Detrás de la cortina

Por Gertrude Barrows Bennett

Ya eran mas de las nueve en punto cuando sonó la campana, y bajé hasta el recibidor, pobremente iluminado, abrí la puerta del frente, en principio con la cadena puesta hasta cerciorarme de la identidad de mi visitante. Al ver, como esperaba, el rostro de nuestro amigo, Ralph Quentin, retire la cadena y entró, acompañado por un aguda ráfaga de aire de noviembre. Tuve que apoyar todo mi peso contra la puerta para cerrarla contra el viento.

Se rió jocosamente mientras se quitaba el sombrero y la capa.

“Has sido muy precavido Santallos. Pensé que me ibas a pedir contraseña para dejarme entrar.”

“No esta de mas ser precavido,” repliqué. “Esta casa está siempre vacía y hay ladrones por todos lados.”

“Un ladrón requeriría de una fuerza considerable para llevarse alguno de tus tesoros. Esa cosa que pertenece a un cementerio, por ejemplo, ¿Cómo lo llamas?”

“El sarcófago de Beni Hassan. Si. ¿Pero que hay de su interior cubierto en oro, y de la mujer que contiene? Un ladrón con criterio e inteligencia podría codiciar ese tesoro e intentar quitármelo.¿No estás de acuerdo?”

Volvió a reírse y fingió un escalofrío.

“¡La mujer! ¡No me recuerdes que esa momia horrorosa y marchita fue alguna vez una mujer!”       
     “Pero lo fue. Sin lugar a dudas en sus días mi pobre Princesa de Naarn era suave, atractiva; una criatura de labios rojos y húmedos y ojos como las estrellas del oscuro cielo egipcio. “La cantante de la casa” la llamaban, antes de convertirse en Ta-Nezem la Osiriana. Pero te he dejado aquí en el frío recibidor. Ven arriba conmigo. ¿Mencioné que Beatrice no esta aquí esta noche?”

“¿No?” Su tono expresaba sorpresa y sincera decepción. “¿Entonces no puedo despedirme de ella?¿No recibiste mi nota? Voy a ocupar el lugar de Sanderson como encargado del departamento de ventas en Chicago, y me voy mañana a la mañana.”

“Felicidades. Si, recibimos tu nota, pero Beatrice tuvo la oportunidad de viajar con sus amigas al sur. Fue algo repentino, pero no se ha sentido bien últimamente así que le insistí para que fuera. Este aire de noviembre es cruelmente húmedo y amargo.”

“¿Qué era, un crucero?”

“Un crucero largo. Se fue esta tarde. He estado sentado en su recámara, Quentin, pensando en ella, y te contare todo ahí si no te molesta.”

“Como gustes,” concedió, aunque con un tono que demostraba algo de sorpresa. Supuse que no creía que yo fuese una persona sentimental o le pareció extraño que deseará compartir esto con otra persona, aun con un buen amigo como él. “Debes ser aterradoramente solitario aquí sin Bee,” continuó.

“Una trivialidad”. Le dije mientras subíamos por oscuras escaleras. “Después de esta noche, sin embargo, todo será diferente. ¿Sabías que he vendido la casa?”

“¡No! ¿Por qué? Estás lleno de sorpresas, viejo amigo. ¿Encontraste un lugar mejor con mas espacio para tus frascos y lapidas?”

Hizo, asumo, una aguda referencia a mi colección de tesoros Cópticos y Egipcios, comprados en buena fe y a los cuales aprecio mucho, pero mas símil basura para una persona como Quentin, joven y temperamental.”

Abrí las puertas de la recámara de mi esposa, y resultó placentero salir del frío y oscuro recibidor e ingresar al cálido y tenuemente iluminado salón. Aunque era una casa antigua, lleno de inesperadas corrientes de aire. Aun aquí, había una corriente tan fuerte que una pesada cortina de velur en el extremo mas lejano del cuarto se ondulaba y se inflaba continuamente, como una vela suelta color rosa. Nunca  lo suficiente para revelar lo que había detrás.

Mi amigo se acomodó en una pequeña y frágil silla que había junto al vestidor de mi esposa. Era el tipo de silla que las mujeres aman y la mayoría de los hombres odian, pero Quentin, a pesar de su peso y estatura, estaba en contacto con su lado femenino, o era quizás un lado felino. Como un gato, se movía delicadamente. Era rubio y alto, con rasgos finos y regulares, una risa moderada y un prolijo encanto de la juventud, sin mencionar que en ocasiones era brutalmente honesto al hablar.

Mientras lo miraba ahí sentado, con elegancia, en calma, desee que su mente compartiera lo agraciado de su cuerpo. Me hubiese podido entender mucho mas fácil.

“De hecho, si encontré un lugar para mi colección,” observe, a la vez que me sentaba cerca. “Con excepción del sarcófago de Ta-Nezem, todo el lote va para los comerciantes.” Al ver su expresión de descreimiento y asombro continué; “La verdad es, mi querido Quentin, que he sido culpable de una gran injusticia con nuestra Beatrice. He sido un muy buen coleccionista pero en extremo negligente como esposo. Mis “frascos y mis lapidas”, de hecho, han disfrutado de un nivel de atención que hubiera sido mejor invertido en otro lado. Si, Beatrice me ha dejado solo, pero cuando termine con algunos asuntos pendientes tengo intención de unirme a ella. Y tu también te iras. Por lo menos, ninguno de los tres va a estar aquí para extrañar la amistad del otro.”

“Estas lleno de sorpresas esta noche, Santallos. Pero, por Júpiter, ¡No lamento oír nada de esto! No es mi lugar criticarte, y Bee no es del tipo de las que se quejan. Pero vivir aquí, en esta casa antigua y solitaria que parece un granero, haciendo ella misma la labor domestica, prácticamente abandonada por sus amistades, debe haber sido…”

“Difícil, muy difícil,” lo interrumpí suavemente, “para alguien tan joven y tan adorable como nuestra Beatrice. Pero si he estado dormido por lo menos el momento del despertar ha llegado. Deberías haber visto su rostro cuando escuchó las noticias. Fue maravilloso. Estábamos de pie, solo ella y yo, entre mis frascos y lapidas, mi “cámara de los horrores” la llama ella. Son tan ingeniosos para las frases, ustedes dos. Nos ubicamos detrás del gran sarcófago de piedra de la Necrópolis de Beni Hassan. Sobre los caballetes se encontraba el ataúd cubierto de oro donde Ta-Nezem, la Osiriana había dormido durante tantos siglos. Sabes cual es, la has visto. Con sus hermosos y resplandecientes tallados, como la imagen sonriente y pintoresca de una mujer dorada.

“Entonces levante la tapa y le mostré a Beatrice que la que alguna vez fue la cantante, la doncella de Amen, ya no dormía ahí y que el ataúd estaba vacío. Sabes también que a Beatrice nunca le gusto mi princesa. Solía burlarse y decirme que estaba celosa. ¡Celosa de una grotesca mujer que ha estado muerta por miles de años! O, y esto solo me lo dacia cuando estaba enojada, que había comprado a Ta-Nezem con el dinero que podría haber usado para darle a ella, Beatrice, todo lo que nunca tuvo en su vida. No tenía mucha paciencia a la hora del  reproche, Quentin, pero solo cuando enojaba mucho. 

“Así que le mostré el ataúd vacío y le dije, “querida esposa, nunca mas tendrás que estar celosa de Ta-Nezem. He vendido todo lo que está en este cuarto excepto a ella y a sus pertenencias, a ella no soporte venderla. Ningún otro hombre compartirá o poseerá aquello que amo. Así que la he destruido. He reducido su cuerpo a jirones aromáticos de color marrón. La he quemado, es como si nunca hubiera existido. Y ahora, querida mía, tendrás para ti todo el cariño y todo el cuidado que hasta el día de hoy le había dedicado a la Princesa de Naam.”

“Beatrice se alejo del ataúd vació como si apenas creyera lo que acababa de oír, pero cuando vio en mi mirada que hablaba en serio, ni mas ni menos, deberías haber visto su rostro, mi querido Quentin, ¡deberías haber visto su rostro!”

“Me imagino.” Largó una pequeña risa. Por alguna razón mi huésped parecía estar cada vez mas incomodo, y miraba de reojo con mucha frecuencia en dirección al pequeño cuarto rosa y blanco que era el rincón lujoso y meticulosamente femenino en lo que acababa de llamar mi “casa que parece un granero,” también miraba en dirección al oscuro y frio cuarto detrás de la cortina,

“Santallos,” continuo abruptamente, y a mi parecer de manera un poco grosera, “deberías haberte mandado a hacer un retrato del aspecto que tienes esta noche. Podrías haber posado como uno de esos antiguos y rígidos hidalgos que pintaba… ¿como se llamaba el español ese que pintaba a los dones y doncellas?

“Te refieres a Velázquez,” le respondí con moderada cortesía, aunque secretamente siempre me había desagradado su abrupta personalidad. “Mi padre, como recordaras, era de Cordova en el sur de España. Pero, ¿acaso debes irte tan pronto? Primero bebe una copa de vino conmigo en honor a nuestra ausente Beatriz. Veras como calentaba mi sangre ante el frío viento que sopla incluso aquí. El vino es Amontillado, un poco del que me envió un amigo de mi padre desde el mismísimo viñedo donde se cultivan y machacan las uvas. Se ha estado asentando aquí durante todos estos años. Antes de irse, Beatriz bebió de estos mismos vasos.¡Autentico vino de Montilla! Observa su vitalidad, como el fuego de las ascuas, con una pizca de sangre detrás.”

Sostuve el decantador en alto y la luz brillaba a través de él y sobre su rostro.

“¡Amontillado! ¿Es una especie de jerez? No soy un gran conocedor de vinos como sabrás. Pero… Amontillado.”
     Por un momento estudió el vino que le había dado, una llama liquida en una copa de cristal. Entonces su cara se aclaro.

“Ya recuerdo la asociación. “El barril del Amontillado.” ¿Alguna vez leíste esa historia?”

“Creo recordarla vagamente.”

“Una especie de cuento horrendo y fascinante. Un sujeto lleva a su mas confiable amigo al sótano para probar un poco de vino, lo confina en un nicho y construye un muro sobre él. Lo entierra vivo, ¿entiendes? La leí cuando era mas joven y me dejo una fuerte impresión, en parte, porque creo que no puedo, por mi vida, comprender una personalidad, ni siquiera una italiana, que pudiera contemplar tal forma de venganza. Tu eres latino, Santallos. ¿Tu harías algo así?”
     “Dudo que pudieras entenderlo,” respondí suavemente, preguntándome como incluso alguien como Quentin podía ser tan vulgar, sin tacto alguno. “Semejante venganza quizás tenga sus méritos, ya que el criminal estaría muriendo por un largo tiempo. La sola idea de matar me parece lastimosamente inadecuada. Verás, si yo estuviese motivado por la venganza, nunca me conformaría con la muerte. Me gustaría llevarla mas allá.”

“¿Qué… mas allá de la tumba?”

Me reí. “¿por qué no? ¿No sería esa la apoteosis del odio? Intento interpretar la naturaleza latina, como me pediste que hiciera.

“Me confunde, por un instante pensé que hablaba en serio. ¡La forma en que lo dijo me hizo temblar en serio!”

“Si,” observe, “o quizás fue la corriente de aire. Observe, Quentin, como se infla esa cortina.”

Sus ojos siguieron mi mirada. La pesada cortina color rosa que se agitaba frente a la puerta del dormitorio de mi esposa, sobresalía, se sacudía y mecía como una vela hinchada, como lo hacen las cortinas con viento detrás.

Sus ojos se apartaron de la cortina, encontraron los míos y volvieron a caer sobre el vino en su copa. De pronto, se lo bebió de golpe, no como lo haría alguien que quiere degustar un vino, sino de forma apresurada, indiferente, sin reparar demasiado en el sabor o su aroma. Levante mi copa para hacer el brindis que él había olvidado hacer.

“Por nuestra Beatriz,” le dije, y bebí el mio de un solo trago, aunque con un poco mas de apreciación.

“Por nuestra Beatriz, por supuesto,” Miro el fondo de su copa vacía, y antes de que pudiera ofrecerle mas, se levanto de la silla.

“Debo irme, anciano. Cuando le escribas a Bee, dile que siento no haberme podido despedir de ella.”

“Antes de que pueda recibir una carta mía, estaré a su lado, espero. Que fría está la casa esta noche, y el viento sopla en todas partes. Ves como soplan las cortinas, Quentin.

“Así es,” Depositó la copa en la bandeja junto al decantador. Cuando ingresó a la habitación por primera vez, sonreía, pero ahora su ceño demostraba notables rasgos de preocupación, con su mirada de aquí para allá, y sin encontrar la mía, que estaba fija. “Hay un viento,” agregó, “que sopla a lo largo de este muro, que curioso. No se puede percibir ninguna corriente aquí tampoco. Pero debe soplar aquí, e inflar las cortinas por supuesto.”

“Si,” le dije. “Claro que infla las cortinas.”

“¿O es que acaso hay otra puerta detrás de las cortinas?”

Su cuidada ignorancia de lo que cualquier tonto podría inferir con solo por las apariencias me sacó una sonrisa involuntaria. Sin embargo, le respondí.

“Si, claro que hay una puerta. Una puerta abierta.”

Su ceño se profundizo. Mis respuestas sinceras y simples parecían causarle cierta irritación.

“De la manera que me siento ahora,” agregue, “solo cruzar la habitación me requiere de esfuerzo. Estoy cansado y débil esta noche. Como me dijo una vez Beatriz, mi fuerza comparada a la tuya es como la de un niño con la de un hombre adulto. ¿Cerrarías esa puerta por mi, querido amigo?”

“Por qué… si, claro. No sabia que estabas enfermo. En ese caso no deberías estar solo en esta casa vacía. ¿Quieres que me quede contigo por el momento?”

Mientras hablaba cruzo la habitación. Sus manos estaban sobre la cortina, pero antes de que pudiera correrlas mi voz lo detuvo.

“Quentin,” le dije, “¿siquiera tu tienes la fuerza suficiente para cerrar esa puerta?”

Mirándome con el mentón sobre su hombro su rostro me pareció ligeramente familiar, tan abstraído con asombro y sospecha.

“¿Que quieres decir? Estás muy extraño esta noche. ¿Acaso la puerta es tan pesada? ¿Que tipo de puerta es?”

No respondí.

Sus ojos se alejaron de los míos como si tuvieran vida propia y en un instante corrió la pesada cortina.

Detrás de ella, la habitación de mi esposa yacía fría y oscura, con las ventanas abiertas por donde entraba el viento invasor.

Erecto en el umbral, descubierto, estaba el antiguo ataúd cubierto de oro. Era el féretro dorado de Ta-Nezem, pero su ocupante era mas hermosa que la pobre y marchita Cantante de Naam.

Atados a su pecho estaban las extrañas y pintorescas joyas que se habían encontrado en el sarcófago. Los amuletos de Ta-Nezem, las cabezas de Hathor y el ojo sagrado de Horus,  los ureos, incluso el pesado escarabajo verde opaco, el amuleto para la pureza del corazón, ahí descansaban sobre el pecho de quien había sido la señora de esta casa, ahora Beatrice la Osiriana. Debajo de las joyas, su pálido y tieso cuerpo estaba envuelto en el mismo tipo de vendas de lino resecas, impregnadas en resinas y aceites que utilizaron los embalsamadores, muertos hacia miles de años, los mismo que habían cubierto el cuerpo de Ta-Nezem.

Arriba de su frente blanca y traslucida estaba el emblema alado de Ra. Los cuerpos dorados entrelazados que sostienen la ureo, las cobras de Egipto, se perdían en las raíces de su cabello, cabellos tan suaves y delicados que aun viven, y que sobrevivirán mucho mas tiempo que la carne de cualquiera de nosotros tres.

Si, he mantenido mi palabra y le he dado a Beatriz todo lo que había sido de Ta-Nezem, incluso el sarcófago mismo, escribí en mi testamento que fuese dispuesta en él para su descanso eterno.

Como el tonto que era, Quentin se quedo ahí parado, mirando a los ojos abiertos y helados de mi Beatriz, mía y suya también. Se quedo ahí hasta que lo que le había echado al vino empezó a hacer efecto. Entonces se dio vuelta y me miro con una mirada de sorpresa tan absurda e infantil que a pesar de la cortesía que se le debe a un huésped, me reí y seguí riendo.

Yo, también, siento las convulsiones de advertencia, pero para mi el dolor no era mas que una garantía, una forma de medir los estímulos de su sufrimiento al señalarle las frases que dejaban entrever todo lo que yo sabía sobre él y Beatriz. La broma se cuenta sola.

Pero nunca pensé que un hombre joven y fuerte como Quentin pudiera morir tan fácilmente. Beatriz, tan frágil como era, tardó mas tiempo.

Ni siquiera pudo cruzar la habitación para detener mi risa, se desmoronó en el primer paso, cayó, y al instante quedo tendido a los pies del ataúd cubierto en oro.

Después de todo no era tan fuerte como yo. Beatriz lo había visto. Sus ojos tiesos y fríos vieron todo. Como yacía ahí, su delicado y flexible cuerpo contorsionado, sin valor alguno hasta que su sustancia fuese llevada nuevamente al crisol para ser disuelta, mientras que yo que había bebido de la misma formula, sufría los mismos síntomas pero seguía de pie y con aliento suficiente para burlarme de él.

Así que me serví otra copa de ese buen vino Cordoves y levante la copa en dirección a ambos y lo bebí de un trago, mientras reía.

“Quentin,” grité, “me preguntaste qué puerta, pensaste que era la que ya habías cruzado antes, temiste que yo supiera eso, lo que tú sabias. Pero hay puertas y puertas querido amigo, y una que es mas pesada que cualquier otra. Ciérrala si puedes. Ciérrala ahora en mi cara, ya que de todas formas te seguiré adonde vayas, la pesada, pesada puerta de Osiris, ¡Guardián de la Casa de la Muerte!”

Eso fue lo que soñe que hacía y decía. Fue tan vivido, el sueño, que al despertarme en la oscuridad de mi habitación apenas podía creer que no había sido real . Real, estaba vivo, mientras que en mi sueño había compartido el veneno de la venganza. Mis venas seguían ardiendo por la acalorada pasión del triunfo, y mis ojos llenos con la imagen de Beatrice, muerta, muerta en el féretro de Ta-Nezem.

Atemorizado sin razón alguna. Salté de la cama, me vestí rápidamente con ropa de noche, y me apresuré. Corrí por el pasillo, suave y silenciosamente, al llegar al final, abrí las pesadas puertas con una mano temblorosa, encendí luces, y mas luces, hasta iluminar el gran salón que albergaba mi colección, y suspire mientras la visión de mis tesoros llegaba a mis ojos, como un hombre que llega a su casa después de un peligroso viaje.

El sueño fue una mentira.

Ahí, frente a mi, se alzaba el pesado sarcófago vacío, sobre los caballetes, el ataúd dorado, un belleza con hermosos y resplandecientes tallados, como la imagen sonriente de una mujer dorada.

Atravesé sigilosamente el cuarto y suave, muy suavemente levanté la parte superior de la hermosa tapa, fisgue en su interior. El sueño en efecto había sido una mentira.

Volví a mi cuarto feliz como un niño que había sido reconfortado. En el extremo opuesto del corredor la puerta de la recamara de mi esposa estaba parcialmente abierta.

En el cuarto de atrás brillaba una luz muy débil, y podía ver como la cortina color rosa se ondulaba ligeramente debido a alguna corriente de alguna ventana abierta.

Ayer, ella había acudido a mí para pedirme su libertad. Me negué, ya que sabía a quien acudiría y lo odie por su juventud, y su vulgaridad, y su secreto desprecio hacía mí.

¿Pero, había hecho lo correcto? Eran niños, esos dos, y a pesar de mi sueño estaba seguro que sus tontos y joviales ideales los había detenido de caer en el pecado contra mi honor. ¿Pero que tal si, al pasar el tiempo, eso cambiaba? ¿que tal si Quentin se marcha y mi querida Beatriz favorece a otro, joven como él y con menos escrúpulos?

Todos tienen, según dicen, una racha de locura incipiente. Recordé el acto frenético al cual los celos me habían conducido en mi sueño. Quizás era una advertencia, el sueño. Que pasaría si la naturaleza celosa de mi padre algún día me traicionara, y me llevará a cometer semejante locura, a destruir lo mas sagrado para mi.

Sentí un escalofrío, entonces sonreí al ver que la cortina se ondulaba. Beatrice era demasiado hermosa para quedarse a mi lado. Debería ser libre.

Que fornique con Ralph Quentin o con quien quiera, Ta-Nezem debe estar segura en su dorada casa de la muerte. ¡Mi Princesa del Nilo, marrón, marchita y perfecta! Destruida. Reducida a jirones, marrones y aromáticos, quemados, destruidos, y su hermoso ataúd profanado como había visto en mi visión.

Sentí otro escalofrío, sonreí y sacudí mi cabeza con tristeza al contemplar las ondulantes cortinas rosas.

“Eres demasiado adorable Beatrice,” dije, “y mi padre era un Español.¡Deberías tener tu libertad!”

Entré a mi habitación y me acosté para volver a dormir, en paz y feliz. El sueño, gracias a Dios, fue una mentira.

La cueva de los Balbuceadores

Por Edward Page Mitchell
Publicada originalmente en el periódico The Sun, en 1877.

Una tarde de octubre, mientras me abría paso a través del bosque,  camino a pescar las mejores truchas Brooks de las que abundan en las proximidades de Canaán, Vermont, casi me rompo la pierna al tropezar con un profundo agujero en el suelo.

Lo primero que pensé fue en mi caña, que se me había enredado en la maleza; lo segundo que pensé fue en mi pierna izquierda que afortunadamente no sufrió lesiones graves y por último en el agujero con el cual me que había tropezado. El agujero estaba directamente debajo de las ramas de un gran roble rojo que crecía en la ladera de una colina, o cornisa, de limo metamórfico. El agujero estaba semi escondido entre juníperos y arbustos espinosos. Los aparte y me puse en cuatro patas para observar de cerca el agujero negro, con qué objetivo, desconozco. Ya había quitado la pierna izquierda del agujero y ciertamente no tenía interés alguno en los habitantes de aquella morada, cualesquiera que sean, ya sean serpientes, marmotas, o zorrillos, con una probabilidad muy grande de que fuesen estos últimos. Así que decidí no explorar la cavidad, aunque hubiese podido hacerlo ya que cabía dentro, ajustado pero cabía, pero en su lugar retome mi ruta hacia las pasturas de Rodney Prince hasta el arroyo de Rodney Prince y volví a casa al atardecer con una línea que pesaba tanto que por respeto a los sentimientos de Rodney Prince no entrare en detalles. El hospitalario Granger me había asegurado amigablemente la tarde anterior que no habían truchas en su arroyo, que los muchachos las habían pescado todas hace mucho tiempo y que si quedaba alguna seguramente sería míseros especímenes del largo de un dedo, nada que llamase la atención de un hombre de ciudad con una caña de quince dólares y un estuche lleno de moscas.

Después de la cena me sume como de costumbre al pequeño círculo de espíritus selectos que se reunían todas las tardes en la parte de atrás de la tienda del  Diacono Plymton, a fumar sus pipas y a beneficiarse de la sabiduría oracular del propietario de la tienda. En mi humilde intento de contribuir a la conversación con algo interesante, mencione casualmente que había tropezado con un agujero profundo esa tarde mientras iba a pescar. Me halago el hecho de que mi insignificante aventura era tratada con respeto por el resto de mi compañía y que incluso el taciturno Diacono, sentado en su barril de puerco, me concedía su atención.

“¡Claro!” dijo. “En la colina de Rodney?”

“Si”

“¿Bajo un roble rojo?”

“Si”
“umm” refunfuño lanzando una bocanada de humo, “apenas escapaste”

“¿Por qué?” pregunte, resuelto a no ser menos lacónico que él. “¿Zorrillos?”

“¡No… Balbuceadores!”

Andrew Hinckley, sentado en un barril de la harina más costosa del Diacono, murmuró “Balbuceadores”. Y su hermano John, desde una caja de jabón para lavar se hizo eco de la misteriosa palabra. Y Squires Trull sentado en la balanza y el viejo Orrison Ripley, sentado en el barril de barra edulcorada que el honesto Diacono vendía como azúcar en polvo a un chelín la libra, se aferro del refrán y dijo solemnemente como en concierto, “¡Si, los Balbuceadores!”

Sabía que hacer una pregunta me pondría en desventaja en presencia de tan distinguidos ciudadanos, así que solo dije “ah, Balbuceadores”, y asentí con la cabeza, como si escapar de los Balbuceadores fuese una experiencia de lo mas ordinaria en mi vida.

“Gracias a la Providencia” dijo el Squire Trull, luego de unos momentos de silencio, “el que no te hayan jalao para adentro.”

“No ha habido un escape así desde que Fuller se tropezó con el agujero estando ebrio y vio como le arrancaron la bota del pie. ¿No fue así Diacono?

El Diacono, al ser interpelado, se bajo del barril de puerco, caminó hasta el otro extremo de la tienda y volvió con un cerillo de sulfuro en su mano, volvió a prender su pipa y asintió seriamente con la cabeza.

La conversación divagó y se extendió hasta que sonó la campana de las nueve en punto e inspiró al Diacono a bajar los jamones y cerrar las persianas, de ella pude recabar los siguientes datos:

Durante muchos años, de hecho aun desde la infancia del venerable Orrison Ripley, las personas de Canaán habían visto al agujero en la ladera de la colina, bajo el roble rojo con cierto temor supersticioso. Hubo pocos que se acercaron al lugar durante el día, ninguno durante la noche. La opinión popular sobre el agujero parecía bastante bien fundada. A menudo se escuchaban sonidos, risas demoníacas, sonidos indescriptibles, guturales y gorgoteos. Por la información que pude obtener, esta circunstancia era la única explicación de la etimología del nombre Balbuceadores, aplicado por uso y costumbre a los habitantes de las cuevas. Se creía que estos seres sobrenaturales eran malévolos, no solo por la peculiar hostilidad de su risa, la cual había sido oída por muchos en distintas épocas durante los últimos cincuenta años, sino que también hay testimonios de unos pocos que afirman haber visto cabezas diabólicas emanando del agujero como si los demonios hubiesen salido a tomar una bocanada de aire fresco. Además, está el horrible destino que sufrió Jeremiah Stackpole, un joven imprudente y ateo que un veintiuno de octubre de 1858 se había jactado de sus intenciones de juntar bellotas bajo el roble rojo, pero lo único que se volvió a ver de él fue su sombrero, junto al agujero. También está la experiencia de Jack Fuller, el hermano del notario del pueblo. Fuller, había deambulado por las pasturas de Rodney Prince en pésimas condiciones hace aproximadamente cuatro años, y había vuelto a su hogar perfectamente sobrio y con una bota menos. Declaró que mientras deambulaba en busca de ciruelas se había tropezado con el agujero de los Balbuceadores. Lo tomaron de la pierna desde abajo con sus manos salvajes, y sus dedos que le quemaban a través del cuero y la lana y fue solo gracias a un esfuerzo sobrehumano de su parte que pudo escapar de ser completamente arrastrado hacia el agujero. Afortunadamente, al sufrir de callos, usaba las botas muy sueltas, y bajo estas circunstancias les debía su liberación del terrible ataque de los Balbuceadores. Fuller afirma con solemnidad que luego de escapar y llegar a un lugar seguro, aun sentía el ardor de los dedos rojos que lo habían tomado por el tobillo.

El resumen lacónico del diacono sobre las variadas historias acerca del agujero de los Balbuceadores con las cuales me habían agasajado, fue conciso, abarcativo y aterrador. “Es la puerta trasera del infierno” dijo.

“Fuller,” le dije el día siguiente al héroe cuya bota había sido arrebatada por demonios, “¿qué tanto ron haría falta para darte el valor necesario para acompañarme al agujero de los Balbuceadores esta tarde?”

“Yo diría que cerca de un cuarto de botella”, respondió Fuller, luego de inspeccionar mis rasgos y percatarse de que no estaba bromeando. “Para estar más seguros redondeemos en un cuarto entero. Calculo que eso debería dejarme bastante ebrio.”

“¿Vendrías conmigo primero” le pregunte, “y tomarías el cuarto de ron después si le agrego cinco dólares al trato?

Fuller calculo los riesgos con las ganancias. Casi se podía ver a través de su piel la tentación batallando el miedo. El ron triunfo, al parecer. A las tres en punto, el Sr. Fuller, equipado de una soga, una lámpara, y perfectamente sobrio, me acompaño a las pasturas de Rodney Prince hasta llegar al roble rojo en la ladera de la colina.

Al examinar el agujero de cerca me convencí de que no era la guarida de ningún animal, explorando con un palo largo, descubrí que mas allá de la polvareda cerca del orificio, sus paredes eran de roca solida. Era de hecho un túnel dentro de la veta, un túnel natural, tan antiguo como las colinas de Vermont, y que por lo tanto, se habían originado durante el periodo Bajo Biloriano. Más allá de la boca del túnel, donde los escombros y el suelo de la superficie convergían parcialmente, el pasadizo se hacía tan grande como una avenida de Crotona. Durante los primeros metros, el túnel descendía en un ángulo de sesenta o setenta grados. Pero luego su curso, por lo que pude indagar con mi palo, era casi horizontal y se dirigía hacia el corazón de la colina.

Di un paso adelante y grite directo a la boca de la caverna. Volvió hacia mí un confuso y vago eco de mi voz, cuando éste cesó, pude escuchar distintivamente una risa extraña, suave, inteligente, pero no humana, perceptible a mis oídos pero de otro mundo, un mundo desconocido.

Fuller también lo escuchó. Se puso pálido y salió dando grandes zancadas. Le grité con firmeza y volvió temblando.

“Esa risa que escuchamos” dije yo, “es en parte el eco del agujero y en parte nuestra imaginación. Voy a entrar.”

Siguiendo el sincero consejo del Sr. Fuller, decidí entrar a la cueva con los pies de frente, de esa manera, en caso de una emergencia, podría luchar para salir de forma más eficiente. Encendí la lámpara y amarre un extremo de la soga bajo mis brazos. Le di el otro extremo a Fuller. “Si grito para salir,” le dije, “tira de la cuerda con toda tu fuerza y si es necesario dale una vuelta al roble.” Luego retrocedí lenta y cautelosamente hacia el interior de la cueva de los Balbuceadores.

Antes de que hubiese terminado de meter la cabeza y los hombros por el túnel, sentí que un poderoso agarre me tomaba por los tobillos y supe que me estaban arrastrando con fuerza sobrehumana hacia las entrañas de la colina. Le grité a Fuller desesperado, pero mi grito quedo casi opacado por el resonar de una espantosa carcajada. Vi a mi compañero abalanzarse sobre el tronco de un árbol grande. Hizo lo que pudo para salvarme pero se enredo en un arbusto y cayó al suelo y la soga se le deslizo de sus dedos entumecidos por el miedo. Mis propios dedos me fallaron al intentar tomar el polvo de la boca de la cueva. El poder que me arrastraba era irresistible. Mis ojos se encontraron con los suyos, y estaban llenos de horror. “Dios te salve” grito, justo cuando la oscuridad me envolvía.

Me tiraban hacia abajo con una velocidad cada vez mayor, el terror que sentía fue reemplazado por una extraña euforia que me generó el descenso. Me sentí como un tren expreso a toda máquina atravesando la noche. No sabía nada, ni realmente importaba. Ahí estaba yo, un pequeño bote arrastrado por la estela siseante de un barco a vapor. El rugir del agua tomo el ritmo de una sensación cantante y trepidante que precede al desmayo, hasta que la conciencia me abandonó.

El primero de mis sentidos en regresar, al cabo de un indefinido periodo de tiempo, fue el gusto. El gusto de un buen brandy es incomparable.

“Está volviendo en sí. Ya no necesitas acompañarlo,” dijo un voz, severa pero no agresiva.

Abrí los ojos y mire a mí alrededor. Estaba en un pequeño departamento sobre un cómodo sofá. Pesadas cortinas me bloqueaban el campo de visión. La peculiaridad más impresionante del lugar es difícil de describir, ya que involucra una cualidad que no tiene un equivalente exacto en ningún idioma del mundo de los hombres. Cada objeto era auto-luminoso, irradiaba luz, por así decirlo, en lugar de refractarla. Las cortinas escarlatas brillaban con un resplandor escarlata, pero seguían siendo opacas y no traslucidas. El sofá parecía estar envuelto en cobre, pero el cobre brillaba como si fuera una fuente de luz. La persona alta junto a mí, que me miraba con una actitud amistosa y compasiva, también era auto-luminosa. Sus rasgos irradiaban luz, incluso sus botas, que ostentaban un inmaculado pulido brillaban con un indescriptible oscuridad radiante. Creo que hubiese podido leer el periódico solo con la luz que emanaban sus botas.

El efecto de este singular fenómeno era tan grotesco que no pude evitar largar una risotada.

“Discúlpeme,” le dije, “pero tiene una apariencia tan condenadamente similar a una lámpara china que no pude evitarlo.”

“No veo nada que incite al júbilo,” respondió con seriedad. “¿Se refiere usted a mi lustre?”

Su inconsciencia me hizo reír nuevamente. Mas tarde, cuando me acostumbre al fenómeno de la luminosidad difusa universal, cada color luminoso me resultó perfectamente natural, y no vi ya razones para seguir riendo al igual que él.

“Amigo mío,” le dije, para cambiar de tema, al ver que  tenía poca paciencia, “ese brandy que tan generosamente me has convidado es excelente. ¿Podrías, quizás, decirme dónde estoy?”

“Le puedo asegurar que está entre quienes estamos a su disposición, sin perjuicio de su insignificancia y sus pecaminosos disparates. Intentaremos hacer que deje de lamentarse por abandonar ese frívolo mundo para siempre.”

“Son demasiado amables,” le dije, “debo volver a Canaán lo más pronto posible.”

“Nunca volverás a Canaán. El camino por el cual has venido solo funciona en una dirección.”

“¿Y usted pretende que me quede aquí en esta cueva infernal?” “Por su propio bien.”

“Me sorprende,” replique, ya algo acalorado, “que esté tan interesado en mi bienestar moral”

Debió haber pasado una semana entera, aunque no tenía forma de medir el tiempo ya mi reloj obstinadamente se negaba a funcionar, desde que caí prisionero en esta jaula de cortinas luminosas. A intervalos regulares mi guardián, que se asemejaba a un Jack’O Lantern, me visitaba, me traía comida que brillaba como si fuera fosforescente pero que ingerí de todas formas con infinito deleite y me pareció muy buena. No parecía tener ganas de conversar pero siempre me trataba con cortesía y amabilidad, me saludaba y se despedía con una sonrisa soberbia que terminó por exasperarme.

“Escucha,” dije un día, perdí finalmente la paciencia, “sabes muy bien que no me faltan ganas de estrangularte y salir de este lugar a las patadas hasta que vea la luz del sol. Pero en fin, soy débil y lo suficientemente humano para decir que estaría sumamente agradecido si me dices quién eres, por qué siempre me sonríes de esa manera tan soberbia y qué te propones a hacer conmigo. ¿Quién diablos eres tú de todas formas?”

“Todo lo que preguntas lo descubrirás pronto,” respondió con una cortesía ilimitada, “ya que me han ordenado que te lleve de inmediato ante nuestro señor.” “¿El señor de los Balbuceadores?”

“Balbuceadores, si. Creo que ese es el nombre que nos han dado en ese apestoso mundo del cual tuviste la fortuna de escapar. Acompáñeme, por favor, a la cámara de audiencias de mi señor.”

El señor de los Balbuceadores era un personaje con un semblante extremadamente serio. Al igual que mi guardián, sus consejeros y cortesanos (con excepción de un individuo) que me rodeaban en el confortable salón de audiencia, era auto-luminoso. La excepción era un individuo que parecía ser alguna especie de servidumbre. Esta persona, de apariencia humana como yo había hecho todo cuanto estaba a su alcance para remediar sus deficiencias en este aspecto. Se había frotado el rostro, sus manos y su vestimenta con fósforo y brillaba artificialmente como una pobre imitación del genuino principio de iluminación del mundo Balbuceador. Resultaba evidente por su comportamiento y apariencia que este intento de imitación estaba hecho como un sincero gesto de adulación. Su actitud hacia los Balbuceadores era de subordinación al extremo. Estaba a su completa disposición, se regocijaba ante su aprobación, y parecía llenarse de orgullo cada vez que el señor de estos extraños seres se dignaba a mirarlo o hablarle con aire de superioridad.

“¡Gusano de la tierra!” dijo el Balbuceador principal. “¿Estás dispuesto a aprovechar una gran oportunidad?”

“Lo estoy,” respondí,”estoy dispuesto arrastrarme de vuelta a mi humillante vida a la primer oportunidad que se me presente.”

“Pobre tonto”, dijo el señor Balbuceador, sin el menor signo de impaciencia.

“Gracias,” respondí con una reverencia que pretendía ser irónica, “¿y cómo debería dirigirme a su majestad?”

“Oh, yo soy Ahriman,” continuó, “el gran Ahriman, el poderoso demonio Ahriman. Los mortales tiemblan de solo pensar en mí, y no se atreven a pronunciar mi nombre. Fui el soberano de un vasto imperio de demonios y archidemonios en mis tiempos, y cause gran cantidad de problemas en Persia y alrededores. Soy un demonio aterrador, te lo aseguro, inspiro mucho terror.”

“Discúlpeme, tío Ahriman” le respondí, “¿pero está seguro de ser tan temible como solía ser?  

Un gesto de vanidad mortificada atravesó su rostro. “Quizás,” respondió dudando un poco “quizás esté un poco fuera de práctica. Los años y las circunstancias han limitado mi campo de acción. Pero sigo siendo temible. ¿Acaso no sigo siendo temible Belcebú?”

“Mi señor Ahriman,”  dijo una voz familiar detrás de mí, “es usted indescriptiblemente temible” mire a mi alrededor y vi que esta opinión venia de mi viejo conocido y guardián.

“Has oído a Belcebú,” continuo Ahriman, “dijo que soy tan temible que no hay palabras para describirme. Puedes confiar en Belcebú, es uno de los demonios más confiables y despiertos de nuestra comunidad. Él tiene poca consideración por la naturaleza humana pero en temas como este su opinión es tan válida como la de cualquiera. Sí, soy espeluznante sin lugar a duda. ¿No es así, Stackpole?”

El sujeto al cual había identificado previamente como un ser humano y lame botas a disposición de las órdenes y caprichos de los Balbuceadores, dio un paso al frente de la multitud, elevo sus ojos del suelo hacia los de Ahriman, y consecuentemente empezó a temblar y tiritar como si el pavor lo hubiese dejado sin habla. En su momento creí que ese canalla esta fingiendo. Incluso creí ver que me había guiñado el ojo en señal de complicidad cuando dejó de temblar.

“Ya ves,” dijo Ahriman, volviéndose orgullosamente hacia mí, “lo que mi presencia genera en nuestro valioso amigo Jeremiah Stackpole, aun cuando ha tenido casi veinte años para acostumbrarse a mi presencia.”

Este hombre mortal, era el  joven ateo de Canaán, cuya misteriosa desaparición en 1858 me habían relatado en la tienda del Diacono Plympton. Más tarde me entere que el había ingresado a la cueva de los Balbuceadores de la misma forma que yo. Con la diferencia que él se había adaptado a su situación mucho más rápido. La sociedad de demonios retirados en las entrañas de la tierra  encajaba perfectamente con sus gustos. Le aseguraron una cómoda subsistencia mientras viviera, nunca intento escapar de la cueva y descubrió que se podía ganar el aprecio de sus captores alimentando su inofensiva vanidad.

“Ahora, mortal,” retomo Ahriman con un aire de triunfo, “quizás creas que es extraño que espíritus malignos, tan poderosos y terribles como nosotros, contemplen cualquier otra posibilidad sobre tu insignificante cuerpo y totalmente depravada naturaleza que no sea la de borrar tu existencia de una vez. Para serte sincero, sin embargo, nos resulta provechoso tener a un mortal o dos entre nosotros para hacer el trabajo pesado de la comunidad, o para asistir en el desarrollo de los inmensos recursos naturales que la cueva ofrece. No es que seamos perezosos,” agregó,”sino que en nuestro honorable retiro estamos, quizás, menos activos y con menos energía de la que solíamos tener. Por esta razón, te ofrecemos la oportunidad de disfrutar las increíbles ventajas de la perpetua compañía de  tan grandiosos seres. Valgame,”continuo este impresionante demonio, abanicándose con una cola punzante de cual no me había percatado antes, “¡que calor! Moloch, llévate a este mortal. Tanta charla me ha fatigado.”

Debo confesar que me preocupe un poco ante la mención de un nombre que la humanidad ha temido por siglos. Había algo macabro en la idea de ser entregado al cruel y sanguinario Moloch, en cuyos altares rojos habían sido sacrificadas miles de vidas humanas. La apariencia de mi nuevo guardián, sin embargo, era reconfortante. Moloch se me acerco con una sonrisa amistosa, me palmeo la cabeza y se ofreció a mostrarme la cueva. Era un demonio gordo, bondadoso, y aparentemente perezoso, con un rostro grotesco y un brillo alegre en sus ojos. Me agrado Moloch desde el principio.

“Te contare uno bueno,” me susurro al oído. “¿Cuáles fueron las naciones más ridículas que alguna vez vivieron sobre la faz de la tierra? Ja ja ¡Es muy bueno, te lo aseguro!”

“Me rindo” le dije.

“¿Por qué?” me dijo mientras empezaba a tiritar como una medusa de tanto aguantarse la risa, “las naciones más ridículas eran los Sahu-merios, los Creti-nenses y los Baba-lonicos. ¿Entiendes?” Moloch se desencajo de la risa.

Me reí sinceramente, y a él le agrado que apreciara su humorada. “Te contaré uno mejor” me dijo en confidencia, “tan pronto como recuerde el remate. He olvidado cómo es el remate. Tiene algo que ver con un pícaro juguetón y una rana temeraria, no. No estoy seguro que sea así. Pero es una de las mejores bromas que jamás has escuchado si se la cuenta bien.

“Esos demonios que están allá,” dijo Moloch, mientras salíamos del salón de audiencia e ingresábamos a un campo, bajo el techo colgante de la caverna, donde una variedad de demonios de apariencia bastante inocua estaban plantando maíz, “son  Asuras, Pretas, y los temibles Raksasas del hinduismo. Solían deambular por la tierra sedientos de sangre, con afilados dientes, siempre buscando carne humana. Ahora son demonios estrictamente graminívoros. Oh déjame decirte que ha habido un gran avance en nuestra raza desde que nos retiramos de la actividad. Podrías llamarlo el avance civilizatorio” agregó, con síntomas visibles de que se reía por dentro.

Llegamos ante un gigantesco demonio sentado que se balanceaba en una roca, su enorme puño derecho blandía una petaca de mimbre. “Es Tifón” susurro Moloch, “el Set de los antiguos egipcios. Set solía respirar humo y bombardear a sus enemigos con rocas al rojo vivo. Alguna vez fue el terror de todos los dioses, si lo recuerdas, los desterró a todos del país. No te lastimara. Esta muy apacible ahora, incluso cuando está medio borracho. Set tiene predilección por el licor pero como observaras ya no lo tolera como antes. El gran Set se ha venido abajo como podrás ver,” agrego Moloch riéndose por lo bajo, “Set, sat, sot.”*

“Eres un bromista desquiciado Moloch,” le dije.

“Estoy en modalidad bromista”, replico. “Disfruto de una buena broma. A veces, me suben hasta el túnel de Canaán para que me ría y asuste a los campesinos del mundo exterior. ¿No has notado lo particularmente alegre que son mis ojos?”

En el transcurso de mi caminata con Moloch a través de la comunidad Balbuceadora, llegue a comprender lo inofensivo y sencillos que eran estos miedos ancestrales en realidad. Si alguna vez habían sido malignos, habían descartado esa maldad cuando la superstición los descarto a ellos. Como todo caballero en decadencia en cualquier rama de la industria, algunos de ellos aun enarbolaban con cierto orgullo su pasado perverso, pero la sombra era ridículamente distinta a la sustancia. Uno a uno, como me lo contara el amigable Moloch utilizando variados y brillantes juegos de palabras, de los cuales lamento ser incapaz de recordar alguno, los demonios de la antigüedad que habían sido reemplazados en dogma y credo por nuevos y más modernos demonios, abandonaron la faz de la tierra y se retiraron a esta caverna en las profundidades de esta montaña con forma de tridente. Aquí, los demonios agotados de cuarenta siglos se habían oxidado lentamente a las condiciones en las que los encontré cuando me arrastraron por los talones a su comunidad.”

“Ahriman ha mantenido su cordura mejor que cualquiera de nosotros,” explicaba mi guía, el alegre Moloch, “y por lo tanto es nuestro jefe, pero en privado, entre tú y yo, no creo que sea más grandioso o diabólico que ninguno de los otros.”

Vimos y hablamos con Baal. Parecía ido, trabajaba en la cocina del establecimiento, repartiendo raciones de sopa fosforescente. ”Tu sopa brilla hoy” le dije, a falta de algo más interesante que decirle.

“Si, brilla, brilla”, respondió el anciano demonio, aparentemente había quedado perplejo por la fuerza de mi afirmación. Hizo una pausa, como si fuera incapaz de captar la inmensidad de la idea, con el cucharón en la mano se agarró la frente y se volcó sopa en la ropa. “Brilla, brilla”, repetía, sin notar lo que había hecho, “hay algo en mi cabeza que zumba y zumba.” Empezó a tirar sopa para todos lados y a musitar para sí la pobre analogía, “lo que brilla, brilla, lo que zumba, zumba.”

“Algunos de los nuestros están aun más idos que Baal” dijo Moloch. “Hay una casa llena de ellos en aquella institución donde los pobres diablos se sientan a soñar despiertos y tienen la lucidez justa para comer y beber. Deberías ver a Abaddon. Tiene un estado deplorable. Tan ido que no puede apreciar una buena adivinanza. “

Más tarde, tuve el honor de que me presentaran a Lilith, la amante de Adán, y madre de una perniciosa camada de demonios. Era una anciana muy afable como una abuela, y, cuando la vi estaba tejiendo un par de medias de lana muy abrigadas para Belial, una especie de demonio perezoso bueno para nada. Vi a Asmodeus, estaba leyendo con aparente entusiasmo Cartas para jóvenes hombres de Timothy Titcomb. Conocí a Leviatán, Nergal y Belfegor, que hubieran huido despavoridos temblando si les hubiese hablado con demasiada firmeza. Hable con Rimnon, Dagón, Kohai, Behemoth, y el Anticristo, eran tan serios y respetables como los honestos ciudadanos que veía todas las noches en la tienda del Diacono Plympton.

Durante las semanas que duro mi estadía con los Balbuceadores, me sentí un poco mortificado al saber que sus estándares morales ponían en vergüenza las prácticas comunes de la humanidad. Seres inofensivos, se jactaban de su reputación como malignidades demoníacas pero en sus vidas privadas tenían una conducta intachable. No mentían ni robaban. La confianza era algo sagrado. De su hospitalidad, puedo dar fe. La única forma de vicio que existía entre ellos era la ebriedad y se restringía a Tifón y uno o dos más. Pero, aun cuando les daba crédito por virtudes que escaseaban en la tierra, debo ser totalmente honesto y decir que la compañía de los Balbuceadores era bastante tediosa. Descubrí el secreto para utilizar el túnel gracias a la bondad de mi amigo Moloch y la felicidad me invadió cuando me encontré nuevamente de pie junto al roble rojo en las pasturas de Rodney Prince.

El contraste entre los oscuros y apagados colores de la superficie en comparación con los tonos auto-luminosos de la caverna era insignificante comparado al que me oprimía cuando empecé a asociarme nuevamente con la humanidad. La corrupción del comercio, la mezquina malicia de la sociedad, la degradación del ser humano, tomaron un nuevo y repulsivo aspecto. Comparto la compasión de Belcebú por la imperfección de los mortales.

Fin.

NdT: *Juego de palabras esgrimido por el demonio Moloch. Literalmente significa “Set, se sienta, Borracho”. Es claro que las palabras en el idioma original sirven mejor a sus propósitos que la traducción al español.

Un poco sobre el autor
Edward Page Mitchell, que se desempeño durante años como editor del periódico The Sun en la ciudad de New York, fue un impulsor temprano de la ciencia ficción y el género fantástico.
El gigante perdido de la ciencia ficción americana, introdujo múltiples recursos y clichés típicos del género años antes que lo hicieran otros gigantes como H.G. Wells.
Originalmente, los escritos de Mitchell fueron publicados en forma anónima en el periódico donde trabajaba a fines del siglo XIX, su autoría salio a la luz recién en 1973 cuando Sam Moskowitz recopilo ocho de sus historias en una antología llamada “El hombre de Cristal”.


Su espíritu sagrado se eleva

Por S. Qiouyi Lu

鶼鶼 jian jian (en sistema Wades-Giles), kimkim (cantones estándar)
Lit. Pareja de aves míticas interdependientes, cada una posee un ojo y un ala.
Fig. Una pareja inseparable.

Con los cuerpos pegados uno contra otro, nos elevamos sobre las montañas de Guilin y nos detenemos en una cima frondosa. Plegamos juntas nuestras alas , las tornasoladas  puntas de las plumas de mi ala descansan sobre la tuya. Soportas nuestro peso sobre tu pierna, cuando te cansas, soporto nuestro peso en la mía. El control sobre nuestros ojos es compartido.

El río debajo reluce con un millón de tonalidades del ocaso, botes pequeños deambulaban por la superficie, adornando esos resplandecientes colores. Un céfiro cruje a través de los árboles y sacude la esencia de toda la flora y fauna a nuestro alrededor. Levantamos vuelo nuevamente, nuestras alas perfectamente sincronizadas y nos deslizamos sobre el agua.

Los pequeños botes se dispersan para dar lugar a un barco más grande que emerge de la curva del río . Algo está mal con el aspecto de este barco, es como una puñalada al paisaje. Mientras que los otros botes son pequeñas balsas de bambú atadas con cáñamo, este barco es una cosa monstruosa, impetuosa y angular que contrastaba con las redondeadas curvas de las montañas. Huele a fuego, pero no a fuego hecho con madera. Algo más antiguo, arrancado de la tierra, agrio, que desentona con el aroma fresco de la lluvia de las montañas.

Un grito, seguido de otro. Los humanos se mueven por todo el barco, preparan un dispositivo y nos apuntan con él. Nos elevamos, pero es demasiado tarde ¡Pam! Un suave silbido se escucha detrás nuestro y una red nos envuelve, nos destierra de los cielos.

Agitamos nuestras alas, y nos machucamos las piernas, pero la red sigue ahí, firme y ajustada. Somos grandes entre las aves, pero pequeñas entre los humanos. Se amontonan a nuestro alrededor, nos bloquean la luz del sol, y nos confinan en una caja. Nuestros corazones laten  juntos, cada vez más y más rápido, un staccato de pánico en nuestros pechos. Los espacios entre las tablas nos ofrecen un espacio muy reducido para respirar. Estiramos los cuellos para mirar hacia afuera, pero han tapado la caja con una tela negra, para escondernos del mundo.

No tenemos noción del tiempo ahí adentro. A veces, cuando quitan la tela, se filtra un hilo de luz solar; en otras ocasiones, el cuarto queda oscuro. La única constante era el mecer de las olas detrás nuestro. Nos alimentan con desperdicios de pescado a medio descomponer y los devoramos, pero nunca es suficiente. Temblamos la una contra la otra.

A medida que pasan los días, nos desvanecemos juntas. Ansiosas, mutilamos nuestros cuerpos, muchas de nuestras plumas, esmeraldas y carmesí, relucen desparramadas por toda la caja, con los calamos retorcidos. Sólo el color pálido de los troncos de ginkgos permanece en nuestros pechos.

Cuando finalmente volvemos a tocar tierra y los humanos nos sacan del barco, sentimos que el olor del océano sigue siendo el mismo que el del océano allá en nuestro hogar,  pero solo reconocemos la mitad de las estrellas en el cielo. Han cambiado y rotado, ahora descansan en lugares distintos en el oscuro océano de la noche. Los humanos nos llevan a un lugar donde no hay árboles, nos trasladan de la caja a una jaula. Graznamos, nuestra voz suena ronca, agitan nuestra caja, nos devuelven el graznido y nos calmamos.

Sus voces hacen eco en las paredes y crean un bosque de parloteos que no podemos entender. Entierro mi cabeza en tu cuello, cierro mi ojo y nos dejan ahí solo con la mitad de tu espacio. Ladeas la cabeza y observas a un pequeño grupo de humanos mientras conversan.

Nos alimentan con mejor pescado aquí. No hay un río adentro, pero el brillo de todos los muebles metálicos nos recuerdan al agua de todas formas. Un día, cuando los humanos nos dejan salir de la jaula para volar libremente en un cuarto grande, confundimos una mesa brillante con un charco. Nos detenemos en su superficie, esperando sumergir los pies en barro y agua fría. Pero aun cuando la superficie de la mesa está fría, no cede.

Algo nos duele en nuestro interior.

Los humanos parecen emocionados cuando vuelven a quitar la tela de la jaula. Murmuran entre ellos mientras nos llevan a una habitación donde nunca habíamos estado antes. Nos acuestan de espalda, les damos pelea, rasguñamos, agitamos nuestras alas pero aun así no pudimos evitar que  restrinjan nuestras piernas y cuellos,  atan nuestras alas contra nuestros cuerpos. Se retiran. Aun podemos ver sus figuras a nuestro alrededor, pero hay algo que nos separa de ellos.

Un zumbido, más fuerte que un millón de cigarras chirriando juntas, lleno nuestros oídos. Una serie de luces resplandecientes, un arco purpura brillante sobre nuestros cuerpos.

El relámpago golpea y nos separa.

El mundo se pone blanco.

#

Me despierto sola.

Puedo tolerar el peso de dos kim pero no el de uno. Me cuesta levantarme, el ala me pesa; logro mantenerme en pie solo por un momento antes de caer. Intento llegar a ti, pero no te encuentro en ningún lado, no estás a mi lado y no puedo sentir tu presencia en ninguna otra forma. Quiero estrellarme contra la jaula, dar vueltas contra la jaula hasta que pueda salir y encontrarte, para llenar este agujero en mi corazón, pero mi única ala no colabora sin la tuya, y mi único ojo solo puede ver la mitad de lo que veíamos juntas, y mi única pierna sigue cediendo al no tener tu peso para equilibrarnos.

No puedes estar muerta. Yo no puedo estar viva. Un solo kim no tiene sentido, los humanos nos separaron de alguna manera, pero ¿por qué sobreviví? ¿Acaso no te amé lo suficiente?

Me acerqué lentamente a la puerta. Luché para levantarme, junte mis fuerzas y me arroje con todo mi peso hacia una caída inevitable, esperando que de alguna manera, de alguna manera, pueda romper este cerrojo.

Choque contra la jaula hasta que todo mi cuerpo sangraba.

(Excepto que sin ti, todo mi cuerpo está incompleto.)

#

Me llevan a otra habitación. Los miro amenazadoramente, pero me duele el corazón, no he comido, y estoy demasiado débil sin ti para resistir. Un cuerpo humano joven yace en una mesa inclinada, con los ojos cerrados. Tenía cables por todo su cuerpo como si fueran sanguijuelas, respira, pero apenas. Siento poca vitalidad. Los humanos me cubren con esos cable tipo sanguijuelas también, todo esto mientras rebuznan entre ellos.

Las luces resplandecentes expulsan la melancolía  bruscamente de mi cuerpo, me invade el pánico; cierro los ojos y agito mi ala, excepto que no puedo mover mi ala, ya no. Todo da vueltas y estoy atrapada en un tifón, despojada de mi cuerpo, mis pensamientos son como agujas filosas mientras pasan por mi mente, todo es fuego y destellos. Me aferro de algo más, pero todo el paisaje cambia. Mi cuerpo se siente diferente. Los olores se intensifican y disminuyen; escucho mucho más ahora, y el espectro de sonidos es abrumador. Abro mi ojo, mis ojos, y descubro que sólo puedo ver lo que hay delante mío. Muchos colores han desaparecido. Debo girar mi cabeza (mi cabeza gira) para ver algo más.

Un bulto beige moteado con verde brillante, carmesí y negro yacía todavía en la mesa junto a mí, y pensé: un ave; yo era un ave, pero el ave está muerta y…

Yo sigo aquí. Sigo con vida. Ya no soy el ave; soy esta cosa sin alas, esta cosa con cuatro extremidades, este ser humano. En algún lugar de mi memoria está la sensación de volar por el cielo, pero también visiones de otros mundos; edificios altos, automóviles que huelen exactamente igual a ese barco, diésel, complementa mi mente, ese olor es combustión diésel. Una palabra, escondida muy dentro mío, sale a la superficie; Meisun. Un nombre. Mi nombre.

Estos recuerdos no son míos, pero de alguna forma son míos. Aunque son distantes, muy distantes, y recordarlos es como intentar tocar el reflejo de las piedras del fondo de un charco lodoso.

“Estas consciente,” dijo alguien. Antes, sus palabras solo eran sonidos, pero ahora las reconocía y las entendía.

O quizás siempre las había entendido.

“Si.”

“¿Quién eres?”

“Soy…” Dudo. Estoy lista para responder, pero no estoy lista para responder. Una ráfaga de recuerdos me azota, intento atraparlos uno por uno, pero de repente siento nauseas, sacudo la cabeza y dejo que todo se asiente “No lo sé.”

“Mm.”

Mientras la persona ante mí toma notas, yo miro de reojo al cuerpo del ave. Sé que soy yo, pero también que es imposible que sea yo.

“¿Donde está la otra ave?”

“¿Qué ave?”

Intente decirle a esta persona tu nombre, pero las kim no tenemos nombres. ¿Por qué duele tanto este vacío que siento, donde debería estar tu nombre? Trago y asiento en dirección al cuerpo del ave.

“Nos separaron en dos. Esa de ahí es–era yo. ¿Dónde está la otra?”

“Oh. Murió cuando cortamos el vinculo. Hemos preservado el espécimen. Este otro también será preservado.”

Mi cabeza da vueltas, levante una mano para incorporarme. Algo brilla, un brazalete envuelve mi muñeca, y las letras estampadas en él decía RECUPERADO. Cuando me vieron mirando el brazalete, uno de ellos me hablo.

“Tu identificación. Seguiremos monitoreándote, el brazalete indica que eres parte de nuestro proyecto.”

Tengo el estomago revuelto. Esta cosa no es nada comparada al brazalete de jade. Es plateada y sin vida, muy diferente al hermoso brazalete verde y marrón que envolvía mi muñeca en mis sueños, si tan solo tuviera dinero para comprar uno. La luz reflejada en el brazalete activa algo en el ojo de mi mente, me elevo, y veo el agua resplandecer con la luz del sol.

Frunzo el ceño.

¿Cuando he tenido yo la necesidad de algo como un brazalete de jade, o incluso de tener el tipo de miembro necesario para portar uno?

#

Mientras me tienen aquí, recuerdo más acerca de mí y del mundo: es 1949. Estamos cerca de San Francisco, en Berkeley. He estado en California por cuatro años ya. Los días son indistinguibles; los investigadores me toman los signos vitales y me pide que cuente lo que recuerde. Cada uno de ellos es una doble revelación, fantasmas sobre fantasmas, algunos días lo único que puedo hacer es sacudir la cabeza y decir que ya no puedo hablar.

Gradualmente, al igual que el agua erosiona la piedra, las visiones dobles empiezan a desvanecerse, y me cuesta cada vez menos filtrarlas. Mis recuerdos empiezan a cuajar, poco a poco. Cuando llego al punto donde puedo contar algo de corrido, los investigadores suspiran aliviados y me preparan para una reunión que dicen es muy importante.

Funcionarios del INS vienen a visitar las instalaciones. El Dr. Ackerman, uno de los que más ha trabajado conmigo, me explica que el INS significa “Instituto Nacional de Salud” y que son quienes financian su investigación. Necesita que hable con ellos mas tarde. Asiento.

Mas tarde, el Dr. Ackerman regresa del brunch con los funcionarios, me guió desde mi habitación hasta el salón de reuniones. Sentada en una silla dura con respaldar alto al frente, el Dr. Ackerman se para tras de mí. El leve y cálido sonido del proyector de diapositivas llena mis oídos. Habla y habla, no entiendo completamente lo que está diciendo, aun cuando entiendo la mayoría de las palabras que está usando.

“…Terapia Electroconvulsiva, o TEC, es la última opción para enfermedades mentales resistentes al tratamiento, pero la amnesia retrógrada sigue siendo el efecto secundario más común… las kim kim, o Tórtolos Orientales, son dos aves individuales que se han fundido en una sola, son parte de la mitología de los celestiales, pero son de hecho muy reales, e incluso sus plumas tiene un potente uso medicinal… la energía no puede crearse ni destruirse, solo transformarse… como hemos visto en esta primera fase, es posible revertir el vinculo entre las dos aves y almacenar esa energía en celdas…”

Cambia las diapositivas mientras habla, con cada click acentuaba el silencio. El panel de caras desconocidas frente a mí asentía y tomaba notas, me cuesta mantenerme despierto. Entonces, escucho mi nombre y levanto la vista.

“Meisun, aquí, es un caso único, nuestro estudio esta asociado con el  del grupo Recuperación de Stanford, nuestros colegas allí han demostrado que, mientras que la energía transferida de animales vivos a pacientes comatosos puede efectivamente sacarlos del coma, la transferencia involuntaria del sistema sensorial y los reflejos del animal dejan una marca indeleble en el ser humano, y a menudo se los ve en un estado de semi-humanidad, semi-bestial… debido a que los Tórtolos Orientales son famosos por sus habilidades curativas, nuestra hipótesis era que quizás los efectos de las transferencia disminuyeran, extendimos esa hipótesis a los estudios de TEC y teorizamos que pequeñas dosis de energía provocarían poca o nada de transferencia y también evitaría la amnesia. Nuestras esperanzas eran grandes, al igual que nuestra hipótesis de que los estudios de Recuperación parecían estar en lo correcto. Meisun, ¿podrías contarles a nuestros invitados un poco sobre ti? Puedes empezar por contar de dónde eres.”
         Asentí. Había discutido mis recuerdos con tanta frecuencia con el Dr. Ackerman y los demás que ya se había convertido en una rutina.

“Nací en Toisan, y la mayoría de mi familia aun vive ahí. Mis padres me casaron con Kam Saan haak, un comerciante que ya vivía aquí en California. Viaje hasta aquí en el fondo de un barco.” Hice una pausa. “Estaba en un caja, no, no fue así. Solo estaba muy hacinada, como estar en una caja. Y cuando llegue aquí, me detuvieron en la Isla Ángel durante meses.”

Uno de los funcionarios levanto una ceja. “¿y cómo fue tu experiencia ahí?” preguntó.

“Fue.. Fue solitario. Difícil. Estaba en una jaula, una celda. Lo único que me hacía compañía era la poesía que cubría las paredes, escrita por otros detenidos.” Fruncí el ceño. Siento que me falta alguien, que hay un agujero en mi corazón. , pienso, pero recordar detalles sobre ti es como intentar servirse agua en las manos.

Los funcionarios asienten. Otro me observa y examina detenidamente, sus ojos son de un verde vibrante, y pienso en los bosques de las montañas.

“¿Puedes contarnos sobre tu esposo? ¿Tu vida aquí?”

Asiento. “Teníamos una pequeña tienda en Chinatown. El trabajo era duro, pero ganábamos suficiente dinero que incluso podía enviar un poco a casa. Nunca hicimos lo suficiente para ser ricos.” sonreí con remordimiento. “No pensé que me iba a asentar aquí pero parecía estar pasando. Y entonces…”

Mi corazón se sobresalto. Cerré los ojos, y recordé un sonido ¡Pum! Cosas volando hacia mí. Temblé, pero seguía hablando.

“Entonces las revueltas llegaron a quemar Chinatown y le dispararon a mi esposo, y me capturaron, no, me rodearon y me golpearon, recuerdo que me dolía todo, y entonces, un relámpago, ¿una tormenta? Y entonces…” respire temblorosamente. “Nada.”

El funcionario a cargo sacudía la cabeza en señal de empatía. “Lo siento.”

“Gracias.”

“Bueno, Dr. Ackerman,” uno de los funcionarios dijo momentos después. “este es efectivamente un caso muy prometedor, y presenta argumentos convincentes para una prueba de TEC con energía de Tórtolos Orientales. Empezaremos a trabajar en renovar su subvención y la de su grupo Recuperación, espere confirmación de nuestra parte dentro de las siguientes dos semanas.”

El Dr. Ackerman sonríe. Me mira y coloca su mano en mi hombro. El tacto se siente extraño e impersonal.

“Maravilloso trabajo, Meisun.”


#

Algunas personas empiezan a sumarse a las instalaciones, todos ellos tenían brazaletes como el mío, pero aparentemente soy tímida. Me alejo de ellos y paso la mayor parte del tiempo en mi habitación, con sus paredes desnudas y escasos muebles, su ventana apuntaba a una extensión de arboles desconocidos. A veces, miro hacia afuera y un recuerdo se cruza por mi cabeza, un bosque visto desde arriba, como que estoy volando, entonces cierro mis ojos y si estoy volando, y tu estas apretada junto a mi, y estamos tan unidas y completas juntas.

Entonces el recuerdo se desvanece, y me quedo con el recuerdo que la única persona junto a mi había sido mi esposo, a quien nunca había podido amar, y que, si lo hubiera amado, se habría sentido como una traición hacia ti.

El Dr. Ackerman toca a mi puerta un día y lo dejo entrar. Carga unas bolsas, hay alguien detrás de él. Inclino mi cabeza intrigada.

“Meisun, conoce a tu nueva compañera de habitación,” dice el Dr. Ackerman.

La mujer detrás de él es como de mi edad, entre veinte y treinta años. Su cabello negro, del mismo color que el mío, cae sobre sus hombros, sus ondulaciones son menos pronunciadas. La bata de hospital que usa le da una apariencia informe. Luce cansada, casi vacía, pero cuando ve mi rostro, una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios.

“¿Nei kong Kwongtungwa?” pregunta suavemente. Sin darme cuenta le devolví la sonrisa.

“Hai,” respondí, entonces me di cuenta lo dulce que sonaba el cantones en mis oídos, como desenmarañaba mi lengua y mi corazón cuando no tengo que rebuscármelas para hablar en español.

“Soy Yaulan,” siguió hablando en cantonés. “¿Y tú?”

“Meisun.”

El Dr. Ackerman sacudió la cabeza. “Tu gente siempre suena tan enojada cuando habla,” dijo. Lo mire, desconcertada.

“Sólo nos estamos presentando,” dije en español.

“Ya veo,” respondió. Junto a mí, Yaulan enrolló los ojos y musitó Gweilo y tuve que contener la risa. “Bueno, pónganse cómodas, Yaulan es parte de la prueba y se quedará por un tiempo.”

Durante los días siguientes, entre las sesiones de diagnóstico de Yaulan, hablamos sobre nuestro pasado, nuestras familias, nuestras vidas. Aun confundo los recuerdos, pero Yaulan me tiene paciencia y no le parezco extraña. Me cuenta sobre sus padres, tenían una máquina para hacer dumplings, pero fue destruida durante las revueltas, en este punto de la historia desvía su mirada hacia la ventana, ella y sus padres apenas escaparon con vida.

“Me siento un poco mal por haberlos dejado solos para atender el restaurante, trabajaba ahí sirviendo mesas, pero ahora que no estoy, mi mamá probablemente este trabajado por las dos, pero bueno, esta probablemente sea mi única oportunidad para recibir el tratamiento, así que…”

Eso llamo mi atención “¿Tratamiento?”

Se quedo muy callada por un buen rato, hasta que finalmente hablo. “Yo… yo intente suicidarme. Dos veces. Fue estúpido, pero… a veces no puedo contenerme cuando empiezo a pensar en eso y entonces…” hace una pausa y respira profunda y temerosamente. “Estoy enferma y esta puede mi última posibilidad de seguir viviendo.”

Mi corazón se sobresalta.

“Lo siento,” dije, porque no estoy segura de qué decir.

Se encoge de hombros.

“Solo espero que ayude.”

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Regresas a mí en un sueño.

Tenemos forma de ave nuevamente, las dos, bebemos del rocío de las hojas, el agua refresca nuestras gargantas. Pateamos la rama y nos echamos a volar, la rama rebota y arroja el roció al aire,  puntos brillantes de luz arrojados al cielo. Sobrevolamos la superficie del río, y nos sumergimos. El río nos llena de calma, nos abraza con una suave presión. Salimos del agua con un pez y nos paramos en una rama, nos alimentamos mutuamente.

Me despierto con lágrimas en los ojos. Me toma un momento recordar que soy humana, y para cuando eso sucede, el sueño ha empezado a desvanecerse. Alguien debería estar junto a mi, pero mi cintura, mi cadera, están vacías e inconexas, un espacio sin llenar.

Son más de las 11. No me di cuenta que había dormido hasta tan tarde, cuando me doy vuelta, veo a Yaulan sentada en su cama de espaldas a mí.

Y te veo a ti, superpuesta sobre ella.

Me incorporo de un salto. Yaulan se da vuelta y es solo ella, me regala una sonrisa muy, muy pequeña.

“Tenía miedo de que nunca despertarías,” me dijo en cantonés. Mi corazón galopaba en mi pecho y tenía la boca seca.

“Estas…” empecé a decir, trague. “¿Qué… qué sucedió?”

“Si, tuve mi primera sesión de TEC,” dice Yaulan. “Fue extraña. No estoy segura de sentirme mejor, pero al menos no me siento peor.”

Lo sentí: nuestro lazo, nuestra energía, arrancada de ambos. Retrocedo, y Yaulan luce confundida.

“¿Que sucede?”

“No es nada,” dije, mis manos temblaban. “Sólo tuve un sueño extraño, y…”

Y tú estabas en el, solo que eso no era verdad. No era ella, eras tú.

Yaulan se va para más pruebas y entrevistas. Me siento en mi cama sola, respiro profundo un par de veces más y de repente todo se desvanece, me quedo ahí sintiéndome mareada y confundida por la extraña reacción que me produjo Yaulan. La marea de nauseas retrocede y dejo escapar un suspiro.

Cuando me incorporo, empiezo a sentir que la habitación es demasiado grande sin Yaulan en ella.

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Empecé terapia con un psicólogo, el Dr. Roberts. Me dice que debo rechazar los recuerdos del ave cuando aparecen, pero aun me cuesta mucho trabajo hacerlo. Se siente tan real en el momento, tan convincente, que quiero aferrarme a ellos e intentar salvar ese sentimiento de sentirme completa contigo. Pero cuando le digo esto al Dr. Robert, sacude la cabeza y me dice que debo abandonar estos recuerdos, o me convertiré en una persona por siempre atormentada por experiencias que ni siquiera he vivido.

No estoy segura de cómo me siento respecto a eso. Creo que no quiero abandonar esos recuerdos y olvidar que alguna vez sucedieron, que alguna vez exististe. Solo quiero llegar al punto donde pueda pensar en ellos y que no me sumerjan en una espiral reflexiva donde paso horas atrapada en mis propios pensamientos.

Yaulan tambien esta luchando. La veo sonriendo mas estos días, pero por momentos aun se ve vacía, se encoge sobre si y se niega a hablar conmigo. También hay momentos como cuando apenas vuelve de las TEC en los que casi no soporto mirarla, la energía que emana de ella, despierta una energía en mi; me hace recordarte, empiezo a rememorar Guilin, Toisan, otra vez perdida en mis recuerdos.

Los sábados, no tengo que ver al Dr. Roberts, y Yaulan no tiene que ir a sus TEC, podemos hacer actividades juntas o salir a excursiones supervisadas. La enfermera Florence nos lleva a un café. Nunca me ha gustado el café, encuentro su sabor demasiado amargo, demasiado amargo aun cuando le ponga crema y azúcar, pero Yaulan bebe su café negro y saborea cada sorbo. Ver que el café la anima me hace sonreír.

Otro sábado, Yaulan y yo nos quedamos para asistir a una clase de arte. Ella es mucho mejor para hacer que las flores y las aves luzcan como flores y aves de verdad. Me inhiben mis deformes garabatos, pero cuando Yaulan mira mi pintura, sus ojos brillan de placer.

“Guau, Meisun,” dice. “¡Mira esos colores! Eres un talento nato. Mis colores siempre se sienten muy chatos.”

Miro ambas pinturas y supongo que la mía es un poco menos vivida que la suya, me pregunto, si pudiéramos combinar nuestras habilidades, quizás podríamos crear una pintura perfecta.

La enfermera Florence también nos supervisa mientras usamos la cocina el sábado siguiente. No hay cuchillos en el lugar, por lo que no podemos cocinar demasiado, pero si podemos hornear y hacer cosas que solo requieran mezclar. Es el festival de mediados de otoño y la enfermera Florence nunca lo ha celebrado antes, le enseñamos como hacer pasteles de luna. Sin el molde especial, nuestros pasteles de luna salen torcidos. Los caracteres chinos que escribimos sobre el pastel no son tan lindos como los que venden en la tienda, pero el resultado sigue siendo delicioso.

Cada sábado, no puedo evitar pensar lo mucho que me gusta pasar tiempo con Yaulan, lo bien que la pasamos juntos.

Solo cuando llega el lunes y tenemos que volver a la terapia recuerdo la ansiedad que siento en el corazón.

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Yaulan me dijo una vez que sus terribles pensamientos iban y venían, que temporalmente se siente mejor, pero cuando tiene recaídas me doy cuenta que no estoy preparada para ayudarla.

“Nunca voy a estar mejor, nunca me voy a liberar de estos pensamientos, me estaba yendo tan bien y de pronto ya no; no tiene sentido.”

Se arrastro hacia una esquina, con las manos sobre su cabeza.

“Pero ese es el punto,” le dije, arrodillándome junto a ella, “si mejoraste, así que puedes…”

“Pero siempre va a ser así. Siempre.”

Fruncí el ceño.

“No lo sabes; ninguna de nosotras conoce el futuro.”

“Es que,” Yaulan empezó a sollozar, escucharla llorar me rompe el corazón; le cuesta respirar, y sus palabras salen en oleadas, hay tanto dolor entrelazado en cada una de las silabas, tanto dolor que me atraviesa de lado a lado. “Desearía no tener que lidiar con esto. Desearía estar mejor. A veces lo estoy, pero luego empiezo a sentirme triste de nuevo, y quiero volver a suicidarme. Quiero arrojarme por la ventana en este instante, lo que más quiero es que todo esto se termine de una vez.”

Mi corazón se sobresalta. Coloco mis manos sobre las suyas.

“Es difícil. Lo sé, te he observado; es muy difícil.” murmure.

Ella deja caer la mano que tenía sobre la cabeza. Le froto la piel con mi pulgar haciendo pequeños círculos y le regalo una sonrisa triste.

“Pero mírate, quieres hacer todas estas cosas, pero no las haces. Sigues viviendo a pesar de todo.”

Levanto la vista, sus ojos enrojecidos, pero no dice nada, sólo sigue sollozando.

“Lanlan,” le digo, usando el sobrenombre que empecé a usar con ella, “vamos a dormir ¿sí? Vamos a dormir y veamos cómo te sientes por la mañana, ¿estás de acuerdo?”

Por un momento, me pregunte si esto la haría enojar, si quizás piensa que la estoy tratando como una niña. Pero no es lo que hago, estoy haciendo mi mejor esfuerzo por ser amable con ella, por calmarla. Finalmente, asiente.

“Está bien.”

La ayudo a levantarse. Nos acostamos juntas en su cama. Se enrolla contra mi pecho, sigue llorando, pero en silencio esta vez. Sus lágrimas atraviesan mi pijama y humedecen mi pecho. Le acaricio el cabello y le canto la canción de cuna que mi madre solía cantarme, le cuento algunas de mis historias preferidas, le digo que descanse por ahora, que duerma.

Aun cuando su respiración se normaliza, sigo aferrándome a ella. Es tan cálida, como un fardo de luz; temo que si la suelto, su luz se escapara. Solo puedo relajarme cuando me quedo dormida.


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Al día siguiente, los ojos de Yaulan están hinchados por el llanto. Se mira en el espejo, se pellizca las recién descubiertas arrugas en sus párpados, e hizo una mueca.

“Quiero volver a tener un solo parpado,” dice. “No luzco como yo misma.”

“Luces adorable,” dije, y Yaulan volteó hacia mí, frunciendo el ceño.

“¿Te estás burlando de mí?” dice, poniendo sus manos en la cadera. Intenta hacer una broma, pero me doy cuenta por su tono que se sintió herida.

“No, ¡en serio!” dije, “de verdad, luces bien.”

Deja caer sus manos y suspira, su postura se relaja. Sus mejillas se sonrojan.

“Me siento tan tonta por lo que paso.”

Me levanto y la abrazo. Al principio estaba un poco tensa, pero luego se relaja sobre mí. Le sobo la espalda.

“A veces esas cosas pasan,” dije. “Está bien.”

Al cabo de un momento, se separa de mí. Me mira como si no creyera que soy real, y por un segundo, yo también empecé a dudarlo, empecé a preguntarme por qué me mira así, pero entonces habla e interrumpe mis pensamientos.

“ ¿…realmente no vas a reprenderme?”

Frunzo el ceño.

“¿Por qué te reprendería?” pregunto. “Me lo dijiste tu misma, estas enferma. No te reprendería por toser, ¿por qué habría de enfadarme contigo por tu enfermedad mental?”

Me examina minuciosamente, como si me estuviera probando. Entonces, me sonríe.

“De verdad me gustas, Meisun,” dice, y me sonrojo.

“De verdad. Me alegra tenerte en mi vida.”

Sus palabras se quedan conmigo por el resto del día. Me doy cuenta que ella también me gusta, de alguna forma se siente muy familiar y a la vez aterrador. Siento que se me hincha el pecho, y de repente me acuerdo de ti. ¿Te molestaría? Después de todo, estábamos unidas de por vida. Pero ¿qué sucede cuando tu vida termina pero la mía sigue?

Sigo sintiendome ansiosa cuando entro a la oficina del Dr. Roberts horas más tarde.

“¿Hay algo que te preocupe?” dice. “te ves distraída.”

“Yo…” me detuve. “Sigo pensando, sigo pensando en mi compañera. La otra ave. Se suponía que íbamos a vivir y morir juntas, pero yo aun estoy viva. Si yo fuera a estar con alguien más, ¿eso estaría bien?”

“No eres un ave, Meisun,” dice el Dr. Roberts, y el enojo enciende mi pecho.

“Pero si lo soy,” respondo. Entonces, dudo y agrego, “o, lo era.”

“Entonces ya no eres un ave,” dice el Dr. Roberts, eleva la voz, y de pronto algo cambia dentro de mí. “Eres humana ahora, y vives con humanos ahora, ¿verdad?”

Parte de mi lo resiente, pero parte de mi considera lo que dice.

Soy humana.

Y quizás los humanos aman de otra manera.

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Este sábado, Yaulan y yo vamos a la playa bajo la supervisión de la enfermera Florence. Es un día hermoso, nubes tipo cirro atraviesan el gentil cielo azul; empacamos los almuerzos y llevamos una canasta de pícnic. Yaulan viste su cheongsam favorito color azul oscuro, y yo visto uno blanco. Me molesta por ser tan modesta, mi cheongsam me queda suelto, y le saco la lengua.

Les cuento a ella y a la enfermera Florence historias sobre Toisan mientras comemos sándwiches. La enfermera Florence asiente, reconociendo mis palabras, mientras Yaulan escucha maravillada, ya que nunca ha estado en China.

“Quizás podemos visitar Toisan juntas algún día,” dice ella.

“Me gustaría,” respondo.

Exploramos la playa, escalamos hasta las cuevas, y me habría arrepentido de usar mi cheongsam blanco si no fuera por el hecho de que me estoy divirtiendo tanto. Bajamos y volvemos a la arena. Yaulan levanta una concha, yo levanto otra, revuelvo la arena buscando una entera, una con ese perfecto brillo madreperla.

Cuando levanto la vista, Yaulan se encuentra varios pasos adelante. El sol en su ocaso la convierte en una silueta; el viento mece sus cabellos y la pollera de su cheongsam mientras camina descalza en la arena. Tiene los brazos abiertos como si se estuviera balanceando sobre una barra invisible. La veo elevándose en el ojo de mi mente, y de pronto siento un dolor en el corazón.

Ella nunca te reemplazará, no es su propósito. No tuvo nada que ver con la ruptura de nuestro lazo, y si nuestro lazo la ayuda de esta manera, ¿habrá sido algo tan malo? Además, ella es humana, y yo también, no estamos destinadas a estar unidas por siempre como las kim kim. El amor para los humanos significa volar lado a lado en la misma dirección, dos seres separados que trabajan juntos.

Alcanzo a Yaulan y la tomo de la mano. Voltea a verme, sorprendida, y una sonrisa se dibuja en su rostro. Es la visión más hermosa que he presenciado, pero aun así, la tristeza aun revolotea en sus ojos, en la manera en la que se mantiene entera.

Pero está bien. No estoy esperando magia, para que vivamos felices por siempre. Todo lo que quiero es estar a su lado y esperar lo mejor.

Me inclino y beso su frente, y en ese momento pienso, te amo.