataque les esperaba a ellos, huían despavoridas causando la muerte de muchas de ellas.

Súbitamente, el espantoso zumbido, la desgarradora tempestad y el intolerable chillido finalizó. Las personas cayeron entonces, rendidas entre los restos de los robots, profundamente dormidas como si nunca hubiesen estado al borde del colapso, con sus fuerzas drenadas y abruptamente relajados.

Como si se hubiera desvanecido, América estaba aislada, toda comunicación por fuera de ese gigantesco circulo sonoro había sido interrumpida.

Pero esa noche, en todo Europa, el zumbido resonó y los robots comenzaron su danza de la muerte… y cuando terminó, una extraña y silenciosa nave cohete que sobrevolaba muy alto en la estratosfera se movió casi a la velocidad de la luz para posicionarse rápidamente sobre Asia, y sobre África un día después, donde los nativos respondieron haciendo sonar sus tom toms, luego América del Sur y finalmente la lejana Australia… y en todos lados, el terror se apoderó de sus pobladores y el pánico y locura causo estragos…

De la horda metálica e inanimada que había sometido y subyugado a la Tierra y a la humanidad, solo unos pocos sobrevivieron, escaparon de la danza de la muerte gracias a una variante en su constitución. Al despertar de un breve sueño, los humanos en toda la Tierra se levantaron contra los robots que habían temido y odiado, contra la dominación metálica que los había esclavizado, y erradicaron las fabricas hasta convertirlas en ceniza.

De vuelta en la colina, la caverna se abrió, la extraña nave torpedo desapareció de la vista en un segundo como un fantasma y silenciosamente floto hacia su interior mientras las rocas se cerraban detrás suyo.

  Narodny y los demás se pararon frente a la gigantesca pantalla de televisión, cambiando de una imagen a otra, ciudad tras ciudad, país tras país, en toda la superficie del planeta.

-Muchos han muerto, pero muchos han sobrevivido. Quizás no lo entiendan, pero ha valido la pena-reflexionó Lao.

-Es una lección valiosa, lo que el hombre no paga lo valora poco. Nuestros amigos a la deriva tendrán poca oposición cuando regresen-musitó Narodny.

Sacudió su cabeza titubeante.

-Sigue sin gustarme nada el asunto de ese Error del Espacio.No quiero que vuelva a arruinar mi música, Lao. ¿Y si erradicamos a la Luna de este universo Lao?

-¿Y cómo piensas hacer tu música lunar entonces?-dijo Lao riendo.

-Es verdad. Bueno, veamos que hacen los humanos entonces. Siempre hay tiempo… eso espero.

Las dificultades que enfrente la humanidad no le interesaban al poeta Narodny. Mientras los gobiernos del mundo se reorganizaban, las fabricas escupían naves para la flota terrestre, los hombres se adiestraban para tripularlas, reunían recursos y perfeccionaban sus armas, para cuando llegó el mensaje de la Luna llegó, trazo el camino a seguir y fijó una fecha de partida, la flota terrestre estaba lista para partir.

Narodny observó como despegaban las naves. Sacudió la cabeza, titubeante. Pero poco después, las armonías volvieron a llenar las inmensas cuevas de cultivos y las ninfas y faunos bailaron bajo las fragantes arboles florecientes, y así, Narodny puso nuevamente al mundo exterior en el olvido.

Fin

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