El hombre de cristal

Por Edward Page Mitchell

I

Iba caminando rápido cuando di vuelta en dirección a la Quinta Avenida desde una de las calles que la cortan cerca del viejo reservorio, eran las once y cuarto de la noche del 6 de noviembre de 1879 cuando de repente tropecé con un individuo que venía caminando en la dirección contraria.

Era un esquina muy oscura. No podía distinguir nada de la persona con la que había tenido el honor de tropezar. Sin embargo, la rapidez de mi mente, entrenada en el pensamiento inductivo me permitió obtener varios elementos acerca de esta persona antes de que incluso pudiera recuperarme de la conmoción del encuentro.

Estos eran algunos de esos hechos: era un hombre mas pesado que yo, y con piernas mas resistentes, pero medía exactamente 10 centímetros menos. Llevaba un sombrero de seda, una pesada capa de lana, y zapatos o botas de goma. Tenía aproximadamente treinta y cinco años, nacido en América, educado en una universidad alemana, Heidelberg o Freiburg, siempre andaba apurado, pero era considerado y cortes en su trato con otros. No estaba exactamente contento con la sociedad, había algo en su vida o en ese momento en particular que deseaba ocultar.

¿Cómo supe todo eso cuando ni siquiera había visto al extraño, y apenas se le había escapado un monosílabo? Bueno, supe que era mas robusto y mas resistente porque fui yo y no él quien retrocedió en el choque. Supe que yo era diez centímetros mas alto porque la nariz aun me ardía por haber chocado contra el ala de su sombrero. Mi mano, involuntariamente elevada, hizo contacto con el borde de su capa. Tenia botas de goma porque no pude oír sus pasos. Para una persona con un oído como el mio, el tono de voz era tan revelador como una arruga en el rostro para determinar la edad de una persona. En los primeros segundos que prosiguieron al choque, lo oí musitar “¡bestia!”, un término que en esa época solo se le ocurriría a un alemán. La pronunciación gutural, sin embargo, me indicó que el hablante era americano-alemán y no alemán-americano, y que su educación alemana se había desarrollado al sur del río Main. Ademas, el tono de caballero y académico se dejo entrever aun entre la iracunda reacción. Eventualmente concluí que si bien el caballero no tenia prisa, si anhelaba, por alguna razón, permanecer anónimo. Escuchó silenciosamente mis disculpas, se inclino para levantar mi paraguas, me lo devolvió y siguió su camino tan silenciosamente como había recorrido el trayecto que lo llevo a tropezar conmigo.

Me propuse a comprobar mis conclusiones lo mas pronto posible. Así que di media vuelta hacia la calle lateral y seguí al extraño que ya debía estar por llegar a la lampara de mitad de cuadra. Lo cierto es que, no iba a mas de cinco segundos detrás suyo. No había otro camino que hubiese podido tomar. Ninguna puerta se había abierto a lo largo del trayecto. Pero sin embargo, cuando llegamos a la luz de la lampara, la forma que debía estar frente a mi, no estaba. Ni el hombre ni su sombra eran visibles.

Me apresuré hasta la siguiente lampara de gas, me detuve bajo ella y escuche. La calle estaba aparentemente desierta. Los rayos de luz de flama amarilla apenas si se adentraban en la oscuridad. Sin embargo, los escalones y el umbral de la casa marrón ubicada justo frente a la lampara recibía apenas la iluminación necesaria. Las figuras doradas sobre la puerta la diferenciaba de las demás. Reconocí la casa: el número me resultaba familiar. Mientras esperaba ahí, bajo la luz de lampara de gas, escuché un ligero ruido que venía de los escalones, el clic de una llave en la cerradura. La puerta del vestíbulo se abrió lentamente para luego cerrarse de un golpe, de forma tal que el eco reverbero en toda la calle. Inmediatamente después, se escuchó el sonido de otra puerta abrirse y cerrarse dentro de la casa. Nadie había salido. Y, hasta donde mis ojos podían atestiguar nadie había entrado.

Con la idea fija de que había poco material para una aplicación exacta del proceso inductivo, me quede un largo tiempo intentando descifrar la filosofía detrás de tan extraño suceso. Sentí esa vaga sensación de lo inexplicable, casi hasta el punto de sentirme atemorizado. Fue un alivio cuando escuche pasos en la vereda opuesta y me volví para ver a un policía, que caminaba con el bastón a cuestas y me observaba.

II

Esta casa marrón chocolate, cuya puerta frontal se había abierto y cerrado a medianoche sin la intervención de una persona, me resultaba, como he mencionado antes, muy familiar. Era la misma casa que había dejado diez minutos atrás, luego de pasar una velada con mi amigo Bliss y su hija Pandora. Era el tipo de casa en la que cada piso es un hogar en si mismo. El segundo piso, o mejor dicho, el apartamento del segundo piso, estaba habitado por Bliss desde su regreso del extranjero, es decir, desde hace doce meses. Tenía un gran aprecio por Bliss porque tenía un gran corazón, pero también lo compadecía  por su mente ilógica y tan poco científica. A Pandora la adoraba.

Deberás entender que mi admiración por Pandora era una causa perdida, y no solo era una causa perdida sino que era la madre de todas las causas perdidas. En nuestro circulo de amistades existía un pacto implícito que debía respetarse a toda costa respecto a la particular condición de la joven,  era un mujer coqueta que había desposado un recuerdo. Adorábamos a Pandora, moderadamente, sin pasión, solo lo suficiente para alimentar su coquetería sin escoriar la abrazada superficie de su corazón de viuda. Por su parte, Pandora se conducía con la misma propiedad. No se comprometía plenamente con su coqueteo, los administraba tan bien que podía retirarlos por completo apenas se sintiese apesadumbrada por sus tristes recuerdos.

No estaba mal visto que intentásemos convencer a Pandora que le debía a su juventud y su belleza el cerrar ese capitulo de su vida y seguir adelante, que le pidamos respetuosamente que debía vivir en el presente y no en el pasado. Si estaba mal visto sin embargo, insistir en el asunto una vez que ella hubiese anunciado que esto le resultaba imposible.

No conocíamos bien los detalle del trágico episodio ocurrido durante la travesía europea de la Señorita Pandora. Sabíamos, en forma vaga y poco precisa, que se había enamorado en el extranjero, que habia tenido un discusion sobre una trivialidad, y entonces él desapareció. Nunca supo que fue de él y se sintió culpable por haberlo ahuyentado por un capricho. Bliss me había contado algunos hechos esporádicos, que no cuajaban lo suficiente como para reconstruir una versión de los hechos. No había razones para creer que el amante de Pandora se hubiese suicidado. Su nombre era Flack. Era un hombre de ciencia. Bliss pensaba que era un idiota y a su vez creía que Pandora era una idiota por penar por él. Pero Bliss creía que todos los hombres de ciencia eran idiotas en mayor o menor medida.

III

Ese año asistí a la cena de Acción de Gracias en la casa de los Bliss. Esa noche intente maravillar a los asistentes con la serie de misteriosos eventos de la noche en que tropecé con el extraño. La historia no tuvo el efecto que había previsto. Dos o tres personas insufribles intercambiaron miradas. Pandora, que estaba mas pensativa que de costumbre, me escuchó con aparente indiferencia. Su padre, en su estúpida inhabilidad para captar algo por fuera de su área de conocimiento, se rió descaradamente, fue tal el fracaso que hasta se llegó a dudar de mi capacidad como observador de tal fenómeno.

Un poco molesto y quizás con un poco de descreimiento en mi propia historia, inventé una excusa para retirarme temprano. Pandora me acompaño hasta el umbral. “Tu historia,” me dijo, “me resultó extrañamente interesante. Yo también he presenciado sucesos extraños en los alrededores de esta casa que le sorprenderían. Creo que tengo algo de experiencia en esto. La tristeza de mi pasado proyecta apenas un destello de luz, pero no nos apresuremos. Sería bueno que llegue al fondo de este asunto, hágalo por mi.”

La joven suspiro y me deseo las buenas noches. Creí oír un segundo suspiro, mas fuerte que el suyo, y demasiado distinto para ser un reverberación.

Empecé a bajar los escalones. Cuando iba a mitad de camino, sentí la mano de un hombre que se posaba pesadamente sobre mi hombro desde atrás. Mi primera idea fue que era Bliss, que me había seguido para disculparse por haber sido grosero conmigo. Me di vuelta para recibir su amistosa propuesta. Pero no había nadie a la vista.

La mano volvió a tocarme el brazo. A pesar de mi filosofía, me estremecí.

Esta vez, la mano me jalaba gentilmente la manga del abrigo, como invitándome a subir las escaleras. Subí uno o dos escalones, y la presión en mi brazo disminuyo. Me detuve, y la silenciosa invitación se repitió con una urgencia que despejó cualquier duda sobre su intención.

Subimos juntos las escaleras, la presencia me guió y yo le seguí. ¡Que extraordinaria travesía fue esa! Los pasillos estaban iluminados por lamparas de gas. Pero mis ojos me decían que yo era la única persona subiendo esa escalera. Cerré mis ojos, la ilusión, si se la podía llamar ilusión, era perfecta. Podía escuchar el crujir de la escalera delante mio, el suave pero distintivo sonido de pisadas sincronizadas con las mías, incluso podía oír la regular respiración de mi compañero y guía. Extendí mi brazo, pude tocar y sentir la textura de sus vestimentas, era una pesada capa de lana forrada con seda.

De repente, abrí los ojos. Insistieron en decirme que estaba completamente solo.

Este problema se presento entonces en mi mente: cómo podía determinar si la visión me engañaba, mientras que mis sentidos del oído y el tacto me informaban correctamente, o si los oídos y el tacto mentían, y los ojos me decían la verdad. ¿Quién podía arbitrar cuando los sentidos se contradecían los unos a los otros? ¿La razón? La razón se inclinaba a pensar que la presencia era un ser inteligente, cuya existencia era completamente negada por los mas confiables de mis sentidos.

Llegamos al ultimo piso de la casa. La puerta que nos sacaba del pasillo se abrió ante mi, en apariencia por sí sola. Una cortina en el interior se corrió aparentemente sola y se mantuvo así para darme paso a un apartamento donde el ordenamiento de los muebles hablaba por sí mismo, buen gusto y hábitos académicos. Leños ardían en la chimenea. Las sillas de salón eran amplias y en apariencia cómodas. No había nada en esa habitación fuera de lo ordinario, nada extraño, nada que lo distinguiera a una habitación amueblada en cualquier otra casa.

Para ese entonces mi mente ya había descartado la ultima sospecha de actividad sobrenatural. Este fenómeno no era quizás, inexplicable sino por el momento solo misterioso. Mi anfitrión tenia una disposición por demás amistosa. Observé con perfecta calma una serie de manifestaciones de energía independiente de parte de objetos inanimados.

En primer lugar, una silla turca se arrastró a sí misma desde la esquina hasta el centro de la habitación. Luego, una silla inglesa hizo lo mismo desde otra esquina y avanzó hasta colocarse exactamente frente a la otra. Una pequeña mesa de tres patas se levantó unos centímetros del suelo y se ubicó entres ambas sillas. Un libro grueso abandonó su lugar en un estante y navegó tranquilamente a través del aire a un metro y algo de altura y descendió cuidadosamente sobre la mesa.  Una pipa de porcelana cuidadosamente pintada se descolgó de una gancho en la pared y se sumó al libro. Una caja de tabaco pegó un salto de la repisa. La puerta de un gabinete se abrió y de ella salió un decantador y copas de vino que hicieron el viaje juntas y llegaron simultáneamente al mismo destino. Todo en la habitación estaba impregnado con un espíritu de hospitalidad.

Me senté en la silla cómoda, me llené la copa con vino, encendí la pipa y examiné el libro. Era el Manual de Histología Bussius de Viena. Cuando volví a poner el libro sobre la mesa, se abrió, deliberadamente en la pagina cuatrocientos cuarenta y tres.

“¿No estás nervioso?” pregunto una voz a poco menos de dos metros de mi oído.

IV

Esta voz sonaba familiar. Era la misma que había oído en la calle esa noche del 6 de noviembre, cuando me llamo bestia.

“No,” le dije. “No estoy nervioso. Soy un hombre de ciencia, acostumbrado a lidiar con todo tipo de fenómenos que pueden ser explicados por las leyes de la naturaleza, siempre y cuando hayamos descubierto esas leyes. No, no tengo miedo.”

“Tanto mejor. Eres un hombre de ciencia, como yo…” Aquí la voz asumió un tono mas raspado “… con temple de acero, y amigo de Pandora.”

“Discúlpeme,” interrumpí. “Si va a hablar de una dama sería apropiado que me dijera con quién estoy hablando.”

“Eso es precisamente lo que quiero comunicarle,” replicó la voz, “antes de pedirle un favor muy grande. Mi nombre es o era Stephen Flack. Soy o he sido ciudadano de los Estados Unidos. Mi estado actual es un misterio tanto para mi como puede serlo para usted. Pero soy, o era, un hombre honesto y un caballero, y le ofrezco mi mano.”

No vi su mano. Extendí la mía, sin embargo, y se encontró con un suave y cálido apretón de manos.

“Ahora,” retomó la voz, luego de este silencioso pacto de amistad, “si es tan amable, lea el pasaje que he señalado en el libro sobre la mesa.”

Esta es una rudimentaria traducción de lo que leí en alemán.

Como el color de los tejidos orgánicos del cuerpo depende de la presencia de ciertos principios fundamentales de tercer grado, todos contiene hierro como elemento necesario, se determinó que la tonalidad puede variar de acuerdo a varios cambios físico-químicos bien definidos. Un exceso de hematina en los glóbulos rojos le da a cada tejido un tinte rojizo. La melanina que da color al coroides del ojo, el iris, el cabello, se puede aumentar o disminuir según las leyes recientemente formuladas por Schardt de Basel. En la epidermis, el exceso de melanina te convierte en una persona negra y la deficiencia en albino. La hematina y la melanina, junto con la biliverdina verde-amarilla y el rojo-amarillento de la urokacina, son los pigmentos que le dan color a tejidos que de otra manera serian transparentes o casi transparentes. Condeno mi inhabilidad para registrar el resultado de algunos experimentos histológicos muy interesantes, llevados a cabo por el incansable investigador Fröliker quien encontró la forma de separar la descoloración rosa del cuerpo humano mediante procesos químicos.

“Durante cinco años,” prosiguió mi compañero invisible cuando termine de leer, “fui discípulo y asistente de Fröliker en Freiburg. Bussius apenas abordó el alcance de nuestros experimentos. Alcanzamos resultados que eran tan asombrosos que las autoridades recomendaron no hacerlos públicos, ni siquiera ante la comunidad científica. El pasado Agosto se cumplió un año de la muerte de Fröliker. “

“Tuve fe en la genialidad de este hombre, era un hombre admirable y un gran pensador. Si él hubiese recompensado mi incuestionable lealtad con su plena confianza, hoy no estaría preso de esta desgracia. Pero debido a su innata reticencia sumado a la cautela con la que los sabios custodian los resultados sin verificar, me mantuvo al margen de las formulas esenciales de nuestros experimentos. Como su discípulo, estaba familiarizado con los detalles del trabajo de laboratorio; pero solo el maestro conocía el secreto mas importante. Como consecuencia, he caído victima de la maldición mas terrible que alguna vez haya caído sobre un ser humano desde Caín.”

“Nuestros esfuerzos se dirigieron en primer lugar a la ampliación y variación de la cantidad de materia pigmentaria en el sistema. Por ejemplo, al aumentar la proporción de melanina en el alimento, al llegar a la sangre podíamos convertir a un hombre caucásico en uno de piel negra, pero negra como un africano. No había tonalidad que no hayamos podido conseguir mediante la modificación y variación de las distintas combinaciones. Por lo general era yo el que se sometía a esos experimentos. En distintas oportunidades he sido de color cobre, azul violáceo, carmesí, y amarillo cromado. Durante una exitosa semana lucí en mi cuerpo todos los colores del arco iris. Aun queda un testigo que puede dar fe del interesante carácter de nuestro trabajo durante este periodo.”

La voz hizo una pausa, y unos segundos después hizo sonar una campana de mano que estaba sobre la repisa. De inmediato, un hombre viejo con un apretado kipá en la cabeza apareció en la habitación.

“Käspar,” dijo la voz en alemán, “muéstrale al caballero tu cabello.”

Sin demostrar sorpresa alguna y perfectamente acostumbrado a recibir ordenes como si nada, el anciano criado se inclinó y se quitó el sombrero. Los escasos rizos que reveló eran de un brillante verde esmeralda. Le manifesté mi asombro.

“El caballero aprecia la belleza de su cabello,” dijo la voz, de nuevo en alemán. “Eso es todo, Käspar.”

Se volvió a colocar el kipá, y se retiró con una mirada de satisfacción en el rostro.

“El viejo Käspar era el criado de Fröliker y ahora me sirve a mi. El fue sujeto de prueba de nuestras primeras aplicaciones del proceso. El valioso hombre quedó tan satisfecho con el resultado que nunca nos permitió regresarle el color original a su cabello. Es leal, y mi único intermediario y representante con  el mundo visible.”

“Ahora,” Prosiguió Flack, “a la historia de mi infortunio. El gran histólogo con quien tuve el privilegio de asociarme, volcó su atención a otra rama de investigación aun mas interesante. Hasta ese momento, solo había apuntado a incrementar y/o modificar los pigmentos en los tejidos. Entonces empezó una serie de experimentos ante la posibilidad de eliminar esos pigmentos en su conjunto del sistema, mediante la absorción, exudación, y uso de cloruros y otros agentes químicos que actúan sobre la materia orgánica. ¡Tuvo un éxito arrollador!”

“Nuevamente fui sujeto de prueba de los experimentos que Fröliker supervisó, impartiéndome solo la parte del secreto de este proceso que le resultó inevitable no compartir. Durante semanas permanecí en su laboratorio privado, sin ver a nadie y ser visto por nadie, con excepción del profesor y el confiable Käspar. Herr Fröliker procedió con cautela, observando de cerca los efectos de cada nueva prueba, y avanzando en etapas. Nunca fue tan lejos con un experimento al punto de no poder retroceder a discreción. Siempre mantenía una salida fácil y rápida para revertir el proceso. Por esa razón me sentí perfectamente a salvo en sus manos y me sometí a todo lo que él requería.

“Bajo los efectos de drogas debilitantes que el profesor me administró junto a otros poderosos detergentes, lo primero que hizo fue hacerme pálido, blanco, sin color alguno como un albino, pero sin efectos negativos sobre mi salud. Mi cabello y barba parecían hechos de cristal y mi piel de mármol. El profesor estaba satisfecho con sus resultados, y no fue mas lejos esa vez. Me devolvió a mi color original.

“Durante el siguiente experimento, y en todos los que le siguieron, él permitió que sus agentes químicos se asentaran firmemente en los tejidos de mi cuerpo. No solo me puse blanco, como un hombre remojado en cloro sino ligeramente traslucido, como una figura de porcelana. Esa vez también detuvo su trabajo por un tiempo, me devolvió mi color original y pude regresar al mundo exterior. Dos meses después, ya era mas que traslucido. Has visto esas criaturas que flotan en el mar, las medusas o aguavivas, cuya figura es casi invisible al ojo humano. Bueno, yo era en el aire lo que una medusa era en el agua. Casi perfectamente transparente, fue solo mediante una minuciosa inspección que el viejo Käspar pudo encontrarme en la habitación cuando fue a llevarme alimento. Era Käspar quien velaba por mis necesidades durante los periodos en los que me encontraba recluido.”

“¿Pero y su vestimenta?” pregunté, interrumpiendo el relato de Flack. “Eso debía haber contrastado fuertemente con el tenue aspecto de tu cuerpo.”

“Ah, no,” dijo Flack. “El espectáculo de un conjunto de ropa aparentemente vacío moviéndose por el laboratorio era una imagen demasiado grotesca incluso para el profesor. Para resguardar su solemnidad, se vio obligado a idear la manera de aplicar este proceso en materia orgánica muerta, como la lana de mi capa, el algodón de mis camisas y el cuero de mis zapatos. Así pase a estar equipado con un atuendo en combinaba con mi condición física.

“Fue durante esta etapa de nuestro progreso, cuando habíamos alcanzado la transparencia casi perfecta, y por lo tanto la completa invisibilidad, que conocí a Pandora Bliss.”

“En julio se cumplió un año de eso, la conocí durante uno de los intervalos de nuestros experimentos, en un momento en el que me encontraba con mi apariencia natural, viaje a Schwarzwald a recuperarme. Vi y admire a Pandora por primera vez en la pequeña aldea de San Blasien. Habían venido desde las Cataratas del Rin y viajaban hacia el norte. Di media vuelta y me dirigí hacia el norte. Para cuando llegamos a las montañas de Feldberg ya estaba locamente enamorado de ella. Fue en el Höllenpass que ya estaba listo para sacrificar mi vida por una gentil palabra de sus labios. En el Hornisgrinde, cuando le pedí permiso para arrojarme desde la cima de la montaña hacia las tenebrosas aguas del Mummelsee para probarle mi devoción. Usted conoce a Pandora. Como la conoce no necesito ni siquiera explicarle el porqué de la velocidad de mi enamoramiento. Ella coqueteo conmigo, se rió conmigo, de mi, condujimos juntos, caminamos juntos en senderos a través del bosque, juntos escalamos pendientes tan empinadas que la actividad se convirtió un delicioso y prolongado abrazo; hablamos de ciencia, y sentimientos, escucho mis esperanzas y entusiasmos, se burló de mi, me doblegó completamente a su dulce voluntad, todo esto mientras su prosaico padre descansaba en la cafetería de la posada leyendo periódicos de New York. Pero si ella me amaba o no, es algo que ignoro hasta el día de hoy.

“Cuando el padre de Pandora vio cuales eran mis intenciones y sopeso mis medios de subsistencia, terminó abruptamente con nuestro pequeño idilio. Creo que me ubicó en algún lugar entre malabarista profesional y curandero matasanos. En vano intenté explicarle que iba a ser famoso y probablemente rico. “Cuando sea rico y famoso,” remarcó con una sonrisa, “estaré encantado de verle en mi oficina de la calle Broad” Llevó a Pandora a Paris y yo regrese a Freiburg.”

“Unas semanas mas tarde, durante una brillante tarde de agosto, me pare en el laboratorio de Fröliker y pase inadvertido delante de cuatro personas que estaban a un brazo de distancia de mi. Käspar estaba detrás mio, lavando unos tubos de ensayo. Fröliker con una orgullosa sonrisa en el rostro miraba intencionalmente al lugar donde sabia que yo debla estar. Dos hermanos, profesores los dos, convocados con alguna excusa, discutían sobre alguna trivialidad casi golpeándome con sus codos. Podrían haber oído el latido de mi corazón. “¿A propósito Herr Profesor,” preguntó uno cuando se preparaba para irse, “¿su asistente ya regresó de sus vacaciones?” La prueba fue un éxito.

“Tan pronto estuvimos solos, el Profesor Fröliker tomó mi mano invisible, al igual que tu lo hiciste esta noche. Estaba de buen humor.”

““Querido amigo,” me dijo, “mañana es la coronación de nuestro trabajo. Mañana te presentaras o mejor dicho no te presentaras ante una asamblea del cuerpo docente de nuestra universidad. He telegrafiado invitaciones a Heidelberg, Bonn, Berlin. Schrotter, Haeckel, Steinmetz, Lavallo estarán aquí. Nuestro triunfo será en presencia de los mas grandes físicos de esta era. Será entonces cuando revelaré los secretos de nuestros procedimientos que hasta ahora he mantenido ocultos incluso de ti, mi colaborador y mas confiable amigo. Pero compartiremos la gloria. ¿Me pareció escuchar que un ave del bosque fue apartada de tus brazos? Muchacho, te devolveré tu pigmentación e iras a Paris a buscarla con fama en tus manos y bendiciones de la ciencia sobre tu cabeza.”

“La mañana siguiente, el diecinueve de agosto, antes de que me hubiese levantado de mi catre, Käspar entró corriendo al laboratorio.

“¡Herr Flack! ¡Herr Flack!” dijo agitado. “Herr Doctor Profesor ha fallecido a causa de un derrame cerebral.”

V

El relato había llegado a su fin. Me senté largamente a pensar. ¿Qué puedo hacer?¿Qué podía decir? ¿De qué forma podía ofrecer consuelo a este desdichado hombre?

Flack, el invisible, sollozaba amargamente.

Él hablo primero. “¡Que difícil, difícil, difícil! No hay crimen a los ojos del hombre, ya que no hay pecado ante los ojos de Dios, he sido condenado a un destino diez mil veces peor que el infierno. Debo caminar por la tierra, un hombre como cualquier otro, con la capacidad de vivir, de ver y de amar, a la vez que entre mi persona y todo lo que vale la pena en la vida se levanta una barrera fija para toda la eternidad. Incluso los fantasmas tienen forma. Mi vida es la de un muerto viviente; mi existencia quedará en el olvido. Sin amigos que me miren a la cara. Jamas podre volver a abrazar a la mujer que amo, hacerlo solo le inspiraría un terror inexpresable. La veo casi todos los días. A menudo le rozo el vestido cuando pasa junto a mí en las escaleras. ¿Alguna vez me amo? ¿Aun me ama? ¿Es que acaso la respuesta a esa pregunta haría mas cruel esta maldición? Aun así lo he traído aquí para contarle la verdad.”

Entonces, cometí el error mas grande de mi vida.

“¡Anímese!” le dije. “Pandora siempre lo ha amado.”

Por el repentino vuelco de la mesa supe con que vehemencia Flack se había puesto de pie. Sus manos me tomaron por los hombros con firmeza.

“Si,” continué; “Pandora ha sido fiel a su memoria. No hay razones para desesperar. El secreto del proceso de Fröliker murió con él, pero ¿por qué no podría ser re descubierto mediante inducción y experimentación ab initio con la asistencia que usted pueda proporcionar? Tenga valor y esperanza. Ella lo ama. En cinco minutos puede escucharlo de sus propios labios.”

Ningún chillido de dolor que había oído antes era la mitad de patético que este salvaje llanto de felicidad.

Bajé rápidamente por las escaleras y convoqué a la Señorita Bliss al corredor. Le expliqué la situación brevemente. Para mi sorpresa, no se desmayo ni le agarro un ataque de histeria. “Ciertamente, lo acompañare,” me dijo, con una sonrisa que entonces no pude interpretar.

Me siguió hasta la habitación de Flack, escrutando tranquilamente cada rincón del apartamento, con la sonrisa fija aun en su rostro. El nivel de compostura que manejaba era como si hubiese entrado a un salón de fiestas. No manifestó asombro ni terror, en absoluto, cuando manos invisibles la tomaron de la mano y se la cubrieron de besos utilizando labios invisibles. Escuchó con total tranquilidad el torrente de palabras amorosas que mi desafortunado amigo le vertió en los oídos.

Observé la extraña escena, perplejo e incomodo.

Rápidamente la Señorita Bliss le retiró la mano.

“Ya esta bien Sr. Flack,” dijo con una ligera risa, “es usted demasiado demostrativo. ¿Acaso adquirió ese habito en el continente?”

“¡Pandora!” lo escuche decir a él, “No lo entiendo.”

“Quizás,” Prosiguió ella con calma, “lo consideres uno de los privilegios de tu invisibilidad. Déjame felicitarte por el éxito de tu experimento. Que hombre tan inteligente es tu profesor… ¿cómo era su nombre? Puedes hacer una fortuna exhibiendo tu habilidad.”

¿Era esta la misma mujer que había sufrido de manera inconsolable durante meses por la perdida de este hombre? Me quede estupefacto. ¿Quién podría empezar a comprender los motivos de esta mujer? ¿Qué tipo de ciencia es lo suficientemente concisa para desenmarañar tan inadmisibles caprichos?

“¡Pandora!” exclamó nuevamente y esta vez sonaba confundido. “¿Qué significa esto? ¿Por qué me recibes de esta manera? ¿Es todo lo que tienes para decirme?”

“Creo que es todo,” respondió en forma relajada mientras se movía hacia la puerta. “Eres un caballero y no necesito pedirle que no siga molestándome con estas tonterías.”

“Tienes el corazón de piedra,” le susurre mientras pasaba junto a mi y salia de la habitación. “No eres digna de él.”

El llanto desesperado de Flack alertó a Käspar quien se presento de inmediato. Con el instinto adiestrado por un prolongado y leal servicio, el anciano fue directo al lugar donde se encontraba su maestro. Lo vi manotear el aire, como intentando sostener al hombre invisible pero con dificultades para encontrarlo. Lo aparto violentamente hacia un costado. Se incorporó y se paró en silencio a escuchar, con el cuello estirado y el rostro pálido. Entonces salio corriendo por la puerta y bajo rápidamente las escaleras. Lo seguí.

La puerta de la calle estaba abierta. En la vereda Käspar dudo un par de segundos. Hasta que finalmente giró hacia el oeste y salió corriendo por la calle con tal velocidad que tuve muchas dificultades para alcanzarlo.

Era cerca de la medianoche. Cruzamos avenida tras avenida. Un inarticulado murmullo de satisfacción salio de los viejos labios de Käspar. Un poco mas adelante vimos a un hombre de pie en la esquina que súbitamente era empujado al suelo. Nos apresuramos, sin disminuir nuestro ritmo. En ese momento escuché pisadas a corta distancia que venían rápidamente hacia nosotros. Me aferré al brazo de Kaspar. El asintió.

Casi sin aliento, entendí que ya que no estábamos en una calle pavimentada, sino sobre tablas y rodeados por un grandes pilas de leña. Ya no habían lamparas en la calle, solo el oscuro vació. Käspar hizo el ultimo esfuerzo y corrió para alcanzarlo. Lanzó un manotazo, erró, cayó de espaldas y gritó horrorizado.

Un apagado chapuzón se escuchó en las oscuras aguas del río a nuestros pies.

El Día que la Estrella Verde se Apagó

Por Nictzin Dyalhis

Ron Ti era nuestro mas grande científico. Lo que significa que era el mejor en nuestro universo conocido, ya que nosotros en el planeta Venhez somos la avanzada en relación a otros mundos ya que nuestra civilización es la mas antigua y avanzada.

Nos ha convocado a nosotros siete para una reunión en su “taller”, como suele llamar a su laboratorio experimental. Fueron convocados; Hul Jok, el gigantesco Comandante de las Fuerzas de Defensa Planetaria; Mor Ag, quien sabia todo lo que había que saber sobre tipos, lenguajes y costumbres de los moradores de cada uno de los principales planetas; Vir Dax quien salvo resucitar a un muerto, hacia maravillas con sus extrañas pociones, medicinas y formulas; Toj Qul, agudo de mente, de modales suaves, el único Venheziano que podía “persuadir a un ave de volar”, como dice el refrán, nuestro Jefe de Diplomacia para Asuntos Interplanetarios; y Lan Po, cuyo talento era peculiar, ya que al escuchar a alguien, ya sea Venheziano, Markhuriano, o del lejano Ooranos, planeta de lo inesperado, Lan Po podía, reitero, decir si esa persona decía la verdad o mentía descaradamente. No, incluso sabia cuando alguien omitía la verdad mientras escuchaba atentamente la mentira pronunciada. Un hombre valioso pero que a veces incomodaba tener cerca.

Por ultimo, yo, cuya única distinción era una bastante pobre, ya que era el labrador de registros, un escritor de acciones ajenas. Incluso personas como yo tenemos nombres, y el mio es Hak Iri.

Ron estaba extasiado, se le notaba aun detrás de sus maneras casuales e indiferentes. Él es así. El resto de nosotros estábamos francamente intrigados, todos excepto el condenado Lan Po. Se lo veía con una leve sonrisa de superioridad, como diciendo “¡No hay misterio para mi!”

Amo a ese muchacho como a un hermano, ¡pero hay momentos en los que siento un ardiente deseo de arrancarle la cabeza!

Ron se paró frente a un gigantesco dial. Ahora esto no es un registro de su invención, sino un recuento de la extraña aventura en la cual nosotros siete estábamos a punto de embarcarnos debido a lo que ese dispositivo estaba a punto de revelar. Así que no haré el intento de hacer una descripción minuciosa, solo diré que tenía forma de disco, con el símbolo de los principales planetas tallado en los bordes exteriores a intervalos regulares, y desde el centro colgaba un señalador que en ese momento marcaba un espacio en blanco.

“Escuchen,” ordenó Ron, y llevó el señalador hasta el símbolo que representaba a  nuestro propio mundo.

Instantáneamente, irrumpió en el tranquilo cuarto todos los sonidos de la diversificada existencia con la cual los Venhezianos estamos familiarizados. Los seis escuchamos atentamente y asentimos en señal de comprensión.Este principio científico nos era familiar, ya hemos tenido este tipo de dispositivos, mucho mejores que este, de hecho nuestro planeta estaba sintonizado por uno que podía y de hecho lo hacia, registrar cada suceso, escena, o sonido del lugar, a cualquier distancia, independientemente de los obstáculos sólidos que hubiese en el camino. Pero este artefacto, tenía los símbolos de todos los mundos habitados. ¿Podría ser acaso que…?

Ron hizo girar el señalador hasta el símbolo de Markhuri, y de inmediato el alboroto chillón que caracterizaba a las personas de ese mundo, nerviosos y volátiles aunque gentiles, bombardeó nuestros oídos.

Planeta tras planeta, cercanos y lejanos, nos sintonizamos, a pesar del espacio, hasta que Ron giró el señalador en dirección al símbolo de Therra.

El resultado fue el silencio.

El aspecto de Ron era significativo. Era alarmante en sí mismo. Nos miramos los unos con los otros, y reflejábamos la misma ansiedad, la misma preocupación que cada uno experimentaba.

Algo muy malo le había sucedido a nuestro vecino, eso ya lo sabíamos, ya que durante muchos años la luz verde de Therra se había debilitado perceptiblemente. No le prestamos demasiada atención en un principio, ya que según leyes interplanetarias, los moradores de cada planeta deben permanecer en sus mundos, a menos que su presencia fuese requerida en otro sitio. Una idea notable, si uno se detiene a pensar. Y nadie había llamado a nuestro mundo o a cualquier otro desde Therra, así que lo atribuimos a una causa estrictamente natural, algo que, sin lugar a dudas, los Therranos eran perfectamente capaces de controlar sin asistencia o interferencia externa.

Año tras año la luz verde menguaba en el cielo nocturno hasta que finalmente se desvaneció por completo.

Quizás sufrió cambios atmosféricos. La vida, incluso, puede haberse extinto por completo en Therra, por lo que nadie sobrevivió para comunicarse con alguien de cualquier otro mundo habitado de la Cadena Planetaria, pero es muy poco probable, a menos que la catástrofe fuera instantánea, y en cuya caso debería haber sido muy violenta. Algo tan tremendo debería haber sido registrado de inmediato por instrumentos de todas partes del universo.

Pero ahora, la invención de Ron Ti nos señalaba un aspecto muy serio de la cuestión. Ya que si Therra, seguía ocupando su antiguo lugar, y sabíamos a ciencia cierta que esto era así, ¿entonces qué había detrás de este doble velo de silencia e invisibilidad?

¿Qué peligro amenaza el universo? Lo que sea que haya ocurrido en un planeta puede ocurrir en otro. Y si por esas circunstancias de la vida Therra estuviese destruido, el delicado balance del universo seria gravemente afectado, incluso destruido por completo, y Markhuri, tan cerca del sol, podría convertirse en una ruina ardiente.

Luego, un horror detrás de otro, hasta que el caos y la vieja noche volvieran a predominar, y el desconocido propósito de la Gran Mente fuese…

Oh, ¡pero tales pensamientos nos llevaran a la locura! ¿Qué podemos hacer? Necesitamos recuperar la cordura.

“¿Entonces?” demando Hul Jok, el pragmático. “¿Qué piensas hacer al respecto, Ron?”

¡Típico de Hul Jok!. Era el mejor amigo de Ron y su mas ferviente admirador. Conocía las habilidades científicas de Ron y creía firmemente que si Venhez se partiera al medio, en menos de una hora Ron Ti sellaría la ruptura, y la soldaría tan bien que ninguna inspección podría siquiera encontrar rastros de la ruptura. Pero en ese sentido, todo mundo en Venhez pensaba lo mismo sobre las habilidades de Ron Ti, por lo que Hul Jok no era para nada original.

“Este es un asunto para el Concejo Supremo,” respondió Ron con seriedad. “Propongo que los siete obtengamos permiso para visitar Therra a bordo de uno de los grandiosos Torpedos del Ether, necesitamos credenciales del Concejo que explique el porqué de la incursión y de ser posible, intentar averiguar si este asunto merece la interferencia o no.”

Lo que sucedió luego es un poco obvio y no necesita demasiado registro. Cuando personas tales como Ron Ti y Hul Jok elevan un pedido al Concejo Supremo es claro que es por necesidad y no por placer. El concejo lo vio de esa manera, y les dio luz verde.

Empezamos tan pronto como nos fue posible.

El grandioso Torpedo del Ether surcó el espacio con un vuelo parejo y ligero, con Hul Jok al mando. ¿Quién mejor para ese trabajo? ¿Acaso no era él nuestro príncipe de guerra, experto en cualquier dispositivo conocido en el campo de la ofensa y la defensa? De seguro, él, que con su mente brillante podía dirigir flotas enteras y ejércitos era la opción mas lógica para manejar una sola nave, pilotearla, guiarla y si fuese necesario, combatir con ella.

Con esto en mente le pregunte informalmente aunque con curiosidad.

“Hul Jok, si los Therranos resienten nuestra investigación, y nos expulsan ¿que harás?

“¡Correr!” dijo con una sonrisas el gigante.

“¿No pelearas si nos atacan?”

“hmm!” dijo refunfuñando. “¡Eso es diferente! No hay raza en ningún planeta que pueda alardear de atacar un Torpedo del Ether de Venhez con impunidad. Por lo menos,” agregó, con determinación, “no mientras Hul Jok tenga el emblema de la Cruz Infinita en su pecho!”

“¿Y si hubiera pestilencia?” insistí.

“Vir Dax sabrá que hacer mejor que yo,” Respondió en seco.

“Y si…” Volví a insistir, pero el gigante retiro una mano de los controles y como una garra me tomo del hombro con sus gruesos dedos, casi me lo destroza.

“Y si,” gruño “no dejas de parlotear cuando estoy en servicio, te aseguro que te arrojaré por la abertura de la torre cónica hacia el espacio, y ahí podrás formar una órbita propia como un pequeño planeta que se paso de listo. ¿He respondido tu pregunta?”

Si lo había hecho. Le sonreí, ya que conocía a nuestro gigante, y el me devolvió la sonrisa. Pero tenía razón, después de todo, las especulaciones son el intento de los necios de predecir el futuro. Mejor esperar y ver la realidad.

Y en cuanto a las conjeturas, nadie podría haber tenido una pesadilla tal como la que encontramos cuando llegamos a nuestro destino.

Un resplandor rojizo opaco y débil pero al mismo tiempo estridente nos informó que estábamos llegando a destino. Era en efecto, la atmósfera Therrana, solo que mas gruesa, lodosa, casi viscosa, como un humo húmedo y pastoso.

Era tan denso, que de hecho, tuvimos que aminorar la velocidad de nuestro Torpedo del Ether para reducir la intensa fricción generada por nuestra ingreso  ya que podía fundir las placas casi infundibles de metal Berulio de las cuales estaba hecha nuestra nave. Mientras mas cerca estábamos de la superficie, mas lento debíamos proceder por la misma razón.

Pero finalmente nos deslizamos lentamente, sobrevolamos la superficie y, encontramos una desolación como nunca habian visto nuestros ojos. Casualmente nos acercamos al planeta en el lugar donde alguna vez se había erigido una gran ciudad. Se había erigido, he dicho, ya que ahora no era mas un montón de ruinas, con la excepción de uno o dos edificios desperdigados aquí y allá, pero incluso estos, estaban en su ultima etapa de deterioro, listos para sucumbir de un momento a otro.

De hecho, oímos el colapso de uno de ellos, cayo con un sonoro estruendo debido a las vibraciones de nuestra nave al pasar.

En vano hicimos sonar la sirena, no había signos visibles de vida, nos esforzamos mucho para tener esperanzas. Pero era una ciudad muerta. ¿Seria así en todo el planeta Therra?

Dejamos atrás esta reliquia de un grandioso pasado y llegamos a campo abierto. La misma desolación mortal prevalecía también allí. No había signos de civilización, ni rastros de vida alguna, ni aves ni animales ni personas. No había evidencia visible de cultivos e incluso la vegetación silvestre de cualquier tipo era poca o nula. No había nada mas que tierra marrón y gris, y rocas descoloridas, con algunos arbustos grisáceos desperdigados y aislados.

Llegamos eventualmente a una pequeña cadena montañosa, rocosa, lúgubre, y deprimente a la vista. Fue mientras sobrevolábamos bajo sobre este lugar que vimos agua por primera vez desde que llegamos a Therra. En un amplio valle observamos una lento y plomizo fluido que serpenteaba a lo largo del lugar.

Ron Ti, que entonces estaba en los controles, hizo un exitoso aterrizaje. Este valle, especialmente en las orillas del arroyo, era el lugar mas fértil que habíamos visto hasta entonces. Allí crecían algunos arboles bastante altos, y en algunos lugares se veían matas y matorrales de arbustos verde pálidos casi tan altos como Hul Jok o incluso mas altos. Pero tanto los troncos como los arbustos estaban cubiertos con hongos, rojo opaco, purpura furioso y amarillo estridente, al cual Vir Dax, caratulo como venenoso al tacto y al gusto apenas verlo.

Aquí encontramos vida, o lo que pasaba por vida. Yo la encontré, y menuda bienvenida me dio esa horrible cosa. Tenía la apariencia de una masa amorfa y pulposa de un despreciable color azul, medía dos veces la altura de Hul Jok, y tenía un orificio triangular que hacia de boca donde exhibía colmillos color escarlata, esas fauces se encontraban en el centro de su cuerpo hinchado. Dos óvalos malignos, opacos y plateados que hacían el papel de ojos se ubicaban en las comisuras de la boca.

Fue afortunado que, siguiendo las ordenes de Hul Jok llevara mi Blaster apuntando delante mio, ya que cometí el fatal error de aventurarme hacia la monstruosidad a la vez que este horrible bulto se deslizaba hacia mi, ¿cómo se movía? No lo se ya que no vi piernas ni alas, estaba a punto de caer sobre mi, pero instintivamente saque el pequeño Blaster y la horrenda criatura se desvaneció, excepto por pequeños fragmentos, destruida hasta la nada por las vibraciones emitidas por ese poderoso pequeño desintegrador.

Era la primer vez que usaba una de esas terribles armas, y quede paralizado por lo instantáneo de su efecto.

El Blaster no hizo ruido, nunca lo hace, tampoco los Blasters- Ak que son las armas equipadas en el Torpedo del Ether, pero esa horrenda cosa que había eliminado se convirtió en un siseo burbujeante que lentamente iba recuperando su forma original, el resto de nuestro grupo vino corriendo hasta mi posición y me encontraron temblando de la excitación, Hul Jok lo llamó miedo pero se equivocaba. Me preguntaron que había encontrado.

No hubo tiempo para responder ya que poco después, Hul Jok encontró otro y nos llamó a todos para que viéramos, le arrojó una roca del tamaño de su cabeza, le dio justo en el medio de la boca, la roca se desvaneció dentro y fue aparentemente bien recibida, ya que la pesadilla apenas se inmutó, se sacudió un poco y siguió ahí. Hul Jok intentó con otra roca pero tuvo la mala fortuna de golpear a su pequeña mascota en el ojo, se movio hacia nosotros a una velocidad increible, poco tenia que envidiarle a un rayo, pero reaccionamos a tiempo y los siete Blasters enviaron a esa criatura del horror a cualquiera sea el limbo de donde hubiese salido. Lo desintegramos en pleno vuelo. Incluso Hul Jok había visto suficiente después de esto, de ahí en mas se limito a apuntarles con el Blaster y presionar el gatillo, en lugar de intentar conocer sus reacciones.

Pero eso fue, después de todo, la única forma de vida que encontramos en ese valle, aunque no pudimos averiguar de que se alimentaban esas criaturas, a menos que devoraran a su misma especie.

Encontramos mas de su especie en otro lugar, esas masas amorfas resultaron inmunes a nuestros Blasters y finalmente descubrimos de qué se alimentaban. ¡Pero me estoy adelantando, todo a su debido tiempo!

Pasamos un tiempo en ese valle, pero al no encontrar nada nuevo, nos subimos a la nave y sobrevolamos las montañas, solo para encontrar mas montañas y algun que otro valle.


 Tiempo después llegamos a un valle mucho mas grande que habíamos visto hasta entonces. Este era, a diferencia del otro, una planicie entre dos cadenas montañosas, o, para ser mas precisos un llano donde la cadena se dividía y formaba un gigantesco ovalo, para luego reunirse y continuar la cadena.

Aquí volvimos a aterrizar donde una pequeña arboleda nos daba cubierta para ocultar el Torpedo del Ether, en caso de que, quien sabe, de que algo pasara. Pero entre nosotros circulaba con pesada certeza que estábamos en un lugar que potencialmente perjudicial para nuestra existencia.

¿Por qué? No lo sabíamos, pero cada uno de nosotros lo sentía, lo sabía, y hasta cierto punto, lo temíamos, ya que aun los mas valientes le temían a lo desconocido.

Fue MoR Ag quien enunció las palabras que guiaron nuestras acciones.

“Si Therra estuviera habitada, en el estricto sentido de la palabra” había dicho, sentenciosamente, “la gran ciudad en ruinas que acabamos de ver no sería una ruina sino un lugar rebosante de vida y actividad como era la costumbre de los Therranos antes de que la luz de la Estrella Verde menguara. Por lo que, si hay alguno seguía aun con vida, estará en el campo abierto y es ahí donde debemos buscarlos. Hasta que podamos confirmarlo, estos lugares no son lo que parece.”

Cuanta razón tenía, rápidamente esto se convirtió en un manifiesto.

La sombría y completa oscuridad de la noche lentamente le dio lugar a la pálida y tenue luz del día, aunque la luz solar no brillara realmente, y mientras juntábamos nuestros Blasters y demás equipamiento, preparando para seguir, Toj Qul levantó su mano en señal de advertencia.

No hubo necesidad de un discurso. Todos oímos lo mismo. Creo que hasta los muertos deben haber oído ese infernal y disonante estruendo cada vez que sonaba. ¿Describirlo? No hay palabras para describirlo.

Cuando nuestros oídos de alguna manera se recuperaron del shock, Vir Dax sacudió la cabeza.

“Uff” exclamó. “Escuchar eso tan seguido nos va a volver locos.¡Es una agonía!”

“Quizás,” gruñó Hul Jok. “Pero ya me volví loco, ¡loco de curiosidad! ¡vamos!”

El era el comandante. Lo seguimos, dejando el Torpedo del Ether desprotegido. Pero nunca volvimos a cometer semejante tontería.

 Avanzamos cautelosamente, desperdigados en linea, cada uno manteniendo en vista al otro. El ruido había venido desde el norte de la planicie, y hacía allá nos dirigimos. Por ahora cubiertos por los arboles y arbustos.

Al unisono nos detuvimos repentinamente, nos reagrupamos, sorprendidos, horrorizados y sin poder creerlo.

Estábamos en el limite de los arbustos altos y ante nosotros se extendía un claro abierto a los pies de un precipicio de piedra, que se elevaba aproximadamente diez veces la altura de un hombre alto.

A mitad de camino sobresalía una formación de roca que se extendía sobre toda la cara occidental del acantilado y terminaba en la cara oriental, a intervalos regulares podíamos distinguir aberturas grandes y rectangulares, cubiertas o selladas por puertas de algún metal opaco y plomizo.

¡Todo el espacio entre los arbustos y el pie del acantilado estaba ocupado por la misma especie de monstruosidades que habíamos encontrado antes! Estaban ahí, expectantes, en apariencia, ya que su atención se centraba en la cima de la formación rocosa.

Una puerta cerrada en el extremo occidental se abrió y una procesión emergió de ella. Por fin habíamos encontrado, “¡Gran Poder de la Vida!” blasfemó Mor Ag . “¡Esos seres nos son Therranos!”

Y tenía razón, ¡Therra jamas había producido seres semejantes como los que estábamos contemplando!

¡Tenían rostros y no tenían rostros! ¡Tenían forma pero eran amorfos!. ¿Cómo podría describirlos cuando están mas allá de toda descripción!? Estamos acostumbrados a ciertos tipos de formas y rostros, concretos y cohesivos, y ¡estos eran inconclusos! Su aspecto cambiaba constantemente, se estiraban, se contraían, se expandían y ampliaban. Por momentos la parte baja de uno de estos seres parecía desvanecerse mientras la parte de arriba seguía siendo visible, y viceversa.

El frente se desvanecía instantáneamente dejando solo su parte de atrás, solo para revertirlo de inmediato. O desaparecía el lado izquierdo dejando el derecho, entonces, imagínense ustedes. He dicho suficiente.

Esta imagen me provocó mareos, ¡provocó a Mor Ag porque no podía nombrarlos! Enfureció a Hul Jok, le ardía el deseo de atacar la multitud y destruirlos a todos, por qué, no podía explicarlo, el solo hecho de mirarlos le hacia sentir de esa manera.

Ron Ti se controlaba su curiosidad pero Vir Dax sentía un impulso frenético de querer estudiar esos seres, nuestra Dama de la Bendición me habia librado de semejantes niveles de curiosidad, ¡pero tales eran sus métodos de estudio!

Solo Toj Qul y Lan Po permanecían impasibles.Toj Qul es diplomático y en su trabajo aprendió a no sorprenderse o maravillarse por nada y ante nada.Y Lan Po sentía desprecio, ya que al verlos pensaba, cualquier raza que cambie así de forma inevitablemente debe cambiar también su forma de pensar y a él cualquier tipo de mentira no le generaba nada mas que desprecio. ¡Extraño argumento, extraño estimulo tomar coraje, pero quizás tan efectivo como cualquier otro!

El único rasgo distintivo en común que tenían estos seres e incluso este fluctuaba, era su color. Eran plateados y negros, pero de un negro mas negro que cualquier otro. Mas tarde, descubrimos qué tipo de seres eran, y como llegaron a afectar Therra con su presencia.

Estaban formados en fila bastante lejos de la formación rocosa, y entonces, de la misma puerta de donde habían salido, salió otra procesión, o mejor dicho, una turba. Estos si eran, como Mor Ag bien confirmó, indudablemente Therranos. Pero qué podría haber provocado la caída de una raza tan sabia y poderosa. Estos hombres eran poco mas que bestias. Desnudos, de hombros redondos, con la cabeza inclinada, se arrastraban, con el cabello apelmazado y barba, por lo menos los hombres, en pocas palabras, estaban totalmente abatidos, destruidos, con el espíritu doblegado.

Solía existir un proverbio en los mundos habitados que decía; “tan bella como una mujer Therrana,” pero las mujeres que contemplábamos en ese instante, estaban, estaban aun mas deterioradas que los hombres.

Muchas cosas se nos hicieron evidentes para entonces mientras observábamos a esas desafortunada criaturas. Era evidente que esas cosas, llegaron de algún lugar y esclavizaron y corrompieron a quienes fueran alguna vez una poderosa raza, que eran o habían sido de lo mejor del universo, y éste, éste era el resultado.

Hul Jok se movía en su lugar, inquieto, un sabor amargo invadía su garganta. A pesar de su apariencia, nuestro gigante tenia el corazón de un infante, de una niña, gentil, tierno y empático en situaciones donde el mal o la opresión se atreviera a mostrar su horrible rostro. Y aquí, era muy evidente que esos demonios del averno habían estado muy ocupados.

La turba de Therranos se detuvo justo en el extremo de la formación, se agruparon, a una equidistancia de la larga fila de esa Cosas que no podíamos nombrar. Mientras los Therranos permanecían en su lugar, los horrores vivientes del suelo fijaron su maligna mirada sobre las desechas criaturas, sus bocas triangulares se abrieron grande, de la multitud de nauseabundas masas amorfas llegó a nuestros atormentados oídos el mismo bramido ensordecedor que habíamos oído antes.

De repente, las Cosas de pie detrás de los Therranos dejaron de fluctuar, adoptaron una sola forma, aunque ese cambio no les favorecía en nada. Aun cuando ahora se asemejaban a cualquier otra forma de vida, inteligente y consciente, sus rostros exudaban maldad pura.

Piensa en toda la depravación, el libertinaje y las mas fétida indecencia conocida, en todo el universo desde tiempos inmemoriales y multiplícalo por la potencia N, y aun entonces así no te habrás aproximado a la expresión del rostro de estas criaturas.

En lo personal, contemplar ese semblante me hizo sentir como si estuviese estado inmerso en la mas cruel de las inmundicias durante eones. Y afecto a los demás de la misma manera, sabíamos, por experiencia propia lo que les había ocurrido a los Therranos.

Ellos, las Cosas, lentamente levantaron un brazo y señalaron cada uno a un Therrano en particular del grupo. Y éste a su vez, abatido y destruido como estaba señaló a la criatura y se elevó contra su voluntad lentamente en el aire, se deslizó justo sobre la masa amorfa que esperaba ahí, con las fauces abiertas de par en par. El Therrano dio una vuelta en el aire, y empezó a caer de cabeza, aun restringido por la poderosa voluntad de la Cosa que señalaba…

Me quede sin aliento, mis ojos no daban mas del terror por lo que estaba a punto de acontecer, quede estupefacto ante la demostración de fuerza aplicada sobre los abatidos Therranos.

Un poco absorto, vi como el Blaster de Hul Jok entraba en acción contra la pobre victima que había comenzado su descenso hacia el repugnante orificio triangular, que esperaba ansioso hasta que vio a su victima desvanerse justo frente a sus ojos.

Agradecí silenciosamente la rapidez y la misericordia con la que había actuado Hul Jok.

Entonces, por un momento, enloquecimos. Empuñamos los Blasters y abrimos fuego hacia las criaturas. Espantados descubrimos que no tenía efecto. Una y otra vez disparamos contra ellos, y ni siquiera se percataron de nuestra ataque. ¡Los mortales Blasters eran inútiles contra ellos!

Ron Ti entendió rápidamente la situación.

“Estas Cosas no son seres, solo son malignas entidades de la mas baja calaña, son astutos, viles, pero no inteligentes. Esta hechos de una densidad muy baja, las vibraciones del desintegrador no pueden destruirlo, sino que pasan inadvertidos a través de su estructura atómica. No podemos hacer nada excepto eliminar piadosamente a esos pobres Therranos y así destruir sus corrompidos cuerpos antes de que sean devorados.”

 ¡Y así lo hicimos! Fue un acto de verdadera misericordia hacia los Therranos. Sin embargo, a pesar de la aparente brutalidad de nuestras acciones, sabíamos que era lo mejor. Si algo había quedado demostrado es que, aun cuando los habitantes de Therra habían caído tan bajo, muy lejos de la divinidad, aun podían distinguir en cada uno de ellos esa chispa plateada que diferencias a las criaturas con alma de las que no la tenían. Ya que cada cuerpo que regresaba al éter de donde había nacido, liberaba una chispa plateada, que una vez libre flotaba en el aire hasta desaparecer. Fue entonces que volvimos nuestra atención hacia las masas amorfas.

Aun cuando habíamos aniquilado a esas criaturas nauseabundas, notamos que los extraños seres en la formación rocosa entendieron rápidamente que alguien se había inmiscuido en los asuntos de Therra. Se erigieron, sorprendidos y estupefactos por alrededor de un minuto y se pusieron rápidamente en acción, con una velocidad francamente admirable.

Varios de ellos descendieron de la roca, saltaron en el aire y flotaron en nuestra dirección. De alguna forma habían sentido nuestra ubicación. En muy poco tiempo estábamos frente a frente.

Uno de ellos, evidentemente mas importante que los demás, articuló sonidos que no pudimos entender. Tampoco teníamos deseo de entenderlo, criaturas como esa solo entendían una cosa, ¡la guerra sin cuartel!

Y así, una vez mas intentamos utilizar los Blasters en su contra, y al igual que la primera vez, resultaron inútiles contra ellos. Note que Hul Jok estaba enardecido, literalmente le salia espuma de la boca.

Las Cosas que estaban mas cerca parecían emanar una abominable vibración que resultaba atrofiante. Poco a poco empece a sentir una urgente necesidad de encaminarme hacia el pie de la plataforma rocosa. Sin pensarlo, di un paso en esa dirección pero el poderoso brazo de Hul Jok me tiró de vuelta hacia atrás.

“Yo también puedo sentirlo,” nos gritó a los seis. “Pero,” dijo atronadoramente, “les ordeno, ¡por la Cruz Infinita misma, que permanezcan en sus lugares! ¡No es nada mas que su voluntad! ¿Acaso somos niños que deben obedecer?”

De repente, empece a reír, ¿seguir las ordenes de estas cosas? Era ridículo. La risa fue nuestra respuesta como grupo. Hul Jok asintió en señal de aprobación.

“¡Bien hecho, Hak Iri!” agregó. “¡La Cruz Infinita te lo agradece, el Concejo Supremo te dará el derecho a usarla, por tu gran valor, por los servicios proporcionados!”

Me había prometido el honor mas grande de nuestro planeta por… reírme. Si, aunque me cueste admitirlo, el servicio no era tan trivial después de todo. Ya que en definitiva, no existía una arma tan grande contra el mal como la risa, el ridículo. Tomarse al mal con seriedad solo magnifica su importancia, pero ridiculizarlo inutiliza sus fortalezas. Aquellos que lo duden, ¡inténtenlo, inténtenlo en la hora de mas necesidad!

Las Cosas se oscurecieron, no quedaban mas partes plateadas. Uno intentó capturarme, me atrajo hacia él. Algo, que no sabía que tenía dentro, ardió en mi como una llama de ira. Endurecí mi puño y sin siquiera darme cuenta mi brazo cruzó velozmente junto a mi, le asesté un formidable puñetazo junto en el rostro. Le quedó un orificio horrible y vacío que lentamente recuperó su forma original. La Cosa emitió un chillido extraño, casi una demostración de dolor.

“Ahá!” gritó Hul Jok, con entusiasmo. “¡Quizás no podamos despedazarlos o asesinarlos pero, podemos lastimarlos!” Agitó su Blaster como si fuera una porra y le asestó un golpe certero en el medio de la cabeza al mas cercano que tenía. El golpe pasó a través de la Cosa como si estuviera hecho de polvo. Aun así, alcanzo para ahuyentarlo y que los demás huyeran detrás suyo.

“¡De vuelta a la nave!” ordenó Hul Jok, y así lo hicimos tan rápido como la capacidad de nuestras piernas nos lo permitieron. Pero no fuimos los primeros en llegar.

Para nuestra consternación, encontramos la nave en manos de una horda de esas Cosas. Estaban por todas partes, incluso dentro, pero eso no era lo peor, también habían muchos Therranos, una multitud de ellos formaba una masa solida, mirando hacia nosotros, empuñaban hojas de metal brillantes, con puntas filosas.

“Espadas,” masculló Mor Ag. “Tenía entendido que ese tipo de armas habían quedado obsoletas en Therra hace mas de diez mil años!”

“Uho ho!” gritó Hul Jok. “¡A los Blasters, rapido!”

¡Que cosa tan tremenda! Lagrimas caían de mis ojos incluso antes de que hubiese terminado. Ron Ti, también se veía afectado. El mismo Hul Jok lanzaba extrañas maldiciones, y sino hubiese sido por Lan Apo, dudo que hubiésemos tenido la fortaleza necesaria para atravesar por tan espantoso asunto. Pero a medida que las chispas plateadas salían despedidas de sus cuerpos, una sonrisa de alegría, se dibujaba en su pálido rostro.


”¡Se regocijan!” nos gritó mientras se lamentaba. “Puedo sentir su gratitud fluyendo hacia nosotros mientras los liberamos de una vida que es peor que la muerte. ¡Están felices de partir así, sin dolor!”

A partir de ahí, ya no seguimos lamentándonos.

Ya habíamos acabado con la mayoría de los Therranos cuando Mor Ag gritó:

“Atrapa alguno de esos esclavos, con vida, Quiero interrogarlo…”

Hul Jok dio un paso adelante y atrapó uno de la muñeca, le arrebato la espada de la mano y lo azotó contra el casco de la nave, lo incapacitó y nos lo dejo a nosotros, mientras seguía peleando con otro.

Mientras tanto, nuestras Blasters no descansaban, hasta que no quedaron mas de esos pobres Therranos a la vista. Las Cosas, que a través de su Fuerza de Voluntad, habían obligado a los Therranos a enfrentar la aniquilación, no podían pelear por si mismos, y aun cuando nuestros Blasters superaban largamente a las espadas y las piedras, ellos seguían a bordo de nuestra nave, el Torpedo del Ether. Seguramente, Nuestra Dama de Venhez evitaba que supieran que botones apretar para utilizar los Blasters-Ak ya que nos aniquilarían en un segundo. ¡Por suerte para nosotros no tenían a un Lan Po entre ellos para leer nuestros pensamientos!”

Tiempo después, descubrimos que estaban bien familiarizados en cómo funcionaban los Blasters-Ak y solo puedo intentar adivinar que la única razón por la que no los usaron contra nosotros, es porque deseaban capturarnos con vida, solo para satisfacer sus diabólicas necesidades, se contienen para no matarnos ya que no se puede torturar a los muertos.

Nos retiramos, temblando por la excitación y el esfuerzo de resistir a sus malévolas mentes, a su voluntad, con la que intentaron sin éxito hacernos seguir sus ordenes. Aun sin controlarnos, esa fuerza que emiten golpea nuestros cuerpos casi de forma física. Nuestra nave seguía en sus manos, y estábamos parados en campo abierto, y completamente perplejos acerca de cómo volveríamos a controlar nuestra Torpedo.

Hul Jok, príncipe guerrero, resolvió el dilema. Tomó un árbol joven, grueso como su muñeca, lo arrancó del suelo y lo partió con la rodilla. “Garrote,” gruño. “Hace un millón de años, nuestros ancestros los usaron en Venhez. Hay registros en el Castillo Central de Guerra.”

Rápidamente, preparó uno para cada uno, mientras nos decía.

“Pueden sentir,” masculló, “no podemos matarlos. Bien. ¡Los sacaremos a golpes del Torpedo del Ether!”

Y eso fue precisamente lo que sucedió. En Venhez, en ocasiones, hacia trabajos manuales, solo por el deleite de trabajar con mis músculos. Pero jamas me hubiese imaginado que haría ese tipo de trabajo hasta ese momento, cuando, garrote en mano tomamos la nave por asalto y no nos detuvimos hasta que la ultima de esas Cosas se habia marchado. Una vez fuera de la nave levantaron vuelo rápidamente hacia el acantilado, todos excepto uno, al cual finalmente acorralamos en un compartimiento donde se había separado de los demás. Lo rodeamos, lo golpeamos con los garrotes hasta que se retorció de dolor. Entonces Ron Ti acercó su rostro al de la Cosa…

Captamos la idea de Ron, sumamos nuestra voluntad a la suya, dominando la de nuestro rehén. Esto lo confundió, desconcertado empezó a cambiar de colores, de plateado a negro, y de vuelta a plateado, el negro se hizo opaco, con nubes, el plateado dio pie a un plomizo, entonces, la Cosa se encogió en el suelo temblando, emitía olas de miedo y se manifestaba en colores tenues.

“¡Hemos visto suficiente!” declaró Ron Ti. “ ¡De vuelta a Venhez! Este es un asunto para el Concejo Supremo, como había temido incluso antes de que partiéramos. No estamos en condiciones para lidiar con esto, nosotros siete no tenemos la fuerza suficiente. ¡De vuelta a Venhez!”

“Nada de eso,” objetó Hul Jok. “Debemos quedarnos aquí y liberar Therra de esta escoria!” dijo, mientras señalaba a la Cosa cautiva con un gesto despectivo.

Pero Vir Dax sumó su voz a la de Ron Ti; y yo, estaba ansioso por partir, por quedarme, no sabía cual. Los demás estaban igual que yo. Ambos cursos de acciones tenían sus ventajas y desventajas. Por un lado, temía por mi mismo, temía que yo, Hak Iri, que siempre me he mantenido distante de toda emoción violenta, que siempre opté por registrar las acciones de los demás. Temí, que dentro mío siguiera con vida algo de ese viejo Hak Iri, mi ancestro distante que según dicen fue conocido en los lejanos Días Salvajes de nuestro mundo, cuando nuestros juglares aun cantaban, como el terror de todo Venhez y como un amante de la batalla.

Pero fue Mor Ag quien resolvió la disputa.

“Tenemos a esta… Cosa,” declaró. “Debemos examinarla, si hemos de aprender algo sobre su naturaleza, es una tarea impostergable si tenemos alguna esperanza de resolver todo este problema de raíz” (en ese momento una luz impía brilló brevemente en los fríos y astutos ojos de Vir Dax), “y,” continuó Mor Ag, “podemos, durante el viaje de vuelta a Venhez intentar descubrir qué fue lo que realmente sucedió en Therra de los dos Therranos…”

“¡Un Therrano!” interrumpió Vir Dax. “El otro murió. ¡Hul Jok no conoce su propia fuerza!”

Se inclinó para examinar al sobreviviente y rápidamente lo hizo recuperar la conciencia. Mor Ag le habló. El éste se animó un poco cuando entendió que no le íbamos a hacer daño. Se animó aun mas cuando observo que teníamos cautivo a uno de sus antiguos amos.

Entonces la Cosa atrajo la atención del Therrano y Lan Po se apresuro a decirle a Hul Jok.

“Haríamos bien en confinar a esta Cosa, donde el Therrano no pueda alcanzarlo,” Advirtió con énfasis. “De lo contrario, la voluntad de la Cosa puede obligar a este pobre esclavo a que lo ayude a escapar, o lo vuelva en contra nuestra de alguna manera”

Dejamos a la Cosa en el pequeño compartimento y cerramos la única puerta, Hul Jok utilizo una clave que solo el podría volver a abrir. El Therrano le dijo algo a Mor Ag, quien le sonrió y le palmeo la espalda dándole seguridad.

“Nos agradece por sacarle del control de la voluntad…”

Se interrumpió para hacerle otra pregunta, y la respuesta lo dejo sin aliento.

“Santa Madre de la Vida!” exclamó. “Esas Cosas vienen del lado oscuro de la Lona, el Satelite de Therra!”

El Therrano asintió.

“¡Avitchi!” exclamó, y agregó otra palabra: “¡Infierno!”

“No conocemos su idioma, es decir, nadie excepto Mor Ag, pero entendemos lo que quiere decir. Se refiere a las criaturas que vimos antes como demonios, según las creencias Therranas.

   Podríamos haber seguido el interrogatorio a través de Mor Ag ya que todos teníamos mucha curiosidad, pero sucedió algo que nos interrumpió e hizo que nos apresuráramos a partir de ese planeta tan dolorosamente devastado.

El siseante sonido de un relámpago y el terrorífico estruendo del trueno que impacto y sacudió el Torpedo del Ether.

“¡Aho!” gritó Hul Jok. “¿Y ahora qué?” Se asomó por una de las aberturas de observación justo cuando otro rayo golpeaba la nave.

Nos asomamos también y con un vistazo nos alcanzo. A nuestro alrededor flotaban como un enjambre grotescos globos iridiscentes que disparaban continuas ráfagas de luz y poderosas corrientes eléctricas.

Nuestro comandante saltó a la torre cónica, y los demás nos repartimos en el resto de las estaciones de disparo, en las Blasters-Ak, de los cuales teníamos seis, rápidamente despegamos.

No estábamos realmente preocupados por nuestras vidas ya que el metal Berulio del que estaba hecho el Torpedo del Ether resistía perfectamente y nos protegía de cualquier shock eléctrico. Pero algunas partes de los mecanismos de control podrían dañarse por una seguidilla de impactos y ademas, no estaba en nuestra naturaleza sentarnos tímidamente a recibir un ataque.

Con un silbido salimos disparados en el aire, Hul Jok apuntó la filosa nariz de nuestra gran cilindro volador en dirección a uno de los globos que flotaba a nuestro alrededor. Sus delgadas paredes no pudieron protegerlo de nuestro impacto y los destrozamos tan fácilmente como se rompe la cascara de un huevo.

Con los Blasters-Ak destruimos algunos de los globos que no embestimos con la nave pero las vibraciones de desintegración no tenían efecto sobre sus ocupantes al igual que nuestros Blasters de mano, y Hul Jok estalló de ira.

“Ron Ti,” exclamó colérico, “¡tu ciencia ha demostrado ser un fraude! Montamos tus modelos de Blasters mejorados en la nave con la capacidad de exterminar lo que sea, y ahora…”

Casi se ahoga de tanto enojo.

“Quedarás satisfecho,” lo consoló Ron. “Si alguna vez volvemos a Therra…”

“Si alguna vez volvemos a Therra,” afirmó sombríamente Hul Jok, “Therra será purificada, o de lo contrario no regresare a Venhez! Pero,” siguió, imperativamente, “debes descubrir como destruir a estos Lunarianos. Destruimos y embestimos sus ridículos globos desde donde jugaban con el poder de los truenos pero no les hicimos daño alguno. Solo quedaron ahí, flotando, insolentes, cayeron suavemente sobre el planeta.”

“Tenemos un Lunariano sobre el cual experimentar,” sugirió Vir Dax seriamente.

“Así es,” dijo bruscamente Hul Jok. “Y espero que tanto tu como Ron Ti descubran algo.¡No fallen!”

Conozco a nuestro gigantesco comandante desde que ambos eramos niños pero nunca lo había visto actuar así. Parecía fuera de sí, una versión inferior a la que todos conocíamos. Al principio pensé que se sentía humillado pero luego entendí, al igual que los demás que en su interior, él sentía que la dignidad de la Cruz Infinita había sido insultada, casi hasta el punto de la derrota, y para él, la Cruz Infinita, el emblema de nuestro planeta, era un símbolo sagrado, el único objeto de su adoración; su espíritu, fuerte y feroz, estaba herido y consternado, y no podría apaciguarla hasta que una frase salga de su boca, “¡Therra ha sido purificada!”

Hicimos el reporte formal ante el Concejo Supremo y pusimos a su disposición, tanto al Therrano como al Lunariano que habíamos traído con nosotros. El Concejo Supremo, haciendo uso de su sabiduría, ordenó a Mor Ag y a Vir Dax que examinaran e interrogaran al Lunariano, conmigo a su lado para tomar notas de lo que pudiera decir, aunque no emitió una sola palabra, ya que parecía disfrutar de nuestra incertidumbre.

El Therrano, cuyo nombre era Jon, le había contado a Mor Ag durante nuestro viaje todo lo que había que saber sobre las condiciones de Therra. No tengo espacio aquí para registrarlo todo, pero brevemente seria algo así: hace siglos, los Therranos se dividieron en naciones, guerrearon entre sí. Un poderoso imperio, con el deseo de dominar el planeta, atacó a un pequeño país como primer paso. Otra nación, grande y poderosa se apresuró a socorrer a su pequeño vecino. El reino de una isla fue convocado a la batalla. Una poderosa república del otro lado del mar tomó partido en el asunto, y así, terminó la disputa.

Pero en lugar de terminar con el conflicto, esto dio pie para la invención de letales dispositivos. Alguien descubrió que el elemento metálico oro, tenia extrañas cualidades, anteriormente inadvertidas. Otro descubrió que el oro se podía producir por medios artificiales, sintéticos sería el termino utilizado en Therra. Pero la producción consistía en tomarlo del almacén mismo del universo, el Ether primordial, donde, de manera latente, todas las cosas son objetivas y subjetivas. El drenado del Ether abrió una extraña puerta en el espacio, la cual hasta ese momento, por designio de la Gran Sabiduría había estado cerrada.

Los científicos de una gran raza, los Mongulianos, abusaron del Ether, con la esperanza de subyugar a las demás razas del Oeste. Las vibraciones de su trabajo crearon un pasaje entre Therra y su Luna. Y en lado oscuro de esa Luna vivía una raza de viles criaturas sin alma, lejos de la Infinita Piedad, siempre en movimiento para mantener la luna entre ellos y la odiosa luz del Sol. Siempre habían odiado Therra, y a sus moradores, ya que alguna vez habían habitado ese mundo, fue su propia maldad la que provocó que tanto ellos con la Luna fueran desterrados de Therra por la Ira del Todopoderoso, desterrados y condenados a flotar en el océano espacial. La Luna, aunque siempre circulaba alrededor de su planeta paterno, no giraba sobre su propio eje por lo que tenía un lado que siempre apuntaba hacia Therra; fue entonces que estos Señores de la Cara Oscura, que habían cultivado su odio durante eones, vieron la oportunidad de, finalmente, recuperar su mundo perdido, al cual miraban con ojos envidiosos cada vez que la fase lunar les acercaba al planeta. En sus globos de Selenio invadieron Therra, valiéndose de la apertura que los Monguliones habían establecido inadvertidamente.

Con la ayuda de estos impíos poderes del mal, los Mongulianos que habían dominado y reducido a la servidumbre a todas las demás razas fueron a su vez subyugados por los Señores del Andar Oscuro, que los redujeron utilizando solo su fuerza-energía vital.

Y fue así, que, reducidos a las condiciones de semi-bestialidad, los Therranos han sido la presa de sus malévolos conquistadores, incluso en estos momentos mientras escribo, están siendo maltratados al punto que de solo pensarlo mi alma tiembla de pavor. Soy incapaz de describirlo, ya que, ¿por qué sometería mi mente a tan  innecesarias corrupciones?

Solo quienes han oído el relato de ese Therrano pueden llegar a concebir lo que había sucedido durante muchos años en esas aterradoras orgías de los Lunarianos, y nosotros que sí habíamos oído el relato ya no volveremos a ser lo que eramos antes de que nuestros oídos se contaminaran de esa manera.

Tan horrendas eran las condiciones en Therra que nuestro Concejo Supremo decretó que debían ser abolidas a cualquier costo. No el planeta, sino la situación reinante. ¡Temían que pudieran contaminar el Ether mismo y que esa degeneración llegase algún día a cada planeta de la Cadena Universal!

Pero este asunto involucraba a todos los planetas. Así que el Concejo envió invitaciones para realizar una conferencia. Llegaron delegados de todas partes. Hablaron, discutieron, debatieron, consultaron y eso fue todo.

Hul Jok, el pragmático, rompió eventualmente la etiqueta interplanetaria.

“¡Hablar!” gritó, levantándose de su asiento junto a otros Venhezianos. “¿Que esperamos lograr hablando? No estamos mas cerca que cuando comenzamos. Ya que nadie puede hacer una alternativa viable, escúchenme a mi! Soy el Principe de la Guerra de Venhez, no un sabio, pero les digo que Ron Ti, puede encontrar la solución si le damos el tiempo suficiente, él hallara la manera de acabar con estos Lunarianos y toda su horda infernal, y eso es lo que necesitamos! ¡Dejen este asunto en las manos de Venhez!”

Un serio pero simpático delegado de Jopitar se puso de pie en su lugar.

“Ustedes de Venhez,” dijo en su tono cortes y formal, “¡su Principe de la Guerra ha hablado muy bien! ¡Ya que Ron Ti es reconocido en cualquier planeta como uno de los mas grandes inventores, solo tiene que pedirlo y nosotros en Jopitar nos pondremos a su entera disposición para avanzar en la investigación, solo tiene que enviar una comunicación y nuestros recursos son suyos!”

Uno a uno, delegados de todos los planetas apoyaron la oferta del Jopitariano, repitiendo el discurso y reemplazando su lugar de origen. Un delegado, un tipo grande de piel roja y ojos azules fue aun mas lejos, se puso de pie al salto y exclamó:

“Si va a haber una refriega, nosotros, habitantes de Mharz ¡demandamos participar!” Hul Jok caminó hasta él y palmeó al Mharziano en el hombro.

“¡Aho!” rió. “¡Uno como yo! ¡Hermano, he contemplado la posibilidad que naves y guerreros de todos los planetas deberán ser convocados antes que este asunto haya concluido!”

Parece una crueldad, lo sé, ¿pero qué mas podíamos hacer? A partir de ese momento, el Lunariano cautivo fue sometido a todo tipo de extraños y aterradoras pruebas. Venenos, ácidos, nada tenía efecto en él, según pudo comprobar Vir Dax. Los instrumentos cortantes lo herían, pero no permanentemente. Ya sabíamos que nuestros Blaster no tenia efecto en ellos, y eran las armas mas mortíferas que teníamos.

¡A Ron Ti se le estaban acabando las ideas! Dos años pasaron en Venhez, y seguíamos sin progreso alguno. Entonces, una chica resolvió el único problema que nunca había podido resolver por sí mismo.

Ron Ti tenia pareja, como cualquier otra persona en Venhez, y ella, completamente comprometida con sus ideales y ambiciones, con una empatía y capacidad de comprensión propia de las doncellas de Venhez, tenía acceso total al taller donde él trabajaba y estudiaba para beneficio de su planeta.

Un día que ella lo vio completamente perplejo por sus investigaciones, sin decir nada se retiró y regresó poco después con su mas grande tesoro entre sus manos, era un instrumento de muchas cuerdas, con el cual empezó a producir hermosas melodías, con la esperanza de que así pudiera aliviar la perturbada mente de su amante.

Su melodía tenia un compás precioso, y cuando sonó por primera vez, el Lunariano se retorció. ¡Cuando el compás se repitió éste lanzó un aullido! Y fue entonces que Ron Ti comprendió, en un repentino ataque de claridad lo que sucedía.

“¡Armonía!” gritó contento. “¡La Cosa amorfa es de naturaleza disonante!”

 Nunca hubo una doncella mas orgullosa hasta entonces como la pareja de Ron Ti. Había podido afectar a la criatura de alguna manera, lo había herido de seriedad. Así que una y otra vez tuvo que tocar ese mismo compás y al cabo de unos minutos, el Lunariano quedó tendido boca abajo, retorciéndose de dolor y aullando enloquecido.

“Suficiente, Alu Rai,” ordenó Ron luego de contemplar la miseria del cautivo por algún tiempo. “¡Le has prestado un servicio al universo! Ahora déjame solo que tengo que pensar. ¡Aquí esta el secreto del arma que purgará a ese mundo devastado de este infortunio!”

Una poderosa flota se dirigió hacia Therra, una expedición de rescate y represalia que jamas sera olvidada. En términos prácticos, todas las naves eran de apariencia similar, ya que el Torpedo del Ether había sido ampliamente reconocida como el tipo de nave mas eficiente para viajes interespaciales. Incluso los Therranos las habian utilizado antes de ser subyugados, de hecho Jon el Therrano nos contó que los Lunarianos tenían una gran flota de ellas almacenadas, listas para desplegarlas el día que finalmente decidan invadir otro mundo. Pero, como también nos había contado, los Lunarianos no se irían de Therra hasta que no hubieran drenado sus recursos por completo y que para viajar dentro del planeta utilizaban sus globos de Selenio, por que aparentemente les resultaban mas prácticos, eran impulsados por su fuerza de voluntad, en cambio los grandiosos Torpedos del Ether funcionaba con métodos estrictamente mecánicos.

Naturalmente, los Torpedos del Ether de los distintos planetas variaban ligeramente en su diseño, por ejemplo, los de Venhez tenían la cabina de mando en forma cilíndrica, que iba desde el medio hasta la popa, la nariz de la nave era puntiaguda y se estrechaba hasta la mitad del ancho nominal de la nave, el de la cintura, nuestros Blasters-Ak eran largos, delgados y revestidos en cobre. Los Torpedos del Ether de Mharz eran de un color rojo chillón, con la nariz chata, con la popa redondeada, y Blasters- Ak cortos y gruesos; su cabina de mando pasaban del medio de la nave, y tenía forma octogonal. Pero ¿para qué explayarme sobre esto? De seguro los diseños de los distintos Torpedos son bien conocidos en los distintos planetas.

Y, por supuesto, cada nave portaba el símbolo de sus planeta de origen. Las naves Mharzianas blandían El Dardo Infinito en dorado, y las nuestras portaban la Cruz Infinita, pero los símbolos de cada mundo también son bastante conocidos como para explayarme en estas descripciones.

Ron Ti y Hul Jok estaban al mando de todo el escuadrón, aunque los comandantes de guerra de todos los mundos estaban bien informados sobre el cuidadoso plan de ataque. Todos los Torpedos del Ether estaban equipados con algo mas que los Blasters-Ak, sobre las torres de mando habían montado un nuevo dispositivo que consistía en un tubo muy grande, mas grande que la sirena y terminaba en una especie de hocico con cinco pequeños tubos.

Era una noche oscura en Therra cuando llegamos. Esperamos hasta que saliera la débil y enfermiza luz del día para comenzar las operaciones.

Nos separamos, surcamos el aire hasta llegar a la gran planicie ovalada. Para nuestra fortuna fue nuestra nave la que llegó primero, y al llegar vi como los ojos de Hul Jok resplandecían con una ira jubilosa, si es que se puede describir una emoción de manera tan contradictoria. Intercambio miradas con Ron Ti y asintió.

Ron Ti obedeció y bajo una palanca. Un descomunal y espantoso estruendo sacudió el aire con su rugido. A lo lejos, desde el norte, llegó un sonido similar. Desde el este, el mismo sonido llego hasta nuestros oídos, respondido a su vez por otro desde el lejano este. Desde el sur también llego una algarabía en respuesta, fue entonces que comprendimos que todo Therra estaba cubierto por naves Torpedos de la Flota Expedicionaria.

Lenta pero deliberadamente, empezamos a dar vueltas alrededor de ese valle infernal. Pero al cabo de tiempo, los tubos cambiaron del odioso aullido y pasaron a tocar la dulce melodía que había desarrollado Alu Rai, la amante de Ron Ti, que había atormentado tanta al Lunariano cautivo.

La melodía se repetía una y otra vez, pero nada sucedía. Esta era la idea de Ron Ti, pero me empece a preguntar si de alguna forma no se había equivocado. ¿Y si no afectaba a todos los Lunarianos de la misma manera? ¡En ese caso, no solo la expedición estaba condenada al fracaso, sino que Ron Ti seria el hazmereir en muchos mundos!¡ Y los Venhezianos no podríamos siquiera caminar con la frente en alto!

Pero Ron Ti sonreía, y una expresión de confianza atravesaba el feroz rostro de Hul Jok, una feroz expectativa, y yo, yo solo esperaba, curioso, aun con esperanzas.

Desde la plataforma rocosa salió disparado, tan rápido que apenas pudimos verlo, un globo iridiscente, se elevó diagonalmente en dirección a nuestro Torpedo, Ron toco algo y el sonido de la música se hizo aun mas claro y la melodía aun mas dulce.

Apenas estuvo en rango, el globo abrió fuego y descargo una cadena de espectaculares descargas eléctricas contra nuestra nave, no dejo de disparar y descargar mientras nosotros respondíamos solo con nuestra melodía.

 El globo se arrojó hacia la nave hasta quedar muy cerca, justo delante del Blaster-Ak que yo controlaba.

La burbuja Lunariana estaba a unos treinta metros en ese instante, y al igual que una burbuja, se desvanecía de manera incontinente. Como siempre, aunque pudiéramos destruir los globos de Selenio, los demoníacos Lunarianos permanecían intactos, lo que me hizo emitir iracundas profanidades ante semejante decepción.

Pero Hul Jok sonrió, y Ron Ti asintió en un intento de contenerme y consolarme:

“¡Espera!”

Y así lo hice. ¿Qué mas podía hacer? Para ese entonces el mismo juego se estaba jugando en todo Therra.

Los Lunarianos salían frenéticamente de sus hogares, enloquecidos por la melodía y dentro de sus globos disparaban rayos a diestra y siniestra hacia nuestras naves Torpedos que eran inmunes ante ese tipo de ataque.

Sin embargo, estábamos empatados, sus armas no podían dañarnos pero lo único que podíamos hacer era reventar sus globos ya que ellos salían de la explosión sin un rasguño y caían flotando al suelo, sin verse afectados por los Blasters-Ak.

Y así, durante tres días y tres noches continuó la inútil batalla, hasta la mañana del cuarto día en la que asumimos que se habían quedado sin globos de Selenio.

Durante los siguientes dos días y dos noches nadie volvió a ver uno. Pero durante esos dos días seguimos tocando la música una y otra vez hasta que toda Therra vibraba con las ondas de sonido.

La mañana siguiente, tuvimos una prueba mas que concisa, los Lunarianos habían tenido suficiente y ya no podía tolerar ese sufrimiento. Un Torpedo del Ether de un modelo muy distinto a cualquiera de los que había visto alguna vez, despegó a una velocidad increíble y embistió a una nave Sathorniana que agarró desprevenida, la agarró en pleno vuelo y la hizo pedazos, aunque fue rápidamente destruida por los Blasters-Ak de una nave Markhuriana. No pudimos salvar a la tripulación de la desafortunada nave pero fueron debidamente vengados.

Presenciamos el ataque y Mor Ag gritó sorprendido.

“Ese Torpedo del Ether, a pesar de su velocidad, es un modelo antiguo,” afirmó con excitación, y Hul Jok asintió.

“Nuestra Señora del Amor afirma que sus Blasters-Ak también son modelos antiguos,” dijo casi riendo. “Si es así, sus vibraciones son demasiado largas y la amplitud de las ondas demasiado cortas para afectar la estructura de metal Berulio de la cual están hechas nuestras naves.”

Pusimos a prueba esa teoría momentos después.

Podíamos destruir sus modelos antiguos de nave sin problemas y tomarnos nuestro tiempo en hacerlo pero ¿con qué propósito? Nos dejaría con el mismo problema. Los Lunarianos, con sus poderes de levitación, descenderían tranquilamente a la superficie y seguirían habitando Therra, infestandola como la diabólica plaga que eran.

Pero los avanzados cerebros de Ron Ti y Hul Jok habían trazado un elaborado plan, en el que ademas de seguir enloqueciendo a los Lunarianos con la música y evitar colisionar con sus naves Torpedos (algo que no era nada sencillo dado su velocidad), nuestra expedición debía abstenerse de utilizar los Blasters-Ak hasta que los Lunarianos lleguen a la misma conclusión que nuestros maestros estrategas quieren que lleguen eventualmente, que de alguna manera nos hemos quedado sin municiones vibratorias.

Finalmente, una mañana fuimos victimas de una ataque coordinado. Las naves antiguas salieron de todas partes, y nosotros huimos. Al descubrir que sus Blasters-Ak no surtían efecto ya que nos protegían las placas de Berulio, cambiaron a descargas eléctricas, y fue en esta incesante persecución que los hicimos salir de la atmósfera Therrana y entrar en el gran Océano de Ether Espacial.

Seguimos tocando la música que les enloquecía ya que actuaba como incentivo para que siguieran persiguiéndonos, la ira los había hecho descuidarse ante cualquier peligro. Y como venía sucediendo, mientras huíamos de ellos, reíamos a carcajadas.

¡Una vez que alcanzamos los ocho millones de kilómetros de la superficie de Therra, dejamos de huir!

Desplegados a lo largo y ancho, en linea curva, esperamos su llegada, y apenas estuvieron en rango, cada una de nuestras naves Torpedo comenzó a girar sobre su eje transversal para darle margen a cada Blaster-Ak de disparar.

¡Aunque no pudiéramos dañar a los Lunarianos, muy pronto los dejamos sin protección, al descubierto en el frio mortal del espacio exterior, sus formas conservaban la estructura pero a la vez estaban expuestas a la tremenda presión del Ether!

Comprimía sus cuerpos como si fuera la propia densidad. Al no tener defensa alguna, instintivamente se acercaron unos a otros, y la presión del Ether hizo el resto.

¡Se habían fundido en una sola masa por lo que aprovechamos ese momento para bombardearlos con los Blasters-Ak hasta que no quedo nada!

¡Y así fue como los Señores del Lado Oscuro encontraron su final, lo único que quedo de ellos siguió flotando como una lluvia de pequeñas chispas rojos que lentamente iban desapareciendo o quemándose en la profundidad de la Noche Abismal!

Ron Ti hizo una reverencia ante el gran Poder que nos había permitido ser el instrumento de Su venganza, blandiendo en el aire frente a él la Cruz Infinita, símbolo de la Vida.

“Como había sospechado,” dijo seriamente, “no tenían alma. No tenían nada mas que forma y vitalidad, mente y voluntad, una forma de vida del mas bajo orden, no hecho para perdurar. Las chispas rojas son la prueba de eso ya que, incluso los que se quemaron, han regresado a un Mar de Energía Sin Indiferente. Nuestro trabajo ha terminado. Dejemos que Therra se recupere sola. Esa maravillosa raza Therrana volverá a sembrar las bases de la civilización mas grande que su mundo ha visto jamas.”

Fin.

En el bosque de Villafère

Por Robert E. Howard

El sol se había puesto. Sombras gigantes avanzaban sobre el bosque dando grandes zancadas . Era un crepúsculo extraño, en uno de los últimos días de verano, vi el sendero perderse entre los poderosos arboles y desaparecer. Me estremecí y miré temerosamente sobre mi hombro. Kilómetros detrás estaba la aldea mas cercana, kilómetros por delante, la siguiente.

Miré hacia ambos lados mientras avanzaba, hasta que de repente miré hacia atrás. Me detuve en seco, tomé mi espada, mientras el sonido de una rama me alertaba del andar de una pequeña alimaña. ¿Era una bestia acaso?

Pero el sendero continuaba y yo también, ya que para ser sincero, no tenía nada mejor que hacer.

Mientras avanzaba, reflexionaba, “mis propios pensamientos me traicionaran, si no permanezco atento. ¿Qué hay en este bosque mas allá de las criaturas que lo habitan, ciervos y animales de ese tipo? Nada, ¡estúpidas leyendas de los habitantes de la aldea!”

Y así avance, y el crepúsculo se convirtió en ocaso. Las estrellas empezaron a parpadear y las hojas de los arboles a murmurar ante la leve brisa. Entonces me detuve, espada en mano, ya que justo enfrente, donde el camino hace una curva, alguien estaba cantando. No pude distinguir las palabras, pero el acento era extraño, casi barbárico.

Me pare detrás un árbol grande, y el sudor frio invadió mi frente. Entonces el cantante salió a luz, un hombre alto y delgado, difuso a la luz del crepúsculo. Me encogí de hombros. No le temía a un hombre. Salí de mi escondite blandiendo mi espada.

“¡Alto ahí!”

No se mostró sorprendido. “Le suplico tenga cuidado con su espada, amigo,” me dijo.

Un poco avergonzado, baje mi espada.

“Soy nuevo en este bosque,” dije arrepentido, “he oído que hay bandidos. Le ruego me disculpe. ¿Conoce usted el camino a Villafère?”

“Corbleu, ha pasado usted de largo,” respondió. “Debería haber girado a la derecha en una bifurcación. De hecho, yo me dirijo hacia allá. Si le interesa acompañarme, lo guiare.”

Dude. ¿Pero por qué habría de dudar?

“Pero si, claro. Mi nombre es de Montour, de Normandia.”

“Y yo soy Carolous le Loup.”

“¡No!” Retrocedí.

Me miró desconcertado.

“Disculpe,” le dije, “el nombre es extraño. ¿Qué acaso loup no significa lobo?”

“En mi familia siempre ha habido grandes cazadores,” contestó. No me ofreció la mano.

“Perdone que me quede mirándolo,” mientras bajábamos por el sendero, “pero es que apenas puedo verle el rostro con la luz del ocaso.”

Sentí que se estaba riendo pero no lo escuché emitir ni un sonido.

“Hay poco que ver,” respondió.

Me acerqué un poco y entonces pegué un salto hacia atrás y sentí que se me erizaba el cabello.

“¡Una mascara!” exclamé. ¿Por qué lleva puesta una mascara, monsieur?”

“Es un voto,” exclamó. “Cuando escapaba de una jauría de perros hice una promesa, si lograba escapar llevaría una mascara por cierto tiempo.”

“¿Perros, monsieu?

“Lobos, respondió rápidamente; “dije lobos.”

Caminamos en silencio por un tiempo, entonces mi compañero dijo, “me sorprende que camine por estos bosques de noche. Pocas personas vienen por estos lados, ni siquiera de día.”

“Tengo prisa por llegar a la frontera,” contesté. “Se ha firmado un tratado con los ingleses, y el Duque de Borgoña debe saberlo. Los aldeanos han intentado disuadirme. Me hablaron de… un lobo que supuestamente ronda por estos bosques.”

“Aquí se bifurca el camino hacia Villafère,” dijo, y vi un pasaje angosto y serpenteante que no había visto la primera vez. Era un tramo completamente sumido en la oscuridad del bosque. Me estremecí.

“¿Desea regresar a la aldea?”

“¡No!” exclamé. “¡No, no! Adelante, guíeme.”

El pasaje era tan angosto que caminamos en fila, el iba adelante. Le di un buen vistazo. Era alto, mucho mas alto que yo, y delgado, muy delgado. Su vestimenta tenia una fuerte impronta española. Una espada larga colgaba de su cintura. Caminaba dando zancadas grandes y tranquilas, casi sin hacer ruido.

Asumí que era francés, aunque tenia un acento muy extraño, que no era francés, ni español ni inglés, o de ningún idioma que yo haya oído jamas. Algunas palabras las arrastraba de forma extraña y otras directamente no podía pronunciarlas.

“¿Este sendero se utiliza a menudo verdad?” pregunté.

“No la usan muchos,” respondió y rió silenciosamente. Me estremecí. Estaba muy oscuro y las hojas susurraban entre las ramas.

“Algo malvado acecha en este bosque,” dije.

“Eso es lo que los campesinos dicen,” respondió, “pero yo deambulo por él a menudo y jamas he visto su rostro.”

Entonces empezó a hablar de criaturas extrañas de la oscuridad, la luna se elevaba en el cielo y las sombras se deslizaban entre los arboles. Levanto la vista hacia la luna.

“¡De prisa!”dijo. “Debemos llegar a nuestro destino antes de que la luna llegue a su cenit.”

Apresuró el paso.

“Dicen,” le dije, “que un hombre lobo acecha en estos bosques.”

“Puede ser,” dijo y discutimos mucho sobre este tema.

Me dijo, “las viejas dicen que si un hombre lobo es asesinado en su forma de lobo, entonces morirá, pero si lo asesinan en su forma humana, entonces su media-alma acechará a su asesino para siempre. Pero apresúrese, la luna ya casi esta en su punto mas alto.”

Llegamos a un pequeño claro iluminado por la luz de la luna, el extraño se detuvo.

“Detengamosnos aquí por un momento,” dijo.

“No, vamonos,” insistí, “este lugar no me gusta para nada.”

Se rió sin emitir sonido alguno. “¿Por qué?”, dijo. “Es un lindo claro. Es tan bueno como cualquier otro salón de banquetes, he asistido a muchos banquetes en este lugar. ¡Ja Ja Ja! Mira, te enseñare una danza.” Y comenzó a saltar de aquí para allá, se detuvo a mirarme girando la cabeza hacia mí riendo silenciosamente. Aquí pensé, este hombre se ha vuelto loco.

Mientras realizaba su extraña danza miré a mi alrededor. El sendero no continuaba sino que terminaba en este claro.

“Vamos,” le dije, “debemos continuar. ¿Acaso no sientes esa esencia fétida y nauseabunda que impregna este claro? Es un cubil de lobos. Quizás estén cerca y a punto de saltar sobre nosotros en este instante.”

Se puso en cuatro patas, saltó mas alto que mi cabeza, y con un movimiento furtivo y extraño vino hacia mi.

“Esta danza se llama la Danza del Lobo,” dijo mientras mi cabellos se erizaban.

“¡Aléjate! Retrocedí, y lanzando un chillido cuyo eco me estremeció se lanzo hacia mí, y aunque su espada pendía de su cintura nunca la desenvaino. Me tomó del brazo cuando estaba a punto de desenvainar la mía y me arrojó de cabeza, lo arrastre conmigo y caímos juntos al suelo. Con mi mano libre le arranque la mascara. Un grito de terror escapó de mis labios. Los ojos de la bestia brillaban debajo de la mascara, sus colmillos blancos reflejaban la luz de la luna. Su rostro era el de un lobo.

En un instante esos colmillo estaban en mi garganta. Me quito la espada con la fuerza de sus garras. Le golpeé el horrible rostro de lobo con mis puños, pero sus mandíbulas se cerraron fuertemente sobre mi hombro, y sus garras sobre mi garganta. Entonces quede acostado sobre mi espalda. El mundo se desvanecía. A ciegas aseste un golpe. Mi mano cayo y se cerró automáticamente sobre la empuñadura de mi daga, una que no pude alcanzar antes. Saque la daga de mi cintura y lo apuñale. Lanzó un aullido terrible, semi-bestial. Entonces pude incorporarme y ponerme de pie. El hombre lobo yacía frente a mí.

Me detuve y levante la daga, entonces levante la vista. La luna estaba cerca de llegar al cenit. Si mataba a la cosa en su forma humana su aterrador espíritu me acecharía por siempre. Me senté y espere. La cosa me miraba con sus brillantes ojos de lobo. Sus miembros largos y delgados parecían encogerse, se encorvaban; el cabello empezaba a crecer. Temiendo lo peor, le arrebate a la cosa su espada y lo corte en pedazos. Entonces tiré la espada y huí de ese lugar.

FIN

  

Robert Ervin Howard (22 de enero de 1906 – 11 de junio de 1936) fue un escritor estadounidense, reconocido principalmente por ser el creador de numerosos personajes y relatos del género posteriormente conocido como Espada y Hechicería, de los cuales el mas reconocido es Conan de Cimmeria.
Fue amigo y confidente de H.P. Lovecraft, con quien colaboró aportando relatos a la inmensa mitología de Cthulhu.

Isla Amiga

Por Gertrude Barrows Bennett

Fue en la costa donde la conocí por primera vez, en uno de esas pequeñas y desgarbadas casas de té que frecuentan capaces pero empobrecidas marineras. Los impecables centros turísticos para ricos de la Unión de Mujeres Aviadoras no eran para gente como ella.

Con semblante rígido y bronceada por el viento y el sol, uno solo podía intentar adivinar su edad, pero me aventuró a decir que estoy en presencia de una superviviente de la edad de las turbinas y los motores a combustible, una verdadera mujer del mar de los tiempos de antaño en que la superioridad de las mujeres sobre los hombres apenas estaba siendo reconocida. En tiempos en los que, para enfatizar su victoria, las mujeres de todos los rangos eran mucho mas estrictas de lo que es necesario hoy en día.

Las jóvenes doncellas, pulcras y sonrientes, ingenieras y fogoneras de los grandes rodillos de aluminio, que a pesar de su profesión lucían muy prolijas con sus trenzas doradas, pantalones azules y toreras, miraban con recelo a reliquias con mirada endurecida de tiempos remotos, cuando éstas entraban y salían de la tienda.

Yo, sin embargo, que ignoraba sin pudor miradas similares sobre mí mismo, soy solo un hombre infiltrado en lugares frecuentados por el sexo que gobierna el mundo, tomé una silla y me senté junto a la veterana. Ordené una tetera llena, dos tazas y un plato de macarunes, y pusé mi rostro mas halagador. Es posible que mi interés y admiración no haya pasado desapercibido ni haya sido en vano. O que los macarunes y el té, ambos excelentes, hayan sido los que soltaron la lengua de la vieja mujer de mar. Cualquiera sea el caso, bajo cuidadoso interrogatorio, empezó a contar anécdotas que excedieron por mucho mis expectativas.

“Cuando era una muchacha,” empezó la marinera, “no existía nada de este lujo, esta pomposidad y glamour que hay sobre el mar. Navegábamos con aceite y combustible. Si nos fallaba, no quedaba otra que echar el aro de goma y a remontar la ola.”

Se refería a la antigua práctica de colocar una especie de neumático llamado salvavidas debajo de los brazos, en caso de que ocurriera ese terrible desastre, ahora muy inusual, que llamaban naufragio.

“En esos días, aun existían muchos hombres lo suficientemente valientes para unirse a nuestras tripulaciones. Y he conocido casos,” agregó con condescendencia, “en que gracias a los músculos de esos hombres algunas pobres marineras llegaron a la costa a salvo y que sin ellos se las habrían comido los tiburones. Ah, no creas que estoy en contra de los hombres, en absoluto. No apruebo el hecho de se los consienta tanto. Hay tanto discurso hoy en día sobre que el hombre solo sirve para llevar y traer y hacer tareas de cuidado en las guarderías. A mi parecer, un hombre que no tenga la templanza de una mujer no esta capacitado para engendrar hijos y mucho menos criarlos. Pero eso no sucede en ningún lado. Mi tiempo ha pasado, lo sé, o no estaría aquí sentada chismoseando contigo muchacho, junto a una tetera vacía”

Entendí la indirecta, rellené las tazas y mientras masticaba su catorceavo macarun retomó la historia.

“Hay un viaje que nunca olvidare, aunque viva para ser tan vieja como la capitana Mary Barnacle del Shouter. Fue a bordo de la vieja Shouter que este viaje ocurrió, y fue su ultimo viaje al igual que el de la capitana Mary. La capitana estaba ya bastante senil, me pareció misericordioso que se fuera de esa manera, a descansar en agua salada como corresponde.”

“Recuerdo la travesía por la capitana Mary, pero lo recuerdo mas porque fue entonces que sucedió, lo mas cerca que estuve de comprometerme en matrimonio en toda mi vida. Para ser hombre, tenía valor, era casi tan sociable como cualquier otro hombre que hubiese conocido, y si no hubiese sido por un pequeño evento que expuso su… su hombría, de una manera que no pude tolerar. Imagino que estaría manteniendo mi casa en orden en estos momentos.”

*

“Zarpamos de Frisco con un cargamento de enaguas de seda hacia Brisbane. A la capitana Mary siempre le gustaron las enaguas. Los bombachones de cuero o incluso las polleras medias le hubieran sido mas rentables, ya que tenían mas demandas, pero la Capitana Mary era dueña de tres cuartas partes del cargamento y decía que las mujeres de tierra firme deberían comprar enaguas y que si no lo hicieran no seria culpa de nuestro Señor ni suya por no proveerselas.”

“Zarpamos en un buen día, lo cual era una buena señal, o lo era, por ese entonces el clima y los mares o Dios eran elementos a considerar para el transito de la humanidad. Apenas dos días de zarpar nos encontramos con un remolino, un vendaval espantoso que de un cachetazo desvió a la vieja Shouter  de su curso. Aunque era una nave robusta. Muy distintas a las naves actuales, livianas, impulsadas a gas, con cascos hechos de aleaciones de aluminio del espesor de una hoja de papel, ésta era de aluminio reforzado de punta a punta. Su turbina la condujo a través de la ola a una velocidad de 45 nudos, que era una velocidad impresionante para un carguero de esos días.”

“Pero esa noche, mientras atravesabamos las verdes y espumosas olas, algo desconocido sucedió ahi abajo.”

“Yo estaba resguardada bajo cubierta, buscando un sujetador de cabello que había perdido en alguna parte esa tarde. Era un sujetador dorado, y ya que el oro era escaso cuando era niña lo valoraba bastante, por supuesto. De pronto, sentí que la Shouter dio un salto bajo mis pies como un aeroplano golpeado por un proyectil en pleno vuelo. Empezó a sacudirse fuertemente por un segundo, de forma aterradora. Entonces, con el sonido del final inminente en mis oídos, me sentí navegando a través del aire directo hacia las fauces mismas del impresionante vendaval. Al caer sobre la monstruosa y gigantesca ola se me taparon los oídos pero creí escuchar una chapuzón cerca mio. Flotando hacia mí, venia uno de esos cofres térmicos para el hielo, hermético y una novedad en esa época. Vacío y sellado herméticamente, ese cofre para hielo funcionó como el mejor salvavidas que una mujer podría desear en un momento como ese. Media como tres metros cuadrados y flotaba en lo alto de la feroz ola. Una vez que me subí al cofre luché por mantenerme a flote, me aferré a la manija y busqué expectante por si alguna de mis compañeras salía a flote. Algo que nunca sucedió, y por una buena razón, la Shouter había estallado y se había hundido; las enaguas, la capitana Mary, todo.”

“¿Qué causó la explosión?” le pregunté.

“Solo el Señor y la capitana Mary podrían explicarlo,” respondió religiosamente.

“Además del aceite de las turbinas, llevaba combustible para sus motores alternativos, y probablemente fue la causa de su final tan repentino.”

“De todas formas, lo único que volví a ver de ella fue el cofre de hielo vacío que la Providencia me había aventado por la cabeza. Me senté sobre ella y floté, y floté y me quede ahí sentada, tarde o temprano la tormenta se termino disipando, el sol volvió a brillar, eso fue la mañana siguiente, y me pude secar el cabello y reponerme . Era una joven muchacha entonces, y bastante atractiva. No quería morir, no mas que tu en este momento. Mi única esperanza era rezar por tierra firme. Hacia la tarde vi con seguridad lo que parecía ser una mancha asomando en el horizonte. Al principio pensé que era un carguero a gas, pero luego descubrí que era una pequeña isla, ahí sola en el gran océano pacifico.”

“Ahora si, este si es un golpe de suerte, pensé, abandoné el cofre para hielo, dado que estaba vacío y yo no tenía hielo para llenarlo, ya no tenía utilidad para mi.  Me aventuré y nadé por mas de un kilómetro hasta que hice pie en tierra firme por primera vez en casi tres días.”

“Era una tierra bella, aunque desprovista de vida humana como un iceberg en el Ártico.”

“Había aterrizado en una resplandeciente playa blanca que ascendía hasta un pequeño bosque de adorables palmeras ondulantes. Sobre ellas pude ver la ladera de una colina tan alta y tan verde que me recordaba a mi antiguo pueblo natal, cerca del Lago Couquomgomoc en Maine. El lugar entero parecía sonreírme cada vez mas. Las palmeras se ondulaban y mecían por la dulce brisa, como si quisieran decir “ponte cómoda y siéntete como en casa. Te hemos esperado por mucho tiempo.” Grité, estaba tan feliz que ser bienvenida. Era una joven muchacha entonces, y muy sensible a cómo las personas me trataban. Te ríes ahora, pero espera a ver sí tenía o no sentido que me sintiera de esa manera.”

“Me incorporé y sequé mi ropa y mi largo y suave cabello de nuevo, y bien valía la pena secármelo ya que tenía mucho mas de lo que tengo ahora. Después de haber caminado un tramo llegue a un pequeño sendero que serpenteaba a través del bosque salvaje.”

“Aquí, pensé, esto luce como hecho por alguien. Me pregunté si serían civilizados o salvajes. Avance por el sendero hasta que terminó abruptamente en un amplio circulo de hierba verde, con un pequeño manantial de agua cristalina. Y lo primero que noté fue un trozo de tabla blanca clavado a la palmera cerca del manantial. Bebi un buen trago de ese manantial, porque créeme que estaba sedienta, y entonces fui a ver la tabla. Evidentemente la habían arrancado de una caja de madera para embalar, y las letras estaban rústicamente impresas con un lápiz de grafito.”

“Que el sielo te ayude quien quiera que seas,” leí. “Algo no esta bie con esta isla . Me voy a arriesga nadando. Tu también debería. Adió. Nelson Smith.” Eso decía, pero la ortografía era sencillamente horrible. Parecía bastante nueva y reciente, como si no hubiesen pasado mas de unas horas desde que Nelson Smith había escrito y clavado eso ahí.

“Bueno, luego de leer esa extraña advertencia empecé a tener un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. Si, temblé como si tuviese fiebre, aunque el ardiente sol del trópico me estaba consumiendo junto con la tabla de la advertencia.” “¿Qué había asustado tanto a Nelson Smith que había tenido que huir nadando? Miré a mi alrededor con mucha cautela y cuidado, pero no pude identificar nada que pudiera representar una amenaza. Y las palmeras y la hierba verde y las flores seguían  sonriendo con una actitud pacífica y amistosa. “Siéntete como en tu casa” estaba escrito por todo el lugar con letras mas claras que las escritas con lápiz de grafito sobre la tabla.”

“Muy pronto, con toda esa calma y tranquilidad y todo, el escalofrío me abandonó. Entonces pensé, “bueno, para estar seguro, esta persona Smith era solo un hombre ordinario, y probablemente solo se puso nervioso por estar tan solo. Seguramente solo se imagino cosas que no eran. Es una lastima que se haya ahogado antes que llegara, aunque probablemente hubiese sido una compañía muy pobre. Por lo que se de él, creo que es un hombre de educación muy corriente.”

“Así que decidí aprovechar al máximo mi estadía, y eso fue lo que hice durante las semanas siguientes. Junto al manantial había una cueva, seca como caja de bizcochos, con un lindo suelo de arena blanca. Nelson había vivido ahí también, se notaba por la basura que había dejado, latas vacías, trozos de periódicos y cosas así. Empecé llamándolo Nelson en mi cabeza, y luego Nelly, empecé a pensar si habría sido de piel oscura o clara, y como habría llegado a naufragar aquí, tan solo, y qué extraños eventos le habían conducido a su final. Limpie la cueva. Se había comido todas sus provisiones enlatadas, independientemente a como las había obtenido en primer lugar, pero esto no era importante. Esa isla era generosa. Leche de coco, bayas dulces, huevos de tortuga y alimentos similares eran mi dieta diaria.”

“Por aproximadamente tres semanas, el sol brillaba cada día, las aves cantaban y los monos parloteaban. Eramos todos una gran familia feliz, y mientras mas exploraba la isla mas me gustaba la compañía que tenía. La tierra se extendía por aproximadamente 15 kilómetros de costa a costa y no había un centímetro que no estuviese limpio y hermoso como un parque privado.”

“Desde la cima de la colina se veía el océano, kilómetros y kilómetros de agua azul, sin señales de embarcaciones gaseras o siquiera esos pequeños botes del gobierno. Esos botes iba a casi todas partes para evitar que algo bloqueara una vía marítima y ese tipo de cosas. Pero sabía que esta isla estaba a mas de doscientos kilómetros de los cursos tradicionales de navegación así que podrían tardar muchos días en enviar un rescate. La cima de la colina, como descubrí la primera vez que la escale, era un cráter erosionado. Así fue como supe que la isla había sido volcánica alguna vez, una de las tantas que se ven en los mares entre Capricornio y Cáncer.”

“Por todos lados, en las laderas de la colina y a través de la frondosa jungla, encontraba grandes cúmulos de roca, que deben haber salido de ese cráter mucho tiempo atrás. Si había lava era tan antigua que estaba totalmente cubierta por vegetación. No podrías encontrarla sin una pala, algo que yo no tenia ni quería tener.”

*

“Bueno, al principio fui feliz ya que las horas eran largas. Escalaba, deambulaba, nadaba y pasaba el tiempo en el agua, peinaba mi larga cabellera ya que afortunadamente no había perdido mi peineta ni el resto de mis sujetadores de cabello dorados. Con el pasar del tiempo me empece a sentir un poco sola. Algo curioso es, que es un sentimiento que cuando empieza, solo empeora mas y mas y tan rápido que te toma por sorpresa. Y ahí fue cuando los días empezaron a decaer. Tuvimos una ola de calor larga y agobiante como nunca había visto en una isla en medio del océano. Las nubes tapaban el sol desde la mañana hasta la noche. Incluso los pequeños monos y pericos que parecían tan llenos de vida, estaban deprimidos y somnolientos como si estuvieran enfermos. Lloré durante todo un día, y dejé que la lluvia me empapara de pies a cabeza, era la primera lluvia que habíamos tenido, y así permanecí incluso durante la noche, aunque si dormí en mi cueva. A la mañana siguiente, me levanté furiosa como un trueno, conmigo mismo y con el mundo.”

“Cuando miré el cielo, estaba cubierto de nubes negras. No podía oír nada que no fuera el rugir de la rompiente en las playas y el salvaje viento aullaba a través de las palmeras.” 

“Mientras estaba ahí parada, un pequeño mono rufián cayo de un rama casi sobre mi cabeza, tome una roca y se la arroje con ferocidad, “¡largate!¡pequeño salvaje bastardo!” Le grité y en ese instante un espeluznante destello de luz cegadora salió de la nada. Hubo un sonido largo como un crujido como si fuera un montón de petardos chinos explotando al mismo tiempo, y luego, sonó como si toda una flota de Shouters hubiese estallado al mismo tiempo.”

“Cuando me quise dar cuenta, estaba en el fondo de la cueva, intentando excavar en la roca con las uñas. Al recobrar la conciencia entendí que había sido solo un rayo, y al acercarme para cerciorarme la vi, una palmera tirada sobre el claro. Estaba hecha pedazos, el rayo la había partido al medio y el pequeño mono yacía debajo, pude ver la cola y las patas que asomaban.”

“Ahora, cuando fije la vista en esa pobre y devastada criatura que había tratado tan mal, me sentí terriblemente avergonzada. Me senté en el árbol destruido y pensé y pensé. Que agradecida debería haber estado. Estaba en una isla adorable, abundante, con agua y comida a mi gusto, cuando podría haber terminado en una árida roca donde moriría de hambre. Y así, pensando, una especie de sentimiento de paz me fue llenado poco a poco. Empece a sentirme cada vez mas contenta hasta casi ponerme a cantar y bailar de alegría.”

“Muy pronto me percaté de que el sol brillaba por primera vez esa semana. El viento había dejado de aullar, y el oleaje se había reducido a un suave murmullo en la playa. Me pareció un poco extraño, esa paz repentina, como la alegría de mi propio corazón después de la ira y la tormenta. Me levanté, con una sensación rara, y fui a ver si el mono había vuelto a la vida también, aunque fue una tontería porque podía verlo, estaba ahí todo aplastado y bastante muerto. Lo enterré bajo la raíz de un árbol, y mientras se me ocurrió algo, así de la nada.”

“Casi ni cuestione esa ocurrencia en absoluto. De alguna manera, al vivir ahí sola por tanto tiempo, era probable que mi intuición femenina natural se hubiese fortalecido mas que nunca, o eso pensé en ese momento. Entonces fui y arranque la tabla del pobre Nelson Smith, la saqué del árbol y la arroje al mar para que la oleada se la llevara. ¡Esa tabla era un insulto hacia mi isla!”

La mujer de mar hizó una pausa, sus ojos tenían una mirada perdida en la distancia. Era como si yo e incluso los macarunes y el té hubieramos desaparecido.

“¿Por qué pensaste eso?” le pregunté, para traerla de vuelta. “¿Cómo podría una isla sentirse insultada?”

Ella empezó, se pasó la mano por los ojos y a duras penas se sirvió otra taza de té.

“Porque,” dijo finalmente, engullendo un macarun en el aire, “porque esa isla en la que había naufragado, ¡tenía corazón!”

“Cuando yo estaba contenta, todo era brillo y felicidad. Estaba contenta cuando llegué, y me trató bien hasta que me puse cascarrabias, eso la hizo sentir mal. Me quería como a una amiga. Cuando le arroje la roca a ese pobre mono, se solidarizó con mi enojo y reaccionó con una ira parecida a la Dios y ¡mató a su propio hijo para complacerme! Pero la puso contenta apenas entendí lo equivocado de mis acciones. Nelson Smith estaba totalmente equivocado al decir que “algo no estaba bien con esta isla”, ya que era el mejor lugar en el que había estado jamas. Cuando desterré a esa tabla mentirosa, todas las aves empezaron a cantar como locas. Los cocos empezaron a caer por todos lados. Solo los monos parecían un poco tristes y estaban inmóviles, no me sorprendió. ¡Su propia madre había matado a uno de ellos para complacerme a mi!”

“ Después de eso empecé a hacer las cosas bien, a ser cuidadosa y considerada. Nombré a la isla Anita, sin saber su nombre correcto, o si acaso tenia alguno. Anita era un lindo nombre, y sonaba como un nombre típico de esa región del océano del sur. Anita y yo nos llevamos bastante bien desde ese día en adelante. Era un poco agotador estar siempre alegre y andar canturreando como un canario todo el día pero hice lo mejor que pude. Aun así, con todo el amor y gratitud que sentía por Anita, la compañía de una isla, sin importar lo compasiva que era, no se equipara con la de un ser humano. Aun me sentía sola, y había días en los que no podía mantener el cielo despejado, aunque debo decir que no hubieron mas tornados.”

“Creo que la isla lo entendió e intentó ayudarme con toda la abundancia y la buena energía que poseía la pobre. Sin embargo, mi corazón se sobresaltó maravillosamente cuando un día, vi algo borroso en el horizonte. Se empezó a acercar cada vez mas hasta que por fin pude entender de qué se trataba.”

“Un barco, claro,” le dije, “¿y la rescataron?”

“No era un barco,”negó la mujer de mar un poco impaciente. “¿puedes dejarme terminar de contar este rollo sin interrumpir con afirmaciones y preguntas tontas? ¡La cosa que se aproximaba venía tan rápido traído por la marea no era nada mas ni nada menos que otra isla!”

“Haces bien en quedar perplejo, así estaba yo cuando la vi. Probablemente mucho mas. No sabía por ese entonces lo que probablemente tu con todos tus estudios quizás sepas ahora, que las islas, a veces flotan. La base de la isla era un desordenado entramado de raíces y viejos viñedos sobre los que crecían nuevas plantas, a veces se despegan de la tierra principal arrancados por algún viento fuerte y se van de viaje, con una calma similar a los barcos a vapor de antaño. Esta era particularmente grande, debe haber medido cerca de tres kilómetros de costa a costa. Tenia sus palmeras y se veía llena de vida, como mi propia Anita y a veces me he preguntado si esta pieza que flotaba a la deriva alguna vez habría sido parte de mi isla, como una especie de hija quizás.”

“Sea lo que fuere, apenas la pieza flotante llego a una distancia mínima empece a escuchar alaridos humanos, había un hombre bailando de aquí para allá en la costa como si estuviera loco de remate. Al minuto siguiente, se zambullo en el pequeño tramo de agua que quedo entre nosotros y llego nadando hasta donde estaba yo.”

“Si, no era otra persona que el mismísimo Nelson Smith!”

“Lo supe al minuto de que puse mis ojos en él. Tenia la apariencia de no tener el mínimo criterio al igual que el hombre que escribió esa tabla y casi se suicido intentando huir de la mejor isla de todos los océanos. Estaba contento de haber vuelto, eso si, ya casi no le quedaban cocos en la isla flotante que lo había rescatado y prácticamente ningún huevo de tortuga. La escasez de comida es la forma mas segura de curar el miedo de un hombre a lo desconocido.”

 *

“Bueno para hacer mas corta la historia, Nelson Smith me contó que era aeronauta. En esos días, ser aeronauta no era lo mismo que ser aviadora hoy en día. Había peligros en el aire así como también en el mar, y él los había enfrentado a ambos. Su tanque de combustible tenía una fuga, así que cayó al agua cerca de Anita. Una o dos maletas de provisiones fue lo único que pudo salvar del lugar del accidente.”

“Ahora, como podrás adivinar, estaba lo suficientemente loca como para preguntarle que había asustado tanto a Nelson Smith como para que intentara cruzar a nado el Pacífico. Me contó una historia que encajaba bastante con la mía, solo que cuando llegó a la parte aterradora se cerró como una almeja, de esa forma exasperante que tienen algunos hombres. Dejé de insistir eventualmente para consentir su idiotez de hombre y empezamos a planear nuestra huida.”

“Anita se puso mal mientras hablábamos. Entendí como debía sentirse así que le explique que era muy necesario que volviéramos con nuestra especie. Si ambos nos quedábamos con ella probablemente habríamos peleado como perros y gatos y quizás hasta nos hubiésemos matado mutuamente de pura terquedad humana. Se alegró bastante después de esa charla, e incluso, creo que hasta se puso un poco ansiosa de que nos fuéramos. Tal era la ansiedad que cuando empezamos a prepararnos y a juntar provisiones para nuestro pequeño flotador, el cual habíamos anclado a la isla grande con un cable hecho de corteza trenzada, los frutos empezaron a caer por todos lados, y Nelson encontró mas nidos de tortuga en un día que lo que yo había encontrado en semanas.”

“Durante esos días me encariñe bastante con Nelson Smith. Era una buena compañía, y valiente, o de lo contrario no hubiese sido una aeronauta profesional, un trabajo considerado bastante rudo para mujeres ni hablar para un hombre. Aunque no tenía tanta educación como yo, era tranquilo y modesto sobre lo que sí sabía, no como algunos hombres que se jactan mas de cosas para nada fuera de lo ordinario.”

“En efecto, a veces pienso que hubiera pasado si Nelson y yo abandonábamos el aire y el mar juntos para asentarnos en algún tranquilo pueblo de Nueva Inglaterra para vivir del trabajo domestico después de escapar de esa isla, pero lo que pasó cuando nos íbamos cambió todo. Nunca, déjame decirte, me había engañado tanto un hombre hasta ese momento y en toda mi vida. Aprendí la lección y no volví a caer nunca mas.”

“Estábamos listos para irnos, y entonces una mañana, como un regalo de despedida de Anita vino un viento suave y favorable. Nelson y yo corrimos por la playa juntos, porque no queríamos que el flotador se fuera sin nosotros. Mientas corríamos con los brazos llenos de cocos, Nelson Smith se golpeó un dedo del pie descalzo con una roca afilada y cayo al suelo. No me percaté así que seguí corriendo.”

“Pero de repente el suelo empezó a temblar bajo mis pies, y el aire se lleno de un sonido extraño, como un chirrido o un gemido, como si la tierra misma estuviera sufriendo.”

“Me di vuelta rápidamente. Ahí estaba Nelson, sosteniendo su dedo sangrante con ambas manos y vociferando palabras tan horrendas que ninguna marinera decente osaría repetir ni volver a oír”

“¡Detente, detente!” le grité, pero fue demasiado tarde.

“Isla o no isla, ¡Anita era también una dama! Tenía un corazón noble pero sabía cómo reaccionar cuando se sentía insultada.”

“Con un temible y gigantesco rugido, ¡una columna de humo y llamas salió expulsada del corazón de Anita por el cráter de la colina y se elevó casi dos kilómetros por el aire!”


“Supongo que Nelson dejó de maldecir. No podría siquiera escucharse de todas formas. Anita estaba hablando ahora, con una lengua de fuego y rugidos que hubieran opacado a las mas brutales protestas de un continente.”

“Tomé a ese idiota de la mano y lo llevé corriendo al agua. Tuvimos que nadar bastante y muy duro para alcanzar a nuestra única esperanza; el flotador. Ninguna cuerda de corteza hubiera podido sostenerla contra la fuerte brisa que soplaba en esos momentos, en efecto había cortado sus amarras. Para cuando subimos a la isla grandes rocas caían por todos lados. No pudimos vernos por momentos debido a las nubes de ceniza gris.”

“Anita estaba tan furiosa que nos arrojaba rocas, y sinceramente creo que lo hacia intencionalmente. ¡No la culpo!”

“Por suerte para nosotros el viento era lo suficientemente fuerte y pronto estuvimos fuera de alcance.”

“¡Ahora entiendo!” le dije a Nelson, cuando pude quitarme gran parte de las cenizas de la boca y del cabello. “¡Con que esa fue la razón por la cual te fuiste repentinamente cuando estuviste ahí la primera vez! ¡Exasperaste a esa isla hasta que la pobre te expulsó!”

“Bueno,” dijo él, y no de forma tan humilde como me hubiese gustado que lo dijera, “¿cómo podría yo saber que la condenada isla era una dama?”

“Las acciones hablan mas fuertes que las palabras” le dije, “¡deberías haberte dado cuenta porque se comportaba como una dama!”

“¿Acaso los volcanes y el lanzamiento de rocas ardientes son propias de una dama?” me dijo. “¿O las serpientes?” La vez pasada me corte el pulgar con una lata, maldije un poco. ¡Muy poquito! ¿Y qué salió a atacarme desde todas las cuevas, desde cada grieta en cada roca, y desde cada manantial de agua de donde solía beber? ¡Serpientes! ¡Serpientes, las que quieras, grandes, pequeñas, verdes, rojas y azul cielo! ¿Qué podría haber hecho? Salte al agua, por supuesto. ¿Por qué no lo haría? Preferí nadar y ahogarme antes de quedarme a ser picado y tragado hasta la muerte. ¿Cómo podía yo saber que las serpientes que salieron de las rocas fueron a causa de mis palabrotas?”

“Claro cómo podías saber,” coincidí de manera sarcástica. “Algunas personas nunca reconocen a una dama hasta que se levanta y les avienta un ladrillo por la cabeza. Una advertencia, real, gentil y amable fueron las serpientes, ¡algo a lo que claramente no prestaste atención! ¡Debiera darte vergüenza, Nelly! Le dije, con semblante serio, “que una pequeña y decente isla como Anita no se pudiera asociar contigo de manera apacible, que heriste sus mas sagrados sentimientos con lenguaje que ninguna dama se quedaría a escuchar!”

“Nunca volví a ver a Anita. Quizás la explosión la hizo desaparecer de la faz del océano, explotó de la ira provocada por el vulgar y desagradable lenguaje de Nelson Smith. No lo sé. Salimos del flotador eventualmente, y perdí el rastro de Nelson apenas tuve la oportunidad cuando tocamos tierra en Frisco.”

“Me enseñó una lección. Los hombres y sus hombrías. Hasta el mejor de ellos no es lo suficientemente bueno para que una dama sacrifique su sensibilidad para soportarlo.”


“Nelson Smith pareció sentirse realmente mal cuando entendió que lo desaprobaba, y se disculpó. Pero no me interesaban las disculpas. ¡Nunca podría tolerarlo, no después de la manera en la que habló, en mi presencia y de mi pobre, y dulce amiga Anita!”

*

Yo estoy bien versado en aventuras del mar de todas las épocas. A través de la neblina del tiempo, he atestiguado con ojos envidiosos las salvajes travesías de trotamundos del mar que han viajado y deambulado y construido sus historias antes de que el sexo mas fuerte se consolidara, y desalojara al hombre de su heroico pedestal. He seguido, a lo largo de paginas impresas, las travesías de Odiseo. He quemado incienso para entrar en trance frente a las aventuras de Gulliver, y aborde maravillado la historia del un tal Munchausen, un Barón. ¡Pero por todos los cielos, solo eran hombres!

¿Podrá ser acaso que las mujeres nos superen en todo?

Humildemente incline la cabeza, y cuando me atreví a levantar la vista, la vieja marinera había partido, dejándome para que pudiera lamentarme por mis ídolos que habían sido ampliamente superados. ¡También me dejó una cuenta de macarunes y té de proporciones tan increíbles que en comparación me resultó sencillo creer en su historia!

No temas, Lo Nunca Visto

Por Gertrude Barrows Bennett

Estaba cenando con mi interesante amigo, Mark Jenkins, en un pequeño restaurante italiano cerca de la South Street. Fue un encuentro fortuito. Generalmente, Jenkis está muy ocupado para comprometerse a cenar con alguien. Mientras ingeríamos nuestra excesivamente condimentada comida y un vino tinto, agrio y aguado, me habló de los pequeños y extraños incidentes y aventuras de su profesión. Nada de vital importancia, claro. Jenkins no es la clase de detective que primero investiga y luego vomita reveladores y egocéntricos detalles de sus logros a cualquier conocido que le preste un oído, sin importar que tan ansiosos estén por escuchar sus historias.
Pero cuando le hable de algo que había visto en el periódico matinal, se rió. “ ¡Pobre viejo “Doc” Holt! Un vejete fascinante, para cualquiera que realmente lo conozca . Hemos sido amigos por años, desde que entré a la fuerza policial de la ciudad y salve a su joven asistente de ir a prisión por cargos falsos. Lo arrestaron por envenenar a ese muchacho, Ralph Peeler.”
“¿Por qué estás tan seguro de que no pudo estar implicado?” le pregunté.
Jenkins solo movió la cabeza y sonrió discretamente. “Tengo razones para creerlo” fue lo único que le pude sacar al respecto. “Pero” agregó, “la única razón por la que terminó siendo sospechoso en primer lugar es por el temor supersticioso de la gente ignorante que lo rodea. No entiendo porque vive en un lugar así. Estoy seguro de que no tiene la necesidad. El Doc tiene dinero. Es químico amateur y participa en varios proyectos de investigación, sospecho que si de algo es culpable es de “presumir”. Como resultado, todos juran que es hechicero y que mantiene una comunión prohibida con poderes invisibles. ¿Fumas?”
Jenkins me ofreció uno de sus buenos cigarros que siempre traía encima, el cual acepté, a la vez que le decía pensativamente “Un hombre no tiene derecho a jugar con las supersticiones de gente ignorante. Tarde o temprano, atrae problemas.”
“Y así fue. La gente jura por su madre que el Doctor vendía sus pociones de amor en público y sus venenos en secreto, y junto al hecho de que vivía tan cerca de… alguien, lo puso temporalmente en la mira como sospechoso. ¡Pero estoy hablando de mas, como de costumbre!”.
“Como de costumbre” le replique impaciente, “te sinceraste con la franqueza de un diplomático chino”.
Me miró con una entretenida sonrisa y se levantó de la mesa mirando su reloj. “Siento dejarte, Blaisdell, pero tengo que ver a Jimmy Brennan en diez minutos.”
Era evidente que ya no le interesaba mi compañía así que me quede sentado un tiempo mas después de su partida, momentos después emprendí el camino a mi hogar. Esas calles siempre me generaron una cierta fascinación, particularmente de noche. Son muy distintas a las del resto de la ciudad, de apariencia extranjera, con sus pequeñas tiendas andrajosas, siempre abiertas hasta altas horas de la noche, sus productos increíblemente baratos, exhibidos tanto dentro como fuera de la tienda, colgadas del frente y acomodadas en mesas sobre la vereda y hasta en la calle misma. Esta noche, sin embargo, ni la gente ni las mesas me resultaron atractivas. La mezcla de italianos, judíos y algunos negros, la mayoría sin sombreros, descuidados y poco higiénicos, me genero un poco de nauseas. Eran todos humanos, igual que yo. De alguna manera esa idea me desagradaba.
Esto me intrigaba, ya que tengo mas inclinación a empatizar con la pobreza que a señalarla, observé los rostros a mi paso. Nunca antes me había dado cuenta de lo estúpido, lo bestial, lo brutal que eran el semblante de los moradores de esta región. Llegue a estremecerme cuando un hombre harapiento, un hebreo de barba gris, me rozó al pasar junto a mi con su carreta.
Había un sensación de maldad en el aire, una advertencia sobre cosas de las que un hombre pulcro haría bien en mantenerse alejado. La sensación era tan fuerte que antes de recorrer dos cuadras empecé a sentirme físicamente enfermo. Luego se me ocurrió que esa copa de Chianti barato que había bebido quizás tenia algo que ver. ¿Quién sabe como fabricaban esa cosa?, ¿o si el jugo de uva siquiera formaba parte de esa asquerosa formula ? Aun así, dude sobre si era la verdadera causa de mi malestar.
Por naturaleza, soy una persona bastante susceptible e impresionable. De alguna manera, esta noche, este vecindario con sus sórdidas vistas y olores, me había caído mal.
Mi presentimiento se estaba convirtiendo en miedo real. No podía consentirlo. Solo hay una manera de lidiar con un temperamento imaginativo como el mio, vencer mis miedos. Si dejaba la South Street con ese pavor sin nombre sobre mis hombros, no podría volver a pasar por ahí sin volver a sentir ese miedo. Simplemente debo quedarme aquí hasta que se me pase, eso es todo.
Hice una pausa en la esquina frente a una pequeña droguería, andrajosa pero muy bien iluminada. Sus vidrieras resplandecían y sus jarros de exhibición de vidrio verde luminoso lo convertían en el punto mas brillante de la cuadra. Estaba cansado pero no quería entrar en ese lugar a descansar. Sabia que la compañía iba a ser similar a la de la andrajosa y pegagosa fuente de sodas. Estaba ahí parado cuando mis ojos se posaron sobre un cartel alargado blanco frente a mi, sus letras negras y rojas llamaron mi atención.
¡VEAN LO GRANDIOSO LO NUNCA VISTO!
¡Entren! ¡Te hablo a ti!
¡Entrada gratuita!
Un museo de falsedades, pensé, pero también pensé que si era un espectáculo de algún tipo podría sentarme por un rato, descansar y tratar de vencer esta creciente obsesión por un mal inexistente. Esa parte de la calle estaba casi desierta, y el lugar en sí probablemente estaría casi vacío también.
II
Entré, pero con cada paso mi sensación de pavor aumentaba. Temor a que, no lo sabía. Horror inexplicable, etéreo, me había atrapado como si fuera un red, cuyos hilos, al ser intangibles, sin razón de ser, me resultaba imposible sacudírmelos. No eran las personas esta vez. No había nadie cerca mio. Ahí, en la calle abierta e iluminada, sin visión o sonido de terror que me asediara, era la temblorosa victima de un miedo como nunca había sentido. Aun así no me rendiría.
Apreté los dientes y como luchando contra algún animal enfurecido, forcé mis pasos lentamente y camine por el corredor buscando la entrada. Justo en ese lugar no habían otras tiendas, pero si varias puertas a las cuales se accedía luego de atravesar varios tramos de escaleras de piedra con barandas de hierro. Elegí la del medio bajo el cartel. En ese vecindario hay museos, tiendas, y otros negocios comerciales que se hacen en residencias andrajosas como estas. Detrás de la puerta vidriada que había elegido, se veía una tenue luz rosáceo, pero en ambos lados las ventanas estaban completamente oscuras.
Intenté abrir la puerta, estaba sin cerrojo. Mientras la abría un grupo de italianos pasó por la calle debajo y los miré por encima de mi hombro. Estaban joviosamente vestidos, hombres, mujeres y niños, riendo y charlando entre ellos, probablemente iban camino a una boda o a alguna otra festividad.
Al pasar, uno de los hombres miró hacia arriba directo hacia mi e involuntariamente me encogí contra la puerta. Era un hombre joven, apuesto, de tez oscura, pero nunca en mi vida había visto un rostro que expresara de forma tan pura y descarada, la crueldad y la malicia. Nuestros ojos se encontraron y él pareció encenderse con brillo envilecedor, como si toda la maldad de su ser se hubiese concentrado en una mirada de odio puro.
Pasaron de largo, pero a cierta distancia pude ver que se volvía a observarme, con el mentón clavado al hombro, hasta que él y su grupo desaparecieron en la multitud de mercaderes en la calle.
Asqueado y aterrado por ese encuentro, aunque solo haya sido de miradas, tire mi cigarro a medio fumar y entré. Adentro, había un pequeño vestíbulo cuyo piso teselado estaba sucio por tantas pisadas que iban y venían. Podía sentir la arena bajo mis zapatos, lo cual me crispaba aun mas los nervios. La puerta interna estaba parcialmente abierta, al adentrarme pude ver un corredor, vacío y sucio donde me abrazó el agrio olor de la humedad, empobrecido, típico de estos antros de mala muerte. Detrás, una escalera cubierta por una andrajosa alfombra. Una lampara de gas brillaba tenuemente dentro un farol rosa, era la luz que se veía desde afuera.
La casa parecía estar completamente en silencio. De seguro, esto no era un lugar de entretenimiento de ningún tipo. Lo mas probable es que fuera una pensión y yo me había equivocado de entrada.
Para alivio mio, desde que entré a la morada, la agonía del terror sin sentido que me había invadido se había ido. Si pudiera entrar a algún lugar para sentarme y estar tranquilo, probablemente se iría para siempre. Determinado, estaba a punto de dejar el corredor para probar otra entrada cuando una de las muchas puertas que ocupaban los laterales se abrió repentinamente y un hombre se asomó.
¿Si? dijo, me miró animosamente sin el menor indicio de sorpresa por mi presencia en el lugar.
“Disculpe” respondí. “la puerta estaba abierta y entré a este lugar pensando que era la entrada de la exhibición de ¿cómo lo llaman? “Lo Grandioso Nunca Visto”. Lo que mencionan en el cartel largo y blanco. ¿Puede decirme qué puerta es la correcta?
“Claro que puedo”
Con esa breve respuesta se detuvo a mirarme nuevamente. Era un hombre alto, esbelto, un poco encorvado pero de un semblante muy distinguido. Estaba extrañamente bien vestido para ese vecindario, su rostro alargado impecablemente rasurado contrastaba, ya que aun cuando era de tez oscura y ojos tan negros como el carbón, sus abundantes cejas y su cabello eran de un color blanco platinado. Su edad debía superar los sesenta años.
Me cansé de que me observara. “Si sabe pero no me lo dirá, entonces olvídelo”, pareció molestarse así que me di vuelta para irme. Hasta que una tajante exclamación me detuvo.
“¡No!” dijo, “¡No, no! Discúlpeme por la pausa, no estaba dudando se lo aseguro. ¡Pensar que una persona, aunque sea una ha venido! Durante todo el día han pasado delante de mi cartel, han pasado pero no entraron por temor. Pero tú, tú eres diferente. No eres como esos campesinos extranjeros, temerosos e ignorantes. ¿Me pediste que te indicara la puerta correcta? ¡Es por aquí! ¡Aquí!
Golpeó el panel de la puerta que acababa de cerrar por lo que el agudo pero vacío sonido que hizo reverberó por toda la silenciosa casa.
Ahora, uno pensaría que después del pavor sin sentido que sentí en la calle, la extraña bienvenida de tan extraño individuo debería haber hecho resurgir el sentimiento y esta vez potenciado. Pero hay un emoción que es aun mas fuerte, hasta cierto punto, que el miedo. Este extraño sujeto despertó mi curiosidad. ¿Qué clase de museo tenía que la gente temía entrar a verlo? Nada realmente terrible, me imagino, o la policía ya lo habría clausurado. Por lo general, no soy una persona temerosa. Pregunte “entonces, ¿está ahí, verdad?” mientras avanzaba hacia él. “¿Acaso soy el único miembro de la audiencia? Esta va a ser una experiencia interesante” estaba casi riéndome para entonces.
“La mas interesante del mundo”, dijo el anciano, con una solemnidad que soslayaba la ligereza con la que me lo estaba tomando.
En ese momento abrió la puerta, entró y la cerró de nuevo, me la cerró en la cara. Me quede ahí parado. Los paneles, recuerdo, estaban originalmente pintados de blanco, pero ahora la pintura estaba descascarada y llena de burbujas, gris por el polvo y marcas de dedos sucios. De repente se me ocurrió que no tenía deseo alguno de entrar ahí. Lo que sea que hubiera detrás no podía ni remotamente valer tanto la pena, o de lo contrario no hubiera elegido semejante lugar para exhibirlo. Cuando el viejo se esfumó también lo hizo mi curiosidad, pero justo cuando me volteé para irme, la puerta se abrió y este artista tan singular asomo su rostro de cejas plateadas. Frunció el ceño impacientemente “¡Entre, entre!” gritó, retiró la cabeza de la puerta y la volvió a cerrar.
“Tiene algo ahí adentro que no quiere que se le escape”, fue la conclusión que saque, “bueno, difícilmente sea algo peligroso, y está tan ansioso que debería entrar, ahí voy”
Con eso en mente, tome la manija sucia de porcelana blanca y entré.
El cuarto al cual ingresé, no era ni muy grande ni estaba muy bien iluminado. No parecía un museo o un salón de espectáculos en absoluto. Al contrario, parecía estar configurado como un laboratorio muy bien equipado. El piso tenía una cubierta de linóleo, habían estanterías de vidrio en las paredes cuyos estantes estaban llenos de botellas, vasos de precipitados, de medición, y ese tipo de cosas. Sobre una mesa larga en una esquina reposaba lo que parecía un extraño tipo de cámara y sobre una mesa aun mas larga en el medio del cuarto había un gran anaquel lleno de botellas y tubos de ensayo y donde además estaba lleno de papeles, restos de vidrios y parafernalias varias que debido a mi ignorancia no pude identificar. Habían varios estantes de libros, algunas sillas simples de madera, y en la esquina un fregadero de hierro grande con agua corriente.
Mi anfitrión de cabello blanco y ojos negros me estaba esperando cerca de la mesa mas grande. Me señalo una de las sillas de madera con un dedo delgado y tembloroso, tembloroso por la edad o por el entusiasmo. “Siéntese, siéntese” No tenga miedo, esto le resultará interesante, ¡amigo mío! ¡No tema, no hay absolutamente nada que temer!”
Mientras decía eso, me miró fijamente a los ojos y con mas dureza que nunca. Pero el efecto de sus palabras tuvo el efecto inverso. En efecto, me senté, porque mis rodillas cedieron, pero si en el corredor de afuera mi temor se había disipado, ahora había regresado pero multiplicado por dos. Afuera del cuarto, la luz se había desvanecido, a un rosa sombrío, indefinido. Cuando eso sucedió pude percibir como el rostro de ese hombre era en realidad una mascara de pura maldad, de crueldad, de odio y un desprecio magistral. Ahora entendía el significado de mi miedo, cuyas advertencias no acate. Ahora entiendo que caí en la mismísima trampa de la cual mi anormal sensibilidad había tratado de salvarme.
III
Nuevamente, una lucha se desató dentro mío, me mordí el labio hasta que sangró, y una ceguera transitoria me abstrajo. Debió durar mas de lo que creí y el anciano debió haber estado todo ese tiempo hablando ya que cuando finalmente pude recuperar el control y prestar atención, escuchar y verlo, él estaba junto al fregadero, a unos tres metros de distancia, se dirigía a mi de una manera un tanto teatral, como si le hablara a la gran audiencia que esperaba tener y cuya ausencia había condenado.
“Y así,” decía, “me vi forzado a fabricar estas láminas con mucho cuidado, para representar genuinamente las tonalidades características de cada organismo por separado. Ahora, trabajar con cada tipo de color hace a las películas extremadamente sensibles. Sin dudas esta usted familiarizado en forma general con las exquisitas transparencias producidas por la fotografía a color hechas con una sola lamina.”
Hizo una pausa, y, en mi intento de actuar como un ser humano normal, hice una observación: “Vi unos lindos paisajes hechos de esa manera, la semana pasada en una muestra en el Franklin Hall.”
Frunció el ceño, y me hizo un gesto impaciente con la mano. “Esto sale mejor si no me interrumpe,” dijo, “la pausa era meramente con fines oratorios.”
Me retraje humildemente, mientras él volvía a su tono de voz original, fuerte y clara. Hubiese sido un gran expositor frente a una audiencia mucho mas grande, si tan solo no tuviera ese timbre de voz tan escalofriante. Pensar en eso me hizo volver a perderme un poco de la exposición y cuando la retome le escuche decir:
”Como he demostrado, la lámina original es la imagen final. Ahora, muchos de estos organismos son extremadamente difíciles de fotografiar, y la microfotografía a color es particularmente complicada. En consecuencia, arruinar una lámina pone a prueba la paciencia del fotógrafo. Son tan sensibles que la lampara rubí ordinaria de los cuartos oscuros los arruina al instante, y por lo tanto, deben ser desarrollados en la oscuridad o utilizando una luz especial que se produce interponiendo una delgada hoja de tejido de un tono particular de verde y amarillo entre la lampara y lámina, e incluso de esa manera a menudo se producen nubes. Ahora yo, como me resultó tan difícil manipular esos materiales, hice numerosos experimentos en vistas a descubrir algún material de un color que aporte al verde sin dejarlo desprovisto de toda su efectividad. Todo lo que probé resultaba igualmente inútil, pero seguí perseverando, hasta la semana pasada.”
Su voz cayo hasta un tono casi de confidencia, se inclinó hacia mi. Yo estaba helado de la nuca hasta los pies, aunque la cabeza me ardía, pero intente forzar una sonrisa que denotara apreciación.
“La semana pasada,” continuó en forma imponente, “hice llenar una receta en la droguería de la esquina. Me enviaron la botella a casa envuelta en un papel que a primera vista parecía ser un papel blanquecino ligeramente traslucido. Mas tarde determiné que era un tipo de membrana. Cuando le pregunté al tendero para dar con su origen, me dijo que era una hoja de “papel” donde venía enrollado un manojo de hierbas de Sudamérica. Que no tenia mas que esa hoja y dudaba que yo pudiese rastrearla. Había envuelto mi botella con ella solo porque tenia prisa y la hoja estaba a mano.
“No puedo explicarte que fue lo que me inspiró a probar esa membrana en mi trabajo fotográfico. Era blanca opaca y apenas traslucida, excepto cuando se la sostenía a contraluz. Entonces se hacia muy traslucida y con brillo prismático. Por alguna razón se me ocurrió que este efecto refractario podría ayudar a descomponer los rayos actínicos, los rayos que afectan la hipersensible emulsión. Así que esa noche, la inserte detrás de las hojas de tejido verde y amarillo, junto a la lampara, preparé mis bandejas y químicos, deje el portaláminas cerca, apague la luz blanca y prendí la verde”
No había nada en sus palabras que inspirara temor. Era un agotador relato de sus problemas con la fotografía. Pero aun así, mientras hacia una imponente pausa en su relato, desee que no volviera a hablar. Estaba desesperado, y terriblemente aterrado de lo que pudiera decir a continuación.
De repente, se incorporó y se puso derecho, el encorvado desapareció de sus hombros, se hecho para atrás y se largo a reír. Era un sonido hueco, como si se riera a través de una trompeta. “¡No te diré lo que vi! ¿Por qué lo haría? Tus propios ojos serán testigos. Solo esto te diré, para que lo entiendas mejor, después de verlo. Cuando nuestra pobre y defectuoso sentido de la vista puede percibir algo, decimos que ese algo es visible. Cuando los nervios del tacto pueden sentirlo, decimos que es tangible. Sin embargo, hay seres que son intangibles a nuestros sentidos físicos, pero cuya presencia puede ser detectada por nuestros espíritus, y es invisible a nuestros ojos solo porque dichos órganos no perciben la luz que se refleja en sus cuerpos. Pero la luz que atraviesa la pantalla que estamos apunto de utilizar como tiene una longitud de onda que es nueva para el mundo científico, y a través de ella veras con los ojos de la carne lo que ha sido invisible desde que la vida comenzó en este mundo. ¡No temas!”
Se detuvo a reír nuevamente, una risa amenazadora.
“¡No temas!” reiteró, y en ese instante, estiró su mano en dirección a la pared, se escucho un clic y nos quedamos en oscuridad, una oscuridad impenetrable. Quería salir corriendo, buscar la puerta por donde había entrado y salir corriendo de ahí, pero la parálisis de un terror irracional me detuvo.
Podía oírlo moviéndose en la oscuridad, y un momento mas tarde una tenue luz verde iluminó la habitación. Venía de arriba del enorme fregadero, donde supongo que había desarrollado su preciada “lámina de color”.
De a poco, a medida que mis ojos se acostumbraban a la penumbra, podía ver cada vez mas claro. La luz verde es peculiar. Era quizás mas tenue que la roja, y al mismo tiempo iluminaba mucho mas. El anciano estaba parado debajo de la luz, el fantasmagórico resplandor le daba a su rostro la apariencia de un hombre muerto. Aparte de esto, no pude ver nada mas que fuera atemorizante.
”Eso,” continuó el hombre, “es solo la luz de revelado de la que le he hablado, ahora observe, ya que esta a punto de presenciar lo que ningún otro mortal aparte de mi ha visto jamas.”
Por un momento se fundió con la lampara verde sobre el fregadero. Estaba construida de forma tal que todos los rayos bajan en dirección al piso. Abrió una ranura en uno de los lados, por un momento salio un rayo de luz blanca y reconfortante, entonces insertó algo, lo deslizó lentamente y cerró la ranura.
Lo que colocó dentro, debió ser la “membrana” Sudamericana, en lugar de disminuir la luz la incrementó, sorprendentemente. El tono cambió de verde a un gris verdoso, y todo el cuarto se convirtió en una cámara fantasmagórica y tétrica, llena de… ¿qué era eso?
Mis ojos se ajustaron, y quedaron fascinados por lo que se movía a los pies del anciano. Se retorcía ahí en el suelo como una enorme y repulsiva estrella de mar, una cosa inmensa, con brazos y piernas que se contorsionaba y convulsionaba. Era lisa, como si estuviera hecha de goma, de un color verde blanquecina y en ese momento arrastraba su cuerpo informe y tentaculoso en dirección a mi anfitrión, comenzaba a escalarlo, si, trepaba por sus piernas, por su cuerpo. Y él ahí, de pie, erguido, de brazos cruzados, miraba rigurosamente a la criatura que trepaba por su cuerpo.
Pero el cuarto, el cuarto completo rebosaba de vida con otras criaturas como esa. Estaban en todos lados, criaturas tipo ciempiés, con cuerpos de un metro de largo; arañas peludas y horribles se arrastraban por las sombras, horrores traslucidos en forma de salchicha se movían y flotaban por el aire. Se sumergían aquí y allá entre la luz y yo, y podía ver el brillo verdoso a través de sus cuerpos verdosos.
Peor, mucho peor que estas criaturas eran las que tenían rostro humano. Como mascaras, con bocas enormes y monstruosas, y ojos rasgados. No encuentro palabras para seguir describiéndolos. Esa característica suya es lo que me ayuda incluso ahora a hacer su recuerdo tolerable.
El anciano volvió a hablar y cada palabra reverberaba en mi cerebro como el estruendo de un gong. “¡Nada que temer! Nos movemos entre estas criaturas todos los días a toda hora, tanto de día como de noche. Solo tu y yo las hemos visto, ya que Dios es piadoso y le ha evitado al ser humano este padecimiento.¡Pero yo no soy piadoso! Despreció la raza que parió estas criaturas, la raza que estando rodeada de seres invisibles, inimaginables pero benditas, las elije como su compañía! Todo el mundo las vera y sabrá. Uno por uno vendrán aquí, verán la verdad y perecerán. ¿Quién puede sobrevivir a semejante terror? Entonces, yo, también encontraré la paz y dejaré la tierra para que la hereden los horrores creados por el hombre. ¿Sabes qué son? ¿de dónde vienen?”
Su voz resonaba ahora como la campana de una catedral. No podía responderle, pero él no esperó por ella de todas formas. “Salieron del éter, del omnipresente éter, la sustancia intangible con la cual la mente de Dios hizo los planetas, todas las cosas vivas, y el hombre, el hombre ha creado estas cosas! Mediante sus malvados pensamientos, sus egoístas temores, su lujuria, y su interminable e inacabable odio, los ha creado, y están en todas partes. No temas, no pueden lastimar tu cuerpo, pero ¡cuida tu espíritu! No temas, pero observa lo que venga a ti, su creador, ¡la forma y el cuerpo de tu MIEDO!.”
Como él dijo, percibí una Cosa gigantesca viniendo hacia mi, una Cosa, pero la conciencia ya no resistía. La voz amenazante que resonaba en mis oídos se convirtió en un rugido, entonces, la terrorífica visión empezó a desvanecerse y la nada prevaleció ante un terror demasiado grande para soportarlo.
IV
Sentí un dolor fuerte arriba de los ojos. Sabía que estaban cerrados, que estaba soñando, y que el estante lleno de botellas de colores que parecía ver con tanta claridad no había sido mas que parte de un sueño. Había una vaga pero imperativa razón por la cual debería despertarme a mi mismo. Quería estar despierto y pensé que si miraba fijamente podía efectivamente disolver esa sosa visión de botellas azules y marrones. Pero en lugar de disolverse se hicieron mas claras, mas sólidas y en apariencia mas sustanciales, hasta que repentinamente el resto de mis sentidos volvieron todos juntos a respaldar a la visión, y entonces me di cuenta que mis ojos estaban abiertos, las botellas eran reales, seguía sentado en una silla caída hacia un lado con la mejilla apoyada incómodamente contra la mesa que sostenía la estantería.
Me incorporé lentamente y con dificultad, tanteando en mi dolorido cerebro alguna pista que explicara mi presencia en este desconocido lugar, este laboratorio que estaba iluminado solo por los rayos de un arco de luz que llegaba de la calle a través de tres grandes ventanas. Aquí estaba, solo, sentado, y si el dolor por calambre en las extremidades era indicador de algo parece que he estado aquí por un buen tiempo.
Entonces, con la dolorosa conmoción que acompaña despertarse ante una gran catástrofe, llegan los recuerdos. Era este mismo cuarto, iluminado por la luz de la calle y ahora vacío, el cual había visto atestado de criaturas demasiado horribles para describirlas. Miré mis pies estupefacto, con miedo. Ahí estaban las estanterías con puertas de vidrio, estantes con libros, las dos mesas cargadas, y el fregadero grande de acero de donde había salido esa aterradora, y reveladora iluminación. Entonces, la experiencia no había sido un sueño, sino una aterradora realidad. Con cruel indiferencia mi extraño anfitrión me había dejado ahí inconsciente durante horas, sin hacer el menor esfuerzo para ayudarme o intentar reanimarme. Quizás me odiaba tanto que esperaba que muriera ahí.
Al principio no hice esfuerzo para abandonar el lugar. Su apariencia me generaba desprecio. Quería irme, pero me sentía demasiado débil y enfermo para hacer el esfuerzo. Tanto mental como física, mi condición eran deplorable, y por primera vez me di cuenta que una conmoción mental podía atacar vilmente el cuerpo tanto como una noche de libertinaje.
Cada nervio y músculo de mi cuerpo temblaba, con mareos, dolor de cabeza y nauseas, me arrastré de vuelta a la silla, esperando recuperar el control de mi cuerpo antes de que el anciano regresara para poder escapar. Sabía que me odiaba y porque. Mientras esperaba, enfermo y miserable, entendí al hombre. Temblando, recordé los repugnantes horrores que me había mostrado. Si los meros deseos y emociones del ser humano a diario tomaban esa forma, no sorprende que detestara de esa manera a sus congéneres y que solo anhelara destruirlos.
También pensé, en los rostros crueles y malignos que había visto afuera en la calle, por primera vez, como si un velo se hubiese caído de mis ojos hasta ahora cegados por un auto-engaño. Neciamente crédulo como un cachorro recién nacido, había vivido en un mundo malévolo y sombrío donde la bondad es una palabra y el egoísmo puro es la realidad. De forma deprimente, mis pensamientos desfilaron revisando mi propia vida, sus inútiles propósitos, errores y actividades. Todo el mal que había conocido regresó para atormentarme. Nuestros intentos por alcanzar la divinidad fueron una farsa, somos bestias cubiertas de limo retorciéndonos frente al sol al cual reclamamos como herencia pero en nuestros corazones preferimos la fetidez de las profundidades.
Incluso ahora, aun cuando no puedo verlos o sentirlos, esta habitación, el mundo entero, está atiborrado de estos seres creados por nuestra verdadera naturaleza. Recuerdo el despreciable y vergonzoso temor ante el cual mi espíritu había sucumbido con tanta facilidad, y la Cosa sin rostro al cual la emoción había dado a luz.
Entonces, abrupta y sorpresivamente, recuerdo que cada momento estoy haciendo crecer la horda. Dado que mi mente solo puede concebir incubos repugnantes, y dado que mientras viva debo pensar y sentir, y de esa manera seguiré dándoles forma, ¿acaso no había forma de controlar esta abominable sucesión? Mis ojos se posaron sobre los largas estanterías llenas de botellas de colores. Entre los químicos de la fotografía hay muchos venenos mortales, eso lo sabía. Este es el momento para terminar con esto, ¡ahora! Que el anciano regrese y vea como su deseo se ha cumplido. Lo único bueno que puedo hacer, es cerrar esta maquina de crear monstruos.

V
Mi amigo Mark Jenkins es un hombre inteligente y por lo general bastante cuidadoso. Cuando le sacó un cigarro a “Sonrisa” Callahan que tenía toda la apariencia de ser un excelente e inofensivo Cigarro Havana, fue en sí un acto que demostró ser tanto inteligente como cauto. Mediante un trabajo muy astuto, había rastreado el veneno utilizado en el joven Ralph Peeler hasta la puerta del Sr. Callahan, y creía que este cigarro en particular era compañero del que había fumado Peeler justo antes de su deceso. Y si, luego de arrestar a Callahan, no hubiese confiscado este pedazo de evidencia, sin lugar a dudas hubiese sido destruido por la desafortunada inconsciencia de su propietario.
Pero cuando Jenkins poco después me dio ese cigarro, como uno de los suyos, cometió uno error garrafal, de esos que ocasionalmente cometen los hombres inteligentes que evita que estos sean consumidos por la arrogancia y la vanidad. Al descubrir este error, mi amigo detective había pasado la noche buscando a su victima involuntaria, es decir, a mi, y su búsqueda fue exitosa gracias a un tal Pietro Marini, un joven italiano conocido de Jenkins, a quien había encontrado cerca de las dos de la madrugada cuando regresaba de un baile.
Marini me había visto de pie en los escalones de la casa donde el Doctor Frederick Holt tenía su laboratorio y hacienda, se me había quedado mirando, no porque tuviera malas intenciones sino porque pensó que era el espécimen humano con la expresión mas enferma y fantasmagórica que había visto en su vida. Y, siguiendo la superstición de sus vecinos de la South Street, se preguntó si el respetado doctor me había envenenado al igual que a Peeler. Le compartió esta sospecha a Jenkins, quien, sin embargo, tenía buenas razones para creer que no era así. Lo que es mas, y así informo a Marini, Holt había muerto, se había ahogado la noche anterior. La noticia del suicidio le había llegado a Jenkins una hora o dos después de nuestra conversación en el restaurante.
Le pareció sensato registrar los lugares donde se había visto entrar a un joven de apariencia enferma, por lo que Jenkins fue derecho al laboratorio. En el frente de esas casas estaba el largo letrero con la misteriosa inscripción, “Vean Lo Grandioso Lo Nunca visto,” algo que al detective no le pareció misterioso en absoluto. Sabía que en la casa junto a la del Doctor Holt se había adaptado el segundo piso para hacer un salón de conferencias, donde a ciertas horas un joven empleado del asentamiento proyectaba sobre una pantalla utilizando un estereopticón, imágenes de bacilos mortíferos, gérmenes de enfermedades asociadas a la suciedad y la indiferencia. También sabía que el mismísimo Doctor Holt había aportado a este proyecto educativo garantizando unas magnificas láminas para proyectar hechas de micro fotografías a color.
Afuera, en la calle, Jenkins encontró los dos tercios del cigarro restante, lo levantó y subió por las escaleras, sintiéndose miserable y lleno de reproches. Las puertas, tanto la de afuera como la de adentro estaban abiertas, ahí fue cuando me encontró, en el laboratorio, vivo, a punto de morir pero por medios distintos a los que el temía.
La depresión física extrema que siguió al despertar de mi sueño narcótico, y sin saber que lo había causado, me hizo creer en los hechos de mi aventura por completo. Mis defensas mentales estaban demasiado bajas para resistir tan terrible sugestión. Estaba buscando entre las botellas de Holt cuando Jenkins irrumpió en la habitación. Al principio estaba molesto porque había interrumpido mi propósito, pero después de escuchar su anti climática explicación la niebla de obsesión se disipó y me dejo ahí, aun físicamente enfermo pero con el espíritu contento, tan contento como puede estar un hombre que acaba de sufrir una alucinación donde el mundo en su totalidad era un infierno, solo para descubrir que esa maldad había surgido de un cerebro envenenado.
La maldad que había observado en cada rostro allá afuera, incluyendo el del joven Marini, existía solo en mi visión narcotizada. La conferencia de la semana pasada de “ciencia popular” había ocupado mi subconsciente, la parte de la mente que controla los sueños y los delirios, a través del aparato fotográfico del laboratorio de Holt. “Vea Lo nunca antes visto” ayudo materialmente, e incluso la droguería de la esquina en la que me había detenido antes, con sus frascos de exhibición y su luz verde, sin lugar a dudas había tenido parte en esto. Pero en ese momento, siguiendo algo que Jenkins me había contado, hice una observación. “Si Holt no estaba aquí,” demande, “si Holt ya había muerto como dices, ¿cómo explicas que yo, quien nunca antes había visto a ese hombre, pude darte una descripción tan concisa de su apariencia, descripción que admites pertenece al Doctor Frederick Holt?
“¿Ves eso?” señaló al otro lado de la habitación. Era un retrato tamaño real, en crayón, de un hombre con cabello blanco con cejas espesas y los ojos negros mas penetrantes que había visto jamas, hasta la noche anterior. Estaba colgado de cara a la puerta junto a las ventanas y sus rasgos sobresalían de forma extrañamente realista a la luz de la lampara de la calle. “Cuando entraste,” prosiguió Jenkins, “lo primero que viste fue ese retrato, y desde ahí tu delirio construyó un hombre real con el cual hablaste. Así que, ahí esta, tu presentador de cabello blanco, el temor sobrenatural, tu fotografía a color y tus apariciones verdes, todo bien explicado, Blaisdell, y gracias a Dios que estas vivo para oír la explicación. Si hubieras fumado todo el cigarro, bueno, mejor no pensar en eso. No lo hiciste. Y ahora, mi querido amigo es momento de que veas un doctor de verdad de carne y hueso. Te llamare un taxi.”
“No lo hagas,” dije, “una caminata para tomar aire fresco me va a hacer mejor que cincuenta doctores.”
“¡Aire fresco! No hay aire fresco en la South Street en julio,” renegó Jenkins, pero terminó cediendo muy a su pesar.
Pero cuando estábamos dejando el lugar se me ocurrió una curiosa inconsistencia.
“Jenkins,” dije, “afirmas que la razón por la cual Holt me cerró dos veces la puerta en la cara cuando lo conocí fue porque la puerta no se abrió hasta que yo mismo la abrí.”
“Si,” confirmo Jenkins,” pero frunció el ceño, anticipando la siguiente pregunta.
“Entonce, ¿cómo construí una visión tan convincente del doctor si la hice a partir de esa pintura, pero vi al Doctor por primera vez en el pasillo antes de abrir la puerta?”
“Confundes tus recuerdos,” respondió Jenkins de forma cortante.
“¿Eso crees? Holt estaba muerto a esa hora, pero, te digo que vi a Holt fuera de esa habitación. ¿Qué razón tenía para cometer suicidio?”
Antes de que mi amigo pudiera contestar yo ya estaba del otro lado de la habitación, hurgando en la lampara eléctrica sobre el fregadero. Abrí la delgada ranura y retiré la lamina de proyección, que estaba compuesta de dos hojas de vidrio con un material en el medio, oscuro de un lado, amarillo del otro. Dentro estaba lo que yo mas temía, una hoja de material blanquecino, tipo pergamino ligeramente traslúcido.
Jenkins estaba junto a mi cuando lo levanté a un brazo de distancia en dirección a las ventanas. A través de él, la luz de las lamparas de la calle se descompuso en un arco iris resplandeciente asombroso. En vez de disminuir la luz, la incrementaba de manera perceptible y extraña. Uno podría pensar que la lámina era luminosa en sí misma, y cuando se la sostenía en las sombras no emitía luz en absoluto. “¿Deberíamos ponerla en la lampara y ver si funciona?” preguntó Jenkins lentamente, sin la mínima intención de burlarse.
Lo miré directamente a los ojos. “No,” dije, “no lo hagas. Estaba drogado. Quizás en esa condición recibí una brutal revelación sobre el mismo descubrimiento que ocasionó el suicidio de Holt pero no lo creo. Fantasma o no, me rehusó a volver a creer en la depravación de la raza humana. Si el aire y la tierra están atiborradas de horrores invisibles, no son de nuestra creación. Mejor dejarle a otros el estudio de la demonología. ¿Deberíamos quemar esta cosa o destruirla?”
“No tenemos derecho a ejecutar ninguna de las dos,” replicó Jenkins pensativamente, “sabes, Blaisdell, tu “sueño” tiene partes condenadamente realistas. Yo no he estado fumando cigarros con narcóticos pero cuando sostuviste esa cosa contra la luz podría jurar que vi… bueno, olvídalo. Quémalo, envíalo al lugar de donde vino.”
“¿A Sudamérica?” le dije.
“Un lugar mas calurosos que ese. Quémalo.”
Encendió un fósforo y lo hicimos. Se consumió de un solo fogonazo.
Los periódicos le dedicaron mucho espacio al suicidio del Doctor Frederick Holt, causado, según concluían, por enajenación mental ocasionada por la injusta acusación en el asesinato de Peeler. Parecía una razón inadecuada, ya que nunca lo habían arrestado, pero nunca descubrieron alguna otra.
Por supuesto, nuestro accionar al quemar la “membrana” fue ilegal y precipitado pero aunque no hablaba al respecto, sabía que Jenkins estaba de acuerdo conmigo en que a veces es mejor quedarse con la duda que tener certeza, y que hay maravillas en este mundo que es mejor no comprobar. Por ejemplo aquellas relacionadas a Poderes Malignos.

Una boda extraordinaria

Por Edward Page Mitchell
Publicada originalmente en el periódico The Sun en 1878

El profesor Daniel Dean Moody de Edimburgo, un caballero conocido tanto por su labor como psicólogo, como por ser un honesto y perspicaz investigador de los fenómenos a veces llamados espirituales, visitó este país no hace muchos meses atrás y fue recibido en Boston por el Dr. Thomas Fullerton en su encantadora residencia de la calle Mount Vernon. Una tarde en el salón del Dr. Fullerton, en presencia de él, su huésped escoces, el Dr. Curtis de la escuela de medicina de la Universidad de Boston, el reverendo Dr. Amos Cutler de la Iglesia de la calle Lynde, el Sr. Magnus de West Newton, tres damas, y el escritor, la conversación se tornó de carácter ocultista.

“Solía vivir en Aberdeen” decía el Profesor Moody, “una médium llamada Jenny McGraw, de poca inteligencia, pero de una destacable fortaleza psíquica. Hace doscientos años la buena gente de Boston hubiera colgado a Jenny por bruja. He visto en su cabaña, materializaciones sobre las que no pude ni puedo elaborar hipótesis alguna acerca de qué tipo de engaño o alucinación utilizaba. He visto formas aparecer, no de ningún gabinete o baúl de trucos, sino expulsadas frente a mis ojos desde el mismísimo cuerpo de Jenny. Una noche, Platón en persona, o un Eidolon que afirmaba ser Platón, salió del pecho de Jenny McGraw y conversó conmigo durante quince minutos enteros sobre la dualidad de la idea, la médium, mientras tanto, permanecía en trance.

El Dr. Fullerton intercambio una mirada cargada de contenido con su esposa. Su huésped intercepto la mirada y le dijo:

“¿No me cree? No me sorprende”

“No es eso”, respondió el Dr. Fullerton. “Su testimonio como observador científico es digno de toda forma de respeto. ¿Pero qué fue de Jenny McGraw?

“Era una joven sosa y poco agradable, difícilmente una persona racional. Lejos de interesarse en estas maravillosas manifestaciones exhibidas a través de ella, le molestaban muchísimo y finalmente dejó Escocia para escapar de los espíritus problemáticos y los aún más problemáticos mortales que iban masivamente a su cabaña e interferían con sus tareas domésticas.”

“Una chica Yanqui” dijo el Sr. Magnus, “habría dado a esos poderes un buen uso y hubiera hecho una fortuna”.

“Jenny McGraw”, contesto el profesor Moody, “quien según tengo entendido es la única médium del mundo capaz de producir materializaciones a plena luz e independientemente de su entorno, era austera, como todas las mujeres escocesas, pero no tenia la inteligencia para reconocer tal oportunidad. A menudo le aconsejaron presentarse en público. Aconsejar a un escocés es inútil. No sé dónde pueda estar.”

El Dr. Fullerton volvió a mirar a su esposa. La señora Fullerton se levantó y tocó una campana.

Las puertas se abrieron rápidamente y una rustica mucama pelirroja entró al salón haciendo una torpe reverencia.

“Llamo uste’, señora?” pregunto.

“Jenny” dijo la Sra. Fullerton, “aquí hay un viejo amigo tuyo de Escocia”

La chica no dio muestra alguna de sorpresa. Su estúpido semblante apenas dio muestra de reconocimiento mientras caminaba sin ánimos hacia el profesor y sin ánimos tomaba su mano extendida.

“No sabía que uste’ venía a América, maestre Moody” dijo ella y miró a su alrededor como queriendo escapar de tan mentada compañía.

“Ahora con su permiso Sra. Fullerton” dijo el profesor, mirando a su anfitriona por sobre el hombro de Jenny McGraw, “le pediremos a la joven si es tan amable de asistirnos en una investigación”

Jenny levantó la vista con desconfianza y volvió sus pequeños y aburridos ojos desde su amo hacia su ama y desde ahí hacia la puerta.

“No siento deseo’ de hacer una ivestigacio” dijo con firmeza, “i me dule en el petcho trair los viejo fantasma’ o no se corda maestre Moody”

Durante un largo rato la chica se negaba obstinadamente a revisitar su relación con su misterioso don. He olvidado que argumento o alegato usaron para conseguir su reacio consentimiento. No he olvidado lo que siguió.

La habitación estaba tan iluminada como puede estar con cinco lámparas a gas prendidas al máximo. Bajo ese resplandor y rodeada de una parcialmente entretenida y parcialmente escéptica audiencia, Jenny se sentó en una silla turca. No presentaba un cuadro atractivo, era pequeña, rechoncha, pecosa y con mirada maliciosa. “¡Dios santo!” le susurre a una persona a mi lado. “¿Acaso los gloriosos espíritus eligen este tipo de intermediarios para contactarse con nosotros?”

“¡Silencio!” dijo el profesor Moody. “La chica está entrando en trance.”

Sus canallescos ojos se abrían y cerraban. Una convulsión atravesó sus flácidas mejillas. Un suspiro o dos, un sacudón nervioso en la silla y respiración agitada.

“Coma simulado ineficazmente” me murmuró el Dr. Curtis “y no es obra de un artista. Esto es una farsa.”

Durante quince o veinte minutos nos sentamos pacientemente, la calma fue interrumpida solo por la áspera respiración de la chica. Cuando una o dos personas empezaron a bostezar, la anfitriona, temiendo que el experimento aburriese a sus invitados se movió para romper el círculo. El profesor Moody levantó su mano en señal de alto. Antes de bajarla hizo un gesto para que todos los ojos se posaran sobre Jenny McGraw.

Su cabeza y su busto parecían estar envuelta en una tenue y delgada capa de vapor opalescente que flotaba sobre ella, pero estaba fija en un punto al igual que un circulo de humo cuelga de la punta de un buen cigarro. El punto de origen parecía estar en las proximidades al corazón de Jenny. Había dejado de respirar ruidosamente, y estaba tan pálida que parecía muerta, pero su rostro no estaba tan marchito como el del Dr. Curtis. Sentí como su mano se estiraba para tomar la mía. Cuando la tomo, la estrujó hasta dejarla entumecida.

Mientras observábamos, el vapor que salía del pecho de Jenny crecía en volumen y se opacaba. Era como una nube, oscura y bien definida, flotando ante nuestros ojos, juntándose por un lado y extendiéndose por el otro hasta que alcanzo la forma perfecta.

Han visto como un objeto insignificante bajo una lente gradualmente se empieza a ver mas definido a medida que se lo enfoca mejor. O mejor aún, han visto como la sombra de una pantomima es una vaga y amorfa nubosidad que al intensificarse toma forma a medida que la persona se acerca a la pantalla, hasta que se convierte en una silueta perfecta. Ahora, imaginen que la silueta atraviese la pantalla en tu presencia, y entonces podrás darte una idea de la maravillosa transición que significa que esta sombra de un mundo del que nada sabemos dé un paso adelante y se encuentre ahora entre nosotros.

Observe al reverendo Dr. Cutler del otro lado del cuarto. Se tomaba la frente con ambas manos. Nunca vi una escena semejante, una mezcla de horror, terror y perplejidad.

El recién llegado era un hombre de unos veintiocho o treinta años, de rasgos distinguidos y un semblante majestuoso. Hizo una reverencia de cortesía ante la gente reunida pero cuando vio que el profesor Moody estaba a punto de hablar, se llevo un dedo hasta los labios y miro inquieto a la médium. Se me ocurrió que una expresión de disgusto se había apoderado de su rostro cuando descubrió que poco agraciada era su puerta de entrada de vuelta a la tierra. Sin embargo, tenia su mirada fija en el pálido rostro de Jenny McGraw y se cruzó de brazos como si esperara algo.

En ese momento estábamos completamente bajo el hechizo de la misteriosa aparición. Con mucho entusiasmo, pero ya sin el elemento de sorpresa, vimos que el fenómeno de la nube se repetía, la sombra, la concentración y la presencia.

Lentamente la niebla blanca y la sombra nebulosa dieron forma a la más hermosa mujer que ojos mortales hayan contemplado jamás. Era una mujer, una mujer viva de carne y hueso, con sus magníficos labios ligeramente entreabiertos, su pecho se elevaba y caía bajo un vestido una textura maravillosamente tejida, sus gloriosos ojos negros brillaban sobre nosotros hasta que nuestras cabezas salieron flotando y nuestras mentes estallaron. Seria más fácil descubrir el secreto de su existencia que describir la belleza fuera de este mundo que nos había asombrado y maravillado.

El primer individuo descruzo sus brazos, y con la ternura de un amante y el respeto digno de la realeza, tomo la hermosa y delicada mano de la maravillosa dama y la guio hasta el centro de la sala. No dijo una palabra, pero se dejo guiar por su mano y se paró ahí como una emperatriz, escaneando nuestros rostros y vestimentas con cierta curiosidad, curiosidad mezclada con una pizca de desdén. El rompió el silencio en una voz muy tenue.

“Amigos” dijo lentamente, “un gran amor ha traído a alguien que solía ser mortal ante la presencia de una diosa. Una inmensa fortuna ha caído sobre él y es mucho más de lo que sus pequeños sacrificios le ameritaban, no puedo ser mas claro al respecto. Escuchen nuestra suplica y concédannos sin preguntar. Hay aquí presente un siervo de la iglesia, debidamente calificado para pronunciar las únicas palabras que pueden coronar un amor como el mío. Ese amor estiró su brazo a través de los siglos para alcanzar su objetivo y fue sellado por una muerte voluntaria. Hemos venido desde otro mundo para pedir que nos unan en matrimonio de acuerdo con las formas de este mundo.”

Extraños como fueron, los eventos precedentes habían armonizado nuestras mentes a la presencia de los espíritus que escuchamos este extraordinario discurso sin gran asombro. El Sr. Magnus de West Newton, quien había mantenido su temple ante la presencia de lo que podían ser arcángeles, murmuró audiblemente: “¡Por Jupiter! ¡Se fugaron para casarse desde la tierra de los espíritus!” Sus palabras cayeron duro sobre nuestros oídos.

El reverendo Dr. Amos Cutler desplegó de forma impresionante, el efecto que el decoro tiene en el sentido común impuesto en personas del siglo diecinueve como nosotros. Ese hombre devoto se levantó de su silla con una mirada de indefensión y aturdimiento y, como una persona que camina dormida, avanzó hacia la pareja.

Levantó su mano para pedir silencio, con solemnidad y deliberación hizo las preguntas que por usos y costumbres de la iglesia son preliminares en el ritual de matrimonio. El hombre respondió en un claro y triunfante tono. La novia respondió inclinando su hermosa cabeza.

“Entonces”, prosiguió el Dr. Cutler, “en presencia de estos testigos, los declaro marido y mujer. Y que Dios me perdone” agregó, “por hacer la obra del Diablo mediante este sacrílego acto.”

Uno por uno pasamos al frente a estrechar la mano del novio y a saludar a la novia. Su mano era como la mano de una estatua de mármol, pero una sonrisa radiante iluminaba su rostro. Por sugerencia del novio, la novia inclino su majestuoso rostro y permitió que cada uno de los presentes la besara en la mejilla. Era suave y cálida.

Cuando el Dr. Cutler la saludó, ella sonrió por primera vez y con un rápido y elegante movimiento se quito una enorme perla de su negra cabellera y la coloco en su mano. La miro por un momento, y luego, en un repentino impulso, lo arrojó a la chimenea. En la llama ardiente, el honorario del Dr. Cutler palideció, se calcinó, se desmoronó y desapareció.

El novio guió entonces a su esposa de vuelta a la silla donde la médium seguía en trance. La apretó fuerte contra su cuerpo. Sus siluetas se entremezclaron y empezaron a diluirse en la sombra vaporosa, y lentamente se desvanecieron, la pareja recién casada encontró su lecho nupcial en el pecho de Jenny McGraw.

II

Un día, luego de que el profesor Moody había abandonado Boston, fui a la librería del ateneo a buscar ciertos datos y fechas respecto a la guerra franco-prusiana. Mientras daba vuelta las paginas de un archivo del Daily Nevvs de Londres de 1871 mis ojos se posaron sobre el siguiente párrafo.

La Freie Presse de Viena afirma que a las cuatro en punto de la tarde del doce de Julio un joven de buena apariencia se dio un disparo al corazón en el corredor este de la Galería Imperial. Era la hora del cierre y el joven había sido advertido por el encargado que debía abandonar la galería. Estaba parado, inmóvil frente al hermoso cuadro que Herr Hans Makart había pintado llamado “La barcaza de Cleopatra” y no había puesto atención a la reprimenda. Cuando se le repitió con más énfasis, él señaló de manera ausente a la pintura y exclamó “¿Dígame si no es ella una mujer por la cual vale la pena morir?”, saco la pistola y disparó con resultados mortales.

No hay pistas sobre la identidad del suicidado excepto por el hecho de que se hospedaba en el Hotel Golden Lamb, donde estaba registrado como “Cotton”. Había estado en Viena durante semanas, había gastado dinero a diestra y siniestra, y había sido visto con frecuencia en la galería Imperial, siempre ante la pintura de Cleopatra. El desafortunado joven parecía haber perdido la cabeza.

Hice una cuidadosa copia de esta breve historia y se la envié, sin comentario alguno, al Reverendo Dr. Cutler. Al cabo de un día o dos me la devolvió junto a una nota.

“Los sucesos de esa noche en la residencia del Dr. Fullerton” escribió, “son para mí, como los eventos de un sueño que apenas recuerdo. Disculpe si le digo que sería una gentileza que me dejase olvidar todo el asunto por completo.”

Fin

La muñeca del río

Por Tariro Ndoro

Algunos dicen que las lágrimas de los inocentes son como plegarias que van directo al cielo y que no vuelven sin ser respondidas. Bueno, el cielo probablemente oyó las plegarias de una niña de ocho años llamada Fara el día que sus hermanos gemelos, junto a otros niños aburridos de la aldea, la persiguieron hasta el río. Los niños llevaban palos para golpear a su hermana y el resto les siguió, largando gritos y burlas con distintos niveles de excitación.

“¡Pelea! Pelea, pelea, pelea,” gritaba un agitador en particular.

“¡Fara!” gritaron los niños que la perseguían, el grito causo que incluso las aves de los arboles remontaran vuelo y los ratones de campo temblaron de miedo. Las liebres y lagartijas se escabulleron en el follaje espantados por el alboroto de las corridas.

#

Fara se oculta en los juncales como siempre. Si hubiese sido temporada de cosecha, los niños hubieran estado demasiado cansados, demasiado hambrientos para seguir molestándola, pero había sido un día de pereza y tienen ganas de cazar.

“Cree que es la única de la aldea que sabe nadar,” decía Jongito, el mayor de los gemelos tirando la cascara de una guaba que estaba masticando. “¡Yo le enseñare, aunque sea la última cosa que haga!”

Fara está asustada. Temblaba al igual que los juncos donde se esconde.

Su corazón late con un ritmo acelerado. Fara escucha pisadas moviéndose en su dirección y sumerge un pie en aguas poco profundas. Sabe que en esta época del año puede haber serpientes de agua, sabe también que si sus medios hermanos se ensañan con ella seguramente volvería a casa con moretones por todo el cuerpo, y nadie los regañaría seriamente.

“Ahí, la veo junto al claro,” exclama Dodo, el gemelo dos minutos mas joven. Fara tiembla, respira profundo y nada hasta la otra orilla.

#

Esta parte del río esta casi estancada. Fara se sumerge y nada contra la corriente para que sus hermanos no la vean. Fue su madre fue la que le enseño a nadar así, a pesar de la mirada juiciosa de sus medias hermanas.

Fara emerge del agua del otro lado del río, atraviesa la orilla, está cubierta por barro arcilloso, y se sienta bajo un árbol mopani. Del otro lado, Ilala, la hija del jefe pasa caminando y los gemelos salieron tras ella. Los gemelos son lo suficientemente grandes para que las chicas no les repugnen y aun cuando el matrimonio no está en sus pensamientos, no dejar pasar la oportunidad de  intentar impresionar a la chica.

“Oye, Ilala, ¿quieres ver como cazo un conejo?” le dijo Dodo.

“Ah, Dodo, no te había visto,” dice Ilala, “¿Cómo están tu y tu hermano?”

“Estamos bien, si tu estas bien.”

“¿Están pescando en esta parte del río? Los peces son mejores río arriba.”

“No, no estamos pescando, estamos buscando a Fara. Estábamos jugando a las escondidas. Déjanos acompañarte a casa. Has escuchado…”
Sus voces se fueron desvaneciendo de a poco, y aunque Fara estaba segura que se habían ido realmente y tiene hambre y frio, tiene miedo de volver a cruzar a la otra orilla. Empieza a esculpir una muñeca de arcilla, hablando mientras lo hacia.

“Esos eran mis hermanos. Sabes, pueden ser realmente malos. Una vez me obligaron a meterme en un pozo de agua poco profundo y me hicieron quedarme ahí por horas. Si no fuera por un amable anciano que iba pasando, me hubiesen dejado ahí a morir.”


No era extraño que le hablara a la muñeca mientras la construía. Es su manera de hacer muñecas, de cualquier material y con una charla de por medio. Su madre está bastante triste de por sí como para sumarle preocupaciones, ya que si sus hermanos son malos con ella es porque sus madres son malas con la suya. Simplemente copian el mal ejemplo.

Muy pronto el sol desaparece en el horizonte y Fara tiene miedo de estar sola en la oscuridad. Balancea sus miedos; el miedo a las serpientes de agua contra el miedo a estar sola en la oscuridad hasta que recuerda que río abajo hay una parte angosta y poco profunda, y hay piedras sobre las cuales pisar para cruzar.

Casi llega a casa, está tan cerca que puede ver a su madre trabajando sola porque sus madres-hermanas no la soportan.

Por lo general, la casa común rebosa de actividad hasta el atardecer. Las chicas trabajan junto a sus madres para tener la cena lista mientras los chicos ayudan a los jóvenes a arrear el ganado de vuelta a sus krals. Fara siente el delicioso aroma de la carne asada y se le hace agua la boca. Esta noche, en vez que estar ocupadas en sus tareas, todas están de pie mirándola a ella. Fara se mira las manos y los pies. Esta completamente cubierta de barro, a pesar de sus esfuerzos por limpiarse en el rio, pero no es la primera vez que regresa a casa con este aspecto.

No es hasta que su madre, Runako advierte “Fara, ¿a quién has traído contigo?” que ella se da cuenta que ha traído una sombra.

#

“¿Quién es tu amiga, Fara?” alguien repitió la pregunta.

Fara miró rápidamente hacia atrás y corrió aterrada a los brazos de su madre.

La cosa detrás suyo lucía exactamente igual a ella, pero mas pesada y tosca y hecha de arcilla, como la muñeca que ella había hecho a la orilla del río. ¡Era la muñeca que había hecho!

Sus ojos son orbes grisáceos sin vida, como la esteatita para esculpir que Nontrete, el famoso escultor de la aldea utiliza. Pero los tallados de esteatita no siguen a la gente a su casa.

La criatura imita los movimientos de Fara, pero es mas lenta que ella y se mueve como si su cuerpo fuese demasiado pesado para llevarla. Trozos de arcilla caen de su cuerpo al moverse.

El corazón de Fara late tan fuerte que cree que morirá en ese instante.

La primera en entrar en pánico es Kamara, madrastra de Fara. Soltó la vasija de arcilla que estaba sosteniendo y se hizo trizas a sus pies.

“¿Has visto el Tokoloshe que Runako hizo para nosotras?” gritó.

“¡Finalmente decidió matarnos!” respondió Nangai, quien también era esposa del padre de Fara. “¿No eres tu quién mas la molesta Kamara?¡Tu seras la primera en morir! ”
La madrastra de Fara habló en voz alta y enfadó a su madre. Ella se sintió culpable por crear esta carga sobre su madre.

“¡No te quedes ahí parada mirando, Nangai!¡Nos va a matar a todas!¡Llama a alguien, busca ayuda!”

Munhari, el padre de Fara salio apresuradamente de un complejo vecino atraído por los gritos y alaridos. Se detuvo a medio camino cuando vio a la muñeca.

“¡Rápido!¡Dodo, Kono!¡Llamen al jefe!¡Llamen al curandero!, gritó, poniendo a todos en movimiento.

Para cuando los gemelos volvieron la mitad de la aldea les seguía, quienes vivían lo suficientemente cerca para oír los alaridos de Nangai y Kamara ya se habían reunido alrededor de la choza. La mayoría de los chicos intentan parecer valientes pero sus madres tiemblan visiblemente y muchos de los niños mas pequeños lloran de miedo.

Para ese entonces el cielo ya era una sábana azul oscura y las estrellas centellean, el aire se llenó con el cri cri característico de los grillos. Fara y su madre estaban frente a su choza. Fara quería entrar pero la criatura se había estacionado en la entrada bloqueando su paso.

“Les dije que Runako era una bruja. ¿Por qué otra razón Dios cerró su vientre durante tanto tiempo?” Kamara preguntó sin dirigirse a nadie en particular.

Todos asintieron como dándole la razón. Todos excepto Fara y Runako, que estaban tan quietas como la criatura que siguió a Fara a casa. Podían pasar por estatuas las tres.

“¡Les digo, no dormiré en este complejo hasta que alguien haga algo con esto, con esta monstruosidad!” dijó Nangai que fue la primera en levantar la voz sobre los susurros del resto. Kamara se paró detrás de ella, alentándola.

“¿Desde cuándo dejamos que el mal entre a la aldea?  ¡Les ruego, obliguemos a Runako a decirnos qué clase de magia negra es esta!”

Kanyauru, un entrometido con ambiciones de héroe, intentó levantar a la criatura, pero no pudo. Descubrió que era mas pesada que el granito. Otros hombres valientes de la aldea azotaron a la muñeca con látigos, palos y garrotes. Los instrumentos se rompieron pero la muñeca del río permaneció intacta. Porani, el hombre mas fuerte de la aldea fue convocado. Sus músculos se ondearon por el esfuerzo de mover a la criatura, pero la muñeca no cedió.

Finalmente, Shando, el curandero de la aldea llegó. Camino hasta el frente a través de la multitud. Miró a la muñeca del río y asintió con la cabeza, como si pudiera ver algo que los demás no. Las arrugas de su cara parecían profundizarse en su cara cuando se concentraba en la tarea que tenía en frente, utilizando sus instrumentos y conjuros. Todos estiraban el cuello para verlo trabajar. Para cuando vertió la ultima poción en la cabeza de la criatura, el sol estaba saliendo y las aves revoloteaban en los arboles Mnassa  que también observaban el drama que se desarrollaba.

Todos seguían ahí cuando el curandero volteó y enfrentó a la multitud. Los chismosos y los niños, incluso el ganado en los krals estaban a la espera.

“He fallado en disipar esta magia,” proclamó finalmente, “la criatura tendrá que quedarse. Pero si hay algún problema, será responsabilidad de Runako.”

Kamara y Nangai escupieron en dirección a la muñeca, pero mas allá de eso no podían hacer nada. Otras personas que potencialmente protestarían estaban demasiado cansadas para hacerlo y en su lugar se dirigieron a sus hogares, dejando a Fara y Runako solas con la muñeca del río. Sin embargo, Kamara y Nangai decidieron quedarse en el complejo de sus amigas y se llevaron a sus hijos con ellas.

Fara pensó en huir también, en ir a lo de algún pariente hasta que la aterradora muñeca se fuera pero sus abuelos fallecieron mucho antes de que ella naciera, su madre tenia pocos amigos y aun menos parientes.

Runako suspira y se sienta en el suelo con las manos en la cabeza. Fara piensa que parece una niña pequeña a punto de llorar. Se siente mal, ya que a pesar de todas las cosas malas que la gente le ha dicho a Runako, Fara nunca la había visto quebrarse así.

“Bueno ¿Tienes hambre?” preguntó finalmente Runako.

Cuando Fara sacude su cabeza Runako asiente pero no alivia la cara de preocupación que tiene desde que la muñeca apareció.

#

La enfermedad empezó con los muchachos, los gemelos para ser exactos. Dos lunas después de la llegada de la muñeca del rio, empezaron a quejarse que tenían los ojos arenosos y las gargantas resecas.

Fara los observaba mientras su madre, Kamara, les recordaba que siempre hacia calor en esta época del año y que no tenían nada de que quejarse. Esto no la detuvo de ir hasta detrás de la choza de Runako, donde Fara y la muñeca del rio le ayudaban a clasificar el mijo, y darle una cachetada en el rostro.

“Cualquier brujería que hayas hecho, Runako, te buscare y vas a pagarlo,” le dijo. “Recuerda mis palabras.”

Kamara siempre acusaba a Runako de brujería cuando sus hijos enfermaban. Fara sabia que Kamara deseaba ser la primer esposa de su padre en lugar de Runako. La única razón por la cual su madre había sido desplazada era porque no pudo tener hijos durante mucho tiempo y cuando los cielos finalmente le sonrieron, todo lo que le dieron fue una niña. Si Kamara no hubiese dado a luz a dos niños gemelos en su primer año de matrimonio, no sería tan importante como lo es ahora. Fara esperaba que los gemelos murieran.

Pronto, todos los niños empezaron a peregrinar hacia el río, llevando calabazas, vasijas de arcilla, y cualquier elemento en el cual cargar agua. Bebían y bebían pero no podían saciar su sed.

Nanita, una pequeña niña de siete años, es la primer en decir que se sentía cansada todo el tiempo, y que sus miembros eran muy pesados para cargarla. Fara se siente mal por Nanita aun cuando ella se negó a ayudarla a escapar del pozo de agua cuando sus hermanos la encerraron ahí. El curandero es convocado a la aldea nuevamente. Y de nuevo recita sus conjuros y prescribe sus pociones. Pero al final, arroja sus manos al aire y sacude su cabeza. No puede detectar esta enfermedad.

#

El día del juicio llegó con una nube de polvo. Así es como Fara lo vio, una horda de mujeres caminando con tal determinación que levantaban una polvareda inmensa. Parecían guerreros camino a la batalla, excepto que vestían coloridas vestimentas y en vez de armas llevaban sus puños cerrados. Se reunieron en el claro en el medio del complejo de Munhari, frente a la choza de Runako, donde la encontraron moliendo mijo afuera. Fara y la muñeca del río observaban desde la sombra de un árbol Msasa que había cerca.

Algunos hombres de complejos vecinos se acercaron al lugar de la conmoción y aunque los hombres no son tan expresivos como sus esposas, el enojo estaba profundamente tallado en sus rostros. Nangai, que estaba ausente cuando el resto de las mujeres llegó, camino hasta el frente de la multitud con el curandero a su lado.

Fara estaba sorprendida por el escándalo. Al principio,  ella también le temía a la criatura, pero la seguía a todas partes y la ayudaba con sus tareas. La muñeca incluso se sentaba con las piernas cruzadas junto a Fara cuando Runako les contaba fabulas  después de cenar. Esto la ponía nerviosa al principio, pero luego de un tiempo a medida que la muñeca empezaba a lucir mas como ella en vez de a un pastel de barro sobre desarrollado, empezó a hablarle cada vez mas.

Se asusto tanto cuando ella le respondió que su alma casi abandona su cuerpo, le habló con una voz que sonaba extrañamente como la suya. En ese momento se dio cuenta que la muñeca del río era la única amiga que tenía y la nombró Oseja, el mismo nombre que le había dado a todas las muñecas que había hecho.

Ahora, nadie creería que Oseja alguna vez estuvo hecha de arcilla, por lo menos no a simple vista.

“¡Es Runako! Runako ha embrujado a nuestros hijos. Su hija corre libremente y juega mientras nuestras hijas yacen enfermas en nuestros brazos,” grito Oga Mahaya, la peor chismosa de la aldea y la general de facto de la turba. “¡Golpéenla hasta que confiese todo!¡Golpéenla, golpéenla, he dicho!”

“No seremos victima de la brujería,” acuerda Kamara, sujetando a sus gemelos contra su cuerpo como intentando protegerlos de la misteriosa enfermedad que ha afectado a los otros niños de la aldea.

“Runako debe pagar por esto,” decía Shuriya, quien alguna vez había sido una de sus amigas mas cercana. Fara veía a su madre encogerse de dolor al oír esto. Está acostumbrada a las crueldades de Kamara, pero Shuriya ha comido en su choza en mas de una ocasión.

Las mujeres de la aldea habían empezado a arrojar fruta podrida y excremento a Runako, Fara y Oseja se colocaron junto a su madre. Hicieron lo mejor por ocultarse detrás del ropaje de Runako pero sin éxito. Los proyectiles dieron en el blanco. Los ojos de Fara le ardían con lagrimas de enojo. Esto era culpa suya. Si ella no hubiese hecho a Oseja nadie tendría motivos para gritarle a su madre de esa manera. Esto era mucho peor que todo el maltrato que había sufrido a manos de sus hermanos.

Munhari, el padre de Fara había oído la conmoción y salio corriendo de la choza. Levantó sus manos y se paro entre Runako y el resto de la aldea. Se aclaró bien la garganta antes de hablar.

“Si, sus preocupaciones son validas, pero sí lastimamos a esta mujer, emm, la muñeca del río, traerá deshonor a nuestra aldea. Si Runako es una bruja, no puede deshacer su maldición si esta muerta. Llamemos al hombre mas fuerte para vigilar la choza y convoquemos al jefe supremo para que evalué el asunto.”

La turba no es fácilmente persuadida.

“Solo dices eso porque es tu esposa,” dice Shuriya. “¿Acaso quieres que tus otros hijos mueran?¡Son hombres como tu, Munhari, los que han dejado entrar la brujería a esta aldea! El curandero de la aldea interviene, “Munhari tiene razón. Si la bruja esta muerta, no puede revertir la enfermedad. Debemos encontrar otra manera.”

Un canalla le arrojó a Munhari estiércol de vaca. El proyectil que era veloz pero ineficaz, termino en la pared de la choza.

“Ve adentro y espérenme, hijas mías,” le susurro Runako a Fara y Oseja.

Silenciosamente, las dos niñas caminaron hacia el interior de la choza. Fara se sentó en la parte mas oscura de la choza, con la espalda contra la pared, mientras que Oseja se sentó cerca de la puerta a mirar lo que acontecía afuera. Fara no podía ver a las personas afuera pero oía sus voces furiosas mientras dormía en forma intermitente.

#

La mañana siguiente era insoportablemente tranquila, insoportablemente silenciosa. Para cuando Fara se levanto, el sol ya estaba lo suficientemente alto en el cielo para anticipar un día caluroso. Tenia sed y se sentía débil, entonces recordó que no había tenido tiempo de comer o beber antes de quedarse dormida.

Se le formaba un coagulo de sangre en el estomago de solo recordar los gritos de la noche anterior. La crueldad de algunas personas no tiene límites.

“Si Shando no tiene el poder para curar a nuestros hijos, no merece ser nuestro curandero. Debemos encontrar otro,” recordó que decía Kamara,

“Seguramente hay hombres que no son cobardes en este reino. ¿Acaso no fue Shando el que nos fallo? Si vuelve a fallar, lo desterraremos junto a la bruja,” dijo Shuriya.

“El destierro es piedad. ¿Quién puede asegurar que no nos hechizaran desde donde sea que se asienten?” preguntó Oga Mahaya. “¡Debemos quemarlas, a las tres, madre, hija y tokoloshe!”

“¡Si!” gritaron algunas personas de la multitud pero otros argumentaban de que era demasiado drástico, demasiado cruel. Para cuando Fara se durmió, aun no habían tomado una decisión.”

Fara se incorporó y noto que Oseja seguía sentada junto a la puerta observando el mundo exterior. El perfil de su rostro que Fara podía ver era radiante. Luce tan linda que si Fara no hubiese sabido que había sido una muñeca no podría adivinarlo ahora.

“¿Dónde está mamá?” pregunta Fara.

Oseja se encoge de hombres sin darse vuelta.

Fara camina hacia la puerta y se prepara para recibir a los aldeanos tirandoles diversos objetos y diciendo cosas horribles sobre su madre. La escena que ve en su lugar le hiela la sangre.

Los hombres fuertes dispuestos para resguardar la choza se habían convertido en arcilla, como Oseja cuando apenas había dejado el río. Kamara se había convertido en piedra, su mano se había congelado en el momento en que tiraba una fruta muy madura hacía la choza. La fruta seguía madura y moscas verdes zumbaban a su alrededor. El cuerpo de Oga Mahiya también estaba congelado pero su nariz seguía siendo humana y marrón y el blanco de sus ojos se movía y miraba a su alrededor enojada buscando a quien culpar. Fara miró a Oseja y ambas intercambiaron una sonrisa.

Fara corrió a través de la multitud de personas congeladas y encontró las estatuas que solían ser sus hermanos. Estaban completamente petrificados y se sintió mas feliz que antes. ¡Todas las personas que habían sido crueles con ella y su madre se habían ido!

“Mamá, mamá,” llamo Fara, ansiosa de decirle a su madre las buenas noticias, pero Runako no se veía por ningún lado. De nuevo navegó por el mar de personas congeladas, cuidando de no chocar a ninguna de ellas por temor a que le cayeran encima.

Encontró a su madre detrás de la choza de su padre. Runako y Munhari estaban juntos, tomados de las manos, pero cuando Fara se acercó para verlos se dio cuenta que sus piernas se habían osificado y sus rostros eran de ceniza.

El corazón de Fara latió muy fuerte.

“Oseja,” gritó, “¡Oseja!¿Que has hecho?”

Aunque no escucho las pisadas de la muñeca del río, Fara sabia que estaba justo detrás de ella.

La muñeca del río ladeo la cabeza. “¿Quieres que salve a Mamá? Preguntó.

Fara asintió con la cabeza vigorosamente, sin preocuparse por las lagrimas que corrían por su mejilla.

“Pero tendré que convertirte a ti,” dijo la muñeca, y repentinamente Fara tuvo la sensación de que Oseja era mas grande de lo que aparentaba ser.

Fara miró a su madre, una mujer a la cual las otras esposas de Munhari habían humillado y nunca les había devuelto el agravio.

“Tómame en su lugar,” dijo.

“¿Estás segura?”

Fara asintió con la cabeza. Las piernas le empezaron a pesar y la garganta estaba tan seca que creyó que iba a morir. Fara quiso decirle a Oseja que se detenga pero entonces miró a su madre y recordó que las niñas grandes no son egoístas. Lo ultimo que recuerda es una gota  de lluvia inmensa que cayo entre sus ojos. Intento secarsela pero sus manos ya se habían convertido en piedra.

#

Cuando despertó, era como uno de esos días en lo que se había a la cama sientiendose muy cansada y despertaba sintiendo que cada musculo estaba como nuevo. No tenia sed ni dolor. Estaba en un claro del bosque, un lugar que casi reconocía pero no recordaba haber visitado.

“¡Estas despierta!” grito Oseja alegremente y los eventos de días pasados volvieron repentinamente a Fara. Una ola de pánico la invadió de repente.

“¡Se suponía que ibas a salvar a mamá en lugar de a mi! Lo prometiste.”

Pero la muñeca del río, ahora completamente humana, solo rió y tomo a Fara de la mano.

“Ven conmigo,” le dijo. Arrastró a Fara y empezó a correr, serpenteando a través de los arboles hasta llegar a un claro distinto. Este era mas grande y la música inundaba el aire- Fara vio a muchas personas reunidas, felices y contentas. Personas que nunca había visto antes. Oseja la arrastró hacia la multitud y le señaló a una bella mujer con vestimentas rojas.

“¡Mamá!” grito Fara, pero Runako no volteo a verla. Una versión mas joven de su padre apareció junto a Runako  y la abrazo. Si Runako lucía mas hermosa que nunca, Munhari estaba mas joven que nunca. Era como si se hubiesen quitado muchas cargas de encima y volvían a ser felices. Fara nunca había sentido este nivel de  alegría.

“Si, esa es mamá pero no puede oírte.”

“Pero ¿cómo?” pregunto Fara.

“Tus padres estaban dispuestos a dar la vida por ti y tu diste tu vida por ellos. Fueron los únicas personas abnegadas en la aldea. El resto se quedo convertida en piedra.”

“Vamos,” dijo Oseja, tomándola nuevamente de la mano . “Este es un lugar feliz para adultos. Nosotras vamos a un lugar diferente, donde solo los niños pueden entrar.”

Fara tenía miedo a lo desconocido pero sabía que debía ser valiente y lo mas importante, sabía que estaba lista para enfrentar lo que sea.

El último hombre en Lagos

Por Wole Talabi

La motocicleta se rompió a mitad de camino entre el Surulere y la salida de la Isla Lagos, cerca de donde termina lo que solía ser el Tercer Puente Continental. Akin desmontó la destartalada y ruidosa maquina.

“¡Olosi!”1 maldijó.

El sonido reverberó, rebotó en miles de polvorientas superficies y volvió, maldiciéndose a sí mismo con su propia voz. Akin  fijo la mirada en el horizonte con frustración. El puente estaba ligeramente colapsado y derruido, como si un malévolo gigante hubiera empezado a estrujarlo desde ambos extremos pero había cambiado de opinión antes de dañarlo seriamente. La agobiante nube de calor reducía la visibilidad y no se veía mas allá de unos cuantos metros sin embargo pudo ver como sobresalían bloques de concreto destrozado, restos de vehículos quemados hacia ya mucho tiempo, derruidos esqueletos y escombros por todos lados, un caso único de devastación con un toque final: el polvo del Harmattan y las hierbas que recuperaban el terreno.

Áridas grietas se dibujan a lo largo del asfalto, separándose y volviéndose a reunir en múltiples ocasiones, maliciosamente formando telarañas sin dejarlo completamente intransitable.

Mas allá de la laguna seca, el polvo y la nube, aguardaban los restos de la Isla Lagos. Se colgó el derruido bolso de cuero en el hombro, se ajustó el  deshilachado cinturón y empezó a caminar. Se mantuvo en el elevado margen izquierdo del puente, junto a la baranda. No había sonido alguno excepto por el crujir de sus botas en el camino y los escombros, algunas aves piando, el gemido del metal y el concreto a la distancia y el sonido que producía el grueso lodo contra los muelles debajo del puente. Akin se sintió como un explorador en la superficie de un antigua luna alienígena.

No había vuelto a cruzar el Tercer Puente Continental desde antes del evento y le aterraba pensar en el día en que necesitaría volver a cruzarlo. Hubo un tiempo en que lo atravesaba a diario. Era la manera mas conveniente de llegar desde su departamento de dos ambientes en Oworonshoki hasta el extremo sur de la ciudad, donde estaba su oficina en esa pequeña masa de tierra reclamada por el océano llamada Eko Atlantic. El área iba a convertirse en el futuro comercial de Lagos,  en tiempos en que el mundo tenia sentido. Cuando el cielo no había sido arrasado. En ese entonces, cuando sus aspiraciones eran eventualmente juntar suficiente dinero para comprar un lote en la isla, o incluso, si tenia mucha suerte, mudarse al extranjero para empezar una nueva vida.

Incluso entonces, había temido cruzar el puente. Conductores incompetentes, impacientes, y desconsiderados, se quedaban dormidos al volante, esas cosas eran las que mas le asustaban. Ahora, ya no habían conductores. Ya no habían personas. Ahora que todo había colapsado, solo temía que el puente cediera. Que alguna parte del puente, suelta y reseca por el sol cediera y él cayera a una muerte segura.

Mientras caminaba, estaba atento ante cualquier motocicleta caída, algo que pudiera levantar y con lo cual seguir su viaje. Quizás algún Okada había sido lo suficientemente desafortunado para estar en el puente cuando el evento ocurrió, pero no tanto como para haber chocado contra algo. Caminó junto a una SUV Range Rover negra con neumáticos pinchados y el parabrisas destruido. En el asiento de adelante, los restos de un hombre disecado, con el cuello retorcido en un angulo imposible. Atrás, la seca carcasa de una mujer acunando los esqueléticos restos de un bebe, la ropa podrida colgaba de sus huesos. Akin luchó contra las arcadas al sentir que la bilis subía por su garganta. No podía darse el lujo de desperdiciar fluidos.

Pensó que ya había derramado todas las lagrimas que podía permitirse, pensó que ya se había acostumbrado a todo eso, pero esa escena amenazaba con volver a quebrarlo. En ese instante, no había nada que quisiera mas en el mundo que dejar de estar solo, quería sostener las manos de otro ser humano y encontrar  contención en el sufrimiento compartido. Estaba cansado de ser el único invitado al velatorio de la ciudad, la pena era demasiado pesada.

Se armo de valor, abandonó la escena y caminó mas rápido, concentrándose en el asfalto y el concreto delante suyo. No había tiempo para velar por aquellos que habían muerto hacia ya tanto tiempo. El fin del mundo vino y se fue. Lo único que importaba ahora era encontrar un poco de agua limpia.

Habían pasado años desde la ultima vez que llovió en Lagos. Casi dos años desde ese día. El día cuando, unos minutos después de las 5 p.m., hora de África Occidental, durante una húmeda tarde de lunes, el lúgubre cielo estalló liberando una luz verde brillante , una luz que no era de este mundo. La luz artificial permaneció en su lugar durante unos segundos, para luego azotar el suelo como una cascada de luz.

Con la cascada, llegó la muerte. Las personas murieron al instante sin tiempo siquiera para gritar. Los autos se estrellaron entre sí en la vía rápida. Los edificios crujieron. Los aviones cayeron del cielo. Los aparatos electrónicos dejaron de funcionar. Y el agua se elevó. Columnas de agua ascendieron desde el océano, los ríos y los lagos, elevándose por kilómetros en el aire y girando con una simetría aterradora, como dedos imposiblemente largos tratando de alcanzar algo mas allá de la estratosfera. Y entonces, apenas unos minutos mas tarde, había terminado. El evento había sucedido repentinamente y sin advertencia alguna, dejando atrás solo muerte, confusión y sed.

Akin caminó con ritmo constante, con la espalda casi encorvada. Tenia una pistola colt calibre .70 que había recogido del cuerpo destrozado de un oficial de policía cerca de Herbert Macaulay Road, la cargaba entre el pantalón y el cinturón. El mango de madera del machete sobresalía de la mochila que llevaba en el hombro, lo había necesitado en los días de demencia y desesperación que siguieron al evento cuando los pocos supervivientes peleaban entre sí por la poca agua que quedaba. Ya no necesitaba pelear con nadie por nada, ya habían pasado tres meses desde la ultima vez que vio a otro ser humano, pero partes de la ciudad se habían convertido en el hogar de algunos monos, serpientes, incluso algunos perros salvajes rabiosos por la sed y el polvo, por lo que siempre cargaba las armas.

En ese momento, encontró un autobús danfo negro y amarillo, estaba volcado, de costado como una agotada abeja mecánica gigante. Se había desviado del puente principal y estrellado contra la barrera de contención, cortándole el camino, con su barriga de cara al lago. Junto a él, dos de las arcadas del puente se habían separado por una veta prolijamente hecha de casi un metro de largo. Akin observó la grieta por unos segundos y decidió no intentar saltarla aun cuando sentía que podía hacerlo. En su lugar, dio un paso atrás, se aferro al techo del autobús destrozado y se metió dentro con su remera polo varios talles mas grande flameando detrás suyo. Se adentro en la carcasa de metal, cuidándose de los vidrios y metales filosos. Al bajar del otro lado, sus pies se posaron sobre algo duro y frágil. Se rompió. Akin miro hacia abajo para ver que había pisado el fémur de un esqueleto que yacía aplastado por el autobús. Era un mal augurio. Inspeccionó el área, y giró a la izquierda, se encontró cara a cara con una polvorienta motocicleta Yamaha que, al igual que el autobús, yacía de costado. Había sangre embarrada en el asiento. Las llaves seguían puestas en el arranque.

“¡Baba Dios!” exclamó mientras se apresuraba hacia ella y la levantaba hasta dejarla sobre sus inestables ruedas de caucho. El medidor de combustible indicaba que el tanque estaba casi hasta la mitad. “Por favor, por favor funciona.”

Hizo girar la llave y el motor gimoteo. La volvió a girar y chisporroteó. La hizo girar tres veces mas y se ahogó cada vez. Entonces, en la cuarta vez, dio un rugido de vida, tosió como un orgulloso animal que herido de muerte estaba determinado a no morir sin dar batalla.

Abrumado, empezó a cantar una canción  conocida, “¡Baba! ¡Baba! ¡Ba-ba! ¡Ese o baba! ¡Ese o baba! ¡Baba a dupe baba!”

Dejó de cantar cuando sintió que el polvo le rasgaba en la garganta, lo que le recordó que hacia casi dieciséis horas que no bebía agua.

Akin se lamió los labios resecos y se subió a la ruidosa Yamaha. Revisó el motor dos veces y empezó a retroceder, lejos del derruido danfo y el esqueleto de la persona que había poseído la moto antes que él.

Dejó que la Yamaha se deslizará entre los escombros y cadáveres durante un largo camino hasta llegar al contrafuerte que marcaba el final del puente en la Isla Lagos, aminoró la marcha hasta detenerse, a la vez que la nube de polvo y calor se disipaba y la visión de los derruidos rascacielos de la marina aparecía frente a él, edificios que parecían dientes de concreto y vidrios rotos en la boca de la ciudad. Dejo la moto estacionada pero en marcha mientras inspeccionaba los alrededores. Agudos y pesados rayos de sol destellando desde los edificios sin ventanas que se asemejaban a las costas cubiertas de barro del lago. Un destartalado cartel a la distancia insistía “Eko o ni baje,”2 (Lagos no sera destruida en Yoruba) algo completamente ajeno a la realidad que demostraba lo contrario. El tosco rugido de la moto reverberaba en la derruida ciudad. Un solitario cuervo pintado se desplazó rápidamente por su campo de visión, un linea borrosa blanco y negra que se desvaneció rápidamente en el espacio que había entre dos rascacielos. Akin sacudió la cabeza. La naturaleza estaba ajustándose a la vida después del evento. Después de la humanidad.

Todos los vanos monumentos que las personas de Lagos habían construido para manifestar su propia existencia, la naturaleza los reclamaría, lentamente, con paciencia.

Retrocedió hasta la motocicleta, pensando en la sed y el desesperado plan que eventualmente lo había traído hasta la isla.

Aceleró suavemente, condujo por el relativamente llano y parejo resto del puente, abriéndose paso a través de los vehículos destruidos. Redujo la velocidad cuando se encontró con el camino elevado que conducía hacia el este por el Ring Road y en su lugar tomó el camino hacia la Isla Victoria a toda marcha, agradecido por el aire del camino en su piel.

Cuando llegó a su destino, disminuyó la velocidad hasta que se detuvo. La puerta metálica de seguridad frente al centro comercial Las Palmas  había sido violentamente arrancada de los pilares de concreto que la sostenían. Akin entró con la Yamaha a través del estrecho pasadizo destinado a peatones, paso por el estacionamiento hasta la entrada principal del centro comercial. El sol le rostizaba la piel. Se bajó de la motocicleta y entró a través del panel izquierdo de la puerta de vidrio que como todo lo demás estaba destruido. Docenas de experiencias cercanas a la muerte le habían dado suficiente material para inventarse algunas supersticiones; siempre entrar a un edificio por la izquierda y nunca perturbar los huesos de los muertos, en tanto pudiera evitarlo.

Se encamino directo al área de almacenamiento del Shoprite, donde generalmente tienen stock de diversos artículos incluyendo agua embotellada que esperaba desesperadamente que ningún otro superviviente se hubiese llevado después del evento. Había estado buscando comida y subsistiendo de viejos productos de supermercados en el continente durante meses hasta que ya no pudo hallarlos, por lo que se vio forzado a migrar hacia la isla.

Akin caminó con calma, con pisadas suaves que eran amortiguadas por el polvo. Casi había alcanzado el ultimo pasillo exhibidor, a pasos de la entrada al deposito cuando escuchó un ruido. Venia de detrás suyo, un fuerte crujido rompió el silencio.

Se congeló.

Sonaba como un hombre muy enfermo tosiendo a través de pulmones deteriorados. La respiración de Akin le raspaba la garganta, áspera y reseca. La sangre le presionaba en la sien. Sacó el revolver de la funda improvisada entre el pantalón y el cinturón y se volvió rápidamente sobre sus talones al grito de “¿quién anda ahí?”

La única respuesta que obtuvo fue el hueco sonido del eco de su voz.

“He dicho ¿quién anda ahí? ¡Salga ahora mismo o disparo!”

Se oyó como si alguien arrastrara los pies, entonces otra áspera y rasposa tos. Esta vez, Akin lo siguió hasta lo que alguna vez había sido un mostrador de comida caliente a su derecha. La fuente del sonido se escondía detrás.

“Si no sales ahora mismo te voy a…”

“¡No dispares, por favor! Ya salgo.”

El joven que emergió desde atrás del mostrador de vidrio y metal era aterradoramente delgado. Su cabello era un manojo de nudos andrajosos y sus ojos eran orbes hundidos y lagañosos. Debía haber estado en algún lugar subterráneo cuando sucedió el evento, igual que Akin. La mayoría de los supervivientes habían estado bajo tierra. Vestía una camiseta que le colgaba somo si fuera piel sobre los huesos, un par de pantalones cortos mugrientos y harapientas zapatillas Adidas que bajo todo el polvo eran marrones. Levantó las manos en alto a la vez que avanzaba tambaleante hacia Akin.

“¿Quién eres?” preguntó Akin, con la voz temblorosa por la sorpresa. Se había acostumbrado a no ver a nadie con vida que ver a este hombre le resultaba estremecedor.

“Mi nombre es Chuka,” dijo el hombre, y volvió a toser. Se dio vuelta muy despacio como si fuera espiedo y la mirada de Akin fuera la brasa ardiente, y cuando volvió a estar cara a cara con él, bajo las manos hasta los costados y se palpó los bolsillos antes de volver a subirlas. “No tengo armas. Por favor, no me mate.”

“¿Dónde te has escondido desde el evento?” preguntó Akin, dejando que un poco de curiosidad moderara su precaución ahora que parecía que el hombre era prácticamente inofensivo y de hecho estaba casi al borde de la muerte.

“En Aja. Vine hasta la isla ayer a la noche cuando mi comida se agotó.”

“¿Condujiste?”

“Camine.”

“¿Caminaste todo el camino desde Aja?” preguntó Akin, sorprendido.

“Así como lo ve mi hermano. Cuando la comida se acaba, ¿dónde puede uno ir?”

Akin asintió con precaución para mostrar que entendía, el también se había visto obligado a moverse hasta la isla desde el continente cuando agotó su suministro de agua. Bueno, eso y su plan de eventualmente abandonar Lagos.

“¿Estás solo?” preguntó Akin.

“Si.”

“¿Qué has estado bebiendo? ¿Tienes agua limpia?” Akin no quería preguntarle al hombre sobre su tos, sobre su salud ni por lo que había pasado hasta que estuviera razonablemente seguro que pudiera confiar en él. El agua era mucho mas importante que la empatía en estos tiempos.

“Coca,” dijo Chuka, “un camión de suministros se descompuso cerca de mi casa pero ya está agotado.”

Akin inspeccionó el rostro de Chuka, vio la tensión en su cuello y su mirada esperanzada, y concluyó que o estaba mintiendo o le ocultaba algo. Decidió entonces mostrar un poco de amabilidad para que se tranquilizara antes de presionarlo aun mas. “Puedes bajar las manos,” le dijo.

Las manos esqueléticas de Chuka cayeron pesadamente hacia sus lados y una sonrisa se empezó a dibujar en su rostro. “Gracias. Por favor no he visto a nadie por semanas. Puede decirme si…”

“No respondiste a mi ultima pregunta.” Le gritó Akin. “¿Tienes agua limpia? Y no te atrevas a mentirme.”

El rostro de Chuka se tensó repentinamente. Cerró los ojos y se tambaleó. Mas tos, se pasó el reverso de la mano por la frente y le rogó, “por favor, te lo ruego por Dios, por favor no te lo lleves. Es todo lo que tengo.”

“¿Llevarme que?” Akin dio un paso en dirección a Chuka, con el impecable barril de la Colt apuntando al corazón del frágil hombre.  ¡Habla ahora!”

Chuka se quedó ahí parado, en silencio, mirando al suelo como abstraído. Akin apretó la Colt en sus manos. No quería dispararle al hombre pero estaba preparado si tenia que hacerlo. En la tenue luz del supermercado, los copos de polvo flotaban como extrañas e inertes luciérnagas. Entonces Chuka dijó, sin levantar la mirar, “el generador de agua.”

“Muéstrame,” demando Akin.

El rostro de Chuka era una mascara sombría. Se volvió, indicando a Akin que lo siguiera, y se metió detrás del exhibidor de comida para mostrarle lo que parecía un pequeño generador de energía. Del tipo que muchas personas en Lagos conocen como “IBPMN”. Habían dos recipientes plásticos pequeños y lo que parecía ser una garrafa verde de gas conectada a través de un sistema de tubos transparente en forma de serpentina. Una película de polvo se había asentado sobre todo, reduciendo la transparencia pero parecía que había agua limpia en una de los recipientes plásticos y un liquido sucio y amarillo en el otro. El extraño artilugio le recordó a Akin la vez que su hermana había tenido que hacerse diálisis, los tubos serpenteaban dentro y fuera de ella como enredaderas. “¿Es eso?”

“Si.” Chuka se arrodilló junto al generador y lo tocó con sus delgadísimas manos. “Lo tomé de la oficina de mi supervisor. Puede convertir la orina en agua e incluso generar un poco de energía.”

El rostro de Akin se endureció. “¿Me tomas por tonto? No me mientas. Probablemente seamos las únicas personas en Lagos y yo soy quien tiene el arma así que no me mientas maldita sea.”

“No estoy mintiendo,” maulló Chuka desesperado, su voz se había convertido en un chillido, se inclinó sobre el generador y apretó tres botones consecutivos. “Observa.”

Akin retrocedió, preparándose para lo que podía ser una trampa. Años viviendo en Lagos y sobreviviendo a los extraños días posteriores al evento le habían enseñado a desconfiar activamente de cualquier cosa que sonara demasiado bueno para ser verdad.

Al tacto de Chuka, el generador arrancó con un suave traqueteo mecánico que fue en aumento hasta convertirse en un zumbido. Los tubos transparentes empezaron a temblar, vibrando con el fluido. El sonido sorprendentemente apaciguo. Mientras Akin observaba, el liquido amarillo de la izquierda empezó a disminuir y el nivel de liquido limpio en el otro empezó a subir. Lentamente pero

“Eso es orina,” dijo Chuka, señalando el recipiente con el liquido amarillo mientras el generador se iba apagando. “El otro es agua.”

Akin, preguntó comprimiendo el rostro, “¿Cómo?”

“Estaba haciendo mi MBA en la Escuela de Negocios de Lagos cuando la hija de mi supervisor inventó esta cosa. Utiliza una celda electrolítica para separar el hidrógeno en la orina. El hidrógeno es filtrado y se seca aquí,” Chuka hizo una pausa y señalo a un pequeño cilindro plástico que conectaba el tubo a la garrafa de gas. “El hidrógeno reacciona con el aire, potencia el generador y produce agua limpia como residuo.”

“Bebélo,” le dijo Akin sin bajar el arma.

Chuka levantó la mirada hacia él, las lineas de su rostro indicaban decepción, “mi hermano, na wa o3. Somos solo nosotros dos aquí. No te mentiría. ¿Por qué no me crees…”

“¡Bebélo!” le ordenó Akin, se negaba a permitir que la pequeña burbuja de esperanza dentro suyo creciera hasta convertirse en un manantial.

Chuka volvió a toser y dio vueltas para apagar el generador. Desconectó el recipiente con agua y lo abrió mientras hablaba sin mirar a Akin, “lo juro por Dios todopoderoso, no estoy mintiendo. Mi proyecto era buscar la manera de comercializar el producto y vendérselo a alguna empresa oyibo4.” volvió a toser, una tos áspera e insoportable que duró varios segundos antes de calmarse, “ahora, es la única razón por la que sigo vivo. Con esto, una vez que obtenga un poco de agua o algo para beber, de verdad, puede durar semanas. No es perfecto, a veces me da un poco de diarrea pero no va a matarme, la sed si.” Entonces se llevó el recipiente a los labios y le dio un largo trago al liquido que se veía mucho mas claro sin la película de polvo que cubría el recipiente. Cuando terminó, Chuka bajo el recipiente y se lamió los labios, se volvió hacia Akin y con una pequeña y húmeda sonrisa que asomaba en la comisura de sus labios le pregunto “¿Ahora me crees?”

Se miraron el uno al otro casi por un minuto entero, una pequeña porción de tiempo que se hizo extrañamente pesada debido a la intensidad de las reflexiones que atravesaban a cada uno de ellos.

Akin dio dos pasos adelante, bajo su arma lentamente y se dejó caer sobre sus rodillas, una a la vez. Se guardo el arma en la cintura de su pantalón. Abrió sus brazos tan grande como las puertas de una ciudad y abrazó a Chuka. Chuka se dejo abrazar y correspondió. Akin sonrió, la vergüenza que le producía esta repentina explosión de vulnerabilidad y humanidad se diluía al entender que era la primera vez que tocaba a otro ser humano en meses.

“Gracias por no dispararme,” le dijo Chuka, sobre el hombro jadeante de Akin.

“Gracias a Dios por este milagro,” dijo Akin, cerrando sus ojos. Por primera vez en mucho tiempo, sentía algo mas que la loca manía por sobrevivir. Se sintió esperanzado por el futuro, por su alocado plan de tomar uno de los muchos camiones abandonados en la marina, llenarlo de cuanta comida y agua como fuese posible y abandonar Lagos, rumbo a algún otro lugar que no haya sido consumido por completo después del evento. Chuka podía ayudarlo. Ese purificador de agua podía ayudarlo. Podían ayudarse mutuamente. Podían sobrevivir y juntos, quizás, encontrarle algo de sentido a lo que el mundo se había convertido.

Con los ojos aun cerrados, sintió una extraño pero persistente presión sobre su estomago. Entonces la presión se detuvo y se transformó en un dolor punzante. Los ojos de Akin se abrieron con fuerza y bajo los brazos, sus dedos encontraron el codo huesudo de Chuka. Se alejó violentamente de él, sus rodillas se arrastraron sobre algo filoso en el suelo. Miró hacia abajo y vio como la sangre se esparcía a través de su camiseta desde su abdomen como si fuera una flor roja silvestre. El dolor punzante lo atravesó. Giró sus ojos hacia arriba justo a tiempo para ver la mano derecha de Chuka bajar hacia su pecho con un puñal. La mano envolvía un pequeño cuchillo de cocina con el filo rojo, del tipo que su madre solía utilizar para picar cebollas y ajo para hacerle un delicioso y aceitoso estofado cuando era niño.

Actuando mas por instinto desesperado que por pensamiento calculado, Akin tiró su peso hacia la izquierda para que el cuchillo solo lastimara su hombro derecho, eso hizo que Chuka colapsara sobre él llevado por la inercia del golpe. Antes de que pudiera recuperarse, Akin coloco su arma contra el abdomen de Chuka y disparó tres veces rápidamente. Cada disparo resonó imposiblemente fuerte, un solido muro de sonido que pudo sentir en sus dientes. Se arrastró para quitarse el desgarbado cuerpo de Chuka de encima, con los oídos zumbando, respirando pesadamente, y la mano izquierda presionando su barriga, desesperado por evitar que sus preciados fluidos escaparan de su cuerpo.

“¡Jesús!” gritó, golpeando la culata de la Colt contra el suelo polvoriento. “No, no, no, ¿por qué? ¿Qué demonios te pasa?!” Grito mirando al techo antes de voltear su cabeza para ver a Chuka inmóvil en el suelo en un charco de sangre que se expandía.

Hubo silencio por un minuto o dos, o quizás cinco. Akin no estaba seguro. La adrenalina y el enojo distorsionaron su concepción del tiempo.

Sus pensamientos divagaron y en su mente vio la cálida y esperanzadora sonrisa de su hermana, sintió el apretado y confortante abrazo de su madre, escucho la salvaje y reconfortante risa de su padre, y fue entonces cuando las lagrimas empezaron a caer de sus ojos. Anhelaba tanto su compañía que dolía, dolía mucho mas que el dolor punzante en su abdomen. Mas allá del anhelo, le dolía la decepción. Finalmente había encontrado a otra persona, un compañero sobreviviente, alguien con quien pensó que podía compartir su humanidad por un momento y que casi le había costado la vida. Cansado y sediento, envidió a los millones de muertos que descansaban desperdigados por la ciudad.

Lentamente, la tristeza se condensó en esa sombría determinación y voluntad de acero que lo había mantenido de pie después del evento. No podía darse el lujo de llorar y desangrarse. El fin del mundo llego para quedarse. Lo único que importaba ahora era seguir con vida.

Se puso de pie, el dolor lo carcomía mientras examinaba la herida del estomago. Era un pequeño corte, apenas centímetro y medio de ancho y no sangraba ni remotamente tanto como había pensado inicialmente. El cuchillo no debía haber entrado tan profundo de lo contrario estaría agonizando. Le agradeció a Dios con los labios apretados. Tendría que cauterizar la herida sino quería sufrir una infección. Pensó en el dolor que debía soportar y apretó los dientes. Akin se rasgó la manga izquierda de su camisa polo donde el cuchillo le había cortado el hombro y la dobló hasta convertirla en un pequeño parche. Se lo colocó sobre el estomago y se sacó el cinturón del pantalón. Se envolvió el cinturón alrededor del estomago y lo cerró, ajustado para mantener el parche en su lugar. La presión lo hizo retorcerse de dolor.

Levantó su arma, caminó hacia el generador por el cual Chuka había intentado matarlo y lo observó, pensando en la mejor manera de llevarlo consigo.

“Lo siento,” susurro Chuka desde el suelo. Sonaba como si hablara a través de burbujas. Akin se volvió bruscamente y apuntó su colt hacia el hombre moribundo por si intentaba algo estúpido de nuevo.

Hubo un laborioso intento de respirar por un momento y luego mas palabras. “Todos intentan… intentan… quitármelo. Todos.”

“Yo no lo habría hecho,” respondió Akin con enojo, “podríamos haber sobrevivido juntos.”

Chuka tosió, una tos húmeda, enferma, intento darse vuelta pero estaba demasiado débil. Apenas alcanzo a doblar el codo y con un dedo tembloroso apunto hacia su cuello. Una cicatriz hinchada, con forma de soga que Akin no había notado antes de rodearlo, “eso… eso es lo que dijo la ultima persona que intento quitármela antes de… que ella intentara estrangularme.”

A Chuka le agarro otro ataque de tos que le hizo saltar los ojos. Cuando la tos cesó mas palabras salieron de su boca, con menos coherencia, “tu… tenías un… arma… yo, no podía… tenia que… intentarlo… confiar… lo siento.”

Entonces silencio.

“¿Chuka?”

No hubo respuesta.

Akin se arrodilló y puso el arma en el rostro de Chuka. Los ojos entrecerrados e inyectados de sangre miraban el barril sin parpadear. Le tomó algunos segundos a Akin darse cuenta de que el hombre estaba muerto.

Cuando Akin finalmente abandonó el edificio del centro comercial, el sol aun cocía la tierra bajo el pálido turquesa de un cielo despejado, brutal e implacable como la mirada de un dios que no ha sido venerado en mucho tiempo. Una por una, cargo las dos cajas de doce botellas de agua que tomó de la ahora vacía área de almacenamiento dentro de un carro de compras, las acomodó cuidadosamente sobre el generador-purificador de agua de Chuka. Aseguro el carro de compras a la motocicleta con un trozo de soga verde resistente, dándole varias vueltas alrededor a través del marco de metal de la Yamaha y los soportes del asiento. Una sucia carretilla verde que no había notado cuando llego, yacía de lado a unos metros de distancia, visible a pesar de las remolinos de polvo y el calor. Akin se preguntó brevemente si habría sido de Chuka. Desvió la mirada, hacia el polvoriento horizonte, le invadió la intensa sensación de que debía alejarse de ese calor rápidamente. Ahora tenía agua, quizás intentaría encontrar algún lugar para quedarse cerca de la Marina, una base desde donde pudiera buscar comida, descansar y preparar su migración.

Se subió a la moto y encendió el motor en primera marcha. El resto de Lagos lo esperaba, el cielo vacío y completamente azul y el polvo, cocinándose al calor del sol. El dolor en su costado y el calor desde arriba hacían que cada inhalación de aire caliente se sintiera como sí respirara fuego puro.

Sufriendo pero con una leve sonrisa, le agradeció a Dios el haber encontrado el generador-purificador de agua, que había sobrevivido a la traición de Chuka, que tenia algo de agua embotellada, que aun seguía con vida. Y mientras siguiera con vida, había esperanza; esperanza de encontrar mas agua, esperanza de encontrar un buen camión, de abandonar este páramo árido y desolado. Rezó en silencio que no volviera a encontrarse a nadie en Lagos mientras rodó su vehículo a través del portón del centro comercial, giró en la esquina a mano derecha y entró en el cadáver que era el Ozumba Mbadiwe Road, con el carro de compras traqueteando incómodamente detrás suyo.

Fin

1 – Olosi es el nombre dado al Diablo en Yoruba.
2- Eko o no baje es el lema de la ciudad de Lagos.
3- Na wa o es una expresión en Yoruba que denota sorpresa.
4- Oyibo es una expresión Yoruba para referirse tanto a personas como entidades no nigerianas.

 

El funeral del diablo

Por Edward Page Mitchell
Publicada originalmente en el periódico The Sun en 1879

Sentí que manos invisibles me levantaron de mi cama y suavemente me trasportaron a una avenida del Tiempo cada vez más estrecha. Cada momento que pasaba era un siglo, nuevos imperios aparecían frente a mí, nuevos pueblos, ideas extrañas, destinos desconocidos. Finalmente, aparecí en el final de la avenida, en el fin del tiempo, bajo un cielo ensangrentado más horroroso que la más profunda oscuridad.

Hombres y mujeres iban y venían apresurados, sus rostros pálidos reflejaban el semblante maldito de los cielos. Un silencio desolador reposaba sobre todas las cosas. Luego, escuché a lo lejos un lamento muy suave, un dolor indescriptible que aumentaba en intensidad y volvía a bajar, se mezclaba con el tono de la tormenta que comenzaba a arreciar. El lamento fue respondido por un gemido, y el gemido se hizo atronador. Las personas apretaron sus manos y se arrancaron los cabellos, una voz perforan te y persistente, chillo por sobre la agitación, “¡nuestro señor y amo, el Diablo ya no está! ¡nuestro señor y amo ya no está!” En ese momento, yo también, me uní a los dolientes que lloraban la muerte del Diablo.

Un hombre viejo vino a mi y me tomó la mano. “¿Tú también lo amabas y servias?” me preguntó. No respondí, ya que no sabía por qué lamentarme. Me miró con firmeza directo a los ojos. “No hay pena,” me dijo, con sentimiento “que no pueda ponerse en palabras.” “Entonces no hay pena como la tuya” le repliqué “ya que tus ojos están secos y no hay dolor detrás de sus pupilas”. Puso su dedo sobre mis labios y me susurró “¡Espera!”

El viejo me guio hasta un amplio y suntuoso salón, completamente lleno con una multitud de dolientes. La multitud era, de hecho, una poderosa, ya que personas de todas las épocas del mundo que habían venerado y servido al Diablo estaban ahí reunidas para realizar los últimos oficios para el difunto. Vi ahí a hombres de mi propio tiempo y reconocí a otros de tiempos pasados, cuyas caras y fama me habían llegado a través del arte y la historia, y también vi a muchos otros que pertenecían a los últimos siglos a los cuales había visto en mi paso nocturno por la avenida del tiempo. Cuando estaba a punto de preguntar sobre estos últimos, el viejo se volvió hacia mi “silencio” me dijo, “y escucha.” La multitud habló al unisonó “Atención, escuchen el informe de la autopsia.”

De otro cuarto salieron cirujanos y médicos, filósofos y letrados de todos los tiempos se aventuraron para examinar el cuerpo del Diablo para descubrir, de ser posible, el misterio de su existencia. “Ya que” decía la gente “si estos hombres de ciencia nos pueden decir de qué manera el Diablo era el Diablo, si pudiesen separar sus partes mortales del principio inmortal que lo distinguía de nosotros, quizás podamos seguir adorando ese principio inmortal para nuestro propio beneficio y por la gloria eterna de nuestro difunto amo y señor. “

Con un semblante de ultratumba y pasos reticentes, tres delegados dieron un paso delante de entre los sabios reunidos. El viejo a mi lado levanto la mano para pedir silencio absoluto. Todo sonido de aflicción se detuvo al instante, vi que uno de ellos era Galeno, el otro Paracelso, y el tercero era Cornelio Agripa.

“Aquel que ha servido al amo fielmente” dijo Agripa en voz alta “debe escuchar en vano los secretos que nuestros escalpelos han descubierto. Hemos expuesto tanto el corazón como el alma de aquel que ahí yace. Su corazón era como el nuestro, bien formado para latir por ardientes pasiones, para encogerse por el odio, para agrandarse de la ira. Pero el misterio de su alma haría explotar los labios de quien lo pronunciara.”

El viejo me apartó rápidamente de la muchedumbre. La gente empezó a tensionarse y a precipitarse con una furiosa ira. Querían despedazar a esos hombres letrados y venerados que habían diseccionado al Diablo, pero aun así se negaban a hacer publico el misterio de su existencia. “¿Qué patraña es esta que nos cuentan? Carniceros charlatanes, profanadores de cuerpos” exclamó uno. “No han descubierto misterio alguno, nos han mentido a la cara” “¡Mátenlos!” gritaron otros. “Quieren guardarse el secreto para su propio beneficio. Estamos en presencia de un triunvirato de charlatanes que se han designado a sí mismo como nuestros superiores, en lugar de aquel que hemos adorado por la dignidad de sus enseñanzas, la ingenuidad de su intelecto, el glorificado carácter de su moralidad. Demos muerte a estos engreídos filósofos que pretenden usurpar el alma del Diablo.”

“Hemos buscado solo la Verdad” replicó uno de los hombres de ciencia con cierta soberbia “pero no podemos revelar la Verdad que hemos encontrado. Nuestro trabajo termina aquí.” Una vez dicho esto, se retiraron.

“Vamos a verlo nosotros mismos” grito la mayoría de la turba iracunda. Se hicieron paso hacia el interior de la habitación donde yacía el cuerpo del Diablo. Miles presionaban para entrar y luchaban en vano para estar en presencia de la muerte para descubrir ellos también la cualidad esencial del difunto. Aquellos que pudieron entrar, con reverencia, pero con entusiasmo se acercaron al enorme féretro de oro sólido, adornado con piedras brillantes y resplandeciente por el brillo de las esmeraldas, gemas y calizas. Enceguecidos, retrocedieron con el rostro perplejo. Ni un hombre entre ellos se atrevió a estirar la mano y quitar las vendas y coberturas con los que los cirujanos habían tapado su trabajo.

Entonces el viejo, que había presenciado la tumultuosa escena conmigo se colocó en un lugar elevado y dijo en voz alta. “¡Adoradores del Diablo, cuya majestuosidad los somete aun después de su muerte! Esta bien que no hayamos descubierto el misterio antes de tiempo. Una combinación de distintas señales me ha llenado de esperanza, creo que aquello que ha sellado los labios de los hombres de ciencia, puede aún ser revelado a través de la fe. Procedamos ahora a rendir el ultimo triste tributo a nuestro difunto señor. Hagamos de su memoria un sacrificio digno de nuestra devoción. Mi arte puede encender un fuego que consumirá pesados lingotes de oro tan rápido como si quemase un simple papel, y no dejará cenizas ni lamentos detrás. Que cada hombre traiga aquí todo el oro, ya sea en moneda, en lamina o en forma de baratijas que han ganado mientras servían al Diablo, y cada mujer traiga el oro que ha ganado y arrójenlo al fuego. Solo entonces la pira funeraria será digna de aquel que estamos velando.”

“¡Bien dicho viejo!” clamaron los adoradores del Diablo. “De esta manera probaremos que nuestra adoración no ha mermado. Construye la pira mientas buscamos nuestro oro.”

Mis ojos estaban fijos en el rostro de mi compañero, pero no pude leer los pensamientos que ocupaban su mente. Cuando me volteé a mirar nuevamente, el amplio salón estaba vacío excepto por nosotros dos.

Lenta pero laboriosamente construimos la pira funeraria en el centro del departamento. Lo construimos de la costosa madera que teníamos a mano, ya espolvoreados por devotos dolientes con las mas variadas especias. Construimos la pira ancha y alta y la cubrimos con objetos hermosos. El viejo sonrió mientras preparaba el fuego mágico que habría de consumir el oro que los adoradores del Diablo habían ido a buscar. Dentro de la pira dejó un espacio amplio para su sacrificio.

Juntos trajimos el cuerpo del Diablo y lo ubicamos cuidadosamente en la cima de la pira. Los truenos resonaron sobre nuestras cabezas y todo el edificio entero tembló tan fuerte que me sorprendió que no se derrumbara, sepultándonos entre el techo y el asfalto. Los truenos seguían cayendo uno tras otro, cada vez mas cerca de la pira. Los relámpagos revoloteaban muy cerca nuestro, alrededor del viejo, de mi y del cuerpo del Diablo. Seguíamos esperando a la multitud, pero la multitud no regreso.

“¡Contemplen las exequias!” dijo finalmente el viejo, arrojando su antorcha encendida al medio de la pira. “Tú y yo somos los únicos dolientes, y no tenemos una misera onza de oro para ofrecer. “Ve entonces, e invita a los adoradores del Diablo a la lectura de la ultima voluntad y testamento. Vendrán.”

“Me apresuré a cumplir la orden del viejo, y rápidamente el salón fúnebre se atiborró nuevamente. Esta vez los adoradores trajeron el oro y cada uno intentó dar una excusa por su tardanza. El ambiente se puso denso de tanta explicación. “Solo me demore” dijo uno, “para asegurarme de que había juntado todo, todo hasta la ultima pieza de oro que tenía en mi poder.” “He recolectado”, dijo otro “la laboriosa acumulación de cincuenta años, pero que felizmente sacrificaré por la memoria de nuestro amado señor.” Un tercero dijo, “verás, he traído todo, incluso el anillo de bodas de mi difunta esposa.”

Hubo una disputa entre los adoradores del Diablo para ver quien era el primero en arrojar sus tesoros al fuego. Las llamas encantadas atrapaban el oro y lo arrojaban muy por encima del cuerpo, proyectando un feroz resplandor amarillo en cada rostro emocionado del gran salón. El fuego seguía consumiendo el oro que innumerables manos le proporcionaban y el viejo seguía parado junto a la pira, con una sonrisa extraña en su rostro.

Los adoradores entonces clamaron con voces roncas “¡El testamento! ¡El testamento!” ¡Escuchemos la última voluntad de nuestro señor!”

El viejo abrió un pergamino de papel con asbesto y empezó a leer en voz alta, mientras el barullo de la muchedumbre disminuía hasta el silencio y el feroz rugido de las llamas se convertía en un suave murmullo. Lo que el viejo leyó era esto:

“¡A mis preciados seguidores, al mundo entero, mis fieles adoradores y leales sirvientes, los saludo y les concedo la única bendición que el Diablo tiene para dar, una maldición eterna!

“Soy consciente de me aproximo al momento del Cambio que acecha a toda existencia activa, en mi sano juicio y con un propósito firme, declaro por lo tanto que esta es mi ultima voluntad, placer, orden en cuanto a la disposición de mi reino y mis efectos.”

“A los sabios les dejo la estupidez, y a los idiotas, el dolor. A los ricos, les dejo las miserias de la tierra y a los pobres la angustia de lo inalcanzable; a los justos, la ingratitud, y a los injustos, el remordimiento; a los teólogos les dejo las cenizas de mis huesos.”

“Decreto que ese lugar llamado infierno sea cerrado para siempre.”

“Decreto que los tormentos, en simples cuotas, sean divididos entre mis leales súbditos, de acuerdo con sus méritos, y que el placer y las riquezas también sean divididas equitativamente entre mis súbditos.”

Inmediatamente después los adoradores del Diablo sellaron el trato a la voz de “¡No hay Dios mas que nuestro Señor el Diablo y él ha muerto! Ahora dennos acceso a nuestra herencia.”

Pero el viejo respondió, “¡Miserables! El Diablo ha muerto, y junto con él, el mundo. El mundo está muerto.”

La multitud quedo horrorizada mirando la pira. De un segundo a otro, las llamas doradas se abalanzaron como una columna ardiente hacia el techo y desaparecieron. Desde las ascuas del corazón del Diablo salió una pequeña serpiente siseando aterradoramente. El viejo se abalanzó hacia la serpiente para aplastarla, pero se le escapó de entre las manos y se abrió paso entre la multitud. Judas Iscariote la atrapó y la puso en su regazo. Al hacerlo, la tierra bajo nuestros pies empezó a temblar como si convulsionara. Los grandes pilares de la cámara funeraria se tambalearon como gigantes mareados. Los adoradores del Diablo huyeron despavoridos, el viejo y yo quedamos solos. La explosión vino después de varios estallidos a nuestro alrededor, pero esta vez no eran las sacudidas del trueno. Era el desolador sonido de las estructuras del hombre cayendo, de los tejidos de su realidad, del eco que se producía en otros mundos mientras este mundo caía en la perdición. Entonces las estrellas empezaron a derrumbarse y las borrosas luces del firmamento caían sobre nosotros como aguanieve de fuego congelado. Los niños morían de terror, las madres sujetaban a sus hijos muertos contra sus helados regazos y huían en todas direcciones buscando un refugio que nunca encontrarían. La luz se volvió negra, el fuego perdió su calor en la completa desarticulación de la naturaleza, y un caos incontenible surgió de las entrañas del universo y se trago a los adoradores del Diablo y a su mundo muerto.

Entonces, le dije al viejo mientras caminaba por el vacío. “Seguramente ya no hay bien ni mal, no hay mundo ni Dios.”

Pero él sonrió y sacudió su cabeza, y me dejo ahí para que deambulara sin rumbo a través de los siglos. Sin embargo, cuando él desapareció, vi que allá, sobre las ruinas del mundo, se formaba un arcoíris de infinito resplandor.

Fin.

Conectado

Por Tianna Ebnet

Cuando las personas piensan en la Conexión, aunque la mayoría no piense en eso, imaginan dolor. No hay duda al respecto, ¿dejar que alguien te haga un corte en la cabeza, y te conecte a una maquina? Claro que es una experiencia dolorosa. Pero la verdad es que no recuerdas todo eso. Estas anestesiado durante todo el proceso, y no sientes nada después de él. No sientes los finos cables que corren bajo tu piel hasta la base del cráneo, tampoco sientes la base de datos en la que estas suspendido. Ni siquiera el aire cálido en tu rostro. Ni tus brazos ni tus piernas. Nada en absoluto.

A veces piensas en el dolor con cierta añoranza. La manera en que te late el pie después de  golpearte un dedo, te recordaba que seguía ahí. Ya no estás tan seguro de eso. Naturalmente te han dado garantías, antes de firmar la línea punteada. Nada dañaría tu cuerpo mientras estés Conectado, y al final del contrato serias liberado con un pequeño fondo de retiro. Será como despertar de un sueño. Pero olvidaron mencionar qué clase de sueño sería, y además, realmente no hay nada que puedas hacer si rompen sus promesas. Nadie te espera afuera.                
De alguna manera, esto es mejor que Antes. Ya no duermes en la calle con un cuchillo guardado en las medias, no intercambias sexo oral con extraños por un sándwich. Pero en realidad ya no sabes lo que es dormir. El Modo Sueño es similar a una dosis, la mitad de tu atención siempre puesta en asegurarte que el aire esté siendo filtrado y las luces encendidas, y aún cuando esperas que los nutrientes te lleguen de alguna manera, no tienes conciencia de los desechos que salen de tu cuerpo. Por lo menos nunca estás aburrido. Puede ser muy emocionante estar en todos lados al mismo tiempo, siempre y cuando no pienses en como tu influencia termina en la puerta. Tienes Internet metafóricamente en tus manos las veinticuatro horas del día, horas y horas de filmaciones de seguridad, y un cúmulo sin fin de correos electrónicos interdepartamentales para revisar. Técnicamente no deberías leer esos, pero es mucho más fácil hackear el Sistema cuando eres el Sistema, y Seguridad está más preocupada por garantizar que no cierres todas las puertas y destruyas los filtros de aire que en la privacidad del personal o de quién se acuesta con quién.
 No te falta compañía, eso sí. No eres el único Conectado, no en un negocio de este tamaño. El flujo de información por si mismo haría estallar todas las células de tu cerebro. Hay cientos en la red y puedes transmitir de ida y vuelta. Algunos de ellos están lucidos, incluso son amistosos, pero la mayoría ha estado dentro tanto tiempo que sólo pueden hablar en código binario y mensaje de error. Intentas no pensar en llegar a ese estado. Mantienes tu archivo a mano y lo revisas con frecuencia, sólo para recordarte como luces, edad: 26. Ocupación: N/R. Dirección: Indigente. Niveles de sincronización: 85%. Candidato optimo.

Miras a los ojos a ese joven, mirando con hosquedad a las cámaras que se convertirían en una extensión de ti mismo, e intentas recordar ser esa persona. Cada vez se hace más difícil.             
Sientes que la puerta de tu entorno se abre, el sonido de una tarjeta magnética, y te toma un momento concentrarte y volver a tu cerebro para abrir tus verdaderos ojos, o lo que esperas que sean tus verdaderos ojos, ya que rara vez los usas.

Es un Técnico, y notas que es nuevo, por la manera en que intenta mirar hacia todos lados excepto a ti. Eso, y que sólo a los nuevos le dan el turno del cementerio. Sólo los sistemas más vitales están funcionando, por lo que no hay mucho para hacer excepto monitorear tus signos vitales y posiblemente limpiarte el culo.

Está nervioso, igual que todos cuando recién empiezan. Es bajo, con cabello castaño rizado con mechones que sobresalen. Ojos grises, un lunar detrás de la oreja. Haces un breve escaneo de los archivos del personal, buscando el nombre que va con ese rostro, Ryan Morgan, edad veinticuatro con un titulo en Bio-Programación. Joven. No es solo nuevo en la Compañia, sino también nuevo en este puesto. Sus manos tiemblan mientras ejecuta los protocolos estándar.  Por un momento, te ves tentado a contener la respiración para que las pantallas den señales de alarma, solo para asustarlo, pero una diversión pasajera no valía el castigo que seguramente vendría a consecuencia.

Eventualmente sus movimientos se relajaron a medida que se fue concentrando en su trabajo. Empezó a hablar consigo mismo mientras tipeaba.

“Signos vitales estables. Ligera deficiencia de calcio. Definitivamente debo ajustar la solución nutritiva…”         
Es placentero, escuchar una voz. Es un buen cambio al constante zumbido de la maquinaria. El ultimo técnico nocturno nunca hablaba. Ocasionalmente, gruñía ininteligiblemente sin dejar de mirar la pantalla, donde generalmente veía mellizas rollizas que se revolcaban en una piscina de plástico. No lo extrañas.

A Ryan, por su parte, le gusta mantener conversaciones enteras consigo mismo. Se reprende amablemente cuando comete un error, resolviendo problemas en voz alta, incluso enfatizando sus argumentos con un suave movimiento de sus brazos. Honestamente, no sabes para que se molesta. ¿Qué importa si estas recibiendo suficiente calcio o si tu temperatura esta ligeramente elevada? Aun así funcionas a la máxima eficiencia.

Casi dos horas después levanta la mirada y se da cuenta que tus ojos están abiertos y que estas mirándolo. De hecho, no has sido capaz de dejar de mirarlo. Tiene mas entusiasmo de lo que estas acostumbrado. Generalmente todo es muy tranquilo en el sub sótano D, y había algo en sus movimientos, la manera en la que se acomodaba en la silla, las arrugas de su nariz cuando pensaba, algo de eso te fascinaba profundamente. Así es como se mueve un cuerpo.

Ryan desvió su mirada, pero momentos después vuelve a mirarte. Sigues mirándolo. Sonríe, los labios se le crispan pero sus ojos no sostienen tu mirada. No intentas devolverle la sonrisa. Te asusta demasiado que los músculos no te respondan.

“Hola,” dice.

Lo miras, sin saber bien como responder. Nadie te ha hablado antes. Toda la información necesaria para el mantenimiento esta en las pantallas en forma de señales de calor, salida de fluidos y receptores neuronales. Tu opinión rara vez es necesaria.

“Soy Ryan, el nuevo técnico. Estaré ayudando a cuidar de ti de ahora en mas.”

Cuidar de ti. Es una forma interesante de describir su trabajo. En tu experiencia, el mantenimiento tiene poco que ver con tu comodidad. Él esta aquí para mantenerte dormido, obediente y eficiente. Si esta cuidando algo, es del Sistema. Es difícil comprender el nivel de ingenuidad de Ryan si verdaderamente cree que  todo lo que hace lo hace para tu beneficio.

Sientes una leve vibración muy dentro tuyo, y te das cuenta de que estas riendo.

Ryan esta aun mas sorprendido que tu. Se inclina sobre las pantallas, tipea frenéticamente, buscando lo que sea que haya hecho ese ruido.

No es momento de probar si tus cuerdas vocales funcionan. Ambos están lo suficientemente asustados. Le enviás un texto.

Tranquilo. Estoy bien.

Baja la mirada hacia las pantallas. Levanta la vista de vuelta hacia ti. Y de vuelta a la pantalla. Te resulta agotador esperar a que su pequeño cerebro ate los cabos.

¿Quien mas podría estar hablándote? Somos los únicos aquí.

“No sabia, no sabia que podías hablar,” dice Ryan.

Bueno, ahora lo sabes.

Se ríe, un breve y nervioso soplo de aire. Hay un largo momento de silencio hasta que eventualmente se da cuenta que la charla ha terminado. Regresa a su trabajo pero se da vuelta con frecuencia para mirarte. Sus hombros se tensan cada vez mas cada vez que ve que sigues mirándolo. Te deleitas con su incomodidad. Dejalo ver lo ultimo avance de la ciencia, la carne detrás de su estilo de vida, y dejale saber que habla. Que tiene un nombre.

***

Ryan no te habla al día siguiente. Ni el día siguiente a ese. Intenta ignorarte por el resto de la semana. Pero es muy consciente de tu presencia. Te das cuenta por la manera en que clava sus ojos a la pantalla, mira con firmeza hacia adelante. Pero sus pupilas no deambulan como solían hacerlo, y ya no habla consigo mismo, hipersensible a que alguien lo este escuchando.

Pero no puede evitar a la maquina por siempre. Llega el viernes. Final de la semana. El ultimo viernes del mes. Es momento de una prueba de diagnostico de rutina. Odias esas pruebas. Primero, porque te inyectan bloqueadores neuromusculares para evitar que convulsiones durante el proceso, luego, cada terminación nerviosa es encendida para asegurarse que están debidamente conectadas. Sientes un pequeño pinchazo antes de que el adormecimiento haga lo suyo. Toma esa sensación y repitela 95 mil millones de veces, mientras eres incapaz de moverte, incapaz de gritar. Es la única vez en la que el dolor no es una vaguedad, un concepto casi romántico. Te recuerdan que si, de alguna manera tu cuerpo aun existe, y en ese momento no parece valer la pena en absoluto.

Ryan ingresa los protocolos estándar. Sus manos tiemblan. No es un idiota, el sabe lo que esto significa. Comete el error de mirarte y se acomoda nerviosamente en la silla.               
“Este puede doler,” dice, antes de presionar ENTER.

Ni que lo digas.

Las pantallas siempre se disparan mientras corre el diagnostico, tu corazón late fuerte, la respiración se vuelve errática y el cerebro se enciende con señales de alarma. Es el único momento en que tu cerebro esta desconectado del Sistema, para que tu malestar no interfiera con nada importante.

Las luces empiezan a parpadear. Parece que alguien olvido desconectarte del circuito eléctrico secundario. Una broma, probablemente, se aprovechan del novato. Te resultaría divertido sino fuera por la callada y paralizante agonía.

Ryan asume que el espectáculo de luces es indicio de un problema mayor, pero en vez de navegar por los programas, te sorprende al saltar de su silla y correr hacia ti. Te shoquea ver su rostro tan de cerca y entre las olas de dolor distingues una suave presión. Un toque.

“Shh,” dice, acariciando tu brazo, al menos crees que es tu brazo, con movimientos suaves y circulares. “Tranquilo. Esta bien.”

Quieres encender todas sus terminaciones  nerviosas y preguntarle si cree que todo “esta bien”. Pero ha pasado tanto tiempo desde que alguien te tocaba. No puedes sentirlo, no realmente. Estas demasiado drogado para sentir el calor y la textura de su piel. Pero es humano, la primera cosa humana que has experimentado en casi cuatro años. Te recuerda al Antes, dedos peinándote el cabello, el susurro de labios en tus hombros. Lo odias por esto. No quieres que se detenga jamas.

Pero si se detiene. El diagnostico sigue su curso, el dolor se desvanece, y las luces vuelven a estar en linea. Sus manos caen hacia sus lados.

“¿Estas bien?”

No estas acostumbrado a las preguntas pero cooperar con tus técnicos es una de las principales directivas. Esta demasiado lejos de sus pantallas por lo que haces sonar su tablet.

Estoy operando a máxima eficiencia. Que en realidad es todo lo que puedes pedir.

Ryan mira el mensaje por varios segundos, frunce el ceño y dice “si… pero eso es una evaluación del Sistema. La computadora puede decirme eso. Quiero saber si tu estas bien.”

No estas seguro de como responder eso. Por lo general, la eficiencia máxima es suficiente. Si el Sistema esta funcionando bien entonces tu debes estar bien.

No entiendo la pregunta. ¿Qué es lo que quiere de ti?¿Cuál es la respuesta correcta? Ya no sientes dolor, pero considerando que has vuelto a estar bajo los efectos paralizantes eso debería ser algo obvio.

Ryan frunce sus labios. “Es solo que, nunca he hecho esto antes. Si conozco los procedimientos de diagnostico, obviamente, sé lo que implica, pero nunca pensé que seria… así. El agudo dolor físico, ¿sabes? Bueno, claro que lo sabes.” Exhala una risa nerviosa casi sin aire. “Supongo que… ¿Cómo te sientes?”

¿Qué importa? Estoy conectado nuevamente y funciono perfectamente. Mis sentimientos son irrelevantes.           
 Ryan luce como si quisiera decir algo mas, pero deja de insistir y no te habla por el resto de la noche. En cuatro horas, la siguiente persona se presenta para el cambio de turno. Le sonríe a Ryan, al ver su ropa arrugada y su pelo enmarañado. Nuestro tiempo junto tiene sus efectos.

“¿Noche dura?” pregunta ella.

“Ryan se encoge de hombros y acepta el café que le ofrece.

“El primer diagnostico siempre es difícil,” dice ella. “No te preocupes, se hace mas fácil.”

Ryan se encorva. Frunce el ceño y toma un buen trago de café. “Si tu lo dices,” le dice, levantando su mochila y dirigiéndose a la puerta.

Pero se detiene en el umbral, te mira y te sostiene la mirada. Sonríe un poco y hace un casi imperceptible saludo.

Entonces la puerta se cierra y te deja en Silencio.

***

Has estado Conectado por tres años, once meses, doce días, y veintidós horas. Llevar la cuenta es fácil cuando tu consciencia esta directamente conectada a un reloj, pero no es algo sobre lo que pienses demasiado. No tienes una estructura real en tu vida con la excepción de protocolos programados o el Modo Sueño, por lo que tu percepción del tiempo no esta determinado por las horas del día, sino por la velocidad de la información. Se siente como si hubieras estado solo por un momento. Se siente como si nunca hubieras estado en otro lugar.

Tu contrato no va ni siquiera por la mitad.

El tiempo es mas ameno cuando Ryan esta de turno. Lo observas constantemente, parcialmente porque sus movimientos temblorosos y sus gruñidos te resultan infinitamente entretenidos, pero principalmente porque sabes que el escrutinio le resulta perturbador. Te ha mirado a los ojos mas de una vez, empezando un prolongado concurso de miradas. El siempre es el primero en desviar la mirada.

Al cabo de dos semanas, Ryan se presenta con un juego de damas. Lo sostiene frente a ti con ambas manos como si le ofreciera comida a un animal. “¿Te gustaría jugar? Estas noches se hacen largas sin algo que hacer.”

Luego de observarlo por semanas, has identificado a Ryan como un Verdadero Creyente. Alguien que no esta en esto por el dinero o para hacer carrera en la corporación, sino que es un genuino idealista que compro el discurso de la Compañia sobre la declaración de principios para crear un mundo mejor. ¿Pero esto? Esto es inesperado.

¿Quieres jugar damas? ¿Conmigo?

Ryan se encoge de hombros. “Seguro, después de todo, eres el único que esta aquí.”

Te preguntas si estará escribiendo un libro. Quizás desea estudiar a un Conectado en su hábitat natural, probar sus reacciones a los estímulos y demás. O peor, es un fetichista, y muy pronto intentara lamer los espacios donde las sondas se unen con la piel. La Compañia siempre trata de vetar este tipo de gente pero siempre hay alguno que pasa desapercibido.

Consideras estas opciones, pero la idea de un juego físico con un oponente físico es demasiado tentadora para dejarla pasar. Ryan toma la silla y se sienta frente a tu modulo y observas el movimiento de sus dedos mientras acomoda el tablero. Enviás tus movimientos a su tablet y el manipula las piezas por ti.

Puedes perder tu trabajo por esto. O peor. Los Conectados son la columna vertebral de la Compañia. Todo: toda la información, los sistemas de seguridad, la funcionalidad misma del edificio depende de una red de mentes Conectadas, que es por lo cual estas casi siempre consciente.

Corromperte aunque sea de forma mínima es equivalente a sabotaje. En estos momentos, borras los registros de charla, y pusiste la filmación de seguridad en loop pero solo puedes cubrir tus huellas hasta cierto punto si alguien decidiese indagar un poco mas de cerca.

“Les diré que estoy estimulando tus vías sinápticas,” dice Ryan. Mueve su pieza hasta el extremo del tablero. “Coroname.”

Haces una jugada triple en respuesta y el gruñe.

¿Por qué correr el riesgo? ¿Normalmente juegas a las damas con suministros de oficina?

“No eres una engrapadora.”

Por el tiempo que dure mi contrato, soy propiedad de la Compañia, al igual que tu tablet y la silla en la que estas sentado. Mueves una de tus fichas hasta el extremo del tablero.

“Lo se, pero sigues siendo una persona.”

¿Y es eso una revelación? Seguramente sabias lo que sucedía.

“¡No se suponía que fueras así… de esta manera!” dice Ryan, sacudiendo las manos en tu dirección. “Hablas. Sientes dolor. Eres sarcástico por el amor de dios! Yo, yo no lo sabia.”

No, no te importo. A nadie le importa, no mientras las luces sigan funcionando.

Ryan guardo silencio, con la cabeza gacha se miro los zapatos, “… lo siento.”

Solo establezco los hechos, no es una acusación. ¿Ahora, vas a mover o no?

Avanzo, dejando abierto el escenario para que capturaras sus ultimas piezas. Reinicio el tablero, con los dedos danzando sobre los círculos de plástico. Y juegan. Una y otra vez y otra vez.

***

No esperas que vuelva después de eso. Esperas recibir el comunicado donde pide ser transferido a un lugar mas seguro. Menos practico. Quizás a Recursos Humanos, ya que le importan tanto los sentimientos. Es una lastima, era lindo hablar con alguien en tiempo real, pero los Técnicos van y vienen. No te aferras demasiado.

Pero Ryan esta de vuelta al día siguiente con mas juegos de mesa bajo el brazo. Durante los siguientes seis meses, los juegos se convierten en rutina. Intercalando las damas con ajedrez y elaborados juegos del El Ahorcado. Aprendes bastante sobre Ryan en este tiempo. Sobre sus padres doctores, y lo inconforme que estuvieron cuando decidió estudiar bio ingeniería.Anécdotas de la universidad y el tiempo que paso estudiando la Interfaz Europea. Su trabajo de caridad equipando vecindarios menos privilegiados e incorporándolos al Sistema. También te hace preguntas, y eventualmente empiezas a responderlas. Empieza con algo pequeño, tu color favorito, los animales que te gustan, y así. Información pequeña e impersonal, preparándote antes de soltar la bomba.

“¿Como te llamas?” pregunta Ryan, a la vez que le dibuja forúnculos explotados a tu hombre ahorcado. En algún momento el juego se trato menos de adivinar palabras y mas sobre dibujar las figuras de palitos lo mas grotescas posible. “Todo lo que mis supervisores me han dado es un numero de serie. W-X6514790.”

Es pegadizo.

“Si, para nada difícil de recordar.” Sonríe. Te gusta la manera en que entrecierra sus ojos, hasta que prácticamente son dos lineas  talladas profundamente en su rostro. “¿Como te llamabas antes… de todo esto?”

No quieres decirle, no al principio. Tu nombre es algo muy tuyo. Es el único recuerdo que no duele, y no estas seguro de querer compartir eso. Pero también quieres oír como el lo dice, ver como su boca se mueve al pronunciar las silabas.

Limpias la pantalla, preparando un nuevo lazo para una nueva victima. Veamos si puedes adivinarlo antes de quedar ahorcado.

No se la haces fácil. Te limitas a los juegos y eres implacable con sus errores. Le haces carroñar por las letras. Lo mantienes así por semanas, esperando a que se rinda y simplemente busque la información.

“No quiero buscarlo en la computadora,” dice Ryan. “Quiero sacártelo a ti.”

Así que, cedes un centímetro, y le permites un cuantos juegos mas, un par de turnos extra. Eventualmente el nombre se revela solo.

“Adrien,” dice, y es como escucharlo por primera vez.

Empiezas a contarle mas cosas, cosas imposibles de encontrar en tu expediente, cosas que pensaste que habías olvidado. Perdiste a tus padres en las inundaciones. Tu recuerdo mas antiguo es el de vagar por las calles, solo y perdido. Eventualmente, te llevan a un centro de refugiados. Un hombre viejo y amable te adopta, te deja llamarlo abuelo, y hasta los trece años las cosas marchan bien. Entonces muere, y vuelves a la calle, vendiendo lo que sea para poder sobrevivir. Cuando te levantan, cuando resignas tu voluntad, te dices a ti mismo que no importa. Tu cuerpo no te ha pertenecido en mucho tiempo.

Estabas equivocado.

Ryan escucha tu historia en silencio, mirando el tablero de ajedrez que yace frente a el aunque sus pensamientos están muy lejos del juego. “Cuando obtuve mi titulo… nos dijeron que era opcional. Que estas personas habían elegido servir a un bien común. Y tanto bien a traído el Sistema. Energía limpia, ilimitada, el fin de tanta pobreza y hambruna. Pensé que valía la pena.”

Quizás lo vale, le dices. Quizás todo esto vale la pena. Para ellos y para ti. Pero no para mi.

“No,” dice Ryan. “No para ti.”

No siguen jugando ajedrez esa noche.

***

Sigue trayendo los juegos, pero no es lo mismo. Ryan esta distraído. Con frecuencia, detiene los juegos a mitad de la partida o a veces a mitad de un movimiento.

“Cosas del trabajo” dice cada vez que le preguntas si sucede algo. “Estoy cada vez mas ocupado.”

Pero sabes que te oculta algo. Se sienta en la computadora mucho mas tiempo que antes, su trabajo esta tan encriptado que ni siquiera tu puedes ver lo que esta haciendo. No sin alertarlo inmediatamente de la intromisión, y estas demasiado aterrado de lo que sucedería si cruzas esa linea.

Te preocupa que quizás hayas ido demasiado lejos, que destruiste la relación al decir verdad. Solo querías que te conociera, que supiera que hay una persona entre todos estos cables y actualizaciones de datos. A veces, con mas frecuencia de la que te gustaría admitir, tu también lo olvidas.

Pero en vez de eso, parece haber tomado la actitud contraria. Lo asustaste con tu humanidad, entonces volvió a poner su atención en la maquina. Te expuso, indago en tu pasado y en tus emociones desde las profundidades del Sistema, y ahora huye. Lo odias.                     
Cobarde, horrible, cruel. “¡Mirame, bastardo!”

Lo dices en voz alta. No en texto, con tu voz, ronca e irreconocible por la falta de uso, pero es tuya.

Ryan probablemente no entendió tus palabras pero si levanto la vista. Se acerco a ti, puso sus manos en tu rostro. Cuando las retiro estaban húmedas.

“¿Estas llorando?” sus manos cubrían tus mejillas, y su frente se apoyaba en la tuya. “Lo siento, lo siento, lo siento.” Entonces, se inclina aun mas, susurra en uno de tus receptores auditivos, oídos, son tus oídos, “¿Te gustaría salir de aquí?”

¿Que? Escribes, no confiás en tu voz recientemente descubierta. Como… como es eso posible?

“Es posible,” dice Ryan, “He estado revisando los Protocolos de Extracción. Están bajo máxima seguridad por lo que tengo que ser muy cuidadoso. No quería decírtelo hasta estar seguro de poder hacerlo.

¿Puedes hacerlo?

“Es arriesgado,” admite, “no se hace muy a menudo. Los sujetos que sobreviven hasta el final de su periodo por lo general están tan idos que no están en condiciones de irse. El shock por si mismo podría matarte. Puedo hacerlo, si eso es lo que tu quieres.”

¿Es lo que quieres? Dentro tuyo, nunca te imaginaste como seria volver al mundo. Volver a ser de carne y hueso luego de tantos años de ser solo cables.

Serias capaz de volver a sentir tu piel contra otra. De sentir la comida en tu boca. De salir de este condenado sótano.

“Si.” Tu voz sale con claridad ahora que las silabas a pronunciar son menos.

Ryan sonríe, aprieta lo que esperas que sea tu mano, ay Dios, finalmente tendrás que lidiar con lo que haya quedado de ti, “hagamoslo.”


***

Debes ser desconectado de a poco, es un proceso de puede llevar semanas. Todos los días, Ryan te saca un poco mas, parcialmente para que no detecten tu ausencia. Los otros Conectados automáticamente compensan tus tareas siempre y cuando el ingreso de nueva información no sea abrumador. Pero también lo hace así para que tengas tiempo de aclimatarte a vivir fuera del Sistema. La dependencia es inevitable. Es como introducir lentamente a un pez en aguas extrañas. Tienes que volver a aprender a respirar.
 Ryan promete que te llevara con él. Ha estado leyendo sobre comunidades en las profundidades del Desierto, aisladas de cualquier tipo de red. Te traer flores del desierto, te habla sobre la casa que tendrán, incluso quizás un perro…

“Es decir, si es lo que quieres. No tenemos que vivir juntos, no…”

“No soy bueno con los perros, ¿Podemos tener un gato?” preguntas.

Sonríe. “Si, podemos tener un gato.”

Piensas en Ryan, en la casa, y el gato para llenar los agujeros que dejaron los cables. No quieres extrañar el Sistema pero no puedes evitar sentir el vació que deja su ausencia. Un mundo entero, incluso uno que te despoja de tu cuerpo y de tu mente, es algo difícil de abandonar. Y es aun mas difícil, volver a conocer tu propio cuerpo. Los sentimientos vuelven primero, y con ellos el profundo y espantoso dolor al cual el Sistema te sometía pero permanecía dormido. El flujo de información te quema en la espalda, la piel te palpita, y una parte de ti no puede creer lo limitado que es el cuerpo humano ahora que ya no tienes cámaras para escanear los corredores. Tus piernas ya no pueden viajar a través de los circuitos eléctricos. No pueden hacer nada en absoluto. Te sientes atrapado en tu propia piel, con los músculos atrofiados; tus extremidades tiemblan y son pequeñas como las de un niño. Intentas no preguntarte si acaso no has construido otra prisión para tu mente.

“Lo arreglaremos,” dice Ryan, frotando gentilmente tus sienes mientras avanza sobre la red de cables que conectan tu cráneo al flujo de datos. En teoría, deberían salir sin problema pero no conoces a nadie que pudiera extraer algo incrustado tan profundamente. “Estarás caminando en poco tiempo.”

No le crees, no del todo.

“¿Qué pasara si no puedo hacer esto?” preguntas. “No sé como vivir en mi cuerpo. Ya no.”

“Aprenderemos juntos,” dice Ryan. “Te prometo que no estas solo.”

Te concentras en las manos de Ryan detrás de tu nuca, como finalmente puedes sentir su calor corporal, la sequedad de su piel, y asientes.

Ryan intenta ser gentil, pero sientes cada tirón a medida que los cables salen centímetro a centímetro. Una vez libre, descubres que ya nada te sostiene. Sucumbes.

Los brazos de Ryan te envuelven, soportan tu peso con una facilidad que te molestaría si no fuese tan acogedor.

“Te amo Adrien,” susurra, y tu sonríes.

Te toca disfrutar el momento por un minuto. Quizás dos. Entonces, las pisadas. Las luces. Ryan grita. Te levanta, acunando tu inservible saco de huesos contra su pecho e intenta correr, pero no llega lejos. Se oye un golpe seco como un impacto, y te desparramas por el suelo. Un dardo tranquilizante, asumes. Lo sabrás con seguridad cuando mires las cintas de seguridad.

Desearías poder moverte, para estirarte y sostener la mano de Ryan. Dejar que te mienta por ultima vez diciéndote que todo va a estar bien. Pero el rostro que se te acerca no es el suyo. No es un rostro en absoluto. Es una suave extensión de la nada plástica. Hay manos que te toman, sientes el látex suave levantándote, buscándote una vena. Un pinchazo en la nuca. Escuchas gritos. “¡Adrien!¡Adrien!”

Resuena en tus oídos brevemente. Y entonces ya no escucha nada.

***

No te anestesian de inmediato. Te dejan sentirlo por un momento. Tu humanidad es tu castigo. Gritas aun cuando te han adormecido la garganta,  tu boca se abre y se cierra mientras sufres en silencio.

Te mortificas sobre que puede haber salido mal. ¿Es que acaso hubo un error en el programa basura que debía servir como sustituto? ¿Algún otro Conectado los había delatado, o quizás fue uno de los contactos exteriores de Ryan?¿Has sido tu? ¿Sera acaso que has estado funcionando como un involuntario peón de la Compañia, sus ojos y oídos, durante todo este tiempo?

Lo que es peor, no sabes qué le ha sucedido a Ryan. Nadie mas lo sabe. Se ha ido, todos los registros borrados, el destino de Ryan es dejado a tu imaginación, a tu profunda e ilimitada imaginación.

Tortura, prisión, muerte. La Compañia no tiene piedad por un ladrón.

Te enojas. Peleas contra los inhibidores mentales que limitan tu acceso, intentas atacar, quemar todo. Seria suicidio. Valdría la pena. Pero la seguridad es muy fuerte, no puedes hacer tu movimiento. El enojo se convierte en desesperación, y una parte de ti odia a Ryan. Te ha destruido de una manera que el Sistema nunca pudo.

Hay un mensaje parpadeando en la esquina de tu conciencia. Un texto. Probablemente otra Actualización de Sistema. Los otros Conectados se alejan de ti. Nadie quiere verse involucrado con el componente rebelde.

Intentas ignorarlo, pero otro mensaje llega, y otro. Seguirán llegando hasta que contestes, así que con resignación abres el archivo adjunto. Las palabras flotan en tu mente.                      
Adrien.

Tu nombre y un pequeño diagrama de ahorcado, saludándote desde la horca.

Deberías haber sabido que iban a Conectarlo. La Compañia no desperdiciaría un material tan bueno.

Das un paso adelante, hacia su interfaz. Sus mentes se tocan, se funden y entrelazan como electricidad. No es lo mismo, extrañas sus dedos, sus palabras, su boca, pero es mejor que nada.

Ryan no esta tomando muy bien su nueva vida. Nada te prepara para el Sistema, incluso para aquellos que consienten su ingreso, y quien sea que haya supervisado su ingreso no hizo un muy buen trabajo. Su mente traumatizada busco algo familiar a lo que aferrarse. Te encontró a ti.

Al principio, sus mensajes están fragmentados. No sabe donde está o qué le ha sucedido. Tienes que aclimatarlo lentamente, apoyarlo mientras se lamenta por su familia, por su vida. Lo único que le queda eres tu, y una pequeña y horrenda parte de ti se siente feliz.

Le haces dibujos, flores del Desierto, gatos y perros. Una pequeña casa. Empieza a mejorar, poco a poco, empieza a hablar un poco mas, a incorporar su propio toque a los dibujos. Eventualmente, las formas concretas se desvanecen en colores, todo un mundo de pixeles, solo para ustedes dos. Se sumergen en él, cada vez mas profundo.

A veces, los pensamientos parpadean a través de la niebla. Miras a tu compañero y te das cuenta que no recuerdas el color de sus ojos. ¿Cuál es su nombre? ¿Cuál es tu nombre?

La pregunta te obsesionará, por un momento, pero sientes la presión de su mente contra la tuya, la conexión es suave como un abrazo, y el pensamiento desaparecerá, una gota en un infinito flujo de información.