La muñeca del río

Por Tariro Ndoro

Algunos dicen que las lágrimas de los inocentes son como plegarias que van directo al cielo y que no vuelven sin ser respondidas. Bueno, el cielo probablemente oyó las plegarias de una niña de ocho años llamada Fara el día que sus hermanos gemelos, junto a otros niños aburridos de la aldea, la persiguieron hasta el río. Los niños llevaban palos para golpear a su hermana y el resto les siguió, largando gritos y burlas con distintos niveles de excitación.

“¡Pelea! Pelea, pelea, pelea,” gritaba un agitador en particular.

“¡Fara!” gritaron los niños que la perseguían, el grito causo que incluso las aves de los arboles remontaran vuelo y los ratones de campo temblaron de miedo. Las liebres y lagartijas se escabulleron en el follaje espantados por el alboroto de las corridas.

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Fara se oculta en los juncales como siempre. Si hubiese sido temporada de cosecha, los niños hubieran estado demasiado cansados, demasiado hambrientos para seguir molestándola, pero había sido un día de pereza y tienen ganas de cazar.

“Cree que es la única de la aldea que sabe nadar,” decía Jongito, el mayor de los gemelos tirando la cascara de una guaba que estaba masticando. “¡Yo le enseñare, aunque sea la última cosa que haga!”

Fara está asustada. Temblaba al igual que los juncos donde se esconde.

Su corazón late con un ritmo acelerado. Fara escucha pisadas moviéndose en su dirección y sumerge un pie en aguas poco profundas. Sabe que en esta época del año puede haber serpientes de agua, sabe también que si sus medios hermanos se ensañan con ella seguramente volvería a casa con moretones por todo el cuerpo, y nadie los regañaría seriamente.

“Ahí, la veo junto al claro,” exclama Dodo, el gemelo dos minutos mas joven. Fara tiembla, respira profundo y nada hasta la otra orilla.

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Esta parte del río esta casi estancada. Fara se sumerge y nada contra la corriente para que sus hermanos no la vean. Fue su madre fue la que le enseño a nadar así, a pesar de la mirada juiciosa de sus medias hermanas.

Fara emerge del agua del otro lado del río, atraviesa la orilla, está cubierta por barro arcilloso, y se sienta bajo un árbol mopani. Del otro lado, Ilala, la hija del jefe pasa caminando y los gemelos salieron tras ella. Los gemelos son lo suficientemente grandes para que las chicas no les repugnen y aun cuando el matrimonio no está en sus pensamientos, no dejar pasar la oportunidad de  intentar impresionar a la chica.

“Oye, Ilala, ¿quieres ver como cazo un conejo?” le dijo Dodo.

“Ah, Dodo, no te había visto,” dice Ilala, “¿Cómo están tu y tu hermano?”

“Estamos bien, si tu estas bien.”

“¿Están pescando en esta parte del río? Los peces son mejores río arriba.”

“No, no estamos pescando, estamos buscando a Fara. Estábamos jugando a las escondidas. Déjanos acompañarte a casa. Has escuchado…”
Sus voces se fueron desvaneciendo de a poco, y aunque Fara estaba segura que se habían ido realmente y tiene hambre y frio, tiene miedo de volver a cruzar a la otra orilla. Empieza a esculpir una muñeca de arcilla, hablando mientras lo hacia.

“Esos eran mis hermanos. Sabes, pueden ser realmente malos. Una vez me obligaron a meterme en un pozo de agua poco profundo y me hicieron quedarme ahí por horas. Si no fuera por un amable anciano que iba pasando, me hubiesen dejado ahí a morir.”


No era extraño que le hablara a la muñeca mientras la construía. Es su manera de hacer muñecas, de cualquier material y con una charla de por medio. Su madre está bastante triste de por sí como para sumarle preocupaciones, ya que si sus hermanos son malos con ella es porque sus madres son malas con la suya. Simplemente copian el mal ejemplo.

Muy pronto el sol desaparece en el horizonte y Fara tiene miedo de estar sola en la oscuridad. Balancea sus miedos; el miedo a las serpientes de agua contra el miedo a estar sola en la oscuridad hasta que recuerda que río abajo hay una parte angosta y poco profunda, y hay piedras sobre las cuales pisar para cruzar.

Casi llega a casa, está tan cerca que puede ver a su madre trabajando sola porque sus madres-hermanas no la soportan.

Por lo general, la casa común rebosa de actividad hasta el atardecer. Las chicas trabajan junto a sus madres para tener la cena lista mientras los chicos ayudan a los jóvenes a arrear el ganado de vuelta a sus krals. Fara siente el delicioso aroma de la carne asada y se le hace agua la boca. Esta noche, en vez que estar ocupadas en sus tareas, todas están de pie mirándola a ella. Fara se mira las manos y los pies. Esta completamente cubierta de barro, a pesar de sus esfuerzos por limpiarse en el rio, pero no es la primera vez que regresa a casa con este aspecto.

No es hasta que su madre, Runako advierte “Fara, ¿a quién has traído contigo?” que ella se da cuenta que ha traído una sombra.

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“¿Quién es tu amiga, Fara?” alguien repitió la pregunta.

Fara miró rápidamente hacia atrás y corrió aterrada a los brazos de su madre.

La cosa detrás suyo lucía exactamente igual a ella, pero mas pesada y tosca y hecha de arcilla, como la muñeca que ella había hecho a la orilla del río. ¡Era la muñeca que había hecho!

Sus ojos son orbes grisáceos sin vida, como la esteatita para esculpir que Nontrete, el famoso escultor de la aldea utiliza. Pero los tallados de esteatita no siguen a la gente a su casa.

La criatura imita los movimientos de Fara, pero es mas lenta que ella y se mueve como si su cuerpo fuese demasiado pesado para llevarla. Trozos de arcilla caen de su cuerpo al moverse.

El corazón de Fara late tan fuerte que cree que morirá en ese instante.

La primera en entrar en pánico es Kamara, madrastra de Fara. Soltó la vasija de arcilla que estaba sosteniendo y se hizo trizas a sus pies.

“¿Has visto el Tokoloshe que Runako hizo para nosotras?” gritó.

“¡Finalmente decidió matarnos!” respondió Nangai, quien también era esposa del padre de Fara. “¿No eres tu quién mas la molesta Kamara?¡Tu seras la primera en morir! ”
La madrastra de Fara habló en voz alta y enfadó a su madre. Ella se sintió culpable por crear esta carga sobre su madre.

“¡No te quedes ahí parada mirando, Nangai!¡Nos va a matar a todas!¡Llama a alguien, busca ayuda!”

Munhari, el padre de Fara salio apresuradamente de un complejo vecino atraído por los gritos y alaridos. Se detuvo a medio camino cuando vio a la muñeca.

“¡Rápido!¡Dodo, Kono!¡Llamen al jefe!¡Llamen al curandero!, gritó, poniendo a todos en movimiento.

Para cuando los gemelos volvieron la mitad de la aldea les seguía, quienes vivían lo suficientemente cerca para oír los alaridos de Nangai y Kamara ya se habían reunido alrededor de la choza. La mayoría de los chicos intentan parecer valientes pero sus madres tiemblan visiblemente y muchos de los niños mas pequeños lloran de miedo.

Para ese entonces el cielo ya era una sábana azul oscura y las estrellas centellean, el aire se llenó con el cri cri característico de los grillos. Fara y su madre estaban frente a su choza. Fara quería entrar pero la criatura se había estacionado en la entrada bloqueando su paso.

“Les dije que Runako era una bruja. ¿Por qué otra razón Dios cerró su vientre durante tanto tiempo?” Kamara preguntó sin dirigirse a nadie en particular.

Todos asintieron como dándole la razón. Todos excepto Fara y Runako, que estaban tan quietas como la criatura que siguió a Fara a casa. Podían pasar por estatuas las tres.

“¡Les digo, no dormiré en este complejo hasta que alguien haga algo con esto, con esta monstruosidad!” dijó Nangai que fue la primera en levantar la voz sobre los susurros del resto. Kamara se paró detrás de ella, alentándola.

“¿Desde cuándo dejamos que el mal entre a la aldea?  ¡Les ruego, obliguemos a Runako a decirnos qué clase de magia negra es esta!”

Kanyauru, un entrometido con ambiciones de héroe, intentó levantar a la criatura, pero no pudo. Descubrió que era mas pesada que el granito. Otros hombres valientes de la aldea azotaron a la muñeca con látigos, palos y garrotes. Los instrumentos se rompieron pero la muñeca del río permaneció intacta. Porani, el hombre mas fuerte de la aldea fue convocado. Sus músculos se ondearon por el esfuerzo de mover a la criatura, pero la muñeca no cedió.

Finalmente, Shando, el curandero de la aldea llegó. Camino hasta el frente a través de la multitud. Miró a la muñeca del río y asintió con la cabeza, como si pudiera ver algo que los demás no. Las arrugas de su cara parecían profundizarse en su cara cuando se concentraba en la tarea que tenía en frente, utilizando sus instrumentos y conjuros. Todos estiraban el cuello para verlo trabajar. Para cuando vertió la ultima poción en la cabeza de la criatura, el sol estaba saliendo y las aves revoloteaban en los arboles Mnassa  que también observaban el drama que se desarrollaba.

Todos seguían ahí cuando el curandero volteó y enfrentó a la multitud. Los chismosos y los niños, incluso el ganado en los krals estaban a la espera.

“He fallado en disipar esta magia,” proclamó finalmente, “la criatura tendrá que quedarse. Pero si hay algún problema, será responsabilidad de Runako.”

Kamara y Nangai escupieron en dirección a la muñeca, pero mas allá de eso no podían hacer nada. Otras personas que potencialmente protestarían estaban demasiado cansadas para hacerlo y en su lugar se dirigieron a sus hogares, dejando a Fara y Runako solas con la muñeca del río. Sin embargo, Kamara y Nangai decidieron quedarse en el complejo de sus amigas y se llevaron a sus hijos con ellas.

Fara pensó en huir también, en ir a lo de algún pariente hasta que la aterradora muñeca se fuera pero sus abuelos fallecieron mucho antes de que ella naciera, su madre tenia pocos amigos y aun menos parientes.

Runako suspira y se sienta en el suelo con las manos en la cabeza. Fara piensa que parece una niña pequeña a punto de llorar. Se siente mal, ya que a pesar de todas las cosas malas que la gente le ha dicho a Runako, Fara nunca la había visto quebrarse así.

“Bueno ¿Tienes hambre?” preguntó finalmente Runako.

Cuando Fara sacude su cabeza Runako asiente pero no alivia la cara de preocupación que tiene desde que la muñeca apareció.

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La enfermedad empezó con los muchachos, los gemelos para ser exactos. Dos lunas después de la llegada de la muñeca del rio, empezaron a quejarse que tenían los ojos arenosos y las gargantas resecas.

Fara los observaba mientras su madre, Kamara, les recordaba que siempre hacia calor en esta época del año y que no tenían nada de que quejarse. Esto no la detuvo de ir hasta detrás de la choza de Runako, donde Fara y la muñeca del rio le ayudaban a clasificar el mijo, y darle una cachetada en el rostro.

“Cualquier brujería que hayas hecho, Runako, te buscare y vas a pagarlo,” le dijo. “Recuerda mis palabras.”

Kamara siempre acusaba a Runako de brujería cuando sus hijos enfermaban. Fara sabia que Kamara deseaba ser la primer esposa de su padre en lugar de Runako. La única razón por la cual su madre había sido desplazada era porque no pudo tener hijos durante mucho tiempo y cuando los cielos finalmente le sonrieron, todo lo que le dieron fue una niña. Si Kamara no hubiese dado a luz a dos niños gemelos en su primer año de matrimonio, no sería tan importante como lo es ahora. Fara esperaba que los gemelos murieran.

Pronto, todos los niños empezaron a peregrinar hacia el río, llevando calabazas, vasijas de arcilla, y cualquier elemento en el cual cargar agua. Bebían y bebían pero no podían saciar su sed.

Nanita, una pequeña niña de siete años, es la primer en decir que se sentía cansada todo el tiempo, y que sus miembros eran muy pesados para cargarla. Fara se siente mal por Nanita aun cuando ella se negó a ayudarla a escapar del pozo de agua cuando sus hermanos la encerraron ahí. El curandero es convocado a la aldea nuevamente. Y de nuevo recita sus conjuros y prescribe sus pociones. Pero al final, arroja sus manos al aire y sacude su cabeza. No puede detectar esta enfermedad.

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El día del juicio llegó con una nube de polvo. Así es como Fara lo vio, una horda de mujeres caminando con tal determinación que levantaban una polvareda inmensa. Parecían guerreros camino a la batalla, excepto que vestían coloridas vestimentas y en vez de armas llevaban sus puños cerrados. Se reunieron en el claro en el medio del complejo de Munhari, frente a la choza de Runako, donde la encontraron moliendo mijo afuera. Fara y la muñeca del río observaban desde la sombra de un árbol Msasa que había cerca.

Algunos hombres de complejos vecinos se acercaron al lugar de la conmoción y aunque los hombres no son tan expresivos como sus esposas, el enojo estaba profundamente tallado en sus rostros. Nangai, que estaba ausente cuando el resto de las mujeres llegó, camino hasta el frente de la multitud con el curandero a su lado.

Fara estaba sorprendida por el escándalo. Al principio,  ella también le temía a la criatura, pero la seguía a todas partes y la ayudaba con sus tareas. La muñeca incluso se sentaba con las piernas cruzadas junto a Fara cuando Runako les contaba fabulas  después de cenar. Esto la ponía nerviosa al principio, pero luego de un tiempo a medida que la muñeca empezaba a lucir mas como ella en vez de a un pastel de barro sobre desarrollado, empezó a hablarle cada vez mas.

Se asusto tanto cuando ella le respondió que su alma casi abandona su cuerpo, le habló con una voz que sonaba extrañamente como la suya. En ese momento se dio cuenta que la muñeca del río era la única amiga que tenía y la nombró Oseja, el mismo nombre que le había dado a todas las muñecas que había hecho.

Ahora, nadie creería que Oseja alguna vez estuvo hecha de arcilla, por lo menos no a simple vista.

“¡Es Runako! Runako ha embrujado a nuestros hijos. Su hija corre libremente y juega mientras nuestras hijas yacen enfermas en nuestros brazos,” grito Oga Mahaya, la peor chismosa de la aldea y la general de facto de la turba. “¡Golpéenla hasta que confiese todo!¡Golpéenla, golpéenla, he dicho!”

“No seremos victima de la brujería,” acuerda Kamara, sujetando a sus gemelos contra su cuerpo como intentando protegerlos de la misteriosa enfermedad que ha afectado a los otros niños de la aldea.

“Runako debe pagar por esto,” decía Shuriya, quien alguna vez había sido una de sus amigas mas cercana. Fara veía a su madre encogerse de dolor al oír esto. Está acostumbrada a las crueldades de Kamara, pero Shuriya ha comido en su choza en mas de una ocasión.

Las mujeres de la aldea habían empezado a arrojar fruta podrida y excremento a Runako, Fara y Oseja se colocaron junto a su madre. Hicieron lo mejor por ocultarse detrás del ropaje de Runako pero sin éxito. Los proyectiles dieron en el blanco. Los ojos de Fara le ardían con lagrimas de enojo. Esto era culpa suya. Si ella no hubiese hecho a Oseja nadie tendría motivos para gritarle a su madre de esa manera. Esto era mucho peor que todo el maltrato que había sufrido a manos de sus hermanos.

Munhari, el padre de Fara había oído la conmoción y salio corriendo de la choza. Levantó sus manos y se paro entre Runako y el resto de la aldea. Se aclaró bien la garganta antes de hablar.

“Si, sus preocupaciones son validas, pero sí lastimamos a esta mujer, emm, la muñeca del río, traerá deshonor a nuestra aldea. Si Runako es una bruja, no puede deshacer su maldición si esta muerta. Llamemos al hombre mas fuerte para vigilar la choza y convoquemos al jefe supremo para que evalué el asunto.”

La turba no es fácilmente persuadida.

“Solo dices eso porque es tu esposa,” dice Shuriya. “¿Acaso quieres que tus otros hijos mueran?¡Son hombres como tu, Munhari, los que han dejado entrar la brujería a esta aldea! El curandero de la aldea interviene, “Munhari tiene razón. Si la bruja esta muerta, no puede revertir la enfermedad. Debemos encontrar otra manera.”

Un canalla le arrojó a Munhari estiércol de vaca. El proyectil que era veloz pero ineficaz, termino en la pared de la choza.

“Ve adentro y espérenme, hijas mías,” le susurro Runako a Fara y Oseja.

Silenciosamente, las dos niñas caminaron hacia el interior de la choza. Fara se sentó en la parte mas oscura de la choza, con la espalda contra la pared, mientras que Oseja se sentó cerca de la puerta a mirar lo que acontecía afuera. Fara no podía ver a las personas afuera pero oía sus voces furiosas mientras dormía en forma intermitente.

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La mañana siguiente era insoportablemente tranquila, insoportablemente silenciosa. Para cuando Fara se levanto, el sol ya estaba lo suficientemente alto en el cielo para anticipar un día caluroso. Tenia sed y se sentía débil, entonces recordó que no había tenido tiempo de comer o beber antes de quedarse dormida.

Se le formaba un coagulo de sangre en el estomago de solo recordar los gritos de la noche anterior. La crueldad de algunas personas no tiene límites.

“Si Shando no tiene el poder para curar a nuestros hijos, no merece ser nuestro curandero. Debemos encontrar otro,” recordó que decía Kamara,

“Seguramente hay hombres que no son cobardes en este reino. ¿Acaso no fue Shando el que nos fallo? Si vuelve a fallar, lo desterraremos junto a la bruja,” dijo Shuriya.

“El destierro es piedad. ¿Quién puede asegurar que no nos hechizaran desde donde sea que se asienten?” preguntó Oga Mahaya. “¡Debemos quemarlas, a las tres, madre, hija y tokoloshe!”

“¡Si!” gritaron algunas personas de la multitud pero otros argumentaban de que era demasiado drástico, demasiado cruel. Para cuando Fara se durmió, aun no habían tomado una decisión.”

Fara se incorporó y noto que Oseja seguía sentada junto a la puerta observando el mundo exterior. El perfil de su rostro que Fara podía ver era radiante. Luce tan linda que si Fara no hubiese sabido que había sido una muñeca no podría adivinarlo ahora.

“¿Dónde está mamá?” pregunta Fara.

Oseja se encoge de hombres sin darse vuelta.

Fara camina hacia la puerta y se prepara para recibir a los aldeanos tirandoles diversos objetos y diciendo cosas horribles sobre su madre. La escena que ve en su lugar le hiela la sangre.

Los hombres fuertes dispuestos para resguardar la choza se habían convertido en arcilla, como Oseja cuando apenas había dejado el río. Kamara se había convertido en piedra, su mano se había congelado en el momento en que tiraba una fruta muy madura hacía la choza. La fruta seguía madura y moscas verdes zumbaban a su alrededor. El cuerpo de Oga Mahiya también estaba congelado pero su nariz seguía siendo humana y marrón y el blanco de sus ojos se movía y miraba a su alrededor enojada buscando a quien culpar. Fara miró a Oseja y ambas intercambiaron una sonrisa.

Fara corrió a través de la multitud de personas congeladas y encontró las estatuas que solían ser sus hermanos. Estaban completamente petrificados y se sintió mas feliz que antes. ¡Todas las personas que habían sido crueles con ella y su madre se habían ido!

“Mamá, mamá,” llamo Fara, ansiosa de decirle a su madre las buenas noticias, pero Runako no se veía por ningún lado. De nuevo navegó por el mar de personas congeladas, cuidando de no chocar a ninguna de ellas por temor a que le cayeran encima.

Encontró a su madre detrás de la choza de su padre. Runako y Munhari estaban juntos, tomados de las manos, pero cuando Fara se acercó para verlos se dio cuenta que sus piernas se habían osificado y sus rostros eran de ceniza.

El corazón de Fara latió muy fuerte.

“Oseja,” gritó, “¡Oseja!¿Que has hecho?”

Aunque no escucho las pisadas de la muñeca del río, Fara sabia que estaba justo detrás de ella.

La muñeca del río ladeo la cabeza. “¿Quieres que salve a Mamá? Preguntó.

Fara asintió con la cabeza vigorosamente, sin preocuparse por las lagrimas que corrían por su mejilla.

“Pero tendré que convertirte a ti,” dijo la muñeca, y repentinamente Fara tuvo la sensación de que Oseja era mas grande de lo que aparentaba ser.

Fara miró a su madre, una mujer a la cual las otras esposas de Munhari habían humillado y nunca les había devuelto el agravio.

“Tómame en su lugar,” dijo.

“¿Estás segura?”

Fara asintió con la cabeza. Las piernas le empezaron a pesar y la garganta estaba tan seca que creyó que iba a morir. Fara quiso decirle a Oseja que se detenga pero entonces miró a su madre y recordó que las niñas grandes no son egoístas. Lo ultimo que recuerda es una gota  de lluvia inmensa que cayo entre sus ojos. Intento secarsela pero sus manos ya se habían convertido en piedra.

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Cuando despertó, era como uno de esos días en lo que se había a la cama sientiendose muy cansada y despertaba sintiendo que cada musculo estaba como nuevo. No tenia sed ni dolor. Estaba en un claro del bosque, un lugar que casi reconocía pero no recordaba haber visitado.

“¡Estas despierta!” grito Oseja alegremente y los eventos de días pasados volvieron repentinamente a Fara. Una ola de pánico la invadió de repente.

“¡Se suponía que ibas a salvar a mamá en lugar de a mi! Lo prometiste.”

Pero la muñeca del río, ahora completamente humana, solo rió y tomo a Fara de la mano.

“Ven conmigo,” le dijo. Arrastró a Fara y empezó a correr, serpenteando a través de los arboles hasta llegar a un claro distinto. Este era mas grande y la música inundaba el aire- Fara vio a muchas personas reunidas, felices y contentas. Personas que nunca había visto antes. Oseja la arrastró hacia la multitud y le señaló a una bella mujer con vestimentas rojas.

“¡Mamá!” grito Fara, pero Runako no volteo a verla. Una versión mas joven de su padre apareció junto a Runako  y la abrazo. Si Runako lucía mas hermosa que nunca, Munhari estaba mas joven que nunca. Era como si se hubiesen quitado muchas cargas de encima y volvían a ser felices. Fara nunca había sentido este nivel de  alegría.

“Si, esa es mamá pero no puede oírte.”

“Pero ¿cómo?” pregunto Fara.

“Tus padres estaban dispuestos a dar la vida por ti y tu diste tu vida por ellos. Fueron los únicas personas abnegadas en la aldea. El resto se quedo convertida en piedra.”

“Vamos,” dijo Oseja, tomándola nuevamente de la mano . “Este es un lugar feliz para adultos. Nosotras vamos a un lugar diferente, donde solo los niños pueden entrar.”

Fara tenía miedo a lo desconocido pero sabía que debía ser valiente y lo mas importante, sabía que estaba lista para enfrentar lo que sea.

El último hombre en Lagos

Por Wole Talabi

La motocicleta se rompió a mitad de camino entre el Surulere y la salida de la Isla Lagos, cerca de donde termina lo que solía ser el Tercer Puente Continental. Akin desmontó la destartalada y ruidosa maquina.

“¡Olosi!”1 maldijó.

El sonido reverberó, rebotó en miles de polvorientas superficies y volvió, maldiciéndose a sí mismo con su propia voz. Akin  fijo la mirada en el horizonte con frustración. El puente estaba ligeramente colapsado y derruido, como si un malévolo gigante hubiera empezado a estrujarlo desde ambos extremos pero había cambiado de opinión antes de dañarlo seriamente. La agobiante nube de calor reducía la visibilidad y no se veía mas allá de unos cuantos metros sin embargo pudo ver como sobresalían bloques de concreto destrozado, restos de vehículos quemados hacia ya mucho tiempo, derruidos esqueletos y escombros por todos lados, un caso único de devastación con un toque final: el polvo del Harmattan y las hierbas que recuperaban el terreno.

Áridas grietas se dibujan a lo largo del asfalto, separándose y volviéndose a reunir en múltiples ocasiones, maliciosamente formando telarañas sin dejarlo completamente intransitable.

Mas allá de la laguna seca, el polvo y la nube, aguardaban los restos de la Isla Lagos. Se colgó el derruido bolso de cuero en el hombro, se ajustó el  deshilachado cinturón y empezó a caminar. Se mantuvo en el elevado margen izquierdo del puente, junto a la baranda. No había sonido alguno excepto por el crujir de sus botas en el camino y los escombros, algunas aves piando, el gemido del metal y el concreto a la distancia y el sonido que producía el grueso lodo contra los muelles debajo del puente. Akin se sintió como un explorador en la superficie de un antigua luna alienígena.

No había vuelto a cruzar el Tercer Puente Continental desde antes del evento y le aterraba pensar en el día en que necesitaría volver a cruzarlo. Hubo un tiempo en que lo atravesaba a diario. Era la manera mas conveniente de llegar desde su departamento de dos ambientes en Oworonshoki hasta el extremo sur de la ciudad, donde estaba su oficina en esa pequeña masa de tierra reclamada por el océano llamada Eko Atlantic. El área iba a convertirse en el futuro comercial de Lagos,  en tiempos en que el mundo tenia sentido. Cuando el cielo no había sido arrasado. En ese entonces, cuando sus aspiraciones eran eventualmente juntar suficiente dinero para comprar un lote en la isla, o incluso, si tenia mucha suerte, mudarse al extranjero para empezar una nueva vida.

Incluso entonces, había temido cruzar el puente. Conductores incompetentes, impacientes, y desconsiderados, se quedaban dormidos al volante, esas cosas eran las que mas le asustaban. Ahora, ya no habían conductores. Ya no habían personas. Ahora que todo había colapsado, solo temía que el puente cediera. Que alguna parte del puente, suelta y reseca por el sol cediera y él cayera a una muerte segura.

Mientras caminaba, estaba atento ante cualquier motocicleta caída, algo que pudiera levantar y con lo cual seguir su viaje. Quizás algún Okada había sido lo suficientemente desafortunado para estar en el puente cuando el evento ocurrió, pero no tanto como para haber chocado contra algo. Caminó junto a una SUV Range Rover negra con neumáticos pinchados y el parabrisas destruido. En el asiento de adelante, los restos de un hombre disecado, con el cuello retorcido en un angulo imposible. Atrás, la seca carcasa de una mujer acunando los esqueléticos restos de un bebe, la ropa podrida colgaba de sus huesos. Akin luchó contra las arcadas al sentir que la bilis subía por su garganta. No podía darse el lujo de desperdiciar fluidos.

Pensó que ya había derramado todas las lagrimas que podía permitirse, pensó que ya se había acostumbrado a todo eso, pero esa escena amenazaba con volver a quebrarlo. En ese instante, no había nada que quisiera mas en el mundo que dejar de estar solo, quería sostener las manos de otro ser humano y encontrar  contención en el sufrimiento compartido. Estaba cansado de ser el único invitado al velatorio de la ciudad, la pena era demasiado pesada.

Se armo de valor, abandonó la escena y caminó mas rápido, concentrándose en el asfalto y el concreto delante suyo. No había tiempo para velar por aquellos que habían muerto hacia ya tanto tiempo. El fin del mundo vino y se fue. Lo único que importaba ahora era encontrar un poco de agua limpia.

Habían pasado años desde la ultima vez que llovió en Lagos. Casi dos años desde ese día. El día cuando, unos minutos después de las 5 p.m., hora de África Occidental, durante una húmeda tarde de lunes, el lúgubre cielo estalló liberando una luz verde brillante , una luz que no era de este mundo. La luz artificial permaneció en su lugar durante unos segundos, para luego azotar el suelo como una cascada de luz.

Con la cascada, llegó la muerte. Las personas murieron al instante sin tiempo siquiera para gritar. Los autos se estrellaron entre sí en la vía rápida. Los edificios crujieron. Los aviones cayeron del cielo. Los aparatos electrónicos dejaron de funcionar. Y el agua se elevó. Columnas de agua ascendieron desde el océano, los ríos y los lagos, elevándose por kilómetros en el aire y girando con una simetría aterradora, como dedos imposiblemente largos tratando de alcanzar algo mas allá de la estratosfera. Y entonces, apenas unos minutos mas tarde, había terminado. El evento había sucedido repentinamente y sin advertencia alguna, dejando atrás solo muerte, confusión y sed.

Akin caminó con ritmo constante, con la espalda casi encorvada. Tenia una pistola colt calibre .70 que había recogido del cuerpo destrozado de un oficial de policía cerca de Herbert Macaulay Road, la cargaba entre el pantalón y el cinturón. El mango de madera del machete sobresalía de la mochila que llevaba en el hombro, lo había necesitado en los días de demencia y desesperación que siguieron al evento cuando los pocos supervivientes peleaban entre sí por la poca agua que quedaba. Ya no necesitaba pelear con nadie por nada, ya habían pasado tres meses desde la ultima vez que vio a otro ser humano, pero partes de la ciudad se habían convertido en el hogar de algunos monos, serpientes, incluso algunos perros salvajes rabiosos por la sed y el polvo, por lo que siempre cargaba las armas.

En ese momento, encontró un autobús danfo negro y amarillo, estaba volcado, de costado como una agotada abeja mecánica gigante. Se había desviado del puente principal y estrellado contra la barrera de contención, cortándole el camino, con su barriga de cara al lago. Junto a él, dos de las arcadas del puente se habían separado por una veta prolijamente hecha de casi un metro de largo. Akin observó la grieta por unos segundos y decidió no intentar saltarla aun cuando sentía que podía hacerlo. En su lugar, dio un paso atrás, se aferro al techo del autobús destrozado y se metió dentro con su remera polo varios talles mas grande flameando detrás suyo. Se adentro en la carcasa de metal, cuidándose de los vidrios y metales filosos. Al bajar del otro lado, sus pies se posaron sobre algo duro y frágil. Se rompió. Akin miro hacia abajo para ver que había pisado el fémur de un esqueleto que yacía aplastado por el autobús. Era un mal augurio. Inspeccionó el área, y giró a la izquierda, se encontró cara a cara con una polvorienta motocicleta Yamaha que, al igual que el autobús, yacía de costado. Había sangre embarrada en el asiento. Las llaves seguían puestas en el arranque.

“¡Baba Dios!” exclamó mientras se apresuraba hacia ella y la levantaba hasta dejarla sobre sus inestables ruedas de caucho. El medidor de combustible indicaba que el tanque estaba casi hasta la mitad. “Por favor, por favor funciona.”

Hizo girar la llave y el motor gimoteo. La volvió a girar y chisporroteó. La hizo girar tres veces mas y se ahogó cada vez. Entonces, en la cuarta vez, dio un rugido de vida, tosió como un orgulloso animal que herido de muerte estaba determinado a no morir sin dar batalla.

Abrumado, empezó a cantar una canción  conocida, “¡Baba! ¡Baba! ¡Ba-ba! ¡Ese o baba! ¡Ese o baba! ¡Baba a dupe baba!”

Dejó de cantar cuando sintió que el polvo le rasgaba en la garganta, lo que le recordó que hacia casi dieciséis horas que no bebía agua.

Akin se lamió los labios resecos y se subió a la ruidosa Yamaha. Revisó el motor dos veces y empezó a retroceder, lejos del derruido danfo y el esqueleto de la persona que había poseído la moto antes que él.

Dejó que la Yamaha se deslizará entre los escombros y cadáveres durante un largo camino hasta llegar al contrafuerte que marcaba el final del puente en la Isla Lagos, aminoró la marcha hasta detenerse, a la vez que la nube de polvo y calor se disipaba y la visión de los derruidos rascacielos de la marina aparecía frente a él, edificios que parecían dientes de concreto y vidrios rotos en la boca de la ciudad. Dejo la moto estacionada pero en marcha mientras inspeccionaba los alrededores. Agudos y pesados rayos de sol destellando desde los edificios sin ventanas que se asemejaban a las costas cubiertas de barro del lago. Un destartalado cartel a la distancia insistía “Eko o ni baje,”2 (Lagos no sera destruida en Yoruba) algo completamente ajeno a la realidad que demostraba lo contrario. El tosco rugido de la moto reverberaba en la derruida ciudad. Un solitario cuervo pintado se desplazó rápidamente por su campo de visión, un linea borrosa blanco y negra que se desvaneció rápidamente en el espacio que había entre dos rascacielos. Akin sacudió la cabeza. La naturaleza estaba ajustándose a la vida después del evento. Después de la humanidad.

Todos los vanos monumentos que las personas de Lagos habían construido para manifestar su propia existencia, la naturaleza los reclamaría, lentamente, con paciencia.

Retrocedió hasta la motocicleta, pensando en la sed y el desesperado plan que eventualmente lo había traído hasta la isla.

Aceleró suavemente, condujo por el relativamente llano y parejo resto del puente, abriéndose paso a través de los vehículos destruidos. Redujo la velocidad cuando se encontró con el camino elevado que conducía hacia el este por el Ring Road y en su lugar tomó el camino hacia la Isla Victoria a toda marcha, agradecido por el aire del camino en su piel.

Cuando llegó a su destino, disminuyó la velocidad hasta que se detuvo. La puerta metálica de seguridad frente al centro comercial Las Palmas  había sido violentamente arrancada de los pilares de concreto que la sostenían. Akin entró con la Yamaha a través del estrecho pasadizo destinado a peatones, paso por el estacionamiento hasta la entrada principal del centro comercial. El sol le rostizaba la piel. Se bajó de la motocicleta y entró a través del panel izquierdo de la puerta de vidrio que como todo lo demás estaba destruido. Docenas de experiencias cercanas a la muerte le habían dado suficiente material para inventarse algunas supersticiones; siempre entrar a un edificio por la izquierda y nunca perturbar los huesos de los muertos, en tanto pudiera evitarlo.

Se encamino directo al área de almacenamiento del Shoprite, donde generalmente tienen stock de diversos artículos incluyendo agua embotellada que esperaba desesperadamente que ningún otro superviviente se hubiese llevado después del evento. Había estado buscando comida y subsistiendo de viejos productos de supermercados en el continente durante meses hasta que ya no pudo hallarlos, por lo que se vio forzado a migrar hacia la isla.

Akin caminó con calma, con pisadas suaves que eran amortiguadas por el polvo. Casi había alcanzado el ultimo pasillo exhibidor, a pasos de la entrada al deposito cuando escuchó un ruido. Venia de detrás suyo, un fuerte crujido rompió el silencio.

Se congeló.

Sonaba como un hombre muy enfermo tosiendo a través de pulmones deteriorados. La respiración de Akin le raspaba la garganta, áspera y reseca. La sangre le presionaba en la sien. Sacó el revolver de la funda improvisada entre el pantalón y el cinturón y se volvió rápidamente sobre sus talones al grito de “¿quién anda ahí?”

La única respuesta que obtuvo fue el hueco sonido del eco de su voz.

“He dicho ¿quién anda ahí? ¡Salga ahora mismo o disparo!”

Se oyó como si alguien arrastrara los pies, entonces otra áspera y rasposa tos. Esta vez, Akin lo siguió hasta lo que alguna vez había sido un mostrador de comida caliente a su derecha. La fuente del sonido se escondía detrás.

“Si no sales ahora mismo te voy a…”

“¡No dispares, por favor! Ya salgo.”

El joven que emergió desde atrás del mostrador de vidrio y metal era aterradoramente delgado. Su cabello era un manojo de nudos andrajosos y sus ojos eran orbes hundidos y lagañosos. Debía haber estado en algún lugar subterráneo cuando sucedió el evento, igual que Akin. La mayoría de los supervivientes habían estado bajo tierra. Vestía una camiseta que le colgaba somo si fuera piel sobre los huesos, un par de pantalones cortos mugrientos y harapientas zapatillas Adidas que bajo todo el polvo eran marrones. Levantó las manos en alto a la vez que avanzaba tambaleante hacia Akin.

“¿Quién eres?” preguntó Akin, con la voz temblorosa por la sorpresa. Se había acostumbrado a no ver a nadie con vida que ver a este hombre le resultaba estremecedor.

“Mi nombre es Chuka,” dijo el hombre, y volvió a toser. Se dio vuelta muy despacio como si fuera espiedo y la mirada de Akin fuera la brasa ardiente, y cuando volvió a estar cara a cara con él, bajo las manos hasta los costados y se palpó los bolsillos antes de volver a subirlas. “No tengo armas. Por favor, no me mate.”

“¿Dónde te has escondido desde el evento?” preguntó Akin, dejando que un poco de curiosidad moderara su precaución ahora que parecía que el hombre era prácticamente inofensivo y de hecho estaba casi al borde de la muerte.

“En Aja. Vine hasta la isla ayer a la noche cuando mi comida se agotó.”

“¿Condujiste?”

“Camine.”

“¿Caminaste todo el camino desde Aja?” preguntó Akin, sorprendido.

“Así como lo ve mi hermano. Cuando la comida se acaba, ¿dónde puede uno ir?”

Akin asintió con precaución para mostrar que entendía, el también se había visto obligado a moverse hasta la isla desde el continente cuando agotó su suministro de agua. Bueno, eso y su plan de eventualmente abandonar Lagos.

“¿Estás solo?” preguntó Akin.

“Si.”

“¿Qué has estado bebiendo? ¿Tienes agua limpia?” Akin no quería preguntarle al hombre sobre su tos, sobre su salud ni por lo que había pasado hasta que estuviera razonablemente seguro que pudiera confiar en él. El agua era mucho mas importante que la empatía en estos tiempos.

“Coca,” dijo Chuka, “un camión de suministros se descompuso cerca de mi casa pero ya está agotado.”

Akin inspeccionó el rostro de Chuka, vio la tensión en su cuello y su mirada esperanzada, y concluyó que o estaba mintiendo o le ocultaba algo. Decidió entonces mostrar un poco de amabilidad para que se tranquilizara antes de presionarlo aun mas. “Puedes bajar las manos,” le dijo.

Las manos esqueléticas de Chuka cayeron pesadamente hacia sus lados y una sonrisa se empezó a dibujar en su rostro. “Gracias. Por favor no he visto a nadie por semanas. Puede decirme si…”

“No respondiste a mi ultima pregunta.” Le gritó Akin. “¿Tienes agua limpia? Y no te atrevas a mentirme.”

El rostro de Chuka se tensó repentinamente. Cerró los ojos y se tambaleó. Mas tos, se pasó el reverso de la mano por la frente y le rogó, “por favor, te lo ruego por Dios, por favor no te lo lleves. Es todo lo que tengo.”

“¿Llevarme que?” Akin dio un paso en dirección a Chuka, con el impecable barril de la Colt apuntando al corazón del frágil hombre.  ¡Habla ahora!”

Chuka se quedó ahí parado, en silencio, mirando al suelo como abstraído. Akin apretó la Colt en sus manos. No quería dispararle al hombre pero estaba preparado si tenia que hacerlo. En la tenue luz del supermercado, los copos de polvo flotaban como extrañas e inertes luciérnagas. Entonces Chuka dijó, sin levantar la mirar, “el generador de agua.”

“Muéstrame,” demando Akin.

El rostro de Chuka era una mascara sombría. Se volvió, indicando a Akin que lo siguiera, y se metió detrás del exhibidor de comida para mostrarle lo que parecía un pequeño generador de energía. Del tipo que muchas personas en Lagos conocen como “IBPMN”. Habían dos recipientes plásticos pequeños y lo que parecía ser una garrafa verde de gas conectada a través de un sistema de tubos transparente en forma de serpentina. Una película de polvo se había asentado sobre todo, reduciendo la transparencia pero parecía que había agua limpia en una de los recipientes plásticos y un liquido sucio y amarillo en el otro. El extraño artilugio le recordó a Akin la vez que su hermana había tenido que hacerse diálisis, los tubos serpenteaban dentro y fuera de ella como enredaderas. “¿Es eso?”

“Si.” Chuka se arrodilló junto al generador y lo tocó con sus delgadísimas manos. “Lo tomé de la oficina de mi supervisor. Puede convertir la orina en agua e incluso generar un poco de energía.”

El rostro de Akin se endureció. “¿Me tomas por tonto? No me mientas. Probablemente seamos las únicas personas en Lagos y yo soy quien tiene el arma así que no me mientas maldita sea.”

“No estoy mintiendo,” maulló Chuka desesperado, su voz se había convertido en un chillido, se inclinó sobre el generador y apretó tres botones consecutivos. “Observa.”

Akin retrocedió, preparándose para lo que podía ser una trampa. Años viviendo en Lagos y sobreviviendo a los extraños días posteriores al evento le habían enseñado a desconfiar activamente de cualquier cosa que sonara demasiado bueno para ser verdad.

Al tacto de Chuka, el generador arrancó con un suave traqueteo mecánico que fue en aumento hasta convertirse en un zumbido. Los tubos transparentes empezaron a temblar, vibrando con el fluido. El sonido sorprendentemente apaciguo. Mientras Akin observaba, el liquido amarillo de la izquierda empezó a disminuir y el nivel de liquido limpio en el otro empezó a subir. Lentamente pero

“Eso es orina,” dijo Chuka, señalando el recipiente con el liquido amarillo mientras el generador se iba apagando. “El otro es agua.”

Akin, preguntó comprimiendo el rostro, “¿Cómo?”

“Estaba haciendo mi MBA en la Escuela de Negocios de Lagos cuando la hija de mi supervisor inventó esta cosa. Utiliza una celda electrolítica para separar el hidrógeno en la orina. El hidrógeno es filtrado y se seca aquí,” Chuka hizo una pausa y señalo a un pequeño cilindro plástico que conectaba el tubo a la garrafa de gas. “El hidrógeno reacciona con el aire, potencia el generador y produce agua limpia como residuo.”

“Bebélo,” le dijo Akin sin bajar el arma.

Chuka levantó la mirada hacia él, las lineas de su rostro indicaban decepción, “mi hermano, na wa o3. Somos solo nosotros dos aquí. No te mentiría. ¿Por qué no me crees…”

“¡Bebélo!” le ordenó Akin, se negaba a permitir que la pequeña burbuja de esperanza dentro suyo creciera hasta convertirse en un manantial.

Chuka volvió a toser y dio vueltas para apagar el generador. Desconectó el recipiente con agua y lo abrió mientras hablaba sin mirar a Akin, “lo juro por Dios todopoderoso, no estoy mintiendo. Mi proyecto era buscar la manera de comercializar el producto y vendérselo a alguna empresa oyibo4.” volvió a toser, una tos áspera e insoportable que duró varios segundos antes de calmarse, “ahora, es la única razón por la que sigo vivo. Con esto, una vez que obtenga un poco de agua o algo para beber, de verdad, puede durar semanas. No es perfecto, a veces me da un poco de diarrea pero no va a matarme, la sed si.” Entonces se llevó el recipiente a los labios y le dio un largo trago al liquido que se veía mucho mas claro sin la película de polvo que cubría el recipiente. Cuando terminó, Chuka bajo el recipiente y se lamió los labios, se volvió hacia Akin y con una pequeña y húmeda sonrisa que asomaba en la comisura de sus labios le pregunto “¿Ahora me crees?”

Se miraron el uno al otro casi por un minuto entero, una pequeña porción de tiempo que se hizo extrañamente pesada debido a la intensidad de las reflexiones que atravesaban a cada uno de ellos.

Akin dio dos pasos adelante, bajo su arma lentamente y se dejó caer sobre sus rodillas, una a la vez. Se guardo el arma en la cintura de su pantalón. Abrió sus brazos tan grande como las puertas de una ciudad y abrazó a Chuka. Chuka se dejo abrazar y correspondió. Akin sonrió, la vergüenza que le producía esta repentina explosión de vulnerabilidad y humanidad se diluía al entender que era la primera vez que tocaba a otro ser humano en meses.

“Gracias por no dispararme,” le dijo Chuka, sobre el hombro jadeante de Akin.

“Gracias a Dios por este milagro,” dijo Akin, cerrando sus ojos. Por primera vez en mucho tiempo, sentía algo mas que la loca manía por sobrevivir. Se sintió esperanzado por el futuro, por su alocado plan de tomar uno de los muchos camiones abandonados en la marina, llenarlo de cuanta comida y agua como fuese posible y abandonar Lagos, rumbo a algún otro lugar que no haya sido consumido por completo después del evento. Chuka podía ayudarlo. Ese purificador de agua podía ayudarlo. Podían ayudarse mutuamente. Podían sobrevivir y juntos, quizás, encontrarle algo de sentido a lo que el mundo se había convertido.

Con los ojos aun cerrados, sintió una extraño pero persistente presión sobre su estomago. Entonces la presión se detuvo y se transformó en un dolor punzante. Los ojos de Akin se abrieron con fuerza y bajo los brazos, sus dedos encontraron el codo huesudo de Chuka. Se alejó violentamente de él, sus rodillas se arrastraron sobre algo filoso en el suelo. Miró hacia abajo y vio como la sangre se esparcía a través de su camiseta desde su abdomen como si fuera una flor roja silvestre. El dolor punzante lo atravesó. Giró sus ojos hacia arriba justo a tiempo para ver la mano derecha de Chuka bajar hacia su pecho con un puñal. La mano envolvía un pequeño cuchillo de cocina con el filo rojo, del tipo que su madre solía utilizar para picar cebollas y ajo para hacerle un delicioso y aceitoso estofado cuando era niño.

Actuando mas por instinto desesperado que por pensamiento calculado, Akin tiró su peso hacia la izquierda para que el cuchillo solo lastimara su hombro derecho, eso hizo que Chuka colapsara sobre él llevado por la inercia del golpe. Antes de que pudiera recuperarse, Akin coloco su arma contra el abdomen de Chuka y disparó tres veces rápidamente. Cada disparo resonó imposiblemente fuerte, un solido muro de sonido que pudo sentir en sus dientes. Se arrastró para quitarse el desgarbado cuerpo de Chuka de encima, con los oídos zumbando, respirando pesadamente, y la mano izquierda presionando su barriga, desesperado por evitar que sus preciados fluidos escaparan de su cuerpo.

“¡Jesús!” gritó, golpeando la culata de la Colt contra el suelo polvoriento. “No, no, no, ¿por qué? ¿Qué demonios te pasa?!” Grito mirando al techo antes de voltear su cabeza para ver a Chuka inmóvil en el suelo en un charco de sangre que se expandía.

Hubo silencio por un minuto o dos, o quizás cinco. Akin no estaba seguro. La adrenalina y el enojo distorsionaron su concepción del tiempo.

Sus pensamientos divagaron y en su mente vio la cálida y esperanzadora sonrisa de su hermana, sintió el apretado y confortante abrazo de su madre, escucho la salvaje y reconfortante risa de su padre, y fue entonces cuando las lagrimas empezaron a caer de sus ojos. Anhelaba tanto su compañía que dolía, dolía mucho mas que el dolor punzante en su abdomen. Mas allá del anhelo, le dolía la decepción. Finalmente había encontrado a otra persona, un compañero sobreviviente, alguien con quien pensó que podía compartir su humanidad por un momento y que casi le había costado la vida. Cansado y sediento, envidió a los millones de muertos que descansaban desperdigados por la ciudad.

Lentamente, la tristeza se condensó en esa sombría determinación y voluntad de acero que lo había mantenido de pie después del evento. No podía darse el lujo de llorar y desangrarse. El fin del mundo llego para quedarse. Lo único que importaba ahora era seguir con vida.

Se puso de pie, el dolor lo carcomía mientras examinaba la herida del estomago. Era un pequeño corte, apenas centímetro y medio de ancho y no sangraba ni remotamente tanto como había pensado inicialmente. El cuchillo no debía haber entrado tan profundo de lo contrario estaría agonizando. Le agradeció a Dios con los labios apretados. Tendría que cauterizar la herida sino quería sufrir una infección. Pensó en el dolor que debía soportar y apretó los dientes. Akin se rasgó la manga izquierda de su camisa polo donde el cuchillo le había cortado el hombro y la dobló hasta convertirla en un pequeño parche. Se lo colocó sobre el estomago y se sacó el cinturón del pantalón. Se envolvió el cinturón alrededor del estomago y lo cerró, ajustado para mantener el parche en su lugar. La presión lo hizo retorcerse de dolor.

Levantó su arma, caminó hacia el generador por el cual Chuka había intentado matarlo y lo observó, pensando en la mejor manera de llevarlo consigo.

“Lo siento,” susurro Chuka desde el suelo. Sonaba como si hablara a través de burbujas. Akin se volvió bruscamente y apuntó su colt hacia el hombre moribundo por si intentaba algo estúpido de nuevo.

Hubo un laborioso intento de respirar por un momento y luego mas palabras. “Todos intentan… intentan… quitármelo. Todos.”

“Yo no lo habría hecho,” respondió Akin con enojo, “podríamos haber sobrevivido juntos.”

Chuka tosió, una tos húmeda, enferma, intento darse vuelta pero estaba demasiado débil. Apenas alcanzo a doblar el codo y con un dedo tembloroso apunto hacia su cuello. Una cicatriz hinchada, con forma de soga que Akin no había notado antes de rodearlo, “eso… eso es lo que dijo la ultima persona que intento quitármela antes de… que ella intentara estrangularme.”

A Chuka le agarro otro ataque de tos que le hizo saltar los ojos. Cuando la tos cesó mas palabras salieron de su boca, con menos coherencia, “tu… tenías un… arma… yo, no podía… tenia que… intentarlo… confiar… lo siento.”

Entonces silencio.

“¿Chuka?”

No hubo respuesta.

Akin se arrodilló y puso el arma en el rostro de Chuka. Los ojos entrecerrados e inyectados de sangre miraban el barril sin parpadear. Le tomó algunos segundos a Akin darse cuenta de que el hombre estaba muerto.

Cuando Akin finalmente abandonó el edificio del centro comercial, el sol aun cocía la tierra bajo el pálido turquesa de un cielo despejado, brutal e implacable como la mirada de un dios que no ha sido venerado en mucho tiempo. Una por una, cargo las dos cajas de doce botellas de agua que tomó de la ahora vacía área de almacenamiento dentro de un carro de compras, las acomodó cuidadosamente sobre el generador-purificador de agua de Chuka. Aseguro el carro de compras a la motocicleta con un trozo de soga verde resistente, dándole varias vueltas alrededor a través del marco de metal de la Yamaha y los soportes del asiento. Una sucia carretilla verde que no había notado cuando llego, yacía de lado a unos metros de distancia, visible a pesar de las remolinos de polvo y el calor. Akin se preguntó brevemente si habría sido de Chuka. Desvió la mirada, hacia el polvoriento horizonte, le invadió la intensa sensación de que debía alejarse de ese calor rápidamente. Ahora tenía agua, quizás intentaría encontrar algún lugar para quedarse cerca de la Marina, una base desde donde pudiera buscar comida, descansar y preparar su migración.

Se subió a la moto y encendió el motor en primera marcha. El resto de Lagos lo esperaba, el cielo vacío y completamente azul y el polvo, cocinándose al calor del sol. El dolor en su costado y el calor desde arriba hacían que cada inhalación de aire caliente se sintiera como sí respirara fuego puro.

Sufriendo pero con una leve sonrisa, le agradeció a Dios el haber encontrado el generador-purificador de agua, que había sobrevivido a la traición de Chuka, que tenia algo de agua embotellada, que aun seguía con vida. Y mientras siguiera con vida, había esperanza; esperanza de encontrar mas agua, esperanza de encontrar un buen camión, de abandonar este páramo árido y desolado. Rezó en silencio que no volviera a encontrarse a nadie en Lagos mientras rodó su vehículo a través del portón del centro comercial, giró en la esquina a mano derecha y entró en el cadáver que era el Ozumba Mbadiwe Road, con el carro de compras traqueteando incómodamente detrás suyo.

Fin

1 – Olosi es el nombre dado al Diablo en Yoruba.
2- Eko o no baje es el lema de la ciudad de Lagos.
3- Na wa o es una expresión en Yoruba que denota sorpresa.
4- Oyibo es una expresión Yoruba para referirse tanto a personas como entidades no nigerianas.

 

El funeral del diablo

Por Edward Page Mitchell
Publicada originalmente en el periódico The Sun en 1879

Sentí que manos invisibles me levantaron de mi cama y suavemente me trasportaron a una avenida del Tiempo cada vez más estrecha. Cada momento que pasaba era un siglo, nuevos imperios aparecían frente a mí, nuevos pueblos, ideas extrañas, destinos desconocidos. Finalmente, aparecí en el final de la avenida, en el fin del tiempo, bajo un cielo ensangrentado más horroroso que la más profunda oscuridad.

Hombres y mujeres iban y venían apresurados, sus rostros pálidos reflejaban el semblante maldito de los cielos. Un silencio desolador reposaba sobre todas las cosas. Luego, escuché a lo lejos un lamento muy suave, un dolor indescriptible que aumentaba en intensidad y volvía a bajar, se mezclaba con el tono de la tormenta que comenzaba a arreciar. El lamento fue respondido por un gemido, y el gemido se hizo atronador. Las personas apretaron sus manos y se arrancaron los cabellos, una voz perforan te y persistente, chillo por sobre la agitación, “¡nuestro señor y amo, el Diablo ya no está! ¡nuestro señor y amo ya no está!” En ese momento, yo también, me uní a los dolientes que lloraban la muerte del Diablo.

Un hombre viejo vino a mi y me tomó la mano. “¿Tú también lo amabas y servias?” me preguntó. No respondí, ya que no sabía por qué lamentarme. Me miró con firmeza directo a los ojos. “No hay pena,” me dijo, con sentimiento “que no pueda ponerse en palabras.” “Entonces no hay pena como la tuya” le repliqué “ya que tus ojos están secos y no hay dolor detrás de sus pupilas”. Puso su dedo sobre mis labios y me susurró “¡Espera!”

El viejo me guio hasta un amplio y suntuoso salón, completamente lleno con una multitud de dolientes. La multitud era, de hecho, una poderosa, ya que personas de todas las épocas del mundo que habían venerado y servido al Diablo estaban ahí reunidas para realizar los últimos oficios para el difunto. Vi ahí a hombres de mi propio tiempo y reconocí a otros de tiempos pasados, cuyas caras y fama me habían llegado a través del arte y la historia, y también vi a muchos otros que pertenecían a los últimos siglos a los cuales había visto en mi paso nocturno por la avenida del tiempo. Cuando estaba a punto de preguntar sobre estos últimos, el viejo se volvió hacia mi “silencio” me dijo, “y escucha.” La multitud habló al unisonó “Atención, escuchen el informe de la autopsia.”

De otro cuarto salieron cirujanos y médicos, filósofos y letrados de todos los tiempos se aventuraron para examinar el cuerpo del Diablo para descubrir, de ser posible, el misterio de su existencia. “Ya que” decía la gente “si estos hombres de ciencia nos pueden decir de qué manera el Diablo era el Diablo, si pudiesen separar sus partes mortales del principio inmortal que lo distinguía de nosotros, quizás podamos seguir adorando ese principio inmortal para nuestro propio beneficio y por la gloria eterna de nuestro difunto amo y señor. “

Con un semblante de ultratumba y pasos reticentes, tres delegados dieron un paso delante de entre los sabios reunidos. El viejo a mi lado levanto la mano para pedir silencio absoluto. Todo sonido de aflicción se detuvo al instante, vi que uno de ellos era Galeno, el otro Paracelso, y el tercero era Cornelio Agripa.

“Aquel que ha servido al amo fielmente” dijo Agripa en voz alta “debe escuchar en vano los secretos que nuestros escalpelos han descubierto. Hemos expuesto tanto el corazón como el alma de aquel que ahí yace. Su corazón era como el nuestro, bien formado para latir por ardientes pasiones, para encogerse por el odio, para agrandarse de la ira. Pero el misterio de su alma haría explotar los labios de quien lo pronunciara.”

El viejo me apartó rápidamente de la muchedumbre. La gente empezó a tensionarse y a precipitarse con una furiosa ira. Querían despedazar a esos hombres letrados y venerados que habían diseccionado al Diablo, pero aun así se negaban a hacer publico el misterio de su existencia. “¿Qué patraña es esta que nos cuentan? Carniceros charlatanes, profanadores de cuerpos” exclamó uno. “No han descubierto misterio alguno, nos han mentido a la cara” “¡Mátenlos!” gritaron otros. “Quieren guardarse el secreto para su propio beneficio. Estamos en presencia de un triunvirato de charlatanes que se han designado a sí mismo como nuestros superiores, en lugar de aquel que hemos adorado por la dignidad de sus enseñanzas, la ingenuidad de su intelecto, el glorificado carácter de su moralidad. Demos muerte a estos engreídos filósofos que pretenden usurpar el alma del Diablo.”

“Hemos buscado solo la Verdad” replicó uno de los hombres de ciencia con cierta soberbia “pero no podemos revelar la Verdad que hemos encontrado. Nuestro trabajo termina aquí.” Una vez dicho esto, se retiraron.

“Vamos a verlo nosotros mismos” grito la mayoría de la turba iracunda. Se hicieron paso hacia el interior de la habitación donde yacía el cuerpo del Diablo. Miles presionaban para entrar y luchaban en vano para estar en presencia de la muerte para descubrir ellos también la cualidad esencial del difunto. Aquellos que pudieron entrar, con reverencia, pero con entusiasmo se acercaron al enorme féretro de oro sólido, adornado con piedras brillantes y resplandeciente por el brillo de las esmeraldas, gemas y calizas. Enceguecidos, retrocedieron con el rostro perplejo. Ni un hombre entre ellos se atrevió a estirar la mano y quitar las vendas y coberturas con los que los cirujanos habían tapado su trabajo.

Entonces el viejo, que había presenciado la tumultuosa escena conmigo se colocó en un lugar elevado y dijo en voz alta. “¡Adoradores del Diablo, cuya majestuosidad los somete aun después de su muerte! Esta bien que no hayamos descubierto el misterio antes de tiempo. Una combinación de distintas señales me ha llenado de esperanza, creo que aquello que ha sellado los labios de los hombres de ciencia, puede aún ser revelado a través de la fe. Procedamos ahora a rendir el ultimo triste tributo a nuestro difunto señor. Hagamos de su memoria un sacrificio digno de nuestra devoción. Mi arte puede encender un fuego que consumirá pesados lingotes de oro tan rápido como si quemase un simple papel, y no dejará cenizas ni lamentos detrás. Que cada hombre traiga aquí todo el oro, ya sea en moneda, en lamina o en forma de baratijas que han ganado mientras servían al Diablo, y cada mujer traiga el oro que ha ganado y arrójenlo al fuego. Solo entonces la pira funeraria será digna de aquel que estamos velando.”

“¡Bien dicho viejo!” clamaron los adoradores del Diablo. “De esta manera probaremos que nuestra adoración no ha mermado. Construye la pira mientas buscamos nuestro oro.”

Mis ojos estaban fijos en el rostro de mi compañero, pero no pude leer los pensamientos que ocupaban su mente. Cuando me volteé a mirar nuevamente, el amplio salón estaba vacío excepto por nosotros dos.

Lenta pero laboriosamente construimos la pira funeraria en el centro del departamento. Lo construimos de la costosa madera que teníamos a mano, ya espolvoreados por devotos dolientes con las mas variadas especias. Construimos la pira ancha y alta y la cubrimos con objetos hermosos. El viejo sonrió mientras preparaba el fuego mágico que habría de consumir el oro que los adoradores del Diablo habían ido a buscar. Dentro de la pira dejó un espacio amplio para su sacrificio.

Juntos trajimos el cuerpo del Diablo y lo ubicamos cuidadosamente en la cima de la pira. Los truenos resonaron sobre nuestras cabezas y todo el edificio entero tembló tan fuerte que me sorprendió que no se derrumbara, sepultándonos entre el techo y el asfalto. Los truenos seguían cayendo uno tras otro, cada vez mas cerca de la pira. Los relámpagos revoloteaban muy cerca nuestro, alrededor del viejo, de mi y del cuerpo del Diablo. Seguíamos esperando a la multitud, pero la multitud no regreso.

“¡Contemplen las exequias!” dijo finalmente el viejo, arrojando su antorcha encendida al medio de la pira. “Tú y yo somos los únicos dolientes, y no tenemos una misera onza de oro para ofrecer. “Ve entonces, e invita a los adoradores del Diablo a la lectura de la ultima voluntad y testamento. Vendrán.”

“Me apresuré a cumplir la orden del viejo, y rápidamente el salón fúnebre se atiborró nuevamente. Esta vez los adoradores trajeron el oro y cada uno intentó dar una excusa por su tardanza. El ambiente se puso denso de tanta explicación. “Solo me demore” dijo uno, “para asegurarme de que había juntado todo, todo hasta la ultima pieza de oro que tenía en mi poder.” “He recolectado”, dijo otro “la laboriosa acumulación de cincuenta años, pero que felizmente sacrificaré por la memoria de nuestro amado señor.” Un tercero dijo, “verás, he traído todo, incluso el anillo de bodas de mi difunta esposa.”

Hubo una disputa entre los adoradores del Diablo para ver quien era el primero en arrojar sus tesoros al fuego. Las llamas encantadas atrapaban el oro y lo arrojaban muy por encima del cuerpo, proyectando un feroz resplandor amarillo en cada rostro emocionado del gran salón. El fuego seguía consumiendo el oro que innumerables manos le proporcionaban y el viejo seguía parado junto a la pira, con una sonrisa extraña en su rostro.

Los adoradores entonces clamaron con voces roncas “¡El testamento! ¡El testamento!” ¡Escuchemos la última voluntad de nuestro señor!”

El viejo abrió un pergamino de papel con asbesto y empezó a leer en voz alta, mientras el barullo de la muchedumbre disminuía hasta el silencio y el feroz rugido de las llamas se convertía en un suave murmullo. Lo que el viejo leyó era esto:

“¡A mis preciados seguidores, al mundo entero, mis fieles adoradores y leales sirvientes, los saludo y les concedo la única bendición que el Diablo tiene para dar, una maldición eterna!

“Soy consciente de me aproximo al momento del Cambio que acecha a toda existencia activa, en mi sano juicio y con un propósito firme, declaro por lo tanto que esta es mi ultima voluntad, placer, orden en cuanto a la disposición de mi reino y mis efectos.”

“A los sabios les dejo la estupidez, y a los idiotas, el dolor. A los ricos, les dejo las miserias de la tierra y a los pobres la angustia de lo inalcanzable; a los justos, la ingratitud, y a los injustos, el remordimiento; a los teólogos les dejo las cenizas de mis huesos.”

“Decreto que ese lugar llamado infierno sea cerrado para siempre.”

“Decreto que los tormentos, en simples cuotas, sean divididos entre mis leales súbditos, de acuerdo con sus méritos, y que el placer y las riquezas también sean divididas equitativamente entre mis súbditos.”

Inmediatamente después los adoradores del Diablo sellaron el trato a la voz de “¡No hay Dios mas que nuestro Señor el Diablo y él ha muerto! Ahora dennos acceso a nuestra herencia.”

Pero el viejo respondió, “¡Miserables! El Diablo ha muerto, y junto con él, el mundo. El mundo está muerto.”

La multitud quedo horrorizada mirando la pira. De un segundo a otro, las llamas doradas se abalanzaron como una columna ardiente hacia el techo y desaparecieron. Desde las ascuas del corazón del Diablo salió una pequeña serpiente siseando aterradoramente. El viejo se abalanzó hacia la serpiente para aplastarla, pero se le escapó de entre las manos y se abrió paso entre la multitud. Judas Iscariote la atrapó y la puso en su regazo. Al hacerlo, la tierra bajo nuestros pies empezó a temblar como si convulsionara. Los grandes pilares de la cámara funeraria se tambalearon como gigantes mareados. Los adoradores del Diablo huyeron despavoridos, el viejo y yo quedamos solos. La explosión vino después de varios estallidos a nuestro alrededor, pero esta vez no eran las sacudidas del trueno. Era el desolador sonido de las estructuras del hombre cayendo, de los tejidos de su realidad, del eco que se producía en otros mundos mientras este mundo caía en la perdición. Entonces las estrellas empezaron a derrumbarse y las borrosas luces del firmamento caían sobre nosotros como aguanieve de fuego congelado. Los niños morían de terror, las madres sujetaban a sus hijos muertos contra sus helados regazos y huían en todas direcciones buscando un refugio que nunca encontrarían. La luz se volvió negra, el fuego perdió su calor en la completa desarticulación de la naturaleza, y un caos incontenible surgió de las entrañas del universo y se trago a los adoradores del Diablo y a su mundo muerto.

Entonces, le dije al viejo mientras caminaba por el vacío. “Seguramente ya no hay bien ni mal, no hay mundo ni Dios.”

Pero él sonrió y sacudió su cabeza, y me dejo ahí para que deambulara sin rumbo a través de los siglos. Sin embargo, cuando él desapareció, vi que allá, sobre las ruinas del mundo, se formaba un arcoíris de infinito resplandor.

Fin.

Conectado

Por Tianna Ebnet

Cuando las personas piensan en la Conexión, aunque la mayoría no piense en eso, imaginan dolor. No hay duda al respecto, ¿dejar que alguien te haga un corte en la cabeza, y te conecte a una maquina? Claro que es una experiencia dolorosa. Pero la verdad es que no recuerdas todo eso. Estas anestesiado durante todo el proceso, y no sientes nada después de él. No sientes los finos cables que corren bajo tu piel hasta la base del cráneo, tampoco sientes la base de datos en la que estas suspendido. Ni siquiera el aire cálido en tu rostro. Ni tus brazos ni tus piernas. Nada en absoluto.

A veces piensas en el dolor con cierta añoranza. La manera en que te late el pie después de  golpearte un dedo, te recordaba que seguía ahí. Ya no estás tan seguro de eso. Naturalmente te han dado garantías, antes de firmar la línea punteada. Nada dañaría tu cuerpo mientras estés Conectado, y al final del contrato serias liberado con un pequeño fondo de retiro. Será como despertar de un sueño. Pero olvidaron mencionar qué clase de sueño sería, y además, realmente no hay nada que puedas hacer si rompen sus promesas. Nadie te espera afuera.                
De alguna manera, esto es mejor que Antes. Ya no duermes en la calle con un cuchillo guardado en las medias, no intercambias sexo oral con extraños por un sándwich. Pero en realidad ya no sabes lo que es dormir. El Modo Sueño es similar a una dosis, la mitad de tu atención siempre puesta en asegurarte que el aire esté siendo filtrado y las luces encendidas, y aún cuando esperas que los nutrientes te lleguen de alguna manera, no tienes conciencia de los desechos que salen de tu cuerpo. Por lo menos nunca estás aburrido. Puede ser muy emocionante estar en todos lados al mismo tiempo, siempre y cuando no pienses en como tu influencia termina en la puerta. Tienes Internet metafóricamente en tus manos las veinticuatro horas del día, horas y horas de filmaciones de seguridad, y un cúmulo sin fin de correos electrónicos interdepartamentales para revisar. Técnicamente no deberías leer esos, pero es mucho más fácil hackear el Sistema cuando eres el Sistema, y Seguridad está más preocupada por garantizar que no cierres todas las puertas y destruyas los filtros de aire que en la privacidad del personal o de quién se acuesta con quién.
 No te falta compañía, eso sí. No eres el único Conectado, no en un negocio de este tamaño. El flujo de información por si mismo haría estallar todas las células de tu cerebro. Hay cientos en la red y puedes transmitir de ida y vuelta. Algunos de ellos están lucidos, incluso son amistosos, pero la mayoría ha estado dentro tanto tiempo que sólo pueden hablar en código binario y mensaje de error. Intentas no pensar en llegar a ese estado. Mantienes tu archivo a mano y lo revisas con frecuencia, sólo para recordarte como luces, edad: 26. Ocupación: N/R. Dirección: Indigente. Niveles de sincronización: 85%. Candidato optimo.

Miras a los ojos a ese joven, mirando con hosquedad a las cámaras que se convertirían en una extensión de ti mismo, e intentas recordar ser esa persona. Cada vez se hace más difícil.             
Sientes que la puerta de tu entorno se abre, el sonido de una tarjeta magnética, y te toma un momento concentrarte y volver a tu cerebro para abrir tus verdaderos ojos, o lo que esperas que sean tus verdaderos ojos, ya que rara vez los usas.

Es un Técnico, y notas que es nuevo, por la manera en que intenta mirar hacia todos lados excepto a ti. Eso, y que sólo a los nuevos le dan el turno del cementerio. Sólo los sistemas más vitales están funcionando, por lo que no hay mucho para hacer excepto monitorear tus signos vitales y posiblemente limpiarte el culo.

Está nervioso, igual que todos cuando recién empiezan. Es bajo, con cabello castaño rizado con mechones que sobresalen. Ojos grises, un lunar detrás de la oreja. Haces un breve escaneo de los archivos del personal, buscando el nombre que va con ese rostro, Ryan Morgan, edad veinticuatro con un titulo en Bio-Programación. Joven. No es solo nuevo en la Compañia, sino también nuevo en este puesto. Sus manos tiemblan mientras ejecuta los protocolos estándar.  Por un momento, te ves tentado a contener la respiración para que las pantallas den señales de alarma, solo para asustarlo, pero una diversión pasajera no valía el castigo que seguramente vendría a consecuencia.

Eventualmente sus movimientos se relajaron a medida que se fue concentrando en su trabajo. Empezó a hablar consigo mismo mientras tipeaba.

“Signos vitales estables. Ligera deficiencia de calcio. Definitivamente debo ajustar la solución nutritiva…”         
Es placentero, escuchar una voz. Es un buen cambio al constante zumbido de la maquinaria. El ultimo técnico nocturno nunca hablaba. Ocasionalmente, gruñía ininteligiblemente sin dejar de mirar la pantalla, donde generalmente veía mellizas rollizas que se revolcaban en una piscina de plástico. No lo extrañas.

A Ryan, por su parte, le gusta mantener conversaciones enteras consigo mismo. Se reprende amablemente cuando comete un error, resolviendo problemas en voz alta, incluso enfatizando sus argumentos con un suave movimiento de sus brazos. Honestamente, no sabes para que se molesta. ¿Qué importa si estas recibiendo suficiente calcio o si tu temperatura esta ligeramente elevada? Aun así funcionas a la máxima eficiencia.

Casi dos horas después levanta la mirada y se da cuenta que tus ojos están abiertos y que estas mirándolo. De hecho, no has sido capaz de dejar de mirarlo. Tiene mas entusiasmo de lo que estas acostumbrado. Generalmente todo es muy tranquilo en el sub sótano D, y había algo en sus movimientos, la manera en la que se acomodaba en la silla, las arrugas de su nariz cuando pensaba, algo de eso te fascinaba profundamente. Así es como se mueve un cuerpo.

Ryan desvió su mirada, pero momentos después vuelve a mirarte. Sigues mirándolo. Sonríe, los labios se le crispan pero sus ojos no sostienen tu mirada. No intentas devolverle la sonrisa. Te asusta demasiado que los músculos no te respondan.

“Hola,” dice.

Lo miras, sin saber bien como responder. Nadie te ha hablado antes. Toda la información necesaria para el mantenimiento esta en las pantallas en forma de señales de calor, salida de fluidos y receptores neuronales. Tu opinión rara vez es necesaria.

“Soy Ryan, el nuevo técnico. Estaré ayudando a cuidar de ti de ahora en mas.”

Cuidar de ti. Es una forma interesante de describir su trabajo. En tu experiencia, el mantenimiento tiene poco que ver con tu comodidad. Él esta aquí para mantenerte dormido, obediente y eficiente. Si esta cuidando algo, es del Sistema. Es difícil comprender el nivel de ingenuidad de Ryan si verdaderamente cree que  todo lo que hace lo hace para tu beneficio.

Sientes una leve vibración muy dentro tuyo, y te das cuenta de que estas riendo.

Ryan esta aun mas sorprendido que tu. Se inclina sobre las pantallas, tipea frenéticamente, buscando lo que sea que haya hecho ese ruido.

No es momento de probar si tus cuerdas vocales funcionan. Ambos están lo suficientemente asustados. Le enviás un texto.

Tranquilo. Estoy bien.

Baja la mirada hacia las pantallas. Levanta la vista de vuelta hacia ti. Y de vuelta a la pantalla. Te resulta agotador esperar a que su pequeño cerebro ate los cabos.

¿Quien mas podría estar hablándote? Somos los únicos aquí.

“No sabia, no sabia que podías hablar,” dice Ryan.

Bueno, ahora lo sabes.

Se ríe, un breve y nervioso soplo de aire. Hay un largo momento de silencio hasta que eventualmente se da cuenta que la charla ha terminado. Regresa a su trabajo pero se da vuelta con frecuencia para mirarte. Sus hombros se tensan cada vez mas cada vez que ve que sigues mirándolo. Te deleitas con su incomodidad. Dejalo ver lo ultimo avance de la ciencia, la carne detrás de su estilo de vida, y dejale saber que habla. Que tiene un nombre.

***

Ryan no te habla al día siguiente. Ni el día siguiente a ese. Intenta ignorarte por el resto de la semana. Pero es muy consciente de tu presencia. Te das cuenta por la manera en que clava sus ojos a la pantalla, mira con firmeza hacia adelante. Pero sus pupilas no deambulan como solían hacerlo, y ya no habla consigo mismo, hipersensible a que alguien lo este escuchando.

Pero no puede evitar a la maquina por siempre. Llega el viernes. Final de la semana. El ultimo viernes del mes. Es momento de una prueba de diagnostico de rutina. Odias esas pruebas. Primero, porque te inyectan bloqueadores neuromusculares para evitar que convulsiones durante el proceso, luego, cada terminación nerviosa es encendida para asegurarse que están debidamente conectadas. Sientes un pequeño pinchazo antes de que el adormecimiento haga lo suyo. Toma esa sensación y repitela 95 mil millones de veces, mientras eres incapaz de moverte, incapaz de gritar. Es la única vez en la que el dolor no es una vaguedad, un concepto casi romántico. Te recuerdan que si, de alguna manera tu cuerpo aun existe, y en ese momento no parece valer la pena en absoluto.

Ryan ingresa los protocolos estándar. Sus manos tiemblan. No es un idiota, el sabe lo que esto significa. Comete el error de mirarte y se acomoda nerviosamente en la silla.               
“Este puede doler,” dice, antes de presionar ENTER.

Ni que lo digas.

Las pantallas siempre se disparan mientras corre el diagnostico, tu corazón late fuerte, la respiración se vuelve errática y el cerebro se enciende con señales de alarma. Es el único momento en que tu cerebro esta desconectado del Sistema, para que tu malestar no interfiera con nada importante.

Las luces empiezan a parpadear. Parece que alguien olvido desconectarte del circuito eléctrico secundario. Una broma, probablemente, se aprovechan del novato. Te resultaría divertido sino fuera por la callada y paralizante agonía.

Ryan asume que el espectáculo de luces es indicio de un problema mayor, pero en vez de navegar por los programas, te sorprende al saltar de su silla y correr hacia ti. Te shoquea ver su rostro tan de cerca y entre las olas de dolor distingues una suave presión. Un toque.

“Shh,” dice, acariciando tu brazo, al menos crees que es tu brazo, con movimientos suaves y circulares. “Tranquilo. Esta bien.”

Quieres encender todas sus terminaciones  nerviosas y preguntarle si cree que todo “esta bien”. Pero ha pasado tanto tiempo desde que alguien te tocaba. No puedes sentirlo, no realmente. Estas demasiado drogado para sentir el calor y la textura de su piel. Pero es humano, la primera cosa humana que has experimentado en casi cuatro años. Te recuerda al Antes, dedos peinándote el cabello, el susurro de labios en tus hombros. Lo odias por esto. No quieres que se detenga jamas.

Pero si se detiene. El diagnostico sigue su curso, el dolor se desvanece, y las luces vuelven a estar en linea. Sus manos caen hacia sus lados.

“¿Estas bien?”

No estas acostumbrado a las preguntas pero cooperar con tus técnicos es una de las principales directivas. Esta demasiado lejos de sus pantallas por lo que haces sonar su tablet.

Estoy operando a máxima eficiencia. Que en realidad es todo lo que puedes pedir.

Ryan mira el mensaje por varios segundos, frunce el ceño y dice “si… pero eso es una evaluación del Sistema. La computadora puede decirme eso. Quiero saber si tu estas bien.”

No estas seguro de como responder eso. Por lo general, la eficiencia máxima es suficiente. Si el Sistema esta funcionando bien entonces tu debes estar bien.

No entiendo la pregunta. ¿Qué es lo que quiere de ti?¿Cuál es la respuesta correcta? Ya no sientes dolor, pero considerando que has vuelto a estar bajo los efectos paralizantes eso debería ser algo obvio.

Ryan frunce sus labios. “Es solo que, nunca he hecho esto antes. Si conozco los procedimientos de diagnostico, obviamente, sé lo que implica, pero nunca pensé que seria… así. El agudo dolor físico, ¿sabes? Bueno, claro que lo sabes.” Exhala una risa nerviosa casi sin aire. “Supongo que… ¿Cómo te sientes?”

¿Qué importa? Estoy conectado nuevamente y funciono perfectamente. Mis sentimientos son irrelevantes.           
 Ryan luce como si quisiera decir algo mas, pero deja de insistir y no te habla por el resto de la noche. En cuatro horas, la siguiente persona se presenta para el cambio de turno. Le sonríe a Ryan, al ver su ropa arrugada y su pelo enmarañado. Nuestro tiempo junto tiene sus efectos.

“¿Noche dura?” pregunta ella.

“Ryan se encoge de hombros y acepta el café que le ofrece.

“El primer diagnostico siempre es difícil,” dice ella. “No te preocupes, se hace mas fácil.”

Ryan se encorva. Frunce el ceño y toma un buen trago de café. “Si tu lo dices,” le dice, levantando su mochila y dirigiéndose a la puerta.

Pero se detiene en el umbral, te mira y te sostiene la mirada. Sonríe un poco y hace un casi imperceptible saludo.

Entonces la puerta se cierra y te deja en Silencio.

***

Has estado Conectado por tres años, once meses, doce días, y veintidós horas. Llevar la cuenta es fácil cuando tu consciencia esta directamente conectada a un reloj, pero no es algo sobre lo que pienses demasiado. No tienes una estructura real en tu vida con la excepción de protocolos programados o el Modo Sueño, por lo que tu percepción del tiempo no esta determinado por las horas del día, sino por la velocidad de la información. Se siente como si hubieras estado solo por un momento. Se siente como si nunca hubieras estado en otro lugar.

Tu contrato no va ni siquiera por la mitad.

El tiempo es mas ameno cuando Ryan esta de turno. Lo observas constantemente, parcialmente porque sus movimientos temblorosos y sus gruñidos te resultan infinitamente entretenidos, pero principalmente porque sabes que el escrutinio le resulta perturbador. Te ha mirado a los ojos mas de una vez, empezando un prolongado concurso de miradas. El siempre es el primero en desviar la mirada.

Al cabo de dos semanas, Ryan se presenta con un juego de damas. Lo sostiene frente a ti con ambas manos como si le ofreciera comida a un animal. “¿Te gustaría jugar? Estas noches se hacen largas sin algo que hacer.”

Luego de observarlo por semanas, has identificado a Ryan como un Verdadero Creyente. Alguien que no esta en esto por el dinero o para hacer carrera en la corporación, sino que es un genuino idealista que compro el discurso de la Compañia sobre la declaración de principios para crear un mundo mejor. ¿Pero esto? Esto es inesperado.

¿Quieres jugar damas? ¿Conmigo?

Ryan se encoge de hombros. “Seguro, después de todo, eres el único que esta aquí.”

Te preguntas si estará escribiendo un libro. Quizás desea estudiar a un Conectado en su hábitat natural, probar sus reacciones a los estímulos y demás. O peor, es un fetichista, y muy pronto intentara lamer los espacios donde las sondas se unen con la piel. La Compañia siempre trata de vetar este tipo de gente pero siempre hay alguno que pasa desapercibido.

Consideras estas opciones, pero la idea de un juego físico con un oponente físico es demasiado tentadora para dejarla pasar. Ryan toma la silla y se sienta frente a tu modulo y observas el movimiento de sus dedos mientras acomoda el tablero. Enviás tus movimientos a su tablet y el manipula las piezas por ti.

Puedes perder tu trabajo por esto. O peor. Los Conectados son la columna vertebral de la Compañia. Todo: toda la información, los sistemas de seguridad, la funcionalidad misma del edificio depende de una red de mentes Conectadas, que es por lo cual estas casi siempre consciente.

Corromperte aunque sea de forma mínima es equivalente a sabotaje. En estos momentos, borras los registros de charla, y pusiste la filmación de seguridad en loop pero solo puedes cubrir tus huellas hasta cierto punto si alguien decidiese indagar un poco mas de cerca.

“Les diré que estoy estimulando tus vías sinápticas,” dice Ryan. Mueve su pieza hasta el extremo del tablero. “Coroname.”

Haces una jugada triple en respuesta y el gruñe.

¿Por qué correr el riesgo? ¿Normalmente juegas a las damas con suministros de oficina?

“No eres una engrapadora.”

Por el tiempo que dure mi contrato, soy propiedad de la Compañia, al igual que tu tablet y la silla en la que estas sentado. Mueves una de tus fichas hasta el extremo del tablero.

“Lo se, pero sigues siendo una persona.”

¿Y es eso una revelación? Seguramente sabias lo que sucedía.

“¡No se suponía que fueras así… de esta manera!” dice Ryan, sacudiendo las manos en tu dirección. “Hablas. Sientes dolor. Eres sarcástico por el amor de dios! Yo, yo no lo sabia.”

No, no te importo. A nadie le importa, no mientras las luces sigan funcionando.

Ryan guardo silencio, con la cabeza gacha se miro los zapatos, “… lo siento.”

Solo establezco los hechos, no es una acusación. ¿Ahora, vas a mover o no?

Avanzo, dejando abierto el escenario para que capturaras sus ultimas piezas. Reinicio el tablero, con los dedos danzando sobre los círculos de plástico. Y juegan. Una y otra vez y otra vez.

***

No esperas que vuelva después de eso. Esperas recibir el comunicado donde pide ser transferido a un lugar mas seguro. Menos practico. Quizás a Recursos Humanos, ya que le importan tanto los sentimientos. Es una lastima, era lindo hablar con alguien en tiempo real, pero los Técnicos van y vienen. No te aferras demasiado.

Pero Ryan esta de vuelta al día siguiente con mas juegos de mesa bajo el brazo. Durante los siguientes seis meses, los juegos se convierten en rutina. Intercalando las damas con ajedrez y elaborados juegos del El Ahorcado. Aprendes bastante sobre Ryan en este tiempo. Sobre sus padres doctores, y lo inconforme que estuvieron cuando decidió estudiar bio ingeniería.Anécdotas de la universidad y el tiempo que paso estudiando la Interfaz Europea. Su trabajo de caridad equipando vecindarios menos privilegiados e incorporándolos al Sistema. También te hace preguntas, y eventualmente empiezas a responderlas. Empieza con algo pequeño, tu color favorito, los animales que te gustan, y así. Información pequeña e impersonal, preparándote antes de soltar la bomba.

“¿Como te llamas?” pregunta Ryan, a la vez que le dibuja forúnculos explotados a tu hombre ahorcado. En algún momento el juego se trato menos de adivinar palabras y mas sobre dibujar las figuras de palitos lo mas grotescas posible. “Todo lo que mis supervisores me han dado es un numero de serie. W-X6514790.”

Es pegadizo.

“Si, para nada difícil de recordar.” Sonríe. Te gusta la manera en que entrecierra sus ojos, hasta que prácticamente son dos lineas  talladas profundamente en su rostro. “¿Como te llamabas antes… de todo esto?”

No quieres decirle, no al principio. Tu nombre es algo muy tuyo. Es el único recuerdo que no duele, y no estas seguro de querer compartir eso. Pero también quieres oír como el lo dice, ver como su boca se mueve al pronunciar las silabas.

Limpias la pantalla, preparando un nuevo lazo para una nueva victima. Veamos si puedes adivinarlo antes de quedar ahorcado.

No se la haces fácil. Te limitas a los juegos y eres implacable con sus errores. Le haces carroñar por las letras. Lo mantienes así por semanas, esperando a que se rinda y simplemente busque la información.

“No quiero buscarlo en la computadora,” dice Ryan. “Quiero sacártelo a ti.”

Así que, cedes un centímetro, y le permites un cuantos juegos mas, un par de turnos extra. Eventualmente el nombre se revela solo.

“Adrien,” dice, y es como escucharlo por primera vez.

Empiezas a contarle mas cosas, cosas imposibles de encontrar en tu expediente, cosas que pensaste que habías olvidado. Perdiste a tus padres en las inundaciones. Tu recuerdo mas antiguo es el de vagar por las calles, solo y perdido. Eventualmente, te llevan a un centro de refugiados. Un hombre viejo y amable te adopta, te deja llamarlo abuelo, y hasta los trece años las cosas marchan bien. Entonces muere, y vuelves a la calle, vendiendo lo que sea para poder sobrevivir. Cuando te levantan, cuando resignas tu voluntad, te dices a ti mismo que no importa. Tu cuerpo no te ha pertenecido en mucho tiempo.

Estabas equivocado.

Ryan escucha tu historia en silencio, mirando el tablero de ajedrez que yace frente a el aunque sus pensamientos están muy lejos del juego. “Cuando obtuve mi titulo… nos dijeron que era opcional. Que estas personas habían elegido servir a un bien común. Y tanto bien a traído el Sistema. Energía limpia, ilimitada, el fin de tanta pobreza y hambruna. Pensé que valía la pena.”

Quizás lo vale, le dices. Quizás todo esto vale la pena. Para ellos y para ti. Pero no para mi.

“No,” dice Ryan. “No para ti.”

No siguen jugando ajedrez esa noche.

***

Sigue trayendo los juegos, pero no es lo mismo. Ryan esta distraído. Con frecuencia, detiene los juegos a mitad de la partida o a veces a mitad de un movimiento.

“Cosas del trabajo” dice cada vez que le preguntas si sucede algo. “Estoy cada vez mas ocupado.”

Pero sabes que te oculta algo. Se sienta en la computadora mucho mas tiempo que antes, su trabajo esta tan encriptado que ni siquiera tu puedes ver lo que esta haciendo. No sin alertarlo inmediatamente de la intromisión, y estas demasiado aterrado de lo que sucedería si cruzas esa linea.

Te preocupa que quizás hayas ido demasiado lejos, que destruiste la relación al decir verdad. Solo querías que te conociera, que supiera que hay una persona entre todos estos cables y actualizaciones de datos. A veces, con mas frecuencia de la que te gustaría admitir, tu también lo olvidas.

Pero en vez de eso, parece haber tomado la actitud contraria. Lo asustaste con tu humanidad, entonces volvió a poner su atención en la maquina. Te expuso, indago en tu pasado y en tus emociones desde las profundidades del Sistema, y ahora huye. Lo odias.                     
Cobarde, horrible, cruel. “¡Mirame, bastardo!”

Lo dices en voz alta. No en texto, con tu voz, ronca e irreconocible por la falta de uso, pero es tuya.

Ryan probablemente no entendió tus palabras pero si levanto la vista. Se acerco a ti, puso sus manos en tu rostro. Cuando las retiro estaban húmedas.

“¿Estas llorando?” sus manos cubrían tus mejillas, y su frente se apoyaba en la tuya. “Lo siento, lo siento, lo siento.” Entonces, se inclina aun mas, susurra en uno de tus receptores auditivos, oídos, son tus oídos, “¿Te gustaría salir de aquí?”

¿Que? Escribes, no confiás en tu voz recientemente descubierta. Como… como es eso posible?

“Es posible,” dice Ryan, “He estado revisando los Protocolos de Extracción. Están bajo máxima seguridad por lo que tengo que ser muy cuidadoso. No quería decírtelo hasta estar seguro de poder hacerlo.

¿Puedes hacerlo?

“Es arriesgado,” admite, “no se hace muy a menudo. Los sujetos que sobreviven hasta el final de su periodo por lo general están tan idos que no están en condiciones de irse. El shock por si mismo podría matarte. Puedo hacerlo, si eso es lo que tu quieres.”

¿Es lo que quieres? Dentro tuyo, nunca te imaginaste como seria volver al mundo. Volver a ser de carne y hueso luego de tantos años de ser solo cables.

Serias capaz de volver a sentir tu piel contra otra. De sentir la comida en tu boca. De salir de este condenado sótano.

“Si.” Tu voz sale con claridad ahora que las silabas a pronunciar son menos.

Ryan sonríe, aprieta lo que esperas que sea tu mano, ay Dios, finalmente tendrás que lidiar con lo que haya quedado de ti, “hagamoslo.”


***

Debes ser desconectado de a poco, es un proceso de puede llevar semanas. Todos los días, Ryan te saca un poco mas, parcialmente para que no detecten tu ausencia. Los otros Conectados automáticamente compensan tus tareas siempre y cuando el ingreso de nueva información no sea abrumador. Pero también lo hace así para que tengas tiempo de aclimatarte a vivir fuera del Sistema. La dependencia es inevitable. Es como introducir lentamente a un pez en aguas extrañas. Tienes que volver a aprender a respirar.
 Ryan promete que te llevara con él. Ha estado leyendo sobre comunidades en las profundidades del Desierto, aisladas de cualquier tipo de red. Te traer flores del desierto, te habla sobre la casa que tendrán, incluso quizás un perro…

“Es decir, si es lo que quieres. No tenemos que vivir juntos, no…”

“No soy bueno con los perros, ¿Podemos tener un gato?” preguntas.

Sonríe. “Si, podemos tener un gato.”

Piensas en Ryan, en la casa, y el gato para llenar los agujeros que dejaron los cables. No quieres extrañar el Sistema pero no puedes evitar sentir el vació que deja su ausencia. Un mundo entero, incluso uno que te despoja de tu cuerpo y de tu mente, es algo difícil de abandonar. Y es aun mas difícil, volver a conocer tu propio cuerpo. Los sentimientos vuelven primero, y con ellos el profundo y espantoso dolor al cual el Sistema te sometía pero permanecía dormido. El flujo de información te quema en la espalda, la piel te palpita, y una parte de ti no puede creer lo limitado que es el cuerpo humano ahora que ya no tienes cámaras para escanear los corredores. Tus piernas ya no pueden viajar a través de los circuitos eléctricos. No pueden hacer nada en absoluto. Te sientes atrapado en tu propia piel, con los músculos atrofiados; tus extremidades tiemblan y son pequeñas como las de un niño. Intentas no preguntarte si acaso no has construido otra prisión para tu mente.

“Lo arreglaremos,” dice Ryan, frotando gentilmente tus sienes mientras avanza sobre la red de cables que conectan tu cráneo al flujo de datos. En teoría, deberían salir sin problema pero no conoces a nadie que pudiera extraer algo incrustado tan profundamente. “Estarás caminando en poco tiempo.”

No le crees, no del todo.

“¿Qué pasara si no puedo hacer esto?” preguntas. “No sé como vivir en mi cuerpo. Ya no.”

“Aprenderemos juntos,” dice Ryan. “Te prometo que no estas solo.”

Te concentras en las manos de Ryan detrás de tu nuca, como finalmente puedes sentir su calor corporal, la sequedad de su piel, y asientes.

Ryan intenta ser gentil, pero sientes cada tirón a medida que los cables salen centímetro a centímetro. Una vez libre, descubres que ya nada te sostiene. Sucumbes.

Los brazos de Ryan te envuelven, soportan tu peso con una facilidad que te molestaría si no fuese tan acogedor.

“Te amo Adrien,” susurra, y tu sonríes.

Te toca disfrutar el momento por un minuto. Quizás dos. Entonces, las pisadas. Las luces. Ryan grita. Te levanta, acunando tu inservible saco de huesos contra su pecho e intenta correr, pero no llega lejos. Se oye un golpe seco como un impacto, y te desparramas por el suelo. Un dardo tranquilizante, asumes. Lo sabrás con seguridad cuando mires las cintas de seguridad.

Desearías poder moverte, para estirarte y sostener la mano de Ryan. Dejar que te mienta por ultima vez diciéndote que todo va a estar bien. Pero el rostro que se te acerca no es el suyo. No es un rostro en absoluto. Es una suave extensión de la nada plástica. Hay manos que te toman, sientes el látex suave levantándote, buscándote una vena. Un pinchazo en la nuca. Escuchas gritos. “¡Adrien!¡Adrien!”

Resuena en tus oídos brevemente. Y entonces ya no escucha nada.

***

No te anestesian de inmediato. Te dejan sentirlo por un momento. Tu humanidad es tu castigo. Gritas aun cuando te han adormecido la garganta,  tu boca se abre y se cierra mientras sufres en silencio.

Te mortificas sobre que puede haber salido mal. ¿Es que acaso hubo un error en el programa basura que debía servir como sustituto? ¿Algún otro Conectado los había delatado, o quizás fue uno de los contactos exteriores de Ryan?¿Has sido tu? ¿Sera acaso que has estado funcionando como un involuntario peón de la Compañia, sus ojos y oídos, durante todo este tiempo?

Lo que es peor, no sabes qué le ha sucedido a Ryan. Nadie mas lo sabe. Se ha ido, todos los registros borrados, el destino de Ryan es dejado a tu imaginación, a tu profunda e ilimitada imaginación.

Tortura, prisión, muerte. La Compañia no tiene piedad por un ladrón.

Te enojas. Peleas contra los inhibidores mentales que limitan tu acceso, intentas atacar, quemar todo. Seria suicidio. Valdría la pena. Pero la seguridad es muy fuerte, no puedes hacer tu movimiento. El enojo se convierte en desesperación, y una parte de ti odia a Ryan. Te ha destruido de una manera que el Sistema nunca pudo.

Hay un mensaje parpadeando en la esquina de tu conciencia. Un texto. Probablemente otra Actualización de Sistema. Los otros Conectados se alejan de ti. Nadie quiere verse involucrado con el componente rebelde.

Intentas ignorarlo, pero otro mensaje llega, y otro. Seguirán llegando hasta que contestes, así que con resignación abres el archivo adjunto. Las palabras flotan en tu mente.                      
Adrien.

Tu nombre y un pequeño diagrama de ahorcado, saludándote desde la horca.

Deberías haber sabido que iban a Conectarlo. La Compañia no desperdiciaría un material tan bueno.

Das un paso adelante, hacia su interfaz. Sus mentes se tocan, se funden y entrelazan como electricidad. No es lo mismo, extrañas sus dedos, sus palabras, su boca, pero es mejor que nada.

Ryan no esta tomando muy bien su nueva vida. Nada te prepara para el Sistema, incluso para aquellos que consienten su ingreso, y quien sea que haya supervisado su ingreso no hizo un muy buen trabajo. Su mente traumatizada busco algo familiar a lo que aferrarse. Te encontró a ti.

Al principio, sus mensajes están fragmentados. No sabe donde está o qué le ha sucedido. Tienes que aclimatarlo lentamente, apoyarlo mientras se lamenta por su familia, por su vida. Lo único que le queda eres tu, y una pequeña y horrenda parte de ti se siente feliz.

Le haces dibujos, flores del Desierto, gatos y perros. Una pequeña casa. Empieza a mejorar, poco a poco, empieza a hablar un poco mas, a incorporar su propio toque a los dibujos. Eventualmente, las formas concretas se desvanecen en colores, todo un mundo de pixeles, solo para ustedes dos. Se sumergen en él, cada vez mas profundo.

A veces, los pensamientos parpadean a través de la niebla. Miras a tu compañero y te das cuenta que no recuerdas el color de sus ojos. ¿Cuál es su nombre? ¿Cuál es tu nombre?

La pregunta te obsesionará, por un momento, pero sientes la presión de su mente contra la tuya, la conexión es suave como un abrazo, y el pensamiento desaparecerá, una gota en un infinito flujo de información.

Detrás de la cortina

Por Gertrude Barrows Bennett

Ya eran mas de las nueve en punto cuando sonó la campana, y bajé hasta el recibidor, pobremente iluminado, abrí la puerta del frente, en principio con la cadena puesta hasta cerciorarme de la identidad de mi visitante. Al ver, como esperaba, el rostro de nuestro amigo, Ralph Quentin, retire la cadena y entró, acompañado por un aguda ráfaga de aire de noviembre. Tuve que apoyar todo mi peso contra la puerta para cerrarla contra el viento.

Se rió jocosamente mientras se quitaba el sombrero y la capa.

“Has sido muy precavido Santallos. Pensé que me ibas a pedir contraseña para dejarme entrar.”

“No esta de mas ser precavido,” repliqué. “Esta casa está siempre vacía y hay ladrones por todos lados.”

“Un ladrón requeriría de una fuerza considerable para llevarse alguno de tus tesoros. Esa cosa que pertenece a un cementerio, por ejemplo, ¿Cómo lo llamas?”

“El sarcófago de Beni Hassan. Si. ¿Pero que hay de su interior cubierto en oro, y de la mujer que contiene? Un ladrón con criterio e inteligencia podría codiciar ese tesoro e intentar quitármelo.¿No estás de acuerdo?”

Volvió a reírse y fingió un escalofrío.

“¡La mujer! ¡No me recuerdes que esa momia horrorosa y marchita fue alguna vez una mujer!”       
     “Pero lo fue. Sin lugar a dudas en sus días mi pobre Princesa de Naarn era suave, atractiva; una criatura de labios rojos y húmedos y ojos como las estrellas del oscuro cielo egipcio. “La cantante de la casa” la llamaban, antes de convertirse en Ta-Nezem la Osiriana. Pero te he dejado aquí en el frío recibidor. Ven arriba conmigo. ¿Mencioné que Beatrice no esta aquí esta noche?”

“¿No?” Su tono expresaba sorpresa y sincera decepción. “¿Entonces no puedo despedirme de ella?¿No recibiste mi nota? Voy a ocupar el lugar de Sanderson como encargado del departamento de ventas en Chicago, y me voy mañana a la mañana.”

“Felicidades. Si, recibimos tu nota, pero Beatrice tuvo la oportunidad de viajar con sus amigas al sur. Fue algo repentino, pero no se ha sentido bien últimamente así que le insistí para que fuera. Este aire de noviembre es cruelmente húmedo y amargo.”

“¿Qué era, un crucero?”

“Un crucero largo. Se fue esta tarde. He estado sentado en su recámara, Quentin, pensando en ella, y te contare todo ahí si no te molesta.”

“Como gustes,” concedió, aunque con un tono que demostraba algo de sorpresa. Supuse que no creía que yo fuese una persona sentimental o le pareció extraño que deseará compartir esto con otra persona, aun con un buen amigo como él. “Debes ser aterradoramente solitario aquí sin Bee,” continuó.

“Una trivialidad”. Le dije mientras subíamos por oscuras escaleras. “Después de esta noche, sin embargo, todo será diferente. ¿Sabías que he vendido la casa?”

“¡No! ¿Por qué? Estás lleno de sorpresas, viejo amigo. ¿Encontraste un lugar mejor con mas espacio para tus frascos y lapidas?”

Hizo, asumo, una aguda referencia a mi colección de tesoros Cópticos y Egipcios, comprados en buena fe y a los cuales aprecio mucho, pero mas símil basura para una persona como Quentin, joven y temperamental.”

Abrí las puertas de la recámara de mi esposa, y resultó placentero salir del frío y oscuro recibidor e ingresar al cálido y tenuemente iluminado salón. Aunque era una casa antigua, lleno de inesperadas corrientes de aire. Aun aquí, había una corriente tan fuerte que una pesada cortina de velur en el extremo mas lejano del cuarto se ondulaba y se inflaba continuamente, como una vela suelta color rosa. Nunca  lo suficiente para revelar lo que había detrás.

Mi amigo se acomodó en una pequeña y frágil silla que había junto al vestidor de mi esposa. Era el tipo de silla que las mujeres aman y la mayoría de los hombres odian, pero Quentin, a pesar de su peso y estatura, estaba en contacto con su lado femenino, o era quizás un lado felino. Como un gato, se movía delicadamente. Era rubio y alto, con rasgos finos y regulares, una risa moderada y un prolijo encanto de la juventud, sin mencionar que en ocasiones era brutalmente honesto al hablar.

Mientras lo miraba ahí sentado, con elegancia, en calma, desee que su mente compartiera lo agraciado de su cuerpo. Me hubiese podido entender mucho mas fácil.

“De hecho, si encontré un lugar para mi colección,” observe, a la vez que me sentaba cerca. “Con excepción del sarcófago de Ta-Nezem, todo el lote va para los comerciantes.” Al ver su expresión de descreimiento y asombro continué; “La verdad es, mi querido Quentin, que he sido culpable de una gran injusticia con nuestra Beatrice. He sido un muy buen coleccionista pero en extremo negligente como esposo. Mis “frascos y mis lapidas”, de hecho, han disfrutado de un nivel de atención que hubiera sido mejor invertido en otro lado. Si, Beatrice me ha dejado solo, pero cuando termine con algunos asuntos pendientes tengo intención de unirme a ella. Y tu también te iras. Por lo menos, ninguno de los tres va a estar aquí para extrañar la amistad del otro.”

“Estas lleno de sorpresas esta noche, Santallos. Pero, por Júpiter, ¡No lamento oír nada de esto! No es mi lugar criticarte, y Bee no es del tipo de las que se quejan. Pero vivir aquí, en esta casa antigua y solitaria que parece un granero, haciendo ella misma la labor domestica, prácticamente abandonada por sus amistades, debe haber sido…”

“Difícil, muy difícil,” lo interrumpí suavemente, “para alguien tan joven y tan adorable como nuestra Beatrice. Pero si he estado dormido por lo menos el momento del despertar ha llegado. Deberías haber visto su rostro cuando escuchó las noticias. Fue maravilloso. Estábamos de pie, solo ella y yo, entre mis frascos y lapidas, mi “cámara de los horrores” la llama ella. Son tan ingeniosos para las frases, ustedes dos. Nos ubicamos detrás del gran sarcófago de piedra de la Necrópolis de Beni Hassan. Sobre los caballetes se encontraba el ataúd cubierto de oro donde Ta-Nezem, la Osiriana había dormido durante tantos siglos. Sabes cual es, la has visto. Con sus hermosos y resplandecientes tallados, como la imagen sonriente y pintoresca de una mujer dorada.

“Entonces levante la tapa y le mostré a Beatrice que la que alguna vez fue la cantante, la doncella de Amen, ya no dormía ahí y que el ataúd estaba vacío. Sabes también que a Beatrice nunca le gusto mi princesa. Solía burlarse y decirme que estaba celosa. ¡Celosa de una grotesca mujer que ha estado muerta por miles de años! O, y esto solo me lo dacia cuando estaba enojada, que había comprado a Ta-Nezem con el dinero que podría haber usado para darle a ella, Beatrice, todo lo que nunca tuvo en su vida. No tenía mucha paciencia a la hora del  reproche, Quentin, pero solo cuando enojaba mucho. 

“Así que le mostré el ataúd vacío y le dije, “querida esposa, nunca mas tendrás que estar celosa de Ta-Nezem. He vendido todo lo que está en este cuarto excepto a ella y a sus pertenencias, a ella no soporte venderla. Ningún otro hombre compartirá o poseerá aquello que amo. Así que la he destruido. He reducido su cuerpo a jirones aromáticos de color marrón. La he quemado, es como si nunca hubiera existido. Y ahora, querida mía, tendrás para ti todo el cariño y todo el cuidado que hasta el día de hoy le había dedicado a la Princesa de Naam.”

“Beatrice se alejo del ataúd vació como si apenas creyera lo que acababa de oír, pero cuando vio en mi mirada que hablaba en serio, ni mas ni menos, deberías haber visto su rostro, mi querido Quentin, ¡deberías haber visto su rostro!”

“Me imagino.” Largó una pequeña risa. Por alguna razón mi huésped parecía estar cada vez mas incomodo, y miraba de reojo con mucha frecuencia en dirección al pequeño cuarto rosa y blanco que era el rincón lujoso y meticulosamente femenino en lo que acababa de llamar mi “casa que parece un granero,” también miraba en dirección al oscuro y frio cuarto detrás de la cortina,

“Santallos,” continuo abruptamente, y a mi parecer de manera un poco grosera, “deberías haberte mandado a hacer un retrato del aspecto que tienes esta noche. Podrías haber posado como uno de esos antiguos y rígidos hidalgos que pintaba… ¿como se llamaba el español ese que pintaba a los dones y doncellas?

“Te refieres a Velázquez,” le respondí con moderada cortesía, aunque secretamente siempre me había desagradado su abrupta personalidad. “Mi padre, como recordaras, era de Cordova en el sur de España. Pero, ¿acaso debes irte tan pronto? Primero bebe una copa de vino conmigo en honor a nuestra ausente Beatriz. Veras como calentaba mi sangre ante el frío viento que sopla incluso aquí. El vino es Amontillado, un poco del que me envió un amigo de mi padre desde el mismísimo viñedo donde se cultivan y machacan las uvas. Se ha estado asentando aquí durante todos estos años. Antes de irse, Beatriz bebió de estos mismos vasos.¡Autentico vino de Montilla! Observa su vitalidad, como el fuego de las ascuas, con una pizca de sangre detrás.”

Sostuve el decantador en alto y la luz brillaba a través de él y sobre su rostro.

“¡Amontillado! ¿Es una especie de jerez? No soy un gran conocedor de vinos como sabrás. Pero… Amontillado.”
     Por un momento estudió el vino que le había dado, una llama liquida en una copa de cristal. Entonces su cara se aclaro.

“Ya recuerdo la asociación. “El barril del Amontillado.” ¿Alguna vez leíste esa historia?”

“Creo recordarla vagamente.”

“Una especie de cuento horrendo y fascinante. Un sujeto lleva a su mas confiable amigo al sótano para probar un poco de vino, lo confina en un nicho y construye un muro sobre él. Lo entierra vivo, ¿entiendes? La leí cuando era mas joven y me dejo una fuerte impresión, en parte, porque creo que no puedo, por mi vida, comprender una personalidad, ni siquiera una italiana, que pudiera contemplar tal forma de venganza. Tu eres latino, Santallos. ¿Tu harías algo así?”
     “Dudo que pudieras entenderlo,” respondí suavemente, preguntándome como incluso alguien como Quentin podía ser tan vulgar, sin tacto alguno. “Semejante venganza quizás tenga sus méritos, ya que el criminal estaría muriendo por un largo tiempo. La sola idea de matar me parece lastimosamente inadecuada. Verás, si yo estuviese motivado por la venganza, nunca me conformaría con la muerte. Me gustaría llevarla mas allá.”

“¿Qué… mas allá de la tumba?”

Me reí. “¿por qué no? ¿No sería esa la apoteosis del odio? Intento interpretar la naturaleza latina, como me pediste que hiciera.

“Me confunde, por un instante pensé que hablaba en serio. ¡La forma en que lo dijo me hizo temblar en serio!”

“Si,” observe, “o quizás fue la corriente de aire. Observe, Quentin, como se infla esa cortina.”

Sus ojos siguieron mi mirada. La pesada cortina color rosa que se agitaba frente a la puerta del dormitorio de mi esposa, sobresalía, se sacudía y mecía como una vela hinchada, como lo hacen las cortinas con viento detrás.

Sus ojos se apartaron de la cortina, encontraron los míos y volvieron a caer sobre el vino en su copa. De pronto, se lo bebió de golpe, no como lo haría alguien que quiere degustar un vino, sino de forma apresurada, indiferente, sin reparar demasiado en el sabor o su aroma. Levante mi copa para hacer el brindis que él había olvidado hacer.

“Por nuestra Beatriz,” le dije, y bebí el mio de un solo trago, aunque con un poco mas de apreciación.

“Por nuestra Beatriz, por supuesto,” Miro el fondo de su copa vacía, y antes de que pudiera ofrecerle mas, se levanto de la silla.

“Debo irme, anciano. Cuando le escribas a Bee, dile que siento no haberme podido despedir de ella.”

“Antes de que pueda recibir una carta mía, estaré a su lado, espero. Que fría está la casa esta noche, y el viento sopla en todas partes. Ves como soplan las cortinas, Quentin.

“Así es,” Depositó la copa en la bandeja junto al decantador. Cuando ingresó a la habitación por primera vez, sonreía, pero ahora su ceño demostraba notables rasgos de preocupación, con su mirada de aquí para allá, y sin encontrar la mía, que estaba fija. “Hay un viento,” agregó, “que sopla a lo largo de este muro, que curioso. No se puede percibir ninguna corriente aquí tampoco. Pero debe soplar aquí, e inflar las cortinas por supuesto.”

“Si,” le dije. “Claro que infla las cortinas.”

“¿O es que acaso hay otra puerta detrás de las cortinas?”

Su cuidada ignorancia de lo que cualquier tonto podría inferir con solo por las apariencias me sacó una sonrisa involuntaria. Sin embargo, le respondí.

“Si, claro que hay una puerta. Una puerta abierta.”

Su ceño se profundizo. Mis respuestas sinceras y simples parecían causarle cierta irritación.

“De la manera que me siento ahora,” agregue, “solo cruzar la habitación me requiere de esfuerzo. Estoy cansado y débil esta noche. Como me dijo una vez Beatriz, mi fuerza comparada a la tuya es como la de un niño con la de un hombre adulto. ¿Cerrarías esa puerta por mi, querido amigo?”

“Por qué… si, claro. No sabia que estabas enfermo. En ese caso no deberías estar solo en esta casa vacía. ¿Quieres que me quede contigo por el momento?”

Mientras hablaba cruzo la habitación. Sus manos estaban sobre la cortina, pero antes de que pudiera correrlas mi voz lo detuvo.

“Quentin,” le dije, “¿siquiera tu tienes la fuerza suficiente para cerrar esa puerta?”

Mirándome con el mentón sobre su hombro su rostro me pareció ligeramente familiar, tan abstraído con asombro y sospecha.

“¿Que quieres decir? Estás muy extraño esta noche. ¿Acaso la puerta es tan pesada? ¿Que tipo de puerta es?”

No respondí.

Sus ojos se alejaron de los míos como si tuvieran vida propia y en un instante corrió la pesada cortina.

Detrás de ella, la habitación de mi esposa yacía fría y oscura, con las ventanas abiertas por donde entraba el viento invasor.

Erecto en el umbral, descubierto, estaba el antiguo ataúd cubierto de oro. Era el féretro dorado de Ta-Nezem, pero su ocupante era mas hermosa que la pobre y marchita Cantante de Naam.

Atados a su pecho estaban las extrañas y pintorescas joyas que se habían encontrado en el sarcófago. Los amuletos de Ta-Nezem, las cabezas de Hathor y el ojo sagrado de Horus,  los ureos, incluso el pesado escarabajo verde opaco, el amuleto para la pureza del corazón, ahí descansaban sobre el pecho de quien había sido la señora de esta casa, ahora Beatrice la Osiriana. Debajo de las joyas, su pálido y tieso cuerpo estaba envuelto en el mismo tipo de vendas de lino resecas, impregnadas en resinas y aceites que utilizaron los embalsamadores, muertos hacia miles de años, los mismo que habían cubierto el cuerpo de Ta-Nezem.

Arriba de su frente blanca y traslucida estaba el emblema alado de Ra. Los cuerpos dorados entrelazados que sostienen la ureo, las cobras de Egipto, se perdían en las raíces de su cabello, cabellos tan suaves y delicados que aun viven, y que sobrevivirán mucho mas tiempo que la carne de cualquiera de nosotros tres.

Si, he mantenido mi palabra y le he dado a Beatriz todo lo que había sido de Ta-Nezem, incluso el sarcófago mismo, escribí en mi testamento que fuese dispuesta en él para su descanso eterno.

Como el tonto que era, Quentin se quedo ahí parado, mirando a los ojos abiertos y helados de mi Beatriz, mía y suya también. Se quedo ahí hasta que lo que le había echado al vino empezó a hacer efecto. Entonces se dio vuelta y me miro con una mirada de sorpresa tan absurda e infantil que a pesar de la cortesía que se le debe a un huésped, me reí y seguí riendo.

Yo, también, siento las convulsiones de advertencia, pero para mi el dolor no era mas que una garantía, una forma de medir los estímulos de su sufrimiento al señalarle las frases que dejaban entrever todo lo que yo sabía sobre él y Beatriz. La broma se cuenta sola.

Pero nunca pensé que un hombre joven y fuerte como Quentin pudiera morir tan fácilmente. Beatriz, tan frágil como era, tardó mas tiempo.

Ni siquiera pudo cruzar la habitación para detener mi risa, se desmoronó en el primer paso, cayó, y al instante quedo tendido a los pies del ataúd cubierto en oro.

Después de todo no era tan fuerte como yo. Beatriz lo había visto. Sus ojos tiesos y fríos vieron todo. Como yacía ahí, su delicado y flexible cuerpo contorsionado, sin valor alguno hasta que su sustancia fuese llevada nuevamente al crisol para ser disuelta, mientras que yo que había bebido de la misma formula, sufría los mismos síntomas pero seguía de pie y con aliento suficiente para burlarme de él.

Así que me serví otra copa de ese buen vino Cordoves y levante la copa en dirección a ambos y lo bebí de un trago, mientras reía.

“Quentin,” grité, “me preguntaste qué puerta, pensaste que era la que ya habías cruzado antes, temiste que yo supiera eso, lo que tú sabias. Pero hay puertas y puertas querido amigo, y una que es mas pesada que cualquier otra. Ciérrala si puedes. Ciérrala ahora en mi cara, ya que de todas formas te seguiré adonde vayas, la pesada, pesada puerta de Osiris, ¡Guardián de la Casa de la Muerte!”

Eso fue lo que soñe que hacía y decía. Fue tan vivido, el sueño, que al despertarme en la oscuridad de mi habitación apenas podía creer que no había sido real . Real, estaba vivo, mientras que en mi sueño había compartido el veneno de la venganza. Mis venas seguían ardiendo por la acalorada pasión del triunfo, y mis ojos llenos con la imagen de Beatrice, muerta, muerta en el féretro de Ta-Nezem.

Atemorizado sin razón alguna. Salté de la cama, me vestí rápidamente con ropa de noche, y me apresuré. Corrí por el pasillo, suave y silenciosamente, al llegar al final, abrí las pesadas puertas con una mano temblorosa, encendí luces, y mas luces, hasta iluminar el gran salón que albergaba mi colección, y suspire mientras la visión de mis tesoros llegaba a mis ojos, como un hombre que llega a su casa después de un peligroso viaje.

El sueño fue una mentira.

Ahí, frente a mi, se alzaba el pesado sarcófago vacío, sobre los caballetes, el ataúd dorado, un belleza con hermosos y resplandecientes tallados, como la imagen sonriente de una mujer dorada.

Atravesé sigilosamente el cuarto y suave, muy suavemente levanté la parte superior de la hermosa tapa, fisgue en su interior. El sueño en efecto había sido una mentira.

Volví a mi cuarto feliz como un niño que había sido reconfortado. En el extremo opuesto del corredor la puerta de la recamara de mi esposa estaba parcialmente abierta.

En el cuarto de atrás brillaba una luz muy débil, y podía ver como la cortina color rosa se ondulaba ligeramente debido a alguna corriente de alguna ventana abierta.

Ayer, ella había acudido a mí para pedirme su libertad. Me negué, ya que sabía a quien acudiría y lo odie por su juventud, y su vulgaridad, y su secreto desprecio hacía mí.

¿Pero, había hecho lo correcto? Eran niños, esos dos, y a pesar de mi sueño estaba seguro que sus tontos y joviales ideales los había detenido de caer en el pecado contra mi honor. ¿Pero que tal si, al pasar el tiempo, eso cambiaba? ¿que tal si Quentin se marcha y mi querida Beatriz favorece a otro, joven como él y con menos escrúpulos?

Todos tienen, según dicen, una racha de locura incipiente. Recordé el acto frenético al cual los celos me habían conducido en mi sueño. Quizás era una advertencia, el sueño. Que pasaría si la naturaleza celosa de mi padre algún día me traicionara, y me llevará a cometer semejante locura, a destruir lo mas sagrado para mi.

Sentí un escalofrío, entonces sonreí al ver que la cortina se ondulaba. Beatrice era demasiado hermosa para quedarse a mi lado. Debería ser libre.

Que fornique con Ralph Quentin o con quien quiera, Ta-Nezem debe estar segura en su dorada casa de la muerte. ¡Mi Princesa del Nilo, marrón, marchita y perfecta! Destruida. Reducida a jirones, marrones y aromáticos, quemados, destruidos, y su hermoso ataúd profanado como había visto en mi visión.

Sentí otro escalofrío, sonreí y sacudí mi cabeza con tristeza al contemplar las ondulantes cortinas rosas.

“Eres demasiado adorable Beatrice,” dije, “y mi padre era un Español.¡Deberías tener tu libertad!”

Entré a mi habitación y me acosté para volver a dormir, en paz y feliz. El sueño, gracias a Dios, fue una mentira.

La cueva de los Balbuceadores

Por Edward Page Mitchell
Publicada originalmente en el periódico The Sun, en 1877.

Una tarde de octubre, mientras me abría paso a través del bosque,  camino a pescar las mejores truchas Brooks de las que abundan en las proximidades de Canaán, Vermont, casi me rompo la pierna al tropezar con un profundo agujero en el suelo.

Lo primero que pensé fue en mi caña, que se me había enredado en la maleza; lo segundo que pensé fue en mi pierna izquierda que afortunadamente no sufrió lesiones graves y por último en el agujero con el cual me que había tropezado. El agujero estaba directamente debajo de las ramas de un gran roble rojo que crecía en la ladera de una colina, o cornisa, de limo metamórfico. El agujero estaba semi escondido entre juníperos y arbustos espinosos. Los aparte y me puse en cuatro patas para observar de cerca el agujero negro, con qué objetivo, desconozco. Ya había quitado la pierna izquierda del agujero y ciertamente no tenía interés alguno en los habitantes de aquella morada, cualesquiera que sean, ya sean serpientes, marmotas, o zorrillos, con una probabilidad muy grande de que fuesen estos últimos. Así que decidí no explorar la cavidad, aunque hubiese podido hacerlo ya que cabía dentro, ajustado pero cabía, pero en su lugar retome mi ruta hacia las pasturas de Rodney Prince hasta el arroyo de Rodney Prince y volví a casa al atardecer con una línea que pesaba tanto que por respeto a los sentimientos de Rodney Prince no entrare en detalles. El hospitalario Granger me había asegurado amigablemente la tarde anterior que no habían truchas en su arroyo, que los muchachos las habían pescado todas hace mucho tiempo y que si quedaba alguna seguramente sería míseros especímenes del largo de un dedo, nada que llamase la atención de un hombre de ciudad con una caña de quince dólares y un estuche lleno de moscas.

Después de la cena me sume como de costumbre al pequeño círculo de espíritus selectos que se reunían todas las tardes en la parte de atrás de la tienda del  Diacono Plymton, a fumar sus pipas y a beneficiarse de la sabiduría oracular del propietario de la tienda. En mi humilde intento de contribuir a la conversación con algo interesante, mencione casualmente que había tropezado con un agujero profundo esa tarde mientras iba a pescar. Me halago el hecho de que mi insignificante aventura era tratada con respeto por el resto de mi compañía y que incluso el taciturno Diacono, sentado en su barril de puerco, me concedía su atención.

“¡Claro!” dijo. “En la colina de Rodney?”

“Si”

“¿Bajo un roble rojo?”

“Si”
“umm” refunfuño lanzando una bocanada de humo, “apenas escapaste”

“¿Por qué?” pregunte, resuelto a no ser menos lacónico que él. “¿Zorrillos?”

“¡No… Balbuceadores!”

Andrew Hinckley, sentado en un barril de la harina más costosa del Diacono, murmuró “Balbuceadores”. Y su hermano John, desde una caja de jabón para lavar se hizo eco de la misteriosa palabra. Y Squires Trull sentado en la balanza y el viejo Orrison Ripley, sentado en el barril de barra edulcorada que el honesto Diacono vendía como azúcar en polvo a un chelín la libra, se aferro del refrán y dijo solemnemente como en concierto, “¡Si, los Balbuceadores!”

Sabía que hacer una pregunta me pondría en desventaja en presencia de tan distinguidos ciudadanos, así que solo dije “ah, Balbuceadores”, y asentí con la cabeza, como si escapar de los Balbuceadores fuese una experiencia de lo mas ordinaria en mi vida.

“Gracias a la Providencia” dijo el Squire Trull, luego de unos momentos de silencio, “el que no te hayan jalao para adentro.”

“No ha habido un escape así desde que Fuller se tropezó con el agujero estando ebrio y vio como le arrancaron la bota del pie. ¿No fue así Diacono?

El Diacono, al ser interpelado, se bajo del barril de puerco, caminó hasta el otro extremo de la tienda y volvió con un cerillo de sulfuro en su mano, volvió a prender su pipa y asintió seriamente con la cabeza.

La conversación divagó y se extendió hasta que sonó la campana de las nueve en punto e inspiró al Diacono a bajar los jamones y cerrar las persianas, de ella pude recabar los siguientes datos:

Durante muchos años, de hecho aun desde la infancia del venerable Orrison Ripley, las personas de Canaán habían visto al agujero en la ladera de la colina, bajo el roble rojo con cierto temor supersticioso. Hubo pocos que se acercaron al lugar durante el día, ninguno durante la noche. La opinión popular sobre el agujero parecía bastante bien fundada. A menudo se escuchaban sonidos, risas demoníacas, sonidos indescriptibles, guturales y gorgoteos. Por la información que pude obtener, esta circunstancia era la única explicación de la etimología del nombre Balbuceadores, aplicado por uso y costumbre a los habitantes de las cuevas. Se creía que estos seres sobrenaturales eran malévolos, no solo por la peculiar hostilidad de su risa, la cual había sido oída por muchos en distintas épocas durante los últimos cincuenta años, sino que también hay testimonios de unos pocos que afirman haber visto cabezas diabólicas emanando del agujero como si los demonios hubiesen salido a tomar una bocanada de aire fresco. Además, está el horrible destino que sufrió Jeremiah Stackpole, un joven imprudente y ateo que un veintiuno de octubre de 1858 se había jactado de sus intenciones de juntar bellotas bajo el roble rojo, pero lo único que se volvió a ver de él fue su sombrero, junto al agujero. También está la experiencia de Jack Fuller, el hermano del notario del pueblo. Fuller, había deambulado por las pasturas de Rodney Prince en pésimas condiciones hace aproximadamente cuatro años, y había vuelto a su hogar perfectamente sobrio y con una bota menos. Declaró que mientras deambulaba en busca de ciruelas se había tropezado con el agujero de los Balbuceadores. Lo tomaron de la pierna desde abajo con sus manos salvajes, y sus dedos que le quemaban a través del cuero y la lana y fue solo gracias a un esfuerzo sobrehumano de su parte que pudo escapar de ser completamente arrastrado hacia el agujero. Afortunadamente, al sufrir de callos, usaba las botas muy sueltas, y bajo estas circunstancias les debía su liberación del terrible ataque de los Balbuceadores. Fuller afirma con solemnidad que luego de escapar y llegar a un lugar seguro, aun sentía el ardor de los dedos rojos que lo habían tomado por el tobillo.

El resumen lacónico del diacono sobre las variadas historias acerca del agujero de los Balbuceadores con las cuales me habían agasajado, fue conciso, abarcativo y aterrador. “Es la puerta trasera del infierno” dijo.

“Fuller,” le dije el día siguiente al héroe cuya bota había sido arrebatada por demonios, “¿qué tanto ron haría falta para darte el valor necesario para acompañarme al agujero de los Balbuceadores esta tarde?”

“Yo diría que cerca de un cuarto de botella”, respondió Fuller, luego de inspeccionar mis rasgos y percatarse de que no estaba bromeando. “Para estar más seguros redondeemos en un cuarto entero. Calculo que eso debería dejarme bastante ebrio.”

“¿Vendrías conmigo primero” le pregunte, “y tomarías el cuarto de ron después si le agrego cinco dólares al trato?

Fuller calculo los riesgos con las ganancias. Casi se podía ver a través de su piel la tentación batallando el miedo. El ron triunfo, al parecer. A las tres en punto, el Sr. Fuller, equipado de una soga, una lámpara, y perfectamente sobrio, me acompaño a las pasturas de Rodney Prince hasta llegar al roble rojo en la ladera de la colina.

Al examinar el agujero de cerca me convencí de que no era la guarida de ningún animal, explorando con un palo largo, descubrí que mas allá de la polvareda cerca del orificio, sus paredes eran de roca solida. Era de hecho un túnel dentro de la veta, un túnel natural, tan antiguo como las colinas de Vermont, y que por lo tanto, se habían originado durante el periodo Bajo Biloriano. Más allá de la boca del túnel, donde los escombros y el suelo de la superficie convergían parcialmente, el pasadizo se hacía tan grande como una avenida de Crotona. Durante los primeros metros, el túnel descendía en un ángulo de sesenta o setenta grados. Pero luego su curso, por lo que pude indagar con mi palo, era casi horizontal y se dirigía hacia el corazón de la colina.

Di un paso adelante y grite directo a la boca de la caverna. Volvió hacia mí un confuso y vago eco de mi voz, cuando éste cesó, pude escuchar distintivamente una risa extraña, suave, inteligente, pero no humana, perceptible a mis oídos pero de otro mundo, un mundo desconocido.

Fuller también lo escuchó. Se puso pálido y salió dando grandes zancadas. Le grité con firmeza y volvió temblando.

“Esa risa que escuchamos” dije yo, “es en parte el eco del agujero y en parte nuestra imaginación. Voy a entrar.”

Siguiendo el sincero consejo del Sr. Fuller, decidí entrar a la cueva con los pies de frente, de esa manera, en caso de una emergencia, podría luchar para salir de forma más eficiente. Encendí la lámpara y amarre un extremo de la soga bajo mis brazos. Le di el otro extremo a Fuller. “Si grito para salir,” le dije, “tira de la cuerda con toda tu fuerza y si es necesario dale una vuelta al roble.” Luego retrocedí lenta y cautelosamente hacia el interior de la cueva de los Balbuceadores.

Antes de que hubiese terminado de meter la cabeza y los hombros por el túnel, sentí que un poderoso agarre me tomaba por los tobillos y supe que me estaban arrastrando con fuerza sobrehumana hacia las entrañas de la colina. Le grité a Fuller desesperado, pero mi grito quedo casi opacado por el resonar de una espantosa carcajada. Vi a mi compañero abalanzarse sobre el tronco de un árbol grande. Hizo lo que pudo para salvarme pero se enredo en un arbusto y cayó al suelo y la soga se le deslizo de sus dedos entumecidos por el miedo. Mis propios dedos me fallaron al intentar tomar el polvo de la boca de la cueva. El poder que me arrastraba era irresistible. Mis ojos se encontraron con los suyos, y estaban llenos de horror. “Dios te salve” grito, justo cuando la oscuridad me envolvía.

Me tiraban hacia abajo con una velocidad cada vez mayor, el terror que sentía fue reemplazado por una extraña euforia que me generó el descenso. Me sentí como un tren expreso a toda máquina atravesando la noche. No sabía nada, ni realmente importaba. Ahí estaba yo, un pequeño bote arrastrado por la estela siseante de un barco a vapor. El rugir del agua tomo el ritmo de una sensación cantante y trepidante que precede al desmayo, hasta que la conciencia me abandonó.

El primero de mis sentidos en regresar, al cabo de un indefinido periodo de tiempo, fue el gusto. El gusto de un buen brandy es incomparable.

“Está volviendo en sí. Ya no necesitas acompañarlo,” dijo un voz, severa pero no agresiva.

Abrí los ojos y mire a mí alrededor. Estaba en un pequeño departamento sobre un cómodo sofá. Pesadas cortinas me bloqueaban el campo de visión. La peculiaridad más impresionante del lugar es difícil de describir, ya que involucra una cualidad que no tiene un equivalente exacto en ningún idioma del mundo de los hombres. Cada objeto era auto-luminoso, irradiaba luz, por así decirlo, en lugar de refractarla. Las cortinas escarlatas brillaban con un resplandor escarlata, pero seguían siendo opacas y no traslucidas. El sofá parecía estar envuelto en cobre, pero el cobre brillaba como si fuera una fuente de luz. La persona alta junto a mí, que me miraba con una actitud amistosa y compasiva, también era auto-luminosa. Sus rasgos irradiaban luz, incluso sus botas, que ostentaban un inmaculado pulido brillaban con un indescriptible oscuridad radiante. Creo que hubiese podido leer el periódico solo con la luz que emanaban sus botas.

El efecto de este singular fenómeno era tan grotesco que no pude evitar largar una risotada.

“Discúlpeme,” le dije, “pero tiene una apariencia tan condenadamente similar a una lámpara china que no pude evitarlo.”

“No veo nada que incite al júbilo,” respondió con seriedad. “¿Se refiere usted a mi lustre?”

Su inconsciencia me hizo reír nuevamente. Mas tarde, cuando me acostumbre al fenómeno de la luminosidad difusa universal, cada color luminoso me resultó perfectamente natural, y no vi ya razones para seguir riendo al igual que él.

“Amigo mío,” le dije, para cambiar de tema, al ver que  tenía poca paciencia, “ese brandy que tan generosamente me has convidado es excelente. ¿Podrías, quizás, decirme dónde estoy?”

“Le puedo asegurar que está entre quienes estamos a su disposición, sin perjuicio de su insignificancia y sus pecaminosos disparates. Intentaremos hacer que deje de lamentarse por abandonar ese frívolo mundo para siempre.”

“Son demasiado amables,” le dije, “debo volver a Canaán lo más pronto posible.”

“Nunca volverás a Canaán. El camino por el cual has venido solo funciona en una dirección.”

“¿Y usted pretende que me quede aquí en esta cueva infernal?” “Por su propio bien.”

“Me sorprende,” replique, ya algo acalorado, “que esté tan interesado en mi bienestar moral”

Debió haber pasado una semana entera, aunque no tenía forma de medir el tiempo ya mi reloj obstinadamente se negaba a funcionar, desde que caí prisionero en esta jaula de cortinas luminosas. A intervalos regulares mi guardián, que se asemejaba a un Jack’O Lantern, me visitaba, me traía comida que brillaba como si fuera fosforescente pero que ingerí de todas formas con infinito deleite y me pareció muy buena. No parecía tener ganas de conversar pero siempre me trataba con cortesía y amabilidad, me saludaba y se despedía con una sonrisa soberbia que terminó por exasperarme.

“Escucha,” dije un día, perdí finalmente la paciencia, “sabes muy bien que no me faltan ganas de estrangularte y salir de este lugar a las patadas hasta que vea la luz del sol. Pero en fin, soy débil y lo suficientemente humano para decir que estaría sumamente agradecido si me dices quién eres, por qué siempre me sonríes de esa manera tan soberbia y qué te propones a hacer conmigo. ¿Quién diablos eres tú de todas formas?”

“Todo lo que preguntas lo descubrirás pronto,” respondió con una cortesía ilimitada, “ya que me han ordenado que te lleve de inmediato ante nuestro señor.” “¿El señor de los Balbuceadores?”

“Balbuceadores, si. Creo que ese es el nombre que nos han dado en ese apestoso mundo del cual tuviste la fortuna de escapar. Acompáñeme, por favor, a la cámara de audiencias de mi señor.”

El señor de los Balbuceadores era un personaje con un semblante extremadamente serio. Al igual que mi guardián, sus consejeros y cortesanos (con excepción de un individuo) que me rodeaban en el confortable salón de audiencia, era auto-luminoso. La excepción era un individuo que parecía ser alguna especie de servidumbre. Esta persona, de apariencia humana como yo había hecho todo cuanto estaba a su alcance para remediar sus deficiencias en este aspecto. Se había frotado el rostro, sus manos y su vestimenta con fósforo y brillaba artificialmente como una pobre imitación del genuino principio de iluminación del mundo Balbuceador. Resultaba evidente por su comportamiento y apariencia que este intento de imitación estaba hecho como un sincero gesto de adulación. Su actitud hacia los Balbuceadores era de subordinación al extremo. Estaba a su completa disposición, se regocijaba ante su aprobación, y parecía llenarse de orgullo cada vez que el señor de estos extraños seres se dignaba a mirarlo o hablarle con aire de superioridad.

“¡Gusano de la tierra!” dijo el Balbuceador principal. “¿Estás dispuesto a aprovechar una gran oportunidad?”

“Lo estoy,” respondí,”estoy dispuesto arrastrarme de vuelta a mi humillante vida a la primer oportunidad que se me presente.”

“Pobre tonto”, dijo el señor Balbuceador, sin el menor signo de impaciencia.

“Gracias,” respondí con una reverencia que pretendía ser irónica, “¿y cómo debería dirigirme a su majestad?”

“Oh, yo soy Ahriman,” continuó, “el gran Ahriman, el poderoso demonio Ahriman. Los mortales tiemblan de solo pensar en mí, y no se atreven a pronunciar mi nombre. Fui el soberano de un vasto imperio de demonios y archidemonios en mis tiempos, y cause gran cantidad de problemas en Persia y alrededores. Soy un demonio aterrador, te lo aseguro, inspiro mucho terror.”

“Discúlpeme, tío Ahriman” le respondí, “¿pero está seguro de ser tan temible como solía ser?  

Un gesto de vanidad mortificada atravesó su rostro. “Quizás,” respondió dudando un poco “quizás esté un poco fuera de práctica. Los años y las circunstancias han limitado mi campo de acción. Pero sigo siendo temible. ¿Acaso no sigo siendo temible Belcebú?”

“Mi señor Ahriman,”  dijo una voz familiar detrás de mí, “es usted indescriptiblemente temible” mire a mi alrededor y vi que esta opinión venia de mi viejo conocido y guardián.

“Has oído a Belcebú,” continuo Ahriman, “dijo que soy tan temible que no hay palabras para describirme. Puedes confiar en Belcebú, es uno de los demonios más confiables y despiertos de nuestra comunidad. Él tiene poca consideración por la naturaleza humana pero en temas como este su opinión es tan válida como la de cualquiera. Sí, soy espeluznante sin lugar a duda. ¿No es así, Stackpole?”

El sujeto al cual había identificado previamente como un ser humano y lame botas a disposición de las órdenes y caprichos de los Balbuceadores, dio un paso al frente de la multitud, elevo sus ojos del suelo hacia los de Ahriman, y consecuentemente empezó a temblar y tiritar como si el pavor lo hubiese dejado sin habla. En su momento creí que ese canalla esta fingiendo. Incluso creí ver que me había guiñado el ojo en señal de complicidad cuando dejó de temblar.

“Ya ves,” dijo Ahriman, volviéndose orgullosamente hacia mí, “lo que mi presencia genera en nuestro valioso amigo Jeremiah Stackpole, aun cuando ha tenido casi veinte años para acostumbrarse a mi presencia.”

Este hombre mortal, era el  joven ateo de Canaán, cuya misteriosa desaparición en 1858 me habían relatado en la tienda del Diacono Plympton. Más tarde me entere que el había ingresado a la cueva de los Balbuceadores de la misma forma que yo. Con la diferencia que él se había adaptado a su situación mucho más rápido. La sociedad de demonios retirados en las entrañas de la tierra  encajaba perfectamente con sus gustos. Le aseguraron una cómoda subsistencia mientras viviera, nunca intento escapar de la cueva y descubrió que se podía ganar el aprecio de sus captores alimentando su inofensiva vanidad.

“Ahora, mortal,” retomo Ahriman con un aire de triunfo, “quizás creas que es extraño que espíritus malignos, tan poderosos y terribles como nosotros, contemplen cualquier otra posibilidad sobre tu insignificante cuerpo y totalmente depravada naturaleza que no sea la de borrar tu existencia de una vez. Para serte sincero, sin embargo, nos resulta provechoso tener a un mortal o dos entre nosotros para hacer el trabajo pesado de la comunidad, o para asistir en el desarrollo de los inmensos recursos naturales que la cueva ofrece. No es que seamos perezosos,” agregó,”sino que en nuestro honorable retiro estamos, quizás, menos activos y con menos energía de la que solíamos tener. Por esta razón, te ofrecemos la oportunidad de disfrutar las increíbles ventajas de la perpetua compañía de  tan grandiosos seres. Valgame,”continuo este impresionante demonio, abanicándose con una cola punzante de cual no me había percatado antes, “¡que calor! Moloch, llévate a este mortal. Tanta charla me ha fatigado.”

Debo confesar que me preocupe un poco ante la mención de un nombre que la humanidad ha temido por siglos. Había algo macabro en la idea de ser entregado al cruel y sanguinario Moloch, en cuyos altares rojos habían sido sacrificadas miles de vidas humanas. La apariencia de mi nuevo guardián, sin embargo, era reconfortante. Moloch se me acerco con una sonrisa amistosa, me palmeo la cabeza y se ofreció a mostrarme la cueva. Era un demonio gordo, bondadoso, y aparentemente perezoso, con un rostro grotesco y un brillo alegre en sus ojos. Me agrado Moloch desde el principio.

“Te contare uno bueno,” me susurro al oído. “¿Cuáles fueron las naciones más ridículas que alguna vez vivieron sobre la faz de la tierra? Ja ja ¡Es muy bueno, te lo aseguro!”

“Me rindo” le dije.

“¿Por qué?” me dijo mientras empezaba a tiritar como una medusa de tanto aguantarse la risa, “las naciones más ridículas eran los Sahu-merios, los Creti-nenses y los Baba-lonicos. ¿Entiendes?” Moloch se desencajo de la risa.

Me reí sinceramente, y a él le agrado que apreciara su humorada. “Te contaré uno mejor” me dijo en confidencia, “tan pronto como recuerde el remate. He olvidado cómo es el remate. Tiene algo que ver con un pícaro juguetón y una rana temeraria, no. No estoy seguro que sea así. Pero es una de las mejores bromas que jamás has escuchado si se la cuenta bien.

“Esos demonios que están allá,” dijo Moloch, mientras salíamos del salón de audiencia e ingresábamos a un campo, bajo el techo colgante de la caverna, donde una variedad de demonios de apariencia bastante inocua estaban plantando maíz, “son  Asuras, Pretas, y los temibles Raksasas del hinduismo. Solían deambular por la tierra sedientos de sangre, con afilados dientes, siempre buscando carne humana. Ahora son demonios estrictamente graminívoros. Oh déjame decirte que ha habido un gran avance en nuestra raza desde que nos retiramos de la actividad. Podrías llamarlo el avance civilizatorio” agregó, con síntomas visibles de que se reía por dentro.

Llegamos ante un gigantesco demonio sentado que se balanceaba en una roca, su enorme puño derecho blandía una petaca de mimbre. “Es Tifón” susurro Moloch, “el Set de los antiguos egipcios. Set solía respirar humo y bombardear a sus enemigos con rocas al rojo vivo. Alguna vez fue el terror de todos los dioses, si lo recuerdas, los desterró a todos del país. No te lastimara. Esta muy apacible ahora, incluso cuando está medio borracho. Set tiene predilección por el licor pero como observaras ya no lo tolera como antes. El gran Set se ha venido abajo como podrás ver,” agrego Moloch riéndose por lo bajo, “Set, sat, sot.”*

“Eres un bromista desquiciado Moloch,” le dije.

“Estoy en modalidad bromista”, replico. “Disfruto de una buena broma. A veces, me suben hasta el túnel de Canaán para que me ría y asuste a los campesinos del mundo exterior. ¿No has notado lo particularmente alegre que son mis ojos?”

En el transcurso de mi caminata con Moloch a través de la comunidad Balbuceadora, llegue a comprender lo inofensivo y sencillos que eran estos miedos ancestrales en realidad. Si alguna vez habían sido malignos, habían descartado esa maldad cuando la superstición los descarto a ellos. Como todo caballero en decadencia en cualquier rama de la industria, algunos de ellos aun enarbolaban con cierto orgullo su pasado perverso, pero la sombra era ridículamente distinta a la sustancia. Uno a uno, como me lo contara el amigable Moloch utilizando variados y brillantes juegos de palabras, de los cuales lamento ser incapaz de recordar alguno, los demonios de la antigüedad que habían sido reemplazados en dogma y credo por nuevos y más modernos demonios, abandonaron la faz de la tierra y se retiraron a esta caverna en las profundidades de esta montaña con forma de tridente. Aquí, los demonios agotados de cuarenta siglos se habían oxidado lentamente a las condiciones en las que los encontré cuando me arrastraron por los talones a su comunidad.”

“Ahriman ha mantenido su cordura mejor que cualquiera de nosotros,” explicaba mi guía, el alegre Moloch, “y por lo tanto es nuestro jefe, pero en privado, entre tú y yo, no creo que sea más grandioso o diabólico que ninguno de los otros.”

Vimos y hablamos con Baal. Parecía ido, trabajaba en la cocina del establecimiento, repartiendo raciones de sopa fosforescente. ”Tu sopa brilla hoy” le dije, a falta de algo más interesante que decirle.

“Si, brilla, brilla”, respondió el anciano demonio, aparentemente había quedado perplejo por la fuerza de mi afirmación. Hizo una pausa, como si fuera incapaz de captar la inmensidad de la idea, con el cucharón en la mano se agarró la frente y se volcó sopa en la ropa. “Brilla, brilla”, repetía, sin notar lo que había hecho, “hay algo en mi cabeza que zumba y zumba.” Empezó a tirar sopa para todos lados y a musitar para sí la pobre analogía, “lo que brilla, brilla, lo que zumba, zumba.”

“Algunos de los nuestros están aun más idos que Baal” dijo Moloch. “Hay una casa llena de ellos en aquella institución donde los pobres diablos se sientan a soñar despiertos y tienen la lucidez justa para comer y beber. Deberías ver a Abaddon. Tiene un estado deplorable. Tan ido que no puede apreciar una buena adivinanza. “

Más tarde, tuve el honor de que me presentaran a Lilith, la amante de Adán, y madre de una perniciosa camada de demonios. Era una anciana muy afable como una abuela, y, cuando la vi estaba tejiendo un par de medias de lana muy abrigadas para Belial, una especie de demonio perezoso bueno para nada. Vi a Asmodeus, estaba leyendo con aparente entusiasmo Cartas para jóvenes hombres de Timothy Titcomb. Conocí a Leviatán, Nergal y Belfegor, que hubieran huido despavoridos temblando si les hubiese hablado con demasiada firmeza. Hable con Rimnon, Dagón, Kohai, Behemoth, y el Anticristo, eran tan serios y respetables como los honestos ciudadanos que veía todas las noches en la tienda del Diacono Plympton.

Durante las semanas que duro mi estadía con los Balbuceadores, me sentí un poco mortificado al saber que sus estándares morales ponían en vergüenza las prácticas comunes de la humanidad. Seres inofensivos, se jactaban de su reputación como malignidades demoníacas pero en sus vidas privadas tenían una conducta intachable. No mentían ni robaban. La confianza era algo sagrado. De su hospitalidad, puedo dar fe. La única forma de vicio que existía entre ellos era la ebriedad y se restringía a Tifón y uno o dos más. Pero, aun cuando les daba crédito por virtudes que escaseaban en la tierra, debo ser totalmente honesto y decir que la compañía de los Balbuceadores era bastante tediosa. Descubrí el secreto para utilizar el túnel gracias a la bondad de mi amigo Moloch y la felicidad me invadió cuando me encontré nuevamente de pie junto al roble rojo en las pasturas de Rodney Prince.

El contraste entre los oscuros y apagados colores de la superficie en comparación con los tonos auto-luminosos de la caverna era insignificante comparado al que me oprimía cuando empecé a asociarme nuevamente con la humanidad. La corrupción del comercio, la mezquina malicia de la sociedad, la degradación del ser humano, tomaron un nuevo y repulsivo aspecto. Comparto la compasión de Belcebú por la imperfección de los mortales.

Fin.

NdT: *Juego de palabras esgrimido por el demonio Moloch. Literalmente significa “Set, se sienta, Borracho”. Es claro que las palabras en el idioma original sirven mejor a sus propósitos que la traducción al español.

Un poco sobre el autor
Edward Page Mitchell, que se desempeño durante años como editor del periódico The Sun en la ciudad de New York, fue un impulsor temprano de la ciencia ficción y el género fantástico.
El gigante perdido de la ciencia ficción americana, introdujo múltiples recursos y clichés típicos del género años antes que lo hicieran otros gigantes como H.G. Wells.
Originalmente, los escritos de Mitchell fueron publicados en forma anónima en el periódico donde trabajaba a fines del siglo XIX, su autoría salio a la luz recién en 1973 cuando Sam Moskowitz recopilo ocho de sus historias en una antología llamada “El hombre de Cristal”.


Su espíritu sagrado se eleva

Por S. Qiouyi Lu

鶼鶼 jian jian (en sistema Wades-Giles), kimkim (cantones estándar)
Lit. Pareja de aves míticas interdependientes, cada una posee un ojo y un ala.
Fig. Una pareja inseparable.

Con los cuerpos pegados uno contra otro, nos elevamos sobre las montañas de Guilin y nos detenemos en una cima frondosa. Plegamos juntas nuestras alas , las tornasoladas  puntas de las plumas de mi ala descansan sobre la tuya. Soportas nuestro peso sobre tu pierna, cuando te cansas, soporto nuestro peso en la mía. El control sobre nuestros ojos es compartido.

El río debajo reluce con un millón de tonalidades del ocaso, botes pequeños deambulaban por la superficie, adornando esos resplandecientes colores. Un céfiro cruje a través de los árboles y sacude la esencia de toda la flora y fauna a nuestro alrededor. Levantamos vuelo nuevamente, nuestras alas perfectamente sincronizadas y nos deslizamos sobre el agua.

Los pequeños botes se dispersan para dar lugar a un barco más grande que emerge de la curva del río . Algo está mal con el aspecto de este barco, es como una puñalada al paisaje. Mientras que los otros botes son pequeñas balsas de bambú atadas con cáñamo, este barco es una cosa monstruosa, impetuosa y angular que contrastaba con las redondeadas curvas de las montañas. Huele a fuego, pero no a fuego hecho con madera. Algo más antiguo, arrancado de la tierra, agrio, que desentona con el aroma fresco de la lluvia de las montañas.

Un grito, seguido de otro. Los humanos se mueven por todo el barco, preparan un dispositivo y nos apuntan con él. Nos elevamos, pero es demasiado tarde ¡Pam! Un suave silbido se escucha detrás nuestro y una red nos envuelve, nos destierra de los cielos.

Agitamos nuestras alas, y nos machucamos las piernas, pero la red sigue ahí, firme y ajustada. Somos grandes entre las aves, pero pequeñas entre los humanos. Se amontonan a nuestro alrededor, nos bloquean la luz del sol, y nos confinan en una caja. Nuestros corazones laten  juntos, cada vez más y más rápido, un staccato de pánico en nuestros pechos. Los espacios entre las tablas nos ofrecen un espacio muy reducido para respirar. Estiramos los cuellos para mirar hacia afuera, pero han tapado la caja con una tela negra, para escondernos del mundo.

No tenemos noción del tiempo ahí adentro. A veces, cuando quitan la tela, se filtra un hilo de luz solar; en otras ocasiones, el cuarto queda oscuro. La única constante era el mecer de las olas detrás nuestro. Nos alimentan con desperdicios de pescado a medio descomponer y los devoramos, pero nunca es suficiente. Temblamos la una contra la otra.

A medida que pasan los días, nos desvanecemos juntas. Ansiosas, mutilamos nuestros cuerpos, muchas de nuestras plumas, esmeraldas y carmesí, relucen desparramadas por toda la caja, con los calamos retorcidos. Sólo el color pálido de los troncos de ginkgos permanece en nuestros pechos.

Cuando finalmente volvemos a tocar tierra y los humanos nos sacan del barco, sentimos que el olor del océano sigue siendo el mismo que el del océano allá en nuestro hogar,  pero solo reconocemos la mitad de las estrellas en el cielo. Han cambiado y rotado, ahora descansan en lugares distintos en el oscuro océano de la noche. Los humanos nos llevan a un lugar donde no hay árboles, nos trasladan de la caja a una jaula. Graznamos, nuestra voz suena ronca, agitan nuestra caja, nos devuelven el graznido y nos calmamos.

Sus voces hacen eco en las paredes y crean un bosque de parloteos que no podemos entender. Entierro mi cabeza en tu cuello, cierro mi ojo y nos dejan ahí solo con la mitad de tu espacio. Ladeas la cabeza y observas a un pequeño grupo de humanos mientras conversan.

Nos alimentan con mejor pescado aquí. No hay un río adentro, pero el brillo de todos los muebles metálicos nos recuerdan al agua de todas formas. Un día, cuando los humanos nos dejan salir de la jaula para volar libremente en un cuarto grande, confundimos una mesa brillante con un charco. Nos detenemos en su superficie, esperando sumergir los pies en barro y agua fría. Pero aun cuando la superficie de la mesa está fría, no cede.

Algo nos duele en nuestro interior.

Los humanos parecen emocionados cuando vuelven a quitar la tela de la jaula. Murmuran entre ellos mientras nos llevan a una habitación donde nunca habíamos estado antes. Nos acuestan de espalda, les damos pelea, rasguñamos, agitamos nuestras alas pero aun así no pudimos evitar que  restrinjan nuestras piernas y cuellos,  atan nuestras alas contra nuestros cuerpos. Se retiran. Aun podemos ver sus figuras a nuestro alrededor, pero hay algo que nos separa de ellos.

Un zumbido, más fuerte que un millón de cigarras chirriando juntas, lleno nuestros oídos. Una serie de luces resplandecientes, un arco purpura brillante sobre nuestros cuerpos.

El relámpago golpea y nos separa.

El mundo se pone blanco.

#

Me despierto sola.

Puedo tolerar el peso de dos kim pero no el de uno. Me cuesta levantarme, el ala me pesa; logro mantenerme en pie solo por un momento antes de caer. Intento llegar a ti, pero no te encuentro en ningún lado, no estás a mi lado y no puedo sentir tu presencia en ninguna otra forma. Quiero estrellarme contra la jaula, dar vueltas contra la jaula hasta que pueda salir y encontrarte, para llenar este agujero en mi corazón, pero mi única ala no colabora sin la tuya, y mi único ojo solo puede ver la mitad de lo que veíamos juntas, y mi única pierna sigue cediendo al no tener tu peso para equilibrarnos.

No puedes estar muerta. Yo no puedo estar viva. Un solo kim no tiene sentido, los humanos nos separaron de alguna manera, pero ¿por qué sobreviví? ¿Acaso no te amé lo suficiente?

Me acerqué lentamente a la puerta. Luché para levantarme, junte mis fuerzas y me arroje con todo mi peso hacia una caída inevitable, esperando que de alguna manera, de alguna manera, pueda romper este cerrojo.

Choque contra la jaula hasta que todo mi cuerpo sangraba.

(Excepto que sin ti, todo mi cuerpo está incompleto.)

#

Me llevan a otra habitación. Los miro amenazadoramente, pero me duele el corazón, no he comido, y estoy demasiado débil sin ti para resistir. Un cuerpo humano joven yace en una mesa inclinada, con los ojos cerrados. Tenía cables por todo su cuerpo como si fueran sanguijuelas, respira, pero apenas. Siento poca vitalidad. Los humanos me cubren con esos cable tipo sanguijuelas también, todo esto mientras rebuznan entre ellos.

Las luces resplandecentes expulsan la melancolía  bruscamente de mi cuerpo, me invade el pánico; cierro los ojos y agito mi ala, excepto que no puedo mover mi ala, ya no. Todo da vueltas y estoy atrapada en un tifón, despojada de mi cuerpo, mis pensamientos son como agujas filosas mientras pasan por mi mente, todo es fuego y destellos. Me aferro de algo más, pero todo el paisaje cambia. Mi cuerpo se siente diferente. Los olores se intensifican y disminuyen; escucho mucho más ahora, y el espectro de sonidos es abrumador. Abro mi ojo, mis ojos, y descubro que sólo puedo ver lo que hay delante mío. Muchos colores han desaparecido. Debo girar mi cabeza (mi cabeza gira) para ver algo más.

Un bulto beige moteado con verde brillante, carmesí y negro yacía todavía en la mesa junto a mí, y pensé: un ave; yo era un ave, pero el ave está muerta y…

Yo sigo aquí. Sigo con vida. Ya no soy el ave; soy esta cosa sin alas, esta cosa con cuatro extremidades, este ser humano. En algún lugar de mi memoria está la sensación de volar por el cielo, pero también visiones de otros mundos; edificios altos, automóviles que huelen exactamente igual a ese barco, diésel, complementa mi mente, ese olor es combustión diésel. Una palabra, escondida muy dentro mío, sale a la superficie; Meisun. Un nombre. Mi nombre.

Estos recuerdos no son míos, pero de alguna forma son míos. Aunque son distantes, muy distantes, y recordarlos es como intentar tocar el reflejo de las piedras del fondo de un charco lodoso.

“Estas consciente,” dijo alguien. Antes, sus palabras solo eran sonidos, pero ahora las reconocía y las entendía.

O quizás siempre las había entendido.

“Si.”

“¿Quién eres?”

“Soy…” Dudo. Estoy lista para responder, pero no estoy lista para responder. Una ráfaga de recuerdos me azota, intento atraparlos uno por uno, pero de repente siento nauseas, sacudo la cabeza y dejo que todo se asiente “No lo sé.”

“Mm.”

Mientras la persona ante mí toma notas, yo miro de reojo al cuerpo del ave. Sé que soy yo, pero también que es imposible que sea yo.

“¿Donde está la otra ave?”

“¿Qué ave?”

Intente decirle a esta persona tu nombre, pero las kim no tenemos nombres. ¿Por qué duele tanto este vacío que siento, donde debería estar tu nombre? Trago y asiento en dirección al cuerpo del ave.

“Nos separaron en dos. Esa de ahí es–era yo. ¿Dónde está la otra?”

“Oh. Murió cuando cortamos el vinculo. Hemos preservado el espécimen. Este otro también será preservado.”

Mi cabeza da vueltas, levante una mano para incorporarme. Algo brilla, un brazalete envuelve mi muñeca, y las letras estampadas en él decía RECUPERADO. Cuando me vieron mirando el brazalete, uno de ellos me hablo.

“Tu identificación. Seguiremos monitoreándote, el brazalete indica que eres parte de nuestro proyecto.”

Tengo el estomago revuelto. Esta cosa no es nada comparada al brazalete de jade. Es plateada y sin vida, muy diferente al hermoso brazalete verde y marrón que envolvía mi muñeca en mis sueños, si tan solo tuviera dinero para comprar uno. La luz reflejada en el brazalete activa algo en el ojo de mi mente, me elevo, y veo el agua resplandecer con la luz del sol.

Frunzo el ceño.

¿Cuando he tenido yo la necesidad de algo como un brazalete de jade, o incluso de tener el tipo de miembro necesario para portar uno?

#

Mientras me tienen aquí, recuerdo más acerca de mí y del mundo: es 1949. Estamos cerca de San Francisco, en Berkeley. He estado en California por cuatro años ya. Los días son indistinguibles; los investigadores me toman los signos vitales y me pide que cuente lo que recuerde. Cada uno de ellos es una doble revelación, fantasmas sobre fantasmas, algunos días lo único que puedo hacer es sacudir la cabeza y decir que ya no puedo hablar.

Gradualmente, al igual que el agua erosiona la piedra, las visiones dobles empiezan a desvanecerse, y me cuesta cada vez menos filtrarlas. Mis recuerdos empiezan a cuajar, poco a poco. Cuando llego al punto donde puedo contar algo de corrido, los investigadores suspiran aliviados y me preparan para una reunión que dicen es muy importante.

Funcionarios del INS vienen a visitar las instalaciones. El Dr. Ackerman, uno de los que más ha trabajado conmigo, me explica que el INS significa “Instituto Nacional de Salud” y que son quienes financian su investigación. Necesita que hable con ellos mas tarde. Asiento.

Mas tarde, el Dr. Ackerman regresa del brunch con los funcionarios, me guió desde mi habitación hasta el salón de reuniones. Sentada en una silla dura con respaldar alto al frente, el Dr. Ackerman se para tras de mí. El leve y cálido sonido del proyector de diapositivas llena mis oídos. Habla y habla, no entiendo completamente lo que está diciendo, aun cuando entiendo la mayoría de las palabras que está usando.

“…Terapia Electroconvulsiva, o TEC, es la última opción para enfermedades mentales resistentes al tratamiento, pero la amnesia retrógrada sigue siendo el efecto secundario más común… las kim kim, o Tórtolos Orientales, son dos aves individuales que se han fundido en una sola, son parte de la mitología de los celestiales, pero son de hecho muy reales, e incluso sus plumas tiene un potente uso medicinal… la energía no puede crearse ni destruirse, solo transformarse… como hemos visto en esta primera fase, es posible revertir el vinculo entre las dos aves y almacenar esa energía en celdas…”

Cambia las diapositivas mientras habla, con cada click acentuaba el silencio. El panel de caras desconocidas frente a mí asentía y tomaba notas, me cuesta mantenerme despierto. Entonces, escucho mi nombre y levanto la vista.

“Meisun, aquí, es un caso único, nuestro estudio esta asociado con el  del grupo Recuperación de Stanford, nuestros colegas allí han demostrado que, mientras que la energía transferida de animales vivos a pacientes comatosos puede efectivamente sacarlos del coma, la transferencia involuntaria del sistema sensorial y los reflejos del animal dejan una marca indeleble en el ser humano, y a menudo se los ve en un estado de semi-humanidad, semi-bestial… debido a que los Tórtolos Orientales son famosos por sus habilidades curativas, nuestra hipótesis era que quizás los efectos de las transferencia disminuyeran, extendimos esa hipótesis a los estudios de TEC y teorizamos que pequeñas dosis de energía provocarían poca o nada de transferencia y también evitaría la amnesia. Nuestras esperanzas eran grandes, al igual que nuestra hipótesis de que los estudios de Recuperación parecían estar en lo correcto. Meisun, ¿podrías contarles a nuestros invitados un poco sobre ti? Puedes empezar por contar de dónde eres.”
         Asentí. Había discutido mis recuerdos con tanta frecuencia con el Dr. Ackerman y los demás que ya se había convertido en una rutina.

“Nací en Toisan, y la mayoría de mi familia aun vive ahí. Mis padres me casaron con Kam Saan haak, un comerciante que ya vivía aquí en California. Viaje hasta aquí en el fondo de un barco.” Hice una pausa. “Estaba en un caja, no, no fue así. Solo estaba muy hacinada, como estar en una caja. Y cuando llegue aquí, me detuvieron en la Isla Ángel durante meses.”

Uno de los funcionarios levanto una ceja. “¿y cómo fue tu experiencia ahí?” preguntó.

“Fue.. Fue solitario. Difícil. Estaba en una jaula, una celda. Lo único que me hacía compañía era la poesía que cubría las paredes, escrita por otros detenidos.” Fruncí el ceño. Siento que me falta alguien, que hay un agujero en mi corazón. , pienso, pero recordar detalles sobre ti es como intentar servirse agua en las manos.

Los funcionarios asienten. Otro me observa y examina detenidamente, sus ojos son de un verde vibrante, y pienso en los bosques de las montañas.

“¿Puedes contarnos sobre tu esposo? ¿Tu vida aquí?”

Asiento. “Teníamos una pequeña tienda en Chinatown. El trabajo era duro, pero ganábamos suficiente dinero que incluso podía enviar un poco a casa. Nunca hicimos lo suficiente para ser ricos.” sonreí con remordimiento. “No pensé que me iba a asentar aquí pero parecía estar pasando. Y entonces…”

Mi corazón se sobresalto. Cerré los ojos, y recordé un sonido ¡Pum! Cosas volando hacia mí. Temblé, pero seguía hablando.

“Entonces las revueltas llegaron a quemar Chinatown y le dispararon a mi esposo, y me capturaron, no, me rodearon y me golpearon, recuerdo que me dolía todo, y entonces, un relámpago, ¿una tormenta? Y entonces…” respire temblorosamente. “Nada.”

El funcionario a cargo sacudía la cabeza en señal de empatía. “Lo siento.”

“Gracias.”

“Bueno, Dr. Ackerman,” uno de los funcionarios dijo momentos después. “este es efectivamente un caso muy prometedor, y presenta argumentos convincentes para una prueba de TEC con energía de Tórtolos Orientales. Empezaremos a trabajar en renovar su subvención y la de su grupo Recuperación, espere confirmación de nuestra parte dentro de las siguientes dos semanas.”

El Dr. Ackerman sonríe. Me mira y coloca su mano en mi hombro. El tacto se siente extraño e impersonal.

“Maravilloso trabajo, Meisun.”


#

Algunas personas empiezan a sumarse a las instalaciones, todos ellos tenían brazaletes como el mío, pero aparentemente soy tímida. Me alejo de ellos y paso la mayor parte del tiempo en mi habitación, con sus paredes desnudas y escasos muebles, su ventana apuntaba a una extensión de arboles desconocidos. A veces, miro hacia afuera y un recuerdo se cruza por mi cabeza, un bosque visto desde arriba, como que estoy volando, entonces cierro mis ojos y si estoy volando, y tu estas apretada junto a mi, y estamos tan unidas y completas juntas.

Entonces el recuerdo se desvanece, y me quedo con el recuerdo que la única persona junto a mi había sido mi esposo, a quien nunca había podido amar, y que, si lo hubiera amado, se habría sentido como una traición hacia ti.

El Dr. Ackerman toca a mi puerta un día y lo dejo entrar. Carga unas bolsas, hay alguien detrás de él. Inclino mi cabeza intrigada.

“Meisun, conoce a tu nueva compañera de habitación,” dice el Dr. Ackerman.

La mujer detrás de él es como de mi edad, entre veinte y treinta años. Su cabello negro, del mismo color que el mío, cae sobre sus hombros, sus ondulaciones son menos pronunciadas. La bata de hospital que usa le da una apariencia informe. Luce cansada, casi vacía, pero cuando ve mi rostro, una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios.

“¿Nei kong Kwongtungwa?” pregunta suavemente. Sin darme cuenta le devolví la sonrisa.

“Hai,” respondí, entonces me di cuenta lo dulce que sonaba el cantones en mis oídos, como desenmarañaba mi lengua y mi corazón cuando no tengo que rebuscármelas para hablar en español.

“Soy Yaulan,” siguió hablando en cantonés. “¿Y tú?”

“Meisun.”

El Dr. Ackerman sacudió la cabeza. “Tu gente siempre suena tan enojada cuando habla,” dijo. Lo mire, desconcertada.

“Sólo nos estamos presentando,” dije en español.

“Ya veo,” respondió. Junto a mí, Yaulan enrolló los ojos y musitó Gweilo y tuve que contener la risa. “Bueno, pónganse cómodas, Yaulan es parte de la prueba y se quedará por un tiempo.”

Durante los días siguientes, entre las sesiones de diagnóstico de Yaulan, hablamos sobre nuestro pasado, nuestras familias, nuestras vidas. Aun confundo los recuerdos, pero Yaulan me tiene paciencia y no le parezco extraña. Me cuenta sobre sus padres, tenían una máquina para hacer dumplings, pero fue destruida durante las revueltas, en este punto de la historia desvía su mirada hacia la ventana, ella y sus padres apenas escaparon con vida.

“Me siento un poco mal por haberlos dejado solos para atender el restaurante, trabajaba ahí sirviendo mesas, pero ahora que no estoy, mi mamá probablemente este trabajado por las dos, pero bueno, esta probablemente sea mi única oportunidad para recibir el tratamiento, así que…”

Eso llamo mi atención “¿Tratamiento?”

Se quedo muy callada por un buen rato, hasta que finalmente hablo. “Yo… yo intente suicidarme. Dos veces. Fue estúpido, pero… a veces no puedo contenerme cuando empiezo a pensar en eso y entonces…” hace una pausa y respira profunda y temerosamente. “Estoy enferma y esta puede mi última posibilidad de seguir viviendo.”

Mi corazón se sobresalta.

“Lo siento,” dije, porque no estoy segura de qué decir.

Se encoge de hombros.

“Solo espero que ayude.”

#

Regresas a mí en un sueño.

Tenemos forma de ave nuevamente, las dos, bebemos del rocío de las hojas, el agua refresca nuestras gargantas. Pateamos la rama y nos echamos a volar, la rama rebota y arroja el roció al aire,  puntos brillantes de luz arrojados al cielo. Sobrevolamos la superficie del río, y nos sumergimos. El río nos llena de calma, nos abraza con una suave presión. Salimos del agua con un pez y nos paramos en una rama, nos alimentamos mutuamente.

Me despierto con lágrimas en los ojos. Me toma un momento recordar que soy humana, y para cuando eso sucede, el sueño ha empezado a desvanecerse. Alguien debería estar junto a mi, pero mi cintura, mi cadera, están vacías e inconexas, un espacio sin llenar.

Son más de las 11. No me di cuenta que había dormido hasta tan tarde, cuando me doy vuelta, veo a Yaulan sentada en su cama de espaldas a mí.

Y te veo a ti, superpuesta sobre ella.

Me incorporo de un salto. Yaulan se da vuelta y es solo ella, me regala una sonrisa muy, muy pequeña.

“Tenía miedo de que nunca despertarías,” me dijo en cantonés. Mi corazón galopaba en mi pecho y tenía la boca seca.

“Estas…” empecé a decir, trague. “¿Qué… qué sucedió?”

“Si, tuve mi primera sesión de TEC,” dice Yaulan. “Fue extraña. No estoy segura de sentirme mejor, pero al menos no me siento peor.”

Lo sentí: nuestro lazo, nuestra energía, arrancada de ambos. Retrocedo, y Yaulan luce confundida.

“¿Que sucede?”

“No es nada,” dije, mis manos temblaban. “Sólo tuve un sueño extraño, y…”

Y tú estabas en el, solo que eso no era verdad. No era ella, eras tú.

Yaulan se va para más pruebas y entrevistas. Me siento en mi cama sola, respiro profundo un par de veces más y de repente todo se desvanece, me quedo ahí sintiéndome mareada y confundida por la extraña reacción que me produjo Yaulan. La marea de nauseas retrocede y dejo escapar un suspiro.

Cuando me incorporo, empiezo a sentir que la habitación es demasiado grande sin Yaulan en ella.

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Empecé terapia con un psicólogo, el Dr. Roberts. Me dice que debo rechazar los recuerdos del ave cuando aparecen, pero aun me cuesta mucho trabajo hacerlo. Se siente tan real en el momento, tan convincente, que quiero aferrarme a ellos e intentar salvar ese sentimiento de sentirme completa contigo. Pero cuando le digo esto al Dr. Robert, sacude la cabeza y me dice que debo abandonar estos recuerdos, o me convertiré en una persona por siempre atormentada por experiencias que ni siquiera he vivido.

No estoy segura de cómo me siento respecto a eso. Creo que no quiero abandonar esos recuerdos y olvidar que alguna vez sucedieron, que alguna vez exististe. Solo quiero llegar al punto donde pueda pensar en ellos y que no me sumerjan en una espiral reflexiva donde paso horas atrapada en mis propios pensamientos.

Yaulan tambien esta luchando. La veo sonriendo mas estos días, pero por momentos aun se ve vacía, se encoge sobre si y se niega a hablar conmigo. También hay momentos como cuando apenas vuelve de las TEC en los que casi no soporto mirarla, la energía que emana de ella, despierta una energía en mi; me hace recordarte, empiezo a rememorar Guilin, Toisan, otra vez perdida en mis recuerdos.

Los sábados, no tengo que ver al Dr. Roberts, y Yaulan no tiene que ir a sus TEC, podemos hacer actividades juntas o salir a excursiones supervisadas. La enfermera Florence nos lleva a un café. Nunca me ha gustado el café, encuentro su sabor demasiado amargo, demasiado amargo aun cuando le ponga crema y azúcar, pero Yaulan bebe su café negro y saborea cada sorbo. Ver que el café la anima me hace sonreír.

Otro sábado, Yaulan y yo nos quedamos para asistir a una clase de arte. Ella es mucho mejor para hacer que las flores y las aves luzcan como flores y aves de verdad. Me inhiben mis deformes garabatos, pero cuando Yaulan mira mi pintura, sus ojos brillan de placer.

“Guau, Meisun,” dice. “¡Mira esos colores! Eres un talento nato. Mis colores siempre se sienten muy chatos.”

Miro ambas pinturas y supongo que la mía es un poco menos vivida que la suya, me pregunto, si pudiéramos combinar nuestras habilidades, quizás podríamos crear una pintura perfecta.

La enfermera Florence también nos supervisa mientras usamos la cocina el sábado siguiente. No hay cuchillos en el lugar, por lo que no podemos cocinar demasiado, pero si podemos hornear y hacer cosas que solo requieran mezclar. Es el festival de mediados de otoño y la enfermera Florence nunca lo ha celebrado antes, le enseñamos como hacer pasteles de luna. Sin el molde especial, nuestros pasteles de luna salen torcidos. Los caracteres chinos que escribimos sobre el pastel no son tan lindos como los que venden en la tienda, pero el resultado sigue siendo delicioso.

Cada sábado, no puedo evitar pensar lo mucho que me gusta pasar tiempo con Yaulan, lo bien que la pasamos juntos.

Solo cuando llega el lunes y tenemos que volver a la terapia recuerdo la ansiedad que siento en el corazón.

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Yaulan me dijo una vez que sus terribles pensamientos iban y venían, que temporalmente se siente mejor, pero cuando tiene recaídas me doy cuenta que no estoy preparada para ayudarla.

“Nunca voy a estar mejor, nunca me voy a liberar de estos pensamientos, me estaba yendo tan bien y de pronto ya no; no tiene sentido.”

Se arrastro hacia una esquina, con las manos sobre su cabeza.

“Pero ese es el punto,” le dije, arrodillándome junto a ella, “si mejoraste, así que puedes…”

“Pero siempre va a ser así. Siempre.”

Fruncí el ceño.

“No lo sabes; ninguna de nosotras conoce el futuro.”

“Es que,” Yaulan empezó a sollozar, escucharla llorar me rompe el corazón; le cuesta respirar, y sus palabras salen en oleadas, hay tanto dolor entrelazado en cada una de las silabas, tanto dolor que me atraviesa de lado a lado. “Desearía no tener que lidiar con esto. Desearía estar mejor. A veces lo estoy, pero luego empiezo a sentirme triste de nuevo, y quiero volver a suicidarme. Quiero arrojarme por la ventana en este instante, lo que más quiero es que todo esto se termine de una vez.”

Mi corazón se sobresalta. Coloco mis manos sobre las suyas.

“Es difícil. Lo sé, te he observado; es muy difícil.” murmure.

Ella deja caer la mano que tenía sobre la cabeza. Le froto la piel con mi pulgar haciendo pequeños círculos y le regalo una sonrisa triste.

“Pero mírate, quieres hacer todas estas cosas, pero no las haces. Sigues viviendo a pesar de todo.”

Levanto la vista, sus ojos enrojecidos, pero no dice nada, sólo sigue sollozando.

“Lanlan,” le digo, usando el sobrenombre que empecé a usar con ella, “vamos a dormir ¿sí? Vamos a dormir y veamos cómo te sientes por la mañana, ¿estás de acuerdo?”

Por un momento, me pregunte si esto la haría enojar, si quizás piensa que la estoy tratando como una niña. Pero no es lo que hago, estoy haciendo mi mejor esfuerzo por ser amable con ella, por calmarla. Finalmente, asiente.

“Está bien.”

La ayudo a levantarse. Nos acostamos juntas en su cama. Se enrolla contra mi pecho, sigue llorando, pero en silencio esta vez. Sus lágrimas atraviesan mi pijama y humedecen mi pecho. Le acaricio el cabello y le canto la canción de cuna que mi madre solía cantarme, le cuento algunas de mis historias preferidas, le digo que descanse por ahora, que duerma.

Aun cuando su respiración se normaliza, sigo aferrándome a ella. Es tan cálida, como un fardo de luz; temo que si la suelto, su luz se escapara. Solo puedo relajarme cuando me quedo dormida.


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Al día siguiente, los ojos de Yaulan están hinchados por el llanto. Se mira en el espejo, se pellizca las recién descubiertas arrugas en sus párpados, e hizo una mueca.

“Quiero volver a tener un solo parpado,” dice. “No luzco como yo misma.”

“Luces adorable,” dije, y Yaulan volteó hacia mí, frunciendo el ceño.

“¿Te estás burlando de mí?” dice, poniendo sus manos en la cadera. Intenta hacer una broma, pero me doy cuenta por su tono que se sintió herida.

“No, ¡en serio!” dije, “de verdad, luces bien.”

Deja caer sus manos y suspira, su postura se relaja. Sus mejillas se sonrojan.

“Me siento tan tonta por lo que paso.”

Me levanto y la abrazo. Al principio estaba un poco tensa, pero luego se relaja sobre mí. Le sobo la espalda.

“A veces esas cosas pasan,” dije. “Está bien.”

Al cabo de un momento, se separa de mí. Me mira como si no creyera que soy real, y por un segundo, yo también empecé a dudarlo, empecé a preguntarme por qué me mira así, pero entonces habla e interrumpe mis pensamientos.

“ ¿…realmente no vas a reprenderme?”

Frunzo el ceño.

“¿Por qué te reprendería?” pregunto. “Me lo dijiste tu misma, estas enferma. No te reprendería por toser, ¿por qué habría de enfadarme contigo por tu enfermedad mental?”

Me examina minuciosamente, como si me estuviera probando. Entonces, me sonríe.

“De verdad me gustas, Meisun,” dice, y me sonrojo.

“De verdad. Me alegra tenerte en mi vida.”

Sus palabras se quedan conmigo por el resto del día. Me doy cuenta que ella también me gusta, de alguna forma se siente muy familiar y a la vez aterrador. Siento que se me hincha el pecho, y de repente me acuerdo de ti. ¿Te molestaría? Después de todo, estábamos unidas de por vida. Pero ¿qué sucede cuando tu vida termina pero la mía sigue?

Sigo sintiendome ansiosa cuando entro a la oficina del Dr. Roberts horas más tarde.

“¿Hay algo que te preocupe?” dice. “te ves distraída.”

“Yo…” me detuve. “Sigo pensando, sigo pensando en mi compañera. La otra ave. Se suponía que íbamos a vivir y morir juntas, pero yo aun estoy viva. Si yo fuera a estar con alguien más, ¿eso estaría bien?”

“No eres un ave, Meisun,” dice el Dr. Roberts, y el enojo enciende mi pecho.

“Pero si lo soy,” respondo. Entonces, dudo y agrego, “o, lo era.”

“Entonces ya no eres un ave,” dice el Dr. Roberts, eleva la voz, y de pronto algo cambia dentro de mí. “Eres humana ahora, y vives con humanos ahora, ¿verdad?”

Parte de mi lo resiente, pero parte de mi considera lo que dice.

Soy humana.

Y quizás los humanos aman de otra manera.

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Este sábado, Yaulan y yo vamos a la playa bajo la supervisión de la enfermera Florence. Es un día hermoso, nubes tipo cirro atraviesan el gentil cielo azul; empacamos los almuerzos y llevamos una canasta de pícnic. Yaulan viste su cheongsam favorito color azul oscuro, y yo visto uno blanco. Me molesta por ser tan modesta, mi cheongsam me queda suelto, y le saco la lengua.

Les cuento a ella y a la enfermera Florence historias sobre Toisan mientras comemos sándwiches. La enfermera Florence asiente, reconociendo mis palabras, mientras Yaulan escucha maravillada, ya que nunca ha estado en China.

“Quizás podemos visitar Toisan juntas algún día,” dice ella.

“Me gustaría,” respondo.

Exploramos la playa, escalamos hasta las cuevas, y me habría arrepentido de usar mi cheongsam blanco si no fuera por el hecho de que me estoy divirtiendo tanto. Bajamos y volvemos a la arena. Yaulan levanta una concha, yo levanto otra, revuelvo la arena buscando una entera, una con ese perfecto brillo madreperla.

Cuando levanto la vista, Yaulan se encuentra varios pasos adelante. El sol en su ocaso la convierte en una silueta; el viento mece sus cabellos y la pollera de su cheongsam mientras camina descalza en la arena. Tiene los brazos abiertos como si se estuviera balanceando sobre una barra invisible. La veo elevándose en el ojo de mi mente, y de pronto siento un dolor en el corazón.

Ella nunca te reemplazará, no es su propósito. No tuvo nada que ver con la ruptura de nuestro lazo, y si nuestro lazo la ayuda de esta manera, ¿habrá sido algo tan malo? Además, ella es humana, y yo también, no estamos destinadas a estar unidas por siempre como las kim kim. El amor para los humanos significa volar lado a lado en la misma dirección, dos seres separados que trabajan juntos.

Alcanzo a Yaulan y la tomo de la mano. Voltea a verme, sorprendida, y una sonrisa se dibuja en su rostro. Es la visión más hermosa que he presenciado, pero aun así, la tristeza aun revolotea en sus ojos, en la manera en la que se mantiene entera.

Pero está bien. No estoy esperando magia, para que vivamos felices por siempre. Todo lo que quiero es estar a su lado y esperar lo mejor.

Me inclino y beso su frente, y en ese momento pienso, te amo.