Los Principios del Equilibrio

Por Ivana Akotowaa Ofori

Publicado originalmente en JALADA, edición de junio 2019

-Nbelenyin

Levanté la vista de mi plato de saabo. Bayuo me miraba amenazadoramente, de la misma forma en la que me imagino que mira a los gorgojos que invaden sus cosechas. Le sonreí.

-Hola hermano- le dije-. ¿Qué te trae por aquí a esta hora?

Miré intencionalmente en dirección a su sombra, era corta, el indicador mas obvio de que era demasiado temprano para que hubiese vuelto de la granja. Su malestar aumentó. Bayuo nunca pudo superar el hecho de que yo pudiera darme el lujo de almorzar a la sombra mientras él y el resto de mis hermanos debían trabajar arduamente durante toda la semana. No consideraba que mi trabajo fuese una fuente legitima de ingreso. Según él, yo no era mas que una embustero que hacia dinero engañando al mismísimo equilibrio del universo, obteniendo algo sin hacer nada, lo cual no era así. Yo me consideraba una persona ingeniosa, y si podía utilizar mi don para crear una forma mas libre y flexible de empleo para mi misma, no había ninguna razón para no hacerlo.

-Una mujer vino a la casa-dijo Bayuo-. Te está buscando a ti.

-¿Así? Suena prometedor. Dile que estaré ahí pronto. Primero debo terminar mi almuerzo.

Casi podía escuchar el rugir del estomago de Bayuo mientras le decía eso. En un día de trabajo normal todo lo que come es desayuno y cena.

No se equivoquen, el hecho de que yo almuerce no significa que sea derrochadora. Al contrario, ahorraba tanto que mi hermana pequeña solía preguntarme si le debía dinero a alguien. Solo estaba ahorrando para cumplir mis sueños; ser tan financieramente independiente que podría dejar este país y deambular eternamente, donde sea, en cualquier parte del mundo, hasta el día en que este demasiado cansada o aburrida para seguir viajando. Porque si había algo que odiaba era estar atada a un solo lugar.

-Busca a alguien mas que pase tus mensajes-dijo Bayuo-. Yo tengo trabajo que hacer.

Se alejó silenciosamente y yo termine tranquilamente el resto de mi saabo.

*

Cuando llegue a casa, encontré a una mujer con el cabello rapado y rasgos angulares sentada en los escalones del frente. Me recordó a una águila coronada. Vestía un boubou suelto que le hubiese llegado hasta los tobillos sino fuera porque utilizaba parte del vestido como faja para cargar algo sobre su regazo. Lo que sea que cargara en esa faja no dejaba de chillar.

La mujer me miró silenciosamente, como midiéndome, probablemente se aseguraba de que quien sea que la hubiese derivado conmigo no mentía. Su mirada se poso sobre mi cabello, tupido y con rastas de distintas formas y tamaños que he dejado crecer durante los últimos diez años. Eran tan largas que me llegaban hasta las nalgas, caían sobre mis hombros de manera que cubrían los pezones de mis senos casi inexistentes, en realidad eran mas o menos del tamaño de los de Bayuo. Sus ojos recorrían mi rostro, deteniéndose en mis patillas y la linea de vellos sobre mis labios. Bajaron hacia mi angosto torso y siguieron de largo por la amplitud de mi cintura. La única prenda de ropa que llevaba era una pollera de raffia que me llegaba justo hasta las rodillas. Note que la mujer evaluaba mi delgada pero fibrosa figura, quizás se preguntaba que había debajo de esa pollera, ajustándose a la ambigüedad de mi cuerpo. Masculino. Femenino. Ambos. Ninguno.

Una vez satisfecha, levantó la mirada y me miró a la cara.

-Mediadora-dijo. Hablaba dagaare con un leve acento y por un momento me pregunte cual era su lengua nativa. ¿Sisaala? ¿Gonja? ¿Quizás Dagbani?

-Es mi trabajo si- reconocí-. Pero en lo personal me dicen Nbelenyin. ¿usted es?

-Puede llamarme Ma.

Ese no era un nombre, era como llamaría a cualquier mujer mayor cuyo nombre no conociera. Si quería mantener su identidad en secreto, había que dejarla. No era asunto mio.

-¿Cómo puedo ayudarla Ma?

Ma se levantó para reducir la distancia entre ambas, desenvolvió la faja de su vestido y lo sostuvo en alto para que yo le viera.

-¡Por la sangre de mis ancestros!-maldije.

La criatura que sostenía difícilmente calificaba como humana. Esta niña estaba apenas con vida. Gritó mas fuerte cuando me vio, el alarido de un kontonbili que accidentalmente ha caído en la trampa de un cazador. Parecía no haber comido desde el día que nació. Su carne estaba tensa y estirada sobre sus huesos, sus hombros, mejillas y mentón, su carne amenazaba con desgarrar su piel en cualquier momento. Eso hubiera sido suficiente para aterrorizarme, pero eran sus ojos, grandes y hundidos, y completamente desprovistos de la alegría de la niñez, lo que me hizo retroceder y temblar visiblemente.

-Su nombre es Ngmennakomantware-dijo Ma. Ese nombre era una oración desesperada, “Dios dame lo que es mio”-. Tiene casi un año, esta enferma y al borde de la muerte todos los días. Su espíritu está buscando la forma de escapar de su cuerpo y necesito que lo obligues a quedarse.

Ngmennakomantware volvió a chillar y el sonido resonó en mi cabeza. Por el estado de la situación, su espíritu ya iba por lo menos a mitad de camino hacia su lugar de origen. No creí que pudiera hacer algo al respecto. Ademas, no era la clase de trabajo que normalmente hacia.

-Lo siento, Ma, pero los bigbanmé, niños resurrectos, son espíritus independientes, completamente a cargo de sus propios asuntos-le explique pacientemente-. Inclusos Mediadores como yo no tenemos autoridad para interferir en esos asuntos.

Ma reaccionó violentamente, temí que dejara caer al bebe.

-¡Mi hija no es un bigbanmé!-dijo gritando-, ¡su alma es humana!¡humana!

Retiré lo dicho.-Oiga, cálmese, no pretendí ofenderla. Solo digo que a ciertos espíritus les gusta aparecer solo para atormentar madres y marcharse. Si lo deja ir, es posible que eventualmente de a luz a un ser humano real…

-Escúcheme atentamente, Mediadora-interrumpió Ma-. Reconozco un espíritu no humano cuando lo veo, y juro por Ngmen que mi hija no tiene uno dentro. ¡Su espíritu humano esta atorado en el otro lado, y necesito que vayas a buscarlo y lo liberes para que pueda cruzar completamente!

Mis clientes por lo general no me asustan, todo lo contrario, tanta gente tratándome con cautela uno pensaría que era un dios, pero Ma estaba peligrosamente cerca de espantarme en mi propia casa. Intente ser mas cuidadosa con las palabras que utilice a continuación.

-Creo que hay un pequeño malentendido-dije-. Veras, yo voy al mundo espiritual a entregar mensajes a parientes fallecidos que sus seres queridos no tuvieron la oportunidad de decirle en persona. O rastreo ancestros para pedirles información y así romper maldiciones generacionales. Cosas simples ¿sabe? Cruzar, preguntar, volver y responder. ¿Liberar obstinados espíritus humanos? Lo siento, pero esta muy fuera de mis capacidades.

Esperaba que eso convenciera a Ma para que diera media vuelta y volviera a su casa, donde Ngmennakomantware pudiera finalmente morir en paz. Pero solo se quedo ahí mirándome, y no me atreví siquiera a pestañear.

Al cabo de unos minutos, me dijo;-Mediadora, ven conmigo. Necesito mostrarte algo.

El sentido común me decía que seguir a una mujer obstinada con un bebe medio muerto era una idea pésima, pero tenía mas miedo de lo que haría si me negaba.

Me llevo hasta la parte de atrás de mi casa, donde había una canasta tejida de mimbre con tapa, parcialmente cubierta por un pequeño arbusto. Se pasó el bebe al brazo izquierdo y con su mano libre levanto la tapa de la canasta. Cautelosamente, me incline para ver que había dentro y lo que vi me dejo sin aliento.

La canasta estaba llena de conchas de cauri, la mayor cantidad que había visto junta en un solo lugar, mas de lo que podría haber juntado ahorrando por años. Con esta cantidad de dinero quizás no tendría que volver a trabajar otro día de mi vida. ¡Podría empezar a tener el estilo de vida de mis sueños de inmediato! Esto me resulto sospechoso desde luego.

-¿De dónde sacaste todo esto?-pregunté. No podía imaginar que alguien pudiese obtener esta cantidad de dinero sin que haya habido alguna brujería de por medio.

-De donde lo saque no es importante. Pero sepa que todo esto le pertenece si puede hacer que el alma de Ngmennakomantware se quede en su cuerpo.

¡Oh! ¿Cuantas veces tendré que repetirle a esta mujer que no tengo el poder de hacer lo que ella quiere?

-Por favor-rogó-. Necesito que mi bebe viva. Por favor.

Me masajeé la frente, intentando calmar el estrés. Tenía que encontrar la manera de aplacarla, de darle algo. De lo contrario no me dejaría en paz.

-Bien, te diré que vamos a hacer-dije-. ¿Qué te parece si por una pequeña cantidad, cruzo al mundo espiritual e intento localizar el alma de Ngmennakomantware? Solo para, tu sabes, descubrir cual es el problema y por qué está intentando irse tan pronto. Cuando tenga respuestas, volveré y te lo informare.

En ese instante, Ma dejo el bebe en el suelo, tomo dos manojos de conchas de cauri y las volcó en mis brazos.
-Un adelanto-explicó-. El resto cuando el trabajo este completado.

Localizar el espíritu era el trabajo final.

-Ehm, si seguro. ¿Dónde puedo encontrarla cuando vuelva?

-Yo vendré a verte. Solo haz tu trabajo.

Me encogí de hombros. “Así lo haré, Ma.”

*

La mayoría de los cuerpos son demasiado desproporcionados para entrar y salir de una realidad, pero moverse entre mundos es como cruzar un río sobre una rama extremadamente delgada con un equilibrio perfecto e inquebrantable. Algo que se nos da bastante fácil a los Mediadores. La fluidez está tallada en nuestra carne.

Apenas pise el mundo espiritual sentí el inconfundible hedor de las secreciones de las civetas. Las arcadas fueron tan fuertes que tuve que tomarme unos minutos para recordar como volver a respirar.

Aterrice en el mismo bosque que aterrizaba cada vez que cruzaba, rodeada de pastizales que me llegaban a la cintura, arboles cinco veces mi altura y no mucho mas que eso. El mundo espiritual es como naturaleza indómita que responde a la voluntad de quienes lo transitan. Cuando levante la vista, las ramas se apartaron para dejar pasar la luz del sol. Donde yo estaba parada el pasto me llegaba apenas hasta los tobillos y seguía achicándose a cada paso que daba.

-Nbele-bele-belenyin-canturreó una voz burlona.

Giré en dirección a la voz y vi a una civeta salir a la luz, con brillo en sus malvados ojos y una sonrisa de superioridad en el rostro. Su retaguardia moteada se bamboleaba mientras caminaba hacia mi. Me estremecí. Las civetas eran las únicas criaturas en ambos mundos que realmente me espantaban, y el mundo espiritual estaba lleno de ellas. Eran como las Mediadoras del reino animal. La primera vez que me encontré una, no pude discernir si estaba mirando a una criatura canina o felina, un tipo de comadreja o una hiena. Las civetas eran su propia especie, se jactaban de su ambigüedad y dejaban marcas en ambos mundo utilizando sus repugnantes y apestosas secreciones.

-¡Nbelenyin!-continuó el animal-. Que de- de- delicia verte nuevamente por aquí. Me pregunto ¿cuál es tu misión esta vez?

Caminaba en círculos a mi alrededor, obligándome a seguirlo con la mirada ya que no confío en una civeta como para perderla de vista.

-Estoy buscando a un espíritu cuyo nombre aun no conozco-le dije-. Hay una niña conectada a este espíritu en el mundo de los vivos que esta muriendo rápidamente.

-¡Una niña!-canturreó la civeta-. ¡Que adorable, adorable, adorable! Si este espíritu es tan rebelde ni siquiera una Mediadora debería interferir en sus asuntos ¿verdad?

Elegí una dirección arbitrariamente y empece a caminar para alejarme de ahí. Desafortunadamente, la vil criatura me siguió.

-Mi clienta es muy persistente-le dije-. Ademas, no tengo la intención de interferir con nada. Solo voy a encontrar al espíritu, hacerle un par de preguntas y me iré. Como siempre lo hago.

La civeta resopló y sospeché que se estaba riendo de mí.

-¿Qué tan comprometida estas con esta niña Nbelenyin?

-En lo mas mínimo. Ya me han pagado mas dinero de lo que vale este viaje. Solo intento apaciguar a la demente de mi clienta.

-¡He-he-heeh! Si, eso es lo que pensé-me dijo. Entonces salto sobre una rama baja y se desvaneció.

Cuando la civeta se fue, el bosque también empezó a desaparecer. Me encontraba ahora en medio de una ciudad de colorida vegetación, con cada planta que podría imaginarme y muchas mas que no sabría nombrar. Algunos de los accidentes geográficos, el suelo, las rocas, los hormigueros y demás, estaba hechas de tierra, pero el resto estaban hechos de minerales puros de la tierra, como el hierro, el cobre, el diamante y el oro.

Había un numero infinito de direcciones hacia donde ir y no tenia idea cual me llevaría hasta el espíritu de Ngmennakomantware. Afortunadamente, estaba rodeada por las criaturas cuyas habilidades de navegación eran infalibles.

-Disculpe-le dije a un cuervo cerca mío-. Estoy buscando a una niña llamada Ngmennakomantware. Es particularmente obstinada, no parece querer quedarse en el mundo de los vivos, pero según me dicen es definitivamente humana y no un bigbanmé. ¿Por casualidad sabes donde puedo encontrarlo?

-El espíritu que buscas se hace llamar Nkongaa en estas tierras- respondió el cuervo-. Vive en el Valle de Marfil.

-Muchas gracias-le dije, me alejé con visibles signos de preocupación. Si necesitaba mas confirmación de que el plan de Ma era una mala idea, el hecho de que el espíritu de su hija literalmente se llamara “No iré” en este mundo era mas que suficiente.

Muy pronto llegué a una parte del mundo espiritual donde todas las colinas estaban hechas de un suave y cálido marfil. Intentando no perder el paso, descendí a un valle entre dos grandes colinas y ahí, encontré el espíritu que estaba buscando.

Nkongaa no era lo que había esperado. El cuerpo que había visto en el mundo de los vivos pertenecía al de una niña de un año, frágil como una pluma. Pero Nkongaa, sentado en una silla mecedora de madera con las piernas y los brazos cruzados, con un palillo de mascar en la boca, había tomado la forma de un hombre humano que si lo hubiese conocido en el mundo de los vivos tendría unos setenta años. Era calvo pero tenía una gruesa mata de cabello gris alrededor de la cabeza que se conectaba con el bigote y la barba que tenían la misma textura. Sintió mi presencia sin siquiera mirarme, y las primeras palabras en salir de su boca fueron las de su nombre.

“No iré,” me informó, con su mirada fija en las colinas de marfil.

-Claro, también me da gusto conocerle. Mi nombre es Nbelenyin-le dije-. No estoy acá para obligarlo a ir ningún lado, para que lo sepa.

-No me mienta Nbelenyin-dijo Nkongaa-. No sería la primer Mediadora en intentar persuadirme de regresar al mundo de los vivos. He dicho que no iré.

-Respeto completamente su decisión-le dije a la vez que asentía con seriedad. Me miró por primera vez desde que llegue y lo único que sus ojos dejaban ver era desconfianza.

-¿Intentas engañarme?

-¿Engañarlo, yo? ¡Santos cielos no! Le dejo ese tipo cosas a las arañas. Las Mediadoras, aunque ocasionalmente ambiguas a la vista, no nos presentamos como otra cosa que como realmente somos. Con nosotras, lo que ves es lo que hay. Somos de las personas mas sinceras que existen.

Nkongaa se quitó el palillo de mascar de la boca para escupir y me revolvió el estomago ver la raíz de Garcinia Kola que masticaba. Parecía que había masticado esa raíz durante años.

-Entonces-dijo él, reemplazando el palillo entre sus dientes-. ¿Qué es lo que quieres?

-Solo una explicación. Sino le molesta, me diría por qué no quiere regresar exactamente, y así puedo satisfacer a quien sea que le interese en el mundo de los vivos. Quizás sea lo mejor que pueda hacer para que lo dejen tranquilo. A las personas le gustan las respuestas, ¿sabe? He aprendido por experiencia que los humanos hacemos un montón de cosas ridículas y molestas cuando no tenemos respuestas. Solo he venido para ayudar.

-Hmm.

Me senté en el suelo junto a él, me crucé de piernas y aclaré mi garganta. “Cuando este listo.”

Nkongaa volvió a escupir, arrojó el palillo de mascar al suelo de marfil. “¿Cuántas vidas ha vivido, Nbelenyin?”

La pregunta me tomó desprevenida.

-No lo sé-admití-. Esta puede ser mi primera. Si hay vidas detrás mío, no tengo recuerdos de ninguna.

-Considera eso un privilegio-gruñó Nkongaa-. ¿Sabes cuántas vidas he vivido yo? Ochenta y tres. ¿Has oído de un espíritu que haya vivido ochenta y tres vidas?

Tengo que admitir que nunca había oído de tal cosa. Si me pides describir la relación entre ambos mundos en una sola palabra, no pensaría demasiado en usar la palabra “equilibrio.” Ya que por todo lo que se da, algo mas se quita, y viceversa. Por cada espíritu que regresa al mundo espiritual, otro nace en el mundo de los vivos. Cuando los ancestros pierden interés en regresar a la vida, se crean espíritus nuevos que nacen en el mundo de los vivos por primera vez y así pagar el déficit causado por quienes eligen salirse del ciclo de reencarnaciones. Es así como la población humana en ambos mundos ha crecido de manera constante. Todo esta sostenido por los principios del equilibrio. Es por eso que la historia de Nkongaa era tan sorprendente, no había equilibrio en un espíritu renacido ochenta y tres veces, cuando hay tantos otros a los cuales el universo pudo haber elegido. ¡Por Ngmen! Yo estaría exhausta después de la cuarta vez.

-Nunca en mi vida-respondí.

-¡Ya lo ves! Nbelenyin, cada una de mis vidas después de la primera ha sido progresivamente peor que la anterior, y cada vez que regreso noto que el mundo de los vivos esta cada vez mas deteriorado. Por lo general uno no recuerda sus vidas pasadas mientras está en el mundo de los vivos pero cuando muero y regreso aquí, es como si un milenio de cansancio cayera sobre mi. No estoy todo el tiempo sentado en el Valle de Marfil porque no quiera deambular por ahí, ¡estoy aquí todo el tiempo porque no tengo la fuerza para irme! Siento el desgaste de haber vivido tanto y con tantas ganas como ningún otro espíritu que hayas conocido antes. Lo único que siempre he deseado, y solo Ngmen sabe durante cuanto tiempo, es descansar permanentemente del esfuerzo, la adversidad y las necesidades carnales. Me pasa todo el tiempo, cuando pienso que soy libre, ¡siento el tirón que quiere llevarme de vuelta! ¡No iré! ¡He hablado, No iré!

Para cuando termino de despotricar, estaba llorando y a los gritos, y para sorpresa mía, yo también tenía los ojos llorosos. Tuve que fingir una tos para asegurarme que no me iba a temblar la voz cuando hablara.

-Bueno, esa es… es una explicación muy razonable, creo. Muchas gracias. Me aseguraré de transmitirla. Y, ehm, espero que las cosas le funcionen esta vez, y pueda, ya sabe, descansar aquí por la eternidad si es lo que usted necesita. Es decir, personalmente yo no puedo imaginarme atada a un solo lugar ni siquiera por dos siglos pero bueno, cada loco con su tema ¿no? Bien, volveré por donde vine entonces. Gracias de nuevo-le dije, me levante sacudiendo mis rastas.

-Nbelenyin-dijo Nkongaa mientras me preparaba para volver a mi mundo.  

-¿Sí?

-Siempre deteste pedir favores, pero necesito pedirte uno ahora. Convenza a quien sea que esté intentando llevarme de vuelta de que me deje quedarme. No tengo fuerza para la vida ochenta y cuatro, y no me importa si tiene que matar a la bebe usted misma.

La idea me incomodó.
-Bueno, el homicidio no es uno de mis técnicas de resolución de conflictos preferidas pero haré lo mejor que pueda para ayudar dentro de ciertos limites-le prometí. Entonces salí rápidamente del mundo espiritual antes que me pidiera algo todavía mas absurdo.

Me materialice repentinamente en la habitación que compartía con mis hermanos. Perdí el equilibrio, tropecé y me golpeé la rodilla con la cama de Bayuo. Grite y di un salto hacia atrás y aterrice justamente sobre Bayuo.

-¡Sangre de mis ancestros!-relinchó-. ¿Qué no puedes regresar a este mundo de forma mas ordenada? ¿Por qué siempre estas chocando contra algo, o alguien?

-¡Es porque siempre hay algo o alguien que se mete en mi camino!-hice una pausa, y note que la casa estaba en silencio-. Espera. No hay nadie mas en la casa. ¿Qué haces tu en casa tan temprano?

Su rostro se oscureció, y todo rastro de rivalidad entre hermanos se desvaneció temporalmente.

-Te estaba buscando.

-¿Por qué?

-La mujer, la que vino hace unos días. Volvió a venir, y tu no estabas así que me busco a mi en la granja. Es impaciente, y Nbelenyin…-sus ojos escanearon la habitación como si esperara que algo pudiera saltar sobre nosotros, y bajo la voz hasta convertirse en un susurro-. Creo que hay algo muy peligroso sobre esta mujer. Creo que puede estar realmente demente. Ha hecho algo… Bueno, deberías verlo por ti misma.

Seguí a Bayou hasta la puerta del frente. Ma estaba apoyada sobre los mismos escalones donde la había conocido, con el bulto sobre sus brazos como de costumbre. Salí de la casa y cuando me aleje de los escalones me di vuelta para enfrentarla.  

-Buenas tardes, Ma-la salude.

Me miró amenazadoramente, con un desprecio tal que como Bayuo nunca hubiese podido.
-Han pasado días Mediadora, y aun no has completado mi trabajo. Mi bebé sigue enferma y se pone cada vez peor. Pensé que podías necesitar un pequeño incentivo para completar tu misión.

Suspire. -Mira, Ma, no eres mi única clienta, y he estado trabajando en varios proyectos en un periodo muy corto de tiempo. Ademas, he hecho lo que prometí que iba a hacer, encontré el espíritu de tu hija y descubrí cual es el problema. Veras, esa alma ha vivido ya ochenta y tres vidas. ¿Me oyes? ¡Ochenta y tres! Ngmennakomantware sería su vida numero ochenta y cuatro, es un alma exhausta. Hasta yo puedo verlo. ¿Sabes que tan anciano y cansado tienes que estar para lucir así de viejo en el mundo espiritual? Está desgastado, Ma. No es la clase de alma que quieres para tu bebé.

-¿Crees que acudí a ti porque quería que me dijeras que deje morir a mi única hija?

-Con todo respeto Ma, con un alma tan vieja, incluso si curamos la enfermedad de Ngmennakomantware ahora, es probable que aun así no pase de su infancia. Se lo que me pediste, y te lo repito: la restauración de almas no está dentro de mis capacidades. Solo soy Mediadora, una mensajera, si prefieres. Lo que me estas pidiendo es brujería o simplemente imposible.

-Ah. Ya veo-dijo con una calma exagerada, mientras se ponía de pie-. Espero que te diviertas al tomar esa decisión entonces.

-¿Cómo dice?

-Brujería o imposible. La elección es tuya. Yo ya he hecho la mía.

Bayuo tenía razón al decir que esta mujer se había vuelto loca, no pude entender nada de lo que decía. Empezó a cambiar el bebe de brazo cuando me di cuenta que no había oído llorar a la criatura durante nuestra interacción. ¿Será que Ngmennakomantware estaba tan cerca de la muerte?

Ma colocó el bulto en posición vertical y dejo caer la tela que lo cubría. Lo que vi me dejo sin aliento.

Sobre las manos de Ma había una figura de madera, un Kpiindaa, hecha de madera ancestral, como de treinta centímetros de alto. Estaba mas que claro que no era un Kpiindaa ordinario, era muy fácil de identificar. Era como otros Kpiinda, hecho de madera, suave, tallado sin genitales, pero el que ella sostenía tenía tallados específicos e intrincados que recorrían mas de la mitad del largo del madero. No había duda de quien eran esas rastas, ese cuerpo, que la figura pretendía representar.

Durante varios segundos no pude respirar.

-Esta prohibido hacer kpiinda de personas que aun están vivas-le dije con tranquilidad. Como si ella no lo supiera mientras lo hacía.

-¿Sabes qué pasaría si quemo esta kpiinda Mediadora?-preguntó, mientras se asomaba el primer atisbo de sonrisa que había visto en su rostro.

-Si.

Me mataría y me encerraría dentro de mi cuerpo, sin poder cruzar, ni siquiera después de mi muerte. Nunca había conocido a alguien con la maldad o la locura suficiente para hacer algo como esto.
-¿Por qué estas haciendo esto?-susurré.

No me di cuenta de que estaba llorando hasta que el viento soplo aire frio sobre mi rostro.

-Obliga al espíritu de mi hija a quedarse-dijo Ma-. Por los medios que sean necesarios. Porque si ella muere… entonces tu también.

Ma levantó la tela del suelo, envolvió la kpiindaa prohibida y se alejo caminando, dejándome ahí, petrificada en el mismo lugar. Una vez que se fue, Bayuo hizo algo que no había hecho en muchos años: camino hacia mi y me abrazo. Cuando estuve entre sus brazos y sus mejillas hicieron contacto con mi frente me di cuenta de que el también estaba llorando.

*

Las hojas crujían bajo nuestros pies mientras Bayuo y yo caminábamos sigilosamente a través del bosque con la luna como nuestra única fuente de luz. Nos escabullimos de la casa mientras el resto dormía con la esperanza de seguir con vida por la mañana. Bayuo, aunque era mayor, mas alto y corpulento, caminaba incómodamente cerca mio, aferrándose a mi ante cada ruido que escuchábamos a nuestro alrededor. Yo también estaba aterrada, pero no por la oscuridad o por los arbustos.

Mi peor pesadilla se estaba haciendo realidad. No era la amenaza sobre mi vida lo que me afectaba tanto sino la idea de quedar atada a un cuerpo muerto y podrido aquí en la tierra para siempre.

-Nbelenyin-susurró Bayuo, interrumpiendo mis pensamientos-. ¿Qué pasa si nos ataca una serpiente venenosa?

Era ridículo que Bayuo se preocupara tanto por serpientes considerando que la persona a la que íbamos a ver era mucho mas digna de preocupación.

-¿A esta hora? La serpientes son de sangre fría. Salen durante el día, a la luz del sol. De noche, buscan un lugar recluido y oculto para que humanos molestos como nosotros no perturben su preciado sueño. “¡Oh!” estiré el brazo sobre él para detenerlo. “¡No te muevas!”

-¿Qué paso?¿Qué viste?

-Hemos llegado.

La entrada a la cueva estaba tan bien camuflada que casi pasamos de largo. El exterior estaba cubierto con corteza de árbol y hojas cortadas de arboles cercanos y esparcidos sobre el techo. Los Kontonbili, son excéntricos y entrometidos pero no les gusta ser fáciles de encontrar.

-¿Qué hacemos ahora?-preguntó Bayuo.

-Hacemos lo que corresponde, claro.

Golpee la puerta de corteza, con determinación pero sin agresividad. Pasaron varios minutos y nada.

-¿Quizás no te escucho?- dijo Bayuo-. Golpea mas fuerte.

-No cariño-dijo una voz estridente detrás nuestro que nos hizo maldecir en voz alta-. A menos que quieras despertar a las serpientes.

La criatura que habló le guiño el ojo a Bayuo, y se hubiera desmayado si yo no lo hubiese sujetado. La miro de la misma forma en que las personas que no me conocen suelen mirarme; una cosa es saber de la existencia de alguien, otra muy diferente es encontrársela en persona.

Yo no era particularmente alta, pero la cabeza de la kontonbili apenas me llegaba al pecho. Era adulta, sin lugar a dudas. Tenía rastas como las mías, pero las suyas eran mucho mas gruesas, blancas y solo hasta los hombros. No llevaba puesto un top y sus senos llegaban casi hasta su ombligo. Una cadena de cuentas le daba vueltas y vueltas a su cuerpo cubriendo sus genitales, desde el vientre hasta los muslos.

-No me agradan los insultos y maldiciones-continuó hablando-. Pero siempre son las primeras palabras en salir de la boca de los humanos donde sea que los encuentre. ¿Es extraño verdad?

En alguna otra ocasión me hubiese divertido encontrar un ser espiritual con sentido del humor, pero había perdido el mio ese día mas temprano cuando una mujer demente con un estatuilla demoníaca había amenazado tanto mi vida terrenal como la espiritual.

-Si, claro, es muy extraño-le dije-. Escucha, tengo un dilema con el que ningún otro ser humano puede ayudarme.

-Por supuesto, cariño. Es la razón por la todos vienen a verme ¿no es así? ¿por qué no me cuentas todo mientras tomamos una buena calabaza de pito?

-Gracias, pero no, gracias-le dije, antes de que Bayuo pudiera responder. La kontonbili podía ser de ayuda en situaciones en que ninguna otra criatura podía pero también eran embaucadores impredecibles, y lejos de ser confiables. Pedirle ayuda a uno ya era riesgo suficiente, consumir cualquier cosa que te ofrezca estaba fuera de discusión.

-Oh bueno. Ustedes se lo pierden. Y bien, ¿qué es lo que necesitan entonces?

Le expliqué mi situación a la kontonbili mientras Bayuo sostenía mis temblorosos hombros.

-Ah si, ya veo-me dijo cuando termine mi relato-. Es un problema bastante complicado el que tienes. ¿cómo planeas resolverlo?

-¿Qué? ¡Por Ngmen, no lo sé! ¿Por qué crees que acudí a ti? ¡Una demente quiere matarme y atarme sino salvo a su condenado bebe!

-Ahhaa-asintió con solemnidad-. Suena a que tienes que salvar a su bebe, entonces.

-¡No tengo idea de como salvar a su bebe!¿Acaso no has estado escuchando? Su espíritu esta determinado a quedarse en el mundo espiritual. Lo único que tengo es mi audacia y elocuencia, y aun cuando ocasionalmente puedo ser persuasiva, está lejos de ser brujería.

-Ahhaa. Suena a que estas buscando brujería para salvar al bebe.

Esto es absurdo.

-¡Estoy buscando-dije entre dientes-, una manera… de salvar… mi vida!

-Valgame. Parece que te estas poniendo nerviosa. ¿Estás segura de que no quieres un poco de pito para calmarte?

Suspiré y me di vuelta hacia Bayuo, estaba a punto de sugerirle que dejáramos de perder el tiempo y volviéramos a casa cuando continuó hablando, “el alma que conociste en el mundo espiritual está dividida; atada parcialmente al mundo espiritual por el poder de su propia voluntad y atada a este mundo por el poder de tu clienta. Pero hay una manera de arreglar esa condición.”

-Podrías haberme dicho eso un minuto atrás-murmuré.

-Muéstranos cómo hacerlo-dijo Bayuo-. Haremos lo que sea.

-Oh si-dijo la kontonbili-. Sé que lo harán.

*

Aterricé de rodillas en lo que debe haber sido mi peor cruce al mundo espiritual que haya experimentado en años.

-¡Vaya vaya!-dijo divertida la civeta-. Nbelenyin ¿has vuelto tan pronto? Me pregunto ¿qué misión te trae por aquí esta vez?

-La misión-dije gruñendo, mientras me levantaba y me quitaba el polvo-, no es de tu incumbencia.

-¡Vaya, vaya! Que grosera te has puesto de un día para otro.

-Por favor, solo déjame en paz, civeta, te lo ruego.

-Como desees, Nbelenyin. Solo actúa con sensatez-advirtió la civeta mientras se desvaneció en el bosque-, solo actúa con sensatez…

De vuelta en el Valle de Marfil, Nkongaa no parecía haberse movido en absoluto desde la ultima vez que hablamos, excepto por sus mandíbulas y por suerte esta vez el palillo de mascar entre sus dientes era fresco. Cuando me acerque, me sonrió de manera tan expectante que casi me derrite el corazón.

-Nbelenyin! ¡Has regresado! ¿Has contado mi historia? ¿Qué fue lo paso?

-Claro que regrese-le dije-. Tengo buenas y malas noticias. Empezare por las malas, como buena narradora, así avanzamos lentamente hasta la parte buena. Bien, la madre de la niña, en la cual tu espíritu estaba atrapado, es una mujer detestable. Esta decidida a hacer todo lo que pueda para mantener a su hija con vida.

Nkongaa bajó la mirada. “Ya veo.”

-Sin embargo, ahí es donde entran las buenas noticias. Encontré la forma de arreglar la división de tu alma, es decir lo que estas padeciendo en estos momentos. Encontré la forma de unirla y atarla a un mundo y solo a uno.

Sus ojos se abrieron grande en señal de asombro y esperanza. “¿Lo dices en serio?”

-Muy en serio. Y eso ni siquiera es la mejor parte. Este método ata el alma a un solo reino permanentemente. No tendrás que renacer nunca mas.

Nkongaa se había quedado sin palabras. Cuando volvió a hablar, su voz era tan bajita, que hasta tuve que leerle los labios. “¿me estas diciendo la verdad?”

-Todo lo que he dicho es verdad, lo juro por Ngmen-Se relajo visiblemente después de oír eso.

-¿Y cómo descubriste este método en tan poco tiempo?

-Le pedí ayuda a una persona muy bien informada.

-¿Kontonbili?-preguntó-. Bueno, no pretenderías engañar a alguien que ha vivido ochenta y tres vidas, ¿no?

-Si-admití-. Pero sé que no estaba mintiendo. Busqué a una kontonbili distinta para que me corroborara lo que la primera me dijo-. Y gracias a toda esa caminata, Bayuo y yo no dormimos prácticamente en toda la noche.

-Si, hiciste bien. Los kontonbili viven para ellos mismos. Así como pueden ayudarnos también pueden ser nuestra perdición. Fuiste sensata al buscar confirmación.

Me encogí de hombros. -¿Qué es una Mediadora sino una habilidosa navegante de los asuntos espirituales?

Nkongaa sonrió. -Esta bien, entonces, heroína, ¿qué tenemos que hacer?

Le devolví la sonrisa. -Pensé que nunca preguntaría.

Del morral tejido que traía atado a mi espalda, saque una flauta de iroko y se la entregué a Nkongaa, quien lo inspeccionó detenidamente.

-Creo que reconozco este instrumento-dijo él-. Parece un tambin. Del tipo que hacen los Fulani.

-Se parece si, pero este objeto fue hecho en Dagaabaland, estas sosteniendo la mitad del mismo. Es un proceso simple; soplas en esta mitad y la criatura que tiene el resto de tu alma inhala desde la otra mitad y así de simple, tu alma queda restaurada permanentemente.

-¿Así que, todo lo que tengo que hacer es soplar?

-Todo lo que tiene que hacer es soplar.

A Nkongaa se le llenaron los ojos de lagrimas lentamente. Su voz se quebró al hablar. “Nbelenyin… no sabría como empezar a agrad…”

-Deténgase ahí. Las escenas emocionales tampoco son parte de mis capacidades, así que por favor no se me ponga emotivo. Solo sople.

Con sus ojos húmedos y borrosos, asintió lentamente, entonces soplo en el tambin.

-Una sensación extraña-comentó unos segundos mas tarde-. Creo que… me estoy haciendo mas pesado.

-Lo siento Nkongaa-susurré.

Su expresión cambió rápidamente cuando comprendió lo que sucedía y lanzó un gruñido.

Nada de lo que le había dicho era falso, solo que le había dado el extremo equivocado de la flauta. La que él debería haber soplado estaba ahora en la boca de Ngmennakomantware, tarea que había encomendado a Bayuo antes de cruzar. El alma se estaba restaurando pero en el mundo de los vivos no en el espiritual.

-¡Nbelenyin! ¿Qué has hecho?-gritó Nkongaa, mientras lo ultimo de su ser se desvanecía de este mundo para siempre.

-Lo siento-volví a susurrar, pero él ya no estaba ahí para oírme.

Me senté, escondí mi rostro entre mis manos, y llore con mas pena y culpa como nunca había sentido en mi vida. Era imposible aprender a convivir con el odio que sentí por mi misma en estos momentos. Sentí que lloré por horas.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba en el bosque de civetas. La civeta estaba sentada sobre sus patas traseras, me miraba con desdén.

-Pobre Nbelenyin-dijo la civeta-. ¿Es una sensación extraña verdad? ¿Estar atada?

-¿Qué no ves que no estoy de humor repugnante criatura? Largate por favor. O mejor aun yo me iré.

Me puse de pie limpiando furiosamente mis lagrimas con la palma de mis manos y di unos pasos hacia adelante. Debería haber aterrizado de vuelta en mi habitación, pero sin importar que tanto me concentrara, cada vez que mis pies tocaban tierra, era el pastizal del territorio de la civeta. Intenté trotar e incluso correr, pero no podía salir del maldito bosque. La civeta estaba inusitadamente tranquila y me miraba entretenida. Era evidente que sabia exactamente lo que sucedía. Me volteé hacia ella furiosa.

-¿Por qué no puedo cruzar?-pregunté.

La civeta se estiró, bostezó y se recostó.
-¿Qué no es obvio Nbelenyin? Claramente has perdido tu equilibrio. El equilibrio es el principio con el que funciona el universo, y parece que esta vez…-pausó para bostezar nuevamente-. Tú eres el pago por el déficit que produjiste.

Me congelé. Y grité.

-Oh, mira-dijo la civeta-. Ya se te empiezan a notar las amarras.

Seguí su mirada hacia mi pecho, donde mis senos habían crecido casi hasta el tamaño de los de mi hermana. Instintivamente me lleve los dedos a mi labio superior y sentí como se me caían los manojos de cabello.

-Pobre Nbelenyin-se burló la civeta-. Que lastima que ya no es Mediadora.

La historia de Photogen y Nycteris (1era parte)

Un cuento del día y la noche

Por George MacDonald

Capitulo I Watho

Había una vez una bruja que deseaba saber todo. Pero mientras mas sabia era una bruja, mas duro choca su cabeza contra la pared cuando llega a serlo. Su nombre era Watho y tenía un lobo en su mente. No sentía cariño por nada en particular, solo por el conocimiento. No era cruel por naturaleza, pero el lobo la había convertido en una persona cruel.

Era alta y elegante, de piel clara, cabello rojo y ojos negros, negros con un fuego rojo ardiendo en ellos. Por lo general tenia un postura erguida y fuerte, pero de vez en cuando se doblaba sobre sí misma, temblaba y se sentaba por un momento con la cabeza inclinada sobre su hombro, como si el lobo hubiese salido de su mente y movido hacia su espalda.

Capitulo II Aurora

Esta bruja recibió la visita de dos damas. Una de ellas pertenecía a la corte y su esposo la había enviado a una embajada distante y complicada. La otra era una joven viuda cuyo esposo había fallecido recientemente y que desde entonces había perdido la vista. Watho las atendió en distintas partes de su castillo, y no supieron de su existencia la una de la otra.

El castillo estaba construido sobre la ladera de una colina que descendía gentilmente a un angosto valle por el cual corría un rio por un canal pedregoso. El jardín llegaba hasta la orilla del rio rodeado por altas murallas que cruzaban el rio y se detenían. Cada muro tenia una doble fila de almenas y entre las filas había un angosta pasarela.

En el piso superior del castillo, Lady Aurora ocupaba un espacioso habitáculo de varias habitaciones grandes mirando al sur. Las ventanas mirador se asomaban al jardín debajo y tenia una esplendida vista panorámica del rio. El lado opuesto del valle era estrecho y no muy alto. A lo lejos se veían picos nevados. Aurora rara vez dejaba sus aposentos, pero sus aireados espacios, con el cielo y el paisaje brillante, abundante luz solar, instrumentos musicales, libros, cuadros, curiosidades, y la compañía de Watho que con todo su encanto prevenían cualquier atisbo de aburrimiento. Tenia carne de venado y aves silvestres para alimentarse, leche y vino blanco centelleante para beber.

Tenía un cabello dorado como el oro, ondulado, de piel clara pero no tan blanca como la de Watho, y sus ojos eran azules como el cielo; tenía rasgos delicados pero fuertes, su boca era grande y finamente curvada, a menudo atestada de sonrisas.

Capitulo III Vesper

Detrás del castillo la colina se elevaba abruptamente, la torre del noroeste, de hecho, estaba en contacto con la roca y se comunicaba con el interior de esta. En la roca había una serie de cámaras conocida solo por Watho y una sirvienta de su confianza llamada Falca. Antiguos propietarios del castillo habían mandado a construir estas cámaras imitando la tumba de un Rey Egipcio y probablemente utilizando el mismo diseño, ya que en el centro de una de ellas había lo que solo podía ser un sarcófago, pero tanto ese como otros estaban amurados. Las paredes y los techos estaban tallados con un bajo relieve y curiosamente pintados. Aquí fue donde la bruja alojó a la mujer ciega, cuyo nombre era Vesper. Sus ojos eran negros con largas y oscuras pestañas, su piel parecía de un color plateado oscuro pero era mas bien pálida, de cabello negro y lacio, sus rasgos eran exquisitos, lo único que atentaba contra su belleza era su tristeza. Tenia una apariencia como si quisiera recostarse y no volverse a levantarse jamas. Ella no sabia que estaba alojada en un tumba, aunque de vez en cuando se preguntaba porque nunca había tenido contacto con una ventana. Habían muchos sillones, cubiertos de la mas fina seda y tan suave como sus propias mejillas donde ella se recostaba, y las alfombras eran tan gruesas que podía acostarse prácticamente en cualquier lado. El lugar era seco y cálido, con ventilación cuidadosamente diseñada, por lo que siempre estaba fresco y lo único que faltaba era la luz del sol. Ahí, la bruja la alimentaba con leche, y vino tan oscuro como un carbúnculo, granadas y uvas purpuras, y aves del pantano, le tocaba tristes melodías que acompañaba con el llanto de violines, le contaba historias tristes y así la mantenía en una atmósfera de melancolía constante.

Capitulo IV Photogen

Eventualmente Watho tenía lo que había deseado, ya las brujas con frecuencia se salen con la suya; un niño maravilloso nació de la bella Aurora. Abrió sus ojos al mismo tiempo que el sol salia esa mañana. Watho lo tomó en sus brazos, se lo llevo a una parte distante del castillo, y persuadió a su madre que solo había llorado una vez y que había muerto durante el nacimiento. Sobrecogida por la pena, Aurora abandonó el castillo tan pronto como le fue posible y Watho no volvió a invitarla jamas.

El objetivo de la bruja era que el niño no conociera nunca la oscuridad. Lo entrenó con dedicación hasta que éste no pudo volver a dormir de día y no se despertó jamas durante la noche. Nunca lo dejaba ver cosas negras y hasta alejo todo lo que fuera de un color opaco. Mientras pudiera evitarlo nunca dejaba que siquiera una sombra se posara sobre él, lo mantenía lejos de las sombras como si estas fueran seres vivos que pudieran lastimarlo. Todo el día el niño disfrutaba del esplendor de los rayos del sol en las recamaras que había ocupado su madre. Watho lo acostumbro al sol al punto que podía soportarlo tanto como una persona nacida en África. Todos los días durante las horas mas calurosas, Watho lo desvestía y lo hacía acostarse al sol para que madurara como si fuera un durazno, el niño lo disfrutaba e incluso se resistía a volver a vestirse. Ella utilizó todo su conocimiento para que sus músculos se hicieran fuertes, elásticos y de reflejos rápidos, para que su alma, decía riendo, se asentara en cada fibra y en cada parte de su ser, para despertar cuando fuera llamada. Su cabello era rojo dorado pero sus ojos se oscurecieron a medida que iba creciendo, hasta que fueron tan negros como los de Vesper. Era una criatura de lo mas feliz, siempre riendo, siempre amando, por momentos se enfurecía pero volvía a reír rápidamente después de eso. Watho lo llamo Photogen.

Capitulo V Nycteris

Después de cinco o seis meses del nacimiento de Photogen, la dama oscura asistió el nacimiento de otro bebe, nacida de una madre ciega, en una tumba sin ventanas, en la oscuridad de la noche, bajo los tenues rayos de luz de una lampara en un globo de alabastros, una niña vino al mundo llorando entre toda esa oscuridad. En el momento que esta niña nacía por primera vez, Vesper nacía por segunda vez, y entraba a un mundo tan desconocido para ella como lo era este para su hija, quien, a su vez, debería volver a nacer para poder ver a su madre.

Watho la llamo Nycteris, y creció en condiciones tan similares a las de Vesper como fue posible, excepto por un detalle. Tenía el mismo tono de piel oscura, junto a sus cejas y pestañas, su cabello negro y su mirada triste y gentil; pero tenia los ojos de Aurora, la madre de Photogen, y si se oscurecían a medida que iba creciendo solo se convertían en azul oscuro. Watho, con la ayuda de Falca, tomo todos los recaudos posibles con ella, todo lo que debía hacer de acuerdo a sus planes, el objetivo era que ella nunca debía ver una luz que no fuera la de la lampara. Por lo tanto sus nervios ópticos y en efecto todo sus órganos relacionados a la vista se hicieron mas grandes y mas sensibles, de hecho sus ojos, fueron los únicos que no se hicieron tan grandes. Bajo su oscura cabellera, su frente y sus cejas, sus ojos eran como dos orificios en un nublado cielo nocturno, a través de los cuales se podian ver las estrellas del firmamento. Era una criatura pequeña, triste y delicada. Excepto por ellas dos, no había otra persona en todo el mundo que conociera la existencia de ese pequeño murciélago. Watho la entrenó para dormir durante el día y despertar durante la noche. Le enseño a tocar su música, disciplina en la cual era bastante competente pero eso fue todo.

Capitulo VI La crianza de Photogen

La hondonada sobre la que estaba construido el castillo de Watho era mas una hendidura en una planicie mas que un valle entre las colinas ya que en la cima de sus laderas, tanto al norte como al sur habían amplias y extensas llanos. Estaban cubiertas de frondosos pastizales y flores, con pequeños bosques aquí y allá, una colonia periférica de un gigantesco bosque. En estas frondosas planicies se encontraba el mejor coto de caza del mundo. Grandes manadas de pequeños pero feroces bueyes, con jorobas y melenas greñudas, vagaban por los alrededores. También había antílopes y ñues, y algunos roedores pequeños, mientras que los bosques estaban atestados de criaturas salvajes. Estos animales llenaban las mesas del castillo. El jefe de los cazadores de Watho era un hombre agradable, y cuando Photogen creció demasiado para seguir el entrenamiento que ella podía garantizarle, se lo entrego a él, a Fargu. Estaba predispuesto a enseñarle todo lo que sabia. Le consiguió un poni tras otro, cada vez mas grande a medida que el niño iba creciendo, cada uno mas difícil de manejar que el anterior, y así hasta que pasó de un poni a un caballo, y de un caballo a otro hasta que fue como cualquier otra jinete de ese país. De igual manera lo entrenó en el uso del arco y la flecha, cambiando cada tres meses por un arco mas fuerte y flechas mas largas, y muy pronto se convirtió en un arquero fenomenal, incluso a caballo. Tenía apenas catorce años cuando mató a su primer buey, causando un revuelo de alegría entre los cazadores, y en efecto, en todo el castillo ya que allí también era el favorito. Todos los días, tan pronto salía el sol, él salía a cazar y permanecía fuera casi todo el día. La única orden que Watho le dio a Fargu fue que bajo ninguna circunstancia Photogen tenía permitido estar fuera hasta la hora del ocaso, sin importar cuanto le rogara, no quería que éste sintiera el mínimo deseo que saber que sucede cuando cae el sol, y Fargu respetaba religiosamente esta orden ya que aunque era un hombre muy valiente y no hubiese temblado ni siquiera ante la embestida de una manada de bueyes, si le temía a su ama. Cuando ella lo miraba de cierta manera, decía él, su corazón se convertía en cenizas en su pecho y la leche y el agua reemplazaban la sangre de sus venas. Fue así como a medida que Photogen crecía Fargu empezó a tener miedo ya que cada día era mas difícil restringir sus movimientos. Estaba tan lleno de vida que, como Fargu le dijo a su ama, parecía mas un relámpago con vida que un ser humano, algo que alegro mucho a Watho. No conocía el miedo, y no por que no hubiese estado expuesto al peligro, si hasta tiene una grave herida hecha por el filoso colmillo de un jabalí, al cual se ingenio para matar con su cuchillo de caza antes de que Fargu pudiera asistirlo. Cada vez que lo veía cargar con su caballo y adentrarse entre la manada de bueyes, solo con su arco, sus flechas y su espada corta, Fargu temblaba de miedo, porque no sabia que sucedería cuando estas presas fueran demasiado pequeñas para el. Que sucedería cuando se viera tentado a buscar presas mas peligrosas, como leopardos y linces, animales que abundaban en el gran bosque. El niño había estado tan expuesto al sol durante toda su infancia, tan saturado con su influencia que ahora veía cada peligro con un soberano nivel de coraje como nunca antes visto. Sin embargo, al acercarse a los dieciséis años, Fargu le rogó a Watho que empezara a darle ordenes directamente al muchacho y lo librara de tamaña responsabilidad. Ordenes que pudieran contener a un león dorado como Photogen, le dijo. Watho llamó al joven y en presencia de Fargu le ordenó que nunca debía permanecer fuera del castillo cuando el sol se acercara al horizonte, acompañando la prohibición con indicios de las consecuencias, que no eran tan terribles sino mas bien confusas. Photogen escuchó respetuosamente pero sin conocer el miedo ni la tentación de la noche, las palabras de Watho cayeron en oidos sordos.

Capitulo VII La crianza de Nycteris

La poca educación que Watho decidió darle a Nycteris, se la dio a través de la palabra. Sin mencionar que no tenía la luz suficiente para leer, entre otras razones, ella jamas puso un libro en las manos de la niña. Nycteris, sin embargo, veía mucho mejor que lo que Watho imaginaba, y la luz que tenia le resultaba mas que suficiente. Logro convencer a Falca para que le enseñara las letras y aprendió sola a leer por lo que Falca le llevaba libros para niños de tanto en tanto. Pero su mayor disfrute lo hallaba en su instrumento. Sus dedos lo amaban, y lo buscaban como una oveja busca su alimento. No era infeliz. No sabía nada del mundo por fuera de la tumba en la que vivía, y encontraba gran placer en todo lo que hacia. Pero sin embargo, deseaba algo mas, algo diferente. No sabia que era, y lo mas cerca que estuvo de expresarlo para ella misma fue que necesitaba mas espacio. Watho y Falca iban hasta ella guiándose por la luz de la lampara y así también a la vuelta, por lo tanto debía haber mas espacio, en algún lugar. Cuando se quedaba sola, se volcaba a leer detenidamente los bajo relieves de los muros. Estos eran una representación de los variados poderes de la Naturaleza bajo alegóricas similitudes y como nada que no existiera podía ser representado, no pudo evitar imagina ciertas relaciones entre algunas de esas representaciones, y así fue como una sombra de duda la envolvió.

Había solo una cosa que se movía y le enseñaba mas que todo el resto, y era la lampara que colgaba del techo, la cual siempre vio encendida aunque nunca vio su llama, apenas una leve condensación en el centro del globo de alabastro. Ademas del trabajo que la lampara hacia sobre las demás personas, era la indefinición del globo y la suavidad de su luz lo que le daba la sensación a sus ojos de que podían entrar en esa blancura, y que de alguna manera eso estaba asociado con la idea del espacio y el lugar donde vivía. Se sentaba durante una hora entera a mirar la lampara y al hacerlo, su corazón se expandía. Se preguntaba que era lo que la había dañado, cuando descubrió su rostro lleno de lagrimas y como podía haberse lastimado sin saberlo. Nunca miró la lampara en compañía de Watho y Falca, eso era algo que se reservaba para si misma.

Continuara…

La pareja de baile

Por Jerome K. Jerome

“Esta historia”, comenzó MacShaugnassy, “nos llega desde Furtwangen, un pequeño pueblo en el Bosque Negro, donde vive un maravilloso anciano llamado Nicholaus Geibel. Este hombre se dedicaba a fabricar juguetes mecánicos y debido a su labor había adquirido una reputación en casi toda Europa. Fabricaba conejos que salían del interior de un repollo, sacudían sus orejas, estiraban sus bigotes y volvían a desaparecer; gatos que se lavaban la cara y maullaban de forma tan realista que los perros los confundían con gatos de verdad y los perseguían. Fabricaba muñecos con fonógrafos escondidos dentro, que levantaban su sombrero y decían “Buen día, ¿cómo le va?” y algunos que hasta cantaban una canción.

Pero era mucho mas que un simple mecánico; era un artista. Su trabajo era un hobby, casi una pasión. Su tienda estaba llena de todo tipo de cosas extrañas del tipo que no podría vender aunque quisiera, cosas que había fabricado solo porque amaba fabricarlas. Había diseñado un burro mecánico que podía correr durante dos horas con una reserva de electricidad, y corría, ademas, mucho mas rápido que uno de verdad, y sin demasiado esfuerzo de parte del jinete; un ave que se elevaba en el aire y volaba en un circulo perfecto y aterrizaba en el mismo lugar de donde había partido; un esqueleto que, apoyado en una barra de acero vertical, bailaba el hornpipe, una muñeca tan alta como una persona que podía tocar el violín, y un caballero con el interior hueco que podía fumar de la pipa y bebía mas cerveza que tres estudiantes alemanes promedio juntos, lo cual es mucho decir.

En efecto, era la creencia popular que el viejo Geibel podía fabricar un hombre con la capacidad de hacer todo lo que un hombre respetable necesitara o quisiera. Un día fabricó un hombre que hizo demasiado, la historia es la siguiente:

El joven Doctor Follen tuvo un bebé. El primer cumpleaños de ese bebé generó un ajetreó importante en el hogar del Doctor Follen; pero para el segundo, la esposa del Doctor decidió organizar un baile en su honor. El viejo Geibel y su hija Olga estaban entre los invitados.

El día después del evento tres o cuatros de las amigas mas cercanas de Olga, que también habían estado en el baile, pasaron a verla. Empezaron a hablar de los hombres y a criticar su forma de bailar. El viejo Geibel estaba en la habitación pero parecía tan absorto en su periódico que las chicas no le dieron importancia.

“En cada baile que asisto parece haber cada vez menos hombres que sepan bailar,” dijo una de las chicas.

“Si, y has notado como los que si saben bailar se creen la gran cosa,” dijo otra, “parece que te están haciendo un favor al invitarte a bailar.”

“Y que manera de decir estupideces,” agregó una tercera. “Siempre dicen exactamente las mismas cosas: “Que encantadora se ve usted esta noche.” “¿Viaja a Viena con frecuencia? Oh, debería, es maravilloso.” “Que hermoso vestido.” “Que día tan cálido hemos tenido hoy.” “¿Le gusta Wagner?” Ojala pensaran en algo nuevo.”

“Oh, a mi nunca me importo lo que dicen,” dijo la cuarta. “Si un hombre baila bien me da lo mismo si es un bobo.”

“Por lo general lo son,” dijo abruptamente y con malicia una joven delgada.

“Cuando voy a un baile, quiero bailar,” continuó la chica que venia hablando sin notar la interrupción. “Lo único que pido de una pareja es que me sujete con firmeza, no pierda el equilibrio en las vueltas y que no se canse antes que yo.”

“Una figura mecánica sería ideal para ti,” dijo la chica que había interrumpido antes.

“¡Bravo!” exclamó otra de las chicas aplaudiendo, “¡que idea tan maravillosa!”

“¿Cuál sería la idea maravillosa?” preguntaron todas juntas.

“Es evidente, un bailarín mecánico, o mejor aun, uno que funcione con electricidad y nunca se canse.”

“Las chicas tomaron la idea con entusiasmo.”

“Oh, sería una pareja adorable,” dijo una, “nunca nos patearía o pisaría los pies.”

“Y nunca nos desgarraría el vestido,” dijo otra.

“Nunca perdería el ritmo.”

“No se marearía y terminaría apoyado sobre nosotras.”

“Y no necesitaría secarse el rostro con su pañuelo. Odio cuando un hombre hace eso después de cada baile.”

“Ni pasaría toda la velada sentado en el comedor.”

“Ademas, con un fonógrafo dentro para repetir esas frases armadas no podrías siquiera notar la diferencia con un hombre real,” dijo la chica que había tenido la idea originalmente.

“Oh eso sería ideal,” dijo la chica delgada, “ese hombre sería mucho mas agradable.”

El viejo Geibel había dejado su periódico de lado, y escuchaba atentamente. Una de las chicas miró en dirección a él y este se volvió a esconder rápidamente detrás del periódico.

Cuando las chicas se fueron, él se fue a su taller, donde Olga lo escuchó caminar de aquí para allá y cada tanto se reía por lo bajo, esa noche hablo extensivamente con ella sobre el baile y bailarines. Le preguntó qué era lo que generalmente decían y hacían, que bailes eran los mas populares, los pasos de baile, y muchas otras preguntas sobre el tema.

Durante un par de semanas se encerró en su fabrica, trabajando ardua y minuciosamente, aunque propenso a inesperados exabruptos de risa, por lo bajo, como disfrutando una broma que solo él conocía.

Un mes mas tarde, tuvo lugar un baile en Furtwangen. En este caso, organizado por el viejo Wetzel, el adinerado mercader de la madera, para celebrar el compromiso de su sobrina, y Geibel y su hija estaban nuevamente entre los invitados.

Cuando llego la hora de partir hacia el baile, Olga buscó a su padre. No pudo encontrarlo en su casa así que golpeó la puerta de su taller. Se asomó, vestía una camisa y lucía muy acalorado pero radiante.”

“No me esperes,” le dijo, “ve tú, iré mas tarde. Tengo que terminar algo antes.”

Cuando se volvió para obedecer a su padre, él le dijo “Diles que voy a llevar a un muchacho joven, un joven muy agradable y excelente bailarín. A las chicas les encantará.” Entonces rió y cerró la puerta.

Su padre era por lo general muy reservado con su trabajo, pero ella tenía una leve sospecha de lo que se traía entre manos, y por lo tanto, y hasta cierto punto podía preparar a los invitados para lo que iba a suceder. Las expectativas eran altas y la llegada del famoso mecánico era esperada con ansias.

“Finalmente, el sonido de las ruedas se escuchó fuera, seguido por una gran conmoción en el pasillo. El viejo Wenzel en persona, con el rostro rojo y sonriente de emoción y conteniendo la risa, irrumpió en el salón y anuncio con un tono estentóreo:

“Herr Geibel… y un amigo.”

Herr Geibel y su “amigo” entraron y fueron recibidos con aplausos y vitoreos, así avanzaron hasta el centro del salón.

“Damas y caballeros, permitanme presentarles,” dijo Herr Geibel, “a mi amigo, el teniente Fritz. Fritz, querido amigo, una reverencia por favor.”

Geibel apoyo su mano sobre el hombro de Fritz para alentarlo, y el Teniente hizo una reverencia, acompañando la acción con un sonido áspero que venía de su garganta, un sonido desagradable, casi un estertor de la muerte. Pero apenas un detalle.

“Camina un poco rigido (el viejo Geibel tomó su brazo y camino con él unos pasos. Ciertamente caminaba con rigidez), “pero bueno, caminar no es su fuerte. Es esencialmente un hombre hecho para bailar. Lo único que he tenido oportunidad de enseñarle fue el Vals, pero en eso es infalible. Veamos, ¿quién de ustedes señoritas necesita una pareja de baile? Sabe llevar el ritmo a la perfección, nunca se cansa, no las pateará ni les rasgará el vestido, las sostendrá con la firmeza que ustedes prefieran y bailará con la rapidez o lentitud que le indiquen, nunca se marea y es muy conversador. Vamos, cuéntanos algo muchacho.

El anciano tocó uno de los botones en el reverso de su abrigo y de forma inmediata Fritz abrió la boca y con un agudo tono que parecía proceder de atrás de su cabeza, soltó un repentino “¿me concedería esta pieza?” y entonces su boca se cerró abruptamente.

Era indudable que el Teniente Fritz había producido una fuerte impresión en su compañía, pero sin embargo ninguna de las chicas parecía dispuesta a bailar con el. Miraban con desconfianza su rostro lustrado, con los ojos inmóviles y una sonrisa tallada, eso las estremeció. El viejo Geibel acudió a la chica que había tenido la idea originalmente.

“Es lo que usted propuso, lo seguí al pie de la letra,” dijo Geibel, “un bailarín eléctrico. Dele una oportunidad al caballero, se lo debe.”

Era un chica inteligente y descarada, le gustaban los juegos. Su anfitrión se sumó al pedido, así que termino por aceptar.

Herr Geibel adaptó la figura para que bailara con ella. Su brazo derecho la tomaba de la cadera y la sostenía con firmeza, su mano izquierda era suave y delicada ya que estaba hecha para sostener la mano derecha de la chica. El viejo juguetero le enseño como regular la velocidad, como detenerse y como soltarse.

“Te llevará alrededor en un circulo completo,” explicó, “ten cuidado que nadie se tropiece contigo y alteré su curso.”

La música empezó a sonar. El viejo Geibel lo puso en movimiento y Annette y su extraño compañero empezaron a bailar.

Por un momento todo el mundo se detuvo a observar. La figura se desenvolvía en forma admirable. El ritmo y los pasos eran perfectos, se mantenía firme sujeto a la cadera de su pequeña pareja de baile, realizaba los giros de forma impecable y al mismo tiempo mantenía una vigorosa conversación interrumpida por breves intervalos de silencio.

“Que encantadora se ve usted esta noche,” exclamó en su aguda y lejana voz. “Que hermoso día hemos tenido. ¿Le gusta bailar? Nuestros pasos se sincronizan a la perfección. Me concederá otra pieza, ¿verdad? Oh no sea tan cruel. Que hermoso vestido trae puesto. ¿No le encanta bailar el Vals? Yo podría seguir bailando por siempre, con usted. ¿Comió algo?”

A medida que se fue familiarizando con la increíble criatura, los nervios de la chica lentamente cedieron y empezó a pasarla realmente bien.

“Oh, es simplemente encantador,” exclamó, riendo, “podría seguir bailando con el toda mi vida.”

Pareja tras pareja se unían ahora al baile, y pronto todas las parejas del salón bailaban en círculos detrás de ellos. Nicholaus Geibel se quedo observando con aniñada satisfacción el éxito de su trabajo.

“El viejo Wenzel se le acerco y le susurró algo al oído. Geibel rió y asintió, entonces ambos caminaron lentamente hacia la puerta.”

“Esta noche la casa le pertenece a los jóvenes, dijo Wenzel apenas estuvieron fuera de la casa, “usted y yo deberíamos ir a fumar y a tomar una copa a la contaduría.”

“Mientras tanto, los bailarines se movían cada vez mas rápid. La pequeña Annette ajustó el ritmo de su compañero y ahora la figura prácticamente volaba con  ella dando vueltas por el salón. Pareja tras pareja abandonaban la pista agotados pero ellos iban cada vez mas rápido, hasta que fueron los únicos que siguieron bailando.

“El Vals se volvía cada vez mas frenético. La música se quedo atrás, los músicos no pudieron mantener el ritmo, se detuvieron y observaron. Los jóvenes aplaudieron pero los mayores empezaron a preocuparse.

“Creo que deberían detenerse ahora, querida,” dijo una de las mujeres, “la va a dejar exhausta.”

“Pero Annette no respondía.”

“Creo que se ha desmayado,” gritó una chica que alcanzo a ver su rostro cuando pasaba junto a ella.

Uno de los hombres dio un paso adelante e intento atrapar la figura pero el impulso lo arrojo al suelo y un pie de acero le piso la mejilla. Era evidente que la cosa no tenía la intención de separarse de su trofeo tan fácilmente.

Si alguno de ellos hubiese mantenido la templanza se hubieran dado cuenta de cómo detener a la figura con facilidad, por lo menos es lo que uno quiere creer. Entre dos o tres hombres podrían haberlo levantado su cuerpo con facilidad y encerrado en alguna esquina. Pero hay pocas personas que tengan esa capacidad de mantener la calma bajo presión. Quienes no estaban presentes reflexionaban posteriormente lo fácil que hubiera sido hacer esto o aquello, si tan solo ellos lo hubieran pensado en ese momento.

Las mujeres se pusieron nerviosas. Los hombres se daban indicaciones contradictorias los unos a los otros. Dos de ellos intentaron taclear a la figura pero la fuerza de su movimiento circular los mando a volar contra la pared y los muebles. Un hilo de sangre corría por el vestido blanco de la joven y dejaba un rastro en el suelo de la pista. El asunto se había convertido en algo terrible. Las mujeres corrieron gritando fuera del salón y los hombres las siguieron.

“Alguien hizo una sensata sugerencia; “Busquen a Geibel.”

“Nadie lo había visto salir del salón, nadie sabia donde estaba. Un grupo salió a buscarlo. Los demás, demasiado nerviosos para volver a entrar al salón de baile se amontonaron fuera de las puertas y escucharon. Se podía oír el zumbido de los giros sobre el suelo pulido donde la figura giraba y giraba, cada tanto se oían sonidos sordo y secos, producidos cuando algún objeto se interponía en su camino y salia disparado en todas direcciones.

“La cosa seguir hablando sin parar, con esa aguda y fantasmagórica voz, repetía una y otra vez la misma formula: “Que encantadora se ve usted esta noche,” “Que hermoso día hemos tenido. Oh no sea tan cruel. Yo podría seguir bailando por siempre, con usted. ¿Comió algo?”

Por supuesto, buscaron a Geibel en todos lados excepto donde realmente estaba. Buscaron en cada habitación de la casa, corrieron hasta su casa y perdieron valiosos minutos despertando a su sorda ama de llaves. Hasta que por fin se les ocurrió a uno de los invitados que tampoco habían encontrado a Wenzel, fue entonces que pensaron en la contaduría del otro lado del jardín y fue ahí donde lo encontraron.

Con el rostro pálido, se levantó y fue tras ellos. Tanto él como el viejo Wenzel se hicieron paso a través de la multitud de invitados amontonados fuera del salón y entraron, y cerraron la puerta.

Del interior se escuchó el amortiguado sonido de sus voces y pisadas, seguido de un altercado, silencio y nuevamente las voces.

Al cabo de un tiempo se abrieron las puertas, quienes estaban mas cerca presionaron para entrar pero el viejo Wenzel utilizo sus amplios hombros para despejar el camino.

“Bekler, te necesito y a ti también,” dijo, dirigiéndose a un par de hombres mayores. Su voz era tranquila pero su rostro tenia una palidez cadavérica. “El resto por favor retírese, llévense a las mujeres de aquí tan rápido como les sea posible.”

Desde ese día, el viejo Nicholaus Geibel se limitó a fabricar conejos mecánicos y gatos que maullaban y se lavaban la cara.

Varney El Vampiro/ Festín de sangre

Por James Malcom Rymer

Capitulo I

Medianoche- Una tormenta de granizo- Un espantoso visitante-El vampiro.

La solemne tonada del reloj de una antigua catedral ha anunciado la medianoche, el aire se siente espeso y pesado, una quietud extraña y sepulcral impregna la naturaleza. Como una amenazante calma que precede a un terrible exabrupto de los elementos. Los elementos, que hoy parecían estar conteniendo sus fluctuaciones ordinarias para juntar la fuerza suficiente para hacer este gran esfuerzo. El tenue repique de un trueno llega desde lejos. Como si esta hubiese actuado como una señal de partida, la batalla de vientos comenzó, parecían haberse despertado de un largo letargo. Un impresionante y terrible huracán arrasó una ciudad entera, hizo mas daño en los cuatro o cinco minutos que duró que lo que hubiese hecho un temporal normal en medio siglo.

Parecía como si un gigante hubiese soplado un poblado de juguete y desperdigado muchos de los edificios antes de lanzar una ráfaga caliente de su terrible aliento; ya que apenas paso esa ráfaga de viento, se detuvo por completo y todo volvió a estar en calma como antes.

Quienes dormían despertaron y pensaron que lo que habían oído debía haber sido parte de sus sueños. Se estremecieron y volvieron a dormirse.

Todo está en calma, pero es una calma sepulcral. Ni un sonido rompía la magia de este reposo. ¿Qué es ese extraño sonido, como un tamborileo, como un millón de pisadas de hada? Es granizo, si, una tormenta de granizo está cayendo sobre la ciudad. Las hojas arrancadas de los arboles, se mezclan con las ramas, las ventanas dispuestas en la dirección opuesta a la furia de las partículas de hielo estallaron en pedazos, el extasiado reposo que resaltaba segundos antes por su intensidad cambió rápidamente a un sonido, que se fue acumulando, y opacó todo otro grito de sorpresa o consternación de todas esas personas cuyo hogar fue invadido por la tormenta.

Por momentos, ráfagas de viento con la fuerza suficiente, soplan desde ambos lados y mantienen suspendidos en el aire a cientos de piedras de granizo que posteriormente arrojan despiadadamente con el doble de fuerza en otra dirección totalmente distinta. Donde sea que puedan hacer mas daño.

¡Que tormenta tan terrible! Granizo, lluvia y viento. Fue realmente una noche espantosa.

*

Existe una antigua cámara en un antigua casa. Pintorescos y curiosos tallados adornan sus muros. Un hermosa y gigantesca chimenea completa el panorama. El cielorraso es bajo y un enorme ventanal desde el piso al techo que mira hacia el oeste. El ventanal está dividida en mosaicos y el cristal pintado con curiosos diseños, este proyecta una luz extraña pero hermosa cuando el sol o la luna iluminan el ambiente. Hay solo un retrato en la habitación, aunque las paredes parecen estar dispuestas con el expreso propósito de exhibir una serie de cuadros. El retrato es el de un hombre joven, con el rostro pálido, con un semblante majestuoso y una extraña expresión en los ojos, una que nadie se molesta en mirar dos veces.

En esa cámara hay una majestuosa cama, hecha de madera de nogal, con un sofisticado diseño y una elaborada ejecución, una de esas obras de artes que nos dejó la era Isabelina. De ella colgaban pesadas telas de seda y damasco. Con plumas colgando en las esquinas, cubiertas de polvo como estaban, le daban un aspecto fúnebre a la habitación. El piso es de roble pulido.

¡Dios! ¡Como resuenan las piedras de granizo contra ese ventanal! Como una ocasional descarga de mosquetes, el choque, el golpeteo, y el crujir de los paneles, pero estos resisten, su reducido tamaño los ha salvado. El viento, el granizo, la lluvia, han agotado su furia en vano.

La cama de esa antigua recamara está ocupada. Una criatura, adorable por donde se la viera, yacía medio dormida en ese ancestral aposento. Una mujer joven tan bella como el rocío de la mañana. Su largo cabello había escapado de su confinamiento y se esparcía sobre las ennegrecidas frazadas de la cama; algo perturbaba sus sueños, la ropa de cama se ve enmarañada. Un brazo descansa sobre su cabeza y el otro cuelga a un lado de la cama. Su cuello y su pecho, que parecían salidos del taller del mas talentoso escultor que la Providencia tenia para ofrecer, estaban parcialmente expuestos. Gimió suavemente entre dormida, sus labios se movieron una o dos veces como si estuviera orando, o uno podría asumir que estaba orando ya que el nombre de aquel que sufrió por todos salió tenuamente de sus labios.

Estaba extremadamente agotada, y la tormenta no la despertó; pero si perturbo sus sueños, ya que no estaba completamente en control de ellos. La agitación de los elementos despierta los sentidos, aunque no puede sacudir el embotamiento en el que han caído.

Oh, un mundo de hechicería escapaba de su boca, ligeramente abierta, exhibía sus perlados dientes que resplandecían aun con la tenue luz que entraba por el ventanal. Que decir de la dulzura de sus largas pestañas sobre sus mejillas. Se mueve, y ahora uno de sus hombros queda al descubierto.  Mas blanca y clara que la inmaculada sabana sobre la cual yace acostada, es la suave piel de esa pálida criatura, de femineidad incipiente y es durante esa transición que presenta estos encantos de mujer, poco mas que una niña, su belleza y gentileza maduran con los años.

¿Eso fue un rayo? Si, un aterrador resplandor seguido por el ensordecedor rugido de un trueno, ¡como si cientos de montañas rodaran la una sobre otra en la bóveda celeste del Cielo! ¿Quién puede dormir en ese momento en esa antigua ciudad? Ni una sola alma. Las siniestras trompetas de la eternidad eran extremadamente efectivas para despertar a todo el mundo.

El granizo continua. El viento también. La inclemencia de los elementos parece estar a tope. Ella despierta, la hermosa mujer sobre la cama antigua; abre sus ojos color azul celestial, y un tenue grito de alarma escapa de sus labios. Un grito que aun sin todo el ruido y la conmoción sonaría tenue y débil. Se incorpora en su cama y se refriega los ojos. ¡Por todos los cielos!¡Que tormenta tan salvaje!¡El viento, la lluvia y el granizo! El trueno a su vez parecía intentar estirar su estruendo con el eco lo suficiente para alcanzar el siguiente, que a su vez haría retumbar el cielo para producir un salvaje efecto de estruendo permanente en el aire. Ella murmuró una oración, una oración para aquellos a quien mas quería, los nombres de sus seres amados salían de sus gentiles labios, llora y reza, piensa sobre la devastación que esta tormenta debe estar provocando, y le eleva una plegaria al Dios de los Cielos para que proteja a todos los seres vivientes. Otro resplandor. Un salvaje y apabullante relámpago se extiende por el ventanal, y por un instante, resalta cada uno de los colores del vitral. Un alarido estalla en los labios de la joven, y entonces, con los ojos fijos en esa ventana, y una expresión de terror en su rostro como nunca había conocido en su vida, empezó a temblar y su rostro empezó a sudar cuando un miedo intenso se apoderó de todo su ser.

“¿Qué… qué fue eso?” masculló, “¿es esto real o una ilusión? Oh Dios ¿qué fue eso? Una figura alta y cadavérica, se estiró para abrir la ventana. Lo vi. Ese resplandor de luz me lo ha revelado. Se extendía a lo largo de la ventana.”

El viento se calmo. El granizo ya no caía con tanta fuerza, lo que es mas, ahora había dejado de golpear lateralmente sobre la antigua casa, sin embargo un sonido extraño seguía llegando desde los paneles de vidrio de esa enorme ventana. No podía ser una alucinación, estaba despierta, y seguía oyéndolo. ¿Qué podía ser? Otro relámpago, otro alarido, no había alucinación posible.

Una figura alta estaba parada en la cornisa de su ventanal. Eran las uñas de su mano sobre el cristal continuaban haciendo el sonido del granizo cuando este se había detenido. El miedo intenso paralizó las extremidades de esa hermosa mujer. El alarido fue el único sonido que pudo emitir, sus manos se agarrotaron, su rostro se convirtió en mármol y su corazón latía tan fuerte en su pecho que por momentos parecía estar a punto de saltar por su boca, no podía desviar la mirada de esa ventana, el horror la había congelado. El tamborileo y repiqueteo de las uñas continuaba. No hubo palabras, ella intentó dilucidar la oscura forma de esa figura contra la ventana, podía ver como sus largos brazos se movían de aquí para allá, buscando la forma de entrar. ¿Qué es esa extraña luz que gradualmente llena el aire a nuestro alrededor? Era roja y aterradora y cada vez mas brillante. El relámpago había prendido fuego un molino y el reflejo de la estructura que se consumía rápidamente llegaba hasta el ventanal. No había error en esto. La figura estaba ahí, seguía buscando la manera de entrar, seguía repiqueteando con sus largas uñas contra el cristal, eran tan largas que parecía no haberlas cortado en años. Intentó volver a gritar pero una sensación de asfixia se apoderó de ella. Era demasiado aterrador, intentó moverse pero sus extremidades parecían cubiertas por toneladas de plomo, lo único que pudo hacer es emitir un leve susurro….

“Ayuda… ayuda…ayuda…ayuda”

Repitió esa única palabra como una persona que ves en un sueño. El resplandor rojizo del fuego proyectaba la cadavérica figura sobre el gran ventanal. El único retrato de la recámara parecía haber fijado sus ojos en el intruso bajo la luz intermitente del incendio, bajo esa luz el retrato lucía aterradoramente realista. Uno de los paneles de cristal se rompió repentinamente y la figura del exterior introdujo su largo y cadavérico brazo que parecía totalmente desprovisto de carne. Quitó el seguro y la mitad de la ventana, que era plegable, se abrió de par en par.

Incluso en ese momento, seguía sin poder gritar, y sin poder moverse. “¡Ayuda, ayuda, ayuda! Era todo lo que podía decir. Esa expresión de terror se asentó sobre su rostro, era aterradora, una expresión que podría obsesionar a cualquier por el resto de su vida.

La figura se puso de costado y la luz cayó sobre su rostro. Era perfectamente blanco, perfectamente desprovisto de sangre. Sus ojos brillaban como el metal, sus labios retraídos, y el rasgo mas destacable después de sus ojos eran sus dientes, esos aterradores dientes, se proyectaban como los de un animal salvaje, dientes como colmillos aterradores y resplandecientes. Se acercó a la cama con un extraño movimiento como si se deslizara por el suelo. Chocaba sus uñas entre sí, uñas que literalmente parecían colgar de sus dedos. No emitía sonido alguno. ¿Acaso esa joven y hermosa mujer había perdido la cabeza por haberse expuesto ante un terror semejante? Retrajo sus extremidades y ya ni siquiera podía pedir ayuda. Su capacidad de articulación se había ido pero la del movimiento había regresado. Lentamente se arrastró hacia el lado opuesto de la cama en un intento de alejarse de la espantosa figura que se aproximaba.

Pero sus ojos eran fascinantes. La mirada de una serpiente no podía haber tenido un efecto tan grande en ella que la mirada fija de esos espantosos ojos metálicos que se inclinaban ahora sobre su rostro. Caminaba encorvado por lo que su gigantesca estatura era difusa, y su rostro, su horrible rostro ahora sobresalía como su rasgo mas prominente. ¿Qué era? ¿Qué quería? ¿qué era lo que lo hacia tan aterrador? Tan distinto al resto de los habitantes de la tierra pero a la vez uno de ellos.

Ella estaba ahora al borde de la cama y la figura se había detenido. Parecía que al detenerse ella perdió a su vez su capacidad de alejarse de él. Se aferró involuntariamente a las sabanas de la cama. Su respiración se agitó. Empezó a jadear y sus piernas temblaban, pero no podía dejar de mirar ese rostro de porcelana. El brillo de sus ojos no la dejaba moverse.

La tormenta se había detenido. Todo estaba en calma. Los vientos hacían silencio ahora, el reloj de la iglesia marcaba la una, un chirrido salió de la garganta de ese ser despreciable, y estiro sus largos y cadavéricos brazos, sus labios se movieron. Avanzó hacia ella. La joven bajo un pie de la cama en dirección a la puerta, sin percatarse que arrastraba la sabana consigo. ¿Llegaría a la puerta si intentara alcanzarla? ¿Su capacidad de caminar realmente había regresado? ¿si pudiera dejar de mirar el rostro de este intruso rompería entonces el odioso encantamiento?

¡Dios Santo! ¿Era esto real? ¿O acaso era un sueño tan real que tenía la capacidad de afectar su juicio para siempre?

La figura se detuvo nuevamente mientras la joven yacía entre la cama y el suelo. Su largo cabello ocupaba ahora el ancho de la cama. Esa pausa duro por un minuto pero parecía una agonía eterna. Ese minuto fue, de hecho, suficiente para que la locura se apoderara completamente.

Con un repentino e impredecible movimiento, la figura lanzo un aterrador aullido que la dejo sin aliento, entonces la tomó de sus largos y ondulados cabellos y los retorció alrededor de sus huesudas manos mientras la sujetaba contra la cama. Fue entonces cuando gritó, el Cielo le devolvió la habilidad de gritar. Alarido tras alarido en una rápida sucesión. La ropa de cama cayo enrollada a un lado, pero ella fue arrastrada hacia la cama nuevamente. Sus hermosas y esculpidas piernas temblaban junto a la agonía de su alma. Los horribles y vidriosos ojos de la figura apabullaron la angelical figura con una satisfacción demoníaca, una horrenda profanación. La arrastró hasta el extremo de la cama, enrolló sus manos alrededor de su cabello con firmeza y enterró sus colmillos en su desprotegido cuello. Un borbotón de sangre seguido por el horrendo sonido de la succión. La joven se había desvanecido y el vampiro se deleitaba ahora en este espeluznante festín.

El hombre de cristal

Por Edward Page Mitchell

I

Iba caminando rápido cuando di vuelta en dirección a la Quinta Avenida desde una de las calles que la cortan cerca del viejo reservorio, eran las once y cuarto de la noche del 6 de noviembre de 1879 cuando de repente tropecé con un individuo que venía caminando en la dirección contraria.

Era un esquina muy oscura. No podía distinguir nada de la persona con la que había tenido el honor de tropezar. Sin embargo, la rapidez de mi mente, entrenada en el pensamiento inductivo me permitió obtener varios elementos acerca de esta persona antes de que incluso pudiera recuperarme de la conmoción del encuentro.

Estos eran algunos de esos hechos: era un hombre mas pesado que yo, y con piernas mas resistentes, pero medía exactamente 10 centímetros menos. Llevaba un sombrero de seda, una pesada capa de lana, y zapatos o botas de goma. Tenía aproximadamente treinta y cinco años, nacido en América, educado en una universidad alemana, Heidelberg o Freiburg, siempre andaba apurado, pero era considerado y cortes en su trato con otros. No estaba exactamente contento con la sociedad, había algo en su vida o en ese momento en particular que deseaba ocultar.

¿Cómo supe todo eso cuando ni siquiera había visto al extraño, y apenas se le había escapado un monosílabo? Bueno, supe que era mas robusto y mas resistente porque fui yo y no él quien retrocedió en el choque. Supe que yo era diez centímetros mas alto porque la nariz aun me ardía por haber chocado contra el ala de su sombrero. Mi mano, involuntariamente elevada, hizo contacto con el borde de su capa. Tenia botas de goma porque no pude oír sus pasos. Para una persona con un oído como el mio, el tono de voz era tan revelador como una arruga en el rostro para determinar la edad de una persona. En los primeros segundos que prosiguieron al choque, lo oí musitar “¡bestia!”, un término que en esa época solo se le ocurriría a un alemán. La pronunciación gutural, sin embargo, me indicó que el hablante era americano-alemán y no alemán-americano, y que su educación alemana se había desarrollado al sur del río Main. Ademas, el tono de caballero y académico se dejo entrever aun entre la iracunda reacción. Eventualmente concluí que si bien el caballero no tenia prisa, si anhelaba, por alguna razón, permanecer anónimo. Escuchó silenciosamente mis disculpas, se inclino para levantar mi paraguas, me lo devolvió y siguió su camino tan silenciosamente como había recorrido el trayecto que lo llevo a tropezar conmigo.

Me propuse a comprobar mis conclusiones lo mas pronto posible. Así que di media vuelta hacia la calle lateral y seguí al extraño que ya debía estar por llegar a la lampara de mitad de cuadra. Lo cierto es que, no iba a mas de cinco segundos detrás suyo. No había otro camino que hubiese podido tomar. Ninguna puerta se había abierto a lo largo del trayecto. Pero sin embargo, cuando llegamos a la luz de la lampara, la forma que debía estar frente a mi, no estaba. Ni el hombre ni su sombra eran visibles.

Me apresuré hasta la siguiente lampara de gas, me detuve bajo ella y escuche. La calle estaba aparentemente desierta. Los rayos de luz de flama amarilla apenas si se adentraban en la oscuridad. Sin embargo, los escalones y el umbral de la casa marrón ubicada justo frente a la lampara recibía apenas la iluminación necesaria. Las figuras doradas sobre la puerta la diferenciaba de las demás. Reconocí la casa: el número me resultaba familiar. Mientras esperaba ahí, bajo la luz de lampara de gas, escuché un ligero ruido que venía de los escalones, el clic de una llave en la cerradura. La puerta del vestíbulo se abrió lentamente para luego cerrarse de un golpe, de forma tal que el eco reverbero en toda la calle. Inmediatamente después, se escuchó el sonido de otra puerta abrirse y cerrarse dentro de la casa. Nadie había salido. Y, hasta donde mis ojos podían atestiguar nadie había entrado.

Con la idea fija de que había poco material para una aplicación exacta del proceso inductivo, me quede un largo tiempo intentando descifrar la filosofía detrás de tan extraño suceso. Sentí esa vaga sensación de lo inexplicable, casi hasta el punto de sentirme atemorizado. Fue un alivio cuando escuche pasos en la vereda opuesta y me volví para ver a un policía, que caminaba con el bastón a cuestas y me observaba.

II

Esta casa marrón chocolate, cuya puerta frontal se había abierto y cerrado a medianoche sin la intervención de una persona, me resultaba, como he mencionado antes, muy familiar. Era la misma casa que había dejado diez minutos atrás, luego de pasar una velada con mi amigo Bliss y su hija Pandora. Era el tipo de casa en la que cada piso es un hogar en si mismo. El segundo piso, o mejor dicho, el apartamento del segundo piso, estaba habitado por Bliss desde su regreso del extranjero, es decir, desde hace doce meses. Tenía un gran aprecio por Bliss porque tenía un gran corazón, pero también lo compadecía  por su mente ilógica y tan poco científica. A Pandora la adoraba.

Deberás entender que mi admiración por Pandora era una causa perdida, y no solo era una causa perdida sino que era la madre de todas las causas perdidas. En nuestro circulo de amistades existía un pacto implícito que debía respetarse a toda costa respecto a la particular condición de la joven,  era un mujer coqueta que había desposado un recuerdo. Adorábamos a Pandora, moderadamente, sin pasión, solo lo suficiente para alimentar su coquetería sin escoriar la abrazada superficie de su corazón de viuda. Por su parte, Pandora se conducía con la misma propiedad. No se comprometía plenamente con su coqueteo, los administraba tan bien que podía retirarlos por completo apenas se sintiese apesadumbrada por sus tristes recuerdos.

No estaba mal visto que intentásemos convencer a Pandora que le debía a su juventud y su belleza el cerrar ese capitulo de su vida y seguir adelante, que le pidamos respetuosamente que debía vivir en el presente y no en el pasado. Si estaba mal visto sin embargo, insistir en el asunto una vez que ella hubiese anunciado que esto le resultaba imposible.

No conocíamos bien los detalle del trágico episodio ocurrido durante la travesía europea de la Señorita Pandora. Sabíamos, en forma vaga y poco precisa, que se había enamorado en el extranjero, que habia tenido un discusion sobre una trivialidad, y entonces él desapareció. Nunca supo que fue de él y se sintió culpable por haberlo ahuyentado por un capricho. Bliss me había contado algunos hechos esporádicos, que no cuajaban lo suficiente como para reconstruir una versión de los hechos. No había razones para creer que el amante de Pandora se hubiese suicidado. Su nombre era Flack. Era un hombre de ciencia. Bliss pensaba que era un idiota y a su vez creía que Pandora era una idiota por penar por él. Pero Bliss creía que todos los hombres de ciencia eran idiotas en mayor o menor medida.

III

Ese año asistí a la cena de Acción de Gracias en la casa de los Bliss. Esa noche intente maravillar a los asistentes con la serie de misteriosos eventos de la noche en que tropecé con el extraño. La historia no tuvo el efecto que había previsto. Dos o tres personas insufribles intercambiaron miradas. Pandora, que estaba mas pensativa que de costumbre, me escuchó con aparente indiferencia. Su padre, en su estúpida inhabilidad para captar algo por fuera de su área de conocimiento, se rió descaradamente, fue tal el fracaso que hasta se llegó a dudar de mi capacidad como observador de tal fenómeno.

Un poco molesto y quizás con un poco de descreimiento en mi propia historia, inventé una excusa para retirarme temprano. Pandora me acompaño hasta el umbral. “Tu historia,” me dijo, “me resultó extrañamente interesante. Yo también he presenciado sucesos extraños en los alrededores de esta casa que le sorprenderían. Creo que tengo algo de experiencia en esto. La tristeza de mi pasado proyecta apenas un destello de luz, pero no nos apresuremos. Sería bueno que llegue al fondo de este asunto, hágalo por mi.”

La joven suspiro y me deseo las buenas noches. Creí oír un segundo suspiro, mas fuerte que el suyo, y demasiado distinto para ser un reverberación.

Empecé a bajar los escalones. Cuando iba a mitad de camino, sentí la mano de un hombre que se posaba pesadamente sobre mi hombro desde atrás. Mi primera idea fue que era Bliss, que me había seguido para disculparse por haber sido grosero conmigo. Me di vuelta para recibir su amistosa propuesta. Pero no había nadie a la vista.

La mano volvió a tocarme el brazo. A pesar de mi filosofía, me estremecí.

Esta vez, la mano me jalaba gentilmente la manga del abrigo, como invitándome a subir las escaleras. Subí uno o dos escalones, y la presión en mi brazo disminuyo. Me detuve, y la silenciosa invitación se repitió con una urgencia que despejó cualquier duda sobre su intención.

Subimos juntos las escaleras, la presencia me guió y yo le seguí. ¡Que extraordinaria travesía fue esa! Los pasillos estaban iluminados por lamparas de gas. Pero mis ojos me decían que yo era la única persona subiendo esa escalera. Cerré mis ojos, la ilusión, si se la podía llamar ilusión, era perfecta. Podía escuchar el crujir de la escalera delante mio, el suave pero distintivo sonido de pisadas sincronizadas con las mías, incluso podía oír la regular respiración de mi compañero y guía. Extendí mi brazo, pude tocar y sentir la textura de sus vestimentas, era una pesada capa de lana forrada con seda.

De repente, abrí los ojos. Insistieron en decirme que estaba completamente solo.

Este problema se presento entonces en mi mente: cómo podía determinar si la visión me engañaba, mientras que mis sentidos del oído y el tacto me informaban correctamente, o si los oídos y el tacto mentían, y los ojos me decían la verdad. ¿Quién podía arbitrar cuando los sentidos se contradecían los unos a los otros? ¿La razón? La razón se inclinaba a pensar que la presencia era un ser inteligente, cuya existencia era completamente negada por los mas confiables de mis sentidos.

Llegamos al ultimo piso de la casa. La puerta que nos sacaba del pasillo se abrió ante mi, en apariencia por sí sola. Una cortina en el interior se corrió aparentemente sola y se mantuvo así para darme paso a un apartamento donde el ordenamiento de los muebles hablaba por sí mismo, buen gusto y hábitos académicos. Leños ardían en la chimenea. Las sillas de salón eran amplias y en apariencia cómodas. No había nada en esa habitación fuera de lo ordinario, nada extraño, nada que lo distinguiera a una habitación amueblada en cualquier otra casa.

Para ese entonces mi mente ya había descartado la ultima sospecha de actividad sobrenatural. Este fenómeno no era quizás, inexplicable sino por el momento solo misterioso. Mi anfitrión tenia una disposición por demás amistosa. Observé con perfecta calma una serie de manifestaciones de energía independiente de parte de objetos inanimados.

En primer lugar, una silla turca se arrastró a sí misma desde la esquina hasta el centro de la habitación. Luego, una silla inglesa hizo lo mismo desde otra esquina y avanzó hasta colocarse exactamente frente a la otra. Una pequeña mesa de tres patas se levantó unos centímetros del suelo y se ubicó entres ambas sillas. Un libro grueso abandonó su lugar en un estante y navegó tranquilamente a través del aire a un metro y algo de altura y descendió cuidadosamente sobre la mesa.  Una pipa de porcelana cuidadosamente pintada se descolgó de una gancho en la pared y se sumó al libro. Una caja de tabaco pegó un salto de la repisa. La puerta de un gabinete se abrió y de ella salió un decantador y copas de vino que hicieron el viaje juntas y llegaron simultáneamente al mismo destino. Todo en la habitación estaba impregnado con un espíritu de hospitalidad.

Me senté en la silla cómoda, me llené la copa con vino, encendí la pipa y examiné el libro. Era el Manual de Histología Bussius de Viena. Cuando volví a poner el libro sobre la mesa, se abrió, deliberadamente en la pagina cuatrocientos cuarenta y tres.

“¿No estás nervioso?” pregunto una voz a poco menos de dos metros de mi oído.

IV

Esta voz sonaba familiar. Era la misma que había oído en la calle esa noche del 6 de noviembre, cuando me llamo bestia.

“No,” le dije. “No estoy nervioso. Soy un hombre de ciencia, acostumbrado a lidiar con todo tipo de fenómenos que pueden ser explicados por las leyes de la naturaleza, siempre y cuando hayamos descubierto esas leyes. No, no tengo miedo.”

“Tanto mejor. Eres un hombre de ciencia, como yo…” Aquí la voz asumió un tono mas raspado “… con temple de acero, y amigo de Pandora.”

“Discúlpeme,” interrumpí. “Si va a hablar de una dama sería apropiado que me dijera con quién estoy hablando.”

“Eso es precisamente lo que quiero comunicarle,” replicó la voz, “antes de pedirle un favor muy grande. Mi nombre es o era Stephen Flack. Soy o he sido ciudadano de los Estados Unidos. Mi estado actual es un misterio tanto para mi como puede serlo para usted. Pero soy, o era, un hombre honesto y un caballero, y le ofrezco mi mano.”

No vi su mano. Extendí la mía, sin embargo, y se encontró con un suave y cálido apretón de manos.

“Ahora,” retomó la voz, luego de este silencioso pacto de amistad, “si es tan amable, lea el pasaje que he señalado en el libro sobre la mesa.”

Esta es una rudimentaria traducción de lo que leí en alemán.

Como el color de los tejidos orgánicos del cuerpo depende de la presencia de ciertos principios fundamentales de tercer grado, todos contiene hierro como elemento necesario, se determinó que la tonalidad puede variar de acuerdo a varios cambios físico-químicos bien definidos. Un exceso de hematina en los glóbulos rojos le da a cada tejido un tinte rojizo. La melanina que da color al coroides del ojo, el iris, el cabello, se puede aumentar o disminuir según las leyes recientemente formuladas por Schardt de Basel. En la epidermis, el exceso de melanina te convierte en una persona negra y la deficiencia en albino. La hematina y la melanina, junto con la biliverdina verde-amarilla y el rojo-amarillento de la urokacina, son los pigmentos que le dan color a tejidos que de otra manera serian transparentes o casi transparentes. Condeno mi inhabilidad para registrar el resultado de algunos experimentos histológicos muy interesantes, llevados a cabo por el incansable investigador Fröliker quien encontró la forma de separar la descoloración rosa del cuerpo humano mediante procesos químicos.

“Durante cinco años,” prosiguió mi compañero invisible cuando termine de leer, “fui discípulo y asistente de Fröliker en Freiburg. Bussius apenas abordó el alcance de nuestros experimentos. Alcanzamos resultados que eran tan asombrosos que las autoridades recomendaron no hacerlos públicos, ni siquiera ante la comunidad científica. El pasado Agosto se cumplió un año de la muerte de Fröliker. “

“Tuve fe en la genialidad de este hombre, era un hombre admirable y un gran pensador. Si él hubiese recompensado mi incuestionable lealtad con su plena confianza, hoy no estaría preso de esta desgracia. Pero debido a su innata reticencia sumado a la cautela con la que los sabios custodian los resultados sin verificar, me mantuvo al margen de las formulas esenciales de nuestros experimentos. Como su discípulo, estaba familiarizado con los detalles del trabajo de laboratorio; pero solo el maestro conocía el secreto mas importante. Como consecuencia, he caído victima de la maldición mas terrible que alguna vez haya caído sobre un ser humano desde Caín.”

“Nuestros esfuerzos se dirigieron en primer lugar a la ampliación y variación de la cantidad de materia pigmentaria en el sistema. Por ejemplo, al aumentar la proporción de melanina en el alimento, al llegar a la sangre podíamos convertir a un hombre caucásico en uno de piel negra, pero negra como un africano. No había tonalidad que no hayamos podido conseguir mediante la modificación y variación de las distintas combinaciones. Por lo general era yo el que se sometía a esos experimentos. En distintas oportunidades he sido de color cobre, azul violáceo, carmesí, y amarillo cromado. Durante una exitosa semana lucí en mi cuerpo todos los colores del arco iris. Aun queda un testigo que puede dar fe del interesante carácter de nuestro trabajo durante este periodo.”

La voz hizo una pausa, y unos segundos después hizo sonar una campana de mano que estaba sobre la repisa. De inmediato, un hombre viejo con un apretado kipá en la cabeza apareció en la habitación.

“Käspar,” dijo la voz en alemán, “muéstrale al caballero tu cabello.”

Sin demostrar sorpresa alguna y perfectamente acostumbrado a recibir ordenes como si nada, el anciano criado se inclinó y se quitó el sombrero. Los escasos rizos que reveló eran de un brillante verde esmeralda. Le manifesté mi asombro.

“El caballero aprecia la belleza de su cabello,” dijo la voz, de nuevo en alemán. “Eso es todo, Käspar.”

Se volvió a colocar el kipá, y se retiró con una mirada de satisfacción en el rostro.

“El viejo Käspar era el criado de Fröliker y ahora me sirve a mi. El fue sujeto de prueba de nuestras primeras aplicaciones del proceso. El valioso hombre quedó tan satisfecho con el resultado que nunca nos permitió regresarle el color original a su cabello. Es leal, y mi único intermediario y representante con  el mundo visible.”

“Ahora,” Prosiguió Flack, “a la historia de mi infortunio. El gran histólogo con quien tuve el privilegio de asociarme, volcó su atención a otra rama de investigación aun mas interesante. Hasta ese momento, solo había apuntado a incrementar y/o modificar los pigmentos en los tejidos. Entonces empezó una serie de experimentos ante la posibilidad de eliminar esos pigmentos en su conjunto del sistema, mediante la absorción, exudación, y uso de cloruros y otros agentes químicos que actúan sobre la materia orgánica. ¡Tuvo un éxito arrollador!”

“Nuevamente fui sujeto de prueba de los experimentos que Fröliker supervisó, impartiéndome solo la parte del secreto de este proceso que le resultó inevitable no compartir. Durante semanas permanecí en su laboratorio privado, sin ver a nadie y ser visto por nadie, con excepción del profesor y el confiable Käspar. Herr Fröliker procedió con cautela, observando de cerca los efectos de cada nueva prueba, y avanzando en etapas. Nunca fue tan lejos con un experimento al punto de no poder retroceder a discreción. Siempre mantenía una salida fácil y rápida para revertir el proceso. Por esa razón me sentí perfectamente a salvo en sus manos y me sometí a todo lo que él requería.

“Bajo los efectos de drogas debilitantes que el profesor me administró junto a otros poderosos detergentes, lo primero que hizo fue hacerme pálido, blanco, sin color alguno como un albino, pero sin efectos negativos sobre mi salud. Mi cabello y barba parecían hechos de cristal y mi piel de mármol. El profesor estaba satisfecho con sus resultados, y no fue mas lejos esa vez. Me devolvió a mi color original.

“Durante el siguiente experimento, y en todos los que le siguieron, él permitió que sus agentes químicos se asentaran firmemente en los tejidos de mi cuerpo. No solo me puse blanco, como un hombre remojado en cloro sino ligeramente traslucido, como una figura de porcelana. Esa vez también detuvo su trabajo por un tiempo, me devolvió mi color original y pude regresar al mundo exterior. Dos meses después, ya era mas que traslucido. Has visto esas criaturas que flotan en el mar, las medusas o aguavivas, cuya figura es casi invisible al ojo humano. Bueno, yo era en el aire lo que una medusa era en el agua. Casi perfectamente transparente, fue solo mediante una minuciosa inspección que el viejo Käspar pudo encontrarme en la habitación cuando fue a llevarme alimento. Era Käspar quien velaba por mis necesidades durante los periodos en los que me encontraba recluido.”

“¿Pero y su vestimenta?” pregunté, interrumpiendo el relato de Flack. “Eso debía haber contrastado fuertemente con el tenue aspecto de tu cuerpo.”

“Ah, no,” dijo Flack. “El espectáculo de un conjunto de ropa aparentemente vacío moviéndose por el laboratorio era una imagen demasiado grotesca incluso para el profesor. Para resguardar su solemnidad, se vio obligado a idear la manera de aplicar este proceso en materia orgánica muerta, como la lana de mi capa, el algodón de mis camisas y el cuero de mis zapatos. Así pase a estar equipado con un atuendo en combinaba con mi condición física.

“Fue durante esta etapa de nuestro progreso, cuando habíamos alcanzado la transparencia casi perfecta, y por lo tanto la completa invisibilidad, que conocí a Pandora Bliss.”

“En julio se cumplió un año de eso, la conocí durante uno de los intervalos de nuestros experimentos, en un momento en el que me encontraba con mi apariencia natural, viaje a Schwarzwald a recuperarme. Vi y admire a Pandora por primera vez en la pequeña aldea de San Blasien. Habían venido desde las Cataratas del Rin y viajaban hacia el norte. Di media vuelta y me dirigí hacia el norte. Para cuando llegamos a las montañas de Feldberg ya estaba locamente enamorado de ella. Fue en el Höllenpass que ya estaba listo para sacrificar mi vida por una gentil palabra de sus labios. En el Hornisgrinde, cuando le pedí permiso para arrojarme desde la cima de la montaña hacia las tenebrosas aguas del Mummelsee para probarle mi devoción. Usted conoce a Pandora. Como la conoce no necesito ni siquiera explicarle el porqué de la velocidad de mi enamoramiento. Ella coqueteo conmigo, se rió conmigo, de mi, condujimos juntos, caminamos juntos en senderos a través del bosque, juntos escalamos pendientes tan empinadas que la actividad se convirtió un delicioso y prolongado abrazo; hablamos de ciencia, y sentimientos, escucho mis esperanzas y entusiasmos, se burló de mi, me doblegó completamente a su dulce voluntad, todo esto mientras su prosaico padre descansaba en la cafetería de la posada leyendo periódicos de New York. Pero si ella me amaba o no, es algo que ignoro hasta el día de hoy.

“Cuando el padre de Pandora vio cuales eran mis intenciones y sopeso mis medios de subsistencia, terminó abruptamente con nuestro pequeño idilio. Creo que me ubicó en algún lugar entre malabarista profesional y curandero matasanos. En vano intenté explicarle que iba a ser famoso y probablemente rico. “Cuando sea rico y famoso,” remarcó con una sonrisa, “estaré encantado de verle en mi oficina de la calle Broad” Llevó a Pandora a Paris y yo regrese a Freiburg.”

“Unas semanas mas tarde, durante una brillante tarde de agosto, me pare en el laboratorio de Fröliker y pase inadvertido delante de cuatro personas que estaban a un brazo de distancia de mi. Käspar estaba detrás mio, lavando unos tubos de ensayo. Fröliker con una orgullosa sonrisa en el rostro miraba intencionalmente al lugar donde sabia que yo debla estar. Dos hermanos, profesores los dos, convocados con alguna excusa, discutían sobre alguna trivialidad casi golpeándome con sus codos. Podrían haber oído el latido de mi corazón. “¿A propósito Herr Profesor,” preguntó uno cuando se preparaba para irse, “¿su asistente ya regresó de sus vacaciones?” La prueba fue un éxito.

“Tan pronto estuvimos solos, el Profesor Fröliker tomó mi mano invisible, al igual que tu lo hiciste esta noche. Estaba de buen humor.”

““Querido amigo,” me dijo, “mañana es la coronación de nuestro trabajo. Mañana te presentaras o mejor dicho no te presentaras ante una asamblea del cuerpo docente de nuestra universidad. He telegrafiado invitaciones a Heidelberg, Bonn, Berlin. Schrotter, Haeckel, Steinmetz, Lavallo estarán aquí. Nuestro triunfo será en presencia de los mas grandes físicos de esta era. Será entonces cuando revelaré los secretos de nuestros procedimientos que hasta ahora he mantenido ocultos incluso de ti, mi colaborador y mas confiable amigo. Pero compartiremos la gloria. ¿Me pareció escuchar que un ave del bosque fue apartada de tus brazos? Muchacho, te devolveré tu pigmentación e iras a Paris a buscarla con fama en tus manos y bendiciones de la ciencia sobre tu cabeza.”

“La mañana siguiente, el diecinueve de agosto, antes de que me hubiese levantado de mi catre, Käspar entró corriendo al laboratorio.

“¡Herr Flack! ¡Herr Flack!” dijo agitado. “Herr Doctor Profesor ha fallecido a causa de un derrame cerebral.”

V

El relato había llegado a su fin. Me senté largamente a pensar. ¿Qué puedo hacer?¿Qué podía decir? ¿De qué forma podía ofrecer consuelo a este desdichado hombre?

Flack, el invisible, sollozaba amargamente.

Él hablo primero. “¡Que difícil, difícil, difícil! No hay crimen a los ojos del hombre, ya que no hay pecado ante los ojos de Dios, he sido condenado a un destino diez mil veces peor que el infierno. Debo caminar por la tierra, un hombre como cualquier otro, con la capacidad de vivir, de ver y de amar, a la vez que entre mi persona y todo lo que vale la pena en la vida se levanta una barrera fija para toda la eternidad. Incluso los fantasmas tienen forma. Mi vida es la de un muerto viviente; mi existencia quedará en el olvido. Sin amigos que me miren a la cara. Jamas podre volver a abrazar a la mujer que amo, hacerlo solo le inspiraría un terror inexpresable. La veo casi todos los días. A menudo le rozo el vestido cuando pasa junto a mí en las escaleras. ¿Alguna vez me amo? ¿Aun me ama? ¿Es que acaso la respuesta a esa pregunta haría mas cruel esta maldición? Aun así lo he traído aquí para contarle la verdad.”

Entonces, cometí el error mas grande de mi vida.

“¡Anímese!” le dije. “Pandora siempre lo ha amado.”

Por el repentino vuelco de la mesa supe con que vehemencia Flack se había puesto de pie. Sus manos me tomaron por los hombros con firmeza.

“Si,” continué; “Pandora ha sido fiel a su memoria. No hay razones para desesperar. El secreto del proceso de Fröliker murió con él, pero ¿por qué no podría ser re descubierto mediante inducción y experimentación ab initio con la asistencia que usted pueda proporcionar? Tenga valor y esperanza. Ella lo ama. En cinco minutos puede escucharlo de sus propios labios.”

Ningún chillido de dolor que había oído antes era la mitad de patético que este salvaje llanto de felicidad.

Bajé rápidamente por las escaleras y convoqué a la Señorita Bliss al corredor. Le expliqué la situación brevemente. Para mi sorpresa, no se desmayo ni le agarro un ataque de histeria. “Ciertamente, lo acompañare,” me dijo, con una sonrisa que entonces no pude interpretar.

Me siguió hasta la habitación de Flack, escrutando tranquilamente cada rincón del apartamento, con la sonrisa fija aun en su rostro. El nivel de compostura que manejaba era como si hubiese entrado a un salón de fiestas. No manifestó asombro ni terror, en absoluto, cuando manos invisibles la tomaron de la mano y se la cubrieron de besos utilizando labios invisibles. Escuchó con total tranquilidad el torrente de palabras amorosas que mi desafortunado amigo le vertió en los oídos.

Observé la extraña escena, perplejo e incomodo.

Rápidamente la Señorita Bliss le retiró la mano.

“Ya esta bien Sr. Flack,” dijo con una ligera risa, “es usted demasiado demostrativo. ¿Acaso adquirió ese habito en el continente?”

“¡Pandora!” lo escuche decir a él, “No lo entiendo.”

“Quizás,” Prosiguió ella con calma, “lo consideres uno de los privilegios de tu invisibilidad. Déjame felicitarte por el éxito de tu experimento. Que hombre tan inteligente es tu profesor… ¿cómo era su nombre? Puedes hacer una fortuna exhibiendo tu habilidad.”

¿Era esta la misma mujer que había sufrido de manera inconsolable durante meses por la perdida de este hombre? Me quede estupefacto. ¿Quién podría empezar a comprender los motivos de esta mujer? ¿Qué tipo de ciencia es lo suficientemente concisa para desenmarañar tan inadmisibles caprichos?

“¡Pandora!” exclamó nuevamente y esta vez sonaba confundido. “¿Qué significa esto? ¿Por qué me recibes de esta manera? ¿Es todo lo que tienes para decirme?”

“Creo que es todo,” respondió en forma relajada mientras se movía hacia la puerta. “Eres un caballero y no necesito pedirle que no siga molestándome con estas tonterías.”

“Tienes el corazón de piedra,” le susurre mientras pasaba junto a mi y salia de la habitación. “No eres digna de él.”

El llanto desesperado de Flack alertó a Käspar quien se presento de inmediato. Con el instinto adiestrado por un prolongado y leal servicio, el anciano fue directo al lugar donde se encontraba su maestro. Lo vi manotear el aire, como intentando sostener al hombre invisible pero con dificultades para encontrarlo. Lo aparto violentamente hacia un costado. Se incorporó y se paró en silencio a escuchar, con el cuello estirado y el rostro pálido. Entonces salio corriendo por la puerta y bajo rápidamente las escaleras. Lo seguí.

La puerta de la calle estaba abierta. En la vereda Käspar dudo un par de segundos. Hasta que finalmente giró hacia el oeste y salió corriendo por la calle con tal velocidad que tuve muchas dificultades para alcanzarlo.

Era cerca de la medianoche. Cruzamos avenida tras avenida. Un inarticulado murmullo de satisfacción salio de los viejos labios de Käspar. Un poco mas adelante vimos a un hombre de pie en la esquina que súbitamente era empujado al suelo. Nos apresuramos, sin disminuir nuestro ritmo. En ese momento escuché pisadas a corta distancia que venían rápidamente hacia nosotros. Me aferré al brazo de Kaspar. El asintió.

Casi sin aliento, entendí que ya que no estábamos en una calle pavimentada, sino sobre tablas y rodeados por un grandes pilas de leña. Ya no habían lamparas en la calle, solo el oscuro vació. Käspar hizo el ultimo esfuerzo y corrió para alcanzarlo. Lanzó un manotazo, erró, cayó de espaldas y gritó horrorizado.

Un apagado chapuzón se escuchó en las oscuras aguas del río a nuestros pies.

El Día que la Estrella Verde se Apagó

Por Nictzin Dyalhis

Ron Ti era nuestro mas grande científico. Lo que significa que era el mejor en nuestro universo conocido, ya que nosotros en el planeta Venhez somos la avanzada en relación a otros mundos ya que nuestra civilización es la mas antigua y avanzada.

Nos ha convocado a nosotros siete para una reunión en su “taller”, como suele llamar a su laboratorio experimental. Fueron convocados; Hul Jok, el gigantesco Comandante de las Fuerzas de Defensa Planetaria; Mor Ag, quien sabia todo lo que había que saber sobre tipos, lenguajes y costumbres de los moradores de cada uno de los principales planetas; Vir Dax quien salvo resucitar a un muerto, hacia maravillas con sus extrañas pociones, medicinas y formulas; Toj Qul, agudo de mente, de modales suaves, el único Venheziano que podía “persuadir a un ave de volar”, como dice el refrán, nuestro Jefe de Diplomacia para Asuntos Interplanetarios; y Lan Po, cuyo talento era peculiar, ya que al escuchar a alguien, ya sea Venheziano, Markhuriano, o del lejano Ooranos, planeta de lo inesperado, Lan Po podía, reitero, decir si esa persona decía la verdad o mentía descaradamente. No, incluso sabia cuando alguien omitía la verdad mientras escuchaba atentamente la mentira pronunciada. Un hombre valioso pero que a veces incomodaba tener cerca.

Por ultimo, yo, cuya única distinción era una bastante pobre, ya que era el labrador de registros, un escritor de acciones ajenas. Incluso personas como yo tenemos nombres, y el mio es Hak Iri.

Ron estaba extasiado, se le notaba aun detrás de sus maneras casuales e indiferentes. Él es así. El resto de nosotros estábamos francamente intrigados, todos excepto el condenado Lan Po. Se lo veía con una leve sonrisa de superioridad, como diciendo “¡No hay misterio para mi!”

Amo a ese muchacho como a un hermano, ¡pero hay momentos en los que siento un ardiente deseo de arrancarle la cabeza!

Ron se paró frente a un gigantesco dial. Ahora esto no es un registro de su invención, sino un recuento de la extraña aventura en la cual nosotros siete estábamos a punto de embarcarnos debido a lo que ese dispositivo estaba a punto de revelar. Así que no haré el intento de hacer una descripción minuciosa, solo diré que tenía forma de disco, con el símbolo de los principales planetas tallado en los bordes exteriores a intervalos regulares, y desde el centro colgaba un señalador que en ese momento marcaba un espacio en blanco.

“Escuchen,” ordenó Ron, y llevó el señalador hasta el símbolo que representaba a  nuestro propio mundo.

Instantáneamente, irrumpió en el tranquilo cuarto todos los sonidos de la diversificada existencia con la cual los Venhezianos estamos familiarizados. Los seis escuchamos atentamente y asentimos en señal de comprensión.Este principio científico nos era familiar, ya hemos tenido este tipo de dispositivos, mucho mejores que este, de hecho nuestro planeta estaba sintonizado por uno que podía y de hecho lo hacia, registrar cada suceso, escena, o sonido del lugar, a cualquier distancia, independientemente de los obstáculos sólidos que hubiese en el camino. Pero este artefacto, tenía los símbolos de todos los mundos habitados. ¿Podría ser acaso que…?

Ron hizo girar el señalador hasta el símbolo de Markhuri, y de inmediato el alboroto chillón que caracterizaba a las personas de ese mundo, nerviosos y volátiles aunque gentiles, bombardeó nuestros oídos.

Planeta tras planeta, cercanos y lejanos, nos sintonizamos, a pesar del espacio, hasta que Ron giró el señalador en dirección al símbolo de Therra.

El resultado fue el silencio.

El aspecto de Ron era significativo. Era alarmante en sí mismo. Nos miramos los unos con los otros, y reflejábamos la misma ansiedad, la misma preocupación que cada uno experimentaba.

Algo muy malo le había sucedido a nuestro vecino, eso ya lo sabíamos, ya que durante muchos años la luz verde de Therra se había debilitado perceptiblemente. No le prestamos demasiada atención en un principio, ya que según leyes interplanetarias, los moradores de cada planeta deben permanecer en sus mundos, a menos que su presencia fuese requerida en otro sitio. Una idea notable, si uno se detiene a pensar. Y nadie había llamado a nuestro mundo o a cualquier otro desde Therra, así que lo atribuimos a una causa estrictamente natural, algo que, sin lugar a dudas, los Therranos eran perfectamente capaces de controlar sin asistencia o interferencia externa.

Año tras año la luz verde menguaba en el cielo nocturno hasta que finalmente se desvaneció por completo.

Quizás sufrió cambios atmosféricos. La vida, incluso, puede haberse extinto por completo en Therra, por lo que nadie sobrevivió para comunicarse con alguien de cualquier otro mundo habitado de la Cadena Planetaria, pero es muy poco probable, a menos que la catástrofe fuera instantánea, y en cuya caso debería haber sido muy violenta. Algo tan tremendo debería haber sido registrado de inmediato por instrumentos de todas partes del universo.

Pero ahora, la invención de Ron Ti nos señalaba un aspecto muy serio de la cuestión. Ya que si Therra, seguía ocupando su antiguo lugar, y sabíamos a ciencia cierta que esto era así, ¿entonces qué había detrás de este doble velo de silencia e invisibilidad?

¿Qué peligro amenaza el universo? Lo que sea que haya ocurrido en un planeta puede ocurrir en otro. Y si por esas circunstancias de la vida Therra estuviese destruido, el delicado balance del universo seria gravemente afectado, incluso destruido por completo, y Markhuri, tan cerca del sol, podría convertirse en una ruina ardiente.

Luego, un horror detrás de otro, hasta que el caos y la vieja noche volvieran a predominar, y el desconocido propósito de la Gran Mente fuese…

Oh, ¡pero tales pensamientos nos llevaran a la locura! ¿Qué podemos hacer? Necesitamos recuperar la cordura.

“¿Entonces?” demando Hul Jok, el pragmático. “¿Qué piensas hacer al respecto, Ron?”

¡Típico de Hul Jok!. Era el mejor amigo de Ron y su mas ferviente admirador. Conocía las habilidades científicas de Ron y creía firmemente que si Venhez se partiera al medio, en menos de una hora Ron Ti sellaría la ruptura, y la soldaría tan bien que ninguna inspección podría siquiera encontrar rastros de la ruptura. Pero en ese sentido, todo mundo en Venhez pensaba lo mismo sobre las habilidades de Ron Ti, por lo que Hul Jok no era para nada original.

“Este es un asunto para el Concejo Supremo,” respondió Ron con seriedad. “Propongo que los siete obtengamos permiso para visitar Therra a bordo de uno de los grandiosos Torpedos del Ether, necesitamos credenciales del Concejo que explique el porqué de la incursión y de ser posible, intentar averiguar si este asunto merece la interferencia o no.”

Lo que sucedió luego es un poco obvio y no necesita demasiado registro. Cuando personas tales como Ron Ti y Hul Jok elevan un pedido al Concejo Supremo es claro que es por necesidad y no por placer. El concejo lo vio de esa manera, y les dio luz verde.

Empezamos tan pronto como nos fue posible.

El grandioso Torpedo del Ether surcó el espacio con un vuelo parejo y ligero, con Hul Jok al mando. ¿Quién mejor para ese trabajo? ¿Acaso no era él nuestro príncipe de guerra, experto en cualquier dispositivo conocido en el campo de la ofensa y la defensa? De seguro, él, que con su mente brillante podía dirigir flotas enteras y ejércitos era la opción mas lógica para manejar una sola nave, pilotearla, guiarla y si fuese necesario, combatir con ella.

Con esto en mente le pregunte informalmente aunque con curiosidad.

“Hul Jok, si los Therranos resienten nuestra investigación, y nos expulsan ¿que harás?

“¡Correr!” dijo con una sonrisas el gigante.

“¿No pelearas si nos atacan?”

“hmm!” dijo refunfuñando. “¡Eso es diferente! No hay raza en ningún planeta que pueda alardear de atacar un Torpedo del Ether de Venhez con impunidad. Por lo menos,” agregó, con determinación, “no mientras Hul Jok tenga el emblema de la Cruz Infinita en su pecho!”

“¿Y si hubiera pestilencia?” insistí.

“Vir Dax sabrá que hacer mejor que yo,” Respondió en seco.

“Y si…” Volví a insistir, pero el gigante retiro una mano de los controles y como una garra me tomo del hombro con sus gruesos dedos, casi me lo destroza.

“Y si,” gruño “no dejas de parlotear cuando estoy en servicio, te aseguro que te arrojaré por la abertura de la torre cónica hacia el espacio, y ahí podrás formar una órbita propia como un pequeño planeta que se paso de listo. ¿He respondido tu pregunta?”

Si lo había hecho. Le sonreí, ya que conocía a nuestro gigante, y el me devolvió la sonrisa. Pero tenía razón, después de todo, las especulaciones son el intento de los necios de predecir el futuro. Mejor esperar y ver la realidad.

Y en cuanto a las conjeturas, nadie podría haber tenido una pesadilla tal como la que encontramos cuando llegamos a nuestro destino.

Un resplandor rojizo opaco y débil pero al mismo tiempo estridente nos informó que estábamos llegando a destino. Era en efecto, la atmósfera Therrana, solo que mas gruesa, lodosa, casi viscosa, como un humo húmedo y pastoso.

Era tan denso, que de hecho, tuvimos que aminorar la velocidad de nuestro Torpedo del Ether para reducir la intensa fricción generada por nuestra ingreso  ya que podía fundir las placas casi infundibles de metal Berulio de las cuales estaba hecha nuestra nave. Mientras mas cerca estábamos de la superficie, mas lento debíamos proceder por la misma razón.

Pero finalmente nos deslizamos lentamente, sobrevolamos la superficie y, encontramos una desolación como nunca habian visto nuestros ojos. Casualmente nos acercamos al planeta en el lugar donde alguna vez se había erigido una gran ciudad. Se había erigido, he dicho, ya que ahora no era mas un montón de ruinas, con la excepción de uno o dos edificios desperdigados aquí y allá, pero incluso estos, estaban en su ultima etapa de deterioro, listos para sucumbir de un momento a otro.

De hecho, oímos el colapso de uno de ellos, cayo con un sonoro estruendo debido a las vibraciones de nuestra nave al pasar.

En vano hicimos sonar la sirena, no había signos visibles de vida, nos esforzamos mucho para tener esperanzas. Pero era una ciudad muerta. ¿Seria así en todo el planeta Therra?

Dejamos atrás esta reliquia de un grandioso pasado y llegamos a campo abierto. La misma desolación mortal prevalecía también allí. No había signos de civilización, ni rastros de vida alguna, ni aves ni animales ni personas. No había evidencia visible de cultivos e incluso la vegetación silvestre de cualquier tipo era poca o nula. No había nada mas que tierra marrón y gris, y rocas descoloridas, con algunos arbustos grisáceos desperdigados y aislados.

Llegamos eventualmente a una pequeña cadena montañosa, rocosa, lúgubre, y deprimente a la vista. Fue mientras sobrevolábamos bajo sobre este lugar que vimos agua por primera vez desde que llegamos a Therra. En un amplio valle observamos una lento y plomizo fluido que serpenteaba a lo largo del lugar.

Ron Ti, que entonces estaba en los controles, hizo un exitoso aterrizaje. Este valle, especialmente en las orillas del arroyo, era el lugar mas fértil que habíamos visto hasta entonces. Allí crecían algunos arboles bastante altos, y en algunos lugares se veían matas y matorrales de arbustos verde pálidos casi tan altos como Hul Jok o incluso mas altos. Pero tanto los troncos como los arbustos estaban cubiertos con hongos, rojo opaco, purpura furioso y amarillo estridente, al cual Vir Dax, caratulo como venenoso al tacto y al gusto apenas verlo.

Aquí encontramos vida, o lo que pasaba por vida. Yo la encontré, y menuda bienvenida me dio esa horrible cosa. Tenía la apariencia de una masa amorfa y pulposa de un despreciable color azul, medía dos veces la altura de Hul Jok, y tenía un orificio triangular que hacia de boca donde exhibía colmillos color escarlata, esas fauces se encontraban en el centro de su cuerpo hinchado. Dos óvalos malignos, opacos y plateados que hacían el papel de ojos se ubicaban en las comisuras de la boca.

Fue afortunado que, siguiendo las ordenes de Hul Jok llevara mi Blaster apuntando delante mio, ya que cometí el fatal error de aventurarme hacia la monstruosidad a la vez que este horrible bulto se deslizaba hacia mi, ¿cómo se movía? No lo se ya que no vi piernas ni alas, estaba a punto de caer sobre mi, pero instintivamente saque el pequeño Blaster y la horrenda criatura se desvaneció, excepto por pequeños fragmentos, destruida hasta la nada por las vibraciones emitidas por ese poderoso pequeño desintegrador.

Era la primer vez que usaba una de esas terribles armas, y quede paralizado por lo instantáneo de su efecto.

El Blaster no hizo ruido, nunca lo hace, tampoco los Blasters- Ak que son las armas equipadas en el Torpedo del Ether, pero esa horrenda cosa que había eliminado se convirtió en un siseo burbujeante que lentamente iba recuperando su forma original, el resto de nuestro grupo vino corriendo hasta mi posición y me encontraron temblando de la excitación, Hul Jok lo llamó miedo pero se equivocaba. Me preguntaron que había encontrado.

No hubo tiempo para responder ya que poco después, Hul Jok encontró otro y nos llamó a todos para que viéramos, le arrojó una roca del tamaño de su cabeza, le dio justo en el medio de la boca, la roca se desvaneció dentro y fue aparentemente bien recibida, ya que la pesadilla apenas se inmutó, se sacudió un poco y siguió ahí. Hul Jok intentó con otra roca pero tuvo la mala fortuna de golpear a su pequeña mascota en el ojo, se movio hacia nosotros a una velocidad increible, poco tenia que envidiarle a un rayo, pero reaccionamos a tiempo y los siete Blasters enviaron a esa criatura del horror a cualquiera sea el limbo de donde hubiese salido. Lo desintegramos en pleno vuelo. Incluso Hul Jok había visto suficiente después de esto, de ahí en mas se limito a apuntarles con el Blaster y presionar el gatillo, en lugar de intentar conocer sus reacciones.

Pero eso fue, después de todo, la única forma de vida que encontramos en ese valle, aunque no pudimos averiguar de que se alimentaban esas criaturas, a menos que devoraran a su misma especie.

Encontramos mas de su especie en otro lugar, esas masas amorfas resultaron inmunes a nuestros Blasters y finalmente descubrimos de qué se alimentaban. ¡Pero me estoy adelantando, todo a su debido tiempo!

Pasamos un tiempo en ese valle, pero al no encontrar nada nuevo, nos subimos a la nave y sobrevolamos las montañas, solo para encontrar mas montañas y algun que otro valle.


 Tiempo después llegamos a un valle mucho mas grande que habíamos visto hasta entonces. Este era, a diferencia del otro, una planicie entre dos cadenas montañosas, o, para ser mas precisos un llano donde la cadena se dividía y formaba un gigantesco ovalo, para luego reunirse y continuar la cadena.

Aquí volvimos a aterrizar donde una pequeña arboleda nos daba cubierta para ocultar el Torpedo del Ether, en caso de que, quien sabe, de que algo pasara. Pero entre nosotros circulaba con pesada certeza que estábamos en un lugar que potencialmente perjudicial para nuestra existencia.

¿Por qué? No lo sabíamos, pero cada uno de nosotros lo sentía, lo sabía, y hasta cierto punto, lo temíamos, ya que aun los mas valientes le temían a lo desconocido.

Fue MoR Ag quien enunció las palabras que guiaron nuestras acciones.

“Si Therra estuviera habitada, en el estricto sentido de la palabra” había dicho, sentenciosamente, “la gran ciudad en ruinas que acabamos de ver no sería una ruina sino un lugar rebosante de vida y actividad como era la costumbre de los Therranos antes de que la luz de la Estrella Verde menguara. Por lo que, si hay alguno seguía aun con vida, estará en el campo abierto y es ahí donde debemos buscarlos. Hasta que podamos confirmarlo, estos lugares no son lo que parece.”

Cuanta razón tenía, rápidamente esto se convirtió en un manifiesto.

La sombría y completa oscuridad de la noche lentamente le dio lugar a la pálida y tenue luz del día, aunque la luz solar no brillara realmente, y mientras juntábamos nuestros Blasters y demás equipamiento, preparando para seguir, Toj Qul levantó su mano en señal de advertencia.

No hubo necesidad de un discurso. Todos oímos lo mismo. Creo que hasta los muertos deben haber oído ese infernal y disonante estruendo cada vez que sonaba. ¿Describirlo? No hay palabras para describirlo.

Cuando nuestros oídos de alguna manera se recuperaron del shock, Vir Dax sacudió la cabeza.

“Uff” exclamó. “Escuchar eso tan seguido nos va a volver locos.¡Es una agonía!”

“Quizás,” gruñó Hul Jok. “Pero ya me volví loco, ¡loco de curiosidad! ¡vamos!”

El era el comandante. Lo seguimos, dejando el Torpedo del Ether desprotegido. Pero nunca volvimos a cometer semejante tontería.

 Avanzamos cautelosamente, desperdigados en linea, cada uno manteniendo en vista al otro. El ruido había venido desde el norte de la planicie, y hacía allá nos dirigimos. Por ahora cubiertos por los arboles y arbustos.

Al unisono nos detuvimos repentinamente, nos reagrupamos, sorprendidos, horrorizados y sin poder creerlo.

Estábamos en el limite de los arbustos altos y ante nosotros se extendía un claro abierto a los pies de un precipicio de piedra, que se elevaba aproximadamente diez veces la altura de un hombre alto.

A mitad de camino sobresalía una formación de roca que se extendía sobre toda la cara occidental del acantilado y terminaba en la cara oriental, a intervalos regulares podíamos distinguir aberturas grandes y rectangulares, cubiertas o selladas por puertas de algún metal opaco y plomizo.

¡Todo el espacio entre los arbustos y el pie del acantilado estaba ocupado por la misma especie de monstruosidades que habíamos encontrado antes! Estaban ahí, expectantes, en apariencia, ya que su atención se centraba en la cima de la formación rocosa.

Una puerta cerrada en el extremo occidental se abrió y una procesión emergió de ella. Por fin habíamos encontrado, “¡Gran Poder de la Vida!” blasfemó Mor Ag . “¡Esos seres nos son Therranos!”

Y tenía razón, ¡Therra jamas había producido seres semejantes como los que estábamos contemplando!

¡Tenían rostros y no tenían rostros! ¡Tenían forma pero eran amorfos!. ¿Cómo podría describirlos cuando están mas allá de toda descripción!? Estamos acostumbrados a ciertos tipos de formas y rostros, concretos y cohesivos, y ¡estos eran inconclusos! Su aspecto cambiaba constantemente, se estiraban, se contraían, se expandían y ampliaban. Por momentos la parte baja de uno de estos seres parecía desvanecerse mientras la parte de arriba seguía siendo visible, y viceversa.

El frente se desvanecía instantáneamente dejando solo su parte de atrás, solo para revertirlo de inmediato. O desaparecía el lado izquierdo dejando el derecho, entonces, imagínense ustedes. He dicho suficiente.

Esta imagen me provocó mareos, ¡provocó a Mor Ag porque no podía nombrarlos! Enfureció a Hul Jok, le ardía el deseo de atacar la multitud y destruirlos a todos, por qué, no podía explicarlo, el solo hecho de mirarlos le hacia sentir de esa manera.

Ron Ti se controlaba su curiosidad pero Vir Dax sentía un impulso frenético de querer estudiar esos seres, nuestra Dama de la Bendición me habia librado de semejantes niveles de curiosidad, ¡pero tales eran sus métodos de estudio!

Solo Toj Qul y Lan Po permanecían impasibles.Toj Qul es diplomático y en su trabajo aprendió a no sorprenderse o maravillarse por nada y ante nada.Y Lan Po sentía desprecio, ya que al verlos pensaba, cualquier raza que cambie así de forma inevitablemente debe cambiar también su forma de pensar y a él cualquier tipo de mentira no le generaba nada mas que desprecio. ¡Extraño argumento, extraño estimulo tomar coraje, pero quizás tan efectivo como cualquier otro!

El único rasgo distintivo en común que tenían estos seres e incluso este fluctuaba, era su color. Eran plateados y negros, pero de un negro mas negro que cualquier otro. Mas tarde, descubrimos qué tipo de seres eran, y como llegaron a afectar Therra con su presencia.

Estaban formados en fila bastante lejos de la formación rocosa, y entonces, de la misma puerta de donde habían salido, salió otra procesión, o mejor dicho, una turba. Estos si eran, como Mor Ag bien confirmó, indudablemente Therranos. Pero qué podría haber provocado la caída de una raza tan sabia y poderosa. Estos hombres eran poco mas que bestias. Desnudos, de hombros redondos, con la cabeza inclinada, se arrastraban, con el cabello apelmazado y barba, por lo menos los hombres, en pocas palabras, estaban totalmente abatidos, destruidos, con el espíritu doblegado.

Solía existir un proverbio en los mundos habitados que decía; “tan bella como una mujer Therrana,” pero las mujeres que contemplábamos en ese instante, estaban, estaban aun mas deterioradas que los hombres.

Muchas cosas se nos hicieron evidentes para entonces mientras observábamos a esas desafortunada criaturas. Era evidente que esas cosas, llegaron de algún lugar y esclavizaron y corrompieron a quienes fueran alguna vez una poderosa raza, que eran o habían sido de lo mejor del universo, y éste, éste era el resultado.

Hul Jok se movía en su lugar, inquieto, un sabor amargo invadía su garganta. A pesar de su apariencia, nuestro gigante tenia el corazón de un infante, de una niña, gentil, tierno y empático en situaciones donde el mal o la opresión se atreviera a mostrar su horrible rostro. Y aquí, era muy evidente que esos demonios del averno habían estado muy ocupados.

La turba de Therranos se detuvo justo en el extremo de la formación, se agruparon, a una equidistancia de la larga fila de esa Cosas que no podíamos nombrar. Mientras los Therranos permanecían en su lugar, los horrores vivientes del suelo fijaron su maligna mirada sobre las desechas criaturas, sus bocas triangulares se abrieron grande, de la multitud de nauseabundas masas amorfas llegó a nuestros atormentados oídos el mismo bramido ensordecedor que habíamos oído antes.

De repente, las Cosas de pie detrás de los Therranos dejaron de fluctuar, adoptaron una sola forma, aunque ese cambio no les favorecía en nada. Aun cuando ahora se asemejaban a cualquier otra forma de vida, inteligente y consciente, sus rostros exudaban maldad pura.

Piensa en toda la depravación, el libertinaje y las mas fétida indecencia conocida, en todo el universo desde tiempos inmemoriales y multiplícalo por la potencia N, y aun entonces así no te habrás aproximado a la expresión del rostro de estas criaturas.

En lo personal, contemplar ese semblante me hizo sentir como si estuviese estado inmerso en la mas cruel de las inmundicias durante eones. Y afecto a los demás de la misma manera, sabíamos, por experiencia propia lo que les había ocurrido a los Therranos.

Ellos, las Cosas, lentamente levantaron un brazo y señalaron cada uno a un Therrano en particular del grupo. Y éste a su vez, abatido y destruido como estaba señaló a la criatura y se elevó contra su voluntad lentamente en el aire, se deslizó justo sobre la masa amorfa que esperaba ahí, con las fauces abiertas de par en par. El Therrano dio una vuelta en el aire, y empezó a caer de cabeza, aun restringido por la poderosa voluntad de la Cosa que señalaba…

Me quede sin aliento, mis ojos no daban mas del terror por lo que estaba a punto de acontecer, quede estupefacto ante la demostración de fuerza aplicada sobre los abatidos Therranos.

Un poco absorto, vi como el Blaster de Hul Jok entraba en acción contra la pobre victima que había comenzado su descenso hacia el repugnante orificio triangular, que esperaba ansioso hasta que vio a su victima desvanerse justo frente a sus ojos.

Agradecí silenciosamente la rapidez y la misericordia con la que había actuado Hul Jok.

Entonces, por un momento, enloquecimos. Empuñamos los Blasters y abrimos fuego hacia las criaturas. Espantados descubrimos que no tenía efecto. Una y otra vez disparamos contra ellos, y ni siquiera se percataron de nuestra ataque. ¡Los mortales Blasters eran inútiles contra ellos!

Ron Ti entendió rápidamente la situación.

“Estas Cosas no son seres, solo son malignas entidades de la mas baja calaña, son astutos, viles, pero no inteligentes. Esta hechos de una densidad muy baja, las vibraciones del desintegrador no pueden destruirlo, sino que pasan inadvertidos a través de su estructura atómica. No podemos hacer nada excepto eliminar piadosamente a esos pobres Therranos y así destruir sus corrompidos cuerpos antes de que sean devorados.”

 ¡Y así lo hicimos! Fue un acto de verdadera misericordia hacia los Therranos. Sin embargo, a pesar de la aparente brutalidad de nuestras acciones, sabíamos que era lo mejor. Si algo había quedado demostrado es que, aun cuando los habitantes de Therra habían caído tan bajo, muy lejos de la divinidad, aun podían distinguir en cada uno de ellos esa chispa plateada que diferencias a las criaturas con alma de las que no la tenían. Ya que cada cuerpo que regresaba al éter de donde había nacido, liberaba una chispa plateada, que una vez libre flotaba en el aire hasta desaparecer. Fue entonces que volvimos nuestra atención hacia las masas amorfas.

Aun cuando habíamos aniquilado a esas criaturas nauseabundas, notamos que los extraños seres en la formación rocosa entendieron rápidamente que alguien se había inmiscuido en los asuntos de Therra. Se erigieron, sorprendidos y estupefactos por alrededor de un minuto y se pusieron rápidamente en acción, con una velocidad francamente admirable.

Varios de ellos descendieron de la roca, saltaron en el aire y flotaron en nuestra dirección. De alguna forma habían sentido nuestra ubicación. En muy poco tiempo estábamos frente a frente.

Uno de ellos, evidentemente mas importante que los demás, articuló sonidos que no pudimos entender. Tampoco teníamos deseo de entenderlo, criaturas como esa solo entendían una cosa, ¡la guerra sin cuartel!

Y así, una vez mas intentamos utilizar los Blasters en su contra, y al igual que la primera vez, resultaron inútiles contra ellos. Note que Hul Jok estaba enardecido, literalmente le salia espuma de la boca.

Las Cosas que estaban mas cerca parecían emanar una abominable vibración que resultaba atrofiante. Poco a poco empece a sentir una urgente necesidad de encaminarme hacia el pie de la plataforma rocosa. Sin pensarlo, di un paso en esa dirección pero el poderoso brazo de Hul Jok me tiró de vuelta hacia atrás.

“Yo también puedo sentirlo,” nos gritó a los seis. “Pero,” dijo atronadoramente, “les ordeno, ¡por la Cruz Infinita misma, que permanezcan en sus lugares! ¡No es nada mas que su voluntad! ¿Acaso somos niños que deben obedecer?”

De repente, empece a reír, ¿seguir las ordenes de estas cosas? Era ridículo. La risa fue nuestra respuesta como grupo. Hul Jok asintió en señal de aprobación.

“¡Bien hecho, Hak Iri!” agregó. “¡La Cruz Infinita te lo agradece, el Concejo Supremo te dará el derecho a usarla, por tu gran valor, por los servicios proporcionados!”

Me había prometido el honor mas grande de nuestro planeta por… reírme. Si, aunque me cueste admitirlo, el servicio no era tan trivial después de todo. Ya que en definitiva, no existía una arma tan grande contra el mal como la risa, el ridículo. Tomarse al mal con seriedad solo magnifica su importancia, pero ridiculizarlo inutiliza sus fortalezas. Aquellos que lo duden, ¡inténtenlo, inténtenlo en la hora de mas necesidad!

Las Cosas se oscurecieron, no quedaban mas partes plateadas. Uno intentó capturarme, me atrajo hacia él. Algo, que no sabía que tenía dentro, ardió en mi como una llama de ira. Endurecí mi puño y sin siquiera darme cuenta mi brazo cruzó velozmente junto a mi, le asesté un formidable puñetazo junto en el rostro. Le quedó un orificio horrible y vacío que lentamente recuperó su forma original. La Cosa emitió un chillido extraño, casi una demostración de dolor.

“Ahá!” gritó Hul Jok, con entusiasmo. “¡Quizás no podamos despedazarlos o asesinarlos pero, podemos lastimarlos!” Agitó su Blaster como si fuera una porra y le asestó un golpe certero en el medio de la cabeza al mas cercano que tenía. El golpe pasó a través de la Cosa como si estuviera hecho de polvo. Aun así, alcanzo para ahuyentarlo y que los demás huyeran detrás suyo.

“¡De vuelta a la nave!” ordenó Hul Jok, y así lo hicimos tan rápido como la capacidad de nuestras piernas nos lo permitieron. Pero no fuimos los primeros en llegar.

Para nuestra consternación, encontramos la nave en manos de una horda de esas Cosas. Estaban por todas partes, incluso dentro, pero eso no era lo peor, también habían muchos Therranos, una multitud de ellos formaba una masa solida, mirando hacia nosotros, empuñaban hojas de metal brillantes, con puntas filosas.

“Espadas,” masculló Mor Ag. “Tenía entendido que ese tipo de armas habían quedado obsoletas en Therra hace mas de diez mil años!”

“Uho ho!” gritó Hul Jok. “¡A los Blasters, rapido!”

¡Que cosa tan tremenda! Lagrimas caían de mis ojos incluso antes de que hubiese terminado. Ron Ti, también se veía afectado. El mismo Hul Jok lanzaba extrañas maldiciones, y sino hubiese sido por Lan Apo, dudo que hubiésemos tenido la fortaleza necesaria para atravesar por tan espantoso asunto. Pero a medida que las chispas plateadas salían despedidas de sus cuerpos, una sonrisa de alegría, se dibujaba en su pálido rostro.


”¡Se regocijan!” nos gritó mientras se lamentaba. “Puedo sentir su gratitud fluyendo hacia nosotros mientras los liberamos de una vida que es peor que la muerte. ¡Están felices de partir así, sin dolor!”

A partir de ahí, ya no seguimos lamentándonos.

Ya habíamos acabado con la mayoría de los Therranos cuando Mor Ag gritó:

“Atrapa alguno de esos esclavos, con vida, Quiero interrogarlo…”

Hul Jok dio un paso adelante y atrapó uno de la muñeca, le arrebato la espada de la mano y lo azotó contra el casco de la nave, lo incapacitó y nos lo dejo a nosotros, mientras seguía peleando con otro.

Mientras tanto, nuestras Blasters no descansaban, hasta que no quedaron mas de esos pobres Therranos a la vista. Las Cosas, que a través de su Fuerza de Voluntad, habían obligado a los Therranos a enfrentar la aniquilación, no podían pelear por si mismos, y aun cuando nuestros Blasters superaban largamente a las espadas y las piedras, ellos seguían a bordo de nuestra nave, el Torpedo del Ether. Seguramente, Nuestra Dama de Venhez evitaba que supieran que botones apretar para utilizar los Blasters-Ak ya que nos aniquilarían en un segundo. ¡Por suerte para nosotros no tenían a un Lan Po entre ellos para leer nuestros pensamientos!”

Tiempo después, descubrimos que estaban bien familiarizados en cómo funcionaban los Blasters-Ak y solo puedo intentar adivinar que la única razón por la que no los usaron contra nosotros, es porque deseaban capturarnos con vida, solo para satisfacer sus diabólicas necesidades, se contienen para no matarnos ya que no se puede torturar a los muertos.

Nos retiramos, temblando por la excitación y el esfuerzo de resistir a sus malévolas mentes, a su voluntad, con la que intentaron sin éxito hacernos seguir sus ordenes. Aun sin controlarnos, esa fuerza que emiten golpea nuestros cuerpos casi de forma física. Nuestra nave seguía en sus manos, y estábamos parados en campo abierto, y completamente perplejos acerca de cómo volveríamos a controlar nuestra Torpedo.

Hul Jok, príncipe guerrero, resolvió el dilema. Tomó un árbol joven, grueso como su muñeca, lo arrancó del suelo y lo partió con la rodilla. “Garrote,” gruño. “Hace un millón de años, nuestros ancestros los usaron en Venhez. Hay registros en el Castillo Central de Guerra.”

Rápidamente, preparó uno para cada uno, mientras nos decía.

“Pueden sentir,” masculló, “no podemos matarlos. Bien. ¡Los sacaremos a golpes del Torpedo del Ether!”

Y eso fue precisamente lo que sucedió. En Venhez, en ocasiones, hacia trabajos manuales, solo por el deleite de trabajar con mis músculos. Pero jamas me hubiese imaginado que haría ese tipo de trabajo hasta ese momento, cuando, garrote en mano tomamos la nave por asalto y no nos detuvimos hasta que la ultima de esas Cosas se habia marchado. Una vez fuera de la nave levantaron vuelo rápidamente hacia el acantilado, todos excepto uno, al cual finalmente acorralamos en un compartimiento donde se había separado de los demás. Lo rodeamos, lo golpeamos con los garrotes hasta que se retorció de dolor. Entonces Ron Ti acercó su rostro al de la Cosa…

Captamos la idea de Ron, sumamos nuestra voluntad a la suya, dominando la de nuestro rehén. Esto lo confundió, desconcertado empezó a cambiar de colores, de plateado a negro, y de vuelta a plateado, el negro se hizo opaco, con nubes, el plateado dio pie a un plomizo, entonces, la Cosa se encogió en el suelo temblando, emitía olas de miedo y se manifestaba en colores tenues.

“¡Hemos visto suficiente!” declaró Ron Ti. “ ¡De vuelta a Venhez! Este es un asunto para el Concejo Supremo, como había temido incluso antes de que partiéramos. No estamos en condiciones para lidiar con esto, nosotros siete no tenemos la fuerza suficiente. ¡De vuelta a Venhez!”

“Nada de eso,” objetó Hul Jok. “Debemos quedarnos aquí y liberar Therra de esta escoria!” dijo, mientras señalaba a la Cosa cautiva con un gesto despectivo.

Pero Vir Dax sumó su voz a la de Ron Ti; y yo, estaba ansioso por partir, por quedarme, no sabía cual. Los demás estaban igual que yo. Ambos cursos de acciones tenían sus ventajas y desventajas. Por un lado, temía por mi mismo, temía que yo, Hak Iri, que siempre me he mantenido distante de toda emoción violenta, que siempre opté por registrar las acciones de los demás. Temí, que dentro mío siguiera con vida algo de ese viejo Hak Iri, mi ancestro distante que según dicen fue conocido en los lejanos Días Salvajes de nuestro mundo, cuando nuestros juglares aun cantaban, como el terror de todo Venhez y como un amante de la batalla.

Pero fue Mor Ag quien resolvió la disputa.

“Tenemos a esta… Cosa,” declaró. “Debemos examinarla, si hemos de aprender algo sobre su naturaleza, es una tarea impostergable si tenemos alguna esperanza de resolver todo este problema de raíz” (en ese momento una luz impía brilló brevemente en los fríos y astutos ojos de Vir Dax), “y,” continuó Mor Ag, “podemos, durante el viaje de vuelta a Venhez intentar descubrir qué fue lo que realmente sucedió en Therra de los dos Therranos…”

“¡Un Therrano!” interrumpió Vir Dax. “El otro murió. ¡Hul Jok no conoce su propia fuerza!”

Se inclinó para examinar al sobreviviente y rápidamente lo hizo recuperar la conciencia. Mor Ag le habló. El éste se animó un poco cuando entendió que no le íbamos a hacer daño. Se animó aun mas cuando observo que teníamos cautivo a uno de sus antiguos amos.

Entonces la Cosa atrajo la atención del Therrano y Lan Po se apresuro a decirle a Hul Jok.

“Haríamos bien en confinar a esta Cosa, donde el Therrano no pueda alcanzarlo,” Advirtió con énfasis. “De lo contrario, la voluntad de la Cosa puede obligar a este pobre esclavo a que lo ayude a escapar, o lo vuelva en contra nuestra de alguna manera”

Dejamos a la Cosa en el pequeño compartimento y cerramos la única puerta, Hul Jok utilizo una clave que solo el podría volver a abrir. El Therrano le dijo algo a Mor Ag, quien le sonrió y le palmeo la espalda dándole seguridad.

“Nos agradece por sacarle del control de la voluntad…”

Se interrumpió para hacerle otra pregunta, y la respuesta lo dejo sin aliento.

“Santa Madre de la Vida!” exclamó. “Esas Cosas vienen del lado oscuro de la Lona, el Satelite de Therra!”

El Therrano asintió.

“¡Avitchi!” exclamó, y agregó otra palabra: “¡Infierno!”

“No conocemos su idioma, es decir, nadie excepto Mor Ag, pero entendemos lo que quiere decir. Se refiere a las criaturas que vimos antes como demonios, según las creencias Therranas.

   Podríamos haber seguido el interrogatorio a través de Mor Ag ya que todos teníamos mucha curiosidad, pero sucedió algo que nos interrumpió e hizo que nos apresuráramos a partir de ese planeta tan dolorosamente devastado.

El siseante sonido de un relámpago y el terrorífico estruendo del trueno que impacto y sacudió el Torpedo del Ether.

“¡Aho!” gritó Hul Jok. “¿Y ahora qué?” Se asomó por una de las aberturas de observación justo cuando otro rayo golpeaba la nave.

Nos asomamos también y con un vistazo nos alcanzo. A nuestro alrededor flotaban como un enjambre grotescos globos iridiscentes que disparaban continuas ráfagas de luz y poderosas corrientes eléctricas.

Nuestro comandante saltó a la torre cónica, y los demás nos repartimos en el resto de las estaciones de disparo, en las Blasters-Ak, de los cuales teníamos seis, rápidamente despegamos.

No estábamos realmente preocupados por nuestras vidas ya que el metal Berulio del que estaba hecho el Torpedo del Ether resistía perfectamente y nos protegía de cualquier shock eléctrico. Pero algunas partes de los mecanismos de control podrían dañarse por una seguidilla de impactos y ademas, no estaba en nuestra naturaleza sentarnos tímidamente a recibir un ataque.

Con un silbido salimos disparados en el aire, Hul Jok apuntó la filosa nariz de nuestra gran cilindro volador en dirección a uno de los globos que flotaba a nuestro alrededor. Sus delgadas paredes no pudieron protegerlo de nuestro impacto y los destrozamos tan fácilmente como se rompe la cascara de un huevo.

Con los Blasters-Ak destruimos algunos de los globos que no embestimos con la nave pero las vibraciones de desintegración no tenían efecto sobre sus ocupantes al igual que nuestros Blasters de mano, y Hul Jok estalló de ira.

“Ron Ti,” exclamó colérico, “¡tu ciencia ha demostrado ser un fraude! Montamos tus modelos de Blasters mejorados en la nave con la capacidad de exterminar lo que sea, y ahora…”

Casi se ahoga de tanto enojo.

“Quedarás satisfecho,” lo consoló Ron. “Si alguna vez volvemos a Therra…”

“Si alguna vez volvemos a Therra,” afirmó sombríamente Hul Jok, “Therra será purificada, o de lo contrario no regresare a Venhez! Pero,” siguió, imperativamente, “debes descubrir como destruir a estos Lunarianos. Destruimos y embestimos sus ridículos globos desde donde jugaban con el poder de los truenos pero no les hicimos daño alguno. Solo quedaron ahí, flotando, insolentes, cayeron suavemente sobre el planeta.”

“Tenemos un Lunariano sobre el cual experimentar,” sugirió Vir Dax seriamente.

“Así es,” dijo bruscamente Hul Jok. “Y espero que tanto tu como Ron Ti descubran algo.¡No fallen!”

Conozco a nuestro gigantesco comandante desde que ambos eramos niños pero nunca lo había visto actuar así. Parecía fuera de sí, una versión inferior a la que todos conocíamos. Al principio pensé que se sentía humillado pero luego entendí, al igual que los demás que en su interior, él sentía que la dignidad de la Cruz Infinita había sido insultada, casi hasta el punto de la derrota, y para él, la Cruz Infinita, el emblema de nuestro planeta, era un símbolo sagrado, el único objeto de su adoración; su espíritu, fuerte y feroz, estaba herido y consternado, y no podría apaciguarla hasta que una frase salga de su boca, “¡Therra ha sido purificada!”

Hicimos el reporte formal ante el Concejo Supremo y pusimos a su disposición, tanto al Therrano como al Lunariano que habíamos traído con nosotros. El Concejo Supremo, haciendo uso de su sabiduría, ordenó a Mor Ag y a Vir Dax que examinaran e interrogaran al Lunariano, conmigo a su lado para tomar notas de lo que pudiera decir, aunque no emitió una sola palabra, ya que parecía disfrutar de nuestra incertidumbre.

El Therrano, cuyo nombre era Jon, le había contado a Mor Ag durante nuestro viaje todo lo que había que saber sobre las condiciones de Therra. No tengo espacio aquí para registrarlo todo, pero brevemente seria algo así: hace siglos, los Therranos se dividieron en naciones, guerrearon entre sí. Un poderoso imperio, con el deseo de dominar el planeta, atacó a un pequeño país como primer paso. Otra nación, grande y poderosa se apresuró a socorrer a su pequeño vecino. El reino de una isla fue convocado a la batalla. Una poderosa república del otro lado del mar tomó partido en el asunto, y así, terminó la disputa.

Pero en lugar de terminar con el conflicto, esto dio pie para la invención de letales dispositivos. Alguien descubrió que el elemento metálico oro, tenia extrañas cualidades, anteriormente inadvertidas. Otro descubrió que el oro se podía producir por medios artificiales, sintéticos sería el termino utilizado en Therra. Pero la producción consistía en tomarlo del almacén mismo del universo, el Ether primordial, donde, de manera latente, todas las cosas son objetivas y subjetivas. El drenado del Ether abrió una extraña puerta en el espacio, la cual hasta ese momento, por designio de la Gran Sabiduría había estado cerrada.

Los científicos de una gran raza, los Mongulianos, abusaron del Ether, con la esperanza de subyugar a las demás razas del Oeste. Las vibraciones de su trabajo crearon un pasaje entre Therra y su Luna. Y en lado oscuro de esa Luna vivía una raza de viles criaturas sin alma, lejos de la Infinita Piedad, siempre en movimiento para mantener la luna entre ellos y la odiosa luz del Sol. Siempre habían odiado Therra, y a sus moradores, ya que alguna vez habían habitado ese mundo, fue su propia maldad la que provocó que tanto ellos con la Luna fueran desterrados de Therra por la Ira del Todopoderoso, desterrados y condenados a flotar en el océano espacial. La Luna, aunque siempre circulaba alrededor de su planeta paterno, no giraba sobre su propio eje por lo que tenía un lado que siempre apuntaba hacia Therra; fue entonces que estos Señores de la Cara Oscura, que habían cultivado su odio durante eones, vieron la oportunidad de, finalmente, recuperar su mundo perdido, al cual miraban con ojos envidiosos cada vez que la fase lunar les acercaba al planeta. En sus globos de Selenio invadieron Therra, valiéndose de la apertura que los Monguliones habían establecido inadvertidamente.

Con la ayuda de estos impíos poderes del mal, los Mongulianos que habían dominado y reducido a la servidumbre a todas las demás razas fueron a su vez subyugados por los Señores del Andar Oscuro, que los redujeron utilizando solo su fuerza-energía vital.

Y fue así, que, reducidos a las condiciones de semi-bestialidad, los Therranos han sido la presa de sus malévolos conquistadores, incluso en estos momentos mientras escribo, están siendo maltratados al punto que de solo pensarlo mi alma tiembla de pavor. Soy incapaz de describirlo, ya que, ¿por qué sometería mi mente a tan  innecesarias corrupciones?

Solo quienes han oído el relato de ese Therrano pueden llegar a concebir lo que había sucedido durante muchos años en esas aterradoras orgías de los Lunarianos, y nosotros que sí habíamos oído el relato ya no volveremos a ser lo que eramos antes de que nuestros oídos se contaminaran de esa manera.

Tan horrendas eran las condiciones en Therra que nuestro Concejo Supremo decretó que debían ser abolidas a cualquier costo. No el planeta, sino la situación reinante. ¡Temían que pudieran contaminar el Ether mismo y que esa degeneración llegase algún día a cada planeta de la Cadena Universal!

Pero este asunto involucraba a todos los planetas. Así que el Concejo envió invitaciones para realizar una conferencia. Llegaron delegados de todas partes. Hablaron, discutieron, debatieron, consultaron y eso fue todo.

Hul Jok, el pragmático, rompió eventualmente la etiqueta interplanetaria.

“¡Hablar!” gritó, levantándose de su asiento junto a otros Venhezianos. “¿Que esperamos lograr hablando? No estamos mas cerca que cuando comenzamos. Ya que nadie puede hacer una alternativa viable, escúchenme a mi! Soy el Principe de la Guerra de Venhez, no un sabio, pero les digo que Ron Ti, puede encontrar la solución si le damos el tiempo suficiente, él hallara la manera de acabar con estos Lunarianos y toda su horda infernal, y eso es lo que necesitamos! ¡Dejen este asunto en las manos de Venhez!”

Un serio pero simpático delegado de Jopitar se puso de pie en su lugar.

“Ustedes de Venhez,” dijo en su tono cortes y formal, “¡su Principe de la Guerra ha hablado muy bien! ¡Ya que Ron Ti es reconocido en cualquier planeta como uno de los mas grandes inventores, solo tiene que pedirlo y nosotros en Jopitar nos pondremos a su entera disposición para avanzar en la investigación, solo tiene que enviar una comunicación y nuestros recursos son suyos!”

Uno a uno, delegados de todos los planetas apoyaron la oferta del Jopitariano, repitiendo el discurso y reemplazando su lugar de origen. Un delegado, un tipo grande de piel roja y ojos azules fue aun mas lejos, se puso de pie al salto y exclamó:

“Si va a haber una refriega, nosotros, habitantes de Mharz ¡demandamos participar!” Hul Jok caminó hasta él y palmeó al Mharziano en el hombro.

“¡Aho!” rió. “¡Uno como yo! ¡Hermano, he contemplado la posibilidad que naves y guerreros de todos los planetas deberán ser convocados antes que este asunto haya concluido!”

Parece una crueldad, lo sé, ¿pero qué mas podíamos hacer? A partir de ese momento, el Lunariano cautivo fue sometido a todo tipo de extraños y aterradoras pruebas. Venenos, ácidos, nada tenía efecto en él, según pudo comprobar Vir Dax. Los instrumentos cortantes lo herían, pero no permanentemente. Ya sabíamos que nuestros Blaster no tenia efecto en ellos, y eran las armas mas mortíferas que teníamos.

¡A Ron Ti se le estaban acabando las ideas! Dos años pasaron en Venhez, y seguíamos sin progreso alguno. Entonces, una chica resolvió el único problema que nunca había podido resolver por sí mismo.

Ron Ti tenia pareja, como cualquier otra persona en Venhez, y ella, completamente comprometida con sus ideales y ambiciones, con una empatía y capacidad de comprensión propia de las doncellas de Venhez, tenía acceso total al taller donde él trabajaba y estudiaba para beneficio de su planeta.

Un día que ella lo vio completamente perplejo por sus investigaciones, sin decir nada se retiró y regresó poco después con su mas grande tesoro entre sus manos, era un instrumento de muchas cuerdas, con el cual empezó a producir hermosas melodías, con la esperanza de que así pudiera aliviar la perturbada mente de su amante.

Su melodía tenia un compás precioso, y cuando sonó por primera vez, el Lunariano se retorció. ¡Cuando el compás se repitió éste lanzó un aullido! Y fue entonces que Ron Ti comprendió, en un repentino ataque de claridad lo que sucedía.

“¡Armonía!” gritó contento. “¡La Cosa amorfa es de naturaleza disonante!”

 Nunca hubo una doncella mas orgullosa hasta entonces como la pareja de Ron Ti. Había podido afectar a la criatura de alguna manera, lo había herido de seriedad. Así que una y otra vez tuvo que tocar ese mismo compás y al cabo de unos minutos, el Lunariano quedó tendido boca abajo, retorciéndose de dolor y aullando enloquecido.

“Suficiente, Alu Rai,” ordenó Ron luego de contemplar la miseria del cautivo por algún tiempo. “¡Le has prestado un servicio al universo! Ahora déjame solo que tengo que pensar. ¡Aquí esta el secreto del arma que purgará a ese mundo devastado de este infortunio!”

Una poderosa flota se dirigió hacia Therra, una expedición de rescate y represalia que jamas sera olvidada. En términos prácticos, todas las naves eran de apariencia similar, ya que el Torpedo del Ether había sido ampliamente reconocida como el tipo de nave mas eficiente para viajes interespaciales. Incluso los Therranos las habian utilizado antes de ser subyugados, de hecho Jon el Therrano nos contó que los Lunarianos tenían una gran flota de ellas almacenadas, listas para desplegarlas el día que finalmente decidan invadir otro mundo. Pero, como también nos había contado, los Lunarianos no se irían de Therra hasta que no hubieran drenado sus recursos por completo y que para viajar dentro del planeta utilizaban sus globos de Selenio, por que aparentemente les resultaban mas prácticos, eran impulsados por su fuerza de voluntad, en cambio los grandiosos Torpedos del Ether funcionaba con métodos estrictamente mecánicos.

Naturalmente, los Torpedos del Ether de los distintos planetas variaban ligeramente en su diseño, por ejemplo, los de Venhez tenían la cabina de mando en forma cilíndrica, que iba desde el medio hasta la popa, la nariz de la nave era puntiaguda y se estrechaba hasta la mitad del ancho nominal de la nave, el de la cintura, nuestros Blasters-Ak eran largos, delgados y revestidos en cobre. Los Torpedos del Ether de Mharz eran de un color rojo chillón, con la nariz chata, con la popa redondeada, y Blasters- Ak cortos y gruesos; su cabina de mando pasaban del medio de la nave, y tenía forma octogonal. Pero ¿para qué explayarme sobre esto? De seguro los diseños de los distintos Torpedos son bien conocidos en los distintos planetas.

Y, por supuesto, cada nave portaba el símbolo de sus planeta de origen. Las naves Mharzianas blandían El Dardo Infinito en dorado, y las nuestras portaban la Cruz Infinita, pero los símbolos de cada mundo también son bastante conocidos como para explayarme en estas descripciones.

Ron Ti y Hul Jok estaban al mando de todo el escuadrón, aunque los comandantes de guerra de todos los mundos estaban bien informados sobre el cuidadoso plan de ataque. Todos los Torpedos del Ether estaban equipados con algo mas que los Blasters-Ak, sobre las torres de mando habían montado un nuevo dispositivo que consistía en un tubo muy grande, mas grande que la sirena y terminaba en una especie de hocico con cinco pequeños tubos.

Era una noche oscura en Therra cuando llegamos. Esperamos hasta que saliera la débil y enfermiza luz del día para comenzar las operaciones.

Nos separamos, surcamos el aire hasta llegar a la gran planicie ovalada. Para nuestra fortuna fue nuestra nave la que llegó primero, y al llegar vi como los ojos de Hul Jok resplandecían con una ira jubilosa, si es que se puede describir una emoción de manera tan contradictoria. Intercambio miradas con Ron Ti y asintió.

Ron Ti obedeció y bajo una palanca. Un descomunal y espantoso estruendo sacudió el aire con su rugido. A lo lejos, desde el norte, llegó un sonido similar. Desde el este, el mismo sonido llego hasta nuestros oídos, respondido a su vez por otro desde el lejano este. Desde el sur también llego una algarabía en respuesta, fue entonces que comprendimos que todo Therra estaba cubierto por naves Torpedos de la Flota Expedicionaria.

Lenta pero deliberadamente, empezamos a dar vueltas alrededor de ese valle infernal. Pero al cabo de tiempo, los tubos cambiaron del odioso aullido y pasaron a tocar la dulce melodía que había desarrollado Alu Rai, la amante de Ron Ti, que había atormentado tanta al Lunariano cautivo.

La melodía se repetía una y otra vez, pero nada sucedía. Esta era la idea de Ron Ti, pero me empece a preguntar si de alguna forma no se había equivocado. ¿Y si no afectaba a todos los Lunarianos de la misma manera? ¡En ese caso, no solo la expedición estaba condenada al fracaso, sino que Ron Ti seria el hazmereir en muchos mundos!¡ Y los Venhezianos no podríamos siquiera caminar con la frente en alto!

Pero Ron Ti sonreía, y una expresión de confianza atravesaba el feroz rostro de Hul Jok, una feroz expectativa, y yo, yo solo esperaba, curioso, aun con esperanzas.

Desde la plataforma rocosa salió disparado, tan rápido que apenas pudimos verlo, un globo iridiscente, se elevó diagonalmente en dirección a nuestro Torpedo, Ron toco algo y el sonido de la música se hizo aun mas claro y la melodía aun mas dulce.

Apenas estuvo en rango, el globo abrió fuego y descargo una cadena de espectaculares descargas eléctricas contra nuestra nave, no dejo de disparar y descargar mientras nosotros respondíamos solo con nuestra melodía.

 El globo se arrojó hacia la nave hasta quedar muy cerca, justo delante del Blaster-Ak que yo controlaba.

La burbuja Lunariana estaba a unos treinta metros en ese instante, y al igual que una burbuja, se desvanecía de manera incontinente. Como siempre, aunque pudiéramos destruir los globos de Selenio, los demoníacos Lunarianos permanecían intactos, lo que me hizo emitir iracundas profanidades ante semejante decepción.

Pero Hul Jok sonrió, y Ron Ti asintió en un intento de contenerme y consolarme:

“¡Espera!”

Y así lo hice. ¿Qué mas podía hacer? Para ese entonces el mismo juego se estaba jugando en todo Therra.

Los Lunarianos salían frenéticamente de sus hogares, enloquecidos por la melodía y dentro de sus globos disparaban rayos a diestra y siniestra hacia nuestras naves Torpedos que eran inmunes ante ese tipo de ataque.

Sin embargo, estábamos empatados, sus armas no podían dañarnos pero lo único que podíamos hacer era reventar sus globos ya que ellos salían de la explosión sin un rasguño y caían flotando al suelo, sin verse afectados por los Blasters-Ak.

Y así, durante tres días y tres noches continuó la inútil batalla, hasta la mañana del cuarto día en la que asumimos que se habían quedado sin globos de Selenio.

Durante los siguientes dos días y dos noches nadie volvió a ver uno. Pero durante esos dos días seguimos tocando la música una y otra vez hasta que toda Therra vibraba con las ondas de sonido.

La mañana siguiente, tuvimos una prueba mas que concisa, los Lunarianos habían tenido suficiente y ya no podía tolerar ese sufrimiento. Un Torpedo del Ether de un modelo muy distinto a cualquiera de los que había visto alguna vez, despegó a una velocidad increíble y embistió a una nave Sathorniana que agarró desprevenida, la agarró en pleno vuelo y la hizo pedazos, aunque fue rápidamente destruida por los Blasters-Ak de una nave Markhuriana. No pudimos salvar a la tripulación de la desafortunada nave pero fueron debidamente vengados.

Presenciamos el ataque y Mor Ag gritó sorprendido.

“Ese Torpedo del Ether, a pesar de su velocidad, es un modelo antiguo,” afirmó con excitación, y Hul Jok asintió.

“Nuestra Señora del Amor afirma que sus Blasters-Ak también son modelos antiguos,” dijo casi riendo. “Si es así, sus vibraciones son demasiado largas y la amplitud de las ondas demasiado cortas para afectar la estructura de metal Berulio de la cual están hechas nuestras naves.”

Pusimos a prueba esa teoría momentos después.

Podíamos destruir sus modelos antiguos de nave sin problemas y tomarnos nuestro tiempo en hacerlo pero ¿con qué propósito? Nos dejaría con el mismo problema. Los Lunarianos, con sus poderes de levitación, descenderían tranquilamente a la superficie y seguirían habitando Therra, infestandola como la diabólica plaga que eran.

Pero los avanzados cerebros de Ron Ti y Hul Jok habían trazado un elaborado plan, en el que ademas de seguir enloqueciendo a los Lunarianos con la música y evitar colisionar con sus naves Torpedos (algo que no era nada sencillo dado su velocidad), nuestra expedición debía abstenerse de utilizar los Blasters-Ak hasta que los Lunarianos lleguen a la misma conclusión que nuestros maestros estrategas quieren que lleguen eventualmente, que de alguna manera nos hemos quedado sin municiones vibratorias.

Finalmente, una mañana fuimos victimas de una ataque coordinado. Las naves antiguas salieron de todas partes, y nosotros huimos. Al descubrir que sus Blasters-Ak no surtían efecto ya que nos protegían las placas de Berulio, cambiaron a descargas eléctricas, y fue en esta incesante persecución que los hicimos salir de la atmósfera Therrana y entrar en el gran Océano de Ether Espacial.

Seguimos tocando la música que les enloquecía ya que actuaba como incentivo para que siguieran persiguiéndonos, la ira los había hecho descuidarse ante cualquier peligro. Y como venía sucediendo, mientras huíamos de ellos, reíamos a carcajadas.

¡Una vez que alcanzamos los ocho millones de kilómetros de la superficie de Therra, dejamos de huir!

Desplegados a lo largo y ancho, en linea curva, esperamos su llegada, y apenas estuvieron en rango, cada una de nuestras naves Torpedo comenzó a girar sobre su eje transversal para darle margen a cada Blaster-Ak de disparar.

¡Aunque no pudiéramos dañar a los Lunarianos, muy pronto los dejamos sin protección, al descubierto en el frio mortal del espacio exterior, sus formas conservaban la estructura pero a la vez estaban expuestas a la tremenda presión del Ether!

Comprimía sus cuerpos como si fuera la propia densidad. Al no tener defensa alguna, instintivamente se acercaron unos a otros, y la presión del Ether hizo el resto.

¡Se habían fundido en una sola masa por lo que aprovechamos ese momento para bombardearlos con los Blasters-Ak hasta que no quedo nada!

¡Y así fue como los Señores del Lado Oscuro encontraron su final, lo único que quedo de ellos siguió flotando como una lluvia de pequeñas chispas rojos que lentamente iban desapareciendo o quemándose en la profundidad de la Noche Abismal!

Ron Ti hizo una reverencia ante el gran Poder que nos había permitido ser el instrumento de Su venganza, blandiendo en el aire frente a él la Cruz Infinita, símbolo de la Vida.

“Como había sospechado,” dijo seriamente, “no tenían alma. No tenían nada mas que forma y vitalidad, mente y voluntad, una forma de vida del mas bajo orden, no hecho para perdurar. Las chispas rojas son la prueba de eso ya que, incluso los que se quemaron, han regresado a un Mar de Energía Sin Indiferente. Nuestro trabajo ha terminado. Dejemos que Therra se recupere sola. Esa maravillosa raza Therrana volverá a sembrar las bases de la civilización mas grande que su mundo ha visto jamas.”

Fin.

En el bosque de Villafère

Por Robert E. Howard

El sol se había puesto. Sombras gigantes avanzaban sobre el bosque dando grandes zancadas . Era un crepúsculo extraño, en uno de los últimos días de verano, vi el sendero perderse entre los poderosos arboles y desaparecer. Me estremecí y miré temerosamente sobre mi hombro. Kilómetros detrás estaba la aldea mas cercana, kilómetros por delante, la siguiente.

Miré hacia ambos lados mientras avanzaba, hasta que de repente miré hacia atrás. Me detuve en seco, tomé mi espada, mientras el sonido de una rama me alertaba del andar de una pequeña alimaña. ¿Era una bestia acaso?

Pero el sendero continuaba y yo también, ya que para ser sincero, no tenía nada mejor que hacer.

Mientras avanzaba, reflexionaba, “mis propios pensamientos me traicionaran, si no permanezco atento. ¿Qué hay en este bosque mas allá de las criaturas que lo habitan, ciervos y animales de ese tipo? Nada, ¡estúpidas leyendas de los habitantes de la aldea!”

Y así avance, y el crepúsculo se convirtió en ocaso. Las estrellas empezaron a parpadear y las hojas de los arboles a murmurar ante la leve brisa. Entonces me detuve, espada en mano, ya que justo enfrente, donde el camino hace una curva, alguien estaba cantando. No pude distinguir las palabras, pero el acento era extraño, casi barbárico.

Me pare detrás un árbol grande, y el sudor frio invadió mi frente. Entonces el cantante salió a luz, un hombre alto y delgado, difuso a la luz del crepúsculo. Me encogí de hombros. No le temía a un hombre. Salí de mi escondite blandiendo mi espada.

“¡Alto ahí!”

No se mostró sorprendido. “Le suplico tenga cuidado con su espada, amigo,” me dijo.

Un poco avergonzado, baje mi espada.

“Soy nuevo en este bosque,” dije arrepentido, “he oído que hay bandidos. Le ruego me disculpe. ¿Conoce usted el camino a Villafère?”

“Corbleu, ha pasado usted de largo,” respondió. “Debería haber girado a la derecha en una bifurcación. De hecho, yo me dirijo hacia allá. Si le interesa acompañarme, lo guiare.”

Dude. ¿Pero por qué habría de dudar?

“Pero si, claro. Mi nombre es de Montour, de Normandia.”

“Y yo soy Carolous le Loup.”

“¡No!” Retrocedí.

Me miró desconcertado.

“Disculpe,” le dije, “el nombre es extraño. ¿Qué acaso loup no significa lobo?”

“En mi familia siempre ha habido grandes cazadores,” contestó. No me ofreció la mano.

“Perdone que me quede mirándolo,” mientras bajábamos por el sendero, “pero es que apenas puedo verle el rostro con la luz del ocaso.”

Sentí que se estaba riendo pero no lo escuché emitir ni un sonido.

“Hay poco que ver,” respondió.

Me acerqué un poco y entonces pegué un salto hacia atrás y sentí que se me erizaba el cabello.

“¡Una mascara!” exclamé. ¿Por qué lleva puesta una mascara, monsieur?”

“Es un voto,” exclamó. “Cuando escapaba de una jauría de perros hice una promesa, si lograba escapar llevaría una mascara por cierto tiempo.”

“¿Perros, monsieu?

“Lobos, respondió rápidamente; “dije lobos.”

Caminamos en silencio por un tiempo, entonces mi compañero dijo, “me sorprende que camine por estos bosques de noche. Pocas personas vienen por estos lados, ni siquiera de día.”

“Tengo prisa por llegar a la frontera,” contesté. “Se ha firmado un tratado con los ingleses, y el Duque de Borgoña debe saberlo. Los aldeanos han intentado disuadirme. Me hablaron de… un lobo que supuestamente ronda por estos bosques.”

“Aquí se bifurca el camino hacia Villafère,” dijo, y vi un pasaje angosto y serpenteante que no había visto la primera vez. Era un tramo completamente sumido en la oscuridad del bosque. Me estremecí.

“¿Desea regresar a la aldea?”

“¡No!” exclamé. “¡No, no! Adelante, guíeme.”

El pasaje era tan angosto que caminamos en fila, el iba adelante. Le di un buen vistazo. Era alto, mucho mas alto que yo, y delgado, muy delgado. Su vestimenta tenia una fuerte impronta española. Una espada larga colgaba de su cintura. Caminaba dando zancadas grandes y tranquilas, casi sin hacer ruido.

Asumí que era francés, aunque tenia un acento muy extraño, que no era francés, ni español ni inglés, o de ningún idioma que yo haya oído jamas. Algunas palabras las arrastraba de forma extraña y otras directamente no podía pronunciarlas.

“¿Este sendero se utiliza a menudo verdad?” pregunté.

“No la usan muchos,” respondió y rió silenciosamente. Me estremecí. Estaba muy oscuro y las hojas susurraban entre las ramas.

“Algo malvado acecha en este bosque,” dije.

“Eso es lo que los campesinos dicen,” respondió, “pero yo deambulo por él a menudo y jamas he visto su rostro.”

Entonces empezó a hablar de criaturas extrañas de la oscuridad, la luna se elevaba en el cielo y las sombras se deslizaban entre los arboles. Levanto la vista hacia la luna.

“¡De prisa!”dijo. “Debemos llegar a nuestro destino antes de que la luna llegue a su cenit.”

Apresuró el paso.

“Dicen,” le dije, “que un hombre lobo acecha en estos bosques.”

“Puede ser,” dijo y discutimos mucho sobre este tema.

Me dijo, “las viejas dicen que si un hombre lobo es asesinado en su forma de lobo, entonces morirá, pero si lo asesinan en su forma humana, entonces su media-alma acechará a su asesino para siempre. Pero apresúrese, la luna ya casi esta en su punto mas alto.”

Llegamos a un pequeño claro iluminado por la luz de la luna, el extraño se detuvo.

“Detengamosnos aquí por un momento,” dijo.

“No, vamonos,” insistí, “este lugar no me gusta para nada.”

Se rió sin emitir sonido alguno. “¿Por qué?”, dijo. “Es un lindo claro. Es tan bueno como cualquier otro salón de banquetes, he asistido a muchos banquetes en este lugar. ¡Ja Ja Ja! Mira, te enseñare una danza.” Y comenzó a saltar de aquí para allá, se detuvo a mirarme girando la cabeza hacia mí riendo silenciosamente. Aquí pensé, este hombre se ha vuelto loco.

Mientras realizaba su extraña danza miré a mi alrededor. El sendero no continuaba sino que terminaba en este claro.

“Vamos,” le dije, “debemos continuar. ¿Acaso no sientes esa esencia fétida y nauseabunda que impregna este claro? Es un cubil de lobos. Quizás estén cerca y a punto de saltar sobre nosotros en este instante.”

Se puso en cuatro patas, saltó mas alto que mi cabeza, y con un movimiento furtivo y extraño vino hacia mi.

“Esta danza se llama la Danza del Lobo,” dijo mientras mi cabellos se erizaban.

“¡Aléjate! Retrocedí, y lanzando un chillido cuyo eco me estremeció se lanzo hacia mí, y aunque su espada pendía de su cintura nunca la desenvaino. Me tomó del brazo cuando estaba a punto de desenvainar la mía y me arrojó de cabeza, lo arrastre conmigo y caímos juntos al suelo. Con mi mano libre le arranque la mascara. Un grito de terror escapó de mis labios. Los ojos de la bestia brillaban debajo de la mascara, sus colmillos blancos reflejaban la luz de la luna. Su rostro era el de un lobo.

En un instante esos colmillo estaban en mi garganta. Me quito la espada con la fuerza de sus garras. Le golpeé el horrible rostro de lobo con mis puños, pero sus mandíbulas se cerraron fuertemente sobre mi hombro, y sus garras sobre mi garganta. Entonces quede acostado sobre mi espalda. El mundo se desvanecía. A ciegas aseste un golpe. Mi mano cayo y se cerró automáticamente sobre la empuñadura de mi daga, una que no pude alcanzar antes. Saque la daga de mi cintura y lo apuñale. Lanzó un aullido terrible, semi-bestial. Entonces pude incorporarme y ponerme de pie. El hombre lobo yacía frente a mí.

Me detuve y levante la daga, entonces levante la vista. La luna estaba cerca de llegar al cenit. Si mataba a la cosa en su forma humana su aterrador espíritu me acecharía por siempre. Me senté y espere. La cosa me miraba con sus brillantes ojos de lobo. Sus miembros largos y delgados parecían encogerse, se encorvaban; el cabello empezaba a crecer. Temiendo lo peor, le arrebate a la cosa su espada y lo corte en pedazos. Entonces tiré la espada y huí de ese lugar.

FIN

  

Robert Ervin Howard (22 de enero de 1906 – 11 de junio de 1936) fue un escritor estadounidense, reconocido principalmente por ser el creador de numerosos personajes y relatos del género posteriormente conocido como Espada y Hechicería, de los cuales el mas reconocido es Conan de Cimmeria.
Fue amigo y confidente de H.P. Lovecraft, con quien colaboró aportando relatos a la inmensa mitología de Cthulhu.

Isla Amiga

Por Gertrude Barrows Bennett

Fue en la costa donde la conocí por primera vez, en uno de esas pequeñas y desgarbadas casas de té que frecuentan capaces pero empobrecidas marineras. Los impecables centros turísticos para ricos de la Unión de Mujeres Aviadoras no eran para gente como ella.

Con semblante rígido y bronceada por el viento y el sol, uno solo podía intentar adivinar su edad, pero me aventuró a decir que estoy en presencia de una superviviente de la edad de las turbinas y los motores a combustible, una verdadera mujer del mar de los tiempos de antaño en que la superioridad de las mujeres sobre los hombres apenas estaba siendo reconocida. En tiempos en los que, para enfatizar su victoria, las mujeres de todos los rangos eran mucho mas estrictas de lo que es necesario hoy en día.

Las jóvenes doncellas, pulcras y sonrientes, ingenieras y fogoneras de los grandes rodillos de aluminio, que a pesar de su profesión lucían muy prolijas con sus trenzas doradas, pantalones azules y toreras, miraban con recelo a reliquias con mirada endurecida de tiempos remotos, cuando éstas entraban y salían de la tienda.

Yo, sin embargo, que ignoraba sin pudor miradas similares sobre mí mismo, soy solo un hombre infiltrado en lugares frecuentados por el sexo que gobierna el mundo, tomé una silla y me senté junto a la veterana. Ordené una tetera llena, dos tazas y un plato de macarunes, y pusé mi rostro mas halagador. Es posible que mi interés y admiración no haya pasado desapercibido ni haya sido en vano. O que los macarunes y el té, ambos excelentes, hayan sido los que soltaron la lengua de la vieja mujer de mar. Cualquiera sea el caso, bajo cuidadoso interrogatorio, empezó a contar anécdotas que excedieron por mucho mis expectativas.

“Cuando era una muchacha,” empezó la marinera, “no existía nada de este lujo, esta pomposidad y glamour que hay sobre el mar. Navegábamos con aceite y combustible. Si nos fallaba, no quedaba otra que echar el aro de goma y a remontar la ola.”

Se refería a la antigua práctica de colocar una especie de neumático llamado salvavidas debajo de los brazos, en caso de que ocurriera ese terrible desastre, ahora muy inusual, que llamaban naufragio.

“En esos días, aun existían muchos hombres lo suficientemente valientes para unirse a nuestras tripulaciones. Y he conocido casos,” agregó con condescendencia, “en que gracias a los músculos de esos hombres algunas pobres marineras llegaron a la costa a salvo y que sin ellos se las habrían comido los tiburones. Ah, no creas que estoy en contra de los hombres, en absoluto. No apruebo el hecho de se los consienta tanto. Hay tanto discurso hoy en día sobre que el hombre solo sirve para llevar y traer y hacer tareas de cuidado en las guarderías. A mi parecer, un hombre que no tenga la templanza de una mujer no esta capacitado para engendrar hijos y mucho menos criarlos. Pero eso no sucede en ningún lado. Mi tiempo ha pasado, lo sé, o no estaría aquí sentada chismoseando contigo muchacho, junto a una tetera vacía”

Entendí la indirecta, rellené las tazas y mientras masticaba su catorceavo macarun retomó la historia.

“Hay un viaje que nunca olvidare, aunque viva para ser tan vieja como la capitana Mary Barnacle del Shouter. Fue a bordo de la vieja Shouter que este viaje ocurrió, y fue su ultimo viaje al igual que el de la capitana Mary. La capitana estaba ya bastante senil, me pareció misericordioso que se fuera de esa manera, a descansar en agua salada como corresponde.”

“Recuerdo la travesía por la capitana Mary, pero lo recuerdo mas porque fue entonces que sucedió, lo mas cerca que estuve de comprometerme en matrimonio en toda mi vida. Para ser hombre, tenía valor, era casi tan sociable como cualquier otro hombre que hubiese conocido, y si no hubiese sido por un pequeño evento que expuso su… su hombría, de una manera que no pude tolerar. Imagino que estaría manteniendo mi casa en orden en estos momentos.”

*

“Zarpamos de Frisco con un cargamento de enaguas de seda hacia Brisbane. A la capitana Mary siempre le gustaron las enaguas. Los bombachones de cuero o incluso las polleras medias le hubieran sido mas rentables, ya que tenían mas demandas, pero la Capitana Mary era dueña de tres cuartas partes del cargamento y decía que las mujeres de tierra firme deberían comprar enaguas y que si no lo hicieran no seria culpa de nuestro Señor ni suya por no proveerselas.”

“Zarpamos en un buen día, lo cual era una buena señal, o lo era, por ese entonces el clima y los mares o Dios eran elementos a considerar para el transito de la humanidad. Apenas dos días de zarpar nos encontramos con un remolino, un vendaval espantoso que de un cachetazo desvió a la vieja Shouter  de su curso. Aunque era una nave robusta. Muy distintas a las naves actuales, livianas, impulsadas a gas, con cascos hechos de aleaciones de aluminio del espesor de una hoja de papel, ésta era de aluminio reforzado de punta a punta. Su turbina la condujo a través de la ola a una velocidad de 45 nudos, que era una velocidad impresionante para un carguero de esos días.”

“Pero esa noche, mientras atravesabamos las verdes y espumosas olas, algo desconocido sucedió ahi abajo.”

“Yo estaba resguardada bajo cubierta, buscando un sujetador de cabello que había perdido en alguna parte esa tarde. Era un sujetador dorado, y ya que el oro era escaso cuando era niña lo valoraba bastante, por supuesto. De pronto, sentí que la Shouter dio un salto bajo mis pies como un aeroplano golpeado por un proyectil en pleno vuelo. Empezó a sacudirse fuertemente por un segundo, de forma aterradora. Entonces, con el sonido del final inminente en mis oídos, me sentí navegando a través del aire directo hacia las fauces mismas del impresionante vendaval. Al caer sobre la monstruosa y gigantesca ola se me taparon los oídos pero creí escuchar una chapuzón cerca mio. Flotando hacia mí, venia uno de esos cofres térmicos para el hielo, hermético y una novedad en esa época. Vacío y sellado herméticamente, ese cofre para hielo funcionó como el mejor salvavidas que una mujer podría desear en un momento como ese. Media como tres metros cuadrados y flotaba en lo alto de la feroz ola. Una vez que me subí al cofre luché por mantenerme a flote, me aferré a la manija y busqué expectante por si alguna de mis compañeras salía a flote. Algo que nunca sucedió, y por una buena razón, la Shouter había estallado y se había hundido; las enaguas, la capitana Mary, todo.”

“¿Qué causó la explosión?” le pregunté.

“Solo el Señor y la capitana Mary podrían explicarlo,” respondió religiosamente.

“Además del aceite de las turbinas, llevaba combustible para sus motores alternativos, y probablemente fue la causa de su final tan repentino.”

“De todas formas, lo único que volví a ver de ella fue el cofre de hielo vacío que la Providencia me había aventado por la cabeza. Me senté sobre ella y floté, y floté y me quede ahí sentada, tarde o temprano la tormenta se termino disipando, el sol volvió a brillar, eso fue la mañana siguiente, y me pude secar el cabello y reponerme . Era una joven muchacha entonces, y bastante atractiva. No quería morir, no mas que tu en este momento. Mi única esperanza era rezar por tierra firme. Hacia la tarde vi con seguridad lo que parecía ser una mancha asomando en el horizonte. Al principio pensé que era un carguero a gas, pero luego descubrí que era una pequeña isla, ahí sola en el gran océano pacifico.”

“Ahora si, este si es un golpe de suerte, pensé, abandoné el cofre para hielo, dado que estaba vacío y yo no tenía hielo para llenarlo, ya no tenía utilidad para mi.  Me aventuré y nadé por mas de un kilómetro hasta que hice pie en tierra firme por primera vez en casi tres días.”

“Era una tierra bella, aunque desprovista de vida humana como un iceberg en el Ártico.”

“Había aterrizado en una resplandeciente playa blanca que ascendía hasta un pequeño bosque de adorables palmeras ondulantes. Sobre ellas pude ver la ladera de una colina tan alta y tan verde que me recordaba a mi antiguo pueblo natal, cerca del Lago Couquomgomoc en Maine. El lugar entero parecía sonreírme cada vez mas. Las palmeras se ondulaban y mecían por la dulce brisa, como si quisieran decir “ponte cómoda y siéntete como en casa. Te hemos esperado por mucho tiempo.” Grité, estaba tan feliz que ser bienvenida. Era una joven muchacha entonces, y muy sensible a cómo las personas me trataban. Te ríes ahora, pero espera a ver sí tenía o no sentido que me sintiera de esa manera.”

“Me incorporé y sequé mi ropa y mi largo y suave cabello de nuevo, y bien valía la pena secármelo ya que tenía mucho mas de lo que tengo ahora. Después de haber caminado un tramo llegue a un pequeño sendero que serpenteaba a través del bosque salvaje.”

“Aquí, pensé, esto luce como hecho por alguien. Me pregunté si serían civilizados o salvajes. Avance por el sendero hasta que terminó abruptamente en un amplio circulo de hierba verde, con un pequeño manantial de agua cristalina. Y lo primero que noté fue un trozo de tabla blanca clavado a la palmera cerca del manantial. Bebi un buen trago de ese manantial, porque créeme que estaba sedienta, y entonces fui a ver la tabla. Evidentemente la habían arrancado de una caja de madera para embalar, y las letras estaban rústicamente impresas con un lápiz de grafito.”

“Que el sielo te ayude quien quiera que seas,” leí. “Algo no esta bie con esta isla . Me voy a arriesga nadando. Tu también debería. Adió. Nelson Smith.” Eso decía, pero la ortografía era sencillamente horrible. Parecía bastante nueva y reciente, como si no hubiesen pasado mas de unas horas desde que Nelson Smith había escrito y clavado eso ahí.

“Bueno, luego de leer esa extraña advertencia empecé a tener un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. Si, temblé como si tuviese fiebre, aunque el ardiente sol del trópico me estaba consumiendo junto con la tabla de la advertencia.” “¿Qué había asustado tanto a Nelson Smith que había tenido que huir nadando? Miré a mi alrededor con mucha cautela y cuidado, pero no pude identificar nada que pudiera representar una amenaza. Y las palmeras y la hierba verde y las flores seguían  sonriendo con una actitud pacífica y amistosa. “Siéntete como en tu casa” estaba escrito por todo el lugar con letras mas claras que las escritas con lápiz de grafito sobre la tabla.”

“Muy pronto, con toda esa calma y tranquilidad y todo, el escalofrío me abandonó. Entonces pensé, “bueno, para estar seguro, esta persona Smith era solo un hombre ordinario, y probablemente solo se puso nervioso por estar tan solo. Seguramente solo se imagino cosas que no eran. Es una lastima que se haya ahogado antes que llegara, aunque probablemente hubiese sido una compañía muy pobre. Por lo que se de él, creo que es un hombre de educación muy corriente.”

“Así que decidí aprovechar al máximo mi estadía, y eso fue lo que hice durante las semanas siguientes. Junto al manantial había una cueva, seca como caja de bizcochos, con un lindo suelo de arena blanca. Nelson había vivido ahí también, se notaba por la basura que había dejado, latas vacías, trozos de periódicos y cosas así. Empecé llamándolo Nelson en mi cabeza, y luego Nelly, empecé a pensar si habría sido de piel oscura o clara, y como habría llegado a naufragar aquí, tan solo, y qué extraños eventos le habían conducido a su final. Limpie la cueva. Se había comido todas sus provisiones enlatadas, independientemente a como las había obtenido en primer lugar, pero esto no era importante. Esa isla era generosa. Leche de coco, bayas dulces, huevos de tortuga y alimentos similares eran mi dieta diaria.”

“Por aproximadamente tres semanas, el sol brillaba cada día, las aves cantaban y los monos parloteaban. Eramos todos una gran familia feliz, y mientras mas exploraba la isla mas me gustaba la compañía que tenía. La tierra se extendía por aproximadamente 15 kilómetros de costa a costa y no había un centímetro que no estuviese limpio y hermoso como un parque privado.”

“Desde la cima de la colina se veía el océano, kilómetros y kilómetros de agua azul, sin señales de embarcaciones gaseras o siquiera esos pequeños botes del gobierno. Esos botes iba a casi todas partes para evitar que algo bloqueara una vía marítima y ese tipo de cosas. Pero sabía que esta isla estaba a mas de doscientos kilómetros de los cursos tradicionales de navegación así que podrían tardar muchos días en enviar un rescate. La cima de la colina, como descubrí la primera vez que la escale, era un cráter erosionado. Así fue como supe que la isla había sido volcánica alguna vez, una de las tantas que se ven en los mares entre Capricornio y Cáncer.”

“Por todos lados, en las laderas de la colina y a través de la frondosa jungla, encontraba grandes cúmulos de roca, que deben haber salido de ese cráter mucho tiempo atrás. Si había lava era tan antigua que estaba totalmente cubierta por vegetación. No podrías encontrarla sin una pala, algo que yo no tenia ni quería tener.”

*

“Bueno, al principio fui feliz ya que las horas eran largas. Escalaba, deambulaba, nadaba y pasaba el tiempo en el agua, peinaba mi larga cabellera ya que afortunadamente no había perdido mi peineta ni el resto de mis sujetadores de cabello dorados. Con el pasar del tiempo me empece a sentir un poco sola. Algo curioso es, que es un sentimiento que cuando empieza, solo empeora mas y mas y tan rápido que te toma por sorpresa. Y ahí fue cuando los días empezaron a decaer. Tuvimos una ola de calor larga y agobiante como nunca había visto en una isla en medio del océano. Las nubes tapaban el sol desde la mañana hasta la noche. Incluso los pequeños monos y pericos que parecían tan llenos de vida, estaban deprimidos y somnolientos como si estuvieran enfermos. Lloré durante todo un día, y dejé que la lluvia me empapara de pies a cabeza, era la primera lluvia que habíamos tenido, y así permanecí incluso durante la noche, aunque si dormí en mi cueva. A la mañana siguiente, me levanté furiosa como un trueno, conmigo mismo y con el mundo.”

“Cuando miré el cielo, estaba cubierto de nubes negras. No podía oír nada que no fuera el rugir de la rompiente en las playas y el salvaje viento aullaba a través de las palmeras.” 

“Mientras estaba ahí parada, un pequeño mono rufián cayo de un rama casi sobre mi cabeza, tome una roca y se la arroje con ferocidad, “¡largate!¡pequeño salvaje bastardo!” Le grité y en ese instante un espeluznante destello de luz cegadora salió de la nada. Hubo un sonido largo como un crujido como si fuera un montón de petardos chinos explotando al mismo tiempo, y luego, sonó como si toda una flota de Shouters hubiese estallado al mismo tiempo.”

“Cuando me quise dar cuenta, estaba en el fondo de la cueva, intentando excavar en la roca con las uñas. Al recobrar la conciencia entendí que había sido solo un rayo, y al acercarme para cerciorarme la vi, una palmera tirada sobre el claro. Estaba hecha pedazos, el rayo la había partido al medio y el pequeño mono yacía debajo, pude ver la cola y las patas que asomaban.”

“Ahora, cuando fije la vista en esa pobre y devastada criatura que había tratado tan mal, me sentí terriblemente avergonzada. Me senté en el árbol destruido y pensé y pensé. Que agradecida debería haber estado. Estaba en una isla adorable, abundante, con agua y comida a mi gusto, cuando podría haber terminado en una árida roca donde moriría de hambre. Y así, pensando, una especie de sentimiento de paz me fue llenado poco a poco. Empece a sentirme cada vez mas contenta hasta casi ponerme a cantar y bailar de alegría.”

“Muy pronto me percaté de que el sol brillaba por primera vez esa semana. El viento había dejado de aullar, y el oleaje se había reducido a un suave murmullo en la playa. Me pareció un poco extraño, esa paz repentina, como la alegría de mi propio corazón después de la ira y la tormenta. Me levanté, con una sensación rara, y fui a ver si el mono había vuelto a la vida también, aunque fue una tontería porque podía verlo, estaba ahí todo aplastado y bastante muerto. Lo enterré bajo la raíz de un árbol, y mientras se me ocurrió algo, así de la nada.”

“Casi ni cuestione esa ocurrencia en absoluto. De alguna manera, al vivir ahí sola por tanto tiempo, era probable que mi intuición femenina natural se hubiese fortalecido mas que nunca, o eso pensé en ese momento. Entonces fui y arranque la tabla del pobre Nelson Smith, la saqué del árbol y la arroje al mar para que la oleada se la llevara. ¡Esa tabla era un insulto hacia mi isla!”

La mujer de mar hizó una pausa, sus ojos tenían una mirada perdida en la distancia. Era como si yo e incluso los macarunes y el té hubieramos desaparecido.

“¿Por qué pensaste eso?” le pregunté, para traerla de vuelta. “¿Cómo podría una isla sentirse insultada?”

Ella empezó, se pasó la mano por los ojos y a duras penas se sirvió otra taza de té.

“Porque,” dijo finalmente, engullendo un macarun en el aire, “porque esa isla en la que había naufragado, ¡tenía corazón!”

“Cuando yo estaba contenta, todo era brillo y felicidad. Estaba contenta cuando llegué, y me trató bien hasta que me puse cascarrabias, eso la hizo sentir mal. Me quería como a una amiga. Cuando le arroje la roca a ese pobre mono, se solidarizó con mi enojo y reaccionó con una ira parecida a la Dios y ¡mató a su propio hijo para complacerme! Pero la puso contenta apenas entendí lo equivocado de mis acciones. Nelson Smith estaba totalmente equivocado al decir que “algo no estaba bien con esta isla”, ya que era el mejor lugar en el que había estado jamas. Cuando desterré a esa tabla mentirosa, todas las aves empezaron a cantar como locas. Los cocos empezaron a caer por todos lados. Solo los monos parecían un poco tristes y estaban inmóviles, no me sorprendió. ¡Su propia madre había matado a uno de ellos para complacerme a mi!”

“ Después de eso empecé a hacer las cosas bien, a ser cuidadosa y considerada. Nombré a la isla Anita, sin saber su nombre correcto, o si acaso tenia alguno. Anita era un lindo nombre, y sonaba como un nombre típico de esa región del océano del sur. Anita y yo nos llevamos bastante bien desde ese día en adelante. Era un poco agotador estar siempre alegre y andar canturreando como un canario todo el día pero hice lo mejor que pude. Aun así, con todo el amor y gratitud que sentía por Anita, la compañía de una isla, sin importar lo compasiva que era, no se equipara con la de un ser humano. Aun me sentía sola, y había días en los que no podía mantener el cielo despejado, aunque debo decir que no hubieron mas tornados.”

“Creo que la isla lo entendió e intentó ayudarme con toda la abundancia y la buena energía que poseía la pobre. Sin embargo, mi corazón se sobresaltó maravillosamente cuando un día, vi algo borroso en el horizonte. Se empezó a acercar cada vez mas hasta que por fin pude entender de qué se trataba.”

“Un barco, claro,” le dije, “¿y la rescataron?”

“No era un barco,”negó la mujer de mar un poco impaciente. “¿puedes dejarme terminar de contar este rollo sin interrumpir con afirmaciones y preguntas tontas? ¡La cosa que se aproximaba venía tan rápido traído por la marea no era nada mas ni nada menos que otra isla!”

“Haces bien en quedar perplejo, así estaba yo cuando la vi. Probablemente mucho mas. No sabía por ese entonces lo que probablemente tu con todos tus estudios quizás sepas ahora, que las islas, a veces flotan. La base de la isla era un desordenado entramado de raíces y viejos viñedos sobre los que crecían nuevas plantas, a veces se despegan de la tierra principal arrancados por algún viento fuerte y se van de viaje, con una calma similar a los barcos a vapor de antaño. Esta era particularmente grande, debe haber medido cerca de tres kilómetros de costa a costa. Tenia sus palmeras y se veía llena de vida, como mi propia Anita y a veces me he preguntado si esta pieza que flotaba a la deriva alguna vez habría sido parte de mi isla, como una especie de hija quizás.”

“Sea lo que fuere, apenas la pieza flotante llego a una distancia mínima empece a escuchar alaridos humanos, había un hombre bailando de aquí para allá en la costa como si estuviera loco de remate. Al minuto siguiente, se zambullo en el pequeño tramo de agua que quedo entre nosotros y llego nadando hasta donde estaba yo.”

“Si, no era otra persona que el mismísimo Nelson Smith!”

“Lo supe al minuto de que puse mis ojos en él. Tenia la apariencia de no tener el mínimo criterio al igual que el hombre que escribió esa tabla y casi se suicido intentando huir de la mejor isla de todos los océanos. Estaba contento de haber vuelto, eso si, ya casi no le quedaban cocos en la isla flotante que lo había rescatado y prácticamente ningún huevo de tortuga. La escasez de comida es la forma mas segura de curar el miedo de un hombre a lo desconocido.”

 *

“Bueno para hacer mas corta la historia, Nelson Smith me contó que era aeronauta. En esos días, ser aeronauta no era lo mismo que ser aviadora hoy en día. Había peligros en el aire así como también en el mar, y él los había enfrentado a ambos. Su tanque de combustible tenía una fuga, así que cayó al agua cerca de Anita. Una o dos maletas de provisiones fue lo único que pudo salvar del lugar del accidente.”

“Ahora, como podrás adivinar, estaba lo suficientemente loca como para preguntarle que había asustado tanto a Nelson Smith como para que intentara cruzar a nado el Pacífico. Me contó una historia que encajaba bastante con la mía, solo que cuando llegó a la parte aterradora se cerró como una almeja, de esa forma exasperante que tienen algunos hombres. Dejé de insistir eventualmente para consentir su idiotez de hombre y empezamos a planear nuestra huida.”

“Anita se puso mal mientras hablábamos. Entendí como debía sentirse así que le explique que era muy necesario que volviéramos con nuestra especie. Si ambos nos quedábamos con ella probablemente habríamos peleado como perros y gatos y quizás hasta nos hubiésemos matado mutuamente de pura terquedad humana. Se alegró bastante después de esa charla, e incluso, creo que hasta se puso un poco ansiosa de que nos fuéramos. Tal era la ansiedad que cuando empezamos a prepararnos y a juntar provisiones para nuestro pequeño flotador, el cual habíamos anclado a la isla grande con un cable hecho de corteza trenzada, los frutos empezaron a caer por todos lados, y Nelson encontró mas nidos de tortuga en un día que lo que yo había encontrado en semanas.”

“Durante esos días me encariñe bastante con Nelson Smith. Era una buena compañía, y valiente, o de lo contrario no hubiese sido una aeronauta profesional, un trabajo considerado bastante rudo para mujeres ni hablar para un hombre. Aunque no tenía tanta educación como yo, era tranquilo y modesto sobre lo que sí sabía, no como algunos hombres que se jactan mas de cosas para nada fuera de lo ordinario.”

“En efecto, a veces pienso que hubiera pasado si Nelson y yo abandonábamos el aire y el mar juntos para asentarnos en algún tranquilo pueblo de Nueva Inglaterra para vivir del trabajo domestico después de escapar de esa isla, pero lo que pasó cuando nos íbamos cambió todo. Nunca, déjame decirte, me había engañado tanto un hombre hasta ese momento y en toda mi vida. Aprendí la lección y no volví a caer nunca mas.”

“Estábamos listos para irnos, y entonces una mañana, como un regalo de despedida de Anita vino un viento suave y favorable. Nelson y yo corrimos por la playa juntos, porque no queríamos que el flotador se fuera sin nosotros. Mientas corríamos con los brazos llenos de cocos, Nelson Smith se golpeó un dedo del pie descalzo con una roca afilada y cayo al suelo. No me percaté así que seguí corriendo.”

“Pero de repente el suelo empezó a temblar bajo mis pies, y el aire se lleno de un sonido extraño, como un chirrido o un gemido, como si la tierra misma estuviera sufriendo.”

“Me di vuelta rápidamente. Ahí estaba Nelson, sosteniendo su dedo sangrante con ambas manos y vociferando palabras tan horrendas que ninguna marinera decente osaría repetir ni volver a oír”

“¡Detente, detente!” le grité, pero fue demasiado tarde.

“Isla o no isla, ¡Anita era también una dama! Tenía un corazón noble pero sabía cómo reaccionar cuando se sentía insultada.”

“Con un temible y gigantesco rugido, ¡una columna de humo y llamas salió expulsada del corazón de Anita por el cráter de la colina y se elevó casi dos kilómetros por el aire!”


“Supongo que Nelson dejó de maldecir. No podría siquiera escucharse de todas formas. Anita estaba hablando ahora, con una lengua de fuego y rugidos que hubieran opacado a las mas brutales protestas de un continente.”

“Tomé a ese idiota de la mano y lo llevé corriendo al agua. Tuvimos que nadar bastante y muy duro para alcanzar a nuestra única esperanza; el flotador. Ninguna cuerda de corteza hubiera podido sostenerla contra la fuerte brisa que soplaba en esos momentos, en efecto había cortado sus amarras. Para cuando subimos a la isla grandes rocas caían por todos lados. No pudimos vernos por momentos debido a las nubes de ceniza gris.”

“Anita estaba tan furiosa que nos arrojaba rocas, y sinceramente creo que lo hacia intencionalmente. ¡No la culpo!”

“Por suerte para nosotros el viento era lo suficientemente fuerte y pronto estuvimos fuera de alcance.”

“¡Ahora entiendo!” le dije a Nelson, cuando pude quitarme gran parte de las cenizas de la boca y del cabello. “¡Con que esa fue la razón por la cual te fuiste repentinamente cuando estuviste ahí la primera vez! ¡Exasperaste a esa isla hasta que la pobre te expulsó!”

“Bueno,” dijo él, y no de forma tan humilde como me hubiese gustado que lo dijera, “¿cómo podría yo saber que la condenada isla era una dama?”

“Las acciones hablan mas fuertes que las palabras” le dije, “¡deberías haberte dado cuenta porque se comportaba como una dama!”

“¿Acaso los volcanes y el lanzamiento de rocas ardientes son propias de una dama?” me dijo. “¿O las serpientes?” La vez pasada me corte el pulgar con una lata, maldije un poco. ¡Muy poquito! ¿Y qué salió a atacarme desde todas las cuevas, desde cada grieta en cada roca, y desde cada manantial de agua de donde solía beber? ¡Serpientes! ¡Serpientes, las que quieras, grandes, pequeñas, verdes, rojas y azul cielo! ¿Qué podría haber hecho? Salte al agua, por supuesto. ¿Por qué no lo haría? Preferí nadar y ahogarme antes de quedarme a ser picado y tragado hasta la muerte. ¿Cómo podía yo saber que las serpientes que salieron de las rocas fueron a causa de mis palabrotas?”

“Claro cómo podías saber,” coincidí de manera sarcástica. “Algunas personas nunca reconocen a una dama hasta que se levanta y les avienta un ladrillo por la cabeza. Una advertencia, real, gentil y amable fueron las serpientes, ¡algo a lo que claramente no prestaste atención! ¡Debiera darte vergüenza, Nelly! Le dije, con semblante serio, “que una pequeña y decente isla como Anita no se pudiera asociar contigo de manera apacible, que heriste sus mas sagrados sentimientos con lenguaje que ninguna dama se quedaría a escuchar!”

“Nunca volví a ver a Anita. Quizás la explosión la hizo desaparecer de la faz del océano, explotó de la ira provocada por el vulgar y desagradable lenguaje de Nelson Smith. No lo sé. Salimos del flotador eventualmente, y perdí el rastro de Nelson apenas tuve la oportunidad cuando tocamos tierra en Frisco.”

“Me enseñó una lección. Los hombres y sus hombrías. Hasta el mejor de ellos no es lo suficientemente bueno para que una dama sacrifique su sensibilidad para soportarlo.”


“Nelson Smith pareció sentirse realmente mal cuando entendió que lo desaprobaba, y se disculpó. Pero no me interesaban las disculpas. ¡Nunca podría tolerarlo, no después de la manera en la que habló, en mi presencia y de mi pobre, y dulce amiga Anita!”

*

Yo estoy bien versado en aventuras del mar de todas las épocas. A través de la neblina del tiempo, he atestiguado con ojos envidiosos las salvajes travesías de trotamundos del mar que han viajado y deambulado y construido sus historias antes de que el sexo mas fuerte se consolidara, y desalojara al hombre de su heroico pedestal. He seguido, a lo largo de paginas impresas, las travesías de Odiseo. He quemado incienso para entrar en trance frente a las aventuras de Gulliver, y aborde maravillado la historia del un tal Munchausen, un Barón. ¡Pero por todos los cielos, solo eran hombres!

¿Podrá ser acaso que las mujeres nos superen en todo?

Humildemente incline la cabeza, y cuando me atreví a levantar la vista, la vieja marinera había partido, dejándome para que pudiera lamentarme por mis ídolos que habían sido ampliamente superados. ¡También me dejó una cuenta de macarunes y té de proporciones tan increíbles que en comparación me resultó sencillo creer en su historia!

No temas, Lo Nunca Visto

Por Gertrude Barrows Bennett

Estaba cenando con mi interesante amigo, Mark Jenkins, en un pequeño restaurante italiano cerca de la South Street. Fue un encuentro fortuito. Generalmente, Jenkis está muy ocupado para comprometerse a cenar con alguien. Mientras ingeríamos nuestra excesivamente condimentada comida y un vino tinto, agrio y aguado, me habló de los pequeños y extraños incidentes y aventuras de su profesión. Nada de vital importancia, claro. Jenkins no es la clase de detective que primero investiga y luego vomita reveladores y egocéntricos detalles de sus logros a cualquier conocido que le preste un oído, sin importar que tan ansiosos estén por escuchar sus historias.
Pero cuando le hable de algo que había visto en el periódico matinal, se rió. “ ¡Pobre viejo “Doc” Holt! Un vejete fascinante, para cualquiera que realmente lo conozca . Hemos sido amigos por años, desde que entré a la fuerza policial de la ciudad y salve a su joven asistente de ir a prisión por cargos falsos. Lo arrestaron por envenenar a ese muchacho, Ralph Peeler.”
“¿Por qué estás tan seguro de que no pudo estar implicado?” le pregunté.
Jenkins solo movió la cabeza y sonrió discretamente. “Tengo razones para creerlo” fue lo único que le pude sacar al respecto. “Pero” agregó, “la única razón por la que terminó siendo sospechoso en primer lugar es por el temor supersticioso de la gente ignorante que lo rodea. No entiendo porque vive en un lugar así. Estoy seguro de que no tiene la necesidad. El Doc tiene dinero. Es químico amateur y participa en varios proyectos de investigación, sospecho que si de algo es culpable es de “presumir”. Como resultado, todos juran que es hechicero y que mantiene una comunión prohibida con poderes invisibles. ¿Fumas?”
Jenkins me ofreció uno de sus buenos cigarros que siempre traía encima, el cual acepté, a la vez que le decía pensativamente “Un hombre no tiene derecho a jugar con las supersticiones de gente ignorante. Tarde o temprano, atrae problemas.”
“Y así fue. La gente jura por su madre que el Doctor vendía sus pociones de amor en público y sus venenos en secreto, y junto al hecho de que vivía tan cerca de… alguien, lo puso temporalmente en la mira como sospechoso. ¡Pero estoy hablando de mas, como de costumbre!”.
“Como de costumbre” le replique impaciente, “te sinceraste con la franqueza de un diplomático chino”.
Me miró con una entretenida sonrisa y se levantó de la mesa mirando su reloj. “Siento dejarte, Blaisdell, pero tengo que ver a Jimmy Brennan en diez minutos.”
Era evidente que ya no le interesaba mi compañía así que me quede sentado un tiempo mas después de su partida, momentos después emprendí el camino a mi hogar. Esas calles siempre me generaron una cierta fascinación, particularmente de noche. Son muy distintas a las del resto de la ciudad, de apariencia extranjera, con sus pequeñas tiendas andrajosas, siempre abiertas hasta altas horas de la noche, sus productos increíblemente baratos, exhibidos tanto dentro como fuera de la tienda, colgadas del frente y acomodadas en mesas sobre la vereda y hasta en la calle misma. Esta noche, sin embargo, ni la gente ni las mesas me resultaron atractivas. La mezcla de italianos, judíos y algunos negros, la mayoría sin sombreros, descuidados y poco higiénicos, me genero un poco de nauseas. Eran todos humanos, igual que yo. De alguna manera esa idea me desagradaba.
Esto me intrigaba, ya que tengo mas inclinación a empatizar con la pobreza que a señalarla, observé los rostros a mi paso. Nunca antes me había dado cuenta de lo estúpido, lo bestial, lo brutal que eran el semblante de los moradores de esta región. Llegue a estremecerme cuando un hombre harapiento, un hebreo de barba gris, me rozó al pasar junto a mi con su carreta.
Había un sensación de maldad en el aire, una advertencia sobre cosas de las que un hombre pulcro haría bien en mantenerse alejado. La sensación era tan fuerte que antes de recorrer dos cuadras empecé a sentirme físicamente enfermo. Luego se me ocurrió que esa copa de Chianti barato que había bebido quizás tenia algo que ver. ¿Quién sabe como fabricaban esa cosa?, ¿o si el jugo de uva siquiera formaba parte de esa asquerosa formula ? Aun así, dude sobre si era la verdadera causa de mi malestar.
Por naturaleza, soy una persona bastante susceptible e impresionable. De alguna manera, esta noche, este vecindario con sus sórdidas vistas y olores, me había caído mal.
Mi presentimiento se estaba convirtiendo en miedo real. No podía consentirlo. Solo hay una manera de lidiar con un temperamento imaginativo como el mio, vencer mis miedos. Si dejaba la South Street con ese pavor sin nombre sobre mis hombros, no podría volver a pasar por ahí sin volver a sentir ese miedo. Simplemente debo quedarme aquí hasta que se me pase, eso es todo.
Hice una pausa en la esquina frente a una pequeña droguería, andrajosa pero muy bien iluminada. Sus vidrieras resplandecían y sus jarros de exhibición de vidrio verde luminoso lo convertían en el punto mas brillante de la cuadra. Estaba cansado pero no quería entrar en ese lugar a descansar. Sabia que la compañía iba a ser similar a la de la andrajosa y pegagosa fuente de sodas. Estaba ahí parado cuando mis ojos se posaron sobre un cartel alargado blanco frente a mi, sus letras negras y rojas llamaron mi atención.
¡VEAN LO GRANDIOSO LO NUNCA VISTO!
¡Entren! ¡Te hablo a ti!
¡Entrada gratuita!
Un museo de falsedades, pensé, pero también pensé que si era un espectáculo de algún tipo podría sentarme por un rato, descansar y tratar de vencer esta creciente obsesión por un mal inexistente. Esa parte de la calle estaba casi desierta, y el lugar en sí probablemente estaría casi vacío también.
II
Entré, pero con cada paso mi sensación de pavor aumentaba. Temor a que, no lo sabía. Horror inexplicable, etéreo, me había atrapado como si fuera un red, cuyos hilos, al ser intangibles, sin razón de ser, me resultaba imposible sacudírmelos. No eran las personas esta vez. No había nadie cerca mio. Ahí, en la calle abierta e iluminada, sin visión o sonido de terror que me asediara, era la temblorosa victima de un miedo como nunca había sentido. Aun así no me rendiría.
Apreté los dientes y como luchando contra algún animal enfurecido, forcé mis pasos lentamente y camine por el corredor buscando la entrada. Justo en ese lugar no habían otras tiendas, pero si varias puertas a las cuales se accedía luego de atravesar varios tramos de escaleras de piedra con barandas de hierro. Elegí la del medio bajo el cartel. En ese vecindario hay museos, tiendas, y otros negocios comerciales que se hacen en residencias andrajosas como estas. Detrás de la puerta vidriada que había elegido, se veía una tenue luz rosáceo, pero en ambos lados las ventanas estaban completamente oscuras.
Intenté abrir la puerta, estaba sin cerrojo. Mientras la abría un grupo de italianos pasó por la calle debajo y los miré por encima de mi hombro. Estaban joviosamente vestidos, hombres, mujeres y niños, riendo y charlando entre ellos, probablemente iban camino a una boda o a alguna otra festividad.
Al pasar, uno de los hombres miró hacia arriba directo hacia mi e involuntariamente me encogí contra la puerta. Era un hombre joven, apuesto, de tez oscura, pero nunca en mi vida había visto un rostro que expresara de forma tan pura y descarada, la crueldad y la malicia. Nuestros ojos se encontraron y él pareció encenderse con brillo envilecedor, como si toda la maldad de su ser se hubiese concentrado en una mirada de odio puro.
Pasaron de largo, pero a cierta distancia pude ver que se volvía a observarme, con el mentón clavado al hombro, hasta que él y su grupo desaparecieron en la multitud de mercaderes en la calle.
Asqueado y aterrado por ese encuentro, aunque solo haya sido de miradas, tire mi cigarro a medio fumar y entré. Adentro, había un pequeño vestíbulo cuyo piso teselado estaba sucio por tantas pisadas que iban y venían. Podía sentir la arena bajo mis zapatos, lo cual me crispaba aun mas los nervios. La puerta interna estaba parcialmente abierta, al adentrarme pude ver un corredor, vacío y sucio donde me abrazó el agrio olor de la humedad, empobrecido, típico de estos antros de mala muerte. Detrás, una escalera cubierta por una andrajosa alfombra. Una lampara de gas brillaba tenuemente dentro un farol rosa, era la luz que se veía desde afuera.
La casa parecía estar completamente en silencio. De seguro, esto no era un lugar de entretenimiento de ningún tipo. Lo mas probable es que fuera una pensión y yo me había equivocado de entrada.
Para alivio mio, desde que entré a la morada, la agonía del terror sin sentido que me había invadido se había ido. Si pudiera entrar a algún lugar para sentarme y estar tranquilo, probablemente se iría para siempre. Determinado, estaba a punto de dejar el corredor para probar otra entrada cuando una de las muchas puertas que ocupaban los laterales se abrió repentinamente y un hombre se asomó.
¿Si? dijo, me miró animosamente sin el menor indicio de sorpresa por mi presencia en el lugar.
“Disculpe” respondí. “la puerta estaba abierta y entré a este lugar pensando que era la entrada de la exhibición de ¿cómo lo llaman? “Lo Grandioso Nunca Visto”. Lo que mencionan en el cartel largo y blanco. ¿Puede decirme qué puerta es la correcta?
“Claro que puedo”
Con esa breve respuesta se detuvo a mirarme nuevamente. Era un hombre alto, esbelto, un poco encorvado pero de un semblante muy distinguido. Estaba extrañamente bien vestido para ese vecindario, su rostro alargado impecablemente rasurado contrastaba, ya que aun cuando era de tez oscura y ojos tan negros como el carbón, sus abundantes cejas y su cabello eran de un color blanco platinado. Su edad debía superar los sesenta años.
Me cansé de que me observara. “Si sabe pero no me lo dirá, entonces olvídelo”, pareció molestarse así que me di vuelta para irme. Hasta que una tajante exclamación me detuvo.
“¡No!” dijo, “¡No, no! Discúlpeme por la pausa, no estaba dudando se lo aseguro. ¡Pensar que una persona, aunque sea una ha venido! Durante todo el día han pasado delante de mi cartel, han pasado pero no entraron por temor. Pero tú, tú eres diferente. No eres como esos campesinos extranjeros, temerosos e ignorantes. ¿Me pediste que te indicara la puerta correcta? ¡Es por aquí! ¡Aquí!
Golpeó el panel de la puerta que acababa de cerrar por lo que el agudo pero vacío sonido que hizo reverberó por toda la silenciosa casa.
Ahora, uno pensaría que después del pavor sin sentido que sentí en la calle, la extraña bienvenida de tan extraño individuo debería haber hecho resurgir el sentimiento y esta vez potenciado. Pero hay un emoción que es aun mas fuerte, hasta cierto punto, que el miedo. Este extraño sujeto despertó mi curiosidad. ¿Qué clase de museo tenía que la gente temía entrar a verlo? Nada realmente terrible, me imagino, o la policía ya lo habría clausurado. Por lo general, no soy una persona temerosa. Pregunte “entonces, ¿está ahí, verdad?” mientras avanzaba hacia él. “¿Acaso soy el único miembro de la audiencia? Esta va a ser una experiencia interesante” estaba casi riéndome para entonces.
“La mas interesante del mundo”, dijo el anciano, con una solemnidad que soslayaba la ligereza con la que me lo estaba tomando.
En ese momento abrió la puerta, entró y la cerró de nuevo, me la cerró en la cara. Me quede ahí parado. Los paneles, recuerdo, estaban originalmente pintados de blanco, pero ahora la pintura estaba descascarada y llena de burbujas, gris por el polvo y marcas de dedos sucios. De repente se me ocurrió que no tenía deseo alguno de entrar ahí. Lo que sea que hubiera detrás no podía ni remotamente valer tanto la pena, o de lo contrario no hubiera elegido semejante lugar para exhibirlo. Cuando el viejo se esfumó también lo hizo mi curiosidad, pero justo cuando me volteé para irme, la puerta se abrió y este artista tan singular asomo su rostro de cejas plateadas. Frunció el ceño impacientemente “¡Entre, entre!” gritó, retiró la cabeza de la puerta y la volvió a cerrar.
“Tiene algo ahí adentro que no quiere que se le escape”, fue la conclusión que saque, “bueno, difícilmente sea algo peligroso, y está tan ansioso que debería entrar, ahí voy”
Con eso en mente, tome la manija sucia de porcelana blanca y entré.
El cuarto al cual ingresé, no era ni muy grande ni estaba muy bien iluminado. No parecía un museo o un salón de espectáculos en absoluto. Al contrario, parecía estar configurado como un laboratorio muy bien equipado. El piso tenía una cubierta de linóleo, habían estanterías de vidrio en las paredes cuyos estantes estaban llenos de botellas, vasos de precipitados, de medición, y ese tipo de cosas. Sobre una mesa larga en una esquina reposaba lo que parecía un extraño tipo de cámara y sobre una mesa aun mas larga en el medio del cuarto había un gran anaquel lleno de botellas y tubos de ensayo y donde además estaba lleno de papeles, restos de vidrios y parafernalias varias que debido a mi ignorancia no pude identificar. Habían varios estantes de libros, algunas sillas simples de madera, y en la esquina un fregadero de hierro grande con agua corriente.
Mi anfitrión de cabello blanco y ojos negros me estaba esperando cerca de la mesa mas grande. Me señalo una de las sillas de madera con un dedo delgado y tembloroso, tembloroso por la edad o por el entusiasmo. “Siéntese, siéntese” No tenga miedo, esto le resultará interesante, ¡amigo mío! ¡No tema, no hay absolutamente nada que temer!”
Mientras decía eso, me miró fijamente a los ojos y con mas dureza que nunca. Pero el efecto de sus palabras tuvo el efecto inverso. En efecto, me senté, porque mis rodillas cedieron, pero si en el corredor de afuera mi temor se había disipado, ahora había regresado pero multiplicado por dos. Afuera del cuarto, la luz se había desvanecido, a un rosa sombrío, indefinido. Cuando eso sucedió pude percibir como el rostro de ese hombre era en realidad una mascara de pura maldad, de crueldad, de odio y un desprecio magistral. Ahora entendía el significado de mi miedo, cuyas advertencias no acate. Ahora entiendo que caí en la mismísima trampa de la cual mi anormal sensibilidad había tratado de salvarme.
III
Nuevamente, una lucha se desató dentro mío, me mordí el labio hasta que sangró, y una ceguera transitoria me abstrajo. Debió durar mas de lo que creí y el anciano debió haber estado todo ese tiempo hablando ya que cuando finalmente pude recuperar el control y prestar atención, escuchar y verlo, él estaba junto al fregadero, a unos tres metros de distancia, se dirigía a mi de una manera un tanto teatral, como si le hablara a la gran audiencia que esperaba tener y cuya ausencia había condenado.
“Y así,” decía, “me vi forzado a fabricar estas láminas con mucho cuidado, para representar genuinamente las tonalidades características de cada organismo por separado. Ahora, trabajar con cada tipo de color hace a las películas extremadamente sensibles. Sin dudas esta usted familiarizado en forma general con las exquisitas transparencias producidas por la fotografía a color hechas con una sola lamina.”
Hizo una pausa, y, en mi intento de actuar como un ser humano normal, hice una observación: “Vi unos lindos paisajes hechos de esa manera, la semana pasada en una muestra en el Franklin Hall.”
Frunció el ceño, y me hizo un gesto impaciente con la mano. “Esto sale mejor si no me interrumpe,” dijo, “la pausa era meramente con fines oratorios.”
Me retraje humildemente, mientras él volvía a su tono de voz original, fuerte y clara. Hubiese sido un gran expositor frente a una audiencia mucho mas grande, si tan solo no tuviera ese timbre de voz tan escalofriante. Pensar en eso me hizo volver a perderme un poco de la exposición y cuando la retome le escuche decir:
”Como he demostrado, la lámina original es la imagen final. Ahora, muchos de estos organismos son extremadamente difíciles de fotografiar, y la microfotografía a color es particularmente complicada. En consecuencia, arruinar una lámina pone a prueba la paciencia del fotógrafo. Son tan sensibles que la lampara rubí ordinaria de los cuartos oscuros los arruina al instante, y por lo tanto, deben ser desarrollados en la oscuridad o utilizando una luz especial que se produce interponiendo una delgada hoja de tejido de un tono particular de verde y amarillo entre la lampara y lámina, e incluso de esa manera a menudo se producen nubes. Ahora yo, como me resultó tan difícil manipular esos materiales, hice numerosos experimentos en vistas a descubrir algún material de un color que aporte al verde sin dejarlo desprovisto de toda su efectividad. Todo lo que probé resultaba igualmente inútil, pero seguí perseverando, hasta la semana pasada.”
Su voz cayo hasta un tono casi de confidencia, se inclinó hacia mi. Yo estaba helado de la nuca hasta los pies, aunque la cabeza me ardía, pero intente forzar una sonrisa que denotara apreciación.
“La semana pasada,” continuó en forma imponente, “hice llenar una receta en la droguería de la esquina. Me enviaron la botella a casa envuelta en un papel que a primera vista parecía ser un papel blanquecino ligeramente traslucido. Mas tarde determiné que era un tipo de membrana. Cuando le pregunté al tendero para dar con su origen, me dijo que era una hoja de “papel” donde venía enrollado un manojo de hierbas de Sudamérica. Que no tenia mas que esa hoja y dudaba que yo pudiese rastrearla. Había envuelto mi botella con ella solo porque tenia prisa y la hoja estaba a mano.
“No puedo explicarte que fue lo que me inspiró a probar esa membrana en mi trabajo fotográfico. Era blanca opaca y apenas traslucida, excepto cuando se la sostenía a contraluz. Entonces se hacia muy traslucida y con brillo prismático. Por alguna razón se me ocurrió que este efecto refractario podría ayudar a descomponer los rayos actínicos, los rayos que afectan la hipersensible emulsión. Así que esa noche, la inserte detrás de las hojas de tejido verde y amarillo, junto a la lampara, preparé mis bandejas y químicos, deje el portaláminas cerca, apague la luz blanca y prendí la verde”
No había nada en sus palabras que inspirara temor. Era un agotador relato de sus problemas con la fotografía. Pero aun así, mientras hacia una imponente pausa en su relato, desee que no volviera a hablar. Estaba desesperado, y terriblemente aterrado de lo que pudiera decir a continuación.
De repente, se incorporó y se puso derecho, el encorvado desapareció de sus hombros, se hecho para atrás y se largo a reír. Era un sonido hueco, como si se riera a través de una trompeta. “¡No te diré lo que vi! ¿Por qué lo haría? Tus propios ojos serán testigos. Solo esto te diré, para que lo entiendas mejor, después de verlo. Cuando nuestra pobre y defectuoso sentido de la vista puede percibir algo, decimos que ese algo es visible. Cuando los nervios del tacto pueden sentirlo, decimos que es tangible. Sin embargo, hay seres que son intangibles a nuestros sentidos físicos, pero cuya presencia puede ser detectada por nuestros espíritus, y es invisible a nuestros ojos solo porque dichos órganos no perciben la luz que se refleja en sus cuerpos. Pero la luz que atraviesa la pantalla que estamos apunto de utilizar como tiene una longitud de onda que es nueva para el mundo científico, y a través de ella veras con los ojos de la carne lo que ha sido invisible desde que la vida comenzó en este mundo. ¡No temas!”
Se detuvo a reír nuevamente, una risa amenazadora.
“¡No temas!” reiteró, y en ese instante, estiró su mano en dirección a la pared, se escucho un clic y nos quedamos en oscuridad, una oscuridad impenetrable. Quería salir corriendo, buscar la puerta por donde había entrado y salir corriendo de ahí, pero la parálisis de un terror irracional me detuvo.
Podía oírlo moviéndose en la oscuridad, y un momento mas tarde una tenue luz verde iluminó la habitación. Venía de arriba del enorme fregadero, donde supongo que había desarrollado su preciada “lámina de color”.
De a poco, a medida que mis ojos se acostumbraban a la penumbra, podía ver cada vez mas claro. La luz verde es peculiar. Era quizás mas tenue que la roja, y al mismo tiempo iluminaba mucho mas. El anciano estaba parado debajo de la luz, el fantasmagórico resplandor le daba a su rostro la apariencia de un hombre muerto. Aparte de esto, no pude ver nada mas que fuera atemorizante.
”Eso,” continuó el hombre, “es solo la luz de revelado de la que le he hablado, ahora observe, ya que esta a punto de presenciar lo que ningún otro mortal aparte de mi ha visto jamas.”
Por un momento se fundió con la lampara verde sobre el fregadero. Estaba construida de forma tal que todos los rayos bajan en dirección al piso. Abrió una ranura en uno de los lados, por un momento salio un rayo de luz blanca y reconfortante, entonces insertó algo, lo deslizó lentamente y cerró la ranura.
Lo que colocó dentro, debió ser la “membrana” Sudamericana, en lugar de disminuir la luz la incrementó, sorprendentemente. El tono cambió de verde a un gris verdoso, y todo el cuarto se convirtió en una cámara fantasmagórica y tétrica, llena de… ¿qué era eso?
Mis ojos se ajustaron, y quedaron fascinados por lo que se movía a los pies del anciano. Se retorcía ahí en el suelo como una enorme y repulsiva estrella de mar, una cosa inmensa, con brazos y piernas que se contorsionaba y convulsionaba. Era lisa, como si estuviera hecha de goma, de un color verde blanquecina y en ese momento arrastraba su cuerpo informe y tentaculoso en dirección a mi anfitrión, comenzaba a escalarlo, si, trepaba por sus piernas, por su cuerpo. Y él ahí, de pie, erguido, de brazos cruzados, miraba rigurosamente a la criatura que trepaba por su cuerpo.
Pero el cuarto, el cuarto completo rebosaba de vida con otras criaturas como esa. Estaban en todos lados, criaturas tipo ciempiés, con cuerpos de un metro de largo; arañas peludas y horribles se arrastraban por las sombras, horrores traslucidos en forma de salchicha se movían y flotaban por el aire. Se sumergían aquí y allá entre la luz y yo, y podía ver el brillo verdoso a través de sus cuerpos verdosos.
Peor, mucho peor que estas criaturas eran las que tenían rostro humano. Como mascaras, con bocas enormes y monstruosas, y ojos rasgados. No encuentro palabras para seguir describiéndolos. Esa característica suya es lo que me ayuda incluso ahora a hacer su recuerdo tolerable.
El anciano volvió a hablar y cada palabra reverberaba en mi cerebro como el estruendo de un gong. “¡Nada que temer! Nos movemos entre estas criaturas todos los días a toda hora, tanto de día como de noche. Solo tu y yo las hemos visto, ya que Dios es piadoso y le ha evitado al ser humano este padecimiento.¡Pero yo no soy piadoso! Despreció la raza que parió estas criaturas, la raza que estando rodeada de seres invisibles, inimaginables pero benditas, las elije como su compañía! Todo el mundo las vera y sabrá. Uno por uno vendrán aquí, verán la verdad y perecerán. ¿Quién puede sobrevivir a semejante terror? Entonces, yo, también encontraré la paz y dejaré la tierra para que la hereden los horrores creados por el hombre. ¿Sabes qué son? ¿de dónde vienen?”
Su voz resonaba ahora como la campana de una catedral. No podía responderle, pero él no esperó por ella de todas formas. “Salieron del éter, del omnipresente éter, la sustancia intangible con la cual la mente de Dios hizo los planetas, todas las cosas vivas, y el hombre, el hombre ha creado estas cosas! Mediante sus malvados pensamientos, sus egoístas temores, su lujuria, y su interminable e inacabable odio, los ha creado, y están en todas partes. No temas, no pueden lastimar tu cuerpo, pero ¡cuida tu espíritu! No temas, pero observa lo que venga a ti, su creador, ¡la forma y el cuerpo de tu MIEDO!.”
Como él dijo, percibí una Cosa gigantesca viniendo hacia mi, una Cosa, pero la conciencia ya no resistía. La voz amenazante que resonaba en mis oídos se convirtió en un rugido, entonces, la terrorífica visión empezó a desvanecerse y la nada prevaleció ante un terror demasiado grande para soportarlo.
IV
Sentí un dolor fuerte arriba de los ojos. Sabía que estaban cerrados, que estaba soñando, y que el estante lleno de botellas de colores que parecía ver con tanta claridad no había sido mas que parte de un sueño. Había una vaga pero imperativa razón por la cual debería despertarme a mi mismo. Quería estar despierto y pensé que si miraba fijamente podía efectivamente disolver esa sosa visión de botellas azules y marrones. Pero en lugar de disolverse se hicieron mas claras, mas sólidas y en apariencia mas sustanciales, hasta que repentinamente el resto de mis sentidos volvieron todos juntos a respaldar a la visión, y entonces me di cuenta que mis ojos estaban abiertos, las botellas eran reales, seguía sentado en una silla caída hacia un lado con la mejilla apoyada incómodamente contra la mesa que sostenía la estantería.
Me incorporé lentamente y con dificultad, tanteando en mi dolorido cerebro alguna pista que explicara mi presencia en este desconocido lugar, este laboratorio que estaba iluminado solo por los rayos de un arco de luz que llegaba de la calle a través de tres grandes ventanas. Aquí estaba, solo, sentado, y si el dolor por calambre en las extremidades era indicador de algo parece que he estado aquí por un buen tiempo.
Entonces, con la dolorosa conmoción que acompaña despertarse ante una gran catástrofe, llegan los recuerdos. Era este mismo cuarto, iluminado por la luz de la calle y ahora vacío, el cual había visto atestado de criaturas demasiado horribles para describirlas. Miré mis pies estupefacto, con miedo. Ahí estaban las estanterías con puertas de vidrio, estantes con libros, las dos mesas cargadas, y el fregadero grande de acero de donde había salido esa aterradora, y reveladora iluminación. Entonces, la experiencia no había sido un sueño, sino una aterradora realidad. Con cruel indiferencia mi extraño anfitrión me había dejado ahí inconsciente durante horas, sin hacer el menor esfuerzo para ayudarme o intentar reanimarme. Quizás me odiaba tanto que esperaba que muriera ahí.
Al principio no hice esfuerzo para abandonar el lugar. Su apariencia me generaba desprecio. Quería irme, pero me sentía demasiado débil y enfermo para hacer el esfuerzo. Tanto mental como física, mi condición eran deplorable, y por primera vez me di cuenta que una conmoción mental podía atacar vilmente el cuerpo tanto como una noche de libertinaje.
Cada nervio y músculo de mi cuerpo temblaba, con mareos, dolor de cabeza y nauseas, me arrastré de vuelta a la silla, esperando recuperar el control de mi cuerpo antes de que el anciano regresara para poder escapar. Sabía que me odiaba y porque. Mientras esperaba, enfermo y miserable, entendí al hombre. Temblando, recordé los repugnantes horrores que me había mostrado. Si los meros deseos y emociones del ser humano a diario tomaban esa forma, no sorprende que detestara de esa manera a sus congéneres y que solo anhelara destruirlos.
También pensé, en los rostros crueles y malignos que había visto afuera en la calle, por primera vez, como si un velo se hubiese caído de mis ojos hasta ahora cegados por un auto-engaño. Neciamente crédulo como un cachorro recién nacido, había vivido en un mundo malévolo y sombrío donde la bondad es una palabra y el egoísmo puro es la realidad. De forma deprimente, mis pensamientos desfilaron revisando mi propia vida, sus inútiles propósitos, errores y actividades. Todo el mal que había conocido regresó para atormentarme. Nuestros intentos por alcanzar la divinidad fueron una farsa, somos bestias cubiertas de limo retorciéndonos frente al sol al cual reclamamos como herencia pero en nuestros corazones preferimos la fetidez de las profundidades.
Incluso ahora, aun cuando no puedo verlos o sentirlos, esta habitación, el mundo entero, está atiborrado de estos seres creados por nuestra verdadera naturaleza. Recuerdo el despreciable y vergonzoso temor ante el cual mi espíritu había sucumbido con tanta facilidad, y la Cosa sin rostro al cual la emoción había dado a luz.
Entonces, abrupta y sorpresivamente, recuerdo que cada momento estoy haciendo crecer la horda. Dado que mi mente solo puede concebir incubos repugnantes, y dado que mientras viva debo pensar y sentir, y de esa manera seguiré dándoles forma, ¿acaso no había forma de controlar esta abominable sucesión? Mis ojos se posaron sobre los largas estanterías llenas de botellas de colores. Entre los químicos de la fotografía hay muchos venenos mortales, eso lo sabía. Este es el momento para terminar con esto, ¡ahora! Que el anciano regrese y vea como su deseo se ha cumplido. Lo único bueno que puedo hacer, es cerrar esta maquina de crear monstruos.

V
Mi amigo Mark Jenkins es un hombre inteligente y por lo general bastante cuidadoso. Cuando le sacó un cigarro a “Sonrisa” Callahan que tenía toda la apariencia de ser un excelente e inofensivo Cigarro Havana, fue en sí un acto que demostró ser tanto inteligente como cauto. Mediante un trabajo muy astuto, había rastreado el veneno utilizado en el joven Ralph Peeler hasta la puerta del Sr. Callahan, y creía que este cigarro en particular era compañero del que había fumado Peeler justo antes de su deceso. Y si, luego de arrestar a Callahan, no hubiese confiscado este pedazo de evidencia, sin lugar a dudas hubiese sido destruido por la desafortunada inconsciencia de su propietario.
Pero cuando Jenkins poco después me dio ese cigarro, como uno de los suyos, cometió uno error garrafal, de esos que ocasionalmente cometen los hombres inteligentes que evita que estos sean consumidos por la arrogancia y la vanidad. Al descubrir este error, mi amigo detective había pasado la noche buscando a su victima involuntaria, es decir, a mi, y su búsqueda fue exitosa gracias a un tal Pietro Marini, un joven italiano conocido de Jenkins, a quien había encontrado cerca de las dos de la madrugada cuando regresaba de un baile.
Marini me había visto de pie en los escalones de la casa donde el Doctor Frederick Holt tenía su laboratorio y hacienda, se me había quedado mirando, no porque tuviera malas intenciones sino porque pensó que era el espécimen humano con la expresión mas enferma y fantasmagórica que había visto en su vida. Y, siguiendo la superstición de sus vecinos de la South Street, se preguntó si el respetado doctor me había envenenado al igual que a Peeler. Le compartió esta sospecha a Jenkins, quien, sin embargo, tenía buenas razones para creer que no era así. Lo que es mas, y así informo a Marini, Holt había muerto, se había ahogado la noche anterior. La noticia del suicidio le había llegado a Jenkins una hora o dos después de nuestra conversación en el restaurante.
Le pareció sensato registrar los lugares donde se había visto entrar a un joven de apariencia enferma, por lo que Jenkins fue derecho al laboratorio. En el frente de esas casas estaba el largo letrero con la misteriosa inscripción, “Vean Lo Grandioso Lo Nunca visto,” algo que al detective no le pareció misterioso en absoluto. Sabía que en la casa junto a la del Doctor Holt se había adaptado el segundo piso para hacer un salón de conferencias, donde a ciertas horas un joven empleado del asentamiento proyectaba sobre una pantalla utilizando un estereopticón, imágenes de bacilos mortíferos, gérmenes de enfermedades asociadas a la suciedad y la indiferencia. También sabía que el mismísimo Doctor Holt había aportado a este proyecto educativo garantizando unas magnificas láminas para proyectar hechas de micro fotografías a color.
Afuera, en la calle, Jenkins encontró los dos tercios del cigarro restante, lo levantó y subió por las escaleras, sintiéndose miserable y lleno de reproches. Las puertas, tanto la de afuera como la de adentro estaban abiertas, ahí fue cuando me encontró, en el laboratorio, vivo, a punto de morir pero por medios distintos a los que el temía.
La depresión física extrema que siguió al despertar de mi sueño narcótico, y sin saber que lo había causado, me hizo creer en los hechos de mi aventura por completo. Mis defensas mentales estaban demasiado bajas para resistir tan terrible sugestión. Estaba buscando entre las botellas de Holt cuando Jenkins irrumpió en la habitación. Al principio estaba molesto porque había interrumpido mi propósito, pero después de escuchar su anti climática explicación la niebla de obsesión se disipó y me dejo ahí, aun físicamente enfermo pero con el espíritu contento, tan contento como puede estar un hombre que acaba de sufrir una alucinación donde el mundo en su totalidad era un infierno, solo para descubrir que esa maldad había surgido de un cerebro envenenado.
La maldad que había observado en cada rostro allá afuera, incluyendo el del joven Marini, existía solo en mi visión narcotizada. La conferencia de la semana pasada de “ciencia popular” había ocupado mi subconsciente, la parte de la mente que controla los sueños y los delirios, a través del aparato fotográfico del laboratorio de Holt. “Vea Lo nunca antes visto” ayudo materialmente, e incluso la droguería de la esquina en la que me había detenido antes, con sus frascos de exhibición y su luz verde, sin lugar a dudas había tenido parte en esto. Pero en ese momento, siguiendo algo que Jenkins me había contado, hice una observación. “Si Holt no estaba aquí,” demande, “si Holt ya había muerto como dices, ¿cómo explicas que yo, quien nunca antes había visto a ese hombre, pude darte una descripción tan concisa de su apariencia, descripción que admites pertenece al Doctor Frederick Holt?
“¿Ves eso?” señaló al otro lado de la habitación. Era un retrato tamaño real, en crayón, de un hombre con cabello blanco con cejas espesas y los ojos negros mas penetrantes que había visto jamas, hasta la noche anterior. Estaba colgado de cara a la puerta junto a las ventanas y sus rasgos sobresalían de forma extrañamente realista a la luz de la lampara de la calle. “Cuando entraste,” prosiguió Jenkins, “lo primero que viste fue ese retrato, y desde ahí tu delirio construyó un hombre real con el cual hablaste. Así que, ahí esta, tu presentador de cabello blanco, el temor sobrenatural, tu fotografía a color y tus apariciones verdes, todo bien explicado, Blaisdell, y gracias a Dios que estas vivo para oír la explicación. Si hubieras fumado todo el cigarro, bueno, mejor no pensar en eso. No lo hiciste. Y ahora, mi querido amigo es momento de que veas un doctor de verdad de carne y hueso. Te llamare un taxi.”
“No lo hagas,” dije, “una caminata para tomar aire fresco me va a hacer mejor que cincuenta doctores.”
“¡Aire fresco! No hay aire fresco en la South Street en julio,” renegó Jenkins, pero terminó cediendo muy a su pesar.
Pero cuando estábamos dejando el lugar se me ocurrió una curiosa inconsistencia.
“Jenkins,” dije, “afirmas que la razón por la cual Holt me cerró dos veces la puerta en la cara cuando lo conocí fue porque la puerta no se abrió hasta que yo mismo la abrí.”
“Si,” confirmo Jenkins,” pero frunció el ceño, anticipando la siguiente pregunta.
“Entonce, ¿cómo construí una visión tan convincente del doctor si la hice a partir de esa pintura, pero vi al Doctor por primera vez en el pasillo antes de abrir la puerta?”
“Confundes tus recuerdos,” respondió Jenkins de forma cortante.
“¿Eso crees? Holt estaba muerto a esa hora, pero, te digo que vi a Holt fuera de esa habitación. ¿Qué razón tenía para cometer suicidio?”
Antes de que mi amigo pudiera contestar yo ya estaba del otro lado de la habitación, hurgando en la lampara eléctrica sobre el fregadero. Abrí la delgada ranura y retiré la lamina de proyección, que estaba compuesta de dos hojas de vidrio con un material en el medio, oscuro de un lado, amarillo del otro. Dentro estaba lo que yo mas temía, una hoja de material blanquecino, tipo pergamino ligeramente traslúcido.
Jenkins estaba junto a mi cuando lo levanté a un brazo de distancia en dirección a las ventanas. A través de él, la luz de las lamparas de la calle se descompuso en un arco iris resplandeciente asombroso. En vez de disminuir la luz, la incrementaba de manera perceptible y extraña. Uno podría pensar que la lámina era luminosa en sí misma, y cuando se la sostenía en las sombras no emitía luz en absoluto. “¿Deberíamos ponerla en la lampara y ver si funciona?” preguntó Jenkins lentamente, sin la mínima intención de burlarse.
Lo miré directamente a los ojos. “No,” dije, “no lo hagas. Estaba drogado. Quizás en esa condición recibí una brutal revelación sobre el mismo descubrimiento que ocasionó el suicidio de Holt pero no lo creo. Fantasma o no, me rehusó a volver a creer en la depravación de la raza humana. Si el aire y la tierra están atiborradas de horrores invisibles, no son de nuestra creación. Mejor dejarle a otros el estudio de la demonología. ¿Deberíamos quemar esta cosa o destruirla?”
“No tenemos derecho a ejecutar ninguna de las dos,” replicó Jenkins pensativamente, “sabes, Blaisdell, tu “sueño” tiene partes condenadamente realistas. Yo no he estado fumando cigarros con narcóticos pero cuando sostuviste esa cosa contra la luz podría jurar que vi… bueno, olvídalo. Quémalo, envíalo al lugar de donde vino.”
“¿A Sudamérica?” le dije.
“Un lugar mas calurosos que ese. Quémalo.”
Encendió un fósforo y lo hicimos. Se consumió de un solo fogonazo.
Los periódicos le dedicaron mucho espacio al suicidio del Doctor Frederick Holt, causado, según concluían, por enajenación mental ocasionada por la injusta acusación en el asesinato de Peeler. Parecía una razón inadecuada, ya que nunca lo habían arrestado, pero nunca descubrieron alguna otra.
Por supuesto, nuestro accionar al quemar la “membrana” fue ilegal y precipitado pero aunque no hablaba al respecto, sabía que Jenkins estaba de acuerdo conmigo en que a veces es mejor quedarse con la duda que tener certeza, y que hay maravillas en este mundo que es mejor no comprobar. Por ejemplo aquellas relacionadas a Poderes Malignos.

Una boda extraordinaria

Por Edward Page Mitchell
Publicada originalmente en el periódico The Sun en 1878

El profesor Daniel Dean Moody de Edimburgo, un caballero conocido tanto por su labor como psicólogo, como por ser un honesto y perspicaz investigador de los fenómenos a veces llamados espirituales, visitó este país no hace muchos meses atrás y fue recibido en Boston por el Dr. Thomas Fullerton en su encantadora residencia de la calle Mount Vernon. Una tarde en el salón del Dr. Fullerton, en presencia de él, su huésped escoces, el Dr. Curtis de la escuela de medicina de la Universidad de Boston, el reverendo Dr. Amos Cutler de la Iglesia de la calle Lynde, el Sr. Magnus de West Newton, tres damas, y el escritor, la conversación se tornó de carácter ocultista.

“Solía vivir en Aberdeen” decía el Profesor Moody, “una médium llamada Jenny McGraw, de poca inteligencia, pero de una destacable fortaleza psíquica. Hace doscientos años la buena gente de Boston hubiera colgado a Jenny por bruja. He visto en su cabaña, materializaciones sobre las que no pude ni puedo elaborar hipótesis alguna acerca de qué tipo de engaño o alucinación utilizaba. He visto formas aparecer, no de ningún gabinete o baúl de trucos, sino expulsadas frente a mis ojos desde el mismísimo cuerpo de Jenny. Una noche, Platón en persona, o un Eidolon que afirmaba ser Platón, salió del pecho de Jenny McGraw y conversó conmigo durante quince minutos enteros sobre la dualidad de la idea, la médium, mientras tanto, permanecía en trance.

El Dr. Fullerton intercambio una mirada cargada de contenido con su esposa. Su huésped intercepto la mirada y le dijo:

“¿No me cree? No me sorprende”

“No es eso”, respondió el Dr. Fullerton. “Su testimonio como observador científico es digno de toda forma de respeto. ¿Pero qué fue de Jenny McGraw?

“Era una joven sosa y poco agradable, difícilmente una persona racional. Lejos de interesarse en estas maravillosas manifestaciones exhibidas a través de ella, le molestaban muchísimo y finalmente dejó Escocia para escapar de los espíritus problemáticos y los aún más problemáticos mortales que iban masivamente a su cabaña e interferían con sus tareas domésticas.”

“Una chica Yanqui” dijo el Sr. Magnus, “habría dado a esos poderes un buen uso y hubiera hecho una fortuna”.

“Jenny McGraw”, contesto el profesor Moody, “quien según tengo entendido es la única médium del mundo capaz de producir materializaciones a plena luz e independientemente de su entorno, era austera, como todas las mujeres escocesas, pero no tenia la inteligencia para reconocer tal oportunidad. A menudo le aconsejaron presentarse en público. Aconsejar a un escocés es inútil. No sé dónde pueda estar.”

El Dr. Fullerton volvió a mirar a su esposa. La señora Fullerton se levantó y tocó una campana.

Las puertas se abrieron rápidamente y una rustica mucama pelirroja entró al salón haciendo una torpe reverencia.

“Llamo uste’, señora?” pregunto.

“Jenny” dijo la Sra. Fullerton, “aquí hay un viejo amigo tuyo de Escocia”

La chica no dio muestra alguna de sorpresa. Su estúpido semblante apenas dio muestra de reconocimiento mientras caminaba sin ánimos hacia el profesor y sin ánimos tomaba su mano extendida.

“No sabía que uste’ venía a América, maestre Moody” dijo ella y miró a su alrededor como queriendo escapar de tan mentada compañía.

“Ahora con su permiso Sra. Fullerton” dijo el profesor, mirando a su anfitriona por sobre el hombro de Jenny McGraw, “le pediremos a la joven si es tan amable de asistirnos en una investigación”

Jenny levantó la vista con desconfianza y volvió sus pequeños y aburridos ojos desde su amo hacia su ama y desde ahí hacia la puerta.

“No siento deseo’ de hacer una ivestigacio” dijo con firmeza, “i me dule en el petcho trair los viejo fantasma’ o no se corda maestre Moody”

Durante un largo rato la chica se negaba obstinadamente a revisitar su relación con su misterioso don. He olvidado que argumento o alegato usaron para conseguir su reacio consentimiento. No he olvidado lo que siguió.

La habitación estaba tan iluminada como puede estar con cinco lámparas a gas prendidas al máximo. Bajo ese resplandor y rodeada de una parcialmente entretenida y parcialmente escéptica audiencia, Jenny se sentó en una silla turca. No presentaba un cuadro atractivo, era pequeña, rechoncha, pecosa y con mirada maliciosa. “¡Dios santo!” le susurre a una persona a mi lado. “¿Acaso los gloriosos espíritus eligen este tipo de intermediarios para contactarse con nosotros?”

“¡Silencio!” dijo el profesor Moody. “La chica está entrando en trance.”

Sus canallescos ojos se abrían y cerraban. Una convulsión atravesó sus flácidas mejillas. Un suspiro o dos, un sacudón nervioso en la silla y respiración agitada.

“Coma simulado ineficazmente” me murmuró el Dr. Curtis “y no es obra de un artista. Esto es una farsa.”

Durante quince o veinte minutos nos sentamos pacientemente, la calma fue interrumpida solo por la áspera respiración de la chica. Cuando una o dos personas empezaron a bostezar, la anfitriona, temiendo que el experimento aburriese a sus invitados se movió para romper el círculo. El profesor Moody levantó su mano en señal de alto. Antes de bajarla hizo un gesto para que todos los ojos se posaran sobre Jenny McGraw.

Su cabeza y su busto parecían estar envuelta en una tenue y delgada capa de vapor opalescente que flotaba sobre ella, pero estaba fija en un punto al igual que un circulo de humo cuelga de la punta de un buen cigarro. El punto de origen parecía estar en las proximidades al corazón de Jenny. Había dejado de respirar ruidosamente, y estaba tan pálida que parecía muerta, pero su rostro no estaba tan marchito como el del Dr. Curtis. Sentí como su mano se estiraba para tomar la mía. Cuando la tomo, la estrujó hasta dejarla entumecida.

Mientras observábamos, el vapor que salía del pecho de Jenny crecía en volumen y se opacaba. Era como una nube, oscura y bien definida, flotando ante nuestros ojos, juntándose por un lado y extendiéndose por el otro hasta que alcanzo la forma perfecta.

Han visto como un objeto insignificante bajo una lente gradualmente se empieza a ver mas definido a medida que se lo enfoca mejor. O mejor aún, han visto como la sombra de una pantomima es una vaga y amorfa nubosidad que al intensificarse toma forma a medida que la persona se acerca a la pantalla, hasta que se convierte en una silueta perfecta. Ahora, imaginen que la silueta atraviese la pantalla en tu presencia, y entonces podrás darte una idea de la maravillosa transición que significa que esta sombra de un mundo del que nada sabemos dé un paso adelante y se encuentre ahora entre nosotros.

Observe al reverendo Dr. Cutler del otro lado del cuarto. Se tomaba la frente con ambas manos. Nunca vi una escena semejante, una mezcla de horror, terror y perplejidad.

El recién llegado era un hombre de unos veintiocho o treinta años, de rasgos distinguidos y un semblante majestuoso. Hizo una reverencia de cortesía ante la gente reunida pero cuando vio que el profesor Moody estaba a punto de hablar, se llevo un dedo hasta los labios y miro inquieto a la médium. Se me ocurrió que una expresión de disgusto se había apoderado de su rostro cuando descubrió que poco agraciada era su puerta de entrada de vuelta a la tierra. Sin embargo, tenia su mirada fija en el pálido rostro de Jenny McGraw y se cruzó de brazos como si esperara algo.

En ese momento estábamos completamente bajo el hechizo de la misteriosa aparición. Con mucho entusiasmo, pero ya sin el elemento de sorpresa, vimos que el fenómeno de la nube se repetía, la sombra, la concentración y la presencia.

Lentamente la niebla blanca y la sombra nebulosa dieron forma a la más hermosa mujer que ojos mortales hayan contemplado jamás. Era una mujer, una mujer viva de carne y hueso, con sus magníficos labios ligeramente entreabiertos, su pecho se elevaba y caía bajo un vestido una textura maravillosamente tejida, sus gloriosos ojos negros brillaban sobre nosotros hasta que nuestras cabezas salieron flotando y nuestras mentes estallaron. Seria más fácil descubrir el secreto de su existencia que describir la belleza fuera de este mundo que nos había asombrado y maravillado.

El primer individuo descruzo sus brazos, y con la ternura de un amante y el respeto digno de la realeza, tomo la hermosa y delicada mano de la maravillosa dama y la guio hasta el centro de la sala. No dijo una palabra, pero se dejo guiar por su mano y se paró ahí como una emperatriz, escaneando nuestros rostros y vestimentas con cierta curiosidad, curiosidad mezclada con una pizca de desdén. El rompió el silencio en una voz muy tenue.

“Amigos” dijo lentamente, “un gran amor ha traído a alguien que solía ser mortal ante la presencia de una diosa. Una inmensa fortuna ha caído sobre él y es mucho más de lo que sus pequeños sacrificios le ameritaban, no puedo ser mas claro al respecto. Escuchen nuestra suplica y concédannos sin preguntar. Hay aquí presente un siervo de la iglesia, debidamente calificado para pronunciar las únicas palabras que pueden coronar un amor como el mío. Ese amor estiró su brazo a través de los siglos para alcanzar su objetivo y fue sellado por una muerte voluntaria. Hemos venido desde otro mundo para pedir que nos unan en matrimonio de acuerdo con las formas de este mundo.”

Extraños como fueron, los eventos precedentes habían armonizado nuestras mentes a la presencia de los espíritus que escuchamos este extraordinario discurso sin gran asombro. El Sr. Magnus de West Newton, quien había mantenido su temple ante la presencia de lo que podían ser arcángeles, murmuró audiblemente: “¡Por Jupiter! ¡Se fugaron para casarse desde la tierra de los espíritus!” Sus palabras cayeron duro sobre nuestros oídos.

El reverendo Dr. Amos Cutler desplegó de forma impresionante, el efecto que el decoro tiene en el sentido común impuesto en personas del siglo diecinueve como nosotros. Ese hombre devoto se levantó de su silla con una mirada de indefensión y aturdimiento y, como una persona que camina dormida, avanzó hacia la pareja.

Levantó su mano para pedir silencio, con solemnidad y deliberación hizo las preguntas que por usos y costumbres de la iglesia son preliminares en el ritual de matrimonio. El hombre respondió en un claro y triunfante tono. La novia respondió inclinando su hermosa cabeza.

“Entonces”, prosiguió el Dr. Cutler, “en presencia de estos testigos, los declaro marido y mujer. Y que Dios me perdone” agregó, “por hacer la obra del Diablo mediante este sacrílego acto.”

Uno por uno pasamos al frente a estrechar la mano del novio y a saludar a la novia. Su mano era como la mano de una estatua de mármol, pero una sonrisa radiante iluminaba su rostro. Por sugerencia del novio, la novia inclino su majestuoso rostro y permitió que cada uno de los presentes la besara en la mejilla. Era suave y cálida.

Cuando el Dr. Cutler la saludó, ella sonrió por primera vez y con un rápido y elegante movimiento se quito una enorme perla de su negra cabellera y la coloco en su mano. La miro por un momento, y luego, en un repentino impulso, lo arrojó a la chimenea. En la llama ardiente, el honorario del Dr. Cutler palideció, se calcinó, se desmoronó y desapareció.

El novio guió entonces a su esposa de vuelta a la silla donde la médium seguía en trance. La apretó fuerte contra su cuerpo. Sus siluetas se entremezclaron y empezaron a diluirse en la sombra vaporosa, y lentamente se desvanecieron, la pareja recién casada encontró su lecho nupcial en el pecho de Jenny McGraw.

II

Un día, luego de que el profesor Moody había abandonado Boston, fui a la librería del ateneo a buscar ciertos datos y fechas respecto a la guerra franco-prusiana. Mientras daba vuelta las paginas de un archivo del Daily Nevvs de Londres de 1871 mis ojos se posaron sobre el siguiente párrafo.

La Freie Presse de Viena afirma que a las cuatro en punto de la tarde del doce de Julio un joven de buena apariencia se dio un disparo al corazón en el corredor este de la Galería Imperial. Era la hora del cierre y el joven había sido advertido por el encargado que debía abandonar la galería. Estaba parado, inmóvil frente al hermoso cuadro que Herr Hans Makart había pintado llamado “La barcaza de Cleopatra” y no había puesto atención a la reprimenda. Cuando se le repitió con más énfasis, él señaló de manera ausente a la pintura y exclamó “¿Dígame si no es ella una mujer por la cual vale la pena morir?”, saco la pistola y disparó con resultados mortales.

No hay pistas sobre la identidad del suicidado excepto por el hecho de que se hospedaba en el Hotel Golden Lamb, donde estaba registrado como “Cotton”. Había estado en Viena durante semanas, había gastado dinero a diestra y siniestra, y había sido visto con frecuencia en la galería Imperial, siempre ante la pintura de Cleopatra. El desafortunado joven parecía haber perdido la cabeza.

Hice una cuidadosa copia de esta breve historia y se la envié, sin comentario alguno, al Reverendo Dr. Cutler. Al cabo de un día o dos me la devolvió junto a una nota.

“Los sucesos de esa noche en la residencia del Dr. Fullerton” escribió, “son para mí, como los eventos de un sueño que apenas recuerdo. Disculpe si le digo que sería una gentileza que me dejase olvidar todo el asunto por completo.”

Fin