El Tío James o El extraño purpura

Por Edith Nesbit

Publicada originalmente en The book of the dragons en 1901.

La princesa y el hijo del jardinero jugaban en el patio trasero.

-¿Qué vas a ser cuando crezcas, princesa?-preguntó el hijo del jardinero.

-Me gustaría casarme contigo, Tom-dijo la Princesa-.¿Te molestaría?

-No-dijo el hijo del jardinero-. No me molestaría para nada. Me casare contigo si quieres, si es que tengo tiempo.

Lo que quería decir es, cuando creciera, Tom quería ser general y poeta y Primer Ministro y almirante e ingeniero civil. Mientras tanto, era el primero en todas sus clases en la escuela, e insuperable en geografía.

La princesa Mary Ann, por su parte, era una niña pequeña y muy buena, y todos la amaban. Siempre era amable y educada, incluso con su tío James y otras personas que no le agradaban mucho, y aunque no era muy lista, para ser princesa, siempre intentaba hacer sus tareas. Incluso cuando sabía perfectamente que no podría hacerlas, de todas formas lo intentaba, y a veces, por algún afortunado accidente estas terminaban hechas. La princesa tenía muy buen corazón, siempre era muy amable con sus mascotas. Nunca golpeó a su hipopótamo cuando rompió sus muñecas con sus alegres brincos, y nunca olvida alimentar a sus rinocerontes que dormían en su pequeña madriguera en el patio trasero. Su elefante era muy devoto con ella, a veces Mary Ann enfurecía a su niñera y contrabandeaba al pequeñín a su cama para dormir con ella, con su largo trompa sobre su cuello y su bella cabeza acunada sobre sus oído derecho.

Cuando la princesa se había comportado bien durante toda la semana, ya que al igual que las demás niñas bien portados a veces ella también hacia travesuras, pero sin ser malvada, la Niñera la dejaba que su amiguito la visitara los miércoles bien temprano por la mañana y pasara todo el día, porque el miércoles era el ultimo día de la semana en ese país. Entonces, por la tarde, cuando todos los pequeños duques y duquesas, los marqueses y las condesas habían terminado sus budines de arroz y se habían lavado las manos y la cara, la Enfermera les decía: “ahora, corazones, ¿qué les gustaría hacer esta tarde?” como si no lo supiera. La respuesta siempre era la misma:

“Vamos a los Jardines Zoológicos a montar conejillos de india y alimentar a los conejos y escuchar como duermen los lirones.”

Se quitaron los mandiles y salieron todos rumbo a los Jardines Zoológicos, donde veinte a la vez montaban al conejillo de india, y donde incluso los mas pequeños pudieron alimentar a los inmensos conejos, si algún adulto era lo suficientemente amable para levantarlos.

Siempre había alguien para levantarlos, porque en Rotundia todos eran amables, todos excepto uno.

Ahora que has leído hasta aquí, sabrás para entonces, que el Reino de Rotundia es un lugar extraordinario, y si eres un niño atento, como seguramente lo eres, no necesitas que te diga que es lo mas extraordinario de ese reino. Pero en caso de que no seas un niño tan atento, y es totalmente posible de que así sea, te diré de una vez que es lo extraordinario. ¡Todos los animales del reino son del tamaño equivocado! Y así fue como sucedió.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando nuestro mundo estaba hecho de tierra suelta, aire, fuego y agua todo junto y mezclado como un budín, y girando y girando como un trompo, un trozo de tierra se desprendió y salió girando por sí mismo a través del agua, que apenas estaba empezando a esparcirse y a convertirse en el mar que conocemos.  

Y mientras el trozo de tierra salió desprendido, dio vueltas y vueltas tan fuerte como pudo, hasta que chocó contra un enorme trozo de roca muy dura que se había desprendido de otra parte de la mezcla budinesca, y tan dura era la roca e iba tan rápido que se clavo de punta en el trozo redondo de tierra y asomo por el otro lado, por lo que las dos juntas eran como una cumbre giratoria muy pero muy grande.

Me temo que esa información haya resultado un poco aburrida pero saben que la geografía nunca es muy entretenida, y después de todo, debo darles un poco de información, incluso en un cuento de hadas como este, le da un poco de sabor.

En fin, cuando la roca puntuda atravesó el trozo redondo de tierra el impacto fue tal que ambos salieron volando por el aire, aire que apenas se estaba acomodando en el lugar que le correspondía, como el resto de las cosas, solo, por cuestiones del azar, olvidaron en que dirección estaban girando y empezaron a girar en la dirección contraria. En ese momento, el Centro de Gravedad, un enorme gigante que administraba todo el asunto, se despertó en el centro de la tierra y empezó a gruñir.

-Apúrense-dijo-. Bajen y quédense quietos ¿quieren?

Entonces la roca con el trozo de tierra redondo cayeron al mar, y la punta de la roca calzo justo en el rocoso fondo del mar, ahí giraron en la dirección equivocada otras siete veces hasta que se quedaron quietos. Ese trozo de tierra redonda se convirtió, después de millones de años, en el Reino de Rotundia.

Acá termina la lección de geografía. Y ahora un poco de historia natural, así no sentimos que estamos perdiendo nuestro tiempo. Por supuesto, las consecuencias de que la isla haya girado en la dirección equivocada fue que los animales que crecían en la isla crecían en los tamaños incorrectos. El conejillo de india, como saben, era tan grande como un elefante de los nuestros, y el elefante, su adorada mascota, era del tamaño de uno de esos tontos perritos, pequeños que las mujeres suelen cargan a veces en sus bolsos. Los conejos eran del tamaño de los rinocerontes y en todas partes de la isla habían hecho madrigueras tan grandes como túneles de ferrocarril. El lirón, por supuesto, era la criatura mas grande de todas. No puedo decirles lo grande que era. Aun si piensan en elefantes no les ayudaría a formarse una imagen. Por suerte había solo uno de ellos, y siempre estaba durmiendo. De lo contrario no creo que los Rotundianos hubieran podido con él. Así como estaba, le hicieron una casa, y se ahorraron el gasto de tener que pagarle a una banda para tocar, porque cuando el Lirón hablaba dormido nadie podría oírla de todas formas.

Los hombres, mujeres y niños de esta maravillosa isla eran del tamaño correcto, porque sus ancestros habían llegado con el Conquistador mucho tiempo después de que la isla se hubiera asentado y los animales crecido.

Ahora, la lección de historia natural ha terminado, y si has prestado atención sabes mas sobre Rotundia que todos sus habitantes, todos excepto tres; el Señor Jefe Maestro de Escuela, el tío de la Princesa, que era mago y sabía todo sin haberlo aprendido, y Tom, el hijo del jardinero.

Tom había aprendido mas en la escuela que cualquier otro porque deseaba llevarse el premio. El premio que ofrecía El Señor Jefe Maestro de Escuela era una Historia de Rotundia, un tomo bellisimamente compuesto, con el sello Real en el lomo. Pero después de ese día que la princesa dijo que quería casarse con Tom, el hijo del jardinero pensó y decidió que el mejor premio del mundo sería la princesa, y ese era el premio que Tom pretendía ganar, y cuando eres el hijo de un jardinero y quieres casarte con una princesa, descubrirás que mientras mas aprendas en la escuela mejor.

La princesa siempre jugaba con Tom los días en que los pequeños duques y marqueses no acudían a tomar el té, y cuando él le dijo que el primer premio estaba casi asegurado, ella aplaudió y dijo: “Querido Tom,tan bueno y brillante, mereces todos los premios. Te daré mi elefante mascota, y puedes quedártelo hasta que estemos casados.”

El elefante mascota se llamaba Fido, y el hijo del jardinero se lo llevo en el bolsillo de su abrigo. Era el elefantito mas adorable que hayan visto, media como quince centímetros. Pero era muy pero muy inteligente, y no podría haber sido mas inteligente aun si midiera un kilómetro de alto. Iba muy cómodo en el bolsillo de Tom, y cuando él metía la mano Fido enrollaba su trompa alrededor de su dedo con afecto y confianza tal que enternecían el corazón del niño. Ahora que contaba con el afecto del elefante y de la princesa, y el conocimiento de que al día siguiente recibiría el bellísimo tomo de la Historia de Rotundia, con el sello Real en el lomo, Tom apenas si podía pegar un ojo. Ademas, el perro ladraba desmesuradamente. Había solo un perro en Rotundia, el reino no podía mantener a mas de uno. Era uno de esos chihuahuas mejicanos, del tipo que en otras partes del mundo solo median quince centímetros desde su adorable hocico hasta la punta de su hermosa cola, pero en Rotundia era mas grande de lo que esperaría que ustedes crean. Y cuando ladraba, su ladrido era tal que llenaba la noche y no dejaba lugar para dormir, soñar o siquiera conversar, nada de nada. Nunca le ladraba a las cosas que sucedían en la isla, era demasiado sensato para eso, pero cuando los barcos navegaban en la oscuridad y se acercaban mucho a las rocas en el extremo de la isla, ladraba una o dos veces, para hacerles saber que no podían hacer lo que quisieran.

Pero esa noche en particular, ladró, ladró y ladró, y la princesa dijo “ay querido, querido, como desearía que parase, tengo tanto sueño.” Tom por su parte se dijo a sí mismo, “me pregunto que habrá pasado. Tan pronto haya luz saldré a ver.”

Para cuando finalmente llegó la luz del día, amarilla y rosa. Tom se levantó y salio rápidamente. Durante todo el tiempo que el perro había estado ladrando la casa se sacudía y las tejas del techo del palacio castañeaban como los tarros de leche en la carreta.

“Iré a ver al pilar” pensó Tom, mientras atravesaba el pueblo. El pilar, por supuesto, era la cima del trozo de roca que había atravesado Rotundia millones de años atrás, y la había hecho girar en dirección contraria. Estaba exactamente en el medio de la isla y sobresalía bastante de la superficie, y cuando estabas en la cima podías ve mucho mas lejos que cuando no.

Cuando Tom salió del pueblo y se internó en las colinas, pensó en que hermosa vista era la de los conejos en esa mañana brillante de rocío, jugando con sus crías al pie de sus madrigueras. No se acercó demasiado a ellos, por supuesto, porque cuando un conejo de ese tamaño juguetea no siempre mira por donde camina y fácilmente podría aplastar a Tom con un solo pie y luego sentirse muy apenado. Y como Tom era un niño amable no le hubiese gustado disgustar así al conejo. Incluso los escarabajos en nuestro país a menudo se quitan del camino cuando creen que estas a punto de pisarlos. Ellos también tienen buen corazón y no quieren que sientas pena por ellos.

Tom continuó su camino, mirando los conejos y viendo como la mañana se hacia cada vez mas roja y dorada. El perro ladró todo el tiempo, hasta que la campana de la iglesia sonó y la chimenea de la fabrica de manzanas se encendió.

Cuando Tom llegó al pilar, vio que no necesitaría escalar hasta la cima para descubrir porque ladraba el perro. Ahí mismo, junto al pilar, había un inmenso dragón purpura. Sus alas eran como viejos paraguas purpuras después de una buena lluvia, y su cabeza era muy grande y calva, como un hongo purpura, y su larga cola, que era muy pero muy larga y delgada parecía un látigo, como los que se usan en los carruajes.

Estaba lamiendo una de sus alas tipo paraguas, y cada tanto dejaba escapar un gemido de dolor y se recostaba sobre el pilar de roca como si fuera a desmayarse. Tom entendió de inmediato lo que había sucedido. Una bandada de dragones purpura debe haber volado sobre la isla durante la noche y este pobrecito debió haberse estrellado contra el pilar de roca y se había roto un ala.

Todos son amables con todos en Rotundia, y Tom no le temía al dragón, aunque nunca había hablado con uno antes. Los había visto volar sobre el océano con frecuencia, pero nunca pensó que iba a conocer a uno en persona.

Entonces le dijo “me temo que no te ves muy bien.”

El dragón sacudió su enorme cabeza. No podía hablar, pero como todos los demás animales, entendía lo suficiente cuando quería.

-¿Puedo traerte algo?-preguntó Tom, amablemente.

El dragón abría grande sus ojos purpuras con una sonrisa inquisidora.

-Un bollo de pan, o dos-dijo Tom en forma de propuesta-. Hay un hermoso árbol de pan aquí cerca.

El dragón abrió su enorme boca purpura y se lamió los labios purpuras, así que Tom corrió y sacudió el árbol de panes y regresó rápidamente con un puñado de panes recién cortados y a la pasada también cosecho algunos de tipo Bath que crecían en los arbustos bajos cerca del pilar.

Otra consecuencia, evidentemente, de que la isla haya girado en el sentido equivocado es que todas las cosas que había que hacer como los bollos de pan, las tortas y galletas, crecían en arboles y arbustos, pero en Rotundia tenían que fabricar los coliflores, repollos, zanahorias, manzanas y cebollas, así como nuestros cocineros hacen los budines y tartas.

Tom le dio los bollos al dragón y le dijo: “Toma, come un poco. Pronto te sentirás mejor.”

El dragón se comió los bollos, asintió en forma poco elegante y empezó a lamer su ala nuevamente. Tom lo dejo ahí y volvió al pueblo con la novedad, todos estaban muy emocionados por tener un dragón de verdad en la isla, algo que no había sucedido nunca antes, así que todos fueron a verlo, en lugar de asistir a la entrega de premios y el Señor Maestro de Escuela fue con ellos. Llevaba consigo el libro de Historia de Rotundia, lo tenía en el bolsillo, envuelto en piel de becerro, con el sello Real en la tapa, se le cayó por accidente y el dragón se lo comió, así que Tom nunca recibió su premio después de todo. Para colmo al dragón ni siquiera le gustó.

-Quizás sea para bien-dijo Tom-. Quizás no me hubiese gustado el premio de haberlo recibido.

Por esas casualidades, era miércoles, por lo que cuando a los amigos de la princesa les preguntaron que querían hacer, todos los pequeños duques y marqueses dijeron “Vamos a ver al dragón.” Pero las pequeñas duquesas y marquesas, y condesas no querían porque le tenían miedo.

Entonces, la princesa Mary Ann habló con un aire de realeza y dijo; “no sean tontas, solo en los cuentos de hadas e historias inglesas hay personas malvadas que se lastiman los unos a los otros. En Rotundia todos son amables, y nadie tiene nada que temer, excepto que se porten mal, entonces lo que nos pase es por nuestro propio bien. Vayamos todos a ver al dragón. Podemos llevarle unos caramelos ácidos.” Así que fueron. Y todos esos niños con titulo se turnaron para darle caramelos ácidos al dragón,que se sintió halagado y agradecido, así lo demostró moviendo su larguísima cola purpura, es decir, lo mas que podía moverla. Pero cuando fue el turno de la princesa de darle un caramelo ácido al dragón, este esbozó una sonrisa muy grande y agitó el ultimo tramo de su larguísima cola purpura, como diciendo, “que amable, gracias pequeña princesa.”Pero muy en el fondo de su malvado corazón purpura estaba diciendo “que amable, pequeña y sabrosa princesa, preferiría comerte a ti en vez de estas tontos caramelos.” Pero claro, nadie podía oírlo, excepto por el tío de la princesa, que como era un mago estaba acostumbrado a escuchar detrás de las puertas. Era parte de su negocio.

Ahora, recuerdan que les dije que solo había una mala persona en todo Rotundia, bueno en este punto de la historia ya no puedo ocultarles mas que esta persona Mala muy Mala era el mismísimo tío de la princesa, el tío James. Los magos siempre son malos, como sabrán de leer cuentos de hadas, y algunos tíos también son malos, como el de Los niños del bosque o el de las Tragedias de Norfolk,donde por lo menos un James era malo, como habrán aprendido de la historia. Y cuando alguien es mago, es tío y encima se llama James, no puedes esperar nada bueno de alguien así. Es el malo mas malo de todos y no tiene buenas intenciones.

Hacia mucho que el tío James quería deshacerse de la princesa y quedarse con el reino para sí mismo. No le interesaban muchas cosas, un buen reino era casi lo único que le importaba, pero nunca había encontrado la manera de quedárselo, porque todos en la isla eran tan buenos que los hechizos no funcionarían, resbalarían sobre esos intachables isleños como el agua por el lomo de un pato. Ahora, sin embargo, el tío James pensó que podía haber una posibilidad, porque ya no era el único malvado de la isla, ahora habían dos y podían ayudarse mutuamente, él y el dragón. No dijo nada, pero intercambio una significativa mirada con él y todos se fueron a casa a tomar el té. Y nadie vio esa mirada significativa excepto Tom.

Tom se fue a casa y le contó a su elefante sobre lo que vio. La criatura inteligente lo escuchó cuidadosamente y entonces escalo desde su regazo a la mesa, donde reposaba el calendario ornamental que la princesa le había regalado a Tom como regalo de Navidad. Con su pequeña trompa, el elefante señaló una fecha, el quince de agosto, el cumpleaños de la princesa, y miró ansiosamente a su amo.

-¿Qué sucede pequeñín?-dijo Tom, y el sagaz animalito repitió su gesto. Hasta que Tom entendió.

-¿Dices que algo va a suceder en su cumpleaños? Esta bien, voy a estar muy atento entonces.

Y así lo hizo.

Al principio, los habitantes de Rotundia estaban encantados con el dragón que vivía junto al pilar y se alimentaba solo de los bollos del árbol, pero de a poco empezó a deambular por otros lugares. Se metía en las madrigueras de los grandes conejos, donde los excursionistas que hacían deporte en las colinas veían solo su larga cola asomada de la madriguera, y antes que pudieran decir nada, éste asomaba su inmensa cabeza purpura por otro madriguera a sus espaldas y se mataba de risa. Y su risa no era una risa alegre. Esta especie de juego de escondidas divertía a las personas al principio pero con el tiempo empezó a molestarles, y sino sabes lo que eso significa, pregúntale a Mamá lo que sucede la próxima vez que quieras jugar a la gallinita ciega cuando tiene dolor de cabeza. El dragón había agarrado el habito de agitar su cola como las personas agitan un látigo, y esto también empezó a ser una molestia. Tiempo después, empezaron a faltar pequeñas cosas. Saben lo feo que es cuando faltan cosas, es feo cuando falta en la escuela, privada o no, y el reino que era público mucho peor. Al principio no eran grandes cosas, algunos elefantes, un hipopótamo o dos, algunas jirafas, cosas así. No era demasiado pero las personas estaban incomodas. Entonces, un día, el conejo preferido de la princesa, llamado Frederick, desapareció misteriosamente, y después de eso, llegó la terrible mañana en que el perro también desapareció. Había estado ladrando desde que el dragón había llegado a la isla y las personas se habían acostumbrado al ruido. Pero cuando dejo de ladrar, todos despertaron y fueron a ver que había sucedido con él. ¡Simplemente había desaparecido!

Un niño fue despachado a despertar al ejercito, para que salieran a buscarlo. ¡Pero el ejercito también había desaparecido! Ahora las personas empezaron a tener miedo. Entonces el tío James salió a la terraza del palacio y pronuncio un discurso. Dijo: “amigos,conciudadanos, no podemos seguir negando el hecho de que el dragón purpura es un pobre exiliado desahuciado e indefenso en nuestro país, y, ademas de eso, no es un dragón ordinario.

Las personas pensaron en la cola del dragón y se dijeron entre si, “escuchen, escuchen”

El tío James continuó: “Algo le ha sucedido a un amable e indefenso miembro de nuestra comunidad. No sabemos exactamente qué.”

Todos pensaron en el conejo Frederick y murmuraron.

-Las defensas de nuestro país han sido engullidas-dijo el tío James.

Todos pensaron en el pobre ejercito.

-Solo hay una cosa que podemos hacer-advirtió el tío James preparándose para ir al punto-. ¿Podremos perdonarnos a nosotros mismos si por descuidarnos y no tomar una simple precaución perdemos mas conejos, o peor, perdemos nuestra armada, nuestra policía o nuestro escuadrón de bomberos? Desde ya les advierto que el dragón purpura no tendrá respeto por nada, por mas sagrado que sea.

Todos se quedaron pensando, hasta que alguien dijo “¿Y cuál sería esa simple precaución?”

Entonces el tío james dijo: “Mañana es el cumpleaños del dragón. Está acostumbrado a recibir un obsequio para su cumpleaños. Si recibe uno va a querer llevárselo para mostrárselo a sus amigos, y de esa manera alzará vuelo y jamas volverá.”

La multitud alentó salvajemente, y hasta la princesa aplaudió desde su balcón.

-El regalo que el dragón espera-dijo el tío james-, es uno muy costoso. Pero, cuando se lo demos, no puede ser de mala gana, especialmente si se lo damos a un visitante. Lo que el dragón quiere es una princesa. Tenemos solo una princesa, es verdad, pero que mal haríamos si nos ponemos testarudos en momentos como estos. Y es algo que no nos costará ni un centavo. Nuestra disposición en entregar a la princesa solo mostrara el nivel de generosidad que tenemos.

La multitud se largo a llorar, porque amaban a la princesa, aun cuando entendieron que su principal obligación era ser generosos y darle al pobre dragón lo que necesitaba.

La princesa empezó a llorar, porque no quería ser el regalo de nadie, y mucho menos de un dragón purpura. Tom empezó a llorar también pero porque estaba furioso.

Se fue directo a casa y le contó todo a su pequeño elefante, éste intento animarlo y ambos se quedaron absortos mientras giraba un trompo sobre la punta de su trompa. Esto le dio una idea.

Temprano por la mañana, Tom fue al palacio. Miro en dirección a las colinas, ya casi no habían conejos jugando ahí, recolectó rosas blancas y las arrojó a la ventana de la princesa hasta que ella despertó y se asomó.

-Ven aquí y dame un beso-dijo ella.

Entonces, Tom escalo el rosal blanco y besó a la princesa a través de la ventana, le dijo: “Y que cumplas muchos mas.”

Entonces Mary rompió en llanto y dijo: “Oh Tom, ¿por qué me dices eso? Cuando bien sabes que…”

-Eso si que no-dijo Tom-. Mary Ann, mi bella princesa, ¿crees que no voy a hacer nada mientras el dragón recibe su regalo de cumpleaños? No llores, ¡mi pequeña Mary Ann! Fido y yo hemos arreglado todo. Solo tienes que hacer lo que te digamos.

-¿Eso es todo?-dijo la princesa-. Eso es fácil, es lo que hago siempre.

Entonces Tom le contó su plan. Y ella lo beso una y otra vez.

-Eres muy listo querido Tom, brillante-dijo ella-. Que contenta estoy de haberte dado a Fido. Ustedes dos me han salvado. ¡Los quiero!

La mañana siguiente, el tío James se puso su mejor abrigo y sombrero, y un chaleco con una serpiente dorada bordada, era un mago después de todo, y le gustaban los chalecos coloridos. Llegó entonces con un carruaje a buscar a la princesa.

-Ven aquí pequeña regalo de cumpleaños-dijo tiernamente-. El dragón estará encantado. Veo que no estas llorando. Sabes, querida, nunca se es demasiado joven para aprender a pensar en la felicidad de los demás antes que la nuestra. No quisiera ver a mi pequeña sobrina convertirse en una niña egoísta, o siquiera pensar en negarle un gusto tan trivial a un pobre, y enfermo dragón, lejos de su hogar y sus amigos.

La princesa dijo que intentaría no ser egoísta.

El carro se dirigió entonces hasta el pilar, y ahí estaba el dragón,con su horrible cabeza purpura brillando al sol y su horrenda boca medio abierta.

El tío James dijo: “Buen día, señor. Le hemos traído un pequeño presente de cumpleaños. No nos gustaría dejar pasar semejante aniversario sin algo para recordarlo, especialmente con alguien que es un extraño en este lugar. Tenemos pocos recursos pero corazones muy grandes. Tenemos solo una princesa pero se la regalamos con todo gusto. ¿No es así niña?

La princesa asintió y el dragón se acerco un poco.

De repente, una voz gritó: “¡Corre!”, era Tom que había traído los conejillos de india del zoológico y un par de liebres belgas.

-Llegamos justo a tiempo-dijo Tom.

El tío james estaba furioso-.¿Con qué propósito…?-gritó-, interrumpe este acto formal con sus conejos y animales? Lárguese, mocoso entrometido, vaya a jugar con sus criaturas a otro lado.

Pero mientras le hablaba, los conejos lo rodearon, con su imponente tamaño, y lo apretaron entre ellos enterrándolo entre su grueso pelaje y casi lo ahogaron. La princesa, mientras tanto, había corrido hasta el otro lado del pilar y estaba mirando desde ahí para ver qué sucedía. Una multitud de personas había seguido el carruaje desde el pueblo y llegaban a la escena del “acto formal” justo en ese momento. Empezaron a gritar: “¡Eso no es justo, hay que ser justos! No podemos retractarnos de esta manera. ¿Quitarle lo que acabamos de darle? Está mal. Deja que el pobre y extraño dragón exiliado tenga su presente de cumpleaños.” Intentaron llegar hasta Tom pero el conejillo les bloqueó el camino.

-Si-gritó Tom-. Lo justo es genial. Y su pobre e indefenso dragón exiliado puede tener a la princesa, si es que puede atraparla. ¡Ahora, Mary Ann!

Mary Ann miró en dirección al pilar y llamo al dragón burlonamente: “¡Lero lero! No puedes atraparme,” y empezó a correr tan rápido como pudo con el dragón corriendo detrás. La princesa corrió durante medio kilómetro, se detuvo, dio vuelta alrededor de un árbol y corrió devuelta hacia el pilar y lo rodeó, con el dragón aun detrás suyo. Como el dragón era tan largo, no podía girar tan rápido como ella. La princesa seguía corriendo alrededor del pilar, primero corrió muy lejos y luego cada vez mas cerca de la base, con el dragón siempre detrás suyo, que estaba tan ocupado intentando atraparla que nunca notó que Tom había amarrado el extremo de su larguísima cola al pilar, y mientras mas corría, mas se enredaba a su alrededor. Era como tejer una canasta y el pilar servia de aguja. Mientras tanto, el mago seguía restringido entre el pelaje de las liebres belgas y no podía ver nada de lo que sucedía.

Cuando el dragón estaba tan atado al pilar como era posible y ya no podía moverse, la princesa se detuvo y con el poco aliento que le quedaba le dijo “Lero lero, ¿ahora quién se lleva a quién?”

Esto molesto mucho al dragón que con todas sus fuerzas, abrió sus poderosas alas purpuras e intentó volar hacia ella. Claro que al hacerlo tiro muy fuerte de su cola, tan fuerte que la cola empezó a desenredarse y de un minuto a otro se liberó, pero al hacerlo hizo girar la isla sobre su eje como si fuera una trompo. Giró tanto y tan rápido que todos cayeron boca abajo al piso y se sujetaron fuerte, algo importante iba a suceder. Todos excepto el mago que seguía sofocado entre las libres belgas y no sintió nada.

Y algo sucedió. El dragón envió al reino de Rotundia a girar como debería haber girado durante la creación del mundo, y mientras giraba y giraba, los animales empezaron a cambiar de tamaño. Los conejillos se hicieron pequeños y los elefantes, grandes. Hombres, mujeres y niños hubieran cambiado de tamaño también sino hubiesen tenido el sentido común de aferrarse muy fuerte al suelo, algo que por supuesto los animales no sabían cómo hacer. Y lo mejor de todo fue que cuando las pequeñas bestias se hicieron grandes y las pequeñas, grandes, el dragón también se hizo pequeño, y cayó a los pies de la princesa, convertido en una pequeña lagartija purpura con alas.

-Que cosa tan curiosa-dijo la princesa al verla-.  Lo tomare como mi regalo de cumpleaños.

Mientras las personas seguían boca abajo aferradas al suelo, el tío James, el mago, que nunca pensó en aferrarse a nada y solo pensaba en como vengarse de las liebres y del hijo del jardinero sufrió el mismo destino de las liebres que lo envolvían, y cuando el dragón lo vio, lo tomo para si como su regalo de cumpleaños.

Ahora que todos los animales eran de un nuevo tamaño, y al principio les resulto muy extraño a todos tener elefantes enormes y lirones pequeños, terminaron por acostumbrare y ya no piensan en eso, al igual que nosotros.

Todo esto sucedió hace varios años, y el otro día vi en el periódico de Rotundia, un anuncio de la boda de la princesa con Lord Thomas Jardinero, B.C.D, y supe que ella no podría haberse casado con nadie mas que no sea Tom, así que supongo que lo convirtió en lord para la boda, y B.C.D. significaba, Brillante Conquistador de Dragones. El periódico decía que entre los hermosos regalos que el novio le hizo a su novia, había un enorme elefante que cargó a los recién casados y los llevó a su viaje de bodas. Debe haber sido Fido. Recuerdan que Tom prometió devolvérselo a la princesa cuando estuvieran casados. El periódico de Rotundia llamó a los recién casados “una pareja feliz”. Una expresión novedosa en ese tiempo y en mi opinión lo mas sincero que se ha publicado en un periódico.

Porque, verán, la princesa y el hijo del jardinero se querían tanto que no podían evitar ser felices juntos, y ademas, tenían un elefante propio que los llevaba a todos lados. Si eso no es suficiente para hacer feliz a alguien, me gustaría saber qué es. Claro que hay personas que no son felices a menos que tengan una ballena para navegar sobre ella y ni siquiera con eso les alcanza. Pero son codiciosos y mezquinos, el tipo de personas que agarran cuatro porciones de torta, algo que nunca identifico a Tom ni Mary Ann.

FIN

Leer antes de usar

Por Chinelo Onwualu

Publicado originalmente en Uncanny Magazine, abril 2017

El sótano de la biblioteca principal de Ciudad Satélite tenía muchos niveles que llegaban profundo bajo la tierra. Aun siendo muy temprano, varias horas antes del amanecer, los niveles estaban llenos de académicos revisando viejos documentos, estudiantes yendo de aquí para allá y sirvientes y mucamas atendiendo sus necesidades. Alia exhibió su cartucho al administrador de turno y se abrió paso por la serpenteante escalera que descendía hasta el nivel donde se conservaba una de las mas extensa colecciones de literatura pre-catástrofe del territorio.

La escalera estaba abarrotada de personas que subían a los niveles principales o bajaban a las cavernas subterráneas. En los primeros pisos del sótano, las paredes estaban revestidas en ladrillo y los pisos alfombrados, pero a medida que uno descendía, el ladrillo se convertía en roca solida y el suelo era desparejo y cubierto de rocas y escombros. El aire se hacia cada vez mas frío y Alia tembló mientras continuaba su descenso.

En el fondo, donde terminaban las escaleras, los muros rocosos estaban humedecidos y el techo cavernoso era tan alto que se perdía de vista en la penumbra. Las pequeñas luces incrustadas en las paredes iluminaban pobremente el lugar. Eran las victimas mas recientes de la crisis energética de la ciudad. Los gigantescos generadores que alimentaban las ciudad estaban fallando lentamente. Nadie sabía por qué, y mucho menos cómo arreglarlos. Algunos temían que las maquinas climáticas que hacían posible la vida bajo el domo eventualmente fallarían. Pero Alia estaba convencida de que en algún lugar entre la inmensidad de ese archivo en esa caverna subterránea estaba la respuesta; solo necesitaba saber donde buscar.

Saco su anotador y su bolígrafo del bolso que llevaba cruzado en su espalda y se arremango. Miró a su alrededor para asegurarse que estaba sola. En los cuatro años que llevaba bajando a la bóveda mas profunda de la biblioteca nunca había visto otra alma. Los textos estaban escritos en un antiguo dialecto de su tierra natal, Zahabad y ningún académico se había tomado el trabajo de aprenderlo. Apretó su puño izquierdo y flexionó un musculo mental. Su mano se encendió en llamas, pero no se quemó. Con un movimiento circular, convirtió la llama en una pequeña esfera de fuego y la lanzó al aire. Se quedó suspendida en lo alto, a una altura donde no habia riesgo de que incendiara algún antiguo manuscrito, pero lo suficiente para iluminar todo a su alrededor. Se ajustó el bolso firme en su hombro y se sumergió en las profundidades de la caverna.

Para cuando Alia salió del sótano de la biblioteca el sol ya estaba muy bajo en el horizonte. Estaba cansada, hambrienta y con una necesidad urgente de darse un baño. Pero no había tiempo para nada de eso. Una alarma en su IA le indicó que Shiloh Kestrel quería verla  de inmediato. Suspiró.

***

Las residencias familiares de las Grandes Casas estaban ubicadas en una parte de la ciudad conocida como el Distrito de los Siones. Ahí, las residencias eran modestas pero impecablemente construidas y rodeadas de arbustos cuidadosamente podados con intricados diseños arábigos. Los senderos de grava se abrían paso entre arbustos de lavanda, rosas, hibiscos y lilas. Incluso las bancas, bajos los arboles llama eran acolchados y cómodos. La falta de muros y cercas era indicio de un placentero espíritu comunitario, pero cualquiera que supiera algo sobre la política en Ciudad Satélite sabía que las Casas estaban enfrascadas en una feroz competencia la una con la otra. Quienes caen victima de esta rivalidad cuidadosamente camuflada no vuelven a cometer semejante error.

Alia recorrió rápidamente los senderos del jardín, su corazón dio un salto cuando vio una figura familiar. Gilead Dos Torres era un hombre solido, de altura media pero daba la impresión de ser mas alto de lo que era. Sonrío cuando la vio, sus ojos grises brillaban, estaba de buen humor, ella tuvo que luchar para contener el calor que empezaba a arder en algún lugar de su vientre.

-Buen día, profesora-dijo él. Ella le devolvió el saludo en forma fría y cuidando de no mirarlo a los ojos. Al igual que ella, era profesor de antigüedades. Pero a diferencia de ella, no enseñaba en la prestigiosa Universidad de la Ciudad. Aunque alguna vez había sido un brillante erudito,Gilead había abandonado la Academia después de un escándalo que involucraba a la esposa de otro profesor. Ahora se especializaba en procurar objetos exóticos para coleccionistas. No era apropiado que ella como miembro de la Academia se mostrara demasiado cordial con un erudito rebelde, por lo menos no en público.

Y ciertamente tenía la apariencia de un rebelde. Su cabello negro azabache necesitaba de un buen corte con urgencia. Su gruesos y desarreglados rulos le llegaban hasta los hombros, lo que le daba el aspecto de uno de los salvajes de las Tribus del Bosque. Su túnica era del material mas fino que había pero estaba arrugada y abierta en el pecho para exhibir sus musculosos pectorales. Su chaleco negro de erudito estaba lleno de polvo y vestía un par de pantalones sueltos y viejas sandalias de cuero.

-Te extrañamos en las ultimas evaluaciones-dijo, bloqueándole el paso-¿estuviste enferma?

-Si, así fue-dijo con firmeza. La evaluación anual de inteligencia era una prueba que solo quienes no fuesen Siones debían tomar obligatoriamente. Tuvo que fingir estar enferma para ahorrarse la humillante experiencia, aun cuando sabía que le costaría el privilegio de dar clases. Apenas si la dejaban dar clases de todas formas así que no había mucha diferencia.

-¿Confío en que se ha recuperado bien?

-Tan bien como se podría esperar-respondió mientras lo rodeaba.

-Yo debería saberlo-y mientras ella pasaba junto a él se inclinó para susurrarle, con su aliento caliente sobre su cuello-ya que yo fui tu cuidador.

La leve llama de su vientre se encendió repentinamente y casi deja caer su bolso. Eran momentos como esos en que agradecía su herencia Zahabadi. Su piel morena era lo suficientemente oscura para ocultar el rubor de su rostro.

Gilead rió-. Buen día, profesora- le dijo mientras se alejaba. Pero Alia estaba demasiado nerviosa para responderle. Agradeció por la penumbra que había ocultado su encuentro. En ese crepúsculo, nadie podría ver el vapor que salia de sus ropajes por la temperatura que había levantado.

Ese hombre, pensó, por todos los dioses

Cuando llegó a la Casa Kestrel se tomó un momento para recomponerse. Los pensamientos de aguas tranquilas eran lo que mejor le funcionaba. Pocos conocían su verdadera naturaleza, o los poderes que la acompañaban, y no tenía intención de cambiar eso. Ademas, no era prudente mostrar debilidad cuando se estaba entre Siones. Mucho menos con este.

Finalmente, subió los escalones del frente y tocó la campana que colgaba sobre la puerta. Una chica sirvienta la recibió y la guió por la casa, hasta el porche del patio interno, donde encontraron a Shiloh Kestrel. Era alto, incluso entre su pueblo,y su kimono de seda no ocultaba en lo mas mínimo su poderoso físico. Como todos los Siones de sangre pura, era calvo, su cabello plateado afeitado hasta el cuero cabelludo. Pálido, su piel incolora que parecía brillar en la penumbra había iniciado el rumor de que los Siones no eran humanos. Pero Alia sabía que no era verdad.

-¿Lo encontraste?- preguntó Shiloh sin voltear a verla.

-No-dijo Alia con sequedad-.Si lo hubiese encontrado, lo sabrías-. Si a Shiloh le molestó el tono de su voz, no lo demostró.

-Escuché rumores de que algunas de las otras Casas se han unido a la búsqueda-dijo él. Alia gruñó internamente. No era un secreto que todas las Grandes Casas estaban desesperadas por encontrar la siguiente gran fuente de energía para la Ciudad.

-Quizás, si aun tuviera mi equipo…-comenzó ella, pero Shiloh la silenció con un impetuoso gesto. Se volvió hacia ella y la mira con severidad.

-Quizás mi madre haya tenido los recursos necesarios para complacer tus fantasías académicas, pero yo no. La única razón por la cual no te he cortado los fondos y enviado de vuelta a tu tierra natal es por respeto a su frágil salud. Pero mi paciencia se está agotando. Si este libro del que hablas realmente existe, necesitas encontrarlo y pronto.

Alia luchó para contener su enojo. En Zahabad, había sido la principal referente en literatura pre catástrofe de la Torre de Marfil. Fue la madre de Shiloh, Ramah Kestrel, quien la reclutó personalmente para ir a Ciudad Satélite. Sin embargo, pocas personas en la ciudad compartían la visión de Ramah. Alia todavía recuerda los gestos de desaprobación de los Escribas en la universidad durante sus evaluación de inteligencia el año anterior. A pesar de sus credenciales y su constante y estelar desempeño en esas pruebas, muchos de sus colegas seguían sin convencerse de que una mujer nacida fuera del domo pudiera ser digna de estar entre sus filas. Si Alia perdía el apoyo de la Casa Kestrel, tendría que volver a su hogar con la deshonra. Un escalofrío recorrió su cuerpo de solo pensar en lo que le pasaría si tuviera que pasar por esa vergüenza.

-Si las demás Casas se están involucrando, es una señal-dijo ella.

-Una ilusión compartida no la hace realidad, profesora.

-El Mecanicron es real, Shiloh. Los Antiguos tenían una fuente de energía ilimitada que alimentaba todos sus artefactos. Los detalles están escritos en un texto que solo era accesible para los Maestros Constructores, todos sus registros así lo indican-dijo Alia irritada. Tenía que explicarle lo mismo cada vez que se veían.

-Este texto debió haber estar escondido para protegerlo de la destrucción de la Catástrofe. Debía haber sido demasiado valioso para dejarlo desprotegido.

-Entonces encuentralo-dijo bruscamente-. Tienes una semana.

Mientras salía por la puerta principal, Alia echaba humo. Ni siquiera había tenido la oportunidad de decirle lo que había descubierto ese día: una referencia en un texto pre-catástrofe que mencionaba una instalación del Maestro Constructor en las proximidades. Estaba ubicada, sin embargo, fuera del área protegida por el domo de la Ciudad, en un lugar conocido como el Peñasco del Cuervo. Sin un equipo de seguridad, salir del domo era un suicidio,pero ¿qué otra opción tenía?

***

Era bien pasada la medianoche cuando Gilead llegó a casa. Alia se había quedado dormida en su sillón plegable cuando escuchó el pitido de autorización de su código de acceso. Dio un salto y corrió hasta la puerta frontal al mismo tiempo que las luces automáticas del apartamento se encendían. Estaba esperándolo cuando entró.

-¡Por la espada!-maldijo sorprendido cuando la vio-.¿Qué estás haciendo aquí?

-¿Dónde has estado?- los Zahabadis siempre respondían una pregunta con otra. Las luces se atenuaron rápidamente, pero era lo suficientemente brillante para que ella pudiera ver su rostro magullado y la manera en sostenía su brazo izquierdo.

-¿Qué te paso?

-Me encontré con un viejo cliente-dijo agotado mientras pasaba junto a ella y se sentaba dolorosamente en el sillón-.Prefiero no hablar de eso-. Alia fue a buscar el kit de primeros auxilios. No era la primera vez que tenía que atender las injustificadas heridas de Gilead. Se movía en un mundo peligroso y Alia se había acostumbrado a no hacer preguntas.

Cuando ella regresó lo vio sentarse en el suelo, evidentemente el sillón había sido demasiado para él, y quitarse la remera. Pudo ver que su cuerpo no estaba en mejores condiciones que su rostro.Tenía tres cortes profundos en el hombro derecho. Deslizándose en el sillón detrás de él, le pasó una vara ultravioleta sobre las heridas para desinfectarlas. Entonces lo rocío con una formula en aerosol que al endurecer formará una especie de injerto símil carne que sirve para suturar los cortes. El resto de sus golpes sanarían con el tiempo.

Cuando terminó, Alia se recostó y lo estudió.

Estaba recostado contra sus piernas con los ojos cerrados, su pecho se hinchaba y deshinchaba suavemente. Con ternura, empezó a acariciarle las mejillas con sus dedos recorriendo la áspera sombra de su barba. A pesar de su misterio, era el hombre que ella amaba. ¿Se animaría a incluirlo en la desventura que implica encontrar el Mecanicron?

Salio de detrás suyo y se levantó para guardar el kit de primeros auxilios, pero él la tomó por la mano y la subió arriba suyo.

-Gracias-murmuró mientras la envolvía con sus brazos-. Déjame devolverte la amabilidad.

La besó con pasión y ella se dejo llevar. A menudo bromeaba diciéndole que estaba hecha de hielo, porque le había tomado meses de incansable flirteo de su parte antes de ella le mostrara algo de afecto, pero la verdad es que ella había ardido de deseo por él desde el momento en que lo conoció. Su lucha constante para controlar ese fuego la había hecho dudar. Incluso ahora que estaba con él, debía tener cuidado. El desapego funciona bien. Observó sus caricias con el ojo de un artista,notó el contraste entre sus pieles, su cuero curtido y su rica tierra. La forma en que sus manos angulares, cubiertas de cicatrices exploraban las profundidades ocultas de su cuerpo. Escuchó sus gemidos de placer, mezclados con los de él, y los clasifico por tono y volumen mientras se elevaban hasta el climax. Pero siempre terminaba perdiendo el control, y al final debía retirarse forzosamente antes de que las llamas de su deseo los prendieran fuego a los dos. Fue solo en después de finalizada su unión, mientras el incendio en su interior se apagaba y se convertía en ascuas, que recordó su propósito.

-Llévame al Peñasco del Cuervo.

-¿Qué?-sus ojos se abrieron grandes-. ¡Definitivamente no, es muy peligroso!

-Tengo que ir al Peñasco del Cuervo y eres la única persona que puede llevarme ahí.

-¡Por los siete infiernos! ¿Por qué quieres ir a ese lugar?

-No puedo decirte eso. Solo debes saber que es importante-Se puso firme-.Seras bien recompensado-agregó.

-No tienes dinero, a menos que la Academia de pronto haya empezado a pagarte con algo mas que dulces títulos-pero algo en su rostro debe haberle dicho que hablaba en serio.

Suspiro y se recostó hacia atrás.

-Como quieras. Solo reza para que los dioses nos despejen el camino.

****

Les tomó dos días preparar todo; cartuchos falsos, suministros para el viaje y, lo mas importante, el texto antiguo de la biblioteca donde Alia había encontrado la referencia al Peñasco del Cuervo que tuvo que sacar de contrabando. Era un volumen ligero y entró fácilmente bajo la cubierta de otro tomo, ambos libros eran antiguos incluso antes de que su pueblo se asentará en el Territorio. Si la atrapaban con él la exiliarían al instante. Pero era su única pista sobre la ubicación del Mecanicron.

Salir de la ciudad había sido mas sencillo de lo que había anticipado. Un escaneo rápido para que asegurarse de que no llevaran tecnología de contrabando y los dejaron abordar la caravana rumbo a los reinos del norte. Todo el mundo decía en broma que irse de Ciudad Satélite era fácil, lo difícil era volver a entrar.

-¿Dónde estamos?-preguntó Alia cuando bajaron en un valle superficial varias horas después.

-Al este de las Planicies-dijo-. El Peñasco del Cuervo está a medio día de distancia-ella asintió. Medio día de caminata no sería demasiado agotador.

Faltaban algunas horas para el amanecer y el aire se sentía como escarcha. Aquí afuera en el mundo, sin controladores climáticos, era casi invierno. Desde ahí veía los hilos blancos del domo semi transparente de la ciudad en el horizonte. Se dio vuelta y siguió su camino.

-Para ser un académico, pareces conocer mucho esta zona- dijo ella bromeando-.¿Te escabulles seguido de la ciudad?

-Lo suficiente-dijo encogiéndose de hombros-.Supongo que al no tener estudiantes tengo mucho tiempo libre. También ayuda no tener al Concejo de Escribas respirándome en la nuca.

-Si, son buenos en eso…-dijo Alia como sin ganas-.¿Es por eso que abandonaste la Academia?

-Seguro has oído los rumores.

-Quiero escucharlo de ti.

Gilead lanzó un bufido. -Si quieres saberlo, no estaba casada cuando nos conocimos. Nos conocemos desde que eramos niños e hicimos un juramento, si yo llegaba a ser profesor titular de la Academia nos casaríamos.Mantuve mi palabra, pero cuando nos presentamos ante su familia, se opusieron a nuestra unión. Ella era hija de una Gran Casa y yo, un bastardo sin nombre de la Tribu del Bosque. Ella se casó con otro y por mi impertinencia, me quitaron mi posición.

Un pesado silencio cayó entre ellos y por un largo rato lo único que se escucho fue el crujir de sus botas en la grava.

-Fue injusto lo que te hicieron-dijo Alia finalmente-.¿Qué importancia tiene si tu madre no nació en la ciudad? Llegaste a ser titular en una de las mejores instituciones del Territorio. Eres mas que un par para ellos.

-No necesito que tú me lo digas-dijo con aspereza-. se volvió hacia ella y se ruborizo cuando vio como lo miraba-.Pero si sirve escucharlo de vez en cuando- dijo guiñando un ojo.

Alia rió y levantó la vista al cielo azul despejado que les esperaba mas adelante. Lo que vio le dejo la mente en blanco.

-¿Qué es eso?-preguntó Alia luchando para el miedo no se apoderara de su voz. Nunca había visto dragones en su vida, pero había visto muchas imágenes de los derruidos restos de sus victimas, devorados, según  dicen, mientras seguían con vida. Una bandada se asomaba en el horizonte. Gilead maldijo en voz baja.

-¿Sabes usar un arco?

Sin esperar por su respuesta, sacó una ballesta y un carcaj lleno de flechas con punta de acero de su enorme mochila de suministros y los puso en sus manos. Ella coloco una flecha en posición y levanto el arco sobre su hombro. Gilead miro fijamente a la bandada y lo invadió el pánico; iban directamente hacia ellos. Saco su cuchillo de caza de su cintura.

-Corre

Ël corrió hacia la acumulación de rocas mas cercana desperdigadas por todo el suelo del valle. Alia apretó el mango de la ballesta y lo siguió. Años de trotar por la ciudad y una complexión larga y ágil le permitió seguirle el ritmo con facilidad. Le rezó a todos los dioses, los nuevos y los viejos para que llegaran a tiempo a resguardo.

Pero no fue así.

Repentinamente, el aire se lleno con el batir de las alas y el estridente rugido de las criaturas. Desde el cielo se abalanzo hacia ella una criatura negra como la tinta, alcanzo a ver el resplandor de una garra segundos antes de que pudiera desgarrarle el hombro derecho. Se arrojó al suelo de espaldas para alejarse, apuntó su ballesta y disparó. La flecha dio en el blanco. La criatura aulló de dolor, un sonido que sonaba extrañamente humano, antes de alejarse volando y dejarla ahí, tirada en el suelo. El contacto apenas ralentizo a los demás que pasaron volando sobre ella. Finalmente, cuando el ultimo de ellos había pasado, se incorporó y miró a su alrededor. No vio señales de Gilead.

-¡Gilead!-gritó, pero lo único que escucho fue el piar de aves extrañas como respuesta-.¡Gilead!-volvió a gritar, luchando contra el pánico que la invadía rápidamente. Si algo le había ocurrido, ella nunca se lo perdonaría. Antes de pudiera gritar por tercera vez, escucho un gruñido detrás suyo. Casi lloro de alivio cuando lo vio salir de detrás de una piedra.

-¿Estás bien?-preguntó cuando éste se acercó.

-¿Tu estas bien?-preguntó. Ella asintió, ya que no confiaba en el tono de su voz para entonces.

-Bien-dijo suavemente. Entonces, ella lo vio mirar su hombro derecho y hacer un gesto. Vio la sangre, la ropa desgarrada y se dio vuelta. Eso la lastimo de una manera que no podía siquiera nombrar.

-Sigamos- dijo bruscamente. Y se alejo caminando.

*****

Llegaron al Peñasco del Cuervo justo cuando el sol se ponía en el cielo. El Peñasco era un torre solitaria de roca roja que se alzaba muy alto en el cielo, como un dedo acusador señalando a los dioses. Era un monolito tan inmenso que les tomó una hora entera rodearla. A diferencia de las colinas que la rodeaban, la superficie de sus flancos eran lisas como el vidrio, apenas perturbada por unas pocas salientes de roca que asomaban. La leyenda local decía que el peñasco había sido hogar de los Antiguos y que en sus profundidades yacían los secretos guardados desde antes de la Gran Catástrofe. Alia creía que mas que una leyenda.

En el camino, tuvieron que combatir a mas criaturas salvajes y escapar de una banda de merodeadores. Completamente agotados cayeron rendidos en la base arenosa del peñasco y observaron la roca con el sol poniéndose detrás. El aire se enfriaba rápidamente y Alia lo sintió en los huesos. Su hombro herido le dolía mucho y tuvo que apretar la mandíbula para dejar de temblar.

Utilizo su voluntad para levantar la temperatura y calentarse. Como de costumbre, debía tener cuidado de no calentar tanto como para prenderse fuego.

-Necesitamos prender una fogata-dijo ella cuando se sintió lo suficientemente fuerte para hablar. Gilead asintió cansado. No se había recuperado completamente de los golpes que había recibido días atrás y ella pudo ver que el camino recorrido había hecho estragos en su cuerpo. Estaba pálido y temblando y sus ojos completamente demacrados. Se puso de pie con mucho esfuerzo y fue a buscar leña.

Ella aprovecho para asegurarse de que el pequeño volumen que había sacado de contrabando de la biblioteca seguía ajustado a su pecho y para atender sus heridas. Aparto su ropaje de su hombro herido e ilumino los enormes tajos. Le parecieron extrañamente familiar. Casi dejo caer su antorcha cuando entendió por qué era. Había visto heridas exactamente igual a esas pocos días atrás. En el cuerpo de Gilead.

Espero hasta bien entrada la noche y que encendieran la fogata antes de hablar. Había tenido mucho cuidado al manipular la leña pero no pudo resistirse a jugar con el fuego. Mientras Gilead dormitaba frente a ella, secretamente, ella manipulaba las llamas para formar criaturas que solo habían existido en sus pesadillas.

-¿Hace cuanto sabes acerca del Mecanicron?-Preguntó finalmente. No fue realmente una pregunta y Gilead no parecía sorprendido de oírla. Se incorporó y se estiró con un suspiro. El calor parecía haberle devuelto sus fuerzas y su rostro ya no estaba tan pálido.

-Hace poco mas de un año.

-¿Entonces para quién trabajas realmente?

-La Casa Crow-dijo simplemente, casi con tristeza-. Mi madre fue una guerrera de las Tribus del Bosque Omin y mi padre es Obed Crow.

Ella asintió bruscamente, respirando profundamente para combatir la conmoción. Había estado durmiendo con el hijo del rival mas importante de la Casa Kestrel-.¿Entonces por qué me estas ayudando?

Se encogió de hombros-. Porque eres una académica brillante a quien jamas podría igualar. Y porque, a diferencia de Shiloh Kestrel, sé que tienes razón.

Sin querer, recordó la primera vez que se habían conocido en los jardines de las Residencias Siones. Ella recién había llegado a la ciudad y estaba tan absorta en el paisaje que no lo vio venir por el sendero. Se chocaron en esa forma cómica que solo sucede en el teatro. La forma en que sonreía cuando se disculpaba… Sintió una puntada de dolor que era casi físico y tuvo que luchar para contener sus lagrimas. No iba a llorar delante de él. No lo haría.

-Entonces, todo ha sido una mentira-dijo tajante-. ¿Alguna vez me quisiste?-. Detestaba el tono de suplica que se había colado en su voz. Él apretó su mandíbula concienzudamente y desvió la mirada. Se volvió para mirarla y dejo escapar un fuerte suspiro.

-Ambos somos peones en este interminable juego entre las casas, Alia-dijo suavemente-. Tú deberías saberlo mejor que nadie.

****

A la mañana siguiente encontraron el camino al interior del peñasco. La entrada tenía forma de arco en ruinas y era difícil detectarla si uno no sabía donde buscar. Mas allá había una escalera tallada en la roca que ascendía en la oscuridad. Apretando sus puños, encendió una pequeña llama que luego convirtió en una enorme bola de fuego que flotaba sobre ellos.

-Eres una incendiaria-dijo Gilead casi sin aliento.

-Y tú un nocturno.

Su rostro se oscureció en ese instante-. ¿Cómo lo supiste?

-Oh vamos, ¿pensaste que no notaría que buena es tu vista durante la noche?¿lo tenues que son las luces en tu residencia? Los modificados genéticamente nos reconocemos los unos a los otros.

-¿Crees que esto cambia algo?

Alia se encogió de hombros. Tenía razón, revelar sus poderes había sido tonto de su parte. Pero por alguna razón ella quería que él lo supiera. Quería que él la viera como realmente era. Quizás había una parte de ella que esperaba que si hiciera la diferencia.

-No eres el único que tiene secretos-le dijo ella con frialdad. Entró al túnel sin importarle si él la seguía o no.

Los escalones seguían ascendiendo en forma implacable, ocasionalmente bifurcándose a la izquierda o derecha, o desembocando en alguna entrada de piedra. Tan lejos de todo lo conocido, dependían por completo de su conocimiento en el lenguaje de los Antiguos para descifrar las tecnologías de seguridad que custodiaban cada entrada y así fueron penetrando cada vez mas en las profundidades de la instalación.

Encontraron la cámara casi de casualidad. Viraron a la derecha cuando deberían haber girado a la izquierda y ahí estaba, detrás de un portal; una biblioteca.

Dentro de la cámara, Alia redujo el tamaño de la bola de fuego para evitar que quemara algo pero a la vez la hizo mas brillante, como un pequeño sol, como cuando bajaba al sótano de la biblioteca de la ciudad. Bajo la aguda luz vieron que la habitación en realidad consistía en varios niveles de balcones con paredes cubiertas con libros. Cada nivel estaba unido por un serpenteante tramo de escaleras en el centro de la habitación que bajaba y se perdía en la oscuridad. Alia se acercó al estante de libros mas cercano y leyó los títulos del lomo. Se sorprendió al descubrir que reconocía el idioma en el que estaban escritos. Era uno de los dialectos mas populares entre los Antiguos, justo antes de la Catástrofe. Ella tenía razón; el Peñasco del Cuervo le había pertenecido al Maestro Constructor, y era muy probablemente un repositorio de una gran parte del conocimiento de los Antiguos. Indagando un poco mas descubrió que el sistema de archivo era similar al que aun se utilizaba en el Torre de Marfil de Zahabad.

El mismísimo Mecanicron estaba guardado entre dos volúmenes de filosofía de la ingeniería. Una felicidad inmensa invadió su cuerpo cuando tuvo el libro entre sus manos. Después de tanto tiempo, era real. Era pesado, la cubierta estaba hecha de un material tipo madera que probablemente había desaparecido junto a la civilización que la creo. Con mucho cuidado, lo abrió y empezó a leer la primera pagina, pero apenas tuvo tiempo de dar vuelta la pagina cuando sintió el frio de una navaja en su garganta.

-Entrégamelo-murmuró Gilead en su oído. Ella cerró el libro y se lo paso por encima de su hombro. Algo ardiente cobro vida dentro suyo y por un momento se vio tentada para prenderlos fuego a ambos. Como si pudiera leer sus pensamientos, envainó su cuchillo de caza y se paro frente a ella.

-Por todos los dioses, desearía que no hubiera llegado a esto-dijo con un nivel de tristeza que ella casi le creyó.

-No tienes que hacer esto, Gilead. Tú lo has dicho, somos peones. No les importamos. Podemos abandonar la Ciudad y desaparecer.

-¿Y a dónde crees que iríamos eh?¿A la choza de mi madre en el Bosque de las Tribus? ¿O al páramo desolado que llamas hogar? Si llevo el Mecanicron, me devolverán mi puesto en la Academia; mi padre incluso podría reconocerme como su legitimo heredero.

-¿De verdad crees que te aceptaran? Eres como yo…

-Soy nacido en la ciudad, tengo sangre Sion en mis venas. ¡No somos iguales en absoluto!-gritó Gilead interrumpiendo su oración.

La brutalidad de su respuesta la tomó por sorpresa, en ella sintió el mismo desprecio que había visto en los rostros de los Siones cuando creían que ella no los veía. Entendió entonces por qué nunca le había hablado de sus padres. No era un intento de parecer misterioso, era vergüenza. Por primera vez, Alia entendió que estaba viendo al verdadero hombre detrás de las sonrisas y las bromas. Sintió como si le hubieran volcado un balde de agua helada en la cabeza, y todos sus pensamientos incendiarios se apagaron.

-No. Tienes razón-dijo ella-. No somos iguales.

Una vez dicho eso, la golpeó con el libro.

***

Cuando abrió los ojos, estaba en el exterior y el suelo debajo era duro y rocoso. Levantó su vista y el sol brillaba con la fuerza del mediodía. Le dolía la cabeza, se tanteó y pudo sentir el hematoma que se le había formado cuando Gilead la dejo inconsciente. Con cuidado, se puso de pie y examinó sus alrededores. Tuvo que llevarse la mano a la boca para no gritar.

Frente a ella, a menos de un brazo de distancia, el suelo terminaba dramáticamente en una vertiginosa expansión de cielo. Estaba en una de las salientes de granito que asomaban de los alisados laterales del inmenso peñasco rocoso. Sobre su cabeza, el precipicio continuaba en linea recta y su cumbre estaba oculta a la altura de las nubes. La invadió una repentina sensación de vértigo y por un momento pensó que iba a desmayarse. Alia retrocedió y se alejo del borde hasta que sintió el frio contacto de la piedra de entrada detrás suyo y respiro profundo varias veces hasta que la sensación la abandono. Tenía la boca muy seca y necesitaba orinar con urgencia.

Se volvió y examinó la puerta de roca detrás de ella, no había botones ni paneles para abrirla. Estaba en el lado equivocado de la entrada. Se desplomó contra la roca desesperada. Gilead Crow le había mentido, le había robado el trabajo de su vida y la había dejado a morir. Se había ido, de eso estaba segura. Pensó en como se sentían sus labios contra los suyos y espero por el calor que acompañaba el sentimiento. Pero no sucedió. En vez de eso se sintió fría, como que algo había muerto en su interior, como si nunca mas pudiera volver a sentir ese calor.

Se envolvió las rodillas con sus brazos y escuchó el crujido de un papel. De entre sus vestimentas saco el pequeño libro que la había llevado hasta ese lugar en primer lugar. No le había dicho a Gilead lo que noto al leer esa primera pagina del libro. Se había equivocado. El Mecanicron en realidad estaba compuesto por dos volúmenes que describían un único mecanismo. El libro que Gilead se había llevado solo contenía ilustraciones del mecanismo en sus distintas etapas de ensamblaje. Los papeles que ella tenía eran el manual de instrucciones de la maquina.

Reflexionó sobre los pocos años que pasó en Ciudad Satélite. Construida por los últimos de los Antiguos para protegerse de los efectos de la Catástrofe, la ciudad se había convertido en un oasis de tecnología en un mundo que aun vivía por la espada y la piedra. Pero quizás era el momento para que las maquinas perecieran. Quizás si el domo fallara, los orgullosos Siones se verían finalmente forzados a abrir su ciudad. Quizás, con el tiempo, lleguen a apreciar la riqueza de los mundos mas allá del suyo y a entender que no eran mejores que aquellos a los que despreciaron.

FIN

Chinelo Onwualu es una escritora y editora nigeriana actualmente radicada en Toronto. Es editora de la sección de no-ficción en Anathema Magazine, y co-fundadora de Omenana, una revista digital de Ficción Especulativa Africana. Ha escrito y publicado en varias antologías y revistas como; Slate, Uncanny y Strange Horizons. Ha sido nominada a los Premios Británicos de Ciencia Ficción, los Premios Nommo para Ficción Especulativa Africana y el Premio Short Story Day en África. Pueden seguirla en su sitio web http://www.chineloonwualu.com o en Twitter @chineloonwualu

El hallazgo del Absoluto

Por May Sinclair

Publicado originalmente en 1923 dentro de su antología de cuentos fantasticos y de terror, Uncanny Stories.

I

El Sr. Spalding había salido al jardín para tener un poco de paz, y no la había encontrado. Se sentó ahí, con los hombros encorvados y la cabeza baja, decaído bajo el rayo de sol.

Jerry, el gato negro, lo buscaba para jugar; se paraba sobre sus patas traseras y bailaba, se movía de lado a lado ondeando sus patas delanteras en el aire como si fueran alas. En cualquier otro momento su comportamiento hubiera encantado al Sr. Spalding, pero ahora no podía ni mirarlo; se sentía demasiado miserable.

Se había ido a dormir sintiéndose miserable; había pasado una noche de miseria y se había despertado mas miserable que nunca. Había estado así desde hacia tres días y tres noches de corrido, y no era para menos. No era solo por el hecho de que su joven esposa se había fugado con Paul Jefferson, el poeta Imagista, sino que a la debilidad de Elizabeth se le sumaba que había descubierto un error fatal en sus propio sistema metafísico. Su creencia en Elizabeth había desaparecido. Al igual que su creencia en lo Absoluto.

Las dos cosas habían sucedido al mismo tiempo y eso lo había devastado. Y tenía que reconocer, con amargura, que las dos estaban íntimamente conectadas. “Si,” se decía para sí mismo el Sr. Spalding, “hubiera servido a mi esposa tan lealmente como le he servido a mi Dios, ella no me habría abandonado por Paul Jefferson.” Quería decir que si no hubiese estado tan absorto en su sistema metafísico, Elizabeth no habría perdido interés en él. No podía culpar a nadie mas que a sí mismo por el comportamiento de su esposa.

Si ella hubiera huido con cualquier otro podría haberla perdonado, se hubiera podido perdonar a sí mismo; pero no había nada mas que miseria en el futuro de Elizabeth. Paul Jefferson era un genio, el Sr. Spalding no lo negaba; un genio inmortal; pero no tenía moral, bebía, consumía drogas, en las decentes palabras del Sr. Spalding, hacia todo lo que no se debía hacer.

Uno pensaría que éste abrumador desastre habría opacado completamente el otro problema. Pero no; el Sr. Spalding tenía una mente equilibrada; y se lamentaba en igual medida por la perdida de su esposa y por la perdida de su Absoluto. Un error en el sistema metafísico puede parecer insignificante; pero debe tener en cuenta que, desde que tuvo capacidad de pensar, el Sr. Spalding había sido devorado por el hambre y la sed por la verdad metafísica. Algo que superaba al Dios en el que le habían enseñado a creer porque, ademas de que era un escándalo para el sentido moral del Sr. Spalding, no era lo suficientemente metafísico. El pobre hombre estaba siempre preocupado por la metafísica, iba de sistema en sistema, buscando la verdad, la realidad, buscando una satisfacción intelectual suprema que nunca llegaba. Creyó que la había encontrado en su teoría del Panteísmo Absoluto. Pero en realidad, el Panteísmo de Spalding, o el Panteísmo de cualquier persona en realidad, cuando se lo analizaba minuciosamente, hacía agua por todos lados. Mientras mas Absoluto, mas agua hacía.

Considere que, según la teoría del Sr. Spalding, no existe una realidad que no sea el Absoluto. Las cosas solo son reales porque existen en él, porque él es ellas. El Sr. Spalding creía que su consciencia, la conciencia de Elizabeth y la conciencia de Paul Jefferson existían inalterables en el Absoluto. Ya que, si su existencia interna cambiase, deberia admitir que las bases de su existencia actual subyacía en algún lugar por fuera del Absoluto, algo que para el Sr. Spalding calificaba como blasfemia. Y si Elizabeth y Paul Jefferson existían inalterables en el Absoluto, entonces su adulterio también existía ahí imperturbable. Y un adulterio dentro del Absoluto era un ultraje a su sentido moral, tanto como cualquier otra cosa que le habían enseñado sobre Dios en su juventud. Lo extraño era que hasta que Elizabeth huyó y cometió adulterio, él nunca lo había considerado. La metafísica del Panteísmo le había interesado mucho mas que su ética. Y ahora no podía pensar en otra cosa.

Y no era solo Elizabeth y su inmoralidad; eran todas esas personas insoportables que había conocido durante toda su vida. Su tío Sims, un odioso entrometido sin igual, y su tía Emily, una pobre tonta, y su primo, Tom Rumbold, un idiota obsceno. Y toda esa odiosa entrometidez de su tío, la estupidez de su tía y la idiotez de su primo tendrían que existir también en el Absoluto; inalterable.

Ademas de todo lo que se ve y se oye. Ahora, ¿el cielo azul, es azul a la Vista de Dios, o es solo algo inexplicable? ¿Y los ruidos, la música? Por ejemplo, estoy escuchando la Gran Opera, y tú a una banda de jazz en tu restaurante, pero el Dios del Panteísmo está escuchando a ambos, todos los sonidos del universo al mismo tiempo. Como sí se hubiera sentado en un piano. Esta idea impacto al Sr. Spalding aun mas que pensar en la inconducta de Elizabeth.

El tiempo transcurrió. Paul Jefferson se mató bebiendo. Elizabeth, destruida por la pena, murió de neumonía seguido de una gripe; y el Sr. Spalding seguía preocupado por los desajustes de su metafísica. Pero al final, él también murió.

Entonces empezó a preocuparse por otras cosas. Cosas que le habían “sucedido”, según sus propias palabras, en su juventud, antes de conocer a Elizabeth y una que había sucedido después de que ella lo dejara. Pensó en ellas como cosas que habían sucedido; sucedieron como en contra de su voluntad sin que él haya tenido parte. En momentos tranquilos de reflexión filosófica, no podía comprender como había dejado que sucedieran, cómo, por ejemplo, pudo haber soportado a Connie Larkins. Los episodios habían sido breves, porque en cada caso, el aburrimiento y el disgusto había sido demasiado para apartar lo que el Sr. Spalding consideraba que nunca debería haberse juntado. Breve e insignificante como fueron, el Sr. Spalding, en su lecho de muerte se preocupó al recordarlos. ¿Y si fueron mas significativos de lo que aparentemente fueron? ¿Y si tuvieran un significado eterno con terribles consecuencias en la vida después de la muerte? Suponiendo que no nos desvaneciéramos en el aire y que realmente hubiera una vida después de la muerte. ¿Y si en ese otro mundo hubiera un infierno?

El Sr. Spalding no podía imaginar un infierno peor que revivir eternamente esos incidentes. El disgusto y el aburrimiento, repetidos eternamente. Salir con Connie Larkins por siempre y para siempre, sin ser capaz de alejarse de ella, condenado a repetirlo, y, si hubiera un Absoluto, si existiera la realidad, la verdad, nunca lo sabría, sería despojado de ella por siempre…

“Al que vivió en la indecencia, dejenlo seguir en la indecencia.”

Eso era el infierno, la perpetuación de un estado de indecencia.

Se preguntó entonces si la bondad no era, después de todo, lo mas importante; se preguntó si realmente había otro mundo; con extrema ansiedad se preguntó que pasaría con él en ese mundo.

Murió haciéndose esa pregunta.

II

Su primer pensamiento fue: bueno, aquí vamos de nuevo. No he sido borrado de la existencia. El segundo fue que no había muerto después de todo. Se había dormido y ahora estaba soñando. No estaba agitado ni siquiera sorprendido.

Estaba solo en un espacio gris inmenso, en el cual no había otro objeto distinguible mas que él. Era consciente de su cuerpo que ocupaba una porción del espacio. Tenía cuerpo, un cuerpo blanquecino, endeble y curioso. Lo extraño era que ese espacio vacío tenía una especie de solidez bajo sus pies. Estaba apoyado sobre él, estirado sobre él, a la deriva. Lo sostenía con la capacidad de flotación de las aguas profundas. Pero a su vez su cuerpo era parte de él, entrelazado en él.

Pudo ver entonces, a dos figuras acercándose a él. Se pararon frente a él, como figuras en el agua, una a cada lado, y entonces pudo ver que eran Elizabeth y Paul Jefferson.

Concluyó entonces que estaba realmente muerto, tan muerto como Elizabeth y Jefferson, y (dado que ellos estaban ahí) que estaba en el infierno. Elizabeth estaba hablando, y su voz sonaba dulce y amable. Le daba lo mismo ya que estaba en el infierno.

-Todo está bien,-dijo ella-Es extraño al principio, pero te acostumbraras. ¿No te molesta que vengamos a recibirte?

El Sr. Spalding dijo que no tenía porque importarle, ni derecho a reprocharle, ya que todos estaban en el mismo bote. Los tres tenían el castigo que se merecían.

-¿Castigo?-dijo Jefferson-Pues, ¿dónde crees que estas?

-¿Estoy en el infierno no? Si…

-Si nosotros estamos aquí ¿es eso lo que quieres decir?

-Bueno, Jefferson, no quiero revolver viejos rencores, pero, después de lo que sucedió, perdóneme por decirlo, pero ¿qué otra cosa puedo pensar?

Escuchó la risa de Jefferson; una risa perfectamente natural.

-¿Quieres decírselo tú Elizabeth o lo hago yo?

Es mejor que lo hagas tu. Siempre respeto tu intelecto.

-Bueno, viejo amigo, si realmente quieres saber donde estás, estás en el paraíso.
-¿Lo dices en serio?

-Muy en serio. De seguro te estas preguntando que hacemos nosotros aquí.

-Bueno, no Elizabeth, quizás. Pero tú Jefferson, honestamente.

-Si, ¿qué hay de mi?

-Con tu pasado yo hubiera pensado que tenías menos merecido venir aquí que incluso yo mismo.

-¿Verdad que si? He vivido sin consecuencias. Bebí, consumí drogas. No había nada que yo no hiciera. ¿por qué supone usted que logré entrar? Nunca lo adivinará.

-No, no. Me rindo.

-Mi amor por la belleza. Es difícil de imaginar pero parece que es algo que tiene valor aquí en el mundo eterno.

-Y Elizabeth, ¿por qué entró ella?

-Por su amor hacia mi.

-Entonces, lo único que puedo decir.-dijo el Sr. Spalding-Es que el Paraíso debe ser un lugar de lo mas inmoral.

-Oh no. Tu moralidad parroquial no tiene valor aquí. ¿por qué debería? Es enteramente relativa. Relativa al sistema social, limitada al tiempo y espacio. Relativa a cierta configuración biológica que terminó junto a nuestros organismos terrenales. No es absoluta. No es eterna. Pero la belleza, la belleza es eterna, es absoluta. Y yo, yo amo la belleza mas que a nada, mas que a la bebida, a las drogas o a las mujeres, incluso mas que a Elizabeth. Y el amor es eterno. Elizabeth me amó mas a que a ti, mas que a la decencia, la paz o la comodidad y una a vida feliz.”

-Todo muy lindo Jefferson, y Elizabeth quizás, muy María Magdalena lo suyo pero está bien. Quia mulium amavit, y demás. Pero si un granuja como tú puede escabullirse al paraíso con tanta facilidad, ¿qué ha sido de nuestra ética?”

-Tu ética, querido Spalding, está donde siempre ha estado, en el lugar de donde viniste, no aquí. Y si yo fuera lo que se dice, un mal hombre, es decir un mal organismo terrenal, debí ser un poeta extraordinario. Dices que me escabullí fácilmente en el paraíso, ¿está diciendo que es fácil ser un poeta? Querido amigo, requiere de una inflexibilidad, una pureza, una disciplina de la mente, recuerda, que no tienes ni la mínima concepción de lo que es eso. Con seguridad puedo decir que tú serías la ultima persona en el mundo que consideraría que la mente es un asunto inferior y secundario. De cualquier manera, no solo entré al paraíso como consecuencia sino que entré a uno de los mejores paraísos, al paraíso reservado exclusivamente para las mejores almas.

-Entonces-dijo el Sr. Spalding-Si nosotros estamos en el paraíso, ¿quién está en el infierno?

-No sabría decirte con certeza. Pero no deberíamos decirlo de esa manera. Deberíamos decir: ¿quién está de vuelta en la tierra?

-Bueno, ¿qué posibilidades hay de encontrarme aquí con mi tío Sims, con mi tía Emily o con Tom Rumbold? ¿los recuerdas Elizabeth?

-Si, claro que los recuerdo. Probablemente los hayan mandado de vuelta a la tierra. No podrían soportar la eternidad. No hay nada eterno en ser odioso, estúpido e indecente.

-¿Qué piensas que les sucedió entonces?¿qué piensas tú, Paul?

-Creería que sufrirán la condenación hasta que les inculquen un poco de grandeza, inteligencia y decencia a la fuerza.

-Eso va a convencer a mi tía Emily. Le hicieron creer que la estupidez no era un obstáculo para entrar al paraíso.

-Va a convencer a muchas personas,” dijo Jefferson-Mi padre es uno de ellos, el Decano de Eastminster; en su arrogancia estaba seguro de que entraría; pero no se lo permitieron. ¿Y por qué razón dirías tú? Porque el pobre anciano no pudo ver la belleza en mis poemas. Pero no por eso lo descartaron, si hubiera tenido pasión por algo; o si le hubiese importado un comino la verdad metafísica. Tu verdad, Spalding.

-Valgame, todas nuestras ideas preconcebidas parecen haber estado equivocadas.

-Si. Ni siquiera yo estaba listo para eso. A propósito, eso es por lo que tú entraste, tu pasión por la verdad. Es como mi pasión por la belleza.

-¿Pero no estás preocupado por tu padre, Jefferson?  

-Oh, no. Eventualmente entrara en algún paraíso. Descubrirá que siente afecto por alguien, quizás. Entonces estará bien. ¿Quieres dar una vuelta y conocer el lugar?

-No parece haber mucho para ver. Se me hace un poco desierto, tu paraíso.

-Oh, eso es porque estamos en el estado de aterrizaje.

-¿El que de aterrizaje?

-El estado. Lo que solíamos denominar lugares. Los tiempos y espacios aquí, son estados. Estados de la mente.

El Sr. Spalding se incorporó emocionado.
-Pero… pero eso es lo que siempre dije que eran. Yo y Kant.

-Bueno, quizás deberías hablar con él al respecto.

-¿Hablar con quién? ¿puedo ver a Kant?

-Míralo Elizabeth. Ahora si ha recobrado su vida. Por supuesto, lo verás cuando lleguemos a tu propio espacio… digo, estado.

-Será mejor que vengas conmigo y Elizabeth. Te mostraremos todo.

-Ahora si ha recobrado su vida.”

Se levantó, lo ayudaron a incorporarse y caminaron juntos a través de la inmensidad gris, a través de un túnel que se veía parcialmente pero que era perfectamente solido, de un material que el pensó, absurdamente, que era espacio condensado. No habían objetos a la vista ademas de Elizabeth y Jefferson; parcialmente a la vista, pero tangible, el suelo se creaba a si mismo de la nada ante sus pies mientras su deseo de caminar se incrementaba. Y como aun no sentia interes o curiosidad; pero a medida que avanzaba se percataba de que su deseo de ver cosas se hacia cada vez mas urgente. Las vería. Debía verlas. Sentía que ante él y a su alrededor había una infinidad de cosas para ver. Su mente hacia el esfuerzo para ver.

Y entonces, repentinamente, pudo ver.

Vio un paisaje mas hermoso de lo que podría haber imaginado. Era, según Jefferson, muy similar al campo de pinos paraguas ubicado entre Florencia y Siena. Cuando lo dejaron atrás y tomaron la curva del camino estuvieron frente al oeste celestial. Hacia el sur el paisaje se diluía en un gran precipicio rojo con un brillante mar azul debajo. Como bien dijo Jefferson, la Riviera, el Estérel. Al oeste y al norte el paisaje consistía en una colina verde tras otra, con frondosos pinos con una muralla azul oscura de fondo, la muralla azul, como la que el Sr. Spalding había visto desde las alturas sobre Sidmouth, mirando hacia Dartmoor. Solo que este paisaje tenía una gracia, una armonía de lineas y colores que lo hacían una belleza absoluta; y sobre ella recaía un fulgor sereno y fuera de este mundo.

Ante ellos, sobre una colina, había una exquisita aldea blanca, rosa y dorada.

-Quizás me creas, quizás no-dijo Jefferson-, pero la belleza de todo esto es que lo hice yo. Es decir, Elizabeth y yo lo hicimos entre los dos.

-¿Tú lo hiciste?

-Lo hice yo.

-¿Como?

-Con el pensamiento. Lo quisimos. Lo imaginamos.
-Pero… ¿de qué está hecho?

-No lo sé y no me importa demasiado. Nuestros científicos aquí te dirán que lo hicimos del máximo elemento de la materia. Materia, sin forma, que solo existe para nosotros en su mejor estado. Algo como los electrones del electrón del electrón. Aquí, estamos todos suspendidos en una red, inmersos, si prefieres, en un océano, la respiramos. Y es completamente maleable a nuestra voluntad e imaginación. Imperceptible en su estado informe, se hace visible y tangible cuando nuestras mentes la trabajan, y podemos construir todo lo que queramos, incluyendo nuestros propios cuerpos. Solo que, mientras nuestra imaginación siga bajo el dominio de nuestros recuerdos, las cosas que creemos seguirán siendo similares a las cosas que conocíamos en la tierra. Notarás entonces que tanto Elizabeth como yo somos mucho mas hermosos que lo que eramos en la tierra-(lo habia notado)-y porque deseamos ser mas hermosos, pero aun se nos reconoce como Paul y Elizabeth porque nuestra imaginación está controlada por nuestros recuerdos. Eres como siempre has sido, solo que mas joven que cuando te conocimos, porque tu imaginación solo funciona con tus propios recuerdos. Todo lo que crees aquí, probablemente sea una replica de algo que recuerdes de la tierra.

-Pero si quisiera algo nuevo, algo hermoso que jamas he visto antes, ¿podría hacerlo?”

-Por supuesto que podrías. Solo que, al principio, hasta que tu propia imaginación se desarrolle, tendrás que acudir a mi, a Turner o a Miguel Angel para que lo hagamos por ti.
-¿Y todas esas cosas que tú, Turner o Miguel Angel hagan para mi serán permanentes?

-Absolutamente, a menos que las deshagamos. Y no creo que debamos hacer eso contra tu voluntad. De todas maneras, aunque podemos destruir nuestro propio trabajo no podemos destruir el de los demás, es decir, reducirlo al componente esencial. Es mas, no deberíamos ni soñar en hacerlo.

-¿Por qué no?

-Porque los viejos motivos no funcionan aquí. La envidia, la codicia, el hurto, el robo, el asesinato, o cualquier otro tipo de destrucción son desconocidos. No pueden suceder. Nada altera la materia aquí excepto la mente, y yo no puedo desear que tu cuerpo se haga pedazos siempre y cuando tú desees mantenerlo intacto. No puedes destruirlo tú mismo como lo harías con otras cosas que hayas creado, porque tu necesidad de él es mas grande que la necesidad por todas esas cosas. No podemos robar por la misma razón. Las cosas que nos pertenecen, le pertenecen a nuestro estado de la mente y no pueden desprenderse de él, por lo que no podríamos quitarle algo al estado de otra persona y moverlo al nuestro. Y si pudiéramos no deberíamos, porque cada uno de nosotros puede tener lo que quiera. Si me gusta tu casa o tu paisaje mas que el mío, puedo hacer uno para mi exactamente igual. Pero no lo hacemos porque estamos orgullosos de nuestras individualidades aquí, y preferimos tener cosas distintas y no todo lo mismo. A propósito, como aun no tienes casa y mucho menos un paisaje, puedes compartir la nuestra.

-Es muy amable de tu parte-dijo el Sr. Spalding.Estaba pensando en Oxford. Oxford. Las tranquilas habitaciones en Balliol. Pareció dudar. -Si sigues pensando en nuestra vieja enemistad, debo decirte, Spalding, que no estoy arrepentido. No necesito pedir disculpas, me alegra haber alejado a Elizabeth de ti. La hice mas feliz que infeliz, incluso mientras estábamos en la tierra. Y te alegrará saber que es gracias a mi que ella entró al paraíso, no por ti. Si se hubiera quedado contigo, te hubiera odiado, eventualmente, y no habría entrado.

-No estaba pensando en eso-dijo el Sr. Spalding-.Solo me preguntaba donde puedo poner mi paisaje.

-¿Que quieres decir con “poner el paisaje”?

-Ubicarlo, para que no interfiera con el paisaje de otras personas.

-¿Pero como diantres podrías interferir? “Ubícalo”, como tú dices, en tu propio espacio y tiempo.

Su propio espacio y tiempo. El Sr. Spalding estaba cada vez mas emocionado.

-¿Pero… cómo?

-Oh no puedo decirte como. Simplemente sucede.

-Pero quiero entenderlo. Tengo que entenderlo.

-No deberías desalentarlo de esa manera, Paul- dijo Elizabeth-. Siempre quiso entender cómo funcionan las cosas.

-Pero qué puedo decir si yo mismo no las entiendo…

-Será mejor que lo lleves a ver a Kant o a Hegel.

-Prefiero ver a Kant-dijo el Sr. Spalding.

-Bueno, a Kant será. Tenemos que ir a su estado primero.

-¿Cómo hacemos eso?

-Es muy simple. Solo piensas en él y preguntas si podemos entrar.

Elizabeth explicó. -Es como llamar a alguien por teléfono y preguntar si puedes pasar a visitar.

-Supongamos que dice que no.

-Puede pasar. Por supuesto, en ese caso no pasaremos. Puede habernos des-pensado.

-¿Se puede des-pensar a alguien?

-Si, es una forma de protegerte. De lo contrario la vida aquí sería insoportable. Solo quedate quieto por un segundo, ¿de acuerdo?

Hubo un intenso silencio. Entonces Jefferson dijo: -Ahora, puedes pasar.

El Sr. Spalding se encontró entonces en una habitación blanca, apenas amueblada y con tres hileras de estantes para libros, una mesa para escribir, un juego de misteriosos instrumentos y dos sillas. Una lampara con pantalla sobre el escritorio iluminaba la habitación. El Sr. Spalding había abandonado el campo con pinos y colinas soleadas, pero al parecer en el tiempo de Kant eran aproximadamente las diez de la noche. El inmenso ventanal estaba cubierto por un cielo estrellado azul oscuro.

Un hombre pequeño, de mediana edad estaba sentado frente al escritorio. Vestía ropa del siglo dieciocho y una peluca. El rostro que observaba ahora al Sr. Spalding era esbelto y reseco, con la boca pequeña y los ojos brillando a la distancia con profunda e inspirada inteligencia. El Sr. Spalding entendió que estaba en presencia de Immanuel Kant.

-¿Usted pensó en mi?

-Disculpe. Soy James Spalding. Estudiante de filosofía. Me dijeron que quizás usted, estaría dispuesto a explicarme las extraordinarias condiciones en las que me encuentro.

-Puedo preguntarle, Sr. Spalding, si conoce usted algo sobre mi filosofía.

-Soy uno de sus mas devotos discípulos, señor. Me rehúso a creer que exista un avance considerable en la filosofía después de la Crítica de la razón pura.

-Mi sucesor, Hegel, hizo un avance muy considerable. Si no has leído a Hegel entonces…

“Discúlpeme, pero si lo he leído. Alguna vez fui un devoto discípulo suyo. Una fantasía deslumbrante, la Triple Dialéctica. Pero entendí que el suyo, señor, era el sistema mas seguro y cuerdo, y que la tendencia recurrente de la filosofía debía ser volver a Kant.

-Es mejor ir hacia adelante que volver. Si eres realmente mi discípulo, no creo que las condiciones aquí deberían resultarte tan extraordinarias.

-Me resultan extraordinarias porque confirman su teoría del tiempo y el espacio, señor.

-Eso hacen si. Eso si son. Pero van mucho mas allá de cualquier cosa que yo haya podido soñar. No estaba dentro de mi esquema que la Voluntad, a la cual recordaras, siempre le asigné un rol puramente ético y pragmático, que la Voluntad y la imaginación de los individuos, la suya y la mía, Sr. Spalding, pudiera crear su propio tiempo y espacio, sus propios objetos en ese tiempo y espacio. No anticipé esta multiplicidad de espacios y tiempos. En mi tiempo había solo un espacio y un tiempo para todos.

-Pero aun así, es una confirmación extraordinaria, y como podrá imaginar, Sr. Spalding, fue extremadamente gratificante cuando llegué a este lugar por primera vez y descubrí que todos hablaban y pensaban correctamente respecto al tiempo y el espacio. Notará que aquí decimos estado, para referirnos al estado de la consciencia, donde solíamos usar la palabra espacio. De la misma manera hablamos de los estados del tiempo, para referirnos al tiempo como estado de la consciencia. Mi estado presente, como puede observar, es exactamente diez minutos después de las diez según mi reloj, que es mi consciencia. Mi consciencia registra el tiempo automáticamente. Mi propio tiempo, verá, no el de los demás.

-¿Pero no es eso aterradoramente inconveniente? Si su tiempo no es el de los demás, cómo diantres, es decir cómo en el paraíso, se hace para concertar una cita?¿Cómo se coordina algo?

-Concertamos citas y coordinamos, exactamente igual a como solíamos hacerlo, mediante un sistema puramente arbitrario. Medimos el tiempo por espacio, por eventos, movimientos en el espacio-tiempo. Mientras que en condiciones terrenales había aparentemente una tierra y un sol, un día y una noche para todos, aquí, todos tienen su propia tierra, su propio sol y su propio día y noche. Entonces nos vimos forzados a adoptar un tierra y un sol ideal, con día y noche ideal. Sus revoluciones se miden en forma exacta a como las mediamos en la tierra, por el movimiento de las manecillas en un dial que marca minutos y horas. Solo que nuestro reloj público tiene cinco manecillas que señalan las revoluciones en semanas, meses y años. Ese es nuestro tiempo estandarizado público, y todas las citas se mantienen y todos los cálculos científicos se hacen con ese reloj como referencia. La única diferencia entre la tierra y el paraíso es que aquí, al espacio-tiempo público se lo considera como lo que realmente es, una convención artificial y estrictamente arbitraria. Sabemos, no como resultado de un razonamiento filosófico o matemático, sino como parte de nuestra experiencia consciente ordinaria, que no hay un espacio absoluto ni un tiempo absoluto. Yo diría que no hay tiempo y espacio real, pero en el paraíso, el estado de la conciencia trae consigo su propia realidad, y el estado del tiempo y el espacio es tan real como cualquier otro.

-Por supuesto, sin el espacio-tiempo público arbitrario, un reloj público, los estados de conciencia de un individuo con el de otro jamas podrían coordinar. Por ejemplo, has venido desde las doce del mediodía del Sr. Jefferson a mis diez en punto de la noche. Pero el reloj público, el cual veras ahí afuera en la calle, estamos en Konigsberg; no tengo imaginación visual por lo que tengo que apoyarme completamente en mis recuerdos para crear un escenario, en la dársena pública, como le llamo, marca un cuarto para las ocho; si yo le pidiera al Sr. Jefferson que viniera a pasar la tarde, utilizaríamos la hora del reloj público para fijar la cita a las ocho. Pero cuando llegara a mi tiempo seguirían siendo las diez.

-Ahora, me gustaría señalarle algo, Sr. Spalding, esta forma de pensar el tiempo y el espacio no es tan revolucionaria como parece. Usted recordara que yo he dicho que bajo condiciones terrenales, hay, aparentemente, una tierra y un sol, un día y una noche para todos. Pero en realidad, incluso en ese entonces, todos cargaban consigo su propio tiempo y espacio privado, y su propio mundo privado en ese tiempo y espacio. Incluso entonces, solo a través de un sistema arbitrario de convenciones matemáticas, principalmente geométricas, se podían coordinar todos esos tiempos y espacios privados, para constituir de esa manera un universo. El reloj público, basado en la revolución de los cuerpos en un espacio público determinado matemáticamente, era un asunto tan convencional y relativo en la tierra como lo es en el paraíso.

-Nuestra conciencia privada registraba sus propios tiempos entonces en forma automática al igual que ahora, mediante el paso de eventos internos. Si los eventos pasaran mas rápido, nuestro tiempo privado se adelantaría al reloj; si los eventos se regazasen, quedaría retrasado.

-Es así que en la experiencia de soñar hay muchos mas eventos por segundo que en la experiencia de despertar; y la consciencia registra los eventos en tiempo reloj, es así que en un sueño podemos vivir durante horas o días en una fracción del tiempo que coincide con el tiempo que conlleva el golpe de la puerta con el cual despertamos. Es absurdo decir que en este caso no vivimos en dos sistemas temporales distintos.

-Si, y…-el Sr. Spalding gritó emocionado-.Einstein ha demostrado que el movimiento en el espacio-tiempo público es algo completamente relativo y arbitrario y que la velocidad, o el valor tiempo, de un rayo de luz que se mueve en distintas condiciones es una constante, cuando bajo cualquier otra teoría de tiempo absoluto y movimiento absoluto debería ser una variante.

-Eso- dijo Kant-,eso es ni mas ni menos lo que yo esperaría que fuera.

-Usted dijo, señor, que la única diferencia entre las condiciones terrenales y del paraíso es que el carácter artificial y estandarizado del espacio-tiempo se reconoce en el paraíso pero no en la tierra. Yo habría dicho que las diferencias mas sorprendentes son, en primer lugar, que en el paraíso nuestra experiencia está creada por nosotros mediante nuestra imaginación y nuestra voluntad, mientras que en la tierra era, en sus propias palabras, “dada.” En segundo lugar, en el paraíso nuestros estados no están cerrados como en la tierra, sino que cualquiera puede entrar en el estado de los demás. Tengo la impresión de que estas diferencias son lo bastante grande como para superar ampliamente nuestra experiencia en la tierra.

-No son tan grandes-dijo Kant-,como tú dices. Al soñar, ya estas viviendo una experiencia en la que cada persona construye un mundo para sí mismo, con su propio espacio y tiempo; un mundo en el cual se trascienden las condiciones ordinarias de tiempo y espacio. Mediante la telepatía y la clarividencia puede experimentar lo que es entrar en la estado de las demás personas.

-Pero-dijo el Sr. Spalding-, en la tierra mi consciencia dependía de un mundo fuera de ella, surgido presuntamente de la conciencia de Dios, mi cuerpo siendo el medio ostensible. Aquí, por el contrario, tengo a mi mundo dentro mio, creado por mi consciencia y mi cuerpo no es el medio sino un mero accesorio de mi creación.

-¿Y qué infiere de todo esto, Sr. Spalding?

-Pues que en la tierra estaba mas cerca de Dios, mas dependiente de él de lo que estoy en el paraíso. Parece que aquí me he convertido en mi propio Dios.

-¿Y no le parece que al convertirse en una especie de dios no está en realidad mas cerca de Dios?¿que al tener el poder de la imaginación para construir, esta libertad para crear un universo con su voluntad, Dios está recortando el camino entre usted y él, mucho mas que la limitada y obstruida conciencia que tenía en la tierra?

-Si, es verdad. Cuando pienso en esa espantosa vida en la tierra, el dolor, señor, el horrible dolor, la maldad, la imbecilidad, esa interminable batalla derramando sangre y miseria, los golpes de la vida, no puedo evitar pensar por qué semejantes cosas existen en el Absoluto, y por qué el Absoluto no nos puso aquí, o como usted diría, no nos pensó aquí, en este estado celestial desde el principio.

-¿Cree usted que a cualquier inteligencia finita, cualquier voluntad finita se le puede confiar, sin entrenamiento con el poder que tenemos aquí? Solo las voluntades disciplinadas por luchar contra las maldades de la tierra,e inteligencias curtidas de tanto lidiar con los problemas de la tierra son las mas apropiadas para crear universos. ¿Recuerda mi entusiasmo por la ley moral, mi Imperativo Categórico? Aun lo tengo. La ley moral sigue vigente y siempre regirá sobre la tierra. Pero ahora veo que no es un fin en sí mismo, solo un medio en el que este poder, esta libertad es el fin.

-Esa es la razón por la cual el dolor y la maldad existen en el Absoluto. Es obvio que no pueden existir en él como tales, ya que existen exclusivamente en relación a los estados de organismos terrenales. Ese es el por qué el comparativamente libre albedrío de los organismos terrenales le permite crear dolor y maldad.

-Cuando dices que ese tipo de cosas existen en el Absoluto, íntegros e inalterables, no tiene sentido. Está pensando en el dolor y la maldad en términos de una dimensión en el tiempo y tridimensional en el espacio, en el cual se multiplican indefinidamente.

-¿Qué quiere decir cuando dice en una dimensión en el tiempo?

-Es decir que se considera al tiempo como una extensión lineal, una sucesión pura de pasado, presente y futuro. Piensa en el dolor y la maldad como distribuidos indefinidamente en el espacio e indefinidamente repetido en el tiempo, mientras que en la idea, la cual es su forma en la eternidad, en su peor momento no son tantas, solo una.

-Eso no les hace menos tolerables.

-No estoy hablando de eso, estoy hablando del significado de la eternidad, en el Absoluto, siendo que es algo que te preocupa.

-Lo veras por ti mismo si vienes conmigo al estado del tiempo tridimensional.

-¿Qué es eso?-dijo el Sr. Spalding, profundamente intrigado.

-Eso-dijo el filosofo-, es tiempo que no está dispuesta en sucesión linear, tiempo que se ha doblado sobre sí mismo dos veces para llevar el pasado y el futuro al presente. Mientras el punto se repite para formar una linea en el espacio, el instante se repite de igual manera para formar el tiempo linear del pasado, presente, futuro. Y mientras la linea unidimensional se dobla en angulo recto sobre sí misma para formar un plano bidimensional, de igual manera, el tiempo unidimensional se dobla sobre si mismo para formar un plano bidimensional o plano temporal, el pasado-presente o presente-futuro. Y cuando el plano se dobla para formar el cubo, también lo hacen los planos pasado-presente y presente-futuro, vuelven a dar un giro para encontrarse a sí mismo y formar un cubo temporal, o mejor dicho un plano pasado-presente-futuro coexistente.

-Ese es el estado de la conciencia tridimensional en el cuales debemos pensar para entrar a él.

-¿Quieres decir que si logramos entrar habremos resuelto el enigma del universo?

-Difícilmente. El universo es un enigma formidable. Si Dios quiso mantenernos ocupados por toda la eternidad, no podría haber diseñado algo mejor. Quizás no podamos quedarnos durante mucho tiempo, o asimilar el pasado-presente-futuro de una vez. Pero verás lo suficiente para entender lo que es el tiempo cubico. Comenzaras con una pequeña sección cubica, que gradualmente se hará mas grande hasta que hayas asimilado tanto tiempo cubico como te sea posible.

-Mira por esa ventana. Ves ese carruaje que viene por la calle. Tengo que atravesar la casa frente a la de Herr Schmidt, al soldado Prusiano y esa tienda de abarrotes y el reloj antes de que llegue a la iglesia.

Ahora veras lo que sucede.

III

Lo que el Sr. Spalding vio era la repentina detención del carruaje, el cual ahora parecía estar simultáneamente en casa estación, la casa de Herr Schimdt, la posada, la tienda, el reloj, la iglesia y la calle lateral sobre la cual aun no había doblado. En esta visión los objetos sólidos se hacen transparentes, por lo que podía ver la calle lateral a través de las casas. De la misma manera, distribuidos en el espacio como si fuera una proyección de Mercator, vio todas las subsiguientes paradas del carruaje hasta su llegada a un granero entre un establo y un pajar. En esa misma duración de tiempo, que era su presente, vio a las personas del pueblo moverse dentro de sus casas, comer, fumar, e irse a dormir, vio a los campesinos en sus granjas y cabañas, y el interior del castillo del noble local. Esas figuras mantenían todas sus posiciones mientras duraba la extraordinaria experiencia.

La escena se amplió. Y ahora cubría todo Konigsberg, y Konigsberg se hizo toda Prusia, y Prusia toda Europa. El Sr. Spalding parecía tener ojos a los lados y detrás de su cabeza. Vio como el tiempo pasaba a su alrededor como un inmenso espacio cubico. Pudo ver la Revolución Francesa, las Guerras Napoleónicas, la guerra Franco-Prusiana, el establecimiento de la República Francesa, la guerra Boer, la muerte de la Reina Victoria, la ascensión y muerte del Rey Eduardo VII, la ascensión del Rey Jorge V, la Gran Guerra, las revoluciones en Alemania y Rusia, el ascenso de la República Irlandesa, la República India, la revolución Británica, la república Británica, la conquista de América sobre Japón y la federación de Estados Unidos de Europa y América, todo sucediendo al mismo tiempo.

La escena se hacía cada vez mas amplia, y el Sr. Spalding mantenía ante sí cada uno de los elementos que habían aparecido por primera vez. Ahora podía ver vastos periodos de tiempos geológicos. Del lado del pasado veía mamuts y hombres de las cavernas, del lado del futuro veía al Océano Atlántico avasallando el Mar del Norte y sumergiendo edificios en Lincolshire, Cambridgeshire, Norfolk, Suffolk, Essex y Kent. Vio helechos gigantes, vio a los grandes saurios trepidando por los pantanos y playas del pasado. El vuelo de un pterodactilo oscureció el cielo. Vio el hielo descender desde los polos hasta las zonas mas templadas de Europa, América y Australia; vio como el ser humano y los animales huían hasta la linea del Ecuador.

Ahora se hundía cada vez mas profundo, había sido absorbido por el flujo del tiempo tridimensional, se agitaba y vibraba a través de todas las cosas vivas; las sintió palpitar dentro suyo y a su alrededor, sintió cada chorro de sangre que emanaba del corazón palpitante de Dios; sintió como la savia subía por los arboles, el deleite de los animales apareándose. Conoció la alegría que llevaba a Jerry, su gato negro, a bailar en sus patas traseras y moverse de lado a lado y sacudir sus patas delanteras como alas. Las estrellas pasaban girando junto a él con un sonido similar al de las cuerdas de un violín, y a través de todo eso, escuchó la voz de Paul Jefferson, cantando una canción. Sentía un inmenso y dominante arrebato de dolor punzante. Pero al mismo tiempo era atraido nuevamente por el flujo de la vida con un curioso sentimiento de paz.

La escena se agrandó un poco mas. Estaba presente en el principio y en el final. Vio a la tierra  surgir de un esfera incandescente escupida por el sol. La vio flotar como una estéril luna cubierta por los restos de mundos destruidos. Pero para su sorpresa no vio oscuridad. Aprendio que la luz es aun mas antigua que los soles; que nacen de ella y no al reves. Todo el universo se paró ante él, doblando su futuro sobre su pasado.

Vio los inmensos planos temporales interseccionarse unos a otros, como los planos de una esfera, girando, doblándose hacia adentro y hacia afuera.

Vio otros sistemas espacio-temporales elevarse y derrumbarse. Y como un pequeño apartado en ese inmenso escenario, su propia vida desde su nacimiento hasta ese mismo momento, junto a eventos de la vida celestial que le faltaba por vivir. En esa visión, el adulterio de Elizabeth, que alguna vez le había parecido un evento tan monstruoso, y sobrecogedor, terminó siendo insignificante.

Ahora el universo se disolvía en los máximos elementos de la materia, electrones de los electrones del electro, una red invisible, vibrando intensamente se expandió en todo el espacio del espacio, el tiempo del tiempo; el pensamiento de Dios.

El Sr. Spalding fue absorbido por él. Paso junto a la inmanente figura de Dios hacia su vida trascendente, hacia el Absoluto. Por un momento pensó que su esto era la muerte, entonces, todo su ser empezó a hincharse mas y mas con un sentimiento de alegría inesperada e indescriptible.

En ese momento los espíritus de Elizabeth y Paul Jefferson se unieron a él en el arrebato y vibraron al unisono. Ya no tenía recuerdos del adulterio, ni el de ellos ni del suyo.

Cuando salió del éxtasis entendió que un nuevo pensamiento se formaba, que Dios estaba estirando la red de materia a través del tiempo y el espacio.

Estaba a punto de construir otro enigmático universo.

FIN

Los habitantes del pozo

Por Abraham Merrit

Publicado originalmente en All-Story Weekly magazine, 5 de enero de 1918

Desde el norte, un haz de luz se disparó a mitad de camino del cenit. Venía desde el otro lado de los cinco picos. El haz de luz atravesaba una columna de niebla azul cuyos bordes estaban estrictamente delimitados, como la lluvia que corre sobre los bordes de una nube cargada. Era como el haz de un reflector proyectado sobre una neblina cerúlea. No proyectaba sombras.

Al proyectarse sobre las cimas, delineaba claramente el contorno sobre un oscuro fondo, y fue entonces que noté que la montaña tenía la forma de una mano. La silueta se hacia cada vez mas clara ante esa luz, los gigantescos dedos se estiraban, la mano parecía lanzarse hacia adelante. Era como si se moviera para detener algo y echarlo para atrás. El rayo brillante permaneció inmóvil por un momento; entonces se partió en innumerables pequeños globos luminosos que iban de acá para allá cuidadosamente. Parecían estar buscando algo.

El bosque se había quedado muy tranquilo. Todos sus sonidos típicos parecían estar conteniendo la respiración. Sentí a los perros apretarse contra mis piernas. Ellos también guardaban silencio; pero cada musculo de su cuerpo no paraba de temblar, el pelo de sus espaldas estaba erizado y sus ojos, fijos en las luces estaban profundamente espantados.  

Miré a Anderson. Él miraba hacia el norte, desde donde se proyectaba la luz.

-No puede ser una aurora- dije sin mover los labios. Tenía la boca seca, como si me hubiese tragado una bocanada de polvo.

-Si lo es, nunca he visto una como esa-. Respondió él con el mismo tono-. Ademas ¿quién ha oído de una aurora en esta época del año?

Entonces dijo lo que yo mismo estaba pensando.

-Me da la impresión, de que están cazando algo ahí arriba- dijo-, una cacería impía, haríamos bien en mantenernos alejados de ese lugar.

-Las montañas parecen moverse cada vez que las ilumina el haz de luz- dije yo-. ¿Qué sera lo que intenta alejar, Starr? Me recuerda a la mano de nubes congelada que el Shan Nadour puso frente a la Puerta de los Espectros para evitar que abandonaran las guaridas que Eblis dispuso para ellos.

Levantó su mano… y escuchó.

Desde el norte y muy por encima nuestro se escuchaba un susurro. No era el crujido de una aurora, ese sonido crepitante, como el de los fantasmas de los vientos que soplan en la Creación, a través de las resecas hojas de los ancestrales arboles que protegían a Lilith. Era un susurro que cargaba un pedido. Un ansioso pedido. Nos invitaba a presentarnos en el lugar donde se originaba el haz de luz. Nos atraía. Había un tono de inexorable insistencia. Tocó mi corazón con miles de pequeños dedos cargados de temor y lo llenó con un deseo irrefrenable de correr a fundirme con la luz. Debe ser lo que sintió Ulises cuando forzó el mástil de su barco para seguir el cristalino y dulce canto de las Sirenas.

El susurro se hizo mas fuerte.

-¿Qué demonios les pasa a estos perros?-gritó ferozmente Anderson-. ¡Miralos!

Los malamutes, chillando, corrieron a toda velocidad hacia la luz. Los vimos desaparecer entre los arboles. Entonces nos llegó un aullido de dolor. Ese sonido también desapareció y solo se escuchó el insistente murmullo que venía desde las alturas.

El claro en el que habíamos acampado mirada directamente hacia el norte. Según mis estimaciones, estábamos a unos cuatrocientos kilometros de la primer gran curva del Koskokwim en dirección al Yukon. Era una tierra salvaje e inexplorada. Habíamos partido desde Dawson durante los primeros días de la primavera con una buena idea de como llegar a los cinco picos perdidos, entre los cuales, según nos contó un curandero de Athabascan, el oro fluía como una pasta a través de un puño cerrado. No pudimos conseguir ni siquiera a un nativo para que nos acompañara. La tierra de la Montaña de la Mano era una tierra maldita dijeron. Divisamos los picos la noche anterior, con sus cimas ligeramente contorneadas por un brillo pulsante. Y ahora veíamos la luz que nos había llevado hasta ellos.

Anderson se endureció. A través del susurro, escuchamos un curioso crujido, como si fueran pisadas. Sonaba como si un pequeño oso viniera en nuestra dirección. Tiré una pila de leña al fuego y, mientras ardía, vimos algo entre los arbustos. Caminaba en cuatro patas, pero no caminaba como un oso. De la nada, pensé que se asemejaba a un bebe gateando escaleras arriba. Con las patas delanteras levantadas en un forma grotesca e infantil. Era una imagen grotesca y terrible. Se acercó. Desenfundamos nuestras armas pero las soltamos cuando vimos lo que realmente era. ¡Esa cosa que gateaba era un hombre!

Era un hombre. Se aproximó al fuego con un paso automático como si aun siguiera escalando. Se detuvo.

-A salvo- susurró el hombre que gateaba, con una voz que era un eco del murmullo que sonaba en las alturas-. Aquí estoy a salvo. No pueden salir de lo azul, sabe. No pueden agarrarte, a menos de tu vayas a ellos…

Se cayó de lado. Corrimos a asistirlo. Anderson se arrodilló a su lado.

-¡Por el amor de Dios!- dijo-. ¡Frank, mira esto!- Señalo sus manos. Sus muñecas estaban cubiertas con harapos desgarrados de alguna prenda de ropa. ¡Pero sus manos era muñones! Sus dedos estaban doblados hacia adentro de sus palmas y la carne estaba consumida hasta los huesos. ¡Parecían las patas de un pequeño elefante negro! Mis ojos recorrieron su cuerpo. Alrededor de su cintura había una pesada banda de metal amarillo. ¡De ella se desprendía un anillo con una cadena blanca brillante con una docena de eslabones!

-¿Qué es?¿De dónde ha venido?- dijo Anderson-. Mira, se ha quedado dormido, pero aun en sus sueños, sus brazos intentan escalar y sus pies siguen avanzando, un paso después del otro. Y sus rodillas, por Dios ¿cómo fue capaz de moverse con las rodillas en ese estado?

Era como él decía. El sueño profundo en el que había caído, sus brazos y piernas seguían moviéndose en forma deliberada y espantosa, seguía escalando. Era como si tuvieran vida propia, que seguían moviéndose independientemente de que su cuerpo se hubiera detenido. Eran como el movimiento de las barreas del tren. Si alguna vez se han parado en la parte trasera de un tren, habrán observado como las barreras se levantan y caen, y sabrán exactamente lo que quiero decir.

Abruptamente, el susurro que sonaba en las alturas se detuvo. El haz de luz cayó y no volvió a levantarse. El hombre que se gateaba dejo de moverse. Un suave resplandor empezó a crecer a nuestro alrededor. Era el amanecer, la corta noche de verano en Alaska había terminado. Anderson se frotó los ojos y se volvió hacia mi con el rostro demacrado.

-¡Hombre!- exclamó-. ¡Luces como si te hubieran echado una maldición!

-No mas que tú, Starr- le dije-. ¿Qué piensas de todo esto?

-Pienso que nuestra única respuesta yace aquí mismo- respondió, señalando la figura que yacía inmóvil bajo las frazadas que le habíamos echado encima-. Sea lo que sea, lo buscaba a él. Esa luz no era ninguna aurora, Frank. Era la llama de algún extraño infierno, uno desconocido incluso para los predicadores que lo usan para asustarnos.

-No avanzaremos un paso mas el día de hoy- dije yo-. No me atrevería a despertarlo ni por todo el oro que fluye entre los dedos de los cinco picos, ni por todos los demonios que pueden estar ahí esperándonos.

El hombre que gateaba dormía tan profundo como el río Estigia. Lavamos y vendamos los muñones que habían sido sus manos. Sus brazos y piernas estaban tan rígidos que parecían muletas. No se movió mientras lo curábamos. Se quedó tendido en la misma posición en la que cayó, con los brazos un poco alzados y las rodillas dobladas.

-¿Por qué gateaba?- murmuró Anderson-. ¿Por qué no caminaba?

Yo estaba limando la banda de la cintura. Era de oro, pero no era como ningún tipo de oro que yo haya visto antes. El oro puro es suave. Este era suave pero tenía una especie de vida propia, sucia y viscosa. Se aferraba a la lima. Logré cortarlo, lo doble, se lo quite y lo arrojé lejos. ¡Era algo repugnante!

Durmió durante todo ese día. La oscuridad cayó y él seguía durmiendo. Esa noche no hubo haz de luz, ni globos de búsqueda, ni susurro. Era como si la aterradora maldición hubiera sido levantada de esas tierras. Era el mediodía cuando el hombre que gateaba despertó. Di un salto cuando escuché una voz agradable que arrastraba las palabras.

-¿Cuánto tiempo he estado dormido?-preguntó. Sus ojos azul claro parecían confundidos cuando se encontraron con los míos-. Una noche y casi dos días- le dije-. ¿Hubo alguna luz ahí arriba anoche?-dijo señalando ansiosamente hacia el norte-. ¿Algún susurro?

-Ninguno de los dos- respondí. Su cabeza cayó hacia atrás y se quedo mirando el cielo.

-¿Se han rendido entonces?- dijo finalmente.

-¿Quienes se han rendido?-preguntó Anderson.

-Los habitantes del pozo-respondió tranquilamente el hombre que gateaba.

Nos lo quedamos mirando-. Los habitantes del pozo- dijo-. Criaturas que el Diablo creó antes del Diluvio y que de alguna manera escaparon a la venganza de Dios. No representan ningún peligro para ustedes, siempre y cuando no respondan a su llamado. No pueden atravesar la niebla azul. Yo era su prisionero- agregó calmado-. ¡Intentaron atraerme con susurros para que volviera!

Anderson y yo nos miramos el uno al otro con el mismo pensamiento en nuestras mentes.

-Se equivocan- dijo el hombre que gateaba-. No estoy loco. Denme algo de beber. Voy a morir muy pronto, pero quiero que me lleven al sur, lo mas lejos que puedan antes de morir, y después, quiero que armen un gran fogata y quemen mi cuerpo. Quiero quedar en una forma en la que ningún hechizo infernal puede arrastrar mi cuerpo de vuelta hacia ellos. Lo harán, una vez que les cuente sobre ellos…- dijo titubeando-. ¿Me han quitado las cadenas?- dijo.

-Yo las corté- respondí cortante.

-Gracias a Dios por eso también- susurró el hombre que gateaba.

Bebió un poco de brandy y agua que le alcanzamos a los labios.

-Mis brazos y piernas están muertos- dijo-. Tan muertos como yo lo estaré muy pronto. Bueno, me sirvieron mientras los tuve. Ahora, déjenme decirles lo que hay detrás de esa mano. ¡El infierno!

-Mi nombre es Stanton, Sinclair Stanton. Clase 1900 de Yale. Explorador. Partí desde Dawson el año pasado para cazar en los cinco picos que se elevan como una mano en un territorio maldito donde el oro fluye entre los dedos. ¿Es por lo mismo que ustedes han venido, verdad? Eso pensé. En el otoño, mi camarada enfermó. Lo envié de vuelta con unos nativos. Y un poco tiempo después todos los nativos que viajaban conmigo huyeron. Decidí que me quedaría, construí una cabaña, me aprovisioné de comida y me quede a pasar el invierno. Iba a esperar a la primavera para ponerme en marcha. Hace menos de dos semanas divisé los cinco picos. No desde este lado, desde el otro. Denme un poco mas de brandy.

-Había tomado un desvío demasiado grande- siguió-. Me había ido demasiado al norte. Empece a volver. Desde este lado solo hay bosque, todo bosque hasta la base de la Montaña de la Mano. Pero desde el otro lado…

Se quedó en silencio por un momento.

-Desde ese otro lado también hay bosque. Pero no llega hasta la base. ¡No! Llegué hasta donde termina y frente a mi encontré kilómetros y kilómetros de llanura. Eran tierras erosionadas y de aspecto muy antiguo, como el desierto que rodea las ruinas de Babilonia. Y al final de esa llanura se elevaban los picos. Entre ellos y yo, a lo lejos, había lo que parecía ser un pequeño dique de rocas. Entonces, ¡me subí al camino y lo seguí hasta allá!

-¿Un camino?- preguntó Anderson incrédulo.

-El camino,si- dijo el hombre que gateaba-. Un camino de roca alisada. Iba directo hacia las montañas. Si, era un buen camino, gastado, como si millones y millones de pies hubiesen pasado por él durante miles de años. A cada lado del camino había arena y pilas de rocas. Al cabo de un tiempo empecé a notar que las rocas estaban cortadas, y apiladas de forma tal que me hizo pensar que de alguna manera, hace unos cientos de miles de años, estas rocas podrían haber sido casas. Sentí que habían sido construidas por el ser humano, pero a la vez olían como si fueran restos de tiempos inmemoriales. En fin…

-Los picos estaban cada vez mas cerca. Las ruinas de rocas eran cada vez mas numerosas. Algo, una desolación indescriptible rondaba sobre ellas, algo emanaba de ellas, algo que me heló el corazón como el toque de un fantasma tan antiguo que solo podría haber sido el fantasma de un fantasma. Seguí avanzando.

-Entonces vi que lo que pensé que era un pequeño dique de piedras en la base de las montañas, en realidad era un grueso cúmulo de ruinas. La Montaña de la Mano en realidad estaba bastante mas lejos de ese lugar. El camino pasaba por el medio de dos grandes rocas que se elevaban como una puerta de entrada.

El hombre que gateaba hizo una pausa.

-Era una puerta de entrada-dijo-. Llegué hasta ellas. Caminé por el medio. Y fue entonces que no pude evitar caer al piso, rendido ante tan asombroso escenario. Estaba sobre una ancha plataforma de piedra. Y ante mí, ¡el espacio! Imaginen el Gran Cañón, cinco veces mas ancho y sin poder ver el fondo. Eso fue lo que encontré. Era como mirar desde borde de una fisura del mundo hacia abajo y ver el infinito, donde los demás planetas giraban y giraban. Del otro lado del pozo estaban los cinco picos. Lucían como una gigantesca señal de advertencia que se extendía hacia el cielo. Los labios del abismo se abrían hacia mis lados.

-Podía ver hasta unos trescientos metros hacia abajo. Ahí es donde la niebla azul se hace tan espesa que no deja ver mas nada. Es la misma que se puede ver en lo alto de las montañas al atardecer. Y el pozo, era extraordinario, extraordinario como el Golfo Maori de Ranalak, que separa el reino de los vivos del de los muertos y que solo las almas recién liberadas tienen la fuerza para saltar pero la pierden del otro lado y ya no pueden volver a cruzar.

-Me alejé muy despacio del borde y me incorporé, débil. Mi mano descansaba sobre uno de los pilares de la entrada. Había un tallado sobre el pilar. Con bordes aun filosos, se veía la heroica figura de un hombre. Estaba de espaldas. Con los brazos extendidos. Tenía un extraño tocado en la cabeza. Mire el otro pilar y este también tenia tallada la misma figura. Los pilares eran triangulares y los tallados estaban del lado opuesto al pozo. Las figuras parecían estar conteniendo algo. Miré de cerca y detrás de las manos extendidas me pareció ver otras figuras.

-Seguí las figura sobre la piedra. Y lo que vi me descompuso en forma inexplicable. Eran enormes babosas erguidas. Sus hinchados cuerpos estaban prácticamente borrados del tallado, todo excepto sus cabezas que eran globos bien remarcados. Eran, eran absolutamente repugnantes. Me volví de la puerta hacia el abismo. Me estiré sobre el borde de la plataforma y miré hacia el precipicio.

-¡Había una escalera que bajaba hacia el pozo!

-¡Una escalera!-dijimos al mismo tiempo.

-Una escalera- repitió el hombre que gateaba con la misma paciencia de antes, “parecía no estar tallada de la roca sino construida sobre ella. Los escalones eran de como de un metro de largo y dos de ancho. Bajaban desde la plataforma y desaparecían bajo la niebla azul.

-¿Pero quién podría haber construido una escalera como esa?-dije yo-. ¡Una escalera construida sobre el muro de un precipicio que conducía hacia un pozo sin fondo!

-No, sin fondo no- dijo tranquilamente el hombre que gateaba-. Tenía fondo. ¡Yo llegue hasta el fondo!

-¿Usted llegó?-repetimos.

-Si, utilizando la escalera- respondió el hombre que gateaba-. Veras, bajé por ella.

-Si- dijo-. ¿Bajé por la escalera. Pero no ese día. Acampe ese día en la puerta. Al amanecer, llene mi mochila con comida, dos cantimploras con agua de un manantial que brotaba cerca de las puertas, camine entre los monolitos tallados y empecé a bajar al pozo.

-Los escalones corren junto a la roca a un angulo de cuarenta grados. Los iba estudiando a medida que iba bajando. Estaban hechos de una roca verdosa muy distinta al granito pórfido del cual estaban hechos los muros del precipicio. Al principio creí que los constructores habían aprovechado las salientes del estrato para tallar estas gigantescas escaleras. Pero la regularidad de los ángulos de los escalones me hizo dudar de esa teoría.

-Cuando llegue a los ochocientos metros encontré un descanso. Desde ahí, las escaleras cambiaban de forma y seguían bajando en forma de V, aferradas al muro del precipicio en el mismo angulo que el primer tramo de escaleras; era como un zig-zag, y cuando hice tres giros como ese entendí que la escalera seguía bajando de esa manera. No existía un estrato que pudiera formarse de manera tan regular. No, las escaleras definitivamente habían sido construidas a mano. ¿Pero por quién? La respuesta estaba en esas ruinas alrededor del borde que nunca nadie leerá.

-Para el mediodía ya no podía ver los cinco picos ni el borde del abismo. Sobre mí y debajo, lo único que podía ver era la niebla azul. A mi lado también había perdido de vista del otro lado del precipicio. No me sentía mareado y todo rastro de temor había sido consumido por una enorme curiosidad. ¿qué era lo que estaba a punto de descubrir? ¿Alguna asombrosa y antigua civilización que había reinado en los tiempos en que los Polos eran selvas tropicales? Nada con vida, de eso estaba seguro, todo esto era demasiado antiguo para conservar la vida. Pero aun así, una escalera tan maravillosa como esta debía conducir a algún lugar igualmente maravilloso, eso lo sabía. ¿Qué podía ser? Seguí bajando.

-Pase frente a la entrada de varias cavernas pequeñas, a intervalos regulares. Habían unos doscientos escalones y una abertura, doscientos mas y una abertura, y así. Esa tarde, me detuve frente a una de esas entradas. Según mis cálculos había recorrido cinco kilometros de escaleras en el pozo pero contando el angulo de la escalera en realidad había recorrido unos quince. Examiné la entrada. Había una figura tallada en cada uno de sus lados, como las figuras del gran portal, solo que esta vez estaban de frente con los brazos extendidos como si intentaran contener algo que pudiera entrar desde las profundidades. Sus rostros estaban cubiertos con velos. No habían horrendas figuras detrás de ellos. Entré a la cueva. La fisura corría por unos veinte metros como si fuera una madriguera. Estaba seca y perfectamente iluminada. Afuera, podía ver la niebla azul elevarse como una columna, con sus bordes claramente delineados. Sentí un extraordinario sentido de seguridad, aunque en ese momento no sentía que hubiera algo que temer. Sentí que las figuras de la entrada eran custodios, ¿para que necesitarían ese tipo de protección?

-La niebla azul se hacia mas gruesa y un poco luminiscente. Entendí que estaba oscureciendo allá arriba. Comí y bebí algo y me dormí. Cuando desperté el azul se había aclarado nuevamente, señal de que había amanecido. Seguí bajando. Completamente ajeno al abismo que bostezaba a mi lado. No estaba cansado y tenía poco apetito y sed, aun cuando había comido y bebido muy poco la noche anterior. Esa noche la pasé dentro de otra caverna y al amanecer continué el descenso.

-Era tarde ese día cuando vi la ciudad por primera vez…

Guardó silencio por un instante.

-La ciudad- dijo finalmente-, no es como cualquier otra, no es como ninguna que hayan visto alguna vez, ni nadie que haya vivido para contarlo. El pozo, creo yo, tiene forma de botella, la abertura ante los cinco picos es el cuello. Pero no sabría decirle que tan grande era el fondo, cientos de kilómetros quizás. Había empezado a ver pequeños destellos de luz entre la niebla. Entonces vi la copa de los arboles, si, supongo que eran arboles. Pero no de nuestra clase de arboles, eran desagradables y serpenteantes. Eran altos y delgados troncos con copas que parecía un nido de tentáculos con horrendas hojas en forma de cabeza de flecha. Eran rojos, un rojo furioso y vivido. Aquí y allá se veían pequeños puntos amarillo brillante. Noté que era agua porque se veía algo alterando la superficie, en realidad veía el chapoteo y las ondas en el agua pero no podía ver que era lo que perturbaba el agua.

-Justo debajo mio estaba la ciudad. Miré hacia abajo y pude ver kilómetros y kilómetros de cilindros abarrotados unos con otros. Yacían de costado en pirámides de tres o de cinco, o de doce, apilados uno contra otro. Es difícil transmitirles lo que era esa ciudad, mira, imagina que tienes caños de agua de cierta longitud, primero colocas tres, lado a lado, arriba de esos, dos mas, y sobre estos uno mas; o supón que en la base colocas cinco y después cuatro arriba, y tres y dos y uno al final. ¿Entienden? Eran algo así. Pero sobre ellas había toda clase de cosas, torres, alminares, abanicos, antorchas y las mas repulsivas monstruosidades. Brillaban como si estuvieran revestidos por una pálida llama rosa. Junto a ellos, ¡los venenosos arboles se alzaban como las cabezas de una hidra defendiendo el nido de gigantescos y adornados gusanos durmientes!

-Unos metros mas abajo, la escalera terminaba frente a un puente de titánicas proporciones, de otro mundo, como el que existe sobre el Infierno y conduce a Asgard. Se curvaba hacia abajo y pasaba por encima de la pila mas alta de cilindros tallados y desaparecía a través de ellos. Era espeluznante, demoníaco.

El hombre que gateaba se detuvo. Sus ojos se dieron vuelta. Empezó a temblar y sus brazos y piernas volvieron a su horrendo movimiento de gateo. De sus labios salio un susurro. Era un eco del murmullo que habíamos oído la noche anterior. Le tape los ojos con la mano y se tranquilizó.

-¡Esas cosas malditas!- dijo-. ¡Los habitantes del pozo! Me hicieron murmurar, ¿verdad?. Si, pero ya no pueden alcanzarme, ¡no pueden!

Momentos mas tarde, mas tranquilo, continuó con su historia.

-Crucé el puente. Bajé hasta la cima de esos… edificios. Una oscuridad azul me envolvió por un momento y sentí que los escalones daban vueltas como si fuera una espiral. Me relaje por un momento y cuando me percaté, estaba en, no sabría como llamarlo, digamos que era una habitación. No tenemos nada que se parezca a lo que hay en el pozo. El suelo seguía a unos treinta metros debajo. Los muros bajan y se ampliaban desde donde yo estaba parado, formando una serie de medialunas cada vez mas grandes. El lugar era colosal, y estaba lleno de curiosas luces rojas. Era como la luz dentro de un ópalo moteado verde y dorado. Llegué hasta el último escalón. A la distancia frente a mi había un enorme altar sostenido por columnas. Los pilares tenían monstruosas volutas talladas con la forma de un enloquecido pulpo agitando cientos de tentáculos, descansaban sobre la espalda de una monstruosidad informe tallada en una piedra carmesí. El frente del altar era una placa gigante color purpura cubierta de tallados.

-¡No puedo describir esos tallados! No hay ser humano que pudiera, el ojo humano no alcanzaría a comprenderlos, no mas de lo que comprendemos a las criaturas que acechan en la cuarta dimensión. Algo muy sutil, en la parte trasera de nuestro cerebro es capaz de sentir lo que esos tallados representan, vagamente. Eran cosas informes que no proveían una imagen consciente pero quedaban grabadas en la mente como un sello ardiente, eran ideas de odio, de combates entre cosas monstruosas e inimaginables, victorias en un infierno de vapor nebuloso, y junglas obscenas, aspiraciones e ideales de inmensurable desprecio.

-Fue entonces que me percaté de que había algo parado en el altar, a pocos metros de mi. Sabía que estaba ahí, podía sentirla con cada cabello y cada pequeña parte de mi piel. Algo infinitamente maligno, infinitamente horrible e infinitamente antiguo. ¡Acechaba, contemplaba, amenazaba y era… era invisible!

-Detrás de mi había un circulo de luz azul. Corrí hacia él. Algo me decía debía regresar por donde vine, subir las escaleras y huir de inmediato. Era imposible. La aversión de sentí por esa Cosa invisible se apoderó de mi y no me lo permitió. Atravesé el circulo y me encontré en una calle que me llevaba directo hacia las filas de cilindros tallados.

-Los arboles rojos se alzaban por aquí y por allá. Entre ellos, las madrigueras de piedra. En ese momento pude ver la sorprendente ornamentación que las cubría. Eran como los troncos de arboles sin corteza, suaves , que habían caído y estaban cubiertos por nocivas orquídeas. Deberían haberse extinguido junto a los dinosaurios. Eran monstruosos. Eran nocivos para el ojo humano y le ponían a uno los nervios de punta. No había nada ni nadie a la vista, ni siquiera rastros de algún ser viviente.

-Habían aberturas circulares en los cilindros similares al circulo del Templo de las Escaleras. Atravesé uno de ellos. Era una habitación abovedada y larga, con curvas que se cerraban a unos seis metros sobre mi cabeza, dejando un amplia ranura que se abría hacia otra recamara abovedada en la parte superior. No había absolutamente nada en esa habitación, excepto por las luces rojas, que yo hubiese visto en el Templo. Tropecé. Seguía sin poder ver nada, pero había algo en el suelo que me hizo tropezar. Me estiré y mi mano sintió algo frio y suave que se movió debajo, me di vuelta y hui rápidamente de ese lugar, era un lugar invadido por algo repugnante y enloquecedor, seguí corriendo a ciegas, agitando mis manos, llorando aterrorizado.

-Cuando logré recomponerme, me vi aun rodeado de los cilindros de piedra y los arboles rojos. Intenté volver sobre mis pasos, encontrar el templo. Estaba mas que atemorizado. Era como un alma fresca que había entrado en pánico ante las primeras imágenes del infierno. ¡No podía encontrar el Templo! Entonces la niebla comenzó a espesar y a brillar, los cilindros brillaron aun mas. Estaba atardeciendo en el mundo superior y sentí que el peligro recién empezaba para mi ahí abajo, que la niebla espesa era la señal para que lo que fuera que viviera en el pozo despertara.

-Me trepe a una de las madrigueras. Me escondí detrás una retorcida roca de pesadilla. Pensé que quizás, existía la posibilidad de permanecer oculto hasta que el azul se aclarara y el peligro hubiera pasado. Pero entonces, empezó a crecer a mi alrededor un murmullo. Estaba en todas partes, crecía y crecía hasta convertirse en un masivo susurro. Husmeé para ver que sucedía en la calle. Vi luces que pasaban de un lado a otro. Cada vez mas luces, salían de las puertas circulares y atestaban las calles. Los mas grandes median dos metros y medio; y los mas bajos rondaban los sesenta centímetros. Corrían, paseaban, hacían reverencias y se detenían y susurraban pero ¡no había nada debajo!

-¡Nada debajo!- suspiró Anderson.

No- continuó-, esa era la parte mas terrible, no había nada debajo de ellos. Esas luces eran los seres vivos. Tenían consciencia, voluntad, pensaban, si hacían mas cosas, desconozco. Estaban a pocos metros de mí. Su centro era un núcleo brillante, rojo, azul, verde. Este núcleo se desvanecía, gradualmente, en un resplandor nebuloso que no terminaba abruptamente sino que parecía desaparecer paulatinamente en la nada, pero era una nada que debajo tenia… algo. Force mis ojos para intentar comprender como eran sus cuerpos, donde las luces se fundían y que podían sentirlos pero no verlos.

-Me quedé congelado. Algo frío, y delgado como un látigo me había tocado el rostro. Volví mi cabeza. Muy cerca detrás mio habían tres de esas luces. Eran azul claro. Me estaban mirando, si puede uno imaginarse que estas luces tuvieran ojos. Otro látigo me tomó del hombro. de la luz mas cercana pude oír un murmullo estridente. Grité. De repente el murmullo en las calles se detuvo. Alejé mis ojos del globo azul claro que me sostenía y levanté la mirada para ver a un sinnúmero de luces en la calle amuchandose a mi alrededor. Se quedaron ahí, mirándome. Parecían una multitud de curiosas personas alrededor de un espectáculo de Broadway. Sentí que muchos látigos me tocaron al mismo tiempo y me desvanecí.

-Cuando recuperé la conciencia estaba de vuelta en el Lugar de las Escaleras, tirado a los pies del altar. Todo estaba en silencio. No había luces, solo los manchas rojas brillantes. Me puse de pie y corrí hacia las escaleras. Algo me jaló bruscamente y me puso de rodillas. Fue entonces que vi el anillo de metal amarillo alrededor de mi cintura. Del anillo colgaba una cadena y esta llegaba hasta arriba, a la plataforma allá en lo alto. ¡Estaba encadenado al altar!

-Intenté sacar mi cuchillo del bolsillo para cortar el anillo. Pero ya no lo tenía. Me habían quitado todo excepto una de las cantimploras que colgaba de mi cuello que supongo que Ellos creyeron era parte de mí. Intenté romper el anillo. Parecía estar vivo. Se retorcía en mis manos, y me apretaba aun mas. Tiré de la cadena pero no se movió ni un centímetro. Entonces recordé que la Cosa invisible sobre el altar seguía ahí. Me arrastré a los pies de la gran placa y lloré. Pensé, que estaba solo en ese lugar de luces extrañas con el reflexivo y antiguo Horror custodiándome, una Cosa monstruosa, una Cosa impensable e invisible que me llenaba de terror…

-Cuando logré recomponerme, momentos después. Vi que junto a uno de los pilares, había un recipiente amarillo con un liquido blanco y espeso. No me importaba si me mataba. Sabía bastante bien y al beberlo recuperé mis fuerzas en forma muy rápida. Era evidente que no querían matarme de hambre. Las luces, sea lo que fueren, tenían alguna idea de las necesidades humanas.

-Ahora, el brillo rojizo de las manchas se intensificó. Se escucharon ruidos afuera y a través de la puerta circular aparecieron de nuevo los globos, se ordenaron en filas hasta que llenaron el Templo. El susurro se convirtió en un cántico, un cántico susurrado con un ritmo que subía y bajaba, subía y bajaba, mientras los globos acompañaban el cántico moviéndose ellos mismos hacia arriba y abajo, arriba y abajo.

-Durante toda la noche, las luces fueron y vinieron, y durante toda la noche los cánticos subían y bajaban. Para cuando terminó solo me quedaba un átomo de consciencia en un mar de susurro rítmico, un átomo que subía y bajaba junto a los globos. Debo decirles que incluso mi corazón latía al unisono con ese ritmo. Las luces rojas se desvanecieron, las luces abandonaron el Templo y el susurro se extinguió. Estaba solo nuevamente y sabía que una vez mas el día recién había comenzado en mi propio mundo.

-Dormí. Cuando desperté encontré mas de ese liquido blanco junto al pilar. Examiné las cadenas que me ataban al altar. Empecé a frotar dos eslabones el uno contra el otro. Hice esto durante horas. Para cuando la luz roja empezó a brillar con mas intensidad había logrado desgastar un poco los eslabones. Había esperanza. Había, entonces, una oportunidad de escapar.

-Junto a la intensidad de la luz roja, las luces volvieron. Durante toda la noche el cántico susurrado siguió sonando y los globos subieron y bajaron. El cántico me atrapó. Vibró a través de mi cuerpo hasta que el ultimo musculo y el ultimo nervio vibraron a la misma frecuencia. Mis labios empezaron a temblar, como si hicieran el esfuerzo de gritar en el medio de una pesadilla. Pero eventualmente se rendían y ellos también repetían el cántico de los habitantes del pozo. Mi cuerpo se inclinaba al unisono con las luces. Me había convertido en una de esas criaturas sin nombre a través del sonido y movimiento, mientras mi alma se encogía enferma de horror e impotencia. Mientras susurraba, podía verlos, los veía a Ellos!

-¿Veía las luces?-pregunté estúpidamente.

-Veía las Cosas debajo de las luces- respondió-. Babosas inmensas y transparentes con docenas de tentáculos que salían de su cuerpo, con bocas redondas entreabiertas bajo los luminosos y visibles globos de luz. ¡Eran como los fantasmas de babosas inimaginablemente monstruosas! Podía ver a través de ellas. Mientras observaba, seguía haciendo reverencias y susurrando, hasta que llegó el amanecer y abandonaron el templo nuevamente. No se arrastraron ni caminaron, ¡flotaron! Se fueron flotando.

-No pude dormir. Trabajé durante todo ese día en la cadena. Y para cuando la luz roja brilló intensamente yo ya había desgastado una sexta parte de la cadena. Esa noche susurré y me incliné junto a los habitantes del pozo, ¡susurré el cántico que cada noche hacían ante esa Cosa que acechaba desde el altar!

-Dos veces mas, la luz roja se intensificó y el cántico me atrapó, entonces, en la mañana del quinto día logré romper los desgastados eslabones de la cadena. ¡Estaba libre! Bebí el liquido blanco del recipiente y volqué lo que sobraba en mi cantimplora. Corrí hacia las escaleras. Seguí corriendo y deje atrás al Horror detrás del altar hasta llegar al Puente. Corrí hasta que alcance finalmente la Escalera.

-¿Se imaginan lo que es escapar de ese mundo abismal con el infierno detrás tuyo? El infierno estaba a mis espaldas y el terror se había apoderado de mi cuerpo. La ciudad había quedado atrás, perdida entre la niebla azul antes de que estuviera demasiado exhausto para seguir escalando. El latido de mi corazón martilleaba en mis oídos. Caí rendido en una de las pequeñas cuevas y sentí que había encontrado un santuario, finalmente. Me arrastré en su interior y esperé a que la niebla espesara. Algo que sucedió apenas entré a la cueva. Desde las profundidades se escuchó entonces un murmullo masivo y furioso. En la boca del abismo pude ver como las luces subían por la niebla, y cuando esta empezaba a aclarar se zambullían de vuelta al abismo, eran los globos, los globos que eran los ojos de los habitantes del pozo. Una y otra vez las luces arrojaban los globos a través de la niebla, subían y bajaban. Me estaban buscando. El susurro se hizo mas fuerte, mas insistente.

-Era tan fuerte que un deseo repugnante creció en mi, quería unirme a ellos en el cántico como lo había hecho en el Templo. Me mordí los labios hasta que sangraron para evitar que se movieran. Los haces de luz subieron y bajaron por la niebla durante toda la noche, los globos se zambullían y los cánticos seguían sonando. Entendí entonces el propósito de las cavernas y las figuras talladas en la entrada que aun tenían poder para detenerlas. ¿pero quién las había tallado entonces? ¿por qué habían construido su ciudad alrededor del abismo y por qué habían construido esa Escalera que llegaba hasta el fondo del pozo? ¿qué habían sido para esas Cosas que debían vivir tan cerca de su morada? Era mas que seguro de que había algún propósito para todo esto. De lo contrario no se hubieran tomado el monumental y prodigioso trabajo de construir esas escaleras. ¿Pero cual era ese propósito? ¿y qué había ocasionado la extinción de los habitantes de la superficie del abismo pero no de los moradores del fondo? No tenía respuesta a ninguna de esas preguntas ni tenía forma de averiguarlo entonces. Solo tengo partes de una teoría.

-El amanecer llegó mientras pensaba en todo esto en silencio. Bebí lo ultimo que me quedaba del liquido blanco en mi cantimplora, me arrastré fuera de la cueva y empece a escalar nuevamente. Esa tarde mis piernas cedieron. Me desgarré la camisa y la use para acolchar mis rodillas y cubrir mis manos. Empecé a gatear por las escaleras, gateé y gateé. Volví a refugiarme en una de las cuevas y esperé hasta que la niebla espesara, las luces subieron y el susurro regresó.

-Pero había algo diferente esa vez, una nota nueva en el murmullo. Ya no era una amenaza. Me llamaba, intentaba persuadirme. Me atraía.

-Una nueva sensación de terror me invadió. Me invadía un poderoso deseo de abandonar la cueva y salir donde las luces pudieran alcanzarme; de dejarle hacer conmigo lo que quisieran, llevarme a donde quisieran. El deseo era cada vez mas intenso. Cada vez que las luces subían el deseo crecía, hasta que mi cuerpo empezó a vibrar como lo había hecho con el cántico en el Templo. Mi cuerpo era un péndulo. ¡Subía al mismo tiempo que las luces subían por la niebla! Solo mi alma se mantenía firme. Me sujetaba al suelo de la caverna. Durante toda esa noche mi alma libró una batalla contra mi cuerpo afectado por el hechizo de los habitantes del pozo.

El amanecer llegó nuevamente. Y volví a arrastrarme fuera de la cueva para enfrentar las Escaleras nuevamente. Ya no podía subir. Mis manos estaban hecha pedazos y sangraban mucho, mis rodillas eran una agonía. Me forcé a seguir subiendo, escalón por escalón. Al cabo de un tiempo mis manos se entumecieron y el dolor abandonó mis rodillas. Estaban completamente muertas. Paso a paso mi voluntad llevó mi cuerpo abismo arriba.

-El resto fue una pesadilla, me arrastré por una infinidad de escalones, tengo recuerdos del terror que sentí escondido en las cavernas con las luces zumbando frente a mí y el susurro que me llamaba y me llamaba, recuerdos de despertar para ver como mi cuerpo sucumbía al llamado y estaba a punto de atravesar el portal de la caverna, con cientos de globos brillantes observándome desde la niebla.

-Recuerdos de luchar contra el sueño y siempre pero siempre, escalando los infinitos escalones que separan el Abaddon del Paraíso de cielo azul y el mundo abierto de la superficie.

-Con lo ultimo de mi consciencia alcancé a llegar a la cima del abismo, recuerdo pasar entre los grandes pilares del pozo y una sensación de abstinencia, sueños de hombres gigantes con extrañas coronas orladas y rostros cubiertos que me empujan a seguir adelante mientras contienen a los globos de luz que intentan arrastrarme de vuelta al abismo donde los planetas nadan entre las ramas de arboles rojos coronados por serpientes.

-Y luego, un sueño largo, muy largo, solo Dios sabe que tan largo fue. Me desperté y pude ver el haz de luz que subía y bajaba a lo lejos en el norte, las luces seguían cazando, el susurro en lo alto seguía llamándome.

-Volví a arrastrarme con los brazos y piernas muertas que seguían moviéndose, se movían, como el barco del Antiguo Marinero, sin que yo les controlara, se movían y me arrastraban lejos de ese maldito lugar. ¡Entonces vi el resplandor de su fuego y me encontré aquí, a salvo con ustedes !

El hombre que gateaba nos sonrió en ese momento. Entonces su rostro se apagó repentinamente. Se había quedado dormido.

Esta tarde levantamos campamento y cargamos al hombre que gateaba de vuelta al sur. Durante tres días lo cargamos mientras dormía. En el tercer día, murió. Construimos una gran pira de madera y quemamos su cuerpo como nos lo había pedido. Desperdigamos sus cenizas en el bosque junto a las cenizas de los arboles que habíamos usado para quemarle. Se necesitaría una magia muy poderosa para desenmarañar esas cenizas y arrastrarlo de vuelta al pozo maldito de donde había escapado. Ni siquiera los habitantes del pozo podrían tener un poder como ese.

Pero nunca regresamos a los cinco picos para comprobarlo.

FIN

El Estanque del Dios de Piedra

Por Abraham Merrit

Publicado originalmente en American Weekly, 23 de septiembre, 1923

Esta es la historia del profesor James Marston. Una buena cantidad de personas se reunió para escucharla, escucharon atentamente, y se lamentaron que un hombre tan brillante como él tuviera una obsesión como esa. El profesor Marston me contó esa historia en San Francisco, justo antes de que empezara a buscar la isla del estanque del dios de piedra, y de… las alas que lo custodian. Parecía estar bastante cuerdo. Es verdad que el equipamiento de su expedición era inusual, y no menos curioso era que entregaba una fina cota de malla, mascaras y guanteletes a cada miembro de la expedición.

Nosotros cinco, dijo el profesor Marston, nos sentamos lado a lado en la playa. Estaba Wilkinson, el primer oficial, Bates y Cassidy, los marineros, Waters el perlero y yo. Íbamos camino a Nueva Guinea, donde yo iba a estudiar fósiles para el Smithsoniano. El Moranus se había estrellado contra un barrera de coral oculta la noche anterior y se había hundido rápidamente. Nos encontramos entonces a unos ochocientos kilometros al noreste de la costa de Guinea. Los cinco habíamos conseguido subirnos al bote salvavidas y escapar con vida. El bote estaba bien cargado con provisiones y agua. Si el resto de la tripulación había conseguido escapar, no lo sabíamos. Habíamos divisado la isla al amanecer y nos dirigimos a ella. El bote había sido arrastrado a salvo en las arenas de la playa.  

-Sera mejor que exploremos un poco- dijo Waters-. Este puede ser un buen lugar para que esperemos a ser rescatados. En cuanto termine la temporada de tifones. Tenemos nuestras armas. Empecemos por seguir este arroyo hasta su origen, veamos que hay y entonces decidamos que hacer.

Los arboles empezaron a escasear. Vimos un espacio abierto mas adelante. Cuando llegamos nos detuvimos completamente asombrados. El claro era un cuadrado perfecto de unos ciento cincuenta metros de ancho. Los arboles se detenían abruptamente en sus extremos como si algo invisible los contuviera.

Pero no fue esta particular impresión la que nos detuvo. En el extremo opuesto del cuadrado había una docena de cabañas de piedra construidas alrededor de otra un poco mas grande. Me recordaron poderosamente a esas estructuras prehistóricas que existen en algunas partes de Inglaterra y Francia. Me acerqué entonces al objeto mas extraño que había en ese siniestro y extraño lugar. En el centro del lugar, había un estanque amurallado con gigantescos bloques de piedra cortados. A un lado del estanque se elevaba una enorme figura de piedra tallada, con la imagen de un hombre con los brazos abiertos. Medía por lo menos siete metros de alto y estaba excepcionalmente bien hecha. A la distancia parecía que la estatua estaba desnuda pero en realidad tenía tallado una túnica muy peculiar. Cuando nos acercamos vimos que estaba cubierto de pies a cabeza con las mas extraordinarias alas talladas. Lucían exactamente como alas de murciélago cuando están plegadas sobre su cuerpo.

Había algo extremadamente inquietante sobre esa figura. Su rostro era indescriptiblemente horrible y maligno. Sus ojos, con rasgos orientales emanaban maldad. Pero, en realidad no era de su rostro de donde este sentimiento de maldad parecía emanar. Era de su cuerpo cubierto por alas, y especialmente de sus alas. Eran parte del ídolo pero a la vez daban la impresión de estar aferradas a él.

Cassidy, un hombre inmenso y bestial, se aventuró con arrogancia hacia el ídolo y le puso una mano encima. La quitó rápidamente, con el rostro blanco y sus labios crispados. Lo seguí y conquistando mi repugnancia poco científica examiné la piedra. El ídolo, al igual que las cabañas y de hecho todo el lugar, era claramente obra de esa raza olvidada cuyos monumentos están esparcidos por todo el Pacifico Sur. El tallado de las alas era maravilloso. Era como las de un murciélago, como he dicho antes, plegadas, con un pequeño anillo de plumas convencionales en sus extremos. Estas variaban en tamaño, iban desde diez hasta veinticinco centímetros. Pasé mis dedos sobre una. Nunca me había sentido así de nauseabundo, era tanto que termine arrodillado ante el ídolo. Cuando toqué el ala sentí primero una suave y fría piedra, pero tuve la sensación de haber tocado a una obscena y monstruosa criatura de un mundo inferior. La sensación venía por supuesto, según mi criterio, solo por la temperatura y la textura de la piedra, pero esa explicación no me satisfacía.

El ocaso estaba ya sobre nosotros. Decidimos regresar a la playa y seguir examinando el claro al día siguiente. Estaba ansioso por explorar esas cabañas de piedra.

Decidimos volver a través del bosque. Caminamos cierta distancia y la noche cayó repentinamente. Perdimos el arroyo. Después de media hora deambulando volvimos a escucharlo. Lo seguimos. Los arboles volvieron a escasear y pensamos que ya estabamos cerca de la playa. Entonces Waters me tomó del brazo. Me detuve en seco. Directamente frente a nosotros, estaba el claro con el dios de piedra con su maligna mirada bajo la luz de la luna y las aguas verdes brillando a sus pies.

Habíamos caminado en círculos. Bates y Wilkinson estaban exhaustos. Cassidy juró que, demonios o no, acamparía junto a ese estanque esa noche.  

La luna brillaba mucho esa noche. El ambiente estaba muy calmado. La curiosidad científica pudo conmigo y pensé que ya que estaba ahí podría examinar las cabañas de piedra. Deje a Bates haciendo guardia y caminé hacia la cabaña mas grande. Había solo una habitación y la luz de la luna que brillaba a través de las rendijas iluminaba todo a la perfección. En el fondo habían dos pequeños cuencos fijos en la piedra. Miré en uno de ellos y vi un tenue resplandor rojizo reflejado en una cantidad de objetos globulares. Tomé media docena. Eran perlas, maravillosas perlas de un tono rosáceo muy particular. ¡Corrí hacia la puerta para llamar a Bates pero me detuve!

Mis ojos se posaron sobre el ídolo. ¿había sido efecto de la luz de luna o se había movido? No, ¡eran sus alas! Se desprendieron de la piedra y se agitaron, si si, como lo oyes, se agitaron desde los tobillos hasta el cuello de la monstruosa estatua.

Bates también las vio. Estaba ahí, de pie, apuntando con su arma. Se escuchó un disparo. Entonces, el aire se llenó con un trepidante sonido, como el de miles de ventiladores funcionando al mismo tiempo. Vi como las alas se desprendían del dios de piedra y bajaban en picada como una nube sobre los cuatro hombres. Otra nube se elevó desde el estanque y se les unió. No podía moverme. Las alas volaban en circulo alrededor de los cuatro hombres. Para esto, todos se habían puesto de pie y nunca vi un horror semejante con el que había invadido sus rostros en ese momento.

Las alas embistieron y se cerraron sobre mis compañeros como se habían plegado sobre la piedra.

Me retiré de vuelta hacia la cabaña. Me quede ahí el resto de la noche enloquecido de terror. Escuche el sonido del aleteo muchas veces durante la noche, ese que se asemejaba a un ventilador, cerca del recinto, pero nada ingresó a mi cabaña. Cuando llegó el amanecer, el silencio prevaleció y yo me arrastré hasta la puerta. Ahí estaba entonces, el dios de piedra con las alas talladas nuevamente sobre sí, como cuando lo vimos por primera vez diez horas antes.

Corrí a ver a los cuatro hombres tirados en el pasto. Pensé que quizás había tenido una pesadilla. Pero estaban muertos. Eso no era lo peor. ¡Cada uno de ellos estaba consumido hasta los huesos! Parecían como globos blancos desinflados. No les había quedado ni una gota de sangre. ¡Eran apenas huesos envueltos en una delgada capa de piel!

Intenté controlar mis nervios y me acerqué al ídolo. Había algo diferente en él. Parecía mas grande, parecía como si, y este pensamiento pasó por mi mente, parecía como si se hubiera alimentado. Entonces vi que estaba cubierto por pequeñas gotas de sangre que caían de las puntas de las alas que lo envolvían.

No recuerdo lo que sucedió después de eso. Me desperté en la goleta perlera Luana, que me encontró enloquecido por la sed flotando en el bote salvavidas de la Moranus.

Fin

Hechizado

Por Edith Wharton

I

La nieve caía profusamente cuando Orrin Bosworth, un granjero de las tierras al sur de Lonetop, guío su trineo hasta la verja de Saul Rutledge. Se sorprendió al ver que dos trineos habían llegado antes que él. De ellos descendieron dos figuras cubiertas. Bosworth, cada vez mas sorprendido, reconoció al Diacono Hibben, de North Ashmore, y a Sylvester Brand, el viudo, de la vieja granja Bearcliff camino a Lonetop.

No era frecuente ver a alguien del Condado Hemlock cruzar la verja de Saul Rutledge; mucho menos durante el crudo invierno, y convocados (como Bosworth mismo) por la señora Rutledge, que tenía la reputación, incluso en esta región tan poco social, de ser una mujer fría y solitaria. La situación bastaba para excitar la curiosidad de hombres mucho menos imaginativos que Orrin Bosworth.

Mientras atravesaba los derruidos postes blancos de la verja adornada con urnas talladas, los dos hombres adelante ya guiaban sus caballos al cobertizo adjunto. Bosworth los siguió y lio su caballo a un poste. Entonces, los tres se sacudieron la nieve de los hombros, estrecharon sus manos y se saludaron mutuamente.

-Hola, Diacono.

-Buenas, Orrin…-estrecharon sus manos.

-Buen día, Bosworth- dijo Silvester Brand, asintiendo levemente. Rara vez expresaba algo de cordialidad en sus modales, pero en esta ocasión seguía ocupándose de las bridas de su caballo.

Orrin Bosworth, el mas joven y mas comunicativo de los tres, se volvió hacia el Diacono Hibben, cuyo rostro alargado, extrañamente hinchado y un poco decrepito seguía siendo menos intimidante y áspero que el de Brand.

-Es extraño, verlos a todos aquí reunidos. La Sra. Rutledge me envió un mensaje para que viniera a verla- dijo Bosworth.

El Diacono asintió.
-A mi también, envió a Andy Pond ayer por la tarde. Espero que no haya tenido algún problema…

Le hecho un vistazo al desolado frente de la casa Rutledge, cubierto de nieve, su decadente estado actual expresaba melancolía ya que al igual que los postes de la verja aun mantenía rastros de una elegancia extinta. Bosworth a menudo se preguntaba como pudieron construir semejante casa en este estrecho solitario entre North Ashmore y Cold Corners. Las personas dicen que alguna vez hubo muchas casas como esas, que formaron un pequeño poblado llamado Ashmore, una suerte de colonia montañesa creada por capricho de un Oficial Realista Inglés, el Coronel Ashmore, que fue asesinado por los Indios junto a toda su familia, mucho años antes de la revolución. Esta historia tenía sustento material en la cantidad de ruinas de sótanos de casas mas pequeñas cubiertos por vegetación en las colinas adyacentes, y por el plato de la comunión de la moribunda iglesia Episcopal de Cold Corners que lleva tallado el nombre del Coronel Ashmore, quien lo habría donado a la iglesia de Ashmore en el año 1723. No hay rastros de esa iglesia. Sin dudas había sido una modesta construcción de madera, construida sobre pilares, y que la conflagración que había consumido las otras casas también la había reducido a cenizas. El lugar, incluso en verano, tenía un aire solitario y lúgubre, las personas se preguntaban por qué el padre de Saul Rutledge se había asentado justo ahí.

-Nunca conocí un lugar- dijo el Diacono Hibben-, con un aspecto tan alejado de la humanidad. Siendo que no está realmente tan lejos en cuestión de kilómetros.

-Los kilómetros no es la única distancia- respondió Orrin Bosworth, y los dos hombres, seguidos por Sylvester Brand, caminaron hasta la puerta principal. Las personas en el Condado Hemlock no solían llegar y aparecerse en la puerta frontal de los demás, pero los tres hombres sintieron que la ocasión, que parecía ser tan excepcional, lo demandaba y la forma mas familiar y común de acercarse a la puerta de la cocina no era la mas apropiada.

Su criterio resultó ser el apropiado, ya que apenas el Diacono levantó a aldaba para golpear la puerta, ésta se abrió y la Sra. Rutledge apareció frente a ellos.

-Adelante- dijo ella en su habitual y lúgubre tono de voz; y Bosworth pensó mientras seguía a los demás-, lo que sea que haya sucedido es evidente que su expresión no es un reflejo de ello .

Extraño seria, de hecho, si se pudiera percibir algo por la expresión facial de Prudence Rutledge, su alcance era tan limitado, y sus rasgos parecían tallados en piedra. Estaba vestida para la ocasión, con calicó negro con puntos blancos, un collarín tejido a crochet ajustado por un broche dorado, y un chal de lana gris cruzado bajo sus brazos y atado en la espalda. Lo único que resaltaba de su pequeña y angosta cabeza era como su frente se proyectaba y rodeaba sus pálidos ojos con anteojos. Su oscuro cabello, peinado al medio se ajustaba a su cabeza y pasaba justo por encima de sus orejas y se convertía en una pequeña trenza que terminaba en la nuca. Su comprimida cabeza parecía aun mas angosta colgada sobre su largo y demacrado cuello. Sus ojos eran fríos y grises y sus complexión era aun mas blanca. Su edad rondaba entre los treinta y cinco y los sesenta.

El cuarto al cual guió a los tres hombres probablemente había sido el comedor de la casa Ashmore. Servía ahora como recibidor y una estufa negra de zinc sobresalía abruptamente del delicado panel tallado del marco de madera de la chimenea. Un fuego recién encendido centellaba forzosamente y el cuarto era intimo y brutalmente frio a la vez.

-Andy Pond- llamó la Sra. Rutledge a alguien en la parte trasera de la casa-, sal y llama al Sr. Rutledge. Lo encontraras en el cobertizo de la leña o en algún lugar cerca del granero-. Se volvió hacia sus visitas-. Por favor, tomen asiento- les dijo.

Los tres hombres, cada vez con mas reservas, ocuparon las sillas que se les indico, y la Sra. Rutledge se sentó rígidamente en la cuarta, detrás de una desvencijada mesa para fabricar joyería. Miro detenidamente a sus invitados.

-Me imagino que se estarán preguntado porque les he pedido venir hasta aquí- dijo con su lúgubre tono de voz. Orrin Bosworth y el Diacono Hibben murmuraron algo en señal de asentimiento, mientras Sylvester Brand se sentó silenciosamente, con los ojos, abrigados por una espesa mata de cejas, fijos en la inmensa puntera de bota que colgaba frente a él.

-Bueno, me imagino que no estaban esperando una fiesta- continuó la Sra. Rutledge.

Nadie arriesgo una respuesta a tan fría cordialidad por lo que ella continuó
-, estamos en problemas, eso es un hecho. Y necesitamos consejo, es decir, el Sr. Rutledge y yo-. Se despejo la garganta y agregó en un tono aun mas bajo, con sus impiadosos ojos mirando directamente frente a ella-, un hechizo ha caído sobre el Sr. Rutledge.

El Diacono los miró agudamente y una sonrisa de incredulidad empezó a dibujarse en sus delicados labios.

-¿Un hechizo?

-Es lo que he dicho; está hechizado.

Los tres visitantes volvieron a guardar silencio; entonces Bosworth, que se desenvolvía mejor o que se restringía menos que los demás, preguntó en tono humorístico -,¿utiliza la palabra en el estricto sentido de las Escrituras Sra. Rutledge?

Ella lo miro fijo antes de responder.

-Así es como él la usa.

El Diacono tosió y se aclaro la garganta.

-¿Le molestaría darnos un poco mas información antes de que su esposo se nos una?

La Sra. Rutledge bajo su mirada hacia sus manos entrecruzadas, como considerando la petición. Bosworth notó que el pliegue interior de sus parpados era del mismo blanco uniforme que el resto de su piel, por lo que cuando bajo su mirada, sus prominentes ojos lucían como los enceguecidos orbes de una estatua de mármol. La imagen era desagradable, por lo que apartó la mirada y encontró un texto sobre la mesa, que decía:

El Alma que pecare, esa morirá.

-No- dijo ella eventualmente-, esperaré por él.

En ese momento, Sylvester Brand se levantó súbitamente empujando su silla.
-Lo siento- dijo, con su áspero tono de voz -, no tengo interés en revelar algún misterio de la Biblia, y casualmente hoy es el día en que tenía que ir a Starkfield a cerrar un trato con un hombre.

La Sra. Rutledge levantó uno de sus largas y delgadas manos. Marchitas y arrugadas por el trabajo duro y el frio, pero del mismo blanco plomizo que su rostro.
-No lo haremos esperar mucho- dijo ella-. ¿Podría tomar asiento?

El granjero Brand se quedo ahí indeciso, sus purpúreos labios se crisparon-, el Diacono está aquí, estas cosas son mas de su incumbencia…

-Me gustaría que se quedará- dijo tranquilamente la Sra. Rutledge, y Brand tomo asiento.

Un silencio se apodero del cuarto, durante el cual las cuatro personas parecían forzarse a escuchar el sonido de los pasos, pero ninguno llego, y al cabo de un minuto o dos, la Sra. Rutledge volvió a hablar.

-Fue en esa vieja choza junto al estanque Lamer; ahí fue donde ellos se conocieron- dijo súbitamente.

Bosworth, cuyos ojos se posaban sobre el rostro de Sylvester Brand, creyó ver una especie de rubor interno en la endurecida piel del granjero. El Diacono Hibben se inclinó hacia adelante con un destello de curiosidad en sus ojos.

-¿Ellos… quienes, Sra. Rutledge?

-Mi esposo, Saul Rutledge… y ella…

Sylvester Brand se sacudió en su asiento.
-¿A quién se refiere con ella?- preguntó abruptamente, como si de pronto se despabilara de una larga meditación.

El cuerpo de la Sra. Rutledge no se movió; simplemente hizo girar su cabeza sobre su largo cuello y lo miro.

-Su hija, Sylvester Brand.

El hombre se puso de pie en un estallido de sonidos inarticulados.
-¿Mi hija? ¿de qué demonios está hablando? Mentira, inmunda mentira… eso es lo que es..

-Su hija Ora, Sr. Brand- dijo lentamente la Sra. Rutledge.

Bosworth sintió que un frio helado le recorrió la columna. Instintivamente, alejo sus ojos de Brand y los depositó sobre el mohoso semblante del Diacono Hibben. Su piel entre las manchas estaba ahora tan blanca como la de la Sra. Rutledge y sus ojos ardían entre la blanquitud de sus ojos como ascuas vivas entre las cenizas.

Brand lanzo una risotada, una oxidada y crujiente risa de alguien cuyos exabruptos no suelen venir acompañados de algún sentimiento de alegría.
-¿Mi hija Ora?-Volvió a preguntar.

-Si.

-¿Mi difunta hija?

-Es lo que él dice.

-¿Su esposo?

-Es lo que el Sr. Rutledge dice.

Orrin Bosworth escuchó todo con un sentimiento de asfixia, sintió como si estuviera luchando contra un horror inimaginable en un sueño. No pudo resistirse y volvió a posar sus ojos sobre el rostro de Sylvester Brand. Para su sorpresa había retomado su imperturbable expresión natural. Brand se puso de pie.
-¿Eso es todo?- preguntó con desprecio.

-¿Si es todo? ¿No le parece suficiente?¿Cuando fue la ultima vez que vieron a Saul Rutledge, alguno de ustedes?-disparó la Sra. Rutledge.

Bosworth, pensó que no lo había visto en casi un año; el Diacono lo había visto brevemente en la oficina postal de North Ashmore, el otoño pasado, y reconoció que no se veía muy bien incluso en ese entonces. Brand no dijo nada, solo se paro ahí, dubitativo.

-Bien, si esperan un minuto lo verán con sus propios ojos; y el les contará con sus propias palabras. Es por eso que los he traído aquí, para que vean por ustedes mismos lo que ha sido de él. Después habrá tiempo para disentir- agregó, volviendo su cabeza abruptamente en dirección a Sylvester Brand.

El Diacono levantó su mano para hacer una pregunta.

-¿Sabe su esposo que nos ha mandado a llamar por este asunto Sra. Rutledge?- la Sra. Rutledge asintió.

-¿Fue con su consentimiento entonces que…?

Ella miro fríamente a su interrogador-. Asumo que así debió ser- dijo. Bosworth sintió el frío recorrer su espalda nuevamente. Intentó disipar la sensación y hablar enérgicamente.

-Podría decirnos, Sra. Rutledge, cómo se presento este problema del que nos habla… ¿qué le hace pensar que es…?

Ella lo miró por un momento; entonces se inclino hacia adelante sobre la mesa de abalorios. Una ligera sonrisa de arrogancia se dibujo en sus descoloridos labios.
-No lo creo… lo sé.

-Bueno… ¿pero cómo lo sabe?

Se inclino aun mas, con los codos sobre la mesa, y su voz aun mas tenue.
-Los he visto.

En la cenicienta luz que llegaba desde detrás del velo de nieve en la ventana, los pequeños y retorcidos ojos del Diacono parecían emitir chispas rojas.
-¿A él y a la muerta?

-A él y a la muerta.

-Saul Rutledger y… y Ora Brand?

-Así es.

La silla de Sylvester Brand se estrelló de espaldas contra el suelo. Se había puesto de pie nuevamente, enrojecido y furioso.
-Es una infamia, una maliciosa mentira…

-Amigo Brand… amigo Brand…-protestó el Diacono.

-Basta, ya he tenido suficiente. Quiero ver a Saul Rutledge y que él mismo me diga…

-Aquí está él- dijo la Sra. Rutledge.

La puerta exterior se había abierto; escucharon entonces el sonido de un hombre sacudiéndose la nieve de sus vestimentas antes de entrar a la sagrada jurisdicción del recibidor. Entonces entró Saul Rutledge.

II

Cuando entró a la habitación, con su rostro iluminado por la ventando del norte, Bosworth pensó que lucía como un hombre ahogado cuyo cuerpo ha sido recuperado de debajo del hielo… “suicidado,” agregó. Pero la luz de la nieve juega trucos crueles al semblante de un hombre, e incluso a la forma de sus rasgos; debe haber sido en parte por eso, reflexionó Bosworth, lo que transformó a Saul Rotledge del fornido y corpulento sujeto que había sido un año atrás al demacrado espectro que se presentaba ahora ante ellos.

El Diacono buscó palabras que pudieran alivianar el horror.
-Bueno, Saul, parece como si deberías sentarte muy cerca de la estufa. ¿Tienes un poco de fiebre quizás?

Sus palabras no tuvieron el menor efecto. Rutledge no se movió ni respondió. Se quedo ahí parado entre ellos en silencio, incapaz de comunicarse, como si se hubiese levantado de la muerte.

Brand lo sacudió severamente de los hombros.
-Escúcheme Saul, Saul Rutledge, ¿qué es esta asquerosa mentira que su esposa nos ha contado y que usted ha hecho circular?

Rutledge seguía sin moverse.
-No es mentira- dijo.

Brand soltó sus hombros. A pesar de su poderosa capacidad para la intimidación el hombre pareció indefiniblemente sorprendido por la apariencia y el tono de voz de Rutledge.

-¿No es mentira?¿Usted se ha vuelto completamente loco, verdad?

-Mi esposo no miente, ni tampoco se ha vuelto loco. ¿Qué acaso no les dije que yo los he visto?- dijo la Sra. Rutledge

Brand volvió a reír.
-¿A él y a la muerta?

-Si.

-¿Junto al estanque Lamer dice usted?

-Si.

-¿Y cuándo fue esto si puedo saber?

-El día antes de ayer.

El silencio cayó sobre ese extraño ensamble de personas. El Diacono finalmente lo rompió para dirigirse al Sr. Brand: “Brand, en mi opinión, creo que tenemos que lidiar con este asunto.”

Brand reflexionó en silencio por un instante: Bosworth pensó que había algo animal o primitivo en él, en ese momento, atormentado y estúpido, con un poco de espuma emanando de la comisura de su labio inferior purpura. Se volvió a sentar lentamente en su silla.
-Yo lidiaré con este asunto.

Los otros dos hombres y la Sra. Rutledge permanecieron sentados. Saul Rutledge se paró frente a ellos, como un prisionero junto a los barrotes, o mejor dicho, como un hombre enfermo esperando que el doctor lo cure. Mientras Bosworth escudriñaba su vacío rostro, tan pálido bajo el oscuro resplandor solar, tan absorto y consumido por alguna especie de fiebre oculta, le invadió el pensamiento de que quizás, después de todo, este hombre y su esposa decían la verdad, y que estaban realmente frente a algún extraño y prohibido misterio. Asuntos que la mente racional rechazaría sin dudar, ya no resultaban tan sencillos, no ante la imagen de Saul Rutledge y el recuerdo del hombre que había visto un año atrás. Si, como dijo el Diacono, deberían lidiar con ese asunto….

-Siéntese entonces, Saul; acérquese, ¿quiere?- sugirió el Diacono, intentando nuevamente sonar natural.

La Sra. Rutledge acercó una silla y su esposo se sentó. Estiró sus brazos y sujeto sus rodillas con sus dedos marrones y huesudos, y así permaneció, sin mover su cabeza ni sus ojos.

-Bien Saul- prosiguió el Diacono-, su esposa dice que usted piensa que quizás podemos hacer algo para ayudarlo a superar este problema, sea lo que sea.

Los grises ojos de Rutledge se abrieron grande.
-No; yo no pienso eso. Fue idea suya intentar hacer algo.

-¿Presumo que, ya que ha accedido a recibirnos, no se opondrá a que le hagamos algunas preguntas?

Rutledge guardó silencio por un momento, entonces dijo con visible esfuerzo
-, no, no me opongo.

-Bien, ¿escuchó lo que su esposa nos ha contado?

Rutledge asintió levemente.
-Y ¿qué tiene para agregar? ¿cómo explica…?

La Sra. Rutledge intervino.
-¿Cómo podría explicarlo él? La que los ha visto he sido yo.

Silencio; entonces Bosworth, intentando hablar en un tono ameno y confortante, preguntó; “¿Es eso correcto, Saul?”

-Es correcto.

Brand levantó su reflexiva cabeza.
-Quieres decir que tú, tú te sentaste aquí ante todos nosotros y dijiste…

El Diacono volvió a interceder.
-Espera amigo Brand. Todos intentamos verificar los hechos, ¿no es así?- se volvió hacia Rutledge-. Oímos lo que la Sra. Rutledge dijo. ¿qué tiene usted para decir?

-No creo que tenga nada para decir. Ella nos encontró.

-Y la persona que estaba contigo era… ¿era…- la aguda voz del Diacono se hizo un poco mas aguda -Ora Brand?

Saul Rutledge asintió.

-¿Sabía usted, o por lo menos intuía, qué estaba en presencia de un muerto?

Rutledge volvió a inclinar su cabeza. La nieve seguía cayendo copiosamente contra la ventana, y Bosworth sintió como si una cortina de viento estuviera descendiendo desde los cielos para envolverlos y arrojarlos a todos en una fosa común.

-¡Piensa en lo que estas diciendo!¡Va en contra de nuestra religión!¡Ora… esa pobre chica! Murió hace mas de un año. Tu estuviste en su funeral, Saul. ¿Cómo puedes decir algo así?

-¿Qué mas puede hacer?-replicó la Sra. Rutledge.

Hubo otra pausa. Los recursos de Bosworth le habían fallado y Brand se había sumergido nuevamente en una oscura meditación. El Diacono juntó sus temblorosos dedos y se los paso por los labios para humedecerlos.

-¿El día de antes de ayer fue la primera vez?-preguntó.

El movimiento de cabeza de Rutledge fue negativo.

-¿No fue la primera? Entonces cuando…

-Como hace un año, creo.

-¡Dios! ¿Quieres decir que desde entonces….?

-Bueno.. mírelo- dijo su esposa. Los tres hombres bajaron su mirada.

Unos minutos después, Bosworth, intentando recomponerse, miro al Diacono.
-¿Por qué no le pedimos a Saul que nos cuente él mismo lo que sucedió,si es por eso que hemos venido?

-Así es-asintió el Diacono. Se volvió hacia Rutledge-.¿Podría intentar y darnos una idea acerca… acerca de cómo comenzó?

Otro silencio. Entonces Rutledge se apretó las rodillas con mas fuerza, y con la vista aun clavada al frente, con una mirada curiosamente enceguecida;
Bueno- dijo-, supongo que comenzó un tiempo atrás, antes de que yo estuviera casado con la Sra. Rutledge…- habló en un tono bajo y automático, como si un agente invisible le estuviera dictando las palabras, o incluso pronunciándolas por él.
-Verán-agregó-, Ora y yo deberíamos habernos casado.

Sylvester Brand levantó la cabeza.
-Hágame el favor de aclarar eso primero- intercedió.

-Lo que quiero decir es que, nos hacíamos compañía. Pero Ora era muy joven. El Sr. Brand aquí presente la mando lejos. Estuvo lejos casi tres años y cuando regreso yo ya me había casado.

-Así es- dijo Brand, volviendo a caer en su actitud depresiva.

-Y cuando regresó, ¿volvió a verla?- continuó el Diacono.

-¿Viva?- preguntó Rutledge.

Un perceptible escalofrió recorrió el cuarto.

-Si, claro-dijo nervioso el Diacono.

Rutledge pareció considerarlo.
-Una vez, solo una vez. Habían muchas otras personas alrededor. Fue en la feria de Cold Corners.

-¿Habló con ella entonces?

-Solo por un minuto.

-¿Qué fue lo que ella le dijo?

Su voz decayó-. Que sabía que estaba enferma y sabía que iba a morir, y que cuando muriera regresaría por mi.

-¿Y qué le respondió?

-Nada.

-¿No pensó en lo que eso significaba?

-La verdad que no. No hasta que me entere que había muerto. Después de eso, lo pensé, y supongo que así fue como me atrajo hacia ella- dijo humedeciendo sus labios.

-¿Lo atrajo hasta esa casa abandonada junto al estanque?

Rutledge asintió levemente con su cabeza y el Diacono agregó:
-¿Cómo sabía que ella quería que fuera a ese lugar?

-Ella… solo, me atrajo ahí.

Hubo una pausa larga. Bosworth sintió, sobre sí mismo y sobre los demás, el opresivo peso de la siguiente pregunta. La Sra. Rutledge abrió y cerro sus delgados labios una o dos veces, como un molusco encallado en la arena luchando por llegar a la marea. Rutledge esperó.

-Y bien Saul, ¿no continuará con su historia?-dijo finalmente el Diacono.

-Eso es todo. No hay nada mas que contar.

El Diacono bajo su voz.
-¿Ella solo lo atrajo.

-Si.

-¿Con frecuencia?

-Sucede cuando sucede….

-Pero si siempre lo atraía al mismo lugar, hombre, ¿cómo no tenía entonces la fortaleza para mantenerse alejado del lugar?

Por primera vez, Rutledge giró pesadamente su cabeza en dirección a su interlocutor. Una sonrisa espectral se dibujo en sus descoloridos labios.
-No había caso. Ella me sigue…

Un nuevo silencio. ¿Qué mas podían preguntarle en ese momento? La presencia de la Sra. Rutledge resolvió la siguiente pregunta. El Diacono parecía determinado a resolver el asunto. Finalmente hablo con un tono autoritario.
-Estas son cosas prohibidas. Lo sabes, Saul. ¿Has intentado orar?

Rutledge asintió con la cabeza.

-¿Quieres orar con nosotros ahora?

Rutledge miro con fría indiferencia a su consejero espiritual.
-Si ustedes quieren orar, adelante- dijo. Pero la Sra. Rutledge intervino.

-La oración no lo ayudara. Nada puede hacer cuando se trata de estos asuntos, usted bien lo sabe. Lo he convocado Diacono, porque usted recuerda el ultimo caso en este condado. Fue hace treinta años, pero usted recuerda. Lefferts Nash, ¿la oración lo ayudo a él? Yo era una niña pequeña en ese entonces, pero recuerdo escuchar a mis padres hablar al respecto en las noches de invierno. Lefferts Nash y Hannah Cory. A ella le clavaron una estaca en el pecho. Eso fue lo que lo curo.-

-¡Valgame!- exclamó Orrin Bosworth.

Sylvester Brand levantó su cabeza.
-Habla de esa vieja historia como si estuviéramos lidiando con lo mismo ahora.

-¿Y no es así? ¿Acaso mi esposo no esta deteriorándose de la misma forma en que le ocurrió a Lefferts Nash? El Diacono sabe….

El Diacono se sacudió ansioso en su silla.
-Estas son cosas prohibidas- repitió-. Supongamos que su esposo es sincero y realmente cree estar hechizado, como usted dice. Bien, incluso si creemos eso, ¿qué prueba tenemos de que… de que está mujer muerta… es el espectro de esta pobre mujer?

-¿Prueba?¿Qué no lo ha oído?¿No acaba de contárselo?¿Duda de que yo los haya visto?-dijo la Sra. Rutledge casi a los gritos.

-Es contra nuestra religión perturbar a los muertos.

-¿Y no es contra su religión dejar sufrir a los vivos como mi esposo está sufriendo?-Se levantó con un abrupto movimiento y tomó la Biblia de la familia del esquinero dispuesta en una esquina del recibidor. Apoyando el libro sobre la mesa, y humedeciendo sus dedos, empezó a pasar las paginas rápidamente, hasta que llego a una sobre la cual apoyo su mano como si fuera un pesado pisapapeles.
-Vea, aquí- dijo y leyó en voz alta:

No dejaras que la bruja viva.”

-Está en el Éxodo, ahí está- agregó ella, dejando el libro abierto para confirmar lo que decía.

Bosworth siguió ansioso con la mirada a uno y a otro de las cuatro personas alrededor de la mesa. Era mas joven que cualquiera de ellos, y había estado mas en contacto con el mundo moderno; allá en Starkfield, en el bar de Fielding House, podía oírse reir con el resto de los hombres de este tipo de cuentos, un cuento de viejas brujas. Pero no por nada había nacido bajo la helada sombra de la Lonetop, había temblado y padecido el hambre durante toda su infancia sobreviviendo a los crudos inviernos del Condado Hemlock. Cuando sus padres murieron, y él tomó posesión de la granja, la había explotado mucho mejor que ellos al utilizar métodos de avanzada, y proveía de leche y vegetales a la creciente ola de turistas de verano en la zona de Stotesbury. Había llegado a ser concejal en North Ashmore, para ser un hombre tan joven tenía mucho prestigio en su condado. Pero las raíces de su antigua vida seguían ahí. Recordaba como de niño, solía ir con su madre a una tétrica granja en una colina pasando la casa del Sylvester Brand, donde la tía de la Sra. Bosworth, Cressidora Cheney, había sido confinada durante años en un cuarto vacío y frio con barrotes en las ventanas. Cuando el pequeño Orrin vio a su Tía Cressidora por primera vez era una mujer anciana blanca y pequeña, a quien su hermana solía “adecentar” para recibir a Orrin y a su madre. El niño se preguntaba por qué habían barrotes en la ventana. “Como un canario,” le decía a su madre. La frase hizo reflexionar a la Sra. Bosworth. “Creo que la Tía Cressidora está muy sola.” dijo, y la siguiente vez que subió la montaña con el pequeño niño le llevo a su tía abuela un canario en una jaula de madera. Fue algo emocionante, él sabía que eso la haría feliz.

El impávido rostro de la anciana se iluminó cuando vio el ave y sus ojos empezaron a brillar.
-Me pertenece- dijo al instante, estirando su suave y huesuda mano para tomar la jaula.

-Claro que si, tía Cressy- dijo la Sra. Bosworth, con satisfacción en sus ojos.

Pero el ave se espantó por la sombra de la mano de la anciana, y empezó a aletear y graznar. Al ver esto, el placido rostro de la tía Cressidora se transformó súbitamente en un espiral de enfurecidas muecas. -¡Diabla, eres tú!-gritó con un agudo chillido y arrebatando la jaula con su mano, arrastró fuera a la aterrorizada ave y le rompió el cuello. Cuando retiraron al pequeño Orrin del cuarto ella le estaba arrancando las plumas y chillando ruidosamente -¡Diabla, diabla!. Cuando bajaron de la montaña su madre lloró mucho y le dijo “nunca debes decirle a nadie que la tía está loca, o los hombres vendrán y la llevaran al asilo de Starkfield, y la vergüenza caerá sobre todos nosotros. Promételo.” El niño lo prometió.

Recordó esa escena en ese momento, con ese ambiente cargado de misterio, secretismo y rumor. Parecía conectarse con un gran cantidad de cosas enterradas profundamente en sus pensamientos, cosas que tomaban un nuevo sentido ahora, sentía que todos los ancianos que había conocido hasta entonces y otras personas “que creían en ese tipo de cosas.” Podrían tener razón después de todo. ¿Qué acaso no quemaron a una bruja en North Ashmore? Por qué sino vendrían tantos turistas todos los veranos, alegremente dispuestos a conocer el sitio donde se celebró el juicio, el estanque donde se intentó ahogarla para descubrir que no podía hundirse. El Diacono Hibben creía; Bosworth estaba seguro. Si no fuera así, ¿por qué las personas de distintos lugares acudían a él cuando sus animales sufrían extrañas enfermedades, o cuando una familia tenía que recluir a uno de sus niños porque caían enfermos y tiraban espuma de la boca? Si, a pesar de su religión, el Diacono Hibben sabía…

¿Y Brand? El recuerdo le vino a Bosworth al instante: la mujer que fue quemada en North Ashmore, su nombre era Brand. De la misma familia, no hay duda; los Brands han vivido en el Condado de Hemlock desde que el hombre blanco llego a estas tierras. Y Orrin, cuando era niño, recordó oír que sus padres decían que Sylvester Brand no debería haberse casado con su propia prima, por razones de sangre. Pero sin embargo la pareja había tenido dos saludables hijas, y cuando la Sra. Brand, convaleció y murió nadie sugirió que estuviera mal de la cabeza. Vanessa y Ora eran las chicas mas hermosas de estos lares. Brand lo sabía, empezó a escatimar gastos y ahorró todo lo que pudo para enviar a Ora, la mayor, a Starkfield a estudiar para ser contable. “Cuando ella se casé, te enviaré a ti,” le decía a la pequeña Venny, que era su favorita. Pero Ora nunca se casó. Estuvo lejos durante tres años, mientras Venny deambulaba por las colinas de Lonetop; y cuando Ora finalmente regresó, cayó enferma y murió, ¡pobre chica! Desde entonces Brand se habia vuelto salvaje y taciturno. Era un granjero muy trabajador, pero no había mucho que cultivar en las áridas tierras de Bearcliff. Dicen que se volcó a la bebida desde la muerte de su esposa; los hombres lo ven ocasionalmente en los bares de mala muerte en Stotesbury. Pero no muy seguido. Pero en el mientras tanto, trabajaba duro en esas tierras rocosas y hacía lo mejor para sus hijas. En el descuidado cementerio del Cold Corners había una lapida torcida con el nombre de su esposa, y muy cerca, desde hace un año, fue donde enterró a su hija mayor. Los aldeanos suelen verlo caminar lentamente entre las tumbas al amanecer y mirar fijamente las dos lapidas. Pero nunca les llevó flores o plantó arbustos, y tampoco Venny. Era demasiado salvaje e ignorante…

La Sra. Rutledge repetía:
-Está en el Éxodo.

Los tres visitantes permanecieron en silencio, sus temblorosas manos jugaban con sus sombreros. Rutedge seguía mirándolos, con esa mirada vacía y diáfana que aterrorizaba a Bosworth. ¿Qué es lo veía?

-¿Qué acaso ninguno de ustedes tiene el valor…?- estalló su esposa histérica.

El Diacono Hibben levantó su mano.
-No es eso Sra. Rutledge. No es una cuestión de tener valor. Lo que queremos antes que nada… es una prueba…

-Eso mismo- dijo Bosworth, con una explosión de alivio, como si esas palabras hubieran quitado un oscuro y pesado objeto de su pecho. Involuntariamente, los ojos de ambos hombres se posaron sobre Brand, que sonreía sombríamente pero sin hablar.

-¿No es así Brand?- dijo el Diacono dándole el pie.

-¿Pruebas de que los fantasmas caminan por ahí?- dijo el otro con desdén.

-Bueno, imagino que usted también quiere resolver este asunto, ¿o no?

El viejo granjero se incorporó en su silla.
-Si… si quiero. Pero no sé nada de espiritismo. ¿Cómo diablos planea resolverlo?

El Diacono dudo, entonces dijo, en un tono bajo e incisivo:
-No veo otra alternativa que la de la Sra. Rutledge.

Silencio.

-¿Qué?-dijo Brand nuevamente con desdén-. ¿Espiarlo?

La voz del Diacono se hizo aun mas tenue-. Si la pobre chica efectivamente camina… es tu hija… ¿no quieres ser el primero en ver que descanse?-Todos conocemos casos como este… visitas misteriosas… ¿o acaso alguno de nosotros puede negarlo?

-Yo los he visto-intercedió la Sra. Rutledge.

Hubo otra larga y silenciosa pausa. Entonces Brand, con la mirada fija en Rutledge-. Escuchame, Saul Rutledge, vamos a aclarar este asunto de una vez, esa maldita calumnia, o te las veras conmigo. Dices que mi hija muerta viene a ti-. Respiro dificultosamente y dijo nervioso:
-¿Cuándo? Dime eso y estaré aquí.

La cabeza de Rutledge decayó un poco, y sus ojos deambularon hacia la ventana-. Casi siempre cerca del atardecer.

-¿Lo sabes con anticipación?

Rutledge asintió levemente.

-Bien ¿mañana sera entonces?-Rutledge volvió a asentir.

Brand se volvió hacia la puerta-. Ahí estaré- Eso fue todo lo que dijo. Se levantó y caminó entre ellos sin volverse a mirar o a decir una palabra. El Diacono Hibben miró a la Sra. Rutledge-. Nosotros también- dijo, como si ella le hubiera preguntado, pero ella no había dicho una palabra y Bosworth vio que su delgado cuerpo temblaba por completo. Se alegró cuando él y Hibben se encontraron afuera, entre la nieve.

III

Pensaron que Brand quería que lo dejaran solo, y le dieron tiempo a que desenganchara su caballo mientras simulaban demorarse en el portal de la casa mientras Bosworth buscaba una pipa en sus bolsillos que no tenía intención de encender.

Pero Brand se volvió hacia ellos y les dijo-.¿Nos encontramos mañana en el estanque Lamer?-sugirió-. Quiero testigos. Cerca del atardecer.

Asintieron en conformidad, y él se subió a su trineo, ay cabalgó bajo los arboles rebosantes de nieve. Los otros dos hombres buscaron entonces sus caballos en el cobertizo.

-¿Qué piensa de todo este asunto Diacono?-preguntó Bosworth para romper el silencio.

El Diacono sacudió la cabeza-. El hombre está enfermo, eso es seguro. Algo le está succionando la vida hasta dejarlo seco.

Pero una vez afuera, con el frio penetrante en su rostro, Bosworth se sintió un poco mas en control. “En mi opinión tiene un severo caso de fiebre como usted sugirió.”

-Bueno, fiebre de la mente entonces. Una enfermedad mental.

Bosworth se encogió de hombros-. No sería el primero en el Condado Hemlock.

-Así es-acordó el Diacono-. Es un gusano de la mente, se llama soledad.

-Bien, lo sabremos mañana a esta hora, tal vez-dijo Bosworth. Se trepó a su trineo, y estaba listo para partir cuando escuchó que su compañero lo llamaba. El Diacono le explicó que su caballo había perdido una herradura, y le pidió que lo llevara a una herrería cerca de North Ashmore; siempre y cuando no lo alejara demasiado de su camino. No quería que su yegua se patinara en la nieve y es probable que el herrero lo llevara de vuelta hasta el cobertizo de Rutledge. Bosworth le hizo lugar bajo la piel de oso y se alejaron dejando atrás los relinchos de la confundida vieja yegua del Diacono.

El camino que tomaron no era el que Bosworth hubiera tomado para llegar a su hogar. Pero no le importo. El camino mas corto para llegar a la herrería pasaba cerca del estanque Lamer, y ya que estaba comprometido con el asunto, Bosworth se desvío para dar un vistazo. Entraron silenciosamente.

La nieve había dejado de caer, y un atardecer verdoso se extendía en lo alto del cielo de cristal. Una ventisca de copos helados los envolvió justo cuando atravesaban el claro, pero cuando descendieron en la hondonada junto al estanque Lamer, el aire está totalmente en calma y silencioso. Avanzaron lentamente, cada uno inmerso en sus pensamientos.

-¿Esa es la casa, esa derruida choza de ahí, supongo?-dijo el Diacono, cuando el camino los acercaba al extremo de un estanque congelado.

-Si, esa es la casa. Un extraño ermitaño la construyó hace muchos años, según lo que me contó mi padre. No creo que alguien haya vivido en ella ademas de los gitanos.

Bosworth tiró las riendas de su caballo, y se sentó ahí a mirar como el ocaso teñía de luz purpura la derruida estructura a través de los arboles de pino. Aunque el crepúsculo yacía entonces bajo la linea de los arboles el claro seguía ligeramente iluminado. Entre la figura claramente definida de dos pinos pudo ver la estrella del atardecer, como un bote blanco en un mar verde.

Su mirada descendió de ese insondable cielo y siguió las ondulaciones azul y blancas de la nieve. Esto le dio una curiosa y agitada sensación, el pensar que aquí, en esta helada desolación, en esta derruida casa por la cual había pasado frecuentemente sin volverse dos veces sin reparar en ella, se estaba forjando un oscuro misterio, demasiado profundo para entenderlo. Desde esa colina, desde el cementerio de Cold Corners, el ser que llaman “Ora” debía bajar hasta el estanque. Su corazón empezó a latir en forma sofocante. De repente, exclamó: “¡Mira!”

Saltó de su caballo y se tambaleó por el sendero hacia la pendiente nevada. En ella, en dirección a la casa del estanque, detectó las pisadas de una mujer, dos, luego tres, y mas. El Diacono se apresuró junto a él y ambos observaron.

-¡Dios… pies descalzos!-dijo Hibben casi sin aliento-. Es.. es la muerta…

Bosworth no dijo nada. Pero sabía que ninguna mujer viva podría haber cruzado el congelado bosque descalza. Aquí y allá, estaba la prueba que el Diacono pedía, la habían conseguido. ¿Qué harían entonces con ella?

-Si nos acercáramos un poco mas, donde termina el estanque, mas cerca de la casa- propuso el Diacono con la voz apagada-.Quizás entonces…

La postergación era un alivio. Se subieron al trineo y condujeron. Unos doscientos metros mas adelante, un sendero cubierto por arbustos, giraba abruptamente a la derecha, siguiendo la curva del estanque. Cuando tomaron la curva vieron el trineo de Brand delante de ellos. Estaba vacío, y el caballo atado a un árbol. Los dos hombres se miraron el uno al otro. Este lugar no estaba ni remotamente cerca del hogar de Brand.

Evidentemente había actuado con el mismo impulso que los había llevado a ellos a acercarse al estanque, y aventurarse en la casa abandonada. ¿sera que él también había descubierto las pisadas espectrales? Quizás era esa la razón por la cual había abandonado su trineo y desaparecido en dirección a la casa.

Bosworth temblaba bajo su piel de oso-.Desearía que no estuviera a punto de oscurecer- murmuró. Condujo su caballo junto al de Brand, y sin mediar palabra, él y el Diacono se abrieron paso en la nieve, siguiendo las enormes huellas de Brand. Estaba apenas a unos metros de él. No los había escuchado llegar y cuando ellos lo llamaron por su nombre se detuvo en seco y se dio vuelta, su pesado rostro lucía confundido y apagado, como una mancha oscura en el atardecer. Los miro inexpresivamente, sin sorpresa alguna.

-Quería ver el lugar-dijo simplemente.

El Diacono se aclaró la garganta-.Dar un vistazo, si… pensamos lo mismo… pero supongo que no habrá nada que ver…- dijo intentando aliviar la tensión.

El hombre no pareció oírlo y siguió caminando laboriosamente hacia los pinos. Los tres hombres se reunieron en el claro frente a la casa. Cuando emergieron de entre los arboles parecían haber dejado atrás la noche. La estrella del atardecer iluminaba la nieve inmaculada, y Brand, se detuvo en ese circulo brillante y señalo las mismas suaves pisadas que se dirigían hacia la casa, el rastro de una mujer en la nieve. Se quedo ahí intentando digerir lo que había visto-. Pies descalzos…- dijo.

El Diacono, dijo con la voz temblorosa: “Los pies de un muerto.”

Brand se quedó inmovil-. Los pies de un muerto-repitió.

El Diacono Hibben apoyó su atemorizada mano sobre su brazo-. Vámonos de aquí, Brand, por el amor de Dios, vámonos de aquí.”

El padre se quedo ahí, mirando detenidamente las tenues huellas sobre la nieve, ligeras como las de un zorro o una ardilla en esa blanca inmensidad. Bosworth pensó para si mismo “los vivos no pueden dejar huellas tan livianas, ni siquiera Ora Brand, cuando vivía…” el frío le llegaba hasta la médula. Sus dientes castañeaban.

Brand se movió abruptamente y gritó “¡Ahora!”, moviéndose como dispuesto a atacar, con la cabeza inclinada hacia adelante cargando como un toro.

-¿Ahora, ahora?¿Vamos a entrar?-dijo el Diacono casi sin aliento-. ¿Para qué? El dijo que vengamos mañana…- dijo temblando como una hoja.

-Lo haremos ahora- dijo Brand. Se abalanzó hacia la puerta de la casa, la empujo y encontró una inesperada resistencia y embistió entonces con su pesado hombro. La puerta colapso como un naipe y Brand cayó en la oscuridad de la cabaña. Los otros, después de un breve titubeo, lo siguieron.

Brand nunca supo bien en que orden se sucedieron los siguientes eventos. Salieron de la enceguedora nieve, para sumergirse en una oscuridad total. Caminó tanteando a través del umbral, se clavó una filosa astilla en la palma de su mano, le pareció ver algo blanco y espectral surgir del rincón mas oscuro de la cabaña y entonces escuchó un disparo de revolver junto a él, y un grito…

Brand había regresado, y caminaba ahora junto a él a la luz del día que aun prevalecía. El ocaso, se filtraba repentinamente entre los arboles, dándole a su rostro un tono carmesí, como la sangre. Tenía un revolver en su mano y lo miró estúpidamente.

-Parece que si caminan, entonces- dijo y empezó a reír. Bajo la cabeza para examinar el arma-.Mejor aquí que en el compostario. Ahora no podrán desenterrarla-dijo aullando. Los dos hombres lo tomaron de los brazos y Bosworth le quitó el revolver.

IV

Al día siguiente, Loretta, hermana de Bosworth que a la vez mantenía su casa, le preguntó cuando este llego para almorzar, si había oído las ultimas noticias.

Bosworth había estado cortando madera toda la mañana, y a pesar del frio y la nieve incesante que había empezado a caer nuevamente durante la noche, estaba cubierto en sudor helado como un hombre recuperándose de la fiebre.

-¿Qué noticias?

-Venny Brand ha caído enferma de neumonía. El Diacono la visitó. Al parecer está muriendo.

Bosworth la miro indiferente. Parecía alguien tan lejana, muy muy lejana-. ¿Venny Brand?-repitió.

-Nunca te ha agradado, Orrin.

-Es una niña. No la conozco demasiado.

-Bueno-repitió su hermana, con el ingenuo deleite que las personas con poca imaginación abordan las malas noticias-, parece que está muriendo-. Y agregó después de una pausa: “Esto va a matar a Sylvester Brand, se va a quedar solo en esa montaña.”

Bosworth se levantó y dijo: “Voy a ver como va el tratamiento medico del caballo.” Y salio caminando bajo la nieve que caía incesantemente.

Venny Brand fue enterrada tres días después. El Diacono leyó en el funeral; Bosworth fue uno de los que cargo el féretro. Toda la población rural asistió, la nieve había dejado de caer, y en cualquier temporada, un funeral siempre es una buena oportunidad para salir que las personas no dejan pasar. Ademas, Venny Brand era joven y hermosa, por lo menos algunas personas creían que era hermosa, y que haya muerto de esa manera, tan repentina, tenía la fascinación que despierta la tragedia.

-Dicen que sus pulmones se llenaron rápidamente… parece que ya había tenido problemas en los bronquios… siempre dije que ambas chicas eran frágiles… mira a Ora, enfermó y colapsó, es un lugar frío ahí arriba en la estancia de los Brand… su madre, ella también, languideció y murió de la misma forma. Parece que nadie llego a ser viejo en la familia materna… ahí está el joven Bedlow; dicen que Venny y él estaban comprometidos… oh, Sra. Rutledge, disculpe… pase adelante y tome asiento… hay un asiento para usted junto a la abuela…

La Sra. Rutledge avanzaba con un deliberado paso lento por el angosto pasillo de la lúgubre iglesia de madera. Se había puesto su mejor tocado, una estructura monumental que nadie había visto en público desde el funeral de la vieja Sra. Silsee, tres años antes. Todas las mujeres lo recordaban. Bajo su alto tocado, su rostro angosto, colgando de su delgado cuello, se veía aun mas blanco que de costumbre; pero su aire de inquietud se había convertido en una apropiada expresión de penosa inmovilidad.

-Parece como si un escultor la hubiera tallado para decorar la lapida de Venny-pensó Bosworth mientras pasaba a su lado, y tembló ante la sepulcral idea. Cuando se inclinó sobre su libro de cánticos, sus parpados le recordaron a los ojos de mármol, sus huesudas manos que sostenían el libro estaban desprovistas de sangre. Bosworth no había vuelto a ver manos como esa desde que la vieja tía Cressidora Cheney estranguló al canario por aletear.

El servicio terminó, el ataúd de Venny Brand había sido depositado en la tumba de su hermana, y los vecinos se dispersaban lentamente. Bosworth, siendo parte del cortejo, se sintió obligado a quedarse y dedicarle unas palabras al dolido padre. Espero hasta que Brand se hubo apartado de la tumba con el Diacono a su lado. Los tres hombres reunidos en ese momento; pero ninguno dijo una palabra. El rostro de Brand era la puerta cerrada de una bóveda y sus arrugas las barras de hierro.

Finalmente el Diacono tomó su mano y dijo: “El Señor nos da…”

Brand asintió y se volvió hacia el cobertizo donde descansaban los caballos. Bosworth lo siguió-. Déjame acompañarte a casa- sugirió.

Brand volteó ligeramente su cabeza-. ¿A casa? ¿qué casa?-dijo, y los demás retrocedieron.

Loretta Bosworth estaba hablando con otras mujeres mientras los hombres sacudían a los caballos y acomodaban los trineos para partir bajo la cruenta nevada. Mientras Bosworth la esperaba, vio a unos metros de distancia, el alto tocado de la Sra. Rutledge predominante entre el grupo. Andy Pond, peón de la granja Rutledge, acomodaba su trineo.

-¿Saul no ha venido hoy, Sra. Rutledge?-preguntó uno de los ancianos de la aldea, volviendo su benevolente cabeza de tortuga sobre un avejentado cuello hacia el rostro de mármol de la Sra. Rutledge.

Bosworth la escuchó medir su respuesta en un tono lento e incisivo-. No. El Sr. Rutledge no está aquí. Hubiere venido, sin falta, pero enterraron a su tía Minorca Cummins en este mismo día en Stotesbury y tuvo que ir hasta allá. A veces se siente como si todos estuviéramos caminando bajo la Sombra de la Muerte ¿no le parece?

Mientras caminaba hacia su trineo, donde Andy Pond ya la esperaba sentado, el Diacono se le acerco con notables titubeos. Involuntariamente, Bosworth también se acerco. Escuchó que el Diacono decía: “me alegra oír que Saul ya está en condiciones de levantarse y viajar.”

Ella volvió su pequeña cabeza sobre su rígido cuello y levantó sus parpados de mármol.

-Si, supongo que duerme mejor ahora, y ella también, quizás, ahora que ya no esta ahí tan sola-agregó en voz muy baja, con un repentino movimiento del mentón señalando la mancha oscura fresca en la nieve del cementerio. Se subió al trineo y en voz muy clara le dijo a Andy Pond: “ya que estamos aquí deberíamos dar una vuelta y comprar una caja de jabón en lo de Hiram Pringles.”

Edith Wharton (1862- 1937) fue una reconocida escritora neoyorquina, ganadora de un premio Pulitzer por sus novelas costumbristas que satirizaban a las clases altas de la que ella misma formaba parte. A su vez, escribió mas de cincuenta relatos de terror sobrenatural, como el que presentamos en esta ocasión.

La rata endemoniada

Por Edward Page Mitchell

Publicada originalmente en 1878 en el periódico The Sun

Es sabido que cuando un hombre vive en un castillo abandonado, en la cima de una gran montaña, junto al río Rin, es susceptible de caer en rumores. La mitad de la buena gente del pueblo de Schwinkenschwank, incluyendo al alcalde, y a su sobrino, creían que yo era un fugitivo de la justicia americana. La otra mitad estaba convencida de que estaba loco, y esta teoría tenía su principal sustento en el profundo conocimiento del notario sobre la naturaleza humana y su aguda lógica. Las dos mitades de tan interesante controversia estaban tan bien equilibradas que ocupaban todo su tiempo discutiendo entre ellos y nadie me molestaba.

Como cualquier persona con la mínima pretensión de conocimiento cosmopolita sabe, el antiguo Palacio de Schwinkenschwank está habitado por los fantasmas de veintinueve barones y baronesas de la época medieval. El comportamiento de estos espectros ancestrales era por demás considerado. Me molestaban, claro, pero mucho menos que las ratas, las cuales rondaban en grandes grupos por todo el castillo. Cuando tomé posesión de mi habitación por primera vez tuve que dormir con una lampara prendida toda la noche, y golpear a mis alrededores con un bastón para alejarlas y no sufrir el mismo destino del Obispo Hatto. Después de eso, mandé a pedir a Fráncfort una jaula de hierro en la cual pudiera dormir cómodamente y de forma segura, por lo menos después de  acostumbrarme al agudo crujido de los dientes de las ratas al intentar roer la jaula en un infructuoso esfuerzo para entrar y devorarme.

Con excepción de los espectros y las ratas y algún que otro murciélago o búho, soy el primer ocupante del Palacio de Schwinkenschwank en tres o cuatro siglos. Después de abandonar Bonn, donde me beneficie en gran medida de las enseñanzas e ingeniosas lecciones del famoso Calcarius, profesor emérito de Ciencias Metafísicas en tan admirable universidad, seleccioné este ruinoso lugar como el mejor lugar para realizar un experimento psicológico. El terrateniente heredero, Von Toplitz, dueño del Palacio no se sorprendió en absoluto cuando acudí a él y le ofrecí seis táleros al mes por el privilegio de arrendar su desvencijado castillo. El recepcionista de un hotel en Broadway no podría haber tomado mi pedido en forma mas relajada o mi dinero con un espíritu tan emprendedor.

“Necesito el dinero del primer mes por adelantado” me dijo.

“Para eso, afortunadamente estoy preparado, mi señor heredero de alta alcurnia” le respondí, contando seis dólares. Los guardó en su bolsillo y me dio un recibo. Me pregunté si alguna vez habría intentado cobrarle renta a sus fantasmas.

La habitación mas habitable del castillo estaba en la torre noroeste, pero ya estaba ocupada por Lady Adelaide María, la hija mayor del Baron Von Schotten, a la cual su afectuoso padre la había matado de hambre en el siglo trece por rehusarse a casarse con un saqueador rengo que vivía río arriba. Como no me atreví a invadir el cuarto de una dama, ocupe mis aposentos en lo alto de las escalinatas de la torreta sur, donde no había nadie excepto por un monje sentimental, que salía la mayoría de las noches por lo que no me ocasionaba grandes molestias.

Con la calma de ese nivel de aislamiento como el que disfruté en el palacio me fue posible reducir la actividad mental y física al grado mínimo posible para la vida humana. San Pedro de Alcantara, quien falleció hace cuarenta años en la celda de un convento, se adoctrinó a sí mismo para dormir solo una hora y media por día y a comer una vez cada tres días. En la medida que las funciones del cuerpo son disminuidas hasta ese punto, él debió, y de esto soy un fiel creyente, haber reducido el tamaño de su alma casi hasta convertirse en la de un infante inconsciente. Es el ejercicio, el pensamiento, la fricción, la actividad lo que hace surgir la individualidad de la naturaleza humana. Las significativas palabras del Profesor Calcarius se grabaron a fuego en mi memoria:

“¿Cuál es el misterioso lazo que une nuestra alma con nuestro cuerpo en vida? ¿Por qué soy yo Calcarius, o mejor dicho por qué el alma llamada Calcarius ocupa este organismo en particular? (En ese instante el ilustrado profesor se palmeó el muslo con su mano regordeta) ¿Podría yo ser otra persona y otra persona podría ser yo? Despegar el ego individualizado de su entorno de carne al cual se adhiere por una cuestión de costumbre y por el largo contacto entre ellos y ¿quién dice que no se lo puede expulsar voluntariamente, dejando el cuerpo vivo vacante para ser ocupado por un ego no individualizado, mas digno y mejor que el anterior?

Esta idea tan profunda tuvo un efecto duradero en mi mente. Si bien estoy satisfecho con mi cuerpo que considero en buen estado, saludable, y razonablemente atractivo, me siento insatisfecho con mi alma desde hace mucho tiempo  y la constante meditación sobre sus defectos, su crudeza, su ineficacia, ha intensificado esa insatisfacción para convertirse en disgusto. ¡Podría acaso, escapar de mí mismo, arrancar esta imitación de diamante de su aceptable recipiente y reemplazarlo con una verdadera joya, qué estaría dispuesto a sacrificar y qué tan fervientemente alabaría a Calcarius y ese dichoso momento que me llevo hasta Bonn!

Fue para probar este experimento que nunca ha sido probado que me recluí en el Palacio Schwinkenschwank.

Con excepción del pequeño Hans, el hijo del posadero, que sube a la montaña tres veces por semana desde el pueblo para traerme pan, queso y vino blanco y tiempo después su hermana, la única visita que he tenido durante mi retiro fue el profesor Calcarius. Viajó dos veces desde Bonn para alentarme y darme valor.

Durante su primera visita se nos hizo de noche mientras seguíamos hablando de Pitágoras y la metempsícosis. El brillante metafísico era un hombre corpulento y muy miope.

“Nunca podré bajar la colina con vida” me dijo, estrujando sus manos con ansiedad. “Me tropezaré y, Gott in Himmel, probablemente caeré sobre una piedra filosa”

“Debe quedarse a pasar la noche, profesor,” le dije, “y dormir conmigo en la jaula de metal. Me gustaría que conozca a mi compañero de cuarto, el monje.”

“Completamente subjetivo, mi querido y joven amigo,” me dijo. “Tu aparición es una criatura del nervio óptico y lo contemplaré sin exaltarme, como es propio de un filósofo.”

Puse al Herr profesor a dormir en la cama de la jaula de metal y con mucha dificultad me apretujé a su lado. A petición especial le dejé la lampara encendida. “No porque tenga temor de sus espectros personales,” explicó. “Son un mero producto de tu imaginación, eso es todo. Pero en la oscuridad podría rodar y aplastarte.”

“¿Qué tal avanza la autosupresión?” me preguntó eventualmente “¿la subordinación del alma individual? ¡Eh! ¿Qué fue eso?”

“Una rata que intenta alcanzarnos,” le respondí. “Calma, no hay ningún peligro. Mi experimento avanza satisfactoriamente. Ya he eliminado todo interés en el mundo exterior. Amor, gratitud, amistad, la preocupación por mi propio bienestar y el de mis amigos ya casi ha desaparecido. Pronto, espero, mis recuerdos también desaparecerán, y con mis recuerdos, mi pasado individual.”

“¡Lo estás haciendo de maravillas!” exclamó con entusiasmo. “y estas prestando a la ciencia de la psicología un servicio inestimable. Muy pronto tu naturaleza psíquica estará en blanco, vacía, lista para recibir… ¡Dios me salve!, ¿Qué fue eso?

“Solo el graznido de un búho,” dije yo, tranquilizándolo, mientras la gran ave gris con el cual me había familiarizado aleteaba ruidosamente a través de la apertura del techo y se posaba sobre nuestra jaula de hierro.

Calcarius observó el ave con interés, y el búho lo miró fijamente.

“Quien sabe,” dijo herr profesor, “si lo que da vida a este búho es el alma de algún fallecido gran filosofo. Quizás Pitágoras, quizás Plotinus, podría ser el espíritu del mismísimo Sócrates el que habita debajo de esas plumas.”

Confieso que semejante idea ya se me había ocurrido.

“Y en ese caso,” continuó el profesor, “solo tienes que negar tu propia naturaleza, anulando tu propia individualidad, para recibir en tu cuerpo esta gran alma, la cual es, si mi intuición no me falla, la de Sócrates, y está rondando tu estructura psíquica, esperando a hacer su entrada. Continúa con tu meritorio experimento, mi joven estudiante, y la ciencia metafísica… ¡cielo santo! ¿Ese es el Diablo?

Era la gigantesca rata gris, mi visitante nocturna. Esta criatura horrenda había crecido durante su vida, la cual estimo debe rondar el siglo, hasta el tamaño de un pequeño perro terrier. Sus bigotes eran perfectamente blancos y muy gruesos. Sus colmillos eran tan largos que se curvaban hasta casi penetrar su cráneo. Sus ojos eran grandes e inyectados de sangre. La comisura de su labio superior estaba tan arrugada que su semblante tenía una expresión de malignidad diabólica, rara vez visto con excepción de algunos rostros humanos. Era demasiado vieja y sabia para intentar roer la jaula, pero se sentó en sus patas traseras y nos avizoró con una mirada de odio indescriptible. Mi acompañante tembló. Al cabo de un rato, la rata dio media vuelta, repiqueteó su callosa cola contra la jaula y desapareció en la oscuridad. El profesor Calcarius suspiró aliviado, y momentos después ya dormía en forma tan profunda que ni los búhos, las ratas o los espectros se volvieron a acercar a nosotros hasta la mañana.

 Había tenido tanto éxito en fusionar mis cualidades intelectuales y morales en la rutina de una  simple existencia animal que cuando llegó el momento para que Calcarius volviera, como lo había prometido, sentí poco entusiasmo por su inminente visita. Hansel, quien era mi proveedor, había caído enfermo  de sarampión, y mi suministro de comida y vino empezó a depender de su bella hermana Emma, una doncella de cabellos dorados de dieciocho años, que escalaba el empinado sendero con la elegancia y la agilidad de una gacela. Era una joven inocente, y me contó su pequeña historia de amor. Fritz era un soldado en el ejercito del Emperador Guillermo y se encontraba entonces en la guarnición de Colonia. Esperaba que pronto lo ascendieran a teniente, ya que era valiente y leal, y entonces podría volver a casa y casarse con ella. Había ahorrado su jornal diario hasta recaudar una buena cantidad, que le había enviado con el fin de que pudiera comprar su nombramiento. ¿He visto a Fritz alguna vez? ¿No? Era apuesto y bueno y ella lo amaba mas de que lo podía poner en palabras.

Escuché este parloteo con la misma cantidad de interés romántico que me produciría un postulado de Euclídes y me felicité a mí mismo porque mi vieja alma casi había desaparecido. Cada noche el búho gris se posaba encima mio. Sabía que Sócrates me estaba esperando para tomar posesión de mi cuerpo y anhelaba abrir mi pecho para recibir esa grandiosa alma. Cada noche la detestable rata se presentaba y observaba a través de los alambres. Su fría y despectiva malicia me exasperaba extrañamente, quería estirar mi brazo por debajo de la jaula, atraparlo y estrangularlo, pero le temía al veneno de su mordida.

Mi propia alma estaba, en ese entonces, casi completamente agotada, gracias a una disciplinada falta de uso. El búho me miro cariñosamente desde arriba con ojos placenteros. Un espíritu noble parecía brillar a través de ellos y decir “vendré cuando estés listos.” Mire yo también a la refulgente profundidad de su mirada y exclamé con infinito anhelo, “Ven pronto, oh Sócrates, ¡ya casi estoy listo!” Pero al apartar la mirada y voltear hacia otro lado encontré la maligna mirada de la monstruosa rata, cuya desdeñosa malignidad me jalaba de vuelta a la tierra y a sus odios terrenales.

Mi odio hacia la abominable bestia era el único rasgo mi de antigua naturaleza que sobrevivía en mi. En su ausencia, mi alma parecía flotar alrededor por encima de mi cuerpo, lista para alzar el vuelo y liberarse para siempre. En su presencia, un disgusto y un odio inconquistables deshacía en un segundo todo lo que había logrado, y yo seguía siendo el mismo. Para tener éxito en mi experimento, sentí que esa odiosa criatura cuya presencia ahuyentaba al alma del gran filosofo debía ser despachada cualquiera sea el costo, el peligro o el sacrificio.

“¡Te matare animal despreciable!” le grité a la rata: “para que mi cuerpo emancipado pueda recibir el alma de Sócrates que espera ansioso por mi.”

La rata se volvió hacia a mi con sus ojos lascivos y con una sonrisa mas sarcástica que nunca. Su burla era mas de lo que podía soportar. Tiré del lateral de la jaula de alambre y agarré desesperadamente a mi enemigo. Lo tomé de la cola. Lo acerqué hacia mi. Le trituré los huesos de sus delgadas piernas, tanteé a ciegas buscando su cabeza y lleve ambas manos a su cuello, acabando con su vida en un terrible apretón. Con toda la fuerza que pude disponer, y con toda la imprudencia de un propósito desesperado, desgarré y destrocé la carne de mi odiosa victima. Casi sin aliento, emitió un espantoso grito salvaje de dolor, hasta que finalmente palideció y dejo de moverse en mis manos. El odio estaba satisfecho, mi ultima pasión había llegado a su fin, y ya era libre para recibir a Sócrates.

Cuando desperté después de dormir largamente pero sin soñar, los eventos de la noche anterior y, de hecho, de toda mi vida eran como incidentes que apenas recordaba de una historia leída hace muchos años.

El búho se había ido pero el destrozado cadáver de la rata yacía a mi lado. Incluso en la muerte su rostro esbozaba una sonrisa horrible. Ahora lucía como una satánica sonrisa de triunfo.

Me levanté y sacudí mi somnolencia. Una nueva vida parecía arder en mi venas. Ya no era indiferente y negativo. Adopté un vivido interés en mis alrededores y quería salir a ver el mundo, estar entre los hombres, sumergirme en sus asuntos y regocijarme en mis acciones.

La bella Emma vino con su canasta “voy a dejarte,” le dije. “Buscaré mejores aposentos que el Schloss Schwinkenschwank.”

“¿Iras entonces a Colonia,” pregunto con entusiasmo, “a las barracas donde están los soldados del Emperador?”

“Quizás lo haga, de paso en mi ruta hacia el mundo.”

“¿Irías con Fitz por mi?” continuó, sonrojándose. “Tengo buenas noticias para enviarle. Su tío, el malvado viejo notario, murió anoche. Fritz es dueño de una pequeña fortuna ahora, y debe volver a casa conmigo de inmediato.”

“¿El notario,” dije lentamente, “falleció anoche?”

“Si, señor; dijeron que tenía el rostro ennegrecido esta mañana. Pero son buenas noticias para Fritz y para mi.”

“Quizás,” continué, un poco mas lento “ quizás Fritz no me crea. Soy un extraño, y los hombres que conocen el mundo, como tu joven soldado, son propensos a desconfiar.”

“Lleva este anillo,” respondió ella rápidamente, tomando una baratija sin valor de uno de sus dedos. “Fritz me lo dio y de esa manera él sabrá que puede confiar en ti.”

Mi siguiente visita fue el erudito Calcarius. Estaba sin aliento cuando llegó al apartamento que me disponía abandonar.

“¿Cómo va nuestra metempsícosis, mi valioso aprendiz?” preguntó. “Llegue ayer a la tarde de Bonn, pero en lugar de pasar otra noche con tus horrendos roedores, sometí mi bolsillo a la extorsión del posadero del pueblo. Ese bandido me estafó,” continuó, tomando su bolso y contando una pequeña fortuna de plata, “me cobró cuarenta groschen por cama y desayuno.”

La visión de la plata, y el dulce tintinear de las piezas al entrar en contacto con la palma del Profesor Calcarius, maravillaron mi nueva alma con una emoción que hasta ese momento no había experimentado. La plata parecía en ese momento el objeto mas brillante del mundo, y la adquisición de la plata, por cualquier medio, parecía el mas noble ejercicio de energía humana. Con un repentino impulso que fui incapaz de resistir, salté sobre mi amigo e instructor y le arrebaté el bolso de las manos. Emitió un grito de sorpresa y asombro.

“¡Silencio!” grité; “no te servirá de nada. Tus patéticos gritos solo serán oídos por ratas, búhos y fantasmas. El dinero es mío.”

“¿Qué es esto?” exclamó él. “Le robas a tu invitado, a tu amigo, tu guía y mentor en el sublime camino de la ciencia metafísica? ¿Qué perfidia se ha posesionado de tu alma?”

Tomé al profesor de las piernas y lo arrojé violentamente contra el suelo. Luchó como también había luchado la rata gris. Arranque partes de la jaula de alambre y le ate las manos y los pies tan ajustado que el alambre penetraba su gorda carne.

“Ho!Ho!” le dije, parado sobre el; “que festín les espera a las ratas con tu corpulento cadáver,” y me di vuelta para irme.

“¡Santo Dios!” gritó. “No pretenderás dejarme aquí, nadie viene aquí jamas.”

“Tanto mejor,” le respondí, rechinando los dientes y sacudiendo mi puño frente a su rostro: “así las ratas tendrán la oportunidad de liberarte, sin interrupciones, de tu carne superflua. Y oh, si que están hambrientas, te lo aseguro, Herr Metafísico, te ayudaran rápidamente a resolver el misterioso lazo que une al alma con un cuerpo vivo. Saben muy bien como separar el ego individualizado de su entorno de carne. Te felicito por el éxito asegurado de  tu extraño experimento.”

Los gritos del Profesor Calcarius se fueron haciendo cada vez mas difusos mientras bajaba por la colina. Cuando ya no podía oírlo, me detuve a contar mis ganancias. Una y otra vez, con una alegría extraordinaria, conté los táleros de su bolso, y siempre con el mismo resultado. Habían solo treinta piezas de plata.

Mi camino hacia el mundo del intercambio y de la ganancia me llevó hasta Colonia. En las barracas busque a Fritz Schneider de Schwinkenschwank.

“Amigo mio,” le dije, colocando mi mano sobre su hombro. “Voy a hacerte el mayor favor que un hombre le puede hacer a otro. ¿Amas a la pequeña Emma, la hija del posadero?”

“Así es,” le dijo. “¿Traes noticias suyas?”

“No hace mucho que me separe de su fogosa compañía.”

“¡Es mentira!” gritó. “La pequeña es tan genuina como el oro.”

“Es tan falsa como el metal de esta baratija,” le dije con compostura a la vez que le arrojaba el anillo de Emma. “Me lo dio ayer cuando nos separamos.”

Miro el anillo y se llevo ambas manos a la frente. “Es verdad,” farfulló. “¡Nuestro anillo de compromiso!” observé su angustia con interés filosófico.

“Tenga,” continuó, tomando un monedero prolijamente tejido de su pecho. “Aquí está el dinero que me envió para ayudarme a avanzar en la carrera. ¿Quizás entonces te pertenezca?”

“Es muy probable,” le respondí, muy calmado. “Las piezas me resultan familiares.”

Sin mediar otra palabra el soldado arrojo el monedero a mis pies y se dio media vuelta. Lo escuché sollozar y fue como música para mis oídos. Entonces, recogí el monedero y me apresure al café mas cercano a contar la plata. Nuevamente habían treinta piezas.

Adquirir plata, esa es la nueva motivación principal de mi nueva naturaleza. Es un placer glorioso ¿no es así? Que suerte la mía que el alma que se posesionó de mi cuerpo en el castillo, no fue la  de Sócrates, la cual me hubiera convertido, en el mejor de los casos, en un aburrido pensador como Calcarius; sino que fue el alma que había habitado en la rata gris hasta que la estrangule. Por un momento pensé que mi nueva alma le pertenecía al notario muerto del pueblo, pero ahora entiendo que la heredé de la rata, y creo que es el alma que alguna vez le dio vida a Judas Iscariote, ese príncipe de los hombres prácticos.

Fin.

Edward Page Mitchell (1852-1927) fue editor del periódico neoyorquino The Sun, donde publicó la totalidad de su obra. Treinta relatos cortos que abarcan desde la proto-ciencia ficción al misterio sobrenatural. Hoy en día se considera que su obra puede haber sido influencia temprana de muchas de las mas grandes obras del género fantástico, escribió, por ejemplo, sobre hombres invisibles y viajes en el tiempo diez años antes que H.G. Wells. Definitivamente un autor que vale la pena rescatar del olvido.

Repeticiones

Por Jennifer Lee Rossman

He montado dinosaurios. Grandes, de los que muerden. He viajado en el Hinderburg, luchado junto a Juana de Arco, y golpeado a Jack el Destripador en el rostro.

Lo que trato de decir es que ser viajera del tiempo te pone en todo tipo de escalofriantes situaciones, pero esta es lejos la más aterradora.

Invitar a salir a una chica linda.

(Inserte alarido de terror aquí)

Lo he estado postergando, empujándolo por ese polvoriento rincón en lo más recóndito de mi mente, donde guardo todas las cosas que me atemorizan, como el hecho de que existan los ciempiés domésticos, pero es ahora o nunca, antes de que vuelva a su hogar.

Respiré profundo, con el corazón latiendo tan fuerte como redoble de tambor, y entré al laboratorio.

Ahí estaba Ada, la Condesa de Lovelace, hija de Lord Byron, la primera programadora de computadoras del mundo, y sin lugar a dudas la mujer más sexy de 1840.

Estaba inclinada sobre su computadora, su oscuro cabello caía sobre su rostro concentrado, vestía pantalones de jean y una blusa cuello en V muy lejos de las sedas y vestidos que vestiría una condesa de su época. Mi piel levantaba temperatura con solo mirarla.

“En fin,” dijo al verme llegar. “Le hice un último chequeo al sistema operativo y luce bastante bien. Arreglé los problemas que estaban causando paradojas, pero hay nuevos parámetros que quiero discutir contigo…”

Amo la forma en que dice la palabra paradoja con ese acento, con una O larga, sus labios dibujan una mueca hermosa, como cuando dice mi nombre.

“¿Roz?”

Parpadeé y levanté la vista de sus labios.

“¿Roz, escuchaste lo que acabo de decir?”

Asentí vigorosamente, una mentira con entusiasmo.

“Entonces si quieres probar tu máquina…”

“Eres hermosa.”

Su rostro se detuvo en el acto, como si fuera un video pausado a mitad de palabra y yo quería fundirme en un charco de vergüenza.

“Soy… hermosa,” repitió, con su voz desprovista de cualquier tipo de inflexión que me ayudaría a saber cómo arreglar esto. ¿Retiro lo dicho? Se me hace ofensivo. ¿Quizás debería decirle que lo dije con intención de sonar gay?”

Pero sí, mi intención era la más gay posible. Quería que fuera el comienzo de una relación que nos llevara a casarnos con vestidos de princesas que hicieran juego y tuviéramos bebés y nuestra propia empresa de viajes en el tiempo y…

Viajes en el tiempo, pero claro.

“¿Sabes qué?” dije, con las manos en alto. “Déjame intentar esto otra vez.”

La dejé ahí confundida y salí del laboratorio. Ajusté mi reloj pulsera/máquina del tiempo para volver dos minutos, y un brillo azul me envolvió. El brillo se apagó y volví a entrar, ahí estaba nuevamente inclinada sobre su computadora.

Levantó la vista cuando me vio. “En fin…”

“¿Te gustan las chicas?” la interrumpí, porque sí, soy así de sutil. Cuando no responde de inmediato, agrego, “a mí sí. Y los chicos. Y alguna vez durante un confuso episodio, un zorro animado. Pero las chicas son lo más relevante en este momento porque me gustas tú.”

Facepalm

Volví a salir sin decir una palabra más y ajusté la máquina, resplandor azul. No solíamos tener el resplandor azul, debe ser una de las mejoras del sistema.

Esta vez, entré con un plan, y ese plan era la poesía. Que chica puede resistirse a un buen juego de palabras.

Tenía el poema perfecto en mente. Antes de que pudiera decir algo, me lancé en un apasionado recitado. “Doncella de Atena, aquí nos separamos, le ruego devuelva, oh doncella, me devuelva el corazón”

Su reacción inicial de asombro empezaba a formarse en sus labios, había un poco de confusión en ella, y ¿un poquito de asco?

“Ya que desde que dejó mi pecho,” continué, “Tómelo ahora y deje el resto. Escuche mis votos…”

Oh no.

Acabo de recordar quien escribió el poema.

Las cejas perfectas de Ada se juntaron. “¿Roz, intentas seducirme con un poema escrito por mi padre?”

“Si. Afortunadamente estoy a punto de cambiar la historia para que no recuerdes nada de esto cuando vuelva,” le dije y salí rápidamente por la puerta. Volví a viajar.

Bien, concéntrate.

Respiré lenta y profundamente, y pensé exactamente lo que quería decir. Junté a Napoleón y Josefina cuando una ruptura del tiempo borró el día en que se conocieron; si pude hacer eso, puedo hacer esto, claro que puedo.

… es lo que me digo a mi misma para no vomitar.

“Hola, Señorita Lovelace,” dije esta vez, intentando permanecer tranquila a pesar de que un salvaje rubor que debía de verse desde el espacio se apoderó de mi rostro “¿Tiene un momento para que hablemos de algo importante?”

Ada se inclina hacia mi cerrando su computadora, una sonrisa cómplice se dibuja en sus labios cubiertos de fresa (le presté mi brillo labial saborizado, por lo que no tengo duda que su beso será delicioso). Una corriente me atraviesa el cuerpo, ¿quiere hablar de lo que yo quiero hablar? Pero en su lugar dice, “Si, creo que deberíamos repasar algunas de las nuevas funciones de tu sistema operativo antes que me vaya,” me desmoralizó un poco.

¿Acaso imaginé todas las miradas que me robó cuando pensó que no estaba mirando? ¿Las seductoras charlas que teníamos durante las largas noches que nos quedamos codificando? ¿Todas esas veces que sus manos se alejaron del teclado para encontrarse con las mías, sin razón alguna excepto para demostrar que obviamente éramos protagonistas de nuestra propia comedia romántica?

Me mordí los labios y me senté junto a ella en la mesa. Mi confianza se desvanecía como las velas de una olvidada torta de cumpleaños, pero tenía que intentarlo.”

“Ada…”

“Uno de los cambios que he hecho,” interrumpió, apoyando el mentón sobre sus manos, “con suerte ayudará a prevenir las paradojas.” De nuevo sus labios con la palabra paradoja.

Imite su postura y preste atención esta vez.

Habló lentamente, como si esta información fuera parte de una broma. “Implementé un salvaguarda para evitar que viajeros del tiempo interfieran con sus propias líneas temporales.”

Esperen.

“Si intentas regresar y cambiar tu propia historia, la máquina no funcionará. En lugar de una alarma verás un resplandor azul.”

Pero eso significa…

“Por ejemplo, si quisieras deshacer tus bochornosos intentos de confesar tus sentimientos, la chica te vería salir por la puerta sólo para regresar segundos después e intentarlo de nuevo.”

Oh.

Oh no.

El hielo reemplazó el rubor ardiente a medida que mi sangre se enfriaba hasta convertirse en un batido de cereza.

¿Se puede morir de vergüenza?

Mi boca quedo ahí, abierta del horror, lo que hizo todo aún más incómodo cuando ella se inclinó para besarme. El calor regreso en un instante, y deseé que no hubiese hecho imposible regresar sobre mi propia línea del tiempo.

Porque quería revivir este momento una y otra vez.

FIN

Jennifer Lee Rossman es una escritora con autismo, queer y discapacitada que reside en Binghamton, New York. Ademas de escribir le gustan los dinosaurios, la musica antigua y las chicas lindas con dientes filosos. Para leer mas de su trabajo en inglés pueden visitar su sitio http://jenniferleerossman.blogspot.com o seguirla en Twitter  @JenLRossman.

Operación Policial

Por H. Beam Piper

Dar caza a la bestia, bajo las mejores circunstancias, era peligroso. Pero en esta pequeña operación policial, las condiciones requieren el uso de medidas poco ortodoxas.

“… creo que existe algo así como una fuerza policial oculta que opera para disipar las sospechas del ser humano, y para dar explicaciones que convenzan a las personas de que, en caso de que existen alborotadores o saqueadores ocultos, deben provenir de un mundo donde otros seres actúan para mantenerlos a raya y dar explicaciones, pero que lo hacen para distraer la atención de ellos mismos, ya que ellos también explotan la vida sobre esta tierra, pero lo hacen de una forma mas sutil, y de forma mucho mas organizada y ordenada.”

Charles Fort: “¡Mira!”

John Strawmyer, una iracunda figura vestida con un overol gastado y una camiseta negra blanqueada por el sudor, se paro ahí, lejos de los demás, de espaldas a los desvencijados graneros, a una linea de amarillentos bosques, y a las nubes cirrus que atravesaban el cielo azul de octubre. Levantó su nudosa mano en señal de acusación.

“¡Esa heifer valía doscientos, doscientos cincuenta dolares!” reclamo ruidosamente. “¡Y ese perro de ai era como dela familia, y míralo ahora! ¡No me gusta decir profanidades pero tienen q hacer algo!”

Steve Parker, el guarda fauna del distrito, apuntó su cámara hacia el cadáver del perro y apretó el disparador. “Estamos en eso,” dijo cortante. Avanzó unos metros hacia la izquierda y rodeó el descuartizado cuerpo de la heifer, buscando el mejor angulo para tomar fotografías.

 Los dos hombre de gabardina gris de la policía estatal, al ver que Parker había terminado con el perro dieron un paso al frente y se agacharon para examinarlo. El que tenia tres galeones en la manga lo tomó por las patas frontales y lo volteó para dejarlo panza arriba. Era un perro enorme, de raza no identificada, con un pelaje áspero negro y marrón. Algo le había desgarrado la cabeza, tenía varios cortes trasversales en la garganta y lo habían destripado, un solo corte le había abierto el estomago desde el pecho hasta la cola. Lo observaron detenidamente, y entones se ubicaron junto a Parker que seguía fotografiando a la heifer. Al igual que el perro, tenía rasguños en ambos lados de la cabeza, y varios cortes en la garganta. Ademas de eso, le habían arrancado grandes tiras de carne de un lado.

“¡No puedo matar un oso fuera de temporada, no!” decía quejándose Strawmyer. “Pero un oso viene y mata mi ganado y a mi perro; ¡pero eso si está bien! ¡Eso es lo que nos queda a los granjeros en este estado! No me gusta decir profanidades…”

“¡Entonces no las diga!” gritó Parker impaciente. “¡No diga nada! ¡Solo haga la denuncia y cállese la boca!” se volvió hacia los hombres de gabardina “¿Vieron algo muchachos?” preguntó. “Entonces en marcha.”

*

Caminaron rápidamente de vuelta al vehículo, Strawmyer los seguía, vociferando sobre todo lo que padecen los granjeros a manos de los cínicos y corruptos del gobierno estatal. Se subieron a la patrulla, el sargento y el cadete adelante y Parker en el asiento trasero, apoyo su cámara en el asiento donde tambien descansaba una carabina Winchester.

“¿No fuiste un poco duro con ese sujeto Stevie?” preguntó el sargento mientras el cadete encendía el auto.

“No lo suficiente. “No me gusta decir profanidades”,” dijo Parker burlándose del afligido dueño de la heifer, y aclaró: “Estoy moralmente seguro de que ese hombre le ha disparado a por lo menos cuatro ciervos ilegalmente en los últimos años. Cuando y si logro probarle algo, va a estar mas afligido que ahora pero por él mismo.”

“Es de ese tipo de personas de personas problemáticas,” acordó el sargento. “¿Crees que lo que sea que haya hecho esto es el mismo que los otros casos?”

“Si. El perro debe haber interferido mientras devoraba la heifer. Los mismos rasguños superficiales en la cabeza, y cortes profundos en la garganta y el estomago. Mientras mas grande el animal, los cortes aparecen mas adelante. Es evidente que algo los toma de la cabeza con las garras frontales y los desgarra con las patas traseras; por eso creo que es un lince.”

“Sabes,” dijo el cadete, “he visto muchas heridas como esa durante la guerra. Mi grupo aterrizó en Mindanao, donde había actividad de guerrillas. Y esto parece obra de un experto en armas blancas.”

“Las tiendas de usados están llenas de machetes y cuchillos de caza,” consideró el sargento. “Creo que llamaré al Doctor Winters, en el Hospital del Condado, y ver si no se les perdió algún loquito.”

“Pero la mayoría del ganado fue devorado, como la heifer,” objetó Parker.

“Por definición los lunáticos tienen gusto anormales,” respondió el sargento. “O quizás se lo comieron los zorros, despues de que los matara.”

“Eso espero, sería un alivio,” dijo Parker.

“¡Ha!¡escuchen al señor!” aulló el cadete deteniendo el vehículo al final del camino. “Cree que un lunático con machete y complejo de Tarzán es algo divertido. ¿Ahora por donde?”

“Bueno, veamos.” el sargento desplegó una hoja cuadrangular, el guardafauna se inclinó hacia adelante para mirar por encima de su hombro. El sargento pasó su dedo de un lado para el otro sobre una serie de cruces de colores marcadas en el mapa.

“Lunes por la noche, aquí en la Montaña Copperhead, asesinó una vaca,” dijo. “La noche siguiente, cerca de las diez de la noche, atacó el rebaño de ovejas, de este lado de la Copperhead, justo aquí. La noche del miércoles, rasguñó a una mula en el bosque detrás de la granja Weston. Apenas la lastimo, debe haber pateado al engendro y escapó, pero el engendro no salió gravemente herido, ya que unas horas mas tarde, atacó un averío de pavos en la granja Rhymer. Y anoche, hizo lo que hizo.” Sacudió su dedo y señalo la granja Strawmyer. “Mira, siguiendo la cresta de la montaña, en dirección al sudoeste, evitando el campo abierto, y matando solo de noche. Puede ser un lince.”

“O un maníaco con un machete,” acordó Parker. “Vamos al cañadon Hindman a ver si podemos encontrar algo.”

*

Giraron entonces en dirección a un polvoriento sendero, que se iba deteriorando cada vez mas hasta convertirse en un pastizal que se perdía en el bosque. Eventualmente se detuvieron y el agente sacó el vehículo del camino. Los tres hombres salieron del auto, Parker con su Winchester, el sargento revisando el barril de su Thomson y el cadete cargando su escopeta con perdigones. Caminaron durante media hora por el sendero cubierto de arbustos que corría junto a un arroyo, cuando pasaron junto a un jeep gris oscuro de modelo comercial aparcado a un lado y subieron a la cima del desfiladero.

Un hombre, vestido con un abrigo de lana, botas, y pantalones caquis, estaba sentado sobre un tronco, fumando una pipa, con un rifle sobre su piernas y un par de binoculares colgando de su cuello. Tenía unos treinta años y los inmóviles rasgos de su rostro eran tan atractivos que debía ser la envidia de cualquier ídolo sensación adolescente de la pantalla grande. Mientras Parker y los dos policías se acercaron, se levantó balanceando su rifle y los saludo.

“¿Sargento Haines?” preguntó amablemente. “¿Están cazando a esa criatura también?”

“Buenas tardes, Sr. Lee. Sabía que era su jeep el que vimos ahí abajo.” El sargento se volvió hacia los demás. “El Sr. Richard Lee; ocupante actual de la vieja estancia Kinchwalter, del otro lado del Fuerte Rutter. El Sr. Parker, guardafauna del distrito. Y el cadete Zinkowski.” Miro el rifle. “¿Le esta dando caza usted mismo?”

“Si, creí que encontraría algo aquí arriba. ¿Qué cree usted que estamos cazando?”

“No lo sé,” admitió el sargento. “Puede ser un lince. Un gato montes canadiense. Aquí, Jink tiene la teoría de que puede ser un fugitivo del hotel de lunáticos con un machete. Por mi parte, espero que no, pero no descarto la posibilidad.”

El hombre con el rostro de ídolo de la matinee asintió. “Puede ser un lince, si. Tengo entendido que no son poco comunes por estas lados.”

“Pagamos recompensa por dos en este condado, el año pasado,” dijo Parker. “Es un rifle extraño el que tiene ahí, ¿le molesta si lo veo?”

“Para nada,” el hombre presentado como Richard Lee se descolgó el rifle y se lo alcanzó. “Está cargado,” advirtió.

“Nunca vi uno como este,” dijo Parker. “¿Es extranjero?”

“Creo que si. No sé mucho sobre el tema. Pertenece a un amigo mio, él me lo prestó. Creo que el mecanismo de carga es alemán o checo; el resto es un trabajo personalizado hecho por algún armero de la costa oeste. Está diseñado para cargas de ultra-velocidad.”

El rifle pasó de mano en mano; los tres hombres lo examinaron detenidamente haciendo comentarios de admiración.

“¿Encontró algo sr. Lee?” preguntó el sargento, devolviendo el rifle.

“Ni un rastro.” Lee se volvió a colgar el rifle y tiro la cenizas de su pipa. “Recorrí la cima de estas crestas, dos kilómetros, por ambos lados, y por debajo hasta el Cruze Hindman; no encontré rastro alguno o indicios de que hubiera matado.”

El guarda fauna asintió, volviéndose hacia el sargento Haines.

“No tiene sentido entonces seguir adelante,” dijo. “Diez a uno, siguió la linea de arboles detrás de la granja Strawmyer y cruzó a la otra hondonada. Creo que tendremos mejor resultado pasando el acantilado Lowrie. ¿Qué les parece?”

El sargento acordó. El hombre llamado Richard Lee empezó a rellenar su pipa metódicamente.

“Creo que me quedare aquí un poco mas, pero creo que tiene razón. El desfiladero Lowrie o el cruce Lowrie en el Valle de Coon,” dijo.

Cuando Parker y los policías se fueron, el hombre a quien se habían dirigido como Richard Lee regresó a su tronco, se sentó y encendió su pipa con el rifle sobre las piernas. Por momentos, miraba su reloj pulsera y levantaba la cabeza para escuchar. Eventualmente, escuchó a la distancia, el sonido de un motor al encenderse.

Se puso de pie rápidamente. Del interior del tronco donde había estado sentado retiró un bolso de tela. Camino rápidamente hasta una sección de suelo húmedo junto al pequeño arroyo, apoyó su rifle contra un árbol y abrió el bolso. Primero, saco un par de guantes hechos de alguna especie de goma color verde y se los puso, estirándolos hasta los codos por encima de sus abrigo. Entonces saco una botella y la destapo. Con mucho cuidado para evitar salpicar su ropa, vertió el liquido cristalino sobre la tierra en varios lugares. Donde este caía, se elevaba un vapor, y las ramas y el pasto se convertían en polvillo marrón. Volvió a tapar la botella y la guardo en el bolso, esperó unos minutos, entonces con una espátula que también saco del bolso escarbó donde había vertido el fluido y saco cuatro trozos de materia, negros y de forma irregular, los llevo hasta el curso de agua y los lavo cuidadosamente, los envolvió y los coloco en el bolso junto con los guantes. Entonces, se colgó el bolso y el rifle y encaro el sendero que lo llevaría hasta el jeep.

Media hora mas tarde, después de conducir a través de la pequeña aldea rural de Fuerte Rutter, se estacionó en el predio de una derruida granja y estacionó dentro del granero. Cerró las puertas dobles y le cruzó una tabla desde adentro. Fue hasta el muro posterior del granero, que estaba mucho mas cerca del anterior de lo que las dimensiones externas del granero parecían indicar.

Saco de su bolsillo un objeto negro similar a un portaminas. Tanteando el áspero muro de madera, encontró un pequeño orificio e insertó el extremo puntiagudo del portaminas presionando lo que había del otro lado. Espero un instante y nada. Entonces una sección de tres metros cuadrados del muro retrocedió unos metros y se deslizó silenciosamente a un lado. La sección que se había deslizado estaba hecha de acero de ochenta centímetros de espesor, revestido con una delgada capa de tablas de madera, el muro a su alrededor era de concreto, sesenta centímetros, camuflado de la misma forma. Entró rápidamente.

 A la derecha de la abertura encontró un interruptor y lo presionó. Al instante, la masiva placa de acero regresó a su lugar con un suave y bien aceitado clic. Al mismo tiempo, las luces de esa habitación oculta se encendieron, revelando una enorme semiesfera hecha de una delicada malla metálica, de casi diez metros de diámetro y cinco de altura. El hombre llamado Richard Lee ingresó a la semiesfera a través de una puerta corrediza lateral y ésta se cerró detrás suyo. Se volvió hacia el centro del domo hueco y se sentó en una silla con respaldo frente a un enorme panel de instrumentos y un escritorio. Todo, desde las valvulas, medidores, diales, palancas, e interruptores en ese panel de control estaban señalizados con números y caracteres pero no del alfabeto romano ni arabigo, también había, al alcance del ocupante de la silla, un arma que parecía una pistola en el escritorio. Tenía un gatillo y empuñadura convencional pero en lugar de un barril tubular, tenia dos delgadas varillas de metal que se extendían paralelamente por unos diez centímetros, unidos por lo debería ser el cañón por un estilizado botón de cerámico azul claro o una especie de sustancia plástica.

El hombre con el rostro apuesto e inmóvil depositó su rifle y el bolso en el suelo junto a la silla y se sentó. Primero, levantó el arma extraña y la reviso, entonces examinó los instrumentos en el panel frente a él. Y finalmente, activó un interruptor de la tablero de control.

De inmediato, se escuchó un pequeño zumbido, desde algún lugar sobre su cabeza. El zumbido empezó a aumentar en intensidad hasta convertirse en un sonido estable y monótono. El domo empezó a titilar con un brillo frio y extraño y lentamente se desvaneció. El cuarto oculto a su alrededor se desvaneció, y de repente se encontró mirando el oscuro interior de un granero desierto. El granero se desvaneció, apareció un cielo azul en lo alto, atravesado por nubes cirrus. Un paisaje otoñal apareció por un segundo. Edificios, aparecían y desaparecían y así con todo tipo de construcciones en un parpadeo. Todo a su alrededor, formas a medio aparecer se movían brevemente ante sus ojos y desaparecían.

En un momento, la figura de un hombre apareció, dentro del circulo del domo. Tenía un rostro furioso y brutal, y vestía una túnica negra con plateado, pantalones negros y botas negras pulidas, tenía una insignia, compuesta por una cruz y un trueno en el casco. Y un arma automática en su mano.

Al instante, el hombre del escritorio se despabiló y tomo su arma y le saco el seguro, pero antes de que pudiera levantarla y apuntar, el intruso tropezó y cayó afuera del campo de fuerza que rodeaba la silla y los instrumentos.

Por momentos, pudo escuchar fuego de metralla fuera del domo, y al siguiente, el hombre del escritorio se encontró rodeado por un gran corredor con un cielorraso alto como si fuera una bóveda, a través del cual las figuras se movían rápidamente y desaparecían. Por momentos, pudo ver las profundidades de un bosque, siempre con el mismo fondo de montañas y siempre bajo el mismo cielo azul atravesado por nubes cirrus. Hubo un intervalo de una luz blanca azulada de una intensidad insoportable. Entonces el hombre del escritorio se vio así mismo en el interior de un gigantesco complejo industrial. Las figuras que se movían a su alrededor disminuyeron su velocidad y se hicieron distinguibles. Por un instante el hombre de la silla sonrió al encontrarse dentro del vestidor de mujeres donde una mujer rubia se bañaba y otra, mas pequeña y de cabello roja se secaba desnuda con una toalla. El domo se hizo visible, destellando con muchas luces de colores, el zumbido empezó a disminuir en intensidad hasta apagarse por completo y el domo volvió a ser una malla fría e inerte del mas fino metal blanco. Una luz verde sobre él se encendió y apago lentamente.

Apretó un botón y bajo un interruptor, y se puso de pie, levanto su rifle y el bolso y tanteó bajo su camisa buscando una pequeña bolsa tejida, de donde saco un pequeño disco de plástico azul. Abrió un contenedor en el panel del instrumental, y tomo un pequeño rollo de película solidográfica que guardó en su bolso. Abrió entonces la puerta y salio a su propia dimensión de espacio-tiempo.

Fuera del domo había un amplio pasillo con suelos color verde, muros de un verde aun mas claro y un cielorraso de un verde blanquecino. Un enorme hoyo había sido tallado para dar lugar al domo y del otro lado del pasillo, sentado detrás de un escritorio, un funcionario de túnica azul claro, que al verlo se sacó los audífonos. Dos policías de uniforme verde, con sus paralizadores ultrasónicos colgando de la muñeca izquierda y aguijoneadores de rayos sigma como el que tenía en su escritorio dentro del domo, charlaban armoniosamente con un grupo de mujeres vestidas con batas naranjas, carmesí y verde brillante. Una de ellas, la de verde brillante era el duplicado de la chica que había visto secándose con una toalla.

“Aquí llega su jefe,” dijo una de las chicas a los policías, cuando lo vieron acercarse. Ambos se voltearon y saludaron casualmente. El hombre que hasta entonces respondía al nombre de Richard Lee les devolvió el saludo y se dirigió al escritorio. Los policías tomaron sus paralizadores y sus rifles y se encaminaron rápidamente hacia el domo.

Saco el disco de plástico azul de su empaque y se lo entregó al funcionario en el escritorio, que lo introdujo en una ranura del Voder frente a él. Al instante, una voz mecánica respondió:

“Verkan Vall, noble sello azul, heredero de Mavrad de Nerros. Asistente Especial del Jefe, Policía Paratemporal, asignación especial. Bajo ordenes directas de Tortha Karf, Jefe de la Policía Paratemporal. Todas las cortesías y cooperación a su disposición en lo que refiere al Código de Transposición Paratemporal y la Código de la Fuerza Policial. ¿Algo que agregar?”

El empleado presionó el botón “no”. el emblema azul salió eyectado de la ranura y fue devuelto a su portador, que lo guardo en su manga izquierda.

“¿Supongo que querrá asegurarse que soy su Verkham Vall?” dijo él, extendiendo su brazo. “Si, claro señor.”

El empleado toco su brazo con un pequeño instrumento que frotaba antiséptico, tomaba una muestra de sangre y medicaba con la punta de la aguja, todo en un operación casi indolora. Colocó la gota de sangre en una lamina y la insertó de un lado del microscopio de comparación, asintiendo. Mostraba el mismo patrón de suspensión coloidal distintivo que la muestra que estaba ya dispuesta para comparación; el patrón coloidal que le habían inyectado en su infancia para distinguirlo de la innumerable cantidad de Verkham Valls de cada una de las demás lineas de probabilidad del paratiempo.

“Correcto, señor,” asintió el empleado.

Los dos policías salieron del domo , con sus armas enfundadas y la guardia baja. Encendieron cigarrillos al salir del lugar.

“Todo en orden señor,” dijo uno de ellos. “No trajo nada con usted, esta vez.”

El otro se rió. “¿Recuerdas la vez que un salvaje del Nivel Cinco se infiltro en el cargamento del transporte en Jandar el mes pasado?” preguntó.

Si esperaba que una de las chicas quisiera escuchar la historia del hombre salvaje, era un caso perdido. Con un mavrad sello azul en la habitación ¿qué esperanza había para un par de simples policías? Las chicas convergieron rápidamente alrededor de Verkham Vall.

“Cuando vas a quitar esa monstruosidad de nuestra sala de descanso,” demandó la pequeña pelirroja de la bata verde. “Si no fuera por esa cosa, estaría tomando una ducha en este momento.”

“Acabas de tomar una, como hace cincuenta parasegundos atrás, justo cuando llegue,” le dijo Verkham Valls.

La chica lo miró con una indignación obviamente fingida. “Pero como, tu… ¡parafisgón!”

Verkham Valls se rió y se volvió hacia el empleado. “Quiero un cohete estratosférico y un piloto, con destino a Dhergabar, de inmediato. Llama al Campo de Policía Paratemporal de Dhergabar y dales mi ETA; llama a un taxi aéreo para que me busque y notifica al jefe, dile que voy en camino. Informe extraordinario. Deja un guardia en el transporte, creo que voy a volver a necesitarlo, pronto.” Se volvió hacia la pequeña pelirroja. “¿Quieres acompañarme hasta la pista de cohetes?” preguntó.

Afuera, en la pista de aterrizaje al aire libre, Verkham Vall levantó la vista al cielo y miró su reloj.

Han pasado veinte minutos desde que estacionó el jeep en el granero, en esa otra linea temporal tan distante; las mismas lineas delicadas de cirrus blanco atraviesan el cielo azul. La constancia del clima, incluso a doscientos mil paraaños de tiempo perpendicular, nunca deja de impresionarlo. La larga curva de las montañas era la misma, y moteado con los mismos colores otoñales. Pero en el lugar donde estaba la pequeña aldea Fuerte Rutter en esa otra linea de probabilidad, se erigían torres blancas de apartamentos, los habitáculos del personal de la planta.

Caminó rápidamente hacia el cohete que iba a llevarlo al cuartel general, con su rifle y su bolso a cuestas, mientras lo remolcaban y lo colocaban en la plataforma de despegue . Un piloto de aspecto muy juvenil lo esperaba en la plataforma, le abrió la puerta del cohete, se hizo a un lado para que Verkham Vall entrara, lo siguió y cerro la puerta, espero hasta que su pasajero asegurara su bolso y su rifle y se ajustará a su asiento.

“¿A la Terminal Comercial de Dhergabar señor?” preguntó el piloto, sentándose en el asiento contiguo frente a los controles.

“Al Campo de Policía Paratemporal, detrás del Edificio de Administración Paratemporal.”

“Entendido señor. Veinte segundos para el despegue, cuando esté listo.”

“Listo.” Verkham Vall se relajo, contando los segundos en forma subconsciente.

El cohete se sacudió y Verkham Vall sintió una leve presión que lo ajusto al asiento al despegar. Los asientos, y los instrumentos del piloto frente a él se balancearon sobre el cardan y el indicador se movió lentamente hasta los noventa grados mientras el cohete se elevaba y se nivelaba. Para entonces, las nubes cirrus que Verkham Vall habia visto desde el campo quedaba lejos por debajo suyo cuando se metían de lleno en la estratosfera.

No había nada que hacer ahora, durante las tres horas que demoraba el cohete en acelerar en dirección al norte, atravesar el polo y virar hacia el sur, hacia Dhergabar; la navegación estaba a cargo del robot controlador. Verkham sacó su pipa y la encendió, el piloto también encendió un cigarrillo.

“Esa es una pipa muy particular señor,” dijo el piloto. “¿De otro tiempo?”

“Si, Cuarto Nivel de Probabilidad; típico del cinturón paratemporal en el que estaba trabajando.” Verkham Vall se la paso para que la examinara. “El hornillo esta hecho de una raíz de zarzarrosa; la boquilla de una especie de plástico hecho con la savia de ciertos arboles tropicales. El pequeño punto blanco es la marca característica del fabricante, hecha de marfil de elefante.”

“Suena un poco rustica para mi gusto señor,” dijo el piloto mientras la devolvía. “Es un trabajo de calidad si. Parece hecho a maquina.”

“Si. El sector en el que estaba ha avanzado bastante, para ser un civilización electro química. El arma que traje conmigo, ese proyector de misiles sólidos, es típico de la cultura del Cuarto Nivel. Partes móviles fabricadas magistralmente e intercambiables con partes similares de armas similares. El misil es un pequeño perno de aleación de cobre recubierto de plomo, impulsado por gases en expansión por ignición de un compuesto de alguna especie de nitro celulosa. La mayoría de los avances científicos ocurrieron durante el ultimo siglo, y la mayor parte se ha producido en los últimos cuarenta años. Claro que la expectativa de vida en ese nivel es apenas de setenta años.”

“¡Hum! Yo tengo setenta y ocho, recién cumplidos,” resopló el joven piloto. “¡Su ciencia medica debe ser prácticamente brujería!”

“Hasta hace poco lo era,” Acordó Verkham Vall. “Lo mismo sucedió con todo lo demás, un avance rápido en las ultimas décadas después de miles de años de inercia cultural.”

“Sabe, señor, nunca entendí todo este tema de lo paratemporal,” confesó el piloto. “Sé que el tiempo es el tiempo presente y que cada momento tiene su propia linea de eventos pasados y futuros, y que todos los eventos en el espacio tiempo suceden de acuerdo a una máxima de probabilidad, pero no logro entender esto de la probabilidad de alteridad, no lo entiendo. Si algo existe, es porque tiene la máxima probabilidad de ser el efecto de causas previas; ¿por qué entonces existen otras cosas en otras lineas temporales?”

Verkham Vall exhaló el humo en dirección al renovador de aire. Una clase sobre teoría paratemporal sería genial para llenar el viaje de tres horas antes de aterrizar en Dhergabar. Por lo menos el muchacho hacía preguntas inteligentes.

“Bueno, ¿supongo que conoces el principio del paso del tiempo?” comenzó.

“Si,claro; la Doctrina Rhogom. La base de la mayor parte de nuestra física. Existimos perpetuamente en todos los momentos de nuestra vida, nuestro componente ego extrafísico pasa del ego existente en un momento al ego existente en el siguiente momento. En momentos de inconsciencia, el componente extrafísico se libera de las restricciones del tiempo, puede desconectarse, y conectarse en algún otro momento, con el ego existente en ese otro punto temporal. Ese es el principio detrás de la precognición. Nos sometemos a una auto hipnosis y recuperamos recuerdos, traídos desde un momento en el futuro y enterrado en nuestro subconsciente.”

“Así es,” le dijo Verkham Vall. “E incluso sin la auto hipnosis, mucha de la materia precognitiva se filtra desde nuestro subconsciente hacia nuestra mente consciente, pero por lo general en formas distorsionadas o en forma de acciones “instintivas”, por esa razón no les traemos al nivel de la consciencia. Por ejemplo, supongamos, que usted va caminando por el Paseo Norte, en Dhergabar, y llega al Café Martian Palace, va a tomar algo, y conoce una chica y deciden seguir viéndose. Esta relación eventualmente se convierte en una relación romántica, y un año mas tarde, por celos, ella le dispara, digamos con media docena de rayos de una aguijoneadora.”

“Eso le ocurrió a un amigo hace un tiempo atrás,” dijo el piloto. “Continué señor.”

“Bueno, en el microsegundo antes de morir, o después, es indistinto, ya que sabemos que el componente extrafísico sobrevive a la destrucción física, tu CEF se transmite a unos años atrás y se reconecta contigo en algún punto del pasado antes de conocer a esta chica, y con él, todos los recuerdos de todo lo que sucedió hasta el momento de la desconexión, y todo eso queda indeleblemente registrado en su subconsciente. Entonces, cuando vuelva a experimentar los eventos y se paré frente al Café Martian Palace y sienta sed, en lugar de entrar se va a dirigir a Starway o Nhergal, o a algún otro bar. En ambos casos, en ambas lineas temporales, usted siguió la linea de máxima probabilidad; en el segundo caso, los recuerdos futuros de su subconsciente agregan un factor causal.”

“Entonces cuando mi recuerdo viajo hacia atrás, después de ser aguijoneado, ¿generé una nueva linea temporal? ¿Es así?”

Verkham Vall dejo escapar un pequeño bufido de impaciencia. “¡No, no existe tal cosa!” exclamó. “Es semánticamente inadmisible hablar de la presencia total del tiempo en un momento y al siguiente de generar nuevas lineas temporales. Todas las lineas temporales están totalmente presentes, en perpetua co-existencia. La teoría es que el CEF pasa de un momento en una linea temporal al siguiente en otra linea temporal, para que el verdadero pasaje de CEF de momento a momento sea una diagonal en dos dimensiones. Entonces, en el caso que hemos establecido, el evento, usted entrando al Martian Palace existe en una linea temporal y el evento, entrando al Starway existe en otra, pero ambos eventos existen.

“Ahora, lo que nosotros hacemos, en transposición paratemporal, es construir un campo hipertemporal para incluir la linea temporal que queremos alcanzar, y entonces movernos a ella. El mismo espacio ocupado, el mismo punto en el tiempo primario, mas el tiempo que transcurra durante la transmisión mecánica y electrónica, pero en una linea de tiempo distinta de tiempo secundario.”

“Entonces ¿por qué no podemos viajar al pasado o futuro de nuestro propia linea temporal?” preguntó el piloto.

Esa es una pregunta que todo paraviajero tiene que responder cada vez que se habla del viaje paratemporal con los laicos. Verkham Vall la esperaba, y la respondió con paciencia.

“El generador de campo Ghaldron-Hesthor es como cualquier otro mecanismo; solo puede operar en el área de tiempo principal en la cual existe. Puede transportarse a cualquier otra linea temporal, y llevar consigo todo lo que este dentro del campo, pero no puede salir de su propia área temporal de existencia, no mas de lo que una bala disparada por un rifle puede dar en el blanco un semana antes de que sea disparado,” señaló Verkham Vall. “Nada que suceda por fuera del campo debe afectar lo que viaje dentro de él, debe es una forma de decir, no siempre funciona así. De tanto en tanto, se puede arrastrar algo desagradable durante el transposición.” pensó brevemente en el hombre de la túnica. “Por esa razón tenemos guardias armados en las terminales.”

“Supongamos que recibe el impacto de una bomba nuclear,” preguntó el piloto, “¿o algo ardiente o radiactivo?”

“Tenemos un monumento, en Cuartel General de la Policía Paratemporal, en Dhergabar, con los nombres de todo el personal que no logro regresar. Es un monumento grande, tiene registro de los últimos diez mil años, y hay bastantes nombres en él.”

“Por mi quédeselo, ¡yo me quedo con los cohetes!” respondió el piloto. “Pero dígame, ¿qué es todo ese asunto de los niveles y sectores, y cinturones?¿Cuál es la diferencia?”

“Son términos puramente arbitrarios. Hay cinco niveles principales de probabilidad, derivados de cinco posibles resultados del intento de colonizar este planeta hace setenta y cinco mil años. Nosotros estamos en el Primer Nivel, donde ha tenido un éxito total y una colonia completamente establecida. El Quinto Nivel es la de mayor probabilidad de fracaso, no hay población humana establecida en este planeta, y las formas de vida nativa cuasi humana evolucionó en forma autóctona. En el Cuarto Nivel, los colonos evidentemente fueron victimas de algún tipo de catástrofe en el cual perdieron todo recuerdo de su origen extraterrestre, al igual que todo rastro de su cultura extraterrestre. Si alguien les pregunta son una raza autóctona de este planeta con una larga prehistoria de vida salvaje en la edad de piedra.

“Los Sectores son áreas paratemporales que existen en cualquier nivel en los cuales la cultura dominante tiene un origen y características en común. Esta dividida en forma mas o menos arbitraria en sub sectores. Los Cinturones son áreas dentro de esos sub sectores donde las condiciones son el resultado de probabilidades alternas recientes. Por ejemplo, acabo de regresar de un Sector Europeo-americano del Cuarto Nivel, un área que abarca aproximadamente diez mil paraaaños, en los cuales la civilización dominante se desarrolló en el continente Noroeste de la Masa Continental Mayor y desde ahí se esparce hacia la Masa Continental Menor. La linea en la cual estaba operando a su vez, es parte de un sub sector de unos tres mil paraaños y un cinturón que se desarrolló como uno de varios resultados probables de una guerra que concluyó hace tres años transcurridos. En esa linea temporal, el campo en La Fabrica de Sintéticos Hagraban desde donde despegamos, es parte de una granja abandonada, y donde está la Ciudad Hagraban hay una pequeña aldea rural. Esas cosas están ahí, en este momento, tanto en el tiempo principal como en el espacio ocupado. Se encuentran a unos doscientos cincuenta paraaños perpendicularmente uno del otro, y cada uno se encuentra en el orden general de lo que se considera la realidad.”

Una luz roja se encendió sobre él. El piloto miró su visor y colocó sus manos sobre los controles manuales en caso de que el robot controlador fallara. El cohete aterrizó de manera impecable, sin embargo, si hubo un pequeño ajetreo cuando la grúa enderezo el cohete y los asientos giraron sobre el cardan. El piloto y el pasajero se quitaron las amarras y rápidamente salieron del ardiente cohete.

*

Un taxi aéreo, con la insignia de la Policía Paratemporal esperaba por él. Verkham Vall se despidió del piloto del cohete y tomó asiento junto al piloto del aerotaxi; este levantó el vehículo y sobrevoló los edificios hasta llegar a la pista de aterrizaje del Edificio de la Policía Paratemporal, donde se zambulló lateralmente y aterrizó. Un elevador expreso llevó a Verkham Vall a uno de los pisos intermedios, donde mostró su insignia al guardia y finalmente ingresó a la oficina de Tortha Karf.

El jefe de la Policía Paratemporal se levantó de su escritorio semi circular, repleto de teclados, monitores y comunicadores. Era un hombre grande de mas de doscientos años; tenía el cabello gris metalizado que se retraía exponiendo su frente, estaba un poco gordo y su tranquilos rasgos portaban las arrugas de la mediana edad. Vestía con el uniforme verde oscuro de la Policía Paratemporal.

“Y bien Vall,” saludo. “¿Está todo asegurado?”

“No exactamente, señor.” Verkham Vall rodeó el escritorio, depositó su rifle y su bolso sobre el piso y se sentó en una de las sillas a su alrededor. “Tendré que regresar.”

“Te escucho” dijo su jefe mientras encendía un cigarrillo.

“Rastreé a Gavran Sarn.” Verkhan saco su pipa y empezó a llenarla. “Pero eso es solo el comienzo. He rastreado algo mas. Gravran Sarn excedió su permiso Paratemporal, y se llevó a una de sus mascotas con él. Un sabueso nocturno Venusiano.”

La expresión de Tortha Karf no se altero; solo se intensificó un poco. Utilizó uno de los mas breves y semánticamente feos términos que servían, en lugar de una profanidad, como alivio emocional de una raza que había dejado atrás todos los tabúes y terminologías de religiones sobrenaturales e inhibiciones sexuales.

“Estás seguro de esto, por supuesto.” Era mas una afirmación que una pregunta.

Verkham Vall se inclinó y tomó los objetos envueltos en tela de su bolso, los desenvolvió y los puso sobre el escritorio. Eran moldes de plástico negro solido de las huellas de un animal grande de tres dedos.

“¿Las reconoce señor?” preguntó él.

Tortha Karf pasó sus dedos sobre ellas y asintió. Fue entonces que se dejo ver visiblemente molesto, tanto como un hombre de su nivel cultural y civilizatorio se podía permitir.

“¿Para qué cree ese idiota que tenemos un Código Paratemporal?” demandó. “Es completamente ilegal transposicionar un animal o cualquier otro objeto extraterrestre a una linea temporal donde no exista el viaje interestelar. No me importa si es thavrad sello verde; ¡cuando regrese enfrentara cargos por esto!”

Era thavrad sello verde,” corrigió Verkham Vall. “Y no va a regresar.”

“Espero que no hayas tenido que lidiar con él sumariamente,” dijo Tortha Karf. “Con su titulo, y posición social, y la relevancia política de su familia puede ser problemático. Por supuesto que no sería yo el que te daría problemas, pero parece ser que es imposible hacerle entender a la Administración o al público en general los extremos a los que nos llevan.” Suspiro. “Probablemente nunca lo entiendan.”

Verkham Vall esbozó una leve sonrisa. “Oh no, señor; nada de eso. Estaba muerto antes de yo me transposicionara a esa linea temporal. Murió al estrellar un vehículo autopropulsado en el que se transportaba. Uno de esos automóviles del Cuarto Nivel. Me hice pasar por un familiar e intenté reclamar su cuerpo para los arreglos funerales típicos de la cultura de ese nivel, pero me dijeron que quedó completamente destruido por el fuego cuando el tanque de combustible ardió en llamas. Me dieron sus efectos personales que sobrevivieron al fuego, encontré su insignia oculta en lo que parecía ser una cigarrera.” saco un disco verde de su bolso y lo coloco sobre el escritorio. “No hay duda alguna; Gavran Sarn murió en ese accidente.”

“¿Y el sabueso nocturno?”

“Iba en el auto con él pero escapó. Usted sabe lo rápidos que son esas cosas. Encontré esa huella,” dijo señalando uno de los moldes de plástico negro “cerca del lugar del accidente sobre un charco de barro seco. Como puede ver, ese esta un poco defectuoso. Los otros son mas frescos, los tomé esta mañana.”

“¿Qué has hecho hasta ahora?”

“Alquilé una vieja granja cerca del lugar del accidente e instalé mi generador de campo ahí. Corre a través de la Fabrica de Sintéticos Hagraban, a unos cien kilómetros al este de Thalna- Jarvizar. Tengo la terminal en esta linea instalada en el vestuario de mujeres en la fabrica de plásticos durables, lo manejo con un pequeño contingente de policía local. He estado cazando al sabueso nocturno desde entonces. Creo que lo encontré pero voy a necesitar equipamiento especial y adoctrinamiento hipnomecanizado. Por eso regresé.”

“¿Ha llamado mucho la atención?”

“Está matando ganado en las proximidades; y ha causado un revuelo considerable. Afortunadamente, está en un valle montañoso con bosques y algunas granjas, y no en un distrito industrial bien desarrollado. La policía local y oficiales de protección de vida salvaje están preocupados, los granjeros están inquietos y se están armando. La teoría es que puede ser alguna especie de lince o un maníaco armado con un machete. Ambas teorías son factibles analizando la naturaleza de los ataques. Nadie lo ha visto.”

“¡Eso es bueno!” dijo aliviado Tortha Karf. “Bueno, tendrás que ir y traerlo contigo, o matarlo y desintegrar el cuerpo. Sabes tan bien como yo porque eso es importante.”

“Ciertamente señor,” respondio Verkham Vall. “En una cultura primitiva, a cosas como estas se le pueden atribuir explicaciones sobrenaturales y se incorporan a la religión localmente aceptada. Pero esta cultura, aunque nominalmente es religiosa, en la práctica es altamente racional. Un típico efecto retraso característico de toda cultura en expansión. Y en este sector Europeo-americano tiene ciertamente una cultura en expansión. Hace ciento cincuenta años, los habitantes de esta linea en particular ni siquiera sabían manipular la energía a vapor; ahora han empezado a liberar energía nuclear, en formas aun un poco rudimentarias.”

Tortha Karf silbó suavemente. “Es un salto considerable. Ese sector va a tener problemas serios en los próximos siglos.”

“Es lo que ellos también creen, señor.” Verkham Vall se concentro en volver a encender su pipa y continuó: “Me arriesgo a decir que desarrollaran el viaje espacial en ese sector en algún momento del próximo siglo. Quizás dentro de los próximos cincuenta años, por lo menos hasta la Luna. Y el arte de la taxidermia está muy extendido. Ahora, suponte que algún granjero le dispara a esa cosa; ¿qué cree usted que harán con él señor?”

Tortha Karf gruño. “Buena lógica, Vall. La posibilidad mas incomoda es que lo disequen y lo pongan en un museo. Tan pronto como la primera nave espacial llegue a Venus y se encuentre a esas cosas en su estado salvaje habrán identificado a la especie.”

“Exacto. Y entonces, en lugar de romperse la cabeza pensando de donde salió ese espécimen, van a empezar a preguntarse de que época vino. Incluso ahora, tienen la capacidad de llegar a ese razonamiento.”

“Cien años no es un periodo particularmente largo de tiempo,” consideró Tortha Karf. “Estaré retirado para entonces, pero tu tendrás mi trabajo, y será tu dolor de cabeza. Sera mejor que arregles este desastre ahora, mientras aun se pueda. ¿Qué es lo que vas a hacer?”

“No estoy seguro señor. Primero quiero pasar por la maquina de adoctrinamiento hipnomecanizado.” Verkham Vall señaló el comunicador en el escritorio. “¿Puedo?” preguntó.

“Ciertamente.” Tortha Karf arrastró el instrumento a lo largo del escritorio. “Lo que quieras.”

“Gracias señor.” Verkham Vall tomó bruscamente el indice de códigos, encontró el símbolo que quería y lo presionó en el teclado. “Asistente Especial del Jefe Verkham Vall,” se identificó. “Hablo desde la oficina del Jefe de la Policía Paratemporal, Tortha Karf. Quiero un hipnomecanizado completo sobre Sabuesos Nocturnos Venusianos, con énfasis en estado salvaje, énfasis especial en sabuesos domesticados devueltos a su estado salvaje en entornos terrestres, énfasis extra especial en técnicas de cacería aplicables a la misma. La palabra “sabueso nocturno” funcionara como disparador.” Se volvió hacia su Jefe. “¿Puedo tomarlo aquí?”

Tortha Karf asintió, señaló hacia una fila de cabinas que corrían a lo largo del muro mas lejano de la oficina. “Ajusten para transmisión a distancia; lo tomare aquí.”

“Entendido señor; en quince minutos,” respondió una voz en el comunicador.

Verkham Vall devolvió el comunicador. “A propósito, señor; levante un polizón cuando regresé. Lo arrastré por alrededor cien paraaños, debo haberlo levantado cerca de trescientos paraaños después de dejar la terminal de la otra linea. Un sujeto de aspecto desagradable, vestido de negro, parecía uno de esos soldados de ejercito privado que se encuentra por doquier en ese sector. Armado y hostil. Pensé que tendría que dispararle, pero se tropezó y cayó fuera del campo apenas unos segundos después. Tengo el registro sino le molesta verlo.”

“Si, claro activalo,” dijo Tortha Karf señalando el proyector solidográfico. “Está configurado para reproducir una miniatura aquí en el escritorio, ¿le parece bien?”

Verkham Vall asintió, saco el film y lo cargo en el proyector. Cuando presionó un botón, un pequeño domo radiante apareció sobre el escritorio, de unos sesenta centímetros de ancho y treinta de alto. En el centro de la pequeña imagen solidográfica se veía el interior del transporte, mostraba el escritorio, el panel de control y la figura de Verkham Vall sentado frente a él. La pequeña figura del soldado de asalto apareció, pistola en mano. El pequeño Verkham tomó rápidamente su pequeño aguijoneador; el soldado dio un paso al costado y al salir del domo desapareció.

Verkham Vall bajó un interruptor y cortó la imagen.

“Si. No sé que es lo que ocasiona esto pero sucede, de vez en cuando,” dijo Tortha Karf. “Por lo general sucede cuando la transposición recién comienza. Recuerdo que cuando era apenas un niño, hace unos ciento cincuenta años atrás, ciento treinta para ser exactos, levanté a un sujeto del Cuarto Nivel, casualmente del mismo lugar donde tu estás operando ahora, y lo arrastré unos doscientos paraaños. Volví para buscarlo y regresarlo a su propia linea temporal, pero antes de que pudiera encontrarlo, había sido arrestado por las autoridades locales como persona sospechosa, y le terminaron disparando en un intento de fuga. Me sentí mal por eso, pero…” Tortha se encogió de hombros. “¿Sucedió algo mas en este viaje?”

“Atravesé un cinturón de bombardeo nucleonico intermitente en el Segundo Nivel.”  Verkham Vall mencionó una localización paratemporal aproximada.

“¡Aaagh! La civilización Khiftan, y lo de civilización es pura cortesía!” Tortha Karf asomó su mueca irónica. “Supongo que las enemistades intrafamiliares de la Dinastia Hvadka han alcanzado masa crítica nuevamente. Van a seguir haciendo este tipo de idioteces hasta que terminen por destruir todo y vuelvan a la edad de piedra.”

“Intelectualmente, ya están ahí. Tuve que operar en ese sector una vez y , ah lo olvidaba, hay algo mas señor. Este rifle.” Verkham Vall lo levantó, vació el cargador y se lo entregó a su superior. “Se equivocaron con este en el Departamento de Suministros; no es apropiado para mi linea de operación. Es un rifle muy bueno pero es dos o tres veces mas avanzado que el diseño de armas existente en mi linea. Llamó la atención de un par de policías y del guarda fauna, que deben estar familiarizados con las armas de su propia linea. Les dije que no era mía y no conocía su origen, quedaron aparentemente satisfechos con esa respuesta pero me preocupó.”

“Si. Esta fue hecha en nuestra tienda de duplicación aquí en Dhergabar.” Tortha Karf lo llevó a un banco fotográfico detrás de su escritorio. “Lo mandaré a revisar mientras tomas tu hipnomecanizado. ¿quieres que te lo cambie por uno mas autentico?”

“No, señor no lo haga. Ya lo han visto en mis manos, sería menos sospechoso que lo lleve a que lo abandone y misteriosamente aparezca con uno distinto. Solo quiero que lo revisen y que adviertan a Suministros para que tenga mas cuidado en el futuro.”

Tortha Karf asintió con aprobación. El joven Mavrad de Nerros pensaba como todo un agente paratemporal.

“¿Cuál era la designación de tu linea?”
Verkham Vall se lo dijo. Era una especie de valor numérico de seis cifras, pero expresaba un numero en el orden de la décima a cuarentésima potencia, exacto hasta el ultimo dígito. Tortha Karf lo repitió en su estenomemografo, con las correspondientes explicaciones.

“Parece que hay varias cosas mal en esa área,” dijo. “Veamos ahora.”

Ingresó la designación en el teclado; al instante, apareció una pantalla translucida frente a él. Ingreso otra combinación y en la parte superior de la pantalla, bajo el número apareció la leyenda:

EVENTOS, PASADO TRANSCURRIDO CINCO AÑOS

Pulso otra vez, bajo esta linea apareció un subtitulo

EVENTOS QUE INVOLUCRAN TRANSPOSICION PARATEMPORAL

Un código y apareció una tercera linea:

(LLAMO LA ATENCIÓN PUBLICA ENTRE LOS HABITANTES)

Presiono el botón de “inicio”; el encabezado desapareció y en su lugar aparecieron página tras página de papel impreso, pasando una tras otra mientras los dos hombres leían. Hablaban sobre extrañas y aparentemente desconectadas historias, fuegos inexplicables y explosiones; personas que se desvanecían sin dejar rastros; desastres aéreos incomprensibles. Muchas historias sobre una epidemia de misteriosos objetos en forma de discos avistados en el cielo, de a una o en grandes cantidades. En cada relato venía un anexo de uno o mas números de referencia. Tortha Karg o Verkham Vall ingresaban alternadamente alguno de estos y leían información adicional en una pantalla adjunta.

Finalmente Tortha Karf se reclinó en su silla y encendió otro cigarrillo.

“En efecto Vall; definitivamente tenemos que actuar sobre este asunto del nocturno fugitivo del difunto Gavran Sarn,” dijo él.

“Había olvidado que esa era la linea del tiempo en la que la expedición Ardrath lanzo esos discos anti-gravedad. Si esta monstruosidad extraterrestre aparece, sumado a este escándalo de “Platillos Voladores”, cualquiera que sea un poco mas que un idiota puede hacer la conexión.”

“¿Qué sucedió realmente con el Ardrath?”preguntó Verkham Vall. “En esa época estaba en una operación en el Imperio Luvarian, en el Tercer Nivel.”

“Es verdad, te lo perdiste. Fue una de esas operaciones en conjunto. La Comisión Paratemporal y la Patrulla Espacial estaban experimentando con una nueva técnica para transposicionar naves espaciales. Utilizaron el crucero Ardrath, al mando de Kalzarn Jann. Se lanzó al espacio, y se quedo en órbita a mitad de camino entre la Tierra y la Luna, manteniéndose en el lado iluminado del planeta para evitar ser avistado. Hasta ahí todo bien. Pero entonces, el Capitan Kalzarn ordenó lanzar los discos anti gravedad, tripulados, para tomar fotografías, y finalmente los autorizó a aterrizar en la cadena montañosa del oeste, en el Continente del Norte, la Masa Terrestre Menor. Ahí es donde empezaron los problemas.”

Presionó el botón “regresar” hasta que recuperó la página que quería. Verkham Vall leyó sobre un aviador del Cuarto Nivel, que desde su pequeña aeronave, divisó nueve objetos voladores con forma de platillos.”

“Así fue como comenzó,” le dijo Tortha Karf. “No paso mucho tiempo hasta que otros incidentes similares se sucedieron, nuestra agentes en esa linea empezaron a regresar para saber que estaba sucediendo. Naturalmente por la descripción de estos “platillos”, reconocieron los objetos como discos de aterrizaje anti gravedad de una nave espacial. Así que me presente ante la Comisión y hice llover lluvia radioactiva, así fue como a la Ardrath se le ordenó restringir sus operaciones a las áreas mas bajas del Quinto Nivel. Nuestros agentes en esa linea temporal tienen ordenes de tomar acciones correctivas. Mira.”

Limpio la pantalla y empezó a ingresar combinaciones. Página tras página con relatos de personas que afirmaban haber visto los misteriosos discos, y cada informe era mas fantástico que el anterior.

“La técnica estándar de la asfixia,” dijo Verkham Vall sonriendo. “Se habla poco sobre los “Platillos Voladores” y todo lo que he oído ha sido en broma. En ese orden cultural, para desacreditar una historia se montan diez mas, notablemente falsas en paralelo a esa. ¿No fue en esa misma linea temporal que la Corporación de Comercio Tharmax casi pierde su licencia paratemporal?”

 “¡Si si la misma! Compraron todos los cigarrillos y causaron una sospechosa escasez cuando los cigarrillos del Cuarto Nivel se conocieron por primera vez en esta linea y se hicieron muy populares. Deberían haber repartido su compra a lo largo de múltiples lineas y no afectar la oferta y demanda de una sola linea. También se metieron en problemas con el gobierno local por vender petroleo en forma irrestricta y ruedas de automóviles. Tuvimos que enviar un grupo de operaciones especiales y estuvieron demasiado cerca de involucrarse en la política local.” Tortha Karf citó entonces una linea de una canción actual muy popular sobre las penurias de la vida de un policía. “Somos malabaristas, Vall; intentando evitar que nuestros comerciantes y observadores sociológicos, y turistas o simplemente idiotas como el difunto Gavran Sarn se metan en problemas, intentando evitar pánicos y disturbios, o un descalabro en la economía local como resultado de una operación; intentando mantenernos al margen de la política extra temporal, y, en todo momento, asumiendo los costos y los riesgos de mantener el secreto de la transposición temporal, cueste lo que cueste. ¡A veces desearia que Ghaldron Karf y Hesthor Ghrom se hubieran muerto en sus cunas!”

Verkham Vall sacudió su cabeza. “No jefe,” dijo. “No diga eso. Hemos utilizado la transposición por los últimos diez mil años. Cuando se descubrió el campo transtemporal Ghaldron-Hesthor nuestras ancestros habían agotado completamente los recursos de este planeta. Teníamos una población mundial de medio trillón y fue lo único que pudieron hacer para mantenerlos con vida. Después de que empezamos a utilizar la transposición paratemporal la población ascendió a diez trillones y ha permanecido así por los últimos ocho mil años. La cantidad suficiente para disfrutar de nuestro planeta y los demás planetas del sistema al máximo, suficiente de todo para todos por lo que nadie necesita pelear con alguien por nada. Hemos explotado los recursos de esos otros mundos en otras lineas temporales, un poco de aquí, un poco de allá, y nunca en cantidades que pudieran causarle daño a alguien. Hemos dejado nuestras marca en algunos lugares, las Tierras Baldías en Dakota, y el Gobi, en el Cuarto Nivel, por ejemplo, pero nunca dañamos gravemente a ninguno de esos mundos.”

“Excepto por la vez que volamos la mitad del Continente Insular del Sur, hace quinientos paraaños en el Tercer Nivel,” mencionó Tortha Karf.

“Un lamentable accidente, eso seguro,” concedió Verkham Vall. “Y mira cuanto hemos aprendido de las experiencias en todos esas otras lineas temporales. Durante la Crisis, después de la Cuarta Guerra Interplanetaria, podríamos haber adoptado el esquema de “Dictadura del Elegido” que proponía Palnar Sarn, sino fuera porque vimos lo que ese esquema le hizo a la Civilización de los Jak-Hakka en el Segundo Nivel. Cuando se lo dijimos a Palnar Sarn, fue a verlo por sí mismo y cuando regresó, renunció horrorizado a su propuesta.”

Tortha Karf asintió. En ese momento sintió que dejarle su puesto a Mavrad de Nerros al retirarse era lo correcto.

“Si, Vall; lo sé,” dijo. “Pero cuando has estado en este escritorio por tanto tiempo como yo, es inevitable no tener un momento de amargura, o dos, de vez en cuando.”

*

Una luz azul resplandeció sobre una de las cabinas del otro lado de la habitación. Verkham Vall se puso de pie, se quitó el abrigo, lo colgó en el respaldo de su silla, y cruzó la habitación arremangandose la camisa. Había una silla relajante en la cabina, con un casco de plástico azul sobre ella. Observó la pantalla de observación para asegurarse que estaba a punto de obtener el adoctrinamiento que había pedido, y entonces se sentó y bajó el casco para ajustarlo a su cabeza, se colocó los audífonos y se ajustó el mentón. Entonces se inyectó algo en el brazo izquierdo y activó la maquina al mismo tiempo.

Una música suave y lenta empezó a reproducirse a través de los audífonos. Los insidiosos dedos de la droga bloqueaban sus sentidos, uno por uno. La música disminuyó y las palabras de la hipnótica formula lo arrullaron hasta dormirse.

Se despertó con una animada música bailable. Se relajó por un momento y desactivó la maquina, se quitó los audífonos, el casco y se puso de pie. En lo profundo de su subconsciente se encontraba todo el conocimiento necesario sobre el Sabueso Nocturno de Venus. Pronunció mentalmente la palabra y un torrente de información inundó su mente consciente. Ahora conocía la historia evolutiva del animal, su anatomía, sus rasgos característicos, sus hábitos alimenticios y reproductivos, cómo cazarlo, cómo la criatura cazaba a sus presas, como evadía a sus perseguidores y cuál era la mejor manera de rastrearlo y matarlo. Asintió. Ya tenía un plan para lidiar con la mascota renegada de Gavran Sarn.

Tomó un vaso plástico del dispenser, se sirvió vino especiado de la canilla del refrigerador, lo bebió y descartó el vaso en el cesto de basura. Repuso el inyector de la maquina, lista para el siguiente usuario. Entonces emergió de ella mirando su reloj pulsera del Cuarto Nivel traduciendo mentalmente la hora a la escala temporal del Cuarto Nivel. Tres horas habían pasado; había mas que aprender sobre la presa de lo que había anticipado.

Tortha Karf estaba sentado detrás del escritorio, fumando. Parecía que no se había movido de donde Verkham lo había dejado, aunque sabía que en ese tiempo había cenado, asistido a varias conferencias y hecho muchas otras cosas.

“Revisé el asunto de tu polizón, Vall,” dijo el jefe. “No tienes de que preocuparte. Es un miembro de algo llamado Los Vengadores Cristianos, uno de esos grupos de odio de raza y religión típicos de la zona europeo-americana. Pertenece a un cinturón resultado de la victoria de Hitler en 1940, lo que sea que haya sido eso. Algo desagradable me arriesgo a decir. No le debemos nada, ese tipo de personas se merece lo que le toque, deben ser aplastadas como las cucarachas. Y no va a ocasionar mas problemas en la linea donde lo dejaste que los que ya tienen. Está en un cinturón donde reina la anarquía social y política; ya deben haberle disparado, apenas emergió, porque no tener el uniforme correcto. ¿Mil novecientos cuarenta y cuanto?”

“Años transcurridos desde el nacimiento de un líder religioso,” explicó Verkham Vall. “¿Averiguaste sobre mi rifle?”

“Ah, si. Es una reproducción de algo llamado Modelo Sharp ‘37 calibre .235 de Ultravelocidad. Hecho por una compañía de un cinturón paratemporal adjunto que quebró hace sesenta y siete años, tiempo transcurrido, en tu linea de operación. Lo que hizo la diferencia fue la Segunda Guerra entre los Estados, No se muy bien lo que fue, no estoy muy bien versado en la historia del Cuarto Nivel, pero sea que lo sea, no existe en tu linea de operación. Probablemente sea para bien, aunque seguramente tengan cosas igual de peligrosas o peor. Elevé una queja a Suministros y te conseguí mas municiones y herramientas de recarga. Ahora, dime que vas a hacer con este Sabueso Nocturno.”

Tortha Karf guardó silencio por un momento al escuchar el plan de Verkham Vall.

“Es muy arriesgado Vall,” dijo al fin. “La forma en la que planeas hacerlo, el Nocturno corre con todas las ventajas. Esas cosas pueden ver tan bien en la noche como tu en el día. Supongo que lo sabes, ahora que eres un especialista.”

“Si. Pero están acostumbrados a las llanuras ardientes de Venus; y hemos tenido climas secos durante las ultimas dos semanas, en toda la sección noroeste del Continente del Norte. Lo escucharé mucho antes de que pueda acercarse a mi. Y voy a llevar una lampara eléctrica en la cabeza. Cuando me lance contra él, quedara temporalmente cegado.”

“Bueno, como dije, tu eres el especialista. Ahí está el comunicador, ordena lo que necesites.” se encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior. “Pero ten cuidado Vall. Me tomó casi cuarenta años formar un paratemporal como tu, no quiero tener que repetir el proceso con alguien mas antes que pueda retirarme.”

*

Verkham Vall, que se recordó a sí mismo que su nombre aquí era Richard Lee, cruzó el pasto húmedo del patio de la granja en dirección al desvencijado granero una oscura madrugada de otoño. Había estado lloviendo esa mañana cuando el cohete estratosférico lo había llevado desde Dhergabar hasta la Fabrica de Sintéticos Hagraban, en el Primer Nivel; sin efecto por las probabilidades de la historia humana, la misma lluvia había caído sobre la granja Kinchwalter, cerca del Fuerte Rutter, en el Cuarto Nivel. Y así había estado durante todo el día, un rocío lento y deliberado.

Eso no le gusto. El bosque estaría húmedo, y las pisadas de su presa estarían mas acolchadas, eliminando así su única ventaja por sobre el merodeador nocturno. Sin embargo, no tenía intención de posponer la cacería. En todo caso, esta lluvia no hacia mas que reafirmar la urgencia de asesinar al Nocturno. En esta estación, un descenso de temperatura estaba a la vuelta de la esquina. El Nocturno, un criatura de las ardientes planicies de Venus, no soportaría el frio, y adiestrado por años de domesticación buscaría el calor en habitáculos humanos. Podría invadir alguna granja aislada o peor, una de las pequeñas aldeas del valle. Si no lo mataba esa misma noche, el incidente que había venido a prevenir sería casi inevitable.

En el granero, extendió una vieja manta de caballo sobre el asiento de su jeep, acostó el rifle sobre ella y sacó el jeep del granero. Entonces tomó su abrigo, le saco la pipa y el tabaco del bolsillo y lo extendió sobre el pasto. Desenvolvió un paquete y sacó una pequeña pistola plástica de roció que había traído consigo desde el Primer Nivel, apuntó con ella al saco y presionó el gatillo hasta que dejarla vacía. Un olor fétido y rancio llenó el aire, la esencia de una cucaracha venenosa gigante de Venus, la única criatura por la cual el Sabueso Nocturno sentía un odio innato e implacable. De hecho, fue gracias a esta compulsiva necesidad de los Nocturnos de asesinar a las letales cucarachas venenosas que los primeros asentamientos humanos en Venus, hace mas de mil años atrás, decidieron domesticar a estas horribles y salvajes criaturas. Recordó también que la familia Gavran había heredado su título debido a sus inmensas propiedades en las tierras ardientes de Venus, Gavran Sarn, el mismo hombre que había traído esta cosa al Cuarto Nivel, había nacido en el planeta interior. Cuando Verkham Vall rocío su abrigo, se convirtió en carnada viviente para atraer a la furiosa criatura a la cual debía cazar. En ese momento, intentando dominar las nauseas para ponerse el abrigo, sentía mas rechazo por esa peste nauseabunda que por el peligro que representaba. Para obtenerlo tuvo que sacrificar un valioso espécimen del Museo de Zoología Extraterrestre de Dhergabar.

Llevó la pistola de plástico y su envoltura y los arrojó a la chimenea, eran altamente inflamables por lo que ardieron rápidamente y se desintegraron en un instante. Probó la lampara eléctrica que había dispuesto en su gorra, revisó su rifle, desenfundó un pesado revolver, producto autentico de su linea de operación, e hizo girar el tambor para asegurarse de que girara. Entonces se subió a su jeep y se alejó de la granja.

Durante media hora condujo rápidamente por los caminos del valle. Por momentos pasaba frente a las granjas enfureciendo a los perros con la esencia alienígena que emanaba de su abrigo. Finalmente llegó hasta un camino secundario, y de ahí a un viejo sendero maderero apenas discernible. La lluvia había cesado, y para estar listo para disparar en cualquier dirección le quitó la capota al jeep. Ahora debía protegerse detrás del parabrisas para no golpearse con las ramas bajas.

Conducía muy lentamente ahora, dejando tras de sí una estela de la apestosa esencia. Había vuelto a matar la noche anterior, mientras él estaba en el Primer Nivel. La ubicación de su ultimo ataque confirmaba sus estimaciones e indicaban donde estaría el rondador esta noche. Estaba seguro de que estaría cerca, y tarde o temprano captaría la esencia.

Se detuvo y apagó las luces. Había elegido ese lugar cuidadosamente mientras estudiaba el mapa de Actividad Geológica, estaba en la explanada de una vieja linea ferroviaria, ahora abandonada, sin las vías que habían servido para operaciones madereras cincuenta años atrás. De un lado, la montaña se eleva agudamente, y del otro una pronunciada caída. Si el Nocturno viniera de abajo tendría que escalar una pendiente de cuarenta y cinco grados, y sería imposible escalarla en silencio, sin duda rompería una rama o aflojaría una roca. Se bajaría de ese lado, si el nocturno estuviera sobre él, el jeep lo protegería de su carga. Se bajo del jeep aferrado a la seguridad de su rifle, pero un instante mas tarde entendería que había cometido un error que podía haberle costado la vida, un error que ni su lógica impecable o su conocimiento hipnoticamente adquirido sobre los hábitos de la bestia habían evitado que cometiera.

Cuando bajó del jeep, mirando hacia el frente del jeep, escuchó un suave aullido detrás suyo, y un rápido movimiento de piernas. Giro rápidamente sobre sí mismo encendiendo su lampara con su mano izquierda y blandiendo su rifle como si fuera una pistola con la mano derecha. Alcanzo a ver al animal cargando contra él por un breve segundo, alcanzo a ver su cabeza como la de un lagarto exhibiendo una feroz dentadura y las filosas garras de sus patas delanteras.

Abrió fuego y la bala se perdió en la oscuridad sin dar en el blanco. Al instante siguiente la criatura le arrebato el arma de sus manos. Instintivamente se cubrió el rostro con el brazo izquierdo y las garras del animal arañaron su brazo hasta su hombro, la fuerza del impacto lo arrojó al piso y lo hizo perder la lampara de su sombrero, rodó bajo el jeep y se enrolló en el suelo a la vez que intentaba sacar su revolver de bajo su abrigo.

En ese instante, supo que era lo que había salido mal. Su plan había sido victima de su propio éxito. El nocturno había sentido su presencia cuando apenas llegó a la explanada y lo había seguido. El sonido del motor había tapado el sonido de sus pisadas mientras permanecía a pocos metros detrás suyo. En los segundos que tardó en detener el pequeño auto y bajarse de él, el sabueso lo había alcanzado y se había arrojado contra él.

Era característico de la mentalidad del Primer Nivel no perder demasiado tiempo en reproches o en entrar en pánico. Por lo que mientras Verkham Vall rodaba bajo su jeep evaluaba también como salir de esta situación. Se quedo inmóvil mientras intentaba tomar la Smith & Wesson de la funda de hombro, que descubrió estaba seriamente desgarrada por el ataque del Nocturno, aun cuando estaba hecha del cuero mas resistente que había. El seguro de la funda estaba dañado y necesitó de ambas manos para desenfundar su revolver. El miembro intermedio del Nocturno tenía una sola y filosa garra de veinte centímetros, si no se hubiera cubierto con el brazo y no hubiera tenido la funda de cuero probablemente hubiera acabado con su vida.

El nocturno caminaba alrededor del jeep aullando frenéticamente. Estaba severamente confundido. Podía ver a la perfección, incluso en la oscuridad de esa noche sin estrellas, sus ojos podían percibir radiación infrarroja como la luz. En ese momento había mucha, el motor del jeep, seguía caliente después de recorrer un buen tramo cuesta arriba. Si hubiese estado solo, especialmente en esta noche cruda y fresca, el calor corporal de Verkham Vall hubiera revelado su posición como si encendiera una lampara. Ahora, sin embargo, con el motor caliente encima suyo había enmascarado su propia radiación. Lo que es mas, la esencia de la cucaracha venenosa en su abrigo parecía emanar del suelo del jeep y se mezclaba con el hedor del asiento, pero el nocturno tenía problemas en localizar al insecto de medio metro que debería estar ahí, emanando ese olor. Verkham Vall se quedo inmóvil, preguntándose cuanto tardaría en hacer su próximo movimiento. Entonces, sintió un golpe sobre el jeep y a continuación un furioso ataque sobre la manta y los asientos del auto.

“Espero que se le enganche una garra en los resortes del asiento,” comentó mentalmente Verkham Vall. Para entonces, ya había encontrado dos piedras grandes con las que lleno los bolsillos de su abrigo. Se calzó el revolver en la cintura y se quitó el abrigo retorciéndose bajo el auto, y destrozando lo que quedaba de la funda en el proceso. Se arrastró como pudo entre las ruedas traseras y se ubicó detrás del auto. Entonces lanzó su pesado abrigo por encima del nocturno y frente al auto, a la vez que desenfundaba su revolver.

De inmediato, el Nocturno atraído por el repentino movimiento de la principal fuente de la esencia, saltó del jeep y se lanzó sobre el abrigo. Al mismo tiempo, Verkham se metió al jeep y encendió las luces.

Su estratagema había funcionado a la perfección. El apestoso abrigo había aterrizado sobre un arbusto a unos dos metros del auto y dos metros del suelo. Con sus patas delanteras el Nocturno bajo el abrigo y lo destrozo furioso con las garras de sus miembros intermedios dándole la espalda a Verkham Vall.

Con su objetivo claramente definido por las luces del vehículo, el agente paratemporal apuntó a la espina dorsal de la criatura, justo por encima de sus hombros secundarios y apretó suavemente el gatillo. La enorme Magnum .357 estalló en sus manos y escupió una llamarada, el nocturno cayó lanzando un escalofriante alarido. Mientras amartillaba su revolver, Verkham Vall espero un instante y entonces asintió satisfecho. La espina de la bestia estaba desecha, y sus piernas e incluso sus miembros intermedios estaba paralizados. Apuntó cuidadosamente por segunda vez y le disparó en la base del cráneo. Se sacudió un poco y murió.

*

Con ayuda de una linterna encontró su rifle con la culata sumergida en el barro detrás del jeep y maldijo brevemente utilizando expresiones del Cuarto Nivel, ya que Verkham Vall era un hombre que amaba las armas, así fuera aguijoneadores de rayos sigma, blasters disruptores de neutrino o los proyectores de misiles sólidos de los niveles inferiores. Para entonces, estaba increíblemente dolorido por los rasguños que había recibido. Se quitó la camisa y la arrojó sobre el capot del jeep.

Tortha Karf le había aconsejado llevar un aguijoneador o un blaster, o aunque sea un arma neuroestática, pero Verkham Vall se había mostrado reticente a llevar ese tipo de armas al Cuarto Nivel. Si no salía con vida de la cacería no quería que un arma así cayeran en las manos equivocadas, alguien que pudiera deducir que los principios científicos eran demasiado avanzados para la cultura general del Cuarto Nivel. Solo se permitio llevar un único articulo del Primer Nivel y principalmente porque debidamente empaquetado no era fácil identificarlo como tal. Sacó un respetable maletín de cuerina del Cuarto Nivel de bajo el asiento, lo abrió y sacó una botella de medio litro de etiqueta roja, y una toalla. Saturando la toalla con el contenido de la botella, se refregó cada centímetro del torso para desinfectar las heridas que el Nocturno le había ocasionado. Donde sea que la loción tocaba su piel rasgada sentía un ardor similar a que si se estuviera pasando un hierro ardiente, la curación resulto ser una agonía. Satisfecho de haber desinfectado cada uno de sus heridas, dejó la toalla a un lado y se subió lateralmente al jeep. Empezó a vociferar una serie de injurias en el idioma local, y las combinó con obscenidades en otra lengua que había aprendido de los habitantes del Cuarto Nivel de su isla natal de Nerros, en el sur, y una atronadora maldición en el nombre de Mogg, Dios del Fuego de Dool, en un lenguaje del Tercer Nivel. Mencionó a Fasif, el Gran Dios de Khift, de forma tal que lo hubieran bañado en ácido si los seguidores de Khift lo hubieran oído. Aludió a las practicas barrocas y eróticas del pueblo Illyalla del Tercer Nivel, para tranquilizarse, en la lengua clásica Dar Halma, con uno de esos insultos genealógicos comunes en el Sector Indo-Turaniano del Cuarto Nivel.

Para entonces, su dolor había menguado hasta convertirse en un leve picazón. Tendría que soportarlo hasta que su trabajo estuviese terminado y pudiera disfrutar de un baño caliente. Sacó otra botella similar del kit de primero auxilios, etiquetada como “Old Overholt,” con un brebaje producido localmente específicamente para heridas internas o externas, y se medicó copiosamente con él, la tapo y se la guardo en el bolsillo para usos futuros. Levantó la derruida funda de hombro y la tiró bajo el asiento. Se volvió a poner la camisa y entonces, arrastró el cuerpo del Nocturno muerto tirándolo de la cola.

Era una criatura realmente horrenda, pesaba cerca de noventa kilos, sus patas traseras eran puro musculo, lo cual le daba una apariencia poderosa como una mole, y sus patas frontales exhibían tres robustas garras. Sus miembros secundarios, a un tercio de distancia de sus hombros, eran largos y delgados, normalmente los llevaba plegados sobre su cuerpo, y cada uno iba armado con una sola garra curva. La bala del revolver entró por la base del cráneo y salió por debajo de su mandíbula, la cabeza estaba relativamente ilesa. Verkham Vall se alegró de que así fuera, quería esa cabeza para la sala de trofeos de su casa en Nerros. Gruñendo y con mucho esfuerzo logro cargar la criatura en la parte de atrás del jeep y lo tapó con su abrigo de lana hecho jirones.

Dio un ultimo vistazo para asegurarse de que no había dejado nada que pudiera ser sospechoso. El arbusto estaba destruido ya que era donde el Nocturno había destrozado el abrigo; pero un oso podría hacer eso. Había salpicaduras del viscoso liquido que la criatura usaba como sangre pero no estarían ahí por mucho mas tiempo. A los roedores terrestres les gustaba la sangre del nocturno, y los bosques estaban llenos de ratones. Se sentó tras el volante, retrocedió, giro y se alejó entonces de ese lugar.

*

Una vez dentro del domo de transposición paratemporal, Verkham Vall dejó el cuerpo del nocturno que había arrastrado hasta ahí y volcó su atención a la forma inerte de otro animal, un Lince Canadiense de cola corta y orejas peludas. Ese animal en particular había sido transposicionado dos veces, había sido capturado en la inmensidad del bosque en América del Norte del Quinto Nivel y confinado a los Jardines Zoológicos en Dhergabar, para terminar aquí, a petición de Verkham Vall y autorizado por Tortha Karf. Estaba casi en el final de sus viajes.

Verkham Vall pinchó al supino animal con la punta de su bota, y se retorció ligeramente. Tenía las patas atadas con precintos pero cuando vio que el efecto del narcótico se agotaba, tomó un jeringa y lo volvió a inyectar en la base del cuello. Esperó un momento y lo cargo en sus brazos hasta el jeep.

“Tranquilo gatito,” dijo él mientras lo acostaba en el asiento trasero, “este es un viaje de ida. Con los narcóticos no sentirás nada.”

Volvió a revisar entre los escombros del abandonado granero. Levantó una azada, pero la descarto por ser demasiado liviana. Un viejo arado era poco práctico. Consideró la pesada parrilla del hornillo pero entonces encontró la alabarda, tirada entre una pila de tablas agusanadas. Tenía el mango cortado y medía apenas treinta centímetros lo que la convertía en un hacha pesada. La pesó con las manos y la probó con un bloque de madera, y entonces, asegurándose que la puerta secreta estaba cerrada, abandonó el granero y se alejo con su auto.

Una hora después, regresó. Abrió la puerta secreta y cargo dentro del domo la derruida funda de hombro, los precintos con los que habían atado las patas del lince, y el hacha, ahora manchada de sangre y pelo de gato. Entonces cerro la puerta y le dio un largo trago a la botella que llevaba en el bolsillo.

El trabajo estaba hecho. Se daría entonces un baño caliente y descansaría en la casa de la granja, y luego regresaría al Primer Nivel. Quizás Tortha Karf vuelva a enviarlo a esa linea por un tiempo. La situación esta lejos de ser satisfactoria, incluso ahora que la crisis desatada por la mascota renegada de Gavran Sarn estaba bajo control. La presencia del asistente del jefe podría ser necesaria.

Tenía derecho a esperar aunque sea una pequeña vacación. Pensó en la pequeña pelirroja en la Fabrica de Sintéticos Hagraban. ¿Cómo se llamaba? Kara algo, Morvan Kara, si. Si todo sale bien estaría saliendo de su turno para cuando regrese al Primer Nivel mañana por la tarde.

Las heridas del rasguño aun le ardían. Un baño caliente y una buena noche de sueño… se tomó otro trago, encendió su pipa, levantó su rifle y caminó hasta la casa.

*

El agente Zinkowski colgó el teléfono y se levantó del escritorio, desperezándose. Dejó el ordenado cuarto y cruzó el pasillo hasta el cuarto de recreación, donde el resto de los muchachos haraganeaba. El sargento Haines que jugaba una lánguida partida de gin-rumi con el Cabo Conner, un ayudante del sheriff, y un mecánico de la estación de servicio cercana levantó la mirada.

“Bien Sargento, creo que podemos tachar el caso de la matanza de ganado,” dijo el agente. “¿Así?” El interés del sargento se despertó rápidamente.

“Si. Creo que el comosellame lo atrapó. Acabo de recibir un llamado de un policía ferroviario en Logansport. Parece que el supervisor de vías encontró un lince muerto en la rama del Río Logan, a un par de kilómetros del torre MMY. Parece que se metió con el cargamento nocturno río arriba y salio perdiendo. Estaba hecho picadillo.”

“La torre MMY, eso está justo debajo del Cruce Yoder,” consideró el sargento. “La granja Strawmyer hace dos noches, la granja Amrine anoche, si, tiene sentido.”

“Le sirve a Steve Parker, los linces no son especies protegidas así que no es problema suyo. Y no es una violación a una ley estatal, así que tampoco es problema nuestro,” dijo Conner. “¿Le toca a usted Sargento?”

“Si, espera un minuto.” El sargento se puso de pie. “Le prometí a Sam Kane, el periodista de Logansport que le contaría cualquier novedad en el caso.” Se paró y enfiló hacia el teléfono. “¡El asesino fantasma!” dijo burlón.

“Bueno, fue emocionante mientras duró,” dijo el asistente del sheriff. “Como eso de los Platillos Voladores.”

FIN

Mientras caminaba junto a los caballos

Por H. Beam Piper

Este relato está basado en un hecho real y documentado. Un hombre se desvaneció, desapareció de la faz de la tierra. Este relato muestra qué fue de él…

En noviembre de 1809, un hombre inglés llamado Benjamín Bathurst desapareció en forma completamente inexplicable.

Iba camino a Hamburgo desde Viena, donde había servido a su gobierno como enviado a la corte de lo que Napoleón había dejado del Imperio Austriaco. En una posada en Perleburg, en Prusia, mientras supervisaba a su cochero cambiar los caballos, salió casualmente del rango de visión de su secretario y su valet. No lo vieron abandonar el patio de la posada. No volvieron a verlo nunca mas.

Por lo menos, no en esta linea temporal.

Del Baron Eugen von Krutz, Ministro de Policia, a su Excelencia Conde von Berchtenwald, Canciller de Su Majestad Friedrich Wilhem III de Prusia

25 de noviembre de 1809

Su Excelencia:

Una circunstancia ha llamado la atención de este Ministerio, y es un asunto de una magnitud tal que es difícil para mi definirla pero que al parecer se ha convertido en asunto de Estado,  tanto local como extranjero, estoy convencido de que es lo suficientemente importante para que tome usted cartas en el asunto. Para ser sincero, prefiero no seguir adelante con este asunto sin su consejo.

Brevemente, la situación es la siguiente: tenemos en custodia, aquí en el Ministerio de Policía, a una persona que se presentó como Benjamín Bathurst, y afirma ser diplomático británico. Esta persona fue detenida ayer por la policía de Perleburg, como resultado de un disturbio en una posada local, está detenido bajo los cargos de alterar el orden público, y por  persona sospechosa. Cuando lo arrestaron tenía en su poder un maletín con una cantidad de papeles de naturaleza tan extraordinarias que las autoridades locales rechazaron asumir responsabilidad alguna mas allá de enviar a este hombre a Berlín.

Después de entrevistar a este hombre y examinar sus papeles, debo confesar que me encuentro en la misma posición. Este no es un asunto policial ordinario, hay algo muy extraño y perturbador en en todo esto. La declaración de este hombre, por poner un ejemplo, es tan increíble que solo con eso podríamos determinar que estamos tratando con un demente, sin embargo, no puedo adoptar esa teoría en base a su comportamiento, que es el de un hombre perfectamente racional y por el hecho de que los papeles efectivamente existen. Todo este asunto es una locura, incomprensible.

Le envío los papeles en cuestión, copias de los diversos testimonios que se tomaron en Perleburg, y una carta personal dirigida a mí de parte de mi sobrino, el Teniente Rudolf von Tarlburg. Esta ultima merece su atención; el Teniente von Tarlburg es un joven oficial muy centrado y racional, lejos de ser un hombre fantasioso. Es un asunto serio si lo ha afectado de esta manera.

El hombre que se hace llamar Benjamín Bathurst está alojado en un apartamento aquí en el Ministerio, esta siendo tratado con toda consideración y excepto por su libertad ambulatoria goza de todos los privilegios.

Espero ansioso su consejo.

Krutz

Informe de Traugott Zeller, Oberwachtmeister, Staatspolizei, hecho en Perleburg,

25 de noviembre de 1809

Diez minutos después de las dos de la tarde del sábado 25 de noviembre, mientras estaba en la estación de policía, entró un hombre conocido por mi como Franz Bauer, empleado de Christian Hauck que servía en la posada Espada & Cetro aquí en Perleburg. Este hombre, Franz Bauer reclamó ante el Staatspolizeikapitan Ernst Hartensein, afirmando que había un demente generando disturbios en la posada donde él, Franz Bauer trabajaba. Por lo tanto, instruido por el Staatspolizeikapitan Hartensein me dirigí a la posada Espada & Cetro para actuar a discreción y preservar el orden.

Cuando llegué ahí, en compañía de Franz Bauer, encontré una multitud considerable de personas reunidas en la sala común, y en medio de todo eso, el posadero, Christian Hauck discutiendo con un extraño. Este extraño era un hombre de apariencia muy cuidada, vestido con ropa de viajante, y con un maletín de cuero bajo el brazo. Cuando entré al salón pude escucharlo, hablaba en alemán con un fuerte acento inglés, intimidaba al posadero,  el ya mencionado Christian Hauck, y lo acusaba de haberle echado drogas a su vino, al vino del extraño, y de robarle su carruaje de cuatro caballos, el carruaje del extraño, y de haber secuestrado a su secretario y a sus sirvientes. Dicho esto, Christina Hauck lo negó ruidosamente y las demás personas, tomando partido por el posadero se burlaban del demente.

Cuando entré al salón, ordené silencio en nombre del rey, y entonces, como él parecía ser la parte acusadora en esta disputa, le demandé al caballero extranjero que me contara cuál era el problema. Repitió sus acusaciones contra el posadero, Hauck, diciendo que Hauck, o mejor dicho otro hombre que se parecía mucho a Hauck y que afirmaba ser el posadero había drogado su vino y robado su carruaje y se había hecho con su secretario y sus sirvientes. En ese punto del relato, el posadero y los espectadores empezaron a gritar todo tipo de negativas y contradicciones, por lo que tuve que golpear la mesa para ordenar silencio.

Le pedí al posadero, Christian Hauck que respondiera por las acusaciones que había hecho el extraño; y así lo hizo, negándolas completamente, dijo que el extraño no había consumido vino en su posada, que había ingresado a la posada y al cabo de unos minutos había empezado a hacer acusaciones, y que en su posada no estaban ni el secretario, ni el valet, ni el conductor y mucho menos su carruaje, y que el caballero estaba lisa y llanamente demente. Para esto, llamo a las personas de la sala común para atestiguar lo que decía.

Entonces le pedí al extraño que se presentara formalmente. Me dijo que su nombre era Benjamín Bathurst, y era un diplomático británico, que regresaba a Inglaterra desde Viena. Para probarlo, saco diversos papeles de su maletín. Uno de estos era una carta de salvoconducto, emitida por la Cancillería Prusiana, en la cual estaba nombrado y descrito como Benjamín Bathurst. Los demás papeles eran ingleses, todos con sellados, y en apariencia documentos oficiales.

Por consiguiente, le pedí que me acompaña a la estación de policía, junto al posadero y tres hombres que el posadero quiso llevar como testigos.

Traugott Zeller

Oberwachtmeister

Informe aprobado

Ernst Hartenstein

Staatpolizeikapitan

Declaración del hombre que se hace llamar Benjamín Bathurst, tomada en la estación de policía en Perleburg

25 de noviembre de 1809

Mi nombres es Benjamín Bathurst, y soy Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del gobierno de Su Majestad Británica ante la corte de Su Majestad Franz I, Emperador de Austria, o por lo menos lo era hasta los eventos que se sucedieron seguido a la rendición de Austria que hicieron necesario mi regreso a Londres. Deje Viena la mañana del Lunes 20 en dirección a Hamburgo donde debía subir al barco que me llevaría a casa. Viajaba en mi propio carruaje de cuatro caballos con mi secretario, el Sr. Bertram Jardine, y mi valet, William Small, ambos británicos, y un conductor, Josef Bidek, un sujeto austriaco, a quien contraté para el viaje. Debido a la presencia de tropas francesas, me vi forzado a desviarme al oeste hasta Salzburg antes de virar al norte hacia Magdeburg, donde cruce el Elbe. No pude procurar un cambio de tiraje para mi conductor después de dejar Gera, y no fue hasta que llegamos a Perleburg y nos detuvimos en la posada Espada & Cetro que pudimos hacerlo.

Cuando llegamos, deje mi carruaje en el patio de la posada y junto al Sr. Jardine, mi secretario, entramos a la posada. Un hombre, no éste sujeto, sino otro canalla, con mas barba, y menos barriga, y ropa mas andrajosa, pero tan parecido que podría pasar por su hermano, se presentó como el posadero y negocié con él un cambio de tiraje, le pedí un botella de vino para mi y mi secretario y una jarra de cerveza para el valet y el conductor que esperaban afuera. Entonces Jardine y yo nos sentamos en una mesa de la sala común a tomar el vino hasta que el hombre que afirmaba ser el posadero vino para decirnos que los caballos frescos ya estaban arreados y que el conductor los estaba preparando para partir. Entonces salimos de la posada.

Le di un vistazo a los caballos de la retaguardia y luego caminé hasta el frente para examinar los de adelante y al hacerlo, sentí un mareo, como si estuviera a punto de caer al suelo y de repente todo se oscureció ante mis ojos. Creí que me había desmayado, algo que nunca me había sucedido antes, y cuando levanté la mano para tomar la barra de enganche no pude encontrarla. Estoy seguro, ahora, de que estuve inconsciente por un buen tiempo porque cuando me despabilé el carruaje ya no estaba, y en su lugar había una gran carreta de granja, desvencijada, le habían sacado la rueda derecha y dos campesinos le ponían grasa a la rueda.

Los miré por un momento y sin poder creer lo que veían mis ojos les hablé en alemán, “¿dónde demonios está mi carruaje de cuatro caballos?”

Se incorporaron desconcertados: el que sostenía la rueda casi la deja caer.

“Disculpe, excelencia,” dijo, “no hemos visto un carruaje así en todo el tiempo que hemos estado aquí.”

“Si,” dijo su compañero,” y hemos estado aquí desde el mediodía.”

No intenté discutir con ellos. Se me ocurrió entonces, y sigue siendo mi opinión, que fui victima de una conspiración, alguien le hecho algo a mi vino, perdí la consciencia y durante ese periodo de tiempo se llevaron a mi conductor y dejaron esta carreta en su lugar, y a estos campesinos a trabajar en ella con instrucciones de que decir si alguien les preguntaba. Si alguien había anticipado mi llegada a la posada y había puesto este plan en marcha no debían de haber pasado mas de diez minutos.

Entré,por lo tanto, a la posada, determinado a desquitarme con este posadero sinvergüenza, pero cuando regresé a la sala común, no estaba por ningún lado, y este otro sujeto, que se presentó como Christian Hauck, afirmaba ser el posadero y negaba tener conocimiento sobre todo lo que venía relatando. Lo que es mas, había cuatro jinetes de caballería, Ulanos, bebiendo cerveza y jugando cartas en la mesa donde Jardine y yo habíamos estado tomando el vino y ellos afirmaban estar ahí desde hacia varias horas.

No tenía idea de por qué alguien me jugaría una broma tan elaborada, con tantas personas involucradas, excepto que hubiesen sido instigados por los franceses. En ese caso, no puedo comprender porque los soldados prusianos se prestarían a semejante ardid.

Benjamín Bathurst

Declaración de Christian Hauck, posadero, tomada en la estación de policía en Perleburg

25 de noviembre de 1809

Su señoría, mi nombre es Christian Hauck, y tengo una posada de nombre Espada & Cetro, la he tenido por los últimos quince años y mi padre y su padre antes que yo, durante los últimos cincuenta años y nunca he sido victima de un reclamo como este. Su señoría, es difícil para un hombre como yo el ser acusado de un crimen como este, un hombre como yo,que mantiene su casa decente,  paga sus impuestos y obedece la ley.

No conozco a este caballero, ni a su conductor, ni a su secretario, nunca lo he visto antes de que entrara a la posada desde el patio, gritando y lanzando acusaciones como un demente, preguntando por “ese descarado sinvergüenza del posadero”

Le dije, “yo soy el posadero y ¿qué razón tienes para decir que soy un sinvergüenza?”

El extraño respondió:

“Usted no es el posadero con el que acabo de hacer negocios, él es un maleante y quiero verlo. Quiero saber qué demonios ha hecho con mi conductor y que ha sucedido con mi secretario y mis sirvientes.”

Intenté decirle que no tenía idea de lo que me estaba hablando pero no escuchaba, solo repetía que lo había drogado, robado y secuestrado a sus sirvientes. Incluso cometió la imprudencia de decir que él y su secretario habían estado sentados en una mesa del salón, bebiendo vino hacía menos de quince minutos, en el mismo lugar que ocupaban cuatro suboficiales del Tercer Batallón Ulano desde el mediodía. Todo el mundo en ese salón habló en mi defensa, pero él no escuchaba, seguía gritando, acusándonos de ladrones, secuestradores y espías franceses y no se cuantas cosas mas, hasta que llegó la policía.

Su señoría, el hombre está loco. Todo lo que le he contado es cierto y es todo lo que sé sobre este asunto, Dios me libre.

Christian Hauck

Declaración de Franz Bauer, empleado de la posada, tomada en la estación de policía de Perleburg

25 de noviembre de 1809

Su señoría, mi nombre es Franz Bauer y son empleado en la posada Espada & Cetro, cuyo dueño es Christian Hauck.

Esta tarde, cuando salí al patio de la posada a vaciar el contenedor de basura cerca de los establos, escuché voces, me di vuelta y pude ver a este caballero hablando con Wilhem Beick y Fritz Herzer que estaban engrasando su carreta en el patio. No estaba en el patio cuando pasé con el contenedor lleno, así que creí que había entrado desde la calle. Este caballero le preguntó a Beick y a Herzer donde estaba su conductor y cuando le dijeron que no lo sabían entró corriendo a la posada.

Hasta donde tengo conocimiento, el hombre no había estado dentro de la posada hasta entonces, tampoco su conductor ni todas las personas que menciona, o nada de lo que él dice que sucedió, si así fuera lo sabría ya que estuve en la posada todo el día.

Cuando volví a entrar lo encontré en la sala común discutiendo con mi jefe y reclamando que lo habían drogado y robado. Vi que era un demente y temiendo que pudiera dañar a alguien acudí a la policía.

Franz Bauer

Su firma

Declaración de Wilhem Beick y Fritz Herzer, campesinos, tomada en la estación de policía en Perleburg

25 de noviembre de 1809

Su señoría, mi nombre es Wilhem Beick, y soy arrendatario de la estancia del Baron von Hentig. El día de hoy, Fritz Herzer y yo estábamos en Perleburg con un cargamento de papas y repollos que el posadero de Espada & Cetro le había comprado al superintendente de la estancia. Después de descargar, decidimos engrasar la carreta antes de volver ya que estaba muy seca, así que desenganchamos la carreta y empezamos a trabajar. Nos tomó cerca de dos horas y empezamos después de almorzar y en todo ese tiempo no vimos un carruaje de cuatro caballos en el patio. Estábamos terminando cuando éste caballero nos habló, exigiendo saber donde estaba su conductor. Le dijimos que no habíamos visto a ninguno en el patio en todo ese tiempo así que dio media vuelta y entró corriendo a la posada. En ese momento, pensé que había salido desde la posada cuando nos habló ya que era imposible que viniera desde la calle. Ahora, no sé de donde salio, pero si sé que hasta ese momento no lo había visto nunca antes en mi vida.

Wilhem Beick
Su firma

Escuché el testimonio anterior y doy fe que todo lo relatado es cierto, no tengo nada que agregar.

Fritz Herzer
Su firma

Del Staatspolizeikapitan Erns Hartenstein, a Su Excelencia Baron von Krutz, Ministro de Policia

25 de noviembre de 1809

Su Excelencia:

Las copias de las declaraciones tomadas hoy explican como el prisionero, que se identifica así mismo como Benjamín Bathurst, llegó a estar bajo mi custodia. Lo he acusado formalmente de causar desorden y por persona sospechosa, para retenerlo hasta que pueda obtener mas información sobre él. Sin embargo, como se ha presentado como diplomático británico, no estoy dispuesto a asumir mas responsabilidades de las que me corresponden, por lo tanto se lo enviare a su excelencia en Berlín.

En primer lugar, su excelencia, tengo serias dudas sobre la historia de este hombre. La declaración que hizo ante mí y firmó, es de por si bastante cuestionable, con un carruaje de cuatro tiros convertido en carreta, como si fuera el carruaje de cenicienta que se convierte en calabaza, sumado a que tres personas se han desvanecido de la faz de la tierra. Pero todo esto es perfectamente creíble y razonable, comparado a las cosas que me relato y que he registrado por escrito.

Su excelencia habrá notado en su declaración cierta alusión a una supuesta rendición austriaca, y a tropas francesas en Austria. Después de tomar su declaración y repasarla, he notado esas alusiones y lo he confrontado al respecto, qué rendición y qué hacían tropas francesas en Austria. El hombre me miró compasivamente y me dijo:

”Parece que las noticias viajan lento por estas partes, la paz terminó en Austria el 14 del mes pasado. Y en cuanto a las tropas francesas en Austria, hacen lo mismo que las tropas de Bonaparte hacen en todas partes de Europa.”

“¿Y quién es Bonaparte?” pregunté.

Me miro como si le hubiera preguntado “¿quién es nuestro señor jehova?” al cabo de unos segundo su rostro cambio a una mirada de comprensión.

“Entonces, ustedes en Prusia le conceden el título de Emperador y se refieren a el como Napoleón,” dijo. “Bueno, puedo asegurarle que el gobierno de Su Majestad Británica no lo ha hecho y nunca lo hará, no mientras un solo hombre inglés tenga dedos para jalar del gatillo. El General Bonaparte es un usurpador. El gobierno de Su Majestad no reconoce otra soberanía en Francia que no sea la de la casa de Borbón.” Esto lo dijo en forma muy seria, como reprendiéndome.

Me tomó unos minutos digerir todo eso y apreciar sus implicaciones. Este sujeto evidentemente cree que la monarquía francesa ha sido derrocada por un aventurero militar de nombre Bonaparte, que se hace llamar Emperador Napoleón, y que fue a la guerra contra Austria y forzó su rendición. No intenté discutir con él, es una perdida de tiempo discutir con dementes, pero si este hombre puede creer en algo así, entonces el asunto del carruaje convertido en carreta de repollos es efectivamente un asunto menor. Para seguirle la corriente le pregunté si él pensaba que los agentes del General Bonaparte estaban detrás de los incidentes ocurridos en la posada.

“Ciertamente,” respondió. “Existe la posibilidad de que como no conocían mi rostro se hayan llevado a Jardine pensando que era el ministro, y que yo era su secretario. Pobre Jardine. Me pregunto, porque se habrán ido sin el maletín. Eso me recuerda, lo quiero de vuelta. Son documentos diplomáticos, usted sabe.”

Le dije muy seriamente que tendríamos que verificar sus credenciales. Le prometí que haría todo lo que estuviera a mi alcance para localizar a su secretario, sus sirvientes y su conductor, le tome una descripción completa de todos ellos y lo persuadí de que subiera a la habitación donde ha quedado bajo custodia. Efectivamente empecé a investigar, llamé a todos mis informantes y espías, pero no pude encontrar nada. No pude encontrar a nadie que lo haya visto en todo Perleburg antes de que entrara a la posada Espada & Cetro, y eso si me sorprende, alguien debería haberlo visto entrar al pueblo o caminar por la calle.

En este punto, déjeme recordarle su excelencia que hay una discrepancia entre las declaraciones del sirviente, Franz Bauer y los dos campesinos. El primero esta seguro de que el hombre entró al patio de la posada desde la calle, los demás están igualmente  seguros de que no fue así. Su excelencia, no soy aficionado a los acertijos, y estoy seguro de que los tres hombres dicen la verdad en cuanto a ellos concierne. Son personas comunes y corrientes, debo admitir, pero saben si vieron no vieron algo.

Después de asegurar al prisionero me volqué a examinar sus documentos y puedo asegurar su excelencia que me han dejado estupefacto. No le había dado demasiado importancia a sus delirios cuando me los relato por primera vez, delirios sobre el derrocamiento del rey de Francia o sobre este General Bonaparte que se hacia llamar Emperador Napoleón, pero encontré todas estas cosas mencionadas en sus documentos y misivas, que en apariencia son completamente legítimos. Se menciona repetidamente la invasión de Austria por parte de Francia, el pasado mes de mayo y como el Emperador de Austria habría capitulado ante este General Bonaparte, y otras batallas librándose en todas partes de Europa, y no se cuanta fantasías mas. Su excelencia, he oído de todo tipo de dementes, uno que creía ser el Arcángel Gabriel, o Mohammed, o un hombre lobo, y otro que estaba convencido de que sus huesos eran de cristal y que estaba siendo atormentado por demonios, pero Dios mediante, ¡es la primer vez que oigo de un demente que tenga pruebas documentales de sus delirios! Entenderá entonces su excelencia el por qué no quiere tener parte en este asunto.

El asunto de sus credenciales es aun peor. Tenía papeles sellados con el sello oficial de la Oficina de Asuntos Exteriores, aparentemente genuino, pero  firmado por el Ministro de Exterior, un tal George Canning, y todo el mundo sabe que Lord Castlereagh ha sido Ministro de Exterior por los últimos cinco años. Como si esto fuera poco, tenía en su poder un salvoconducto sellado por la Cancillería Prusiana, comparé el sello bajo una lente de aumento con uno que sabemos es real y son idénticos. Pero, esta carta está firmada por el Canciller, no por el Conde von Berchtenwald sino por el Baron Stein, el Ministro de Agricultura, y la firma hasta donde pude averiguar es autentica. Esto es demasiado para mi, su excelencia, debo pedirle que me excuse de lidiar con este asunto antes de que me vuelva tan loco como mi prisionero.

He hecho los preparativos correspondientes con el Coronel Keitel del Tercer Batallón de Ulanos para que uno de sus oficiales escolte al prisionero hasta Berlín. El carruaje en el que viajaran pertenece a la estación de policía y el conductor es uno de mis hombres. Debe ser despachado con dinero para regresar a Perleburg. El guardia es un cabo de los Ulanos, ordenanza del oficial. Él se quedará con Herr Oberleutnant y ambos regresaran cuando lo crean conveniente y correrán con sus propios gastos.

Es un honor su excelencia.

Ernst Hartenstein
Staatspolizeikapitan

Del Oberleutnant Rudolf von Tarlburg para el Baron Eugen von Krutz

26 de noviembre de 1809

Querido Tío Eugen;

Esto no forma parte del informe oficial, ese informe ya se lo entregué al Ministro cuando le entregué la custodia del hombre inglés y sus documentos a uno de tus oficiales, un muchacho de cabello rojo y rostro como de bulldog. Hay algunas cosas que creo que deberías saber y no podía incluirlas en el informe oficial, para que sepas que clase de pez ha caído en tu red.

Apenas había regresado de entrenar con mi pelotón cuando el ordenanza del Coronel Keitel me dijo que me presentara ante el coronel en su domicilio. Encontré al anciano fumando su pipa en su salar de estar.

“¡Adelante teniente, adelante y tome asiento, muchacho!” me saludo él, en esa manera jocosa y amable que tiene de dirigirse a un oficial mas joven cuando tiene que asignarle un trabajo especialmente difícil. “¿Qué le parecería hacer un pequeño viaje a Berlín? Tengo un encargo que no le tomará mas de media hora y puede quedarse el tiempo que quiera, siempre y cuando vuelva antes del jueves que es cuando le toca patrullar los caminos.”

Bueno, pensé, este es el señuelo. Esperé para ver cual era el anzuelo, detrás de tanta amabilidad y le pregunté cual era el encargo.

“Bueno, no es exactamente para mi, Tarlburg,” dijo. “Es para Hartenstein, el Straatspolizeikapitan. Necesita enviar algo al Ministerio de Policía y pensé en usted porque escuché que tiene parentesco con el Barón von Krutz, ¿es así verdad?” preguntó, como si no supiera con quienes están relacionados todos sus oficiales.

“Es correcto coronel, el Barón es mi tío,” le dije. “¿Qué es lo que necesita el capitán Hartenstein?”

“Tiene un prisionero y necesita trasladarlo a Berlín para entregarlo en el Ministerio. Todo lo que tiene que hacer es escoltarlo en carruaje, y asegurarte de que no se escape en el camino y que te firmen un recibo por él y unos documentos. Es un prisionero muy importante; creo que Hartenstein no tiene a nadie mas en quien pueda confiarle este asunto. El prisionero afirma ser alguna especie de diplomático británico y hasta donde Hartenstein sabe, puede serlo. Pero también es un demente.”

“¿Un demente?” repetí yo.

“Si, como lo oye. Por lo menos eso es lo que Hartenstein me contó. Quise saber que clase de demente era, ya que hay varios tipos diferentes y cada uno de ellos debe ser tratado de manera diferenciada, pero Hartenstein solo me dijo que tenía creencias poco realistas sobre el estado de los asuntos en Europa.”

“¡ha! ¿Y qué diplomático no las tiene?” pregunté

El anciano se largo a reír, que era una mezcla entre el ladrido de un perro y el graznido de un cuervo.

“¡Si, exactamente! Las creencias poco realistas de los diplomáticos son la razón por la cual mueren los soldados,” dijo él. “Le dije eso a Hartenstein pero no me confió con mas información que esa. Incluso parecía lamentar haberme contado eso. Parecía un hombre que ha visto un fantasma particularmente grotesco.” El anciano se dedicó a su pipa por momentos y exhaló grandes bocanas de humo. “Rudi, a Harstenstein le ha tocada sacar una papa caliente esta vez, y quiere pasársela a tu tío antes de quemarse los dedos. Creo que por esa razón me ha pedido a mi garantizar una escolta para este inglés. Mira, debes llevar a este diplomático desquiciado o desquiciado diplomático o lo que sea que fuera, a Berlín. Y quiero que entiendas lo siguiente.” me dijo mientras me apuntaba con su pipa como si fuera una pistola. “Tus ordenes son llevarlo y entregarlo en el Ministerio de Policía. Pero no han dicho una palabra sobre entregarlo vivo o muerto, o a mitad de camino entre uno y el otro. No se nada sobre este asunto y tampoco quiero saberlo; si Hartenstein quiere cargarnos con esto debe estar satisfecho con nuestra forma de hacerlo.”

Bueno, para resumir, le di un vistazo al carruaje que Hartenstein había puesto a mi disposición y decidí encadenar la puerta izquierda por el lado de afuera para que no pudiera abrirse desde dentro. Así podría poner al prisionero a mi izquierda y solo podría escapar pasando sobre mí. Decidí no llevar armas que pudiera arrebatarme, así que deje mi sable y lo guarde bajo llave en el compartimiento bajo el asiento junto a los papeles del inglés. Estaba lo suficientemente frio para vestir un abrigo así que me puse el mio y en el bolsillo derecho, donde mi prisionero no pudiera alcanzarlo, me guarde una porra de plomo y una funda con pistolas de bolsillo. Hastenstein me había garantizado un guardia ademas de un conductor, pero le dije que prefería llevar un sirviente que a la vez cumpliera el rol de guardia. El sirviente claro, era mi ordenanza, el viejo Johann; le di mi arma de caza de doble cañón para que cargara con un bala para jabalí en un barril y un perdigón de tres gramos en el otro.

Ademas de todo eso, me armé con un botellón de coñac. Pensé que si tenía todo eso a disposición para dispararle a mi prisionero no me daría demasiado problema.

Y dicho sea de paso, no lo hizo y no necesite de ninguna de mis precauciones, excepto por el coñac. El hombre no me dio la impresión de ser un lunático. De hecho era todo un caballero, de mediana edad, con un rostro inteligente y rojizo. Lo único inusual en su apariencia era su sombrero, era un artilugio interesante, parecía una olla. Lo subí al carruaje, le ofrecí un trago y me tome uno yo también. Le pegó un buen trago de la botella y me dijo, “ bueno, esto si es un brandy, lo que sea que pensemos sobre sus detestables políticas no podemos criticar a los franceses por sus licores.” entonces dijo, “me alegro que me envíen custodiado por un caballero militar, y no por un pobre soldado. Dígame la verdad teniente, ¿estoy bajo arresto?”

“Vaya,” le dije yo, “creo que el capitan Hartenstein debería haberle informado eso. Lo único que sé es que tengo que llevarlo hasta el Ministerio de Policía, en Berlín y no dejarlo escapar en el camino. Son mis ordenes y pretendo cumplirlas. Espero no me guarde rencor.”

Me aseguro que no lo haría, y nos tomamos otro trago, me aseguré que esta vez tomara tanto como yo, entonces el conductor agitó su látigo y partimos para Berlín.

En ese momento, pensé, voy a ver que clase de demente es y por qué Hartenstein había convertido una simple disputa en una posada en un asunto de estado. Así que decidí explorar sus creencias poco realistas sobre el estado de situación en Europa.

Después de guiar la conversación hacia donde yo quería, le pregunté:

“¿cual cree usted, Herr Bathurst, que es la verdadera causa de esta trágica situación que estamos viviendo hoy en Europa?”

Eso fue lo que considere como la pregunta mas segura. No hubo un solo año desde los días de Julio Cesar en adelante en que la situación en Europa no haya sido trágica, y funcionó a la perfección.

“Yo creo,” dijo el ingles, “que todo este desastre es resultado de la victoria de los colonos rebeldes en América del Norte, y de su condenada república.”

Bueno, como podrás imaginar ese fue el disparador. Todo el mundo sabe que los Patriotas Americanos perdieron la guerra de independencia ante Inglaterra, que su ejercito fue destruido y sus lideres exiliados o asesinados. Cuando era niño en el castillo Talburg, escuché cientos de veces las historias del Baron von Steuben, ¡historias de gallardía de una guerra perdida! Solía temblar ante el relato del campamento azotado por una feroz ventisca, o saltar de emoción al oír sobre las batallas, o llorar mientras contaba como sostuvo a un Washington agonizante en sus brazos ¡escuchaba sus ultimas nobles palabras en la Batalla de Doylestown! Y aquí estaba este hombre, diciéndome que los Patriotas habían ganado realmente la guerra y establecido la república por la cual habían luchado. Me había preparado para lo que Hartenstein había caracterizado como creencias poco realistas, pero nada tan fantástico como esto.

“No puedo reducirlo a otra cosa que no sea esa,” continuó Bathurst. “Fue la derrota de Burgoyne en Saratoga. Fue una buena estrategia convertir a Benedict Arnold en aliado pero no lo hicimos a tiempo. Si él no hubiese estado en el campo de batalla ese día, Burgoyne habría atravesado el ejercito de Gates como un cuchillo caliente sobre la mantequilla.”

Pero Arnold no había estado en Saratoga. Lo sé; he leído mucho sobre la Guerra Americana. Arnold fue asesinado el día de año nuevo de 1776, durante el asedio de Quebec. Y Burgoyne había hecho exactamente lo que Bathurst dijo, había atravesado el ejercito de Gates como un cuchillo, y bajó por el Hudson para unir sus fuerzas con las de Howe.

“Pero Herr Bathurst,” pregunté, “¿cómo podría afectar eso a Europa? América esta a cientos de kilómetros de distancia, del otro lado del océano.”

“Las ideas pueden cruzar océanos mucho mas rápido que un ejercito. Cuando Luis XVI decidió asistir a los Americanos, se condenó a si mismo y a su régimen. Una resistencia exitosa a la autoridad real en América era todo lo que los Republicanos Franceses necesitaban para inspirarse. No hay que descontar la propia debilidad de Luis XVI. Si solo hubiese bañado a esos granujas con una lluvia de metralla cuando intentaron atacar Versalles en 1790, no hubiera existido una Revolución Francesa.”

Pero lo hizo. Cuando Luis XVI ordenó dirigir los obuses hacia la turba en Versalles, y luego envió a los Dragones Verdes a arrasar con los sobrevivientes, quebró definitivamente los movimientos Republicanos. Ese fue el momento en que el Cardenal Talleyrand, que apenas era Obispo de Autun dio el paso al frente y se convirtió en el poderoso jugador que es hoy en Francia; el mas grande ministro del Rey desde Richelieu.

“Y, después de eso, la muerte de Luis era tan inminente como la noche sigue al día,” Decía Bathurst. “Como los franceses no tenían experiencia en gobernarse a si mismo, su república estaba condenada. Si Bonaparte no hubiese tomado el poder, alguien mas lo habría hecho; cuando los franceses asesinaron a su rey, se entregaron en bandeja a un dictador. Y un dictador, sin el apoyo del prestigio de la realeza, no tenía mas opción que llevar a su pueblo a una guerra en el extranjero para evitar que se volvieran en su contra.”

Y así fue todo el camino hasta Berlín. Todo esto parece una tontería, a la luz del día, pero esa noche, mientras el movimiento del carruaje nos mecía en la oscuridad, estaba casi convencido de que la historia que me contaba era real. Lo juro tío Eugen, era aterrador, como si me estuviera dando un vistazo del infierno. ¡Gott im Himmel!, ¡las cosas que me ha contado ese hombre! Ejércitos esparcidos por todo Europa; saqueando y masacrando, ciudades en llamas, bloqueos y hambrunas; reyes destituidos, y tronos que caían como pinos, batallas que involucraban a soldados de todas las naciones donde cientos de miles caían como granos maduros, y ahí arriba sobre el campo de batalla, la satánica figura de un hombrecillo con un abrigo gris que aceptó la rendición del Emperador Austriaco y tomó al Papa prisionero en Savona.

¿Demente? ¿Creencias poco realistas dice Hertenstein? Bueno, prefiero los dementes que babean y tiran espuma de la boca y vociferan obscenas blasfemias. Pero no éste tipo de caballero tan complaciente que se sentó junto a mi y habló de semejantes horrores con una voz suave y educada, mientras bebía coñac.

Pero claro que no bebió él solo. Si tu hombre en el Ministerio, el del cabello rojo y cara de bulldog, te dice que estaba ebrio cuando entregué al inglés, será mejor que le creas.

Rudi.

Al Ministro Británico, del Conde von Berchtenwald

28 de noviembre 1809

A su Honorable:

El dossier que acompaña este carta debe servir para ponerlo al tanto del problema que enfrenta la Cancillería sin necesidad de repeticiones de mi parte. Por favor, trate de comprender que no es y nunca ha sido la intención del gobierno de Su Majestad Friedrich Wilhem III ofender o injuriar al gobierno de Su Majestad Británica George III. Nunca hubiéramos contemplado mantener bajo arresto, o manipular los papeles de un enviado acreditado de su gobierno. Sin embargo, tenemos serias dudas de que esta persona que se hace llamar Benjamín Bathurst sea ese enviado, y no creemos que le beneficie al gobierno de Su Majestad  permitir que un impostor viaje por Europa haciéndose pasar por diplomático británico. Ciertamente no tenemos nada que agradecerle a Su Majestad Británica por no tomar las medidas necesarias con esta persona en Inglaterra, podría haberse presentado como diplomático prusiano.

Este asunto nos toca muy de cerca al igual que a su gobierno; este hombre tiene en su poder una carta de salvoconducto que encontrara usted en el maletín. Es un modelo estándar, emitido por la Cancillería, y con el sello de la Cancillería, o una falsificación muy exacta del mismo. Sin embargo, está firmada por el Canciller de Prusia, con la firma inconfundible del Barón Stein, quien actualmente es Ministro de Agricultura. Le mostramos la firma al Barón Stein, sin revelarle el resto de la carta y sin duda alguna reconoció que era su propia letra. Sin embargo, cuando se le reveló el resto de la carta lo invadió un sensación de sorpresa y horror que solo la pluma de Goethe o Schiller podrían describir, y negó categóricamente haber visto ese documento antes.

No tenía mas opción que creerle. Es imposible creer que un hombre como el Baron Stein, serio y honorable pudiese ser cómplice de la fabricación de un documento como este. Ademas, yo estoy tan involucrado como él en este asunto, si el documento tiene su firma, también tiene mi sello, un sello que nunca he perdido de vista en los diez años en los que he sido Canciller. De hecho, la palabra “imposible” es apropiada para describir esta situación. Era imposible que Benjamín Bathurst hubiese entrado al patio de la posada, pero lo hizo. Era imposible que llevara documentos como los que se encontraron en el maletín o que esos papeles siquiera existan pero sin embargo hoy me encuentro enviándoselos junto a esta carta. Es imposible que el Barón von Stein firmara un papel como este pero lo hizo o que tenga el sello de la Cancillería, pero tiene ambas, la firma de Stein y mi sello.

Encontrarás en el maletín, otras credenciales, emitidas ostensiblemente por el Ministerio Británico de Asuntos Exteriores, que presentan las mismas características, firmadas por personas que no tienen conexión alguna con el Ministerio, o siquiera con el gobierno, pero tienen el sello en apariencia autentico. Si usted enviase estos documentos a Londres, me imagino que ocasionaría el mismo revuelo que esta carta de salvoconducto ha provocado aquí.

Le envío también un retrato en carbonilla de la persona que se hace llamar Benjamín Bathurst. Retrato realizado sin conocimiento del sujeto en cuestión. El sobrino del Barón von Krutz, el Teniente von Talburg, hijo de nuestro amigo en común el Conde von Tarlbug tiene una amiga, una joven muy inteligente que, como podrás ver, es una experta en este tipo de trabajo: la llevamos a una habitación en el Ministerio de Policía y se ubicó detrás de una pantalla desde donde pudo retratar el rostro del prisionero. Si envía este retrato a Londres creo que hay una buena posibilidad de que alguien lo reconozca. Doy fe de que el retrato es extraordinariamente fiel.

Para serle sincero, hemos agotado todos nuestros recursos en este caso. No entiendo como pudieron falsificar todos estos documentos, sellos y firmas, la firma del Barón von Stein es la mejor falsificación que he visto en los treinta años que llevo como funcionario del gobierno. Esto indica que alguien realizó un trabajo cuidado y minucioso, pero como, entonces, conciliamos una labor tan cuidada con torpezas y errores dignos de un niño en edad escolar, errores como firmar el documento a nombre del Barón von Stein como Canciller o el Sr. George Canning, que es miembro del partido de la oposición y no tiene conexión con su gobierno, como Secretario de Asuntos Exteriores.

Son errores que solo un demente podría cometer. Hay quienes piensan que nuestro prisionero está loco principalmente por sus delirios sobre este gran conquistador, el General Bonaparte, alias el Emperador Napoleón. Hay antecedentes de dementes fabricando evidencia para sustentar sus delirios, pero nunca he visto a uno que tenga los recursos para fabricar este tipo de papeles. Lo que es mas, algunos de nuestros mejores médicos, especialistas en desordenes mentales, lo han entrevistado y dijeron que excepto por su firme creencia en una situación inexistente está perfectamente cuerdo.

Personalmente, yo creo que todo este asunto es un gigantesco fraude, perpetrado por algún oculto y siniestro propósito, probablemente para crear confusión y destruir la confianza que existe entre su gobierno y el mío, para enfrentar a las múltiples personas relacionadas a ambos gobiernos, o para enmascarar alguna otra actividad conspiratoria. Recordara como hace algunos meses atrás desenmascaramos un complot Jacobino en Köln.

Sea lo que sea que se traiga entre manos, esto no me gusta para nada. Quiero llegar al fondo de este asunto lo mas rápido posible, y gratificaré a usted y a su gobierno por cualquier ayuda que pudiese procurar.

El honor es mío señor.

Berchtenwald

DEL BARÓN VOS KRUTZ PARA EL CONDE VON BERCHTENWALD
URGENTE, IMPORTANTE, PARA SER ENTREGADO EN PERSONA DE INMEDIATO Y SIN IMPORTAR LAS CIRCUNSTANCIAS

28 de noviembre 1809

Conde von Berchtenwald:

En la ultima media hora, es decir, alrededor de las once de esta noche, el hombre llamado Benjamín Bathurst fue asesinado de un disparo por un centinela en el Ministerio de Policía mientras intentaba escapar de nuestra custodia.

Un centinela apostado en el patio trasero del Ministerio observó que un hombre intentaba abandonar el edificio de forma furtiva y sospechosa. El centinela, que tenía ordenes estrictas de no permitir que nadie entrara o saliera sin autorización escrita, le llamó la atención: cuando intentó darse a la fuga, el centinela disparó su mosquete y lo derribó. Al oír el disparo, el Sargento de la Guardia se presentó rápidamente en el lugar con su escolta, y descubrió que el hombre a quien el centinela había disparado era el inglés, Benjamín Bathurst. El perdigón impactó en su pecho y falleció antes que el doctor pudiera atenderlo, y sin recobrar la conciencia.

Una investigación reveló que el prisionero, que estaba confinado en el tercer piso del edificio, fabricó una cuerda con las sabanas de su cama y el cordel de la campana. Esta cuerda apenas le alcanzó para llegar hasta la ventana de la oficina del segundo piso debajo de su propia recamara, pero se las ingenió para abrir la ventana de una patada. Aun intento descifrar como hizo esto sin que alguien lo oyera. Le aseguró que alguien va a responder por lo que sucedió esta noche. En cuanto al centinela, actuó según sus ordenes; lo felicité por cumplir con su deber y su puntería, y asumo por completo la responsabilidad por la muerte de este prisionero. No tengo idea de por qué el hombre que se hacia llamar Benjamín Bathurst, que hasta ahora tenía un comportamiento ejemplar y parecía asimilar su confinamiento con mucha templanza, de repente se lanzó a este apresurado y fatal intento de fuga. Debe ser por culpa de esos idiotas doctores del manicomio que han estado acosándolo. Esta tarde, deliberadamente, le entregaron un paquete de periódicos, prusianos, austriacos, franceses e ingleses, todos del mes pasado. Según ellos querían ver cómo reaccionaria. Bueno, Dios los perdone pero lo han descubierto.

¿Qué cree que debemos hacer con los arreglos funerarios?

Krutz

Del Ministerio Británico para el Conde von Berchtenwald

20 de diciembre de 1809

Mi querido Conde von Berchtenwald:

Finalmente ha llegado a mis manos una respuesta a la carta que envié a Londres el día 28 junto al maletín diplomático y los demás papeles. Papeles que entiendo quiere usted recuperar, copias de las declaraciones tomadas en Perleburg, la carta del capitán de la policía dirigida al Barón von Krutz, una carta personal del sobrino del Barón, el teniente von Talburg y la carta de salvoconducto que encontramos en el estuche, van todas juntas en este envío. No se qué habrán hecho en Whitehall con el resto de los papeles, si tengo que adivinar creería que los arrojaron a la fogata mas cercana. Si estuviera en su lugar haría lo mismo con estos documentos que le estoy devolviendo .

No he tenido respuestas, aun, al comunicado que envié el 29, informando sobre la muerte de este hombre llamado Benjamín Bathurst pero dudo mucho que haya algún comunicado oficial al respecto. Su gobierno estaba en todo su derecho de detener al sujeto, y llegado el caso, intentó escapar bajo su propio riesgo.

Para arriesgar un opinión estrictamente no oficial, no imagino que Londres esté en absoluto desatisfecho por el resultado de estos acontecimientos. El gobierno de Su Majestad esta integrado por obstinados aristócratas que no se deleitan con misterios, mucho menos si la solución a tales misterios resulta ser mucho mas perturbador que el problema original.

Esto es completamente confidencial, pero los documentos del maletín desataron un infierno en Londres, con la mitad de los peces gordos del gobierno clamando inocencia a viva voz y el resto acusando a los demás de ser cómplices en este complot. Si alguien hizo esto a propósito debo decir que tuvo un éxito arrollador. Por momentos, se temía que podía llegar hasta el Parlamento, pero eventualmente, todo el asunto fue enterrado.

Puede decirle al hijo del Conde Tarlburg que su amiga es una joven muy talentosa, su retrato fue muy halagado por una autoridad de la talla de Sir Thomas Lawrence y aquí viene la parte mas endiablada de todo este endiablado asunto. Han reconocido a la persona del retrato al instante. Es exactamente igual a Benjamín Bathurst, o debería decir, Sir Benjamín Bathurst, teniente gobernador del Rey en la Colonia Real de Georgia. Y fue el mismo Sir Thomas Lawrence quien lo retrato hace unos años y está en una excelente posición para criticar el trabajo de la joven artista. Sin embargo, Sir Benjamín Bathusrt ha estado en Savannah todo este tiempo, atendiendo asuntos relacionados a su función y a la vista del público, todo eso mientras su doble estaba en Prusia. Sir Benjamín no tiene un hermano gemelo. Alguien sugirió que este hombre podría ser un medio hermano pero no tengo conocimiento que pueda justificar esa teoría.

El General Bonaparte, alias Emperador Napoleón que tanto se ha mencionado en los documentos, parece tener su contra parte en el mundo real: hay un Coronel de Artillería con ese nombre en el ejercito francés, Un Corso que afrancesó su nombre original, Napolione Buonaparte. Es de los mas brillantes teóricos militares, estoy seguro de que alguno de tus propios oficiales podría contarte mas sobre él, oficiales como el General Scharnhorst. Su lealtad con la monarquía francesa nunca ha sido puesta en duda.

En este sentido hay otros hechos que salen a relucir en esa increíble colección de seudo misivas y seudo documentos de estado. Los Estados Unidos de América, recordara, era el nombre con el que los colonos rebeldes se referían a su territorio en la declaración de Filadelfia. El James Madison mencionado como el actual presidente de los Estados Unidos está viviendo en el exilio en Suiza. Su supuesto antecesor en el cargo, Thomas Jefferson, fue el autor de la Declaración rebelde, escapó a la Habana después de la derrota y murió, años después en el Principado de Lichtenstein.

Me resultó muy divertido descubrir que nuestro viejo amigo el Cardenal Talleyrand, sin titulo eclesiástico, ocupará el cargo de jefe asesor del usurpador Bonaparte. Siempre he creído que Su Eminencia es el tipo de sujeto que siempre cae de pie y tiene los escrúpulos necesarios para ser Primero Ministro tanto de Dios como del Diablo.

Estoy desconcertado por uno de los nombres que se menciona con frecuencia en esos fantásticos papeles. El General Inglés, Wellington. No tengo ni las mas remota idea de quien puede ser esta persona.

El honor es mío.

Sir Arthur Wellesley

FIN