La trampa del elfo

Por Gertrude Barrows Bennett

En este mundo nuestro tan bien publicitado, moderno, atiborrado de motores, mortíferos proyectiles, sueros de la vida, y ciencia, a quien escuche “cuentos de viejas chusmas” se le considera un vago. A quien los crea, un tonto supersticioso. Sin embargo, hay algunas leyendas que tienen el extraño habito de ser imperecederos y recrudecen en muchos idiomas y en muchas tierras.

Es una  de esas historias que tengo para contar. Llegó a mí a través de un reconocido especialista en enfermedades nerviosas, no como un ejemplo de la posible verdad detrás de una fabula, sino como un curioso caso de, en sus palabras, “como las alucinaciones de una mente enferma se reflejaron sobre una segunda mente completamente sana.”

Sin lugar a dudas su perspectiva era la correcta. Pero aun así, al finalizar, tuve una extraña sensación. Como, si, en algún lugar, en algún momento, yo, al igual que el joven Wharton hubiera visto, contra ese cielo azul, a Elva, la del pañuelo azul cielo y las madreselva amarillas.

Pero mi rol no es contar lo que sentí ni tampoco hacer conjeturas. Contaré la historia como me la contaron, con excepción de los nombres reales que reemplazare con nombres ficticios. Las citas del cuaderno rojo son textuales.

Theron Tademus, A.A.S., F.E.S., D.S., etcétera, ocupaba el cargo de jefe del departamento de biología en una no poco conocida universidad. Era autor de un tratado sobre citología que desde entonces se convirtió en texto de referencia, y de varios textos sobre los mas complejos infusorios. De niño había sido, en apariencia, una persona romanticamente encantadora. A los treinta y siete años seguía siendo apuesto de una manera fría y sutil, pero se había distanciado de manera casi inhumana de cualquier cosa que no fuera de interés científico.

Entonces, en la cúspide de su carrera, murió. Al ingresar al salón de clases con la intención de dar su primera lección de ese semestre, caminó hasta su escritorio, apoyó un pequeño cuaderno rojo, lo abrió, volteó y abrió la boca, se puso aterradoramente pálido y sucumbió. Su asistente, el joven Wharton, fue el primero en asistirlo y el primero en descubrir la terrible verdad.

Tademus no estaba casado, y en su testamento legaba todas sus posesiones a la universidad.

Al principio no consideraron que el pequeño cuaderno rojo fuese importante. Supusieron que contenía notas para su lección, lo dejaron a un lado. Sin embargo, cuando su asistente finalmente lo leyó mientras ordenaba sus papeles, descubrió que el cuaderno no contenía notas sino que era un diario donde documentaba su ultimo verano.

Con la excepción de las circunstancias de un peculiar incidente, Wharton ya sabía los principales acontecimientos de ese verano.

Tademus, debido a la insistencia de su doctor, el especialista anteriormente mencionado, había pasado julio y agosto en las montañas de Carolina al norte del famoso centro turístico Asheville. El Dr. Locke que era un amigo al igual que su medico de cabecera, le prestó a su paciente un bungalow que poseía en esa región.

Estaba situado en una zona hermosa pero solitaria y el asentamiento mas cercano era Carcassonne. En el valle inferior había una pequeña estación de tren, pero Carcassonne no estaba construida a su alrededor ni era realmente un pueblo en el estricto sentido de la palabra.

Cierto pintor de paisajes había levantado una casa sobre la ladera de la montaña, un lugar selecto por su magnifica vista. Tiempo después, se le hizo habito invitar a uno o dos de sus discípulos preferidos a la locación para practicar durante el verano. Un tiempo después, empezó a llevar cada vez mas y mas personas. Para su alojamiento, empezó a construir otras estructuras cerca de su estudio de montaña, y así nació la clase de verano del Blue Ridge, con nombre propio y una membresía bastante cuantiosa.

Dos caminos salían de ese lugar en el valle. Uno, el que utilizaban el artista y sus colonos, era tan bueno y ancho como cualquier otro camino de montaña en Carolina. El otro, un sendero amarillo angosto y ventoso que pasaba  junto al solitario bungalow del Dr. Locke y se bifurcaba en dos caminos, uno de ellos llevaba hacia las alturas, y el segundo a Carcassonne.

La distancia entre la colonia y el bungalow era considerable, y no se podía ver una desde la otra. Tademus no estaba interesado en el arte, y como revelaba el libro rojo, ni siquiera sabía que existía Carcassonne hasta varios días después de su llegada al bungalow.

Soledad, largas caminatas, y abstinencia del trabajo y sus tareas era lo que le había recetado el Dr. Locke, algo que Tademus había aceptado con aparente docilidad.

Sin embargo, al poco tiempo Wharton recibió un telegrama del profesor ordenándole que le empacara y enviara vía expreso ciertos aparatos, incluyendo un microscopio y elementos de disección. El asistente obedeció.

Transcurrida otra quincena, el Dr. Locke recibió un mensaje urgente. Era de Jake Higgins, el cuidador negro que le había “prestado” a Tademus junto con el bungalow.

Dejando su consultorio a cargo de otro hombre, el Dr. Locke viajó hasta Blue Ridge, Carolina.

Encontró al cuidador y su bungalow, pero no a Tademus.  

Según Jake, el profesor había salido a caminar una tarde y no había regresado. Al avisarle a Locke, el cuidador había hecho lo mejor que podía hacer. Notificó también al comisario del condado, y los grupos de búsqueda peinaron las montañas. A pedido suyo, también, toda la comunidad Carcossiana, hombres y mujeres se ofrecieron con entusiasmo a unirse en la búsqueda de Tademus. Muchos de ellos llevaban caballetes y  bastidores ya que temían que la búsqueda humana los llevara a descubrir algún paisaje tentador y les encontrara mal preparados.

Sin embargo, los esfuerzos de la colonia fueron tan exitosos como los del sheriff o el de cualquier otra persona.

Poco antes de la desaparición de Tademus, una banda de gitanos se había asentado en un cúmulo de chozas abandonadas, viejas y desiertas aproximadamente a un kilómetro del bungalow de Locke.

Las sospechas cayeron sobre ellos. Una patrulla visitó el campamento, lo revisaron e interrogaron a cada miembro de la banda inmigrante. Tenían un aspecto particularmente desagradable, sucio y maligno. Sin embargo, no encontraron rastros ni del profesor ni de algo que le perteneciera.

La patrulla abandonó el campamento luego de que una disputa casi se convirtiera en un verdadero enfrentamiento. Un perro, miserable y hambriento, había atacado a uno de los ayudantes del sheriff y le había clavado los dientes en la bota. Este no dudo en dispararle. Ante el hecho, los dueños de los perros sacaron navajas.

La patrulla estaba mucho mejor armada y ante la amenaza de sus escopetas y rifles los gitanos reconsideraron. Fueron advertidos para que empacaran sus cosas y se marcharan, y tras unos días de demora, obedecieron.

Durante la mañana en la que se disponía a partir, que a la vez era el octavo día de la desaparición de Tademus, el Dr. Locke se sentó depresivamente a desayunar. La búsqueda, pensaba, debía extenderse un poco mas. Había que cubrir todo el Blue Ridge, si era necesario. En algún lugar de esas montañas estaba un amigo y paciente al que no iba a dar por perdido.

En un extremo del cuarto donde desayunaba había una puerta. Ésta llevaba al cuarto que había sido desocupado y que Locke descubrió con indignación que había sido convertido en un laboratorio por el paciente al que había enviado ahí a “descansar”.

Repentinamente, la puerta se abrió. Y de ella salió, Theron Tademus. 

Pareció muy sorprendido de encontrar a Locke ahí, y le dijo que había regresado poco después de la medianoche y había estado en su laboratorio desde entonces.

Al ser interrogado sobre su paradero antes de eso, respondió que durante esa semana había estado visitando amigos en Carcassonne.

Dr. Locke dudo de su declaración. Y con razón.

Los artistas no son necesariamente mentirosos, y cada artista o artista en formación en la colonia Carcassonne no solo había negado conocer al profesor, sino que habían pasado una buena parte de esa semana ayudando en su búsqueda.

Mas tarde, luego de insistir en que Locke le acompañara a Carcassonne y conociera a sus amigos, Tademus admitió repentinamente que en realidad nunca había estado en ese lugar. Se negó, sin embargo, tanto a explicar el por qué había mentido en primer lugar y a dar cualquier explicación sobre su misteriosa ausencia.

Una semana atrás, Tademus había dejado el bungalow, llevando solo una linterna, y vestido con un traje blanco de franela, zapatos de lona, y un sombrero Panama. Tal era su idea de un atuendo para ir de excursión.

Regresó, vestido con el mismo traje, sombrero y zapatos. Ademas, aunque era blanco, se veía tan pulcro como cuando había partido, excepto por algunas manchas de pasto y el inevitable polvillo de arcilla amarilla del camino en la suela de sus zapatos.

Si había pasado una semana vagando por  la montaña, había tenido mucho éxito en mantener su ropa impecable.

“Asheville,” pensó el doctor. “Se fue en tren, paró en el hotel, y regresó sin el mas mínimo recuerdo que lo que realmente había hecho. Una sobrecarga nerviosa puede jugarle ese tipo de trucos a la mente de un hombre.”

Se guardo la opinión para sí mismo. Como un buen doctor, no volvió a insistir con el asunto, particularmente por que vio que Tademus estaba profundamente afectado e intentaba ocultar lo que había sucedido.

En aras de tomarse unas muy postergadas vacaciones para sí mismo, Locke se quedó un tiempo en el bungalow, resguardó a su amigo de la curiosidad de quienes habían peinado las colinas buscándolo, e hizo todo lo que estaba en su poder para curar y aliviar su mente.

Tuvo tanto éxito que Tademus regresó a sus clases en otoño con el consentimiento de Locke.

A sus clases, y a su muerte.

Wharton sabía todo esto. Sabía que el paradero de Tademus durante esa misteriosa semana nunca se había revelado. Pero la bitácora en el cuaderno rojo documentado todo ese verano, incluyendo esa semana.

Para Wharton, el registro le pareció tan extraordinariamente curioso que se tomó la libertad de llevar lo que ahora era propiedad de la universidad y enseñárselo al Dr. Locke.

Era tarde, y el doctor estaba a punto de retirarse luego de una jornada laboral que había comenzado antes del amanecer.

-¿Es personal dices?- Locke tomó el libro frunciendo ligeramente el ceño.

-Personal. Pero siento que… cuando termines de leerlo. Tengo algo muy extraño que contarle al respecto. No lo entenderá hasta que no lo haya leído. Estoy casi seguro de que lo descrito en este libro está la clave para entender la muerte del profesor Tademus.

-Su corazón colapsó. Exceso de trabajo. No hay nada misterioso en eso.

-Quizás no doctor. Aun así, ¿podría leerlo por favor?

-Léemelo en voz alta-dijo el doctor-. No podría leer una de mis propias prescripciones en estos momentos y tú estas familiarizado con su microscópica letra manuscrita.

Wharton cumplió entonces.

Lunes, 3 de julio.

Llegue ayer. No es tan malo como esperaba pero lo suficiente. Si Locke estuviese aquí, estaría satisfecho. No tengo absolutamente nada que hacer. Caminé y escalé por dos horas, como me lo aconsejo. Pasé el resto del día caminando de aquí para allá dentro de la casa. Por lo menos caminé lo suficiente. No puede sentarme a no hacer nada. No puedo dejar de pensar. ¡Ese Locke es un idiota!

Jueves, 6 de julio.

Hoy le envié un telegrama a Wharton. Me enviará vía expreso el microscopio Swift, algunos portaobjetos, cubiertas de vidrio y algunos otros pequeños aparatos. ¡Ese Locke es un idiota! Seguiré su consejo pero dentro de lo razonable. Hay una habitación aquí iluminada por cinco ventanas. El viejo Jake ha quitado los muebles de la habitación. Será un buen laboratorio. Por supuesto que no tengo intención de hacer algún trabajo real. Una hora o dos al día de observación microbiológica harán tolerable el “descanso”.

Martes 11 de julio.

Jake se monto en su vieja mula gris y ha traído mis tres valijas de la estación, desempaqué la Stephenson-Swift y la instalé. Apenas toqué el aparato mis ojos se llenaron de lagrimas. ¡La “cura por descanso” de Locke había hecho eso con mis nervios!

Luego de desempacar, voluntariamente dejé de lado el microscopio y las otras cosas. Caminé quince kilometros subiendo y bajando la colina. Intente admirar el paisaje, como Locke me aconsejo, pero no encontré mucho para apreciar. Rocas, arboles, burdas colinas, caminos amarillos y cielos nublados, águilas. ¡Belleza! ¿Qué belleza puede haber en este vasto y torpe mundo que es la cascara exterior de los verdaderos y delicados triunfos de la naturaleza?

Vi a un hombre pintando hoy. Frotando un lienzo con gruesos pinceles. Había instalado su caballete junto al camino, y me detuve a ver que podía encontrar un ser humano aquí que fuese digno de pintar.

¿Y qué es lo que este pintor, este artista, este amante de la belleza había elegido? Cerca de un kilómetro de distancia había un cúmulo de horribles y oscuros arboles. Un arroyo corría entre ellos y el camino. Estaba amarillo por la arcilla y fluía rápidamente. Los microorganismos mas interesantes no podrían existir en ese lugar. Un destartalado puente de madera lo atravesaba y llevaba a un pequeño bosque, y ahí, entre los arboles había un cúmulo de sombrías cabañas casi en ruinas.

Esa escena era la que mi “artista” había elegido para representar.

Por simple curiosidad entablé una conversación con el hombre.

Los atípicos garabatos en claroscuro, tonos chatos, masas, etcétera. No había un pensamiento definido en su cabeza sobre el por qué deseaba pintar esas ruinas. Aunque si aprendí algo. No era el único de su especie como yo había pensado. Locke nunca me contó sobre Carcassonne. ¡Considera esto! Casi un centenar de estos lunáticos cazadores de “belleza” pasaban el verano a una corta distancia de la casa donde me habían enviado a vivir.

El que estaba pintando la locación hasta me invito a visitarlo. Le sonreí sin  comprometerme a nada y volví a casa. En el camino pasé por el sendero que lleva a ese lugar. Siempre había evitado ese camino, pero no sabía por qué hasta hoy. ¡Imaginate! Casi un centenar. Supuse que algunos seguramente eran mujeres. No, me mantendría discretamente alejado de Carcassonne.

Sabado. 15 de julio.

Jake me informa que una banda de gitanos se han asentado en el claro que mi conocido Carcassoniano eligió para pintar. Están viviendo en las chozas en ruinas. Ahora también tengo que evitar ese camino. ¡Pensar que me recomendaron estar solo! Las colinas están atestadas de artistas, gitanos y quien sabe qué mas. ¡Era como si me hubiesen mandado a descansar a un panal de abejas!

Encontré una interesante variación de ciliados viviendo en un estanque cercano. ¡Maravilloso! He registrado mas de una docena de especímenes en los cuales el macronúcleo es sin dudas el doble de su tamaño . ¡No lobulado, ni pulverizado, como en una oxitricha, sino el doble de su tamaño! Mi verano no ha sido un desperdicio después de todo.

Me sentí particularmente aletargado y cansado esta mañana, y me di cuenta de que no había salido de la casa en tres días. Tendré que salir a dar una larga caminata mañana.

Lunes, 17 de julio.

Hoy estoy completamente distraído. Tuve una experiencia muy desagradable. Resuelto a mantener mi promesa con Locke, salí de excursión por la tarde tarde y caminé enérgicamente durante un buen tramo. Sin embargo, me había olvidado completamente de los gitanos y retomé mi viejo camino .

Poco después, conocí una mujer, o mejor dicho una muchacha. Iba vestida con vestimentas andrajosas y de colores brillantes que usan las mujeres de ese tipo de esas tribus nomades. Tenía un pañuelo en la cabeza. Lo noté porque era el mismo tono brillante de azul que el cielo sobre las montañas a sus espaldas. El pañuelo a su vez tenía una faja amarilla, y dentro de esa faja tenía un manojo grande de flores amarillas, madreselva silvestre, creo.

Su rostro no era oscuro, como el de la mayoría de los gitanos. Al contrario, tenía una piel con una blancura firme y sutil, con rasgos elegantes y delicados.

Al pasar, nos miramos el uno al otro, y vi que sus ojos brillaban de la manera mas extraña y hermosa. Estoy seguro que no había atrevimiento o inmodestia en su mirada. Era como la mirada de una persona que reconocía a un viejo conocido y le alegraba verlo. Pero nunca nos habíamos visto antes.Hubiera sido imposible olvidarla si así fuera.

Nos cruzamos sin mediar palabra, por supuesto, y seguí mi camino.

Al conocer a esa chica, difícilmente pude pensar en que era gitana, de hecho no intenté clasificarla de ninguna manera. La impresión que me dejo fue algo nuevo para mi. Fue solo cuando llegue al claro que volví en sí, y recordé la historia que Jake me había contado sobre los gitanos que se habían asentado ahí.

Entonces, salí rápidamente de la vaga y absurda felicidad que me había provocado el encuentro con la joven.

Cuando converse con el Carcassoniano observé cuidadosamente ese claro. Pensé que era perfecto, que nada que se le pudiese agregar podía aumentar la sombría fealdad de sus arboles, ni la desolación de sus chozas viejas, grises y derruidas.

Hoy entendí que no era así. Para ser perfecta, esa fealdad debía incluir un poco de sórdida humanidad.

Los restos, de por sí ya bastante deprimentes, eran horrendos ahora. En los portales holgazaneaban mujeres gordas y sucias cuidando a sus cochinas crías. Los niños mayores, vestidos con harapos y llenos de mugre correteaban y se peleaban entre ellos. Sus voces eran como bramidos de animales.

Entendí que la chica con el pañuelo color del cielo había salido de aquí, de esta impronunciable suciedad.

Un perro callejero, amarillo, hambriento y casi esquelético se acercó desenfrenadamente hasta el puente. Una campana oxidada colgaba de su cuello. La bestia se detuvo en el extremo mas alejado y ladraba desde ahí, agazapado. Su enojo parecía superar el simple salvajismo canino. Sus magras mandíbulas se retorcían con una maniática pero desagradable ferocidad.

Algunos hombres, con bigotes y rostros sucios se habían juntado alrededor de una especie de forja erigida en el claro. Estaban construyendo algo, golpeándolo con martillos en medio de una lluvia de chispas. A causa del ladrido del perro, uno de los hombres volteó y me vio. Habló con sus compañeros y para mi consternación dejaron de trabajar y trasladaron su atención hacia mi.

Temí que fueran a cruzar el puente, y la idea de tener que hablar con ellos me resultó repulsiva por alguna razón.

Se quedaron en su lugar, pero uno de ellos empezó a reir muy fuerte de repente y levantó para que yo viera la cosa que habían estado martillando.

Era una trampa de hierro, grande, rustica y torpemente fabricada. Aun a la distancia pude ver los enormes y puntiagudos dientes, aptos para lesionar un oso o a un hombre. Era el instrumento mas feo que había visto en mi vida.

Me di vuelta y empecé a caminar a casa, y cuando volví a mirar, ellos habían vuelto a trabajar.

El sol brillaba alto en el cielo, pero sobre ese claro parecía reinar una extraña oscuridad. Era como un lugar recluido y aislado del mundo. Los arboles, incluso, eran diferentes a los otros arboles de las montañas. Tenían un aspecto extraño, oscuro y chato en contraste con el cielo, como si hubiese sido recortado de un papel oscuro o como los arboles chatos de un tapiz. Eso era. Toda la escena era como una oscura, chata e irreal imagen de un tapiz.

Volví directo a casa. Mis nervios están en mal estado, sin lugar a dudas, y creo que le escribiré a Locke para que me prescriba alguna medicina que me recomponga. Hasta ahora, este descanso curativo no ha sido notablemente exitoso.

Miércoles, 19 de julio.

Volví a verla.

Anoche no pude dormir. Cerca de la medianoche deje de intentarlo, me levante, me vestí y pasé el resto de la noche con el viejo Stephenson-Swift. Mi luz para trabajar de noche, una lampara de aceite común, no ilumina demasiado. Esta mañana sufrí de mucho dolor detrás de los ojos, y estaba determinado a darle otra oportunidad al tratamiento del doctor Locke de “caminar y tomar aire” aunque un poco desanimado por los resultados previos.

Esta vez recordé no tomar el camino que llevaba a ese horrendo claro. La luz del sol parecía acrecentar el dolor que estaba sufriendo. El aire era cálido, polvoriento, y tenía que caminar con lentitud. Al menor incremento en el ritmo de la caminata mi corazón daba una especie de salto, muy desagradable que me hacia sentir sofocado.

Entonces llegué a donde estaba la chica.

Estaba sentada en una roca, su regazo rebalsaba con madreselvas silvestres, y ella estaba tejiendo los tallos de las flores.

Al verme sonrió.

-Ya he terminado su guirnalda-me dijo-, y la mía estará lista pronto.

Uno pensaría que la roca era nuestro lugar secreto, donde nos encontrábamos desde hacia mucho tiempo. Me extendió una guirnalda hecha de flores de madreselva.

No puedo imaginarme qué fue lo que me hizo actuar de esa manera. El cansancio y el dolor detrás de mis ojos me había despojado de mi buen juicio habitual.

De todas formas, para mi sorpresa, tomé su ridícula guirnalda y me senté en el lugar que ella había apartado para mi en la roca.

Después de eso, hablamos.

En este momento, solo unas horas después, no puedo decir si el español de la chica era correcto o no, ni qué fue exactamente lo que dijo. Pero si recuerdo el sonido de su voz.

Recuerdo, también, que me dijo que su nombre era Elva, y que cuando le pregunté cuál era el resto de su nombre, me dijo que un solo nombre bueno era suficiente para una persona.

Me pareció encantadoramente cómico, me reí como un niño, o un tonto ¡sabrá Dios cual de los dos!

Pronto terminó la segunda guirnalda y riendo insistió en que nos coronáramos mutuamente con flores.

Imaginate. Si uno de mis estudiantes me hubiese visto, estoy seguro de que se habría sorprendido de verme así . El profesor Theron Tademus, sentado en una roca con una chica gitana, con una corona de flores en la cabeza y acomodando otra sobre la cabeza de la chica del pañuelo azul.

Por suerte, ni mis estudiantes ni nadie mas pasó por ahí, y en unos minutos me dijo algo que me devolvió la conciencia. Debido a esa inexplicable poca memoria que tengo, voy a citar el sentido de lo que dijo y no sus palabras.

“Mi padre reina sobre nuestra gente. Debes visitarnos. Si vas conmigo, mi pueblo y mi padre te darán la bienvenida.”

Me habló con aire cortes y elegante como el de una princesa, pero me levanté y me aparté rápidamente de su lado. Una visión del claro volvió a mi, oscuro, opresivo, como un viejo oscuro tapiz tejido de follaje y formas grotescas. Recordé la horrible y repugnante tribu de donde había salido esta chica.

Sin mediar palabra de despedida, la deje ahí en la roca. No miré hacia atrás, ni ella dijo nada para detenerme. No fue hasta que llegué a casa, cuando me encontré al viejo Jake en la puerta y vi que me observaba, que recordé la corona de madreselvas. Aun la llevaba puesta, y llevaba el sombrero en la mano.

Me arranqué las flores y las arrojé a la acequia, y volví con la dignidad que me quedaba a la reclusión del bungalow.

Es de noche ahora, y un poco después de eso volví a salir. La guirnalda esta aquí conmigo. Las flores no se estropearon en la acequia, y parecían tan frescas como cuando me las dio. Tenían mas aroma de lo que me hubiese imaginado que podían tener las madreselvas silvestres.

Elva. Elva la del pañuelo azul cielo y las madreselvas amarillas.

Mis ojos me pesan, pero el dolor detrás de ellos ha desaparecido. Creo que esta noche voy a poder dormir.

Viernes, 21 de julio.

¿Hay acaso un hombre mas crédulo que aquel que se enorgullece de la precisión de sus observaciones?

Pregunto esto humildemente, ya que ese hombre soy yo.

Ayer me levanté y me sentí mas fresco de lo que me había sentido en semanas. Después de todo, el tratamiento de Locke parecía ser digno de respeto. Con eso en mente, le dedique apenas un par de horas a algunos de mis ciliados doble núcleo y a terminar las diapositivas.

El resto de la tarde me dedique a recorrer religiosamente los senderos. Admirar un paisaje tiene sin lugar a dudas cierto encanto vulgar, los alcances del verde, los purpuras distantes, y la linea del cielo que envuelve  todo eso como un pañuelo azul. Si el dolor detrás de mis ojos no hubiese regresado casi que podría haber disfrutado de semejantes paisajes.

Después de caminar mas de lo normal, llegué al hogar bien entrado el atardecer. Como si fuera una emboscada, una pequeña figura salto desde atrás de los rododendros. Parecía un niño, un muchacho, no pude verlo claramente ni ver como estaba vestido.

Me entregó algo en la mano. Para mi sorpresa, era un ramo de madreselvas silvestres.

“¡Elva, Elva, Elva!”

El extraño infante estaba prácticamente bailoteando frente a mi, repitiendo el nombre de la chica y nada mas.

Al recuperarme, entendí que Elva debía de haber enviado a este niño, y como era de esperar, después de insistirle, dejó de bailotear lo suficiente para entregar su mensaje.

La abuela de Elva, me dijo, estaba muy enferma. Había estado mal durante días, pero esta noche su enfermedad estaba peor, mucho peor. Elva temió que su abuela pudiera morir, y “es obvio” dijo el niño, “¡ningún doctor vendrá a ayudarnos!”. Se acordó de mi, ya que era su único amigo entre las “personas del exterior”. ¿Podría ir a ver a su pobre y enferma abuela? Y en caso de contar con medicina del mundo exterior en mi casa, ¿podría llevarla conmigo?

Y si, al principio tuve mis dudas. Mas allá de las básicas y obvias sospechas, estaba invadido por un horror sin sentido no solo por la tribu gitana sino por el claro mismo.

Pero ahí estaba el ramo de madreselvas. ¡Cuando tuvo necesidad, envió el ramo como un símbolo, y me lo envió a mi! Elva, la del pañuelo color del cielo y la boca risueña.

-Espera aquí-le dije al niño, con un poco de aspereza, y entré a la casa. Recordé que tenía un maletín de emergencia con remedios básicos, nunca los había utilizado pero venían con sus respectivos prospectos. Si  iba a oficiar como médico amateur por lo menos debia ayudar. Busqué a Jake con el propósito de informarle de mi expedición. Aunque había dejado un pollo asando en la cocina no se le veía por ningún lado. Quizás había ido al manantial a buscar agua.

Volvi a salir, llame al niño pero no recibí respuesta. Estaba muy oscuro. Atardeciendo, el cielo se había cubierto de nubes, por lo que ahora ni siquiera contaba con el beneficio de la luz de las estrellas.

Estaba enojado con el niño por no esperar, pero ya conocía el camino, incluso en la oscuridad. Al menos eso es lo que pensé, hasta que choqué contra un matorral de acebo. Me di cuenta que debí haberme salido del camino y estaba ahora en un sendero sin salida en la ladera de la montaña sobre el bungalow de Locke.

Mire hacia atrás para guiarme con las luces de sus ventanas pero los arboles las ocultaban.

Sin embargo, el camino no podía estar demasiado lejos. Luego de deambular un poco estaba seguro que mis pies estaban nuevamente en el camino correcto. Momentos después, percibí una tenue luz rojiza, delante mio a la izquierda.

Mientas caminaba hacia ella, el gorgoteo del agua que fluía rápidamente me informó que había llegado al arroyo con el  puente destartalado.

Me detuve ahí por unos minutos, mirando la luz rojiza. Era todo lo que podía ver. Parecía que, de alguna manera, esa luz no iluminaba nada realmente.

Entonces sentí una el ruido de pisadas, el sonido de una campana y un salvaje  aullido que surgió del extremo mas alejado del arroyo. Ese maldito perro salvaje, pensé. Elva, ademas de abusar de mi amabilidad al punto de hacerme venir, podría al menos haber arreglado una mejor recepción que esta.

Entonces la imaginé, agachada con sus coloridas vestimentas, atendiendo a a la horrenda vieja que debía ser su abuela. Al resto de la tribu probablemente le resultara indiferente. Ella no pudo abandonar a una enferma, y ahí estaba yo, dudando como un cobarde cualquiera.

Para resguardarme del perro tomé con firmeza mi bastón. Tanteando el terreno con él, encontré el puente y lo cruce.

Al instante algo se prendió de mi pierna y me soltó antes de que pudiera golpearlo. Escuché al perro revolotear y ladrar a mi alrededor. De pronto me di cuenta que el sonido de esta bestia no era igual al del perro salvaje amarillo. Este no tenía nada de salvaje. Era el ladrido alegre y excitado de un perro bien criado que recibe a su amo o a los amigos de su amo. Y la campana que sonaba cuando se movía tenía una nota dulce y argéntea, distinta del agrietado tintineo de la campana del perro salvaje.

Despreciaba a ese perro amarillo y el pensar que no necesitaba combatirlo fue un alivio. Las chozas, según recordaba, no estaban ni a 40 metros pasando el arroyo. No había señales de una fogata. Solo ese punto de luz rojizo.

Avance…

Wharton dejo de leer repentinamente.
-Aquí-señaló-, empieza la parte del diario en la que salta de lo ordinario a lo extraordinario. Y la parte mas extraña es que al escribirlo, el profesor Tademus parece no percatarse de que estaba describiendo una experiencia atípica y placentera.

El Dr. Locke frunció su profuso ceño.
-¡Placentera!-grito-, ¿cuál es la fecha de esa entrada?

-Veintiuno de julio.

-El día que desapareció. Ya veo. ¡Placentera!. ¡Y esa chica gitana, diablos!

¡Que aventura para un hombre como ese! No me sorprende que intentara ocultarlo con mentiras. No me interesa escuchar el resto, Wharton. Lo que sea que haya sucedido, mi amigo esta muerto. Déjalo descansar.

-Espere-exclamó el joven, con genuina franqueza-. Santo dios, doctor, ¿usted cree que traería este libro ante usted si contuviese esa clase de relato sobre el profesor Tademus? No. Su mas asombrosa cualidad reside en aspectos que usted ni siquiera podría imaginar.

-Entonces prosiga- farfulló Locke, y Wharton continuó con el relato.

De pronto, como si esperasen una señal, no una, sino un sinnúmero de luces surgieron de la nada.

Era como salir de un oscuro armario a la luz del día. Cuando pasó el resplandor inicial, comprendí entonces que en lugar de estar en el sombrío claro y las chozas en ruinas, estaba frente a un grupo de casas muy hermosas.

Es curioso como una falsa presunción puede dominar a un hombre.

Al principio creí estar en el campamento gitano, varios minutos pasaron hasta que pude superar el asombro y entendí que cuando perdí el camino nunca lo recupere realmente.

De alguna manera termine en la otra bifurcación del camino y había llegado, no al claro ¡sino a Carcassonne!

No tenía idea, tampoco, que esta colonia de artistas pudiese ser un lugar tan hermoso. No estaba dividido por calles. Las casas estaban aquí y allá sobre una superficie cubierta del césped mas verde que había visto en estas montañas de roca y arcilla amarilla.

(El doctor Locke se sobresaltó ligeramente en su silla. Carcassonne tal como la recordaba vino a su memoria. No interrumpió, pero desde ese momento su atención se disparó, como un hombre que había escuchado la palabra clave de un acertijo.)

Había luces por doquier, colgaban en las floreadas ramas de los arboles, resplandecían desde el césped, resplandecían desde cada puerta y ventana. Cómo se habían encendido tan abruptamente después de la oscuridad inicial, aun no lo sabía.

De la casa mas cercana salió una chica. Estaba vestida de forma encantadora, con sedas livianas y coloridas. Un ramo de madreselvas silvestres en el cinturón, y un pañuelo azul cielo sobre su cabello. La reconocí al instante, y empece a vislumbrar la broma que me habían jugado.

El perro correteó hacia la chica. Era un Collie magnifico. Tenía una pequeña campana de plata atada al cuello en un collar ancho.

Mi respuesta inmediata fue bastante serena. La chica se detuvo un poco lejos. Ella reía ya que ciertamente me había puesto en papel de victima.

Ante mi acusación, admitió inmediatamente que me había engañado. Me explicó que al percibir que su apariencia me había despistado al pensar que era una de los gitanos, no pudo resistirse a jugarme una broma. Había enviado a su pequeño hermano con la ofrenda y el mensaje.

Le conteste que el niño me había dejado solo y que casi había invadido el campamento de los verdaderos gitanos buscándola a ella y a su ficticia abuela moribunda.

Esto le pareció incluso mas divertido. La risa de Elva tiene una cualidad particularmente contagiosa. En vez de enojarme, empece a reírme con ella.

Para entonces muchas personas habían salido a sus jardines y me condujo ante un hombre mayor, serio y atractivo y lo presento como su padre. En ese momento, apenas me percaté que utilizo solo mi primer nombre, Theron, el cual le había dicho cuando nos sentamos juntos en esa roca a un lado del camino. He observado que todas esas personas solo utilizan un nombre, al presentarse e interactuar entre ellos. Aunque no tenía experiencia personal en tratar con artistas, he oído que tienen una inclinación por tendencias no convencionales. Pero nunca se me ocurrió, sin embargo que pudieran resultarle atractivas o agradables a un hombre como yo.

Estoy deslumbrado. Estos “colonos” Carcassonianos son las personas mas encantadoras que he conocido jamas.

Todo el mundo parecía estar al tanto de la broma que Elva me había jugado. Se rieron con nosotros, pero para compensarme me han hecho uno de ellos de la manera mas placentera.

Cene en la casa del padre de Elva. El comedor, o mejor dicho el recibidor es un lugar maravilloso. Debido a tanto trabajo con el microscopio, soy mas propenso a ver la torpeza, vastedad, en lo que otras personas ven belleza. Carcassonne es diferente. Hay una ínfima perfección en la arquitectura de las casas de estos artistas, en la textura de sus vestimentas, e incluso en el delicado contorno de sus rostros, el cual me resulta extraordinariamente agradable.

No hay nada convencional entre sus vestimentas. Tanto hombres como mujeres se visten como les place. Sus gustos individuales son exquisitos, y el resultado es un despliegue de telas suaves, colores brillantes, floreados no chillones.

Hasta anoche nunca comprendí el encanto de lo que se llama “vestir elegante,” o del efecto que puede ejercer en una naturaleza bastante sombría como la que admito que me caracteriza.

Elva, alentada por la travesura, insistió en que me “vistiera para cenar.” Su pedido fue instantaneamente respaldado por la turba que reía. Me arrastró de una manera que no estaba acostumbrado, y deje que me vistiera con atuendos blancos con bordados plateados como una delicada escarcha cristalizada. Me arrastró divertida frente un espejo, y quedé maravillado del cambio en mi apariencia.

A diferencia de la toga negra con capucha carmesí que utilizo en la universidad, estos ropajes brillantes no me daban una apariencia seria sino una especie de lo que puedo denominar una noble juventud. Lucía mas joven, y al mismo tiempo radiante, mas vivo que nunca. Ya sea por el contagioso espíritu de mis compañeros, o algún resurgimiento de mi adolescencia me llenó con el repentino deseo de complacer, de ser alegre con los generadores de alegría, y debo ser honesto, de mantener la atención de Elva donde parecía reposar temporalmente, en mi.

Mi éxito fue inesperadamente brillante. Hay algo en la mismísima atmósfera de Carcassonne que, una vez que se sucumbe ante ella, te llena de alegría como si fuera vino. Nunca he bailado, ni he deseado aprender. Anoche, luego de un banquete tan perfecto que difícilmente recuerdo detalles, bailé. Bailé con Elva, y con Elva, y siempre con Elva. Dejó de lado a todos los demás. No bailamos en una piso pulido, sino en los verdes jardines, bajo las alegres y blancas estrellas. La música no era de orquesta. Donde sea que las parejas de pies ligeros eligieran para bailar en circulo, les seguía un joven flautista, tocando su flauta de marfil blanco.

Las alas revoloteaban, las nubes pasaban, las hojas eran arrastradas por el viento, todas las cosas livianas y ligeras del aire estaban en esa música. Me levantó y me llevo con ella. No había necesidad de aprender. ¡Solo bailar! Parece, que mientras escribo esto, el sonido de esa flauta sigue resonando en mis oídos y su eco nunca desaparece. La voz de Elva es como las flautas de marfil. Y anoche, la música y su voz me enloquecieron. Bailamos, no se durante cuanto tiempo, ni cuando nos detuvimos.

Esta mañana me desperté en un cuarto color dorado y marfil, con ventanas redondas que mostraban el cielo azul y algunas ramas florecientes. Apenas recordaba que el padre de Elva me había insistido en que aceptara su hospitalidad para pasar la noche.

Me temo que mucha de mi nueva felicidad se me había ido a la cabeza. Por lo menos no era nada muy fuerte. En la cena solo bebí una copa de vino espumante, algo dorado, pero suave y con un sabor parecido a la fragancia de los brotes de madreselva silvestre de Elva.

Es mitad de mañana ahora, y escribo esto sentado de una banca de mármol junto a una piscina en el patio central de la casa de mi hospedador. Estoy esperando a Elva, quien se excuso para ir a atender algún otro asunto. Encontré este libro en mi bolsillo, y pensé que era mejor hacer un registro inmediato no solo de la buena broma que me jugaron, sino también de la mejor experiencia social que he disfrutado en mi vida.

Debo dejar de lado todo este tema de los vestidos elegantes, despedirme de Elva, y regresar a mi solitario bungalow junto a Jake. El pobre anciano probablemente este muy preocupado por mi inexplicable ausencia. Pero espero otra invitación a Carcassonne

Sabado, 22 de julio.

Parece que me estoy quedando en forma indefinida. Esto no puede ser. Hablé con Elva de mi visita extendida, y ella riendo me informo que las personas que han bebido del vino y vestido los ropajes de Carcassonne rara vez quieren irse. Sugirió que abandonara mis intentos de “escapar” y pasara mi vida aquí. A modo de broma, claro, pero un poco desee que sus palabras fueran honestas. Ella y su gente están arruinándome para el mundo común y corriente.

No es que estén ahí sin hacer nada sino que sus ocupaciones al igual que sus placeres son de una belleza fascinante y delicada.

Familias enteras están parando aquí, incluyendo niños. No me gustan los niños, generalmente, pero estos son tan inofensivos como las mariposas. Conocí al mensajero de Elva, su hermano. Es un pequeño y gracioso elfo. Como pude confundirlo, aun en la oscuridad con esos mocosos gitanos es incomprensible. ¡Pero bueno, también confundí a Elva con una gitana!

Mis nuevos amigos tienen muchos intereses ademas de pintar. “Artesanías,” creo que le llaman. Esta mañana, Elva me llevo a conocer los talleres, talleres que era como brotes arquitectónicos, tallados del mas fino mármol.

Hacían joyería, tejían telas, trabajaban el cuero, y muchas otras interesantes ocupaciones. En el medio de los jardines hay una forja. Cada parte de ella, incluso el yunque de hierro estaba embellecido con una incrustación de otros metales. Varios herreros amateurs estaban trabajando ahí pero Elva se apresuró a sacarme de ahí antes de que pudiera ver lo que hacían.

Pregunté por el joven pintor que me contó por primera vez sobre Carcassonne y me invito a visitarlo aquí. No pude recordar su nombre, pero al describírselo a Elva me respondió vagamente que no a todos los “de afuera” se les permitía quedarse permanentemente entre ellos.

No insistí demasiado. Recordé la fealdad que ese pintor había volcado en su lienzo y pude entender por que su estadía con estos exquisitos trabajadores fue corta. Probablemente lo expulsaron o se auto expulso, poco después de nuestra entrevista en el camino.

Debo ser cuidadoso, a menos que quiera acortar mi propia estadía. El solo pensar en ese viejo, rustico y vacío mundo al cual debía regresar, me descomponía nuevamente y el dolor detrás de mis ojos que ya casi había olvidado, regresaba.

Domingo, 23 de julio.

¡Elva! Su mera presencia me deleita. El cielo no es tan azul como su pañuelo o sus ojos. Los rayos del sol son mas opacos que la madreselva silvestre que había tejido en guirnaldas sobres nuestras cabezas.

Hoy, como niños enamorados, tallamos nuestros nombres en el suave tronco de un árbol. “Elva- Theron.” y una guirnalda para remarcarlo. Estoy feliz. ¿Por qué? ¿Por qué habría de irme de Carcassonne?

Lunes, 24 de julio

Sigo aquí, pero esta es la ultima noche que voy a abusar de la hospitalidad de estas regias personas. Un incidente ocurrió hoy, patético para algunos, un escándalo para otros. Yo dormía cuando sucedió, y solo me desperté por el sonido del disparo.

Unos jóvenes, rústicos montañeses cabalgaron hasta Carcassonne y deliberadamente mataron al perro collie de Elva. Afirmaban, según tengo entendido, que el desafortunado animal había atacado a uno de ellos. ¡Mentira! El perro era mas dócil que un gatito. Probablemente había revoloteado y ladrado alrededor de sus caballos y eso les molesto a los rústicos. Se habían marchado antes de que yo llegara a la escena.

Elva estaba llorando, y era obvio. Le habían volado la cabeza a su perro con una escopeta. No sabía que harían al respecto. Yo quería acudir al sheriff del condado, pero Elva no quiso. Simule acceder a sus deseos pero si su padre no garantizara que esos hombres reciban su castigo, yo si. ¡Bastardos asesinos! Elva es demasiado indulgente.

Miércoles, 26 de julio.

Observé a los herreros de la plata hoy. Elva no estaba conmigo. No tenía idea que la plata se trabajara igual que el hierro. Deben utilizar alguna peculiar amalgama o de lo contrario se fundiría en la fragua. En vez de fundirse sale candente para ser moldeado con pequeños y delicados martillos.

Estaban haciendo una artilugio de apariencia extraña. Era todo plateado, con patrones florales forjados pero con su forma era un enigma para mi. Finalmente le pregunte a uno de los herreros qué era lo que hacían. Era un hombre alto, con un rostro oscuro y alegre.

-¡Adivine!- demandó.

-No puedo. En mi ignorancia, lo encuentro parecido a un rompecabezas chino.
-Algo mucho mas curioso que eso.

-¿Qué es?

-¡Es una trampa para el Elfos!- se rio divertido.

-¡Por favor!

-Bueno, es una trampa de todas formas. ¿Ve esto?-los demás habían retrocedido divertidos. Presionó una palanca con su martillo. En un instante, dos partes delgadas con forma de mandíbulas se abrieron de par en par. Tenían puntas en forma de aguja o dientes. Todo estaba al rojo vivo, y cuando retiró su martillo las mandíbulas se estrellaron desplegando una lluvia de chispas.

-Es una trampa, por supuesto-seguía confundido.

-Si, y una extraordinaria. Esta trampa no solo atrapara, sino que también reatrapara.

-No entiendo.

-Si alguna criatura, un hombre, digamos…- estaba riendo de nuevo-, cayera en esta trampa, podría escapar. Pero tarde o temprano, mas temprano diría yo, lo volvería a atrapar. ¡Por eso se llama una trampa de elfo!

Súbitamente comprendí que me estaba haciendo una jugarreta. Sus compañeros todos se estaban riendo de esta tontería. Me retire, no ofendido, sino perturbado de otra manera.

Él y su absurdo trampa plateada de juguete me había recordado a los gitanos. Esa cosa horrible y rustica de hierro que habían sacado de su forja. Hombres capaces de crear ese burdo instrumento de crueldad como esa trampa de mandíbulas dentadas sería terrible conocer de noche. Y estuve cerca de  caer erroneamente en su campamento, ¡de noche!

Esto no puede ser. He sido tan feliz. No puedo caer nuevamente en un estado de morboso nerviosismo que me producían esos gitanos, un horror mas allá del ser humano. Elva me está llamando. He estado aquí solo demasiado tiempo.

Viernes, 28 de julio.

De nuevo en casa. Escribo esto desde mi bungalow laboratorio. El amanecer gris está asomando, y he trabajado desde la medianoche. Me siento extrañamente deprimido. Probablemente necesito desayunar.

Anoche Elva y yo estábamos juntos en el patio de la casa de su padre. La piscina en el medio del patio, estaba iluminada desde abajo por una resplandor dorado. Observabamos al pez dorado, con sus colas anchas y vaporosas, como un trozo vivo de encaje .

De repente, lancé un grito agudo. Había visto algo en el agua mas importante que el pez dorado. Saqué una pequeña botella para recolectar muestras ya que nunca salgo de casa sin ella y avance rápidamente hacia la brillante superficie de la piscina.

Elva retrocedió sorprendida, y un poco asustada.

-¿Qué es?

Sostuve la botella en alto y la observé detenidamente. No había error alguno.
-Disteria- dije triunfante-. Dysteria ciliata. Dysteria giganticus, para ser mas preciso con una especie única que tiene nombre propio. ¡Elva, esta enorme criatura me dará un nuevo enfoque sobre toda su especie!


-¿Cuál enorme criatura?

Por primera vez vi pensé que Elva era un poco irritante. Pero estaba muy emocionado así que la deje mirar en la botella.

-¡Ahi!-exclamé-, ¿lo ves?

-¿Dónde? No puedo ver nada mas que agua y una pequeña mancha.

-Eso- explique orgullosamente-, es la dysteria giganticus. Lo suficientemente grande para ser detectado a simple vista. Valgame, es un monstruo entre los de su especie. ¡Y ademas, es una variedad de agua dulce!

Guardé la botella en mi bolso.

-¿A donde vas?

-A casa por supuesto. No puedo esperar para meter a este sujeto bajo el microscopio.


Había olvidado lo distinto que son los temperamentos de los artistas y los científicos. Ninguna explicación que pudiera dar podría persuadir a Elva de que mi descubrimiento valía la pena caminar un par de kilometros para examinarlo apropiadamente.

-¡Son todos iguales!- exclamó-. ¡Todos! ¡Hablan de amor, pero el único amor que conocen es el amor por el oro, o la libertad, o alguna patética tontería como esa mancha con vida llamas con un nombre largo, y por la cual me estás abandonando!

-Pero- protesté-, solo sera por un tiempo, volveré.

Sacudió la cabeza. Esta era Elva con un actitud nueva, el ceño fruncido y su boca risueña se había transformado en una mueca lúgubre. Me sentí apenado por dejarla enojada pero mi visita ya se había hecho absurdamente larga. Ademas, un apremiante deseo se había apoderado de mí y me decía que regresara a mi entorno. Quería sentir el ajuste del micrómetro en mis dedos, y ver el campo blanco y circular de la mancha bajo el lente pasar de un caos borroso a una definición perfecta.

Me dejó ir finalmente. Le prometí que acudiría a ella cuando sea que me contactase o enviase por mí. ¡Niña tonta! Podía caminar hasta Carcassonne todos los días si ella lo quisiera.

Escuché a Jake deambular por el comedor. La conciencia me dice que lo he tratado injustamente. ¿Dónde habrá pensado que estaba? No pudo haberse preocupado demasiado o me hubiese buscado en Carcassonne.

30 de agosto.

No escribiré mas entradas en este libro. Mis días de llevar un registro se han terminado, creo. Cualquier especie de registro. Volveré a mis clases el mes próximo. ¡Solo Dios sabe que les voy a decir! Elva.

Debería terminar la historia aquí mismo.

Cada día me resulta mas difícil recordar los detalles. Si no hubiese tenido este libro, con lo que he escrito mientras estaba… mientras estaba allá, hubiera creído que mi cerebro me estaba fallando.

Locke dijo que era imposible que hubiera estado en Carcassone. Se paró en el comedor, con la luz del sol resplandeciendo a través de el. Lo vi con claridad. Vi la horrenda, y vulgar criatura que era. Y en ese momento, lo supe.

Jamas lo admitiré, ni siquiera a mi mismo. Lo hice ir conmigo hasta Carcassone. No había arroyo. No había puente.

Las casas eran bungalows desvencijados erigidos a los margenes del rustico camino de montaña de arcilla amarilla. Las personas, artistas sin signos de exclamación, era una muchedumbre de simples y desprolijos pintores con delantal manchado que realmente encajaban en mi idea original sobre como luciría una colonia de artistas.

Sus  rasgos vulgares y su piel gruesa me enfermaban. Locke camino junto a mi de regreso a casa, muy silencioso. Apenas soportaba su compañía.

¡Era repugnante… vulgar… humano!

Hacia la tarde, pude escapar de su compañía. Me adentre en el camino que llevaba al claro de los gitanos. Las chozas estaban vacías. Ese extraño aspecto que tenía, similar a un oscuro tapiz había desaparecido del claro.

Cruce el puente de madera. Entre los arboles encontré cenizas y una depresión del terreno donde estaba la forja. Algo mas también. Un perro, o  mejor dicho sus restos a medio enterrar. Era el perro salvaje amarillo. Le habían volado la cabeza de un escopetazo. Una horrenda campana yacía entre ese desorden, atada a un trozo de hilo.

Uno de los arboles, tenía un tronco suave, y tallado en la corteza… me cuesta escribirlo. Me aleje y deje esos nombres tallados ahí.

Las madreselvas silvestres ciertamente habían dejado de florecer. Podía irme ahora. Locke me dijo que ya estaba bien y podía regresar a las clases.

No he vuelto a entrar a mi laboratorio desde esa mañana. Locke admira la “fuerza de voluntad” que posibilito abandonar todo para recuperar mi salud física. ¡Fuerza de voluntad! Jamas volveré a mirar a través de un microscopio mientras viva.

Quizás ella se entere, de alguna manera, y envíe a alguien por mi a la brevedad.

He bebido de su vino y usado sus vestimentas. Me hicieron uno de ellos. ¿Hicieron bien en expulsarme ya que no comprendí lo que tenía y no entendí lo que significaba?

No soporto a los seres humanos a mi alrededor. Son torpes, ruidosos. Y no puedo trabajar.

Solo dios sabe que voy a decir en mis clases.

Este es el ultimo de mis registros… hasta que ella envié por mi.

Había silencio en el estudio privado de Locke. Finalmente, el doctor largo un largo suspiro. Parecía que había estado conteniéndolo todo este tiempo.

-¡Santo cielo!- exclamó-. ¡Pobre Tademus! Y yo que pensé que sus problemas durante el verano habían sido apenas un lapso temporario. Pero hablaba como un hombre cuerdo. Actuaba como uno también, ¡por Jehova! ¡Con su mente en esas condiciones! La patrulla que salio a buscarlo no pudo encontrarlo, debió haber estado con los gitanos durante toda esa semana. Es evidente. Aun a través de sus delirios, hay rastros ocasionales de realidad.

-Escuché que le dispararon a un perro, y él habla de estar dormido cuando sucedió. ¿Dónde estuvo oculto que la patrulla no lo encontró? ¿drogado y oculto bajo algún sucio montón de harapos en una de las chozas, ¿no lo crees? ¿por qué habrían de ocultarlo para luego dejarlo ir? Él regresó el mismo día en que ellos se fueron.

Ante esa catarata de preguntas, Wharton sacudió la cabeza.

-No puedo ni imaginarme. Ciertamente estaba entre los gitanos. Pero en cuanto a sus delirios, por llamarlos de alguna manera, hay una especie de belleza y coherencia sobre lo que dice que yo, bueno, no me gusta para nada.

El doctor lo miró con dureza.

-No estarás diciendo que…

-Doctor-dijo Wharton suavemente-, ¿recuerda lo que escribió sobre los herreros de la plata y su trabajo? Estaban haciendo una trampa de elfo. Bueno, creo que la trampa de elfo.. ¡lo atrapo!

-¿Qué?

Los ojos cansados de Locke se abrieron grandes. Una señal de alarma resplandeció en ellos. La alarma era por Wharton no por él mismo.

-¡Espera!- dijo este-. No he terminado. ¿Sabía que yo estaba en el salón de clases cuando el profesor Tademus murió?

-¿Así?

-¡Si! Fui el primero en asistirlo. Pero antes de eso, estaba cerca del escritorio. Hay tres ventanas en el frente de ese salón. Todas las demás personas se sentaban mirando al escritorio. Yo estaba sentado en dirección a las ventanas. El profesor entró al salón, dejo sus libros y giro en dirección a su clase. Mientras lo hacia, un rostro asomo por una de esas ventanas. Están cerca del suelo y una persona parada afuera puede asomarse fácilmente.

-La cabeza era de una mujer. No, no estoy inventando esto. Vi su cabeza envuelta por un pañuelo azul. Lo noté porque el azul del pañuelo me generó una extraña sensación de placer. Era el color exacto del cielo azul detrás de ella. Entonces levantó su mano, lo vi. Entre sus dedos había un ramo de flores amarillas… amarillas como la luz del sol. Las agitó de una manera que invitaba a ir con ella. Así.

-Entonces Tademus colapsó.

-Hay leyendas, sabe, de personas extrañas, mas o menos humanas, que aparentan ser gitanos, pero no son realmente gitanos, y que tienen extraños poderes. Su apariencia exterior es rustica y repugnante, pero detrás de eso, como un velo, llevan una extraordinaria vida oculta.

-Y un hombre que ha estado entre ellos una vez es atrapado, atrapado en la verdadera trampa de elfo, algo que el trabajo de los herreros solo representaba simbólicamente. Él puede escapar, pero no puede olvidar ni volver a integrarse a su propia especie, y para volver a estar entre ellos, debe caminar un oscuro camino que Tademus recorrió cuando ella lo llamo.

-Oh. Me he burlado de esos “cuentos de viejas chismosas” al igual que el resto de nuestra sobre-educada sociedad moderna. No podría volver a burlarme, vera, porque… ¿Qué es eso? ¿Una prescripción? ¿Para mi? Pero doctor usted no entiende. La vi, le digo que la vi. ¡Era Elva! ¡Elva! ¡Elva la de la madreselva silvestre y el pañuelo color del cielo.

Sombras rojas

Publicado originalmente en Weird Tales Magazine, agosto 1928.

Índice

Capitulo I. La llegada de Solomon

Capitulo II. La guarida del Lobo

Capitulo III. El cántico de los tambores

Capitulo IV. El Dios Negro

Capitulo V. El fin del sendero rojo

I. La llegada de Solomon

La luz de la luna brillaba tenuemente y proyectaba neblinas plateadas que creaban ilusiones entre los sombríos arboles. Una suave brisa susurraba en el valle y llevaba consigo una sombra que no era producida por a neblina lunar. Había un evidente pero tenue olor a humo.

El hombre cuyas largas y joviales zancadas, lentas pero resistentes, lo habían cargado durante una gran distancia desde el amanecer, se detuvo repentinamente. Un movimiento en los arboles había llamado su atención, se movió silenciosamente hacia las sombras, y apoyo suavemente su mano sobre la empuñadura de su larga y delgada espada tizona.

Avanzó cautelosamente, forzando sus ojos a romper la oscuridad bajo los arboles. Era un país salvaje y amenazador, la muerte podía acecharlo desde bajo esos arboles. Entonces, alejó su mano de la empuñadura y se inclinó hacia adelante. Efectivamente, la muerte estaba ahí, pero no en una forma que pudiera causarle temor.

-¡Por los fuegos del Hades!-murmuró-.¡Una muchacha! ¿Quién te ha hecho daño niña? No tienes nada que temer.

La chica levantó la mirada hacia él, su rostro era como una pálida rosa blanca en la oscuridad.

-¿Quién… quién es usted?-dijo con mucha dificultad.

-Un simple caminante, nada mas, un hombre sin tierra, pero amigo de quien me necesite-. Una voz tan amable era de alguna incompatible con un hombre como ese.

La chica intentó apoyarse sobre su codo para incorporarse y al instante él se arrodillo y la ayudó a sentarse apoyando su cabeza descansaba sobre su hombro. Su mano le tocó accidentalmente el pecho y la quitó rápidamente enrojecido y sudoroso.

-Dígame-su voz era suave, confortante, como si le hablara a un bebe.

-Le Loup- dijo ella con dificultad, su voz se hacia cada vez mas débil-. Él y sus hombres, bajaron a nuestra aldea, a dos kilometros valle arriba. Robaron, mataron, quemaron…

-Ese fue, entonces, el olor a humo que sentí-murmuró el hombre-. Continua niña.

-Corrí. Él, el Lobo, me persiguió, y me atrapo-sus palabras se desvanecieron con un tembloroso silencio.

-Entiendo niña. ¿Entonces?

-Entonces, él, él, me apuñaló, con su daga, ¡oh, bendito sean los santos! Piedad…

Repentinamente, la delgada figura perdió toda rigidez. El hombre la dejo gentilmente sobre la tierra, y toco suavemente su frente.

-Muerta-dijo entre dientes.

Se puso de pie lentamente, sacudiendo mecánicamente su capa. Una oscuridad se había apoderado entonces de su sombrío semblante. Pero aun así no hizo salvajes e imprudentes votos, ni hizo juramentos por los santos y los demonios.

-Morirán por esto-dijo fríamente.

II. La guarida del Lobo.

-¡Idiota!-Las palabras llegaron como un frío gruñido que cuajó la sangre del oyente.

El que había sido llamado idiota bajo sus ojos con hosquedad sin responder.

-¡Tú y todos los demás bajo mis ordenes!- El hablante se inclino hacia adelante, con sus puños golpeando enfáticamente sobre la áspera mesa que los separaba. Era alto, de contextura delgada, ágil como un leopardo con un rostro esbelto y cruel como un depredador. Sus ojos bailaban y centellaban con una especie de temeraria burla.

El secuaz al que le hablaba contestó con hosquedad-, este Solomon Kane es un demonio del Infierno, le digo.

-¡Calla insensato! Es un hombre, que morirá de un perdigón o de una estocada.  

-Eso pensaron Jean, Juan y La Costa-respondió el otro sombríamente-. ¿Y dónde están ahora? Pregúntale a los lobos de la montaña que están arrancando la carne de sus cadáveres. ¿Dónde se esconde este Kane? Hemos buscado por kilometros, en las montañas y los valles, y no hemos encontrado rastro alguno. Le digo, Le Loup, ha venido del Infierno. Sabía que nada bueno podía pasar cuando colgamos a ese fraile hace una luna.

El Lobo tamborileo impaciente sobre la mesa. Su agudo rostro, a pesar de las marcas de su vida salvaje y libertina, era el rostro de un pensador. Las supersticiones de sus seguidores no le afectaban en absoluto.

-¡A callar! He dicho. El sujeto ha encontrado alguna cueva o gruta secreta que no conocemos y se esconde ahí durante el día.

-Y sale por las noches y nos da caza-comentó el otro con un tono deprimente-. Nos caza como un lobo caza un venado, por Dios, Le Loup, tú te haces llamar el Lobo creo que finalmente has conocido a un lobo mas feroz y mas artero que tú. La primera vez que nos topamos con este hombre fue cuando encontramos a Jean, el bandido vivo mas temerario que existe, clavado a un árbol con su propia daga atravesada en el pecho, y las letras S.L.K talladas en sus mejillas muertas.

-Luego, Juan el Español cayó abatido, y cuando lo encontramos, vivió lo suficiente para decirnos que su asesino era un hombre inglés, Solomon Kane, que había jurado destruir a toda la banda. ¿Y luego? La Costa, el mejor espadachín de la banda después de usted, sale a buscarlo jurando acabar con este Kane. ¡Por los demonios de la perdición, parece ser que lo ha encontrado! Ya que encontramos su cuerpo con su espada atravesada sobre un precipicio. ¿Qué haremos ahora? ¿Acaso todos hemos de caer ante este villano inglés?

-Es verdad, nuestros mejores hombres han caído ante él-reflexionó el jefe de los bandidos-. Pronto, el resto regresará del hogar del hermitaño, entonces veremos. Kane no puede esconderse para siempre. Entonces… eh, ¿qué fue eso?

Ambos se dieron vuelta rápidamente mientras una sombra cubría la mesa. En la entrada de la cueva que constituía la guarida de los bandidos, un hombre se tambaleaba. Sus ojos bien abiertos y estupefactos, se tambaleaba sobre sus débiles piernas y una oscura mancha roja teñía su túnica. Avanzó un par de pasos y cayó rendido sobre la mesa y rodó al piso.

-¡Demonios del Infierno!-maldijo el Lobo, levantándolo del suelo y sentándolo en la silla-. ¿Dónde esta el resto, maldito seas?

-¡Muertos!¡Todos muertos!

-¿Cómo? ¡Habla por todos los Diablos!-dijo el Lobo sacudiendo al hombre salvajemente, los otros bandidos observaban la escena horrorizados con los ojos bien abiertos.

-Llegamos a la cabaña del ermitaño justo cuando la luna estaba alta en el cielo-dijo el hombre ente dientes-. Yo me quedé afuera, a vigilar, los demás entraron, para torturar al ermitaño hasta que revelará el lugar donde escondía su oro.

-¡Si, si! ¿Entonces qué pasó?-El Lobo ardía de impaciencia.

-Entonces el mundo se enrojeció, la cabaña estalló con un rugido y una lluvia roja inundó el valle, a través de ella pude ver, al ermitaño y a un hombre alto vestido completamente de negro, llegaron desde los arboles.

-¡Solomon Kane!-dijo a duras penas el otro bandido-¡Lo sabía! Yo…

-¡Silencio idiota!-gruñó el jefe-. ¡Continua!

-Huí, Kane corrió tras de mí… me hirió… pero logré dejarlo atrás… y llegué…aquí… primero.

El hombre se desplomó hacia adelante y cayó sobre la mesa.

-¡Santos y Demonios!-gritó enfurecido el Lobo

-. ¿Qué aspecto tiene este Kane?

-Es… como Satanás.

Su voz se apagó hasta quedar completamente en silencio. El hombre muerto se deslizó de la mesa y se convirtió en un bulto rojo en el suelo.

-¡Como Satanás!-balbuceó el otro bandido-. ¡Te lo dije! ¡Es el Cornudo en persona!¡Te lo dije…

Dejo de hablar cuando vio un aterrado se asomaba en la entrada de la cueva.

-¿Es Kane?

-Si-El Lobo estaba demasiado confundido para mentir-. Vigila, La Mon, la Rata y yo estaremos ahí en un momento.

El rostro se retiró y Le Loup se volvió hacia el otro.

-Esto acabó con la banda-dijo él-.Tú, yo y ese ladrón La Mon somos los únicos que quedamos. ¿Qué sugieres que hagamos?

Los labios pálidos de la Rata apenas formaron una palabra; “¡huyamos!”

-Tienes razón. Tomemos las gemas y el oro de los cofres y huyamos, utilicemos el pasadizo secreto.

-¿Y La Mon?

-Puede montar guardia hasta que estemos listo para huir. Pero… ¿por qué habríamos de dividir el tesoro en tres partes?

Una leve sonrisa se dibujó en los malévolos rasgos de la Rata. Hasta que un pensamiento lo golpeó repentinamente.

-Él-dijo señalando el cuerpo en el suelo-dijo, “llegue aquí primero”¿Eso significa que Kane venía detrás suyo?-Y al mismo tiempo que el Lobo asentía impaciente, el otro se giro a ver los cofres a toda prisa.

La luz de la vela que parpadeaba sobre la rustica mesa iluminó una extraña y salvaje escena. La luz, incierta y danzante, que había adquirido un tono rojizo por el lago de sangre sobre el cual yacía el muerto, danzó sobre pilas de gemas y monedas que habían sido extraídas rápidamente de los cobres enlatadas que cubrían los muros, el espectaculo centelleaba en los ojos del Lobo con la misma intensidad con la que brillaba su filosa daga.

Los cofres estaban vacíos, su tesoro yacía como una masa resplandeciente sobre el suelo ensangrentado. El Lobo se detuvo a escuchar. Afuera había silencio. No había luna y la vivida imaginación de Le Loup imaginó al asesino oscuro, Solomon Kane, deslizarse a través de esa oscuridad, una sombra entre sombras. Sonrió rechinando sus dientes; esta vez el inglés sería derrotado.

-Aun queda un cofre sin abrir-dijo él señalando.

La Rata, con una dubitativa exclamación de sorpresa, se inclino sobre el cofre indicado. Con un solo movimiento, ágil como un gato, el Lobo saltó sobre él y le clavó su daga hasta la empuñadura en la espalda, justo entre los hombros. La Rata se desplomó al suelo sin emitir sonido.

-¿Por qué dividir el tesoro entre dos?-murmuró Le Loup, limpiando su daga en la ropa del cadáver-. Ahora es el turno de La Mon.

Dio un paso en dirección a la entrada, pero se detuvo, se encogió y retrocedió.

Lo primero que pensó fue que la sombra de un hombre estaba de pie en la entrada de la cueva, entonces vio que en realidad si era un hombre, pero tan oscuro que la tenue luz de las velas le daba una apariencia fantástica, como si fuera una sombra.

Un hombre alto, tan alto como el mismo Le Loup, vestido de negro de pies a cabeza, con una túnica ajustada y sencilla que de alguna manera era apropiada para su rostro sombrío. Los brazos largos y hombros anchos anunciaban al espadachín, tan sencillo como la larga espada tizona en su mano. Los rasgos del hombre eran plomizos y saturninos. Una especie de oscura palidez le daba una apariencia fantasmal ante la escasa luz, y el efecto se amplificaba con la satánica oscuridad de sus ceño. Sus grandes ojos, impasibles y sin parpadear estaban fijos en el bandido, y al mirarlos, Le Loup no pudo decidir de que color eran. Extrañamente, la tendencia mefistofélica de sus rasgos se veía opacada por frente ancha y profunda, aunque parcialmente oculta bajo sus sombrero sin pluma.

Esa frente era la marca del soñador, el idealista, el introvertido, al igual que sus ojos y su delgada y recta nariz traicionaban al fanático. Un observador habría sucumbido ante la mirada de esos dos hombres que se enfrentaban en ese momento. Los ojos de ambos revelaban la secreta profundidad de sus poderes, pero ahí terminaban sus semejanzas.

Los ojos del bandido eran duros, casi opacos, con una superficialidad centelleante que reflejaban un millar de luces y esplendores cambiantes, como si estuvieran hechos de alguna extraña gema, había cinismo en esos ojos, crueldad y valor.

Los ojos del hombre de negro, por su parte, eran intensos y miraban fijamente desde bajo sus cejas prominentes, eran fríos pero profundos, al mirarlos de cerca, uno tenía la impresión de estar mirando incontables capas de hielo.

Ahora que sus ojos colisionaron, el Lobo, que estaba acostumbrado a inspirar temor, sintió un frio extraño recorrer su espinazo. La sensación era nueva para él, una emoción nueva para un hombre que vivía de emociones. Súbitamente empezó a reir.

-¿Asumo que usted es Solomon Kane?-preguntó, controlando su voz para sonar desinteresado y amable.

-Yo soy Solomon Kane-. La voz era estruendosa y poderosa-. ¿Está listo para conocer a su Dios?

-Monsieur-respondió Le Loup haciendo una reverencia-, le aseguro, estoy tan listo como lo estaré en la vida. Podría hacerle a usted la misma pregunta.

-Sin dudas me he expresado en forma incorrecta-, dijo Kane sonriente-. Voy a cambiarla: ¿Está usted listo para conocer a su amo, el Diablo?

-En cuanto a eso, Monsieur- Le Loup examinó sus uñas con una elaborada despreocupación- debo decir que si lo viera ahora tendría mucho que contarle a su Excelencia Cornuda, aunque en realidad no tengo intención de ir a verlo, por lo menos no por mucho tiempo.

Le Loup no se preguntó que había sido de La Mon; la presencia de Kane en la cueva era respuesta suficiente que no necesitaba ver la sangre en su tizona para comprobarlo.

-Lo que deseo saber, Monsieur-dijo el bandido-es ¿por qué, en nombre del Diablo, ha estado acosando a mi banda de esta manera, y cómo hizo para destruir a ese ultimo grupo de idiotas?

-La ultima pregunta es la mas sencilla de responder, señor-replicó Kane-. Yo mismo hice correr el rumor de que el ermitaño tenía en su poder una reserva considerable de oro para atraer a la escoria como un cadáver atrae a los buitres.Vigilé la cabaña durante días y noches, y esta noche, cuando vi que los villanos llegaban, advertí al ermitaño y nos ocultamos en los arboles detrás de la cabaña. Entonces, cuando los malhechores estuvieron dentro, encendí el rastro de pólvora que había trazado, y la llama recorrió los arboles como si fuera una serpiente roja hasta que alcanzó el deposito de pólvora que coloqué bajo el suelo de la cabaña. Entonces la cabaña y los trece pecadores se fueron al infierno en un gigantesco rugido de humo y llamas. Es verdad, uno escapó, pero lo hubiera matado en el bosque sino hubiera tropezado y caído sobre una raíz rota, eso le dio la ventaja para eludirme.

-Monsieur-dijo Le Loup con otra pequeña reverencia-, debo admitir que le debo mi admiración, es usted un valiente e ingenioso contrincante. Pero sigue sin contestar esto: ¿por qué ha estado siguiéndome como un lobo sigue a un venado?

-Hace alguna lunas-dijo Kane, con su ceño aun mas amenazante-, usted y sus amigos saquearon una pequeña aldea en el valle. Conoce los detalles mejor que yo. Había una muchacha ahí, apenas una niña, que, esperando escapar de su lujuria, huyó valle arriba, pero ustedes, chacales del Infierno, la atraparon, la violaron y la dejaron a morir. Yo la encontré ahí y sobre su cadáver juré darles caza y asesinarlos.

-Hum-musitó el Lobo-. Si, recuerdo a la muchacha. Mon Dieu, así que todo esto es una cuestión sentimental. Monsieur, no había pensado en usted como un hombre sentimental, no se ponga celoso, amigo, hay muchas chicas mas.

-¡Cuidado, Le Loup!-exclamó Kane, su voz cargada con un tono aterrador-, nunca he torturado a un hombre hasta la muerte, ¡pero por Dios, señor, usted me está tentando!

El tono, y especialmente su inesperado juramento, de la forma en que la expresó Kane, sacudió ligeramente a Le Loup; sus ojos se rasgaron y su mano se movió rápidamente hacia su espada. El aire se tensó por un instante; entonces el Lobo se relajó trabajosamente.

-¿Quién era la joven?-preguntó con pereza-¿Tu esposa?

-Nunca la había visto antes-respondió Kane.

-¡Nom d’un nom!-maldijó el bandido-. ¿Qué tipo de hombre es usted, Monsieur, que emprende este tipo de enemistad solo para vengar a una mujer desconocida?

-Eso, señor, es asunto mío, con concretarlo será suficiente.

Kane no podría haberlo explicado, ni siquiera a sí mismo, pero jamas buscaba explicaciones para convencerse de algo. Era un autentico fanático, sus instigaciones eran razones suficientes para justificar sus acciones.

-Tiene razón, Monsieur-Le Loup venía discutiendo por un buen rato ya, casualmente retrocediendo poco a poco con tal habilidad que no levantó sospechas ni siquiera ante el halcón que lo observaba.

-Monsieur-dijo él-, probablemente afirme ser simplemente un noble caballero, deambulando como si fuera un autentico Galahad, protegiendo a los débiles, pero usted y yo sabemos la verdad. Ahí en el suelo está el equivalente al rescate de un emperador. Dividamoslo pacíficamente, luego si no le gusta mi compañía, podemos ir cada uno por su camino.

Kane se inclinó hacia adelante con una terrible y amenazador brillo creciendo en sus fríos ojos. Era como un gran cóndor a punto de lanzarse sobre su victima.

-Señor, ¿me considera usted un villano tan grandioso como usted?

De repente, Le Loup tiró su cabeza hacia atrás con sus ojos danzando y saltando en una salvaje risotada cargada de burla y de una especie de demencial intrepidez. Sus fuertes carcajadas reverberaron por toda la cueva.

-¡Por los Dioses del Infierno! ¡No, idiota, no creo que esté a mi altura! Mon Dieu, Monsieur Kane, tiene usted una verdadera tarea entre manos si pretende vengar a todas las mocosas que han caído en mis fauces.

-¡Sombras de la muerte! No desperdiciare mas tiempo parloteando con esta sabandija-rugió Kane con una voz repentinamente sanguinaria, y su postura cambio rápidamente.

Al mismo tiempo, Le Loup con su risa salvaje se echó hacia atrás con un movimiento tan rápido como el de Kane. Su sincronización fue perfecta, con un manotazo dio vuelta la mesa y la hizo a un lado, apagando la única vela y sumiendo la cueva en la oscuridad.

La tizona de Kane cantó como una flecha en la oscuridad mientras éste arremetía a ciegas con ferocidad.

“¡Adieu, Monsieur Galahad!” La burla venía de algún lugar frente a él,pero Kane, se lanzó furiosamente hacia el sonido pero rebotó contra un muro solido que no cedió ante su estocada. De algún lugar parecía llegar el eco de la risa burlona.

Kane giró sobre sí mismo, con los ojos fijos en el tenue contorno de la entrada, pensando que su rival sin dudas intentaría pasar junto a él para salir de la cueva; pero no pudo ver nada, levantó la vela del suelo, la encendió, y descubrió que la cueva estaba vacía, excepto por él y los hombres muertos en el suelo.

III. El cántico de los tambores

El susurro llegó a través de las aguas turbulentas: ¡boom, boom, boom! una tétrica repetición. A la distancia y con un sonido mucho mas atenuado llegaba un susurro en un timbre diferente; ¡thrum, throom, thrum! Ida y vuelta, las vibraciones viajaban mientras el rugir de los tambores hablaban el uno con el otro. ¿Qué historias contarían? ¿Qué monstruosos secretos susurraban a través de los lúgubres y sombríos rincones de esta selva inexplorada?

-¿Es ahí, estas seguro, esa es la bahía donde el barco español ha atracado?

-Si, señor,el negro jura que fue en esa bahía donde el hombre blanco bajo solo del barco y se internó en la selva.

Kane asintió con seriedad.

-Entonces déjame bajar aquí, solo. Espera siete días, si no he regresado para entonces y no sabes nada de mi, vete, toma el barco y navega a donde tu quieras.

-Si, señor.

Las olas mecían suavemente contra el bote que llevaba a Kane a la orilla. La aldea que había estado buscando estaba en la orilla del río, pero retraída de la costa de la bahía, la selva la ocultaba y no podía verse desde el barco.

Kane había optado por lo que parecía ser el camino mas peligroso, había bajado a la costa de noche, por razones que solo él conocía, si el hombre que buscaba estaba en la aldea, nunca lo alcanzaría a plena luz del día. Estaba eligiendo la opción mas peligrosa de adentrarse en la selva por la noche, pero estaba acostumbrado, había tomado ese tipo de decisiones toda su vida. Ahora se jugaba la vida ante la remota posibilidad de llegar a la aldea de nativos bajo el amparo de la oscuridad y sin que los éstos lo vieran.

Dejó el bote en la playa con algunas pocas indicaciones, y los remeros regresaron al barco anclado a una buena distancia de la bahía, se volvió entonces y se internó en la oscuridad de la selva. Espada en mano, una daga en la otra, avanzó, esperando seguir el cántico de los tambores que seguían murmurando y gruñendo.

Avanzó con los movimientos ágiles y sigilosos de un leopardo, tanteando cuidadosamente su camino, atento ante cada alerta por pequeña que fuera, no era un camino fácil. Las lianas lo hacían tropezar y le golpeaban el rostro, impidiendo su avance, se vio obligado a caminar tanteando la corteza de los inmensos arboles, y atravesar las malezas donde se oían vagos y amenazantes crujidos y sombras que se movían. Tres veces su bota chocó contra algo que se movió y se alejó crepitando, hasta alcanzó a ver el siniestro brillo de los ojos de un felino entre los arboles. Sin embargo, todos se alejaban de su camino.

Trum,trum, trum, seguía el incesante ritmo monótono de los tambores, guerra y muerte (decían), sangre y lujuria, sacrificio humano y festín. El alma de África (decían los tambores); el espíritu de la selva, el cántico de los dioses de la oscuridad, los dioses que rugen y farfullan, los dioses que el hombre conoció cuando el mundo amanecía, con ojos de bestia, la boca entreabierta, barrigas inmensas, sanguinarios, los Dioses Negros (cantaban los tambores).

Todo esto y mas percibió Kane del rugir de los tambores mientras luchaba por atravesar la selva. En alguna parte de su alma, una fibra sensible sintió el llamado y respondió. Tu también eres de la noche (cantaban los tambores); hay fuerza en la oscuridad, la fuerza del ser primitivo dentro tuyo, regresa a tiempos ancestrales, déjanos enseñarte, déjanos enseñarte (cantaban los tambores).

Kane salió de la espesura de la selva y encontró un sendero claramente definido. Mas allá de los arboles se veía el resplandor de los fuegos de la aldea, las llamas brillaban a través de la empalizada. Kane caminó rápidamente por el sendero.

Avanzó silenciosamente y con cautela, con su espada extendida frente a él, sus ojos luchaban por detectar algún indicio de movimiento en la oscuridad delante ya que los arboles se cernían como sombríos gigantes a cada lado del sendero, con sus grandes ramas entrelazadas sobre el sendero y dejaban ver muy poco lo que había adelante.

Se movió por el sombrío sendero como un espectro de la oscuridad, se detuvo repentinamente y escuchó con atención, sin advertencia alguna, una mole inmensa y difusa se levantó desde las sombras y lo derribó, silenciosamente.

IV. El Dios Negro

¡TRUM,TRUM,TRUM! Desde algún lugar, llegaba un ritmo monótono y amortiguado que se repetía, una y otra vez, siempre el mismo mensaje, “¡necio,necio, necio!” Por momentos estaba lejos y por momentos sentia que podía estirar su mano y alcanzarla. Ahora se fundía con el zumbido en su cabeza hasta que las dos vibraciones se convertían en una sola: “¡necio, necio, necio!”

La confusión atenuó y se desvaneció. Kane intentó llevar su mano a su cabeza pero descubrió que estaba atado de pies y manos. Estaba tirado en el suelo de una cabaña. ¿Solo? Se retorció para ver mejor el lugar. No, dos ojos brillantes lo observaban desde la oscuridad. Ahora la figura tomaba forma, y Kane, aun confundido, creyó que estaba ante el hombre que lo había dejado inconsciente. Pero no, ese hombre jamas hubiera podido asestarle semejante golpe. Era delgado, marchito y arrugado. Lo único que parecía tener vida en él eran sus ojos, y eran como los ojos de una serpiente.

El hombre se agazapó en el suelo de la cabaña, cerca de la puerta, estaba desnudo excepto por un taparrabos y la parafernalia típica de su tribu, brazaletes, tobilleras y pulseras. Raros fetiches de marfil, hueso y piel, tanto humana como animal, adornaban sus brazos y sus piernas. De repente e inesperadamente habló en mi idioma.

-¿Estas despierto hombre blanco?¿Por qué has venido aquí, eh?

Kane hizo la pregunta inevitable, siguiendo el habito de un hombre caucásico.

-¿Hablas mi lengua, como es eso posible?

El hombre negro sonrió.

-Yo esclavo, hace mucho tiempo, cuando niño. Yo, N´Longa, hombre mágico, gran fetiche. ¡No hay hombre negro como yo! ¡Tu hombre blanco ¿cazas a hermano?

Kane renegó-.Yo. Hermano.Busco a un hombre, si.

El negro asintió. ¿Y si lo encuentra?

-Morirá.

El negro sonrió nuevamente-.Yo, poderoso hombre mágico-anunció como de la nada. Se acercó-. Hombre blanco, usted caza, al ojos de leopardo, ¿eh?¿Si? ¡Ja ja ja ja! Escuche, hombre blanco, hombre ojos de leopardo, él y el Jefe Songa hace un equipo poderoso, son hermanos de sangre ahora. No diga nada, yo le ayudo, usted me ayuda, ¿si?

-¿Por qué habría de ayudarme?-preguntó Kane con sospechas.

El hombre mágico se acercó y susurró-, hombre blanco es mano derecha de Songa, Songa mas poderoso que N´Longa. ¡Hombre blanco es poderoso mago! Hermano blanco de N´Longa mata hombre con ojos de leopardo, y sera hermano de sangre de N´Longa, N´Longa será mas poderoso que Songa, fin de la pelea.

Y así, como un fantasma en la oscuridad, salió flotando de la cabaña con tanta agilidad que Kane no estaba seguro si todo el asunto había sido mas que un sueño.

Kane podía ver el resplandor de las llamas ahora. Los tambores seguían sonando, pero al estar mas cerca, los tonos se fundían y se mezclaban y las vibraciones que producían los impulsos que había sentido antes se perdían. Todo parecía apenas un clamor bárbaro sin rima ni razones, pero sin embargo había un cierto mensaje de fondo ahí, una especie de burla y alarde.

“Mentiras,”pensó Kane, con su mente aun divagando, “la selva miente igual que esas mujeres de la selva que atraen a los hombres a su perdición.”

Dos guerreros entraron a la cabaña, gigantes negros, cubiertos de pintura y armados con rusticas lanzas. Levantaron al hombre blanco y lo arrastraron fuera de la cabaña. Lo arrastraron hasta un espacio abierto, lo apoyaron contra un poste y lo ataron. Frente a él, detrás suyo, y todo a su alrededor, había un gran semicírculo de rostros negros que lo observaban maliciosamente y se fundían con la oscuridad, apenas iluminados por la luz del fuego, que crecía y se aplacaba. Ahí, frente a él se erigía imponente una horrenda y obscena figura, una masa negra, amorfa, una grotesca parodia de ser humano. Firme, reflexivo y bañado en sangre, como si fuera la forma física del alma de África, el horror, el Dios Negro.

Frente a la figura, a cada lado, en tronos rústicamente tallados en teca, habían dos hombres sentados. El de la derecha era un hombre negro, inmenso, desgarbado, una gigantesca y horrenda masa de carne oscura y musculo. Sus ojos pequeños como los un cerdo parpadeaban sobre un sus mejillas marcadas por el pecado, sus labios rojos, gruesos se fruncían con evidente arrogancia.

El otro…

-Ah, Monsieur, nos volvemos a ver-. El hablante estaba lejos de ser el gallardo villano que había burlado a Kane en aquella cueva en las montañas. Sus vestimentas eran harapos, su rostro estaba curtido, y se había consumido en los años que habían pasado. Pero aun así sus ojos conservaban el brillo y el valor de antaño y su voz, el mismo timbre burlón.

-La ultima vez que escuché esa maldita voz-dijo Kane con tranquilidad-fue en una cueva, en la oscuridad, de donde huiste como una rata.

-Si, bajo condiciones muy distintas-respondió Le Loup imperturbable-.¿Qué hizo usted después de tropezar como elefante en la oscuridad?

Kane dudo en contestar, pero entonces dijo; “Abandoné la montaña…”

-¿Por la entrada frontal verdad? Me imaginé que era demasiado estúpido para encontrar la puerta secreta. Pezuñas del Diablo, si hubiera presionado usted el cofre con el cerrojo dorado que estaba contra el muro, la puerta se hubiera abierto y le hubiera revelado el pasadizo secreto por el cual escapé.

-Lo rastreé hasta el puerto mas cercano, donde abordé un barco y lo seguí hasta Italia, donde le perdí el rastro-dijo Kane.

-Si, por los santos, casi me acorraló en Florencia. Ja ja, salí por la ventana de atrás mientras Monsieur Galahad pateaba la puerta frontal de la taberna. Si su caballo no lo hubiera abandonado, me habría atrapado en el camino a Roma.

-De nuevo, el barco en el que deje España apenas había zarpado cuando vi a Monsieur Galahad cabalgar hasta el muelle. ¿Por qué está tan empecinado en seguirme de esa manera? No lo entiendo.

-Porque es usted un fugitivo y es mi destino acabar con su vida-respondió fríamente Kane. No lo entendía. Toda su vida había deambulado por el mundo ayudando a los débiles y luchando contra la opresión, no sabía por qué ni se lo cuestionaba. Era su obsesión, lo que daba sentido a su vida. La crueldad y la tiranía hacia los débiles encendía una furia enardecida y feroz en su alma. Cuando la llama de su odio se encendía, no había descanso para él hasta que su venganza no estuviera completamente realizada. Si lo hubiera pensado un poco, se consideraría así mismo como el ejecutor del juicio de Dios, un recipiente de ira que solo se descargaba sobre las almas de los injustos. Aunque no era un Puritano en el estricto sentido de la palabra, Solomon Kane se consideraba como tal.

Le Loup se encogió de hombros-. Lo entendería si lo hubiera agraviado personalmente. ¡Mon Dieu! Yo también seguiría a mi enemigo hasta el fin del mundo, pero, aun cuando con gusto lo habría asesinado y asaltado, nunca había oído de usted hasta que me declaró la guerra.

Kane guardó silencio, la furia se había apoderado de él. Aunque él no lo supiera, el Lobo era mas que un simple enemigo para él: el bandido simbolizaba, para Kane, todo lo que el Puritano había combatido durante toda su vida; la crueldad, la barbarie, la opresión y la tiranía.

Le Loup interrumpió entonces sus vengativas meditaciones-. ¿Qué hizo con mis tesoros? ¡Dioses del Hades, me tomó años acumularlos!. Quiso el Diablo que alcanzará a tomar apenas un puñado de monedas y chucherías en la huida.

-Tomé lo que necesitaba para darle caza. El resto se lo di a los aldeanos que habían saqueado.

-¡Por todos los santos y los demonios!-maldijo Le Loup-.Monsieur, es usted el necio mas grande que he conocido en mi vida. Tirar así semejante tesoro, por Satan, me enfurece pensar que termino en las manos de simples campesinos, ¡repugnantes aldeanos! ¡Se robarian y matarian unos a otros por esa riqueza! Es la naturaleza humana.

-Maldito seas!-estalló Kane súbitamente, mostrando que su consciencia no había estado tranquila-. Sin dudas lo harán, pobres tontos. ¿Pero qué podía hacer? Si los hubiera dejado en la cueva, esa gente se hubiera muerto de hambre. Si lo hubieran encontrado, también habría habido robos y asesinatos. Es todo culpa tuya, si ese tesoro hubiera estado en manos de sus legítimos dueños, ese problema no existiría en absoluto.

El Lobo sonrió sin responder. Como Kane no era un hombre profano, sus extrañas maldiciones tenían un doble efecto y siempre sorprende a sus oyentes, sin importar lo despiadado e implacable que pueda ser.

Fue Kane quien habló a continuación. “¿Por qué has huido de mi al otro lado del mundo? No es temor lo que te ha impulsado.”

-No, tienes razón. En realidad no lo sé; quizás se me ha hecho un habito y me es difícil dejarlo. He cometido el error de no matarlo esa noche en las montañas. Estoy seguro de que podría matarlo en una pelea justa, pero nunca pretendí, incluso ahora, tenderle una emboscada. De alguna manera, no tenía deseos de encontrarme con usted, Monsieur, un capricho mío, un simple capricho. ¡Entonces, Mon Dieu! Quizás he disfrutado de esta nueva sensación, y yo que pensaba que había agotado todas las emociones en esta vida. Es claro, un hombre debe ser la presa o el cazador. Hasta ahora, Monsieur, yo era la presa, pero me he cansado de jugar ese rol, pensé que me había perdido el rastro por completo.

-Un esclavo, traído de estos lares, le contó al capitán de un barco portugués de un hombre blanco que había descendido de un barco español y se había internado en la selva. Escuché esa historia y alquilé el barco, pagando a su capitán para que me trajera a este lugar.

-Monsieur, lo admiro por su entrega, pero usted debería admirarme también. Solo, he venido a esta aldea, y solo, entre caníbales y salvajes, con apenas un poco de conocimiento de su lengua que aprendí de un esclavo a bordo del barco, he ganado la confianza del Rey Songa y reemplazado a ese bufón N´Longa. Soy un hombre mas valiente que usted, Mondieu, ya que no tengo un barco al cual retirarme, y un barco si espera por usted.

-Admiro su coraje-dijo Kane-, pero está feliz de reinar entre caníbales, usted, el alma mas negra de todas aquí presente. Yo pretendo regresar con mi gente cuando termine con usted.

-Si no fuera gracioso, su confianza sería admirable. ¡Ho, Gulka!

Un nativo inmenso se interpuso entre ellos. Era el hombre mas grande que Kane había visto en su vida, aunque se movía con la agilidad y flexibilidad de un gato. Sus brazos y piernas eran como arboles, y sus enormes y serpenteantes músculos vibraban con cada movimiento. Su simiesca cabeza simétricamente instalada entre sus gigantescos hombros. Sus oscuras y poderosas manos eran como los de un simio, y las cejas, retraídas sobre sus bestiales ojos. Su nariz enorme y achatada y sus gruesos labios completaban su imagen de primitiva lujuria y salvajismo.

-Es Gulka, el mata gorilas-dijo Le Loup-. Fue él quien lo espero junto al sendero y lo dejo inconsciente. Es usted como un lobo, igual que yo, Monsieur Kane, pero desde que bajó de ese barco hemos tenido muchos ojos puestos en usted, y aun con todas las habilidades del leopardo a su disposición, no hubiera visto venir a Gulka ni lo hubiese oído. Él caza a las mas terrible de todas las bestias, en su bosque nativo, al norte de aquí, la bestia que camina como hombre, como esa de ahí, la cual cazó hace unos días atrás.

Kane siguió los dedos de Le Loup con sus ojos y encontró una criatura curiosa, parecida a un hombre colgando del techo de una cabaña. El extremo dentado de una lanza atravesaba la criatura y la mantenía en su lugar. Kane apenas podía distinguir sus características a la luz del fuego, pero tenía una extraña y horrenda semejanza con la figura de un peludo ser humano.

-Es una gorila hembra que Gulka mató y trajo a la aldea-dijo Le Loup.

El gigante se acercó a Kane y miro directo a los ojos del hombre blanco. Kane le devolvió la mirada sombríamente, y los ojos del negro cayeron duramente, se agazapo y retrocedió unos pasos. Una sola mirada de los lúgubres ojos del Puritano había penetrado las primitivas nieblas del alma del mata-gorilas y por primera vez en su vida había sentido temor. Para sacudírselo, miró desafiante a su alrededor, y, con inesperada animalidad, golpeó su inmenso pecho ruidosamente, sonrió cavernosamente y flexionó sus poderosos brazos. Nadie dijo una palabra. La bestialidad se había apoderado del escenario y lo mas desarrollados miraban con una mezcla de sensaciones de entretenimiento, tolerancia y desprecio.

Gulka miró furtivamente a Kane para ver si el hombre blanco lo observaba, entonces, con un repentino y bestial rugido, se precipito hacia adelante y arrastró a un hombre del semicírculo.Mientras la temblorosa victima aullaba pidiendo piedad, el gigante lo arrojó sobre el rustico altar frente al ídolo sombrío. Un lanza se elevó en el aire,bajo rápidamente, y el aullido se detuvo. El Dios Negro observaba, sus monstruosos rasgos parecían mirar con lujuria ante la intermitente luz de la fogata. Había bebido, ¿será que el Dios Negro estaba satisfecho con la ofrenda, con el sacrificio?

Gulka retrocedió, y se detuvo frente a Kane, y sacudió la ensangrentada lanza frente a sus ojos.

Le Loup rió. Entonces,súbitamente, N´Longa apareció. No salio de ningún lugar en particular, solo estaba ahí, junto al poste donde Kane estaba atado. Una vida dedicada al estudio del arte de la ilusión le habían dado al hombre mágico una técnica altamente especializada en lo que hacia a aparecer y desaparecer, lo cual después de todo, consistía básicamente en medir la atención de la audiencia.

Apartó a Gulka con un gesto y el hombre gorila retrocedió, pero solo hasta que N´Longa dejó de mirar, entonces con una agilidad increíble, se volvió y le asestó al hombre mágico un golpe tremendo en la cabeza con su mano abierta. N´Longa se desplomó como un búfalo herido y segundos después ya lo habían atado a un poste junto a Kane. Un murmullo de incertidumbre creció entre la multitud pero fue rápidamente aplacado por la furiosa mirada del Rey Songa.

La Loup se echó para atrás en su trono y se rió jocosamente.

-El rastro termina aquí, Monsieur Galahad. Ese anciano idiota creyó que no conocíamos sus planes. Yo estaba escondido fuera de la cabaña y escuché la interesante conversación que tuvieron. Ja Ja Ja. El Dios Negro debe beber, Monsieur, pero he persuadido a Songa de quemarlos vivos, eso será mucho mas entretenido, aunque me temo que debemos renunciar al festival. Ya que después de que encendamos el fuego a sus pies ni el diablo en persona podría evitar que sus cuerpos se conviertan en simples pilas de huesos chamuscados.

Songa gritó algo imperiosamente y sus sirvientes aparecieron cargando madera que apilaron a los pies de N´Longa y Kane. El hombre mágico había recuperado la consciencia y gritaba algo en su lengua nativa. De nuevo, un murmullo recorrió la sombría multitud. Songa respondió con un ruidoso gruñido.

Kane miraba la escena de un modo casi impersonal. De nuevo, en algún lugar de su alma, en un lugar profundo, primigenio y difuso, algo se sacudía, recuerdos de antaño, cubiertos por el velo nebuloso de eones perdidos. Había estado ahí antes, pensó Kane; esta misma escena, las espeluznantes llamas, y el dios, el Dios Negro, ahí en las sombras. Siempre el Dios Negro, acechando desde las sombra. Conocía los gritos, los cánticos frenéticos de sus adoradores, a lo lejos, en el gris amanecer del mundo, el discurso del bramido de los tambores, los predicadores cantando, esa esencia repugnante predominante de la sangre recién derramada. Todo eso, lo conocía, en algún lugar, en algún momento, pensó Kane, ahora yo soy el actor principal…

Se dio cuenta entonces de que alguien le hablaba entre el rugido de los tambores, no se había percato que los tambores habían vuelto a sonar. Ese alguien era N´Longa.

-¡Soy un mago poderoso! Mira ahora; hago magia poderosa. ¡Songa!-su voz se elevo como un alarido ahogado por el salvaje clamor de los tambores.

Songa sonrió ante las palabras que N´Longa le dedicaba. El cántico había descendido ahora a un suave y siniestro monótono y Kane pudo oír como Le Loup decía:

-N´Longa dice que va a realizar una magia,una magia muerta incluso desconocida. No hay hombres vivos que la hayan visto, es una magia sin nombre. Observe cuidadosamente, Monsieur, es posible que haya mas diversión en camino-dijo el Lobo y rió sardónicamente.

Un nativo se detuvo frente a Kane y con una antorcha encendió la pira de madera. Pequeñas chispas de llama empezaron a agarrar vuelo. Otro se inclino para hacer lo mismo en la pira de N´Longa pero titubeó. El hombre mágico quedó sostenido por sus ataduras, su cabeza cayó sobre su pecho. Parecía estar muriendo.

Le Loup se inclinó hacia adelante y maldijo, “Por todos los diablos! ¿Es que esta escoria va a dejarnos sin el placer de verlo retorcerse entre las llamas?”

El guerrero tocó cuidadosamente la frente del hechicero y dijo algo en su lengua nativa.

Le Loup lanzó una carcajada: “Se murió de miedo. Que gran hechicero resulto ser…”

Su voz se apagó repentinamente. Los tambores cesaron como si los músicos hubieran caído muertos al unisono. El silencio cayó como un manto de niebla sobre la aldea y en esa quietud Kane pudo oír el crepitar de las llamas cuyo calor empezaba a sentir.

Todos los ojos se posaron sobre el hombre muerto en el altar, ya que su cuerpo había empezado a moverse.

Primero, su mano se crispo, luego su brazo hizo un vano movimiento, un movimiento que gradualmente se esparció por el cuerpo y las extremidades. Lentamente, con gestos inciertos, el hombre muerto se volteó hacia un lado, donde sus miembros arrastrados encontraron la tierra. Entonces, como una criatura recién nacida, se tambaleó y se incorporó como un aterrorizado reptil saliendo del cascaron, con sus piernas bien separadas y rígidas, sus brazos seguían haciendo inútiles e infantiles movimientos. Un silencio atronador excepto por la pesada de respiración de un hombre en la multitud que resonaba entre la quietud. Kane observó, por primera vez en su vida se había quedado sin palabras. En su mente Puritana esto no podía sino ser obra del mismísimo Satanás.

Le Loup dio un salto en su trono, con los ojos bien abiertos y su mano aun flexionada en el aire de un gesto descuidado que quedo congelado por la irrupción de esa increíble escena. Songa compartió su reacción, con sus dedos tiritando sobre los brazos tallados de su trono.

Ahora el cuerpo erguido, tambaleándose en sus piernas tiesas, tenía el cuerpo tirado hacia atrás hasta que sus ciegos ojos parecían mirar directo a la luna roja que empezaba a asomar sobre la selva negra. La criatura se tambaleó sin rumbo, dibujando erráticos semicírculos, con los brazos extendidos grotescamente como si buscara equilibrarse, hasta que logró ubicarse frente a los dos tronos y frente al Dios Negro. Una rama ardiente a los pies de Kane crujió fuerte y rompió la intensidad del silencio. El horror levantó su oscuro pie y dio un paso al frente, y luego otro, y otro. Con pasos torpes y tiesos como los de un autómata, el hombre muerto caminó directo hacia los dos que enmudecidos por el horror se sentaban junto al Dios Negro.

“¡AHHH!”explotó un grito desde algún lugar del sombrío semicírculo de aterrorizados adoradores. Frente a ellos, el tenebroso espectro. Estaba apenas a tres pasos del trono, y Le Loup, invadido por el miedo por primera vez en su condenada vida, se retrajo en su silla, mientras Songa, con un esfuerzo sobrehumano rompió las cadenas de terror que lo habían dejado indefenso, y rompió la noche con un grito salvaje, se puso de pie de un salto y levantó su lanza, sacudiéndola amenazadoramente. Pero la espectral criatura no se detuvo ni pareció advertir la amenaza, el rey blandió su lanza con toda la potencia de sus enormes músculos y le atravesó el pecho al hombre muerto,desgarrando carne y huesos. Pero eso no detuvo a la criatura, ya que los muertos no pueden morir, y el rey Songa, se quedó congelado con los brazos extendidos como si intentara repeler el terror.

Ese instante, a la luz de las llamas danzantes y la tétrica luz de la luna, se grabó para siempre en las mentes de los presentes. Los impasibles ojos del cadáver miraron directamente a los desorbitados ojos de Songa, donde se reflejaron todos los horrores del infierno.

Entonces, los brazos de la criatura cobraron vida y sus manos muertas cayeron sobre los hombros de Songa. El rey pareció encogerse y temblar ante el primer contacto, y con un grito que atormentaría los sueños de cada observador por el resto de su vida, sucumbió y se desplomó junto con el rígido hombre muerto. A los pies del Dios Negro yacieron inmóviles, y la aturdida mente de Kane creyó ver que los grandes e inhumanos ojos del ídolo los miraba con atención y reía despiadadamente.

En el instante en que el rey cayó, un grito masivo se elevó en la multitud de nativos, y Kane, con la claridad que le daba el odio profundo que sentía por él, vio como Le Loup saltaba de su trono y se desvanecía en la oscuridad. Su visión se nubló entonces con una multitud de figuras oscuras que ocuparon el espacio frente al ídolo. Apartaron sus pies del fuego, un fuego que Kane había ignorado de todas formas y lo liberaron, otros liberaron el cuerpo del hechicero y lo apoyaron sobre la tierra.

Kane entendió, aun en su estado, que los nativos creyeron que la escena había sido obra de N´Longa, y que su venganza de alguna manera tenía algo que ver con él. Se inclinó, apoyó su mano sobre el hombro del hombre mágico. Sin duda alguna, estaba muerto, su carne ya estaba fría. Miro al resto de los cuerpos. Songa también había muerto, y la criatura que lo había matado yacía inmóvil.

Kane empezó a levantarse pero se detuvo súbitamente. ¿Estaba soñando o le pareció que el cuerpo que tocaba estaba recuperando su calor? Perplejo, se volvió a inclinar sobre el cuerpo del hechicero, y efectivamente sintió como la temperatura empezaba a volver a sus extremidades y su sangre volvía a fluir nuevamente en sus venas.

Entonces, N´Longa abrió sus ojos y miró a Kane con la misma expresión vacía de un bebe recién nacido. Kane observó, con la piel de gallina, y vio como el brillo reptiliano y sabio regresaba a sus ojos, vio como los gruesos labios del hechicero dibujaban ahora una enorme sonrisa. N´Longa se sentó y un extraño cántico surgió de entre la multitud.

Kane miró a su alrededor. Los nativos estaban de rodillas, bamboleando sus cuerpos hacia adelante y hacia atrás, y en su palabras, Kane alcanzó a distinguir una palabra “¡N´Longa!”, repetido una y otra vez en una especie de estremecedor refrán de éxtasis, miedo y devoción. Cuando el hechicero se puso de pie, todos se postraron al unisono.

N´Longa asintió, como si estuviera satisfecho.

-¡Gran mágico, yo, gran fetiche!-le anunció a Kane-. ¿Ha visto? ¡Mi fantasma salio, mató a Songa, regresó a mi! ¡Gran magia! ¡yo,gran fetiche!

Kane miró al Dios Negro retraído en las sombras, a N´Longa, que ahora estiraba sus brazos hacia su ídolo como si lo invocara.

Soy eterno (imaginaba Kane que el Dios Negro diría); yo bebo, sin importar quien reine, jefes, asesinos, hechiceros, pasan frente a mi como los fantasmas de hombres muertos que atraviesan la selva gris; yo prevalezco, yo reino; yo soy el alma de la selva (decía el Dios Negro).

De repente,Kane regresó del niebla imaginaria en la que se había sumergido.


-¡El hombre blanco!¿Por dónde se fue?

N´Longa gritó algo. Un puñado de manos señalaron, alguien le acercó su espada tizona. Las nieblas atenuaron y se desvanecieron, de nuevo era el vengador, el azote de los injustos, con una súbita y volcánica velocidad de un tigre, tomó su espada y partió.

V. El fin del sendero rojo.

Ramas y lianas azotaban su rostro. El opresivo vapor de la noche tropical se elevaba a su alrededor como una neblina. La luna, ahora alta en el cielo de la selva, describía sombras oscuras con su blanco resplandor y trazaba grotescos patrones sobre el suelo de la selva. Kane no sabía si el hombre que buscaba estaba delante suyo, pero las ramas rotas y los arbustos pisoteados mostraban que alguien había pasado por ahí, alguien que huía rápidamente y no se detenía ante nada.

Kane siguió ese rastro sin dudar. Creía en la justicia de su venganza, no tenía dudas de que los oscuros seres que gobiernan sobre los destinos de los hombres eventualmente lo llevarían frente a frente con Le Loup.

Detras suyo los tambores retumbaban y murmuraban. Que historia tenían para contar esta noche luego triunfo de N´Longa, la muerte del rey negro, el derrocamiento del hombre blanco con ojos de leopardo, y un cuento un poco mas oscuro, un cuento que debía susurrarse muy bajo, en suaves vibraciones, el cuento de magia sin nombre.

¿Lo había soñado? Se preguntó durante su marcha. ¿Había sido todo parte de algún infame hechizo? Había visto a un hombre muerto levantarse, matar y volver a morir, había visto a un hombre morir y volver a la vida. ¿Será que N´Longa realmente había enviado su fantasma, su alma, su esencia de vida directo al vacío, para apoderarse de un cuerpo y que éste hiciera su voluntad? Si, N´Longa realmente había muerto ahí, atado al poste de tortura, y el que yacía muerto en el altar se levantó e hizo lo que N´Longa hubiera hecho si hubiese estado libre de amarras. Entonces, la fuerza invisible que daba vida al hombre muerto desapareció, y N´Longa volvió a vivir.

Si, Kane pensó, tenía que admitir que había sucedido. En algún lugar de los oscuros confines de la selva y el río, N´Longa había encontrado el Secreto, el Secreto para controlar la vida y la muerte, para superar las barreras y limitaciones de la carne. ¿Cómo había llegado este oscuro conocimiento, nacido en las oscuras y sangrientas sombras de esta tierra sombría, a las manos del hechicero? ¿Qué tipo de sacrificio le habían ofrecido a los Dioses Negros que los había complacido tanto, qué monstruosos rituales habían hecho para que le concedieron el conocimiento de una magia como esta? ¿Qué tipo de viaje atemporal e irreflexivo había hecho N´Longa cuando eligió enviar su ego, su fantasma, a través de los lejanos y nebulosos territorios que solo la muerte puede alcanzar?

Hay sabiduría en las sombras (decían los tambores), sabiduría y magia, ve a la oscuridad a buscar sabiduría, la magia antigua rehuye a la luz, recordamos las eras perdidas (susurraban los tambores), antes de que el hombre fuera sabio y necio, recordamos a los dioses bestias, los dioses serpientes y los dioses simios, los innombrables, los Dioses Negros, aquellos que bebían sangre y cuyas voces rugen a través de las sombrías colinas, los que se deleitan con lujuriosos banquetes. Los secretos de la vida y la muerte son suyos, lo recordamos, lo recordamos (cantaban los tambores).

Kane los escuchó mientras corría velozmente por la selva. La historia que le contaban a sus guerreros negros río arriba, no podía traducirla, pero le hablaban a su manera, y era un idioma mucho mas profundo, mas básico.

La luna, en lo alto del oscuro cielo azul, iluminaba su camino y aclaraba su visión, justo en el momento en que llego a un claro donde encontró a Le Loup. La espada desnuda del Lobo era un resplandor plateado a la luz de la luna, y él estaba ahí, de pie, con los hombros hacia atrás y su vieja sonrisa desafiante intacta en su rostro.

-Fue un largo viaje, Monsieur-dijo-. Empezó en las montañas de Francia, y terminará en las selvas de África. El juego finalmente me agotó, Monsieur, es hora de que muera. No habría huido de la aldea, sino hubiera sido por esa maldita brujería de N´Longa que debo admitir que me puso los nervios de punta. Pero mas que nada, fue porque toda la tribu se pondría en mi contra.

Kane avanzó con cautela, pensando si quedaba algún oscuro y olvidado resabio de caballerosidad en el alma del bandido que lo había llevado a arriesgarse a luchar contra él en un espacio abierto. Sospechaba que pudiera ser una trampa, pero sus agudos ojos no pudieron detectar movimiento alguno en la selva a ambos lados del claro.

-¡En guardia, Monsieur!-dijo Le Loup con voz firme-. Es momento de terminar con esta absurda danza alrededor del mundo. Ahora somos solo usted y yo.

Los hombres estaban ahora al alcance el uno del otro, y Le Loup, a mitad de la oración se había abalanzado a la velocidad de la luz, estoqueando ferozmente. Un hombre mas lento hubiera muerto ahí mismo, pero Kane repelió su ataque y envió su propio filo como un rayo plateado que cortó la túnica de Le Loup cuando el Lobo esquivó el ataque. Le Loup admitió el error de su truco y rió salvajemente mientras lanzaba otro furioso ataque con una velocidad impresionante, su filo era como un ventilador de acero frente a él.

Las tizonas chocaban ruidosamente mientras los espadachines se batían a duelo. Eran fuego contra hielo. Le Loup luchaba salvaje pero hábilmente, no dejaba lugar a contraataques y tomaba cada oportunidad que veía. Era una llama con vida, retrocedía, saltaba, amagaba y embestía, repelía y contraatacaba, reía como un hombre salvaje, lo provocaba y lo maldecía.

Las habilidades de Kane eran frías, calculadas, centelleantes. No desperdiciaba ni un solo movimiento, nada que no fuera absolutamente necesaria. Parecía dedicar mas tiempo y esfuerzo a la defensa que Le Loup, pero no titubeaba a la hora de atacar, y cuando embestía, su espada se movía con la velocidad de una serpiente sobre su victima.

Había poca diferencia entre los hombres en cuanto a su altura, fuerza y alcance. Le Loup era mas rápido por muy poco, una diferencia marginal, pero la habilidad de Kane estaba mas cerca de la perfección. La habilidad del Lobo con la espada era tenaz, dinámica, como el fuego de una caldera. Kane era mucho mas estático, menos instintivo y mucho mas reflexivo, un guerrero pensador, aunque él, también, era un asesino nato, con una coordinación que solo un guerrero por naturaleza poseía.

Embestida, defensa, amague, era un remolino de espadas…

“¡HA!”rio ferozmente el Lobo cuando la sangre brotó de un corte en la mejilla de Kane. Como si esa imagen aumentará su furia, atacó haciendo honor al nombre que los hombres bestia le habían dado. Kane se vio forzado a retroceder ante la sanguinaria arremetida, pero la expresión del Puritano no cambio en absoluto.

Pasaron los minutos, el sonido metálico del choque de espadas no disminuía. Se ubicaron justo en el centro del claro, Le Loup estaba intacto, pero los ropajes de Kane estaban rojos de la sangre que manaba de su rostro, su pecho, su brazo y sus muslos. El Lobo sonría salvaje y burlonamente a la luz de la luna, pero había empezado a dudar.

Su aliento se agotaba y su brazo empezaba a cansarse, ¿quién era este hombre de hielo y acero que no parecía debilitarse nunca? Le Loup sabía que las heridas que le había infligido a Kane no eran profundas, pero aun así, la perdida constante de sangre debería haber drenado la fuerza y velocidad de ese hombre. Pero si Kane sentía menguar sus habilidades no lo demostraba. Su semblante sombrío no había cambiado, y mantenía el frío control sobre la pelea como desde el principio.

Le Loup sintió que sus fuerzas lo abandonaban, y con un ultimo esfuerzo desesperado, junto toda su furia y sus fuerzas en una sola estocada. Un súbito e inesperado ataque demasiado salvaje y veloz para la vista, un estallido dinámico de velocidad y furia que ningún hombre podría haber resistido, y Solomon Kane se tambaleó por primera vez cuando sintió el frio acero atravesar su cuerpo. Retrocedió tambaleando, y Le Loup, con un aullido salvaje se lanzo tras él, con su enrojecida espada libre empezó a formar una burla en sus labios.

La espada de Kane, apoyada por la fuerza de la desesperación, encontró a Le Loup en el aire, lo encontró, y lo desarmó. El aullido triunfal del Lobo murió en sus labios mientras su espada salia despedida de su mano.

Se detuvo en seco por un instante fugaz, sus brazos bien abiertos como en la crucifixión, y Kane pudo oír su salvaje risa burlona por ultima vez cuando la estocada del inglés dibujo una linea plateada a la luz de la luna.

Los murmullos de los tambores llegaban desde lejos. Kane limpio mecánicamente su espada en sus derruidas vestimentas. El rastro terminaba ahí, y Kane era consciente ahora de un extraño sentimiento de futilidad. Siempre sentía eso después de matar a un enemigo. De alguna manera siempre sentía que no había hecho nada bueno por el mundo después de todo y que su enemigo había escapado a su justa venganza.

Se sacudió el pensamiento y volvió su atención a sus necesidades mas urgentes. Ahora que el fragor de la batalla había pasado, empezó a sentirse débil por haber perdido tanta sangre. Esa ultima estocada había estado cerca, sino hubiera girado su cuerpo a tiempo ese ultimo ataque habría sido letal, de esa manera, la espada se había deslizado sobre sus costillas y le había cortado hasta el musculo bajo el omóplato, infligiéndole una herida superficial pero grande.

Kane miró a su alrededor y vio un pequeño arroyo que corría junto al claro. Ese fue el momento en que cometió el único error de ese tipo que cometió en toda su vida. Quizás seguía mareado por la perdida de sangre o conmocionado por los extraños sucesos de esa noche, como fuera, bajo su espada y se dirigió desarmado al arroyo. Ahí, se limpio las heridas y las vendo lo mejor que pudo con tiras de tela rasgadas de su propia vestimenta.

Entonces, se puso de pie y cuando estaba a punto de volver sobre sus pasos, vio que algo se movió entre los arboles e ingresó al claro por el mismo lugar que él había entrado. Una figura inmensa había salido de la selva, y Kane vio y reconoció, que era su perdición. El hombre era Gulka, el mata-gorilas. Kane recordó que no había visto al gigantesco nativo entre los que homenajeaban a N´Longa. ¿Cómo iba a imaginar que la saña y el odio en la cabeza del gigante lo llevarían a escapar de la venganza de su tribu solo para rastrear al único hombre que le había inspirado temor?

El Dios Negro había sido amable con su neófito, lo había llevado ante su victima indefensa y desarmada. Ahora Gulka podía matar a ese hombre abierta y lentamente, como matan los leopardos, no en una emboscada como había planeado, silenciosa y súbitamente.

Una sonrisa amplia se dibujó en el rostro del nativo, y se humedeció los labios. Kane, lo observaba y calculaba fría y deliberadamente sus opciones. Gulka ya había visto las espadas. Estaban mas cerca suyo que de Kane. El inglés sabía que no tenía oportunidad de ganar una súbita carrera para hacerse de las espadas.

Un furia lenta pero letal invadía su cuerpo, era una furia de impotencia. La sangre hervía en sus sienes y sus ojos encendidos destellaban en la oscuridad mientras observaba al gigante. Sus dedos que se abrían y cerraban como garras. Eran fuertes, esas manos, hombres habían perecido bajo su agarre. Pensó que hasta los inmensos huesos del cuello del gigante se quebrarían como una rama si cayera en sus manos, un ola de debilidad inutilizó esos pensamientos, y como si necesitara mas para confirmar lo que ya sabía, la lanza de Gulka lanzaba destellos a la luz de la luna. Kane no podría huir aun si lo intentara, y nunca en su vida había huido de una pelea.

El mata-gorilas avanzó hacia el claro. Masivo, terrible, era la personificación del hombre primitivo, de la edad de piedra. Lanzó un bostezo, su poderío lo hacía arrogante y lo demostraba.

Kane se preparó para la pelea que solo podía terminar de una manera. Luchó por reunir todas las fuerzas que le quedaban. Era inútil, había perdido demasiada sangre. Por lo menos, moriría de pie, como pudo endureció sus rodillas y se mantuvo erguido, aun cuando el claro centellaba frente a él en oleadas inciertas y la luz de la luna parecía haberse convertido en una niebla roja a través de la cual veía difusamente a su enemigo a medida que este se acercaba.

Kane se detuvo, y con mucho esfuerzo levantó agua entre sus manos y se lavó el rostro. Esto lo reanimó, y se enderezo con la esperanza de que Gulka embistiera y acabara con él antes de que la debilidad lo hiciera desplomarse en el suelo.

Gulka estaba entonces en el medio del claro, se movía lentamente, con la agilidad de un gran felino cuando acecha a su victima. No tenía apuro en consumar su propósito. Quería jugar con su victima, ver como esos lúgubres ojos que había visto antes se llenaban de temor, ojos que lo habían mirado con desprecio aun cuando su dueño se encontraba atado a un poste y a punto de ser ejecutado. Quería cazarlo, lentamente, para saciar su sed de sangre, sus ansias de matar.

Súbitamente, se detuvo y se volteó a mirar del otro lado del claro. Kane, intrigado, siguió su mirada.

Al principio pensó que parecía que la sombra de la selva se había oscurecido aun mas. No había movimientos, ni sonidos, pero Kane supo instintivamente que una terrible amenaza merodeaba en esa oscuridad y se escondía y fundía entre los arboles. Un horror indescriptible había caído sobre la selva, y Kane sintió que desde esa monstruosa sombra, ojos inhumanos cauterizaban su alma. Pero a la vez, sintió la maravillosa sensación de que esos ojos no se posaban directamente sobre él, sino sobre el mata-gorilas.

El hombre negro se había olvidado de él, se había puesto en guardia, lanza en alto, y ojos fijos sobre el cúmulo de oscuridad. Kane volvió a mirar. Ahora se movía, salió de las sombras y emergió fantásticamente a la luz del claro, de la misma forma en que lo había hecho Gulka minutos antes. Kane parpadeó, ¿podría ser esto una ilusión que precedía a su muerte? La figura que veía ahora era como la que había visto fugazmente en brutales pesadillas, cuando las alas del sueño lo habían arrastrado hasta tiempos remotos y olvidados por el hombre.

Al principio creyó que era una especie de blasfema forma humana, ya que erguido era tan alto como un hombre alto. Pero era inhumanamente grueso y robusto, y sus gigantescos brazos colgaban casi hasta tocar sus deformes pies.

Entonces la luz de luna golpeó de lleno su bestial rostro, y la mente de Kane pensó rápidamente en el Dios Negro, pensó que el ídolo había cobrado vida y salía ahora de la selva sediento de sangre. Pero entonces vio que estaba cubierto de pelo, y recordó a la criatura colgada del techo en la aldea.

El nativo enfrentó al gorila, lanza al frente. No tenía miedo pero su mente perezosa pensó que era un milagro que una bestia como ésta estuviera aquí, tan lejos de su selva nativa.

El poderoso simio salió a la luz de la luna y sus movimientos era majestuosos. Estaba mas cerca de Kane que de Gulka pero no pareció notar la presencia del hombre blanco. Sus pequeños ojos estaban fijos en el hombre negro y lo fulminaban con brutal intensidad. Avanzó con una zancada bamboleante y curiosa.

A lo lejos, los tambores murmuraban a través de la noche, como acompañando este lúgubre drama de la edad de piedra. El salvaje se agazapó en el medio del claro pero el primordial salió de la selva con los ojos inyectados y con sed de sangre. El negro estaba ahora frente a frente con un ser aun mas primitivo que él. De nuevo, los fantasmas de los recuerdos le susurraron a Kane; has visto esto antes (murmuraron), en los días oscuros, los días del amanecer, cuando las bestias y los hombres bestias luchaban por la supremacía.

Gulka se alejó del gorila trazando un semicírculo, agazapado y con su lanza en guardia. Intentaba engañar al gorila y darle una muerte rápida, porque aunque no sentía temor, nunca había enfrentado a una bestia como esta y había empezado a dudar de sus habilidades. El simio no hizo ningún intento de seguir sus movimientos y lo embistió directamente.

El hombre negro que lo enfrentaba y el blanco que observaba no conocían su salvaje amor, su odio salvaje que habían llevado a ese monstruo a abandonar sus colinas boscosas en el norte y seguir el rastro, durante cientos de kilometros, hasta alcanzar al que era el azote de su clase, el asesino de su compañera, cuyo cuerpo ahora colgaba del techo de una cabaña en la aldea del negro.

El final llegó rápidamente, casi como un gesto repentino. Estaba cerca ahora, bestia contra hombre bestia, el gorila cargó con un súbito rugido que sacudió la tierra. Un enorme brazo peludo bajo fuertemente contra el brazo que sostenla la lanza y se lanzó contra el negro. Se escuchó un sonido atronador, como si muchas ramas se rompieran simultáneamente y Gulka cayó silenciosamente al suelo y quedo ahí tendido, con sus brazos, piernas y su cuerpo en posiciones antinaturales. El simio se paró sobre él por unos segundos, como una estatua que reflejaba el triunfador primordial.

A los lejos, Kane escuchó como los tambores murmuraban. El alma de la selva, el alma de la selva; esa frase surgía en su mente con una repetición monótona.

Los tres que esgrimían su poder frente al Dios Negro esa noche ¿dónde estaban ahora? En la aldea, donde retumbaban los tambores, estaba el cuerpo de Songa, el Rey Songa, alguna vez señor de la vida y la muerte era ahora un cuerpo marchito con su rostro congelado en una mascara de horror absoluto. Tendido de espaldas, en el medio del claro yacía aquel que Kane había perseguido por tierra y mar durante años. Y Gulka, el mata-gorilas yacía ahora a los pies de su asesino, derrotado finalmente por la misma barbarie que lo había convertido en un legitimo hijo de estas oscuras tierras y que finalmente lo había superado.

Pero el dominio del Dios Negro continua, pensó Kane mareado, acechando en las sombras de este oscuro país, bestial, sediento de sangre y sin importarle quien vive o muere, en tanto pueda saciar su sed.

Kane observó entonces al poderoso simio y se preguntó cuanto tiempo pasaría hasta el enorme simio lo viera y lo hiciera pedazos. Pero el gorila no parecía interesarse por él. Algún sombrío impulso de venganza aun sin saciar lo había guiado hasta ahí, se inclinó y cargó al hombre negro y se dirigió de regreso a la selva. Los brazos de Gulka dejaban un rastro grotesco a su paso. Cuando llegó a la linea de arboles, el simio se detuvo, y arrojó el cuerpo del gigante sin demasiado esfuerzo por el aire y lo estrelló contra las ramas. El impacto fue atronador, los miembros del mata-gorilas se hicieron pedazos por la potencia del lanzamiento y quedo ahí colgado.

Por un momento, la luz de luna iluminó al gorila que observaba silenciosamente a su victima, entonces, como una sombra oscura se fundió en la inmensidad de la selva.

Kane caminó lentamente hasta el medio del claro y levantó su espada. La sangre ya no manaba de sus heridas y recuperaba un poco de sus fuerzas, lo suficiente, para alcanzar la costa donde lo esperaba su barco. Se detuvo en el extremo del claro y miró hacia atrás, al rostro de Le Loup, blanco a la luz de la luna y a la oscura sombra sobre los arboles que era Gulka, que por algún oscuro y bestial designio había sido colgado de la misma manera en que colgaba su victima en la aldea.

A los lejos, los tambores murmuraban: “La sabiduría de nuestra tierra es ancestral, la sabiduría de nuestra tierra es oscura, a quien servimos, lo destruimos. Si sobrevives, huye, pero nunca olvidaras nuestras cánticos. Nunca, nunca.”

Kane se volvió hacia el sendero que lo llevaría a la playa y al barco que allí esperaba por él.

FIN

La viuda

Por Emma Törzs

Publicado originalmente en Beneath Ceaseless Skies, junio 2020

Esta es la confesión de Perrine Mauroy, dictada a Pierre-Martin de la Martinière en las ultimas horas de su vida y en las primeras horas de la suya. À París, chez l’Auteur, ruë de Gévre a l’Espèrance, l’année de notre seigneur, 1668. 

La verdad es, Monsieur de la Martinière, que esperaba ver las calaveras. Pequeñas, quemadas casi al punto de convertirse en carbón y apiladas en el jardín de La Voisin, prueba de existen todos esos pobres bebes que dicen que arranca cotidianamente de los vientres hinchados de mujeres desesperadas. Prueba, también, de la magia que realiza utilizando esos huesos, con los que convierte a las mujeres feas en ninfas radiantes, o convierte a dedos lentos y perezosos en dedos hábiles y ágiles que vuelan sobre el telar.

He escuchado de las calaveras y quería evidencia, porque como toda buena chica de campo, constantemente pensaba en la brujería: si alguna vez la veré, si sabré reconocerla cuando la vea, y lo mas importante, ¿estaré tentada a caer en la condenación? Cuando era niña, a menudo soñaba con hambrientas persecuciones, felices y enloquecidas, soñaba como abría mi propia boca bien grande y hundía mis dientes en algo tibio y suave, lleno de sangre, y siempre miré con anhelo la oscuridad del bosque. La condenación me preocupaba, ya que incluso siendo inocente, creo que sentía una especie de bestia dentro de mí, con garras y hambrienta.

Pero el día que fui a ver a La Voisin, atravesando París en el carruaje que usted me prestó, con mi bolso rebosante por el peso de su dinero, aun en ese entonces me sentía inocente. Seguía husmeando entre las pesadas cortinas negras de la ventana del carruaje pare ver como las personas se apartaban del camino del caballo, gritando y maldiciendo mientras aplastaban sus cuerpos contra los muros de los edificios para evitar ser aplastadas por las ruedas de madera, huyendo del peligro que representa el dinero de alguien mas, como yo misma había hecho muchas veces antes. Pero ahí estaba ahora, sin huir, por encima de todos. Estaba por encima de las calles, y me dije a mí misma que estaba por encima de esas mujeres que iban a ver a La Voisin buscando pociones de amor o brebajes para matar niños no nacidos. Me convencí a mi misma de que estaba acudiendo a ella por razones mas nobles, por sus razones; nada menos que la salvación de la medicina francesa, y a través de ella, la salvación de la humanidad.

Incluso ese día, mas tarde, mientras observaba como Antoine se retorcía en agonía cuando sus dedos se fundían entre sí y se endurecían, sus gritos se convertían en balidos y sus cabello se hacía áspero y blanco… incluso entonces, me sentía inocente.

Pero no es para renegar de mi inocencia que ahora dejo esta confesión. Una parte de lo que voy a relatar, Monsieur, usted ya la conoce, ya que estuvo ahí. Pero esto no es para usted. Es para quienes se hagan preguntas una vez que usted y yo nos hayamos ido. Es porque, por primera vez en mi patética vida, estoy orgullosa de algo.

Fue así:

Me llegaron rumores de que había un demente retenido en el Hotel de Montmor, y por supuesto, fue ahí donde encontré a mi esposo. El hogar de Montmor era inmenso y hecho de roca solida, el lugar mas lujoso al que me hubiera atrevido a acercarme en mis veintiocho años de vida, y temía que apenas vieran las condiciones en las que estaba me cerrarían la puerta en la cara. Después de pasar días buscando por las calles de París, estaba cubierta de barro, mezclado con orina y heces, mi mejor vestido azul manchado de marrón hasta la cintura. Pero apenas mencioné el nombre de mi esposo al hombre de la entrada, la pesada puerta de madera se abrió y entre mayordomos y sirvientes me llevaron ante Monsieur Montmor en persona.

Él estaba en una habitación cálida y mas grande que cualquier casa en la que yo haya vivido, con muchos otros caballeros bien vestido como él y una dama. Todos voltearon sus cabezas cubiertas por pelucas rizadas hacia mi cuando entre a la habitación y se taparon sus nobles narices con sus nobles pañuelos perfumados para protegerse de mi hedor. Mis rodillas estaban débiles por el miedo y las manos me temblaban, pero aun así me las arreglé para hacer una reverencia, y como respuesta recibí la risa de la dama, fuerte y claro, una expresión pura de deleite ante el espectáculo que representaba. El recuerdo de mi vergüenza es suficiente para hacer crujir mi mandíbula.

Monsieur Montmor se paró frente a mi con sus bellísimas medias rosas y sus zapatos con tacón, el cuero resplandecía como si nunca hubiera pisado las calles por las cuales yo había transitado, y en cuanto al resto, no sabría decirles. No tuve el coraje de levantar la cabeza para ver mas arriba de sus rodillas. Le dijo a sus sirvientes, “¿Dices que es la esposa de Mauroy? ¡Que criatura tan lamentable! ¿Cuál es su nombre?”

“Perrine, monsieur. Perrine Mauroy.”

-Llévala a su alcoba-dijo Montmor, y luego, dirigiéndose a mi-, bueno, Madame Perrine, muy pronto verá como hemos mejorado a su desdichado esposo.

Entonces se dio la vuelta, con su interés puesto nuevamente en su salón, una vez mas me llevaron a través de una serie de helados corredores,y por un tramo de escaleras, hasta que finalmente llegamos a un cuarto calefaccionado por un fuego bien atendido. Ahí encontré a mi esposo holgazaneando en una cama baja, con aspecto pálido pero contento. Estaba siendo asistido por un hombre bien vestido de cabello corto y gris, su propio cabello, y ojos grandes e inteligentes, que volvió hacia mi al mismo tiempo que mi esposo.

-¡Perrine!-gritó Antoine saltando de su cama, con los brazos abiertos. No pude evitar encogerme ante su abrazo, ya que era luna llena y mi esposo era tan famoso por su demencia como yo por los moretones que sus puños dejaban en mi rostro, pero para mi sorpresa me tomó gentilmente en sus brazos, y me dijo “oh, ¡no creerás lo que ha ocurrido!”

Para entonces yo estaba exhausta. Vivíamos en una aldea en las afueras de la ciudad, y había estado caminando por días, aterrada de que Antoine hubiese sucumbido finalmente a uno de sus ataques y se prendiera fuego o bebiera hasta la muerte. Era un esposo despiadado, pero era mejor que no tener esposo, especialmente para la mujer que yo era en ese entonces. Sin duda recordará mi carácter, Monsieur de la Martinière, ya que se aprovecho completamente de él. Era débil y patética.

No hice preguntas; solo me senté junto al fuego  intente comprender algo de la historia que Antoine me contaba. A menudo era interrumpido por el hombre de cabello gris, que era un tal Monsieur Denis. El monsieur era un doctor, un doctor que, según me explicaron, había abierto las venas de mi esposo y lo había desangrado, quitándole varias tazas de sangre. Entonces, este doctor había reemplazado toda la sangre que Antoine había perdido con la sangre de un ternero vivo.

-¿Sangre de ternero?-repetí yo-. ¿En las venas de Antoine?

-La usamos por su pureza-dijo Monsieur Denis-. Para contrarrestar el fuego en la sangre de su esposo.

Cuando escuché esto, me persigné. ¡Es gracioso ahora, pensar en ese gesto!

-Oriné negro por días, Perrine-dijo Antoine, con un dejó de satisfacción-y sangré bastante de la nariz, apenas tenía energía para orar. Ahora, sin embargo, ¡me siento bastante bien!

-¿No lo encuentra bastante mejor?-dijo Monsieur Denis, y admití que si. No podía ni pensar en entender la ciencia detrás del experimento y la idea de la sangre de vaca palpitando en el cuerpo de mi esposo me daba escalofríos, pero ahí estaba Antoine, de repente se había quedado sin una gota de violencia o demencia, sus palabras, su mirada, y todo a su alrededor estaba perfectamente en calma.

-El conde de Montmor lo encontró vagando por las calles semi desnudo y a los gritos, como sabía que yo buscaba un demente para mis experimentos, lo trajo directamente conmigo-dijo Denis-.¡Y que éxito hemos tenido! Es un golpe directo a la ciencia inglesa, efectivamente. Aun está en observación, y seguirá así por unos días mas, esta noche debo desangrarlo nuevamente, un cuenco o dos, así que podrás quedarte aquí con él.

Lo hice con gusto, apenas podía creer que teníamos la suerte de quedarnos en tan noble casa. Antoine se hizo cargo de todo, el calor, la comida en exceso, el colchón y las cobijas, el vino. Él había probado ese estilo de vida antes, pero era completamente nuevo para mi, y saboreé cada momento, con temor de regresar a la aldea y a nuestros hábitos naturales. Una casa de un solo ambiente, sucia, fría y miserable. Con mucha suerte comíamos carne una vez a la semana y ahí la servían todos los días.

“Esta vez será diferente, Perrine” me decía a mi misma.

“Antoine está curado, encontrará trabajo y se mantendrá ocupado, va a beber menos y dejará de golpearme. Quizás puedas ser feliz.” Que tonta fui, hasta llegue a convencerme de que volvería a aplicar para servir a la Marquesa de Sévigné y retomaría su antiguo puesto en su hogar, y que quizás este cálido y novedoso estilo de vida ya no sería una anomalía sino el comienzo de una nueva y gloriosa normalidad. ¡Ese era mi sueño!

Escuché que usted mismo es de baja alcurnia, Monsieur de la Martinière, por lo que podrá comprender lo que es experimentar, por primera vez, no el lujo, sino la seguridad. Puede comprender lo que significa probarla como si fuera la primera vez y nunca mas contentarse con ese viejo sentimiento de temor hambriento. Es posible, Monsieur, que usted haya tenido razón todo este tiempo, pero quizás no en la forma que usted pensó. El Doctor Denis sí creo un monstruo, pero no fue Antoine Mauroy, y quizás usted, incluso mas que Denis, sea el responsable.

O mejor dicho, usted es a quien debo agradecer, desde lo mas profundo de lo que alguna vez fue mi alma.

Siempre, desde que era niña, me he sentido cerca de los animales. Anhelaba estar relacionada con los depredadores, pero muy a mi pesar me sentía  mas cercana a aquellos que comíamos; a esa vacas de ojos tiernos, a los corderos con su suave pelaje y piernas temblorosas, a las delgadas cabras que embestían los postes de sus corrales con la cabeza, como si pensaran que tenían alguna oportunidad de ganar su libertad. Yo no era emotiva como mi prima Marie, que lloró cuando se comieron a un perro que ella particularmente quería durante un duro invierno, ya que no era afecto lo que sentía por ellos, sino afinidad.

Una vez, cuando era niña, estaba en la ciudad con mi madre y mis hermanos mas pequeños, y escuché a lo lejos como un noble decía en voz muy alta a la dama que lo acompañaba que a los niños como nosotros había que encerrarnos en el campo, detrás de una cerca junto al ganado, y ella riendo se mostró de acuerdo. Cuando fui un poco mas grande, solía caminar hasta París para presencias las ejecuciones, pero en lugar de ver como rodaban las cabezas o como se quebraban los cuellos, observaba a la nobleza. Los observaba a ellos observando, la forma en que retraían sus labios exhibiendo sus dientes cuando caía la guillotina y como se le ponían blancos los ojos de tanta emoción, en ese momento pensé que en realidad somos todos animales ¿no es así? ¿Cuál es la diferencia mas allá de que algunos vivimos en el barro y la suciedad y algunos otros corren libremente?

Recordará, Monsieur de la Martinière, que cuando se acercó a mi por primera vez, estaba en el camino congelado detrás de mi casa, intentando capturar un gato. Quería llevarlo adentro para que matara una rata que había estado perturbando mi sueño. Justo antes de que usted llamara mi atención, pensaba en lo bien arreglado que está todo, que algunos animales nacen para perseguir a otros, lo perfectamente apropiada que es la mente de un gato que se divierte persiguiendo pequeñas y escurridizas criaturas, y que apropiados son sus filosos y delicados dientes para desgarrar la barriga de los ratones.

Me distraje pensando en eso y no vi su carruaje hasta que gritó mi nombre por la ventana. Lo dijo una vez y de nuevo mucho mas bajo; “¿Es usted Madame Perrine Mauroy?”

Asentí finalmente y usted gritó “¡Magnifico!” mientras bajaba del carruaje dando un salto con gran agilidad y entusiasmo. Quizás no se dio cuenta pero retrocedí asustada, ya que su energía y sus ropas finas me pusieron nerviosa. No entendía que podía querer un hombre como usted con una criatura como yo, pero claro, no era realmente a mi a quien necesitaba.

-He venido por su esposo-dijo usted-.¿Podemos hablar adentro? Aquí afuera hace tanto frio como en Siberia.

Voy a detallar toda nuestra conversación a continuación para que no haya lugar a dudas sobre lo que usted me pidió. Para que no haya equivocación sobre lo que usted puso en marcha.

En la casa, noté que miraba la hoguera casi apagada hasta que le puse nuestro ultimo trozo de leña y sacudí las ascuas para complacerlo. Entonces se sentó en la silla de madera de mi esposo con una sonrisa en el rostro, y cruzó sus pies bien vestidos a la altura de los tobillos como si nunca hubiera estado mas cómodo. Le ofrecí un poco de vino caliente y lo observé mirar alrededor en nuestro hogar, nuestros escasos muebles, la cama que era poco mas que sogas y mantas apolilladas y el orinal congelado.

-Bueno-dijo usted, como si lo dijera para consolarme-, he visto peores. En Arabia pasé la noche en una cama tan llena de escarabajos que cada movimiento la hacia crujir como si fueran huesos rotos. Nunca dormí peor en mi vida.

Me las arreglé para moderar mis modales.

-Siento oír eso, Monsieur…

-De la Martinière-miro detenidamente mi rostro con abierta curiosidad, y me di vuelta avergonzada. Podía imaginar lo que vio. Una de mis mejillas estaba ardiente e hinchada de cuando Antoine me había golpeado la noche anterior, y mi labio estaba partido. Los vecinos escucharon mis gritos y enviaron a sus dos hijos a atarlo a la cama por mi, pero se había soltado temprano por la mañana y estaba Dios sabe donde ahora.

-Veo que su esposo no está curado después de todo-dijo usted y la satisfacción en su tono de voz me hizo enojar un poco.

-Por un tiempo estuvo curado-dije-. Pero la demencia regresó rápidamente.

-Debe ser difícil, Perrine, vivir con un hombre así-esto lo dijo con un tono mas amable.

-Lo es Monsieur.

-Tengo entendido que no siempre fue así-dijo-. ¿Es verdad que alguna vez fue valet de la Marquesa de Sévigné?

-Si, es verdad, Monsieur. Pero eso fue antes de que yo lo conociera.

-¿Cómo fue que llegaron a casarse entonces?-aun cuando se mostraba interesado y compasivo, me di cuenta que usted ya conocía la respuesta a esa pregunta. Sin embargo, no sentí que tuviera opción, y admití que había sido arreglado por nuestras familias.

-Me dijeron que estaba simplemente enfermo-dije yo-. No entendí la gravedad de su demencia hasta después de la boda.

-He escuchado decir que se volvió loco por amor-dijo, aun con ese aire de sincera comprensión-. Aunque no de amor por usted. Había depositado sus esperanzas de fortuna en el sueño de casarse con cierta mujer de la nobleza, ¿es verdad? Y cuando se casó con otra persona, salió gritando a las calles y empezó a prender fuego las casas de los nobles, amenazando de muerte a todo aquel que se cruzara en su camino.

-Si, Monsieur-dije yo, con la mayor tranquilidad que pude.

-Quizás es tan cruel con usted porque es un recordatorio diario de lo que nunca pudo tener.

¿Sus labios recuerdan haber formulado esas palabras? Con saña y maldad, disfrazada de lastima.

-Quizás-dije. Para ser sincera, yo creía que Antoine era cruel mucho antes de volverse loco. Después de todo, hay muchas clases de dementes amables.

Asintió en aparente simpatía-. Debe soñar con frecuencia lo que sería su vida si estuviera casada con otra persona.

Es verdad que alguna vez lo hice. Desperdicie mi tiempo imaginando un esposo diferente, una vida diferente con alguien que me cuidara.Pero con los años mis ensueños han cambiado. Ahora, cuando me golpea, imagino que puedo cuidar de mi misma. Con cada golpe, me imagino mas fuerte; con brazos gruesos, dientes afilados, con garras que pueden aplastar las palabras en la garganta de Antoine, pies que pueden aplastar sus costillas hasta que atraviesen su pecho, y piernas que me lleven muy lejos de él para siempre.

Pero dije, “Todos tenemos nuestras pequeñas fantasías, Monsieur. ¿No lo cree?”

Su sonrisa me sorprendió. Estuvo de acuerdo conmigo. Y entonces, finalmente me preguntó, “¿Le gustaría saber por qué he venido?”

No espero a que le respondiera, buscó en el bolsillo de su abrigo y saco una bolsa de terciopelo que hizo un ruido metálico cuando lo apoyó sobre la mesa.

Con grandilocuencia, me dijo : Estos son 1800 escudos. Son todos suyos, Perrine, si accede a ayudarme. Estoy investido en una misión de salvación, para salvar la medicina francesa de caer en la violencia y el canibalismo, y para salvar las almas inmortales de incontables hombres como su esposo, que al aceptar la sangre de animales en sus cuerpos se han convertido inconscientemente en hombres bestias y por lo tanto se han excluido a sí mismos de entrar el paraíso, por siempre.

No había soltado usted la bolsa de monedas y mis ojos estaban clavados en ella. Lo escuché decir algo sobre momias y las aplicaciones de su carne para tratar distintas enfermedades, entonces me preguntó si yo había consumido carne de momia, quizás en polvo para un dolor de oído o en forma de plasma para el vértigo.

Asentí y le dije que si, aunque fuera solo para que se apresurara.

Quizás usted, al igual que yo, ha visualizado la fuente ancestral de este excelentísimo remedio, visualizado los arrugadas y ennegrecidas formas obtenidas con grandes ceremonia de sus tumbas, su inmenso poder, desenvuelto y fraccionado con tanto cuidado. ¿Se lo imagina Perrine? Igual que yo, hasta que a los catorce años viaje con piratas hasta Egipto y me encontré en una habitación rancia y fétida, rodeado de criminales, observando como un hombre extraía el cerebro y los órganos de un cuerpo recientemente asesinado, para luego llenar la espantosa cavidad con un liquido negro y viscoso que supuraba y apestaba como el mismísimo pecado. Entonces,dejaban este cuerpo relleno de porquería secar durante varios días, y una vez disecado, lo envolvían en vendas y por ultimo, lo enviaban al Continente, donde era vendido a muy buen precio como carne de momia y que cientos de personas la ingerían para aliviar sus dolencias, personas con esperanzas, quizás usted una de ellas. ¿No le genera repugnancia todo este asunto?

La verdad era que si. Me revolvió el estomago, pero volví a concentrarme en el resplandor de los 1800 escudos y se me pasó.

-Como verá-continuó usted-, solo yo entiendo la oscuridad que subyace bajo esos “experimentos”con transfusión. Primero viene la transfusión con sangre de animal, convirtiendo a las hombres en bestias. Luego, seguirá lo inevitable, que es la transfusión de sangre humana. Y si la población cree que la placidez de una vaca puede calmar la demencia, ¿imagina lo que puede hacer la sangre de un predicador, o la de una virgen? Al igual que la demanda por las momias, la demanda de sangre sera insaciable.Todos los días, hombres mataran hombres por el oro rojo que fluye en todos nosotros. Imagina la sangre, vendida en los mercados junto a los cortes de carne, o la Rue du Massacre, renombrada no por sus mataderos de animales sino porque sera allí donde mataran hombres en forma tan cotidiana como se filetea un cordero. Nos convertiremos en impíos caníbales y Dios llorará en los cielos. Entenderá, Perrine, que a veces es necesario hacer grandes sacrificios para…

Siguió hablando, Monsieur de la Martinière, pero debo admitir que era un esfuerzo realmente innecesario. Lo escuché, y entendí sus reclamos, pero el peso de esa bolsa de terciopelo en mi mano ya había hecho la mitad del convencimiento. Y cuando finalmente llegó a la parte en la que desarrollaba su plan, pareció pensar que yo me negaría u opondría resistencia a su idea de matar a Antoine, pero no lo hice. Para ser sincera, su propuesta fue como si apoyara sobre la mesa otra pesada bolsa con dinero.

Así que hice lo que me pidió, me subí al carruaje y fui a ver la bruja La Voisin, y compré el veneno con su dinero, y esperé.

Al principio, los síntomas de Antoine eran indistinguibles de los de su demencia. Cagaba por todas partes, gritaba groserías y me atacaba si me acercaba demasiado, temí que el polvillo que le echaba todos los días a su vino de las mañanas no había funcionado después de todo. Pero a los pocos días empezó a palidecer y a debilitarse, y cuando pasó su puño por mi rostro, sentí su mano como un frio trozo de masa, que caía silenciosamente, sus labios ya se había puesto azules. Debo admitir que era intoxicante verlo así tan indefenso, y día tras día mi confianza se hacia mas grande. Cuando empezó a patalear y a gritar, tirando espuma de su boca, sin fuerzas para levantarse de la cama, hice lo que usted me dijo, Monsieur de la Martinière, y fui a ver al Doctor Denis.

Vino, como usted dijo que lo haría, y tan pronto llegó a la casa, pude ver su incertidumbre. El cordero que usted había llevado estaba atado al poste de la cerca en el frente de la casa, olisqueando un charco de nieve sucia, y Denis titubeó al verlo, sus agudos ojos notaron mis rostro hinchado y magullado, mi vestido sucio, mi cabello enmarañado; una pobre y patética imagen de mí misma. Yo no podía costear un cordero y él lo sabía.

-Está adentro, Doctor-dije con urgencia, sin dejarlo pensar demasiado-.¡Por favor, apúrese, temo que esté empeorando!

Denis volvió a mirar al cordero pero yo estaba cerca y lo guié forzadamente al interior de la casa hasta que no tuvo mas alternativa.

Una vez dentro, Antoine gritaba y se sacudía, la espuma de su boca se mezclaba con el vomito y cuando vio al recién llegado dejo escapar un aullido y rompió sus ataduras. Los vecinos me habían ayudado a atarlo de pies y manos a la cama, por lo que no podía moverse demasiado, solo su cabeza, que agitaba a su alrededor como si estuviera poseído. Denis se olvidó del cordero en ese instante y se concentró en el paciente, corriendo a su lado para examinarlo.

-Pulso bajo-murmuró Denis para sí mismo-. Piel fría y pegajosa al tacto, su cabeza está ardiendo.

-Debe comenzar con el procedimiento de inmediato-dije yo, tal como usted me dijo que hiciera-.Ya no queda tiempo que perder. Tenemos el cordero y aquí sobre la mesa tiene todo lo que necesita.¡Hágalo de inmediato!

Denis miró distraidamente a la mesa detrás suyo, y volvió a mirar esta vez con mas atención. Se apartó entonces de Antoine y se inclinó sobre los instrumentos que usted había dejado hacia menos de tres horas antes, entonces su mente se agudizo.

-Madame, estos son instrumentos quirúrgicos. Mangueras, cuencos para desangrar, incluso un bisturí. ¿De donde ha sacado todo esto?

-Son prestados-dije-, pero no se preocupe por eso. ¡No sirven de nada sino los utiliza ahora mismo!

-Madame-dijo Denis, con un tono muy firme-, su esposo está demasiado caliente, sus pasiones demasiado excitadas. Puedo ver que ha estado bebiendo y consumiendo tabaco. No Madame, lo siento pero no puedo realizar la cirugía.

Empezó a moverse en dirección a la puerta y yo, aterrada de que todo hubiera sido por nada, me tiré a sus pies y apreté mi rostro contra la seda de sus medias, mi magullada mejilla contra su duro empeine. “Por favor,” le rogué, “por favor tenga piedad. Mire lo que me ha hecho, mire como me ha golpeado.” gire mi rostro hacia él y lo agite hacia la luz de la ventana para que pudiera ver la extensión de mis moretones hinchados y las marcas que pintaban mi rostro desde la ceja hasta el mentón. Lo vi ablandarse ligeramente. “Después de su primera transfusión estuvo muy dócil, Doctor, era el esposo mas dulce que una mujer pudiera desear tener, era amable y trabajador como nunca lo había visto antes. ¿Cómo puede usted, mi única esperanza, dejarme desamparada de esta manera?

Antoine dejo escapar un confuso y patético grito, y yo empece a llorar.

Conoce bien a su enemigo, Monsieur de la Martinière. Denis no pudo negarse.

Momentos mas tarde, las venas de mi esposo estaba expuestas nuevamente, su sangre espesa drenando y goteando sobre los cuencos bajo sus brazo, y el cordero, que luchaba y balaba mientras Denis lo desangraba. Me senté junto a la cabeza de Antoine, le seque el sudor de la frente y le di unos sorbos de vino.

Vino que había mezclado con el resto del veneno y ademas, con la mitad de otro polvillo. Un polvillo que había pagado con el oro que usted mi dio Monsieur de la Martinière, dinero que La Voisin se había deleitado en tomar de usted para mi beneficio.

-Si llegase a haber un juicio, va a incriminarte-le había dicho La Voisin, en forma bastante casual, mientras leía la carta que había llevado por usted para luego devolvérmela. Estaba sentada en su sala de estar, al filo de una silla de terciopelo mientras ella se reclinaba sobre su un sofá. Estaba vestida como partera, con capa y capucha, pero incluso con vestido se podía ver que su pecho era formidable, y sus ojos brillaban bajo la capucha. No habían craneos de bebes a la vista, pero si había un potente olor que salia de las habitaciones, herbáceo y amargo, burbujeante, y una especie de gimoteo que llegaba desde algún lugar en las profundidades de la casa. Una chica taciturna que se parecía mucho a La Voisin entraba y salía de la habitación mientras hablábamos, y en una oportunidad atendió la puerta y le pagó a un hombre por un balde lleno de ranas vivas. Donde sea que pasara un dedo a mi alrededor había algo que levantar; polvo, hollín, limo.

-Me pide que ponga tu nombre en toda nuestra correspondencia, para que pueda ser fácil de rastrear-dijo La Voisin agitando la carta que no podía leer-.Ya eres una criatura bastante lastimosa. Si tu plan sale mal, caerás aun mas bajo. ¿Te gustaría eso?

No sé que esperaba que dijera, así que le dije la verdad. “No me gustaría eso para nada.”

-Bueno, no hay razón por la cual no deberías llevarte algo tú en este asunto-dijo ella, tomando un frasco de tinta y una pluma de una pequeña mesa junto a ella-.Volveré a escribirte y le cobraré a él el doble, y con lo que sobre del dinero puedes elegir algo para ti. ¿Un brebaje para ganar la atención de un hombre, quizás? ¿Un amuleto de la suerte? ¿para atraer el dinero?

No podía creer lo que escuchaba, ni mi fortuna. “¿Por qué?”pregunté.

-¿Por qué no?-replicó-. Aprovecho cada oportunidad que tengo de engatusar a un hombre-. Su risa era profunda y para nada fingida-.Y por supuesto, el dinero extra es para mi. Dos placeres en uno. Ahora dígame, ¿qué va a querer para usted?

Fue sorprendente, Monsieur de la Martiniere, la rapidez con la que respondí. Era como si hubiera estado preparándome para ese momento, aun cuando nunca nadie me había ofrecido algo semejante, nunca nadie me había ofrecido nada. Sabía exactamente el embrujo que quería. La Voisin afirmaba que su hechicería era mas que capaz de garantizar lo que yo pedía, pero era imposible para mi creer que una poción pudiera tener tal efecto, que pudiera garantizar la transformación sanguínea que yo buscaba. Sin embargo, las circunstancias me habían provisto tanto con el sujeto perfecto como con la situación perfecta para probar esta magia.

Antoine bebía de mi poción tanto como de la suya al mismo tiempo que la sangre del cordero empezaba a fluir con la manguera de metal que Denis le había insertado en el brazo. Los efectos fueron sutiles pero casi instantáneos, si sabias donde buscarlos. El blanco de sus ojos, que ya estaba amarillento se puso aun mas amarillo, y sus pupilas se hicieron mas delgadas. El vello de su mandíbula sin afeitar empezó a cambiar de marrón a gris, y su áspero rizado se profundizo, al igual que en su cabeza donde las raíces también se iban poniendo blancas. Una de sus manos se aferraba fuerte a las mías así que pude sentir el lento proceso en el cual sus dedos se endurecían y se fundían entre si, cuando me volví a mirar sus uñas se habían puesto negras y se expandían, cubriendo la carne de sus dedos.

Denis tardó en darse cuenta, estaba concentrado en la transfusión de sangre, y para ser sincera no lo notó hasta que el suave murmullo de Antoine empezó a tomar una tono peculiar, era como chillido gutural, demasiado alto para ser natural. Entonces Denis se detuvo, y miró detenidamente el brazo donde ingresaba la sangre del cordero.  Lana blanca crecía de su brazo.

-¿Por todos los cielos qué está…?-dijo Denis, mientras entrecerraba los ojos confundido.

En ese momento, Antoine empezó a convulsionar. Sus cuerpo se puso rígido y sus ojos giraron hacia adentro de su cabeza y sus brazos se sacudieron  con tanta violencia que se desprendió la manguera de su brazo y tanto su sangre como la del cordero se desparramaron por el suelo, donde formaron un charco espejado que reflejaba nuestros pies. Denis se apresuró a atenderlo, no sé que fue lo que intentó hacer ya que yo estaba concentrada en el rostro de Antoine, su nariz se había achatado y sus fosas nasales se oscurecieron y enancharon, agitadas mientras luchaba para respirar.

Estaba mirando sus extraños ojos con el iris afinado cuando dio su ultimo suspiro y murió.

Tal como usted lo predijo, Denis quiso llevarse el cuerpo en ese mismo momento para examinarlo, para probar de inmediato que la transfusión no había sido la causa de la muerte, pero yo grité con todas mis fuerzas por lo que finalmente tuvo que desistir, exhausto, se fue con la promesa de recoger el cuerpo la mañana siguiente. Enterré a Antoine rápidamente con el dinero que me dio para este propósito especifico, y para cuando la ultima palada de tierra había cubierto la fosa velozmente cavada, habían pasado apenas unas ocho horas desde que había tomado la sangre del cordero y su cuerpo ya no era el de un ser humano. El efecto de la magia de La Voisin se había profundizado aun después de que el veneno había terminado con su vida.

Cuando todo terminó, volví al interior de mi casa, limpie la sangre del suelo lo mejor que pude, escondí sus instrumentos médicos en un costal de harina y me fui a dormir.

Al día siguiente vino usted a buscar los instrumentos, pero no pareció molestarle cuando le dije que Denis se los había llevado para examinarlos y buscar defectos. Estaba usted demasiado alegre como para lamentar la perdida de un cuchillo o dos.

-¡Bien hecho, Madame!-dijo con su típica pomposidad-.Ya está en boca de todo el mundo, como la transfusión se ha cobrado su primera victima, y he oído por un amigo que cuando Denis se enteró de que había enterrado a Antoine dejo escapar un grito de rabia que rivalizaría con el de la mismísima Alala. No pasara mucho tiempo hasta que sea juzgado por asesinato, y junto con él, la transfusión, y así este satánico capitulo de la medicina quedara para siempre en el olvido. ¡Iremos hacia la luz, Perrine!

Estaba usted tan seguro de que su plan había funcionado, y su entusiasmo era convincente. Toqué el recipiente del polvo que descansaba en el bolsillo de mi vestido y pensé que quizás no tendría necesidad de usarlo después de todo. Quizás podía construir una vida respetable, como viuda, y encontrar un poco de libertad en ella, quizás no debería recurrir a las medidas de ultimo recurso que había preparado para mi misma.

Pero quizás, incluso si todo lo que usted puso en marcha hubiese salido en forma impecable, aun así, hubiera tomado esta decisión. Durante toda mi vida he estado soñando con el bosque, el cielo abierto y cubierto de estrellas, y lo rápido que me movería bajo su amparo. No huyendo atemorizada, sino corriendo hacia ellas.

Y así, Monsieur de la Martinière es como hemos llegado hasta aquí.

He caminado toda la noche, evadiendo a los hombres enviados por el jefe de policía, hombres que buscan encerrarme de por vida en la Grand Châtelet por un crimen que cometí porque usted me pago para hacerlo. Me pondrían detrás de murallas apestosas y no volvería a ver el cielo nunca mas. Me detuve solo una vez, en una taberna de mala reputación, para sentarme junto al fuego y calentar el vial de sangre que le compré esta mañana a un cazador de pieles. Era espesa, roja y orgullosa, la sangre de un depredador, en un callejón, utilizando el bisturí y las mangueras que usted me dio la he inyectado en mis propias venas.

Como sin dudas podrá deducir por mi apariencia, y por la facilidad con la que lo he tomado de la garganta y rasgado su rostro con mis garras, he estado tomando el polvo de La Voisin, aunque mucho mas dosificado que cuando mi esposo lo tomó, él se lo trago todo en un solo sorbo. Yo quería retener mi capacidad humana del habla para venir aquí y relatar todo lo que le acabo de contar. Quizás siente que arrastro las palabras, es solo que mis dientes están creciendo, grandes y filosos, y hablar me resulta cada vez mas difícil. Siento como cambia mi garganta, mi voz se convierte lentamente en lo que podríamos llamarle un gruñido. Terminé de escribir, entonces, y léamelo.

Ahora firme con su nombre y el mío. No llore, Monsieur. ¿Acaso no confía en que su Dios lo recibirá por todo lo que ha hecho en su nombre? Si, anoté eso también, quiero que se sepa que incluso ahora pienso en Dios y me pregunto que será de mi alma cuando muera. Si los lobos no van al Paraíso, tampoco pueden ir al infierno, así que quizás termine corriendo por un bosque eterno.

En cuanto a usted, sus sirvientes lo encontraran aquí mañana, destripado como una vaca, con toda su preciosa sangre derramada, pero, no se preocupe que su pureza estará intacta. Quizás una mucama afirmará haber visto un lobo saltar por la ventana. Quizás un mayordomo jurará que escuchó un aullido penetrar la noche. Quizás esta confesión sea leída y puesta en duda, o quizás si la crean y desaté el pánico en la ciudad. No me importa. La ciudad ya no es lo mío. Hay luna llena y el cielo clama por mí.

FIN

El diente de león y las tres estrellas

Por Jordan Kurella

Publicada originalmente en la edición de junio de 2018 de Beneath Ceaseless Skies

-¿Qué debería pedir?-preguntó Shai, con el barro filtrándose en sus botas y chorreando sobre sus dedos.

-Es tu deseo-dijo Amarine, acercándole aun mas el diente de león-. Escogí este para ti. Dilo en voz alta. Y cuando lo hagas, veremos juntas como las semillas se esparcen sobre el pantano como las estrellas.

Amarine daba por seguro que el deseo que pidiera se haría realidad. Ella siempre era mas fantasiosa en el pantano, desconectada de sus tareas cotidianas y responsabilidades en la Fortaleza, mientras que Shai por su parte,sentía que podía respirar libremente ahí antes de regresar al pueblo, a sus preocupaciones mas practicas. Pero con Amarine a su lado, sus únicas preocupaciones eran el dobladillo de su vestido impregnado de barro y cuanto tardarían los guardias del padre de Amarine en ir a buscarla.

Amarine se inclino hacia adelante, sosteniendo la nube del diente de león frente a los labios de Shai, sonriendo como siempre. Sus ojos buscaron el rostro de Shai pero no pudo anticipar su deseo antes de que lo dijera en voz alta. Shai entendió la naturaleza de los deseos, su importancia. Entendió que no se pide algo que puedes comprar, o algo que te puedan dar. Deseas algo que quieres. Y lo que Shai quería era algo que valía la pena desear.

-Deseo-dijo Shai-, deseo que podamos casarnos.

Una vez dicho, las semillas salieron volando sobre el pantano esparcidas como las estrellas, justo como Amarine dijo que sucedería, pero estas no se llevaron consigo las preocupaciones de Shai. Era su turno ahora de ver a Amarine a la cara, y ésta había cambiado. Sus ojos se habían endurecido por la conmoción y ahora eran distantes. Su boca se lleno de dudas y su sonrisa constante había desaparecido.

Amarine, como hija del lord, tenía mucho que perder, y lo sabía. Shai lo sabía. Shai quería deshacerse de toda esa realidad, quería que todo eso se fuera junto a las semillas del diente de león a las profundidades oscuras del pantano. Que el deseo se lo llevara consigo y se desvaneciera en el frio viento de invernal. Entonces acercó su boca a la temblorosa boca de Amarine y la besó.

Entraron en confianza. Los dedos embarrados de Shai recorrían los oscuros rizos de Amarine, tirando suavemente de su cabello. Su manos frías entraron en calor buscando su piel y su ropa y su piel nuevamente. Sus besos alejaron las dudas de la boca de Amarine, la conmoción de sus ojos, y el invierno de sus mejillas. La sostuvo contra su cuerpo, sintiendo sus huesos a través de su vestido, y apretándolos suavemente contra sus propias caderas.

Esto era lo que quería, por siempre y para siempre. Esto era lo que ella había deseado. Besó a Amarine hasta que se olvido del frio, de los guardias y de todo. El mundo eran Amarine y ella, juntas y nada mas. Por siempre y para siempre, felices por siempre, hasta que el sonido de un cuerno las separo.

-Mi padre…-dijo Amarine sosteniendo la mano de Shai.

Shai empezó a acomodarle el cabello y a abrocharle el vestido apenas escuchó el cuerno. No hacían falta palabras. Amarine vivía en la Fortaleza, con murallas de piedra y custodiada por guardias, mientras que Shai debía volver rápidamente a casa, a las polvorientas calles del pueblo, con su olor a hierro y comidas ajenas. Amarine debía estar sola,como sus guardias la habían dejado, para no despertar sospechas. No podía estar sola como ellas dos lo habían estado juntas, olvidadas del resto del mundo, pidiendo deseos y besándose, eso tendría que esperar hasta la llegada de ese imposible día.

Shai volvió entonces al pueblo, dando un ultimo vistazo a Amarine de pie junto al pantano de invierno. Shai sabia que Amarine le enviaría otra carta pronto, volverían a estar juntas, algún día.

Pero esa tarde mientras Shai regresaba a la cerca fronteriza, no pudo evitar sentir que alguien la vigilaba.

Pasaron tres días desde ese beso en el pantano, y Shai los había pasado practicando su lectura y arreglando ropa de otras personas. Cuando su hermano Yann llegó a casa, sucio después de un largo día en la herrería, lavó su ropa y le dejo ropa limpia para el día siguiente. Todas las noches compartían la cena que Shai cocinaba para ellos como de costumbre, y al terminar Yann se iba a la taberna y ella quedaba sola. Todos los días igual que todas las noches, la única alegría que Shai tenía era pensar en Amarine y sus ojos verde claro, su largo y oscuro cabello y sus delgados y suaves dedos.

Durante la tercer noche, Yann regresó a casa de la taberna, muerto de risa con historias de conquistas fallidas antes de quedarse rápidamente dormido en su cama. Shai seguía despierta, contando las estrellas. En esta época del año habían doce que ella pudiera ver por su ventana, amontonadas como niños asustados. Las contó una y otra vez para mantenerlas a salvo mientras las nubes pasaban sobre ellas, oscureciendo la habitación, entonces esperó, pero la habitación se oscureció aun mas.

Alguien se había agazapado en el foso de la ventana.

Shai se incorporó lista para dar aviso, lista para gritar. Pero a medida que la persona se acercaba, vio que no era realmente una persona. A medida que las nubes se dispersaban, pudo ver sus alas como hierbas del pantano, su piel amarillo verdoso, sus ojos oscuros como el ónix. Su madre le había contado historias sobre el pueblo del pantano, sobre sus trucos y sus promesas y como ella debía actuar si se encontraba con ellos, con cautela y amabilidad. Podía oír la voz de su madre; “recuerda, cuando se trata de las hadas del pantano, espera lo inesperado.”

-He venido a conceder tu deseo-dijo el hada del pantano, con la cabeza serpenteando sobre sus hombros-. Pero exijo algo a cambio.

Lo único que Shai quería en el mundo era esto. Era lo único que había deseado desde que Amarine la había besado por primera vez hacia cinco maravillosos años. Habría consecuencias, no solo por lo que pidiera el hada sino lo que pasara con el pueblo. Pero ella y Amarine serían felices, Shai se aseguraría de eso.

-¿Cuales son las condiciones?-preguntó Shai.

-Las condiciones son mías y solo yo las conozco-dijo el hada del pantano-. Las consecuencias son tuyas. ¿Aceptas el trato?

-¿Qué necesitas?

-Solo tres estrellas-dijo ella-.Tres semillas de diente de león cayeron en mi estanque, así que te quitaré tres estrellas.

-No comprendo-. Shai miró a su hermano que aun dormía profundamente en su cama.

-Estrellas fugaces-dijo el hada del pantano-.Tus primeras tres estrellas fugaces de primavera. Desde el momento en que caigan, la noche me pertenece.

El hada levantó tres dedos unidos por membranas frente a ella pero Shai fue precavida. Su madre le había contado historias sobre las estrellas fugaces, sobre su poder para cambiar a las personas, y también sobre su poder para transformarlas. Shai volteó a ver a su hermano, su pecho hinchado que subía y bajaba indicaba que seguía profundamente dormido. Él no lo aprobaría. Desde que su madre había huido y su padre había muerto junto a otros diecinueve hombres intentando llevarla a la justicia, Yann había estado encima de Shai, siempre curioso de todo lo que hacía. Por lo que ella no compartía nada sobre su vida. Nada sobre cuanto extrañaba a su madre, nada sobre Amarine, nada sobre sus paseos en el bosque. En los últimos años, Yann había dejado de hacer preguntas, y Shai disfrutaba su libertad. Ella vivía su vida de secretos como él vivía una vida sin ellos.

Pero no podía quedarse ahí con él. La obligaría a casarse con alguien para hacerse rico, con alguien que elevara su posición. La alejarían de Amarine y solo la vería en algún acto en el pueblo, donde Shai representaría el papel de esposa devota de un hombre que no quería, mientras la vida que si quería estaría ahí, a su alcance, pero que al igual que la mayoría de las cosas demasiado hermosas para este mundo, no le permitirían tocarla.

No, estaba harta de Yann y de la vida que él tanto quería para ambos. Shai era hija de su madre. Era fuerte como ella, orgullosa como ella y lucharía por su vida igual que ella. Había llegado el momento de vivir para ella.

-Acepto los términos-dijo-.Por favor concede mi deseo. Eso me honraría.

-Es tuyo-dijo el hada del pantano, tocando la frente de Shai con la punta de su dedo-. Ahora duerme.

Y así lo hizo.

Shai recuerda la ceremonia como algo intimo y muy pequeño , casi como un sueño. Solo ella y Amarine, con el sacerdote de la aldea diciendo sus palabras como un susurro mezclado con el sonido del agonizante viento invernal. En la historia que Amarine contaba sobre la ceremonia habían asistido cientos de monstruos, el pantano estaba iluminado por fuegos fatuos y su anillo, puesto en su lugar por dedos tan fríos que aun podía sentirlos. Ocuparon una cabaña abandonada en el bosque donde termina el pantano como su nuevo hogar. Las tablas del piso estaban llenas de agujeros, el techo goteaba y se rumoreaba que estaba embrujada, pero Shai no podía ser mas feliz. La sentía acogedora, mas como su hogar de lo que su anterior hogar se había sentido en años.

La mañana siguiente a que se casaran, las flores habían brotado del barro buscando hasta el mínimo rayo de sol que pudieran encontrar. La primavera estaba cerca, ahuyentando al invierno con sus brillantes colores.

Pasaron semanas y el mundo empezó a sentirse renovado, Shai construía trampas para conejos mientras Amarine se sentaba frente a la ventana, observando como los vapores se elevaban del pantano, levantando la carga que llevaba sobre sus hombros con fuertes suspiros. Con cada día que Shai pasaba poniendo trampas para procurar alimentos como su madre le había enseñado, el animo de Amarine se oscurecía cada vez mas.

-Hace tanto frío-decía quejándose por las mañanas.

-Tengo tanta hambre-decía después de cenar.

-La noche está enojada-decía todas las noches que el viento se filtraba a través de las podridas tablas de madera.

Cada vez que esto sucedía, Shai envolvía a Amarine en sus brazos para consolarla. Sabía que era demasiado delicada, acostumbrada a vivir en la Fortaleza con sus gruesas murallas donde nunca había humedad o pasaba frío. Y ahora estaba ahí con Shai, en una cabaña tan podrida que a veces olía a muerte y tan precaria que los niños contaban las mas terribles historias sobre ella.

 Era tanto que mientras peinaba su oscuro cabello, le contaba historias sobre como ellas se harían amigas de los fantasmas, y que estos confortarían la casa para ellas y la convertirían en un hogar. Shai hacía esto todas las noches, hasta que Amarine que la tensión en sus manos disminuía y se relajaba hasta quedarse plácidamente dormida.

Pero aun cuando los prados cobraron vida, Shai encontró a Amarine mirando por la ventana, con su mano en su mejilla, mirando a la nada. Ahí estaba todos los días cuando regresaba con la comida del día, mientras cocinaba, mientras cocía u ordenaba. Amarine era la princesa triste que esperaba ser rescatada en los cuentos de hadas, pero ésta era un historia totalmente distinta. La chispa de inteligencia en sus ojos la había abandonado, la que utilizaba para pensar, imaginar y contar historias. El calor de sus manos y sus mejillas la había abandonado, la cabaña se lo había quitado. La alegría había abandonado su voz y sus gestos. La melancolía se había apoderado de Amarine, y amenazaba con apoderarse de ambas, si Shai no conseguía repelerla.

Shai tenía que rescatar a Amarine y salvarse a sí misma al mismo tiempo.

Se imaginó a sí misma sobre un caballo blanco, cubierta de armadura. Se imaginó cabalgando hasta la cabaña, espada en mano, y desafiando a la melancolía a una batalla. La batalla era salvaje y brutal. Algunas días ganaba y podía ayudar a Amarine. Otros días la melancolía la derrotaba y sucumbía ante ella. Pero sabía que tenía que ser el caballero en esa historia y en todas, historias como las que Amarine solía contarle. Y lo era.Cada vez que estrechaba las manos de Amarine y sonreía dulcemente. Pero entre ese momento y el siguiente, solo estaba Amarine, con los ojos entrecerrados y suspiros profundos llenando de desesperación el corazón de Shai .

Quizás había pedido el deseo equivocado, quizás debió haber pedido otra cosa. Esto no era para nada lo que ella quería.

La madre de Shai le había enseñado bien, pero hay algunas cosas que no pueden el suelo no provee. Necesitaban provisiones; recipientes, cucharas, tela para ropa y frazadas. Con temor a las represalias de Yann o de alguno de los guardias de la Fortaleza, Shai viajaba al pueblo solo durante el atardecer, cuando las tiendas estaban a punto de cerrar,y los tenderos estaban distraídos. Se disfrazaba utilizando la capa de Amarine que tenía capucha para esconder su rostro y un par de guantes. Ninguno le quedaba bien. La capa era demasiado larga y los guantes le apretaban. Pero cumplían su propósito, y después de tres viajes, Shai seguía pasando desapercibida.

Esta vez, Amarine quería una tetera, y Shai haría lo que fuera por ver sonreír a su esposa, así que se dirigió al pueblo cuando la oscuridad se iba abriendo paso. Pero el sonido de los gritos y el choque de espadas la detuvo antes de llegar a la cerca fronteriza, el miedo la invadió. El padre de Amarine hubiera evitado cualquier ataque contra el poblado, si había uno en proceso, ¿qué había pasado en la Fortaleza?

Apresuró el paso, escaló la cerca con pollera y capa y tomó el camino a toda velocidad. Una densa neblina cubría todo, opacando los sonidos de la batalla y los gritos de dolor como generando una especie de impotencia onírica. Shai necesitaba saber. Cuando había problemas, las personas del pueblo se resguardaban en la taberna, esta no sería la excepción. Era peligroso pero no tenía opción.

Dio dos pasos adelante cuando una figura broto de la neblina frente a ella. Una figura oscilante, como una serpiente, con una armadura oscura y cubierta de barro que se fundía con la poca luz del ocaso. Shai se paralizó. No dijo una palabra, no quería provocar al extraño, cuya espada estaba empapada con la sangre de su ultima victima. Antes de que pudiera apartar la mirada, los ojos del extraño encontraron los suyos. Eran negros como el ónix, y sus mejillas, detrás del barro y la sangre eran amarillo verdoso. Shai retrocedió, levantando sus brazos para proteger su rostro, pero el extraño le sonrió, exhibiendo una boca rebosante de dientes delgados y filosos como agujas. Y así, tan rápido como había aparecido ante ella se fue.

Shai cayó rendida de rodillas. Estaba viva, y se percató repentinamente de que el pueblo había quedado en silencio.

-El Lord está muerto-dijo el sastre del pueblo. Estaba ayudando al tabernero a acomodar las bancas de la barra-. Asesinado, en forma precisa por esos extraños espadachines.

-¿En forma precisa?-dijo el tabernero, con su voz y sus ojos bajo control para mantener la paz-. ¿Cómo lo sabes?

-Mi hijo es guardia-dijo el sastre-. Él sobrevivió. Dice que pasaron junto a él. Esos bastardos atacaban solo a algunas personas especificas e ignoraban al resto. Dejaron vivos a los demás, incluyendo al hijo mas joven del Señor.

-¿El pequeño enfermizo?-dijo el tabernero-. ¿Mataron a su alquimista?

-Si-dijo el sastre-Una pena, una maldita pena.

Shai se inclinó hacia adelante, haciendo un esfuerzo por escuchar la conversación desde su mesa en la parte trasera de la habitación. La taberna estaba llena, pero ella necesitaba estar en las sombras por lo que ese era el mejor lugar. Pero a medida que mas gente entraba se hacia mas y mas difícil distinguir lo que decían.

“… al muchacho no le queda ni un año de vida, no sé que vamos a hacer.”

-Bueno, aun nos queda Amarine-dijo el tabernero-. Ella hará lo que es mejor para nosotros.

-No puede hacer nada mientras esa bruja la tenga consigo-dijo el sastre. Se inclino hacia adelante pero aumentó el volumen, quería ser escuchado-. Esa chica era igual a su madre, como siempre lo he dicho. Su padre no pudo controlarla, y su hermano tampoco. Ahora mira lo ha sucedido.

-¿Dices que el ataque fue culpa de Shai?-la voz del tabernero era igual de alta-. No es esa clase de chica.

-Solo porque te gusta esa cosa…

Un sombra oscura se acercó de repente a la mesa de Shai rompiendo su concentración. Ella retrocedió en su silla, lista para defenderse con un cuchillo pelador que llevaba en el bolsillo pero la sombra permaneció inmóvil, expectante, a la espera.

-¿Un trago, extraño?-preguntó la sombra. Era solo la mesera, con aspecto muy poco amigable.

-Vino-dijo Shai, mientras la conversación del bar continuaba.  

-¿Vaso o jarra?-dijo la mesera sonriendo con todos sus dientes, pero sin alegría.¿La había reconocido?

-Vaso-dijo, dejando el pago sobre la mesa.

-Bien-la mesera sonrió fríamente mientras seguía su ronda y atendía otros clientes.

La conversación entre el sastre y el tabernero se había diluido ya con otras historias.

“Salieron de la nada.” “Se escabulleron como fantasmas.” “Sus filos cortaban como si fueran mágicas” Las conversaciones no era como las de la barra, eran urgentes y temerosas, y con una necesidad de hacer algo.

Antes de terminar su trago, se sentaron a su mesa una joven de su edad y sus dos jóvenes hermanos gemelos. Shai reconoció a la chica, era la hija del molinero, Baelin. Conocía a Baelin de las asambleas del pueblo, festivales y celebraciones del solsticio en la Fortaleza. Habían conversado y jugado juntas, y sus madres habían sido amigas alguna vez, antes de que todo saliera mal. Baeling seguía culpando a Shai por ello.

Podría reconocerla y su disfraz sería en vano. El castigo por brujería era la muerte. Lo único que Baelin tenía que hacer era levantar la mirada y Shai lo perdería todo. Era demasiado peligroso quedarse. Así que se levantó de su asiento justo cuando la taberna estallaba en aplausos.

Un hombre había entrado y se había sentado en la mesa frente a la suya. Estaba de espaldas a ella pero al verlo hacer una reverencia percibió un aire familiar. El tono oscuro de su cabello rubio. La mugre alrededor de las uñas de sus dedos que no salia sin importar cuanto lo refregara y como su camisa gris era impertinentemente blanca debido a los lavados nocturnos. Yann levantó sus brazos y los aplausos cesaron. Shai no podía irse ahora.

-Nuestro Señor está muerto-dijo Yann-.Todos sus mas dignos herederos han perecido con él.

-Tu hermana se llevó a una-gritó una mujer-. Aprendió demasiado bien de tu madre.

-Es así-dijo Yann-. Y estoy aquí para terminar con eso. Vamos a recuperar a Amarine y a matar a esa bruja.

La multitud empezó a susurrar. El murmullo se esparció de aquí para allá mientras Yann estaba firme en su mesa, determinado. Pasaron unos minutos hasta que alguien levantó la voz. “¿Matará a su propia hermana?”

-Esa cosa ya no es mi hermana.

-El Rey debería estar al tanto de esto-dijo el tabernero.

-¿Para que pueda designar a ese niño enfermizo en la Fortaleza?-dijo Yann-. No, necesitamos hacer algo ahora. Una vez que rescatemos a Amarine, yo me casaré con ella y me convertiré en el Señor de estas tierras-. Los murmullos volvieron a circular, esta vez con voces mucho mas altas.

Fue Baelin quien empezó a aplaudir, lentamente para que otros la siguieran. Y así lo hicieron, con gritos, silbidos hasta que se reunieron alrededor de Yann. Los clientes en las mesas bebían felizmente, mirando a su alrededor, abrazando amigos y amantes. La matanza de esa tarde se había convertido erróneamente en una venganza. Sangre por sangre, tomarían lo que creían que les pertenecía.

Se dio vuelta para irse, tenía que irse. Aprovechando el revuelo alrededor de Yann, era el momento perfecto.Su corazón embestía contra su pecho, insistía con perderse en la noche, donde pudiera ser libre.

-No es seguro salir todavía, extraño-dijo Baelin-. Eran hadas guerreras. He leído las historias. Alguien debe haberlas enfurecido.

-Quizás fue la bruja-dijo uno de los hermanos-Quizás ella quiere ocupar el puesto de nuestro Señor.

-Mi casa está cerca-dijo Shai. La sequedad de su garganta hacía que su voz sonara ronca.

-¿Así?-preguntó Baelin-. ¿Entonces por qué ocultas tu rostro si no eres extraña en este lugar?-Shai pudo sentir como Baelin la juzgaba con la mirada. Había levantado sospechas, y Yann estaba demasiado cerca de su mesa, haciendo rondas. No podía dejarle ver su rostro, escuchar su voz.

Sin mediar mas palabras con Baelin, Shai se deslizó entre los ebrios hacia la puerta de la taberna. En la calle, los cuerpos de los caídos estaban cubiertos por sabanas manchadas de sangre, listos para que la carreta los levantara por la mañana. Caminó rápidamente, saliendo por la puerta del pueblo como lo haría un visitante o un granjero local. Tuvo mucho cuidado de que no la siguieran.

Espabilada por el miedo, notó que los brotes de manzana habían florecido por completo, y la cosecha empezaba a asomar en los campos. La primavera había llegado y con ella lo que debe haber sido la primera estrella fugaz del hada. Shai aceleró el paso. ¿Acaso el ataque de las hadas había sido culpa suya? ¿Y la traición de Yann? ¿Había provocado la muerte del padre de Amarine? Es lo que el hada quería, por razones que Shai desconocía; como su madre siempre decía “no existe el felices por siempre, siempre hay un precio que pagar.”

A todo esto, Shai había olvidado por completo que Amarine estaba sola en una cabaña putrefacta en el extremo del pantano. Ignorando toda advertencia, Shai cortó camino a través del campo de un granjero, escaló la cerca y corrió a través del bosque y del pantano, hasta que llegó a casa, sin aliento, con la mente acelerada por la preocupación, solo para escuchar que Amarine cantaba alegremente en el interior de la casa.

-Me alegro que hayas llegado, amor mío-dijo Amarine, apoyando su mano sobre la mejilla de Shai-.Estuviste fuera mucho tiempo, ya empezaba a preocuparme.

Su capa estaba empapada con barro del pantano y sus guantes pegagosos por el sudor, pero Amarine, que por lo general era muy quisquillosa respecto a esas cosas, colgó su capa y guantes sin hacer comentarios y la invitó a tomar asiento, había decorado con flores y velas, mejor de lo que Shai lo había hecho jamas. Tenía una alegre sonrisa en el rostro. Siempre había visto esa sonrisa de alegría y felicidad, era la que Amarine llevaba consigo en los pantanos, pero esta era diferente. Se sentía todo muy confortable.

-Pensé que quizás estarías enojada conmigo, así que fui a revisar tus trampas y nos preparé la cena-dijo Amarine.

-¿Cuándo aprendiste a hacer estofado de conejo?-preguntó Shai cuando tenía el plato lleno en frente.

-He estado prestando atención-dijo Amarine-.Mi padre siempre dijo que aprendía muy rápido.

Shai guardó silencio. La mención del padre de Amarine le había quitado el apetito.

-¿Por qué estuviste fuera tanto tiempo?-preguntó Amarine.

-Hubo un ataque en el pueblo-dijo Shai-. Me resguarde en la taberna con los demás. Mataron a muchos. Las calles están llenas de cuerpos.

“¿Así?” Los ojos de Amarine estaban calmados, enteros. La noticia no le había afectado.

-Amarine-dijo Shai, tocando la mano de su esposa-. Tu padre y tus hermanos están muertos.

Amarine solo asintió-. Nosotras estamos vivas, Shai. Tu y yo. Eso es lo que importa-. No parpadeó-. Come, no dejes que se enfrie.

-Pero…

-Mi padre no quería que fuéramos felices, yo quiero que seamos felices-dijo Amarine, mirando a Shai a los ojos-. ¿Tú eres feliz?

-Si, claro-dijo ella-.¿Y tú?

-Yo también-dijo Amarine-. El poder de mi padre sobre mi ha desaparecido. Celebremos eso. Seamos felices juntas.

Un súbito cambio en su actitud. Extraño pero perfecto. Shai se sentía aliviada y agobiada por ese cambio tan radical. No quería creer que las hadas tuvieran algo que ver. Era amor verdadero. El amor que su esposa le había jurado en el día de su boda, y el amor que Shai sentía por su esposa crecía suspiro a suspiro. Ella sabía que era verdad,tenía pruebas. Cada vez que se besaban, Amarine dejaba de llorar; cada vez que se tomaban de la mano la hacía sonreír. Shai había sido capaz de disipar la melancolía de su esposa con adoración anteriormente y ahora realmente se había ido del todo. ¿Qué podía ser mas mágico que eso?

Era todo lo que siempre había querido, todo lo que ambas habían querido. Y ahora lo tenían.

Sabia que Amarine la amaba. Estos últimos meses debía haber sido solo nostalgia. Ahora sabía que su hogar era ese, con ella, en la cabaña, porque estaban ahí juntas, para siempre. Las historias de los fantasmas habían enternecido su corazón, las caricias y el tomarse de las manos, todo eso había hecho que Amarine se acercará a ella. Shai acalló sus dudas y observó como la luz en los ojos de su esposa brillaban de esperanza.

Esa noche en su cama, los besos de Amarine alejaron a las hadas guerreras de la mente de Shai. Desterraron todo lo que tuviera que ver con Yann, el pueblo del pantano y las estrellas fugaces. La noche era solo para Amarine.

Y así Shai finalmente pudo estar feliz y satisfecha.

La mañana siguiente la brisa que se filtraba y silbaba por las paredes con la esencia de la primavera y la lluvia que caía a través del techo se sentían frescos y cálidos. Shai pasó toda la mañana con Amarine recolectando hierbas y comida, enseñándole que plantas del bosque eran comestibles, como su propia madre le había enseñado a ella muchos años atrás. Por la tarde cocinaron juntas, se contaron historias, y se tomaron de la mano mientras paseaban por el pantano. Shai escuchó cada palabra que fluía alegremente de la boca de Amarine, hablaba sobre como se sentarían frente al fuego como viejitas en la cabaña e ignorarían lo que pasara en el pueblo y a las personas, porque ahora solo se tenían mutuamente y eso era lo importante.

Shai no podía contarle a su esposa sobre el plan de Yann. No podía contarle lo que el pueblo pensaba de ella, o que querían llevarse a Amarine lejos de ahí. Quería quedarse en el bosque para siempre, vivir de la tierra, sin los recursos del poblado, pero era imposible. Su cuchillo para pelar estaba roto.

Esa tarde, en la curtiembre del pueblo, Shai escuchó una voz familiar. Baelin estaba cerca, hablando con una anciana que su madre debió haber conocido.

-Yann será un buen Señor-dijo la anciana.

-¿Creé que Amarine se casará con él?-preguntó Baelin-. Siempre ha sido algo extraña.

-No tendrá opción-dijo la anciana-. Es por el bien del pueblo. Lo hará, estoy segura.

-Si supongo que si- dijo Baelin.

-Deberías decirle a tu esposo que se una a la cacería-le dijo la anciana-. A Yann le está costando conseguir los hombres necesarios.

-Después de lo que le pasó a su padre, no me sorprende. Este pueblo necesita a sus hombres y están preocupados. La cacería de brujas tiene un agrio antecedente en este pueblo-. Baelin giró sobre sí misma y estaba ahora de frente a Shai, que se apretó fuerte la capucha alrededor del rostro. Pero había algo en los ojos de Baelin que la inmovilizó, aun cuando quería salir corriendo.

-Si-dijo la anciana-. Es una verdadera pena que su hermana haya salido de esa manera.

Apenas Shai pudo irse, salio por la puerta principal, con el miedo a Baelin o Yann ardiendo en su cabeza. No se volvió para ver si la seguían, ni en la curtiembre, ni en las puertas del pueblo, ni en el sendero de tierra en el campo del granjero. No había otro sonido mas que sus propias pisadas, su propia respiración agitada y un zorro gritando en la neblina.

Pero aun así, no se sorprendió cuando alguien la tomó del brazo cuando estaba a punto de salirse del camino.

-Extraña-. Era la voz de Baelin-. ¿Me estas espiando?

Shai mantuvo su cabeza gacha-. Fuiste tú la que se sentó en mi mesa esa noche, no yo en la tuya.

-Pero ahora te encuentro escuchando mis conversaciones, mis planes-dijo Baelin.

Solo entonces, Shai apartó su brazo-.No. Eso lo has hecho tú sola. Ahora déjame.

-Sé que eres tú, Shai Ironsmith, y sé donde se esconden. Pronto Yann también lo sabrá, y sus hombres, y sus sabuesos.

-¿Cómo sabes donde nos escondemos?

Pero Baelin respondió con una sonrisa-. Perdonaremos a Amarine-dijo ella-. Pero tú no tendrás tanta suerte.

Sacudió a Shai como si fuera basura,y la hizo perder el equilibrio y caer al pasto, mientras le clavaba la mirada. Esa sensación desplazo completamente la felicidad que Shai tenía antes de llegar al pueblo. Le había hecho un agujero a su día, desplazando todos los buenos recuerdos.

Pero aun tenían la promesa del hada del pantano. Otra estrella podía caer y cambiar la vida de Shai para siempre,  la suya y la de su esposa. Baelin podría convertirse en un árbol en el medio del camino, Yann podría ahogarse con la sopa, el pueblo podría recibirlas con los brazos abiertos, de alguna forma, de alguna manera, aun podría encontrar la felicidad que ella había deseado.

La sensación que la mirada de Baelin le había producido se habia desvanecido, Shai se había internado en lo profundo del pantano. Sacudiendo sus preocupaciones en el barro del pantano, eran demasiadas las cosas por las que moriría; la sonrisa de Amarine como primera y ultima cosa de cada día, el sabor de su aliento en su lengua, la sensación de sus pequeños dedos sobre su piel. El aliento de Shai se aceleró con cada paso que daba camino a casa, y con cada inhalación, intentaba convencerse de lo feliz que era.

Amarine quería armar una huerta, y estaba muy entusiasmada con sus planes. Shai observaba como su esposa hablaba y hablaba sin parar sobre que vegetales resistirían mejor el invierno. Amarine se había astillado un diente el día anterior mientras cortaba leña, y eso le daba a su belleza un aspecto salvaje. Ahora lucía peligrosa, y Shai disfrutaba ver esos pequeños rasgos mientras hablaba. Había tanto que no podía contar que se dejo llevar por el entusiasmo de Amarine.

Esa noche en su cama, Amarine recorrió el cuerpo de Shai con sus manos pero ella la apartó-.No esta noche-le dijo-. Estoy sucia por el viaje.

-Eso no importa-dijo Amarine-.Yo también estoy sucia.

-Por favor-dijo-. Por la mañana.

A regañadientes, Amarine le dio un beso en la sien. “Descansa entonces. Lo necesitaras por la mañana.”

Era una noche muy oscura cuando alguien tocó la puerta. Fuerte, con autoridad, pero a la vez pequeño. Amarine despertó y se quedo mirando, con sus ojos verdes como dos estanques pantanosos en la oscuridad. Shai se incorporó y tomó su cuchillo pelador. Hubiera sido mejor tener el hacha pero por descuido lo había dejado afuera, el cuchillo tendría que ser suficiente. La advertencia de Baelin se sentía frescas en sus oídos.

-¿Quién anda ahí?-preguntó Amarine con las manos apretadas a su pecho-. Anúnciese.

Un tercer golpe llegó como una pregunta. Shai abrió la puerta con cautela y encontró solo un niño pequeño parado afuera , no tenía mas de cinco años.

-¿Estás perdido?-preguntó Shai.

Sin respuesta.

-¿Dónde está tu madre?-Shai siempre había sospechado de los extraños.

El niño sacudió la cabeza, apuntando hacia la oscuridad del pantano.

Amarine se unió a ellos en la puerta. “Déjalo entrar, pobrecito, va a pescar un resfrío ahí afuera.”

Shai encendió el fuego mientras Amarine envolvía al niño con una manta. Lo sentó en sus piernas y lo acunó hasta que dejó de temblar. El guiso estaba caliente y el fuego proyectaba sombras en la habitación, Shai quedó sola y su soledad iba en aumento. Había algo en ese niño que le resultaba perturbador. Sonreía con la boca cerrada y su cabello era demasiado fino para lo alto que era. Era desagradable, su aspecto estaba mal,su comportamiento estaba mal, y se sentía mal estar cerca de él, pero no dijo una palabra al respecto.Para este niño ella era apenas una mujer sola con su amiga Amarine, no una bruja.

Se acomodó en las mantas y se perdió entre los brazos de Amarine mientras ella le contaba historias. Todas las preferidas de Shai sobre valientes caballeros y sus batallas para salvar a las doncellas. Le contó otras historias también, sobre hombres enamorados de princesas pero como esas princesa amaban a otros hombres, unos que podían transformarse en dragones. Le contó historias sobre chicas que se creían inofensivas y el castigo mágico que caía sobre ellas. El niño no miro a Shai ni una sola vez, sus ojos estaban fijos en los de Amarine mientras ella contaba ahora historias sobre los pueblos del pantano.

-Sus obsequios son preciados pero siempre vienen con un precio-dijo ella-. Siempre debes ser bueno con ellos, y nunca jamas ser grosero.

El niño comió lentamente el guisado y le dio tiempo a que Amarine siguiera contando historias, contó muchísimas, algunas que ni siquiera Shai había oído antes, cada una mas increíble que la otra. Entre pequeños bocados, el niño recostaba su cabeza sobre el pecho de Amarine y preguntaba detalles de los detalles, y ella respondía. Los dos juntos eran mas hermosos que el tapiz mas bello que Shai hubiera visto jamas. Amarine tejía historias, entre la belleza del reino del pantano, y los distintos tipos de dragones mágicos, el resplandor del sol en la espada de un caballero, y la sangre esparcida de un enemigo caído, y como saber si un hada está siendo amable o intenta engañarte.

A medida que las historias se entrelazaban, Amarine y el niño se enclaustraban cada vez mas en sus reinos fantásticos, con héroes y villanos, y Shai quedaba cada vez mas afuera. Estaba sola en las sombras proyectadas por la fogata y el olor del guiso, la humedad y la sensación que nunca estaba sola en esa cabaña. Amarine y el niño se convirtieron en el centro de los mundos que creaban a su alrededor, y cuando Shai había tenido suficiente y sintió que ya no podría alcanzarlos y que estaban a mundos de distancia y que moriría del tristeza, escuchó el canto de un ave.

Había amanecido.

La luz se filtraba en la cabaña como si tuviera miedo de interrumpir y cuando alcanzo los pies de Amarine, ella respiro profundo, como si despertara de una pesadilla. El niño se desenvolvió de sus brazos y de las mantas y se puso de pie. A la luz del día, Shai pudo ver su piel amarillo verdoso, sus dedos unidos por membrana y sus ojos negros como el ónix. Se sintió vacía cuando miro a Amarine y sus ojos solo exhibían afecto por el niño.

-Ya me siento mejor-dijo el niño.

-Nunca nos dijiste tu nombre-dijo Amarine.

-Pic-dijo él.

-Es un nombre chistoso para un niño-dijo ella.

-¿Eso crees?-preguntó Pic con una voz mas madura y familiar. Entonces sonrió. Su boca estaba cubierta de dientes delgados como agujas.

Shai guardó silencio mientras Amarine cargaba al niño y lo acostaba en la cama, lo cubría con las mantas y se aseguraba de estuviera cómodo y no pasara frio. No parecía preocuparle la inusual naturaleza de Pic por lo que Shai determinó que el niño no era una amenaza. Mas tarde, mientras yacían enroscadas en la cama, Shai estaba inquieta. Los sucesos de la larga noche le habían dejado una sensación de pavor. Y ahora, mientras oía la húmeda y suave respiración de Pic, esa sensación se hacia cada vez mas fuerte.

Los episodios empezaron a la mañana siguiente. Shai encontró a Amarine junto a la pila de leña, inmóvil, con el hacha en la mano. Sus ojos mirando a la nada, su agarre firme y sus pies plantados al suelo. Shai la sacudió, la beso, la abrazo y le susurro al oído. Le gritó, la empujó, la abofeteó en el rostro. Pero durante una hora, Amarine permaneció inmóvil como una estatua de madera tallada que respiraba y parpadeaba,y cuando volvió en sí, no creía que hubiera pasado una hora.

Amarine no sabia a donde había ido, o siquiera que se hubiera ido a algún lado.

-Estaba aquí-decía-. Cortando leña para el fuego.

-No, desapareciste-decía Shai-.Tu cuerpo estaba aquí pero te habías ido.

-No seas tonta. No tengo a donde ir.

Los episodios seguían. Amarine se iba durante diez minutos o tres horas. Así pasaron los días, y Shai no sentía que podía dejar a su esposa sola ni por un momento. ¿Qué pasaría si desaparecía mientras prendía el fuego?¿O mientras se bañaba? Esto confundía y divertía a Amarine, se preguntaba qué había hecho para merecer una atención tan amorosa y estricta. Pero cada vez que Amarine tenía un episodio, Shai estaba ahí, para asegurarse de ser lo primero que viera cuando regresara.

Era obra de Pic, por supuesto, pero era principalmente su culpa. Él debió haber venido por la segunda estrella; debió ser un enviado de las hadas. Shai se sentía una idiota por pensar que su deseo habría de funcionar a su favor y que todo iba a salir bien. Entonces, recordó la historia de Amarine, Shai pensó que su deseo era inofensivo y ahora estaba pagando el precio.

Su madre siempre decía que los sucesos de una tarde tienen consecuencias que duran semanas e incluso años, decía que lo que las personas hicieran en su vida nunca se restringía a un solo momento. Había hecho ese trato con el hada sin tener consideración por absolutamente nada, solo pensó en lo que ella quería y ahora estaba cosechando lo que había sembrado. Se estaban llevando a Amarine por minutos y horas, todo por una estúpida semilla de diente de león.

Se escabulló de su cama esa noche y salió a caminar, mas allá del suelo recién removido del huerto de Amarine. El canto de las ranas cubrían todo sonido, y el manto del bosque era tan espeso, negro y oscuro que era lo único que veía, y así eran todas las noches. Pero esa noche había una luz, a unos veintes pasos de distancia. Una lampara. Alguien las había encontrado.

-Oiga usted-dijo Shai-.¿Quién anda ahí?

-Te dije que sabía donde se escondían-dijo Baelin. Salió del manto de oscuridad y su rostro se iluminó-. Aquí es donde murió tu madre. Donde murieron nuestros padres. Ahora tu también morirás.

-No lo sabía-dijo Shai. Empezó a retroceder en dirección a la pila de leña, donde estaba el hacha.

-Eras demasiado joven. Pero Yann lo sabe, el recuerda,claro que recuerda.

-¿Entonces has venido a matarme?-dio otro paso atrás, solo necesitaba dar un par mas y alcanzaría el hacha-. Mátame antes de llevarte a Amarine. No soportaría ver como la apartan de mi lado-. Pero Baelin no estaba siguiendo a Shai hacia la pila de leña. Avanzar era arriesgado, dejaría la puerta de la cabaña expuesta, y entonces… entonces Amarine se iría para siempre. No, Shai tenía que hacer esto de otra manera. Tendría que jugar el juego de Baelin.

-¿Qué es lo que quieres Baelin?

-Venganza por la muerte de mi padre-dijo-. Y la tendré- Se dio vuelta y abrió su mano, dejando escapar un polvo que se desparramó con la brisa detrás suyo y eventualmente abandonó la luz para perderse en la oscuridad-Esa era tu esencia, la robé de tu capa anoche. Ahora los perros de Yann podrán seguir tu rastro del otro lado del agua. Lo traeré ante ti, como lo prometí.

-Tu madre te enseño bien-dijo Shai.

-Y la tuya no te enseño nada-Baelin levantó la lampara y miro por encima de los hombros de Shai-. Es una lastima por ti, siempre eligen a las mujeres equivocadas.

-¿Cuánto le tomará a mi hermano llegar hasta aquí?-preguntó-. Aunque sea puedes decirme eso.

Pero Baelin se encogió de hombros y entonces todo se puso oscuro. Shai arremetió en dirección a donde Baelin había estado pero ya se había ido. La única luz que quedaba venía desde el interior de la cabaña, no hubo chapoteo de pisadas ni el ruido de los cascos de un caballo. Baelin había desaparecido tan silenciosamente como había llegado, y ahora había dejado un rastro para que los perros lo siguieran. Yann estaría ahí pronto, el peligro era inminente. Tenía que irse de ahí.

Corrió al interior de la cabaña a buscar provisiones. No podían esperar, tenían que irse esa misma noche.

Shai estaba ocupada juntando comida cuando escuchó que la puerta se abrió detrás suyo. Giro rápidamente y alcanzo a ver que Amarine y Pic huían rápidamente de la cabaña, iban tomados de la mano y reían alegremente. Los siguió dejando todo lo que había juntado, la comida, el agua, la cabaña. Los corrió hasta el extremo del pantano y los vio desaparecer en la oscuridad. Solo podía oír sus pisadas, chapoteando en el agua, luego por el barro y por ultimo saltando sobre ramas secas.

Iba a matar a Pic por esto, le daba igual si era un hada o no. Tomó firmemente el hacha de la pila de leña y corrió hacia el pantano para alcanzarlos. No se detuvo por nada, ni siquiera cuando sus pies tocaron el agua helada. La risa de Amarine la guiaba para avanzar en la oscuridad. Corrió como corría cada vez que se encontraba secretamente con Amarine en el pantano. Corrió como había corrido a la cabaña cuando temía por la venganza de Yann, la advertencia de Baelin y la furia del pueblo. Corrió con miedo y preocupación, guiándose por el sonido de los pasos de Amarine. Así como el amor la había motivado antes, ahora también lo haría.

Amarine y Pic corrían tan rápido, con tal facilidad mientras que Shai luchaba con cada paso que daba. El hacha se hacia cada vez mas pesada pero se negaba a soltarla. Tuvo que subirse a las ramas de un árbol, luchando con el peso de su vestido y sus botas cubiertas de barro. Caía en aguas profundas y cada vez se levantaba, seguía escuchando las pisadas que se alejaban y sus risas eran demasiado distantes para ser un recuerdo. Con la respiración húmeda en el pecho y sus latidos resonando fuerte en sus oídos.

Pronto, demasiado pronto, los sonidos del pantano engulleron el sonido de las pisadas y de las risas de Amarine, y con ella toda esperanza. Escuchó la risa de Pic que venía en crescendo antes de ver un fuego fatuo. Le gritó, “¡Detente!¡Por favor!” y entonces se fue, y ella quedo ahí sola.

El hada del pantano había prometido que ella y Amarine se casarían, eso era todo lo que Shai había pedido. Ahora, se habían llevado a su esposa y se había quedado sin nada.Se sumergió hasta las rodillas en el agua, sosteniendo el hacha a la altura de su cintura, había perdido toda esperanza.

Si me quedo aquí, podría convertirme en parte del pantano, pensó ella. Tanto como el pantano se ha convertido en parte de mí. Dos noches antes de que su madre huyera, le había besado en la frente y le había dicho “Siempre seras mi estrella especial.” Era el ultimo buen recuerdo que tenía de ella. Busco cuál era el ultimo recuerdo que tenía de su esposa pero no pudo encontrar ninguno. Estaba vacía. No podía llorar. No podía moverse.

Amarine la había amado durante años. Se reunían en secreto, pero Shai había querido mas. Ella lo había arruinado, había sido egoísta, no había considerado los deseos de nadie excepto los suyos. Ahora Amarine había desaparecido, perdida, al igual que ella. Hundiéndose en el pantano hasta que éste terminará de engullirla y desapareciera para siempre.

Demasiado pronto.

Los sabuesos ladraban a la distancia, y con ellos el chapoteo de las pisadas. La turba había venido por ella, y la encontrarían ahí, la coraza rota de una cosa, un pieza vacía de lo que alguna vez fue. No, no les dejaría tenerlo.

A la distancia se veía la luz de un fuego fatuo. Ahí. Ahí libraría su ultima batalla. Shai era hija de su madre, y moriría de la misma forma en que se había imaginado su muerte, peleando hasta su ultimo aliento. Empezó a correr, y los perros aceleraron el paso. Los aullidos se hacían cada vez mas fuertes y las pisadas se acercaban. Habían captado su esencia, la atraparían en cualquier momento.

Aceleró, luchando contra el peso de todo lo que intentaba detenerla. Corrió por su madre, por su padre, por Amarine y por sí misma. Corrió hasta que se quedo sin aliento, hasta que se cayó mas veces que los pasos que avanzó. Corrió hasta que se arrastro, hasta que tosió y quedo ahí temblando. Moriría antes de alcanzar esa luz, pero por lo menos moriría sabiendo que no se había rendido. Moriría con su orgullo intacto.

Cuando sus músculos se abarrotaron y su garganta estaba prendida fuego, dejo de moverse, escuchando el crujido de los pasos que se acercaban hacia ella. A medida que se sumergía en el agua, se sentía mas liviana. Se perdono a sí misma por no haber salvado a su madre, por no haber detenido a su padre. Se permitió volver a querer a su hermano y a su deseo de proteger al pueblo, y a ella. Se perdonó a sí misma por su deseo y por haber querido amar a Amarine. Se permitió creer que ahora Amarine estaba a salvo, mas de lo que habría estado con Yann, mas de lo que habría estado con ella o con cualquier otra persona. Dejo ir sus remordimientos, sus titubeos, su odio,y cuando se despojo de todo, estaba lista para morir.

En paz consigo misma, cerró los ojos para dejarse hundir el frío profundo cuando alguien la levantó y la saco del barro.

-Quedate quieta-le dijo el hada del pantano.

Los dedos del hada se cerraron como prensa sobre sus hombros, sus ojos negros eran insondables. Shai intentó liberarse del agarre pero ya no le quedaban fuerzas.

-Shh-dijo el hada del pantano, dejándola en el suelo. En su mano sostenía la nube de un diente de león-. Pide un deseo, pero con mucho cuidado.

Con un deseo Shai había perdido todo lo que tenía y todo lo que quería, ¿qué mas podrían pedirle esta vez? Mientras el hada acunaba su cabeza y su cuello en sus dedos con membrana, Shai pensó en algo que no había considerado: el por qué. ¿Por qué le habían concedido un deseo?¿Por qué pusieron a Yann en su contra?¿Por qué se llevaron a Amarine?

Pero estaba demasiado débil y lo único que pudo decir fue: “¿Por qué?”

La voz de Yann a la distancia le indicaba a sus hombres que cerraran los flancos y que iluminaran con antorchas el agua. Los perros estaban tan cerca de su presa que su trote se había convertido en una suave caminata. Frente a todo eso, el hada del pantano seguía aferrada a Shai, con su piel resplandeciente y sus ojos negros como el ónix reflejando la luz de la antorcha.

-De prisa-dijo ella-. No tenemos mucho tiempo.

¿Qué es lo que Shai quería? Quería a Amarine de regreso. Quería que la turba se fuera. Quería estar enamorada como lo había estado durante esas ultimas semanas pero también como antes de todo esto. Quería que su hermano se fuera.Quería que la familia de Amarine estuviera viva. Quería demasiadas cosas. Demasiadas.

Podía oír a su hermano con claridad. “Antorchas arriba,” decía. “Armas listas.”

Shai cerró su mano alrededor del hada del pantano y la miro directo a sus ojos negros.   

-Deseo-dijo-. Deseo tener el poder para revertir todo lo que me han hecho.

Y soplo las semillas que se desparramaron como las estrellas, y cayeron en la oscuridad.

-¿Es ella?-preguntó Yann.

-No-dijo Baelin-. No es ella. No lo toques.

Shai abrió los ojos y se puso de pie, los hombres retrocedieron levantando sus armas. Sus antorchas cayeron al barro. Cuando Shai dio un paso adelante se sintió mareada, sus brazos y piernas apenas le respondían,su cuerpo giraba bruscamente como si estuviera ebria. Su mente era ágil y aguda. Evaluó la amenaza: treinta hombres,no, cincuenta, todos con espadas, hachas, piquetas, y ella estaba desarmada y completamente libre de miedo.

Bajo su mirada y vio sus manos, escurridizas y amarillo verdoso, brillando a la luz de la antorcha. Vio sus piernas desnudas y sus pies descalzos. Con la tercera estrella, Shai se había transformado. Su cuerpo sabía que hacer sin ella, sus alas se extendieron, y varios hombres cayeron de rodillas, pero Yan y Baelin estaban firmes de pie.

-Retrocede hada-dijo Yann-Dinos a donde se fue la bruja.

No quería las respuestas que iba a obtener, y no las estaba pidiendo de la manera correcta. Dio un torpe y serpenteante paso hacia él. Yann levantó su espada en alto, Baelin avanzó. Pobres tontos, solo estaban empeorando la situación.

-Dinos donde está-dijo Yann-. O muere.

Shai respondió con una sonrisa. No tenía que responder una pregunta de Yann, por primera vez en años. No tenía que decirle nada. Tenía a su propia familia con ella ahora, y estaban cerca, mas cerca de lo que él habia estado jamas. Estaban detrás suyo, a su alrededor, reuniéndose a su alrededor. Cuando ella estiró su brazo para ponerlo sobre su hombro, este agitó su espada, pero sus movimientos eran veloces y certeros y antes que pudiera hacer nada, ella había cerrado sus dedos alrededor de su garganta.

-Yann, hay mas-dijo Baelin-.Tres mas… no, cuatro.Cinco…seis. Estamos rodeados.

Intentó retroceder pero alguien la tomo de los hombros y la levanto por el aire.

-He venido por Amarine-dijo Yann-Solo quiero llevarla a casa.

-Pero hermano-dijo Shai-. Ella ya está en casa. Esta conmigo, y nosotras somos su hogar.

Extinguió las antorchas y los sumergió a todos a en la oscuridad del pantano nocturno.

Las bocas y pulmones de veinte hombres se llenaron de agua esa noche. Se ahogaron en un reyerta de puños y alas, de gritos y alaridos. Los perros permanecieron tranquilos, silenciosos, y eventualmente encontraron su camino de vuelta a casa. Yann estaba entre los veinte, enterrado en el barro igual que su padre, que había venido por su madre hacia tantos años atrás. Baelin también había caído, nunca había sido tan lista como su propia madre. Los treinta que sobrevivieron, huyeron a casa al amanecer, cuando los techos del poblado dibujaban una silueta en el cielo.

Cuando el sol se filtró a través de los arboles e iluminó los estanques del pantano,Shai y Amarine reclamaron uno como propio. Se sumergieron bajo el agua juntas y vieron un mundo hecho de la luz de las estrellas y deseos, de potencial y emoción. Un mundo donde el amor era tan real, que cantaba. Shai tomó la mano de Amarine entre las suyas y sus enmarañados dedos se fundieron entre sí, sus ojos negros como el ónix fijos en las maravillas que se presentaban ante ellas.

Mientras contemplaban, con las alas plegadas, Shai sintió el latido de Amarine en armonía con el suyo mientras esa escena se desenvolvía ante ellas entre destellos de luces y colores, se sentía familiar y sobrecogedor a la vez. Como cuando su madre y su padre se reían en la cocina mientras ella y su hermano peleaban en la mesa. Su casa olía entonces a una cálida fogata y a la comida de su madre, y no había nada mas que felicidad en ese momento.

Como cuando Amarine besó a Shai por primera vez en el camino largo junto a la Fortaleza. Sus ojos eran de un verde tan brillante y curioso, sus labios tan pálidos como su piel; lucía tan perfecta como si fuera un dibujo. Y Shai estiró su mano y acarició el cabello de Amarine por un momento que deseo durará para siempre.

Shai sostuvo su mano con fuerza cuando dieron un paso adelante, era lo que siempre había querido, para ella, para las dos. Estaba rodeada de madres, hermanos, padres y hermanas, amantes y enamorados, de toda la magia del mundo y el amor. Amor para dar, recibir, para ofrecerle al mundo libremente, y Shai pudo sentir como era el amor el que les daba la bienvenida.

Era ahí donde pertenecían. Tocó la lengua bífida de Amarine con la suya, y deslizó sus delgados dientes como aguja sobre sus labios,y así, juntas, atravesaron las olas de magia, a través de la luz de las estrellas, hasta que finalmente llegaron a casa.

© Copyright 2018 Jordan Kurella

El Tío James o El extraño purpura

Por Edith Nesbit

Publicada originalmente en The book of the dragons en 1901.

La princesa y el hijo del jardinero jugaban en el patio trasero.

-¿Qué vas a ser cuando crezcas, princesa?-preguntó el hijo del jardinero.

-Me gustaría casarme contigo, Tom-dijo la Princesa-.¿Te molestaría?

-No-dijo el hijo del jardinero-. No me molestaría para nada. Me casare contigo si quieres, si es que tengo tiempo.

Lo que quería decir es, cuando creciera, Tom quería ser general y poeta y Primer Ministro y almirante e ingeniero civil. Mientras tanto, era el primero en todas sus clases en la escuela, e insuperable en geografía.

La princesa Mary Ann, por su parte, era una niña pequeña y muy buena, y todos la amaban. Siempre era amable y educada, incluso con su tío James y otras personas que no le agradaban mucho, y aunque no era muy lista, para ser princesa, siempre intentaba hacer sus tareas. Incluso cuando sabía perfectamente que no podría hacerlas, de todas formas lo intentaba, y a veces, por algún afortunado accidente estas terminaban hechas. La princesa tenía muy buen corazón, siempre era muy amable con sus mascotas. Nunca golpeó a su hipopótamo cuando rompió sus muñecas con sus alegres brincos, y nunca olvida alimentar a sus rinocerontes que dormían en su pequeña madriguera en el patio trasero. Su elefante era muy devoto con ella, a veces Mary Ann enfurecía a su niñera y contrabandeaba al pequeñín a su cama para dormir con ella, con su largo trompa sobre su cuello y su bella cabeza acunada sobre sus oído derecho.

Cuando la princesa se había comportado bien durante toda la semana, ya que al igual que las demás niñas bien portados a veces ella también hacia travesuras, pero sin ser malvada, la Niñera la dejaba que su amiguito la visitara los miércoles bien temprano por la mañana y pasara todo el día, porque el miércoles era el ultimo día de la semana en ese país. Entonces, por la tarde, cuando todos los pequeños duques y duquesas, los marqueses y las condesas habían terminado sus budines de arroz y se habían lavado las manos y la cara, la Enfermera les decía: “ahora, corazones, ¿qué les gustaría hacer esta tarde?” como si no lo supiera. La respuesta siempre era la misma:

“Vamos a los Jardines Zoológicos a montar conejillos de india y alimentar a los conejos y escuchar como duermen los lirones.”

Se quitaron los mandiles y salieron todos rumbo a los Jardines Zoológicos, donde veinte a la vez montaban al conejillo de india, y donde incluso los mas pequeños pudieron alimentar a los inmensos conejos, si algún adulto era lo suficientemente amable para levantarlos.

Siempre había alguien para levantarlos, porque en Rotundia todos eran amables, todos excepto uno.

Ahora que has leído hasta aquí, sabrás para entonces, que el Reino de Rotundia es un lugar extraordinario, y si eres un niño atento, como seguramente lo eres, no necesitas que te diga que es lo mas extraordinario de ese reino. Pero en caso de que no seas un niño tan atento, y es totalmente posible de que así sea, te diré de una vez que es lo extraordinario. ¡Todos los animales del reino son del tamaño equivocado! Y así fue como sucedió.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando nuestro mundo estaba hecho de tierra suelta, aire, fuego y agua todo junto y mezclado como un budín, y girando y girando como un trompo, un trozo de tierra se desprendió y salió girando por sí mismo a través del agua, que apenas estaba empezando a esparcirse y a convertirse en el mar que conocemos.  

Y mientras el trozo de tierra salió desprendido, dio vueltas y vueltas tan fuerte como pudo, hasta que chocó contra un enorme trozo de roca muy dura que se había desprendido de otra parte de la mezcla budinesca, y tan dura era la roca e iba tan rápido que se clavo de punta en el trozo redondo de tierra y asomo por el otro lado, por lo que las dos juntas eran como una cumbre giratoria muy pero muy grande.

Me temo que esa información haya resultado un poco aburrida pero saben que la geografía nunca es muy entretenida, y después de todo, debo darles un poco de información, incluso en un cuento de hadas como este, le da un poco de sabor.

En fin, cuando la roca puntuda atravesó el trozo redondo de tierra el impacto fue tal que ambos salieron volando por el aire, aire que apenas se estaba acomodando en el lugar que le correspondía, como el resto de las cosas, solo, por cuestiones del azar, olvidaron en que dirección estaban girando y empezaron a girar en la dirección contraria. En ese momento, el Centro de Gravedad, un enorme gigante que administraba todo el asunto, se despertó en el centro de la tierra y empezó a gruñir.

-Apúrense-dijo-. Bajen y quédense quietos ¿quieren?

Entonces la roca con el trozo de tierra redondo cayeron al mar, y la punta de la roca calzo justo en el rocoso fondo del mar, ahí giraron en la dirección equivocada otras siete veces hasta que se quedaron quietos. Ese trozo de tierra redonda se convirtió, después de millones de años, en el Reino de Rotundia.

Acá termina la lección de geografía. Y ahora un poco de historia natural, así no sentimos que estamos perdiendo nuestro tiempo. Por supuesto, las consecuencias de que la isla haya girado en la dirección equivocada fue que los animales que crecían en la isla crecían en los tamaños incorrectos. El conejillo de india, como saben, era tan grande como un elefante de los nuestros, y el elefante, su adorada mascota, era del tamaño de uno de esos tontos perritos, pequeños que las mujeres suelen cargan a veces en sus bolsos. Los conejos eran del tamaño de los rinocerontes y en todas partes de la isla habían hecho madrigueras tan grandes como túneles de ferrocarril. El lirón, por supuesto, era la criatura mas grande de todas. No puedo decirles lo grande que era. Aun si piensan en elefantes no les ayudaría a formarse una imagen. Por suerte había solo uno de ellos, y siempre estaba durmiendo. De lo contrario no creo que los Rotundianos hubieran podido con él. Así como estaba, le hicieron una casa, y se ahorraron el gasto de tener que pagarle a una banda para tocar, porque cuando el Lirón hablaba dormido nadie podría oírla de todas formas.

Los hombres, mujeres y niños de esta maravillosa isla eran del tamaño correcto, porque sus ancestros habían llegado con el Conquistador mucho tiempo después de que la isla se hubiera asentado y los animales crecido.

Ahora, la lección de historia natural ha terminado, y si has prestado atención sabes mas sobre Rotundia que todos sus habitantes, todos excepto tres; el Señor Jefe Maestro de Escuela, el tío de la Princesa, que era mago y sabía todo sin haberlo aprendido, y Tom, el hijo del jardinero.

Tom había aprendido mas en la escuela que cualquier otro porque deseaba llevarse el premio. El premio que ofrecía El Señor Jefe Maestro de Escuela era una Historia de Rotundia, un tomo bellisimamente compuesto, con el sello Real en el lomo. Pero después de ese día que la princesa dijo que quería casarse con Tom, el hijo del jardinero pensó y decidió que el mejor premio del mundo sería la princesa, y ese era el premio que Tom pretendía ganar, y cuando eres el hijo de un jardinero y quieres casarte con una princesa, descubrirás que mientras mas aprendas en la escuela mejor.

La princesa siempre jugaba con Tom los días en que los pequeños duques y marqueses no acudían a tomar el té, y cuando él le dijo que el primer premio estaba casi asegurado, ella aplaudió y dijo: “Querido Tom,tan bueno y brillante, mereces todos los premios. Te daré mi elefante mascota, y puedes quedártelo hasta que estemos casados.”

El elefante mascota se llamaba Fido, y el hijo del jardinero se lo llevo en el bolsillo de su abrigo. Era el elefantito mas adorable que hayan visto, media como quince centímetros. Pero era muy pero muy inteligente, y no podría haber sido mas inteligente aun si midiera un kilómetro de alto. Iba muy cómodo en el bolsillo de Tom, y cuando él metía la mano Fido enrollaba su trompa alrededor de su dedo con afecto y confianza tal que enternecían el corazón del niño. Ahora que contaba con el afecto del elefante y de la princesa, y el conocimiento de que al día siguiente recibiría el bellísimo tomo de la Historia de Rotundia, con el sello Real en el lomo, Tom apenas si podía pegar un ojo. Ademas, el perro ladraba desmesuradamente. Había solo un perro en Rotundia, el reino no podía mantener a mas de uno. Era uno de esos chihuahuas mejicanos, del tipo que en otras partes del mundo solo median quince centímetros desde su adorable hocico hasta la punta de su hermosa cola, pero en Rotundia era mas grande de lo que esperaría que ustedes crean. Y cuando ladraba, su ladrido era tal que llenaba la noche y no dejaba lugar para dormir, soñar o siquiera conversar, nada de nada. Nunca le ladraba a las cosas que sucedían en la isla, era demasiado sensato para eso, pero cuando los barcos navegaban en la oscuridad y se acercaban mucho a las rocas en el extremo de la isla, ladraba una o dos veces, para hacerles saber que no podían hacer lo que quisieran.

Pero esa noche en particular, ladró, ladró y ladró, y la princesa dijo “ay querido, querido, como desearía que parase, tengo tanto sueño.” Tom por su parte se dijo a sí mismo, “me pregunto que habrá pasado. Tan pronto haya luz saldré a ver.”

Para cuando finalmente llegó la luz del día, amarilla y rosa. Tom se levantó y salio rápidamente. Durante todo el tiempo que el perro había estado ladrando la casa se sacudía y las tejas del techo del palacio castañeaban como los tarros de leche en la carreta.

“Iré a ver al pilar” pensó Tom, mientras atravesaba el pueblo. El pilar, por supuesto, era la cima del trozo de roca que había atravesado Rotundia millones de años atrás, y la había hecho girar en dirección contraria. Estaba exactamente en el medio de la isla y sobresalía bastante de la superficie, y cuando estabas en la cima podías ve mucho mas lejos que cuando no.

Cuando Tom salió del pueblo y se internó en las colinas, pensó en que hermosa vista era la de los conejos en esa mañana brillante de rocío, jugando con sus crías al pie de sus madrigueras. No se acercó demasiado a ellos, por supuesto, porque cuando un conejo de ese tamaño juguetea no siempre mira por donde camina y fácilmente podría aplastar a Tom con un solo pie y luego sentirse muy apenado. Y como Tom era un niño amable no le hubiese gustado disgustar así al conejo. Incluso los escarabajos en nuestro país a menudo se quitan del camino cuando creen que estas a punto de pisarlos. Ellos también tienen buen corazón y no quieren que sientas pena por ellos.

Tom continuó su camino, mirando los conejos y viendo como la mañana se hacia cada vez mas roja y dorada. El perro ladró todo el tiempo, hasta que la campana de la iglesia sonó y la chimenea de la fabrica de manzanas se encendió.

Cuando Tom llegó al pilar, vio que no necesitaría escalar hasta la cima para descubrir porque ladraba el perro. Ahí mismo, junto al pilar, había un inmenso dragón purpura. Sus alas eran como viejos paraguas purpuras después de una buena lluvia, y su cabeza era muy grande y calva, como un hongo purpura, y su larga cola, que era muy pero muy larga y delgada parecía un látigo, como los que se usan en los carruajes.

Estaba lamiendo una de sus alas tipo paraguas, y cada tanto dejaba escapar un gemido de dolor y se recostaba sobre el pilar de roca como si fuera a desmayarse. Tom entendió de inmediato lo que había sucedido. Una bandada de dragones purpura debe haber volado sobre la isla durante la noche y este pobrecito debió haberse estrellado contra el pilar de roca y se había roto un ala.

Todos son amables con todos en Rotundia, y Tom no le temía al dragón, aunque nunca había hablado con uno antes. Los había visto volar sobre el océano con frecuencia, pero nunca pensó que iba a conocer a uno en persona.

Entonces le dijo “me temo que no te ves muy bien.”

El dragón sacudió su enorme cabeza. No podía hablar, pero como todos los demás animales, entendía lo suficiente cuando quería.

-¿Puedo traerte algo?-preguntó Tom, amablemente.

El dragón abría grande sus ojos purpuras con una sonrisa inquisidora.

-Un bollo de pan, o dos-dijo Tom en forma de propuesta-. Hay un hermoso árbol de pan aquí cerca.

El dragón abrió su enorme boca purpura y se lamió los labios purpuras, así que Tom corrió y sacudió el árbol de panes y regresó rápidamente con un puñado de panes recién cortados y a la pasada también cosecho algunos de tipo Bath que crecían en los arbustos bajos cerca del pilar.

Otra consecuencia, evidentemente, de que la isla haya girado en el sentido equivocado es que todas las cosas que había que hacer como los bollos de pan, las tortas y galletas, crecían en arboles y arbustos, pero en Rotundia tenían que fabricar los coliflores, repollos, zanahorias, manzanas y cebollas, así como nuestros cocineros hacen los budines y tartas.

Tom le dio los bollos al dragón y le dijo: “Toma, come un poco. Pronto te sentirás mejor.”

El dragón se comió los bollos, asintió en forma poco elegante y empezó a lamer su ala nuevamente. Tom lo dejo ahí y volvió al pueblo con la novedad, todos estaban muy emocionados por tener un dragón de verdad en la isla, algo que no había sucedido nunca antes, así que todos fueron a verlo, en lugar de asistir a la entrega de premios y el Señor Maestro de Escuela fue con ellos. Llevaba consigo el libro de Historia de Rotundia, lo tenía en el bolsillo, envuelto en piel de becerro, con el sello Real en la tapa, se le cayó por accidente y el dragón se lo comió, así que Tom nunca recibió su premio después de todo. Para colmo al dragón ni siquiera le gustó.

-Quizás sea para bien-dijo Tom-. Quizás no me hubiese gustado el premio de haberlo recibido.

Por esas casualidades, era miércoles, por lo que cuando a los amigos de la princesa les preguntaron que querían hacer, todos los pequeños duques y marqueses dijeron “Vamos a ver al dragón.” Pero las pequeñas duquesas y marquesas, y condesas no querían porque le tenían miedo.

Entonces, la princesa Mary Ann habló con un aire de realeza y dijo; “no sean tontas, solo en los cuentos de hadas e historias inglesas hay personas malvadas que se lastiman los unos a los otros. En Rotundia todos son amables, y nadie tiene nada que temer, excepto que se porten mal, entonces lo que nos pase es por nuestro propio bien. Vayamos todos a ver al dragón. Podemos llevarle unos caramelos ácidos.” Así que fueron. Y todos esos niños con titulo se turnaron para darle caramelos ácidos al dragón,que se sintió halagado y agradecido, así lo demostró moviendo su larguísima cola purpura, es decir, lo mas que podía moverla. Pero cuando fue el turno de la princesa de darle un caramelo ácido al dragón, este esbozó una sonrisa muy grande y agitó el ultimo tramo de su larguísima cola purpura, como diciendo, “que amable, gracias pequeña princesa.”Pero muy en el fondo de su malvado corazón purpura estaba diciendo “que amable, pequeña y sabrosa princesa, preferiría comerte a ti en vez de estas tontos caramelos.” Pero claro, nadie podía oírlo, excepto por el tío de la princesa, que como era un mago estaba acostumbrado a escuchar detrás de las puertas. Era parte de su negocio.

Ahora, recuerdan que les dije que solo había una mala persona en todo Rotundia, bueno en este punto de la historia ya no puedo ocultarles mas que esta persona Mala muy Mala era el mismísimo tío de la princesa, el tío James. Los magos siempre son malos, como sabrán de leer cuentos de hadas, y algunos tíos también son malos, como el de Los niños del bosque o el de las Tragedias de Norfolk,donde por lo menos un James era malo, como habrán aprendido de la historia. Y cuando alguien es mago, es tío y encima se llama James, no puedes esperar nada bueno de alguien así. Es el malo mas malo de todos y no tiene buenas intenciones.

Hacia mucho que el tío James quería deshacerse de la princesa y quedarse con el reino para sí mismo. No le interesaban muchas cosas, un buen reino era casi lo único que le importaba, pero nunca había encontrado la manera de quedárselo, porque todos en la isla eran tan buenos que los hechizos no funcionarían, resbalarían sobre esos intachables isleños como el agua por el lomo de un pato. Ahora, sin embargo, el tío James pensó que podía haber una posibilidad, porque ya no era el único malvado de la isla, ahora habían dos y podían ayudarse mutuamente, él y el dragón. No dijo nada, pero intercambio una significativa mirada con él y todos se fueron a casa a tomar el té. Y nadie vio esa mirada significativa excepto Tom.

Tom se fue a casa y le contó a su elefante sobre lo que vio. La criatura inteligente lo escuchó cuidadosamente y entonces escalo desde su regazo a la mesa, donde reposaba el calendario ornamental que la princesa le había regalado a Tom como regalo de Navidad. Con su pequeña trompa, el elefante señaló una fecha, el quince de agosto, el cumpleaños de la princesa, y miró ansiosamente a su amo.

-¿Qué sucede pequeñín?-dijo Tom, y el sagaz animalito repitió su gesto. Hasta que Tom entendió.

-¿Dices que algo va a suceder en su cumpleaños? Esta bien, voy a estar muy atento entonces.

Y así lo hizo.

Al principio, los habitantes de Rotundia estaban encantados con el dragón que vivía junto al pilar y se alimentaba solo de los bollos del árbol, pero de a poco empezó a deambular por otros lugares. Se metía en las madrigueras de los grandes conejos, donde los excursionistas que hacían deporte en las colinas veían solo su larga cola asomada de la madriguera, y antes que pudieran decir nada, éste asomaba su inmensa cabeza purpura por otro madriguera a sus espaldas y se mataba de risa. Y su risa no era una risa alegre. Esta especie de juego de escondidas divertía a las personas al principio pero con el tiempo empezó a molestarles, y sino sabes lo que eso significa, pregúntale a Mamá lo que sucede la próxima vez que quieras jugar a la gallinita ciega cuando tiene dolor de cabeza. El dragón había agarrado el habito de agitar su cola como las personas agitan un látigo, y esto también empezó a ser una molestia. Tiempo después, empezaron a faltar pequeñas cosas. Saben lo feo que es cuando faltan cosas, es feo cuando falta en la escuela, privada o no, y el reino que era público mucho peor. Al principio no eran grandes cosas, algunos elefantes, un hipopótamo o dos, algunas jirafas, cosas así. No era demasiado pero las personas estaban incomodas. Entonces, un día, el conejo preferido de la princesa, llamado Frederick, desapareció misteriosamente, y después de eso, llegó la terrible mañana en que el perro también desapareció. Había estado ladrando desde que el dragón había llegado a la isla y las personas se habían acostumbrado al ruido. Pero cuando dejo de ladrar, todos despertaron y fueron a ver que había sucedido con él. ¡Simplemente había desaparecido!

Un niño fue despachado a despertar al ejercito, para que salieran a buscarlo. ¡Pero el ejercito también había desaparecido! Ahora las personas empezaron a tener miedo. Entonces el tío James salió a la terraza del palacio y pronuncio un discurso. Dijo: “amigos,conciudadanos, no podemos seguir negando el hecho de que el dragón purpura es un pobre exiliado desahuciado e indefenso en nuestro país, y, ademas de eso, no es un dragón ordinario.

Las personas pensaron en la cola del dragón y se dijeron entre si, “escuchen, escuchen”

El tío James continuó: “Algo le ha sucedido a un amable e indefenso miembro de nuestra comunidad. No sabemos exactamente qué.”

Todos pensaron en el conejo Frederick y murmuraron.

-Las defensas de nuestro país han sido engullidas-dijo el tío James.

Todos pensaron en el pobre ejercito.

-Solo hay una cosa que podemos hacer-advirtió el tío James preparándose para ir al punto-. ¿Podremos perdonarnos a nosotros mismos si por descuidarnos y no tomar una simple precaución perdemos mas conejos, o peor, perdemos nuestra armada, nuestra policía o nuestro escuadrón de bomberos? Desde ya les advierto que el dragón purpura no tendrá respeto por nada, por mas sagrado que sea.

Todos se quedaron pensando, hasta que alguien dijo “¿Y cuál sería esa simple precaución?”

Entonces el tío james dijo: “Mañana es el cumpleaños del dragón. Está acostumbrado a recibir un obsequio para su cumpleaños. Si recibe uno va a querer llevárselo para mostrárselo a sus amigos, y de esa manera alzará vuelo y jamas volverá.”

La multitud alentó salvajemente, y hasta la princesa aplaudió desde su balcón.

-El regalo que el dragón espera-dijo el tío james-, es uno muy costoso. Pero, cuando se lo demos, no puede ser de mala gana, especialmente si se lo damos a un visitante. Lo que el dragón quiere es una princesa. Tenemos solo una princesa, es verdad, pero que mal haríamos si nos ponemos testarudos en momentos como estos. Y es algo que no nos costará ni un centavo. Nuestra disposición en entregar a la princesa solo mostrara el nivel de generosidad que tenemos.

La multitud se largo a llorar, porque amaban a la princesa, aun cuando entendieron que su principal obligación era ser generosos y darle al pobre dragón lo que necesitaba.

La princesa empezó a llorar, porque no quería ser el regalo de nadie, y mucho menos de un dragón purpura. Tom empezó a llorar también pero porque estaba furioso.

Se fue directo a casa y le contó todo a su pequeño elefante, éste intento animarlo y ambos se quedaron absortos mientras giraba un trompo sobre la punta de su trompa. Esto le dio una idea.

Temprano por la mañana, Tom fue al palacio. Miro en dirección a las colinas, ya casi no habían conejos jugando ahí, recolectó rosas blancas y las arrojó a la ventana de la princesa hasta que ella despertó y se asomó.

-Ven aquí y dame un beso-dijo ella.

Entonces, Tom escalo el rosal blanco y besó a la princesa a través de la ventana, le dijo: “Y que cumplas muchos mas.”

Entonces Mary rompió en llanto y dijo: “Oh Tom, ¿por qué me dices eso? Cuando bien sabes que…”

-Eso si que no-dijo Tom-. Mary Ann, mi bella princesa, ¿crees que no voy a hacer nada mientras el dragón recibe su regalo de cumpleaños? No llores, ¡mi pequeña Mary Ann! Fido y yo hemos arreglado todo. Solo tienes que hacer lo que te digamos.

-¿Eso es todo?-dijo la princesa-. Eso es fácil, es lo que hago siempre.

Entonces Tom le contó su plan. Y ella lo beso una y otra vez.

-Eres muy listo querido Tom, brillante-dijo ella-. Que contenta estoy de haberte dado a Fido. Ustedes dos me han salvado. ¡Los quiero!

La mañana siguiente, el tío James se puso su mejor abrigo y sombrero, y un chaleco con una serpiente dorada bordada, era un mago después de todo, y le gustaban los chalecos coloridos. Llegó entonces con un carruaje a buscar a la princesa.

-Ven aquí pequeña regalo de cumpleaños-dijo tiernamente-. El dragón estará encantado. Veo que no estas llorando. Sabes, querida, nunca se es demasiado joven para aprender a pensar en la felicidad de los demás antes que la nuestra. No quisiera ver a mi pequeña sobrina convertirse en una niña egoísta, o siquiera pensar en negarle un gusto tan trivial a un pobre, y enfermo dragón, lejos de su hogar y sus amigos.

La princesa dijo que intentaría no ser egoísta.

El carro se dirigió entonces hasta el pilar, y ahí estaba el dragón,con su horrible cabeza purpura brillando al sol y su horrenda boca medio abierta.

El tío James dijo: “Buen día, señor. Le hemos traído un pequeño presente de cumpleaños. No nos gustaría dejar pasar semejante aniversario sin algo para recordarlo, especialmente con alguien que es un extraño en este lugar. Tenemos pocos recursos pero corazones muy grandes. Tenemos solo una princesa pero se la regalamos con todo gusto. ¿No es así niña?

La princesa asintió y el dragón se acerco un poco.

De repente, una voz gritó: “¡Corre!”, era Tom que había traído los conejillos de india del zoológico y un par de liebres belgas.

-Llegamos justo a tiempo-dijo Tom.

El tío james estaba furioso-.¿Con qué propósito…?-gritó-, interrumpe este acto formal con sus conejos y animales? Lárguese, mocoso entrometido, vaya a jugar con sus criaturas a otro lado.

Pero mientras le hablaba, los conejos lo rodearon, con su imponente tamaño, y lo apretaron entre ellos enterrándolo entre su grueso pelaje y casi lo ahogaron. La princesa, mientras tanto, había corrido hasta el otro lado del pilar y estaba mirando desde ahí para ver qué sucedía. Una multitud de personas había seguido el carruaje desde el pueblo y llegaban a la escena del “acto formal” justo en ese momento. Empezaron a gritar: “¡Eso no es justo, hay que ser justos! No podemos retractarnos de esta manera. ¿Quitarle lo que acabamos de darle? Está mal. Deja que el pobre y extraño dragón exiliado tenga su presente de cumpleaños.” Intentaron llegar hasta Tom pero el conejillo les bloqueó el camino.

-Si-gritó Tom-. Lo justo es genial. Y su pobre e indefenso dragón exiliado puede tener a la princesa, si es que puede atraparla. ¡Ahora, Mary Ann!

Mary Ann miró en dirección al pilar y llamo al dragón burlonamente: “¡Lero lero! No puedes atraparme,” y empezó a correr tan rápido como pudo con el dragón corriendo detrás. La princesa corrió durante medio kilómetro, se detuvo, dio vuelta alrededor de un árbol y corrió devuelta hacia el pilar y lo rodeó, con el dragón aun detrás suyo. Como el dragón era tan largo, no podía girar tan rápido como ella. La princesa seguía corriendo alrededor del pilar, primero corrió muy lejos y luego cada vez mas cerca de la base, con el dragón siempre detrás suyo, que estaba tan ocupado intentando atraparla que nunca notó que Tom había amarrado el extremo de su larguísima cola al pilar, y mientras mas corría, mas se enredaba a su alrededor. Era como tejer una canasta y el pilar servia de aguja. Mientras tanto, el mago seguía restringido entre el pelaje de las liebres belgas y no podía ver nada de lo que sucedía.

Cuando el dragón estaba tan atado al pilar como era posible y ya no podía moverse, la princesa se detuvo y con el poco aliento que le quedaba le dijo “Lero lero, ¿ahora quién se lleva a quién?”

Esto molesto mucho al dragón que con todas sus fuerzas, abrió sus poderosas alas purpuras e intentó volar hacia ella. Claro que al hacerlo tiro muy fuerte de su cola, tan fuerte que la cola empezó a desenredarse y de un minuto a otro se liberó, pero al hacerlo hizo girar la isla sobre su eje como si fuera una trompo. Giró tanto y tan rápido que todos cayeron boca abajo al piso y se sujetaron fuerte, algo importante iba a suceder. Todos excepto el mago que seguía sofocado entre las libres belgas y no sintió nada.

Y algo sucedió. El dragón envió al reino de Rotundia a girar como debería haber girado durante la creación del mundo, y mientras giraba y giraba, los animales empezaron a cambiar de tamaño. Los conejillos se hicieron pequeños y los elefantes, grandes. Hombres, mujeres y niños hubieran cambiado de tamaño también sino hubiesen tenido el sentido común de aferrarse muy fuerte al suelo, algo que por supuesto los animales no sabían cómo hacer. Y lo mejor de todo fue que cuando las pequeñas bestias se hicieron grandes y las pequeñas, grandes, el dragón también se hizo pequeño, y cayó a los pies de la princesa, convertido en una pequeña lagartija purpura con alas.

-Que cosa tan curiosa-dijo la princesa al verla-.  Lo tomare como mi regalo de cumpleaños.

Mientras las personas seguían boca abajo aferradas al suelo, el tío James, el mago, que nunca pensó en aferrarse a nada y solo pensaba en como vengarse de las liebres y del hijo del jardinero sufrió el mismo destino de las liebres que lo envolvían, y cuando el dragón lo vio, lo tomo para si como su regalo de cumpleaños.

Ahora que todos los animales eran de un nuevo tamaño, y al principio les resulto muy extraño a todos tener elefantes enormes y lirones pequeños, terminaron por acostumbrare y ya no piensan en eso, al igual que nosotros.

Todo esto sucedió hace varios años, y el otro día vi en el periódico de Rotundia, un anuncio de la boda de la princesa con Lord Thomas Jardinero, B.C.D, y supe que ella no podría haberse casado con nadie mas que no sea Tom, así que supongo que lo convirtió en lord para la boda, y B.C.D. significaba, Brillante Conquistador de Dragones. El periódico decía que entre los hermosos regalos que el novio le hizo a su novia, había un enorme elefante que cargó a los recién casados y los llevó a su viaje de bodas. Debe haber sido Fido. Recuerdan que Tom prometió devolvérselo a la princesa cuando estuvieran casados. El periódico de Rotundia llamó a los recién casados “una pareja feliz”. Una expresión novedosa en ese tiempo y en mi opinión lo mas sincero que se ha publicado en un periódico.

Porque, verán, la princesa y el hijo del jardinero se querían tanto que no podían evitar ser felices juntos, y ademas, tenían un elefante propio que los llevaba a todos lados. Si eso no es suficiente para hacer feliz a alguien, me gustaría saber qué es. Claro que hay personas que no son felices a menos que tengan una ballena para navegar sobre ella y ni siquiera con eso les alcanza. Pero son codiciosos y mezquinos, el tipo de personas que agarran cuatro porciones de torta, algo que nunca identifico a Tom ni Mary Ann.

FIN

Leer antes de usar

Por Chinelo Onwualu

Publicado originalmente en Uncanny Magazine, abril 2017

El sótano de la biblioteca principal de Ciudad Satélite tenía muchos niveles que llegaban profundo bajo la tierra. Aun siendo muy temprano, varias horas antes del amanecer, los niveles estaban llenos de académicos revisando viejos documentos, estudiantes yendo de aquí para allá y sirvientes y mucamas atendiendo sus necesidades. Alia exhibió su cartucho al administrador de turno y se abrió paso por la serpenteante escalera que descendía hasta el nivel donde se conservaba una de las mas extensa colecciones de literatura pre-catástrofe del territorio.

La escalera estaba abarrotada de personas que subían a los niveles principales o bajaban a las cavernas subterráneas. En los primeros pisos del sótano, las paredes estaban revestidas en ladrillo y los pisos alfombrados, pero a medida que uno descendía, el ladrillo se convertía en roca solida y el suelo era desparejo y cubierto de rocas y escombros. El aire se hacia cada vez mas frío y Alia tembló mientras continuaba su descenso.

En el fondo, donde terminaban las escaleras, los muros rocosos estaban humedecidos y el techo cavernoso era tan alto que se perdía de vista en la penumbra. Las pequeñas luces incrustadas en las paredes iluminaban pobremente el lugar. Eran las victimas mas recientes de la crisis energética de la ciudad. Los gigantescos generadores que alimentaban las ciudad estaban fallando lentamente. Nadie sabía por qué, y mucho menos cómo arreglarlos. Algunos temían que las maquinas climáticas que hacían posible la vida bajo el domo eventualmente fallarían. Pero Alia estaba convencida de que en algún lugar entre la inmensidad de ese archivo en esa caverna subterránea estaba la respuesta; solo necesitaba saber donde buscar.

Saco su anotador y su bolígrafo del bolso que llevaba cruzado en su espalda y se arremango. Miró a su alrededor para asegurarse que estaba sola. En los cuatro años que llevaba bajando a la bóveda mas profunda de la biblioteca nunca había visto otra alma. Los textos estaban escritos en un antiguo dialecto de su tierra natal, Zahabad y ningún académico se había tomado el trabajo de aprenderlo. Apretó su puño izquierdo y flexionó un musculo mental. Su mano se encendió en llamas, pero no se quemó. Con un movimiento circular, convirtió la llama en una pequeña esfera de fuego y la lanzó al aire. Se quedó suspendida en lo alto, a una altura donde no habia riesgo de que incendiara algún antiguo manuscrito, pero lo suficiente para iluminar todo a su alrededor. Se ajustó el bolso firme en su hombro y se sumergió en las profundidades de la caverna.

Para cuando Alia salió del sótano de la biblioteca el sol ya estaba muy bajo en el horizonte. Estaba cansada, hambrienta y con una necesidad urgente de darse un baño. Pero no había tiempo para nada de eso. Una alarma en su IA le indicó que Shiloh Kestrel quería verla  de inmediato. Suspiró.

***

Las residencias familiares de las Grandes Casas estaban ubicadas en una parte de la ciudad conocida como el Distrito de los Siones. Ahí, las residencias eran modestas pero impecablemente construidas y rodeadas de arbustos cuidadosamente podados con intricados diseños arábigos. Los senderos de grava se abrían paso entre arbustos de lavanda, rosas, hibiscos y lilas. Incluso las bancas, bajos los arboles llama eran acolchados y cómodos. La falta de muros y cercas era indicio de un placentero espíritu comunitario, pero cualquiera que supiera algo sobre la política en Ciudad Satélite sabía que las Casas estaban enfrascadas en una feroz competencia la una con la otra. Quienes caen victima de esta rivalidad cuidadosamente camuflada no vuelven a cometer semejante error.

Alia recorrió rápidamente los senderos del jardín, su corazón dio un salto cuando vio una figura familiar. Gilead Dos Torres era un hombre solido, de altura media pero daba la impresión de ser mas alto de lo que era. Sonrío cuando la vio, sus ojos grises brillaban, estaba de buen humor, ella tuvo que luchar para contener el calor que empezaba a arder en algún lugar de su vientre.

-Buen día, profesora-dijo él. Ella le devolvió el saludo en forma fría y cuidando de no mirarlo a los ojos. Al igual que ella, era profesor de antigüedades. Pero a diferencia de ella, no enseñaba en la prestigiosa Universidad de la Ciudad. Aunque alguna vez había sido un brillante erudito,Gilead había abandonado la Academia después de un escándalo que involucraba a la esposa de otro profesor. Ahora se especializaba en procurar objetos exóticos para coleccionistas. No era apropiado que ella como miembro de la Academia se mostrara demasiado cordial con un erudito rebelde, por lo menos no en público.

Y ciertamente tenía la apariencia de un rebelde. Su cabello negro azabache necesitaba de un buen corte con urgencia. Su gruesos y desarreglados rulos le llegaban hasta los hombros, lo que le daba el aspecto de uno de los salvajes de las Tribus del Bosque. Su túnica era del material mas fino que había pero estaba arrugada y abierta en el pecho para exhibir sus musculosos pectorales. Su chaleco negro de erudito estaba lleno de polvo y vestía un par de pantalones sueltos y viejas sandalias de cuero.

-Te extrañamos en las ultimas evaluaciones-dijo, bloqueándole el paso-¿estuviste enferma?

-Si, así fue-dijo con firmeza. La evaluación anual de inteligencia era una prueba que solo quienes no fuesen Siones debían tomar obligatoriamente. Tuvo que fingir estar enferma para ahorrarse la humillante experiencia, aun cuando sabía que le costaría el privilegio de dar clases. Apenas si la dejaban dar clases de todas formas así que no había mucha diferencia.

-¿Confío en que se ha recuperado bien?

-Tan bien como se podría esperar-respondió mientras lo rodeaba.

-Yo debería saberlo-y mientras ella pasaba junto a él se inclinó para susurrarle, con su aliento caliente sobre su cuello-ya que yo fui tu cuidador.

La leve llama de su vientre se encendió repentinamente y casi deja caer su bolso. Eran momentos como esos en que agradecía su herencia Zahabadi. Su piel morena era lo suficientemente oscura para ocultar el rubor de su rostro.

Gilead rió-. Buen día, profesora- le dijo mientras se alejaba. Pero Alia estaba demasiado nerviosa para responderle. Agradeció por la penumbra que había ocultado su encuentro. En ese crepúsculo, nadie podría ver el vapor que salia de sus ropajes por la temperatura que había levantado.

Ese hombre, pensó, por todos los dioses

Cuando llegó a la Casa Kestrel se tomó un momento para recomponerse. Los pensamientos de aguas tranquilas eran lo que mejor le funcionaba. Pocos conocían su verdadera naturaleza, o los poderes que la acompañaban, y no tenía intención de cambiar eso. Ademas, no era prudente mostrar debilidad cuando se estaba entre Siones. Mucho menos con este.

Finalmente, subió los escalones del frente y tocó la campana que colgaba sobre la puerta. Una chica sirvienta la recibió y la guió por la casa, hasta el porche del patio interno, donde encontraron a Shiloh Kestrel. Era alto, incluso entre su pueblo,y su kimono de seda no ocultaba en lo mas mínimo su poderoso físico. Como todos los Siones de sangre pura, era calvo, su cabello plateado afeitado hasta el cuero cabelludo. Pálido, su piel incolora que parecía brillar en la penumbra había iniciado el rumor de que los Siones no eran humanos. Pero Alia sabía que no era verdad.

-¿Lo encontraste?- preguntó Shiloh sin voltear a verla.

-No-dijo Alia con sequedad-.Si lo hubiese encontrado, lo sabrías-. Si a Shiloh le molestó el tono de su voz, no lo demostró.

-Escuché rumores de que algunas de las otras Casas se han unido a la búsqueda-dijo él. Alia gruñó internamente. No era un secreto que todas las Grandes Casas estaban desesperadas por encontrar la siguiente gran fuente de energía para la Ciudad.

-Quizás, si aun tuviera mi equipo…-comenzó ella, pero Shiloh la silenció con un impetuoso gesto. Se volvió hacia ella y la mira con severidad.

-Quizás mi madre haya tenido los recursos necesarios para complacer tus fantasías académicas, pero yo no. La única razón por la cual no te he cortado los fondos y enviado de vuelta a tu tierra natal es por respeto a su frágil salud. Pero mi paciencia se está agotando. Si este libro del que hablas realmente existe, necesitas encontrarlo y pronto.

Alia luchó para contener su enojo. En Zahabad, había sido la principal referente en literatura pre catástrofe de la Torre de Marfil. Fue la madre de Shiloh, Ramah Kestrel, quien la reclutó personalmente para ir a Ciudad Satélite. Sin embargo, pocas personas en la ciudad compartían la visión de Ramah. Alia todavía recuerda los gestos de desaprobación de los Escribas en la universidad durante sus evaluación de inteligencia el año anterior. A pesar de sus credenciales y su constante y estelar desempeño en esas pruebas, muchos de sus colegas seguían sin convencerse de que una mujer nacida fuera del domo pudiera ser digna de estar entre sus filas. Si Alia perdía el apoyo de la Casa Kestrel, tendría que volver a su hogar con la deshonra. Un escalofrío recorrió su cuerpo de solo pensar en lo que le pasaría si tuviera que pasar por esa vergüenza.

-Si las demás Casas se están involucrando, es una señal-dijo ella.

-Una ilusión compartida no la hace realidad, profesora.

-El Mecanicron es real, Shiloh. Los Antiguos tenían una fuente de energía ilimitada que alimentaba todos sus artefactos. Los detalles están escritos en un texto que solo era accesible para los Maestros Constructores, todos sus registros así lo indican-dijo Alia irritada. Tenía que explicarle lo mismo cada vez que se veían.

-Este texto debió haber estar escondido para protegerlo de la destrucción de la Catástrofe. Debía haber sido demasiado valioso para dejarlo desprotegido.

-Entonces encuentralo-dijo bruscamente-. Tienes una semana.

Mientras salía por la puerta principal, Alia echaba humo. Ni siquiera había tenido la oportunidad de decirle lo que había descubierto ese día: una referencia en un texto pre-catástrofe que mencionaba una instalación del Maestro Constructor en las proximidades. Estaba ubicada, sin embargo, fuera del área protegida por el domo de la Ciudad, en un lugar conocido como el Peñasco del Cuervo. Sin un equipo de seguridad, salir del domo era un suicidio,pero ¿qué otra opción tenía?

***

Era bien pasada la medianoche cuando Gilead llegó a casa. Alia se había quedado dormida en su sillón plegable cuando escuchó el pitido de autorización de su código de acceso. Dio un salto y corrió hasta la puerta frontal al mismo tiempo que las luces automáticas del apartamento se encendían. Estaba esperándolo cuando entró.

-¡Por la espada!-maldijo sorprendido cuando la vio-.¿Qué estás haciendo aquí?

-¿Dónde has estado?- los Zahabadis siempre respondían una pregunta con otra. Las luces se atenuaron rápidamente, pero era lo suficientemente brillante para que ella pudiera ver su rostro magullado y la manera en sostenía su brazo izquierdo.

-¿Qué te paso?

-Me encontré con un viejo cliente-dijo agotado mientras pasaba junto a ella y se sentaba dolorosamente en el sillón-.Prefiero no hablar de eso-. Alia fue a buscar el kit de primeros auxilios. No era la primera vez que tenía que atender las injustificadas heridas de Gilead. Se movía en un mundo peligroso y Alia se había acostumbrado a no hacer preguntas.

Cuando ella regresó lo vio sentarse en el suelo, evidentemente el sillón había sido demasiado para él, y quitarse la remera. Pudo ver que su cuerpo no estaba en mejores condiciones que su rostro.Tenía tres cortes profundos en el hombro derecho. Deslizándose en el sillón detrás de él, le pasó una vara ultravioleta sobre las heridas para desinfectarlas. Entonces lo rocío con una formula en aerosol que al endurecer formará una especie de injerto símil carne que sirve para suturar los cortes. El resto de sus golpes sanarían con el tiempo.

Cuando terminó, Alia se recostó y lo estudió.

Estaba recostado contra sus piernas con los ojos cerrados, su pecho se hinchaba y deshinchaba suavemente. Con ternura, empezó a acariciarle las mejillas con sus dedos recorriendo la áspera sombra de su barba. A pesar de su misterio, era el hombre que ella amaba. ¿Se animaría a incluirlo en la desventura que implica encontrar el Mecanicron?

Salio de detrás suyo y se levantó para guardar el kit de primeros auxilios, pero él la tomó por la mano y la subió arriba suyo.

-Gracias-murmuró mientras la envolvía con sus brazos-. Déjame devolverte la amabilidad.

La besó con pasión y ella se dejo llevar. A menudo bromeaba diciéndole que estaba hecha de hielo, porque le había tomado meses de incansable flirteo de su parte antes de ella le mostrara algo de afecto, pero la verdad es que ella había ardido de deseo por él desde el momento en que lo conoció. Su lucha constante para controlar ese fuego la había hecho dudar. Incluso ahora que estaba con él, debía tener cuidado. El desapego funciona bien. Observó sus caricias con el ojo de un artista,notó el contraste entre sus pieles, su cuero curtido y su rica tierra. La forma en que sus manos angulares, cubiertas de cicatrices exploraban las profundidades ocultas de su cuerpo. Escuchó sus gemidos de placer, mezclados con los de él, y los clasifico por tono y volumen mientras se elevaban hasta el climax. Pero siempre terminaba perdiendo el control, y al final debía retirarse forzosamente antes de que las llamas de su deseo los prendieran fuego a los dos. Fue solo en después de finalizada su unión, mientras el incendio en su interior se apagaba y se convertía en ascuas, que recordó su propósito.

-Llévame al Peñasco del Cuervo.

-¿Qué?-sus ojos se abrieron grandes-. ¡Definitivamente no, es muy peligroso!

-Tengo que ir al Peñasco del Cuervo y eres la única persona que puede llevarme ahí.

-¡Por los siete infiernos! ¿Por qué quieres ir a ese lugar?

-No puedo decirte eso. Solo debes saber que es importante-Se puso firme-.Seras bien recompensado-agregó.

-No tienes dinero, a menos que la Academia de pronto haya empezado a pagarte con algo mas que dulces títulos-pero algo en su rostro debe haberle dicho que hablaba en serio.

Suspiro y se recostó hacia atrás.

-Como quieras. Solo reza para que los dioses nos despejen el camino.

****

Les tomó dos días preparar todo; cartuchos falsos, suministros para el viaje y, lo mas importante, el texto antiguo de la biblioteca donde Alia había encontrado la referencia al Peñasco del Cuervo que tuvo que sacar de contrabando. Era un volumen ligero y entró fácilmente bajo la cubierta de otro tomo, ambos libros eran antiguos incluso antes de que su pueblo se asentará en el Territorio. Si la atrapaban con él la exiliarían al instante. Pero era su única pista sobre la ubicación del Mecanicron.

Salir de la ciudad había sido mas sencillo de lo que había anticipado. Un escaneo rápido para que asegurarse de que no llevaran tecnología de contrabando y los dejaron abordar la caravana rumbo a los reinos del norte. Todo el mundo decía en broma que irse de Ciudad Satélite era fácil, lo difícil era volver a entrar.

-¿Dónde estamos?-preguntó Alia cuando bajaron en un valle superficial varias horas después.

-Al este de las Planicies-dijo-. El Peñasco del Cuervo está a medio día de distancia-ella asintió. Medio día de caminata no sería demasiado agotador.

Faltaban algunas horas para el amanecer y el aire se sentía como escarcha. Aquí afuera en el mundo, sin controladores climáticos, era casi invierno. Desde ahí veía los hilos blancos del domo semi transparente de la ciudad en el horizonte. Se dio vuelta y siguió su camino.

-Para ser un académico, pareces conocer mucho esta zona- dijo ella bromeando-.¿Te escabulles seguido de la ciudad?

-Lo suficiente-dijo encogiéndose de hombros-.Supongo que al no tener estudiantes tengo mucho tiempo libre. También ayuda no tener al Concejo de Escribas respirándome en la nuca.

-Si, son buenos en eso…-dijo Alia como sin ganas-.¿Es por eso que abandonaste la Academia?

-Seguro has oído los rumores.

-Quiero escucharlo de ti.

Gilead lanzó un bufido. -Si quieres saberlo, no estaba casada cuando nos conocimos. Nos conocemos desde que eramos niños e hicimos un juramento, si yo llegaba a ser profesor titular de la Academia nos casaríamos.Mantuve mi palabra, pero cuando nos presentamos ante su familia, se opusieron a nuestra unión. Ella era hija de una Gran Casa y yo, un bastardo sin nombre de la Tribu del Bosque. Ella se casó con otro y por mi impertinencia, me quitaron mi posición.

Un pesado silencio cayó entre ellos y por un largo rato lo único que se escucho fue el crujir de sus botas en la grava.

-Fue injusto lo que te hicieron-dijo Alia finalmente-.¿Qué importancia tiene si tu madre no nació en la ciudad? Llegaste a ser titular en una de las mejores instituciones del Territorio. Eres mas que un par para ellos.

-No necesito que tú me lo digas-dijo con aspereza-. se volvió hacia ella y se ruborizo cuando vio como lo miraba-.Pero si sirve escucharlo de vez en cuando- dijo guiñando un ojo.

Alia rió y levantó la vista al cielo azul despejado que les esperaba mas adelante. Lo que vio le dejo la mente en blanco.

-¿Qué es eso?-preguntó Alia luchando para el miedo no se apoderara de su voz. Nunca había visto dragones en su vida, pero había visto muchas imágenes de los derruidos restos de sus victimas, devorados, según  dicen, mientras seguían con vida. Una bandada se asomaba en el horizonte. Gilead maldijo en voz baja.

-¿Sabes usar un arco?

Sin esperar por su respuesta, sacó una ballesta y un carcaj lleno de flechas con punta de acero de su enorme mochila de suministros y los puso en sus manos. Ella coloco una flecha en posición y levanto el arco sobre su hombro. Gilead miro fijamente a la bandada y lo invadió el pánico; iban directamente hacia ellos. Saco su cuchillo de caza de su cintura.

-Corre

Ël corrió hacia la acumulación de rocas mas cercana desperdigadas por todo el suelo del valle. Alia apretó el mango de la ballesta y lo siguió. Años de trotar por la ciudad y una complexión larga y ágil le permitió seguirle el ritmo con facilidad. Le rezó a todos los dioses, los nuevos y los viejos para que llegaran a tiempo a resguardo.

Pero no fue así.

Repentinamente, el aire se lleno con el batir de las alas y el estridente rugido de las criaturas. Desde el cielo se abalanzo hacia ella una criatura negra como la tinta, alcanzo a ver el resplandor de una garra segundos antes de que pudiera desgarrarle el hombro derecho. Se arrojó al suelo de espaldas para alejarse, apuntó su ballesta y disparó. La flecha dio en el blanco. La criatura aulló de dolor, un sonido que sonaba extrañamente humano, antes de alejarse volando y dejarla ahí, tirada en el suelo. El contacto apenas ralentizo a los demás que pasaron volando sobre ella. Finalmente, cuando el ultimo de ellos había pasado, se incorporó y miró a su alrededor. No vio señales de Gilead.

-¡Gilead!-gritó, pero lo único que escucho fue el piar de aves extrañas como respuesta-.¡Gilead!-volvió a gritar, luchando contra el pánico que la invadía rápidamente. Si algo le había ocurrido, ella nunca se lo perdonaría. Antes de pudiera gritar por tercera vez, escucho un gruñido detrás suyo. Casi lloro de alivio cuando lo vio salir de detrás de una piedra.

-¿Estás bien?-preguntó cuando éste se acercó.

-¿Tu estas bien?-preguntó. Ella asintió, ya que no confiaba en el tono de su voz para entonces.

-Bien-dijo suavemente. Entonces, ella lo vio mirar su hombro derecho y hacer un gesto. Vio la sangre, la ropa desgarrada y se dio vuelta. Eso la lastimo de una manera que no podía siquiera nombrar.

-Sigamos- dijo bruscamente. Y se alejo caminando.

*****

Llegaron al Peñasco del Cuervo justo cuando el sol se ponía en el cielo. El Peñasco era un torre solitaria de roca roja que se alzaba muy alto en el cielo, como un dedo acusador señalando a los dioses. Era un monolito tan inmenso que les tomó una hora entera rodearla. A diferencia de las colinas que la rodeaban, la superficie de sus flancos eran lisas como el vidrio, apenas perturbada por unas pocas salientes de roca que asomaban. La leyenda local decía que el peñasco había sido hogar de los Antiguos y que en sus profundidades yacían los secretos guardados desde antes de la Gran Catástrofe. Alia creía que mas que una leyenda.

En el camino, tuvieron que combatir a mas criaturas salvajes y escapar de una banda de merodeadores. Completamente agotados cayeron rendidos en la base arenosa del peñasco y observaron la roca con el sol poniéndose detrás. El aire se enfriaba rápidamente y Alia lo sintió en los huesos. Su hombro herido le dolía mucho y tuvo que apretar la mandíbula para dejar de temblar.

Utilizo su voluntad para levantar la temperatura y calentarse. Como de costumbre, debía tener cuidado de no calentar tanto como para prenderse fuego.

-Necesitamos prender una fogata-dijo ella cuando se sintió lo suficientemente fuerte para hablar. Gilead asintió cansado. No se había recuperado completamente de los golpes que había recibido días atrás y ella pudo ver que el camino recorrido había hecho estragos en su cuerpo. Estaba pálido y temblando y sus ojos completamente demacrados. Se puso de pie con mucho esfuerzo y fue a buscar leña.

Ella aprovecho para asegurarse de que el pequeño volumen que había sacado de contrabando de la biblioteca seguía ajustado a su pecho y para atender sus heridas. Aparto su ropaje de su hombro herido e ilumino los enormes tajos. Le parecieron extrañamente familiar. Casi dejo caer su antorcha cuando entendió por qué era. Había visto heridas exactamente igual a esas pocos días atrás. En el cuerpo de Gilead.

Espero hasta bien entrada la noche y que encendieran la fogata antes de hablar. Había tenido mucho cuidado al manipular la leña pero no pudo resistirse a jugar con el fuego. Mientras Gilead dormitaba frente a ella, secretamente, ella manipulaba las llamas para formar criaturas que solo habían existido en sus pesadillas.

-¿Hace cuanto sabes acerca del Mecanicron?-Preguntó finalmente. No fue realmente una pregunta y Gilead no parecía sorprendido de oírla. Se incorporó y se estiró con un suspiro. El calor parecía haberle devuelto sus fuerzas y su rostro ya no estaba tan pálido.

-Hace poco mas de un año.

-¿Entonces para quién trabajas realmente?

-La Casa Crow-dijo simplemente, casi con tristeza-. Mi madre fue una guerrera de las Tribus del Bosque Omin y mi padre es Obed Crow.

Ella asintió bruscamente, respirando profundamente para combatir la conmoción. Había estado durmiendo con el hijo del rival mas importante de la Casa Kestrel-.¿Entonces por qué me estas ayudando?

Se encogió de hombros-. Porque eres una académica brillante a quien jamas podría igualar. Y porque, a diferencia de Shiloh Kestrel, sé que tienes razón.

Sin querer, recordó la primera vez que se habían conocido en los jardines de las Residencias Siones. Ella recién había llegado a la ciudad y estaba tan absorta en el paisaje que no lo vio venir por el sendero. Se chocaron en esa forma cómica que solo sucede en el teatro. La forma en que sonreía cuando se disculpaba… Sintió una puntada de dolor que era casi físico y tuvo que luchar para contener sus lagrimas. No iba a llorar delante de él. No lo haría.

-Entonces, todo ha sido una mentira-dijo tajante-. ¿Alguna vez me quisiste?-. Detestaba el tono de suplica que se había colado en su voz. Él apretó su mandíbula concienzudamente y desvió la mirada. Se volvió para mirarla y dejo escapar un fuerte suspiro.

-Ambos somos peones en este interminable juego entre las casas, Alia-dijo suavemente-. Tú deberías saberlo mejor que nadie.

****

A la mañana siguiente encontraron el camino al interior del peñasco. La entrada tenía forma de arco en ruinas y era difícil detectarla si uno no sabía donde buscar. Mas allá había una escalera tallada en la roca que ascendía en la oscuridad. Apretando sus puños, encendió una pequeña llama que luego convirtió en una enorme bola de fuego que flotaba sobre ellos.

-Eres una incendiaria-dijo Gilead casi sin aliento.

-Y tú un nocturno.

Su rostro se oscureció en ese instante-. ¿Cómo lo supiste?

-Oh vamos, ¿pensaste que no notaría que buena es tu vista durante la noche?¿lo tenues que son las luces en tu residencia? Los modificados genéticamente nos reconocemos los unos a los otros.

-¿Crees que esto cambia algo?

Alia se encogió de hombros. Tenía razón, revelar sus poderes había sido tonto de su parte. Pero por alguna razón ella quería que él lo supiera. Quería que él la viera como realmente era. Quizás había una parte de ella que esperaba que si hiciera la diferencia.

-No eres el único que tiene secretos-le dijo ella con frialdad. Entró al túnel sin importarle si él la seguía o no.

Los escalones seguían ascendiendo en forma implacable, ocasionalmente bifurcándose a la izquierda o derecha, o desembocando en alguna entrada de piedra. Tan lejos de todo lo conocido, dependían por completo de su conocimiento en el lenguaje de los Antiguos para descifrar las tecnologías de seguridad que custodiaban cada entrada y así fueron penetrando cada vez mas en las profundidades de la instalación.

Encontraron la cámara casi de casualidad. Viraron a la derecha cuando deberían haber girado a la izquierda y ahí estaba, detrás de un portal; una biblioteca.

Dentro de la cámara, Alia redujo el tamaño de la bola de fuego para evitar que quemara algo pero a la vez la hizo mas brillante, como un pequeño sol, como cuando bajaba al sótano de la biblioteca de la ciudad. Bajo la aguda luz vieron que la habitación en realidad consistía en varios niveles de balcones con paredes cubiertas con libros. Cada nivel estaba unido por un serpenteante tramo de escaleras en el centro de la habitación que bajaba y se perdía en la oscuridad. Alia se acercó al estante de libros mas cercano y leyó los títulos del lomo. Se sorprendió al descubrir que reconocía el idioma en el que estaban escritos. Era uno de los dialectos mas populares entre los Antiguos, justo antes de la Catástrofe. Ella tenía razón; el Peñasco del Cuervo le había pertenecido al Maestro Constructor, y era muy probablemente un repositorio de una gran parte del conocimiento de los Antiguos. Indagando un poco mas descubrió que el sistema de archivo era similar al que aun se utilizaba en el Torre de Marfil de Zahabad.

El mismísimo Mecanicron estaba guardado entre dos volúmenes de filosofía de la ingeniería. Una felicidad inmensa invadió su cuerpo cuando tuvo el libro entre sus manos. Después de tanto tiempo, era real. Era pesado, la cubierta estaba hecha de un material tipo madera que probablemente había desaparecido junto a la civilización que la creo. Con mucho cuidado, lo abrió y empezó a leer la primera pagina, pero apenas tuvo tiempo de dar vuelta la pagina cuando sintió el frio de una navaja en su garganta.

-Entrégamelo-murmuró Gilead en su oído. Ella cerró el libro y se lo paso por encima de su hombro. Algo ardiente cobro vida dentro suyo y por un momento se vio tentada para prenderlos fuego a ambos. Como si pudiera leer sus pensamientos, envainó su cuchillo de caza y se paro frente a ella.

-Por todos los dioses, desearía que no hubiera llegado a esto-dijo con un nivel de tristeza que ella casi le creyó.

-No tienes que hacer esto, Gilead. Tú lo has dicho, somos peones. No les importamos. Podemos abandonar la Ciudad y desaparecer.

-¿Y a dónde crees que iríamos eh?¿A la choza de mi madre en el Bosque de las Tribus? ¿O al páramo desolado que llamas hogar? Si llevo el Mecanicron, me devolverán mi puesto en la Academia; mi padre incluso podría reconocerme como su legitimo heredero.

-¿De verdad crees que te aceptaran? Eres como yo…

-Soy nacido en la ciudad, tengo sangre Sion en mis venas. ¡No somos iguales en absoluto!-gritó Gilead interrumpiendo su oración.

La brutalidad de su respuesta la tomó por sorpresa, en ella sintió el mismo desprecio que había visto en los rostros de los Siones cuando creían que ella no los veía. Entendió entonces por qué nunca le había hablado de sus padres. No era un intento de parecer misterioso, era vergüenza. Por primera vez, Alia entendió que estaba viendo al verdadero hombre detrás de las sonrisas y las bromas. Sintió como si le hubieran volcado un balde de agua helada en la cabeza, y todos sus pensamientos incendiarios se apagaron.

-No. Tienes razón-dijo ella-. No somos iguales.

Una vez dicho eso, la golpeó con el libro.

***

Cuando abrió los ojos, estaba en el exterior y el suelo debajo era duro y rocoso. Levantó su vista y el sol brillaba con la fuerza del mediodía. Le dolía la cabeza, se tanteó y pudo sentir el hematoma que se le había formado cuando Gilead la dejo inconsciente. Con cuidado, se puso de pie y examinó sus alrededores. Tuvo que llevarse la mano a la boca para no gritar.

Frente a ella, a menos de un brazo de distancia, el suelo terminaba dramáticamente en una vertiginosa expansión de cielo. Estaba en una de las salientes de granito que asomaban de los alisados laterales del inmenso peñasco rocoso. Sobre su cabeza, el precipicio continuaba en linea recta y su cumbre estaba oculta a la altura de las nubes. La invadió una repentina sensación de vértigo y por un momento pensó que iba a desmayarse. Alia retrocedió y se alejo del borde hasta que sintió el frio contacto de la piedra de entrada detrás suyo y respiro profundo varias veces hasta que la sensación la abandono. Tenía la boca muy seca y necesitaba orinar con urgencia.

Se volvió y examinó la puerta de roca detrás de ella, no había botones ni paneles para abrirla. Estaba en el lado equivocado de la entrada. Se desplomó contra la roca desesperada. Gilead Crow le había mentido, le había robado el trabajo de su vida y la había dejado a morir. Se había ido, de eso estaba segura. Pensó en como se sentían sus labios contra los suyos y espero por el calor que acompañaba el sentimiento. Pero no sucedió. En vez de eso se sintió fría, como que algo había muerto en su interior, como si nunca mas pudiera volver a sentir ese calor.

Se envolvió las rodillas con sus brazos y escuchó el crujido de un papel. De entre sus vestimentas saco el pequeño libro que la había llevado hasta ese lugar en primer lugar. No le había dicho a Gilead lo que noto al leer esa primera pagina del libro. Se había equivocado. El Mecanicron en realidad estaba compuesto por dos volúmenes que describían un único mecanismo. El libro que Gilead se había llevado solo contenía ilustraciones del mecanismo en sus distintas etapas de ensamblaje. Los papeles que ella tenía eran el manual de instrucciones de la maquina.

Reflexionó sobre los pocos años que pasó en Ciudad Satélite. Construida por los últimos de los Antiguos para protegerse de los efectos de la Catástrofe, la ciudad se había convertido en un oasis de tecnología en un mundo que aun vivía por la espada y la piedra. Pero quizás era el momento para que las maquinas perecieran. Quizás si el domo fallara, los orgullosos Siones se verían finalmente forzados a abrir su ciudad. Quizás, con el tiempo, lleguen a apreciar la riqueza de los mundos mas allá del suyo y a entender que no eran mejores que aquellos a los que despreciaron.

FIN

Chinelo Onwualu es una escritora y editora nigeriana actualmente radicada en Toronto. Es editora de la sección de no-ficción en Anathema Magazine, y co-fundadora de Omenana, una revista digital de Ficción Especulativa Africana. Ha escrito y publicado en varias antologías y revistas como; Slate, Uncanny y Strange Horizons. Ha sido nominada a los Premios Británicos de Ciencia Ficción, los Premios Nommo para Ficción Especulativa Africana y el Premio Short Story Day en África. Pueden seguirla en su sitio web http://www.chineloonwualu.com o en Twitter @chineloonwualu

El hallazgo del Absoluto

Por May Sinclair

Publicado originalmente en 1923 dentro de su antología de cuentos fantasticos y de terror, Uncanny Stories.

I

El Sr. Spalding había salido al jardín para tener un poco de paz, y no la había encontrado. Se sentó ahí, con los hombros encorvados y la cabeza baja, decaído bajo el rayo de sol.

Jerry, el gato negro, lo buscaba para jugar; se paraba sobre sus patas traseras y bailaba, se movía de lado a lado ondeando sus patas delanteras en el aire como si fueran alas. En cualquier otro momento su comportamiento hubiera encantado al Sr. Spalding, pero ahora no podía ni mirarlo; se sentía demasiado miserable.

Se había ido a dormir sintiéndose miserable; había pasado una noche de miseria y se había despertado mas miserable que nunca. Había estado así desde hacia tres días y tres noches de corrido, y no era para menos. No era solo por el hecho de que su joven esposa se había fugado con Paul Jefferson, el poeta Imagista, sino que a la debilidad de Elizabeth se le sumaba que había descubierto un error fatal en sus propio sistema metafísico. Su creencia en Elizabeth había desaparecido. Al igual que su creencia en lo Absoluto.

Las dos cosas habían sucedido al mismo tiempo y eso lo había devastado. Y tenía que reconocer, con amargura, que las dos estaban íntimamente conectadas. “Si,” se decía para sí mismo el Sr. Spalding, “hubiera servido a mi esposa tan lealmente como le he servido a mi Dios, ella no me habría abandonado por Paul Jefferson.” Quería decir que si no hubiese estado tan absorto en su sistema metafísico, Elizabeth no habría perdido interés en él. No podía culpar a nadie mas que a sí mismo por el comportamiento de su esposa.

Si ella hubiera huido con cualquier otro podría haberla perdonado, se hubiera podido perdonar a sí mismo; pero no había nada mas que miseria en el futuro de Elizabeth. Paul Jefferson era un genio, el Sr. Spalding no lo negaba; un genio inmortal; pero no tenía moral, bebía, consumía drogas, en las decentes palabras del Sr. Spalding, hacia todo lo que no se debía hacer.

Uno pensaría que éste abrumador desastre habría opacado completamente el otro problema. Pero no; el Sr. Spalding tenía una mente equilibrada; y se lamentaba en igual medida por la perdida de su esposa y por la perdida de su Absoluto. Un error en el sistema metafísico puede parecer insignificante; pero debe tener en cuenta que, desde que tuvo capacidad de pensar, el Sr. Spalding había sido devorado por el hambre y la sed por la verdad metafísica. Algo que superaba al Dios en el que le habían enseñado a creer porque, ademas de que era un escándalo para el sentido moral del Sr. Spalding, no era lo suficientemente metafísico. El pobre hombre estaba siempre preocupado por la metafísica, iba de sistema en sistema, buscando la verdad, la realidad, buscando una satisfacción intelectual suprema que nunca llegaba. Creyó que la había encontrado en su teoría del Panteísmo Absoluto. Pero en realidad, el Panteísmo de Spalding, o el Panteísmo de cualquier persona en realidad, cuando se lo analizaba minuciosamente, hacía agua por todos lados. Mientras mas Absoluto, mas agua hacía.

Considere que, según la teoría del Sr. Spalding, no existe una realidad que no sea el Absoluto. Las cosas solo son reales porque existen en él, porque él es ellas. El Sr. Spalding creía que su consciencia, la conciencia de Elizabeth y la conciencia de Paul Jefferson existían inalterables en el Absoluto. Ya que, si su existencia interna cambiase, deberia admitir que las bases de su existencia actual subyacía en algún lugar por fuera del Absoluto, algo que para el Sr. Spalding calificaba como blasfemia. Y si Elizabeth y Paul Jefferson existían inalterables en el Absoluto, entonces su adulterio también existía ahí imperturbable. Y un adulterio dentro del Absoluto era un ultraje a su sentido moral, tanto como cualquier otra cosa que le habían enseñado sobre Dios en su juventud. Lo extraño era que hasta que Elizabeth huyó y cometió adulterio, él nunca lo había considerado. La metafísica del Panteísmo le había interesado mucho mas que su ética. Y ahora no podía pensar en otra cosa.

Y no era solo Elizabeth y su inmoralidad; eran todas esas personas insoportables que había conocido durante toda su vida. Su tío Sims, un odioso entrometido sin igual, y su tía Emily, una pobre tonta, y su primo, Tom Rumbold, un idiota obsceno. Y toda esa odiosa entrometidez de su tío, la estupidez de su tía y la idiotez de su primo tendrían que existir también en el Absoluto; inalterable.

Ademas de todo lo que se ve y se oye. Ahora, ¿el cielo azul, es azul a la Vista de Dios, o es solo algo inexplicable? ¿Y los ruidos, la música? Por ejemplo, estoy escuchando la Gran Opera, y tú a una banda de jazz en tu restaurante, pero el Dios del Panteísmo está escuchando a ambos, todos los sonidos del universo al mismo tiempo. Como sí se hubiera sentado en un piano. Esta idea impacto al Sr. Spalding aun mas que pensar en la inconducta de Elizabeth.

El tiempo transcurrió. Paul Jefferson se mató bebiendo. Elizabeth, destruida por la pena, murió de neumonía seguido de una gripe; y el Sr. Spalding seguía preocupado por los desajustes de su metafísica. Pero al final, él también murió.

Entonces empezó a preocuparse por otras cosas. Cosas que le habían “sucedido”, según sus propias palabras, en su juventud, antes de conocer a Elizabeth y una que había sucedido después de que ella lo dejara. Pensó en ellas como cosas que habían sucedido; sucedieron como en contra de su voluntad sin que él haya tenido parte. En momentos tranquilos de reflexión filosófica, no podía comprender como había dejado que sucedieran, cómo, por ejemplo, pudo haber soportado a Connie Larkins. Los episodios habían sido breves, porque en cada caso, el aburrimiento y el disgusto había sido demasiado para apartar lo que el Sr. Spalding consideraba que nunca debería haberse juntado. Breve e insignificante como fueron, el Sr. Spalding, en su lecho de muerte se preocupó al recordarlos. ¿Y si fueron mas significativos de lo que aparentemente fueron? ¿Y si tuvieran un significado eterno con terribles consecuencias en la vida después de la muerte? Suponiendo que no nos desvaneciéramos en el aire y que realmente hubiera una vida después de la muerte. ¿Y si en ese otro mundo hubiera un infierno?

El Sr. Spalding no podía imaginar un infierno peor que revivir eternamente esos incidentes. El disgusto y el aburrimiento, repetidos eternamente. Salir con Connie Larkins por siempre y para siempre, sin ser capaz de alejarse de ella, condenado a repetirlo, y, si hubiera un Absoluto, si existiera la realidad, la verdad, nunca lo sabría, sería despojado de ella por siempre…

“Al que vivió en la indecencia, dejenlo seguir en la indecencia.”

Eso era el infierno, la perpetuación de un estado de indecencia.

Se preguntó entonces si la bondad no era, después de todo, lo mas importante; se preguntó si realmente había otro mundo; con extrema ansiedad se preguntó que pasaría con él en ese mundo.

Murió haciéndose esa pregunta.

II

Su primer pensamiento fue: bueno, aquí vamos de nuevo. No he sido borrado de la existencia. El segundo fue que no había muerto después de todo. Se había dormido y ahora estaba soñando. No estaba agitado ni siquiera sorprendido.

Estaba solo en un espacio gris inmenso, en el cual no había otro objeto distinguible mas que él. Era consciente de su cuerpo que ocupaba una porción del espacio. Tenía cuerpo, un cuerpo blanquecino, endeble y curioso. Lo extraño era que ese espacio vacío tenía una especie de solidez bajo sus pies. Estaba apoyado sobre él, estirado sobre él, a la deriva. Lo sostenía con la capacidad de flotación de las aguas profundas. Pero a su vez su cuerpo era parte de él, entrelazado en él.

Pudo ver entonces, a dos figuras acercándose a él. Se pararon frente a él, como figuras en el agua, una a cada lado, y entonces pudo ver que eran Elizabeth y Paul Jefferson.

Concluyó entonces que estaba realmente muerto, tan muerto como Elizabeth y Jefferson, y (dado que ellos estaban ahí) que estaba en el infierno. Elizabeth estaba hablando, y su voz sonaba dulce y amable. Le daba lo mismo ya que estaba en el infierno.

-Todo está bien,-dijo ella-Es extraño al principio, pero te acostumbraras. ¿No te molesta que vengamos a recibirte?

El Sr. Spalding dijo que no tenía porque importarle, ni derecho a reprocharle, ya que todos estaban en el mismo bote. Los tres tenían el castigo que se merecían.

-¿Castigo?-dijo Jefferson-Pues, ¿dónde crees que estas?

-¿Estoy en el infierno no? Si…

-Si nosotros estamos aquí ¿es eso lo que quieres decir?

-Bueno, Jefferson, no quiero revolver viejos rencores, pero, después de lo que sucedió, perdóneme por decirlo, pero ¿qué otra cosa puedo pensar?

Escuchó la risa de Jefferson; una risa perfectamente natural.

-¿Quieres decírselo tú Elizabeth o lo hago yo?

Es mejor que lo hagas tu. Siempre respeto tu intelecto.

-Bueno, viejo amigo, si realmente quieres saber donde estás, estás en el paraíso.
-¿Lo dices en serio?

-Muy en serio. De seguro te estas preguntando que hacemos nosotros aquí.

-Bueno, no Elizabeth, quizás. Pero tú Jefferson, honestamente.

-Si, ¿qué hay de mi?

-Con tu pasado yo hubiera pensado que tenías menos merecido venir aquí que incluso yo mismo.

-¿Verdad que si? He vivido sin consecuencias. Bebí, consumí drogas. No había nada que yo no hiciera. ¿por qué supone usted que logré entrar? Nunca lo adivinará.

-No, no. Me rindo.

-Mi amor por la belleza. Es difícil de imaginar pero parece que es algo que tiene valor aquí en el mundo eterno.

-Y Elizabeth, ¿por qué entró ella?

-Por su amor hacia mi.

-Entonces, lo único que puedo decir.-dijo el Sr. Spalding-Es que el Paraíso debe ser un lugar de lo mas inmoral.

-Oh no. Tu moralidad parroquial no tiene valor aquí. ¿por qué debería? Es enteramente relativa. Relativa al sistema social, limitada al tiempo y espacio. Relativa a cierta configuración biológica que terminó junto a nuestros organismos terrenales. No es absoluta. No es eterna. Pero la belleza, la belleza es eterna, es absoluta. Y yo, yo amo la belleza mas que a nada, mas que a la bebida, a las drogas o a las mujeres, incluso mas que a Elizabeth. Y el amor es eterno. Elizabeth me amó mas a que a ti, mas que a la decencia, la paz o la comodidad y una a vida feliz.”

-Todo muy lindo Jefferson, y Elizabeth quizás, muy María Magdalena lo suyo pero está bien. Quia mulium amavit, y demás. Pero si un granuja como tú puede escabullirse al paraíso con tanta facilidad, ¿qué ha sido de nuestra ética?”

-Tu ética, querido Spalding, está donde siempre ha estado, en el lugar de donde viniste, no aquí. Y si yo fuera lo que se dice, un mal hombre, es decir un mal organismo terrenal, debí ser un poeta extraordinario. Dices que me escabullí fácilmente en el paraíso, ¿está diciendo que es fácil ser un poeta? Querido amigo, requiere de una inflexibilidad, una pureza, una disciplina de la mente, recuerda, que no tienes ni la mínima concepción de lo que es eso. Con seguridad puedo decir que tú serías la ultima persona en el mundo que consideraría que la mente es un asunto inferior y secundario. De cualquier manera, no solo entré al paraíso como consecuencia sino que entré a uno de los mejores paraísos, al paraíso reservado exclusivamente para las mejores almas.

-Entonces-dijo el Sr. Spalding-Si nosotros estamos en el paraíso, ¿quién está en el infierno?

-No sabría decirte con certeza. Pero no deberíamos decirlo de esa manera. Deberíamos decir: ¿quién está de vuelta en la tierra?

-Bueno, ¿qué posibilidades hay de encontrarme aquí con mi tío Sims, con mi tía Emily o con Tom Rumbold? ¿los recuerdas Elizabeth?

-Si, claro que los recuerdo. Probablemente los hayan mandado de vuelta a la tierra. No podrían soportar la eternidad. No hay nada eterno en ser odioso, estúpido e indecente.

-¿Qué piensas que les sucedió entonces?¿qué piensas tú, Paul?

-Creería que sufrirán la condenación hasta que les inculquen un poco de grandeza, inteligencia y decencia a la fuerza.

-Eso va a convencer a mi tía Emily. Le hicieron creer que la estupidez no era un obstáculo para entrar al paraíso.

-Va a convencer a muchas personas,” dijo Jefferson-Mi padre es uno de ellos, el Decano de Eastminster; en su arrogancia estaba seguro de que entraría; pero no se lo permitieron. ¿Y por qué razón dirías tú? Porque el pobre anciano no pudo ver la belleza en mis poemas. Pero no por eso lo descartaron, si hubiera tenido pasión por algo; o si le hubiese importado un comino la verdad metafísica. Tu verdad, Spalding.

-Valgame, todas nuestras ideas preconcebidas parecen haber estado equivocadas.

-Si. Ni siquiera yo estaba listo para eso. A propósito, eso es por lo que tú entraste, tu pasión por la verdad. Es como mi pasión por la belleza.

-¿Pero no estás preocupado por tu padre, Jefferson?  

-Oh, no. Eventualmente entrara en algún paraíso. Descubrirá que siente afecto por alguien, quizás. Entonces estará bien. ¿Quieres dar una vuelta y conocer el lugar?

-No parece haber mucho para ver. Se me hace un poco desierto, tu paraíso.

-Oh, eso es porque estamos en el estado de aterrizaje.

-¿El que de aterrizaje?

-El estado. Lo que solíamos denominar lugares. Los tiempos y espacios aquí, son estados. Estados de la mente.

El Sr. Spalding se incorporó emocionado.
-Pero… pero eso es lo que siempre dije que eran. Yo y Kant.

-Bueno, quizás deberías hablar con él al respecto.

-¿Hablar con quién? ¿puedo ver a Kant?

-Míralo Elizabeth. Ahora si ha recobrado su vida. Por supuesto, lo verás cuando lleguemos a tu propio espacio… digo, estado.

-Será mejor que vengas conmigo y Elizabeth. Te mostraremos todo.

-Ahora si ha recobrado su vida.”

Se levantó, lo ayudaron a incorporarse y caminaron juntos a través de la inmensidad gris, a través de un túnel que se veía parcialmente pero que era perfectamente solido, de un material que el pensó, absurdamente, que era espacio condensado. No habían objetos a la vista ademas de Elizabeth y Jefferson; parcialmente a la vista, pero tangible, el suelo se creaba a si mismo de la nada ante sus pies mientras su deseo de caminar se incrementaba. Y como aun no sentia interes o curiosidad; pero a medida que avanzaba se percataba de que su deseo de ver cosas se hacia cada vez mas urgente. Las vería. Debía verlas. Sentía que ante él y a su alrededor había una infinidad de cosas para ver. Su mente hacia el esfuerzo para ver.

Y entonces, repentinamente, pudo ver.

Vio un paisaje mas hermoso de lo que podría haber imaginado. Era, según Jefferson, muy similar al campo de pinos paraguas ubicado entre Florencia y Siena. Cuando lo dejaron atrás y tomaron la curva del camino estuvieron frente al oeste celestial. Hacia el sur el paisaje se diluía en un gran precipicio rojo con un brillante mar azul debajo. Como bien dijo Jefferson, la Riviera, el Estérel. Al oeste y al norte el paisaje consistía en una colina verde tras otra, con frondosos pinos con una muralla azul oscura de fondo, la muralla azul, como la que el Sr. Spalding había visto desde las alturas sobre Sidmouth, mirando hacia Dartmoor. Solo que este paisaje tenía una gracia, una armonía de lineas y colores que lo hacían una belleza absoluta; y sobre ella recaía un fulgor sereno y fuera de este mundo.

Ante ellos, sobre una colina, había una exquisita aldea blanca, rosa y dorada.

-Quizás me creas, quizás no-dijo Jefferson-, pero la belleza de todo esto es que lo hice yo. Es decir, Elizabeth y yo lo hicimos entre los dos.

-¿Tú lo hiciste?

-Lo hice yo.

-¿Como?

-Con el pensamiento. Lo quisimos. Lo imaginamos.
-Pero… ¿de qué está hecho?

-No lo sé y no me importa demasiado. Nuestros científicos aquí te dirán que lo hicimos del máximo elemento de la materia. Materia, sin forma, que solo existe para nosotros en su mejor estado. Algo como los electrones del electrón del electrón. Aquí, estamos todos suspendidos en una red, inmersos, si prefieres, en un océano, la respiramos. Y es completamente maleable a nuestra voluntad e imaginación. Imperceptible en su estado informe, se hace visible y tangible cuando nuestras mentes la trabajan, y podemos construir todo lo que queramos, incluyendo nuestros propios cuerpos. Solo que, mientras nuestra imaginación siga bajo el dominio de nuestros recuerdos, las cosas que creemos seguirán siendo similares a las cosas que conocíamos en la tierra. Notarás entonces que tanto Elizabeth como yo somos mucho mas hermosos que lo que eramos en la tierra-(lo habia notado)-y porque deseamos ser mas hermosos, pero aun se nos reconoce como Paul y Elizabeth porque nuestra imaginación está controlada por nuestros recuerdos. Eres como siempre has sido, solo que mas joven que cuando te conocimos, porque tu imaginación solo funciona con tus propios recuerdos. Todo lo que crees aquí, probablemente sea una replica de algo que recuerdes de la tierra.

-Pero si quisiera algo nuevo, algo hermoso que jamas he visto antes, ¿podría hacerlo?”

-Por supuesto que podrías. Solo que, al principio, hasta que tu propia imaginación se desarrolle, tendrás que acudir a mi, a Turner o a Miguel Angel para que lo hagamos por ti.
-¿Y todas esas cosas que tú, Turner o Miguel Angel hagan para mi serán permanentes?

-Absolutamente, a menos que las deshagamos. Y no creo que debamos hacer eso contra tu voluntad. De todas maneras, aunque podemos destruir nuestro propio trabajo no podemos destruir el de los demás, es decir, reducirlo al componente esencial. Es mas, no deberíamos ni soñar en hacerlo.

-¿Por qué no?

-Porque los viejos motivos no funcionan aquí. La envidia, la codicia, el hurto, el robo, el asesinato, o cualquier otro tipo de destrucción son desconocidos. No pueden suceder. Nada altera la materia aquí excepto la mente, y yo no puedo desear que tu cuerpo se haga pedazos siempre y cuando tú desees mantenerlo intacto. No puedes destruirlo tú mismo como lo harías con otras cosas que hayas creado, porque tu necesidad de él es mas grande que la necesidad por todas esas cosas. No podemos robar por la misma razón. Las cosas que nos pertenecen, le pertenecen a nuestro estado de la mente y no pueden desprenderse de él, por lo que no podríamos quitarle algo al estado de otra persona y moverlo al nuestro. Y si pudiéramos no deberíamos, porque cada uno de nosotros puede tener lo que quiera. Si me gusta tu casa o tu paisaje mas que el mío, puedo hacer uno para mi exactamente igual. Pero no lo hacemos porque estamos orgullosos de nuestras individualidades aquí, y preferimos tener cosas distintas y no todo lo mismo. A propósito, como aun no tienes casa y mucho menos un paisaje, puedes compartir la nuestra.

-Es muy amable de tu parte-dijo el Sr. Spalding.Estaba pensando en Oxford. Oxford. Las tranquilas habitaciones en Balliol. Pareció dudar. -Si sigues pensando en nuestra vieja enemistad, debo decirte, Spalding, que no estoy arrepentido. No necesito pedir disculpas, me alegra haber alejado a Elizabeth de ti. La hice mas feliz que infeliz, incluso mientras estábamos en la tierra. Y te alegrará saber que es gracias a mi que ella entró al paraíso, no por ti. Si se hubiera quedado contigo, te hubiera odiado, eventualmente, y no habría entrado.

-No estaba pensando en eso-dijo el Sr. Spalding-.Solo me preguntaba donde puedo poner mi paisaje.

-¿Que quieres decir con “poner el paisaje”?

-Ubicarlo, para que no interfiera con el paisaje de otras personas.

-¿Pero como diantres podrías interferir? “Ubícalo”, como tú dices, en tu propio espacio y tiempo.

Su propio espacio y tiempo. El Sr. Spalding estaba cada vez mas emocionado.

-¿Pero… cómo?

-Oh no puedo decirte como. Simplemente sucede.

-Pero quiero entenderlo. Tengo que entenderlo.

-No deberías desalentarlo de esa manera, Paul- dijo Elizabeth-. Siempre quiso entender cómo funcionan las cosas.

-Pero qué puedo decir si yo mismo no las entiendo…

-Será mejor que lo lleves a ver a Kant o a Hegel.

-Prefiero ver a Kant-dijo el Sr. Spalding.

-Bueno, a Kant será. Tenemos que ir a su estado primero.

-¿Cómo hacemos eso?

-Es muy simple. Solo piensas en él y preguntas si podemos entrar.

Elizabeth explicó. -Es como llamar a alguien por teléfono y preguntar si puedes pasar a visitar.

-Supongamos que dice que no.

-Puede pasar. Por supuesto, en ese caso no pasaremos. Puede habernos des-pensado.

-¿Se puede des-pensar a alguien?

-Si, es una forma de protegerte. De lo contrario la vida aquí sería insoportable. Solo quedate quieto por un segundo, ¿de acuerdo?

Hubo un intenso silencio. Entonces Jefferson dijo: -Ahora, puedes pasar.

El Sr. Spalding se encontró entonces en una habitación blanca, apenas amueblada y con tres hileras de estantes para libros, una mesa para escribir, un juego de misteriosos instrumentos y dos sillas. Una lampara con pantalla sobre el escritorio iluminaba la habitación. El Sr. Spalding había abandonado el campo con pinos y colinas soleadas, pero al parecer en el tiempo de Kant eran aproximadamente las diez de la noche. El inmenso ventanal estaba cubierto por un cielo estrellado azul oscuro.

Un hombre pequeño, de mediana edad estaba sentado frente al escritorio. Vestía ropa del siglo dieciocho y una peluca. El rostro que observaba ahora al Sr. Spalding era esbelto y reseco, con la boca pequeña y los ojos brillando a la distancia con profunda e inspirada inteligencia. El Sr. Spalding entendió que estaba en presencia de Immanuel Kant.

-¿Usted pensó en mi?

-Disculpe. Soy James Spalding. Estudiante de filosofía. Me dijeron que quizás usted, estaría dispuesto a explicarme las extraordinarias condiciones en las que me encuentro.

-Puedo preguntarle, Sr. Spalding, si conoce usted algo sobre mi filosofía.

-Soy uno de sus mas devotos discípulos, señor. Me rehúso a creer que exista un avance considerable en la filosofía después de la Crítica de la razón pura.

-Mi sucesor, Hegel, hizo un avance muy considerable. Si no has leído a Hegel entonces…

“Discúlpeme, pero si lo he leído. Alguna vez fui un devoto discípulo suyo. Una fantasía deslumbrante, la Triple Dialéctica. Pero entendí que el suyo, señor, era el sistema mas seguro y cuerdo, y que la tendencia recurrente de la filosofía debía ser volver a Kant.

-Es mejor ir hacia adelante que volver. Si eres realmente mi discípulo, no creo que las condiciones aquí deberían resultarte tan extraordinarias.

-Me resultan extraordinarias porque confirman su teoría del tiempo y el espacio, señor.

-Eso hacen si. Eso si son. Pero van mucho mas allá de cualquier cosa que yo haya podido soñar. No estaba dentro de mi esquema que la Voluntad, a la cual recordaras, siempre le asigné un rol puramente ético y pragmático, que la Voluntad y la imaginación de los individuos, la suya y la mía, Sr. Spalding, pudiera crear su propio tiempo y espacio, sus propios objetos en ese tiempo y espacio. No anticipé esta multiplicidad de espacios y tiempos. En mi tiempo había solo un espacio y un tiempo para todos.

-Pero aun así, es una confirmación extraordinaria, y como podrá imaginar, Sr. Spalding, fue extremadamente gratificante cuando llegué a este lugar por primera vez y descubrí que todos hablaban y pensaban correctamente respecto al tiempo y el espacio. Notará que aquí decimos estado, para referirnos al estado de la consciencia, donde solíamos usar la palabra espacio. De la misma manera hablamos de los estados del tiempo, para referirnos al tiempo como estado de la consciencia. Mi estado presente, como puede observar, es exactamente diez minutos después de las diez según mi reloj, que es mi consciencia. Mi consciencia registra el tiempo automáticamente. Mi propio tiempo, verá, no el de los demás.

-¿Pero no es eso aterradoramente inconveniente? Si su tiempo no es el de los demás, cómo diantres, es decir cómo en el paraíso, se hace para concertar una cita?¿Cómo se coordina algo?

-Concertamos citas y coordinamos, exactamente igual a como solíamos hacerlo, mediante un sistema puramente arbitrario. Medimos el tiempo por espacio, por eventos, movimientos en el espacio-tiempo. Mientras que en condiciones terrenales había aparentemente una tierra y un sol, un día y una noche para todos, aquí, todos tienen su propia tierra, su propio sol y su propio día y noche. Entonces nos vimos forzados a adoptar un tierra y un sol ideal, con día y noche ideal. Sus revoluciones se miden en forma exacta a como las mediamos en la tierra, por el movimiento de las manecillas en un dial que marca minutos y horas. Solo que nuestro reloj público tiene cinco manecillas que señalan las revoluciones en semanas, meses y años. Ese es nuestro tiempo estandarizado público, y todas las citas se mantienen y todos los cálculos científicos se hacen con ese reloj como referencia. La única diferencia entre la tierra y el paraíso es que aquí, al espacio-tiempo público se lo considera como lo que realmente es, una convención artificial y estrictamente arbitraria. Sabemos, no como resultado de un razonamiento filosófico o matemático, sino como parte de nuestra experiencia consciente ordinaria, que no hay un espacio absoluto ni un tiempo absoluto. Yo diría que no hay tiempo y espacio real, pero en el paraíso, el estado de la conciencia trae consigo su propia realidad, y el estado del tiempo y el espacio es tan real como cualquier otro.

-Por supuesto, sin el espacio-tiempo público arbitrario, un reloj público, los estados de conciencia de un individuo con el de otro jamas podrían coordinar. Por ejemplo, has venido desde las doce del mediodía del Sr. Jefferson a mis diez en punto de la noche. Pero el reloj público, el cual veras ahí afuera en la calle, estamos en Konigsberg; no tengo imaginación visual por lo que tengo que apoyarme completamente en mis recuerdos para crear un escenario, en la dársena pública, como le llamo, marca un cuarto para las ocho; si yo le pidiera al Sr. Jefferson que viniera a pasar la tarde, utilizaríamos la hora del reloj público para fijar la cita a las ocho. Pero cuando llegara a mi tiempo seguirían siendo las diez.

-Ahora, me gustaría señalarle algo, Sr. Spalding, esta forma de pensar el tiempo y el espacio no es tan revolucionaria como parece. Usted recordara que yo he dicho que bajo condiciones terrenales, hay, aparentemente, una tierra y un sol, un día y una noche para todos. Pero en realidad, incluso en ese entonces, todos cargaban consigo su propio tiempo y espacio privado, y su propio mundo privado en ese tiempo y espacio. Incluso entonces, solo a través de un sistema arbitrario de convenciones matemáticas, principalmente geométricas, se podían coordinar todos esos tiempos y espacios privados, para constituir de esa manera un universo. El reloj público, basado en la revolución de los cuerpos en un espacio público determinado matemáticamente, era un asunto tan convencional y relativo en la tierra como lo es en el paraíso.

-Nuestra conciencia privada registraba sus propios tiempos entonces en forma automática al igual que ahora, mediante el paso de eventos internos. Si los eventos pasaran mas rápido, nuestro tiempo privado se adelantaría al reloj; si los eventos se regazasen, quedaría retrasado.

-Es así que en la experiencia de soñar hay muchos mas eventos por segundo que en la experiencia de despertar; y la consciencia registra los eventos en tiempo reloj, es así que en un sueño podemos vivir durante horas o días en una fracción del tiempo que coincide con el tiempo que conlleva el golpe de la puerta con el cual despertamos. Es absurdo decir que en este caso no vivimos en dos sistemas temporales distintos.

-Si, y…-el Sr. Spalding gritó emocionado-.Einstein ha demostrado que el movimiento en el espacio-tiempo público es algo completamente relativo y arbitrario y que la velocidad, o el valor tiempo, de un rayo de luz que se mueve en distintas condiciones es una constante, cuando bajo cualquier otra teoría de tiempo absoluto y movimiento absoluto debería ser una variante.

-Eso- dijo Kant-,eso es ni mas ni menos lo que yo esperaría que fuera.

-Usted dijo, señor, que la única diferencia entre las condiciones terrenales y del paraíso es que el carácter artificial y estandarizado del espacio-tiempo se reconoce en el paraíso pero no en la tierra. Yo habría dicho que las diferencias mas sorprendentes son, en primer lugar, que en el paraíso nuestra experiencia está creada por nosotros mediante nuestra imaginación y nuestra voluntad, mientras que en la tierra era, en sus propias palabras, “dada.” En segundo lugar, en el paraíso nuestros estados no están cerrados como en la tierra, sino que cualquiera puede entrar en el estado de los demás. Tengo la impresión de que estas diferencias son lo bastante grande como para superar ampliamente nuestra experiencia en la tierra.

-No son tan grandes-dijo Kant-,como tú dices. Al soñar, ya estas viviendo una experiencia en la que cada persona construye un mundo para sí mismo, con su propio espacio y tiempo; un mundo en el cual se trascienden las condiciones ordinarias de tiempo y espacio. Mediante la telepatía y la clarividencia puede experimentar lo que es entrar en la estado de las demás personas.

-Pero-dijo el Sr. Spalding-, en la tierra mi consciencia dependía de un mundo fuera de ella, surgido presuntamente de la conciencia de Dios, mi cuerpo siendo el medio ostensible. Aquí, por el contrario, tengo a mi mundo dentro mio, creado por mi consciencia y mi cuerpo no es el medio sino un mero accesorio de mi creación.

-¿Y qué infiere de todo esto, Sr. Spalding?

-Pues que en la tierra estaba mas cerca de Dios, mas dependiente de él de lo que estoy en el paraíso. Parece que aquí me he convertido en mi propio Dios.

-¿Y no le parece que al convertirse en una especie de dios no está en realidad mas cerca de Dios?¿que al tener el poder de la imaginación para construir, esta libertad para crear un universo con su voluntad, Dios está recortando el camino entre usted y él, mucho mas que la limitada y obstruida conciencia que tenía en la tierra?

-Si, es verdad. Cuando pienso en esa espantosa vida en la tierra, el dolor, señor, el horrible dolor, la maldad, la imbecilidad, esa interminable batalla derramando sangre y miseria, los golpes de la vida, no puedo evitar pensar por qué semejantes cosas existen en el Absoluto, y por qué el Absoluto no nos puso aquí, o como usted diría, no nos pensó aquí, en este estado celestial desde el principio.

-¿Cree usted que a cualquier inteligencia finita, cualquier voluntad finita se le puede confiar, sin entrenamiento con el poder que tenemos aquí? Solo las voluntades disciplinadas por luchar contra las maldades de la tierra,e inteligencias curtidas de tanto lidiar con los problemas de la tierra son las mas apropiadas para crear universos. ¿Recuerda mi entusiasmo por la ley moral, mi Imperativo Categórico? Aun lo tengo. La ley moral sigue vigente y siempre regirá sobre la tierra. Pero ahora veo que no es un fin en sí mismo, solo un medio en el que este poder, esta libertad es el fin.

-Esa es la razón por la cual el dolor y la maldad existen en el Absoluto. Es obvio que no pueden existir en él como tales, ya que existen exclusivamente en relación a los estados de organismos terrenales. Ese es el por qué el comparativamente libre albedrío de los organismos terrenales le permite crear dolor y maldad.

-Cuando dices que ese tipo de cosas existen en el Absoluto, íntegros e inalterables, no tiene sentido. Está pensando en el dolor y la maldad en términos de una dimensión en el tiempo y tridimensional en el espacio, en el cual se multiplican indefinidamente.

-¿Qué quiere decir cuando dice en una dimensión en el tiempo?

-Es decir que se considera al tiempo como una extensión lineal, una sucesión pura de pasado, presente y futuro. Piensa en el dolor y la maldad como distribuidos indefinidamente en el espacio e indefinidamente repetido en el tiempo, mientras que en la idea, la cual es su forma en la eternidad, en su peor momento no son tantas, solo una.

-Eso no les hace menos tolerables.

-No estoy hablando de eso, estoy hablando del significado de la eternidad, en el Absoluto, siendo que es algo que te preocupa.

-Lo veras por ti mismo si vienes conmigo al estado del tiempo tridimensional.

-¿Qué es eso?-dijo el Sr. Spalding, profundamente intrigado.

-Eso-dijo el filosofo-, es tiempo que no está dispuesta en sucesión linear, tiempo que se ha doblado sobre sí mismo dos veces para llevar el pasado y el futuro al presente. Mientras el punto se repite para formar una linea en el espacio, el instante se repite de igual manera para formar el tiempo linear del pasado, presente, futuro. Y mientras la linea unidimensional se dobla en angulo recto sobre sí misma para formar un plano bidimensional, de igual manera, el tiempo unidimensional se dobla sobre si mismo para formar un plano bidimensional o plano temporal, el pasado-presente o presente-futuro. Y cuando el plano se dobla para formar el cubo, también lo hacen los planos pasado-presente y presente-futuro, vuelven a dar un giro para encontrarse a sí mismo y formar un cubo temporal, o mejor dicho un plano pasado-presente-futuro coexistente.

-Ese es el estado de la conciencia tridimensional en el cuales debemos pensar para entrar a él.

-¿Quieres decir que si logramos entrar habremos resuelto el enigma del universo?

-Difícilmente. El universo es un enigma formidable. Si Dios quiso mantenernos ocupados por toda la eternidad, no podría haber diseñado algo mejor. Quizás no podamos quedarnos durante mucho tiempo, o asimilar el pasado-presente-futuro de una vez. Pero verás lo suficiente para entender lo que es el tiempo cubico. Comenzaras con una pequeña sección cubica, que gradualmente se hará mas grande hasta que hayas asimilado tanto tiempo cubico como te sea posible.

-Mira por esa ventana. Ves ese carruaje que viene por la calle. Tengo que atravesar la casa frente a la de Herr Schmidt, al soldado Prusiano y esa tienda de abarrotes y el reloj antes de que llegue a la iglesia.

Ahora veras lo que sucede.

III

Lo que el Sr. Spalding vio era la repentina detención del carruaje, el cual ahora parecía estar simultáneamente en casa estación, la casa de Herr Schimdt, la posada, la tienda, el reloj, la iglesia y la calle lateral sobre la cual aun no había doblado. En esta visión los objetos sólidos se hacen transparentes, por lo que podía ver la calle lateral a través de las casas. De la misma manera, distribuidos en el espacio como si fuera una proyección de Mercator, vio todas las subsiguientes paradas del carruaje hasta su llegada a un granero entre un establo y un pajar. En esa misma duración de tiempo, que era su presente, vio a las personas del pueblo moverse dentro de sus casas, comer, fumar, e irse a dormir, vio a los campesinos en sus granjas y cabañas, y el interior del castillo del noble local. Esas figuras mantenían todas sus posiciones mientras duraba la extraordinaria experiencia.

La escena se amplió. Y ahora cubría todo Konigsberg, y Konigsberg se hizo toda Prusia, y Prusia toda Europa. El Sr. Spalding parecía tener ojos a los lados y detrás de su cabeza. Vio como el tiempo pasaba a su alrededor como un inmenso espacio cubico. Pudo ver la Revolución Francesa, las Guerras Napoleónicas, la guerra Franco-Prusiana, el establecimiento de la República Francesa, la guerra Boer, la muerte de la Reina Victoria, la ascensión y muerte del Rey Eduardo VII, la ascensión del Rey Jorge V, la Gran Guerra, las revoluciones en Alemania y Rusia, el ascenso de la República Irlandesa, la República India, la revolución Británica, la república Británica, la conquista de América sobre Japón y la federación de Estados Unidos de Europa y América, todo sucediendo al mismo tiempo.

La escena se hacía cada vez mas amplia, y el Sr. Spalding mantenía ante sí cada uno de los elementos que habían aparecido por primera vez. Ahora podía ver vastos periodos de tiempos geológicos. Del lado del pasado veía mamuts y hombres de las cavernas, del lado del futuro veía al Océano Atlántico avasallando el Mar del Norte y sumergiendo edificios en Lincolshire, Cambridgeshire, Norfolk, Suffolk, Essex y Kent. Vio helechos gigantes, vio a los grandes saurios trepidando por los pantanos y playas del pasado. El vuelo de un pterodactilo oscureció el cielo. Vio el hielo descender desde los polos hasta las zonas mas templadas de Europa, América y Australia; vio como el ser humano y los animales huían hasta la linea del Ecuador.

Ahora se hundía cada vez mas profundo, había sido absorbido por el flujo del tiempo tridimensional, se agitaba y vibraba a través de todas las cosas vivas; las sintió palpitar dentro suyo y a su alrededor, sintió cada chorro de sangre que emanaba del corazón palpitante de Dios; sintió como la savia subía por los arboles, el deleite de los animales apareándose. Conoció la alegría que llevaba a Jerry, su gato negro, a bailar en sus patas traseras y moverse de lado a lado y sacudir sus patas delanteras como alas. Las estrellas pasaban girando junto a él con un sonido similar al de las cuerdas de un violín, y a través de todo eso, escuchó la voz de Paul Jefferson, cantando una canción. Sentía un inmenso y dominante arrebato de dolor punzante. Pero al mismo tiempo era atraido nuevamente por el flujo de la vida con un curioso sentimiento de paz.

La escena se agrandó un poco mas. Estaba presente en el principio y en el final. Vio a la tierra  surgir de un esfera incandescente escupida por el sol. La vio flotar como una estéril luna cubierta por los restos de mundos destruidos. Pero para su sorpresa no vio oscuridad. Aprendio que la luz es aun mas antigua que los soles; que nacen de ella y no al reves. Todo el universo se paró ante él, doblando su futuro sobre su pasado.

Vio los inmensos planos temporales interseccionarse unos a otros, como los planos de una esfera, girando, doblándose hacia adentro y hacia afuera.

Vio otros sistemas espacio-temporales elevarse y derrumbarse. Y como un pequeño apartado en ese inmenso escenario, su propia vida desde su nacimiento hasta ese mismo momento, junto a eventos de la vida celestial que le faltaba por vivir. En esa visión, el adulterio de Elizabeth, que alguna vez le había parecido un evento tan monstruoso, y sobrecogedor, terminó siendo insignificante.

Ahora el universo se disolvía en los máximos elementos de la materia, electrones de los electrones del electro, una red invisible, vibrando intensamente se expandió en todo el espacio del espacio, el tiempo del tiempo; el pensamiento de Dios.

El Sr. Spalding fue absorbido por él. Paso junto a la inmanente figura de Dios hacia su vida trascendente, hacia el Absoluto. Por un momento pensó que su esto era la muerte, entonces, todo su ser empezó a hincharse mas y mas con un sentimiento de alegría inesperada e indescriptible.

En ese momento los espíritus de Elizabeth y Paul Jefferson se unieron a él en el arrebato y vibraron al unisono. Ya no tenía recuerdos del adulterio, ni el de ellos ni del suyo.

Cuando salió del éxtasis entendió que un nuevo pensamiento se formaba, que Dios estaba estirando la red de materia a través del tiempo y el espacio.

Estaba a punto de construir otro enigmático universo.

FIN

Los habitantes del pozo

Por Abraham Merrit

Publicado originalmente en All-Story Weekly magazine, 5 de enero de 1918

Desde el norte, un haz de luz se disparó a mitad de camino del cenit. Venía desde el otro lado de los cinco picos. El haz de luz atravesaba una columna de niebla azul cuyos bordes estaban estrictamente delimitados, como la lluvia que corre sobre los bordes de una nube cargada. Era como el haz de un reflector proyectado sobre una neblina cerúlea. No proyectaba sombras.

Al proyectarse sobre las cimas, delineaba claramente el contorno sobre un oscuro fondo, y fue entonces que noté que la montaña tenía la forma de una mano. La silueta se hacia cada vez mas clara ante esa luz, los gigantescos dedos se estiraban, la mano parecía lanzarse hacia adelante. Era como si se moviera para detener algo y echarlo para atrás. El rayo brillante permaneció inmóvil por un momento; entonces se partió en innumerables pequeños globos luminosos que iban de acá para allá cuidadosamente. Parecían estar buscando algo.

El bosque se había quedado muy tranquilo. Todos sus sonidos típicos parecían estar conteniendo la respiración. Sentí a los perros apretarse contra mis piernas. Ellos también guardaban silencio; pero cada musculo de su cuerpo no paraba de temblar, el pelo de sus espaldas estaba erizado y sus ojos, fijos en las luces estaban profundamente espantados.  

Miré a Anderson. Él miraba hacia el norte, desde donde se proyectaba la luz.

-No puede ser una aurora- dije sin mover los labios. Tenía la boca seca, como si me hubiese tragado una bocanada de polvo.

-Si lo es, nunca he visto una como esa-. Respondió él con el mismo tono-. Ademas ¿quién ha oído de una aurora en esta época del año?

Entonces dijo lo que yo mismo estaba pensando.

-Me da la impresión, de que están cazando algo ahí arriba- dijo-, una cacería impía, haríamos bien en mantenernos alejados de ese lugar.

-Las montañas parecen moverse cada vez que las ilumina el haz de luz- dije yo-. ¿Qué sera lo que intenta alejar, Starr? Me recuerda a la mano de nubes congelada que el Shan Nadour puso frente a la Puerta de los Espectros para evitar que abandonaran las guaridas que Eblis dispuso para ellos.

Levantó su mano… y escuchó.

Desde el norte y muy por encima nuestro se escuchaba un susurro. No era el crujido de una aurora, ese sonido crepitante, como el de los fantasmas de los vientos que soplan en la Creación, a través de las resecas hojas de los ancestrales arboles que protegían a Lilith. Era un susurro que cargaba un pedido. Un ansioso pedido. Nos invitaba a presentarnos en el lugar donde se originaba el haz de luz. Nos atraía. Había un tono de inexorable insistencia. Tocó mi corazón con miles de pequeños dedos cargados de temor y lo llenó con un deseo irrefrenable de correr a fundirme con la luz. Debe ser lo que sintió Ulises cuando forzó el mástil de su barco para seguir el cristalino y dulce canto de las Sirenas.

El susurro se hizo mas fuerte.

-¿Qué demonios les pasa a estos perros?-gritó ferozmente Anderson-. ¡Miralos!

Los malamutes, chillando, corrieron a toda velocidad hacia la luz. Los vimos desaparecer entre los arboles. Entonces nos llegó un aullido de dolor. Ese sonido también desapareció y solo se escuchó el insistente murmullo que venía desde las alturas.

El claro en el que habíamos acampado mirada directamente hacia el norte. Según mis estimaciones, estábamos a unos cuatrocientos kilometros de la primer gran curva del Koskokwim en dirección al Yukon. Era una tierra salvaje e inexplorada. Habíamos partido desde Dawson durante los primeros días de la primavera con una buena idea de como llegar a los cinco picos perdidos, entre los cuales, según nos contó un curandero de Athabascan, el oro fluía como una pasta a través de un puño cerrado. No pudimos conseguir ni siquiera a un nativo para que nos acompañara. La tierra de la Montaña de la Mano era una tierra maldita dijeron. Divisamos los picos la noche anterior, con sus cimas ligeramente contorneadas por un brillo pulsante. Y ahora veíamos la luz que nos había llevado hasta ellos.

Anderson se endureció. A través del susurro, escuchamos un curioso crujido, como si fueran pisadas. Sonaba como si un pequeño oso viniera en nuestra dirección. Tiré una pila de leña al fuego y, mientras ardía, vimos algo entre los arbustos. Caminaba en cuatro patas, pero no caminaba como un oso. De la nada, pensé que se asemejaba a un bebe gateando escaleras arriba. Con las patas delanteras levantadas en un forma grotesca e infantil. Era una imagen grotesca y terrible. Se acercó. Desenfundamos nuestras armas pero las soltamos cuando vimos lo que realmente era. ¡Esa cosa que gateaba era un hombre!

Era un hombre. Se aproximó al fuego con un paso automático como si aun siguiera escalando. Se detuvo.

-A salvo- susurró el hombre que gateaba, con una voz que era un eco del murmullo que sonaba en las alturas-. Aquí estoy a salvo. No pueden salir de lo azul, sabe. No pueden agarrarte, a menos de tu vayas a ellos…

Se cayó de lado. Corrimos a asistirlo. Anderson se arrodilló a su lado.

-¡Por el amor de Dios!- dijo-. ¡Frank, mira esto!- Señalo sus manos. Sus muñecas estaban cubiertas con harapos desgarrados de alguna prenda de ropa. ¡Pero sus manos era muñones! Sus dedos estaban doblados hacia adentro de sus palmas y la carne estaba consumida hasta los huesos. ¡Parecían las patas de un pequeño elefante negro! Mis ojos recorrieron su cuerpo. Alrededor de su cintura había una pesada banda de metal amarillo. ¡De ella se desprendía un anillo con una cadena blanca brillante con una docena de eslabones!

-¿Qué es?¿De dónde ha venido?- dijo Anderson-. Mira, se ha quedado dormido, pero aun en sus sueños, sus brazos intentan escalar y sus pies siguen avanzando, un paso después del otro. Y sus rodillas, por Dios ¿cómo fue capaz de moverse con las rodillas en ese estado?

Era como él decía. El sueño profundo en el que había caído, sus brazos y piernas seguían moviéndose en forma deliberada y espantosa, seguía escalando. Era como si tuvieran vida propia, que seguían moviéndose independientemente de que su cuerpo se hubiera detenido. Eran como el movimiento de las barreas del tren. Si alguna vez se han parado en la parte trasera de un tren, habrán observado como las barreras se levantan y caen, y sabrán exactamente lo que quiero decir.

Abruptamente, el susurro que sonaba en las alturas se detuvo. El haz de luz cayó y no volvió a levantarse. El hombre que se gateaba dejo de moverse. Un suave resplandor empezó a crecer a nuestro alrededor. Era el amanecer, la corta noche de verano en Alaska había terminado. Anderson se frotó los ojos y se volvió hacia mi con el rostro demacrado.

-¡Hombre!- exclamó-. ¡Luces como si te hubieran echado una maldición!

-No mas que tú, Starr- le dije-. ¿Qué piensas de todo esto?

-Pienso que nuestra única respuesta yace aquí mismo- respondió, señalando la figura que yacía inmóvil bajo las frazadas que le habíamos echado encima-. Sea lo que sea, lo buscaba a él. Esa luz no era ninguna aurora, Frank. Era la llama de algún extraño infierno, uno desconocido incluso para los predicadores que lo usan para asustarnos.

-No avanzaremos un paso mas el día de hoy- dije yo-. No me atrevería a despertarlo ni por todo el oro que fluye entre los dedos de los cinco picos, ni por todos los demonios que pueden estar ahí esperándonos.

El hombre que gateaba dormía tan profundo como el río Estigia. Lavamos y vendamos los muñones que habían sido sus manos. Sus brazos y piernas estaban tan rígidos que parecían muletas. No se movió mientras lo curábamos. Se quedó tendido en la misma posición en la que cayó, con los brazos un poco alzados y las rodillas dobladas.

-¿Por qué gateaba?- murmuró Anderson-. ¿Por qué no caminaba?

Yo estaba limando la banda de la cintura. Era de oro, pero no era como ningún tipo de oro que yo haya visto antes. El oro puro es suave. Este era suave pero tenía una especie de vida propia, sucia y viscosa. Se aferraba a la lima. Logré cortarlo, lo doble, se lo quite y lo arrojé lejos. ¡Era algo repugnante!

Durmió durante todo ese día. La oscuridad cayó y él seguía durmiendo. Esa noche no hubo haz de luz, ni globos de búsqueda, ni susurro. Era como si la aterradora maldición hubiera sido levantada de esas tierras. Era el mediodía cuando el hombre que gateaba despertó. Di un salto cuando escuché una voz agradable que arrastraba las palabras.

-¿Cuánto tiempo he estado dormido?-preguntó. Sus ojos azul claro parecían confundidos cuando se encontraron con los míos-. Una noche y casi dos días- le dije-. ¿Hubo alguna luz ahí arriba anoche?-dijo señalando ansiosamente hacia el norte-. ¿Algún susurro?

-Ninguno de los dos- respondí. Su cabeza cayó hacia atrás y se quedo mirando el cielo.

-¿Se han rendido entonces?- dijo finalmente.

-¿Quienes se han rendido?-preguntó Anderson.

-Los habitantes del pozo-respondió tranquilamente el hombre que gateaba.

Nos lo quedamos mirando-. Los habitantes del pozo- dijo-. Criaturas que el Diablo creó antes del Diluvio y que de alguna manera escaparon a la venganza de Dios. No representan ningún peligro para ustedes, siempre y cuando no respondan a su llamado. No pueden atravesar la niebla azul. Yo era su prisionero- agregó calmado-. ¡Intentaron atraerme con susurros para que volviera!

Anderson y yo nos miramos el uno al otro con el mismo pensamiento en nuestras mentes.

-Se equivocan- dijo el hombre que gateaba-. No estoy loco. Denme algo de beber. Voy a morir muy pronto, pero quiero que me lleven al sur, lo mas lejos que puedan antes de morir, y después, quiero que armen un gran fogata y quemen mi cuerpo. Quiero quedar en una forma en la que ningún hechizo infernal puede arrastrar mi cuerpo de vuelta hacia ellos. Lo harán, una vez que les cuente sobre ellos…- dijo titubeando-. ¿Me han quitado las cadenas?- dijo.

-Yo las corté- respondí cortante.

-Gracias a Dios por eso también- susurró el hombre que gateaba.

Bebió un poco de brandy y agua que le alcanzamos a los labios.

-Mis brazos y piernas están muertos- dijo-. Tan muertos como yo lo estaré muy pronto. Bueno, me sirvieron mientras los tuve. Ahora, déjenme decirles lo que hay detrás de esa mano. ¡El infierno!

-Mi nombre es Stanton, Sinclair Stanton. Clase 1900 de Yale. Explorador. Partí desde Dawson el año pasado para cazar en los cinco picos que se elevan como una mano en un territorio maldito donde el oro fluye entre los dedos. ¿Es por lo mismo que ustedes han venido, verdad? Eso pensé. En el otoño, mi camarada enfermó. Lo envié de vuelta con unos nativos. Y un poco tiempo después todos los nativos que viajaban conmigo huyeron. Decidí que me quedaría, construí una cabaña, me aprovisioné de comida y me quede a pasar el invierno. Iba a esperar a la primavera para ponerme en marcha. Hace menos de dos semanas divisé los cinco picos. No desde este lado, desde el otro. Denme un poco mas de brandy.

-Había tomado un desvío demasiado grande- siguió-. Me había ido demasiado al norte. Empece a volver. Desde este lado solo hay bosque, todo bosque hasta la base de la Montaña de la Mano. Pero desde el otro lado…

Se quedó en silencio por un momento.

-Desde ese otro lado también hay bosque. Pero no llega hasta la base. ¡No! Llegué hasta donde termina y frente a mi encontré kilómetros y kilómetros de llanura. Eran tierras erosionadas y de aspecto muy antiguo, como el desierto que rodea las ruinas de Babilonia. Y al final de esa llanura se elevaban los picos. Entre ellos y yo, a lo lejos, había lo que parecía ser un pequeño dique de rocas. Entonces, ¡me subí al camino y lo seguí hasta allá!

-¿Un camino?- preguntó Anderson incrédulo.

-El camino,si- dijo el hombre que gateaba-. Un camino de roca alisada. Iba directo hacia las montañas. Si, era un buen camino, gastado, como si millones y millones de pies hubiesen pasado por él durante miles de años. A cada lado del camino había arena y pilas de rocas. Al cabo de un tiempo empecé a notar que las rocas estaban cortadas, y apiladas de forma tal que me hizo pensar que de alguna manera, hace unos cientos de miles de años, estas rocas podrían haber sido casas. Sentí que habían sido construidas por el ser humano, pero a la vez olían como si fueran restos de tiempos inmemoriales. En fin…

-Los picos estaban cada vez mas cerca. Las ruinas de rocas eran cada vez mas numerosas. Algo, una desolación indescriptible rondaba sobre ellas, algo emanaba de ellas, algo que me heló el corazón como el toque de un fantasma tan antiguo que solo podría haber sido el fantasma de un fantasma. Seguí avanzando.

-Entonces vi que lo que pensé que era un pequeño dique de piedras en la base de las montañas, en realidad era un grueso cúmulo de ruinas. La Montaña de la Mano en realidad estaba bastante mas lejos de ese lugar. El camino pasaba por el medio de dos grandes rocas que se elevaban como una puerta de entrada.

El hombre que gateaba hizo una pausa.

-Era una puerta de entrada-dijo-. Llegué hasta ellas. Caminé por el medio. Y fue entonces que no pude evitar caer al piso, rendido ante tan asombroso escenario. Estaba sobre una ancha plataforma de piedra. Y ante mí, ¡el espacio! Imaginen el Gran Cañón, cinco veces mas ancho y sin poder ver el fondo. Eso fue lo que encontré. Era como mirar desde borde de una fisura del mundo hacia abajo y ver el infinito, donde los demás planetas giraban y giraban. Del otro lado del pozo estaban los cinco picos. Lucían como una gigantesca señal de advertencia que se extendía hacia el cielo. Los labios del abismo se abrían hacia mis lados.

-Podía ver hasta unos trescientos metros hacia abajo. Ahí es donde la niebla azul se hace tan espesa que no deja ver mas nada. Es la misma que se puede ver en lo alto de las montañas al atardecer. Y el pozo, era extraordinario, extraordinario como el Golfo Maori de Ranalak, que separa el reino de los vivos del de los muertos y que solo las almas recién liberadas tienen la fuerza para saltar pero la pierden del otro lado y ya no pueden volver a cruzar.

-Me alejé muy despacio del borde y me incorporé, débil. Mi mano descansaba sobre uno de los pilares de la entrada. Había un tallado sobre el pilar. Con bordes aun filosos, se veía la heroica figura de un hombre. Estaba de espaldas. Con los brazos extendidos. Tenía un extraño tocado en la cabeza. Mire el otro pilar y este también tenia tallada la misma figura. Los pilares eran triangulares y los tallados estaban del lado opuesto al pozo. Las figuras parecían estar conteniendo algo. Miré de cerca y detrás de las manos extendidas me pareció ver otras figuras.

-Seguí las figura sobre la piedra. Y lo que vi me descompuso en forma inexplicable. Eran enormes babosas erguidas. Sus hinchados cuerpos estaban prácticamente borrados del tallado, todo excepto sus cabezas que eran globos bien remarcados. Eran, eran absolutamente repugnantes. Me volví de la puerta hacia el abismo. Me estiré sobre el borde de la plataforma y miré hacia el precipicio.

-¡Había una escalera que bajaba hacia el pozo!

-¡Una escalera!-dijimos al mismo tiempo.

-Una escalera- repitió el hombre que gateaba con la misma paciencia de antes, “parecía no estar tallada de la roca sino construida sobre ella. Los escalones eran de como de un metro de largo y dos de ancho. Bajaban desde la plataforma y desaparecían bajo la niebla azul.

-¿Pero quién podría haber construido una escalera como esa?-dije yo-. ¡Una escalera construida sobre el muro de un precipicio que conducía hacia un pozo sin fondo!

-No, sin fondo no- dijo tranquilamente el hombre que gateaba-. Tenía fondo. ¡Yo llegue hasta el fondo!

-¿Usted llegó?-repetimos.

-Si, utilizando la escalera- respondió el hombre que gateaba-. Veras, bajé por ella.

-Si- dijo-. ¿Bajé por la escalera. Pero no ese día. Acampe ese día en la puerta. Al amanecer, llene mi mochila con comida, dos cantimploras con agua de un manantial que brotaba cerca de las puertas, camine entre los monolitos tallados y empecé a bajar al pozo.

-Los escalones corren junto a la roca a un angulo de cuarenta grados. Los iba estudiando a medida que iba bajando. Estaban hechos de una roca verdosa muy distinta al granito pórfido del cual estaban hechos los muros del precipicio. Al principio creí que los constructores habían aprovechado las salientes del estrato para tallar estas gigantescas escaleras. Pero la regularidad de los ángulos de los escalones me hizo dudar de esa teoría.

-Cuando llegue a los ochocientos metros encontré un descanso. Desde ahí, las escaleras cambiaban de forma y seguían bajando en forma de V, aferradas al muro del precipicio en el mismo angulo que el primer tramo de escaleras; era como un zig-zag, y cuando hice tres giros como ese entendí que la escalera seguía bajando de esa manera. No existía un estrato que pudiera formarse de manera tan regular. No, las escaleras definitivamente habían sido construidas a mano. ¿Pero por quién? La respuesta estaba en esas ruinas alrededor del borde que nunca nadie leerá.

-Para el mediodía ya no podía ver los cinco picos ni el borde del abismo. Sobre mí y debajo, lo único que podía ver era la niebla azul. A mi lado también había perdido de vista del otro lado del precipicio. No me sentía mareado y todo rastro de temor había sido consumido por una enorme curiosidad. ¿qué era lo que estaba a punto de descubrir? ¿Alguna asombrosa y antigua civilización que había reinado en los tiempos en que los Polos eran selvas tropicales? Nada con vida, de eso estaba seguro, todo esto era demasiado antiguo para conservar la vida. Pero aun así, una escalera tan maravillosa como esta debía conducir a algún lugar igualmente maravilloso, eso lo sabía. ¿Qué podía ser? Seguí bajando.

-Pase frente a la entrada de varias cavernas pequeñas, a intervalos regulares. Habían unos doscientos escalones y una abertura, doscientos mas y una abertura, y así. Esa tarde, me detuve frente a una de esas entradas. Según mis cálculos había recorrido cinco kilometros de escaleras en el pozo pero contando el angulo de la escalera en realidad había recorrido unos quince. Examiné la entrada. Había una figura tallada en cada uno de sus lados, como las figuras del gran portal, solo que esta vez estaban de frente con los brazos extendidos como si intentaran contener algo que pudiera entrar desde las profundidades. Sus rostros estaban cubiertos con velos. No habían horrendas figuras detrás de ellos. Entré a la cueva. La fisura corría por unos veinte metros como si fuera una madriguera. Estaba seca y perfectamente iluminada. Afuera, podía ver la niebla azul elevarse como una columna, con sus bordes claramente delineados. Sentí un extraordinario sentido de seguridad, aunque en ese momento no sentía que hubiera algo que temer. Sentí que las figuras de la entrada eran custodios, ¿para que necesitarían ese tipo de protección?

-La niebla azul se hacia mas gruesa y un poco luminiscente. Entendí que estaba oscureciendo allá arriba. Comí y bebí algo y me dormí. Cuando desperté el azul se había aclarado nuevamente, señal de que había amanecido. Seguí bajando. Completamente ajeno al abismo que bostezaba a mi lado. No estaba cansado y tenía poco apetito y sed, aun cuando había comido y bebido muy poco la noche anterior. Esa noche la pasé dentro de otra caverna y al amanecer continué el descenso.

-Era tarde ese día cuando vi la ciudad por primera vez…

Guardó silencio por un instante.

-La ciudad- dijo finalmente-, no es como cualquier otra, no es como ninguna que hayan visto alguna vez, ni nadie que haya vivido para contarlo. El pozo, creo yo, tiene forma de botella, la abertura ante los cinco picos es el cuello. Pero no sabría decirle que tan grande era el fondo, cientos de kilómetros quizás. Había empezado a ver pequeños destellos de luz entre la niebla. Entonces vi la copa de los arboles, si, supongo que eran arboles. Pero no de nuestra clase de arboles, eran desagradables y serpenteantes. Eran altos y delgados troncos con copas que parecía un nido de tentáculos con horrendas hojas en forma de cabeza de flecha. Eran rojos, un rojo furioso y vivido. Aquí y allá se veían pequeños puntos amarillo brillante. Noté que era agua porque se veía algo alterando la superficie, en realidad veía el chapoteo y las ondas en el agua pero no podía ver que era lo que perturbaba el agua.

-Justo debajo mio estaba la ciudad. Miré hacia abajo y pude ver kilómetros y kilómetros de cilindros abarrotados unos con otros. Yacían de costado en pirámides de tres o de cinco, o de doce, apilados uno contra otro. Es difícil transmitirles lo que era esa ciudad, mira, imagina que tienes caños de agua de cierta longitud, primero colocas tres, lado a lado, arriba de esos, dos mas, y sobre estos uno mas; o supón que en la base colocas cinco y después cuatro arriba, y tres y dos y uno al final. ¿Entienden? Eran algo así. Pero sobre ellas había toda clase de cosas, torres, alminares, abanicos, antorchas y las mas repulsivas monstruosidades. Brillaban como si estuvieran revestidos por una pálida llama rosa. Junto a ellos, ¡los venenosos arboles se alzaban como las cabezas de una hidra defendiendo el nido de gigantescos y adornados gusanos durmientes!

-Unos metros mas abajo, la escalera terminaba frente a un puente de titánicas proporciones, de otro mundo, como el que existe sobre el Infierno y conduce a Asgard. Se curvaba hacia abajo y pasaba por encima de la pila mas alta de cilindros tallados y desaparecía a través de ellos. Era espeluznante, demoníaco.

El hombre que gateaba se detuvo. Sus ojos se dieron vuelta. Empezó a temblar y sus brazos y piernas volvieron a su horrendo movimiento de gateo. De sus labios salio un susurro. Era un eco del murmullo que habíamos oído la noche anterior. Le tape los ojos con la mano y se tranquilizó.

-¡Esas cosas malditas!- dijo-. ¡Los habitantes del pozo! Me hicieron murmurar, ¿verdad?. Si, pero ya no pueden alcanzarme, ¡no pueden!

Momentos mas tarde, mas tranquilo, continuó con su historia.

-Crucé el puente. Bajé hasta la cima de esos… edificios. Una oscuridad azul me envolvió por un momento y sentí que los escalones daban vueltas como si fuera una espiral. Me relaje por un momento y cuando me percaté, estaba en, no sabría como llamarlo, digamos que era una habitación. No tenemos nada que se parezca a lo que hay en el pozo. El suelo seguía a unos treinta metros debajo. Los muros bajan y se ampliaban desde donde yo estaba parado, formando una serie de medialunas cada vez mas grandes. El lugar era colosal, y estaba lleno de curiosas luces rojas. Era como la luz dentro de un ópalo moteado verde y dorado. Llegué hasta el último escalón. A la distancia frente a mi había un enorme altar sostenido por columnas. Los pilares tenían monstruosas volutas talladas con la forma de un enloquecido pulpo agitando cientos de tentáculos, descansaban sobre la espalda de una monstruosidad informe tallada en una piedra carmesí. El frente del altar era una placa gigante color purpura cubierta de tallados.

-¡No puedo describir esos tallados! No hay ser humano que pudiera, el ojo humano no alcanzaría a comprenderlos, no mas de lo que comprendemos a las criaturas que acechan en la cuarta dimensión. Algo muy sutil, en la parte trasera de nuestro cerebro es capaz de sentir lo que esos tallados representan, vagamente. Eran cosas informes que no proveían una imagen consciente pero quedaban grabadas en la mente como un sello ardiente, eran ideas de odio, de combates entre cosas monstruosas e inimaginables, victorias en un infierno de vapor nebuloso, y junglas obscenas, aspiraciones e ideales de inmensurable desprecio.

-Fue entonces que me percaté de que había algo parado en el altar, a pocos metros de mi. Sabía que estaba ahí, podía sentirla con cada cabello y cada pequeña parte de mi piel. Algo infinitamente maligno, infinitamente horrible e infinitamente antiguo. ¡Acechaba, contemplaba, amenazaba y era… era invisible!

-Detrás de mi había un circulo de luz azul. Corrí hacia él. Algo me decía debía regresar por donde vine, subir las escaleras y huir de inmediato. Era imposible. La aversión de sentí por esa Cosa invisible se apoderó de mi y no me lo permitió. Atravesé el circulo y me encontré en una calle que me llevaba directo hacia las filas de cilindros tallados.

-Los arboles rojos se alzaban por aquí y por allá. Entre ellos, las madrigueras de piedra. En ese momento pude ver la sorprendente ornamentación que las cubría. Eran como los troncos de arboles sin corteza, suaves , que habían caído y estaban cubiertos por nocivas orquídeas. Deberían haberse extinguido junto a los dinosaurios. Eran monstruosos. Eran nocivos para el ojo humano y le ponían a uno los nervios de punta. No había nada ni nadie a la vista, ni siquiera rastros de algún ser viviente.

-Habían aberturas circulares en los cilindros similares al circulo del Templo de las Escaleras. Atravesé uno de ellos. Era una habitación abovedada y larga, con curvas que se cerraban a unos seis metros sobre mi cabeza, dejando un amplia ranura que se abría hacia otra recamara abovedada en la parte superior. No había absolutamente nada en esa habitación, excepto por las luces rojas, que yo hubiese visto en el Templo. Tropecé. Seguía sin poder ver nada, pero había algo en el suelo que me hizo tropezar. Me estiré y mi mano sintió algo frio y suave que se movió debajo, me di vuelta y hui rápidamente de ese lugar, era un lugar invadido por algo repugnante y enloquecedor, seguí corriendo a ciegas, agitando mis manos, llorando aterrorizado.

-Cuando logré recomponerme, me vi aun rodeado de los cilindros de piedra y los arboles rojos. Intenté volver sobre mis pasos, encontrar el templo. Estaba mas que atemorizado. Era como un alma fresca que había entrado en pánico ante las primeras imágenes del infierno. ¡No podía encontrar el Templo! Entonces la niebla comenzó a espesar y a brillar, los cilindros brillaron aun mas. Estaba atardeciendo en el mundo superior y sentí que el peligro recién empezaba para mi ahí abajo, que la niebla espesa era la señal para que lo que fuera que viviera en el pozo despertara.

-Me trepe a una de las madrigueras. Me escondí detrás una retorcida roca de pesadilla. Pensé que quizás, existía la posibilidad de permanecer oculto hasta que el azul se aclarara y el peligro hubiera pasado. Pero entonces, empezó a crecer a mi alrededor un murmullo. Estaba en todas partes, crecía y crecía hasta convertirse en un masivo susurro. Husmeé para ver que sucedía en la calle. Vi luces que pasaban de un lado a otro. Cada vez mas luces, salían de las puertas circulares y atestaban las calles. Los mas grandes median dos metros y medio; y los mas bajos rondaban los sesenta centímetros. Corrían, paseaban, hacían reverencias y se detenían y susurraban pero ¡no había nada debajo!

-¡Nada debajo!- suspiró Anderson.

No- continuó-, esa era la parte mas terrible, no había nada debajo de ellos. Esas luces eran los seres vivos. Tenían consciencia, voluntad, pensaban, si hacían mas cosas, desconozco. Estaban a pocos metros de mí. Su centro era un núcleo brillante, rojo, azul, verde. Este núcleo se desvanecía, gradualmente, en un resplandor nebuloso que no terminaba abruptamente sino que parecía desaparecer paulatinamente en la nada, pero era una nada que debajo tenia… algo. Force mis ojos para intentar comprender como eran sus cuerpos, donde las luces se fundían y que podían sentirlos pero no verlos.

-Me quedé congelado. Algo frío, y delgado como un látigo me había tocado el rostro. Volví mi cabeza. Muy cerca detrás mio habían tres de esas luces. Eran azul claro. Me estaban mirando, si puede uno imaginarse que estas luces tuvieran ojos. Otro látigo me tomó del hombro. de la luz mas cercana pude oír un murmullo estridente. Grité. De repente el murmullo en las calles se detuvo. Alejé mis ojos del globo azul claro que me sostenía y levanté la mirada para ver a un sinnúmero de luces en la calle amuchandose a mi alrededor. Se quedaron ahí, mirándome. Parecían una multitud de curiosas personas alrededor de un espectáculo de Broadway. Sentí que muchos látigos me tocaron al mismo tiempo y me desvanecí.

-Cuando recuperé la conciencia estaba de vuelta en el Lugar de las Escaleras, tirado a los pies del altar. Todo estaba en silencio. No había luces, solo los manchas rojas brillantes. Me puse de pie y corrí hacia las escaleras. Algo me jaló bruscamente y me puso de rodillas. Fue entonces que vi el anillo de metal amarillo alrededor de mi cintura. Del anillo colgaba una cadena y esta llegaba hasta arriba, a la plataforma allá en lo alto. ¡Estaba encadenado al altar!

-Intenté sacar mi cuchillo del bolsillo para cortar el anillo. Pero ya no lo tenía. Me habían quitado todo excepto una de las cantimploras que colgaba de mi cuello que supongo que Ellos creyeron era parte de mí. Intenté romper el anillo. Parecía estar vivo. Se retorcía en mis manos, y me apretaba aun mas. Tiré de la cadena pero no se movió ni un centímetro. Entonces recordé que la Cosa invisible sobre el altar seguía ahí. Me arrastré a los pies de la gran placa y lloré. Pensé, que estaba solo en ese lugar de luces extrañas con el reflexivo y antiguo Horror custodiándome, una Cosa monstruosa, una Cosa impensable e invisible que me llenaba de terror…

-Cuando logré recomponerme, momentos después. Vi que junto a uno de los pilares, había un recipiente amarillo con un liquido blanco y espeso. No me importaba si me mataba. Sabía bastante bien y al beberlo recuperé mis fuerzas en forma muy rápida. Era evidente que no querían matarme de hambre. Las luces, sea lo que fueren, tenían alguna idea de las necesidades humanas.

-Ahora, el brillo rojizo de las manchas se intensificó. Se escucharon ruidos afuera y a través de la puerta circular aparecieron de nuevo los globos, se ordenaron en filas hasta que llenaron el Templo. El susurro se convirtió en un cántico, un cántico susurrado con un ritmo que subía y bajaba, subía y bajaba, mientras los globos acompañaban el cántico moviéndose ellos mismos hacia arriba y abajo, arriba y abajo.

-Durante toda la noche, las luces fueron y vinieron, y durante toda la noche los cánticos subían y bajaban. Para cuando terminó solo me quedaba un átomo de consciencia en un mar de susurro rítmico, un átomo que subía y bajaba junto a los globos. Debo decirles que incluso mi corazón latía al unisono con ese ritmo. Las luces rojas se desvanecieron, las luces abandonaron el Templo y el susurro se extinguió. Estaba solo nuevamente y sabía que una vez mas el día recién había comenzado en mi propio mundo.

-Dormí. Cuando desperté encontré mas de ese liquido blanco junto al pilar. Examiné las cadenas que me ataban al altar. Empecé a frotar dos eslabones el uno contra el otro. Hice esto durante horas. Para cuando la luz roja empezó a brillar con mas intensidad había logrado desgastar un poco los eslabones. Había esperanza. Había, entonces, una oportunidad de escapar.

-Junto a la intensidad de la luz roja, las luces volvieron. Durante toda la noche el cántico susurrado siguió sonando y los globos subieron y bajaron. El cántico me atrapó. Vibró a través de mi cuerpo hasta que el ultimo musculo y el ultimo nervio vibraron a la misma frecuencia. Mis labios empezaron a temblar, como si hicieran el esfuerzo de gritar en el medio de una pesadilla. Pero eventualmente se rendían y ellos también repetían el cántico de los habitantes del pozo. Mi cuerpo se inclinaba al unisono con las luces. Me había convertido en una de esas criaturas sin nombre a través del sonido y movimiento, mientras mi alma se encogía enferma de horror e impotencia. Mientras susurraba, podía verlos, los veía a Ellos!

-¿Veía las luces?-pregunté estúpidamente.

-Veía las Cosas debajo de las luces- respondió-. Babosas inmensas y transparentes con docenas de tentáculos que salían de su cuerpo, con bocas redondas entreabiertas bajo los luminosos y visibles globos de luz. ¡Eran como los fantasmas de babosas inimaginablemente monstruosas! Podía ver a través de ellas. Mientras observaba, seguía haciendo reverencias y susurrando, hasta que llegó el amanecer y abandonaron el templo nuevamente. No se arrastraron ni caminaron, ¡flotaron! Se fueron flotando.

-No pude dormir. Trabajé durante todo ese día en la cadena. Y para cuando la luz roja brilló intensamente yo ya había desgastado una sexta parte de la cadena. Esa noche susurré y me incliné junto a los habitantes del pozo, ¡susurré el cántico que cada noche hacían ante esa Cosa que acechaba desde el altar!

-Dos veces mas, la luz roja se intensificó y el cántico me atrapó, entonces, en la mañana del quinto día logré romper los desgastados eslabones de la cadena. ¡Estaba libre! Bebí el liquido blanco del recipiente y volqué lo que sobraba en mi cantimplora. Corrí hacia las escaleras. Seguí corriendo y deje atrás al Horror detrás del altar hasta llegar al Puente. Corrí hasta que alcance finalmente la Escalera.

-¿Se imaginan lo que es escapar de ese mundo abismal con el infierno detrás tuyo? El infierno estaba a mis espaldas y el terror se había apoderado de mi cuerpo. La ciudad había quedado atrás, perdida entre la niebla azul antes de que estuviera demasiado exhausto para seguir escalando. El latido de mi corazón martilleaba en mis oídos. Caí rendido en una de las pequeñas cuevas y sentí que había encontrado un santuario, finalmente. Me arrastré en su interior y esperé a que la niebla espesara. Algo que sucedió apenas entré a la cueva. Desde las profundidades se escuchó entonces un murmullo masivo y furioso. En la boca del abismo pude ver como las luces subían por la niebla, y cuando esta empezaba a aclarar se zambullían de vuelta al abismo, eran los globos, los globos que eran los ojos de los habitantes del pozo. Una y otra vez las luces arrojaban los globos a través de la niebla, subían y bajaban. Me estaban buscando. El susurro se hizo mas fuerte, mas insistente.

-Era tan fuerte que un deseo repugnante creció en mi, quería unirme a ellos en el cántico como lo había hecho en el Templo. Me mordí los labios hasta que sangraron para evitar que se movieran. Los haces de luz subieron y bajaron por la niebla durante toda la noche, los globos se zambullían y los cánticos seguían sonando. Entendí entonces el propósito de las cavernas y las figuras talladas en la entrada que aun tenían poder para detenerlas. ¿pero quién las había tallado entonces? ¿por qué habían construido su ciudad alrededor del abismo y por qué habían construido esa Escalera que llegaba hasta el fondo del pozo? ¿qué habían sido para esas Cosas que debían vivir tan cerca de su morada? Era mas que seguro de que había algún propósito para todo esto. De lo contrario no se hubieran tomado el monumental y prodigioso trabajo de construir esas escaleras. ¿Pero cual era ese propósito? ¿y qué había ocasionado la extinción de los habitantes de la superficie del abismo pero no de los moradores del fondo? No tenía respuesta a ninguna de esas preguntas ni tenía forma de averiguarlo entonces. Solo tengo partes de una teoría.

-El amanecer llegó mientras pensaba en todo esto en silencio. Bebí lo ultimo que me quedaba del liquido blanco en mi cantimplora, me arrastré fuera de la cueva y empece a escalar nuevamente. Esa tarde mis piernas cedieron. Me desgarré la camisa y la use para acolchar mis rodillas y cubrir mis manos. Empecé a gatear por las escaleras, gateé y gateé. Volví a refugiarme en una de las cuevas y esperé hasta que la niebla espesara, las luces subieron y el susurro regresó.

-Pero había algo diferente esa vez, una nota nueva en el murmullo. Ya no era una amenaza. Me llamaba, intentaba persuadirme. Me atraía.

-Una nueva sensación de terror me invadió. Me invadía un poderoso deseo de abandonar la cueva y salir donde las luces pudieran alcanzarme; de dejarle hacer conmigo lo que quisieran, llevarme a donde quisieran. El deseo era cada vez mas intenso. Cada vez que las luces subían el deseo crecía, hasta que mi cuerpo empezó a vibrar como lo había hecho con el cántico en el Templo. Mi cuerpo era un péndulo. ¡Subía al mismo tiempo que las luces subían por la niebla! Solo mi alma se mantenía firme. Me sujetaba al suelo de la caverna. Durante toda esa noche mi alma libró una batalla contra mi cuerpo afectado por el hechizo de los habitantes del pozo.

El amanecer llegó nuevamente. Y volví a arrastrarme fuera de la cueva para enfrentar las Escaleras nuevamente. Ya no podía subir. Mis manos estaban hecha pedazos y sangraban mucho, mis rodillas eran una agonía. Me forcé a seguir subiendo, escalón por escalón. Al cabo de un tiempo mis manos se entumecieron y el dolor abandonó mis rodillas. Estaban completamente muertas. Paso a paso mi voluntad llevó mi cuerpo abismo arriba.

-El resto fue una pesadilla, me arrastré por una infinidad de escalones, tengo recuerdos del terror que sentí escondido en las cavernas con las luces zumbando frente a mí y el susurro que me llamaba y me llamaba, recuerdos de despertar para ver como mi cuerpo sucumbía al llamado y estaba a punto de atravesar el portal de la caverna, con cientos de globos brillantes observándome desde la niebla.

-Recuerdos de luchar contra el sueño y siempre pero siempre, escalando los infinitos escalones que separan el Abaddon del Paraíso de cielo azul y el mundo abierto de la superficie.

-Con lo ultimo de mi consciencia alcancé a llegar a la cima del abismo, recuerdo pasar entre los grandes pilares del pozo y una sensación de abstinencia, sueños de hombres gigantes con extrañas coronas orladas y rostros cubiertos que me empujan a seguir adelante mientras contienen a los globos de luz que intentan arrastrarme de vuelta al abismo donde los planetas nadan entre las ramas de arboles rojos coronados por serpientes.

-Y luego, un sueño largo, muy largo, solo Dios sabe que tan largo fue. Me desperté y pude ver el haz de luz que subía y bajaba a lo lejos en el norte, las luces seguían cazando, el susurro en lo alto seguía llamándome.

-Volví a arrastrarme con los brazos y piernas muertas que seguían moviéndose, se movían, como el barco del Antiguo Marinero, sin que yo les controlara, se movían y me arrastraban lejos de ese maldito lugar. ¡Entonces vi el resplandor de su fuego y me encontré aquí, a salvo con ustedes !

El hombre que gateaba nos sonrió en ese momento. Entonces su rostro se apagó repentinamente. Se había quedado dormido.

Esta tarde levantamos campamento y cargamos al hombre que gateaba de vuelta al sur. Durante tres días lo cargamos mientras dormía. En el tercer día, murió. Construimos una gran pira de madera y quemamos su cuerpo como nos lo había pedido. Desperdigamos sus cenizas en el bosque junto a las cenizas de los arboles que habíamos usado para quemarle. Se necesitaría una magia muy poderosa para desenmarañar esas cenizas y arrastrarlo de vuelta al pozo maldito de donde había escapado. Ni siquiera los habitantes del pozo podrían tener un poder como ese.

Pero nunca regresamos a los cinco picos para comprobarlo.

FIN

El Estanque del Dios de Piedra

Por Abraham Merrit

Publicado originalmente en American Weekly, 23 de septiembre, 1923

Esta es la historia del profesor James Marston. Una buena cantidad de personas se reunió para escucharla, escucharon atentamente, y se lamentaron que un hombre tan brillante como él tuviera una obsesión como esa. El profesor Marston me contó esa historia en San Francisco, justo antes de que empezara a buscar la isla del estanque del dios de piedra, y de… las alas que lo custodian. Parecía estar bastante cuerdo. Es verdad que el equipamiento de su expedición era inusual, y no menos curioso era que entregaba una fina cota de malla, mascaras y guanteletes a cada miembro de la expedición.

Nosotros cinco, dijo el profesor Marston, nos sentamos lado a lado en la playa. Estaba Wilkinson, el primer oficial, Bates y Cassidy, los marineros, Waters el perlero y yo. Íbamos camino a Nueva Guinea, donde yo iba a estudiar fósiles para el Smithsoniano. El Moranus se había estrellado contra un barrera de coral oculta la noche anterior y se había hundido rápidamente. Nos encontramos entonces a unos ochocientos kilometros al noreste de la costa de Guinea. Los cinco habíamos conseguido subirnos al bote salvavidas y escapar con vida. El bote estaba bien cargado con provisiones y agua. Si el resto de la tripulación había conseguido escapar, no lo sabíamos. Habíamos divisado la isla al amanecer y nos dirigimos a ella. El bote había sido arrastrado a salvo en las arenas de la playa.  

-Sera mejor que exploremos un poco- dijo Waters-. Este puede ser un buen lugar para que esperemos a ser rescatados. En cuanto termine la temporada de tifones. Tenemos nuestras armas. Empecemos por seguir este arroyo hasta su origen, veamos que hay y entonces decidamos que hacer.

Los arboles empezaron a escasear. Vimos un espacio abierto mas adelante. Cuando llegamos nos detuvimos completamente asombrados. El claro era un cuadrado perfecto de unos ciento cincuenta metros de ancho. Los arboles se detenían abruptamente en sus extremos como si algo invisible los contuviera.

Pero no fue esta particular impresión la que nos detuvo. En el extremo opuesto del cuadrado había una docena de cabañas de piedra construidas alrededor de otra un poco mas grande. Me recordaron poderosamente a esas estructuras prehistóricas que existen en algunas partes de Inglaterra y Francia. Me acerqué entonces al objeto mas extraño que había en ese siniestro y extraño lugar. En el centro del lugar, había un estanque amurallado con gigantescos bloques de piedra cortados. A un lado del estanque se elevaba una enorme figura de piedra tallada, con la imagen de un hombre con los brazos abiertos. Medía por lo menos siete metros de alto y estaba excepcionalmente bien hecha. A la distancia parecía que la estatua estaba desnuda pero en realidad tenía tallado una túnica muy peculiar. Cuando nos acercamos vimos que estaba cubierto de pies a cabeza con las mas extraordinarias alas talladas. Lucían exactamente como alas de murciélago cuando están plegadas sobre su cuerpo.

Había algo extremadamente inquietante sobre esa figura. Su rostro era indescriptiblemente horrible y maligno. Sus ojos, con rasgos orientales emanaban maldad. Pero, en realidad no era de su rostro de donde este sentimiento de maldad parecía emanar. Era de su cuerpo cubierto por alas, y especialmente de sus alas. Eran parte del ídolo pero a la vez daban la impresión de estar aferradas a él.

Cassidy, un hombre inmenso y bestial, se aventuró con arrogancia hacia el ídolo y le puso una mano encima. La quitó rápidamente, con el rostro blanco y sus labios crispados. Lo seguí y conquistando mi repugnancia poco científica examiné la piedra. El ídolo, al igual que las cabañas y de hecho todo el lugar, era claramente obra de esa raza olvidada cuyos monumentos están esparcidos por todo el Pacifico Sur. El tallado de las alas era maravilloso. Era como las de un murciélago, como he dicho antes, plegadas, con un pequeño anillo de plumas convencionales en sus extremos. Estas variaban en tamaño, iban desde diez hasta veinticinco centímetros. Pasé mis dedos sobre una. Nunca me había sentido así de nauseabundo, era tanto que termine arrodillado ante el ídolo. Cuando toqué el ala sentí primero una suave y fría piedra, pero tuve la sensación de haber tocado a una obscena y monstruosa criatura de un mundo inferior. La sensación venía por supuesto, según mi criterio, solo por la temperatura y la textura de la piedra, pero esa explicación no me satisfacía.

El ocaso estaba ya sobre nosotros. Decidimos regresar a la playa y seguir examinando el claro al día siguiente. Estaba ansioso por explorar esas cabañas de piedra.

Decidimos volver a través del bosque. Caminamos cierta distancia y la noche cayó repentinamente. Perdimos el arroyo. Después de media hora deambulando volvimos a escucharlo. Lo seguimos. Los arboles volvieron a escasear y pensamos que ya estabamos cerca de la playa. Entonces Waters me tomó del brazo. Me detuve en seco. Directamente frente a nosotros, estaba el claro con el dios de piedra con su maligna mirada bajo la luz de la luna y las aguas verdes brillando a sus pies.

Habíamos caminado en círculos. Bates y Wilkinson estaban exhaustos. Cassidy juró que, demonios o no, acamparía junto a ese estanque esa noche.  

La luna brillaba mucho esa noche. El ambiente estaba muy calmado. La curiosidad científica pudo conmigo y pensé que ya que estaba ahí podría examinar las cabañas de piedra. Deje a Bates haciendo guardia y caminé hacia la cabaña mas grande. Había solo una habitación y la luz de la luna que brillaba a través de las rendijas iluminaba todo a la perfección. En el fondo habían dos pequeños cuencos fijos en la piedra. Miré en uno de ellos y vi un tenue resplandor rojizo reflejado en una cantidad de objetos globulares. Tomé media docena. Eran perlas, maravillosas perlas de un tono rosáceo muy particular. ¡Corrí hacia la puerta para llamar a Bates pero me detuve!

Mis ojos se posaron sobre el ídolo. ¿había sido efecto de la luz de luna o se había movido? No, ¡eran sus alas! Se desprendieron de la piedra y se agitaron, si si, como lo oyes, se agitaron desde los tobillos hasta el cuello de la monstruosa estatua.

Bates también las vio. Estaba ahí, de pie, apuntando con su arma. Se escuchó un disparo. Entonces, el aire se llenó con un trepidante sonido, como el de miles de ventiladores funcionando al mismo tiempo. Vi como las alas se desprendían del dios de piedra y bajaban en picada como una nube sobre los cuatro hombres. Otra nube se elevó desde el estanque y se les unió. No podía moverme. Las alas volaban en circulo alrededor de los cuatro hombres. Para esto, todos se habían puesto de pie y nunca vi un horror semejante con el que había invadido sus rostros en ese momento.

Las alas embistieron y se cerraron sobre mis compañeros como se habían plegado sobre la piedra.

Me retiré de vuelta hacia la cabaña. Me quede ahí el resto de la noche enloquecido de terror. Escuche el sonido del aleteo muchas veces durante la noche, ese que se asemejaba a un ventilador, cerca del recinto, pero nada ingresó a mi cabaña. Cuando llegó el amanecer, el silencio prevaleció y yo me arrastré hasta la puerta. Ahí estaba entonces, el dios de piedra con las alas talladas nuevamente sobre sí, como cuando lo vimos por primera vez diez horas antes.

Corrí a ver a los cuatro hombres tirados en el pasto. Pensé que quizás había tenido una pesadilla. Pero estaban muertos. Eso no era lo peor. ¡Cada uno de ellos estaba consumido hasta los huesos! Parecían como globos blancos desinflados. No les había quedado ni una gota de sangre. ¡Eran apenas huesos envueltos en una delgada capa de piel!

Intenté controlar mis nervios y me acerqué al ídolo. Había algo diferente en él. Parecía mas grande, parecía como si, y este pensamiento pasó por mi mente, parecía como si se hubiera alimentado. Entonces vi que estaba cubierto por pequeñas gotas de sangre que caían de las puntas de las alas que lo envolvían.

No recuerdo lo que sucedió después de eso. Me desperté en la goleta perlera Luana, que me encontró enloquecido por la sed flotando en el bote salvavidas de la Moranus.

Fin

Hechizado

Por Edith Wharton

I

La nieve caía profusamente cuando Orrin Bosworth, un granjero de las tierras al sur de Lonetop, guío su trineo hasta la verja de Saul Rutledge. Se sorprendió al ver que dos trineos habían llegado antes que él. De ellos descendieron dos figuras cubiertas. Bosworth, cada vez mas sorprendido, reconoció al Diacono Hibben, de North Ashmore, y a Sylvester Brand, el viudo, de la vieja granja Bearcliff camino a Lonetop.

No era frecuente ver a alguien del Condado Hemlock cruzar la verja de Saul Rutledge; mucho menos durante el crudo invierno, y convocados (como Bosworth mismo) por la señora Rutledge, que tenía la reputación, incluso en esta región tan poco social, de ser una mujer fría y solitaria. La situación bastaba para excitar la curiosidad de hombres mucho menos imaginativos que Orrin Bosworth.

Mientras atravesaba los derruidos postes blancos de la verja adornada con urnas talladas, los dos hombres adelante ya guiaban sus caballos al cobertizo adjunto. Bosworth los siguió y lio su caballo a un poste. Entonces, los tres se sacudieron la nieve de los hombros, estrecharon sus manos y se saludaron mutuamente.

-Hola, Diacono.

-Buenas, Orrin…-estrecharon sus manos.

-Buen día, Bosworth- dijo Silvester Brand, asintiendo levemente. Rara vez expresaba algo de cordialidad en sus modales, pero en esta ocasión seguía ocupándose de las bridas de su caballo.

Orrin Bosworth, el mas joven y mas comunicativo de los tres, se volvió hacia el Diacono Hibben, cuyo rostro alargado, extrañamente hinchado y un poco decrepito seguía siendo menos intimidante y áspero que el de Brand.

-Es extraño, verlos a todos aquí reunidos. La Sra. Rutledge me envió un mensaje para que viniera a verla- dijo Bosworth.

El Diacono asintió.
-A mi también, envió a Andy Pond ayer por la tarde. Espero que no haya tenido algún problema…

Le hecho un vistazo al desolado frente de la casa Rutledge, cubierto de nieve, su decadente estado actual expresaba melancolía ya que al igual que los postes de la verja aun mantenía rastros de una elegancia extinta. Bosworth a menudo se preguntaba como pudieron construir semejante casa en este estrecho solitario entre North Ashmore y Cold Corners. Las personas dicen que alguna vez hubo muchas casas como esas, que formaron un pequeño poblado llamado Ashmore, una suerte de colonia montañesa creada por capricho de un Oficial Realista Inglés, el Coronel Ashmore, que fue asesinado por los Indios junto a toda su familia, mucho años antes de la revolución. Esta historia tenía sustento material en la cantidad de ruinas de sótanos de casas mas pequeñas cubiertos por vegetación en las colinas adyacentes, y por el plato de la comunión de la moribunda iglesia Episcopal de Cold Corners que lleva tallado el nombre del Coronel Ashmore, quien lo habría donado a la iglesia de Ashmore en el año 1723. No hay rastros de esa iglesia. Sin dudas había sido una modesta construcción de madera, construida sobre pilares, y que la conflagración que había consumido las otras casas también la había reducido a cenizas. El lugar, incluso en verano, tenía un aire solitario y lúgubre, las personas se preguntaban por qué el padre de Saul Rutledge se había asentado justo ahí.

-Nunca conocí un lugar- dijo el Diacono Hibben-, con un aspecto tan alejado de la humanidad. Siendo que no está realmente tan lejos en cuestión de kilómetros.

-Los kilómetros no es la única distancia- respondió Orrin Bosworth, y los dos hombres, seguidos por Sylvester Brand, caminaron hasta la puerta principal. Las personas en el Condado Hemlock no solían llegar y aparecerse en la puerta frontal de los demás, pero los tres hombres sintieron que la ocasión, que parecía ser tan excepcional, lo demandaba y la forma mas familiar y común de acercarse a la puerta de la cocina no era la mas apropiada.

Su criterio resultó ser el apropiado, ya que apenas el Diacono levantó a aldaba para golpear la puerta, ésta se abrió y la Sra. Rutledge apareció frente a ellos.

-Adelante- dijo ella en su habitual y lúgubre tono de voz; y Bosworth pensó mientras seguía a los demás-, lo que sea que haya sucedido es evidente que su expresión no es un reflejo de ello .

Extraño seria, de hecho, si se pudiera percibir algo por la expresión facial de Prudence Rutledge, su alcance era tan limitado, y sus rasgos parecían tallados en piedra. Estaba vestida para la ocasión, con calicó negro con puntos blancos, un collarín tejido a crochet ajustado por un broche dorado, y un chal de lana gris cruzado bajo sus brazos y atado en la espalda. Lo único que resaltaba de su pequeña y angosta cabeza era como su frente se proyectaba y rodeaba sus pálidos ojos con anteojos. Su oscuro cabello, peinado al medio se ajustaba a su cabeza y pasaba justo por encima de sus orejas y se convertía en una pequeña trenza que terminaba en la nuca. Su comprimida cabeza parecía aun mas angosta colgada sobre su largo y demacrado cuello. Sus ojos eran fríos y grises y sus complexión era aun mas blanca. Su edad rondaba entre los treinta y cinco y los sesenta.

El cuarto al cual guió a los tres hombres probablemente había sido el comedor de la casa Ashmore. Servía ahora como recibidor y una estufa negra de zinc sobresalía abruptamente del delicado panel tallado del marco de madera de la chimenea. Un fuego recién encendido centellaba forzosamente y el cuarto era intimo y brutalmente frio a la vez.

-Andy Pond- llamó la Sra. Rutledge a alguien en la parte trasera de la casa-, sal y llama al Sr. Rutledge. Lo encontraras en el cobertizo de la leña o en algún lugar cerca del granero-. Se volvió hacia sus visitas-. Por favor, tomen asiento- les dijo.

Los tres hombres, cada vez con mas reservas, ocuparon las sillas que se les indico, y la Sra. Rutledge se sentó rígidamente en la cuarta, detrás de una desvencijada mesa para fabricar joyería. Miro detenidamente a sus invitados.

-Me imagino que se estarán preguntado porque les he pedido venir hasta aquí- dijo con su lúgubre tono de voz. Orrin Bosworth y el Diacono Hibben murmuraron algo en señal de asentimiento, mientras Sylvester Brand se sentó silenciosamente, con los ojos, abrigados por una espesa mata de cejas, fijos en la inmensa puntera de bota que colgaba frente a él.

-Bueno, me imagino que no estaban esperando una fiesta- continuó la Sra. Rutledge.

Nadie arriesgo una respuesta a tan fría cordialidad por lo que ella continuó
-, estamos en problemas, eso es un hecho. Y necesitamos consejo, es decir, el Sr. Rutledge y yo-. Se despejo la garganta y agregó en un tono aun mas bajo, con sus impiadosos ojos mirando directamente frente a ella-, un hechizo ha caído sobre el Sr. Rutledge.

El Diacono los miró agudamente y una sonrisa de incredulidad empezó a dibujarse en sus delicados labios.

-¿Un hechizo?

-Es lo que he dicho; está hechizado.

Los tres visitantes volvieron a guardar silencio; entonces Bosworth, que se desenvolvía mejor o que se restringía menos que los demás, preguntó en tono humorístico -,¿utiliza la palabra en el estricto sentido de las Escrituras Sra. Rutledge?

Ella lo miro fijo antes de responder.

-Así es como él la usa.

El Diacono tosió y se aclaro la garganta.

-¿Le molestaría darnos un poco mas información antes de que su esposo se nos una?

La Sra. Rutledge bajo su mirada hacia sus manos entrecruzadas, como considerando la petición. Bosworth notó que el pliegue interior de sus parpados era del mismo blanco uniforme que el resto de su piel, por lo que cuando bajo su mirada, sus prominentes ojos lucían como los enceguecidos orbes de una estatua de mármol. La imagen era desagradable, por lo que apartó la mirada y encontró un texto sobre la mesa, que decía:

El Alma que pecare, esa morirá.

-No- dijo ella eventualmente-, esperaré por él.

En ese momento, Sylvester Brand se levantó súbitamente empujando su silla.
-Lo siento- dijo, con su áspero tono de voz -, no tengo interés en revelar algún misterio de la Biblia, y casualmente hoy es el día en que tenía que ir a Starkfield a cerrar un trato con un hombre.

La Sra. Rutledge levantó uno de sus largas y delgadas manos. Marchitas y arrugadas por el trabajo duro y el frio, pero del mismo blanco plomizo que su rostro.
-No lo haremos esperar mucho- dijo ella-. ¿Podría tomar asiento?

El granjero Brand se quedo ahí indeciso, sus purpúreos labios se crisparon-, el Diacono está aquí, estas cosas son mas de su incumbencia…

-Me gustaría que se quedará- dijo tranquilamente la Sra. Rutledge, y Brand tomo asiento.

Un silencio se apodero del cuarto, durante el cual las cuatro personas parecían forzarse a escuchar el sonido de los pasos, pero ninguno llego, y al cabo de un minuto o dos, la Sra. Rutledge volvió a hablar.

-Fue en esa vieja choza junto al estanque Lamer; ahí fue donde ellos se conocieron- dijo súbitamente.

Bosworth, cuyos ojos se posaban sobre el rostro de Sylvester Brand, creyó ver una especie de rubor interno en la endurecida piel del granjero. El Diacono Hibben se inclinó hacia adelante con un destello de curiosidad en sus ojos.

-¿Ellos… quienes, Sra. Rutledge?

-Mi esposo, Saul Rutledge… y ella…

Sylvester Brand se sacudió en su asiento.
-¿A quién se refiere con ella?- preguntó abruptamente, como si de pronto se despabilara de una larga meditación.

El cuerpo de la Sra. Rutledge no se movió; simplemente hizo girar su cabeza sobre su largo cuello y lo miro.

-Su hija, Sylvester Brand.

El hombre se puso de pie en un estallido de sonidos inarticulados.
-¿Mi hija? ¿de qué demonios está hablando? Mentira, inmunda mentira… eso es lo que es..

-Su hija Ora, Sr. Brand- dijo lentamente la Sra. Rutledge.

Bosworth sintió que un frio helado le recorrió la columna. Instintivamente, alejo sus ojos de Brand y los depositó sobre el mohoso semblante del Diacono Hibben. Su piel entre las manchas estaba ahora tan blanca como la de la Sra. Rutledge y sus ojos ardían entre la blanquitud de sus ojos como ascuas vivas entre las cenizas.

Brand lanzo una risotada, una oxidada y crujiente risa de alguien cuyos exabruptos no suelen venir acompañados de algún sentimiento de alegría.
-¿Mi hija Ora?-Volvió a preguntar.

-Si.

-¿Mi difunta hija?

-Es lo que él dice.

-¿Su esposo?

-Es lo que el Sr. Rutledge dice.

Orrin Bosworth escuchó todo con un sentimiento de asfixia, sintió como si estuviera luchando contra un horror inimaginable en un sueño. No pudo resistirse y volvió a posar sus ojos sobre el rostro de Sylvester Brand. Para su sorpresa había retomado su imperturbable expresión natural. Brand se puso de pie.
-¿Eso es todo?- preguntó con desprecio.

-¿Si es todo? ¿No le parece suficiente?¿Cuando fue la ultima vez que vieron a Saul Rutledge, alguno de ustedes?-disparó la Sra. Rutledge.

Bosworth, pensó que no lo había visto en casi un año; el Diacono lo había visto brevemente en la oficina postal de North Ashmore, el otoño pasado, y reconoció que no se veía muy bien incluso en ese entonces. Brand no dijo nada, solo se paro ahí, dubitativo.

-Bien, si esperan un minuto lo verán con sus propios ojos; y el les contará con sus propias palabras. Es por eso que los he traído aquí, para que vean por ustedes mismos lo que ha sido de él. Después habrá tiempo para disentir- agregó, volviendo su cabeza abruptamente en dirección a Sylvester Brand.

El Diacono levantó su mano para hacer una pregunta.

-¿Sabe su esposo que nos ha mandado a llamar por este asunto Sra. Rutledge?- la Sra. Rutledge asintió.

-¿Fue con su consentimiento entonces que…?

Ella miro fríamente a su interrogador-. Asumo que así debió ser- dijo. Bosworth sintió el frío recorrer su espalda nuevamente. Intentó disipar la sensación y hablar enérgicamente.

-Podría decirnos, Sra. Rutledge, cómo se presento este problema del que nos habla… ¿qué le hace pensar que es…?

Ella lo miró por un momento; entonces se inclino hacia adelante sobre la mesa de abalorios. Una ligera sonrisa de arrogancia se dibujo en sus descoloridos labios.
-No lo creo… lo sé.

-Bueno… ¿pero cómo lo sabe?

Se inclino aun mas, con los codos sobre la mesa, y su voz aun mas tenue.
-Los he visto.

En la cenicienta luz que llegaba desde detrás del velo de nieve en la ventana, los pequeños y retorcidos ojos del Diacono parecían emitir chispas rojas.
-¿A él y a la muerta?

-A él y a la muerta.

-Saul Rutledger y… y Ora Brand?

-Así es.

La silla de Sylvester Brand se estrelló de espaldas contra el suelo. Se había puesto de pie nuevamente, enrojecido y furioso.
-Es una infamia, una maliciosa mentira…

-Amigo Brand… amigo Brand…-protestó el Diacono.

-Basta, ya he tenido suficiente. Quiero ver a Saul Rutledge y que él mismo me diga…

-Aquí está él- dijo la Sra. Rutledge.

La puerta exterior se había abierto; escucharon entonces el sonido de un hombre sacudiéndose la nieve de sus vestimentas antes de entrar a la sagrada jurisdicción del recibidor. Entonces entró Saul Rutledge.

II

Cuando entró a la habitación, con su rostro iluminado por la ventando del norte, Bosworth pensó que lucía como un hombre ahogado cuyo cuerpo ha sido recuperado de debajo del hielo… “suicidado,” agregó. Pero la luz de la nieve juega trucos crueles al semblante de un hombre, e incluso a la forma de sus rasgos; debe haber sido en parte por eso, reflexionó Bosworth, lo que transformó a Saul Rotledge del fornido y corpulento sujeto que había sido un año atrás al demacrado espectro que se presentaba ahora ante ellos.

El Diacono buscó palabras que pudieran alivianar el horror.
-Bueno, Saul, parece como si deberías sentarte muy cerca de la estufa. ¿Tienes un poco de fiebre quizás?

Sus palabras no tuvieron el menor efecto. Rutledge no se movió ni respondió. Se quedo ahí parado entre ellos en silencio, incapaz de comunicarse, como si se hubiese levantado de la muerte.

Brand lo sacudió severamente de los hombros.
-Escúcheme Saul, Saul Rutledge, ¿qué es esta asquerosa mentira que su esposa nos ha contado y que usted ha hecho circular?

Rutledge seguía sin moverse.
-No es mentira- dijo.

Brand soltó sus hombros. A pesar de su poderosa capacidad para la intimidación el hombre pareció indefiniblemente sorprendido por la apariencia y el tono de voz de Rutledge.

-¿No es mentira?¿Usted se ha vuelto completamente loco, verdad?

-Mi esposo no miente, ni tampoco se ha vuelto loco. ¿Qué acaso no les dije que yo los he visto?- dijo la Sra. Rutledge

Brand volvió a reír.
-¿A él y a la muerta?

-Si.

-¿Junto al estanque Lamer dice usted?

-Si.

-¿Y cuándo fue esto si puedo saber?

-El día antes de ayer.

El silencio cayó sobre ese extraño ensamble de personas. El Diacono finalmente lo rompió para dirigirse al Sr. Brand: “Brand, en mi opinión, creo que tenemos que lidiar con este asunto.”

Brand reflexionó en silencio por un instante: Bosworth pensó que había algo animal o primitivo en él, en ese momento, atormentado y estúpido, con un poco de espuma emanando de la comisura de su labio inferior purpura. Se volvió a sentar lentamente en su silla.
-Yo lidiaré con este asunto.

Los otros dos hombres y la Sra. Rutledge permanecieron sentados. Saul Rutledge se paró frente a ellos, como un prisionero junto a los barrotes, o mejor dicho, como un hombre enfermo esperando que el doctor lo cure. Mientras Bosworth escudriñaba su vacío rostro, tan pálido bajo el oscuro resplandor solar, tan absorto y consumido por alguna especie de fiebre oculta, le invadió el pensamiento de que quizás, después de todo, este hombre y su esposa decían la verdad, y que estaban realmente frente a algún extraño y prohibido misterio. Asuntos que la mente racional rechazaría sin dudar, ya no resultaban tan sencillos, no ante la imagen de Saul Rutledge y el recuerdo del hombre que había visto un año atrás. Si, como dijo el Diacono, deberían lidiar con ese asunto….

-Siéntese entonces, Saul; acérquese, ¿quiere?- sugirió el Diacono, intentando nuevamente sonar natural.

La Sra. Rutledge acercó una silla y su esposo se sentó. Estiró sus brazos y sujeto sus rodillas con sus dedos marrones y huesudos, y así permaneció, sin mover su cabeza ni sus ojos.

-Bien Saul- prosiguió el Diacono-, su esposa dice que usted piensa que quizás podemos hacer algo para ayudarlo a superar este problema, sea lo que sea.

Los grises ojos de Rutledge se abrieron grande.
-No; yo no pienso eso. Fue idea suya intentar hacer algo.

-¿Presumo que, ya que ha accedido a recibirnos, no se opondrá a que le hagamos algunas preguntas?

Rutledge guardó silencio por un momento, entonces dijo con visible esfuerzo
-, no, no me opongo.

-Bien, ¿escuchó lo que su esposa nos ha contado?

Rutledge asintió levemente.
-Y ¿qué tiene para agregar? ¿cómo explica…?

La Sra. Rutledge intervino.
-¿Cómo podría explicarlo él? La que los ha visto he sido yo.

Silencio; entonces Bosworth, intentando hablar en un tono ameno y confortante, preguntó; “¿Es eso correcto, Saul?”

-Es correcto.

Brand levantó su reflexiva cabeza.
-Quieres decir que tú, tú te sentaste aquí ante todos nosotros y dijiste…

El Diacono volvió a interceder.
-Espera amigo Brand. Todos intentamos verificar los hechos, ¿no es así?- se volvió hacia Rutledge-. Oímos lo que la Sra. Rutledge dijo. ¿qué tiene usted para decir?

-No creo que tenga nada para decir. Ella nos encontró.

-Y la persona que estaba contigo era… ¿era…- la aguda voz del Diacono se hizo un poco mas aguda -Ora Brand?

Saul Rutledge asintió.

-¿Sabía usted, o por lo menos intuía, qué estaba en presencia de un muerto?

Rutledge volvió a inclinar su cabeza. La nieve seguía cayendo copiosamente contra la ventana, y Bosworth sintió como si una cortina de viento estuviera descendiendo desde los cielos para envolverlos y arrojarlos a todos en una fosa común.

-¡Piensa en lo que estas diciendo!¡Va en contra de nuestra religión!¡Ora… esa pobre chica! Murió hace mas de un año. Tu estuviste en su funeral, Saul. ¿Cómo puedes decir algo así?

-¿Qué mas puede hacer?-replicó la Sra. Rutledge.

Hubo otra pausa. Los recursos de Bosworth le habían fallado y Brand se había sumergido nuevamente en una oscura meditación. El Diacono juntó sus temblorosos dedos y se los paso por los labios para humedecerlos.

-¿El día de antes de ayer fue la primera vez?-preguntó.

El movimiento de cabeza de Rutledge fue negativo.

-¿No fue la primera? Entonces cuando…

-Como hace un año, creo.

-¡Dios! ¿Quieres decir que desde entonces….?

-Bueno.. mírelo- dijo su esposa. Los tres hombres bajaron su mirada.

Unos minutos después, Bosworth, intentando recomponerse, miro al Diacono.
-¿Por qué no le pedimos a Saul que nos cuente él mismo lo que sucedió,si es por eso que hemos venido?

-Así es-asintió el Diacono. Se volvió hacia Rutledge-.¿Podría intentar y darnos una idea acerca… acerca de cómo comenzó?

Otro silencio. Entonces Rutledge se apretó las rodillas con mas fuerza, y con la vista aun clavada al frente, con una mirada curiosamente enceguecida;
Bueno- dijo-, supongo que comenzó un tiempo atrás, antes de que yo estuviera casado con la Sra. Rutledge…- habló en un tono bajo y automático, como si un agente invisible le estuviera dictando las palabras, o incluso pronunciándolas por él.
-Verán-agregó-, Ora y yo deberíamos habernos casado.

Sylvester Brand levantó la cabeza.
-Hágame el favor de aclarar eso primero- intercedió.

-Lo que quiero decir es que, nos hacíamos compañía. Pero Ora era muy joven. El Sr. Brand aquí presente la mando lejos. Estuvo lejos casi tres años y cuando regreso yo ya me había casado.

-Así es- dijo Brand, volviendo a caer en su actitud depresiva.

-Y cuando regresó, ¿volvió a verla?- continuó el Diacono.

-¿Viva?- preguntó Rutledge.

Un perceptible escalofrió recorrió el cuarto.

-Si, claro-dijo nervioso el Diacono.

Rutledge pareció considerarlo.
-Una vez, solo una vez. Habían muchas otras personas alrededor. Fue en la feria de Cold Corners.

-¿Habló con ella entonces?

-Solo por un minuto.

-¿Qué fue lo que ella le dijo?

Su voz decayó-. Que sabía que estaba enferma y sabía que iba a morir, y que cuando muriera regresaría por mi.

-¿Y qué le respondió?

-Nada.

-¿No pensó en lo que eso significaba?

-La verdad que no. No hasta que me entere que había muerto. Después de eso, lo pensé, y supongo que así fue como me atrajo hacia ella- dijo humedeciendo sus labios.

-¿Lo atrajo hasta esa casa abandonada junto al estanque?

Rutledge asintió levemente con su cabeza y el Diacono agregó:
-¿Cómo sabía que ella quería que fuera a ese lugar?

-Ella… solo, me atrajo ahí.

Hubo una pausa larga. Bosworth sintió, sobre sí mismo y sobre los demás, el opresivo peso de la siguiente pregunta. La Sra. Rutledge abrió y cerro sus delgados labios una o dos veces, como un molusco encallado en la arena luchando por llegar a la marea. Rutledge esperó.

-Y bien Saul, ¿no continuará con su historia?-dijo finalmente el Diacono.

-Eso es todo. No hay nada mas que contar.

El Diacono bajo su voz.
-¿Ella solo lo atrajo.

-Si.

-¿Con frecuencia?

-Sucede cuando sucede….

-Pero si siempre lo atraía al mismo lugar, hombre, ¿cómo no tenía entonces la fortaleza para mantenerse alejado del lugar?

Por primera vez, Rutledge giró pesadamente su cabeza en dirección a su interlocutor. Una sonrisa espectral se dibujo en sus descoloridos labios.
-No había caso. Ella me sigue…

Un nuevo silencio. ¿Qué mas podían preguntarle en ese momento? La presencia de la Sra. Rutledge resolvió la siguiente pregunta. El Diacono parecía determinado a resolver el asunto. Finalmente hablo con un tono autoritario.
-Estas son cosas prohibidas. Lo sabes, Saul. ¿Has intentado orar?

Rutledge asintió con la cabeza.

-¿Quieres orar con nosotros ahora?

Rutledge miro con fría indiferencia a su consejero espiritual.
-Si ustedes quieren orar, adelante- dijo. Pero la Sra. Rutledge intervino.

-La oración no lo ayudara. Nada puede hacer cuando se trata de estos asuntos, usted bien lo sabe. Lo he convocado Diacono, porque usted recuerda el ultimo caso en este condado. Fue hace treinta años, pero usted recuerda. Lefferts Nash, ¿la oración lo ayudo a él? Yo era una niña pequeña en ese entonces, pero recuerdo escuchar a mis padres hablar al respecto en las noches de invierno. Lefferts Nash y Hannah Cory. A ella le clavaron una estaca en el pecho. Eso fue lo que lo curo.-

-¡Valgame!- exclamó Orrin Bosworth.

Sylvester Brand levantó su cabeza.
-Habla de esa vieja historia como si estuviéramos lidiando con lo mismo ahora.

-¿Y no es así? ¿Acaso mi esposo no esta deteriorándose de la misma forma en que le ocurrió a Lefferts Nash? El Diacono sabe….

El Diacono se sacudió ansioso en su silla.
-Estas son cosas prohibidas- repitió-. Supongamos que su esposo es sincero y realmente cree estar hechizado, como usted dice. Bien, incluso si creemos eso, ¿qué prueba tenemos de que… de que está mujer muerta… es el espectro de esta pobre mujer?

-¿Prueba?¿Qué no lo ha oído?¿No acaba de contárselo?¿Duda de que yo los haya visto?-dijo la Sra. Rutledge casi a los gritos.

-Es contra nuestra religión perturbar a los muertos.

-¿Y no es contra su religión dejar sufrir a los vivos como mi esposo está sufriendo?-Se levantó con un abrupto movimiento y tomó la Biblia de la familia del esquinero dispuesta en una esquina del recibidor. Apoyando el libro sobre la mesa, y humedeciendo sus dedos, empezó a pasar las paginas rápidamente, hasta que llego a una sobre la cual apoyo su mano como si fuera un pesado pisapapeles.
-Vea, aquí- dijo y leyó en voz alta:

No dejaras que la bruja viva.”

-Está en el Éxodo, ahí está- agregó ella, dejando el libro abierto para confirmar lo que decía.

Bosworth siguió ansioso con la mirada a uno y a otro de las cuatro personas alrededor de la mesa. Era mas joven que cualquiera de ellos, y había estado mas en contacto con el mundo moderno; allá en Starkfield, en el bar de Fielding House, podía oírse reir con el resto de los hombres de este tipo de cuentos, un cuento de viejas brujas. Pero no por nada había nacido bajo la helada sombra de la Lonetop, había temblado y padecido el hambre durante toda su infancia sobreviviendo a los crudos inviernos del Condado Hemlock. Cuando sus padres murieron, y él tomó posesión de la granja, la había explotado mucho mejor que ellos al utilizar métodos de avanzada, y proveía de leche y vegetales a la creciente ola de turistas de verano en la zona de Stotesbury. Había llegado a ser concejal en North Ashmore, para ser un hombre tan joven tenía mucho prestigio en su condado. Pero las raíces de su antigua vida seguían ahí. Recordaba como de niño, solía ir con su madre a una tétrica granja en una colina pasando la casa del Sylvester Brand, donde la tía de la Sra. Bosworth, Cressidora Cheney, había sido confinada durante años en un cuarto vacío y frio con barrotes en las ventanas. Cuando el pequeño Orrin vio a su Tía Cressidora por primera vez era una mujer anciana blanca y pequeña, a quien su hermana solía “adecentar” para recibir a Orrin y a su madre. El niño se preguntaba por qué habían barrotes en la ventana. “Como un canario,” le decía a su madre. La frase hizo reflexionar a la Sra. Bosworth. “Creo que la Tía Cressidora está muy sola.” dijo, y la siguiente vez que subió la montaña con el pequeño niño le llevo a su tía abuela un canario en una jaula de madera. Fue algo emocionante, él sabía que eso la haría feliz.

El impávido rostro de la anciana se iluminó cuando vio el ave y sus ojos empezaron a brillar.
-Me pertenece- dijo al instante, estirando su suave y huesuda mano para tomar la jaula.

-Claro que si, tía Cressy- dijo la Sra. Bosworth, con satisfacción en sus ojos.

Pero el ave se espantó por la sombra de la mano de la anciana, y empezó a aletear y graznar. Al ver esto, el placido rostro de la tía Cressidora se transformó súbitamente en un espiral de enfurecidas muecas. -¡Diabla, eres tú!-gritó con un agudo chillido y arrebatando la jaula con su mano, arrastró fuera a la aterrorizada ave y le rompió el cuello. Cuando retiraron al pequeño Orrin del cuarto ella le estaba arrancando las plumas y chillando ruidosamente -¡Diabla, diabla!. Cuando bajaron de la montaña su madre lloró mucho y le dijo “nunca debes decirle a nadie que la tía está loca, o los hombres vendrán y la llevaran al asilo de Starkfield, y la vergüenza caerá sobre todos nosotros. Promételo.” El niño lo prometió.

Recordó esa escena en ese momento, con ese ambiente cargado de misterio, secretismo y rumor. Parecía conectarse con un gran cantidad de cosas enterradas profundamente en sus pensamientos, cosas que tomaban un nuevo sentido ahora, sentía que todos los ancianos que había conocido hasta entonces y otras personas “que creían en ese tipo de cosas.” Podrían tener razón después de todo. ¿Qué acaso no quemaron a una bruja en North Ashmore? Por qué sino vendrían tantos turistas todos los veranos, alegremente dispuestos a conocer el sitio donde se celebró el juicio, el estanque donde se intentó ahogarla para descubrir que no podía hundirse. El Diacono Hibben creía; Bosworth estaba seguro. Si no fuera así, ¿por qué las personas de distintos lugares acudían a él cuando sus animales sufrían extrañas enfermedades, o cuando una familia tenía que recluir a uno de sus niños porque caían enfermos y tiraban espuma de la boca? Si, a pesar de su religión, el Diacono Hibben sabía…

¿Y Brand? El recuerdo le vino a Bosworth al instante: la mujer que fue quemada en North Ashmore, su nombre era Brand. De la misma familia, no hay duda; los Brands han vivido en el Condado de Hemlock desde que el hombre blanco llego a estas tierras. Y Orrin, cuando era niño, recordó oír que sus padres decían que Sylvester Brand no debería haberse casado con su propia prima, por razones de sangre. Pero sin embargo la pareja había tenido dos saludables hijas, y cuando la Sra. Brand, convaleció y murió nadie sugirió que estuviera mal de la cabeza. Vanessa y Ora eran las chicas mas hermosas de estos lares. Brand lo sabía, empezó a escatimar gastos y ahorró todo lo que pudo para enviar a Ora, la mayor, a Starkfield a estudiar para ser contable. “Cuando ella se casé, te enviaré a ti,” le decía a la pequeña Venny, que era su favorita. Pero Ora nunca se casó. Estuvo lejos durante tres años, mientras Venny deambulaba por las colinas de Lonetop; y cuando Ora finalmente regresó, cayó enferma y murió, ¡pobre chica! Desde entonces Brand se habia vuelto salvaje y taciturno. Era un granjero muy trabajador, pero no había mucho que cultivar en las áridas tierras de Bearcliff. Dicen que se volcó a la bebida desde la muerte de su esposa; los hombres lo ven ocasionalmente en los bares de mala muerte en Stotesbury. Pero no muy seguido. Pero en el mientras tanto, trabajaba duro en esas tierras rocosas y hacía lo mejor para sus hijas. En el descuidado cementerio del Cold Corners había una lapida torcida con el nombre de su esposa, y muy cerca, desde hace un año, fue donde enterró a su hija mayor. Los aldeanos suelen verlo caminar lentamente entre las tumbas al amanecer y mirar fijamente las dos lapidas. Pero nunca les llevó flores o plantó arbustos, y tampoco Venny. Era demasiado salvaje e ignorante…

La Sra. Rutledge repetía:
-Está en el Éxodo.

Los tres visitantes permanecieron en silencio, sus temblorosas manos jugaban con sus sombreros. Rutedge seguía mirándolos, con esa mirada vacía y diáfana que aterrorizaba a Bosworth. ¿Qué es lo veía?

-¿Qué acaso ninguno de ustedes tiene el valor…?- estalló su esposa histérica.

El Diacono Hibben levantó su mano.
-No es eso Sra. Rutledge. No es una cuestión de tener valor. Lo que queremos antes que nada… es una prueba…

-Eso mismo- dijo Bosworth, con una explosión de alivio, como si esas palabras hubieran quitado un oscuro y pesado objeto de su pecho. Involuntariamente, los ojos de ambos hombres se posaron sobre Brand, que sonreía sombríamente pero sin hablar.

-¿No es así Brand?- dijo el Diacono dándole el pie.

-¿Pruebas de que los fantasmas caminan por ahí?- dijo el otro con desdén.

-Bueno, imagino que usted también quiere resolver este asunto, ¿o no?

El viejo granjero se incorporó en su silla.
-Si… si quiero. Pero no sé nada de espiritismo. ¿Cómo diablos planea resolverlo?

El Diacono dudo, entonces dijo, en un tono bajo e incisivo:
-No veo otra alternativa que la de la Sra. Rutledge.

Silencio.

-¿Qué?-dijo Brand nuevamente con desdén-. ¿Espiarlo?

La voz del Diacono se hizo aun mas tenue-. Si la pobre chica efectivamente camina… es tu hija… ¿no quieres ser el primero en ver que descanse?-Todos conocemos casos como este… visitas misteriosas… ¿o acaso alguno de nosotros puede negarlo?

-Yo los he visto-intercedió la Sra. Rutledge.

Hubo otra larga y silenciosa pausa. Entonces Brand, con la mirada fija en Rutledge-. Escuchame, Saul Rutledge, vamos a aclarar este asunto de una vez, esa maldita calumnia, o te las veras conmigo. Dices que mi hija muerta viene a ti-. Respiro dificultosamente y dijo nervioso:
-¿Cuándo? Dime eso y estaré aquí.

La cabeza de Rutledge decayó un poco, y sus ojos deambularon hacia la ventana-. Casi siempre cerca del atardecer.

-¿Lo sabes con anticipación?

Rutledge asintió levemente.

-Bien ¿mañana sera entonces?-Rutledge volvió a asentir.

Brand se volvió hacia la puerta-. Ahí estaré- Eso fue todo lo que dijo. Se levantó y caminó entre ellos sin volverse a mirar o a decir una palabra. El Diacono Hibben miró a la Sra. Rutledge-. Nosotros también- dijo, como si ella le hubiera preguntado, pero ella no había dicho una palabra y Bosworth vio que su delgado cuerpo temblaba por completo. Se alegró cuando él y Hibben se encontraron afuera, entre la nieve.

III

Pensaron que Brand quería que lo dejaran solo, y le dieron tiempo a que desenganchara su caballo mientras simulaban demorarse en el portal de la casa mientras Bosworth buscaba una pipa en sus bolsillos que no tenía intención de encender.

Pero Brand se volvió hacia ellos y les dijo-.¿Nos encontramos mañana en el estanque Lamer?-sugirió-. Quiero testigos. Cerca del atardecer.

Asintieron en conformidad, y él se subió a su trineo, ay cabalgó bajo los arboles rebosantes de nieve. Los otros dos hombres buscaron entonces sus caballos en el cobertizo.

-¿Qué piensa de todo este asunto Diacono?-preguntó Bosworth para romper el silencio.

El Diacono sacudió la cabeza-. El hombre está enfermo, eso es seguro. Algo le está succionando la vida hasta dejarlo seco.

Pero una vez afuera, con el frio penetrante en su rostro, Bosworth se sintió un poco mas en control. “En mi opinión tiene un severo caso de fiebre como usted sugirió.”

-Bueno, fiebre de la mente entonces. Una enfermedad mental.

Bosworth se encogió de hombros-. No sería el primero en el Condado Hemlock.

-Así es-acordó el Diacono-. Es un gusano de la mente, se llama soledad.

-Bien, lo sabremos mañana a esta hora, tal vez-dijo Bosworth. Se trepó a su trineo, y estaba listo para partir cuando escuchó que su compañero lo llamaba. El Diacono le explicó que su caballo había perdido una herradura, y le pidió que lo llevara a una herrería cerca de North Ashmore; siempre y cuando no lo alejara demasiado de su camino. No quería que su yegua se patinara en la nieve y es probable que el herrero lo llevara de vuelta hasta el cobertizo de Rutledge. Bosworth le hizo lugar bajo la piel de oso y se alejaron dejando atrás los relinchos de la confundida vieja yegua del Diacono.

El camino que tomaron no era el que Bosworth hubiera tomado para llegar a su hogar. Pero no le importo. El camino mas corto para llegar a la herrería pasaba cerca del estanque Lamer, y ya que estaba comprometido con el asunto, Bosworth se desvío para dar un vistazo. Entraron silenciosamente.

La nieve había dejado de caer, y un atardecer verdoso se extendía en lo alto del cielo de cristal. Una ventisca de copos helados los envolvió justo cuando atravesaban el claro, pero cuando descendieron en la hondonada junto al estanque Lamer, el aire está totalmente en calma y silencioso. Avanzaron lentamente, cada uno inmerso en sus pensamientos.

-¿Esa es la casa, esa derruida choza de ahí, supongo?-dijo el Diacono, cuando el camino los acercaba al extremo de un estanque congelado.

-Si, esa es la casa. Un extraño ermitaño la construyó hace muchos años, según lo que me contó mi padre. No creo que alguien haya vivido en ella ademas de los gitanos.

Bosworth tiró las riendas de su caballo, y se sentó ahí a mirar como el ocaso teñía de luz purpura la derruida estructura a través de los arboles de pino. Aunque el crepúsculo yacía entonces bajo la linea de los arboles el claro seguía ligeramente iluminado. Entre la figura claramente definida de dos pinos pudo ver la estrella del atardecer, como un bote blanco en un mar verde.

Su mirada descendió de ese insondable cielo y siguió las ondulaciones azul y blancas de la nieve. Esto le dio una curiosa y agitada sensación, el pensar que aquí, en esta helada desolación, en esta derruida casa por la cual había pasado frecuentemente sin volverse dos veces sin reparar en ella, se estaba forjando un oscuro misterio, demasiado profundo para entenderlo. Desde esa colina, desde el cementerio de Cold Corners, el ser que llaman “Ora” debía bajar hasta el estanque. Su corazón empezó a latir en forma sofocante. De repente, exclamó: “¡Mira!”

Saltó de su caballo y se tambaleó por el sendero hacia la pendiente nevada. En ella, en dirección a la casa del estanque, detectó las pisadas de una mujer, dos, luego tres, y mas. El Diacono se apresuró junto a él y ambos observaron.

-¡Dios… pies descalzos!-dijo Hibben casi sin aliento-. Es.. es la muerta…

Bosworth no dijo nada. Pero sabía que ninguna mujer viva podría haber cruzado el congelado bosque descalza. Aquí y allá, estaba la prueba que el Diacono pedía, la habían conseguido. ¿Qué harían entonces con ella?

-Si nos acercáramos un poco mas, donde termina el estanque, mas cerca de la casa- propuso el Diacono con la voz apagada-.Quizás entonces…

La postergación era un alivio. Se subieron al trineo y condujeron. Unos doscientos metros mas adelante, un sendero cubierto por arbustos, giraba abruptamente a la derecha, siguiendo la curva del estanque. Cuando tomaron la curva vieron el trineo de Brand delante de ellos. Estaba vacío, y el caballo atado a un árbol. Los dos hombres se miraron el uno al otro. Este lugar no estaba ni remotamente cerca del hogar de Brand.

Evidentemente había actuado con el mismo impulso que los había llevado a ellos a acercarse al estanque, y aventurarse en la casa abandonada. ¿sera que él también había descubierto las pisadas espectrales? Quizás era esa la razón por la cual había abandonado su trineo y desaparecido en dirección a la casa.

Bosworth temblaba bajo su piel de oso-.Desearía que no estuviera a punto de oscurecer- murmuró. Condujo su caballo junto al de Brand, y sin mediar palabra, él y el Diacono se abrieron paso en la nieve, siguiendo las enormes huellas de Brand. Estaba apenas a unos metros de él. No los había escuchado llegar y cuando ellos lo llamaron por su nombre se detuvo en seco y se dio vuelta, su pesado rostro lucía confundido y apagado, como una mancha oscura en el atardecer. Los miro inexpresivamente, sin sorpresa alguna.

-Quería ver el lugar-dijo simplemente.

El Diacono se aclaró la garganta-.Dar un vistazo, si… pensamos lo mismo… pero supongo que no habrá nada que ver…- dijo intentando aliviar la tensión.

El hombre no pareció oírlo y siguió caminando laboriosamente hacia los pinos. Los tres hombres se reunieron en el claro frente a la casa. Cuando emergieron de entre los arboles parecían haber dejado atrás la noche. La estrella del atardecer iluminaba la nieve inmaculada, y Brand, se detuvo en ese circulo brillante y señalo las mismas suaves pisadas que se dirigían hacia la casa, el rastro de una mujer en la nieve. Se quedo ahí intentando digerir lo que había visto-. Pies descalzos…- dijo.

El Diacono, dijo con la voz temblorosa: “Los pies de un muerto.”

Brand se quedó inmovil-. Los pies de un muerto-repitió.

El Diacono Hibben apoyó su atemorizada mano sobre su brazo-. Vámonos de aquí, Brand, por el amor de Dios, vámonos de aquí.”

El padre se quedo ahí, mirando detenidamente las tenues huellas sobre la nieve, ligeras como las de un zorro o una ardilla en esa blanca inmensidad. Bosworth pensó para si mismo “los vivos no pueden dejar huellas tan livianas, ni siquiera Ora Brand, cuando vivía…” el frío le llegaba hasta la médula. Sus dientes castañeaban.

Brand se movió abruptamente y gritó “¡Ahora!”, moviéndose como dispuesto a atacar, con la cabeza inclinada hacia adelante cargando como un toro.

-¿Ahora, ahora?¿Vamos a entrar?-dijo el Diacono casi sin aliento-. ¿Para qué? El dijo que vengamos mañana…- dijo temblando como una hoja.

-Lo haremos ahora- dijo Brand. Se abalanzó hacia la puerta de la casa, la empujo y encontró una inesperada resistencia y embistió entonces con su pesado hombro. La puerta colapso como un naipe y Brand cayó en la oscuridad de la cabaña. Los otros, después de un breve titubeo, lo siguieron.

Brand nunca supo bien en que orden se sucedieron los siguientes eventos. Salieron de la enceguedora nieve, para sumergirse en una oscuridad total. Caminó tanteando a través del umbral, se clavó una filosa astilla en la palma de su mano, le pareció ver algo blanco y espectral surgir del rincón mas oscuro de la cabaña y entonces escuchó un disparo de revolver junto a él, y un grito…

Brand había regresado, y caminaba ahora junto a él a la luz del día que aun prevalecía. El ocaso, se filtraba repentinamente entre los arboles, dándole a su rostro un tono carmesí, como la sangre. Tenía un revolver en su mano y lo miró estúpidamente.

-Parece que si caminan, entonces- dijo y empezó a reír. Bajo la cabeza para examinar el arma-.Mejor aquí que en el compostario. Ahora no podrán desenterrarla-dijo aullando. Los dos hombres lo tomaron de los brazos y Bosworth le quitó el revolver.

IV

Al día siguiente, Loretta, hermana de Bosworth que a la vez mantenía su casa, le preguntó cuando este llego para almorzar, si había oído las ultimas noticias.

Bosworth había estado cortando madera toda la mañana, y a pesar del frio y la nieve incesante que había empezado a caer nuevamente durante la noche, estaba cubierto en sudor helado como un hombre recuperándose de la fiebre.

-¿Qué noticias?

-Venny Brand ha caído enferma de neumonía. El Diacono la visitó. Al parecer está muriendo.

Bosworth la miro indiferente. Parecía alguien tan lejana, muy muy lejana-. ¿Venny Brand?-repitió.

-Nunca te ha agradado, Orrin.

-Es una niña. No la conozco demasiado.

-Bueno-repitió su hermana, con el ingenuo deleite que las personas con poca imaginación abordan las malas noticias-, parece que está muriendo-. Y agregó después de una pausa: “Esto va a matar a Sylvester Brand, se va a quedar solo en esa montaña.”

Bosworth se levantó y dijo: “Voy a ver como va el tratamiento medico del caballo.” Y salio caminando bajo la nieve que caía incesantemente.

Venny Brand fue enterrada tres días después. El Diacono leyó en el funeral; Bosworth fue uno de los que cargo el féretro. Toda la población rural asistió, la nieve había dejado de caer, y en cualquier temporada, un funeral siempre es una buena oportunidad para salir que las personas no dejan pasar. Ademas, Venny Brand era joven y hermosa, por lo menos algunas personas creían que era hermosa, y que haya muerto de esa manera, tan repentina, tenía la fascinación que despierta la tragedia.

-Dicen que sus pulmones se llenaron rápidamente… parece que ya había tenido problemas en los bronquios… siempre dije que ambas chicas eran frágiles… mira a Ora, enfermó y colapsó, es un lugar frío ahí arriba en la estancia de los Brand… su madre, ella también, languideció y murió de la misma forma. Parece que nadie llego a ser viejo en la familia materna… ahí está el joven Bedlow; dicen que Venny y él estaban comprometidos… oh, Sra. Rutledge, disculpe… pase adelante y tome asiento… hay un asiento para usted junto a la abuela…

La Sra. Rutledge avanzaba con un deliberado paso lento por el angosto pasillo de la lúgubre iglesia de madera. Se había puesto su mejor tocado, una estructura monumental que nadie había visto en público desde el funeral de la vieja Sra. Silsee, tres años antes. Todas las mujeres lo recordaban. Bajo su alto tocado, su rostro angosto, colgando de su delgado cuello, se veía aun mas blanco que de costumbre; pero su aire de inquietud se había convertido en una apropiada expresión de penosa inmovilidad.

-Parece como si un escultor la hubiera tallado para decorar la lapida de Venny-pensó Bosworth mientras pasaba a su lado, y tembló ante la sepulcral idea. Cuando se inclinó sobre su libro de cánticos, sus parpados le recordaron a los ojos de mármol, sus huesudas manos que sostenían el libro estaban desprovistas de sangre. Bosworth no había vuelto a ver manos como esa desde que la vieja tía Cressidora Cheney estranguló al canario por aletear.

El servicio terminó, el ataúd de Venny Brand había sido depositado en la tumba de su hermana, y los vecinos se dispersaban lentamente. Bosworth, siendo parte del cortejo, se sintió obligado a quedarse y dedicarle unas palabras al dolido padre. Espero hasta que Brand se hubo apartado de la tumba con el Diacono a su lado. Los tres hombres reunidos en ese momento; pero ninguno dijo una palabra. El rostro de Brand era la puerta cerrada de una bóveda y sus arrugas las barras de hierro.

Finalmente el Diacono tomó su mano y dijo: “El Señor nos da…”

Brand asintió y se volvió hacia el cobertizo donde descansaban los caballos. Bosworth lo siguió-. Déjame acompañarte a casa- sugirió.

Brand volteó ligeramente su cabeza-. ¿A casa? ¿qué casa?-dijo, y los demás retrocedieron.

Loretta Bosworth estaba hablando con otras mujeres mientras los hombres sacudían a los caballos y acomodaban los trineos para partir bajo la cruenta nevada. Mientras Bosworth la esperaba, vio a unos metros de distancia, el alto tocado de la Sra. Rutledge predominante entre el grupo. Andy Pond, peón de la granja Rutledge, acomodaba su trineo.

-¿Saul no ha venido hoy, Sra. Rutledge?-preguntó uno de los ancianos de la aldea, volviendo su benevolente cabeza de tortuga sobre un avejentado cuello hacia el rostro de mármol de la Sra. Rutledge.

Bosworth la escuchó medir su respuesta en un tono lento e incisivo-. No. El Sr. Rutledge no está aquí. Hubiere venido, sin falta, pero enterraron a su tía Minorca Cummins en este mismo día en Stotesbury y tuvo que ir hasta allá. A veces se siente como si todos estuviéramos caminando bajo la Sombra de la Muerte ¿no le parece?

Mientras caminaba hacia su trineo, donde Andy Pond ya la esperaba sentado, el Diacono se le acerco con notables titubeos. Involuntariamente, Bosworth también se acerco. Escuchó que el Diacono decía: “me alegra oír que Saul ya está en condiciones de levantarse y viajar.”

Ella volvió su pequeña cabeza sobre su rígido cuello y levantó sus parpados de mármol.

-Si, supongo que duerme mejor ahora, y ella también, quizás, ahora que ya no esta ahí tan sola-agregó en voz muy baja, con un repentino movimiento del mentón señalando la mancha oscura fresca en la nieve del cementerio. Se subió al trineo y en voz muy clara le dijo a Andy Pond: “ya que estamos aquí deberíamos dar una vuelta y comprar una caja de jabón en lo de Hiram Pringles.”

Edith Wharton (1862- 1937) fue una reconocida escritora neoyorquina, ganadora de un premio Pulitzer por sus novelas costumbristas que satirizaban a las clases altas de la que ella misma formaba parte. A su vez, escribió mas de cincuenta relatos de terror sobrenatural, como el que presentamos en esta ocasión.